El carnaval y el creciente fértil

El carnaval y el creciente fértil

Hoy es 14 de Adar en el calendario hebreo y comienzan, por tanto, las fiestas de Purim.

Hace unos días les conté cómo la Semana Santa tenía antecedentes mesopotámicos, hoy debo contarles que el carnaval también tiene antecedentes mesopotámicos.

Los babilonios (y antes los acadios) celebraban el año nuevo a la llegada de la primavera y a ese primer mes que empezaba con la primera luna llena de la primavera le llamaron Nisán. La forma de celebrar su llegada era muy curiosa pues, además de cantar y beber, los hijos del creciente fértil se disfrazaban con la esperanza de que la mala suerte no les reconociese en el año que entraba y así pudiesen escapar de ella.

Esta celebración de alegría, bebida y disfraces llamada Nouruz aún se celebra en el creciente fértil y los judíos la celebran también bajo el nombre mesopotámico de “Purim”, pues “Purim” no es término hebreo sino babilónico.

Llama la atención que, aunque hayan pasado cinco mil años, esta sucesión de alegría (carnaval) y resurrección/renovación (semana santa/primavera) siga reproduciéndose en las culturas actuales que, aunque han olvidado ya su origen profundo, siguen sintiendo esas sensaciones que dieron razón de ser a estas fiestas.

Hoy es 14 de Adar, faltan dos semanas para la primavera y Nisán; comienzan las celebraciones del antiguo año nuevo.

Yo seré el que estaré

Hay un viejo proverbio centroeuropeo que afirma que si el inglés es la lengua del comercio y el francés la del amor, el castellano —o el portugués— son la lengua de Dios. La primera vez que lo oí pensé que tenía sentido; sólo el castellano y el portugués distinguen los verbos ser y estar de forma que, cuando Dios habló a Moisés desde la zarza ardiente y dijo eso de «Yo soy el que es», no podríamos traducirlo con exactitud a ninguna lengua que no fuese el castellano o el portugués… «Yo soy el que está», «Yo soy el que es», «Yo estoy el que soy…». No, esa frase ha de decirse y entenderse en español o no decirse ni entenderse.

Mi sorpresa fue mayúscula al descubrir, al cabo de los años, que en hebreo —idioma en que supuestamente hablaron Dios y Moisés— no se distinguen tampoco el verbo ser y estar pero, lo que es máss sorprendente, el verbo ser NUNCA se conjuga en presente en hebreo de forma que no existe la expresión “Yo soy”.

Lo que Dios dijo desde la zarza y figur escrito en el original hebreo del Antiguo Testamento es más bien «Yo seré el que estaré».

Y es ahí cuando me acuerdo las delirantes explicaciones filosóficas que nos daba nuestro cura en clase de religión tratando de explicar esa frase.

Igual si hubiese estudiado hebreo hubiera podido ahorrarse todo aquel trabajo.

Quién sabe.

A veces pienso que, quizá, toda nuestra comprensión de la realidad esté viciada por un simple problema de traducción y que sea eso lo que nos impide entenderla. Quizá.

La Semana Santa y Mesopotamia

La Semana Santa y Mesopotamia

Aunque muchas veces les cuento que todo empezó en Mesopotamia, algunos de ustedes —lectores descreídos— aún no acaban de admitirlo. Así que hoy, que ya se va oliendo a primavera, voy a dar una vuelta de tuerca más en mis argumentaciones y voy a demostrarles que la semana santa (sí, la semana santa) también la inventaron los habitantes de aquel lugar y, por supuesto, mucho antes del nacimiento de Cristo. Ahí es nada.

Lo primero en que tenemos que fijarnos es cuándo se celebra la semana santa. ¿Lo sabe usted? ¿No? Pues tranquilo que ahora mismo se lo explico.

Las fechas y festividades de la semana santa se fijan teniendo en cuenta el día en que se celebra el Domingo de Resurrección y ¿cómo se decide qué domingo es el Domingo de Resurrección? Pues… De la misma forma que acadios, babilonios, asirios y persas lo hacían: mirando a la luna.

Los meses no duran entre 28 y 31 días por casualidad, ni es casualidad que las semanas tengan siete días, esto es así porque en la vieja Mesopotamía los meses se computaban según el ciclo de la luna y, durante este, se distinguían cuatro momentos fundamentales, las lunas nuevas, las lunas llenas y las medias lunas de los cuartos creciente y menguante. Un ciclo de 28 días dividido en cuatro cuartos, según las fases de la luna, nos arrojan cuatro períodos de siete días (nuestras semanas) al cabo de cada una de las cuales hay una fase siginificativa del ciclo lunar (luna llena, nueva, creciente o menguante) que los mesopotámicos designaron con la palabra «Shabatu» una palabra que, traducida, significa “cesar”, “parar” o “barrer”. En esos días, necesariamente, había que dejar de trabajar pues, por razones astrológicas, no eran aptos para hacer nada.

