Si vas a atribuir falsamente un texto a alguien, al menos hazlo bien

Si vas a atribuir falsamente un texto a alguien, al menos hazlo bien

Ando leyendo por las redes unas citas del Quijote evidentemente falsas. Al principio la cosa me causó tristeza (quienes colocan expuestos a la risa pública ese tipo de citas es evidente que no han leído el Quijote); luego me produjo enfado (las citas tienen un clara intencionalidad política y usar la obra de Cervantes de forma partidaria me parece deleznable) y luego, debo confesarlo, curiosidad y preocupación.

El ser humano, a pesar de usar novísimas herramientas tecnológicas, usa de los mismos engaños de siempre y uno de los engaños más repetidos ha sido este de la falsa atribución, los más grandes engaños han sido construidos usando de esta superchería.

Ya desde la noche de los tiempos, para dar autoridad a un texto, se ha atribuido su autoría a alguien famoso o poderoso. El Antiguo Testamento, sin ir más lejos, recurre a este truco y atribuye sus cinco primeros libros (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio) a la pluma del mismísimo Moisés. Obviamente estos cinco libros (el Pentatéuco) no pudieron ser escritos por un mismo personaje y así está demostrado por los expertos de forma irrefutable. Si usted no me cree o quiere un ejemplo le diré que si Moisés hubiese escrito estos libros el mayor milagro que en ellos se contendría sería que el mismo Moisés habría narrado su propia muerte.

No, estos cinco libros (el Pentatéuco para los cristianos, la Torá para los judíos) no son obra de Moisés pero ahora, unos 2700 años después de su redacción, si son de Moisés o no importa poco: su falsa atribución surtió efecto y son la base de una realidad religiosa imparable.

Este fenómeno de falsa atribución es moneda común en los textos antiguos. El Eclesiastés, por ejemplo, se atribuye a Salomón (el autor se llamó a sí mismo “hijo de David” y “Rey en Jerusalén”) porque así lo provocó su autor, a quien le pareció mejor dar autoridad al libro a través de una falsa atribución que buscar la gloria personal firmándolo con su nombre.

Más aún, se contienen en la Biblia textos que sabemos positivamente que no son más que trasuntos de otras obras mesopotámicas y egipcias que fueron escritas miles de años de la Biblia. Una que a mí me hace especial gracia es la contenida en el libro de los Proverbios, Capítulo 31, que comienza con «Palabras del rey Lemuel; la profecía con que le enseñó su madre…»

El texto —simpático donde los haya— nos muestra a la madre de Lemuel recomendando a su hijo que no beba vino ni cerveza y exhortándole a que no sea putero, pues no está bien que los reyes ni los príncipes lo sean. Pues bien, este Lemuel, no era judío ni israelita, era el Rey de Masá, un pueblo pagano. La misma escritura se encarga de aclarar que estas enseñanzas fueron dictadas por su madre (no inspiradas por Yahveh) pero, aún así, el texto se insertó en la Biblia y, si se leyese este fragmento en alguna celebración litúrgica, el sacerdote concluiría su lectura afirmando: «Palabra de Dios».

La falsa atribución, pues, no es nada nuevo y, en una pirueta genial de Cervantes, el propio autor realiza en su obra una falsa atribución pues atribuye a Cide Hamete Benengeli (un personaje ficticio) la verdadera génesis de la historia.

Genial Cervantes.

Así pues, queridos internautas aficionados a tomar el nombre de Cervantes, Einstein y hasta del mismo dios de Israel en vano: si váis a realizar una falsa atribución al menos hacedla con arte, hacedla bien y no de forma tosca.

Y un aviso a navegantes: cuando vean una cita atribuida a Cervantes, Einstein o al mismo Papa de Roma no se la crean sin comprobarla; internet está lleno de gente que cree poder engañar a sus semejantes con un truco conocido desde el Génesis.

Y nunca mejor dicho.

