Unabomber

Es una de las personalidades más enigmáticas del siglo pasado y del presente. Nos dice la wikipedia que Theodore Kaczynski nació en Chicago en 1942 y que desde una muy pronta edad demostró excelentes capacidades académicas. Kaczynski se graduó en la Universidad de Harvard y obtuvo un doctorado (PhD) en matemáticas por la Universidad de Míchigan. Se convirtió en assistant professor (equivalente a profesor ayudante, doctor) en la Universidad de California, Berkeley, a la edad de 25 años, pero dimitió dos años más tarde y, según nos aclara también la wikipedia «en 1971 se mudó a una cabaña sin luz ni agua corriente en las remotas tierras de Lincoln, Montana, donde empezó a aprender técnicas de supervivencia y a intentar ser autosuficiente.»

No volvieron a tenerse noticias de él hasta 1995 pero durante esos 24 años Theodore tuvo tiempo de imaginar una distopía, un futuro cercano donde el ser humano sería absolutamente innecesario.

Fue como consecuencia de ello que, Theodore, decidido a salvar al mundo de tal distopía, comenzó a remitir cartas bomba a universidades y aerolíneas, acabando con la vida de tres personas e hiriendo a otras veintitrés. El FBI organizó la más costosa caza del hombre llevada a cabo hasta entonces y, dado que desconocían su identidad, le llamaron provisionalmente «Unabomb» (UNiversity and Air BOMBer).

Las razones por las que Unabomber (Theodore Kackzynski) llevaba a cabo su campaña de atentados se conocieron cuando, el 24 de abril de 1995, Theodore remitió una carta al New York Times y prometió «cesar el terrorismo» si el The New York Times o el The Washington Post publicaban su manifiesto. Y así lo hicieron.

Fue la publicación de su manifiesto el que dio lugar a su detención, pues el hermano de Kaczynski lo reconoció en este documento, entre otras cosas, por una frase clave «No puedes comerte la tarta y seguir teniéndola», la cual era típica de su hermano. Investigó el documento y las cartas enviadas y alertó a las policías, pero entre tantos sospechosos uno que no poseía siquiera agua corriente tenía más difícil la fabricación de una bomba; sin embargo, cuando la policía registró la cabaña de Theodore hallaron pruebas irrefutables de que él había construido y remitido las bombas.

Theodore, ante la perspectiva de ser condenado a muerte, alcanzó un acuerdo con la fiscalía y fue condenado a tres cadenas perpetuas sin posibilidad de remisión; en la actualidad, Kaczynski está encarcelado en ADX Florence, cárcel federal de máxima seguridad ubicada en el Estado de Colorado, lugar del cual, conforme a su condena, no saldrá vivo.

¿Cuál era la distopía imaginada por Kackzynski y que le llevó a emprender su criminal cruzada terrorista?

Probablemente les resultará sorprendente pero, hoy día, el futuro imaginado por Kaczynski es compartido por una buena parte de los más relevantes científicos del mundo y no es otro que el cercano advenimiento de la singularidad. Si no sabes lo que es la singularidad puedes leer algunos post anteriores que he escrito sobre el tema, o buscarlo en wikipedia, o decirme que escriba un post, si tengo tiempo es algo que me apetece hacer en el futuro.

Inteligencia Artificial y estupidez humana

La Inteligencia Artificial es un arma poderosa y, como toda arma poderosa, es cara de adquirir, por lo que su control está reservado a élites reducidas.

Cuando se habla de la Inteligencia Artificial y sus peligros, el cine y la televisión suelen mostrarnos máquinas o robots de aspecto humano que, de pronto, adquieren sentimientos y se rebelan contra su creador o se enamoran de él, dependiendo de la mayor o menor imaginación del guionista. Este recurso cinematográfico confunde inteligencia con conciencia, pero no dejes que la realidad te estropee un buen guión.

