Animales morales

Tengo la profunda convicción de que nuestro juicio sobre la moralidad o incluso justicia de nuestras acciones no es un juicio reflexivo sino emocional. Estoy persuadido de que es instintivamente como decidimos liminalmente si una acción es moral o justa y de que sólo posteriormente tratamos de justificar nuestra decisión inicial a través de razonamientos morales o jurídicos. Tan sólo en un no demasiado grande número de casos nuestro razonamiento posterior nos revelará que nuestro juicio moral o jurídico instantáneo no era acertado.

Sé que más de un jurista, sobre todo algunos jueces, levantarán una ceja incrédula al leer esto pero concédanme unos minutos, porque estas convicciones mías de que les hablo, naturalmente, no las he inventado yo sino que muchos científicos han trabajado sobre esta hipótesis.

La justicia y la moral, créanme, no son una construcción del razonamiento humano o, al menos, no son una creación exclusiva del razonamiento humano. La vida en grupo exige atenerse a una serie de reglas de convivencia ya sea el grupo humano, de primates, de peces o de bacterias. Los comportamientos que permiten la vida en sociedad y cómo los miembros de esta reaccionarán a su infracción son pautas presentes en cualquier tipo de comunidad: desde una colonia de bacterias al Parlamento de la Unión Europea pasando por bandadas de aves o cardúmenes de peces. Todas estas comunidades están dotadas por la naturaleza de mecanismos para resolver sus conflictos, mecanismos que han ido evolucionando durante millones de años y que alcanzan su expresión más sofisticada y compleja en las formas específicas que tiene la especie humana para hacerlo, una de las cuales —pero no la exclusiva y ni siquiera la mejor a priori— es la administración de justicia.

El hombre y sus primos los primates superiores presentan reacciones e instintos que nos permitirían calificarlos como «animales morales»; a este tipo de reacciones han dedicado los científicos muchos trabajos y experimentos y uno de los experimentos clásicos en este campo de ha sido el muy conocido «Dilema del Tren» o del «tranvía».

Conocí tal dilema a través de los trabajos del polémico ex-profesor de la Universidad de Harvard Marc Hauser.

Hauser organizó en los primeros años del siglo XXI una fascinante encuesta por internet de la que les hablaré otro día pero cuyo argumento nuclear es el «Dilema del Tren» que antes les mencionaba. Hoy he encontrado en YouTube una recreación del primer acto de los tres en que Marc Hauser dividía su encuesta.

No voy a ponerles en antecedentes ni les voy a hacer ningún «spoiler», simplemente les ruego que, si les interesa el tema, vean el video cuyo enlace les dejo justo aquí abajo y se pregunten que harían ustedes en el caso de hallarse en el lugar de los sujetos del experimento.

No sé preocupen porque el vídeo esté en inglés, pueden activar los subtítulos en castellano si lo desean, véanlo y, si les sugiere algo, déjenme un comentario porque les aseguro que el experimento da para mucho. Otro día seguimos.

Libertad y predestinación

Cuando acudíamos a clase de religión durante la enseñanza primaria, la existencia de un dios omnisciente necesariamente nos conducía a preguntarnos sobre la predestinación: si dios conocía el futuro y sabía lo que había de ser de nosotros ¿Qué sentido tenía entonces todo ese lío de mandamientos de la Ley de Dios, de la Santa Madre Iglesia y todo aquel catálogo de pecados mortales y veniales con que nos atormentaban los curas y profesores? Si lo que había de ser de nuestras almas ya estaba escrito, lo mejor, sin duda, era aparcar la clase, irnos al recreo y dejar que las cosas fuesen como estaba escrito que habían de ser. Este debate, créanme, se reproducía año tras año; eran otras épocas.

No fallaba, en cuanto el cura nos hablaba de que dios lo sabía todo, inmediatamente, algún compañero planteaba la cuestión de la predestinación y el debate estaba servido. Los curas despachaban el asunto recurriendo al inapelable argumento de la omnipotencia divina —un siempre muy socorrido expediente para no enredarse en debates interminables— pero nuestros profesores de filosofía, siempre reacios a recurrir al recurso divino, no fueron pocas las horas de clase que perdieron tratando de explicarnos lo inexplicable. ¿O no?

