Libertad

Libertad

Se dice que los griegos inventaron la política y que su primera forma de gobierno fue la monarquía, un sistema en el que gobierna un solo líder pero que, pronto, comienza a no poder ejercer un poder omnímodo pues, sobre todo en tiempo de guerra, precisa de la ayuda de notables cuando no del apoyo de cualquier persona capaz de empuñar armas, apareciendo así asambleas. A la monarquía, decían, solía sucederle una oligarquía; es decir, el gobierno de unos pocos. Los abusos de esta oligarquía solían exasperar a su vez al pueblo que, llevado al límite, se rebelaba y buscaba un jefe que colocar al frente del gobierno desbancando a la oligarquía establecida y, a este tercer régimen, le llamaron «tiranía»; si bien es cierto que tal palabra no tenía para ellos el sentido peyorativo que ahora tiene, pues su traducción más exacta sería «jefe» o «patrón».

Todas estas formas de gobierno fueron conocidas por los sumerios y todas estas formas de degeneración de los sistemas de gobiernos fueron por ellos experimentadas y es de uno de estos «patrones» o «jefes» de quien me gustaría hablarles: Urukagina de Lagash, el primer legislador conocido.

Urukagina accedió al poder con toda probabilidad como «jefe» o «patrón» de una revuelta del pueblo exasperado y sus medidas legislativas dejan muy claro cuáles eran sus objetivos al llegar al cargo de sumo regidor de la ciudad-estado de Lagash, en Sumeria. Corría el año 2.380 antes de nuestra era.

Urukagina trató de reducir las diferencias entre las clases sociales, disminuyó los impuestos, trató de anular prerrogativas que se habían atribuido el monarca y su familia, redujo los abusos por parte de los funcionarios, prohibió la explotación de las capas sociales inferiores, condonó deudas, combatió la corrupción y expidió el primer código legal registrado por la historia. Aunque aún no se conoce su texto, se sabe por referencias y citas encontradas, que el Código de Urukagina concedía exención de impuestos a los huérfanos y viudas; obligaba a la ciudad a pagar los gastos de los funerales; decretaba que los ricos debían pagar con plata sus compras a los pobres y prohibía obligarlos a vender.

Fue durante el gobierno de Urukagina de Lagash que se dio libertad a un gran número de esclavos y es en uno de los documentos redactados para certificar uno de aquellos hechos donde, por primera vez en la historia de la humanidad, aparece escrito el concepto, la palabra, «Libertad» (Ama-Gi, véase la ilustración que encabeza el post). Bastaría con esto para que el recuerdo de Urukagina fuese imborrable; su política de defensa de los desfavorecidos podría ser un estímulo para gobernantes pero su fama se vio empañada por… las mujeres y la moral.

A pesar de que protegió a viudas y pobres Urukagina al parecer cometió el grave error de prohibir la poliandría. Sí, en aquella época las mujeres de Lagash parece que podían casarse con varios hombres sin problema, cosa que, al parecer, no le parecía bien a Urukagina. Sus leyes prohibiendo la poliandria han dado lugar a que, desde ópticas actuales, se considere a Urukagina el primer represor de los derechos de la mujer (no se tiene noticia de que hiciese lo mismo con los hombres) y que su figura, lejos de ser aplaudida, esté puesta en cuarentena.

No tengo nada que decir en este punto salvo que son ustedes quienes tienen la última palabra en este caso: ¿fue Urukagina un defensor de los desfavorecidos, un opresor de la mujer o ambas cosas al mismo tiempo? ¿Qué opinión les merecen las reformas de Urukagina?

Me encantará leer sus opiniones, porque, al final, cada uno puede sostener su propia opinión sobre Urukagina y eso no es más que una consecuencia directa de un concepto que los sumerios legaron al mundo durante su gobierno: Ama-Gi («Libertad»).

La Virgen, el obispo y el clérigo tarugo

Tengo una amiga que quiere darse a la filología y ayer, casualmente, la vi muy aplicada leyendo y anotando el “Cantar del Mío Cid». La escena me reconcilió con el mundo, «aún queda gente así», pensé, y traté de pegar la hebra a cuenta de Bellido Dolfos o del famoso «huebos» que tanto se repite en la obra.

Lo del «huebos» es expresión sobradamente conocida pero, por ser de abolengo forense, debo aquí explicarme antes de seguir con mi historia:

La palabra «huebos» o «uebos» es un arcaismo desusado que deriva de la palabra latina «opus» (aunque hay quien sostiene otras teorías) y se popularizó a cuenta de la expresión forense «mandat opus» que, indicando la necesidad incontrovertible de una conclusión lógica, acabó dando lugar en castellano al castizo «manda huebos». Hacer, pues, algo «por huebos» es tanto como hacerlo «por necesidad», algo que está muy lejos del barbarismo soez «por cojones».

¿Ven como es bueno estudiar filología?

Pues bien, en el poema de Mio Cid esto de los «huebos» resulta muy llamativo pero a mí, ayer, me pilló el cuerpo con achaques de Mester de Clerecía y lo que me apetecía —y no me dio tiempo a hacer— era cercar a mi contertulia con unas cuantas cuadernas vías o tetrastrofos monorrimos que dicen los que de esto entienden.