Puede ser que en algún momento del futuro las máquinas adquieran conciencia pero para eso falta mucho y antes hay un período verdaderamente peligroso que es al que nos enfrentamos y del que no estoy seguro si la sociedad ni los abogados tienen conciencia plena.

Voy a repetir el primer párrafo de este post: La Inteligencia Artificial es un arma poderosa y, como toda arma poderosa, es cara de adquirir, por lo que su control está reservado a élites reducidas.

Lo peligroso de la Inteligencia Artificial no es que se rebele contra su dueño sino justamente lo contrario, que le obedecerá ciegamente y dotará a su propietario, una minoría poderosa, de un poder como nunca se ha visto en la historia del género humano. Si quieren un símil esto es como cuando en el siglo XIX unos cientos de ingleses se apoderaban de extensiones enormes de África usando sus ametralladoras Maxim contra miles de aborígenes armados con lanza.

La Inteligencia Artificial ha venido aquí para quedarse y no se trata de limitar su crecimiento, se trata de precavernos del mal uso que los pocos que controlen esta tecnología pueden hacer de ella.

A ver cómo se lo explico, una impresora inteligente no se va a rebelar contra su dueño o se va a enamorar del escáner; lo que sí puede hacer esa impresora inteligente es ajustar el consumo de tinta, aprender sus errores más comunes a la hora de introducir el papel, predecir si usted quiere imprimir en formato recto, apaisado, por las dos caras… Pero también comunicar a su fabricante cuanto trabajo imprime usted al mes, si usted se dedica al derecho civil o al penal, si usted se demora en el cambio del tóner y si hay indicios de que usted pasa por apuros económicos… Y esto no es nada pero el Internet de las Cosas, el Big Data y la Inteligencia Artificial simplemente dotarán a quienes los posean de un poder asombroso y, convénzase, aunque le hablen a usted de transformarse o le lleven a bailar con un robot, ni usted ni yo vamos a ser quienes controlen esas tecnologías en su versión más avanzada.

Quien, por ejemplo, controla tecnologías es el Banco de Santander (por cierto, le vi como espónsor de la Feria esa de la Abogacía de Valladolid) quienes no las controlan son esos tres mil quinientos empleados afectados por el ERE que acaba de presentar.

La Europa Medieval fue un fenómeno de acumulación de tierras (el principal activo) en manos de unas pocas familias; la revolución industrial fue un fenómeno de acumulación de capitales en manos de una minoría (los capitalistas) y la revolución tecnológica es un proceso de acumulación de tecnologías y de información en manos de una élite. Tanto la Europa Feudal, como la Europa Industrial sufrieron fuertes crisis y revoluciones que trataron de redistribuir la riqueza; tengamos cuidado porque en la Revolución Tecnológica todo va mucho más rápido.

Muchos científicos y personalidades relevantes del mundo de la Revolución Tecnológica contemplan como seguro un mundo donde habrá un importante excedente de mano de obra y, recurrentemente, aluden a una Renta Básica Universal (Zuckerberg) que permita sobrevivir a todos. En ese futuro de Zuckerberg y otros todos sobreviviremos pero seremos simplemente irrelevantes y todo el pastel se lo comerán unas pocas compañías y, en nuestro sector, unos pocos bufetes/negocio multinacionales.

No, créanme, el problema no es la inteligencia artificial, el problema es la estupidez humana. Vamos hacia una nueva sociedad donde el riesgo de control de los muchos por unos pocos es de una dimensión nunca vista. Ese riesgo puede ser conjurado ahora, no limitando los avances en Inteligencia Artificial sino democratizándola.

El Consejo General de la Abogacía Española acaba de aprobar a espaldas de los abogados españoles un código deontológico que, en lugar de adelantarse a las tensiones del sector, nace viejo y caduco. Es con estas herramientas con las que se puede prever y regular el futuro pero, para eso, al menos hay que tratar de prever el futuro.

