Justicia y genética

Justicia y genética

Les dije hace unos días que los seres humanos incorporábamos en nuestros genes muchas emociones que contribuían a dotarnos de conductas convenientes para poder vivir en sociedad. En ese post les hablé de la empatía y les anuncié que era mi intención hablarles de otras como, por ejemplo, el orgullo.

Claro que no voy a hablarles del orgullo en los seres humanos sino en nuestros parientes más cercanos: los simios. ¿Por qué hago esto? Pues porque si encontramos un rasgo en los humanos es conveniente buscar su rastro evolutivo; de esta forma apuntalaré mi teoría de que nuestros principios morales, de justicia o, en general, nuestras habilidades para vivir en sociedad, son un producto de la evolución y no de ningún pacto ni contrato social y ni siquiera principios que nos diese ningún dios en el Sinaí o en cualquier otro lugar.

Mi propósito es fundamentar que, si queremos conocer la moral natural o la justicia natural humanas debemos recurrir a los principios evolutivos y por eso, hoy, voy a hablarles del orgullo, pero no en los seres humanos sino en los simios.

En 2003 se publicaron los resultados de un curioso experimento con primates llevado a cabo por la universidad estadounidense de Emory. Sarah Brosnan y su colega Frans de Waal (quizá el más reputado primatólogo de la actualidad) realizaron un experimento para tratar de aclarar si el sentido de justicia es un comportamiento producto de la evolución humana o el resultado de las reglas que se establecen en la sociedad.

Para ello entrenaron a un grupo de primates a los que enseñaron a intercambiar fichas por comida o a realizar trabajos para obtener comida: Los experimentadores daban a los primates un pedazo de pepinillo a cambio del «pago» de una de esas fichas o de la realización de alguna tarea. Lo sorprendente fue que, cuando uno de los primates recibía a cambio de la ficha o tarea en lugar del trozo de pepinillo una uva (un manjar mucho más apetitoso), el resto de los primates que habían recibido el acostumbrado trozo de pepinillo no sólo se negaban a cooperar sino que incluso se negaban a comer.

Esta conducta de los monos, desde el punto de vista de la teoría de juegos es irracional pues, evidentemente, es mejor recibir un trozo de pepinillo que no recibir nada y, sin embargo, de acuerdo al estudio publicado en la revista Nature, los monos se ofendían cuando veía que uno de sus compañeros recibía un premio que consideraban más apetitoso que el suyo a cambio del mismo trabajo o de la misma cantidad de fichas. El experimento se realizó con monos capuchinos separados en parejas y el experimento consistió, precisamente, en premiarlos de diferente manera por una misma tarea, bien fuera dándoles uva en lugar de pepino o, simplemente, no pagando su trabajo.

Los monos, cuando percibían la desigualdad del pago, a veces ignoraban la recompensa y otras veces la aceptaban para después, muy dignamente, tirarla. Curiosamente los primates nunca se enfadaron con el mono que recibía mayor premio.

No creo que el experimento tenga relación con un «instinto de justicia» más que de forma indirecta y remota. La conducta de los monos parece estar relacionada más bien con lo que los humanos llamaríamos «orgullo» o «amor propio», emociones que, intuyo, están más relacionadas con las estrategias de cooperación que con la justicia; justicia que vendría a ser una especie de producto final o precipitado de todas esas estrategias.

Ciertamente, como dije, la conducta de los monos es incomprensible si la analizamos a la luz de la teoría de juegos pues recibir algo a cambio del trabajo o la ficha es mejor que no recibir nada, pero, la conducta de los monos es extremadamente comprensible si la enmarcamos dentro del principio estratégico general que rige la cooperación en la naturaleza: La reciprocidad.

Como ya señaló Axelrod en su libro «The Evolution of Cooperation» la reciprocidad se ha revelado como una de las estrategias más exitosas en el campo de la cooperación natural. Sus modelos y torneos informáticos revelaron que «tit for tat» (una estrategia fundada en la reciprocidad) es una estrategia evolutivamente estable en la mayor parte de las ocasiones, por lo que no es aventurado pensar que las emociones ligadas a dicha estrategia han sido incorporadas genéticamente por las especies más señaladamente gregarias, mamíferos, monos y seres humanos incluídos.

La falta de reciprocidad provoca sensaciones de desagrado y ese desagrado lleva a los participantes en el juego a abandonar su participación en él. Los monos parecen decirle al experimentador: «Si no hay reciprocidad no quiero participar en tu juego».

Podríamos pensar que la conducta de los monos es ajena por completo al ser humano pero me gustaría recordar aquí un famoso experimento (esta vez realizado con seres humanos) que puede arrojar bastante luz sobre la cuestión.

El juego del ultimátum es un juego muy habitual en el campo de los experimentos económicos. En dicho juego dos jugadores han de interactuar para dividir una cantidad de dinero que se les ofrece. El primer jugador propone cómo dividir la suma entre los dos jugadores, y el segundo jugador puede aceptar o rechazar esta propuesta. Si el segundo jugador rechaza, ninguno de los jugadores recibe nada. Si el segundo jugador acepta, el dinero se repartirá de acuerdo a la propuesta. El juego se juega sólo una vez para que la reciprocidad no sea un problema.

Por ejemplo, supongamos que yo ofrezco mil euros a repartir entre dos personas. La primera de ellas podrá tomar la cantidad que desée (por ejemplo 800 euros) y la segunda decidirá si se queda con los 200 restantes o si los rechaza, en cuyo caso ninguno de los jugadores cobrará nada. El experimento sólo se realiza una vez.

Las matemáticas nos dicen que el segundo jugador debería aceptar cualquier cantidad que le deje el primer jugador (cobrar algo es mejor a no cobrar nada) pero la experiencia nos dice que incluso el ser humano abandona la racionalidad cuando recibe una oferta que le parece «ofensiva», prefiriendo no cobrar nada a cobrar poco. ¿Se imagina usted que, de los mil euros, el primer jugador toma 999? ¿se quedaría usted con las ganas de rechazar la oferta aunque perdiese el euro restante?

Sinceramente, ¿no sentiría usted que le está tocando las narices el primer jugador si toma 800 euros sabiendo que usted no tiene nada mejor que hacer que aceptar los 200 que le ha dejado?

Lo oigo todos los días en mi despacho cuando transmito a mis clientes una oferta de la parte contraria: «No voy a dejar que se rían de mí», o «no es por el dinero, es que me está tocando las…»

Resulta evidente que en el caso de los seres humanos también están presentes las emociones que hacían sentirse ofendidos a los monos del experimento de Frans de Waal.

Y, aunque parezcan irracionales, esas emociones gobiernan una estrategia de conjunto increíblemente exitosa. Las emociones de hombres y monos han evolucionado no para resolver un experimento aislado, sino para resolver un experimento iterado, es decir, que se repite. «Si tu me ofreces un trato injusto y no lo acepto la próxima vez aumentarás la oferta». Porque los instintos de hombres y monos no han evolucionado para resolver un experimento aislado, sino para resolver de forma instintiva y automática los complejos problemas que plantea la vida en comunidad.

O como diría uno de mis clientes al aceptar una de esas «ofensivas» ofertas a la baja: «Acéptelo pues mejor es eso que nada pero… ¡¡arrieros somos!!»

Racionales a veces, sí, pero orgullosos como los monos.


PD. Para quienes quieran ver un video del experimento sobre el orgullo y los macacos de que les he hablado en el post y precisamente presentado por el padre de este experimento, el primatólogo Frans de Waal (doblado a castellano/argentino) aquí se lo dejo, así comprueban que no les estoy contando pamplinas.

Seguramente, si sois abogados, habréis tenido alguna vez un cliente tan enfadado como este macaco.