Afortunadamente, en esta nuestra edad de hierro, lo que no puedes contar en directo puedes contarlo por whatsapp, de forma que hoy me he pertrechado de paciencia y me he dispuesto a concluir vía whatsapp la conversación de ayer; así que, aprovechando la hora de la siesta, le he mandado la siguiente misiva electrónica a mi contertulia:

«Tú que eres mujer de fe y aspirante a filóloga no puedes pasar sin leer y meterte en la mollera estos versos famosos del primer poeta conocido en lengua castellana. Nadie jamás ha explicado los milagros de la Virgen más claramente ni con menos melindres.

La historia es simple, había en aquellos tiempos medievales un clérigo seco de mollera y carente de letras (seguramente un cimarrón de Las Merindades) que la única misa que había aprendido a decir era la de Santa María, lo cual, naturalmente, era una vergüenza para el Obispo u ordinario del lugar.

Pero dejemos contar la historia al poeta:

Era un simple clérigo, pobre de clerecía
dicié cutiano missa de la Sancta María;
non sabié decir otra, diciéla cada día,
más la sabié por uso que por sabiduría.

Fo est missacantano al bispo acusado,
que era idïota, mal clérigo provado;
«Salve Sancta Parens» sólo tenié usado,
non sabié otra missa el torpe embargado.

Fo durament movido el obispo a sanna,
dicié: «Nunqua de preste oí atal hazanna.»
Disso: «Diçit al fijo de la mala putanna
que venga ante mí, no lo pare por manna.»

(Esto de que el obispo te llame «fijo de la mala putanna» es sabido desde antiguo que no augura nada bueno, así que allá que acudió el clérigo con toda su necedad y cagadito de miedo, según nos cuenta el poeta)

Vino ante el obispo el preste peccador,
avié con el grand miedo perdida la color,
non podíe de vergüenza catar contra’l sennor,
nunqua fo el mesquino en tan mala sudor.

Díssoli el obispo: «Preste, dime la verdat,
si es tal como dizen la tu necïedat.»
Díssoli el buen omne, «Sennor, por caridat,
si disiesse que non, dizría falsedat».

Díssoli el obispo: «Quando non as cïencia
de cantar otra missa nin as sen nin potencia,
viédote que non cantes, métote en sentencia,
vivi como merezes por otra agudencia.»

(Viendo el clérigo que le habían quitado el cargo por ser un tonto confeso —él mismo reconoció ser tonto al obispo— volvió sus ojos a la única que podía ayudarle, la Reina del Cielo)

Fo el preste su vía triste e dessarrado,
avié muy grand vergüenza, el danno muy granado;
tornó en la Gloriosa, ploroso e quesado,
que li diesse consejo ca era aterrado.

La madre pïadosa que nunqua falleció
a qui de corazón a piedes li cadió,
el ruego del su clérigo luego gelo udió:
no lo metió por plazo, luego li acorrió.

(La Virgen, a lo que parece, se tomó muy mal que el Obispo le tocase a su clérigo tarugo, no se sabe si por caridad o porque la había dejado sin una misa diaria)

La Virgo glorïosa, madre sin dicïón,
apareció’l al obispo luego en visïon;
díxoli fuertes dichos, un brabiello sermón,
descubrióli en ello todo su corazón.

Díxoli brabamientre: «Don obispo Lozano,
¿contra mí por qué fust tan fuert e tan villano?
Yo nunqua te tollí valía de un grano,
e tú ásme tollido a mí un capellano.

El que a mí cantava la missa cada día,
tú tovist que facié yerro de eresía;
judguéstilo por bestia e por cosa radía,
tollisteli la orden de la capellanía.

Si tú no li mandares decir la missa mía
como solié decirla, grand querella avría,
e tú serás finado hasta el trenteno día,
¡Desend verás qué vale la sanna de María!»

(¡Ole las vírgenes con salero! La Madre de Dios se lo explica clarito y en román paladino: Obispo Lozano, o le devuelves ya el cargo a mi clérigo el zoquete o de aquí a treinta días te escabecho. Es normal que, en esa tesitura, el obispo sufriese una súbita descomposición intestinal)

Fo con estas menazas el bispo espantado,
mandó envïar luego por el preste vedado;
rogó’l que’l perdonasse lo que avié errado,
ca fo él en su pleito durament engannado.
Mandólo que cantasse como solié cantar,
fuesse de la Gloriosa siervo del su altar;
si algo li menguasse en vestir o calzar,
él gelo mandarié del suyo mismo dar.

(Y tras el ataque de caguetosis del obispo, como vemos, todo volvió a la normalidad, el clérigo borrico a decir sus misas a Santa María y así hasta que se murió con placidez envidiable)

Tornó el omne bueno en su capellanía,
sirvió a la Gloriosa, madre Sancta María;
finó en su oficio de fin qual yo querría,
fue la alma a gloria a la dulz cofradría.