Nadie está en posesión de la verdad (dicen que dios es demócrata y repartió estupidez e inteligencia a partes más o menos iguales) por eso lo mejor es escuchar al mayor número posible de voces (un informático diría que las sociedades procesan datos como organismo) pero, la pequeña élite que controla nuestro Consejo General de la Abogacía Española, ni admite consejos, ni lo hace de forma general si lo hace, ni mucho menos los admite de la abogacía española a la que impide participar en la redacción de los textos que la afectan. De forma que en muy poco tiempo esa pequeña élite ha logrado que este CGAE ni sea Consejo, ni sea General, ni sea de la Abogacía Española.

Este tipo de corporaciones que funcionan así, de espaldas sus miembros, son justo lo menos indicado para afrontar el futuro. No creo que podamos esperar mucho de ellos, así más vale que te organices y tomes tu futuro en tus manos. Con inteligencia humana.

Látex y los escritos judiciales

Los intentos de la Sala de lo Contencioso-Administrativo de normalizar los escritos judiciales sugieren —permítaseme decirlo— un profundo desconocimiento de los magistrados tipógrafos de los recursos que ofrece la informática en este campo.

Hoy quisiera hablarles de LaTeX, un sistema de composición de textos, orientado a la creación de documentos escritos que exijan una alta calidad tipográfica. Por sus características y posibilidades, es usado de forma especialmente intensa en la generación de artículos y libros científicos que incluyen, entre otros elementos o expresiones matemáticas.

LaTeX en principio puede resultar intimidatorio para un jurista pero, una vez aprendidos unos mínimos rudimentos, sus ventajas en la composición de textos son evidentes.

Una de las ventajas de LaTeX es que la salida que ofrece es siempre la misma, con independencia del dispositivo (ordenador, impresora, pantalla, etc.) o el sistema operativo (MS Windows, MacOS, Unix, distribuciones GNU/Linux, etc.) y puede ser exportado a partir de una misma fuente a numerosos formatos tales como Postscript, PDF, SGML, HTML, RTF, etc. Por tanto, si lo que querían los magistrados tipógrafos era uniformizar los escritos, generar una plantilla de documentos judiciales en LaTeX era una opción a considerar.

Sí, se que ellos mismos se sentirían intimidados por LaTeX y renuentes abandonar su omnipresente «Word», pero LaTeX es una opción usada por todas las universidades del mundo dado que ofrece las mejores calidades de impresión y la garantía de que todos los documentos presentados estarán absolutamente normalizados.

Una salida típica de LaTeX la muestran las siguientes imágenes

Lo mejor es que, una vez definida la plantilla o la «clase» del documento, todos los escritos presentados por cualquier persona desde cualquier ordenador y con cualquier sistema operativo tendrán SIEMPRE el mismo aspecto; y no solo eso, las citas y reseñas bibliográficas, jurisprudenciales, los índices, los pies de página, todo, absolutamente todo, estará normalizado.

El mundo, no obstante, no es perfecto y LaTeX es bastante más complicado de utilizar (no tanto en realidad) que otros procesadores. Desde luego si uno considera que una página escrita en LaTeX tiene el aspecto que se ve en la ilustración siguiente puede sentirse alarmado

Pero les garantizo que, en realidad, establecida una plantilla —y eso es cuanto se necesita para escritos judiciales— el resto es coser y cantar.

En fin, el objeto de este post no es convencerles para que usen LaTeX (les aseguro que serían unos usuarios felices) sino simplemente que conozcan otras opciones distintas al inevitable «Word», en este caso la opción de más calidad aunque quizá más compleja. Otro día les hablo de LibreOffice, un procesador que todos, y esta vez sin excusas de complejidad, debiéramos utilizar.

