El chino y las sardinas

Las veo y no puedo evitarlo: me acuerdo del «Bar Derbi» en «Las 600».

Quizá usted no sepa cuál es la forma canónica de comerse estas sardinas o arenques que en la fotografía, pero, aunque le parezca disparatado, esta no es otra que prensarlas con una puerta contra la jamba de la misma (use el lado donde están las bisagras) y tras esto proceda a comerla como mejor dios le dé a entender.

Lo de prensar las sardinas usando una puerta no es costumbre cartagenera en exclusiva, en la Comunidad Valenciana y Cataluña también se estila; donde parece no estilarse es en Japón.

Les digo esto porque, serían los años 70, cuando en el Bar Derbi de «Las 600» —un lugar donde sólo parecía servirse cerveza— apareció un japonés que había venido a España a estudiar guitarra flamenca. El japonés vio que aquel día en el «Derbi» —milagrosamente— habían sardinas de bota y se pidió una… y ese fue su error.

Fue su error porque en Japón se comerá mucho sushi y mucho sashimi, pero no se comen sardinas de bota y por eso su civilización aún no ha descubierto que, para comerte la sardina, has de prensarla litúrgicamente con una puerta o ventana batiente con carácter previo a su ingesta.

La parroquia del bar Derbi, cuando vio al japonés atacar directamente la sardina sin prensarla previamente con la puerta, cayó presa de justa indignación.

—¡Atiende el «chino» cómo se está comiendo la sardina!
(Ni que decir tiene que, a esas alturas, la parroquia no estaba para sutilezas ni distingos entre japoneses, coreanos, vietnamitas ni chinos)
—¡Joer con el «chino» del pijo!
—¡Pero si se va a dejar lo mejor!
—¡Este «chino» es tonto!

Los parroquianos pronto encimaron al japonés transmutado en chino por acuerdo popular unánime y comenzaron a explicarle, por señas, cómo había de comerse la sardina.

El chino les miraba con toda la apertura que permitían sus ojos orientales y observaba estupefacto como los almogávares aquellos llevaban la sardina a la puerta y, colocándola en el lado de los goznes, le daban un solvente apretón.

El griterío fue enorme y la sardinas pronto se agotaron en el Derbi con toda la cáfila aquella de aborígenes dándole a la puerta y enseñando al «chino» a comer sardinas.

Yo era un zagal y observaba todo esto mientras esperaba a que me cortasen el pelo en una barbería de la misma plaza. Aún hoy pienso si el japonés («el chino») cuando vaya a comer sardinas en su país no mirará a su alrededor para asegurarse de que no hay cerca ningún tarugo con cara de español. O quizá sea el único japonés que, en lugar de usar palillos, se come el pescado prensándolo con una puerta. Quién sabe…

Muerte, corazón…

Sabes cómo te llamas porque lo recuerdas. Una vez, cuando eras niño, te dijeron cuál era tu nombre y mientras no lo olvides seguirás siendo esa persona. Sabes dónde estás porque lo recuerdas; entre las cuatro paredes de tu casa la ciudad en que estás es indiscernible pero recuerdas donde vives y, mientras no lo olvides, podrás decir a los demás dónde encontrarte. Entiendes lo que estás leyendo ahora porque lo recuerdas: recuerdas el sonido de cada letra que ves y recuerdas el significado de los sonidos que forman las palabras; mientras no los olvides podremos entendernos.

En realidad, toda tu vida, tú mismo, es toda ella un recuerdo. Somos lo que recordamos que somos y los demás existen también porque los recordamos. Sabes que tu madre, tu hermana o tus hijos viven porque, aunque no estén a tu lado, los recuerdas; recuerdas como contactar con ellos, recuerdas sus caras, sus nombres, sus historias…

Sí, en realidad todo es recuerdo, todo es memoria y por eso nadie muere en verdad sino hasta que le llega el trágico momento del olvido. Si no supieses que tus seres queridos han muerto les recordarías vivos y estarían perfectamente vivos para ti; es por eso que muchas personas no quieren recordar muertos a quienes fallecen sino llenos de vida; y hacen bien.

Los seres humanos somos una extraña mezcla de tierra y memoria. Vivimos en la memoria de los demás y sólo el olvido acaba con esta extraña realidad que es la existencia humana.

¿Y por qué les cuento hoy esto?

