Gracias Sir Clive

Gracias Sir Clive

Gracias a él y a sugenial creación (una pequeña cajita negra decorada con un pequeño segmento arcoiris) cambió nuestra vida.

Cuando Sir Clive Sinclair lanzó en 1982 el ZX Spectrum estaba lanzando mucho más que un ordenador barato y bueno, estaba abriendo de par en oar la puerta a todos los muchachos de mi generación para incorporarnos al mundo de la informática.

En mi piso de estudiantes universitarios hicimos un escote y nos compramos un maravilloso Spectrum de 32k de memoria. Hoy a usted eso le sonará a chiste pero entonces era como saltar de la edad media a la guerra de las galaxias. Todos nos aplicamos a estudiar BASIC pues, para hacer funcionar el chisme, era necesario programarlo previamente… Y así aprendimos lo que era un programa de ordenador, su sintaxis, aquellas órdenes print””, goto o gosub que nos parecían el abracadabra del futuro… Había que enchufar el Spectrum a la TV para tener monitor y sus programas se guardaban enchufándolo al radiocassette (los datos se almacenaban en cintas de cassette) pero el mundo era nuestro gracias a esos 32K y a su inolvidable microprocesador Zilog-Z80.

Luego los clones del IBM PC se comieron el mercado pero nosotros sabemos que nuestros primeros pasos los dimos con ese pequeño ordenador que SÍ podíamos comprar, esa pequeña maravilla negra con un arcoiris en la esquina.

Creo que mis amigos y yo le debemos mucho a Sir Clive Sinclair, desde las peleas por sentarnos a programar hasta aquellas tardes de Risk usando el Sinclair QL (una evolución del Spectrum) donde mi amigo José Ángel había programado en Pascal el lanzamiento de los dados y el resultado de lls enfrentamientos.

Hoy ha muerto Sir Clive Sinclair, un hombre que no consta que hiciese nunca mal a nadie y que hizo felices a millones de personas como yo.

Descanse en paz. Misión cumplida, Sir Clive.

¡Feliz año nuevo 7529!

¡Feliz año nuevo 7529!

¡¡¡Feliz año nuevo 7529!!!

No, no es ninguna broma en klingon, es la fecha del año nuevo en el Imperio Romano según decisión del emperador Constantino. Derivaba del calendario juliano diferenciándose únicamente por la fecha de comienzo del año y la numeración de los años; además de establecerse un periodo de quince años llamado indicción (si vienen por Cartagena les enseñaré documentos fechados con “indicciones” una fecha de significado tributario, sobre todo).

El año comenzaba el día 1 de septiembre (es de notar que todavía en la actualidad en Cerdeña al mes de septiembre se le llama Cabudanni -“cabo de año”-, un claro caso de herencia cultural de la dominación bizantina de la isla), y terminaba el 31 de agosto.

La numeración de los años se iniciaba en el año estimado de la creación del mundo (Anno Mundi en latín, ἔτος κόσμου Εtos Kosmou en griego), que según Panodoro de Alejandría (el erudito bizantino que lo calculó a través de una de las posibles interpretaciones la cronología bbíblica se produjo el 1 de septiembre de año 5509 a. C., la llamada era antioquena o era alejandrina.

Hoy es uno de septiembre y, tal y como estableció Constantino y ratificó Justiniano, hoy empieza el año.

Eso los abogados y las gentes del foro (y en la educación, y en el fútbol…) lo saben muy bien. Seguramente Constantino y Justiniano, además de dejarnos el derecho romano, nos dejaron también la costumbre de considerar que el año judicial acaba el 31 de agosto y empieza el 1 de septiembre.

Sea como sea, ¡¡Feliz año nuevo compañeras y compañeros!!

Dialogando con Pedro

—Pedro.- Mi querido amigo: con todo el afecto y el respeto que te profeso (que no es poco y sé que te consta) no puedo estar más en desacuerdo con muchas de las cuestiones que expones… pero ¿qué voy a saber yo que no soy jurista sino un pobre juntaletras que ya quisiera tener detrás un mecenas de esos que estoy seguro que abundan por ahí o incluso que me encargasen un par de Te Deums al mes? 🤷🏻‍♂️

—Pepe.- No Pedro, no; ser jurista no me da conocimiento alguno que haga mi opinión mejor que la tuya; de hecho el 90% de los juristas a los que preguntes responderán como tú de primera impresión. Son cuatro siglos de regulación y las leyes, cuando son ubícuas y homogéneas, dan forma a nuestros criterios de justicia con tanta fuerza como la religión.

Es por eso que me gusta sacar a relucir la opinión de la Escuela de Salamanca, porque, si no me agarrase al expresar estas opiniones en el hábito de algún fraile, sé que las acusaciones de “pirata” o “hacker negro” me lloverían.

Pero te aseguro que hay todo un mundo invisible a los ojos del derecho, los economistas y los seres humanos en general y que, como somos incapaces de regularlo, tratamos de encajar lo desconocido en lo conocido.

Todo lo que vemos, permite que lo explique así, se compone, a grandes rasgos, de tres realidades: la materia, la energía y la información.

