Juicios y lenguaje no verbal

Acabo de leer un artículo sobre lo irritante que resulta para muchos administrados comprobar cómo, tras la vista de un juicio donde el fiscal ejerce la acusación, este se queda en sala junto con el juez mientras el acusado y su letrado abandonan la sala. Teme el administrado —no se sabe si con razón o sin ella pues esto sólo lo pueden saber el juez y el fiscal que se quedan en la sala— que el fiscal goce de un tramite de informe suplementario al que la ley le concede y que el derecho de última palabra que la ley otorga al acusado, por la vía de hecho, pase al fiscal.

Siempre que este tema se suscita, naturalmente, jueces y fiscales niegan la posibilidad de que se produzca el irregular trámite de que les hablo, pero esta negativa lo cierto es que tampoco tranquiliza a los administrados pues, tanto si se produjese ese irregular trámite de informe como si no se produjese, la respuesta de jueces y fiscales sería necesariamente siempre la misma; es decir, la negación.

Se excusan jueces y fiscales habitualmente culpando al diseño de nuestros edificios judiciales y en buena parte tienen razón, aunque no toda. Nuestros edificios judiciales, es verdad, están construidos de tal forma que resulta imposible cumplir la ley. Testigos de cargo y descargo permanecen juntos esperando su turno en la mayoría de los casos; incluso las familias de víctimas y acusados se ven obligadas a esperar el inicio de la audiencia pública juntos y en compañía generalmente nada amable.

Antes, en muchos palacios de justicia, las salas de vistas tenían una puerta específica que conducía al despacho del juez, lugar al que este podía retirarse entre juicio y juicio. Ahora gracias a la NOJ, al estilo zen, a la arquitectura judicial creativa y a otra serie de majaderías de diseño y de mal entendida modernidad y eficiencia, cuando acaba una vista jueces y fiscales no tienen donde dirigirse y han de esperar a que comience el juicio siguiente en amor y compaña —si se llevan bien— o en tensa intimidad si su relación no es tan buena. Es verdad que juez y fiscal podrían abandonar la sala, pero esto les llevaría a mezclarse con abogados y administrados y, por razones que desconozco aunque puedo inferir y hasta comprender, esto parece resultarles violento y es cierto que con toda probabilidad lo sea.

Es en esta situación que les describo —juez y fiscal juntos en sala— cuando comienza el juicio siguiente y, en la generalidad de los casos, este comienza con el funcionario llamando al letrado o letrada del acusado del juicio siguiente «para que vaya a hablar con el fiscal». ¿Para hablar de qué? Pues… todos lo sabemos, de una posible conformidad.

En general los letrados entran a hablar con el fiscal y, dado que el juez está presente, Su Señoría Ilustrísima recibe del letrado defensor que tal acción realiza el, a mi modesto juicio, peor de los mensajes no verbales posibles: que el cliente del abogado está dispuesto a conformarse y admitir su culpabilidad.

Esto me irrita y me irrita profundamente.

Como norma general me prohíbo a mí mismo acercarme a hablar con el fiscal si el juez está delante. Si el fiscal quiere hablar conmigo dejo que se dirija él a mí pues, por respeto a mi cliente y porque mi trabajo es defender, yo no voy a mandar al juez el mensaje no verbal de que mi cliente podría admitir su culpa, prefiero que el fiscal le mande el casi siempre obvio mensaje de que está dispuesto a rebajar. Me consta que mi actitud molesta a algunos fiscales, créanme que sinceramente lo lamento.

Hay tribunales que, muy elegantemente y a pesar de la incomodidad que antes les he contado, se ausentan de la sala de vistas entre juicio y juicio y lo hacen, precisamente, para no contaminarse con lo que sucede en la sala de vistas entre juicio y juicio —puedo darles el nombre de alguno de estos elegantes tribunales— sin embargo, lo más frecuente, es que el juez permanezca en Sala presenciando las negociaciones y, no sólo eso, sino que, en casos que sospecho que todos mis lectores abogados pueden haber presenciado, a veces intervienen en las negociaciones e incluso, en algunos lamentables casos, anticipando de forma más o menos velada el sentido de su fallo, tratan de forzar conformidades que, por alguna razón, les parecen deseables.

