Las guerras informacionales

Las guerras informacionales

A finales del siglo XX muchos pensadores llegaron al convencimiento de que la guerra, en cuanto que empleo de la fuerza, era ya un ejercicio imposible a gran escala.

Las naciones habían vivido casi medio siglo al borde del holocausto nuclear y era evidente para todos que las más poderosas armas nucleares nunca podrían ser usadas. La humanidad había llegado a tal punto en el desarrollo armamentístico que, las armas más potentes de que disponía, ya no sólo eran capaces de acabar con el enemigo sino que, también, eran un arma letal contra la propia nación que las usase. Con esas armas se podía aniquilar al enemigo, sí, pero quien las usase no sobreviviría para contarlo. Las potencias nucleares, a la vista de ello, establecieron una doctrina a la que llamaron Mutually Assured Destruction «MAD» (loco, destrucción mutua asegurada) y esa doctrina del terror nuclear fue la que durante décadas pareció asegurar la supervivencia de nuestra especie.

Por aquellos años el pensamiento estratégico de los militares comenzó a apartarse del mero
uso indiscriminado de la fuerza y se centró más en entender qué eran esos conceptos a los que se llamaba victoria y derrota.

Las guerras de Vietnam y Afghanistán fueron dolorosas enseñanzas para las dos grandes potencias del momento de que las guerras no se ganan solo por el uso de la fuerza, sino por factores que, por entonces, se conocían como guerra psicológica y que hoy denominamos de forma muy diferente.

El caso de la derrota norteamericana en Vietnam fue clave para entender el cambio de doctrina estratégica que tuvo lugar en aquellos años.

Al acabar la Segunda Guerra Mundial, Vietnam era una colonia francesa que luchaba por obtener su independencia lo que originó la llamada Primera Guerra de Indochina (1946-1954), en la que las tropas coloniales francesas se enfrentaron al movimiento de liberación conocido como el Viet Minh, liderado por los comunistas de la Indochina francesa.

Después de que los franceses abandonaran Indochina tras la humillante derrota de Dien Bien Phú en 1954, en la Conferencia de Ginebra se decidió la separación de Vietnam en dos estados soberanos (Vietnam del Norte y Vietnam del Sur) y la celebración de un referéndum un año después, donde los vietnamitas decidirían su reunificación o su separación definitiva.

El referéndum jamás se llevó a cabo: los dirigentes del Sur optaron por dar un golpe de estado y no celebrarlo para evitar que ganara la reunificación. Por este motivo Vietnam del Norte comenzó las infiltraciones de soldados en apoyo de las guerrillas procomunistas de Vietnam del Sur (el Vietcong) con el objetivo de reunificar la nación.

Estados Unidos, en virtud de la Doctrina Truman y lo que se llamó la Teoría de las fichas del dominó, a partir de 1964 comenzó a enviar tropas a Vietnam del Sur para evitar su conquista por el norte comunista, dando lo que se conocería como la Guerra de Vietnam.

La tremenda capacidad militar de los Estados Unidos se dejó sentir pero las guerrillas del Vietcong y el Ejército de Vietnam del Norte, apoyados por China y la URSS, se defendieron con tenacidad causando no pocas bajas al ejército de los Estados Unidos.

El clímax de esta guerra se alcanzó en 1968 con la denominada «Ofensiva del Tet». La planificación de la ofensiva fue meticulosa y la ejecución bien realizada,pero los resultados militares resultaron desastrosos para los comunistas.

Las bajas norvietnamitas superaron las 100.000 mientras que los estadounidenses apenas si sufrieron 4.000, pero esto fue suficiente para que, desde ese ese momento, la guerra quedase irremisiblemente perdida para los Estados Unidos.

A pesar de que Estados Unidos había vencido convincentemente las imágenes de los guerrilleros del Vietcong atacando la Embajada Norteamericana en Saigón causaron honda impresión en la opinión pública estadounidense y, los 4.000 soldados norteamericanos muertos, fueron una cifra imposible de digerir en aquellas circunstancias.

Fotografía de Eddie Adams. El general de Brigada sudvietnamita Nguyen Ngoc Loan disparando a un prisionero del Viet Cong: Nguyen Van Lem. Image copyright | AP / BRISCOE CENTRE FOR AMERICAN HISTORY

Imágenes impactantes como la del fotoperiodista Eddie Adams en donde se ve al General de Brigada Sudvietnamita Nguyen Ngoc Loan disparando a un prisionero del Viet Cong produjo un impacto sólo comparable al de la niña Phan Thị Kim Phúc corriendo desnuda tras un ataque norteamericano con napalm.

El movimiento hippie, declaradamente pacifista, se extendía en esa década por norteamerica; las acciones públicas de figuras famosas como Cassius Clay (desde entonces conocido como Muhammed Alí) negándose a ser reclutado («Ningún Vietcong me ha llamado nunca negro», dijo) también ayudaron a crear un fuerte sentimiento contra aquella guerra en la sociedad estadounidense.

Por si algo faltaba, en 1969, las manifestaciones de protesta se multiplicaron cuando se hicieron públicos los sucesos acaecidos un año antes en el pueblecito de My Lai donde, soldados del ejército norteamericano,  a lo largo de cuatro horas, violaron a las mujeres y las niñas, mataron el ganado y prendieron fuego a las casas hasta dejar el poblado arrasado por completo.

Para terminar, reunieron a los supervivientes en una acequia y abrieron fuego contra ellos hasta matar a todos los habitantes de la zona (es decir, ancianos, mujeres y niños). Por “defectos” en la investigación aún hoy día no se sabe la cifra exacta de asesinatos, pero se estima que la cifra debió estar entre 347 y 504.

Tras esto era cuestión de tiempo que los norteamericanos retiraran sus tropas, primero, y vieran como Saigón caía en manos comunistas después.

La Guerra de Vietnam, pues, no se ganó en los arrozales del Delta del Mekong ni en la ruta Ho Chi Minh, sino en la voluntad del pueblo estadounidense que, por diversas razones, decidió que no quería pelear aquella guerra.