La historia de la humanidad es la historia de la búsqueda de esas leyes que regulan el funcionamiento del universo, leyes que nos permiten predecir el futuro con toda exactitud y averiguar cómo fue el pasado con idéntica certidumbre. Los científicos, una vez han descubierto una ley física, tradicionalmente han parecido capaces de predecir el futuro y hasta el pasado. Conocida la ley de la gravitación universal, los científicos pueden predecir sin problemas en qué punto de la órbita se encontrarán Marte o Júpiter dentro de un año o dos, como serán capaces también de decirnos donde estuvieron esos mismos planetas hace un año o dos en el pasado.

Contando con todos los datos precisos podríamos predecir con exactitud si una moneda, lanzada al aire, caería de cara o de cruz; claro que son demasiados datos (posición inicial de la moneda, fuerza exacta aplicada y dirección de la misma, incluso densidad del aire… Y un larguísimo etcétera) pero, si contásemos con todos esos datos, un científico newtoniano se sentiría bastante seguro de poder predecir el resultado de ese experimento no tan aleatorio de lanzar una moneda al aire. No existe el azar, nos dirá un científico determinista, lo que ocurre, simplemente, es que no contamos con todos los datos precisos.

Esta visión determinista de la ciencia parecería corroborarse por el funcionamiento de los ordenadores actuales. Para un ordenador es virtualmente imposible generar un número verdaderamente aleatorio, ante la potencia de cálculo parece que se rinde el azar; lo que para los seres humanos es evidente no resulta tan fácil para un ordenador, el azar, los números realmente aleatorios, parecen un campo vedado para ellos y sus chips deterministas.

¿No existe entonces el azar? ¿Es verdad entonces que todo está escrito y que, si no somos capaces de predecir lo que va a ocurrir, se debe simplemente a carecemos de los datos necesarios? ¿Es el universo determinista y —como decían mis compañeros de colegio— lo mejor que podemos hacer es irnos al recreo, dado que nada puede hacerse contra un futuro ya determinado por los hechos pasados?

Nunca me gustó el determinismo y ni siquiera me resulta simpático el aire de suficiencia de esos científicos newtonianos con aire de saberlo todo; el gato de Schrodinger es mil veces más simpático que ellos, esté vivo, muerto, o ambas cosas al mismo tiempo.

Porque, gracias a los físicos cuánticos, en las últimas décadas la sociedad ha empezado a habituarse al uso de expresiones como «complejidad», «ecuaciones no lineales», «principio de incertidumbre» o «atractores extraños» y «efectos mariposa». El azar, la incertidumbre, lo incognoscible, se abren paso en el mundo subatómico y, si un físico newtoniano es capaz de predecir con exactitud donde está o estará un planeta, un físico cuántico nos enseña que es una tarea imposible tratar de predecir en qué punto exacto se encontrará un electrón en un momento dado. En el mundo de la física cuántica las cosas nunca se sabe si están en un lugar concreto porque, a veces, incluso pueden estar en dos lugares distintos al mismo tiempo.

Tal y como está ahora la ciencia el azar y el determinismo parecen convivir y mezclarse, la manzana de Newton y el gato de Schrodinger conviven juntos en la misma habitación y la realidad es que, dependiendo de cómo contemplemos el mundo, el dios omnisciente y la imprevisibilidad más inquietante son ambas posibles y, lo que es más sorprendente, parece que en la realidad conviven con toda naturalidad.

No, no está el futuro escrito, no es tiempo todavía de irse al recreo, me temo que es todavía tiempo de apencar y tratar de escribir el futuro por nosotros mismos.

Viejos gruñones

Ellos han visto cosas que no creeríais… han visto pagar sobornos de forma generalizada a los funcionarios de la administración de justicia para que hiciesen su trabajo… («astillas»* las llamaban); ellos han realizado juicios sin juez** y han conocido lugares de los cuales tú, joven abogado, quizá no has oído ni hablar: Audiencias Territoriales y Juzgados de Distrito. Ellos han redactado escritos inimaginables: pliegos de posiciones, interrogatorios de repreguntas y réplicas y dúplicas en el seno de procesos (juicios de cognición, mayor y menor cuantía) que, para ti, forman parte de la historia del derecho pero para ellos fueron el campo de batalla donde se ganaron honradamente su vida y la de sus hijos.

Ellos —sí, ellos— tuvieron la generosidad necesaria para trabajar gratis en el turno de oficio pero también el coraje y la dignidad precisas para ponerse en huelga y conseguir que la retribución de los abogados alcanzase unos mínimos niveles de dignidad para aquellos años y aquella justicia gratuita. Tú, joven abogado, aún te calientas con los rescoldos de aquel fuego.