Verán, la hija de un amigo acaba de aprobar su «proficiency» en japonés, una muchacha joven, guapa y lista, y se me ocurrió preguntarle cómo era el kanji con el que se escribía en japonés la palabra «olvidar»; me quedé estupefacto cuando me dibujó un ideograma que incorporaba —según ella me explicó— las palabras «corazón» y «muerte» y pensé que era una civilización sabia la japonesa y que había sabido condensar en un único símbolo el significado profundo del olvido.

La chica me dibujó la palabra en un papel —wasu reru— y ahora, ese recuerdo, ya es parte de mí mismo. Gracias muchacha.

Skimming o por qué no volverá usted a mirar igual a un cajero tras leer este post

Quizá sepa usted, o quizá no, lo que es el skimming, por si es usted de los que no lo saben yo se lo cuento: el skimming es una práctica delictiva consistente en apoderarse de los datos que se guardan en el chip o la banda magnética de su tarjeta de crédito para, posteriormente, utilizarlos con el fin de defraudarle.

Así explicado es sencillo pero ¿cómo podría alguien apropiarse de los datos contenidos en su tarjeta de crédito?

Hay muchísimas formas pero creo que lo mejor, por su espectacularidad, es que se fije usted en esta que se ve en el video que un skimmer grabó de sí mismo en Viena y que pueden encontrar en youtube. Si son tan amables vean el video y luego sigan leyendo.

Impresionante ¿verdad?, el delincuente adiciona el dispositivo sobre la ranura de inserción de la tarjeta en el cajero y, al pasar la tarjeta por ahí, lee los datos de las tarjetas que se introduzcan y se apodera de ellos.

Pero lo más impresionante viene ahora y es que cualquiera puede comprar por internet uno de esos dispositivos por un precio que ronda los 200€. Los tienen ustedes del modelo que deseen en tiendas popularísimas de internet; véanlos

Parece increíble que un dispositivo casi exclusivamente preordenado a la posible comisión de un delito sea de tan fácil acceso, pero ya ven que es así.

Obviamente apoderarse de los datos de su tarjeta de crédito es sólo la primera parte del iter criminis pues usarlos para defraudarle exige otra serie de operaciones que, por razones entendibles, no voy a contar aquí.

Sólo le sugiero que, la próxima vez que vaya a introducir su tarjeta en un cajero confíe usted menos y compruebe más. Todos los blindajes, pines, tarjetas y demás quincalla tan sólo ofrecen una falsa sensación de seguridad. Piense esto cuando entregue su tarjeta al camarero en restaurante o en una tienda y recuerde que el skimming existe.

¿A que yo le parecen tan inocuos los cajeros electrónicos?

Lejas y cascarujas

Ahora está de moda hacer chuflas de Murcia en los medios de comunicación. A muchos de mis paisanos de Cartagena la cosa les hace gracia porque sienten que no va con ellos y atañe sólo a nuestros vecinos del norte; pero a mí, la cosita de la chufla, no es que no me haga gracia, es que, sinceramente, no se la encuentro por ningún lado. Me explico.

La mitad de las «gracias» que oigo hacer sobre Murcia a los ¿humoristas? profesionales de la radio y la televisión son o bien falsas o bien fundadas sobre defectos o faltas compartidas con el resto de regiones de España. La otra mitad de las «gracietas» que hacen simplemente acreditan a estos chistosos de acémilas y les diputan por analfabestias microfonados.

Una de las majaderías más repetidas por estos zotes es que «en Murcia se habla mal» o que «a los murcianos no se les entiende». Y es verdad que quizá ellos no les entiendan pero eso no es culpa de los murcianos sino de la anemia cultural de estos figuras y no es la primera vez que me pasa que algún listo de estos me corrige cuando empleo una palabra común en esta zona porque él, simplemente, no la conoce y la reputa incorrecta.

Si vive usted en la Región de Murcia o alrededores (de la Vega Baja a Almería y de Águilas hasta casi Albacete, lo que yo llamo la tierra «del limón escurrido» o del «llimó escorregut») prueben a utilizar la palabra «leja» fuera de nuestro área y observen la estupefacción que produce. Si, para acompañar la cerveza, por ejemplo, le pide usted a un camarero de Madrid «un poco de cascaruja de esa que está en aquella leja» el camarero, salvo que sea oriundo de Totana, le mirará como quien mira un texto sumerio escrito en caracteres cuneiformes.