La victoria, pues, solo parcialmente se había conseguido en el campo de batalla mediante el uso de la fuerza, una parte fundamental de la victoria fue conseguir que el pueblo norteamericano desease no pelear aquella guerra.

Por eso, a finales del siglo XX, muchos pensadores llegaron al convencimiento de que la guerra, en cuanto que empleo de la fuerza, era ya un ejercicio muy poco útil.

Por eso, también, en los años siguientes, gracias al uso estratégico de los medios de comunicación, comenzaron a cambiar las formas de hacer la guerra, cambio que devino en revolución con el advenimiento de internet y la aparición de la sociedad hiperconectada.

La revolución de la información hizo así que se redefiniesen conceptos como victoria o derrota y que apareciesen nuevas armas y formas de combate.

Si vencer era imponer la voluntad propia al adversario ya no era necesario doblegarla a través de la fuerza o la amenaza, bastaba con hacer que dicha voluntad mutase a través de la persuasión, el error, el miedo, la confusión o cualquier otro elemento susceptible de hacer mutar la voluntad de los adversarios en el sentido deseado.

A principios del siglo XXI tal doctrina era ya indiscutible y la inversión en armas informacionales aumentó exponencialmente; incluso muchos militares denunciaron la inutilidad de seguir invirtiendo dinero en portaaviones y otros tipos de carísimas armas de destrucción material.

Las guerras informacionales estaban servidas.

En la actualidad Rusia, China y otras naciones invierten ingentes cantidades de dinero en un arsenal tan útil que, sin disparar un sólo tiro, puede permitirles colocar de presidente de los Estados Unidos a quién ellos deseen y no digamos lo que pueden hacer en países con menos capacidad tecnológica.

De cómo se libran estas guerras y de sus doctrinas militares, estratégicas y tácticas hablaremos otro día.

De virus y canciones: información y viralidades.

De virus y canciones: información y viralidades.

Ya que hoy vamos de virus hablemos de otro tipo de viralidades.

Seguro que en muchas ocasiones habrás oído decir que una información es “viral”. ¿Qué quieren decirnos con esto? Antes de responder te diré que, a mi juicio, la expresión debiera efectuarse justo al revés; es decir, afirmando que los virus son “informacionales”. Dicho de otro modo, los virus son una especie dentro del género de la información y por eso se comportan como ella.

Otro día les contaré cómo se comporta la información, hoy estamos de cuarentena y les propondré un experimento que puede ser ilustrativo y es comparar el comportamiento de un virus con un trozo cualquiera de información (eso a lo que Richard Dawkins llamó «meme»), por ejemplo una canción, una canción cualquiera, si tienen dudas piensen, qué les digo yo, en la «Macarena».

Ni un virus ni una canción son seres vivos pues son incapaces de reproducirse por sí mismos ni vivir fuera de huesped, son una especie de parásitos que sólo viven incorporados a otro ser vivo. Es verdad que, en cuanto que cadenas de información, puedes encontrarlos fuera de un ser vivo en forma de «viriones» o «partituras», pero un virión a la espera de un huesped donde incrustarse es poco menos que una melodía a la espera de entrar en la mollera de un humano.

Los virus, como las canciones, infectan cuando entran en contacto con el huesped, por eso lls productores musicales se empeñan en hacer sonar sus producciones en las cadenas de radio pagando por ello y, por lo mismo, los ejércitos medievales arrojaban cadáveres de enfermos de peste dentro de las ciudades que asediaban catapultándolos desde las lineas propias. Si no quieres quedar infectado por un virus o una canción lo mejor es que te pongas en cuarentena apagando la radio o no saliendo a la calle.

Los virus (y las canciones) para tener mayor eficacia reproductiva y transmitirse más fácilmente evolucionan de forma que producen en su huesped comportamientos favorables a su transmisión; así hay virus que producen estornudos o tos (esto facilita su proyección hacia otros huéspedes) y, por lo mismo, hay canciones que inducen a los por ella infectados a dar saltos y contorsionarse en una extraña patología llamada «baile» (¡Heyyyy Macarena! ¡Aaaaaarrghhhh!) de forma que otros incautos se ven atraídos por tan llamativa y aparentemente divertida conducta.

Como buenas entidades informacionales los virus y las canciones mutarán hasta alcanzar su máxima eficacia replicativa y por eso la gripe cada año es distinta y por eso «Macarena» acabó cantándose en inglés con una versión que, eso sí, mantuvo siempre los genes esenciales de su ADN musical (¡Heyyyy Macarena! ¡Aaaaaarrghhhh!).

Ocurre con las canciones como con los virus que, cuando se te pasa la fiebre de esa canción que se te ha metido en la cabeza y cantas todo el día te acaba hartando. Sí, has elaborado los necesarios anticuerpos y ahora estás vacunado contra ella, la canción no te gusta, ahora incluso te molesta, y no volverá a «infectarte» hasta que la olvides o mute hasta una forma para la que no dispongas de anticuerpos. Justito igual que los virus.

Sí, sé que todo esto te parecerá gracioso pero ¿Qué dirías si te digo que epidemias y canciones se propagan siguiendo idénticos patrones? ¿Qué dirías si te digo que ADN y ARN no son más que unas cadenas de información?

Sé que no me vas a creer pero el mundo, el universo, se compone solo de tres cosas: materia, energía e información y virus, viriones, viroides, canciones, literatura o fórmulas bioquímicas no son más que especies de un género fascinante: la información.

Es verdad que lo que he escrito aquí es no más que una broma pero, créeme, yo que tú no me reiría demasiado.

Sólo se gana lo que se da

Sólo se gana lo que se da

«En cuestiones de cultura y de saber, sólo se pierde lo que se guarda; sólo se gana lo que se da», la frase, de una sorprendente profundidad, es de un poeta que, a partir de la pasada nochevieja, ya nos pertenece un poco más a todos.

Digo lo anterior porque, este año, han pasado al dominio público las obras de Antonio Machado, el autor de la frase, y es que este año se cumplen 80 desde la muerte de este poeta en el exilio. Conforme a lo que él nos enseñó han tenido que pasar 80 años para que su obra haya podido ser entregada a la humanidad y él haya podido ganar su última batalla.