La materia la comprendemos bien los juristas y hemos llegado a un alto grado de sofisticación al regular su tráfico jurídico. Con la energía ya nos cuesta más, cuestiones como la posesión de la energía ya no las vemos tam claras, nuestta división tradicional de bienes muebles e inmuebles ya no le cae bien del todo y al final acabamos regulándola tratándola como un fluido que es algo que, desde antiguo, tampoco hemos hecho muy bien. Pero nos apañamos y mal que bien vamos tirando.

Pero la información, ese fenómeno por el cual la materia se reordena (se reinforma) para constituirse en una nueva realidad a través de un generoso gasto de energía, esa guerra que la vida y el ser humano mantienen desde la noche de los tiempos con la entropía, esa, decididamente, los juristas ni la entendemos ni queremos entenderla. Y no me refiero a la poesía, la literatura o la música, me refiero al total de la vida terrestre y la civilización humana.

Mira a tu alrededor y créeme si te digo que todos los átomos, la materia, los materiales que ves, ya estaban aquí desde que el primer ser vivo (Luca) apareció sobre la Tierra. Entre el mundo que ves y el que vio un Neanderthal no hay diferencia alguna si atendemos a la materia o la energía, pues son exactamente las mismas, la única diferencia que existe se debe a la información.

Con Homo Erectus el barro era barro, pero el ser humano, con un generoso derroche de energía, aprendió a informarlo en formas cerámicas del mismo modo que el ADN y el ARN informan las células de nuestro cuerpo. Hemos aprendido a informar la realidad en tantas y tan variadas maneras que, esos mismos átomos y materias que pudo observar un neanderthal, hoy son un teléfono móvil o un missil nuclear.

No es la materia ni la energía lo que nos diferencia del mismo suelo que pisamos, es la información que, espontáneamente (no, en esto Dios no tiene nada que ver) dio lugar a la vida y, es la vida capaz de procesar información, la que convirtió el sílice de las playas en chips digitales.

Ese proceso informacional apenas si atisbaron a percibirlo algunos juristas romanos (proculeyanos) pero te sorprendería saber que para los clásicos juristas romanos (Gayo en sus “Instituta”) si tú escribes inadvertidamente un poema en un papel que resulta ser mío, tu poema ya no será tu poema, sino mío, pues mío es el papel y eso “incluso aunque el poema esté escrito en letras de oro” (y cito textualmente al gran Gayo, padre de miles de generaciones de juristas) lo convierte en tan mío como el papel que lo soporta.

Los juristas entendemos la materia y por eso acabamos transformándolo todo en materia, hasta el amor en los tribunales.

Cuando afirmo que el copyright o los derechos de autor son una mala regulación no estoy diciendo que los autores no deban verse retribuidos por sus creaciones (de hecho nada hay más importante en la sociedad de la información que la creación) sino que esta forma de retribuir sus creaciones no es la adecuada.

Fíjate si el ser humano sabe esto que te digo que, aunque protegemos las canciones, no protegemos los descubrimientos científicos. Einstein podría proteger una novela, pero no podría proteger su teoría de la relatividad (¿imaginas la de dinerillos que hubiese ganado con su fórmula e=mc²?).

Esta es la regulación que hay y es la regulación que íntimamente asumimos todos como justa, pero conviene que nos preguntemos si realmente lo es. Por ejemplo.

¿Computa alguien las veces que alguien interpreta una canción de mi amigo Nacho? ¿Hay en los bares un contador de cuántas veces se interpreta una canción o se recita un poema?

No, no los hay, y por eso la retribución de los artistas depende más de quien controla la SGAE, AGEDI o AIE que de la verdadera tasa de reproducción de sus creaciones.

Tecnologías como blockchain o los NFT’s permitirían conocer estos datos con exactitud pero… ¿A quién le interesa?

No desde luego a quienes controlan el negocio y sí a quienes no lo controlan y a la justicia misma. Un desarrollo correcto en blockchain permitiría retribuir con justicia a los autores (el mundo de los Non Fungible Tokens es maravilloso) pero, entre que los juristas ni lo entienden ni lo quieren entender y que los autores prefieren el malo conocido al bueno por conocer, el conocimiento se estanca aunque, claro, siempre aparecen vías alternativas que acaban apartando al mundo antiguo que no se adapta y esas formas ya han aparecido y crecen a velocidad vertiginosa.

Al igual que la escritura, la agricultura, el telescopio o la imprenta, cambiaron nuestra visión del mundo (bien que a través de largos procesos) lo digital, la sociedad de la “información”, la está cambiando igual.

Y ahora que menciono a la “Sociedad de la Información”… ¿Qué queremos decir con ese nombre?

“Sociedad” sabemos lo qué es pero ¿Estamos seguros de que sabemos lo que queremos decir cuando decimos “información”?

No, esa “información” no tiene nada que ver ni con periodistas ni con medios de comunicación, esa “información” hace referencia al objeto de estudio de una teoría científica (matemática) desarrollada por científicos como Claude Shannon sobre geniales intuiciones de gente como Ludwig Boltzmann.

Los juristas creemos entender la información, pero te aseguro que no tenemos ni puta idea.

