Corrupción política y criptomonedas

Corrupción política y criptomonedas

La moneda nacional turca se llama lira y ha perdido más del 70% (setenta por cien) de su valor en los últimos seis años. El caso de Turquía lo encontramos también en paises como Nigeria, donde su divisa, el Naira, desde que existe como unidad monetaria, se ha ido devaluando constantemente a causa de la inflación galopante que asola al país. El mismo fenómeno ocurre en países que cuentan sus experiencias en el mismo idioma que nosotros, como por ejemplo Argentina, donde el peso, con una inflación anual en 2020 del 31,6% (treinta y uno con seis por ciento), se diluye en los bolsillos de una población que, habitando uno de los países más ricos de la tierra, ha sufrido todo cuanto una nación pueda sufrir, desde dictaduras asesinas a corralitos. En España diríamos que a los argentinos se les fue la riqueza a chorros, aunque los argentinos saben que los chorros son otra cosa, muy a menudo políticis o financieros que viven estupendamente gracias al mango ajeno.

Estos tres ejemplos ilustran muy bien qué puede pasarle a los ahorros de los ciudadanos cuando unos pocos controlan el dinero de una nación; cuando unos desaprensivos controlan las imprentas donde se imprimen estampas a las que llaman dinero, donde un grupo de magnates controlan toda la economía a través de complejas herramientas construidas a base de fondos buitre, de activos y de operaciones que no entiende nadie salvo ellos, al tiempo que los estados protegen ese esquema piramidal al que llamamos sistema financiero dándole un aura de respetabilidad.

Fue por eso que cuando, tras la terrible crisis de 2008, Satoshi Nakamoto publicó su Whitepaper sobre el Bitcoin y lo diseñó de forma que no pudiese estar nunca en manos de los estados o de las corporaciones financieras, eligió el momento preciso para hacerlo.

Para un ciudadano turco, nigeriano o argentino, adquirir bitcoins (o Ethereum o Stablecoins) ha sido hasta ahora tarea fácil y, para quienes se dieron cuenta a tiempo de que esas estampitas de papel a las que llaman dinero no valían nada, el bitcoin fue una forma de preservar sus ahorros frente a los tejemanejes y mangoneos de sus gobernantes.

Con lo que les he dicho estoy seguro de que no les extrañará que, según las encuestas, Turquía lidere el ranking de países cuya población más utiliza el bitcoin y el resto de las criptomonedas, como también estoy seguro de que imaginarán que, en los primeros puestos del ranking, se situan también países como Argentina o Nigeria.

A los gobiernos de estos países pueden ustedes imaginar que no les gusta que sus ciudadanos tengan autonomía financiera y no estén presos de su sistema monetario o bancario y por eso, países como Turquía han prohibido, por ejemplo, pagar con PayPal y ahora se proponen prohibir el pago con bitcoins.

Imagínense un ciudadano con bitcoins a quien el gobierno de su cleptocracia quiera expropiar o embargar su dinero y este —el gobierno— se dé cuenta de que no puede hacerlo, que embargar criptomonedas es algo que no está a su alcance. ¿Cómo va a permitir un cleptogobierno que la población tenga herramientas que impidan que se la pueda depredar? y es entonces cuando en las mentes de los políticos aparecen ideas legislativas que, permítanme que me sintonice en argentino, tratan de dejar el país para los chorros del oro. Creo que aunque sean españoles me entenderán.

Lo que ocurre es que no es tan fácil para estos gobiernos controlar el invento de Satoshi: simplemente no pueden. Los ciudadanos pueden transferirse entre sí las criptos —solo necesitan un teléfono móvil y eso sí que no falta en ningún lado— y el gobierno nada puede hacer. El gobierno tampoco puede quitarles ni embargarles las criptos, salvo que torturen y obliguen a los ciudadanos a revelar una contraseña que seguramente ni ellos mismos recuerdan.

En Nigeria intentaron cerrar el acceso por internet a las casas de cambio (exchanges) donde adquirir bitcoins pero eso solo dio lugar a que se estableciese un mercado negro donde el bitcoin, en aquellos momentos a uno 50.000$, alcanzase en Nigeria cotizaciones astronómicas de casi 100.000$ (cien mil dólares).

Gracias a las criptomonedas un ciudano turco, argentino o nigeriano, puede guardar su dinero no solo en bitcoins, sino en dólares o euros, pues las llamadas “stablecoins” les garantizan que sus ahorros estarán respaldados en dólares o euros, y no sufrirán de los tejemanejes y componendas de quienes imprimen los cromos nacionales.

Es por eso que hay países como Canadá donde cada día se abre un nuevo fondo cotizado en bolsa (ETF) donde exponer el dinero de las empresas a las criptomonedas, donde se regulan estos activos y donde se entiende que, en ellos y bajo ellos, hay una tecnología de seguridad que está establecida en favor de la ciudadanía y como freno al control centralizado del dinero por las oligarquías de siempre. Es por eso que hay países como Estados Unidos donde, al frente de la SEC, no se coloca a un economista, sino a un experto del MIT en criptografía y criptomonedas, y es por eso que hay países como Turquía, donde el partido en el gobierno, el dueño de la impresora de los cromos, trata de contener la marea de los bitcoiners y la oposición política a su gobierno, se opone férreamente a esas limitaciones.