La frase de Don Antonio, sin duda, la firmaría el más radical de los militantes del partido pirata y es por eso llamativo que fuese pronunciada en la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, la frase, se enmarca en una vieja tradición del pensamiento español. Déjenme que les cuente una historia.

Cuando en el siglo XVIII en Inglaterra la Reina Ana aprobó la que pasa por ser la primera ley en materia de propiedad intelectual (el llamado “Estatuto de Ana” y oficialmente “An Act for the Encouragement of Learning, by vesting the Copies of Printed Books in the Authors or purchasers of such Copies, during the Times therein mentioned”) se enfrentó radicalmente a la posición de la española Escuela de Salamanca en este punto.

Los sabios de Salamanca sabían que la educación, la cultura y las ideas no eran juegos de suma cero. Si un intelectual daba a otras personas sus ideas él no perdería el conocimiento que entregaba. Las ideas y la cultura, a diferencia de las mercaderías, podías darlas sin perderlas y esto hacía que en el mundo de la cultura no existiese la escasez por lo que la forma de comerciar con la cultura, el conocimiento o las ideas debería ser sustancialmente distinto a la forma en que se comerciaba con la materia.

Esta visión de la realidad, absolutamente correcta desde el punto de vista intelectual y filosófico, chocaba con la más tosca percepción de otros pensadores que, a la vista de que en el mundo de la cultura y la ideas no existía escasez, decidieron crearla artificialmente dictando leyes que prohibiesen la difusión de las ideas.

Antes de la aparición de estas leyes, si usted oía una canción bella, podía usted silbarla, cantarla o incluso hacerse juglar e interpretarla libremente y ganarse así la vida. A partir de estas leyes usted ya no podía hacerlo o, al menos, no podía hacerlo sin pagar algún tipo de canon o regalía. Los juristas inventamos la escasez con esas leyes y así pudimos sentirnos tranquilos y seguir aplicando las ideas y los conceptos que habíamos aprendido en el Digesto.

A día de hoy esto de pagar derechos por cualquier producto cultural nos parece natural y obvio y nos parece que esa es la forma correcta de defender la cultura. Sin embargo, antes de dar nada por sentado, quizá deberíamos preguntarnos por qué, sin derechos de autor de ninguna especie, Esquilo, Sófocles, Eurípides, Virgilio, Horacio, Julio César, Plauto, Terencio, Aristóteles, Platón o el mismísimo Homero escribieron sus obras. Deberíamos preguntarnos por qué las obras de los escultores griegos se reprodujeron sin restricciones en Roma (gracias a esas copias romanas conocemos los originales griegos) o por qué las copias de cuadros clásicos se han llevado a cabo con el beneplácito de la sociedad. ¿Acaso fueron sus obras peores o menos transcendentes que las escritas bajo la vigencia de las leyes de propiedad intelectual?

Consideremos la obra de uno de los creadores modernos por antonomasia: Walt Disney. Su trabajo tuvo tal éxito y ha generado tales ingresos que, hoy, los superhéroes de Marvel, Luke Skywalker y todos los personajes del universo “Star Wars” están en su nómina y ello sin contar a los Mickey Mouse, Pluto o el Pato Donald. Pero ¿Cómo construyó su imperio Disney? Veamos cómo lo cuenta Lawrence Lessig:

En 1928 nació un personaje de dibujos animados. Un temprano Mickey Mouse hizo su debut en mayo de aquel año, en un corto mudo llamado “Plane Crazy”. En noviembre de ese mismo año, en el Cine Colonia de la ciudad de Nueva York, en la primera cinta de dibujos animados sincronizados con sonido, “Steamboat Willie” dio a luz al personaje que se convertiría en Mickey Mouse.

El sonido sincronizado se había introducido en el cine un año antes con la película “El cantor de jazz“. Su éxito llevó a que Walt Disney copiara la técnica y mezclara el sonido con los dibujos animados. Nadie sabía si funcionaría o, si funcionaba, si llegaría a ganarse un público. Pero, cuando Disney hizo una prueba en el verano de 1928, los resultados no dejaron lugar a dudas. Disney describió así aquel experimento:

“Dos de mis muchachos sabían leer música, y uno de ellos sabía tocar el órgano. Los pusimos en una habitación en la que no podían ver la pantalla y lo arreglamos todo para llevar el sonido a la habitación en la que nuestras esposas y amigos iban a ver la película. Los muchachos trabajaban a partir de una partitura con música y efectos sonoros. Después de varias salidas en falso, el sonido y la acción echaron a correr juntos. El organista tocaba la melodía, el resto de nosotros en el departamento de sonido golpeábamos cacerolas y soplábamos silbatos. La sincronización era muy buena.

El efecto en nuestro pequeño público no fue nada menos que electrizante. Respondieron casi instintivamente a esta unión de sonido y animación. Pensé que se estaban burlando de mí. De manera que me senté entre el público y lo hicimos todo otra vez. ¡Era terrible, pero era maravilloso! ¡Y era algo nuevo!”

El socio de entonces de Disney, y uno de los talentos más extraordinarios en el campo de la animación, Ub Iwerks, lo explica con mayor intensidad:

“Nunca he recibido una emoción mayor en mi vida. Nada desde entonces ha estado a la misma altura”.

Disney había creado algo muy nuevo, basándose en algo relativamente nuevo. El sonido sincronizado dio vida a una forma de creatividad que raramente había sido –excepto en manos de Disney– algo más que un relleno para otras películas. Durante toda la historia temprana de la animación, fue la invención de Disney la que marcó el estándar que otros se esforzaron por alcanzar. Y bastante a menudo el gran genio de Disney, su chispa de creatividad, se basó en el trabajo de otros.

Todo esto es algo familiar. Lo que quizá ya no sepas es que 1928 también marcó otra transición importante. Ese año, otro genio, no de la animación sino de la comedia, creo su última película muda producida de forma independiente. Ése genio era Buster Keaton y la película era… “Steamboat Bill Jr.“.

