El hombre que cuenta historias

El hombre que cuenta historias

Miguel pasa con holgura los setenta años y ejerce de guía. Entre las mil maneras en que los cartageneros se buscan la vida él eligió la de ser guía turístico: a cambio de unos pesos él te cuenta la historia de lo que ves en la plaza donde habita… y lo hace como nadie. La necesidad le obligó a tener que dominar varios idiomas y el hombre se expresa con fluidez en lenguas extrañas. Sus conocimientos admiran a los cartageneros y hoy, mientras me acercaba a la catedral de Santa Catalina, el taxista no ocultaba su admiración por él. «Ese hombre sabe muchísimo» —me ha dicho— y se notaba la admiración y el respeto en sus palabras.

En las sociedades occidentales hemos interiorizado tanto el principio de igualdad que no sólo es que nos creamos iguales jurídicamente a los demás, es que creemos que nuestras opiniones o habilidades son igual de valiosas que las de los demás y apenas si nos reconocemos inferiores y rendimos respeto a nadie vivo. En ese tipo de sociedades como la nuestra sólo el dinero marca las diferencias y así nos va.

Aquí aún no es así, Miguel es pobre de solemnidad pero despierta la admiración no solo del taxista sino de la profesora de universidad que me acompaña —Claudia— y de mí mismo.

Miguel nos da datos y nos cuenta historias, unas historias sin duda recibidas por tradición oral porque entroncan directamente con viejas historias que yo ya tengo escuchadas en la península. Cartagena es patrimonio de la humanidad pero Miguel es patrimonio oral no sólo de América sino de España.

Dudo y le pregunto: ¿sabe usted leer y escribir?

Me responde que sí y respiro aliviado, si este hombre hubiese recogido todos estos conocimientos de forma oral no me habría quedado más remedio que pedir a alguna real academia que lo estudiase.

Y le pido hacerme una foto con él y el hombre acepta. Y hoy dos días después aún me acuerdo de Miguel, el hombre que cuenta historias.

La culpa es de España

Lo malo de los españoles no podemos culpar a nadie de nuestras desgracias.

Los gobernantes hispanoamericanos, cuando las cosas van mal en sus países, suelen caer en la tentación de culpar a la antigua dominación española de sus males y ese truco, sorprendentemente, algunas veces les funciona. Para cualquier gobernante con poca vergüenza este recurso de poder culpar de los problemas a cualquiera menos a él mismo es valiosísimo.

Lo malo es que en España no podemos culpar a nadie sino a nosotros mismos.

Fuimos invadidos por los árabes pero es la verdad que los españoles estamos de acuerdo en que, de su presencia, lo que nos quedan son las nuevas formas de agricultura y riego que ellos trajeron, un palmeral patrimonio de la humanidad en Elche y una serie de construcciones y monumentos en toda Andalucía que dan todavía de comer a muchos españoles. ¿Qué seria de Granada sin Alhambra, de Córdoba sin Mezquita o de Sevilla sin Giralda?

No, decididamente no podemos culpar a los árabes de nuestros males presentes y, si no podemos culparles a ellos, mucho menos a los visigodos, a los romanos, a los carthagineses, a los griegos o a los fenicios, de cuyo pasado todos nos enorgullecemos. Admitámoslo, los españoles no tenemos a quien culpar de nuestros males y quizá por eso, al final, al igual que el resto del mundo, acabamos culpando también a España.

España es una realidad discutida y discutible sólo en España, fuera de ella nadie la discute ni muestra la más mínima duda al respecto. Fue Federico García Lorca quien dijo que no conoces España sino cuando vienes a América y creo que tenía toda la razón.

Seguramente, a base de oír a todos los países del mundo culpar a España de todos los males, los españoles hemos decidido copiarles y hacer lo mismo.

Lo malo de los españoles no es que copiemos Halloween, las despedidas de soltero o importemos la comida basura, lo malo es que adquirimos la sectaria forma de pensar el mundo de los anglosajones, su ridícula conciencia de superioridad y su pensamiento simple y sin sutileza. Y no es de extrañar, nuestro cine es americano, nuestra música anglosajona, nuestra comida basura estadounidense, nuestros refrescos pepsi-co y hasta cuando pensamos en nuestros muertos lo hacemos con la tramoya del Halloween americano ¿a quién extraña, pues, que no acabemos pensando como ellos sobre esa ridícula y siniestra entidad llamada España?

Y sin embargo, a poco que rascas la superficie, en cualquier americano encuentras a una persona orgullosa de su cultura y deseosa de que alguien, alguna vez, le dé razones para poder expresarlo públicamente.

A políticos y gobernantes el futuro les causa pavor, lo que les gusta es el pasado porque en el él hay multitud de historias de entre las cuales pueden seleccionar las que más les convienen para sus trucos políticos; sin embargo a esos mismos políticos el futuro les aterra, porque ahí las historias las han de inventar ellos, el futuro está vacío y eso les causa pánico; por eso, cuando hablan de futuro, apenas si aciertan a balbucear frases vagas: «contra el paro fomentaremos el empleo», «queremos lo mejor para el país», «el país para los paisanos»… Y si todo esto no funciona nada mejor que echar la culpa a España.