El puebo judío, esclavizado en Babilonia del 597 al 538 AEC, hizo suya está costumbre del “Shabatu” y hasta hoy día el calendario hebreo conserva el importantísimo “Shabat” (rito básico de su fe pero copia reelaborada del viejo “shabatu”) así como el cómputo lunar de los meses.

Nosotros, ciudadanos occidentales, también celebramos el shabatu mesopotámico (nuestro Sábado, Saturday, Samedi…) y, aunque nuestros meses ya no son lunares, nuestras semanas siguen siendo esos períodos de siete días que los mesopotámicos establecieron.

¿Y por qué hay una semana santa?

Para los mesopotámicos la semana en que el año comenzaba era especial y la celebraban de formas que aún hoy día se celebran multitudinariamente en Iran, Turquía, Uzbequistán y en todas aquellas regiones que un día fueron parte de Persia: el «Nouruz» o año nuevo persa.

En el Nouruz las gentes se disfrazan para que la mala suerte no les reconozca en el año entrante, celebran fiestas, beben en abundancia, se hacen regalos y, en general, todo es motivo de fiesta y alegría. Esta celebración ha pervivido y aún en países dominados por el Islam se celebra de forma multitudinaria (si no me cree googlee «Nouruz») y, claro, como no, también por los judíos.

Vale, muy bien, pero ¿cuándo comienza el año en Mesopotamia?

Pues, cuando debe de ser: cuando todo renace, resucita y vuelve a la vida, con la primavera.

Aclaremos los conceptos: la primavera comienza cuando se produce el llamado “equinoccio de primavera” (cuando día y noche duran exactamente lo mismo) y, el primer mes del año mesopotámico, comienza con la primera luna llena de primavera. ¿Lo entiende? Es primero de año la primera luna llena de la primavera. Ahí comienza el año mesopotámico.

¿Y cuándo es domingo de resurrección?

Pues lo mismo: es Domingo de Resurrección el primer domingo después de la primera luna llena de la primavera. Si no me cree busque los decretos eclesiásticos que fijan la semana santa o compruebe usted como, este año, el equinoccio de primavera es el día 20 de marzo —Sábado— y que la primera luna llena tras él se produce el domingo 28 de marzo —Domingo de Ramos—, razón por la cual el domingo siguiente —primer domingo TRAS la primera luna llena de la primavera— es Domingo de Resurrección.

Y ¿cuándo es la pascua judía? Pues básicamente lo mismo: la primera luna llena de la primavera y esto es así simplemente porque es lo que el pueblo judío aprendió durante su cautiverio en Babilonia, asociándolo luego a la fiesta en que conmemoraban su salida de Egipto. De hecho, aunque los israelitas computan el año a partir del domingo 7 de octubre del año 3760 a. C., fecha equivalente al 1° del mes de Tishrei del año 1 (fecha del primer día de la creación) la Biblia Hebrea computa el año a partir del 1 del mes de Nisán (los nombrecitos de los meses son también mesopotámicos) que no es sino la primera luna llena de la primavera de cada año. Para la Biblia Hebrea los años comienzan el 1 de Nisán, es decir, con la primera luna llena de la primavera.

Bien, ahora que ya sabemos por qué la Pascua Judía, la Pascua Cristiana y el principio de año mesopotámico coinciden y ahora, estoy seguro, que ya sabrá usted por qué TODAS las semanas santas que usted haya vivido las ha celebrado mientras en el cielo una inmensa luna llena preside las celebraciones. No es casual, esto lo inventaron hace 5000 años en Mesopotamia (como todo) y nosotros no hacemos más que celebrar, de forma reelaborada, ese rito.

Los judíos, sin embargo, comienzan a celebrar el principio de año dos semanas antes de la luna de Nisán, es decir, los días 14 y 15 del mes de Adar (el último mes de su año mesopotámico) y lo hacen mediante una festividad llamada «Purim», donde reina la alegría. Lo malo es que esta festividad de «Purim» pues, también tiene significado mesopotámico y halla su fundamento en el controvertido “Libro de Ester”, el cual forma parte de las Biblias hebrea y cristiana.

Vaya por delante que ninguno de los nombres de los principales protagonistas del libro es hebreo, pues ni el malvadísimo Amán, ni Mordekay ni Ester son nombres judíos.

Ester no es un nombre judío, sino mesopotámico, y se corresponde con el de la diosa Istar (en las lenguas semíticad las vocales no se escriben de forma que Ester e Istar se escriben igual —STR—) al igual que el del otro protagonista del libro, el judío «Mordekay» o «Mardokeo», cuyas consonantes —MRDK— son las del supremo dios «Marduk». Curiosamente en el libro de Ester no aparece ni una sola vez la palabra Yahweh, Jehowah, o Dios y, se especula, con que el libro fuese no Yahwista sino más bien conforme con la importante comunidad de judíos adoradores de la diosa madre.