Si son de esta zona no necesito explicarles el significado de la palabra «leja» (Del ant. lejar ‘dejar’, y este del lat. laxāre ‘aflojar’) y, si no son de esta zona o simplemente no la conocen, no me dejan otra opción que recomendarles que estudien, porque es palabra correctísima y la pueden encontrar en el diccionario desde hace mucho. Lo que no deben hacer es pensar que esa palabra que ustedes desconocen es incorrecta —y esta recomendación que les hago es válida para cuando oigan una palabra que desconozcan la diga un murciano, un andaluz, un aragonés o un filipino— pues lo más normal es que sea usted quien va falto de léxico y no su interlocutor. La humildad es condición necesaria para aprender y por eso, aunque sea usted natural de Valladolid o de San Millán de la Cogolla, tiéntese la ropa dos veces antes de criticar a nadie por las palabras que usa.

El diccionario de la Real Academia Española recoge multitud de palabras especialmente usadas en determinadas regiones o áreas geográficas y las señala con su correspondiente marca lexicográfica. Atendiendo a dichas marcas podremos comprobar que 696 palabras del diccionario de la lengua española tienen la marca lexicográfica de Andalucía, 661 la de Aragón y así hasta llegar a Murcia que, con 238 es la sexta área geográfica española que más palabras aporta al diccionario. Y eso lo sé porque esta mañana, escarcuñando las marcas lexicográficas del diccionario de la Real Academia, se me ha ocurrido tabular cuantas palabras aportaba cada área geográfica al diccionario y me ha salido esta tabla que, con gusto, comparto con ustedes por si le encuentran alguna utilidad. A mí, de momento, me ha servido para escribir este post.

Zonas Palabras
México 2484
Honduras 1979
Cuba 1892
Argentina 1884
Chile 1554
Uruguay 1531
Venezuela 1482
El Salvador 1466
Colombia 1285
Nicaragua 1015
América 1001
Ecuador 975
Bolivia 901
Costa Rica 835
Perú 822
Andalucía 696
Aragón 661
Salamanca 506
Guatemala 451
Puerto Rico 414
Paraguay 326
América Central 306
Rep. Dominicana 259
Asturias 245
América meridional 241
Álava 239
Murcia 238
Cantabria 225
Panamá 224
León 202
España 177
Canarias 150
La Rioja 107
Antillas 106
Zamora 95
Filipinas 88
Extremadura 85
Palencia 83
Huesca 80
Navarra 74
Burgos 71
Galicia 63
Valladolid 52
Albacete 43
Vizcaya 32
Segovia 30
Castilla-La Mancha 29
Cuenca 28
Usado en Salamanca 28
Usado en América 26
País Vasco 25
Granada 23
Málaga 22
Ávila 22
Teruel 21
Córdoba 21
Sevilla 18
Soria 17
Jaén 16
Cádiz 16
Valencia 15
Guadalajara 15
Área del Río de la Plata 15
Cáceres 14
Badajoz 13
Usado en Andalucía 12
Almería 11
Toledo 10
Cataluña 10
Área de los Andes 9
En Aragón usado como rural 9
Usado en Burgos 8
Zaragoza 7
Usado en Colombia 6
Huelva 6
Usado más en Andalucía 6
Área del Caribe 6
Usado en Aragón 5
Usado en Chile 5
Castilla 5
Usado en Ecuador 5

Hipotecas y costas: urgen explicaciones

En las semanas pasadas me han estado llegando insistentes rumores de que el Colegio de Abogados de Barcelona podría estar pactando con todas o algunas entidades bancarias la limitación de las costas de los abogados en los procesos de reclamación de cláusulas abusivas en los contratos hipotecarios. No he querido creerlos: las consecuencias serían gravísimas y el rumor lleva implícita la posible comisión de un delito.

Dado que estamos hablando de algo muy serio vayamos por partes y veamos, antes que nada, qué papel juegan los colegios de abogados en todo este asunto.

Los Colegios de Abogados, conforme al artículo 246 de la Ley de Enjuiciamiento Civil, tienen encomendada la misión de emitir informe preceptivo en caso de que las costas de los abogados sean impugnadas por excesivas. Dicho informe no es vinculante pero, ciertamente, es muy influyente; no es de extrañar, pues, que las entidades bancarias hayan tratado de influir sobre el sentido de estos informes usando de todas las vías legales a su alcance.