Cómo delinquen los poderosos

A los ojos de los hombres el acto de administrar justicia es algo muy complejo pues exige, no sólo de unas leyes previas que incorporen unos determinados valores de justicia, sino también de la posibilidad de atribuir las acciones a enjuiciar a unas personas determinadas y establecer una clara relación causa-efecto entre estas acciones y las consecuencias de las mismas.

Del primero de los requisitos —la existencia de un ordenamiento jurídico previo que incorpore determinados valores de justicia— me ocuparé otro día, hoy quiero ocuparme de cómo, ciertas personas, especialmente las más poderosas, esquivan el cumplimiento de tal ordenamiento a través de la manipulación del segundo y el tercero de los requisitos a que hice referencia antes: la posibilidad de atribuir las acciones injustas a unas personas determinadas y establecer una clara relación causa-efecto entre estas acciones y las consecuencias de las mismas.

La facultad de atribuir a un indivíduo la comisión de una determinada acción está en la base de cualquier forma, no sólo humana, de cooperación.

A Darwin le fascinaba esta facultad. Para vengarse, por ejemplo, un indivíduo debe tener la capacidad de identificar al causante de su mal entre el resto de los indivíduos, debe tener la capacidad de recordar lo que ha hecho este indivíduo concreto y sólo si ambas precondiciones se dan, podrá el indivíduo agraviado considerar la posibilidad de vengarse. Esto es válido para cualquier especie animal pero, no cabe duda, en el caso de la especie humana esta facultad está especialmente desarrollada y esto fascinaba a Darwin.

Los seres humanos han tratado históricamente de anular la capacidad de vengarse de sus víctimas mediante el uso de disfraces que anulasen esta facultad e impidiesen a la víctima reconocer al autor de la injusticia y poner en marcha los mecanismos de venganza privada o pública de que pudiese disponer.

En el caso de los delincuentes de poca monta, la máscara, el pasamontañas o el antifaz, han sido las herramientas utilizadas tradicionalmente para tratar de evitar la venganza privada de sus víctimas o la pública del estado a través de la acción de la justicia. Tales herramientas se nos aparecen verdaderamente toscas si las comparamos con las sofisticadas máscaras que utilizan los delincuentes de cuello blanco: complejos entramados societarios donde las personalidades jurídicas de las diversas entidades se superponen como si de un complejo juego de muñecas rusas se tratase y donde la auténtica personalidad del autor no puede conocerse sino tras haber ido abriendo trabajosamente un sinnúmero de falsas personalidades, a menudo radicadas en países extranjeros donde la longa manus del estado apenas puede alcanzar o no puede alcanzar en absoluto, e incluso haber tenido que pasar por encima de una buena cantidad de testaferros.

La máscara (del árabe mas-hara y este de sahara —él burló— y este a su vez de sahír —burlador—) ha sido la impostura con la que los delincuentes han tratado tradicionalmente de ocultar sus acciones, pero, esa máscara —fácil de levantar para ver la real cara del delincuente— se ha vuelto virtualmente impenetrable en el caso de los delincuentes poderosos cuando se confecciona con cadenas de personas jurídicas cuyo origen suele estar en un paraíso fiscal donde un trust las provee legalmente de un testaferro virtualmente impenetrable.

La sensación de impotencia que al ser humano común le causa la impunidad que generan estas sociedades anónimas se pinta con maestría en la escena del desahucio de la película «Las Uvas de la Ira», cuando unos campesinos van a ser desahuciados de unas tierras:

—¿Y quién es la compañia Shawny Land?

—¡No es nadie! ¡Es una compañía!

—Pero tienen un presidente; tendrán alguien que sepa para qué sirve un rifle.

—Pero, hijo, ellos no tienen la culpa. El banco les dice lo que tienen que hacer.

—Muy bien, ¿dónde está el banco?

—En Tulsa, pero allí no vas a resolver nada; allí sólo está el apoderado. El pobre sólo trata de cumplir las órdenes de Nueva York.

—Entonces, ¿a quién matamos?