En fin que esta fiesta de Purim, que se celebra el 14 de Adar, tiene también su antecedente mesopotámico (como todo, obviamente) y es fiesta de alegría, de disfraces —recuerden Nouruz— de dar limosna, de repartir comida y de beber vino y licores.

Y en este punto (como conozco a muchos de mis lectores y sé que les gusta el pitraque) déjenme aclararles cuándo y hasta qué punto se puede consumir vino y licores.

El cuándo se responde pronto: hoy estamos a 11 de Adar, luego este Viernes será 14 de Adar, fecha de la celebración. Si quiere hacer el Mardokeo o Mordekay este fin de semana es su momento. Prepare regalos, comida y su hígado porque el punto exacto hasta el que puede beber se lo digo ahora.

El punto exacto también tiene su límite en el muy mesopotámico libro de Ester: puede consumirse vino hasta que en sus entendederas se confundan los nombres del malvado Amán y el bueno de Mordekay. Es decir que, o mucho me equivoco, o se puede coger una folloneta considerable.

Y… Hablando de vino, hoy me he gobernado para comer este vino manchego, «Canforrales», en el establecimiento del Callejón de Campos que regenta José, un contumaz manchego ejerciente. El vino es un varietal de Syrah que, como todo, también me conduce a Mesopotamia pues es esta uva la que se cultivaba allí en la época en la que el hijo de un carpintero de Nazaret celebró su última Pascua, bajo la luna llena de Nisán, poco antes de que fuese ajusticiado por los romanos.

Fue el principio de una nueva era y de un nuevo calendario: el nuestro.

En fin, a su salud, hoy la Mancha ha de devolverme sabores de hace dos mil años, casi los mismos que trece hombres saborearon una noche bajo la luna de Nisán.

Vino dorado

Vino dorado

Hoy he probado el vino blanco de uva merseguera que compré hace unos días y, como les prometí contarles mi experiencia, aquí lo hago.

Vaya por delante que el vino es correcto y que —sin duda— lo prefiero a otras marcas más conocidas en la localidad pero, para serles franco y en honor a la verdad, debo hacerles unas consideraciones adicionales para las que me vendrán muy a propósito ciertos datos que me facilitó no hace mucho mi amigo Joaquín ( Tito Quino ) pues, en la cita que hizo a propósito de los cartageneros vinos del Plan, se les caracterizaba como blancos “rancios” y es en esa palabra donde quiero detenerme.

El adjetivo “rancio” —generalmente peyorativo— aplicado a los vinos, en cambio no lo es. Un vino es “rancio” debido a procesos oxidativos buscados deliberadamente y, conforme a lo dicho, a un vino “oloroso” de Jerez podríamos adjetivarlo de “rancio” por los procesos oxidativos que ha seguido y no creo que nadie dude de su calidad.

Recuerdo que siendo yo joven —sí, los zagales de mi generación bebíamos vino en la taberna de Paco El Macho— le pregunté a un sedicente entendido que por qué despreciaba el vino de esa bodega y me dijo: ese vino “no vale ná”, ese vino dorado “está oxidado”.

Hoy sé que lo que no me supo decir es que ese vino era un vino rancio, como el rancio de Rueda, el oloroso seco, el “pajarilla” de Aragón o el solera seco de Málaga. Creo que les conté no hace mucho mis experiencias en Rueda y cómo me sorprendió que la gente de allí prefiriese el vino rancio de la localidad a sus famosos blancos.

Y ahora, volviendo al blanco de Merseguera que acabo de probar debo reconocer que es un blanco bueno pero… No es rancio.

Y, para quien hizo de su pubertad y adolescencia un ir y venir de la Cofradía California a la taberna de Paco El Macho, un blanco normal no sacia su sed, porque, lo queramos o no, los hijos de los 60, de Gagarin y Laika, del Mayo Francés y la Guerra de Vietnam, de la Conquista de la Luna y la Transición, somos rancios y tenemos el paladar rancio y no estamos para blancos finústicos.

Y aunque nuestras compañeras de generación, valientes, auténticas y carne de bar como nosotros, también le daban al vino rancio yo aún las miro y no las veo oxidadas en absoluto, las veo auténticas, como el vino que servía Paco El Macho.

Un día les hablaré de este hombre y de su taberna al final de la Calle del Cañón y la Calle del Aire.

Ser joven es un trabajo de años

Ser joven es un trabajo que lleva tiempo; a veces años, muchos años.