Los bancos han atacado a los Colegios de Abogados en su flanco más débil: los llamados «libros de honorarios», libros estos que no son sino documentos que recogen una lista de criterios que las juntas de gobierno utilizan para resolver las impugnaciones y elaborar los informes a que hacía referencia en el párrafo anterior. Dado que ni los Colegios ni el Consejo General de la Abogacía han sido capaces de entenderse con la Comisión Nacional del Mercado de la Competencia (CNMC) ni tampoco han logrado influir en la elaboración de normas que aclaren el embrollo, las quejas de los bancos, en ocasiones, han encontrado eco en la CNMC cuyas cuantiosas multas han espantado a los colegios de abogados.

No es necesario que les diga que los bancos, entidades de naturaleza psicópata12 a las que sólo gobierna el ánimo de lucro, han aprovechado sistemáticamente estos criterios en el pasado para arruinar a muchos miles de familias españolas, cargando sus costas inmisericordemente a pobres ciudadanos que no habían cometido más delito que ser pobres o haber caído en el desempleo víctimas de la crisis. Inflando cuantías e intereses merced a cláusulas abusivas los bancos jamas cuestionaron los criterios de honorarios de los colegios cuando les tocaba cobrar, es ahora que estàn recibiendo una pequeña dosis de su propia medicina cuando montan en cólera, aunque eso creo que ya lo he contado en otro post.

Pues bien, volviendo al papel que juegan los colegios de abogados en todo este asunto de las hipotecas, con lo dicho respecto de los informes de costas, ya pueden imaginarse ustedes que es capital por varios motivos.

En primer lugar porque las reclamaciones por gastos son de pequeña cuantía: si la condena en costas no cubre los servicios de un abogado que, en la mayoría de los casos, ha de desplazarse con su cliente a un juzgado ubicado fuera de su localidad (una repugnante treta amparada por los sucesivos gobiernos de este país) tales gastos no serán reclamados. No es mucha pérdida para un cliente sólo pero, multiplicado por los millones de afectados, es una ganancia de muchísimos millones de euros para los bancos que verían, de este modo, aseguradas y consolidadas las cantidades que depredaron a los ciudadanos a través de sus abusivas prácticas.

En segundo lugar porque, si las costas no cubren o cubren pobremente la intervención de los profesionales (abogado y procurador del consumidor) a los bancos se les servirá en bandeja la posibilidad de hacer ofertas a la baja a los consumidores y camuflar bajo el manto de «mediación» o «negociación» lo que no es más que un incalificable abuso.

Digámoslo con claridad: los bancos saben que han cobrado indebidamente determinadas cantidades ¿Por qué no las devuelven de inmediato? ¿Por qué obligan a los ciudadanos a acudir al juzgado con los gastos que ello implica? ¿Por qué el gobierno no sanciona simplemente y con dureza a todos esos bancos que no han devuelto las cantidades que saben que han de devolver y no les da la gana devolver?

Aquí, no necesito decírselo, salvo su abogado, usted y el juez de trinchera (no me hagan hablar del Tribunal Supremo) todos los demás trabajan en favor de los bancos; disimulando su parcialidad bajo diversos camuflajes, eso sí, pero a favor de los bancos.

A esa soledad del consumidor y su abogado frente al poder económico le quedaban pocos consuelos siendo el principal el de las costas y, precisamente por ello, contra ellas dispararon los bancos, sabedores de que en ellas está la clave de que puedan quedarse con todo el dinero depredado.

A paliar la soledad del consumidor y su abogado no ha ayudado nunca el gobierno quien, lejos de obligar a los bancos a devolver lo depredado, estableció mecanismos ralentizadores de las reclamaciones, alejó los juzgados de los administrados imponiendo a estos un intolerable peaje en la sombra y, en fin, hizo lo preciso por mantener una «especialización» de juzgados donde sepultar las reclamaciones para regocijo de los bancos que veían cómo, disminuido el número de jueces de trinchera que conocían de sus casos, las posibilidades de dar con un juez vsliente que plantease una cuestión prejudicial a Europa disminuían drásticamente. Todo estudiado, todo en orden, circulen.

A paliar la soledad del consumidor y su abogado frente al poder económico no parece haberle acompañado ni siquiera el apoyo de la presidencia de la abogacía institucional, cuyo comportamiento, en muchas ocasiones, ha parecido estar más del lado de los bancos que de los abogados y los consumidores.