Buster Keaton nació en una familia de actores de Vodevil en 1895. En la era del cine mudo había sido el rey, usando la comedia corporal como forma de arrancarle incontenibles carcajadas a su público. “Steamboat Bill, Jr.” era un clásico de este estilo, famoso entre los cinéfilos por sus números increíbles. La película era puro Keaton, extremadamente popular y de las mejores en su género. “Steamboat Bill, Jr.” apareció antes que la película de dibujos animados de Disney, “Steamboat Willie”.

La coincidencia de títulos no es casual. “Steamboat Willie” es una parodia directa en dibujos animados de “Steamboat Bill”, y ambas tienen como fuente una misma canción. No es solo a partir de la invención del sonido sincronizado en “El cantor de jazz” que obtenemos “Steamboat Willie”. Es también a partir de la invención por parte de Buster Keaton de “Steamboat Bill, Jr.”, inspirado a su vez en la canción “Steamboat Bill”. Y a partir de Steamboat Willie obtenemos Mickey Mouse.

Este “préstamo” no era algo único, ni para Disney ni para la industria. Disney estaba siempre repitiendo como un loro los largometrajes para el gran público de su tiempo. Lo mismo hacían muchos otros. Los primeros dibujos animados están llenos de obras derivadas, ligeras variaciones de los temas populares; historias antiguas narradas de nuevo. La clave para el éxito era la brillantez de las diferencias. Con Disney, fue el sonido lo que les dio la chispa a sus animaciones. Más tarde, fue la calidad de su trabajo en comparación con los dibujos animados producidos en masa con los que competía. Sin embargo, estos añadidos fueron creados sobre una base que había tomado prestada. Disney añadió cosas al trabajo de otros antes que él, creando algo nuevo a partir de algo que era apenas viejo.

A veces el préstamo era poca cosa, otras era significativo. Piensa en los cuentos de hadas de los hermanos Grimm. Si tienes la misma mala memoria que yo, seguramente pensarás que estos cuentos son historias dulces y felices, apropiadas para cualquier niño a la hora de acostarse. En realidad, los cuentos de hadas de los hermanos Grimm nos resultan, bueno, bastante siniestros. Solamente unos pocos padres pasados de ambición se atreverán a leerles a sus hijos, a la de hora de acostarse o a cualquier otra hora, esas historias llenas de sangre y moralina. Disney tomó estas historias y las volvió a contar de una manera que las llevó a una nueva era. Las animó convirtiéndolas en dibujos animados, con personajes y luz. Sin eliminar los elementos de miedo y peligro por completo, hizo que lo oscuro fuera divertido e inyectó compasión genuina donde antes solo había terror. Y esto no lo hizo únicamente con la obra de los hermanos Grimm. De hecho, el catálogo de las obras de Disney que se basan en la obra de otros, es asombroso cuando se repasa el catálogo completo: Blancanieves (1937), Fantasía (1940), Pinocho (1940), Dumbo (1941), Bambi (1942), Canción del sur (1946), Cenicienta (1950), Alicia en el país de las maravillas (1951), Robin Hood (1952), Peter Pan (1953), La dama y el vagabundo (1955), Mulan (1998), La bella durmiente (1959), 101 dalmatas (1961), Merlín el encantador (1963) y El libro de la selva (1967), sin mencionar un ejemplo reciente del que quizá nos deberíamos olvidar, El planeta del tesoro (2003). En todos estos casos, Disney (o Disney, Inc.) tomó creatividad de la cultura en torno suyo, mezcló esa creatividad con su propio talento extraordinario, y luego copió esa mezcla en el alma de su cultura. Toma, mezcla y copia.

Esto es un tipo de creatividad. Es una creatividad que deberíamos recordar y celebrar. Hay quien dice que no hay creatividad alguna excepto ésta. No tenemos que ir tan lejos para reconocer su importancia. Podemos llamarla creatividad de Disney, aunque eso sería un poco engañoso. Es, para ser más preciso, “la creatividad de Walt Disney”, una forma de expresión y de genio que se basa en la cultura que nos rodea y que la convierte en algo diferente.

En 1928, la cultura de la que Disney tenía la libertad de nutrirse era relativamente fresca. El dominio público en 1928 no era muy antiguo y por tanto estaba muy vivo. El plazo medio de copyright era aproximadamente treinta años, para esa minoría de obras creativas que efectivamente tenían copyright.

Eso significaba que durante treinta años en promedio los autores y los dueños de copyright de una obra creativa tenían un “derecho exclusivo” para controlar ciertos usos de esa obra, para hacerlo se requería el permiso del dueño del copyright.

Al final del plazo de copyright, una obra pasaba al dominio público. Entonces no se necesitaba permiso alguno para usarla o para basarse en esa obra. Ningún permiso y, por tanto, ningún abogado. El dominio público era una “zona libre de abogados”. Así, la mayoría de los contenidos del siglo XIX eran libres para que Disney los usara y se basase en ellos en 1928. Eran libres para que cualquiera –tuviera contactos o no, fuera rico o no, tuviera permiso o no– los usara y se basara en ellos. Ésta es la forma en la que las cosas siempre habían sido –hasta hace bien poco–. Durante la mayoría de nuestra historia, el dominio público estaba justo detrás del horizonte. Desde 1790 a 1978, el plazo medio de copyright nunca fue más de treinta y dos años, lo cual significaba que la mayoría de la creación cultural que tuviera apenas una generación y media era libre para que cualquiera se basara en ella sin necesitar permiso de nadie.

Hoy día el equivalente sería que las obras creativas de los sesenta y los setenta serían libres para que el próximo Walt Disney pudiera basarse en ellas sin permisos. Sin embargo, hoy el dominio público solo está presuntamente libre en lo que respecta a contenidos de la década de los 20, los años previos a la Gran Depresión.

La realidad es que hoy día nadie puede hacer con Disney lo que él hizo con los hermanos Grimm pues la propia Disney Inc. se ha encargado de que el Gobierno de los Estados Unidos dicte leyes que lo impidan. Fue el inmenso trabajo de lobby desarrollado por la Disney la que le valió a la reforma de 1998 el nombre peyorativo de Mickey Mouse Protection Act, ya que el interés de defender el copyright del dibujo nacido en el Vapor Willie, a su vez nacido del Vapor Bill Jr. que a su vez nació de la canción del Vapor Bill (supongo que este será el “senior”) era manifiesto.