La vida es tramposa y, no bien nacemos, ya empieza a conspirar para que vayamos envejeciendo. Cuando eres niño todo es nuevo, todo te asombra y cada día es una nueva aventura pero, para cuando aprendes a hablar, muchas cosas ya te son conocidas y, cuando llegan a la adolescencia, muchos jóvenes sedicentes no son más que unos viejos prematuros que creen estar de vuelta de todo sin haber ido a ningún sitio. Para cuando les llega el tiempo de casarse muchas personas ya no son sino cadáveres andantes.

La buena noticia es que, si dedicas el tiempo suficiente, te darás cuenta de que ignoras muchísimas más cosas de las que ignorabas cuando eras un niño; que el conocimiento que has ido adquiriendo es trivial, que lo interesante empieza ahora y que las mejores sorpresas que guarda la vida para ti empiezan a presentársete, si las buscas, justo ahora.

Hacen falta años de trabajo para ser joven y aún así no es tarea fácil.

Es por eso que, cuando oigo a algún líder político o a algún influencer hablar de “los jóvenes” o “la juventud”, sé positivamente que no saben de lo qué hablan.

Igual es que no tienen los años ni el carácter necesarios.

Esto no se aguanta más

Llevo demasiado tiempo en esto como para no saber cómo funcionan las cosas. Tengo el rostro de demasiados compañeros y compañeras grabado en la retina como para poder olvidarlo. Recuerdo muchos rostros, sí, pero, sobre todo, recuerdo el de un amigo, llamémosle Juan Antonio, con quien me encontré caminando un día por la Calle del Carmen camino de su despacho con la muerte ya pintada en la cara.

—¿Qué hay Juan Antonio? ¿Dónde vas?
—Al despacho un ratico, hay unos plazos que tengo que sacar…

Porque, en España, abogados y abogadas van a la fosa con los deberes hechos, mueren cumpliendo plazos y sin que ningún parlamento, juez, ni letrado de la administración de justicia, ni funcionario, ni ministro, ni el mismísimo Sursum Corda, les perdonen ni un sólo día hábil. Si está enfermo que trabaje, que se muera o que se aparte y deje a otro. Esas son las cartas que nos dan y con las que quieren que juguemos.

Si esa es la baraja va llegando el tiempo de romperla. Nuestra administración de justicia puede dilatar los procesos años por incuria, por dejadez, por falta de medios o por la inercia natural de los cuerpos inertes, pero si una letrada ha de dar a luz o un letrado ha de recibir quimioterapia o la extremaunción, más vale que vaya perdiendo su cliente y firmando venias mientras le dan el viático o le hacen la cesárea; los plazos en España, para la abogacía y la procura, no se detienen nunca.

Miren, si en un país la administración le pierde el respeto a la vida y a la muerte y no siente la menor empatía por quienes traen al mundo una vida o entregan la suya a la tierra, entonces es que no le tienen respeto a nada y, por lo mismo, nadie les tendrá respeto alguno.

Se ha puesto de moda considerar a abogados y abogadas cosas fungibles, cromos intercambiables, piezas indistinguibles y tal percepción, tan errónea como inicua, lleva a algunos operadores a dictar resoluciones que, ajustadas a derecho o no, repugnan al sentido común.

Llevo demasiado tiempo en esto como para no saber lo que ocurre y no tener que tocar de oído sino en primera persona. Conozco demasiado bien el problema de que hablo y me arden las vísceras que aún me quedan cada vez que a una letrada se le niegan unos pocos días para traer una vida al mundo o a un letrado unos pocos días para morirse en paz y sin plazos.

Tiene cojones que, cuando la vida nos emplaza, una administración ande todavía quitándonos vida.

La actual regulación de la conciliación familiar y profesional de la abogacía y la procura no se aguanta ni un segundo más si es que queda un átomo de vergüenza entre quienes nos gobiernan. En el Congreso de la Abogacía Independiente del año pasado se aprobó una propuesta de proposición de ley que recibieron la mayoría de los grupos parlamentarios (incluido el actual ministro personalmente) y con la que todos dijeron estar de acuerdo.

Ha pasado un año y seguimos esperando. Esto ya no se aguanta más.

Miedo

Miedo

Somos seres frágiles, la vida es un vidrio que se rompe en cualquier momento y no es fácil vivir con la preocupación constante de perderla. En estos tiempos de enfermedad el miedo crece y es difícil a veces conllevarlo, así que he pensado que, quizá, lo mejor sería tratar de observar lo que hacen para vencerlo unas personas que se enfrentan regularmente a él: los toreros.

De entre ellos, quizá, fue Juan Belmonte quien más y mejor nos habló del miedo a través de la pluma de Manuel Chaves Nogales.

«El día que se torea crece más la barba. Es el miedo. Sencillamente, el miedo. Durante las horas anteriores a la corrida se pasa tanto miedo, que todo el organismo está conmovido por una vibración intensísima, capaz de activar las funciones fisiológicas, hasta el punto de provocar esta anomalía que no sé si los médicos aceptarán, pero que todos los toreros han podido comprobar de manera terminante: los días de toros la barba crece más aprisa».