A paliar esta soledad del abogado y su cliente consumidor parecen haber contribuido, sí, hasta ahora los colegios de abogados que han mantenido sus criterios aplicándolos a los bancos del mismo modo que los bancos exigieron su aplicación a los consumidores empobrecidos. Claro que, de ser cierto el rumor de que el Colegio de Barcelona está dispuesto a revisar sus criterios a la baja con los bancos, entonces sí que podríamos decir que el abogado y su cliente estarían solos, irremediablemente solos. Porque si el Colegio de Barcelona modifica sus criterios ¿Con qué autoridad podrían el Colegio de Madrid o el resto de los colegios de España mantener los suyos?

Fue así que, reflexionando sobre todas estas cosas y sobre el rumor antedicho, que ayer me topé con este —por muchos motivos espeluznante— tuit de la decana del Colegio de Barcelona

Mi primera sensación fue de horror. ¿Mediación entre el juzgado 50, entidades bancarias y colegios de abogados? ¿Cómo se come eso?

De entrada espeluzna que se hable de «mediación» y se olvide al principal afectado, el consumidor, que no es citado por ninguna parte; en segundo lugar horroriza que se hable de «mediación» cuando no hay nada que mediar con un juzgado: los juzgados juzgan u homologan transacciones judiciales ¿Qué se va a mediar con un juzgado? ¿es que los jjzgados ahora en lugar de juzgar se dedican a mediar con las partes?; en tercer lugar, pero primero en importancia ¿Qué se va a mediar con un banco que sabe que debe el dinero que se le reclama? La única «mediación» posible es que paguen lo que deben y las costas del juicio, todo lo demás es proporcionarles una ganancia injusta permitiéndoles quedarse con parte de lo depredado. Pero sobre todo ¿Con el consentimiento de quién está negociando la decana? ¿Sobre qué? ¿Habiendo informado a quién?

La noticia de la Vanguardia que se recoge en el tuit que mencionamos no aclara más la noticia aunque nos da la certeza de que la decana está negociando en términos desconocidos para los administrados, para los abogados de su colegio —y los del restos de colegios de la provincia de Barcelona— y no sabemos si para el resto de los colegios de España y el Consejo General de la Abogacía Española.

Y si la noticia de La Vanguardia abunda en el sentido del rumor otras noticias nos alarman en el sentido de que el Juzgado 50 y un gran bufete pudieran estar repartiendo el bacalao hipotecario en favor de los bancos.

Urge que la decana dé explicaciones; urge que el Consell se las pida, urge que el Consejo ofrezca explicaciones de todo esto a la abogacía y abandonen ese juego de secretos a que tan adictos son.

Y sobre todo urge que se deje de hacer el juego a quien se ha quedado con el dinero ajeno y no se le apliquen todo tipo de excepciones y especialidades.


  1. «Las personas con trastorno psicopático, o psicópatas, suelen estar caracterizadas por tener un “marcado comportamiento antisocial, una empatía y remordimientos reducidos, y un carácter desinhibido” (…) Los psicópatas tienden a crear códigos propios de comportamiento, por lo cual solo sienten culpa al infringir sus propios reglamentos y no los códigos sociales comunes. Sin embargo, estas personas sí tienen conocimiento de los usos sociales, por lo que su comportamiento es adaptativo y pasa inadvertido para la mayoría de las personas.» (Psicopatía. S.F. en Wikipedia. Recuperado el 16/03/2019.)

  2. La caracterización de las «corporaciones» —entidades con personalidad jurídica a las que, merced a una ficción jurídica no siempre bien entendida, consideramos «personas»— como entidades gobernadas por una personalidad psicópata ha sido un campo fructífero explorado desde diversos puntos de vista; siendo quizá el ejemplo más popular el documental llamado «La Corporación», en el que se plantea directamente esta posibilidad.

La proporción cordobesa

La proporción cordobesa

La proporción obsesionó a los griegos. Para Pitágoras, el número estaba en la base de todo e incluso la música era un ejercicio matemático que podía ilustrarse merced a las notas que emitía una cuerda vibrante en función de la longitud de la misma y las proporciones que guardaban estas longitudes. Para los escultores griegos las proporciones del cuerpo humano eran objeto de estudio obsesivo y para los arquitectos, las proporciones de sus edificios generaron órdenes arquitectónicos canónicamente clasificables.

De todas las proporciones que los griegos nos legaron la más importante históricamente ha sido, sin duda, la llamada «proporción áurea». Popularizada gracias al genio matemático de Euclides, la proporción áurea se encuentra por doquier en la naturaleza, sucesiones matemáticas como la de Fibonacci se vinculan a ella y —debido a su supuesta «divinidad»— podemos hallarla presente en construcciones, esculturas, pinturas y todo tipo de obras de arte. Incluso best-sellers como «El Código Da Vinci» han usado la proporción áurea como componente importante de su argumento.