En 1998 la Copyright Term Extension Act (CTEA) de 1998 – también conocida como Mickey Mouse Protection Act – extendió los plazos de copyright en los Estados Unidos durante 20 años. Antes del Acta (bajo la Copyright Act of 1976), el copyright duraba toda la vida del autor más 50 años, o 75 años para una obra de corporate authorship; el Acta extendió estos plazos durante la vida del autor más 70 años y para obras de corporate authorship durante 120 años tras la creación o 95 años tras la publicación, independientemente de la anterioridad del punto final creativo.

Así pues el imperio Disney no sólo se construyó sobre el ingenio de su fundador sino, sobre todo, por el aprovechamiento de obras previas de otros autores que, ahora, han sido fagocitadas por Disney al provocar sucesivas extensiones del plazo del copyright. Hoy no sólo nadie podría crear en la forma que lo hizo Walt Disney sino que toda la industria de un país, Estados Unidos, se fundamenta en el respeto mundial de unas leyes: las leyes del copyright. Si esas leyes no son respetadas en todas las partes del mundo ¿Qué pasará con la industria del software, de los videojuegos, de Hollywood, materialmente en poder de los Estados Unidos?

Quizá ahora comprendan por qué los Estados Unidos llegan a espiar a los jueces españoles para comprobar si aplican o no estrictamente las leyes de copyright.

Los sabios de la Escuela de Salamanca, si viesen a dónde ha llegado la humanidad, se revolverían en sus tumbas y no precisamente de gozo.

Sin embargo la sociedad se cuestiona cada vez más que este tipo de legislación “contra natura” (contra la naturaleza de la cultura y las ideas) sea beneficiosa o mínimamente buena para la cultura. Les pongo un ejemplo.

Si uno observa en las tiendas de libros, por ejemplo en Amazon, los libros que hay a la venta descubrirá -y esto no es una sorpresa- que los libros más ofertados suelen ser los más recientes; es decir, que los libros escritos entre el año 2000 y 2010 se ofertan más que los escritos en la década comprendida entre los años 1990 y 2000. Nada sorprendente, como digo, pues parece razonable que los libros más recientes se vendan más y esta regla se cumple perfectamente según viajamos hacia atrás en el tiempo, pues, los libros de la década de los 80 se ofertan más que los de la decada de los 70 y así sucesivamente.

Esta constante se cumple perfectamente según exploramos el pasado pero, ¡Oh!, llegados a la década de 1920, al menos en Amazon, los libros de aquella década se venden más que los de la década de los 30 y, si analizamos los libros que se ofrecen de las décadas anteriores, observaremos que la oferta de los mismos aumenta exponencialmente.

La cantidad de libros de cada década ofertados por Amazon puede verse en la siguiente gráfica, presentada públicamente por Paul Heald, profesor de derecho de la Universidad de Illinois. Para realizarla un alumno suyo escribió un programa de ordenador que recogió el número de libros ofertados en Amazon y los clasificó según la década en que fueron escritos. Los resultados fueron expuestos en una conferencia dada por el propio Paul Heald el 16 de marzo pasado en la Universidad de Canterbury.

Oferta de libros según la década en que fueron escritos
Oferta de libros en Amazon según la década en que fueron escritos
Como pueden observar los libros de la década de los 10, se ofertan diez veces más que los de la década de los 60.

La explicación a este curioso fenómeno se encuentra en la regulación del copyright, pues, los libros que se escribieron en la década de los 20 ya están casi todos en el dominio público -su copyright ha expirado- y Amazon puede ponerlos a disposición del público sin problemas. No ocurre lo mismo con los de las décadas siguientes, de forma que los lectores quedan dramáticamente privados de la posibilidad de comprarlos.

Como puede observarse en la gráfica el copyright ha convertido el siglo XX en un erial cultural, privando de todo sentido a la legislación en materia de copyright que, como vemos, no sólo no estimula la cultura sino que, simplemente, la bloquea haciendo caer en el olvido a decenas de miles de títulos que los lectores, eventualmente, podrían leer.

Sí, parece que los datos dan la razón a Don Antonio; en materia de cultura solo se gana lo que se da —los libros anteriores a la década de los años 20-30 del siglo pasado— y sólo se pierde lo que se guarda —los libros editados con posterioridad—.

A día de hoy dos concepciones libran una lucha a muerte: la que considera la cultura como una mercancia sujeta a las reglas del mercado y la que considera la cultura algo distinto de un mera mercancía con que comerciar y fija su atención en sus capacidades para promover el desarrollo humano.

Es obligación de los juristas imaginar una regulación acorde con la naturaleza del mundo de la cultura y las ideas que resulte beneficiosa para la sociedad en su conjunto y no para unos pocos (¿Hablamos de las patentes de fármacos?) y, sobre todo, que no lastre el desarrollo y la felicidad de todos para enriquecer a unos cuantos.

Afortunadamente, a partir de este año, resultará más fácil leer a Machado.

El poder de las redes distribuidas

El poder de las redes distribuidas

Algunos intelectuales han señalado que el éxito de las democracias frente a los totalitarismos en el siglo XX se debió, principalmente, a la mayor capacidad de procesamiento de las democracias. Aunque se pueden formular reparos a tal afirmación, la misma tiene la virtud de poner el foco sobre un aspecto en el que pocas veces se repara: la naturaleza computacional de las sociedades. Antes de dejar de leer déjenme que les ponga un ejemplo.

Tradicionalmente las sociedades se han articulado como una red radial en cuyo centro se encontraba la unidad central de procesamiento: el Rey, el Caudillo, el Jefe, el Dictador, el Presidente…

Así quiere la ley que se organicen nuestras asociaciones y así se organizan instituciones y corporaciones. Tal forma de organizarse es, en la mayoría e los casos, un grave error, pues la capacidad de proceso de cada una de esas comunidades se ve limitada por la capacidad de proceso de su único líder. Líderes absolutos como reyes, dictadores y tiranos, hacen recaer sobre sí la mayor parte de las capacidades decisorias de las comunidades que gobiernan y, por esto, el desempeño de dichas comunidades suele ser pobre. La “inteligencia” del grupo se ve limitada por la inteligencia y capacidad del líder absoluto para procesar datos y alcanzar soluciones. El desempeño de sistemas políticos totalitarios como el nazismo, el fascismo o el comunismo estalinista resultó ser, al fin y a la postre, bastante más pobre que el de las democracias occidentales, donde un poder más distribuído les otorgaba una mayor capacidad de procesamiento.