Una constitución escrita en los genes

Una constitución escrita en los genes

Hace cinco dias les conté cómo la cooperación era una estrategia de la naturaleza que aparecía espontáneamente cuando se daban unas determinadas condiciones; gracias a ello podían observarse conductas cooperativas en seres unicelulares carentes de sistema nervioso que incorporaban en sus genes las instrucciones precisas para desarrollar conductas de este tipo.

Hace cuatro días les conté cómo, en la base de las estrategias de cooperación, se encuentra la reciprocidad, concepto que ya señaló Confucio como capital y que los experimentos y competiciones informáticas del científico Robert Axelrod confirmaron.

Hace dos días les conté como las conductas de los seres humanos antes eran gobernadas por las emociones que por el raciocinio y me quedó pendiente debatir si el ser humano era más un animal racionalizador que racional, pero, como para eso pienso usar de las figuras de jueces, lo aparcaré para otro día. Hoy permítanme que les muestre cómo, en muchas conductas humanas, antes rigen las emociones que el raciocinio. Y les ruego que me disculpen si les pongo como ejemplos experimentos hechos con simios y primates pero me parece necesario para demostrar que instintos presentes en los seres humanos ya están presentes en animales teóricamente menos evolucionados que nosotros. Esto es necesario para tratar de ilustrar cómo los instintos y emociones precisos para la vida en sociedad —que podríamos creer exclusivamente humanos— ya están presentes en estadios evolutivos anteriores.

Para ilustrar el asunto tratemos de ver cómo funciona la empatía, por ejemplo, en ratas y macacos y ya decidirá usted cómo funciona en los seres humanos.

En 1959 el psicólogo norteamericano Russell Church entrenó a un grupo de ratas para que obtuviesen su alimento accionando una palanca que colocó en su jaula, palanca que, a su vez, accionaba un mecanismo que le dispensaba a la rata que lo accionaba una razonable cantidad de comida. Las ratas aprendieron pronto la técnica de accionar la palanca para obtener comida y así lo hicieron durante un cierto período de tiempo.

Posteriormente Russell Church instaló un dispositivo mediante el cual, cada vez que una rata accionaba la palanca de su jaula, no sólo recibía comida sino que, además, provocaba una dolorosa descarga eléctrica a la rata que vivía en la jaula de al lado. En efecto, el suelo de las jaulas estaba hecho de una rejilla de metal que, cuando se accionaba la palanca de la jaula de al lado, suministraba una descarga eléctrica a la ocupante de la jaula fuera cual fuera el lugar de la jaula en que estuviese. Ni que decir tiene que ambas ratas, tanto la que accionaba la palanca como la que recibía la descarga, se veían perfectamente pues estaban en jaulas contiguas.

Lo que ocurrió a continuación fue sorprendente.

Cuando las ratas que accionaban la palanca se percataron de que tal acción causaba dolor a su vecina dejaron de accionarla. Mucho más sorprendente aún fue el hecho de que las ratas preferían pasar hambre a causar daño a su vecina.

En los años sesenta el experimento anterior fue reproducido por psiquiatras americanos pero utilizando esta vez, en lugar de ratas, monos (Macaca mulatta). Sus conclusiones fueron sorprendentes.

Los monos fueron mucho más allá de lo que se había observado en las ratas. Uno de ellos dejó de accionar la palanca que le proporcionaba comida durante cinco días tras observar cuales eran los efectos de su acción en el mono de la jaula vecina. Otro, dejó de accionar la palanca y por tanto de comer durante doce días. Estos monos, simplemente, preferían dejarse morir de hambre a ver sufrir a sus compañeros.

¿Y los seres humanos? ¿Cree usted que, como las ratas y los simios, llevan inscrita en sus genes la empatía?

Ya les digo yo que sí. No somos tan distintos de otros animales sociales.

Ni ratas ni monos firmaron nunca un contrato social, desde la noche de los tiempos y como herramienta necesaria para una mejor vida en sociedad, la naturaleza inscribió en sus genes el instinto de la empatía, de forma que, ante determinados estímulos, reaccionasen de la forma en que les he expuesto.

Pensaba hablarles del orgullo y de otras emociones no tan humanas como ustedes creen, pero este post es ya larguísimo y dudo que nadie haya llegado leyendo hasta aquí.

En fin, mañana será otro día.

La reciprocidad y la cooperación

Que un ser unicelular, como conté en el post de ayer, pueda ayudar a sus congéneres a metabolizar sacarosa no le hace ni más listo ni más tonto —a fin de cuentas ni siquiera tiene sistema nervioso— solo le hace diferente; pero la naturaleza tiene estas cosas, de vez en cuando, en medio de la uniformidad general, hace aparecer un mutante, una levadura loca, como en este caso.

¿Qué puede ganar una entidad cooperante en medio de una comunidad que no coopera?

Ya se lo anticipo yo: nada.

Entonces ¿cuándo y bajo qué circunstancias puede la cooperación convertirse en una estrategia exitosa?

Esta pregunta atormentó a los científicos durante mucho tiempo, pero fue con la llegada de los ordenadores cuando pudieron empezar a realizarse simulaciones y experimentos que ofrecieron inspiradores resultados. Los más conocidos —al menos para mí— quizá sean los del científico norteamericano Robert Axelrod y que se recogen en su libro «The evolution of cooperation».

Robert Axelrod pidió a la comunidad científica internacional que remitiese programas de ordenador en los que se diseñasen estrategias de cooperación. Con todos los programas se organizaría una competición a fin de determinar cuál de todas las estrategias cooperativas era la más eficaz. Obviamente, en medio de todos aquellos programas, los había que cooperaban siempre y que no cooperaban nunca y —entre ambos extremos— todo tipo de estrategias intermedias.

Parte de los científicos que presentaron programas así como la longitud de los mismos los tienen en la fotografía de abajo.

Para sorpresa de muchos el programa ganador fue el más corto y más sencillo; presentado por el científico ruso afincado en Canadá Anatol Rappoport, el programa fue bautizado como «tit for tat» y su estrategia era sencilla. En su relación con otros programas «tit for tat» cooperaba siempre en la primera ronda y en las siguientes replicaba la conducta de su antagonista.

Así, si «tit for tat» se enfrentaba a un programa que sistemáticamente no cooperaba, «tit for tat» se convertía en un no cooperador tan duro como su antagonista; si, por el contrario, se enfrentaba a un programa que cooperaba siempre «tit for tat» se tornaba tan cooperador como él y, en medio de ambas estrategias, «tit for tat» se reveló como el competidor más exitoso.

Si Confucio lo hubiese podido ver se habría sentido orgulloso, la informática confirmaba su teoría de la reciprocidad.

En años sucesivos se trató de mejorar «tit for tat» implementando estrategias de perdón pues, si su antagonista tenía programado no cooperar en la primera ronda, «tit for tat» ya no daba oportunidad alguna a la posibilidad de cooperar.

En todo caso la reciprocidad se reveló durante estos experimentos como la estrategia más sólida y estable para generar un entorno cooperativo. Y esto fue solo el principio: se estudió cómo la cooperación «invadía» y triunfaba en diversos ecosistemas con variables diversas y, en fin, se alcanzaron iluminadoras conclusiones que, como pueden imaginar, no caben en un post.

Lo que sí me parece importante señalar es que tanto el «do ut des», como la equivalencia de las prestaciones «sinalagmaticidad» ya funcionan a niver de cooperación unicelular, que no son propios ni exclusivos de la especie humana y que antes obedecen a leyes naturales que humanas. Naturalmente, esas estrategias incorporadas a los genes de organismos simples se reproducen, bien que con mayor complejidad, en organismos superiores.