Si usted no sabe lo que es la «proporción áurea» permítame que se lo explique de un modo directo: es la proporción que existe entre el lado de un decágono y el radio de la circunferencia en la que se inscribe. Lo mejor es usar una ilustración.

Si usted construye un rectángulo usando el radio (R) de la circunferencia que ve y el lado del decágono (L) en ella inscrito usted obtendrá un rectángulo aúreo, si usted dibuja una figura humana cuya distancia del ombligo al suelo sea igual al radio de la circunferencia que ve y la distancia del ombligo a la parte más alta de la cabeza sea igual al lado del heptágono en ella inscrito tendrá usted una figura de proporciones áureas o divinas. Pueden ver ejemplos del uso de la proporción áurea en este cuadro de Dalí que ven a continuación o en la clásica concha del nautilus que encontrarán a poco que lo googleen.

La proporción áurea parecía uno de los mayores logros de la civilización clásica pero, tras las invasiones bárbaras del imperio romano de occidente, Europa Occidental olvidó la proporción y la misma desapareció durante la Alta Edad Media de sus obras de arte y catedrales.

¿Y por qué estando hoy en Córdoba vengo yo a darles la tabarra con la proporción áurea o divina y con Pitágoras y Euclides? Denme cuartel y déjenme explicarme.

La proporción áurea se había perdido en toda Europa pero no en esta ciudad, porque los árabes conservaron los textos griegos y la sabiduría a ellos incorporada y en la Córdoba Califal se conservaba una copia del famosísimo libro llamado los «Fundamentos» escrito nada menos que por el propio Euclides. Una vieja tradición (se non vera ben trovatta) quiere que los britanos entrenasen a un monje para hacerse pasar por musulmán y viniese hasta Córdoba a copiar los «Fundamentos» en lo que sería el primer caso documentado de espionaje industrial altomedieval. Pensaban en Europa que, conociendo los cordobeses la existencia de la proporción áurea gracias a Euclides, la ciudad rebosaría de muestras de dicha proporción y edificios y esculturas se atendrían a ella. Sin embargo se equivocaban.

Los cordobeses conocían la proporción divina pero, curiosamente, jamás la usaban. Los cordobeses usaban obsesivamente una proporción distinta y, para explicársela, no me queda más remedio que volver a recurrir a un dibujo.

Como ven los cordobeses no usaban la proporción que vinculaba al lado de un decágono con el radio de la circunferencia que lo inscribe sino que los cordobeses preferían el octógono (un polígono de ocho lados y no de diez) al decágono.

Si la proporción derivada del decágono era divina la proporción que los cordobeses derivaban del octógono no le iba a la zaga. Si del ombligo a los pies y del ombligo a la cabeza los griegos esculpían dioses en proporción divina, los cordobeses observaron que las personas no tenían esa proporción medidas desde el ombligo sino que la proporción que presentaban los seres humanos era la derivada del octógono. Los actores griegos se colocaban coturnos (una especie de alzas en los pies) para lucir en escena proporciones divinas, pero, sin coturnos, los actores, como cualquier persona, presentaban proporción cordobesa.

A los cordobeses no parecía importarles demasiado la divinidad y aún conociendo su proporción la despreciaron para apasionarse por las proporciones humanas (a la proporción cordobesa también se le llama proporción humana) e hicieron del ocho y del octógono una obsesión en su ciudad.

Me gusta pasear por Córdoba, la ciudad que despreció a los dioses, y mientras paseo, ir contemplando la adicción al ocho que te sale al paso en cualquier lugar de esta ciudad —y debo decir que en toda Andalucía— así como las proporciones humanas que esta presenta en casi cualquier lugar que mires, desde los arcos de la Mezquita hasta fachadas, plazas y fuentes.

El paisaje urbano de Córdoba habla desde la noche de los tiempos y nos cuenta una historia humana y hecha a la medida del hombre.

Por eso, hoy, mientras veo atardecer sentado en las escaleras de la iglesia que hay en la Plaza de Capuchinos y disfruto del ocaso que tiñe el celaje tras el Cristo de los Faroles, pienso en las proporciones de esta ciudad humana y bella como pocas.

Bueno, voy a estudiar un poco que mañana hay juicio.