—La verdad, no lo sé. Si lo supiera te lo diría; yo no sé quién es el culpable…

Y si de esta forma evitan los poderosos responder por sus acciones, aún guardan un truco más en la manga para asegurarse la impunidad: la imposible o muy difícil concreción de las relaciones causa-efecto. Déjenme explicarme.

Si usted ve que una persona apuñala a otra para robarle y la mata, a usted no le cabe la menor duda de la relación causa-efecto entre el apuñalamiento y la muerte subsiguiente. Usted puede culpar de la muerte de la persona a quien le apuñala y esto es tan claro que no admite réplica.

No pasa igual con los poderosos y sus máscaras las sociedades anónimas. Cuando una sociedad, para enriquecerse, contamina el aire que respiramos con sustancias potencialmente nocivas, culpar a esta sociedad de las eventuales muertes que esta contaminación pueda producir no es algo obvio en absoluto, como no es obvio que empresas que se enriquecieron con el asbestos sean las culpables de las muertes que ahora se están produciendo por tal causa. Más aún: usted sabe que hay empresas que usan del trabajo infantil en formas equiparables a la esclavitud humana pero, aún así, muchas personas compran los productos así fabricados porque son baratos. ¿Quiénes son los culpables de esa forma de esclavitud? ¿Es usted cómplice de esa forma de explotación si compra los productos así fabricados? ¿O quizá prefiere no saberlo?

No, las acciones con que se enriquecen los poderosos, aun siendo en algunos casos delictivas, no tienen para nosotros ni para nuestra justicia la deseable claridad en la relación causa-efecto. Ya no le digo nada si a esta dificultad añadimos la brevedad de los plazos prescriptivos.

Así pues, cuando un poderoso realiza un acto delictivo no solemos ser capaces de establecer a tiempo la relación causa efecto (piense en el caso del asbestos) entre ese acto y el daño que causa; pero además, cuando seamos capaces de hacerlo, seremos incapaces de establecer con seguridad la real autoría de la acción enmedio de la maraña de compañías y sociedades interpuestas.

La complejidad del mundo actual hace que no seamos capaces de comprenderlo bien, nos incapacita para percibir la maldad de las acciones humanas en toda su crudeza y nos impide dar a cada uno lo suyo porque, simplemente, somos incapaces de distinguir quién es quién.

No se engañen, las grandes acciones delictivas, los grandes robos, los asaltos a países enteros, no los llevan a cabo personas con antifaz o pasamontañas sino corporaciones honorables a través de complejas operaciones financieras. Mientras, nosotros, los seres humanos de carne y hueso, nos seguimos espantando con el último asalto a un chalet que nos ofrece el telediario y exigimos mano dura, los robos y depredaciones verdaderamente importantes no salen en el telediario.

Hemos establecido unas policías y unas administraciones de justicia extremadamente eficaces contra la delincuencia analfabeta, tosca y rudimentaria de antifaz y navaja, pero estamos absolutamente indefensos frente a esas acciones depredatorias que se llevan a cabo en las oficinas con moqueta establecidas en rascacielos del centro de las capitales del mundo. De hecho, cuando estos robos y depredaciones se producen, ni siquiera las llamamos robos, las llamamos «crisis» y culpabilizamos de las mismas al «ciclo económico» o, incluso, en el colmo de la estupidez nos culpamos nosotros mismos («hemos vivido por encima de nuestras posibilidades»), fórmula que no es sino una forma renovada del infame «van provocando» culpabilizador de las víctimas.

A nuestra justicia del siglo XVIII le vienen grandes los delitos del siglo XXI y es obsesión de unos pocos poderosos tratar de que no nos demos cuenta de la situación y esta siga siendo así. Probablemente por esto, determinados grupos, prefieren una administración de justicia con pocos medios y una policía con muchos uniformados que defienda el orden público en que ellos medran y no una justicia capaz y una policía con más recursos en inteligencia que en fuerza.