Y no, no se trata del miedo al público ni al fracaso, ni a ninguna de esas ridículas historias que se inventan los toreros para no tener que confesar la verdad; es, como decía el inolvidable Juncal, «miedo al de las patas negras, al que te levanta los pies del suelo».

Juan Belmonte, para sobreponerse, utilizaba una estrategia que quizá les resulte curiosa pero que les sugiero no tomen a broma demasiado rápidamente. Juan Belmonte hablaba con el miedo.

—¿Ya estás aquí otra vez? Mira, van a venir unos señores y no está bien que te vean por aquí, así que fuera, lárgate un rato…

Chaves Nogales lo cuenta así:

«Acurrucado todavía entre las sábanas, con el embozo subido hasta las cejas, el torero empieza su dramático diálogo con el miedo. Yo, al menos, entablo una vivísima polémica. No sé lo que harán los demás toreros. Al miedo yo le venzo o, al menos, le contengo a fuerza de dialéctica. Es un diálogo incoherente, como el de un loco con un ser sobrenatural».

Puede parecerles una locura pero es bueno llamar a las cosas por su nombre, sobre todo cuando llegan esas horas en que se acaban los engaños y hay que torear a cuerpo limpio. Puede ser un examen importante, una operación o la angustiosa espera de una noticia vital por un ser querido.

—Eso que tienes, Pepe —me digo a veces— se llama miedo. ¿Y qué ibas a tener? ¿Ibas a estar dando saltos de alegría? ¿qué otra cosa puedes sentir sino miedo? Si sintieses otra cosa estarías loco…

—Bueno, mira, chaval, hace tiempo que nos conocemos y sé quien eres; ya sé que eres habitual en estos casos pero apártate un momentito y deja de molestar.

Yo no sabía que Juan Belmonte se entendía así con el miedo pero hoy, releyendo a Chaves Nogales, he vuelto a recordarlo.

Juan Belmonte fue un hombre atípico con una vida llena de momentos singulares y se cuenta de él, entre otras cosas, que anunció que se iría de este mundo el día que no pudiera subirse a un caballo.

A punto de cumplir 70 años y tras de que algunos testigos cuenten que hubo de pedir ayuda para subir a su caballo, Juan Belmonte se suicidó de un disparo en su cortijo de Gómez Cardeña —entre Sevilla y Jerez— el 8 de abril de 1962. A pesar de ser un suicida, se le permitió ser enterrado en el Cementerio de San Fernando de Sevilla.

El «Pasmo de Triana» pasaba por ser el torero más valiente pero, gracias a Chaves Nogales, sabemos que tenía miedo… y mucho.

Pero le hablaba.

Benvinguts! Passeu, passeu…

Cuando Manuel Benítez «El Cordobés» ganó su primer dinero como matador de toros en los años 60 lo primero que hizo fue comprarse un jamón y no precisamente para comérselo. Para Manuel Benítez aquel jamón era algo más que una pata de gorrino, era un salvoconducto; de forma que, cuando llegaba a un hotel, colgaba el jamón en la ventana y su sola presencia le aseguraba que nunca más volvería a pasar hambre. La de Manuel Benítez es como la historia de Scarlett O’Hara en «Lo que el viento se llevó» (“Juro que nunca más volveré a pasar hambre”) pero a la española.

Los comics de mi infancia estaban dibujados en Barcelona y su universo post-autárquico resulta alucinante visto con la perspectiva de los años.

Creo que el recuerdo de Carpanta aún está vivo en muchos. Carpanta era un pobre para quien la felicidad tenía forma de bocadillo de jamón; el hombre pasaba mucha hambre y todas sus historietas eran una persecución eterna de algo con lo que manducar. No sé cómo la censura permitía aquello porque el pobre Carpanta, además de su cierta dosis de gracia, tenía un no pequeño componente de denuncia.

Otro ejemplo de la España de aquellos años era Doña Lío Portapartes, una casera que mantenía realquilados en su casa; realquilados a los que mantenía a estrictísima dieta de garbanzos. Doña Lío era una “patrona” (se les llamaba así) que proveía de techo y alimento a hombres que le pagaban por ello una cantidad fija. Ni que decir tiene que las “patronas” no eran proclives a gastar dinero en gollerías y algunas, como Doña Lío, a fin de mejorar sus ingresos, sometían a sus realquilados a una monótona dieta de legumbres tan baratas como alimenticias.

Para Carpanta o para aquellos realquilados de mis comics un pollo asado (pollo a L’ast, le llamaban ellos, supongo que por influencia barcelonesa) era la imagen de la felicidad: era el menú del cielo en día de fiesta.