Todo esto que les he descrito, personalmente lo siento como absolutamente inaceptable. Sí, ya sé que tal y como están construidas las salas de nuestras finústicas ciudades de la justicia es muy incómodo para el juez o el fiscal abandonar la sala entre juicios, lo sé, pero, puesto a elegir entre la comodidad de los operadores jurídicos y los derechos fundamentales de los administrados, me veo obligado a optar por lo segundo.

No es cuestión de estética que el juez no esté presente durante las negociaciones, no es cuestión de estética que juez y fiscal permanezca en sala entre audiencias, como no es cuestión de estética que la ley quiera que jueces, fiscales, LAJ, procuradores y letrados nos coloquemos a la misma altura en estrados. Esto tiene un sentido y ese sentido o se interioriza —como hacen esos tribunales de los que antes les he hablado y que abandonan la sala— o se transmiten al administrado todas esos mensajes que nuestras leyes quieren que no se les transmitan.

Las leyes y el proceso tienen también un lenguaje no verbal hecho de formas, conductas y ritos y ese lenguaje es tan o más explícito que el que usamos al hablar. Cuidémoslo, no es una mera cuestión de estética.

Pateras invisibles

Retransmiten en directo la llegada del Acuarius a Valencia mientras al litoral español llegan decenas de pateras anónimas. Valencia es hoy una excepción a la normalidad que rige desde Ayamonte a Port Bou. Una normalidad hecha de internamientos en CIE y expedientes de devolución que se amortigua en el caso de Valencia.

No sé si hoy, en el Puerto de Valencia, además de policías, profesionales de la sanidad, funcionarios, intérpretes, trabajadores del 112… habrán jueces, fiscales, LAJ y… abogados de oficio. Lo que sí sé es que, en el resto del litoral y para los inmigrantes que no salen en la tele habrán abogados de oficio, que tampoco saldrán en la tele ni en las palabras de la ministra de justicia.

Hace pocos meses en Cartagena recibimos a 430 inmigrantes y mis abogados y abogadas cumplieron con su deber; quizá los demás les olviden, yo nunca les olvidaré.

¿Qué conmemoramos de verdad el 12 de julio?

Faltan 25 días para el 12 de julio, el llamado «día de la justicia gratuita» y, quizá, sea bueno aclarar por qué se eligió ese día y qué conmemoramos de verdad en esa fecha.

El 12 de julio fue elegido como día de la justicia gratuita porque el 12 de julio de 1996 fue el día en que entró en vigor la Ley 1/1996 de asistencia jurídica gratuita.

Obviamente la justicia gratuita no nació ese 12 de julio —la justicia de pobres, el beneficio de pobreza y la justicia gratuita ya existían desde el siglo XIX— pero ese 12 de julio de 1996 es un hito a partir del cual podemos llevar la cuenta de muchas cosas.

Podemos llevar la cuenta, por ejemplo, de cuántos años han pasado desde que el Ministerio de Justicia no adecúa los baremos de las cantidades que paga a los abogados de oficio. Desde aquel 12 de julio de 1996 el Ministerio de Justicia ni siquiera ha actualizado el IPC de aquellas cantidades. Desde julio de 1996 a julio de 2017 el IPC ha subido un 57% sin que al ministerio haya parecido preocuparle lo más mínimo el deterioro de las compensaciones económicas de los abogados de oficio. Es decir; no es que el ministerio no haya elevado ninguna cantidad desde 1996, no, es que, por el contrario, ha ido dejando que las mismas disminuyan por la vía del IPC. Cada año que ha pasado desde 1996 nuestras compensaciones económicas han ido disninuyendo y lo peor es que…

¿Recuerdas alguna protesta seria de alguien?