Ellos, en fin, han demostrado que se puede vivir una vida dedicados a este oficio. Es lo que ellos han demostrado y es bueno que recuerdes que tú, joven abogado, aún no lo has hecho y está por ver que lo hagas. Así pues: no les des lecciones, aprende de ellos —ahora que estás en la edad de hacerlo— y no les digas cómo han de llevar sus despachos, publicitar su trabajo o «modernizarse», porque, a estas alturas, su capacidad de adaptación la tienen demostrada, su elegancia para publicitar su trabajo sin menoscabo de la dignidad de la profesión evidenciada y la capacidad para organizar despachos más que acreditada.

No les desprecies porque te aseguro que cualquiera de ellos, llegado el caso, puede atacar su vieja Olivetti con papel carbón, azufre y salitre y demostrarte no sólo que eres polvo, sino que ellos son pólvora y están hechos de un material que hace tiempo dejó de fabricarse porque el plástico era más barato.

Por eso, ahora que una abogacía de plástico inunda las redes sociales y el carísimo papel couché de las revistas, me acuerdo de ellos, de la vieja guardia, de esos abogados y abogadas que no son «juniors», «seniors» ni «trendy», componen poses ni hablan de lo que ignoran, que no impostan desvergonzadamente saber lo que no saben ni tener experiencia en aquello de lo que nunca han vivido. Porque ellos son reales, porque son abogados de verdad, porque han vivido de ejercer la abogacía y no del ejercicio de la farsa u otras artes escénicas.

Hoy he tenido el honor de pasar la mañana con los mejores abogados que conozco. Este post va por vosotros y vosotras, viejos gruñones.


**[^sinjuez]: Los juicios civiles, antes de la Ley de Enjuiciamiento Civil del año 2000, eran íntegramente escritos en primera instancia y los interrogatorios de los testigos se realizaban a tenor de unos escritos previamente preparados (escritos de preguntas y repreguntas) a los que daba lectura un funcionario que indefectiblemente levantaba un acta que comenzaba con la falsedad más repetida de la historia judicial española: «Ante mí, Su Señoría, asistido de mí el Secretario…»


Este post se publicó por primera vez en Facebook el 17/11/2017

El Perchel – Bagdad

«Huyendo de los civiles

un gitano de El Perchel,

sin cálculo y sin combina

¡En dónde vino a caer!:

en un corral de gallinas.»

La estación de tren de Málaga está —y ha estado siempre— en el barrio de El Perchel, un barrio que, si bien hoy está en el centro de la ciudad, fue en su origen el típico barrio extramuros de la ciudad cuya muralla corría siguiendo la línea del río Guadalmedina.

Yo el nombre de «El Perchel» lo escuché por primera vez de niño en la radio, precisamente en la estrofita que he puesto al principio y que es parte de la copla «Échale guindas al pavo» que hizo popular la cantante Imperio Argentina, pero cuya letra estaba escrita por un poeta de mi tierra: Ramón Perelló y Ródenas (La Unión 1903).

Málaga siempre estuvo ligada en mi recuerdo infantil a la lírica, a aquella radio de los años ‘60 donde los locutores no sólo dedicaban canciones sino también poesías y así, cuando se hacía presente «La Profecía» de Rafael de León yo veía a mi abuela y a mi bisabuela llorar a moco tendido, del mismo modo que me recuerdo a mí mismo escuchando impresionado y con la boca abierta aquello de…

«A chufla lo toma la gente

y a mi me da pena

y me causa un respeto imponente»

…exhordio inconfundible de las hambres y peripecias de Rafael «El Piyayo» otro gitano eterno de El Perchel que formaba parte del iconostasio de aquella radio del albor de mediados de los sesenta.

De El Perchel era también La Repompa, gitana cuyos cantes usted conoce aunque no lo sepa y, en fin, en El Perchel han nacido sinnúmero de personajes de ese país de cuento de Las Mil y una noches que es Andalucía, un país donde, locos como Macandé, pueden convertir en arte la venta de caramelos, mendigos como El Piyayo pueden colarse en el ADN esencial de la lírica o un púa como Manuel Centeno puede cantar tratados de teología. En Andalucía, como en el Bagdad de las Mil y Una Noches, cualquier lugar es susceptible de ocultar un «efrit» (un genio) dotado de poderes sobrenaturales y es por eso que en Andalucía, desde la Alhambra a una coñeta caletera, todo es mágico.