Pero acabemos por hoy con «The Evolution of Cooperation» de Robert Axelrod. Dentro de estas estrategias que hacen de la cooperación una conducta exitosa se señalaron algunas otras que, de alguna forma, podían complementarla, como por ejemplo:

Las etiquetas: los indivíduos se comportan en relación con otros en función de características externas observables de estos (tamaño, atributos) por lo que la mera contemplación de estas condiciona su conducta. A nivel humano puede usted pensar en un policía uniformado, la conducta de usted se verá modificada por una característica externa observable (el uniforme) que actúa a modo de etiqueta. El funeral de la Reina Isabel II de estos días no está dejando una buena colección de etiquetas que observar.

Reputación: los individuos se comportan en relación con otros en función de su conducta esperable. Entre los humanos babrá observado usted esto con frecuencia; los seres humanos suelen alardear de «no perdonar nunca», de «no olvidar jamás una traición», de que «quien se la hace se la paga»… Esto en realidad no es más que una estrategia de construcción de reputación que a mí, en un bar y en medio de un grupo con algo de alcohol en las venas, me resulta divertidísimo observar. Puedo predecir desde aquí que alguien hará un comentatio a este punto si es qje más de cinco personas leen este post.

Territorialidad: los cooperantes no quieren no cooperantes en sus grupos, esto determina espacios de cooperación.

Y muchos otros, especialmente nos detendremos en otro post en un asunto apasionante al estudiar el dilema del prisionero iterado, las estrategias para «alargar la sombra del futuro», unas estrategias que podrían estar en el fondo de la aparición de fenómenos como el religioso.

Pero por hoy dejémoslo y quedémonos con lo que importa: la reciprocidad es la estrategia gracias a la cual la cooperación triunfa. Millones de años antes de que el primer dinosaurio apareciese o Paulo, Gayo, Ulpiano, Papiniano y Modestino vistiesen la toga todo el algoritmo del «do ut des» y lo «sinalagmático» llevaba millones de años funcionando en la naturaleza, a veces en seres tan simples y ajenos a la realidad de su propia existencia como unas levaduras.

Confucio y la cooperación

Cuando le pidieron a Confucio que manifestase el término que mejor caracterizaba una saludable vida en sociedad, dicen que Confucio contestó:

—Reciprocidad.

Lo que quizá no supiese Confucio es que ese término representa la base de la convivencia no sólo humana sino animal y vegetal, macroscópica y microscópica.

La cooperación no es una estrategia que exija un acuerdo previo entre seres conscientes; la cooperación es una estratgia biológica que se impone en entornos que reúnen unas determinadas caracteríaticas. Déjenme que les ponga un ejemplo.

Hace unos años el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) publicó los resultados de un estudio llevado a cabo por un grupo de científicos con levaduras, aprovechando que en estas, a diferencia de los humanos, al ser unicelulares, su “comportamiento” no está determinado por un sistema nervioso o un código cultural o racional de conducta: La conducta de las levaduras es meramente genética.

Estos científicos desarrollaron un experimento que empleaba a las ya citadas levaduras y el metabolismo de la sacarosa, o azúcar común.

La sacarosa no es el azúcar favorito de las levaduras como fuente de alimento, pero pueden metabolizarla si no hay glucosa disponible. Para poder hacerlo necesitan romper ese disacárido en bloques más pequeños que la levadura puede metabolizar mejor. Para ello necesita producir una enzima que se encargue de esta tarea. Gran parte de estos subproductos son dispersados libremente al medio y otras levaduras los pueden aprovechar. Pero la producción de la enzima exige el gasto de unos recursos.

De este modo podemos llamar levaduras cooperantes a aquellas que degradan la sacarosa segregando la enzima y no cooperantes o tramposas a aquellas que no lo hacen y simplemente se aprovechan del trabajo de las demás. Si todo el subproducto se difunde entonces no hay acceso preferente para las cooperantes y éstas mueren y desaparecen junto a los genes que determinan ese comportamiento.

Los investigadores observaron que las levaduras cooperantes tienen un acceso preferente de aproximadamente el 1% de lo que producen. El beneficio sobrepasa el coste de ayudar a los demás, permitiéndoles así competir con éxito frente a las levaduras tramposas.

Si esta conducta «cooperadora» o «altruista» entre seres unicelulares no le impresiona déjeme que le hable de usted mismo y de su cuerpo: usted es la mejor prueba de que la historia de la vida no es una historia de garras, colmillos y sangre, sino de cooperación y reciprocidad.

Todas y cada una de las células que componen su cuerpo son células de las llamadas «eucariotas», células que, además del ADN de su núcleo contienen otro ADN —por cierto muy utilizado en los juzgados y tribunales— que es el llamado ADN mitocondrial. ¿Cómo es que hay dos ADN distintos en una misma célula aparente? Pues porque esa célula no es más que el producto del trabajo en equipo de dos células que antes vivían separadas: la célula principal y la mitocondria. El proceso por el cual esas dos células se pusieron a trabajar juntas suele llamarse «endosimbiosis seriada», pero, independientemente de los nombres, sepa usted que todo su cuerpo se lo debe usted a la cooperación y a la reciprocidad. Anote usted que saber esto se lo debemos a una mujer, Lynn Margulis, a quien quizá usted no conozca a pesar de su capital importancia aunque, seguramente, sí conoce a su televisivo marido: Carl Sagan.

Es por eso que me habrá oído usted decir tantas veces que el pacto social es un camelo, que lo de Rousseau, Hobbes y Rawls es algo tan acientífico como la entrega en el Sinaí de los diez mandamientos o el episodio del arca de Noé. Para vivir en sociedad no es preciso ningún acuerdo previo, la cooperación es una estrategia que se impone en la naturaleza siempre que en un determinado entorno se den una serie de condiciones. Si quieren puedo ofrecerles aquí las ecuaciones pero no creo que sea necesario, creo que tal como lo he contado se entiende.

Así pues el ser humano no vivió nunca solo, no se reunió un día o una noche a firmar ningún pacto social, no cedió parte de su autonomía al grupo… El ser humano, lo mismo que las bacterias unicelulares de que les hablé al principio, lo mismo que los trillones de células eucariotas que lo componen, es un «zoon politikon» que siempre, desde antes de ser incluso humano ya vivía en sociedad para lo cual, la naturaleza, había fijado en sus genes los principios de esta estrategia de cooperación que también había fijado en los genes de esos seres unicelulares o esa células procariotas de que les he hablado.

Del mismo modo que, a partir de seres primitivos (LUCA —Last Universal Common Ancestor—) evolucionaron el resto de los seres que conocemos, los animales sociales no sólo evolucionaron físicamente, sino que con su cuerpo también evolucionaron complejas estrategias de cooperación que, a poco que mires la naturaleza, puedes distinguir.

En el mundo del derecho nadie estudia esto y prefieren sustituir la verdad científica por la especulación filosófica y así los juristas hemos llegado al siglo XXI sin entender la moral humana y sin conocer los fundamentos biológicos se la justicia. No es de extrañar que hagamos leyes y las hagamos mal.

Sé que a muchos juristas les molestará esto que digo; pero es lo que creo y la primera misión de alguien que ama su trabajo es decir exactamente aquello que cree.

Manual de autoayuda vengativa

Manual de autoayuda vengativa

La venganza tiene mala fama pero, durante milenios, fue la única forma en que el ser humano fue capaz de prevenir conductas antisociales. Vengarse no es fácil y exige desplegar un amplio abanico de facultades contra las que, naturalmente, el ser humano también ha adoptado sofisticadas contramedidas; espero que, tras la lectura de este manual de autoayuda vengativa, pueda usted dominar las suertes básicas de la venganza de forma que pueda disfrutar de ese plato que, ya se lo adelanto, muy raramente se sirve frío.