Lo malo es que, aunque los españoles no tenemos a quien echarle la culpa, nuestras pocas luces nos lleven muchas vece a echarle la culpa a España.

Estamos locos.

Ella no va a morir

Ella no va a morir

Hace diez años los abogados morían en Colombia a centenares, ya se lo conté hace dos post y les conté cómo ideamos un convenio a firmar en ambas Cartagenas. Una de las personas que vino a firmar a Cartagena fue Claudia Patricia, una abogada que es, al mismo tiempo, profesora en la universidad y que por entonces peleaba en esos lugares donde crecen las cruces de hierro.

Recuerdo con infinita ternura como un abogado de mi colegio, un tipo bueno y entrañable aunque él se empeña en parecer duro, experimentó algo más que una natural atracción por Claudia. Tanto nos escuchó hablar de muertos y muertes que, en un momento que Claudia había salido me preguntó con gesto angustiado

—A ella no la matarán ¿verdad Decano?

Yo no sabía bien lo que sería de Claudia pero puse todo el gesto de seguridad de que fui capaz y le respondí

—No seas bruto, ella no va a morir.

Y, bueno, creo que diez años después puedo asegurar que Claudia no ha muerto, que sigue viva, que está incluso más guapa, que está casada y que tiene un niño que es una preciosidad.

Así que —no diré tu nombre aunque tú sabes quién eres— puedes estar tranquilo: Claudia está bien y hoy, diez años después, podemos ver una puesta de sol mirando un horizonte detrás del cual, en el otro hemisferio, andas tú.

Deudas pendientes

Deudas pendientes

Déjenme confesarles que, en los últimos diez años de mi vida, he contraído una deuda que, hasta el día de hoy, no he podido siquiera empezar a pagar. Se trata de una deuda que, cada año que ha pasado, me ha ido pesando más aunque, en mi descargo, diré que, si no la he pagado, ha sido porque las más impensables peripecias vitales me han impedido empezar a saldarla siquiera fuera parcialmente.

Sin embargo, este año —por muchos motivos duro y complicado para mí— el cielo me ha dado la salud, el tiempo y la ocasión de poder empezar a devolverla.

Les cuento.

A principios del año 2013, poco más de dos años después de ser elegido decano por mis compañeros del Colegio de Abogados de Cartagena, tuve conocimiento del drama que estaban viviendo los abogados y abogadas de la República de Colombia. Víctimas de un genocidio profesional organizado, más de 600 abogados colombianos habían sido asesinados impunemente por razones incomprensibles para mí y la cuenta iba en rápido aumento.

Y si incomprensible era aquel horror de muertes sin sentido, más incomprensible aún me resultaba el hecho de que la mayor parte de esos crímenes apenas si mereciesen un simulacro de investigación por los juzgados y tribunales, con el añadido de que ni siquiera la prensa se hacía eco de ninguno de ellos. Era un genocidio profesional conocido por todos pero que se producía ante la indiferencia general.

Quedé horrorizado.

Investigando me enteré de que el gobierno de Colombia no permitía a los abogados y abogadas constituir colegios, que abogados canadienses y de otros países habían organizado caravanas de juristas a Colombia para denunciar la masacre y que ni la administración de justicia ni el gobierno de Colombia hacían nada eficaz por frenar la tragedia.

Y pensé que, quizá, mi colegio pudiese hacer algo ya que, si a los abogados de la Cartagena de Colombia no les dejaban tener un colegio, podrían usar del colegio de la Cartagena de Levante, mi colegio, para todo aquello que les fuese necesario o conveniente.

No recuerdo cómo logré ponerme en contacto con ellos pero lo cierto es que lo hice y decidimos que lo más útil sería preparar un convenio entre los abogados de las dos Cartagenas el cual planeamos que se firmase en las dos Cartagenas sucesivamente para darle visibilidad, primero en el Colegio de la Cartagena de Levante y después en el Consulado de España en la Cartagena de Indias.

Recuerdo vívidamente la mañana de la firma en mi colegio. Algo tenía que haber sucedido entre las autoridades colombianas pues, con la representación de los abogados y abogadas cartageneros ya en la sala, para mi sorpresa y estupor, se personaron tres militares uniformados de las fuerzas armadas colombianas al acto de la firma junto con un, creo que senador o cargo parecido, de la República de Colombia. Lejos de sentir que empezábamos a hacer ruido aquello me alarmó. ¿Qué hacían tres militares uniformados en un acto civil en mi colegio?

Afortunadamente su trato fue absolutamente exquisito y cordial y dieron un, para mí, inesperado lustre al acto.

Y firmamos.

Al acto de la firma en el Consulado de España en Cartagena de Indias no pude asistir; con todo preparado para viajar hasta allá tuve un accidente de salud del cual hube de ser intervenido de urgencia y hube de quedarme en España. Mi vicedecano asistió y firmó por mí.