Si quieres saber, ya sabes: a Salamanca

Si quieres saber, ya sabes: a Salamanca

Tras la invención de la imprenta, como después de cualquier invención, del automóvil a internet, los estados se lanzaron a regular jurídicamente el invento y, obviamente, no para proteger los derechos de los consumidores sino para garantizarse que los libros no dirían cosas que no debieran decir y para que no cualquiera pudiese imprimir libros, sino sólo aquellas personas que contasen con las pertinentes autorizaciones.

Ocurrió que esas personas autorizadas a imprimir (los editores de libros) acabaron ostentando casi un monopolio en la venta de libros y resultaba evidente que aquello era un abuso de forma que, para proteger a los autores de los abusos de los editores, algunas mentes comenzaron a pensar que habría que regular eso de la propiedad de los libros.

Pero el asunto no era fácil, el derecho que conocían los juristas de entonces (y los actuales) era un derecho muy bien estructurado para regular el intercambio de mercancías y las prestaciones de servicios pero ocurría que estas herramientas, estas categorías jurídicas, no servían con las creaciones intelectuales (información) como muy pronto señaló la Universidad de Salamanca con un famoso aforismo latino que traducido al castellano actual dice: “No seáis borricos, con las creaciones intelectuales no puede comerciarse como si fuesen juegos de suma cero”.

Y tenían razón, los jodidos dominicos sabían lo que decían, lo que pasa es que, a veces, tener razón no es suficiente si los borricos no lo entienden.

Los juristas, desde Justiniano éramos magníficos entendiendo una compraventa de fincas o de semovientes, no teníamos problemas con préstamos ni con intereses e incluso con el pignus comenzamos a allanar el camino de la crisis hipotecaria de 2008. En suma, el derecho romano parecía perfecto y no había nada que mejorar. Da mihi factum et dabo tibi ius y no me des la brasa que te meto.

Pero se equivocaban.

Como cualquier chaval que conozca lo que significan las iniciales GNU podrá explicarle, en los juegos de suma cero si yo tengo la cosa tú no la tienes. Por ejemplo, si yo tengo la finca tú no la tienes y si la quieres pues tendrás que aflojar unos cuantos bitcoins, dólares o leuros para yo te la dé. Lo mismo pasa con un bote de coca-cola: si el bote está dentro de la máquina la máquina lo tiene, no yo, y si hay suerte metiéndole un euro me lo entregará. Si yo le doy el bote a mi novia ella lo tendrá y no yo y si me lo devuelve yo lo tendré y ella no. Un juego de suma cero es, en resumen, lo que les acabo de contar: o lo tengo yo o lo tienes tú, pero los dos no (salvo que lo partamos por la mitad). Es como un partido de tenis: o tú ganas el set o lo gano yo, pero no podemos ganarlo los dos. Punto y final.

Los intercambios de bienes y servicios funcionan así, tú me vendes el trigo yo te pago la pasta, tú me haces una escultura yo te pago la tela marinera y todos tan contentos. El derecho, en este punto, era perfecto.

Lo malo es que los curas de Salamanca tenían razón: la cultura, la información, no son juegos de suma cero.

No, no lo son.

Si un profesor se sube a la tarima y enseña a sus alumnos el Teorema de Pitágoras todos sus alumnos tendrán el Teorema de Pitágoras… Y el profesor también. Aquí no sirve eso de “lo tienes tú o lo tengo yo”, no, aquí todos lo tenemos y nadie nunca se queda sin nada, aquí todos ganamos el set.

Si usted escucha recitar un poema y lo memoriza quien recitó el poema no se queda sin él y usted y todos los que como usted lo hayan memorizado, tendrán un poema más que recitar a su santa.

Las ideas, la cultura, NO son juegos de suma cero y para ellos el derecho estaba desarmado. No tenía ni idea de cómo podían regularse estos fenómenos. Desde luego los romanos jamás se plantearon eso y ni Julio César, ni Virgilio, ni Horacio ni nadie se planteó jamás exigir un canon por recitar o copiar sus obras, y ya se sabe que, cuando los romanos no se han ocupado antes de algo, a los juristas se les hace bola.

Por eso, cuando la Reina Ana de Inglaterra se planteó acabar con el monopolio de los editores, todos los juristas se temieron lo peor: ya que las ideas, la cultura y la información no eran juegos de suma cero y los juristas de la reina no sabían cómo barajar aquella cuestión, decidieron que lo mejor sería convertir las ideas, la cultura y la información en una de esas cosas que ellos si conocían. Es sabido que a quién sólo sabe manejar el martillo todos los problemas le parecen clavos y, en este caso, a quienes sólo saben regular juegos de suma cero… Pues todo debe convertirse en juegos de suma cero, así que inventaron el antecedente del copyright.

Si yo compongo y canto una canción usted no puede cantarla, así, donde nunca hubo escasez, ellos la inventaron y de esta forma ya pudieron vender y aplicar todos sus conceptos jurídicos del siglo VI a una nueva realidad.

Que en Salamanca les llamasen burros no les detuvo, ellos eran juristas, da mihi factum et dabo tibi ius y, este que te digo, es el ius que hay; y son Lentejas de Belén: si quieres las tomas y si no también.