Es la pelea de siempre entre quienes tienen poder, dinero o riqueza y quieren conservarlo y quienes tratan de ganarse el futuro sin que se lo roben de antemano los primeros.

Es la vieja lucha entre el ser y el deber ser, entre la libertad y el interés, entre la centralización y la descentralización

Del mismo Reus

Del mismo Reus

En mi libro de lectura de 4⁰ de primaria descubrí muchas cosas. Descubrí, por ejemplo, que un texto no era solo un conjunto de palabras que memorizar o estudiar —como hacía con “El Parvulito” o la “Primera Enciclopedia” de Álvarez— sino que podía ser algo divertido, algo que me hiciera reir a carcajadas o emocionarme. En ese libro de lecturas (“Selección” se llamaba) aprendí a describir interiores con Blasco Ibáñez, exteriores con Pereda, situaciones con Armando Palacio Valdés o caracteres con Ramón Pérez de Ayala. Trozos de La Barraca, Peñas Arriba, La Hermana San Sulpicio o Trigre Juan formaban parte del libro junto con muchas más.

Cierta tarde que leí en clase, por primera vez, un diálogo entre una señora, su marido y el dependiente de una camisería me dí cuenta de lo divertido que era y volví a casa contando los minutos para leerles a mis padres ese mismo fragmento esperando verles desternillarse de risa al leérselo yo.

En ese libro también aprendí que hay idiomas que no son el castellano y en los que las palabras no se pronuncian como se escriben, sino de forma distinta. La acción de aquel fragmento transcurría en un tren donde un viajero catalán, un tal Puig, se encontraba con un paisano de Reus (“del mismo Reus”, decía Puig) con quien compartía butifarra y ojén.

Ese día me tocaba a mí leer en voz alta y, con todo mi vozarrón de nieto de un torpedista sordo, al llegar al nombre del viajero leí con toda claridad y decisión “Puig”, así como suena.

La señorita Ursulina (así se llamaba la pobre mujer que nos desasnaba) me detuvo y me corrigió: «ese nombre se lee “Puch”, es catalán». Memoricé el asunto y seguí leyendo pero, desde entonces, en mi subconsciente el colmo de la catalanidad es llamarse Puig y ser vecino de Reus. A mí, en aquella época, Reus me parecía un lugar situado casi en los Pirineros, al norte, muy al norte, y lleno de butifarras y embutidos… Hasta que, para mi fortuna, supe que Reus está al sur de Cataluña y que de lo que está lleno es de vermú y avellanas.

Hoy, mientras se cuece la coliflor y la lavadora acaba de centrifugar, me acuerdo de los muchos amigos y amigas que tengo en Reus y, naturalmente, me estoy apretando un vermú del mismo Reus.

Como el señor Puig.

Memoria de monos y cultura humana

El otro día, hablando de la incultura del pulpo, les dije que los chimpancés eran superiores mentalmente a los humanos en muchos aspectos ybque, si alguien lo dudaba, que me lo dijera. Ninguno de mis seguidores lo puso en duda, lo que demuestra que, o bien tienen mucha fe en lo que les cuento, o bien no me hacen ni puñetero caso, o bien —como yo creo— mis lectores pertenecen al grupo de los “homo” (y mulieribus) bastante más “sapiens” que el resto.

Como, de todas formas, creo que alguno de ellos no quedó convencido de lo que le dije hoy, si me lo permiten, haremos un experimento y les pondré a competir contra un chimpancé. Si pierden no se acongojen, yo he perdido todas las partidas y mi moral no ha bajado lo más mínimo.

El juego es el siguiente: un ordenador les mostratrá en la pantalla números del 1 al 9, ustedes deben memorizarlos y luego ir tocando con el dedo los números del 1 al 9, pero cuidado, en cuanto toquen el 1 el resto de los números se convertiran en cuadrados blancos, de forma que deben ustedes memorizar su posición antes de comenzar el juego.

Ahora échense unas partiditas con este chimpancé y decidan quien es mejor a este juego y si, en este punto ellos o nosotros somos los más “sapiens”.

Mañana volveremos a hablar de pulpos, chimpancés, inteligencia y cultura.

De bandos y banderas

Veo llenarse mi TL de banderas bicolores, tricolores y hasta crucíferas que conmemoran, cada una según la ideología del propietario de su muro, el aniversario de la proclamación de la II República Española.

A mí, si me lo permiten, les diré que todo este detalle de las banderas me importa poco. Me explicaré.

Nunca he comprado el jamón por la etiqueta ni el vino por la marca, sino por el sabor; del mismo modo que jamás he juzgado a las personas por sus vestidos o su nombre, sino por sus hechos.

España es una cosa y las múltiples banderas con que se la ha representado es otra y debo aclarar que ninguna de estas banderas me molesta y a todas guardo un profundo respeto.

La Cruz de Borgoña

La primera «bandera de España» a que me gustaría referirme es la que luce como elemento principal la llamada «Cruz de Borgoña». Esta bandera había sido usada tradicionalmente por la Casa de Borgoña a modo de distintivo, y con la llegada de Felipe «el Hermoso», casado con Juana «La Loca», arribó a la península a principios del siglo XVI. La Cruz de Borgoña o Aspa de Borgoña es una representación de la Cruz de San Andrés en la que los troncos que forman la cruz aparecen con sus nudos en los lugares donde se cortaron las ramas.