El ex-ministro Catalá previó un incremento de en torno al 30%, lo que nos dejaría aún a 27 puntos porcentuales de alcanzar los niveles retributivos de aquel 12 de julio de 1996. ¿Ves bien ahora lo que de verdad celebramos esa fecha?

Ha pasado una semana desde que la nueva ministra fue nombrada; una semana en la que no parece haber pronunciado ni una sola vez, ni haberse acordado ni una sola vez, de los abogados ni de la abogacía. Démosle tiempo pero démosle de paso algunos datos e ideas:

  1. Los abogados de oficio del territorio común, los que dependen exclusivamente del presupuesto de su ministerio no ven subir las cantidades que se les pagan desde el mismo momento de entrada en vigor de la ley: 12 de julio de 1996.

  2. La subida del 30% de Catalá no alcanza ni siquiera a colocar estos pagos en los niveles de 1996 pues el IPC ha subido desde entonces un 57%. Esa subida, en poder adquisitivo, es un 27% inferior a lo que se recibía en 1996.

  3. Los abogados de oficio de la zona ministerio reciben por su trabajo hasta un 300% menos que los abogados de oficio de otras Comunidades Autónomas transferidas. No es que los abogados de esas comunidades reciban mucho (reciben una miseria) es que los abogados que dependen de la ministra reciben un tercio de esa miseria.

Una subida mínima para los abogados del territorio común no puede ser inferior al 200% y usted tiene dinero para hacerlo.

Una subida del 200% es una subida tan solo de 70 millones de euros y esa cantidad no debe de resultarle difícil de obtener de las Cámaras. Y, si no la obtiene, al menos obtenga el cambio de parte de asignación de esos 130 millones que Catalá quería dedicar a infraestructuras tecnológicas. Usted es férrea opositora a LexNet (y en eso acierta) no gaste dinero en un sistema que hay que replantearse por completo, invierta en capital humano lo que no va a gastar en una infraestructura tecnológica obsoleta.

Ministra: los abogados del territorio común, el 12 de julio de 2018 vamos a conmemorar la humillación anual que venimos padeciendo desde hace 22 años. Díganos cómo quiere que la conmemoremos este año y díganoslo pronto, porque faltan 25 días para el 12 de julio y somos muchos los abogados y abogadas que sí sabemos exactamente lo que conmemoramos ese día.

Decisiones trascendentales

Hoy he tomado una decisión que yo calificaría de trascendental: me he comprado un botijo.

No, no, no empecemos con bromas y chascarrillos que ya os conozco a todos y sé de qué pié cojeáis; un botijo es una herramienta tecnológicamente avanzadísima y por completo integrada en el mundo de las tecnologías de la información. Lo que pasa es que, como la ignorancia es atrevida, siempre habrá algún ignaro que diga aquello de «es simple como el mecanismo de un botijo».

«Simple como el mecanismo de un botijo», hay que ser un beocio de España para decir tal majadería. El mecanismo del botijo es tan complejo que daría para explicar desde la formación del universo hasta su mismo final, y no les exagero lo más mínimo.

El principio de funcionamiento del botijo es el siguiente: el agua almacenada se filtra por los poros de la arcilla y en contacto con el ambiente seco exterior (característica del clima mediterráneo) se evapora, produciendo un enfriamiento (2,219 kilojulios por gramo de agua evaporada). La clave del enfriamiento está, por lo tanto, en la evaporación del agua exudada, ya que ésta, para evaporarse, extrae parte de la energía térmica del agua almacenada dentro del botijo.

Los beocios a que antes aludía —que no distinguen un kilojulio de lo que cabe en una litrona de cerveza en verano— menos aún van a saber lo que es la energía térmica más allá del difuso concepto de “la calor”, sin acertar a distinguir entre conceptos tales como temperatura, calor, energía cinética macroscópica y energía interna. La próxima vez que un beocio de estos les diga lo de «simple como el mecanismo de un botijo» pídale usted que le explique ese mecanismo y disfrute viendo al beocio boquear como un aladroque fuera del agua.