Y fin de la historia. La caracterización de los perspnajes —clérigo burro, obispo hipócrita y Virgen macarra— es de lo mejor que se ha despachado nunca en lo tocante a milagros.

Escribió estos versos el primer poeta conocido en lengua castellana; se llamaba Gonzalo y su patria era Berceo. Y ahora espero que, conociendo la identidad del poeta (si es que no la sabían ya todos desde el principio), comprendan ustedes que el esfuerzo desarrollado para escribir este post debe ser recompensado en la forma que Gonzalo, hace más de 800 años, nos dejó dicha:

Quiero fer una prosa en román paladino,
En qual suele el pueblo fablar a su vecino,
Ca non so tan letrado por fer otro latino:
Bien valdrá, como creo, un vaso de bon vino.

He dicho.

Los Vengadores

Los Vengadores

«Señora Peel, nos necesitan», era el mensaje con el que solían comenzar los episodios de «Los Vengadores».

Sí, ya sé que para ti los vengadores son una caterva de superhéroes de cómic que andan por ahí dando saltos y perigallos, pero para mí no: para mí «Los Vengadores» eran John Steed (un sujeto que representaba la melancolía británica por el imperio perdido con sus bombín, su paraguas y sus trajes de estilo eduardiano) y sobre todo Emma Peel, una joven que representaba toda la creatividad británica de los 60, con trajes de cuero y capaz de darle una patada en la boca a Kareem Abdul Jabbar sin descoyuntarse la bisectriz.

Emma Peel era el ídolo de los niños y el oscuro objeto de una turbia fascinación de los padres. En una década en que el kárate o las artes marciales no eran muy conocidas Emma Peel largaba unas patadas de campeonato y propinaba a sus adversarios unas palizas morrocotudas. Al revés que su pareja en la serie, ella no usaba gadgets que, escondidos en el paraguas o el bombín, parecían inventados por el doctor Bacterio. Ella iba a lo positivo: patada en los riñones y a otra cosa mariposa.

Su «catsuit» de cuero, los elementos Op-Art de sus diseños, su estética trabajada por los mejores diseñadores de moda de la época (incluso Pier Cardin trabajó para ella) hicieron época y marcaron una tendencia estilística. La temática futurista y de ciencia ficción de la serie mezclada con elementos clarísimamente retro (coches de la primera década del siglo XX) crearon una estética ciertamente inolvidable.

Pero, sobre todo, a mí lo que me gustaba eran las patadas que largaba Emma Peel.

Emma Peel (un juego de palabras con la expresión M. Appeal —Men Appeal—) estaba encarnada por la actriz Diana Rigg, quién no sólo interpretó a Emma Peel en Los Vengadores sino que, en 1969, interpretó a la Condesa Teresa de Vincenzo, esposa de James Bond en la película On Her Majesty’s Secret Service (007 al servicio de su Majestad) y Olenna Tyrell, la Reina de Espinas, en la serie Juego de Tronos de 2013 a 2017. En teatro interpretó el papel de Medea, en Londres y Nueva York por el que ganó en 1994 el Premio Tony como mejor actriz principal en una obra de teatro fue reconocida con la Orden del Imperio Británico.

Como siempre su carrera no fue fácil. Después de llevar tiempo trabajando en Los Vengadores descubrió que su salario era inferior al del cameraman y se plantó: o le mejoraban su sueldo o se largaba. Diana, a esas alturas, era insustituíble en la serie y la productora hubo de tragar. Aquella joven inglesa de movimientos felinos era ya demasiado popular en norte América.

Ayer, por mi amigo Manuel Sánchez-Guerrero Melgarejo me enteré que, la siempre joven en mi memoria, Diana Rigg había fallecido; y no pude evitar que me embargase una cierta melancolía. Diana Rigg era una parte recordada de mi infancia de viajes espaciales, cultura pop y ciencia ficción y formaba parte de esas cosas que uno cree que siempre estarán ahí.

Descanse en paz, creo que no la olvidaré; ni a ella ni, claro, a las patadas en la boca que les cascaba a los malos.

Niyireth

Niyireth

Dicen que los de Bilbao nacen donde quieren pero no es verdad, los que nacen donde quieren son los colombianos y por eso Niyireth había nacido en Bilbao, una zona rural en Tolima, Colombia. Hija de campesinos sabía todo cuanto había que saber de cuidar ganado y, vecina como era de una región bajo la influencia de las guerrillas de las FARC, había hecho de las armas y del miedo unos viejos conocidos.

Logró con esfuerzo ser profesora de primaria y, como muchas colombianas, también fue madre soltera. Sabía quién era el padre pero —cuestión de orgullo— jamás le pidió nada y, como «más cornás da el hambre», cuando se le acabò el contrato de profesora lió el hato y se vino a España donde dio todos los campanazos que un inmigrante ha de dar para salir adelante de forma que, en cuanto pudo, se alistò en el ejército español.

He escrito mucho sobre mujeres valientes, frecuentemente rusas y hoy, mientras venía para casa, he sentido que quizá era un buen día para escribir de una española.