«A chufla los toma gente,

pero a mí me causan un respeto imponente»

Al turrón, que me descarrilo; el caso es que hoy estoy esperando el autobús que me lleve a Cartagena en el barrio del Perchel y se me está templando el ánimo en compás de cuatro tiempos —como los motores de los ALSA— y pienso si no sería posible darle un toque malagueño al asunto y hacer sonar un motor diésel de cuatro tiempos en compás de tango. Creo que no… pero en todo caso voy a preguntarle al conductor si es de El Perchel porque en ese caso… ¿quién sabe?

Llamémosle Hassán

Un correo electrónico acaba de recordarme algo que me sucedió hace unos cuantos días y que me gustaría contarles; permítanme que les ponga en situación.

Mi cliente, un hombre de más de cincuenta y de profesión el campo, había llegado a España hará unos 25 años; sin más capital que sus brazos y sus riñones, trabajando como un mulo, había logrado sacar adelante a su familia y hasta comprar y pagar una casita, humilde pero digna, en una de las diputaciones más castizas de Cartagena.

Había criado mi cliente dos hijas y dos hijos, ellas ya eran españolas y el mayor de los hijos tenía todos sus papeles en regla pero el menor, llamémosle Hassán, estaba irregular y al padre le preocupaban las consecuencias que esto podía tener en el futuro.

Mi cliente inició por su cuenta un expediente de reagrupación para legalizar la situación de su hijo pero la Administración Española, tras verificar que sus ingresos medios en los últimos seis meses no iban más allá de unos 1.100 euros, denegó su solicitud alegando que, con esa cantidad, no podía sacar adelante a su familia según las leyes españolas.

Mi cliente me visitó y me preguntó si se podía hacer algo. Yo no me dedico a la extranjería pero aquel hombre grande y fuerte que te desollaba la mano al estrechártela por los callos del trabajo me agradó y le dije que recurriríamos la resolución ante la jurisdicción contenciosa y fue por todo eso por lo que, hace unos cuantos días, me encontré celebrando una vista en uno de los juzgados de lo contencioso de la Región de Murcia, lugar donde empieza el recuerdo que quiero contarles.

Mi cliente y su hijo habían decidido acompañarme a la vista —algo nada frecuente— y tras esperar un rato en la puerta (los juicios se sucedían a velocidad vertiginosa cada cinco o seis minutos) nos tocó a nosotros.

Pasamos a la sala, mis clientes se sentaron muy formales en las sillas que les indicó la funcionaria, la vista comenzó y, al menos al principio, todo fue transcurriendo dentro de los cánones normales que regulan esa extraña partida de mus en que la práctica ha convertido algunos juicios…

—Que me ratifico en la demanda y solicito el recibimiento a prueba…

—Que no, que no y que no, que la Administración tiene toda la razón y que también solicito el recibimiento a prueba…

—Prueba: la documental ya aportada

—Prueba: el expediente administrativo.

Con apenas cuatro frases el juicio estaba ya casi hecho y, visto que ninguna de las partes había pedido mus, el juez me dio la palabra para informar:

—Tiene la palabra el señor letrado para informar…

Cuando uno es abogado sabe de la profunda decepción que supone para el cliente presenciar un acto como este, al que llaman juicio, y en el que, en cinco minutos y sin más que pronunciar unas pocas y crípticas palabras, unos desconocidos deciden su futuro y el de su familia, así que consideré preciso estirarme un poquito y hacer un informe que salvase a los ojos de mis clientes la honra del sistema judicial español.

—Con la venia de Su Señoría, para solicitar una sentencia justa…

Y ahí comencé a reflexionar sobre el futuro del hijo de mi cliente en el caso de que no se regularizase su situación en España; ¿qué haría con, llamémosle Hassán, la administración espaola? ¿Mandarle a Marruecos, un país donde ya no tenía familiares? ¿Quién cuidaría de él? ¿Se le separaría de sus hermanos españoles? y luego estaba esa opinión de la administración de que el padre, con sus 1.100 escasos, no podía sacar adelante una familia. Si así fuese media España habría muerto ya de hambre y eso de que mi cliente no puede… Res ipsa loquitur (creo que dije) y no solo él y su esposa han sacado adelante una familia sino que hasta pagada tienen una casa cuyas fotografías puede ver su señoría para comprobar lo bien arreglada y limpia que está…

A esas alturas yo me estaba gustando y decidí dar gusto también a mi cliente por si, llegado el caso, no podía darle una sentencia favorable, de forma que proseguí: este hombre y su esposa, trabajando como mulos, han sacado adelante todo lo que han tenido que sacar e incluso su hijo aquí presente, llamémosle Hassán, asiste a un colegio concertado donde por cierto saca magníficas notas y…

…Y en ese momento el juez, de forma muy poco ortodoxa, me interrumpió y se dirigió directamente al hijo de mi cliente:

—¿Es usted el muchacho de quien habla el abogado?