The Devil’s Own

The Devil’s Own

Para el día 8 de junio ya era evidente que los abogados no podrían alcanzar sus objetivos, no obstante, volvieron a intentarlo, pero lo imposible es imposible y fracasaron.

Controlar los puentes era una tarea de vital importancia para las fuerzas aliadas que desembarcaron el 6 de junio en Normandía: si los puentes “Pegasus” y “Horsa” en Benauville no eran controlados intactos los ingleses no podrían avanzar hacia el este y envolver Caen; si, por el contrario, había un contraataque alemán en la zona era importante, en ese caso, destruirlos para que los panzer no alcanzasen la margen izquierda del río Orne. Fue por eso por lo que, usando de planeadores y de paracaidistas y antes de que los desembarcos comenzasen, los aliados dieron un golpe de mano al norte de Caen, en Benauville, para controlar estos puentes.

Sin embargo quedaban, al menos, trece puentes más sobre los ríos Odon y Orne que alguien tendría que destruir y esa misión le fue encargada a los abogados del «Inns of Court» un regimiento compuesto exclusivamente por juristas. Este regimiento era una de esas reliquias fósiles que tanto gustan a los «british», su origen se perdía en la noche de los tiempos y era en él en el que prestaban su servicio militar abogados y jueces. Cuando al rey Jorge III le dijeron que el regimiento estaba compuesto íntegramente de lawyers dijo enfadado: «No les llamaen lawyers, llámenles The Devil’s Own». Aquello era una ofensa grave pero, flemáticamente, los lawyers decidieron llamar a su regimiento “The Devil’s Own” y con este nombre llegaron a Normandía.

La verdad es que a estos abogados no les pusieron las cosas fáciles. La tarea que les encomendaron era casi suicida pues se trataba de, sin apoyo de ninguna especie, infiltrarse en territorio enemigo, alcanzar los ríos Odon y Orne y destruir los trece puentes por los que podrían contraatacar las fuerzas alemanas. Para ello se formarían doce grupos compuestos de tres vehículos en su mayor parte, un blindado sobre ruedas Daimler, un vehículo blindado ligero “Dingo” y un “half-track” cargado de explosivos para demoler puentes. Cada grupo de tres vehículos haría la guerra por su cuenta, habría de penetrar en solitario en territorio enemigo, trataría de alcanzar su puente, volarlo y buscar entonces la forma de huir y enlazar con las brigadas paracaidistas o las fuerzas que, teóricamente, avanzarían desde las playas. La cosa fue mal desde el principio.

Los abogados desembarcaron en la playa Juno apoyados por los canadienses, pero, de los dos transportes en que llegaron a la playa, uno tuvo problemas con las minas y varios vehículos acabaron dañados. Más tarde la operación se retrasó seis horas hasta que bajó la marea y pudieron desembarcar el resto para, finalmente, salir disparados en misión suicida hacia el interior del territorio enemigo.

Increiblemente lograron sobrepasar el cinturón germano aunque antes, los blindados canadienses, confundiendo los vehículos de los abogados (naturalmente pintados de negro) con vehículos enemigos les dispararon causándoles tristísimas bajas por fuego amigo. No fueron las únicas.

Ya estaban infiltrados en terreno alemán cuando un cazabombardero norteamericano «Thunderbolt» comenzó a disparar contra ellos. Los abogados habían colocado en sus vehículos distintivos amarillos y lanzaron bengalas amarillas, la contraseña para identificarse como aliados, pero la aviación norteamericana siguió disparando hasta alcanzar al half-track que transportaba explosivos para la demolición. La explosión que se produjo no sólo acabó con el vehículo sino con los dos que le acompañaban: no sobrevivió nadie del grupo.