Teddy Bautista, Ramoncín y todos los que se quedaron con el control de la SGAE adoran a la Reina Ana e incluso hoy he leído una loa a la citada reina de parte de CEDRO, una de estas sociedades que se lucran con eso que llaman propiedad intelectual. Que la Salamanca del siglo XVII les llame burros les trae sin cuidado, que una parte importante de la humanidad les considere unos parásitos también. Ande yo caliente y que pague el canon digital la gente.

Ayer compré un disco duro para hacer una copia de seguridad de mis archivos y volvió a quemarme la sangre ver cómo su precio subía por la aplicación del “canon digital”, ese robo legalizado a que nos someten a todos bajo la presunción iuris et de iure de que si yo compro un soporte de información es para descargarme sus cancioncitas o sus videos y no para guardar mis expedientes.

Me llevan los demonios. No soporto a estos caraduras que además se dan el lujo de dar clases de moralidad y de llamarnos piratas cuando les sale del naipe.

Cuando Miguel Ángel esculpía o pintaba no pensaba en vivir del momio de los “derechos de autor” toda su vida. Él pintaba su obra y procuraba que fuese buena porque, quien desease encargar otro Moisés u otra Pietá, sabría sin duda alguna quién era el mejor y él le cobraría con arreglo a ello. Por eso, cuando Bach componía, no pensaba en vivir de cobrar a cada maestros de órgano que interpretase sus obras, sino que esperaba el dinero de un mecenas o un comprador que apreciase su obra. Si alguien quería una Misa en Re Menor, un Te Deum o una cantata… Pues ya sabía quien era el bueno en eso. Incluso ejemplos de financiación cruzada de la obra literaria puede uno poner de ejemplo en plena época de la República Romana pero… Pero ¿qué se podía pedir a juristas que no distinguían un juego de suma no cero de una vara de avellano?

Los juristas estamos en deuda con la sociedad y nuestro empeño de regular con estructuras jurídicas del siglo VI fenómenos que entonces ni existieron ni pudieron imaginarse es un empeño estirilizador y que no provoca más que retraso y falta de desarrollo. Claro que esa deuda es ínfima si la comparamos con la regulación que nos deparan toda esa caterva de políticos y gobernantes ayunos no ya de los rudimentos de la información sino ajenos por completo a la cultura misma.

Yo sé que muchos de ustedes se molestarán por esto que digo, pero créanme, si no saben qué es la información todas sus ideas y apriorismos serán errados y lo peor es que ustedes tendrán la convicción absoluta de estar en lo cierto.

Dense la oportunidad de dudar y de conocer nuevos mundos. Disfrutarán.

Su dios era mujer.

Su dios era mujer.

Creo que hace unos días les conté que nuestros esquemas jurídicos responden al estado de la tecnología del momento y que, para una sociedad agrícola, conceptos como la propiedad de la tierra o la caza eran muy distintos de los de una sociedad de pastores o de cazadores recolectores.

Les hablaba de ello para advertirles de cuán duras van a ser las pugnas futuras en materia de open source o propiedad intelectual. Las mentalidades cambian despacio en materia de moral, religión o estructuras jurídicas y conviene ser conscientes de hacia donde vamos no sea que acabemos dando lugar a culturas profundamente injustas como la nuestra, al menos con las mujeres.

Porque ¿vamos a ver? ¿eso de que el varón ostente preeminencia sobre la mujer es una enfermedad de siempre o en algún momento de la historia humana no fue así? Y, si no en toda la historia fue así ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

Ya, ya sé que ustedes me dirán que, si estoy diciendo todos los días que la historia empieza en Sumeria, que vaya a buscar la respuesta en una tablilla sumeria; y, al menos en parte, lo haré así, aunque este tema es de demasiado calado y vamos a necesitar irnos algo más atrás del año 3000AEC.

Si ustedes observan el panteón sumerio observarán que su diosa principal es una mujer, aunque, desgraciadamente, el papel de las mismas en la sociedad sumeria no se correspondiese con el status de su diosa suprema, la bondados reina del cielo, Inana.

Sin embargo, que las más antiguas civilizaciones históricas adorasen deidades femeninas y no masculinas es una pista que merece ser investigada. ¿Cuándo los dioses supremos dejaron de ser mujeres y por qué?

Para averiguarlo será necesario que retrocedamos a sociedades pre-históricas, es decir, anteriores al descubrimiento de la escritura. En este caso es particularmente útil retroceder hasta el año 7000 AEC y acercarnos hasta una de las poblaciones más antiguas del mundo: Çatalhöyük.

Çatalhöyük se halla al sur de la península de Anatolia, en la planicie de Konya, cerca de la actual ciudad de Konya (antigua Iconium) y aproximadamente a 140 km del volcán Hasan Dağ, en Turquía. Çatalhöyük es, pues, una de las más antiguas ciudades del mundo, cuatro mil años anterior a las primeras culturas —sumeria, egipcia— que usaron de la escritura e incluso anterior a la Edad del Bronce. En torno al año 5700AEC un gran incendio destruyó la ciudad, cociendo las paredes de adobe de las casas y permitiendo, de este modo, que sus edificios hayan llegado hasta nosotros.