Fue mientras estaba destinada en Fuerteventura cuando a Niyireth Pineda Marín, la bilbaína de Tolima, se le presentó la ocasión de marchar voluntaria a Afghanistán y fue allí donde, el 27 de junio de 2011, acabó dándolo todo por la patria cuando una bomba terminó con su vida y la del sargento Manuel Argudín.

Así que, amigo, cuando vayas a hacer algún comentario a propósito de españoles, españolas, extranjeros o extranjeras, recuerda que a ti la condición de español te la regalaron al nacer mientras que otras se la han ganado a pulmón y, sobre todo, no olvides nunca que, las soldados de España como Niyireth, nacen donde les da la gana, incluso en Bilbao, Tolima, Colombia.

Esta va por la memoria de Niyireth Pineda, una soldado de España.

Traduttori traditori

Traduttori traditori

Hoy mi amigo Aurelio me ha hablado de la «travesía del desierto» que nos espera con esto del coronavirus y no he podido evitar reflexionar sobre si alguna vez existió esa «travesía del desierto» o si también sería una de esas cosas que los traductores de la Biblia nos colaron.

Me explico.

Para ponerles en situación debemos recordar cómo era el mundo civilizado cien años antes de que Cristo naciese.

Por aquellos tiempos y debido a la actividad guerrera de Alejandro Magno el mundo civilizado sufría un fuerte proceso de helenización. En Egipto los faraones ya no eran egipcios sino griegos, pues un general de Alejandro (Ptolomeo I Sóter) se había erigido barandenführer del país de las pirámides fundando una dinastía que concluiría cuando Cleopatra se alió con Marco Antonio en vez de con Augusto.

Al otro lado de Canaán las cosas no eran diferentes: un tal Seleuco, otro griego, tras no pocas peripecias, se había hecho con el gobierno de las tierras que rodeaban al Tigris y el Eúfrates y había fundado el imperio Persa Seleúcida. Los cananeos habían quedado adscritos a la provincia de Egipto (Ptolomeo) pero por las cosas de las guerras y los líos los Persas (Seleúcidas) se habían acabando adueñando del cotarro. En medio del lío unos zagales bastante corajudos de Israel, los Macabeos, se las ingeniaron para conseguir la independencia del pueblo elegido y de la tierra prometida a Abraham.

Prescindiré de contarles el interesantísimo lío que se montó cuando los zagales estos —los Macabeos— llegaron al poder, porque, nunca mejor dicho, sería un «Rollo Macabeo» aunque, créanme, si son ustedes cristianos, deben saber que los «Rollos Macabeos» forman parte de la Biblia Cristiana, mas no así de la Biblia Hebrea, que, de este modo, se ahorró una buena cantidad de papel.

Pues bien, para el año 100 antes de Cristo los judíos ya estaban dispersos por el mundo desde hace tiempo y, como hablaban griego, en muchos lugares, desde tiempo antes, empiezaron a pensar que lo mejor sería traducir la Biblia Hebrea al griego porque el hebreo empezaba a resultar incomprensible para muchos.

Quiere la tradición que, por instrucciones del faraón griego Ptolomeo II Filadelfo (284-246 a. C.), 72 sabios judíos enviados por el Sumo Sacerdote de Jerusalén, trabajasen por separado en la traducción de los textos sagrados del pueblo judío. Según la misma leyenda, la comparación del trabajo de todos reveló que los sabios habían coincidido en su trabajo de forma milagrosa. Y, tras esto, se montó un cirio de proporciones milenarias que ha llegado hasta nuestros días, porque, para los cristianos, esta traducción al griego de la Biblia (la llamada «Septuaginta») ha sido, mal que bien, la referencia oficial del Antiguo Testamento, mientras que, para los judíos, cualquier texto no escrito en hebreo o en arameo no merecía formar parte de la Biblia. Es por eso que la Biblia Cristiana y la Biblia Hebrea no coinciden del todo, pero no es ese el peor problema.

El problema más grave es que la traducción de los míticos setenta sabios parece que no es demasiado buena y es, por eso, causa de importantes follones en campos muy sensibles para los creyentes. Quizá el más conocido sea el problema de “la virgen”.

La idea de que el Mesías nacería de una virgen tiene su origen en un fragmento del libro de Isaías que, conforme a su traducción en la Septuaginta, dice:

«Por tanto el mismo Señor os dará señal: He aquí que la VIRGEN concebirá, y parirá un hijo, y llamarás su nombre Emmanuel»
(Isaías 7:14)

Lo malo es que en la versión hebrea (masorética) la palabra «virgen» no aparece por ningún lado y el texto dice:

«La JOVEN ha concebido ”(harah)”, y tendrá [en unos meses] un hijo»

Toma candela, Manuela.

Lo más curioso del libro de Isaías es que es uno de los que conservamos copias más antiguas y fidedignas pues, entre los llamados «Manuscritos del Mar Muerto» hallados en Qumrán, se encuentra, virtualmente completo, el Libro de Isaías y si miramos también esta versión, no, de virgen no dice nada.