Vayamos por partes.

Para poder vengarnos lo primero que necesitamos es identificar al agresor; dicho de otro modo, si no sabemos quién es el agresor ¿de quién vamos a vengarnos?

Naturalmente, los agresores, conscientes de que si no son identificados no sufrirán castigo alguno, suelen ocultar su verdadera identidad tras los más variados recursos: antifaces, pasamontañas, medias de señora, disfraces de payaso y, los más peligrosos de todos, tras entramados societarios que impidan que se conozca la verdadera identidad de quienes manejan el carrito del helado. Si desea ampliar sus conocimientos en esta materia puede consultar mi monografía «El antifaz y la sociedad anónima: diferencias, semejanzas y caracterización funcional».

La segunda facultad que necesitamos para poder vengarnos es la memoria. Si no somos capaces de recordar la identidad del agresor, la autoría de la ofensa o incluso la existencia de la ofensa misma, tampoco podremos vengarnos.

Esta necesidad de memoria sorprendía mucho a Darwin quien observó que la venganza era imposible entre las especies animales con poca o ninguna memoria, circunstancia esta que dificultaba enormemente la creación de sociedades complejas.

«Si me engañas una vez eres un malvado, si me engañas dos soy un mentecato», dice el antiguo proverbio sumerio y, sin embargo, vemos como los mismos delincuentes nos roban o nos estafan una y otra vez… y no es de extrañar, los recursos que los malvados han desarrollado contra el uso de la memoria son verdaderamente sofisticados.

Uno de los más eficaces es la creación de una disonancia cognitiva en el agraviado que le conduzca a ponerse en la situación del agresor e incluso a comprenderlo y perdonarlo.

—¿Es que si tú supieses que no te iban a pillar no robarías también?
—¿Es que si tú fueses concejal de urbanismo no te llevarías el tres por ciento o más?
—¿Es que no te das cuenta de que, si te devuelvo todo lo que te estafé con la cláusula suelo, entonces bajará el PIB un 6,2 y eso dará lugar a una estanflación que, por imperativo del artículo 33 del Fondo Monetario producirá un cataclismo mundial?

Al escuchar estas preguntas el agraviado suele quedar en un estado de estupor y confusión mental tal que, a menudo, es aprovechado por el agresor para acabar de robarle la cartera.

Si desea ampliar conocimientos en esta materia puede usted consultar mi obra«La cancamusa y el trile, aspectos psicológicos esenciales del negocio jurídico».

Si este recurso a crear disonancias cognitivas no funciona los agresores suelen recurrir a la noticia estupefactante o a la catástrofe generalizada: terremotos en Nueva Gales del Sur, crisis económicas en el Sultanato de Omán, violación de derechos humanos en Bangla Desh, debates políticos, religiosos, nacionalistas, sexuales o, la más usual, el miedo a algo, como, por ejemplo, la tremenda crisis económica que nos amenaza. Usted, aturdido por el ruido del debate o espantado por los males que se avecinan, olvida el mal pasado, comienza a trabajar por enfrentar las nuevas amenazas y hasta agradece al cielo el seguir vivo.

Es por eso que, una y otra vez, quienes nos robaron en el pasado, se pueden presentar de nuevo ante usted como los honestos gestores que van a sacar al país de la corrupción y el delito y usted, yo y muchos como usted y como yo, nos lo creemos y no solo los perdonamos, sino que les dejamos que, de nuevo, roben nuestra voluntad y nuestro voto. Hay que reconocer que son unos genios.

Pero, como último requisito, además de identificar al agresor y no olvidar quién es ni lo que ha hecho, es preciso que la venganza sea rentable en términos tanto económicos como morales.

Si un sujeto le roba a usted un euro que tenía sobre la mesa para dejarlo de propina al camarero, es muy posible que no se dé usted una carrera tras el ladrón para recuperar su euro. La escasa cuantía de la ofensa no merece el esfuerzo de una carrera, de forma que el delincuente huirá impunemente sin otro castigo que el de que usted se acuerde de sus ancestros más recientes.

Aunque la ofensa sea mayor y el agresor le haya atizado a usted un garrotazo en la espalda, si pasa el tiempo suficiente, usted no se vengará. En el acto tiene sentido vengarse, si él le da un garrotazo y usted puede arrimarle una patada en la recova pues se la aplica y salda la cuenta, pero, si pasa el tiempo, su propia naturaleza le dice que la venganza es muy mal negocio, que ir ahora a reventarle la bisectriz al del garrote puede no ser buena idea porque los dos pueden salir perjudicados y que, como dijo el sabio, ojo por ojo y todos ciegos en unos cuantos años.

La naturaleza nos dota de un instinto vengativo que hace que, si nos mientan a la madre, le mentemos al mentador toda la caterva de sus muertos más recientes; pero la naturaleza también nos dota del instinto del perdón de forma que, si pasa el tiempo suficiente, olvidemos el agravio, perdonemos y podamos dar nuevas oportunidades a quién nos ofendió.

Los seres humanos normales somos así, perdonamos a nuestros deudores del mismo modo que ellos perdonan nuestras deudas —que decía antes el Padrenuestro— y es por eso que la venganza no es un plato que se sirva frío. Quien se venga en frío porque es incapaz de perdonar, no suele ser un ser humano sano sino con alguna perturbación o psicopatía.

Si también desea ampliar conocimientos en este campo puede usted consultar mi tratado titulado: «La reforma económica del rito litúrgico o cómo los cristianos dejaron de pedir el perdón de las deudas».

Y bien, ahora que ya conoce las suertes de la venganza y las armas para esquivarla, creo que está usted en disposición de entender qué tipo de delincuente es el más peligroso y especializado en el dominio de las estrategias para escapar indemne de sus abusos. ¿Y quiénes son?

Pues, en primer lugar, los delincuentes que usan un disfraz eficaz que impide reconocerlos, esos que, como si de una cebolla o una matriuska se tratase, llevan un antifaz sobre otro antifaz, un disfraz sobre otro disfraz, una cara sobre otra cara, que regularmente se hacen la cirugía estética, se cambian el nombre y desde las Islas Caimán pueden manejar los hilos de una marioneta que robe en la otra punta del mundo.

En segundo lugar los que pueden hacer que usted olvide o confunda la afrenta, los que le hacen una campaña publicitaria diciendo que ese robo concreto es perfectamente legal, los que le hacen creer que es usted y no ellos el delincuente, los que le engañan con una barahúnda de datos destinados solo a confundirle a usted y a la sociedad, los que colocan el foco del debate siempre sobre acciones ajenas y nunca sobre las propias.

En tercer lugar son los que hacen de la venganza una actividad antieconómica, los que roban poco a muchos de forma que hacen que, por ejemplo, a usted no le salga a cuenta reclamar que le devuelvan los 25 euros de una comisión que le han cobrado injustamente por «reclamación de descubierto» pero que, cobrados a cincuenta mil clientes, suponen un millón y pico más de euros que los enmascarados echan a la saca. Son los que se aprovechan de usted porque es un ser humano y espera que se le perdonen sus deudas del mismo modo que usted perdona a sus deudores, pero que nunca es plenamente consciente de que estos sujetos —peligrosos entre los más peligrosos— llevan un libro de cuentas y agravios donde nunca se borran las deudas de los demás y siempre desaparecen las propias. Alguien me dijo que incluso lograron cambiar el padrenuestro para que no dijese nada de «perdonar nuestras deudas».

La venganza, como ven, es un asunto tan complejo que, en las sociedades modernas, lo hemos dejado en manos del estado a través de una organización que llamamos administración de justicia.