A pesar de ello y de la cada vez más dura defensa alemana los grupos que quedaban operativos siguieron presionando hacia el interior hasta llegar a «Jerusalem Crossroads», un lugar donde aún hoy hay un cementerio militar, pero la 21ª Panzerdivisionen ya había llegado a la zona y tratar de enfrentarse con cañones de 40 mm y ametralladoras Bren a los panzer era simplemente un suicidio.

Aún y así los abogados lo intentaron y el 8 de junio lanzaron su último y desesperado ataque con la esperanza de abrirse paso hacia sus objetivos. Fue una buena carga, lamentablemente no sirvió de nada, la maquinaria alemana era muy superior en calidad y desbarató fácilmente el ataque.

El día 9 de junio el jefe del regimiento decidió que ya había sido suficiente y que era hora de dejarlo («I rest my case») y ordenó el sálvese quien pueda. Cada uno de los grupos de tres vehículos buscó la salvación por su cuenta y, no sin lamentar fuertes pérdidas, pudieron enlazar con fuerzas aliadas que combatían en la cabeza de puente de Normandía.

Una “Military Cross” y cuatro “Military Medals” fueron el premio que su majestad dió a los abogados del “The Devil’s Own”. Una pequeña lápida en “Jerusalem Crossroads” conmemora el obstinado empeño del regimiento de abogados por abrirse paso entre los blindados alemanes.

Quizá si este año Miguel Pouget se acerca por Chouain (al sur de Arromanches) pueda decirnos si la lápida aún sigue ahí.

El primer poema de amor

El primer poema de amor

Los sumerios inventaron la escritura y, por eso, la historia empieza en Sumeria. En sus tablillas de barro encontramos por primera vez escrita la palabra libertad o la palabra guerra, los primeros contratos y las primeras leyes.

Produce cierto vértigo leer textos escritos hace más de cuatro mil años y escuchar cercanas las voces de personas que dejaron de existir hace milenios pero cuya voz no se ha extinguido.

Hoy me he topado con este que pasa por ser el primer poema de amor de la historia y no me puedo resistir al deseo de compartirlo aquí. Otro día les daré el contexto de este poema, hoy solo me apetece compartirlo. Díganme qué les parece.


Novio de mi corazón, amado mío;
tu encanto es dulce, dulce como la miel.
Querido de mi corazón, amado mío;
tu encanto es dulce, dulce como la miel.

Tú me has cautivado, libremente iré hasta ti;
novio mío, quiero escapar contigo a la cama.
Tú me has cautivado, libremente iré hasta ti;
querido mío, quiero escapar contigo a la cama.

Novio mío, te haré cosas deliciosas;
dulce tesoro mío, miel te llevaré.
En la alcoba, empapada de miel,
gocemos de tu dulce encanto.
Querido mío, te haré cosas deliciosas;
dulce tesoro mío, miel te llevaré.

Novio mío, si me quieres,
habla con mi madre y a ti me entregaré;
habla con mi padre y me entregará a ti como regalo.

Darte placer… Yo sé cómo darte placer;
novio mío, duerme en mi casa hasta el alba.
Alegrar el corazón… Yo sé cómo alegrar tu corazón;
querido mío, duerme en mi casa hasta el alba.

Si me amas,
amado mío, hazme cosas deliciosas.

Mi señor, mi dios; mi señor y mi dios protector,
mi Shusin, que alegra el corazón de Enlil,
¡ojalá me hicieras cosas deliciosas!
Tu sitio, dulce como la miel… ¡Ojalá pusieras tu mano sobre él!

Pon tu mano sobre él como la tapa de una copa;
extiende tu mano sobre él como la tapa de una copa.»


Un tratado de política e infamia

Un tratado de política e infamia

El hombre que corre tras el carruaje del Rey Jorge V de Inglaterra luce en su pecho condecoraciones ganadas en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial. El rey y su hijo Henry se dirigen a las carreras de Epsom y, por sus gestos, parece que ni ven al veterano de guerra convertido ahora en un mendigo que tiende su gorra esperando que aquellos por quien él peleó le presten, siquiera, atención.