Esta es la bandera que se asocia naturalmente al imperio español y fue también la bandera que utilizaron los Tercios de Flandes. Si ustedes se acercan al Museo del Prado y contemplan el cuadro de «Las Lanzas», podrán saber cuáles son los soldados españoles porque estos llevan una bandera con la Cruz de Borgoña sobre un fondo ajedrezado azul celeste y blanco: la bandera del Tercio de Ambrosio de Spínola que, por razones que no alcanzo a comprender, aparece a menudo en la red como bandera del «Tercio Viejo de Cartagena», unidad que, hasta donde yo sé, sólo aparece en las novelas de Pérez Reverte.

Esta bandera de la Cruz de Borgoña es, probablemente, la que durante más años ha representado a España y aún lo sigue haciendo en numerosos lugares del mundo, singularmente en la América Hispana. Observen por ejemplo la fotografía anterior en donde podemos verla compartiendo lugar de honor junto con las banderas de Puerto Rico y los Estados Unidos.

Usualmente llamada «Spanish Military Flag» ondea sobre los fuertes de Puerto Rico y es usada también, por sólo citar un ejemplo, en la ceremonia del «Cañonazo de las Nueve» en los fuertes de La Habana.

Esta bandera, que jugó un papel protagonista durante buena parte de nuestra historia, es también parte de la historia de otros países; y no sólo de la América Hispana, sino también de los Estados Unidos. Con ella —o bajo ella— las tropas españolas apoyaron la causa de los colonos de los Estados Unidos en su guerra de independencia de Inglaterra.

Como consecuencia de la presencia española en América del Norte se admite generalmente que las banderas de algunos estados (Alabama, Florida…) fundan su diseño en la bandera española de la Cruz de Borgoña e incluso algunos otros —si bien con menos consenso— quieren ver en ella la inspiración de la Bandera del Ejército Confederado durante la Guerra de Secesión estadounidense.

No creo que, con lo que le he narrado hasta aquí, le parezca a usted «poco española» esta bandera bajo la que se construyó un imperio ni que, si es usted un español acendrado, le produjese urticaria si la viese en alguna camiseta deportiva. No lo creo ¿verdad?. Quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo ella eran tan españoles —o más— que usted. No le quepa la menor duda.

¿Por qué dejó de usarse como bandera de España? Bueno… la maldita política. Cuando llegaron los borbones a España sintieron que era una bandera demasiado austracista y, tras la Guerra de Sucesión, comenzaron la tarea de cambiarla por una bandera blanca (el blanco era el color de los borbones) con el escudo de armas del rey en medio. No lo lograron pero fue con esta bandera blanca con el escudo real en medio con la que un españolazo de Pasajes, Don Blas de Lezo Olavarrieta, infligió a los ingleses la derrota más humillante de su historia en los muros de Cartagena de Indias.

Luego vinieron las carlistadas… se asume tradicionalmente (aunque de forma eerónea) que los partidarios de Don Carlos usaron la Cruz de Borgoña como distintivo se sus tropas (cosa normal, usaban la bandera «de España») mientras que los partidarios de su sobrina, Isabel II, usaron más de la rojigualda que había ganado mucha popularidad a partir de 1808. Finalmente, en 1843, Isabel II instituyó la rojigualda como bandera oficial de España y desde entonces la vieja bandera española con la cruz de Borgoña quedó indisolublemente unida a la causa carlista, asimilación que aumentó con la guerra civil española 1936-1939, pues era la bandera oficial de la Comunión Tradicionalista y era la que habitualmente portaban los batallones de «requetés». Durante el franquismo nuestra vieja bandera imperial fue instituida como una de las banderas oficiales del régimen de Franco junto con las de España y la rojinegra de la Falange.

Pero insisto: ¿le parece a usted «poco española» esta bandera? ¿Cree que eran menos españoles que usted quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo ella?. Espero que no. Si algún día aparece en alguna zamarra deportiva espero que no le provoque a usted ansiedades o iras innecesarias la aparición de esta bandera que ha representado oficialmente a España durante tres siglos y medio (la actual apenas lleva siglo y medio) y aún la sigue representando oficiosamente en muchos lugares de América

La rojigualda

El actual diseño de la bandera de España es producto de un concurso organizado por Carlos III para dotar de una nueva enseña a la Armada Real. Dado que el blanco era el color de los borbones muchas naciones enarbolaban banderas blancas en el mar y no eran infrecuentes los equívocos que daban lugar a trágicas consecuencias.

Harto de esta situación Carlos III decidió encargar diseños de banderas que en la mar se distinguiesen perfectamente en la lejanía y los que resultaron finalistas fueron los que pueden ver en una de las imágenes que acompañan a este post: cualquiera de ellos podría ser la actual bandera de España.

Finalmente Carlos III eligió el primer diseño para la marina de guerra (aunque amplió al doble la franja central para compensar) y el tercer diseño para los barcos de la marina mercante. Las franjas horizontales eran visibles incluso en el caso de que la bandera flamease y los colores rojo y amarillo destacaban perfectamente sobre el azul del mar. El origen de la bandera actual de España, pues, nada tiene que ver con la bandera de la Corona de Aragón, aunque, ciertamente, sus colores son virtualmente idénticos.