A partir de ese momento y sin saber qué más podría hacer me dediqué a escribir necrológicas en mi blog de los abogados que iban siendo asesinandos con siniestra regularidad; mi percepción era que nada molesta más a un gobierno que el que alguien piense que está tolerando una situación tan inhumana y siniestra como la que padecía la abogacía colombiana, años en que la prensa ni siquiera informaba de los asesinatos y, si lo hacía, lo hacía a veces con sesgos nada deseables.

Finalmente la situación fue mejorando para la abogacía colombiana; los esfuerzos de los abogados de muchos otros países, las caravanas de juristas, y sobre todo la pelea de los propios abogados combianos fue dando sus frutos y a día de hoy la situación ha mejorado.

Y contado lo anterior les diré que, desde entonces, en estos diez años, no ha pasado ni uno solo en que, desde Colombia, no me llegue una invitación a viajar allá. Han venido a Cartagena a visitarme posteriormente, es raro que pase medio año sin que mis amigos de Colombia no me inviten a dar un curso o una conferencia vía internet y —debo decirlo— guardo con orgullo a los pies de mi cama un sombrero «vueltiao» que todas las noches me recuerda que tengo algo pendiente con la Cartagena del Caribe.

Ahora que miro todos estos diez años de relación con ellos no puedo evitar emocionarme.

Parece increíble pero, hasta el día de hoy, no he podido viajar a Colombia a pagar diez años de amistad y cariño y pueden creerme sin juramento si les digo que no ha sido por falta de voluntad mía, sino porque circunstancias personales y familiares me lo han impedido.

Tantos y tan inesperados han sido los obstáculos que he tenido en estos años que, hasta ahora que mi avión sobrevuela el Atlántico, no me he atrevido a escribir estas lineas porque, hasta el último momento, he temido que pasase algo que me impidiese ir.

Pero parece que esta vez sí que será, que ya estoy en un avión que me conduce de Cartagena a Cartagena y que, por fin, podré devolver un poco del cariño que ellos me han regalado.

Nunca podré devolverlo todo.

Identidades gastronómicas o porqué los judíos no comen cerdo

Identidades gastronómicas o porqué los judíos no comen cerdo

Hoy en mi casa de comidas de referencia había para comer arroz con magra de cerdo y eso me he pedido para llenar la andorga. Como ven también hay limón para aliñarlo, pero eso es harina de otro costal. Les explico.

Si vienen a esta región observarán que en Murcia se añade limón a casi cualquier cosa, desde las patatas fritas de bolsa al mejor queso manchego. Que todo sabe mejor con limón parece ser la norma y esto suele llamar la atención del forastero.

En Cartagena, en cambio, añadir limón a algo puede suponerte una reprimenda y no pequeña. Desde que te digan que estás estropeando el producto a que te acusen de mixtificar los sabores, pero aunque te digan eso no te engañes, la realidad es que, quienes esto dicen, no consumen limón para no poder ser confundidos jamás con un murciano.

A usted esto puede parecerle una tontería pero créame, es así y no le voy a hablar ahora de andaluces que desprecian una u otra marca de cerveza en función de su ciudad de origen, le voy a hablar de algo más serio: de religión.

La prohibición de comer cerdo en la religión judía y, por herencia de esta, en la islámica, se ha explicado a menudo como una norma de higiene para prevenir la triquinosis, una enfermedad que transmiten los cerdos, pero esto no es más que una invención sin apoyo en prueba, texto ni documento alguno. Los pueblos de la antigüedad comieron cerdo intensivamente y no se atisba la razón por la que el dios de los judíos prohibió a su pueblo el consumo de este y otros animalitos o prohibir combinar la carne con lácteos, medida esta que hace que un judío no pueda comer la mayor parte de las pizzas y pastas que llevan queso sobre carne o que en los Burguers King de Nueva York los judíos abominen del cheese-burguer.

Ando leyendo estos días un libro que se titula «La Biblia desenterrada», un libro escrito por el profesor Israel Finkelstein, un arqueólogo y académico israelí, director del Instituto de Arqueología de la Universidad de Tel Aviv y corresponsable de las excavaciones en Megido (25 estratos arqueológicos, que abarcan 7000 años de historia) al norte de Israel; y por el arqueólogo e historiador estadounidense Neil Asher Silberman. El libro realiza un análisis exhaustivo de los vestigios arqueológicos encontrados en Israel hasta la fecha para tratar de averiguar los orígenes del pueblo de Israel y sus particulares creencias religiosas.

No me puedo resistir a contarles su hipótesis sobre el por qué de la costumbre judía de no comer carne de cerdo.

Primero debemos saber que la Biblia no comenzó a escribirse como tal antes de los siglos octavo, séptimo, antes de nuestra era pero que antes, en el siglo XII, todo el Mediterráneo Oriental se vio sacudido por una terrible inestabilidad provocada por los misteriosos «Pueblos del Mar».

Las invasiones de los pueblos del mar a acabaron con imperios como el Hitita, arrasaron con las ciudades de la costa de Canaán y pusieron en peligro al propio imperio Egipcio.