Corre el año 1920 en el momento de tomarse la fotografía y es curiosa la falta de medidas de seguridad de la comitiva real (tengo algunas fotos del encuentro en Cartagena entre este mismo Jorge V y Alfonso XIII donde los niños corren alrededor del carruaje que les lleva) cuando, hacía apenas seis años, el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo detonó la espoleta de la Gran Guerra.

En los rostros de los aristócratas y en el del veterano está escrito uno de los mejores tratados de política y de infamia que he visto publicados.

Bajo el palio sonrosado de la luz crepuscular

Bajo el palio sonrosado de la luz crepuscular

Esta tarde, mientras volvía a la ciudad desde un oscuro centro comercial, se ha presentado ante mis ojos un impresionante celaje con tonos sonrosados; era la hora del crepúsculo, esa hora que los fotógrafos llaman la hora dorada, pero que a mí, hoy, a quien me ha traído a la memoria es un viejo chansonnier español de los años 40 y 50 a quien yo sólo alcancé a ver en su decadencia artística, Don Luís Sancho Monleón, más conocido por su nombre artístico: Jorge Sepúlveda.

A mí, de niño, me llamaba la atención este cantante de acento catalán que cantaba, con voz nasal y aterciopelada, amables y nostálgicas melodías.

Uno de sus grandes éxitos, una canción titulada «Mirando al mar», empezaba de una forma tan cursi y arzobispal que todos suponíamos haría las delicias de quienes mandaban en aquellos años en España, pues principiaba justo con la frase que da título al post y que, a mí, a la vista del celaje del ocaso, me ha venido a la memoria con su música incluída: «Bajo el palio de la luz crepuscular…».

Ni que decir tiene que he empezado inmediatamente a tararearla.

Luís Sancho Monleón (Jorge Sepúlveda), además de una voz peculiar, tenía también una curiosa forma de actuar, pues sostenía invariablemente el micrófono con la mano izquierda mientras gesticulaba con la derecha; era una forma de actuar un tanto envarada pero él tenía muy buenas razones para ello.

Y sí que las tenía, porque, a este cantante romántico y amable para el régimen, un disparo en primera línea de fuego le había inutilizado tres dedos de la mano izquierda.

Sí, Luís Monleón había sido sargento durante la guerra civil, aunque no en el bando que sus amables canciones podrían hacer sospechar, sino justo en el contrario. El valenciano (que no catalán) Luís Monleón había servido como sargento en el ejército de la República y acabó la contienda recluido en el campo de concentración de Albatera aunque, antes de acabar prisionero, primero fue fusilado.

No fueron pocos los españoles de uno y otro bando que sobrevivieron a un fusilamiento; en aquellos años se mataba mucho y no se gastaba compasión ni en el tiro de gracia y a Luís no se lo dieron, de forma que pudo vivir para cantarla y, en cuanto salió del campo de Albatera, se dirigió a Zaragoza a probar suerte en el mundo de la música.

De allí marchó a Madrid y la radio hizo el resto: sus canciones pasaron a formar parte de la memoria musical de los años 40, 50 y muy tempranos 60.

Cuando sintió declinar su estrella se retiró a su casa de Mallorca de donde solo salió en los 70 al recobrar sus canciones cierta notoriedad con la moda de la música «camp».

Tras la muerte de Franco, Luís Sancho Monleón ingresó en la Asociación de Militares Republicanos, desde la que se dedicó a prestar ayuda a las viudas de los militares que combatieron en el bando del gobierno.

Luís Sancho Monleón (Jorge Sepúlveda) murió en Mallorca el 26 de junio de 1983 y sus cenizas fueron depositadas, por su expreso deseo, en la fosa común nº 7 del cementerio de Palma de Mallorca, junto a los restos anónimos de muchos otros que, como él, se mantuvieron leales a la República.