Lo malo es que miro nuestra administración de justicia y me invade la congoja de que esta sólo está preparada para atrapar a los delincuentes poco peligrosos, porque los grandes delincuentes, los verdaderamente peligrosos, no solo marchan años luz por delante de ella sino que, a menudo, incluso consiguen hacer de ella una herramienta que usar en su provecho.

Pero de eso, si quieren, hablamos otro día.

Identidades gastronómicas o porqué los judíos no comen cerdo

Identidades gastronómicas o porqué los judíos no comen cerdo

Hoy en mi casa de comidas de referencia había para comer arroz con magra de cerdo y eso me he pedido para llenar la andorga. Como ven también hay limón para aliñarlo, pero eso es harina de otro costal. Les explico.

Si vienen a esta región observarán que en Murcia se añade limón a casi cualquier cosa, desde las patatas fritas de bolsa al mejor queso manchego. Que todo sabe mejor con limón parece ser la norma y esto suele llamar la atención del forastero.

En Cartagena, en cambio, añadir limón a algo puede suponerte una reprimenda y no pequeña. Desde que te digan que estás estropeando el producto a que te acusen de mixtificar los sabores, pero aunque te digan eso no te engañes, la realidad es que, quienes esto dicen, no consumen limón para no poder ser confundidos jamás con un murciano.

A usted esto puede parecerle una tontería pero créame, es así y no le voy a hablar ahora de andaluces que desprecian una u otra marca de cerveza en función de su ciudad de origen, le voy a hablar de algo más serio: de religión.

La prohibición de comer cerdo en la religión judía y, por herencia de esta, en la islámica, se ha explicado a menudo como una norma de higiene para prevenir la triquinosis, una enfermedad que transmiten los cerdos, pero esto no es más que una invención sin apoyo en prueba, texto ni documento alguno. Los pueblos de la antigüedad comieron cerdo intensivamente y no se atisba la razón por la que el dios de los judíos prohibió a su pueblo el consumo de este y otros animalitos o prohibir combinar la carne con lácteos, medida esta que hace que un judío no pueda comer la mayor parte de las pizzas y pastas que llevan queso sobre carne o que en los Burguers King de Nueva York los judíos abominen del cheese-burguer.

Ando leyendo estos días un libro que se titula «La Biblia desenterrada», un libro escrito por el profesor Israel Finkelstein, un arqueólogo y académico israelí, director del Instituto de Arqueología de la Universidad de Tel Aviv y corresponsable de las excavaciones en Megido (25 estratos arqueológicos, que abarcan 7000 años de historia) al norte de Israel; y por el arqueólogo e historiador estadounidense Neil Asher Silberman. El libro realiza un análisis exhaustivo de los vestigios arqueológicos encontrados en Israel hasta la fecha para tratar de averiguar los orígenes del pueblo de Israel y sus particulares creencias religiosas.

No me puedo resistir a contarles su hipótesis sobre el por qué de la costumbre judía de no comer carne de cerdo.

Primero debemos saber que la Biblia no comenzó a escribirse como tal antes de los siglos octavo, séptimo, antes de nuestra era pero que antes, en el siglo XII, todo el Mediterráneo Oriental se vio sacudido por una terrible inestabilidad provocada por los misteriosos «Pueblos del Mar».

Las invasiones de los pueblos del mar a acabaron con imperios como el Hitita, arrasaron con las ciudades de la costa de Canaán y pusieron en peligro al propio imperio Egipcio.

Para un pueblo de pastores nómadas como los israelíes la llegada a la costa de Canaán de los pueblos del mar trastocó toda su forma de vida. Los pastores nómadas viven de suministrar a pueblos sedentarios proteinas, cuero y leche; mientras que los pueblos sedentarios suministran a estos pueblos nómadas el cereal que es la base de su dieta; ese es el ciclo económico que aún a día de hoy siguen tribus de beduinos. La llegada de los pueblos del mar, sin embargo, destruyó este ciclo económico al arrasar con las poblaciones costeras. Los pastores nómadas israelíes hubieron de asentarse en poblaciones para poder cultivar por sí mismos el cereal. Los asentamientos de las tierras altas de Judea se multiplicaron exponencialmente en esos años y una miriada de pequeños poblados aparecieron en el registro arqueológico de esos años.

Pero ¿quiénes eran esos recién llegados a la costa de Canaán?

Pues unos viejos conocidos de los lectores de la Biblia, uno de los cientos de pueblos que integraban ese mix llamado «Pueblos del Mar» que recibieron el nombre de «Filisteos».

Los israelíes se recluyeron con sus rebaños de ovejas y cabras en las tierras altas del interior mientras que los filisteos ocuparon la llanura litoral y se dedicaron al consumo intensivo de carne de cerdo.

Es llamativo como, cuatro siglos antes de que empezase a escribirse la Biblia, los israelíes ya no consumían cerdo. En los registros arqueológicos de sus asentamientos no aparece ni un solo hueso de cerdo mientras que en los de los filisteos ocupan un puesto principal.

¿Hicieron los israelitas integristas con el cerdo lo mismo que los cartageneros irredentos con el limón?

Esa es la hipótesis del profesor Finkelstein, una hipótesis que, naturalmente, se acompaña de un importante número de datos adicionales.

Es por eso que hoy, que he sentido el tabú del limón y el del cerdo, no he podido resistirme a contarles esta historia.

Señales de deshonestidad

Señales de deshonestidad

A Darwin le atormentaba la cola del pavo real pues aquella enorme cola multicolor representaba todo lo contrario de lo que él sostenía en su teoría de la evolución. La cola no ayudaba al pájaro a volar, no era una ventaja adaptativa sino todo lo contrario, entorpecía sus movimientos, lo hacía más lento y visible y lo convertía, por tanto, en una presa más fácilmente alcanzable para los depredadores.

Y sin embargo Darwin se resistía a admitir que pudiese estar equivocado, la naturaleza le había demostrado ya muchas veces estar muy por encima de la inteligencia humana, tenía que haber una razón.

Si ustedes son parte de la abogacía española y han leído las últimas noticias en relación con dietas y gastos que ha publicado la prensa estoy seguro que entenderán las razones de la naturaleza para penalizar ciertas conductas.

Entre los seres vivos abundan las razones para querer engañar a sus semejantes; entre las gacelas, por ejemplo, ser fuerte y vigoroso es una valiosa cualidad a la hora de aparearse. Las gacelas hembra prefieren las gacelas macho vigorosas y, si no eres fuerte, ágil y vigoroso, tu vida social entre las gacelas hembra va a ser sombría. Pero ¿cómo demuestras a las gacelas hembra de forma fiable que eres fuerte y vigoroso y no un cuentista farsante? pues… Mediante los saltos.

El ritual de apareamiento de las gacelas incluye una espectacular competición de saltos donde cada uno de los pretendientes trata de impresionar a sus pretendidas dando saltos y perigallos diversos, el estricto jurado decidirá entonces quien da los mejores saltos y le concederá el «nihil obstat».

Dar saltos es una prueba costosa, difícil, pero más costoso aún y por tanto incluso más fiable es penalizarse a uno mismo del mismo modo en que, en las carreras de caballos, se coloca peso encima de ciertos caballos para igualar la competición. Carreras con «handicap» se llama a ese tipo de competiciones y no se sorprenderán si les digo que la naturaleza lo inventó antes. Para confiar en la honestidad de una afirmación los seres vivos suelen exigir una señal costosa de honestidad y, en el caso de los pavos reales (luego lo veremos en la especie humana) esa costosa señal de honestidad es su cola.

Del mismo modo que una hermosa cola penaliza al pavo real pero manda a sus congéneres una señal cierta e indudable de vigor, en el género humano las señales costosas sirven para el mismo fin y han sido utilizadas extensivamente a lo largo de la historia para todo tipo de fines.