Esta bandera ondeó primeramente en los barcos de la Armada, posteriormente en sus acuartelamientos e instalaciones de tierra, durante la Guerra de la Independencia fue muy popular entre los liberales y era la preferida por las unidades de la Milicia Nacional… en suma, esta bandera se asimiló a lo «liberal y progresista» mientras que la de la Cruz de Borgoña se asimiló a los valores conservadores y absolutistas propios del carlismo. Enfrentadas ambas concepciones en aquellas lamentables guerras civiles entre los partidarios del tío o de la sobrina finalmente se impuso la sobrina y la rojigualda frente a su tío y la Cruz de Borgoña. Cosas del destino.

Supongo que nadie me discutirá que el liberalote de Granátula Don Baldomero Espartero era tan español como el carlistón de Ormáiztegui Don Tomás de Zumalacárregui. Ellos mismos, si se definían como algo, era como españoles auténticos. No creo que nadie pueda afirmar que quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo la rojigualda sean o hayan sido menos españoles que quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo la de la Cruz de Borgoña.

El diseño para la Armada de Carlos III, con Isabel II, pasaría a ser bandera de España y, salvo durante la II República, ya no cambiaría jamás pues incluso la Primera República —y hasta los cantonales— usaron la rojigualda. Tan sólo el escudo ha variado, pero eso lo veremos otro día.

La bandera de la II República Española.

Los constituyentes de la II República Española estimaron que el diseño de la bandera de Carlos III olvidaba a una región «nervio de España» según sus propias palabras: Castilla. Es por eso que decidieron añadir a los dos colores «aragoneses» (ya sabemos que no es así en realidad) el morado «representativo» de Castilla, dando lugar a la bandera tricolor republicana. Bajo ella combatieron, trabajaron y vivieron hombres y mujeres tan españoles y españolas como usted y en muchos casos probablemente más que usted. No sé por qué produce irritación esta bandera de España ni por qué unos la exhiben para provocar el enfado de otros que tampoco entiendo bien por qué se enfadan. Permítanme que —obviando la guerra civil que enfrentó a españoles independientemente de la bandera bajo la que peleasen— les cuente una historia.

Agosto de 1944. Hitler había ordenado destruir París (¿Arde París?) a Von Choltitz, el jefe de la guarnición alemana, a la vista de que las tropas aliadas se aproximaban. Lo que no sabía es que Eisenhower, jefe supremo aliado, no quería tomar París: alimentar a ocho millones de habitantes era un problema que quería dejar en manos alemanas. Sin embargo, para De Gaulle, jefe de las fuerzas francesas, era cuestión de honor hacerlo y por eso ordenó al General Leclerc liberar a todo trance París quien, a su vez, ordenó a una de sus mejores unidades que lo hiciera. Y lo hicieron.

Los hombres de la 9ª compañía blindada del Regimiento de Marcha del Tchad, tras batirse el cobre con numerosas unidades alemanas en días anteriores, el 24 de agosto de 1944 irrumpieron en París a bordo de sus «half-tracks».

No sin sufrir bajas los blindados «Madrid», «Jarama», «Ebro», «Teruel», «Guernica», «Belchite», «Guadalajara», «Brunete» y «Don Quijote» alcanzaron el ayuntamiento de París. El primer blindado que llegó a la plaza del ayuntamiento de París fue el “Guadalajara”, con tripulación exclusivamente extremeña. Los primeros disparos que las fuerzas aliadas efectuaron se hicieron, efectivamente, desde el blindado “Ebro”, mandado por el capitán canario Campos y conducido por el catalán Bullosa. En las cercanías del Arco del Triunfo patrullaban Alfredo Piñero y Francisco Izquierdo, que se quedó mudo cuando una muchacha, tras los besos de rigor exclamó: «¡Eres el primer soldado francés al que beso!», a lo que éste contestó «somos rojos españoles, mademoiselle» y, en efecto, así era: ellos eran lo que quedaba del ejército republicano que había perdido la guerra cinco años antes.

La epopeya de estos hombres perseguidos en España por el régimen de Franco y perseguidos en toda Europa por el régimen nazi, pero que acabaron siendo quienes liberaron París, aún espera que alguien la narre como merece. Eran republicanos, peleaban bajo la bandera republicana y fue con esa bandera con la que entraron en París. Y eran españoles, tan españoles o más que usted y que yo.

Más de 70 años después de aquellos hechos el «Regimiento de Marcha del Tchad» sigue formando cada mes de agosto frente al ayuntamiento de París enarbolando la bandera de aquella 9ª Compañía Blindada de republicanos españoles. Puede verlo en la foto en la foto de abajo.

Sí, la bandera de la República Española aún ondea en actos oficiales y a mí me enorgullece —sí, me enorgullece— tanto como ver la Cruz de Borgoña ondeando en los fuertes de Puerto Rico o la rojigualda en las Cortes de España.

Y ahora si a usted le sigue pareciendo que quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo la bandera tricolor republicana eran peores españoles que usted y siente urticaria al ver esa bandera en una camiseta quizá tenga usted que revisar sus convicciones. O quizá es que yo carezca de sensibilidad para estas cosas.

Miren, con la Cruz de Borgoña, con la rojigualda, con la tricolor, este país se llama España y son españoles y españolas quienes viven en él independientemente de la bandera o etiqueta que luzca el país en cada momento. Dejemos de usar las banderas para formar banderías y asumamos nuestra historia y que, los responsables de la misma, somos los españoles. Cualquiera que sea la bandera.