Pero, si no sabían escribir ¿qué podemos saber de los habitantes de Çatalhöyük? Bueno… Muchas cosas. Los arqueólogos, cual detectives, observan los restos y leen en ellos como nosotros en el texto de un libro y en Çatalhöyük observaron muchas cosas que les impresionaron.

Observaron, por ejemplo, que la inmensísima mayoría de las figurillas religiosas —y las había por cientos— de Çatalhöyük eran la representación de una diosa. Y observaron que en los enterramientos de Çatalhöyük, a diferencia de los posteriores enterramientos egipcios o sumerios, hombres y mujeres se enterraban con ajuares parecidos y en tumbas de similar porte y presencia. A día de hoy solo una veinteava parte de la ciudad ha sido excavada y lo que se ha encontrado allí es una ingente cantidad de pinturas, relieves y esculturas en piedra centradas en el culto a la diosa, y ello sin contar las miles de estatuillas de arcilla de la misma. Si podemos, pues, afirmar algo con cierta seguridad sobre las personas que vivían en Çatalhöyük es que, para ellas, dios era mujer.

Antes de que se me adelanten diciendo que quizá Çatalhöyük  fue un fenómeno aislado les diré que, excavaciones posteriores, han puesto de manifiesto la existencia de una extensa área geográfica donde han aparecido estatuillas y símbolos de diosas, yacimientos arqueológicos que cubren una extensa área geográfica que va más allá de Oriente Próximo y Oriente Medio.

Aunque la historia, hablando en sentido estricto, empieza en Sumeria, la peripecia humana empieza mucho antes y la historia de cómo el ser humano descubre la agricultura y la ganadería y se adentra en el neolítico es un proceso muy anterior a Sumeria y Egipto y que no se da exclusivamente en esa región que se ha dado en llamar creciente fértil sino que tenemos rastros del mismo en Anatolia, Europa Suroriental y otros lugares del mundo y, aunque en esos lugares no hay textos escritos —no hay “historia”— sí quedan vestigios suficientes para saber que el papel de las mujeres no siempre fue el mismo que acabó siendo en Sumeria, Egipto, Canaán, Grecia o Roma.

El culto a la diosa parece firmemente establecido en estas sociedades neolíticas y tiene sentido. Los seres humanos sabemos que las encargadas de crear la vida son las hembras, lo mismo en el género humano que en las demás especies animales; era pues absolutamente coherente que se atribuyese la creación y el dominio del mundo a una mujer cósmica —la diosa— responsable de la creación y regeneración del mundo. El vigor del toro o la capacidad de regeneración de la serpiente —que cambia de piel anualmente y parece “resucitar” tras el letargo invernal— son atributos que frecuentemente acompañan a la diosa y si en Çatalhöyük encontramos una diosa representada en una escultura dando a luz a un toro, ese mismo toro nos conduce a la sociedad tauromáquica por excelencia: la sociedad minóica.

La civilización minóica es la primera civilización europea y sus orígenes se encuentran en el séptimo milenio antes de nuestra era en que fue poblada por seres humanos provenientes de Anatolia, la actual Turquía. Nacida en el año 7000 AEC, año del esplendor de Çatalhöyük, la civilización minóica presenta aspectos tan sorprendentes o más que la de Çatalhöyük o las poblaciones de oriente.

Si ustedes observan las ruinas de los espléndidos asentamientos cretenses con sus espectaculares palacios de traza laberíntica observarán que estamos en presencia de una civilización extraña. En primer lugar sus ciudades parecen ajenas a la guerra, carecen de murallas o torres defensivas y en sus pinturas y esculturas jamás aparece ninguna persona armada ni se representan escenas de guerra.

Dominadores del comercio del Mediterráneo Oriental con sus barcos y acumuladores de grandes riquezas, en sus obras de arte jamás se ve ningún barco de guerra y, entre los objetos arqueológicos recuperados, las armas parecen ser residuales.

Lo que sí encontramos en sus pinturas y obras de arte es una presencia intensiva de la mujer en la sociedad.

El dios de los minoicos es también mujer y la representación de la diosa como mujer adornada con serpientes o sujetándolas (recordemos el simbolismo positivo de la serpiente) es tan omnipresente como las imágenes de los toros o de los símbolos de sus cuernos (cuernos omnipresentes en Mesopotamia en incluso en determinados momentos históricos del judaismo: recordemos a Moisés y sus cuernos) y, lo que es más importante, la exclusividad femenina en el ejercicio del cargo sacerdotal (los hombres, como hoy las mujeres, eran meros espectadores) y su participación activa en las ceremonias tauromáquicas. Si se toman la molestia de buscar en internet imágenes del arte minóico verán que en ellas la presencia de la mujer es intensiva (la piel de las mujeres en las pinturas es blanca y la de los hombres morena) y comprobarán lo que les digo: las mujeres también participán en los arriesgados ejercicios tauromáquicos.

Entonces ¿la raza humana fue un matriarcado alguna vez? y, si es así, ¿por qué dejó de serlo?

Personalmente no creo que la raza humana fuese, ni creo que haya de ser, un matriarcado, creo simplemente en que existieron sociedades igualitarias donde el papel de hombres y mujeres en la sociedad, fuertemente condicionado por sus creencias religiosas, fue paritario.