Y ahí siguen a día de hoy, al lado del Mediterráneo, mirando al mar y, en tardes como esta, bajo el palio sonrosado de la luz crepuscular.

¿Cursi? ¡Quiá!

Compañera de armas

Compañera de armas

Maryia Vasílyevna Oktiábrskaya era, según sus amigas, una mujer trabajadora y elegante en sus modales y forma de vestir. Se casó en 1925 con el amor de su vida: el cadete de la escuela de caballería Ilyá Fedótovich Riadnenko y por eso, cuando en el verano de 1941 le llegó la noticia de la muerte de su marido a manos de las tropas alemanas que habían invadido la URSS, corrió a alistarse como soldado en el ejército rojo.

Fue rechazada, padecía tuberculosis de columna y contaba ya 36 años, demasiados para el combate en una mujer según los comisarios soviéticos.

Pero su dolor y su ira eran demasiado grandes como para conformarse con esa decisión. Tras vender todo cuanto tenía y reunir la nada despreciable cantidad de 50.000 rublos decidió escribir a Stalin en estos términos:

“Querido Iosif Vissariónovich!:
Mi marido, el comisario de regimiento Oktiábrskiy Ilyá Fedótovich, ha muerto en los combates por la Patria. Por su muerte, por la muerte de todos los soviéticos torturados por la barbarie fascista, deseo vengarme de los perros fascistas para lo cual ingreso en el banco público todos mis ahorros personales (50.000 rublos) para la fabricación de un tanque. Solicito que el tanque se llame «Compañera de Armas» y yo sea destinada al frente como su conductora.”

Maryia tenía formación como conductora de este tipo de vehículos y era además una magnífica operadora de ametralladoras. No debía de andar Stalin muy sobrado de efectivos porque su respuesta no se hizo esperar:

“A la atención de la camarada OKTIÁBRSKAYA Mariya Vasílyevna
Le agradezco, Mariya Vasílyevna, su apoyo a las tropas de tanques del Ejército Rojo.
Se hará como usted desea.
Reciba mi saludo.”

Mariya, vio sus deseos cumplidos: un magnífico tanque medio T-34 fue bautizado con el nombre de «Compañera de Armas» y ella fue destinada al puesto de conductora/mecánica.

Entró por primera vez en combate en los alrededores de Smolensko donde demostró un valor fuera de lo común. Con su tanque averiado por los proyectiles enemigos María salió del mismo y lo reparó para seguir combatiendo con él a pesar del denso fuego de la wehrmacht.

Muchos fueron los combates en que Mariya demostró su valor aunque, en una guerra como aquella, sobrevivir era la misión más difícil. Los días de Mariya finalizaron en noviembre de 1943, en las cercanías de Vitebsk, cuando, tras destruir varios nidos de ametralladoras y un cañón autopropulsado alemán, un proyectil antitanque destrozó una de las orugas de su «Compañera de Armas».

Mariya, como siempre, saltó del tanque para reparar la oruga dañada sin temor al fuego enemigo pero, ese día, la suerte no estuvo de su lado: una esquirla de metralla la hirió gravemente y, tras permanecer dos meses en coma, falleció en el hospital de sangre de Smolensk el 15 de marzo de 1944.

El 2 de agosto de 1944 se concedió a título póstumo a M. V. Oktiábrskaya el título de Héroe de la Unión Soviética. El dictamen de la hoja de condecoración, firmado por el comandante de la 26.ª Brigada de Tanques de la Guardia coronel Stepán Nésterov, decía:

«En el transcurso de las operaciones de combate y en el período de formación de la brigada, la camarada Oktiábrskaya cuidó y demostró amor por su máquina de guerra. Su tanque nunca tuvo paradas forzosas o averías. La camarada Oktiábrskaya se vengó de los fascistas por la muerte de su marido con el tanque adquirido por cuenta propia. La camarada Oktiábrskaya ha sido una guerrera audaz e intrépida.»