El último defensor de Masadá

El último defensor de Masadá

El jovencito que ven en la foto se llama Matusalén, tiene unos 2000 años de edad y pertenece a una especie de palmeras extinguida hace quinientos años: la palmera de Judea.

Como bien saben en Elche la palmera puede ser la base de todo un sistema económico y la palmera de Judea era fundamental para la subsistencia de los cananeos en la época de Cristo; fue precisamente por ello por lo que los romanos se dedicaron a exterminarla minuciosamente a fin de sofocar las innumerables revueltas judías.

El último bastión judío en ser aniquilado, como todos ustedes saben, fue Masadá (¿por qué no repondrán esa maginifica serie de TV?), una fortaleza situada en una altísima meseta virtualmente inexpugnable para cuya toma, el ejército romano, hubo de construir una rampa de 100 metros de longitud que salvase un desnivel de otros 100 metros (para Jorge Campanillas un paseito en bici) por donde asaltar la fortaleza.

Tras siete meses de asedio los defensores de Masadá se suicidaron y los romanos tomaron la fortaleza cuando nada vivo quedaba allí.

¿Nada? No. Como en los viejos comics de Asterix un ser vivo judío todavía resistía al invasor: dentro de una jarra algún defensor de Masadá había guardado para el futuro unas semillas de Palmera de Judea.

En 1963 un arqueólogo —Yigael Yadin— encontró la jarra y archivó las semillas (¿cómo iban a sobrevivir 2000 años unas semillas?) hasta que, en 2005, Elaine Solowei, una botánica con más fe en la vida que Yigael, decidió plantar unas cuantas. Y, para sorpresa de todos, aquellas semillas de 2000 años, las últimas resistentes del asedio de Masadá, germinaron y de ellas nació la palmera que ven en la foto: un jovencito —era una palmera macho— al que llamaron, claro está, Matusalén.

El problema fue que Matusalén no tenía compañera y, como todo el mundo sabe, en el asunto de la reproducción un hombre solo no es capaz de hacer nada a derechas; pero, sucesivas excavaciones en Qumrán y otros lugares, trajeron a la luz nuevas semillas, varias de las cuales resultaron ser de hembras y el milagro se hizo: hoy la palmera de Judea vuelve a vivir tras haber resistido el asedio de Masadá durante más de 2000 años.

Sabemos de formas de vida capaces de viajar en meteoritos soportando las terribles condiciones del espacio exterior, conocemos pequeñas formas de vida, como los tardígrados, capaces de resistir condiciones inimaginables, y por eso, a mí, la noticia de estas semillas resistiendo milenios a un designio destructor me resulta muy inspiradora.

Tengo la intuición de que la vida es un fenómeno común en el universo y que, aunque las tremendas distancias existentes nos impidan contactar con formas de vida complejas, algún día nos encontraremos con algún tipo de forma de vida —por primitiva y simple que sea— en un entorno más o menos cercano. La ley de la evolución es implacable y sospecho que ningún ser vivo se habría adaptado a resistir viajes espaciales si tal entorno no le hubiese sido común en algún momento. Estas semillas de palmera, la última resistente de Masadá, nos cuentan con su vuelta a la vida que esta es mucho más resistente de lo que podemos llegar a pensar y que, cuando los seres humanos ya no existan, igual todavía Matusalén y sus compañeras siguen dando dátiles.

El Yuan que se nos viene

El Yuan que se nos viene

Leo, desde hace ya tiempo, con horror que China está a punto de lanzar su moneda digital de banco central (CBDC son sus siglas en inglés) y me invaden oscuros pensamientos pues el Yuan Digital (así se llama esa moneda) puede convertirse en una de las más odiosas herramientas totalitarias de que pueda disponer un estado dictatorial. Imagine usted un mundo donde, hasta la última de sus monedas esté controlada por el gobierno, donde este pueda decidir cuánto valen sus monedas, pueda expropiárselas, transferirlas sin su consentimiento o cobrarse directamente impuestos contra su voluntad. El estado, además, sabrá en qué gasta usted hasta el último céntimo y puede dejarle sin capacidad de gasto en determinadas mercaderías a su antojo.

Si el estado controla el dinero, si los pagos anónimos no son posibles, habremos instaurado una nueva forma de dictadura, dictadura contra la cual se crearon las monedas digitales pero que, como siempre, crearon una nueva tecnología que, pensada para la libertad y la democracia, los estados pueden usar con finalidades totalitarias y de control.

China y su Yuan Digital están ya en la rampa de lanzamiento mientras Europa y USA marchan con notable retraso. Si estas dos últimas potencias copian el modelo chino la democracia y la libertad estarán en peligro en todo el mundo; si, por el contrario, entienden la filosofía descentralizadora y democrática que anima las criptomonedas, fundadas en tecnologías de libro mayor distribuido y descentralización, la humanidad puede experimentar un salto cuántico en términos de libertad, democracia y eficacia económica.

Yo sé que esto que escribo a muchos les sonará a chino (como el Yuan), que otros me repetirán viejos sonsonetes, pero créanme si les digo que en este momento no se trata de hablar de si criptomonedas sí o no, porque criptomonedas va a haber, aunque solo sea el Yuan Chino, se trata de saber cómo queremos que funcionen esas criptomonedas.

Nos jugamos la libertad en ello.