Para un pueblo de pastores nómadas como los israelíes la llegada a la costa de Canaán de los pueblos del mar trastocó toda su forma de vida. Los pastores nómadas viven de suministrar a pueblos sedentarios proteinas, cuero y leche; mientras que los pueblos sedentarios suministran a estos pueblos nómadas el cereal que es la base de su dieta; ese es el ciclo económico que aún a día de hoy siguen tribus de beduinos. La llegada de los pueblos del mar, sin embargo, destruyó este ciclo económico al arrasar con las poblaciones costeras. Los pastores nómadas israelíes hubieron de asentarse en poblaciones para poder cultivar por sí mismos el cereal. Los asentamientos de las tierras altas de Judea se multiplicaron exponencialmente en esos años y una miriada de pequeños poblados aparecieron en el registro arqueológico de esos años.

Pero ¿quiénes eran esos recién llegados a la costa de Canaán?

Pues unos viejos conocidos de los lectores de la Biblia, uno de los cientos de pueblos que integraban ese mix llamado «Pueblos del Mar» que recibieron el nombre de «Filisteos».

Los israelíes se recluyeron con sus rebaños de ovejas y cabras en las tierras altas del interior mientras que los filisteos ocuparon la llanura litoral y se dedicaron al consumo intensivo de carne de cerdo.

Es llamativo como, cuatro siglos antes de que empezase a escribirse la Biblia, los israelíes ya no consumían cerdo. En los registros arqueológicos de sus asentamientos no aparece ni un solo hueso de cerdo mientras que en los de los filisteos ocupan un puesto principal.

¿Hicieron los israelitas integristas con el cerdo lo mismo que los cartageneros irredentos con el limón?

Esa es la hipótesis del profesor Finkelstein, una hipótesis que, naturalmente, se acompaña de un importante número de datos adicionales.

Es por eso que hoy, que he sentido el tabú del limón y el del cerdo, no he podido resistirme a contarles esta historia.

Nombradles con su nombre

Nombradles con su nombre

Los egipcios jamás llamaron a su país Egipto ni entenderían por qué yo, ahora, les llamo egipcios. Tampoco los sirios llamaron Siria nunca a su país al igual que los bizantinos jamás llamaron Bizancio al suyo. Todo es una pura invención de los historiadores.

Para un egipcio su país se llamaba Kemet y sin saber esto es muy difícil poder entender porque Sinhué moría por volver allí o por qué sus habitantes sentían que vivían en el lugar elegido por los dioses.

Para los habitantes de Kemet estaba claro que de sur a norte corría una linea en forma de río sin la cual la vida era impensable en ese lugar. Los habitantes de Kemet sabían también que de Este a Oeste, todos los días, el sol trazaba en el cielo una linea perpendicular a la anterior. Allá donde ambas lineas se cruzaban, como en un gigantesco mapa cósmico, estaba Kemet, su patria. El Nilo con sus crecidas traía tierras fértiles que con su agua y la ayuda del sol daban lugar a una isla de tierra negra en medio de un inhabitable desierto blanco. Por eso, los viejos habitantes de la ribera del Nilo, a esa tierra negra donde vivían y trabajaban le pusieron por nombre «Kemet» (La Negra).

Si usted le cambia el nombre a Kemet y le llama «Egipto» olvidando lo que significa muy probablemente se perderá importantes matices necesarios para entender aquel país.

Tampoco los sirios llamaron nunca Siria a su tierra. El término Siria fue un invento griego —cómo no— con el que designar a una tierra a la que sus habitantes llamaban «Aram Naharaim» o más simplemente Aram. Aram, en lengua semítica, significa algo así como «Parte Alta» y Naharaim la Septuaginta lo tradujo como «Mesopotamia», tierra entre ríos.

Si usted le cambia el nombre a Aram y le llama Siria no acabará de entender nunca por qué Jesús de Nazaret y sus discípulos hablaban arameo ni por qué los evangelios contienen frases en ese idioma.

A Bizancio le pasó lo mismo, el término Imperio bizantino fue creado por los historiadores los siglos XVII y XVIII y jamás fue utilizado por los habitantes de este imperio quienes, sabiéndose parte del Imperio Romano prefirieron denominarlo siempre «Imperio Romano» (en griego: Βασιλεία Ῥωμαίων, Basilía Roméon o Ῥωμανία, Romanía) hasta el mismo día de su desaparición.

Usted no entenderá la Edad Media si no entiende que, hasta 1453 (apenas 40 años antes del descubrimiento de América) el Imperio Romano era todavía una realidad en Europa.

Escribimos la historia acomodada a nuestros gustos. Llamamos transparencia a la opacidad, lealtad a la omertá, sacrificio al parasitismo y prudencia a la cobardía.

¿Qué nos puede extrañar si luego nos cambian billetes por estampitas?

Discusiones bizantinas

Discusiones bizantinas

La gente usa la expresión «discusiones bizantinas» como sinónimo de debates sin trascendencia práctica y, eso, solo demuestra el absoluto desconocimiento de los hablantes de la realidad de Bizancio y de sus debates.