¿Por qué cambió tal situación?

Es difícil responder pero personalmente creo que cambió porque cambió el entorno tecnológico de las sociedades. Los estados agrícolas fundan su riqueza sobre el dominio de tierras cultivables bien provistas de agua y otros recursos y es por eso que, la tierra, como principal recurso, despertó la avidez humana y una de las prácticas que, en los estadios más primitivos de la sociedad, mejor se daban a los hombres: la agresión, conquista y conservación de terrenos cultivables. Con Sargón de Akkad se creó el primer imperio y, de entonces a hoy, solemos medir la importancia de los imperios por su extensión territorial; parece evidente que la mentalidad de agricultores de que les hablaba ayer está firmemente instalada en el ser humano.

La guerra, en épocas de tecnologías rudimentarias, era una tarea especialmente apta para los hombres y así, poco a poco, pero de forma constante, el culto a la diosa empezó a ser sustituida por dioses agrícolas mitad dueños del cielo mitad señores de la guerra. Si repasan la Biblia verán que Yahweh es un dios típicamente guerrero (señor de los ejércitos se le llama) y como él muchos más. Esa es mi hipótesis.

Sin embargo hoy el mundo ha cambiado, la tierra y la agricultura, ya no son el recurso más preciado de las sociedades humanas sino que el conocimiento, las tecnologías, la ciencia y el know-how son un patrimonio mucho más apreciado y es en ese momento cuando, como en la vieja historia de pastores y agricultores que les contaba ayer, comienza la guerra.

Pero de esa guerra les hablaré otro día, por hoy déjenme que me quede con la idea de que otra sociedad es posible, ni patriarcal ni matriarcal, sino igualitaria.

Y ahora déjenme que me dé a mí mismo un divertimento: si les queda alguna duda de por qué las primeras sociedades eligieron a una mujer como diosa traten de averiguarlo observando esta foto que he encontrado navegando en internet. La he titulado “Jaime mirando a su madre”.

¿Y usted qué es? ¿Pastor o agricultor?

¿Y usted qué es? ¿Pastor o agricultor?

Los seres humanos nacemos pastores o agricultores, no en el sentido literal de la palabra sino, digamoslo así, filosófico.

Para los pastores la tierra es un bien comunal que todos pueden aprovechar, sus rebaños pacen en el campo abierto y se alimentan de las plantas de un mundo que está ahí para ellos. Los pastores son, desde este punto de vista, poco amigos de la propiedad privada, sobre todo de los recursos naturales.

Para los agricultores, por el contrario, la propiedad exclusiva y excluyente de la tierra es fundamental; no van a permitir que un rebaño de animales pase por sus sembrados y arruine o se coma las cosechas. El agricultor necesita agua y, si es preciso, la desvía de sus cauces naturales para servirse de ella; cosa que, naturalmente no le gusta al pastor que no entiende cómo, una tierra y un agua que antes eran de todos, ahora son de propiedad de un sólo individuo. El pastor no soporta que la tierra esté vallada y no esté a disposición de todos para transitarla.

El conflicto está servido.

El conflicto entre pastores y agricultores es tan antiguo como la agricultura y se ilustra incluso en muchos pasajes de la Biblia, pero no es necesario irse tan lejos, pues el conflicto sigue presente entre nosotros.

En la actualidad, los conflictos entre pastores y agricultores en Nigeria, por ejemplo, han dado lugar a una gravísima serie de disputas entre los, mayoritariamente musulmanes, pastores fulani y los, mayoritariamente cristianos, agricultores de Nigeria.

La violencia entre agricultores y pastores ha matado en Nigeria a más de 19 000 personas y ha desplazado a cientos de miles más y trae su origen del conflicto del que les hablé al principio: la expansión de la población agrícola y la tierra cultivada a expensas de los pastizales; el deterioro de las condiciones ambientales; la desertificación y la degradación del suelo; el crecimiento de la población y la ruptura de los mecanismos tradicionales de resolución de conflictos de disputas por la tierra y el agua.

Nada nuevo bajo el sol, como ven.

No es la primera vez que pastores y agricultores se matan, de hecho y según la Biblia, el primer asesinato de la historia lo comete un agricultor Caín al matar a su hermano Abel, pastor.

Fíjense que, incluso en el mito de Caín y Abel, la religión juega un papel importante pues, si se fijan, el propio dios no es imparcial: a Yahweh le gustan las ofrendas de Abel mas no las de Caín, quien, por cierto, le ofrece lo mejor de lo mejor de sus cosechas. Despechado Caín acaba matando a su hermano pero ¿por qué Yahweh habría de preferir las ofrendas de Abel?

Si este mito tuviese que ver con el fútbol todos lo entenderíamos enseguida. El madridista Caín ve cómo sus ofrendas son rechazadas mientras que las de su hermano el atlético Abel son aceptadas, a pesar de ser las de Caín incluso mejores. ¿Qué conclusión podemos sacar? Pues, ustedes me perdonarán si son madridistas, pero la conclusión a que podemos llegar es que dios, en este mito futbolístico, es del Atleti.