Las democracias occidentales, no obstante, no estaban tan lejos, en cuanto a capacidad de proceso, de los sistemas totalitarios, porque, en realidad, la democracia en occidente era más una forma de gobierno que una forma de cooperación. Permítanme ponerles otro ejemplo.

El Consejo General de la Abogacía Española elige a su presidenta democráticamente mediante el voto de los 83 decanos de España, a su vez democráticamente elegidos. Inmediatamente después la presidenta, libérrimamente, nombra hasta 9 vicepresidentes que presiden comisiones en las que la presidenta establece subcomisiones en las que nombra, también libérrimamente, a sus presidentes. Y nombra adjuntos a la presidencia, y propone patronos de fundaciones… En fin, que, cuando vuelven a celebrarse elecciones, hay una red clientelar tan firmemente establecida que cualquier renovación también está programada.

Pues bien, la presidencia, así de democráticamente elegida, no tiene mayor capacidad de proceso que la de su presidenta, lo que quiere decir que las capacidades de 140.000 letrados y letradas, iguales a ella en conocimientos y capacidades, son sistemáticamente desaprovechados. La ineficiencia está servida.

Es por eso por lo que más arriba escribí que la democracia, en occidente, era más una forma de gobierno que una forma de cooperación, porque la participación en la toma de decisiones apenas si se circunscribía a la elección del líder. Es verdad que la economía de mercado ampliaba el círculo de agentes decisores a poderes económicos o de comunicación, pero la realidad es que el círculo seguía siendo verdaderamente reducido y nunca se extendió más allá de una exigua —y a menudo odiosa— oligarquía; no obstante, esa pequeña diferencia, fue suficiente según todos los indicios para inclinar la balanza a favor de las democracias occidentales. En unos casos por la fuerza de las armas, frente a fascismos y nazismo, y en otros por la pura fuerza de los hechos: caída del telón de acero.

Las democracias occidentales han triunfado, a veces agónicamente, frente a los totalitarismos pero no han sido capaces de triunfar frente a sí mismas y, a punto de iniciarse la tercera década del siglo XXI, siguen usando de conatos y trampantojos democráticos como una forma de legitimación del poder y siguen considerando la democracia como una forma de gobierno y no de cooperación; una creencia que es, además, compartida acríticamente por la mayor parte de los ciudadanos.

Las asociaciones, por designio legal, han de ser constituidas siguiendo ese patrón de red centralizada, jerárquica, y siguen perpetuando ineficiencias que las redes descentralizadas o distribuidas que nacieron con internet cada vez ponen más de manifiesto. El trabajo del poder es, en estas primeras décadas del siglo XXI, balcanizar la red para mantener su poder (véanse los ejemplos de Rusia y China), sembrar de fake-news las redes para torpedear la capacidad de proceso de las sociedades y, en general, abrir sus horizontes a nuevos modelos de guerra jamás antes imaginados.

De esas estrategias de guerra hablaremos otro día, ahora lo que quiero transmitirles es que la sociedad está en trance de abandonar el esquema de red jerarquizada que arrastramos desde el nacimiento de los primeros imperios mesopotámicos para sustituirlo por un esquema de red distribuida o descentralizada que nos convierta a todos en ciudadanos y ciudadanas verdaderamente iguales y que saque el máximo provecho de las capacidades de cooperación de los seres humanos.

No se trata de anarquía, como sin duda querrán hacerle creer quienes se aprovechan del actual status quo, se trata de un orden distinto, tan reglado como el anterior, pero más respetuoso con la esencial dignidad humana y, sobre todo, mucho más eficaz que este sistema que arrastramos ya casi 10.000 años.

No se hagan ilusiones, no será fácil, hay demasiada gente y demasiado poderosa tratando de impedirlo.

Amazon, cambio tecnológico y cambio jurídico

Amazon, cambio tecnológico y cambio jurídico

Frente a las innovaciones tecnológicas, tradicionalmente, han existido tres posiciones: quienes han tratado de aprovecharlas en su propio beneficio, quienes han tratado de prohibirlas considerándolas una amenaza y quienes han tratado de estudiarlas y regularlas en beneficio de todos.

Existe, no obstante, una cuarta posición, quizá la peor de todas, y que no es sino la de aquellos que ignoran cómo afectarán las tecnologías a su sector y dejan suceder las cosas, dando por sentado que las tecnologías “siempre triunfan”. Tal actitud ha sido y es, simplemente, ignorante, indolente e irresponsablemente suicida.

Las revoluciones industriales de los siglos XIX y XX han sido, hasta ahora, mayoritariamente mecánicas. Quienes apostaron porque tales revoluciones acabarían con el trabajo humano erraron, porque dichas revoluciones mecánicas con quien acabaron fue con aquellos obreros que sólo podían ofrecer trabajo mecánico y esos «obreros» no eran humanos. Cuando los alemanes invadieron la URSS en junio de 1941 su mecanizadísimo ejército solamente tenía unos 150.000 camiones frente a unos 625.000 caballos. Hasta 1945-50 gran parte de la energía de trabajo era todavía muscular y provenía de los animales de tiro, pero, en apenas unas pocas décadas, la extensión de los efectos de estas «revoluciones industriales mecánicas» acabó de tal modo con nuestros inmemoriales compañeros de cuatro patas que, a día de hoy, especies como el burro están en peligro de extinción, la mula no es más que un exotismo y el caballo una distracción para las clases acomodadas.

A quienes prefieren ignorar el verdadero sentido de las revoluciones y apuestan por no hacer nada, les vendría bien reconsiderar el papel de los burros tras las anteriores revoluciones industriales mecánicas, no sea que en esta —la revolución de la información y la inteligencia artificial— acaben siendo ellos los burros. Y no digo nada de lo que le puede esperar a una sociedad gobernada por burros de esta especie. Si algo me preocupa es ver a un responsable político o social inhibiéndose de intervenir y afirmando con ignorante suficiencia que «la tecnología siempre triunfa».