Vivimos en un mundo complejo y muy difícil de entender, no es posible seguir manteniendo la ilusión de una justicia que hace mucho que dejó de estar a la altura de los tiempos. Y, si alguien le dice que sí lo está, obsérvele con cuidado porque, muy probablemente, está usted ante un cómplice de los poderosos que delinquen, aunque, eso sí, no sabemos si por dolo o por simple estupidez, que es lo más normal.

Darwin, créanme, lo fliparía con nosotros.

Inteligencia colectiva

La mente humana es, al mismo tiempo, brillante y patética. Hemos descubierto la energía nuclear, hemos curado la viruela y muchas otras enfermedades, hemos mandado naves a otros planetas e incluso fuera del sistema solar, pero, en el fondo, individualmente, somos unos perfectos ignorantes cuya supervivencia depende principalmente de los demás.

Un indio apache sabía procurarse alimento, confeccionarse ropa, construir su vivienda, domesticar caballos y pastorear pequeños animales; además tenía sus rudimentarios conocimientos de medicina, de la climatología, botánica y fauna de su entorno así como de determinados recursos minerales e hidrológicos y, en fin, era mucho más autosuficiente que cualquiera de nosotros.

Nosotros usamos un iPhone y nos sentimos sabios cuando desconocemos absolutamente cómo funciona ese cachivache.

Steven Sloman y Philip Fernbach en «The Knowledge Illusion: Why We Never Think Alone» nos cuentan cómo en un experimento se preguntó a un grupo de personas cuánto sabían de una cremallera. Todos respondieron que las usaban a diario pero casi ninguno mostró el menor conocimiento sobre los procesos que una cremallera llevaba a acabo para abrirse o cerrarse.

El ser humano, individualmente, es de una ignorancia supina y sólo cuando produce ideas en equipo alcanza los rasgos de genialidad que han llevado a nuestra especie a los confines de la galaxia —por arriba— y a conocer las más mágicas reglas de la física cuántica por abajo.

Por eso, ver a esos líderes —que no saben cómo funciona una cremallera— o a esas presidencias que mantienen en secreto todo cuanto hacen para reservarse para sí las parcelas de su miserable poder, me produce repugnancia.

La grandeza de una nación o de un colectivo jamás está en sus ignorantes líderes, sino en el conocimiento brillante y profundo de una sociedad que coopera.

Observa cuánto poder trata de acumular un individuo para sí y eso te dará la exacta medida de su estupidez.

La singularidad, el ajedrez y Alpha Zero

En los últimos tiempos hablar de la singularidad ocupa una parte bastante central en las conversaciones con mis amigos. Solemos especular con las fechas aproximadas en que sucederá y si estaremos aquí para vivirla. La singularidad, por si no ha oído usted hablar de ella, es un fenómeno íntimamente relacionado con el desarrollo de la inteligencia artificial y la aparición de máquinas autorreplicantes.

El ajedrez ha sido en los campos de la computación y la inteligencia artificial como el canario que solían llevar los mineros para detectar grisú y yo, como jugador amateur de ajedrez, he tenido la suerte de poder vivir el advenimiento de la singularidad a este juego y las consecuencias que ha tenido para los jugadores humanos de ajedrez.

Ya en la década de los 80 la mejora de las computadoras de ajedrez era evidente y, aunque todavía no ganaban a los humanos, ya se veía que estaban en el camino; en 1996 Deep Blue, un superordenador de IBM, venció al campeón del mundo Garry Kasparov en un oscuro match (sigo pensando que algo raro hubo tras aquella «victoria») pero cuando, ciertamente y sin ninguna duda, la singularidad llegó al mundo del ajedrez fue en el año 2017. En ese año, un programa llamado Alpha-Zero, creado por la empresa de Google Deep-Mind, derrotó aplastantemente al programa campeón del mundo de ajedrez: Stockfish.