Hoy, que no tenía tiempo para cocinar, me he comprado en un asador un cuarto de uno de esos pollos “a l’ast” por el que me han cobrado tres euros.

Cuando he llegado a casa y he sacado cuentas de que, por tres euros, hoy iba yo a comer como siempre soñaron comer Carpanta o los realquilados de Doña Lío, me he quedado pensativo. Es curioso que la felicidad de los héroes de mis comics de los 60 se compre a 3 euros cincuenta años después.

Benvinguts! Passeu, passeu…

Hay que escribir

Hay que escribir. Del mismo modo que hay que andar, comer o domir, hay que escribir. Aunque cueste; aunque duela. Los seres humanos no somos sino el recuerdo que guardamos de nosotros mismos, del niño, del adolescente o del joven que fuimos y ya nunca más volveremos a ser. Somos lo que pensamos que somos.

A veces me pregunto «¿quién eres?» y me respondo: «soy Pepe»; y me lo respondo porque me acuerdo, porque me sé la respuesta y por eso me inquieta pensar en que quizá un día, como tantos otros, pudiera no recordarla. Por eso escribo cosas, no para que me leas, sino para leerme yo, para sentirme vivo al escribir y para sentirme vivo al leerme; para recordar quién soy si algún día dudo.

Por eso, si quieres sentirte, escucharte y conocerte, hazme caso y escribe. Hay que escribir. Del mismo modo que hay que andar, comer o dormir.

Bitcoin: ¿Inversión o burbuja?

Hace menos de un mes (el 17 de diciembre) escribí un post titulado «Bitcoin a 22.000$»; hoy, apenas 22 días después, el título debiera ser «Bitcoin a 42.000». La reina de las criptomonedas en estos últimos días ha ido ganando diariamente mil dólares hasta casi doblar su valor, este es, sin duda, un fenómeno insólito, aunque no tanto como para que los blockchain believers no insistieran en que esto, tarde o temprano, pasaría.

La subida ha sido tan fuerte que ayer —por fin— el telediario de Televisión Española habló del fenómeno aunque, como siempre, vinculándolo, siquiera fuera sutilmente, a algunos aspectos negativos del mundo de las criptomonedas.

Sea como sea la pregunta ronda en la mente de todos ¿Hasta cuándo durará este rally alcista? ¿Estaremos en presencia de un cambio histórico o de una descomunal burbuja? ¿Qué hay detrás de todo esto del Bitcoin y las criptomonedas?

Vayamos por partes y tratemos de despejar las dudas una por una hasta donde seamos capaces.

Lo que hay detrás del Bitcoin y del resto de criptomonedas no es sino una nueva tecnología llamada blockchain. Esta tecnología, digámoslo groseramente, permite añadir una capa de seguridad a casi cualquier cosa que usted haga; podríamos decir que es como llevar un notario en el bolsillo, salvo que, para algunas cosas, es incluso mejor y más seguro que un notario. Si usted realiza cualquier actividad y la registra en blockchain la misma quedará inalterablemente registrada para siempre y con total garantía. Eso, obviamente, en el mundo de las relaciones humanas, ofrece un horizonte de posibilidades incalculable.

Además esta tecnología se puede implementar de manera descentralizada, es decir, los libros donde se anotan las transacciones no están en poder de una sola persona, ya sea un funcionario o un gobierno, sino que están clonados en miles de ordenadores distribuidos por el mundo (usted, si lo desea, puede hacer funcionar un nodo de bitcoin o ethereum sin demasiadas dificultades) de forma que alterar ese libro es imposible.

Esta tecnología distribuida, en manos de los usuarios y ajena al control de gobiernos y corporaciones, excita la imaginación de muchas personas, exactamente la misma imaginación que, desde el manifiesto cypherpunk, bulle en círculos de personas firmes creyentes en esta tecnología como herramienta de democratización y empoderamiento de la ciudadanía 1.

Ocurre con blockchain y el mundo de las criptomonedas lo mismo que ocurrió con internet en sus primeros años. ¿Recuerda usted cuando le decían que meter su tarjeta de crédito en internet era una insensatez? ¿Recuerda cuando le decían que internet era un mundo de pedófilos y pornografía? ¿Recuerdan cuando le decían que wikipedia era inútil y lo bueno era tener la Enciclopedia Británica?

Bien, ahora que los editores de la Enciclopedia Británica ya no la editan en papel y revistas científicas como Nature llevan a cabo estudios para determinar cuál de las dos es más fiable o qué sesgos presenta cada una2, quizá sea el momento de que repensemos esas estrategias tan a menudo repetidas por quienes ocupan posiciones de poder, ya sea económico, político o de otra especie, en el actual statu quo.