Aunque aquí acabó la vida de Mariya su recuerdo no se extinguió. Su brigada, en recuerdo de «mamá» —que era como la apodaban— bautizó otro tanque como «Compañera de Armas» y al ser este segundo tanque averiado en Minsk encargaron un tercer «Compañera de Armas» que fue destruido ya en Prusia Oriental. Aún quedaba guerra y un cuarto «Compañera de Armas» fue lanzado a la batalla.

Estos cuatro no fueron las únicas «Compañeras de Armas». Las trabajadoras de Sverdlovsk compraron con sus ahorros otro «Compañera de Armas» que acabó destruido en el infierno de Kursk y aún otro para sustituir a este…

… y así hasta nuestros días porque el 68º regimiento de Guardias continuó llamando siempre a uno de sus tanques «Compañera de Armas» en recuerdo de la valentía de «mamá».

Mariya, ciertamente, hizo algo mucho más importante que vengar la muerte de su marido.

Gracias «Mamá».

Rebañar

Rebañar

Los españoles y españolas nacidos en los años 60 somos hijos e hijas de madres nacidas en las décadas de los 30 y los 40 del siglo pasado, mujeres para quienes el hambre no fue una inquietante amenaza sino una dolorosa realidad. Para ellas comer no era un ejercicio ético, ni dietético, ni de estilo, ni de adscripción cultural; para esas madres, mi madre, comer era el requisito imprescindible de la supervivencia y, para todos aquellos nacidos en la España de los 30 y los 40, comer no era un ejercicio con el que demostrar su empatía por la vida animal, su conocimiento de las virtudes nutricionales de los alimentos, ni una forma de contarle al mundo que tú eras un connaisseur… Para nuestras madres, mi madre, comer era sinónimo de vivir y sus hijos iban a comer porque ellas se iban a encargar de que nada malo les pasase y, en esto, eran inflexibles.

Desde niño aprendí a comérmelo todo; el plato no podía volver con restos de comida despreciados al fregadero; lo que mi padre había ganado con su esfuerzo y nuestra madre se había gobernado con su ingenio no podía ser despreciado. El pacto entre madres e hijos estaba claro: yo me voy a ocupar de que no te falte de nada y tú te lo vas a comer todo para que yo esté tranquila de que jamás sufrirás el hambre que yo viví. Tú vas a crecer sano y, si ello implica que te zampes todo cuanto yo te ponga, mi autoridad de madre hará que no rechistes.

Yo aprendí a comémelo todo. Si hoy me sirven un plato de alubias me lo como entero y, si me ponen una paella solo para mí, moriré en el intento si es preciso pero trataré de que nada vuelva a la cocina.

A esto se denomimaba, irónicamente, en los años 50 y 60 como «la táctica del pobre»:

“La del pobre:
antes reventar
que sobre”

La patria de un hombre es su infancia y el que nace lechón muere cochino. Yo, a mis 58 años, no he logrado liberarme de la educación adquirida en los ’60 y, sistemáticamente, allá donde voy a comer me lo como todo, e incluso rebaño el plato.

Esto de “rebañar” me lo criticará algún cartagenero pues aquí se dice “repelar” y hoy, mientras tomaba esta foto, el camarero me ha sorprendido tomando la fotografía que ven y me ha dicho:

—¿Qué?, ¿Repelando el plato de habichuelas?

Las mujeres de los 80 quizá no me entiendan pero las de los 30-40-50 sí, y, cuando ellas cocinan, este gesto las hace felices.

En un mundo donde mueren más personas de sobrepeso que de hambre estas mujeres quizá parezcan una antigualla incomprensible y, quizá, sea así; pero puedo asegurarles que, para mí, ellas son mi patria y las prefiero a cualquiera de las exóticas tribus alimentarias que ahora se llevan.

¡Arriba los de la cuchara!

¡Arriba los de la cuchara!