El hecho no tendría nada de particular así contado pero, si exploramos la forma en que cada uno de los programas ha llegado a jugar como juega, veremos que, tras la estrategia de Alpha Zero, se apunta ya el fenómeno de la singularidad.

Stockfish es un programa «tradicional» de ajedrez mientras que Alpha Zero es un programa en el cual, en principio, sólo estaban implementadas las reglas del juego pero, tras cuatro horas de jugar contra sí mismo, había aprendido a jugar con fuerza sobrehumana. Resulta aterrador ver cómo, en esas cuatro horas, Alpha Zero fue, por ejemplo, transitando por las mismas aperturas que la humanidad había venido usando en los milenios anteriores y cómo fue pasando de una a otra en casi el mismo orden que el ser humano lo había hecho. Si la humanidad había concluido tras unos miles de años que la defensa más sólida y rocosa contra la Apertura Española era la Defensa Berlín, Alpha Zero llegó a esa conclusión pero en tan solo cuatro horas de juego.

Alpha Zero no tiene una fuerza bruta apabullante, apenas calcula 80 mil posiciones por segundo frente a los 70 millones que calcula su rival Stockfish, pero compensa el menor número de evaluaciones mediante el uso de su red neuronal profunda para centrarse mucho más selectivamente en las variantes más prometedoras; en las partidas de ajedrez de Alpha Zero uno puede hablar sin temor a errar de creatividad y de intuición.

Hay más partidas de ajedrez posibles que átomos en el universo, no es posible «aprenderse» todas las partidas de ajedrez jugables por muy poderosa que sea la máquina que empleemos, Alpha-Zero es un claro ejemplo de una inteligencia artificial que ha aprendido a jugar al ajedrez y a la cual un ser humano no puede siquiera soñar con ganarle.

¿Cuál ha sido la consecuencia de que las máquinas jueguen mejor que los seres humanos al ajedrez?

En la década de los ochenta, mientras a los aficionados nos atormentaba la idea de que la victoria de las máquinas supusiese el fin del juego, Anatoly Karpov, campeón mundial por entonces, dio una respuesta tan sencilla, natural y «soviética», que nos dejó estupefactos: «No veo nada de particular en esto, ya hay máquinas más veloces que las personas y no por ello dejan de celebrarse carreras».

Tenía razón: el hecho de que los ordenadores ganen a los humanos no ha hecho decrecer el interés por el juego y en este momento se vive un boom en la afición al ajedrez en el mundo. Los jugadores de ajedrez han pasado de competir contra las máquinas a usarlas como ayudantes y, aunque ningún humano sueña ya con derrotar a los mejores programas, las usan intensivamente para preparar sus enfrentamientos contra otros jugadores humanos.

Así pues, si el ajedrez es el canario que nos alerta del grisú, lo que nos dice de momento es que la existencia de inteligencias artificiales superiores a la humana, al menos en este campo, no solo no ha «destruido empleos» sino que los ha creado.

Claro que la singularidad de Alpha-Zero en ajedrez no sirve demasiado como término de comparación. Cuando hablamos de singularidad en sentido edtricto hablamos de un mundo donde, máquinas autorreplicantes dotadas de una inteligencia artificial superior a la humana conviertan a los seres humanos en organismos perfectamente prescindibles. Y sin embargo, personalmente, tampoco me preocupa demasiado ese horizonte mientras las máquinas no desarrollen un rasgo típicamente animal y humano (y por tanto artificialmente implementable o evolutivamente desarrollable por máquinas): la consciencia.

Temo más que a la inteligencia artificial la posible evolución incontrolada de las máquinas autorreplicantes. En cuanto un fenómeno de reproducción-mutación se pone en marcha la teoría de la evolución comienza a operar y, si los ciclos reproductivos son lo suficientemente intensos, las consecuencias evolutivas pueden ser impredecibles. Científicos hay que han abandonado sus estudios por el temor a la aparición de nanomáquinas autorreplicantes sin control replicativo y otros, como el tristemente famoso John Kaczynski (Unabomber), han desarrollado estrategias terroristas para frenar una singularidad que ven como inminente e inevitable.