Y así es. Yahweh no es un dios de agricultores, Yahweh es un dios nómada que viaja con su pueblo vagando por el desierto. Yahweh es un dios a quienes los israelitas conocen en Edom y al que si quieres ir a buscar tienes que ir al desierto que es donde él tiene sus epifanías. A Yahweh, hasta que Salomón le levanta un templo, no se le da culto en un edificio estable sino que viaja con su pueblo encerrado en un arca, solución esta la del altar portátil muy frecuente en el Canaán de aquellos años y que nos ha dejado muchísimos y muy interesantes vestigios arqueológicos. Otro día, si quieren, les coloco unas cuantas fotografías de estas pequeñas y populares “arquitas de la alianza”. El dios de la Biblia, como ven, no era agricultor y otro día les ilustraré este tema con el veterotestamentario episodio de los Recabitas.

Para los agricultores los dioses no son como Yahweh, los agricultores prefieren dioses como Júpiter o Zeus que controlan las tormentas, los rayos, las lluvias y demás fenómenos atmosféricos. En Canaán este dios homólogo de Zeus y Júpiter era Baal, el dios del cielo, los rayos y las lluvias. Para un agricultor no hay nada más importante que la lluvia y para Yahweh, por eso precisamente, no hay dios más irritante que Baal, al que se adoraba en forma de becerro (¿les suena?).

Claro que ya les veo venir, incluso el más descreído bolchevique soriano a estas alturas ya estará pensando:

—Pero ¿No dice usted que todas las historias empiezan en Sumeria?

Pues sí. Y esta de los pastores y los agricultores también, porque, desde la noche de la antigüedad sumeria y con los ecos propios de 5000 años de historia, nos llega la voz de un viejo poema que nos presenta a la diosa suprema sumeria Inana (la bondadosa, la reina del cielo) en trance de elegir marido y ha de escoger entre dos hombres cuyas profesiones (¿lo adivinan?) son las de pastor y agricultor.

No les voy a transcribir el poema (es de altísimo voltaje sexual y no quiero que Facebook me censure) pero ya les anticipo el resultado: Inana, como Yahweh, también era del Atleti.

Todas estas historias tienen una moraleja y es que nuestros esquemas jurídicos responden al estado de la tecnología del momento: para un agricultor conceptos como la propiedad de la tierra (y la propiedad de todas las cosas por extensión) son conceptos absolutamenre naturales y evidentes; tan evidentes como el derecho a atravesar fincas o la mismísima calle de Alcalá si es preciso para el Concejo de la Mesta.

Es bueno recordar que nuestros conceptos jurídicos son hijos de la tecnología que da soporte a las sociedades humanas porque, ahora que la tierra como factor de producción ha cedido todo su protagonismo al conocimiento tecnológico, el concepto de propiedad comienza a recompilarse a manos de los inegenieros de software y los activistas del conocimiento libre y el open source. Anótenlo: la guerra del open source, el software libre y los derechos de autor o las patentes, van a ser tan duras como las viejas guerras de pastores y agricultores. La única diferencia es que no se desarrollarán durante cinco milenios sino que, seguramente, se resolverán en cincuenta años. Van a ser apasionantes.

Y ahora plantéeselo: ¿Usted qué es? ¿Pastor o agricultor?




Unos cuantos dibujos infantiles

Cuando María tuvo que dejar de trabajar, de toda su vida profesional sólo quedaban unos lápices de colores con los que pintaban y se entretenían los hijos de las clientes y unos cuantos papeles con retratos infantiles de la “abogada”.

Y cuarenta años de escuchar vidas ajenas, desamores mal llevados, deseos de venganza a todo trance y sentimientos de culpabilidad, alimentos no pagados, cariños no correspondidos y cuidados descuidados.

Treinta años de saber que la administración de justicia llegará siempre tarde y que no escuchará al cliente; porque el nombre de “audiencia” en España es un sarcasmo. En España ni las audiencias oyen ni las sentencias sienten y decenas de horas de conversación abogado y cliente se sustancian en vistas (y no vistas) de diez minutos donde el caso, visto y no visto, queda a la espera de sentencia a veces sin que el juez llegue a conocer siquiera el timbre de voz de las partes.

Abogadas que, en 1981, comenzaron a ejercer el derecho de familia y que hoy, cuarenta años después, llevan encima todas las heridas.

Y unos cuantos dibujos infantiles.

El problema no es el Mar Menor

El problema no es el Mar Menor, al menos para nuestros gobernantes.

Para nuestros gobernantes, los de Madrid y los de Murcia, el problema es responsabilizar de la tragedia a los otros. Como los gobiernos de Murcia y Madrid son de distintos bandos sus auténticos esfuerzos no se dedican a salvar la laguna sino a culpabilizar al adversario de su destrucción y adjudicarse ellos las pocas actuaciones meritorias que pudieran haberse llevado a cabo.

Mientras los agricultores responsabilizan a cualquiera menos a ellos de la catástrofe, los ayuntamientos que se lucraron a base de tolerar un urbanismo salvaje culpan a los agricultores, los hosteleros piden que no se hable mucho del problema no sea que vengan menos turistas y se dedican a publicitar la costa mediterránea y hasta algún pequeño propietario pide silencio no sea que su propiedad se deprecie.