Bien, ya tengo mi botijo y soy un poco más feliz. Lo he llenado y lo he puesto sobre un plato para que el exudado no moje la mesa y ahora ya solo me queda disfrutar de agua fresquita todo el año. Va por ustedes.

Bajocas

El sureste es un lugar curioso. Aunque muchos de sus habitantes no lo sepan, su peculiar forma de hablar se funda —entre otras cosas— en que es aquí donde el catalán que se habla en la Comunidad Valenciana (no me atrevo a poner «valenciano») se yuxtapone al castellano y da lugar a una extraña colección de palabras que se encuentran a caballo entre una y otra lengua.

Antes de que la TV y la normalización escolar hiciesen menos frecuentes estos giros lingüísticos, un cartagenero llamaría «pésoles» a los guisantes y aún a día de hoy llamará «lebeche» a ese viento del suroeste que en catalán llaman «llebetx» o «llebeig»; sucederá lo mismo con el «jaloque» (xaloc) o en la vecina ciudad de Murcia con las patatas, donde todavía oirá usted a algún castizo llamarlas «crillas».

Esto de las «crillas» tiene su guasa porque, en valenciano (perdonen si hiero a alguien) a las patatas se las llama también «creïlles» y en este caso el proceso es tan largo como valencianizar la palabra creadilla (las patatas son las «creadillas de tierra» o «turmas de tierra» del castellano oriental de La Mancha) y de ahí trasvasarla al castellano del sureste ya no como «creadilla» sino en su forma valenciana «crilla».

Por lo demás la toponimia de la zona no admite contestación. Lugares como «Roche» (de Roig), «La Parajola» (de «La Platjola») o la Isla Grossa (no necesita traducción, en catalán se dice igual Isla Grossa) dan fe de una toponimia catalana tan extendida que, incluso en asuntos de fe, se deja sentir: la vieja patrona de Cartagena es la Virgen del «Rosell» y este nombre es también catalán como otro día les contaré.

Pasa con España como con el jamón de Montánchez, que uno no puede decantarse nunca por la magra o por el tocino, porque la grasa se infiltra de tal manera en la carne que es lo que da a esta su incomparable sabor. Magra y tocino en su justa medida y siempre ambas de buena calidad hacen un buen jamón y esto pasa en mi región (y yo diría que en España) que, aunque muchos puristas preferirían tomarse las alubias solas y otros solo el chorizo, las alubias con chorizo llevan ambas cosas y si no llevan ambas no son lo que han de ser.

No sé si me explico. Otro día les hablaré de la toponimia de origen euskérico de mi cormarca (que también la tiene), por no hablarles de la árabe o la bizantina, pero eso será otro día.

Ahora, para compensar una miaja de empanada de más que me he comido por no hacer el feo a una invitación, voy a comerme solamente este platico de bajocas…

¡Anda! ¡Bajocas!

Mater tua mala burra est

Me ha dicho la doctora que no debo abusar de la fruta y que debo atenerme en exclusiva a las peras y a las manzanas y en cantidad no superior a la de una pieza al día, y a mí, naturalmente, esto me parece muy mal.

Si bien lo piensan ustedes ¿han visto alguna vez un bodegón más apetitoso que el que pinta frutas en sazón? y, por otra parte, ¿qué se comía en el paraíso terrenal sino frutas de toda clase?.

El paraíso terrenal de cada cultura nos dice mucho sobre ella y el carácter de sus hombres y mujeres. Para los incívicos germanos (aka “bárbaros del norte”) el paraíso era un cerdo inmenso que jamás se acababa, por más que se cortasen de él raciones. Para los viejos egipcios, en cambio, el paraíso eran los llamados “Campos de Juncias de Osiris” pero, para los mediterráneos, el paraíso terrenal es un lugar donde, mayoritariamente, se come fruta; y no sólo para los cristianos, que, en el Barrio del Foro Romano de Cartagena, ya tengo yo muy vista una cornucopia o cuerno de la abundancia del cual manan frutas sin cuento y atestigua que la abundancia y las frutas siempre han ido de la mano.