Internet fue soñada como un espacio de libertad donde compartir conocimiento del mismo modo que las criptomonedas fueron concebidas como una herramienta de libertad al margen de gobiernos e instituciones financieras. Las acusaciones que se formularon en los albores de internet y las criptomonedas respecto de ellas son asombrosamente parecidas: nido de delincuentes, drogas, pornografía, lavado de dinero… Es un truco viejísimo: cuando aparece un espacio no controlado por quienes tienen poder se acusa a ese espacio de todo lo imaginable hasta que, por fin, quienes tienen poder lo regulan para tratar de perpetuar el poder que tienen. Es una lección ya sabida pero es una estrategia que funciona y no duden que el mundo de las criptomonedas, como internet, será finalmente regulado.

Si tiene usted unos ahorros piense simplemente que va a pasar con ellos ahora que el banco central europeo está imprimiendo euros o que en los Estados Unidos se están imprimiendo dólares intensivamente.

Cuando se imprimen billetes (una decisión exclusiva de los gobiernos) el dinero que usted tiene pierde valor. Esta es una ley viejísima y es de las pocas leyes indiscutidas en economía. Se llama la teoría cuantitativa del dinero. Ésta sostiene, en su forma más elemental, que, en igualdad de todo lo demás, los precios varían en relación directa con la cantidad de dinero en circulación3.

Es por eso que muchos ahorradores han buscado para su dinero un lugar donde sus ahorros no pierdan valor. Muchos han comprado oro, pero otros, simplemente, han comprado bitcoin. ¿Por qué?

Muchos son los factores que acteditan a Bitcoin como un valor refugio. El primero es que no está en manos de los gobiernos que, por esto, no pueden imprimir (minar) tantos cuantos bitcoins deseen. Bitcoin, por diseño, no es controlable por ningún gobierno y no es regido por ningún otro código que no sea su código informático. Si en los billetes de dólar puede leerse la expresión “In God we trust”, no tengan la menor duda de que en la mente de los bitcoin believers está grabado el motto “In code we trust”.

Por extraño que parezca los ahorradores quieren valores seguros y antes confían sus ahorros a un código informático objetivo o a un metal que los gobiernos. Esto debiera darnos mucho que pensar sobre la calidad de nuestras instituciones políticas.

En segundo lugar un aspecto muy llamativo y que ha atraido a muchos inversores ha sido la “finitud” del Bitcoin. Por definición,por sistema, por código, jamás podraán minarse más de 21 millones de bitcoins (y ya vamos por 18 y medio) de forma que los peligros de gobernantes aficionados a imprimir billetes no exist en esta plataforma que, así definida, se presenta como un reemplazo maravilloso del oro.

La potencialidad de esta nueva tecnología llamada blockchain, mejor representada a mi juicio por plataformas como Ethereum que por el propio Bitcoin, es difícilmente imaginable y su adopción por la sociedad es simplemente cuestión de tiempo. Apostar, pues, por esta tecnología es apostar a caballo ganador, ahora bien, ¿la mera compra de criptomonedas es una forma de apoyar o apostar por esta tecnología?.

Visto todo lo anterior es obvio que no podemos hablar de un único factor que esté empujando a la adopción de esta tecnología por empresas importantes y por un, aun pequeño pero significativo, grupo de particulares. Son muchos los factores que convergen para impulsar el uso de estas tecnologías: desde el meramente utilitario, al especulativo, al financiero o incluso al filosófico-político.

Las razones, pues, para invertir en criptomonedas son tantas y tan variadas que creo que no necesito exponerlas aquí, pueden encontrarlas facilidad en cualquier url especializada; de lo que sí quiero ocuparme hoy es de esa “ventaja” que está de moda en estos días: invirtiendo en Bitcoin se está ganando mucho dinero.

Déjenme que les cuente una historia.

Hace poco me visitó una persona interesada en comprar criptodivisas y me consultó mi opinión.

—¿Por qué quiere usted comprar? (Le pregunté).

—Bueno, están subiendo mucho y temo perderme esta oportunidad de ganar dinero.

Me sentí obligado a leerle unas palabras del famoso economista John Kenneth Galbraith, una de las figuras señeras del siglo XX y, me parecen tan esclarecedoras, que creo que no debo resistirme a reproducirlas aquí:

«La especulación se produce cuando la gente compra bienes, siempre apoyados por algún mito convincente, porque esperan que sus precios subirán. Esta esperanza y la acción resultante sirven para confirmar la expectativa. De hecho, la realidad no es lo que el bien en cuestión —terrenos, productos agrícolas, acciones o compañías de inversión— ganarán en el futuro. Lo que ocurre es que un número suficiente de personas espera que el objeto de la especulación aumentará de precio, y esto atraerá a más gente y hará que se cumplan las esperanzas de aumentos ulteriores. Este fenómeno es de una sencillez extraordinaria, pero sólo puede durar mientras los precios aumenten de veras. Si algo grave interrumpe la elevación de precios, las esperanzas que mantenían el alza se pierden o se debilitan grandemente. Todos los que confiaban en un alza posterior —que son todos menos los crédulos y magníficos optimistas, de los que hay siempre una buena cantidad— tratan de salirse de la operación. Y tanto si el alza anterior fue rápida como si fue lenta, la baja resultante es siempre vertical. De aquí la semejanza con el diente de sierra o con la rompiente de la ola. Y así terminaron la especulación y la consiguiente expansión económica en todos los años de pánico desde 1819 hasta 1929.»