Las señales costosas han formado parte de los juegos de apareamiento humano desde la noche de los tiempos.

La pesca con antorcha es un método pesquero ritualizado entre las gentes que pueblan el atolón de Ifaluk. Para llevar a cabo este tipo de pesca los hombres utilizan antorchas hechas a partir cáscaras de coco secas para capturar grandes atunes. La preparación para la pesca con antorcha requiere considerables inversiones de tiempo e implica una gran cantidad de organización y debido al tiempo y los costos energéticos que conlleva su preparación, este tipo de pesca, lejos de resultar beneficiosa en térninos energéticos para quienes participan en ella, lo que resulta es en una pérdida calórica neta para los pescadores. Por tanto, la pesca con antorcha es un handicap que sirve para señalar la productividad de los hombres.

Las mujeres y el resto de los habitantes de la isla por lo general pasan el tiempo observando las canoas que navegan más allá del arrecife. Además, los rituales locales ayudan a difundir información acerca de los pescadores exitosos y mejorar la reputación de los pescadores durante la temporada de pesca con antorcha. Varias limitaciones conductuales y dietéticas distinguen claramente a los pescadores con antorcha de los demás hombres. La comunidad está bien informada en cuanto a quién participó en este día y puede identificar fácilmente a los pescadores con antorcha. En segundo lugar, los pescadores con antorcha reciben todos sus alimentos en la casa de canoas y se les prohíbe comer ciertos alimentos. La gente discute con frecuencia las cualidades de los pescadores con antorcha.

En Ifaluk, dada la división del trabajo existente, las mujeres afirman que buscan compañeros que trabajen duro y es por eso que la laboriosidad es una característica muy valorada en los hombres. En consecuencia, la pesca con antorcha ofrece a las mujeres información fiable sobre la ética de trabajo de sus posibles parejas, lo que hace a la pesca una señal costosa honesta.

Pero la teoría de las señales costosas honestas no sólo es aplicable al ámbito del apareamiento, para la vida humana en sociedad es también un poderoso indicativo de compromiso con la comunidad.

Determinados rituales religiosos costosos como la circuncisión masculina, los ayunos, las penitencias físicas como cilicios o flagelos, la entrega de la totalidad de los bienes a la comunidad o la renuncia al contacto con la vida exterior (eremitas, monacato) pueden parecer paradójicas en términos evolutivos y sin embargo, todos estos rituales, pudieran encontrar su explicación en la teoría de las señales costosas de honestidad. El compromiso con la comunidad religiosa de quien las practica resulta tanto más creíble cuanto más penoso es el sacrificio que se impone.

Creemos más en el patriotismo de un francés, un italiano o un español, cuando paga sus impuestos que cuando hace tremolar la bandera de su país; creemos más en la sinceridad solidaria de una persona cuando reparte sus bienes que cuando se manifiesta para que los repartan los demás, sabemos que un abogado o una abogada están comprometidos con solucionar los problemas de su profesión cuando pagan de su bolsillo la celebración y asistencia a un Congreso en Córdoba y estamos legitimados a dudar de idéntico grado de compromiso cuando el congreso y la asistencia son pagados con dinero de otros.

Es por eso que, para conocer la honestidad de las personas, es necesario saber cuándo realizan un esfuerzo costoso honesto o cuando simplemente se están lucrando y es por eso que, sin el conocimiento limpio y directo de esos datos, el engaño es una realidad muy posible.

En la naturaleza, para que la señal costosa de honestidad sea válida (Bliege Bird et al. 2001) es preciso que esta sea accesible al público (transparencia) de ahí que su ocultación, en la naturaleza, prive de toda validez a la misma y sea, por el contrario, un poderoso indicio de deshonestidad. Por tanto no te sorprendas si piensas que te pueden estar engañando, es una respuesta cuasi-biológica ante la comducta de quienes no facilitan información.

Darwin probablemente ya no se asombraría del tamaño de la cola del pavo real; lo que quizá le dejase perplejo es la conducta de ciertos responsables de corporaciones.

El contrato que nunca existió

El contrato que nunca existió

Contra el concepto de razón de Estado argüido por Maquiavelo o Jean Bodin se alzaron las teorías contractualísticas de Althusius, según las cuales la soberanía descansaba en el pueblo,  teorías que, más adelante, usaría Hobbes en su tratado más famoso, Leviatán (1651) o Rousseau en su Contrato Social (1762). Incluso más modernamente  el filósofo John Rawls (1921-2002) también ha fundado sobre un espíritu contractualista su noción de justicia. Y pareciera que los juristas aún no hemos salido de ahí.

Lo malo es que en la historia de la humanidad jamás existió ningún contrato social.

Ningún ser vivo vive en sociedad gracias a ningún «contrato social»,  de hecho todos nuestros antepasados y todos los antepasados del ser humano en la larguísima cadena evolutiva de nuestra especie  fueron animales que vivieron en sociedad. Los Cro-Magnones eran animales sociales, como lo eran los Neanderthales y los Denisovanos; y animales sociales fueron también los homo  heidelbergensis, antecessor, erectus, habilis… y todos cuantos homínidos les precedieron.

Y si buscamos entre nuestros parientes más cercanos, los simios, veremos que gorilas, chimpancés y bonobos son también animales sociales y aún antes que ellos toda la larga cadena evolutiva de mamíferos que precedieron al hombre, todos fueron seres sociales. Incluso cuando Hobbes afirmó que «el hombre era un lobo para el hombre» cometió un error de bulto pues el lobo es un animal altamente social que vive en grupos organizados por complejas relaciones entre sus indivíduos.

Para poder vivir en sociedad —ya se trate de seres humanos o de animales— son precisas unas estrategias de convivencia que la evolución inscribe en los genes de las diversas especies sociales; es por eso que estudiar a los gorilas, a los chimpancés o a los bonobos resulta tan apasionante.

Fíjense, en una tribu de bonobos será siempre  jefe el hijo de la hembra líder. Las bonobas son expertas en el arte de llegar acuerdos y, una vez ellas deciden quién es la hembra que manda, su hijo es colocado como jefe de la manada. Naturalmente si la hembra líder cae en desgracia y las demás la destituyen, su hijo tiene que presentar la dimisión antes de que lo echen. Un curioso caso animal, como ven, de poder legislativo (las hembras) y  poder ejecutivo (el macho) siempre sometido a la suprema voluntad del parlamento.

¿Cuándo firmaron los bonobos su contrato social? ¿Cuándo redactaron su constitución?

La naturaleza inscribe en los genes  de los animales sociales normas de conducta y nos dota de instintos que nos impulsan a hacerlas cumplir. Puede parecer extraño, pero es así.

No les hablaré de estrategias evolutivamente estables ni de postulados de la sociobiología, simplemente permítanme señalarles un instinto humano: la aversión al sufrimiento cercano. Si ustedes ven, por ejemplo, que, a su lado, en el parque, un señor apalea a un perro, aunque a usted este asunto en realidad debiera darle igual —pues no va nada suyo en el envite— sin poder evitarlo sentirá una aversión profunda hacia el que provoca dolor, tanta que, si no se controla, puede ser usted quien acabe apaleando al señor. Los seres humanos sanos no soportamos el sufrimiento cercano, estamos programados para no soportarlo, instintivamente nos produce malestar. No le digo nada si el apaleado es un niño y no un perro. Sin embargo, miles de niños mueren al día de hambre, niños que usted podría salvar con un simple donativo… Y sin embargo…

Sin embargo usted no experimenta la misma angustia, de hecho no experimenta ninguna angustia, porque la moral humana es una moral de simio y está diseñada para operar a unos pocos centenares de metros, dentro de nuestro hábitat cercano y nuestro grupo, si las cosas están más lejos ya no nos afectan. Y, desde el punto de vista de la naturaleza, eso está bien.

