Una elección bien sencilla

Una elección bien sencilla

Dice el canon de la misa que el vino que se ha de utilizar ha de ser «fruto de la vid y del trabajo del hombre». Mucho se ha discutido sobre qué vinos cumplen con la exigencia de ser natural y puro, es decir, no mezclado con sustancias extrañas, como exige la Instrucción General del Misal Romano, pero yo tengo para mí que, si se analizase con cuidado cualquier vino, en la actualidad prácticamente ninguno cumpliría con esta exigencia. Cuál ha sido clarificado con bentonita, todos han oido hablar de la pajuela de azufre y no pocos incluso de otras sustancias menos nombrables.

Pero yo no quiero hablarles hoy del fruto de la vid sino del trabajo del hombre, porque, de este trabajo, se derivan casi más consecuencias para la sapidez del vino que del propio fruto de la vid y ningún vino ejemplifica mejor este milagro que el vino de Jerez (¿o no?).

Un experimento interesante que puede usted realizar un día que salga a comer es pedir un vino de la Tierra de Cádiz (Barbadillo por ejemplo) y compararlo con una manzanilla de Sanlúcar o un fino de Jerez, pongamos por caso Tío Pepe. Bastará mirarlos para ver las diferencias pero si, además, usted los prueba, cosa que le encarezco, comprobará que tienen sabores y olores muy diferentes. Ambos son producto de la misma uva (la Palomino) pero están vinificados de manera muy diferente: el Barbadillo de la forma estándar en que se vinifica el vino en todo el mundo y la manzanilla o el fino en la forma única y exclusiva con que se elaboran los vinos de Jerez.

El vino de Jerez, un prodigio de la naturaleza que España tiene la suerte de poseer en exclusiva, fue cantado admirablemente por el mismísimo Shakespeare quien, en su obra Enrique IV, dedica al Jerez una loa por la que morirían todos los viticultores del mundo:

Si yo tuviera mil hijos, el primer principio humano que les enseñaría sería el de abjurar de las bebidas flojas y entregarse al jerez.

Edgar Alan Poe nos enseñó en «El barril de Amontillado» que al idiota se le conoce por parecerle meritorio distinguir un fino de un amontillado y, en fin, no ha habido personaje de fuste cultural que no haya encontrado en el Jerez fuente de inspiración y… sin embargo…

Sin embargo yo prefiero el vino cordobés de Montilla-Moriles.

El vino de Montilla-Moriles, vinificado de la misma forma que el vino de Jerez, goza de una ventaja que me hace preferirle pues, no usando de la uva Palomino sino de la Pedro Ximénez, no es preciso «encabezarlo» con alcohol sino que fermenta naturalmente y sin intervención ni adición de nada por el hombre.

Quizá no haya probado usted el vino de Montilla-Moriles y no sepa a qué carta quedarse, pues bien, si su marido o su mujer es abogado o abogada, no tiene más que acompañarle al Congreso de la Abogacía Independiente que tendrá lugar en Córdoba los días 29 y 30 de noviembre. Ella o él tienen un trabajo que hacer, usted sólo tiene que realizar una elección bien sencilla: o Moriles o Montilla.

Porrusalda zen

Vivir solo tiene de malo que uno no puede dedicar demasiado tiempo a las tareas del hogar, especialmente a cocinar, de forma que, de ordinario, lo más complicado que suelo prepararme es un filete de ternera vuelta y vuelta o un buen trozo de atún rojo en sashimi, plato este insuperable en cuanto a rapidez, pues, al comerse crudo, me ahorro incluso la vuelta y vuelta que he de dar al filete de ternera.

Hoy, como tenía tiempo y andaba hace ya días con el tole-tole de prepararme una vichyssoise, que es sopa fría muy veraniega, me he ido a la plaza del mercado y me he gobernado unos puerros bastante aceptables. Claro, al llegar a casa me he percatado de que no tenía ni había comprado ninguna de todas esas gollerías que son necesarias, según los libros de cocina, para hacer una vichyssoise reglamentaria; que si nata, que si mantequilla, que si cebollino… así que, como a la fuerza ahorcan, me he determinado a aviarme una porrusalda que es un plato mucho más español y menos melindroso que la vichyssoise.

La porrusalda, como su propio nombre indica en vasco, es una «porru» (puerro), «salda» (caldo); un plato minimalista que puedes hacer sólo con puerros en el caso de que tengas tu despensa tan vacía como la mía. Yo, como hoy tenía aceite de oliva virgen extra, me he dado un lujo y he decidido rehogar los puerros antes de proceder a su cocción.