Todas las revoluciones, industriales o tecnológicas, llevan aparejados cambios jurídicos y, dependiendo de estos cambios jurídicos, los efectos de dichas revoluciones han favorecido a unos, a otros, a todos o a ninguno. Déjenme ponerles unos ejemplos.

Cuando Eastman comercializó la película flexible Kodak hizo de la fotografía una tecnología al alcance de cualquiera, pero esta tecnología inmediatamente planteó problemas jurídicos antes nunca pensados, como el de si los propietarios de las cosas tenían derecho a impedir que fuesen fotografiadas. Para quienes eran propietarios de un monumento, un paisaje bello o una catedral vistosa, lo conveniente era que el fotógrafo hubiese de pagar por fotografiarlos, para el desarrollo de la fotografía era mucho más preferible que hacerlo fuese gratuito. La pugna legal fue dura en los Estados Unidos y se solucionó optando por la gratuidad, pues ello favorecía el desarrollo de la fotografía en beneficio de todos. Si a ustedes este debate les parece anticuado harían bien en pensárselo dos veces pues, en Europa, la libertad de panorama (así la denomina la Directiva 2001/29/EC) no es igual en todos los paises y, si usted viaja a Francia o Italia, se encontrará con que eso de fotografiar monumentos u obras de arte tiene su especial regulación.

Otro ejemplo muy ilustrativo de como las revoluciones industriales cambian las legislaciones es el que nos ofrece la aviación. Hasta que se inventaron los aviones era indiscutido que, conforme los juristas venían diciendo desde época de Justiniano, la propiedad de una parcela de tierra se extendía bajo ella “hasta los infiernos” y sobre ella “hasta los confines del universo”. Y si esto era así, como lo era, ¿podían volar los aviones sobre mi finca sin mi permiso?.

A ustedes esta pregunta quizá les mueva a risa pero estoy seguro que esa risa se desdibujará de su cara cuando piensen, por ejemplo, en el espacio aéreo de las naciones. ¿Puede volar un avión extranjero sobre nuestro territorio nacional sin permiso previo?. Y, si un avión extranjero no puede entrar sin permiso en nuestro espacio aéreo, ¿entonces por qué los satélites artificiales sí pueden?; y sobre mis tierras ¿sí o no?

El tema les parecerá de laboratorio pero el Tribunal Supremo de los Estados Unidos hubo de enfrentarse a él cuando, en 1946, los hermanos Causby decidieron prohibir a los aviones sobrevolar sus fincas.

En el caso United States v. Causby (328 U.S. 256) el Tribunal Supremo hubo de reconocer que a los demandantes les asistía la razón y que una inmemorial jurisprudencia avalaba su postura, pero que «atentaba al sentido común» tener que pedir permiso para sobrevolar sus tierras.

Cuando el caso llegó al Tribunal Supremo de los Estados Unidos (1946) hacía ya medio siglo que los aviones surcaban los cielos pero ¿Qué cree usted que habría respondido ese mismo tribunal en 1900 cuando los vuelos eran una excentricidad de ricos?

La ley cambió para siempre en USA con el caso Causby, pero no cambió el régimen de la soberanía sobre el espacio aéreo de las naciones y su invasión y, aunque fuese por un solo avión de reconocimiento, tal acción podía poner al mundo al borde de la guerra atómica (por ejemplo en el caso del derribo del estadounidense avión espía U-2 sobre territorio de la URSS en 1960).

Créanme, los cambios tecnológicos fuerzan los cambios jurídicos y estos cambios jurídicos son gobernados por fuerzas y grupos de presión que, a menudo, no trabajan por el interés común sino por el suyo propio; pensemos por ejemplo en las leyes de propiedad intelectual.

Ni Homero, ni Virgilio, ni Horacio, ni el juglar que compuso el Mío Cid, percibieron nunca derechos de autor y, sin embargo, no parece que la literatura ni el arte de escribir haya estado nunca en peligro. No fue sino hasta una revolución tecnológica, la imprenta, que alguien se planteó que se pudiese conceder algún tipo de regalía a los autores. En realidad el hecho de que los autores cobrasen no era algo que preocupase en exceso, pues, a los autores, se les pagaba para que compusiesen nuevas obras, no para que reinterpretasen las antiguas; pero, al ver cómo los impresores ganaban muchísimo dinero vendiendo libros de determinados autores, decidieron que este dinero fuese en parte también a los autores y fue por ello que en Inglaterra la Reina Ana, en 1710, dictó la que pasa por ser la primera ley en materia de propiedad intelectual: el Estatuto de Ana.

Ahora, el sistema de propiedad intelectual que apareció con esa ley, a muchos les parece normal y natural pero, ya antes de que dicho estatuto se aprobara, a las mentes más preclaras del planeta, tal forma de regular la propiedad intelectual les parecía una aberración.

Las mentes más preclaras, es bueno que se sepa, eran españolas y se avecinaban en Salamanca; formaban una escuela que se llamó Escuela de Salamanca y su capacidad teórica y nivel de conocimientos estaban al nivel de las mejores, quizá un punto por encima.

Para estos pensadores la propiedad intelectual no era un juego de suma cero (no te preocupes, luego te explico qué es esto) y por tanto no se podía aplicar la regulación tradicional de la propiedad de los bienes, que es un ejemplo clásico de juego de suma cero.

Un juego de suma cero es, por ejemplo, el tenis: o gana Nadal o gana Federer, pero no pueden ganar los dos. La propiedad tradicional es también un juego de suma cero: o yo conduzco el coche o lo conduces tú, pero ambos a la vez no; las cosas son de alguien pero, en cuanto son de alguien, ya no son de los demás.

En cambio la propiedad de las ideas no es posible concebirla como si fuese un juego de suma cero: si yo tengo una idea y te la doy tú tendrás la idea pero yo no la perderé, de forma que los dos tendremos la idea. Todos ganan y nadie pierde, esto claramente no es un juego de suma cero.