En la foto ven ustedes un plato de cocido con pava y pelotas. Un rito navideño delicioso e imprescindible en mi región.

Mi padre, 92 años, guardia civil de profesión —lo aclaro ya desde el principio— a la vista del cocido que le estaba sirviendo mi madre ha recordado una canción de la Cartagena de su infancia y ha entonado a voz en cuello y con música de “La Internacional” la siguiente letra:

“Arriba los de la cuchara,
abajo los del tenedor,
y yo, como soy comunista,
que viva el martillo y la hoz”.

Me he partido de risa: identificar las clases bajas con los platos de cuchara y a los ricos con las comidas de tenedor me parece una ocurrencia absolutamente genial. Oír cantar muy desafinado al jefe también ha contribuido a las risas.

El ario superior

Usualmente escribo de mujeres pero hoy, sin que sirva de precedente, lo haré sobre un hombre; se llamaba Maximilian y fue un soldado de élite en el ejército de Hitler.

Maximilian nació en Pomerania en 1905 y pronto destacó por sus tremendas facultades físicas; por eso, cuando su padre le llevó al cine a ver un combate de boxeo entre el mítico Jack Dempsey y George Carpentier supo en seguida lo que quería ser: boxeador.

Nunca destacó demasiado como púgil, para el público era demasiado cerebral y cuidadoso, muy lejos de la bravura de su ídolo Jack Dempsey, pero esta forma de pelear le deparó una larguísima serie de victorias. Una carrera poco espectacular pero sólida le llevó a pelear contra Jack Sharkey por el campeonato del mundo de los pesados e inesperadamente ganó: Sharkey fue descalificado por propinar un golpe bajo. Tras esta victoria perdió el título en el match revancha y, tras sufrir una brutal paliza ante Max Baer que le hizo pensar en la retirada, volvió a su Alemania natal para casarse. Corría el año 1933 y el nazismo asomaba su feroz cara.

Para sorpresa de todos Maximilian no abandonó el boxeo sino que volvió a combatir y sorprendentemente le llegó la oportunidad de pelear contra quizá el mejor peso pesado de todos los tiempos: Joe Louis «El Bombardero de Detroit». Ese combate era un suicidio para Maximilian, pero se cuenta que este estudió películas de los combates de Joe Louis (el cine era una tecnología novedosa entonces) analizó su forma de pelear y decidió cuál era la estrategia adecuada para tratar de hacer frente a aquel superdotado. La inmensa autoconfianza de Joe Louis hizo el resto: el 19 de junio de 1936 Maximilian (Max) Schmeling derrotó contra todo pronóstico al increíble púgil norteamericano por KO en el duodécimo asalto.

El delirio se desató en Alemania, un ario derrotaba a un invencible negro demostrando la superioridad de su raza, Hitler usó de todo su poder para fotografiarse comiendo con Max y rápidamente comenzaron las presiones para que el púgil de Pomerania se afiliase al partido nazi.

Ocurría, sin embargo, que a Max los nazis no le hacían ninguna gracia; su manager, un tipo llamado Joe Jacobs y con quien Max estaba muy unido, era judío y a Max, además, lo de la superioridad de la raza aria le traía al fresco: él sabía que Joe Louis era mucho mejor que él y que aquella victoria no volvería a repetirse nunca.

Cuando en 1938 Schmeling perdió por KO ante Louis en el Yankee Stadium su suerte quedó sellada con el régimen nazi y sus jerarcas decidieron ajustarle las cuentas. Que Max Schmeling ayudase a su manager y a su mujer a huir de Alemania y que lograse salvar a dos niños judíos tampoco le granjeó demasiadas amistades entre las autoridades del momento.