Imbuído del espíritu minimalista del plato, tras hacer un ritual feng-sui que me ha parecido apropiado al caso, he colocado los puerros en el poyo de hornilla orientados en dirección sur-sureste según exige la tradición sintoísta y he procedido a calentar el aceite animado de un cierto espíritu budista-euskérico acorde con la naturaleza a la vez minimalista y euskaldún del plato.

Cuando el aceite ha alcanzado la temperatura adecuada he rehogado en él los puerros groseramente cortados durante el tiempo exacto de bailar un aurresku frente a la placa de inducción. Concluida la danza he arrojado mi boina super-lujo Elósegui de ala ancha sobre la olla, aunque, por efecto de la succión de la campana extractora, ha quedado adherida a esta formando un bloque inconsútil, lo que me ha parecido un muy buen presagio.

Tras esto, a fuego lento y amoroso, he dejado cocer los puerros mientras en los altavoces del ordenador sonaba en loop el Orfeón Donostiarra cantando «Maitechu Mía». Veinticinco Maitechus Mías después —y tras acordarme reiteradamente de todos los ancestros del inventor del zorcico— los puerros estaban listos.

Una vez que los he sacado de la olla los he triturado con la minipimer (irabiagailu txikia) y me ha quedado una crema que ya les digo yo que ni vichyssoises, ni natas, ni mantequillas, ni cebollinos, ni sur-le-pont-d’Avignon, ni rien de rien…

La he dejado enfriar un rato, le he picado perejil por encima y ahora, en cuanto sean las 14:30 (allons enfants de la patrie) voy a zampármela como si estuviese en Maxim’s o en Le Procope.

Vichysoisses a mí, que vivo en el Monte Sacro, amosanda.

Como Cagancho en Almagro

Se cuenta que, cuando Don Gregorio Corrochano le vio dar su último natural por alto en Las Ventas, escribió una crónica tan sentida que El Vaticano consideró, a la vista de lo que en ella se narraba, incluir a Joaquín Rodríguez «Cagancho» en el santoral.

Gitano de ojos verdes, Joaquín Rodríguez, nunca conoció el término medio. Dicen que fue el primero en torear de capote con las manos bajas y dicen que nadie lo ha hecho después como él; pero también son famosas sus muchas, muchísimas, tardes aciagas; tantas que incluso el suplemento de ABC hizo famoso en la década de los 20 un chiste en el que se veía a dos ratones conversando entre rejas en una celda de los calabozos de Madrid y diciendo: «Qué raro, son ya las nueve y aún no ha venido Cagancho».

Su tarde más recordada, 26 de agosto de 1927, no fue una tarde de las buenas, sino de las otras. Toreaba en Almagro con todo el papel vendido y una expectación inusitada. Se lidiaban toros de Pérez-Tabernero y la cosa se torció desde el principio. Para su desgracia y cuando ya tenía al público en contra salió a la plaza el sexto de la tarde, un auténtico tío, al que Cagancho se vio incapaz de matar. Cuando le sonaron los tres avisos Cagancho lo había intentado todo, incluso apuñalar alevosamente al toro desde detrás de la barrera mientras le llovían todo tipo de objetos desde el tendido. No había muerto aún el burel cuando el público invadió la plaza dispuesto a ajustarle las cuentas al diestro siniestro. La guardia civil se empleó a fondo e incluso fue preciso que cargase un escuadrón de caballería que había llegado de refuerzo. Cagancho finalmente fue detenido y llevado al ayuntamiento donde quedó custodiado por la Guardia Civil en prevención de males mayores.

No crean que esto de dejarse ir vivo un toro ha sido algo infrecuente en la tauromaquia, toreros como Curro Romero o Rafael de Paula (por citar sólo dos recientes) han sido habituales de los calabozos de los pueblos de España por acciones parecidas aunque, como a Cagancho, sus partidarios se lo han perdonado todo siempre esperando sus tardes de gloria.

Por eso cuando Cagancho, ya al final de su carrera, se abrió de capa en Las Ventas para recibir al cuarto de la tarde, la afición quedó estupefacta al ver jugar las manos a aquel más que cincuentenario torero que, de esa forma, presentaba sus credenciales para la corrochanesca beatificación.

¿Y todo esto a cuento de qué?

Pues a cuento de qué hoy he vuelto a leer la expresión «quedar como Cagancho en Almagro» y he recordado esta peripecia del gitano de los ojos verdes.