Llamémosle Hassán se puso en pie y respondió:

—Soy yo, señor.

Les juro que he visto a los jóvenes españoles responder de muchas formas y en todas las posturas posibles a las preguntas de un juez: desde el que, sin levantarse del banco ni sacar las manos de los bolsillos del chándal, responde al juez tuteándolo (¿Cómo dices? ¿Me lo preguntas a mí? ¿Me entiendes?) al que, sin dejar de mascar chicle, ensaya ponerse de pie con chulería poligonera. Decenas de canis faltando al colegio y montados en caros scooters pagados por sus padres pasaron por mi cabeza mientras, llamémosle Hassán, se ponía en pie para responder al juez con aquel «Soy yo, señor» que, sin duda, a ustedes les parecerá una tontería pero que a mí me dejó estupefacto por momentos.

—Dígame ¿qué estudia usted?

—Bachiller tecnológico, señor.

—Y ¿qué quiere usted estudiar en el futuro?

—Quiero ser ingeniero, señor.

Llamémosle Hassán no lo sabía, pero en este corto diálogo se estaba ganando sus galones de español de ley a cojón limpio. Yo no tenía la más mínima intención de interrumpir a aquellas dos personas que estaban allí, en el juzgado, hablando de sus asuntos, por lo que me limité a contemplar el espectáculo hasta que el juez, saciada su curiosidad y satisfecho de lo que había oído, cerró la conversación:

—Muchas gracias, no le garantizo nada, pero sepa que tendré muy en cuenta lo que me ha contado a la hora de dictar sentencia.

Llamémosle Hassán se sentó, el juez me miró como preguntándome si tenía yo algo que añadir,

—Creo que está todo dicho Señoría, nada más.

—Tiene la palabra el Abogado del Estado para informe…

No hay buena historia sin un buen malvado y en esta ese papel le corresponde al abogado del estado el cual, con escasísima convicción tras lo visto, insistió en la necesidad de cumplir la ley, los reglamentos y las órdenes ministeriales. Yo le observaba reflexionando sobre lo mal que casan la lírica y lo jurídico y entreteniéndome en comparar el magro cuerpo del abogado del estado y sus manos de piel fina con la anatomía de tractor del padre de llamémosle Hassán. Suerte diferente, vidas diferentes.

Cuando el Abogado del Estado concluyó el clásico «visto para sentencia» del juez cerró el acto.

A la salida, llamémosle Hassán, me preguntó con cierta ansiedad cómo había ido todo…

—No te lo puedo asegurar (le dije) pero me parece que hoy has ganado tú solo el juicio.

Allí me despedí de ellos y me fui para casa reflexionando sobre aquel marroquí que estaba convencido de que estudiar y trabajar era un argumento de peso para poder vivir en este país nuestro donde muchos, por la simple suerte de haber nacido en él, se llaman a sí mismos españoles y reclaman derechos que niegan a otros que, trabajando mucho más, tuvieron menos suerte a la hora de nacer. A mí me gustaría que los españoles fuesen como llamémosle Hassán y que ser español dependiese más de lo que haces que de donde naces, que desde la escuela los niños supiesen que la condición de español no se regala y que los galones hay que ganárselos.

Soy abogado y pronto otros asuntos me hicieron olvidar este; sin embargo, hoy, un correo electrónico con la sentencia del caso acaba de recordármelo…

Y ahora, compréndanme, debo dejarles: he de hacer una llamada telefónica y dar una buena noticia.

Coraje extremeño, orgullo de oficio

Déjenme que les ponga en situación: en la sede del colegio de abogados de Badajoz se celebraba uno más de esos «actos institucionales» habituales; se trataba de un reconocimiento a la policía en el que participaban el presidente de la Comunidad Autónoma de Extremadura, la vicepresidenta del Gobierno de España Carmen Calvo y la Delegada del Gobierno entre otros muchos.

A esas alturas de la fiesta los abogados de oficio extremeños iban ya para casi cuatro meses sin cobrar y todo por una disputa entre el Ministerio de Justicia que se negaba a pagar 8.000.000€ a los abogados y el Consejo General de la Abogacía Española, a cuenta de que éste último no justificaba la ídem de 590.000€ de nada que había recibido al parecer sin cumplir los procedimientos precisos.