Pienso esto y pienso, además, que, siendo a mi juicio la manzana la menos sabrosa de las frutas del huerto, es raro que se la use como símbolo de la atracción pecaminosa… aunque, ciertamente, debo decir para quien no lo sepa, que lo que comieron Adán y Eva en el Paraíso Terrenal no fue un vulgar pero (como un grosero error de traducción nos ha hecho creer) sino unas bayas (las drakeas, draksas o drakias de los gitanos —uvas— cuya raíz etimológica está en la base del fruto del que habla el Génesis).

Lo malo de las manzanas es que en latín se llaman «malum» y el juego de palabras, y los errores, están servidos (¿quién no recuerda aquella delirante frase latina de «mater tua mala burra est» de dificilísima traducción y que significa algo totalmente diferente de lo que parece significar?) y fue así, por lo “malus”, por lo que acabaron entrando en la historia la manzana, Adán, Eva y la bicha.

En fin, hoy voy a atenerme a la manzana, aunque solo sea porque algo de picarón si deben tener cuando los romanos —siempre los romanos— llamaron “manzanas” a lo que nuestros vulgarotes chaveas llaman “las peras” y, porque, si en roma una chica le tiraba los tejos, los trastos o los tiestos, a algún joven, un romano diría que “le está tirando las manzanas”.

Malum, malum, malum…

Traficantes de carne

Creo haber dicho ya que los abogados a los que admiro no miden su éxito en dinero y creo haber dicho también que me estremece ver cómo, en las noticias de la prensa económica, se publican tablas y cuadros comparativos de los beneficios obtenidos por esos despachos que suelen adjetivarse como «grandes» y que a mí, en cambio, lo que me cuesta es adjetivarlos como «de abogados».

Antes de que se me echen encima les diré que esta percepción no es exclusivamente mía; el mismísimo Piero Calamandrei, lo expresó de forma mucho más clara y dura que yo cuando dijo:

No me hables de riqueza, tu sabes que, el verdadero abogado, el que dedica toda su vida al patrocinio, muere pobre; ricos se hacen solamente aquellos que, bajo el título de abogados, son en realidad comerciantes o intermediarios…

Y de estos intermediarios —que ahora se dicen abogados— es de quienes quería hablarles yo hoy porque, ayer, en un canal de televisión, se emitió un documental que hablaba precisamente de esto: de intermediarios y de abogados.

La desregulación salvaje del sector legal que comenzó con la llamada «Ley Omnibus» ha conducido en muy pocos años a un panorama que, de no ser enfrentado ya y con decisión, puede conducir a la desaparición de la profesión que ejercemos. Nuestros políticos, absolutamente ajenos a ningún criterio que no sea el estrictamente económico, han regulado nuestra actividad cual si de un simple negocio se tratase y, al olvidar toda consideración distinta de la económica, han cometido un error que puede acabar con nuestra profesión para alborozo de los llamados «grandes despachos» y las también llamadas «grandes corporaciones». Veámoslo.

Empecemos por el principio de los principios, a saber: el ejercicio de la abogacia tiene como objetivo primero y primordial la defensa de los derechos ajenos.

Que la defensa de los derechos ajenos sea el primer objetivo de la abogacía supone, ya desde el principio, que una visión puramente empresarial del ejercicio profesional de la profesión o una orientación corporativa al beneficio económico es absolutamente incompatible con nuestra forma de entender la profesión.

La segunda consecuencia del principio enunciado es que, las leyes que traten de regular la abogacía, lo primero que habrán de tener en cuenta es la naturaleza no puramente empresarial de ese servicio al que llamamos abogacía.