Pero al agricultor le importa un carajo el Mar Menor, él vive de sus plantaciones y si la laguna se colmatase a él le daría igual, a lls ayuntamientos responsables del salvaje urbanismo se les da otro tanto mientras los prooietarios sigan pagando, a fin de cuentas las licencias ya se pagaron y culpan a la administración regional que, a su vez, culpa a la nacional quien, a su vez, culpa a las locales.

El problema, como ven, no es el Mar Menor, al menos para toda esta caterva de políticos sietemesinos que nos gobiernan.

Porque si el Mar Menor les importase una higa de lo que hablarían es de lo que hacer en el futuro, no de lo que se hizo en el pasado; de lo que hablarían es de como resolver el problema y no de quien lo causó, lo que buscarían es soluciones y no responsables.

Pero aquí nadie busca eso, aquí todos ponen una vela a dios y otra al diablo demostrando lo que son: unos mindundis a quienes importa más el resultado de unas elecciones que la salvación del patrimonio natural de todos.

Y lo más lamentable es que todos estos mindundis tienen quien les aplauda: toda una legión de ciudadanos ha dimitido de su facultad de pensar para aplaudir acríticamente cualquier memez que digan sus líderes.

Para salvar el Mar Menor es preciso primero cambiar esa mentalidad obtusa que nos ha traído hasta aquí. Salvar el Mar Menor no sólo sería un servicio impagable para la humanidad, sería una forma de salvarnos nosotros mismos.

Composiciones barrocas

Composiciones barrocas

Vuelvo a casa y mientras camino por una de las dudosas aceras de la calle de La Serreta veo venir hablabdo animadamente a dos muchachos. Cuando están a una distancia tal que puedo oír sus palabras escucho que uno le dice a otro:

—Por que tu madre será una santa, pero tú eres muy hijoputa.
—¡Ya te digo! (Responde el otro)

Y los dos comienzan a reir a carcajadas.

Me sonrío y vuelvo a reflexionar sobre lo barrocas que son las personas del sureste al insultar o ser groseros. No se trata de insultar con una palabra o frase. La construcción sujeto-verbo-predicado no parece ser suficiente para alguien nacido en la amplísima carthaginense; siempre es preciso añadir algún complemento circunstancial de lugar o de tiempo que ahonde en el insulto o lo suavice.

Salvando la honra de la madre de su amigo la frase del chaval que he transcrito antes más que insulto podría hasta ser elogio. Ser “muy hijoputa”, mientras tu madre sea una santa, nunca es malo del todo. Lo mismo pasa con las referencias a los ancestros.

Contaba con gracia inigualable un marrajo eterno (que, además, fue conserje de la plaza de toros de Cartagena), un episodio hipotéticamente ocurrido entre los judíos californios hace ya muchísimos años y que concluía con un soldado romano muy enfadado gritando:

—¡Pilatos! ¡Me voy a cagar en tus muertos más recientes!

La precisión temporal del “más recientes” es lo que carga la frase. Si los ancestros son remotos el insulto escuece poco, para hacerlo más eficaz es preciso concretarlo en el tiempo.

Es verdad que, gracias a Pérez Reverte y sus artículos periodísticos esta peculiar forma de hablar se ha hecho muy popular últimamente, tanto que, incluso fuera de la carthaginense, la invocación del melífico eremita San Apapucio (o Apapurcio, que de ambas formas se le conoce) puede ya ser escuchada.

Apapucio, un santo vergonzantemente olvidado por la iglesia católica y autor de un sólo milagro (que, por resultar un tanto escabroso, me permitirán que no les cuente), es personaje de gran devoción en la carthaginense pero, gracias a Don Arturo, va alcanzando en el resto del mundo la fama que merece este notario de las causas imposibles.

—¡Tu madre será una santa pero tú eres muy hijoputa!

Hay que reconocer que es toda una creación literia.

Salvar el Mar Menor es salvar el mundo

Salvar el Mar Menor es salvar el mundo

El drama del Mar Menor es el drama de todos los ecosistemas del mundo. Los mares y océanos, la atmósfera, los ecosistemas —que son de todos— parecen no ser de nadie y el interés privado no tiene problemas en dañarlos mientras que el interés del planeta parece no tener quien le defienda. Es lo que los científicos llaman «la tragedia de los comunes» (búscalo en Google).

Si somos incapaces de salvar un mar pequeño como este la esperanza de que seamos capaces de salvar ecosistemas mayores se esfumará.

Pero si investigamos, si dedicamos los recursos necesarios a encontrar un modelo de gestión de estos bienes comunes, no sólo habremos salvado el Mar Menor sino que habremos encontrado la forma de salvar el planeta.

Esta región tiene ante sí una oportunidad histórica que necesita de gobernantes a la altura de la tarea.

Poco importa si crees que los actuales no sirven porque dentro de dos años vas a poder elegir unos nuevos y si te parece que esos políticos que necesita esta región no van a salir de los partidos actuales aún estás a tiempo de organizarte.

Pero esta batalla no se puede perder, ocasiones como esta se presentan pocas veces en la historia.

Hoy es momento de gritar claro que es necesario salvar el Mar Menor. No para esta región sino para toda la humanidad.

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