Dándole vueltas al asunto a los responsables del tema se les ocurrió que el mejor fin que podía tener el rebelde púgil ario era morir combatiendo gloriosamente por Alemania y su Führer, de forma que lo incorporaron a una unidad de Fallschirmjaëger, los famosos paracaidistas alemanes, un cuerpo de élite donde las posibilidades de morir estaban garantizadas. Max, además y para mayor seguridad, fue enviado en primera linea a la campaña que más muertos causó a aquellos guerreros, la de Creta. En esa campaña la pérdida de vidas de paracaidistas fue tan alta que Hitler, espantado por el número de bajas, no volvió a usarles para misiones aerotransportadas.

Sin embargo Max no solo sobrevivió a la campaña de Creta sino también al resto de la guerra de forma que, cuando acabó, pudo encontrar trabajo como representante de la Coca-Cola en Alemania y, listo como era, amasar una pequeña fortuna.

Mientras tanto, en el otro lado del Atlántico, su archienemigo Joe Louis, menos sensato que Max, había gastado la inmensa fortuna que había ganado con el boxeo y ahora vivía en la pobreza.

Nunca le faltó a Louis un cheque oportuno de su amigo Max para salir de problemas y cuando enfermó, aquel representante de la raza aria a quien Louis había noqueado y había partido dos costillas en el Yankee Stadium, fue quien se hizo cargo de los gastos médicos. Finalmente, cuando Joe Louis falleció en 1981, el viejo paracaidista alemán fue también quien pagó su entierro.

Max Schmeling falleció el 2 de febrero de 2005 a los 99 años de edad, querido por todos y recordado como nunca se ha recordado a ningún otro púgil en el mundo del boxeo: como una buena persona que una vez ganó el campeonato del mundo de los pesos pesados y como el tipo que tuvo el coraje de decirle no a Hitler.

Olesya

Olesya

He escrito bastantes posts sobre mujeres en Facebook y, una buena parte de ellos, sobre mujeres rusas. Hoy voy a tener que escribir sobre otra mujer rusa que, con seguridad, ustedes no conocen. Se llama Olesya Soldatova y sé que no tiene Facebook.

Esta mañana, mientras trabajaba en mi despacho, me ha llamado un compañero de Murcia y me ha dicho que si podía verme, que tenía un encargo para mí. Me he quedado estupefacto y cuando le he preguntado qué era me ha dicho que tenía que entregarme una cosa. He salido del despacho, me he encontrado con él, hemos entrado en una casa de comidas para no cumplir el encargo en medio de la calle e, inmediatamente, me ha dado una camiseta. Pero la camiseta no era una camiseta cualquiera.

La camiseta estaba comprada en la localidad rusa de Uliánovsk (en ruso: Ульяновск) a orillas de los ríos Volga y Sviyaga en Rusia,unos 893 km al este de Moscú, y representa un dibujo del Sputnik-1 con la fecha conmemorativa de su lanzamiento el 4 de octubre de 1957.

Me he quedado estupefacto ¿por qué traía eso para mí?.

El compañero me ha hablado entonces de una mujer rusa, Olesya, de que conocía mi afición a la historia de la astronáutica, de que le habían contado las historias que yo escribía en mi blog sobre la carrera espacial y, sobre todo, que le gustaban mucho las historias de mujeres rusas que pongo en él de vez en cuando y que por eso, Olesya, al ver la camiseta de la foto, decidió comprarla y hacérmela llegar.

Creo que no puedo explicarles la sensación de ternura y alegría que me ha embargado, no daba crédito a mis ojos, así que inmediatamente me he puesto la camiseta y me he tomado la foto que ven.

Y ahora a lo que importa: Olesya, quiero que sepas que esta es de las que no se olvidan nunca, sé que no vas a leer este post pero que, igual que acabaste pudiendo llegar a los post anteriores, estoy seguro que antes o después leerás o te leerán este. Un día he de agradecerte esto, te lo prometo por el traje de cosmonauta de Valentina Tereskhova. Hoy me has hecho feliz. Muchísimas gracias Olesya.

спасибо большое, Олеся Солдатова !!!!!