Si el primer objetivo de las firmas de abogados va a ser obtener dividendos y la primera medida de su éxito va a ser cuantificar beneficios económicos, no duden que esta profesión pronto desaparecerá suplantada por una legión de mercaderes, intermediarios o, en el peor de los casos, delincuentes.

Tres cosas, nos enseñó Cicerón, que pagaban al abogado antes que el dinero: la admiración del público, el agradecimiento del cliente y la esperanza del resto de los agraviados en que podría haber justicia en su causa. Es cierto que ninguna de ellas alimenta mucho, pero, si la esperanza de quienes sufren injusticias va a descansar sobre unas firmas cuyo primer objetivo es ganar dinero, podemos ir despidiéndonos de la posibilidad de tener siquiera una ficción de estado de derecho.

Ya lo estamos viendo: firmas que ofrecen asesoramiento jurídico con amplia publicidad en medios de comunicación cual si tuvieran despachos en toda España y que lo que hacen es desviar los clientes que llaman para luego, compartir los honorarios del abogado porque ellos le han facilitado el cliente. Antes, al menos, estos zurupetos se ocultaban, ahora, convertidos en corporaciones, se exhiben a través de una publicidad insidiosa, para lucrarse con el trabajo de unos abogados acuciados por la crisis.

Ayer se veía en la televisión cómo empresas de internet ofrecían servicios jurídicos a precios inverosímilmente bajos o cobraban a los abogados unas cantidades nada despreciables con la promesa de hacerles llegar clientes que, luego, en multitud de casos no llegaban.

Si creemos que el beneficio económico es el primer objetivo de ¿«la abogacía»? este panorama que les acabo de contar es perfecto. Pero, si lo que creemos es que el primer objetivo de la abogacía es defender derechos ajenos y la esperanza de todos, este paisaje que les he descrito es simplemente el principio del fin.

Ya conocemos cómo se las gasta la industria del software subcontratando ingenieros a precio de salario de subsistencia. «Cárnicas» llaman los programadores a esas empresas que no parecen tratar con personas sino traficar con carne. Ya sabemos lo que ha ocurrido en el campo, por ejemplo, de las clínicas dentales o de las estéticas.

En el caso de la abogacía esta dependencia de corporaciones que subcontratan al profesional es muchísimo peor, pues la independencia es al abogado lo que la imparcialidad es al juez. Un abogado ha de servir al cliente y no a la cuenta de resultados de la empresa o despacho que le da el trabajo. ¿Alguien cree que toda la reacción que la abogacía independiente y humilde ha puesto en marcha contra las odiosas condiciones del mercado hipotecario la podrían haber puesto en marcha despachos entre cuyos clientes se cuentan los principales bancos de España?

No se engañen: si lo que queremos es becarios que defiendan los derechos de la ciudadanía para que los intermediarios o los comerciantes ganen dinero vamos en la dirección correcta; pero, si lo que deseamos es una abogacía que, como hasta ahora, sea independiente, sirva a los ciudadanos, les defienda frente a los poderosos y mantenga la esperanza de todos de que la justicia aún es posible en España, estas leyes puramente económicas son la muerte de todo cuanto amamos.

Quieren una abogacía dócil, con una planta judicial pequeña para no tener que abrir demasiados despachos ni tener que contratar demasiados abogados, sin restricciones publicitarias para poder traficar con el trabajo de los abogados y con una libertad de pacto absoluta en cuanto a honorarios para convertir a los profesionales de la abogacía en falsos autónomos pagados a precio de carne industrial.

Ahora, reflexiona un momento y dime si lo que quieres es eso porque, si no quieres eso, tendrás que levantarte y convencer a todos nuestros políticos de que tú no ejerces una profesión cuyo primer o único objetivo es ganar dinero y que, por lo mismo, no puede ser regulada como si fuese una actividad puramente mercantil.

Si crees que merece la pena levantarte y luchar por ello te espero en la Red de Abogados y Abogadas, porque tenemos que defender unos cuantos principios y hacer del futuro un lugar donde merezca la pena vivir.

Vamos.