Como el horno no estaba para canapés ni brindis, unos cuantos abogados y abogadas pacenses agarraron su pancarta y —aprovechando la presencia de autoridades— se fueron para el colegio; no porque estuviesen invitados a los actos protocolarios, sino para explicarles en directo a las autoridades que, en Badajoz, la tropa no cobra desde Agosto y que acudir a las fiestas está bien pero que está mucho mejor cuando antes has pagado lo que debes a quien te invita.

Trataron de acercarse con su pancarta al colegio —su colegio— pero la policía, que no estaba allí para reflexionar, les impidió acercarse a la sede, así que los manifestantes recurrieron a lo único sensato que les quedaba: gritar.

La prensa se hizo eco y acudió a donde estaban los manifestantes, la TV también e incluso las autoridades, que, en cuanto se coscaron del jaleíllo, acabaron acercándose a los/las manifestantes quienes aprovecharon la ocasión para entregarles un manifiesto con toda la lista de agravios a reparar.

Hace poco más de un mes sucedió algo muy parecido en Castellón, abogadas rápidas de reflejos aprovecharon la presencia del Presidente del Gobierno para improvisar una manifestación y hacerse oír. La imagen de varios musculosos policías vigilando que unas pocas abogadas no rebasasen una imaginaria «línea de seguridad» ilustró magníficamente ese día y cuan peligrosa le resulta a los que mandan la razón en marcha.

Este mes la huelga de los abogados y abogadas de Toledo, Ocaña, Orgaz, Illescas, Quintanar y Torrijos, forzó al ministerio y al CGAE a enzarzarse en una guerra de comunicados sobre quién era el responsable del impago a los abogados de oficio, promovió que CGAE devolviese 590.000€ al Ministerio y que este se quedase sin excusa para abonar los 8.000.000€ que aún adeuda.

Son acciones como estas las que han solucionado un impago crónico todos estos meses. Ahora, con los 590.000€ pagados por el CGaE y el acuerdo del Ministerio de pagar habrá quien pretenda sacar pecho, que no te engañen: el pago ya está librado y si vamos a poder cobrar y enterarnos de todo lo que pasa (lo de los 8.000.000 los 570.000€ de la Gurtel y los 590.000€ sin justificar y devueltos/consignados) es porque acciones como la de los compañeros de Toledo han forzado a dar explicaciones a los responsables ante el temor de que la huelga fuese a más.

Por eso, ayer, cuando testigos presenciales me contaban cómo en Badajoz la policía impedía el acceso de los abogados de oficio al colegio (su colegio) y estos coreaban, señalando al edificio, «Esa es nuestra casa» se me ponían los pelos de punta y sentía que con hombres y mujeres así se puede conseguir casi cualquier cosa que uno se proponga.

Mientras la fiesta se celebraba dentro, fuera del colegio (su colegio) habitaban el coraje y el orgullo.

El coraje extremeño y el orgullo de oficio.

Gracias compañeros, viva Extremadura.

Cambalache

Los partidos se dan más plazo para pastelear el control del Consejo General del Poder Judicial, un aquelarre en el que no sólo participan el PP y el PSOE sino también Podemos. Las asociaciones judiciales que salieron a la calle no hace mucho, ahora juegan dóciles al juego del cambio de cromos mientras la mayoría de los jueces asisten atónitos al cambalache.

Esta es la justicia que tenemos y esta es la forma en la que se juega con la independencia judicial, un juego denunciado por el Consejo de Europa a través del Grupo de Estados contra la Corrupción.

Partidos que se dicen «españoles» destruyen la credibilidad de la justicia española en europa por su afán de controlarla; partidos que se dicen «renovadores» lo único que hacen es renovar la vieja tradición de controlar a quienes luego habrán de juzgar sus acciones; partidos que se dicen patriotas no dudan en apuñalar la justicia española aunque ello suponga desangrar a esa pattia que dicen defender tan sólo en su propio interés. Esa es su patria.

En España, por decisión de unos políticos miserables y sin la más mínima grandeza moral, la justicia está desacreditada en sus más altos órganos. Y lo vamos a pagar muy caro, todos, y para saberlo no es necesario siquiera mirar a Cataluña o a su oficina bancaria.

¡Qué buen pueblo es este para unos gobernantes siquiera medio decentes!