Para entender las cosas a veces basta con mirar el mapa político de una época determinada y, por eso, abajo les dejo el mapa de Bizancio; en él, en amarillo, se puede contemplar el territorio dominado por el Imperio Romano de Oriente, ese al que —desde el siglo XVIII— a los historiadores les dio por llamar Imperio Bizantino. En verde pueden contemplar la tremenda extensión del archienemigo de los romanos el, para los occidentales, bastante desconocido Imperio Persa Sasánida.

No se llamen a engaño, en ese momento el Imperio Persa Sasánida era la primera potencia mundial y la vida no era fácil para los gobernantes del Imperio Romano de Oriente. Y ahora tratemos de entender cómo funcionaban las cosas entre esas dos potencias mundiales del momento (siglos III al VII).

En una parte del Imperio Romano, Judea, había sido ajusticiado en el siglo I un individuo llamado Jesús de Nazaret cuya muerte sacudió un avispero de seguidores que alcanzó a todos los territorios colindantes. La secta de los cristianos se difundió no sólo por todo el Imperio Romano sino también por partes importantes del Imperio Persa. Otros seguidores de Jesucristo se extendieron por la zona y, en particular, muchos judeocristianos como los ebionitas se establecieron en tierras del Imperio Persa hasta el día de hoy en que están siendo masacrados por los talibán. Si les interesa otro día hablamos de quiénes eran esos ebionitas.

Cuando el imperio romano hizo del cristianismo su religión oficial el Imperio Persa Sasánida no pudo sino mirar con recelo a los cristianos que vivían dentro de su territorio.

El emperador persa (el «Shaj») legitimaba su posición en base a los fundamentos de la religión zoroastrista y su dios Ahura Mazda y resultaba normal que recelase de que los cristianos podían convertirse en una peligrosa «quinta columna» dentro de su reino dado el carácter de religión oficial del imperio vecino. Si queremos verlo con una mirada más actual digamos que el rey persa miraba a los cristianos de la misma forma en que Truman y Eisenhower miraban a los comunistas estadounidenses durante la Guerra Fría, en plena «Caza de Brujas».

Pero, además del zoroastrismo, en el Imperio Persa Sasánida existían otras religiones que también invadían a su archirrival el Imperio Romano de Oriente. En el 216 había nacido en Ctesifonte un tal Mani o Manes que pronto adquirió fama de profeta. Mani vivió en su juventud en el seno de una comunidad judeocristiana ascética conocida como los elcesaitas, un subgrupo de la secta ebionita. Según sus biógrafos recibió una revelación de un espíritu al que llamaba Syzygos o «Gemelo». Cuando tenía alrededor de 25 años, comenzó a predicar su nueva doctrina, basada en la idea de que podía alcanzarse la salvación mediante la educación, la negación de uno mismo, el vegetarianismo, el ayuno y la castidad. Su visión dualista del mundo ha dado lugar a una palabra que aún hoy día usamos: maniqueísmo.

Más adelante, anunció que él era el Paráclito (Espíritu Santo) prometido en el Nuevo Testamento, el Último Profeta y el Sello de los Profetas, último de una serie de hombres enviados por Dios que incluía a Set, Noé, Abraham, Shem, Nikotheos, Henoc, Zoroastro, Hermes, Platón, Buda y Jesús… (¿no les suena esto a una especie de Mahoma «avant la lettre»?)

Durante su vida, los primeros misioneros de Mani difundieron la nueva fe por Persia, Palestina, Siria y Egipto. El mismo emperador del Imperio sasánida, Sapor I, fue amigo y protector de Mani y favoreció la divulgación de su mensaje por el Imperio.

Quizá a ustedes no les suene el nombre de Sapor I, pero si les digo que conquistó Armenia, Siria y Antioquía empezarán a tomarle en serio y si les añado que, cuando el emperador Valeriano marchó contra él infligió a los romanos la más dolorosa y humillante derrota de su historia entenderán Sapor no era ningún mindundi. Sapor no solo acabó con el ejército romano sino que incluso capturó al propio emperador a quien, según las malas lenguas, usaría de taburete para subir a su caballo. No, para los romanos, créanme que Sapor no era ningún mindundi.

Mani no solo difundió su doctrina dentro del Imperio Persa, sino que sus enseñanzas también se propagaron por el propio Imperio Romano de Orienta donde muchos de los evangelios apócrifos, que por entonces se estaban escribiendo, se tiñeron de sus enseñanzas maniqueas.

¿Empiezan a tomar conciencia de la trascendental importancia de las religiones y su difusión?

Fue por eso por lo que los debates teológicos de los concilios católicos eran de la máxima importancia política y eso en un momento en que el ambiente teológico echaba chispas a cuenta de la verdadera naturaleza de la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Hijo: Jesucristo.