Los pulpos mueren por incultos

Los pulpos mueren por incultos

El pulpo, señoras y señores, es uno de los animales más inteligentes de la biosfera y así lo acreditan infinidad de experimentos realizados por zoólogos de todo el mundo. El pulpo, por sí solo, es capaz de resolver problemas, abrir puertas, salir de laberintos, abandonar el agua y salir al exterior si es preciso… En fin, que el pulpo podría ocupar sin problemas un escaño en el Parlamento Español si ser diputado dependiese, en exclusiva, de la inteligencia.

Pero entonces —me preguntarán— ¿como es que siendo tan listo ese pulpo ha acabado aliñado en tu plato esta noche?

—Por inculto, debo responderles.

El problema del pulpo (como el de muchos prebostillos nacionales) es la incultura. Un pulpo a lo largo de su vida puede aprender muchas cosas pero todo lo que aprende muere con él. El pulpo (o la pulpa) ponen sus huevos y los abandonan a su suerte, los pulpillos que eclosionan no tienen madre que, zapatilla en mano, les oriente y les haga entrar en la mollera todo lo que deben aprender. Cada uno de los recien nacidos pulpos, como Sísifo, debe empujar de nuevo su piedra hacia la cumbre.

El secreto de los mamíferos en general y del ser humano en particular es que, a los conocimientos instintivos de que les dota la naturaleza, añaden los que les transmiten principaente sus madres, seres con quienes conviven durante toda su infancia. En el caso de los humanos una infancia larguísima ha favorecido la transmisión cultural de madres a crías.

El mono humano no es tan listo como creen, cualquier chimpancé nos gana en la tarea de memorizar números —si no me creen pónganme un comentario y les devolveré algún video que les dejará estupefactos— pero hemos evolucionado de tal forma que, más que homo sapiens, somos homo culturalis y hemos hecho de la cultura nuestra arma definitiva para evolucionar. Lo que un hombre aprende pronto lo aprende toda la humanidad y se aprovecha de ello aunque no lo entienda.

Antes esta herramienta evolutiva —la cultura— estaba en manos de las familias pero, poco a poco y según avanzaban las tecnologías de la información, la cultura familiar se amplió a la contenida en manuscritos, libros, soportes externos de información como discos y películas, programas de ordenador, videojuegos… Y ahora las familias comparten con Disney, Fornite, Marvel o Netflix el equipamiento cultural de nuestros hijos e hijas.

Y ¿Eso es bueno o malo?

Ni bueno ni malo, sólo es peligroso, porque abdicar de la función cultural de la familia es dejar la evolución de tus hijos en manos de entidades que no se mueven por el bien de ellos, sino única y exclusivamente por el ánimo de lucro y, lo que es peor, les dejarás a estas entidades definir el futuro en el que tus hijos e hijas vivirán.

No, no puedes abandonar, como los pulpos, el cuidado de la cultura de tus crías a su suerte porque, si así lo haces, algún día los niños así criados acabarán sirviendo de cena de algún plutócrata desaprensivo.

Por incultos. Como este pulpo.

El combate de El Caney

El combate de El Caney

He visto que Pérez Reverte ha escrito esta semana un artículo sobre el combate de las Lomas de San Juan en la guerra hispano-norteamericana de 1898 pero he preferido no leerlo. No porque no me gusten los artículos de mi paisano sino porque yo, desde hace tiempo, he preferido guardar en mi memoria la descripción que, de una parte pequeña de dicho combate, hace un observador no español, un testigo presencial de los hechos, el Capitán Wester, agregado militar a la Legación Sueca y Noruega, observador privilegiado del combate ocurrido en El Caney y que lo narra de esta forma que ahora verán. Les ahorro sus comentarios estratégicos, las descripciones geográficas (les acompaño un plano de situación de las fuerzas en torno a Santiago aquel día) y paso a dejarle la pluma justo al principio de la acción. Lo que sigue son todas palabras de este observador neutral:

«El 1º de julio la división Lawton comienza su avance hacia El Caney; la confianza reina en el campo americano donde el único temor consiste en que el enemigo escape sin combatir; pero en El Caney, como se verá, están muy lejos de pensar así.

Las casas del pueblo han sido aspilleradas, se han abierto trincheras en un terreno pedregoso y el fuego de unas y otras es rasante sobre un espacio de entre 600 y 1.200 metros; en la punta nordeste de la posición, el fuerte de El Viso, guarnecido por una compañía, ocupa una colina desde la cual se dominan todos los aproches.

Los americanos se proponían envolver la posición española, para lo cual la Brigada Chaffee se dirigió desde el noroeste hasta El Viso, la de Ludlow, desde el suroeste hacia la desembocadura del camino que une El Caney con Santiago, mientras que una batería se colocó al este del pueblo y la Brigada Miles ocupa al sur Ducoureau, formando el ala izquierda.

Hacia las seis de la mañana comenzó el fuego de las trincheras españolas; de improviso se descubre sobre ellas una linea de sombreros de paja; inmediatamente el ruido de una descarga, seguido de la desaparición de los sombreros; esta operación se repite cada minuto, observándose una gran regularidad y acción de una voluntad firme, lo que no deja de producir una fuerte impresión en la linea de exploradores americanos. Las balas cruzan el aire, rasando el suelo, hiriendo y matando.

Poco tiempo después toda la Brigada Chafee se encontró desplegada, pero sin poder avanzar un paso y la de Ludlow también se vio detenida.