Está bien porque ningún ser humano está capacitado para soportar todo el mal que hay en el mundo, y está mal porque, en cuanto nos damos cuenta de que hay niños que mueren sin que nosotros hayamos hecho nada, el vómito y la náusea acuden a nosotros. Las ONG saben esto y por eso colocan la foto de los que sufren cerca de usted, para que sus ojos vean y así su corazón sienta.

No, nuestra moral, nuestro sentido de lo justo y de lo injusto, no se determinó a través de ningún contrato social, ni tampoco lo fijó la voluntad de ningún dios dictando leyes a profetas judíos, árabes, indios, chinos o cristianos. Nuestro sentido de la moral y la justicia la ha escrito la naturaleza en nuestros genes. Luego, en el caso de los seres humanos, la hemos desarrollado a través de esa otra evolución —la cultural— que complementa a la genética, pero siempre esta estuvo antes desde el principio de los siglos.

Entender por qué la naturaleza ha  inscrito en nuestros genes estos instintos y no otros, comprender en profundidad el funcionamiento de los mismos es un trabajo del que los juristas —expertos teóricos en la ciencia de lo justo y de lo injusto— han  declinado ocuparse al menos en España.

Dedicamos nuestra vida al estudio del derecho, lo que sorprende es lo poco que parecen interesarnos los fundamentos científicos de la justicia.



La moral y el amor por uno mismo

Hace un par de días escribí en una red social (Facebook) unos parrafitos a propósito de ciertas prácticas de eso que llaman «coaching» y que decían, más o menos, lo que sigue:

«Veo en youtube a unos «coachers» de autoayuda con un grupo de personas gritando «yo me quiero mucho».

Y yo veo bien eso de autoayudarse y quererse y decírselo a uno mismo, pero…

A mí me criaron en una moral donde pensar en uno mismo antes que en los demás estaba prohibido. Si enumerabas los asistentes a un suceso no podías citarte en primer lugar, tu madre te enseñaba que era norma de educación citarte tú a ti mismo en último lugar. Si alardeabas de algo tu madre volvía a enseñarte que eran los demás quienes tenían que hablar bien de ti, no tú de ti mismo.

El caso es que yo no aprendí a gritar eso de «yo me quiero mucho» porque lo que me enseñaron es que yo a quien debía querer es a los demás.

Ahora no sé si necesito a «coachers» de autoayuda porque quizá, todos esos que no hemos aprendido a querernos a nosotros, no encontraremos a quien nos quiera entre todos esos que se quieren a sí mismos.

En fin, yo creo que en lo que me enseñó mi madre hay más verdad que lo en que enseñan los coachers; o igual es que, al menos, estoy más acostumbrado.»

El parrafito despertó el interés de muchos seguidores que, en general, lo aprobaron; sin embargo no faltaron lo que, con toda delicadeza, hicieron notar su desacuerdo. Algunos señalaron que eso de «quererse a uno mismo» era mucho más profundo de lo que yo sostenía al tiempo que incluso un viejo seguidor, aclarando previamente que él no era cristiano, citó la famosa perícopa del evangelio de Marcos en que Jesús es preguntado acerca de los dos principales mandamientos y el responde, como bueno judío, con el «Shemá Israel» (amarás a Dios sobre todas las cosas) para añadir a continuación lo de «y al prójimo como a ti mismo».

Mi interlocutor señalaba que malamente se podrá querer bien al prójimo «como a uno mismo» si uno mismo no se quiere y que, por tanto, tan importante como querer bien al prójimo era quererse uno. Todo el razonamiento es impecable dentro del relativismo de la llamada «regla de oro» (¿Qué pasaría si nos queremos a latigazos porque somos masoquistas? ¿Querer al prójimo como a nosotros mismos nos autorizaría a flagelarlo?) y fue condensado por Confucio cuando fue preguntado sobre cuál consideraba él la regla primera y resumen de toda la moral.

«Reciprocidad», dicen que respondió Confucio resumiendo en esta palabra la esencia del comportamiento moral humano.

Sin embargo, a poco que leamos los tratados morales o las doctrinas religiosas de las más diversas escuelas veremos que, en sus enseñanzas morales, más que centrarse en el amor a uno mismo donde insisten especialmente es en el amor a los demás y esto se comprende fácilmente a poco que se atienda al carácter esencialmente práctico de las enseñanzas morales de las religiones.

Si nos fijamos, en el pasaje del evangelio de Marcos que citó mi muy ateo amigo, Jesucristo da por supuesto que no ha de enseñar a nadie a quererse a sí mismo, que eso ya ocurre naturalmente sin que nadie lo enseñe y que —si Jesucristo hubiese sabido lo que son los genes— podría haber afirmado que estaba escrito en ellos; y es verdad.

Todos los seres vivos tienen un instinto básico y esencial que les lleva a defender su vida antes que la ajena y a buscar su reproducción antes que la ajena. No es preciso ser Darwin para entender que, si un ser no defiende su vida y su reproducción con preferencia a otros, se extingue y es por eso que el primer instinto de que la naturaleza dota a cualquier entidad viviente es el instinto de conservación.

Esto es así en todos los seres vivos pero hay una clase especial de ellos, los animales que cooperan, que viven en grupos, que a ese instinto de conservación básico han de añadir un complejo equipamiento de instintos que les permita vivir en grupo. Vivir en grupo no es tarea sencilla, cooperar no es tampoco tarea sencilla y, para que sea posible, la naturaleza dota a este tipo de especies de instintos que permitan esta compleja forma de vida; entre ellos y sin ánimo de ser exahustivos podemos citar:

—La empatía
—La gratitud
—La reciprocidad
—La venganza
—El perdón
—El orgullo… Etc.

No tomen esta lista como una clasificación científica, es solo una enumeración descuidada y pueden considerarse la venganza o el orgullo como facetas de la reciprocidad, etc. De momento mi único interés es señalar que la naturaleza nos dota de instintos que nos permiten vivir eficazmente en sociedad.

Es obvio que en las sociedades humanas la complejidad de estos instintos es infinitamente superior a la que se da en una colonia de bacterias pero, si observamos a especies más cercanas a nosotros como chimpancés o bonobos observaremos en ellos instintos que, muy a menudo, nosotros consideramos exclusivamente humanos.

Por no hacer largo el post déjenme que les hable de la venganza y el perdón.

Con la venganza y el perdón ocurre en las religiones algo muy parecido a lo que ocurre con el amor a uno mismo y el amor al prójimo.

Del mismo modo que ninguna religión predica el amor a uno mismo ninguna religión predica la venganza; del mismo modo que todas las religiones predican el amor al prójimo todas las religiones predican el perdón.

¿Por qué?

Porque, simplemente, al igual que le ocurre a Jesucristo en la perícopa de los mandamientos de Marcos, el amor a uno mismo y el deseo de venganza se dan por supuestos. Que los seres humanos se quieren a sí mismos es para ellas obvio y que si tratas de maltratar a un ser humano este procurará defenderse del mal devolviéndote el mismo mal o aún mayor, es también evidente.

A las religiones y sistemas morales, a primera vista les parece innecesario predicar el amor propio y la venganza, si acaso te darán normas para quererte en la forma que ellos estiman correcta y si acaso limitarán tus deseos de venganza como máximo a devolver el mismo mal que se te ha inferido.

Donde las religiones y sistemas morales ponen toda la carne en el asador es en el amor al prójimo y en el perdón.