Fue por eso también que, cuando el monje Nestorio, oriundo de Alejandría, una vez nombrado obispo de Constantinopla, comenzó a proclamar que Cristo estaba radicalmente separado en dos naturalezas, una humana y una divina, completas ambas de modo tal que conforman dos entes independientes, dos personas unidas en Cristo, que es Dios y hombre al mismo tiempo, pero formado de dos personas (prosopōn) distintas, los persas comenzaron a entender que aquella trifulca teológica podía ser importante para ellos.

Cuando Teodosio II llamó a los partidarios de Nestorio al concilio de Éfeso en el año 431 con ánimo de condenarlos como herejes y ordenar su expulsión del Imperio, naturalmente, los persas se frotaron las manos. Tras la condena de la herejía nestoriana muchos de sus adeptos huyeron a Persia y allí fueron calurosamente recibidos: los cristianos persas habían dejado de ser una amenaza, pues ya no eran cristianos fieles de la ortodoxia romana sino adversarios de ella. Los persas nunca más volvieron a temer que sus cristianos nestorianos fuesen una quinta columna del Imperio Romano de Oriente. El nestorianismo, en su momento de máxima extensión alcanzó a regiones tan distantes como Malasia, China o el sur de Siberia.

Naturalmente que los emperadores romanos y el clero ortodoxo persiguieron celosamente al maniqueismo, al gnosticismo y a cualquier herejía dualista y, con lo contado hasta ahora, entenderán mejor por qué.

Discusiones bizantinas, puede ser, pero, enmedio de esas discusiones, en el año 602, comenzó una de las más espantosas guerras de la antigüedad, una guerra que enfrentaría a muerte a romanos y persas durante más de 25 años. En el curso de aquella guerra los emperadores persas llegarían a tomar Judea y a apoderarse de la principal reliquia de la cristiandad, el gran trozo de la Cruz de Cristo que la emperatriz Elena dejó en Jerusalén. Los romanos bizantinos no asumirían la pérdida y bajo el mandato del emperador Heraclio mandaron al combate todo lo que tenían… Y vencieron, y recuperaron la Cruz (el próximo 14 de septiembre si eres cristiano celebrarás esta gesta) y acabaron casi tan exhaustos como sus adversarios persas sasánidas…

Corría el año 628 y durante todo ese tiempo un hombre llamado Mahoma (en el que un monje nestoriano había reconocido a un profeta) que, como Mani, se declaró el Último Profeta y el Sello de los Profetas, último de una serie de hombres enviados por Dios que incluía a Set, Noé, Abraham, Shem, Henoc y Jesús; había estado predicando su doctrina en la olvidada península arábiga…

Cuando los ejércitos árabes salieron hacia Mesopotamia, Persia y el Medio Oriente, se sorprendieron de la facilidad con que conquistaron aquel, en otro tiempo, fabuloso imperio persa y que ahora yacía extenuado tras sus guerras contra los romanos de oriente. La realidad fue que, simplemente, no encontraron resistencia.

También se sorprendieron de la incapacidad romana para defender Palestina, Egipto y otras provincias romanas y, aunque Constantinopla resistió casi mil años más salvando a Europa de una invasión musulmana, los hijos de la Media Luna pudieron campar a sus anchas por África hasta los confines del mundo conocido: Al Ándalus.

Y todo por unas discusiones bizantinas. ¿Sin trascendencia práctica?

No sé qué opinas tú.

La Biblia y la Odisea, Moisés y Homero

La Biblia y la Odisea, Moisés y Homero

Si usted no conoce, siquiera sea superficialmente, las historias que se nos cuentan tanto en la Odisea y en La Ilíada como en el Viejo y Nuevo Testamento de La Biblia, usted, con toda probabilidad, no estará en condiciones de entender nuestra civilización occidental. Si usted entra, por ejemplo, al Museo del Prado o al Louvre sin conocer estas obras, usted no podrá comprender la mayoría de los cuadros y obras de arte que en ellos vea. Estas cuatro obras, el Viejo y Nuevo Testamento junto con La Odisea y la Iliada, son un elemento fundamental de nuestra cultura.

Y, sin embargo, siendo obras fundamentales, son muy pocas las cosas que sabemos de ellas; por ejemplo, en los dos casos ignoramos su autor.

Cualquier judío, preguntado por el autor de la Torá, responderá automáticamente que esta fue escrita por Moisés y, sin embargo (y que no se me enfade nadie) ni Moisés escribió la Torá (el Pentatéuco) ni sabemos siquiera si Moisés realmente existió.

La Biblia se nos ha enseñado desde antiguo en un formato lógico que nos hace pensar que los libros que la componen fueron escritos en el orden en que se nos presentan; que, primero, se escribió el Génesis (la creación del mundo, el diluvio, la Torre de Babel), luego en el Éxodo se nos narra cómo el pueblo de Israel se zafa de la esclavitud de Egipto y así hasta que, al final del Deuteronomio, el pueblo judío llega a las fronteras de Tierra Prometida y viéndola, pero sin poder entrar en ella por mandato de Yahweh, muere Moisés y, por tanto, deja de escribir.