Mientras el fuego de la infantería aumenta progresivamente, la batería americana comienza a disparar. Como los españoles no cuentan en El Caney con un sólo cañón, el fuego puede hacerse con la misma tranquilidad que en un campo de maniobras: las piezas pueden hacer daño sin peligro alguno de recibirlo.

A los pocos momentos las granadas estallan por encima de las trincheras, alcanzaban las casas del pueblo y perforaban los muros de El Viso, proyectando los shrapnels su lluvia de plomo sobre la posición; mas, a pesar de todo, el fuego español se observa con igual continuidad e igual violencia.

Delante de El Viso se descubría un oficial paseándose tranquilamente a lo largo de las trincheras: fácil es comprender que el objeto de este peligroso viaje en medio de los proyectiles de que el campo está cruzado no es otro sino animar con el ejemplo a los bravos defensores: se le vio, de cuando en cuando, agitar su sombrero y se escuchaban aclamaciones. ¡Ah sí!, ¡Viva España!, ¡Viva el pueblo que cuenta con tales hombres!.

Las masas de infantería americana se echaban y apretaba contra el suelo hasta el punto de parecer clavadas a él, no pudiendo pensar en moverse a causa de las descargas que la pequeña fuerza española les enviaba a cada instante. Se hizo preciso pedir socorros y hacia la una avanzó Miles desde Doucoreau, entrando en linea a la derecha de Ludlow, y hacia las tres la cabeza de la brigada de reserva se desplegaba a la derecha de Chafee; pero en lo alto de las trincheras el chisporroteo de los Mausers se escuchaba siempre.

Por fin a las tres treinta y seis minutos la brigada de Chafee se lanza al ataque contra El Viso; pero queda al principio detenida al pie de la colina y no invade el fuerte sino después de un segundo y violento empuje. Los españoles ceden lentamente el terreno demostrando con su tenacidad en defenderse lo que muchos militares de autoridad no han querido nunca admitir: que una buena infantería puede sostenerse largo tiempo bajo el fuego rápido de las armas de repetición. ¡El último soldado americano cayó a apenas 22 pasos de las trincheras!.

Aunque la clave de la posición estaba conquistada, la faena continuaba. Yo seguí, con el corazón oprimido por la emoción, todas las peripecias de esta furiosa defensa y este brusco ataque.

(…)

Durante cerca de diez horas 500 bravos soldados resistieron unidos y como encadenados sin ceder un palmo de terreno a otros 6.500 provistos de una batería y les impidieron tomar parte en el principal combate contra las alturas del monte San Juan.»

Creo que, tras este relato, sabrán exactamente cómo se portó la pequeña tropa que defendía El Caney y el General que les mandaba. Ahora quizá sea bueno que sepan algunas cosas más:

Cuando los 6.500 americanos pudieron alcanzar la posición defendida por la pequeña fuerza española encontraron allí el cadáver del hombre que se paseaba sobre las trincheras ofreciendo el cuerpo al fuego enemigo y animando a sus tropas. Vara del Rey murió allí, al lado de sus hombres, cumpliendo con su deber.

El General fue enterrado por los norteamericanos con todos los honores militares para, posteriormente, repatriar su cadáver a España.

¿Cómo vieron esto los norteamericanos? Pues… Le dejo la pluma a un militar norteamericano que lo explicará mejor que yo o que Pérez Reverte. Veámoslo.

“…El valor de los españoles es magnífico. Mientras las granadas estallaban sobre la aldea o explotaban contra el fuerte de piedra, mientras la granizada de plomo barría las trincheras buscando cada aspillera, cada grieta, cada esquina, los soldados de ese incomparable Vara de Rey, tranquila y deliberadamente, continuaron durante horas alzándose en sus trincheras y arrojando descarga tras descarga contra los atacantes americanos. Su número decrecía y decrecía, sus trincheras estaban llenas de muertos y heridos, pero, con una determinación y un valor más allá de todo elogio, resistieron los ataques y, durante 8 horas, mantuvieron a raya a más de 10 veces su número, de unas tropas americanas tan valientes como nunca recorrieron un campo de batalla…”

Por eso no quiero que nadie me cuente este combate ni cómo cumplieron estos españoles con su deber porque, cada vez que me acuerdo, pienso en los miserables que se vacunan antes que aquellos que están en primera linea, me acuerdo de los ministros que piden esfuerzos y confinamientos mientras asisten a cenas de gala o hablan de que nos apretemos el cinturon con las babas oliendo a whisky.

Es porque tuve la suerte de leer los escritos del agregado sueco y noruego por lo que no quiero que nadie me cuente nada porque es inevitable que sienta poco después que se me revuelven las tripas.

¿Cómo murió Judas?

¿Cómo murió Judas?

Me preocupan quienes, dejando de lado su propia capacidad de razonar, se adhieren acríticamente a lo escrito en un papel, llámesele a este papel ley, contrato o incluso palabra de Dios.

Esta adhesión acrítica a la literalidad de lo escrito es causa de fundamentalismos que, si algunas veces pueden resultar graciosos como el Flanders de los Simpsons, la mayoría de las veces son fuente de todo tipo de desgracias cuando no de salvajes crímenes. Sea cual sea su fe, e incluso aunque su fe sea no tener fe, no dimitan nunca de su capacidar de juzgar críticamente lo que leen o lo que se les dice, ya sea esto un manual de instrucciones de Ikea, la Constitución Española, el Corán, la Torá o los Evangelios.