Yo no tengo duda de que pronto veremos máquinas autorreplicantes dotadas de IA superior a la inteligencia humana; seguramente máquinas no universales sino diseñadas para tareas concretas, pero que no serán más que la antesala de una más lejana máquina universal. Pero, como dijo el muy soviético Karpov, no creo que ello deba preocuparnos demasiado mientras sepamos a lo que nos enfrentamos y a donde vamos como especie.

En el mundo que vivimos y en el mundo futuro que hemos de vivir estas máquinas las fabricarán las ficciones llamadas «personas jurídicas» (que son quienes acumulan el capital necesario) y las fabricarán con el único objetivo y límite que la propia naturaleza de estas ficciones jurídicas impone: el beneficio económico. Si no intervenimos como sociedad, el advenimiento de la singularidad vendrá determinado por las cuentas de resultados de unas pocas compañías y corporaciones, de forma que nuestro futuro, como especie, estará en manos de algoritmos diseñados para ganar dinero pero no para proveer de felicidad a los seres humanos.

Seguramente en 30 ó 40 años, como predicen personalidades de talla científica mundial, estemos en el umbral de la singularidad, aunque, para entonces, ya será tarde para controlar y orientar el sentido de la misma.

Hemos pues de tomar las riendas de nuestro futuro como especie; afortunadamente, a día de hoy, todos los partidos políticos y grupos sociales son conscientes de esto y tienen formadas opiniones filosófica y científicamente profundas, tal y como se está viendo en los debates políticos de esta campaña electoral.

Quizá la ironía sea la última frontera de la Inteligencia Artificial.

Skimming o por qué no volverá usted a mirar igual a un cajero tras leer este post

Quizá sepa usted, o quizá no, lo que es el skimming, por si es usted de los que no lo saben yo se lo cuento: el skimming es una práctica delictiva consistente en apoderarse de los datos que se guardan en el chip o la banda magnética de su tarjeta de crédito para, posteriormente, utilizarlos con el fin de defraudarle.

Así explicado es sencillo pero ¿cómo podría alguien apropiarse de los datos contenidos en su tarjeta de crédito?

Hay muchísimas formas pero creo que lo mejor, por su espectacularidad, es que se fije usted en esta que se ve en el video que un skimmer grabó de sí mismo en Viena y que pueden encontrar en youtube. Si son tan amables vean el video y luego sigan leyendo.

Impresionante ¿verdad?, el delincuente adiciona el dispositivo sobre la ranura de inserción de la tarjeta en el cajero y, al pasar la tarjeta por ahí, lee los datos de las tarjetas que se introduzcan y se apodera de ellos.

Pero lo más impresionante viene ahora y es que cualquiera puede comprar por internet uno de esos dispositivos por un precio que ronda los 200€. Los tienen ustedes del modelo que deseen en tiendas popularísimas de internet; véanlos

Parece increíble que un dispositivo casi exclusivamente preordenado a la posible comisión de un delito sea de tan fácil acceso, pero ya ven que es así.

Obviamente apoderarse de los datos de su tarjeta de crédito es sólo la primera parte del iter criminis pues usarlos para defraudarle exige otra serie de operaciones que, por razones entendibles, no voy a contar aquí.

Sólo le sugiero que, la próxima vez que vaya a introducir su tarjeta en un cajero confíe usted menos y compruebe más. Todos los blindajes, pines, tarjetas y demás quincalla tan sólo ofrecen una falsa sensación de seguridad. Piense esto cuando entregue su tarjeta al camarero en restaurante o en una tienda y recuerde que el skimming existe.

¿A que yo le parecen tan inocuos los cajeros electrónicos?