Tras estos cinco libros que forman la Torá, llamados «El Pentatéuco» (los «Cinco Estuches») por los cristianos, vienen los «libros históricos», como el de Josué, Jueces, Samuel, Reyes o Crónicas, que, aunque situados en un tiempo histórico posterior al Pentatéuco (a Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio), no fueron escritos tras él sino que, curiosamente, fueron escritos antes.

En realidad La Biblia (como «La Guerra de Las Galaxias») no fue escrita empezando por el primer capítulo, sino que la serie empieza en algún libro «in media res».

Otro tanto ocurre con el Nuevo Testamento, cuyo orden (Mateo, Marcos, Lucas, Juan, Hechos, Cartas de apóstoles —en especial Pablo— Apocalipsis…) no representa en absoluto el orden en el que fueron escritos los textos sino una ordenación hecha a posteriori por la autoridad eclesiástica atendiendo a motivos teológicos.

Pero ¿Qué pasa si leemos la Biblia no en el orden en que nos es presentada por motivos teológicos sino según la fecha en que los libros fueron escritos?

Los resultados pueden ser sorprendentes.

Los primeros libros de la Biblia en ser escritos (en torno al siglo VIII AEC) fueron, algunos salmos individuales, el de Amós, el llamado «Primer Isaías» (Isaías 1-39), Oseas, Miqueas y ya en el siglo VII, Nahum (basado en su supuesto de la caída de Tebas , algo que volveremos a ver a la hora de datar la obra de Homero) Sofonías, Habacuc, primera edición de los libros históricos de Josué, Jueces, Samuel, Reyes y el capital y por muchos modos decisivo Deuteronomio 5-26 en el reinado de Josías (649-609 AEC), si bien no completo y pendiente de revisión.

Pues bien, en ninguno de esos libros anteriores a los cuatro primeros del Pentatéuco, se menciona jamás a nadie llamado Moisés. ¿Acaso Moisés era desconocido para los primeros redactores de la Biblia? ¿No les resulta curioso?

No tan curioso, sobre todo si pensamos que los libros que componen el Pentatéuco (la Torá) se compusieron tras la vuelta del pueblo judío del exilio de Babilonia (538 AEC), unos tres siglos después de que los primeros textos de la Biblia comenzasen a ser escritos.

El pueblo judío, durante su cautiverio en Babilonia había aprendido muchas cosas. En primer lugar había aprendido un nuevo idioma, el idioma de la tierra a la que fueron llevados, Aram, de forma que olvidaron el hebreo y comenzaron a hablar en arameo, el idioma de Jesús. Es bueno que sepan que, aún a día de hoy, los habitantes de Siria llaman a su país «Aram», pues «Siria» no es más que el nombre que le dieron los griegos. Pasa como con Egipto —que es un nombre griego— pues el nombre que los egipcios daban a Egipto era «Kemet»; pero ya saben, la historia pertenece al que la cuenta.

Además del idioma el pueblo judío, en Babilonia, había aprendido una fantástica colección de historias y leyendas que, tras una generación en el exilio, pasaron, del mismo modo que la lengua aramea, a formar parte de su acervo cultural. Sin duda en Babilonia los judíos aprendieron la leyenda del nacimiento del gran rey Sargón de Akkad, el primer emperador de la historia. Esta leyenda podemos aún hoy día leerla en un texto asirio del siglo VII a.C., que se presenta como la autobiografía de Sargón, afirma que el gran rey era el hijo ilegítimo de una sacerdotisa. En el texto Sargón cuenta su nacimiento y, su primera infancia, se describe así:

«Mi madre suma sacerdotisa me concibió y en secreto me parió. Me dejó en una cesta de junco, con betún me selló la tapa. Me echó al río, que se alzó sobre mí. El río me cargó y me llevó a Akki el aguador. Akki el aguador me tomó como su hijo y me crió. Akki el aguador me nombró su jardinero. Aunque yo era un jardinero, Ishtar me concedió su amor, y durante cuatro y […] años he ejercido la monarquía.»

No me negarán que esta historia del niño recién nacido que es confiado por su madre a las aguas del río tras introducirlo en una cesta sellada con betún y que con el tiempo alcanza cargos de la máxima importancia no les suena…

Para cuando se escribió el Pentatéuco (la Torá) Moisés —si es que existió alguna vez alguien con ese nombre— llevaba muerto varios siglos, tantos como los que pueden mediar entre el hipotético episodio de la esclavitud de Egipto y el muy histórico episodio del cautiverio en Babilonia.

No, la Biblia no la escribió Moisés, ni siquiera una parte de ella, pero quizá eso no sea lo importante.

Por los mismos años que autores anónimos comenzaban a escribir la Biblia narrando cómo —en épocas remotas y que se pierden en la noche previa al siglo XIIAEC— el pueblo judío salió de la esclavitud de Egipto, en otro punto del Mediterráneo —en Grecia— alguien recogía por escrito viejos poemas que hablaban de una guerra sucedida más de cuatrocientos años antes: la Guerra de Troya.

Sí, por increíble que parezca, el Antiguo Testamento, la Biblia hebrea, la Odisea y la Iliada, son textos en cierto modo coetáneos, escritos entre los siglos VIII-VI AEC. Y quizá no sea de extrañar.