Joaquín Rodríguez «Cagancho» murió en el Sanatorio Español de México el último día del año 1983.

Paridad oculta

Paseaba hoy por la Carrera de San Jerónimo camino de la estación de Atocha cuando, al pasar frente al Congreso, he recordado un viejo debate que tiene como protagonistas a los leones que hay frente a él. El debate tiene que ver con el hecho cierto y comprobable de que uno de ellos carece de los elementos que ejercen como pequeños testigos (testículos) de la masculinidad de su portador. Dicho por derecho: el león del rabo recogido carece de testículos.

En el año 2012 el Canal Historia inició una campaña publicitaria para pedir que se pusieran los testículos a este león del Congreso, ya que el otro sí los tenía. La campaña fue a través de la prensa y de las redes sociales y obtuvo un premio del Festival Iberoamericano de la Comunicación Publicitaria. Manda… Bueno, manda.

Y el caso es que quizá la historia no sea esa sino que, a pesar de su melena y de su morfología netamente masculina, es posible que este león no sea macho sino hembra. No, no se echen a reír y denme una oportunidad de explicarme.

Empezaré diciendo que los leones que tiran del carro de la diosa Cibeles, un poco más abajo, con toda seguridad no son leones, sino león y leona a pesar de su melena. La mitología antigua nos aclara este entuerto pues los leones que tiran del carro de Cibeles son, nada más y nada menos, que Hipómenes y Atalanta, una pareja cuya historia conocemos bien. Atalanta, mujer de rara belleza y apasionada por la caza, logró ser tan veloz que, no deseando casarse con nadie, puso como condición a quien quisiese ser marido que, antes, la derrotase en una carrera, pero que —siempre hay un pero— al que perdiese la competición contra ella le daría muerte sin piedad.

El caso es que, como la zagala era guapa pero, para desgracia de sus admiradores, rápida como el viento, pronto apioló a multitud de optimistas que se creyeron capaces de derrotarla y llevaba ya hecho un escabeche de categoría cuando Hipómenes decidió pedir su mano.

Atalanta le retó a la consiguiente carrera en la confianza de que Hipómenes pronto sería un fiambre más; sin embargo Hipómenes, previsor, no había acudido desprevenido a la carrera pues, antes, había buscado y obtenido la ayuda y coaching de Afrodita, una diosa que en esto del amor y los matrimonios era la máxima autoridad. Afrodita entrenó a Hipómenes y le entregó como arma secreta tres manzanas de oro del Jardín de las Hespérides, instruyéndolo en el uso que debía darles. Así lo hizo Hipómenes y en cuanto comenzó la carrera fue dejando caer cada cierto tiempo una de las manzanas; Atalanta se entretuvo recogiéndolos y por ende perdió la concentración y la carrera.

Atalanta no pudo darle gusto al cuchillo tras la carrera pero, a cambio, se llevó tres manzanas de oro macizo (que quieras que no consuelan bastante por la derrota) y un marido del que se acabó enamorando locamente, tanto que se dedicó a hacer el amor con él en los lugares más inverosímiles e inapropiados. A tanto llegó su celo amatorio que ambos amantes acabaron copulando en un templo de Cibeles (cosa que, como todo el mundo sabe, está feísima) de forma que la diosa se cogió un cabreo más que regular y decidió castigar a la pareja convirtiéndolos en leones. Así pues los dos aparentes leones que tiran del carro de la diosa Cibeles no son dos leones sino un león y una leona, bien que melenuda ella.

¿Se repite la historia de Hipómenes y Atalanta en los leones del Congreso? Hay división de opiniones.

La Wikipedia afirma que no (sin fuentes que a avalen tal afirmación) sin embargo no son pocos los autores que afirman lo contrario.

Lo cierto y verificable es que uno de los leones carece de testículos sin que exista explicación contrastada del por qué de tal ausencia. Quizá los castizos Daoíz y Velarde nos estén mandando un mensaje cifrado, quizá el escultor quiso decirnos algo… ¿Quién sabe? Lo cierto es que hasta aquí ha llegado la paridad.

Candidus

Pido disculpas de antemano pero hoy quisiera contar una historia personal.

En 1991 yo era un joven abogado afiliado a un partido político que ya no existe: Centro Democrático y Social (CDS), el partido que fundó el expresidente Adolfo Suárez cuando se marchó de UCD. Sí, yo tengo un pasado político.