Si es usted creyente no se me enfade, yo sólo le estoy contando algo muy comprobado desde el punto de vista filológico: el Libro de Isaías no habla de ninguna virgen. Si usted, creyente, quiere seguir creyendo en el dogma de la virginidad no se preocupe, hágalo, en todo caso ¿Quién sabe si el cambio que introdujo en la Biblia la traducción al griego no fue inspirado? La fe lo puede todo, así pues que nadie se enfade conmigo, crean o no crean según les apetezca, yo solo digo lo que dicen los expertos: que en la versión original que tenemos de Isaías la palabra «virgen» no aparece.

Menos conocido, pero ya reconocido en algunas ediciones modernas de la Biblia, es el error de traducción en la narración del cruce del Mar Rojo (Éxodo) donde la versión griega, la Septuaginta, nos dice que los judíos cruzaron el «Erythrà Thálassa», literalmente «Mar Rojo».

Pues bien, eso de que cruzaron el «Mar Rojo» es algo que no se dice en ningún sitio en la versión hebrea porque, en esta, lo que Moisés y los israelitas cruzan no es el Mar Rojo sino el «Yam Suph» (יַם-סוּף) expresión que, nos pongamos como nos pongamos, no significa Mar Rojo.

Los israelitas, como buen pueblo de tierra adentro, para las grandes extensiones de agua solo tenían una palabra: Yam, y con ella designaban lo mismo un lago, que un río, que incluso el mar. Cuando se referían al Mediterráneo le llamaban el Mar Grande, los demás mares (el Mar Muerto, por ejemplo) los lagos y los ríos eran simplemente «Yam». «Suph» significa «juncos» con lo que la traducción exacta (y la admitida hoy mayoritariamente por los expertos) es que Yam-Suph significa el «Lago de los Juncos» sin que nadie acierte a saber de dónde se sacaron los setenta de Alejandría lo de «Mar Rojo».

Ya, ya sé que todo esto resulta molesto, ¿Quién puede imaginar a Charlton Heston interpretando a Moisés y cruzando un charco con juncos en vez del profundo Mar Rojo? O ¿quién puede imaginar una Semana Santa sin vírgenes? Una semana santa sin vírgenes no es semana santa ni es nada, de forma que, diga lo que diga la versión original de Isaías o del Éxodo, puede usted seguir creyendo —si le apetece— que Moisés abrió las aguas del Mar Rojo y no las de una charca y que, se pongan como se pongan los textos masoréticos, la Virgen es virgen y a llorar al muro.

Podríamos seguir disfrutando de esta especie de «teléfono roto» entre religiones y hablar de Moisés, de la leyenda de su nacimiento y abandono en el río en una cesta, o incluso de su interesantísimo nombre egipcio «MSS», pero ya falta apenas un cuarto de hora para las once y es tiempo de ir a dormir.

Y ahora que lo pienso… no he dicho nada de los 40 años vagando en el desierto. Bueno, supongo que hay tiempo para eso, por hoy ya estuvo bien.

Una cesta en el río

Una cesta en el río

Sargón de Akkad fue el primer emperador de la historia y gobernó la tierra entre el Tigris y el Eúfrates hace unos cuarenta y tres siglos. Creemos saber cómo era su rostro pues, probablemente, es el que se ve en la fotografía pero, mucho más interesante, conocemos cómo fue su nacimiento porque, él mismo, se encargó de contárnoslo. Quizá la historia les suene porque —de otro líder— 18 siglos después, nos contaron una historia parecida.

Leamos cómo nos cuenta el emperador Sargón su nacimiento:

1. Sargón, el rey poderoso, rey de Akkad soy yo,

2. Mi madre era humilde; a mi padre no lo conocí;

3. El hermano de mi padre habitaba en la montaña.

4. Mi ciudad es Azupiranu, que está situada a orillas del Purattu [Éufrates],

5. Mi humilde madre me concibió y en secreto me dio a luz.

6. Me metió en una canasta de cañas, me cerró la entrada con betún,

7. Ella me arrojó sobre los ríos que no me desbordaron.

8. El río me llevó, me llevó a Akki, el regador.

9. Akki, el irrigador, en la bondad de su corazón me sacó,

10. Akki, el irrigador, como su propio hijo me crió;

11. Akki, el irrigador, como me designó su jardinero.

12. Cuando era jardinero, la diosa Ishtar me amaba,

13. Y durante cuatro años goberné el reino.

14. Los pueblos de cabeza negra que goberné, goberné;

15. Montañas poderosas con hachas de bronce destruí (?).

16. Subí a las montañas superiores;

17. Atravesé las montañas más bajas.

18. Asedié tres veces la tierra del mar;

19. Dilmun capturé (?).

20. Subí al gran Dur-ilu, yo. . . . . . . . .

21. . . . . . . . . .Me alteré. . . . . . . . . . . . . . .