Aceptar que lo escrito en los Evangelios, por ejemplo, son verdades que han de interpretarse literalmente puede conducirles a callejones sin salida y, como estamos en Semana Santa y hoy se estaba fraguando hace 1988 años la traición que Judas cometería mañana, pongamos un ejemplo de esto que les digo y permítanme que les pregunte:

¿Cómo murió Judas?

Estoy seguro que la mayoría de ustedes me dirán que se ahorcó pero, si me lo permiten, repasemos lo que nos dicen los evangelios al respecto.

El Evangelio de Mateo narra la muerte de Judas de esta forma en su capítulo 27.

«Entonces Judas, el que le había entregado, viendo que era condenado, devolvió arrepentido las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos,

4 diciendo: Yo he pecado entregando sangre inocente. Mas ellos dijeron: ¿Qué nos importa a nosotros? !!Allá tú!

5 Y arrojando las piezas de plata en el templo, salió, y fue y se ahorcó.»

Esta versión, quizá la más popular, la de Judas el suicida desesperado, es contradicha por esa prolongación del Evangelio de Lucas que son los Hechos de los Apóstoles, el cual, en su capítulo 1, nos cuenta el suceso de forma bien diferente:

«Este, pues, con el salario de su iniquidad adquirió un campo, y cayendo de cabeza, se reventó por la mitad, y todas sus entrañas se derramaron.

19 Y fue notorio a todos los habitantes de Jerusalén, de tal manera que aquel campo se llama en su propia lengua, Acéldama, que quiere decir, Campo de sangre».

Y ahora permítanme que les vuelva a preguntar: ¿Cómo murió Judas? ¿Se compró un campo o devolvió las monedas? ¿Se ahorcó o cayó de cabeza y reventó?

Relatos contradictorios como estos los hay en la Biblia a decenas y, si esto pasa en la llamada «Palabra de Dios» ¿Qué no pasará en los textos que escriben los hombres por mucho que estén publicados en el BOE o que se les rodee de un halo de sacralidad?

Sean cuales sean sus creencias no abdiquen de su capacidad de pensar y piensen que si su dios les creó inteligentes es porque, con toda seguridad, les quería así.

Es más fácil obedecer que tomar decisiones pero nadie nos dijo que vivir fuese fácil. Elijan la senda estrecha y piensen.

Fondillón

Fondillón

Existen vinos marineros y de tierra adentro. Muchos pensarán que esta división la establecieron los ingleses en los siglos XVII y XVIII, pero lo cierto es que, si alguien es responsable de ella, fuimos los españoles en el siglo XV.

Las ordenanzas de la Flota de Indias eran taxativas en cuanto al consumo de los vinos se refiere: los primeros en ser consumidos debían ser los vinos jóvenes, en su mayoría blancos gallegos y los últimos los jereces pues, debido a su mayor graduación alcohólica y particular proceso de vinificación, eran los últimos en estropearse. Pero no sólo los jereces, pues se producían otros vinos en España muy capaces de soportar largas singladuras, como este del que estoy disfrutando hoy.

Cuando se habla de vinos españoles la mayor parte de la población piensa en la Rioja, en la Ribera del Duero o incluso en Jerez, pero, nadie o casi nadie, piensa en Alicante y, sin embargo, es en Alicante donde nace esta maravilla que saboreo hoy.

Este vino milagroso tiene un remoto origen jurídico en figuras como la enfiteúsis o el arrendamiento «a rabassa morta»; el contrato expiraba al morir las vides y por eso los agricultores cuidaban las cepas más viejas que, por su poca producción, eran recogidas familiarmente cuando acababa la vendimia de las cepas más productivas, de forma que las uvas venían cargadas de azúcares y, por lo tanto, rendían un vino de una muy alta graduación alcohólica.

Los agricultores, además, las pasificaban asoleándolas en el «safareig», tras lo cual el mosto fermentaba junto con el hollejo (es un vino tinto) y, si tras esto su calidad era excepcional, iba a parar a una barrica donde envejecía veinte o veinticinco años, aunque Fondillones (pues así se llama este vino) de más de 100 años son conocidos.

Pueden ustedes imaginar que, un vino de estas características era un vino marinero por naturaleza y fue por eso por lo que Magallanes, un genio portugués que Castilla fichó a la flota portuguesa, se cuidó muy mucho de que, al arranchar la flota que habría de dar la vuelta al mundo, hubiese abundante repuesto de Fondillón en las bodegas de los barcos… y el tiempo le dio la razón, pues cuando, tres años más tarde de su salida, la nao Victoria avistó la barra del Guadalquivir en Sanlúcar de Barrameda, aún quedaba Fondillón en sus bodegas.

Del Fondillón han escrito Dumas, Shakespeare y cuantos escritores de fuste y afición al morapio dieron aquellos siglos, y yo, hoy, como es el día de mi santo, voy a celebrarlo con este «jovencito» de treinta y tres años que me he gobernado para la ocasión. Podría bebérmelo sólo y no escribir ningún post pero ya saben ustedes que

«La vida es un vino amargo,
dulce en copas compartidas…»

Así que, aunque no puedan venir a probarlo conmigo —aún están a tiempo— al menos mantendremos la charla que, siempre, provoca un buen vino. Mucho más este.

Y Visca Alacant.