Eran años en que el que los dos grandes partidos ya daban claras muestras de andar enredados en asuntos de corrupción (Alfonso Guerra y su hermano en el PSOE, Caso Naseiro en el PP, por ejemplo) y era el año en el que Adolfo Suárez, tras la campaña de acoso y derribo del PP, que ahora, cínicamente, reivindica su figura, había decidido abandonar la presidencia del partido.

En aquel 1991 se celebraba el Congreso Nacional del Partido y yo andaba enfadado, no me gustaba lo que estaba viendo ni cómo iban las cosas y decidí presentar una ponencia ideológica que contenía una enmienda a la totalidad de la presentada por el aparato del partido. Contendían en aquel congreso personalidades como Raúl Morodo, Rosa Posada, Rafael Calvo Ortega, Rafael Arias Salgado… Adolfo Suárez se decía que movía los hilos tras las bambalinas y ahí aparecí yo a defender mi enmienda a la totalidad.

Esa mañana pensé un poco qué me pondría, recordé que candidato viene de «candidus» (blanco) y busqué la chaqueta más clara que había en mi armario.

Mi novia odiaba aquella chaqueta (hay que ser muy cateto para llevar chaquetas claras, decía) y yo sabía que me iba a caer un buen rapapolvos cuando se enterase pero, como padezco de achaques de etimologías, no pude resitirme al étimo de candidato y decidí que, si había que serlo, yo lo sería en todos los sentidos, hasta en el color de la ropa. Total, iba a perder, iba a gozar de mis diez minutos de atención y aquí paz y después gloria. Ya que vamos a palmar, mejor en traje de gala, pensé.

Me equivoqué, cuando comencé mi intervención… «Buenos días, me llamo José Muelas, soy compromisario por Murcia, tengo 30 años y cuando tenga 40 quisiera poder seguir votando a este partido…» empecé a notar un silencio cargado de electricidad que me indicó que mis palabras estaban llegando a los compromisarios… intervino el portavoz oficialista en una intervención que ya ni recuerdo pues yo estaba preparándome para irme y se votó. Un mar de cartulinas rojas rechazó la moción oficial y otro más de cartulinas verdes hicieron triunfar mi enmienda a la totalidad. Y se montó la mundial.

Las televisiones y los periódicos pugnaban por entrevistarme, mi chaqueta ya era evidente que sería vista por mi novia, hube de convocar sucesivas ruedas de prensa y hasta pedir prestados cinco duros a un cámara de televisión para telefonear a mis padres y decirles que no se asustasen si veían aquel follón en el telediario, que todo había ido bien y que yo estaba contento y que no se preocupasen. Eran los tiempos en que no había teléfonos móviles.

Esa noche Francisco Umbral escribió un artículo que siempre me acompañará y esos días periódicos y televisiones me dedicaron una inesperada atención. Era la vieja historia de David y Goliat, la historia del orador que, contra todo pronóstico, hace cambiar de opinión y de voto a los compromisarios.

Yo lo que quería era volver a Cartagena para casarme y ser abogado con mi novia (acabábamos de alquilar un despachito humilde en la Serreta) y eso hice para sorpresa de muchos.

Desde que llegué a Cartagena el uso de la alba chaqueta del congreso quedó prohibido y, desde 1991, ya no pude volver a ponérmela. No tanto porque mi mujer lo impidiese sino porque comencé a engordar y, de la obesidad moderada que ya padecía en 1991, pasé a tonelajes más serios.

Hoy, mientras me vestía para ir a trabajar, he visto la chaqueta (27 años colgada en el armario) y, como he adelgazado bastante en los últimos meses, he sentido la tentación de probármela y… caramba, resulta que me estaba perfecta. Me he quedado francamente sorprendido de tener hoy día el mismo grado de sobrepeso que tenía en 1991 cuando contaba tan sólo con 30 años de edad.

He dudado, he cambiado de opinión varias veces, pero, al final, me la he puesto y me he venido al despacho donde he pedido a mi amigo Joaquín que me hiciese una fotografía. Él no había nacido la última vez que me la puse.

Cinco horas con Larios

Quizá sea el mundo de las ginebras uno de los que mejor ilustren la enfermedad social que nos destruye en esta segunda década del siglo: la ausencia de criterio. Hoy ser es parecer, la incultura zafia camuflada bajo los deletéreos dictados de las modas, las sedas vistiendo monas a las que se aplaude como si fueran sapiens cuando no pasan de pan paniscus y los hábitos haciendo monjes que no distinguen un salmo de un salmón. Es el tiempo de las etiquetas, no de los productos; de los envases y no de las mercancías, del continente y no del contenido, es el tiempo del marketing, el packaging y el merchandasing, el tiempo de la apariencia, de la positura y de la foto sin historia.