22. Todo rey después de mí será exaltado,

23.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

24. Que gobierne, que gobierne a los pueblos de las cabezas negras;

25. Montañas poderosas con hachas de bronce destruya;

26. Que suba a las montañas superiores,

27. Que atraviese los montes inferiores;

28. La tierra del mar le dejó asediar tres veces;

29. Dilmun lo dejó capturar;

30. Al gran Dur-ilu, déjalo subir.

Aunque la tablilla de barro está incompleta y hay trozos ilegibles el parecido con alguna historia posterior es curioso ¿No les parece?

Olesya Soldatova

Olesya Soldatova

Hoy, hace exactamente un año, recibí un regalo inesperado, uno de esos regalos con los que construyes los recuerdos que son el material de que está hecha la vida de una persona.

Facebook me lo ha recordado puntualmente pero, como siempre me debato en la duda de abandonar las redes sociales en beneficio exclusivo de este blog, creo que voy a salvar en él el recuerdo, por si algún día me da la ventolera.

El post de Facebook dice así:

«He escrito bastantes posts sobre mujeres en Facebook y, una buena parte de ellos, sobre mujeres rusas. Hoy, luego les explico por qué, voy a tener que escribir sobre otra mujer rusa que probablemente ustedes no conozcan. Se llama Olesya Soldatova y sé que no tiene Facebook.

Esta mañana, mientras trabajaba en mi despacho, me ha llamado un compañero de Murcia y me ha dicho que si podía verme, que tenía un encargo para mí. Me he quedado estupefacto y cuando le he preguntado qué era me ha dicho que tenía que entregarme una cosa. He salido del despacho, me he encontrado con él, hemos entrado en una casa de comidas para no cumplir el encargo en medio de la calle e, inmediatamente, me ha dado una camiseta. Pero la camiseta no era una camiseta cualquiera.

La camiseta estaba comprada en la localidad rusa de Uliánovsk (en ruso: Ульяновск) a orillas de los ríos Volga y Sviyaga en Rusia,unos 893 km al este de Moscú, y representa un dibujo del Sputnik-1 con la fecha conmemorativa de su lanzamiento el 4 de octubre de 1957.

Me he quedado estupefacto ¿por qué traía eso para mí?.

El compañero me ha hablado entonces de una mujer rusa, Olesya, de que conocía mi afición a la historia de la astronáutica, de que le habían contado las historias que yo escribía en mi blog sobre la carrera espacial y, sobre todo, las historias de mujeres rusas que pongo en él de vez en cuando y que Olesya, al ver la camiseta, decidió comprarla y hacérmela llegar.

Creo que no puedo explicarles la sensación de ternura y alegría que me ha embargado, no daba crédito a mis ojos, así que inmediatamente me he puesto la camiseta y me he tomado la foto que ven.

Y ahora a lo que importa: Olesya, quiero que sepas que esta es de las que no se olvidan nunca, sé que no vas a leer este post pero que, igual que acabaste pudiendo llegar a los post anteriores, estoy seguro que antes o después leerás o te leerán este. Un día he de agradecerte esto, te lo prometo por el traje de cosmonauta de Valentina Tereskhova. Hoy me has hecho feliz. Muchísimas gracias Olesya.

спасибо большое, Олеся Солдатова !!!!!»

Ama a tus enemigos

Ama a tus enemigos

Conceptos como perdonar a quien te ofende o amar al prójimo e incluso al enemigo nos parecen, con frecuencia, preceptos propios de nuestra religión (la de cada uno, entiéndaseme) olvidando que las religiones no salen de la nada y que, en su mayor parte, no son más que una reelaboración de mitos anteriores para adaptarlos a nuevas peculiaridades emergentes.

Ayer, mientras investigaba los antecedentes mesopotámicos del «Libro de Job» y el llamado «problema del mal», me encontré con este fragmento que no me resisto a transcribirles:

«No holgazanees donde haya una disputa, porque en la disputa te tendrán como observador.  Luego, te convertirán en testigo y te involucrarán en una demanda para afirmar algo que no te incumbeEn caso de disputa, aléjate de ella, ¡ignórala!  Si surge una disputa que te involucra, cálmate.  Una disputa es un pozo cubierto [una trampa], un muro que puede cubrir a tus enemigos;  recuerda lo que uno ha olvidado y hace una acusación contra un hombre.  No devuelvas el mal a tu adversario;  paga con bondad al que te hace mal, haz justicia a tu enemigo, sé amigo de tu enemigo.

Dar comida para comer, cerveza para beber, conceder lo que se pide, proveer y tratar con honor.  En esto dios se complace.  Es agradable para Shamash, quien le pagará con su favor.  Haz cosas buenas, sé amable todos los días

El texto es una traducción del profesor J.S. Arkenberg de una obra conocida como los «Consejos de un padre Acadio a si hijo» o como los «Preceptos Acadios» y su fecha de creación es circa del 2200 AEC (la traducción del inglés al castellano es mía). Para que se hagan una idea, este fragmento está escrito XXII (veintidós) siglos antes del nacimiento de Cristo y está más alejado de él en la historia que el propio Cristo de nosotros. Para Cristo, de haber conocido este texto, sería mucho más viejo que los evangelios para nosotros.