Entre los siglos XII (Guerra de Troya) y VIII (redacción probable de La Odisea y la Iliada) el Mediterráneo Oriental sufrió una convulsión brutal que borró imperios del mapa y produjo una inestabilidad tal que hizo desaparecer unas civilizaciones (como la micénica, la minóica o la hitita), casi acaba con otras (Egipto) y, en general, condujo a toda la zona a un período que la historia conoce con el expresivo nombre de los siglos oscuros.

Los responsables de tamaño caos fueron unos personajes misteriosos, los integrantes de los llamados «Pueblos del Mar».

Para las civilizaciones «griegas» la aparición de los Pueblos del Mar fue catastrófica, tanto que hasta dejaron de escribir, abandonaron su lenguaje, el «Lineal B», y no volvieron a escribir hasta el siglo VIII ya usando su adaptación del alfabeto fenicio.

Es ahora cuando, recuperada la escritura, alguien a quien la tradición llamó «Homero» puso por escrito sucesos acaecidos hacía cuatrocientos años: la Iliada y la Odisea. Pero ¿Existió de verdad Homero?

El estilo literario de la Odisea y el de la Iliada son tan diferentes que la mayoría de los estudiosos del tema aseguran que no han sido escritas por la misma persona, incluso lo poco que sabemos de Homero es tan tópico (un cantor ciego que vaga de ciudad en ciudad cantando versos) que antes parece responder a una leyenda que a una genuina realidad. Alguien sin duda escribió la Odisea y la Iliada pues no son meras recopilaciones de poemas, sino obras que obedecen a un plan literario diseñado por unas mentes preclaras, pero la identidad de sus autores, ciertamente nos es desconocida.

Moisés y Homero, la Biblia y La Odisea… pareciera que la civilización occidental nace en el mismo siglo (el siglo VIII) de la mano de dos absolutos desconocidos, dos personajes que ya poco importa si fueron reales o no pues, a estas alturas, son mucho más reales e influyentes que muchos personajes de carne y hueso.

Lo más curioso del caso es que ambos nos cuentan historias ocurridas más de cuatrocientos años antes y recibidas por tradición oral que resultan ser ciertas. La arqueología ha podido desenterrar Troya y certificar muchos de los hechos relatados en la Biblia.

¿Y por qué he escrito yo esto?

No sé, quizá para no olvidarlo o igual porque, por alguna razón, estas historias viejas me emocionan.

La creación de la borrachera

La creación de la borrachera

«Junto a los ríos de Babilonia,
nos sentábamos y llorábamos,
acordándonos de Sión.
En los sauces
colgamos nuestras arpas
y los mismos que nos habían llevado cautivos nos pedían que cantásemos con alegría, diciendo:
«Cantadnos algunos de los cánticos de Sion.»
Pero ¿Cómo podremos cantar los cánticos de Jehová en tierra de extraños?»

Salmo 137

Cuando al escriba le llegó el turno de escribir la vieja historia de Noé dejó volar su mente mientras contemplaba el lento discurrir del Eúfrates…

Noé no era judío; cuando Noé nació aún faltaban muchos siglos para que Yahweh prometiese a Abraham un pueblo, una tierra y una ley… y su historia, contada de generación en generación, tenía ahora tantas versiones diferentes entre los propios judíos que era difícil elegir una.

Los babilonios, por su parte, también contaban de formas muy diferentes la antediluviana historia de Noé en sus escritos. Las tablillas de barro babilónicas contaban la vieja historia de Ut Napistim, el hijo del rey de Shurupak, el hombre que sobrevivió a la gran inundación construyendo un arca y que, tras la misma devino inmortal al infundirle Enlil su aliento. Los habitantes de Akkad también habían contado la historia de Noé, a quien llamaron Atrahasis y aún antes que ellos, tablillas hechas con el mismo barro que dejó la gran inundación y escritas en la vieja lengua sagrada de los sumerios, contaban la historia de Ziusudra, que era la forma en que se decía Noé en aquella lengua.

El escriba consultó las tres historia y vio que eran iguales y que apenas si diferían en algunos detalles… Para unas, además de un par de animales de cada especie, el dios ordenaba a Noé llevar también semillas de las plantas de la tierra para salvarlas, para otras, además de palomas y cuervos, Noé soltaba golondrinas a fin de saber si la tierra estaba enjuta.

El escriba judío sopesó largamente la cuestión y decidió que todas las historias eran tan iguales que él debía introducir en el relato algún elelemento nuevo y diferenciador y por eso escribió que Noé, en cuanto bajó del arca e hizo los holocaustos prescritos…

«…comenzó á labrar la tierra, y plantó una viña:
Y bebió del vino, y se embriagó…»

Génesis 9, 20-21

Y así quedó definitivamente completada la creación del mundo con la invención de la cogorza a medias entre Yahweh y Noé.

Satisfecho de lo escrito el escriba se levantó y comenzó a cantar el último salmo de moda en lengua extraña…

By the rivers of Babylon