Hoy no estoy hablando de gobiernos y justicia —que también vendrían al pelo— sino de ginebras.

Sí, quizá el mundo de las ginebras ilustre bien esta enfermedad social del postureo. En realidad nadie o casi nadie sabe a qué debe de saber una ginebra y por qué debe de saber así pero, a pesar de ello o posiblemente a causa de ello, muchos consumidores se lanzan a adquirir carísimas ginebras que les otorguen el status de connaiseurs y así, valorarán en sumo grado un destilado coloreado de azul siempre que su precio sea prohibitivo y les permita cantar sus virtudes sin riesgo de que alguien con criterio pueda comprarlo, probarlo y decirles la verdad.

Recientemente una famosa cata a ciegas realizada en Inglaterra ha declarado que, la ginebra preferida por el grupo de selectos catadores que componían el jurado, costaba menos de 11 euros y era un producto elaborado por una cadena de supermercados alemanes. Es lo bueno de las catas a ciegas, las vestimentas de seda no disimulan monas ni los seglares pueden echar mano de ningún hábito para parecer monjes, sin maquillajes ni afeites y valorando las cosas por lo que son o han de ser, muy a menudo se pone de manifiesto que nos dan gato por liebre y bajo el nombre de ginebra, vino o agua mineral, nos están vendiendo estatus, prestigio o imagen, pero no un producto cabal y honesto.

Por mi parte les contaré un secreto: la ginebra que a mí me gusta tiene nombre de resonancias malagueñas y la elegí después de haber probado muchas otras y siempre tras mi particular cata a ciegas. Sé que a muchos les parecerá algo herético pero a mí me gusta y a esto sólo le veo yo dos explicaciones: o tengo gustos plebeyos o es muy verdad que la condición del necio es confundir valor con precio.

Perdón por el monólogo.

Nachthexen

Los alemanes las llamaron «Nachthexen» (Brujas de la noche) y sobre ellas circularon todo tipo de leyendas. Se decía que combatían bajo el efecto de drogas que les conferían visión felina, se contaba que el piloto alemán que derribaba a una de ellas recibía inmediatamente la cruz de hierro, se afirmaba —y esto era verdad— que volaban sin paracaídas para ahorrar peso…

La realidad era muchísimo más dura para las pilotos del 588º Regimiento de Bombardeo Nocturno: sus aviones eran viejísimos y ruidosos biplanos Polikarpov Po-2, capaces apenas de cargar dos bombas bajo las alas y tan lentos que, al máximo de su velocidad, un avión alemán entraría en pérdida. Sin embargo las pilotos del 588º hicieron de la necesidad virtud y suplieron la poca capacidad de carga de sus biplanos con trabajo: no era rara la noche en que hacían hasta 18 salidas; la lentitud la compensaban con un plus de maniobrabilidad y el ruidoso traqueteo de su motor simplemente lo eliminaban apagándolo, porque las brujas, cuando bombardeaban, lo hacían planeando y con el motor apagado, luego, si había suerte, encendían el motor y huían. Fue el silbido del aire entre los cables de las alas de sus biplanos el que les dio el apodo a las mujeres del 588º, los alemanes decían que ese silbido era el mismo que haría una bruja volando.

No solo eran mujeres las pilotos sino también todo el personal de tierra y murieron muchas, muchas. Sus viejos y frágiles aparatos no les brindaban demasiadas oportunidades.

Sufrieron alguna burla de sus compañeros pero los alemanes, a quienes persiguieron y bombardearon hasta el mismo Berlín, hicieron de ellas y sus aviones de tela un mito. Su líder moral, Marina Raskova, murió en acción en 1943 y esta que ven en las dos primeras fotos, Nadia Popova, fue la última de aquellas brujas de la noche: murió en 2013.

Nadia Popova fue distinguida con el título de “Héroe de la Unión Soviética” (la más alta distinción posible en la URSS) y abrumada con las más altas condecoraciones. Todavía, en una entrevista en 2010, Nadia declaró:

“A veces me quedo absorta mirando la oscuridad, cierro los ojos y puedo verme todavía como una chica joven, encaramada ahí arriba, en mi pequeño bombardero… Y entonces me pregunto: ¿Nadia, cómo pudiste hacerlo?”