El perdón es tan natural como el deseo de venganza; cuando después de la ofensa comienza a pasar el tiempo el perdón comienza a hacer su aparición. Si pasa el tiempo suficiente el individuo agraviado pensará que no tiene sentido vengarse, que si ahora va a sacar el ojo que perdió a su agresor esto puede traerle nuevos problemas y el deseo de venganza en el ser humano se va extinguiendo de forma proporcional al transcurso del tiempo. Es verdad que hay seres humanos que dicen no perdonar «nunca» pero eso, en la mayoría de los casos, no es más que una estrategia conocida en el entorno de la teoría de juegos de Axelrod como una estrategia de «etiquetas» o si, tal estrategia es sincera y el individuo es incapaz de personal, podremos concluir que nos hallamos ante una personalidad patológica.

Así pues, lo que hacen las religiones no es fomentar el perdón contraintuitivamente, sino favorecer, catalizar un instinto que acabará apareciendo para que lo haga lo antes posible. Esto es bueno para los dos individuos, para la sociedad y para la vida en común. No hay nada milagroso en perdonar o querer al enemigo, ese mandamiento ya aparece en el 3000 AEC en sumeria y puede encontrarse en casi cualquier religión. El mandamiento «nuevo», pues, no es tan nuevo sino tan viejo como la regla de oro que Jesús cita al responder a la pregunta de cuáles son los principales mandamientos.

Así pues nuestras madres, desde que comienzan a educar a sus hijos, saben de sobra que no necesitan enseñarles a querer quedarse con el juguete o a anteponer su propio interés al de su hermano, esto ya lo hacen ellos espontáneamente y bastante trabajo han tenido las madres de la historia repartiendo a sus hijos estopa educativa para que aprendan a compartir los juguetes con su hermana o a no quitarle el postre a su hermano.

Que los seres humanos, como cualquier otro animal, se quieren —o al menos tratan de ser los primeros en satisfacer sus necesidades básicas— es algo que no es preciso enseñar pero, claro, al margen de esta satisfacción de las necesidades primarias ¿Hay alguna forma mejor que otra de querernos a nosotros mismos?

Epicúreos, estóicos, budistas, musulmanes, hindúes, cristianos, judíos, zoroastristas… Todos tienen sus reglas al respecto (sorprendentemente parecidas en muchos casos) pero de eso creo que me ocuparé en otro post, esta ya viene siendo un ladrillo de bastante grosor.

Políticos y terraplanistas

Políticos y terraplanistas

En 1954, un pequeño grupo de personas dirigido por una tal Dorothy Martin (una ama de casa vecina de Oak Park en los suburbios de Chicago) se convirtió a una nueva y extraña forma de fe. Según la doctrina enseñada por Dorothy Martin una serie de desastres amenazaban con acabar de inmediato con la vida en la tierra aunque, afortunadamente, una civilización extraterrestre vendría a salvarlos llevándoselos en sus platillos volantes hasta el planeta Clarion.

De acuerdo con las creencias de su extraña fe, en la Nochebuena de aquel año, los fieles de este nuevo credo se reunieron en Cuyler Avenue para cantar villancicos mientras esperaban la venida de los extraterrestres.

Aunque lo hasta aquí narrado es bastante sorprendente no es lo más interesante; lo más curioso de todo es que esta no era la primera vez que Dorothy les había anunciado la llegada de lls extraterrestres, esta era ya la cuarta vez que se reunían para subirse a las naves espaciales del planeta Clarion, como pueden imaginar las tres veces anteriores concluyeron con sendas decepciones para los fieles al credo de Dorothy. Y, sin embargo, la sucesión de fracasos proféticos de su lideresa no quebraba la confianza del grupo en sus enseñanzas: la creencia del grupo era tan fuerte que no solo llevó a muchos de los fieles a dejar sus trabajos o cónyuges para esperar a sus salvadores extraterrestres, sino también a aferrarse a sus creencias una y otra vez ante cada nueva evidencia contradictoria.

Las autoridades, lejos de ignorar a Dorothy y sus seguidores y considerarlos un grupo de locos más, decidió estudiar el fenómeno y para ello introdujeron una serie de psicólogos en el grupo de fieles a Dorothy haciéndolos pasar por nuevos fieles.

Lo que estos encontraron allí no fue sino uno de los principios básicos del comportamiento humano: a los seres humanos les causa un grandísimo malestar comportarse de una forma que no sea coherente con sus creencias. Tal situación estresa fuertemente a los seres humanos y les impulsa continuamente a buscar una forma de solucionar tal discordancia y, la realidad es que sólo hay dos formas: o cambiando de conducta o cambiando de ideas. Sucede, sin embargo, que cuando la conducta de los seres humanos es pública y notoria, resulta extremadamente difícil cambiar de conducta, como demostraban estos creyentes en Dorothy.

Esta cualidad del alma humana de estresarse ante la disparidad conducta-creencia ha sido utilizada frecuentemente —aun sin conocerla— por muchos agentes, como por ejemplo, las religiones.

Si públicamente demuestras desde niño tu adhesión a unas determinadas ideas y las proclamas a través de ritos es muy probable que te resulte mucho más difícil cambiar de creencias o, si cambias, abandonar del todo estas ideas.

También los partidos políticos y las sectas hacen esto: haciéndote demostrar públicamente tu adhesión a sus principios, aunque la realidad te diga lo contrario como a los seguidores de Dorothy, seguirás tratando de justificar las creencias que apoyas públicamente y con notoriedad.

Un negacionista de las vacunas que proclama públicamente su posición frente a ellas es muy posible que sea un ciudadano casi irrecuperable; no importará cuántas evidencias se le presenten, ante el doloroso proceso de cambiar de conducta o de ideas preferirá mantener las unas y las otras y el problema estará servido.

No son diferentes quienes en voz alta expresan «fake news» en la calle o en la carnicería, su adhesión pública a esas fakes y a la ideología política que las difunde les ata irremisiblemente a los generadores de mentiras y así, junto a los negacionistas, terraplanistas y conspiranóicos, pasan a formar parte de esa parte de la sociedad difícilmente recuperable para el discurso sensato.

Seguro que conoce usted —tanto si es de derechas o de izquierdas como si es católico, protestante o ateo— personas como estas de quien les hablo a quienes no puede usted comprender; tenga cuidado y observe primero con cuidado su propia casa, es usted un ser humano y no es ajeno a este problema.

Hablo a menudo con políticos y suelo tomar la precaución de llevar datos a tales debates; les aseguro que es inútil. A aquellas fuerzas políticas que viven de proclamar el aumento de la inseguridad ciudadana no les harás cambiar de discurso mostrándoles que las cifras indican que España es el país con menos delitos de Europa Occidental y con más policía per cápita de toda Europa excepto Chipre. Tampoco a quienes defienden la Nueva Oficina Judicial les hará la menor mella comprobar que esta se ha revelado como el sistema menos eficaz para resolver asuntos judiciales; son en esto como los seguidores de Dorothy: han forjado una carrera política y han ajustado su conducta pública a unas ideas y ni la realidad ni los datos les harán cambiar de postura.

Este procedimiento para conseguir seguidores de que les hablo lo han usado las religiones y los credos políticos desde la noche de los tiempos, lo usan incluso nuestras administraciones y poderes públicos y, les aseguro, que puede llegar a incorporar elementos y rituales tan sutiles como refinados.

Yo no sé cómo se puede combatir esta forma de adoctrinamiento, lo que sí sé es que, cada día, observo a mi alrededor más personas aparentemente atrapadas por él y que, la polarización de emociones de esta especie ennla sociedad o en la pugna política, no es buena para la convivencia y es peligrosa para ella.

Yo no sé cómo solucionarlo, sólo puedo intuir soluciones, pero de eso será mejor que hablemos otro día, este post ya se va haciendo muy largo.