Si usted tuviese un pan y pudiese sin esfuerzo hacer tantas copias del mismo cuantas quisiera ¿Con qué fuerza moral podría impedir usted que se acabase con el hambre del mundo?

Pues bien, la Escuela de Salamanca, precisamente porque entendió que la propiedad de las ideas no era igual que la propiedad de la materia y que no estábamos ante un juego de suma cero, desaconsejó esta solución.

Fue sin éxito, en Inglaterra y en el mundo no conocían otra forma de propiedad que la de Justiniano y en esta ocasión ganaron los Causby de la época y se aplicó a las ideas el mismo régimen de propiedad que al resto de las cosas.

La regulación no fue del todo mal hasta la aparición de los irdenadores y de internet. Hoy la copia de obras no es algo complicado ni producto de una invención avanzadísima —como parecía la imprenta en el siglo XVI— sino que es algo que se produce millones de veces y sin coste. ¿Por qué habríamos de pagar por una copia?

Redulta curioso que los adalides del software libre (el software que hace funcionar el mundo que conoces) recurran ahora, en pleno siglo XXI, a aquella maravillosa visión de la Escuela de Salamanca y proclamen que toda la regulación sobre propiedad intelectual en el mundo descansa sobre un principio falso, que se trata de un juego de suma cero, y que debería ser revisada de alto en bajo y regularla como lo que es, un juego de suma no cero. Pero, ¡ay!, tras tres siglos de unas leyes mal concebidas, nuestras conciencias se han habituado a ellas, las vemos como naturales, nos resistimos al cambio y, lo que es peor, terribles intereses económicos se aprovechan de las inconsistencias de esta legislación. Para los Estados Unidos la industria de Hollywood es intocable (les produce muchísimos millones en ganancias) y la misma descansa sobre una determinada concepción de la propiedad intelectual que ellos mismos han ido construyendo a su conveniencia tras apropiarse del trabajo de otros. Y, si Hollywood es intocable, permítanme que les diga que Estados Unidos ya ingresa más por derechos de autor de videojuegos que de producciones de Hollywood. ¿Comprenden ustedes por qué esta legislación no va a cambiar aunque esté mal concebida?

Es por eso que hoy que Amazon ha abierto la guerra de los servicios jurídicos en internet es más necesario que nunca que los juristas hagamos un esfuerzo teórico y creativo superlativo, porque si permitimos que la regulación del sector se deje en unas solas manos, quienes perderán serán los que no estén en la redacción de esa regulación. No es temor a la tecnología, no, no es tratar de frenarla, tampoco; amamos la tecnología, pero sobre todo amamos la justicia y lo que no podemos hacer es dejar indolentemente en manos ajenas esta regulación.

Así pues grábatelo a fuego: o damos la batalla por una regulación moderna y justa que no frene sino que fomente la tecnología en beneficio de todos o corremos un riesgo cierto que nos pase como a los burros de la wehrmacht.

Unabomber

Es una de las personalidades más enigmáticas del siglo pasado y del presente. Nos dice la wikipedia que Theodore Kaczynski nació en Chicago en 1942 y que desde una muy pronta edad demostró excelentes capacidades académicas. Kaczynski se graduó en la Universidad de Harvard y obtuvo un doctorado (PhD) en matemáticas por la Universidad de Míchigan. Se convirtió en assistant professor (equivalente a profesor ayudante, doctor) en la Universidad de California, Berkeley, a la edad de 25 años, pero dimitió dos años más tarde y, según nos aclara también la wikipedia «en 1971 se mudó a una cabaña sin luz ni agua corriente en las remotas tierras de Lincoln, Montana, donde empezó a aprender técnicas de supervivencia y a intentar ser autosuficiente.»

No volvieron a tenerse noticias de él hasta 1995 pero durante esos 24 años Theodore tuvo tiempo de imaginar una distopía, un futuro cercano donde el ser humano sería absolutamente innecesario.

Fue como consecuencia de ello que, Theodore, decidido a salvar al mundo de tal distopía, comenzó a remitir cartas bomba a universidades y aerolíneas, acabando con la vida de tres personas e hiriendo a otras veintitrés. El FBI organizó la más costosa caza del hombre llevada a cabo hasta entonces y, dado que desconocían su identidad, le llamaron provisionalmente «Unabomb» (UNiversity and Air BOMBer).

Las razones por las que Unabomber (Theodore Kackzynski) llevaba a cabo su campaña de atentados se conocieron cuando, el 24 de abril de 1995, Theodore remitió una carta al New York Times y prometió «cesar el terrorismo» si el The New York Times o el The Washington Post publicaban su manifiesto. Y así lo hicieron.

Fue la publicación de su manifiesto el que dio lugar a su detención, pues el hermano de Kaczynski lo reconoció en este documento, entre otras cosas, por una frase clave «No puedes comerte la tarta y seguir teniéndola», la cual era típica de su hermano. Investigó el documento y las cartas enviadas y alertó a las policías, pero entre tantos sospechosos uno que no poseía siquiera agua corriente tenía más difícil la fabricación de una bomba; sin embargo, cuando la policía registró la cabaña de Theodore hallaron pruebas irrefutables de que él había construido y remitido las bombas.

Theodore, ante la perspectiva de ser condenado a muerte, alcanzó un acuerdo con la fiscalía y fue condenado a tres cadenas perpetuas sin posibilidad de remisión; en la actualidad, Kaczynski está encarcelado en ADX Florence, cárcel federal de máxima seguridad ubicada en el Estado de Colorado, lugar del cual, conforme a su condena, no saldrá vivo.

¿Cuál era la distopía imaginada por Kackzynski y que le llevó a emprender su criminal cruzada terrorista?

Probablemente les resultará sorprendente pero, hoy día, el futuro imaginado por Kaczynski es compartido por una buena parte de los más relevantes científicos del mundo y no es otro que el cercano advenimiento de la singularidad. Si no sabes lo que es la singularidad puedes leer algunos post anteriores que he escrito sobre el tema, o buscarlo en wikipedia, o decirme que escriba un post, si tengo tiempo es algo que me apetece hacer en el futuro.