—Bien (le dije) creo que podemos convenir sin molestarnos demasiado en que usted quiere comprar criptomonedas con fines especulativos. Pero no me entienda mal, especular no es un crimen, lo que es insensato es hacerlo más allá de un cierto margen. Recuerde usted que el crack bursátil del 29 se produjo debido a la histérica compra de acciones merced a créditos bancarios garantizados con las propias acciones a comprar con esos créditos y, sin irnos tan lejos, es también eso exactamente lo que ocurrió en España del 2000 al 2007: sobre el mito alimentado por los bancos de que las viviendas jamás bajaban de precio la población solicitó créditos para comprar viviendas que garantizó con la propia vivienda comprada; y, no ya para el natural y razonable objetivo de tener una casa donde vivir, sino que especulando con esa mítica sempiterna subida de precios, se dieron “pases” por particulares y espontáneos del negocio inmobiliario mientras que, a mayor escala, constructores ávidos se dedicaron a la promoción desaforada y vino la especulación, la corrupción y todo eso que usted no necesita que yo le explique porque lo hemos vivido ambos.

Mire —le dije para concluir— yo no tengo por qué decirle dónde debe usted gastarse su dinero pero, por lo que valga, le doy el siguiente consejo: jamás especule a crédito, es la mejor manera de terminar mal.

—¿Bueno, pero cuánto va a durar esta subida?

Al oir su respuesta supe que estaba ante un caso agudo de «FOMO»4 y decidí contestarle con sinceridad:

—Eso no lo sabe nadie.

El hombre no pareció quedar contento y como tengo la mala condición de no ser parco en palabras, me extendí, quizá, hasta donde no debiera haberme extendido lo cual, quizá, no sea bueno para la calidad de mis relaciones humanas pero, en cambio, me sirve para escribir post como este.

—Mire, le dije, si el precio estuviese subiendo a impulsos de personas como usted yo no tendría la menor duda de que estamos en presencia de una burbuja. Tras su decisión de compra no hay maás fundamento que la creencia en que estos valores subirán porque así lo creen otros compradores. Eso es especulación de manual, eso son, con perdón, tulipanes.

Ocurre sin embargo que no es usted ni gente como usted quienes están haciendo subir la cotización del bitcoin, son grandes compañías y conglomerados financieros los que están comprando masivamente, compañías como Grayscale o Microstrategy… Los bitcoins no están en manos de muchos pequeños ahorradores, no, el 95% de los bitcoins se concentra en manos de muy pocas personas y corporaciones.

Claro que eso no obsta a que esta pudiera ser una hiperburbuja propulsada por empresas que especulan. Salvo que…

—¿Salvo qué? (Me dijo, con ansiedad)

—Salvo que a lo que estemos asistiendo sea al crecimiento propio de la curva de adopción de esta nueva tecnología que no finalizaría en bastante tiempo o, mucho más probablemente, a una mezcla de todas las razones y causas que le he contado.

—Pero entonces ¿Inversión o burbuja?

—Pues lo que le dije, nadie lo sabe. Y, como nadie lo sabe, sólo le propongo que haga las cosas con prudencia: entre en este mundo, diviértase, descubra nuevos mundos y nuevas formas de pensar, pero, por lo que valga, recuerde el consejo que le di, emplee siempre lo que le sobre y lo que no necesite. Puede apostar que blockchain será el futuro, pero no debe apostar su futuro y el de su familia al bitcoin. Prudencia, pues.


  1. Curioso resulta que una reivindicación sustancial del «Manifiesto Cypherpunk» de 1993 contuviese una clara demanda de herramientas como las criptomonedas y llama la atención como todos aquellos cipherpunks son, en buena medida, las oersonas que contribuyeron no solo a dar a luz a internet sino a esbozar el nuevo cuadro de valores que deberían informar a la sociedad de la información. Uno de los pasajes del manifiesto decía textualmente: «…an open society requires anonymous transaction systems. Until now, cash has been the primary such system. An anonymous transaction system is not a secret transaction system. An anonymous system empowers individuals to reveal their identity when desired and only when desired; this is the essence of privacy. Privacy in an open society also requires cryptography.»
  2. Britannica
  3. Galbraith, John K. «El dinero: de dónde viene y a dónde va».
  4. Síndrome FOMO