Por solo darles otra referencia, cuando este texto se escribió faltaban doce siglos aún para que el Antiguo Testamento siquiera empezase a insinuar sus primeros trazos.

La voz de este padre acadio nos llega a través de cuatro mil años de historia y no puedo evitar cierto estremecimiento al oírla.

Caeteris paribus: la historia de Caín y Abel

Caeteris paribus: la historia de Caín y Abel

Estoy leyendo estos días una interesantísima tesis doctoral (¿les he dicho que la Internet es maravillosa?) en la que me encuentro con frecuencia con la expresión latina «ceteris paribus».

«Cæterīs pāribus», frecuentemente escrita como caeterīs, cēterīs o céteris páribus, es una locución latina que significa literalmente «manteniéndose las demás cosas igual» y que se parafrasea en español como «permaneciendo el resto constante».

En ciencias se llama así al método en el que se mantienen constantes todas las variables de una situación, menos aquella cuya influencia se desea estudiar y, a mi juicio,es una valiosa herramienta para desentrañar complejos problemas. Por eso, hoy, mientras reflexionaba sobre la vieja historia bíblica de Caín y Abel, se me ha ocurrido que, quizá, usando este método, podría averiguar las razones del crimen si alteraba una variable de la historia y mantenía (ceteris paribus) las demás constantes. La historia creo que la conocen todos ustedes pero, por si no es así, se la recuerdo: Caín y Abel son los hijos de Adàn y Eva, la primera pareja de humanos creada por Yahweh segùn la Biblia. Caín, el Mayor, es agricultor y Abel, el menor, es pastor.

En un momento dado Caín y Abel hacen un sacrificio a Yahweh; Caín le ofrece los mejores frutos de su trabajo y Abel las mejores reses del suyo. Yahweh aprecia la ofrenda de Abel, más no hace lo mismo con la de Caín; quien, enfermo de celos e ira, asesina a su hermano.

Los celos y la ira son terribles pasiones humanas, eso lo sabemos, pero ¿Por qué habría de preferir Yahweh la ofrenda de Abel frente a la de Caín? ¿Por qué Yahweh desaira de esta forma al mayor de los hermanos siendo así que este le había ofrecido sus mejores frutos?

Les ruego que no pierdan el sentido del humor y tratemos de usar del método ceteris paribus.

Dado que la historia ofrece muy pocas variables a alterar comencemos con la más significativa: las distintas profesiones de los hermanos. Uno agricultor y otro pastor.

Si pensamos en Yahweh como un dios de pastores, su preferencia por Abel estaría predeterminada de antemano. Piensen en un Abel bético y un Caín sevillista, la preferencia por los logros, por las ofrendas de uno u otro, dependerá de si el Yahweh de nuestra historia es verdolaga o palangana. Si Yahweh fuera bético —como muchos sevillanos creen— no cabe duda de que aceptaría las ofrendas de Abel y haría ascos a las de Caín. Y viceversa, no se me vayan a enfadar los parroquianos de Nervión.

Si la única variable de esta historia es la distinta profesión de Caín y Abel no cabe duda de que Yahweh tenía que sentir favoritismo por los pastores en detrimento de los agricultores. ¿Y era eso así?

El momento histórico en que este relato se enmarca es ese en el que el hombre ha aprendido a cultivar la tierra. De un pasado nómada de cazadores recolectores que trashuman por el desierto con sus rebaños (eso y no otra cosa es Abraham) se está pasando a un presente donde los seres humanos se vuelven sedentarios, se establecen en unos mismos lugares y aparecen las primeras ciudades y estas ciudades, para esos nómadas que viven en tiendas y vagan por el desierto con sus rebaños de cabras y ovejas, son usualmente focos de pecado y corrupción.

Es a la historia de Sodoma y Gomorra, de Nínive y Babilonia e incluso de la misma Jerusalén: la corrupción y el pecado se asocia a las ciudades (sedentarismo) la nobleza y la pureza de espíritu al desierto (nomadismo).

Por no contarles ejemplos bíblicos conocidos sobre la relación del pecado y las ciudades permítanme recordarles un interesantísimo ejemplo de esta tensión neolítica entre nómadas y sedentarios, entre pastores y agricultores. La encontramos en el libro del profeta Jeremías, capítulo 35, versículos 1-10. Dice así:

  1. Palabra de Jehová que vino a Jeremías en días de Joacim hijo de Josías, rey de Judá, diciendo:
  2. Vé a casa de los recabitas y habla con ellos, e introdúcelos en la casa de Jehová, en uno de los aposentos, y dales a beber vino.
  3. Tomé entonces a Jaazanías hijo de Jeremías, hijo de Habasinías, a sus hermanos, a todos sus hijos, y a toda la familia de los recabitas;
  4. y los llevé a la casa de Jehová, al aposento de los hijos de Hanán hijo de Igdalías, varón de Dios, el cual estaba junto al aposento de los príncipes, que estaba sobre el aposento de Maasías hijo de Salum, guarda de la puerta.
  5. Y puse delante de los hijos de la familia de los recabitas tazas y copas llenas de vino, y les dije: Bebed vino.
  6. Mas ellos dijeron: No beberemos vino; porque Jonadab hijo de Recab nuestro padre nos ordenó diciendo: No beberéis jamás vino vosotros ni vuestros hijos;
  7. ni edificaréis casa, ni sembraréis sementera, ni plantaréis viña, ni la retendréis; sino que moraréis en tiendas todos vuestros días, para que viváis muchos días sobre la faz de la tierra donde vosotros habitáis.
  8. Y nosotros hemos obedecido a la voz de nuestro padre Jonadab hijo de Recab en todas las cosas que nos mandó, de no beber vino en todos nuestros días, ni nosotros, ni nuestras mujeres, ni nuestros hijos ni nuestras hijas;
  9. y de no edificar casas para nuestra morada, y de no tener viña, ni heredad, ni sementera.
  10. Moramos, pues, en tiendas, y hemos obedecido y hecho conforme a todas las cosas que nos mandó Jonadab nuestro padre.

Estos recabitas no eran un clan cualquiera, eran el clan que habïa permanecido siempre fiel a Yahweh mientras el resto de Israel caía en la idolatría y eran quienes habían ayudado al gran profeta Elías en sus luchas con los idólatras. Era pues hebreos “pata negra” y, como buenos hebreos pata negra, habían obedecido los mandatos de Jonadab, hijo de Recab, de no beber vino, de no edificar casas para su morada y de no tener viñas, ni heredad, ni sementera.

Los recabitas son un ejemplo fabuloso de lo que era Abel: no conocían la propiedad de la tierra (no tenían heredad ni se apropiaban de ella sembrándola) y no vivían en casas sino en tiendas… como Yahweh. Porque, bueno es recordarlo, Yahweh es el Dios de un pueblo sin tierra que vaga por el desierto, que camina al lado de ellos que vive en una tienda (el “Tabernáculo”) que se monta y se desmonta cada vez que el pueblo se pone en marcha cargando sus textos sagrados dentro de un arca.

Los pueblos sedentarios y agrícolas tenían dioses mucho más relacionados con la lluvia, el rayo, las nubes y las estaciones que Yahweh (al final y al cabo esas eran las principales necesidades de los agricultores) y no es de extrañar que los israelitas acaben adorando a Baal o al sol en cualquiera de sus sofisticadas versiones egipcias o mesopotámicas en cuanto se hacen sedentarios y se dedican a la agricultura. Yahweh en ese momento deviene en un dios poco útil para enfado de los profetas y de los redactores del Pentatéuco para quienes el desierto siempre será el lugar preferido de Yahweh, donde se aparecerá o hablará a los hombres y a donde los hombres se retirarán buscando el contacto con él.

Se han escrito mil explicaciones de la incomprensible historia del crimen de Caín, desde las psicoanalíticas de Freud y Jung a las más personales de Herman Hesse o José Saramago. A mí juicio el relato ilustra las tensiones producidas en un momento clave de la historia de la humanidad: el del nacimiento de la agricultura, el sedentarismo y la civilización.

Seguramente no me crees pero, (este es mi último y definitivo argumento) si eres aficionado a las películas del oeste, sin duda recuerdas esas películas que ilustran las tensiones entre vaqueros (cow-boys) y agricultores; estos colocan alambradas, vallan la tierra, impiden el desplazamiento de las manadas de ganado e incluso introducen ganado menor (ovejas) que cambia el hábitat y modo de vida de los cow-boys que, naturalmente, tratan de resolver el problema usando de su herramienta preferida: el revólver.

Es otra versión de la historia de Caín y Abel.

El primer hombre de la historia

El primer hombre de la historia

Hace ya un tiempo les hablé de la primera mujer de la historia cuyo nombre se conoce, la sacerdotisa y poeta Enheduanna.

Tras hacerlo pensé que, quizá, no estaría mal investigar quién fue el primer hombre conocido de la historia y hoy la suerte me ha favorecido: el pasado 17 de agosto el Daily Mail informaba de que, en Londres, se había subastado una tableta de arcilla sumeria (de Uruk) en la que aparecía la primera firma reconocida de la historia. El adquirente pagó 175.000£ (195.000€) por esta tableta de arcilla de 8 por 8 centímetros.

Que documentos como este anden en manos privadas y no en museos a disposición de la humanidad es algo en lo que prefiero no entrar ahora por no perder el buen humor, aunque esto es algo que merece una reflexión seria. Pero sigamos.

En la fotografía están marcadas las dos sílabas que componen el nombre del firmante de la tablilla: Ku-Sim. Al revés que Enheduanna, cuyo nombre ya no se usa, Ku-Sim es todavía un nombre popular en Mesopotamia.

Y si la primera mujer de la historia era poeta ¿a qué podía dedicarse el primer hombre conocido de la historia?

Conociendo la condición masculina no es difícil imaginarlo.

La tablilla de barro tiene 5000 años (datada en el 3100 AC) y el primer documento de la historia firmado por un hombre contiene…

Una receta para hacer cerveza.

Nihil novum sub solem.