Cuenta lo que somos

Cuenta lo que somos

Muy pocos clientes nos comprenden, por eso es importante que, de vez en cuando, contemos quienes somos. No solemos hacerlo a menudo, por eso, discúlpenme si hoy les cuento un poco de lo que somos.

Somos esas personas que, cuando todos le abandonen, estarán a su lado. En otros tiempos acompañábamos a nuestro cliente hasta el mismo patíbulo, hoy, gracias sean dadas, sólo le acompañamos a la prisión.

Nosotros somos esas personas que, cuando nadie le crea, defenderán su verdad frente a la convicción general.

Nosotros somos quienes, cuando una corporación multinacional abuse de usted, nos subiremos a un estrado a defender su derecho de ciudadano humilde y honesto frente a la desvergüenza multidivisa.

Nosotros somos, en suma, esas personas que hacen que los derechos contenidos en la Constitución y en los Tratados Internacionales no sean un trampantojo sino el arco de carga sobre el que construir un mundo digno lleno de personas con dignidad.

Y molestamos, claro.

Al rico, que ve cómo su dinero no le sirve para avasallar al pobre; al gobernante, que se da cuenta de que hay límites que su poder e influencia no pueden traspasar; a la sociedad llena de prejuicios que ve como alguien, insolentemente, es capaz de sostener una verdad distinta de la que les han contado medios de comunicación envilecidos; a las corporaciones multinacionales que sufren la resistencia de unos don nadie con toga y, desgraciadamente, hasta algunos funcionario que preferirían que los expedientes acabasen rápido y sin incidentes ni recursos.

Recuerdo bien el momento en que se produjo esta foto. Dionisio estaba llorando emocionado por el aplauso y los gritos de una sala puesta en pie. No les contaré lo que pasó antes, lo verán y lo escucharán a su debido tiempo.

A millares

A millares

Hoy hace una semana que el trabajo de unos pocos se convirtió en la acción de unos cientos. Ese trabajo de unos pocos y esa acción de unos cientos son hoy, siete días después, la ilusión de muchas personas que hay que contar por miles.

Puedes dejar que lo hagamos o puedes trabajar tú también; yo, que tú, no me perdería esta fiesta.

Únete a la red.

Vamos.

La puerta de Almodóvar

La puerta de Almodóvar

Recuerdo muy bien cuándo tomé esta foto y recuerdo vívidamente también cuál era el estado de ánimo que me embargaba.

Despuntaba la mañana del 29 de noviembre de 2019 y yo no había podido conciliar el sueño en toda la noche; había salido a pasear de madrugada por la desierta judería y ahora amanecía en la Puerta de Almodóvar.

Se acercaba la hora de marchar a la vieja Facultad de Veterinaria y yo andaba tratando de espantar al miedo como dicen que lo hacía Juan Belmonte: hablándole:

«—¿Sigues ahí? ¿Aún no te has ido? Pues vete o, al menos, aléjate de mí; voy a ir a ver a unas personas y lo último que quiero es que te vean conmigo.»

Sé que todavía hablaba con él cuando tomé esta foto.

Ahora, esta noche en que estoy de guardia, la miro y vuelvo a sentir las mismas sensaciones que cuando la tomé. Y vuelvo a repetirme las palabras que escribí cuando la subí a Instagram: «Ya es la hora. Vamos.»

Y pienso que es verdad, que esta es la hora, que, esta, es siempre la hora.

Vamos.

Wu Wei

Wu Wei

Las plantas crecen sin esfuerzo aparente, los seres vivos y la naturaleza se perpertuan y organizan sin órdenes ni planes aparentes, simplemente lo hacen porque una especie de armonía natural los gobierna.

Para los filósofos taoistas esta percepción del funcionamiento correcto del mundo se plasmó en una forma especial de enfrentarse a las cosas a la que llamaron Wu-Wei.

Un gobernante que trata de mandar demasiado destruye la armonía que rige la natursleza y que persigue el Wu-Wei; por eso, los antiguos filósofos chinos, apenas si exigieron a sus emperadores que fuesen honestos y virtuosos; de esta forma, pensaban que su honestidad y virtud se comunicaría a sus súbditos y que, la ausencia de intentos de forzar la armonía natural de las cosas permitiría a estas crecer felizmente.

El gobernante con Wu-Wei sólo aparentemente no hace nada, en realidad deja fluir las cosas en la dirección apropiada, gobierna apenas con la atención, pero al final, cuando todo sale bien, las gentes sienten que lo que han hecho lo han hecho ellos y se sienten dueños de su historia y, en efecto, así es.

Pienso en esta vieja filosofía taoista y pienso en nuestros gobernantes actuales, intervencionistas, elitistas, deshonestos hasta con la formación que exhiben y pienso que, en España, a todos nos haría falta un poquito más de Wu-Wei.

Patologías de una crisis de la abogacía

Han pasado algo más de once años desde el estallido de la burbuja hipotecaria en 2008 y el número de abogados y abogadas en España no ha crecido tanto como para justificar esta situación. Lo que sí ha variado son las condiciones en que esos mismos abogados y abogadas desarrollan su trabajo. Si antes de 2008 no parecían existir indicios de crisis en el sector en 2018 ya eran cuarenta mil los abogados que experimentaban problemas para atender sus obligaciones regulares de pago.

Con una abogacía con casi un tercio de sus efectivos a punto de ir a la lona conviene preguntarse qué ha pasado en estos once años y responder seguidamente a esta pregunta analizando, ceteris paribus, las circunstancias que han cambiado y no las que se han mantenido como, por ejemplo, las del número de abogados que, muy contraintuitivamente, se ha mantenido estable.

Si esto es así ¿A qué se debe la crisis de un sector que parece ahora más necesario que nunca con la práctica totalidad de la población española afectada por los abusos bancarios?

No podemos dar una respuesta categórica, faltan estudios serios al respecto, pero, a falta de ellos, podemos señalar una serie de circunstancias que, sin duda, han influido en la gestación de la crisis presente. Advirtamos, no obstante, que ninguna de ellas, por separado, explica la magnitud del desastre.

La primera circunstancia que podríamos señalar es la progresiva tendencia a la reducción del ámbito competencial de la abogacía. Ejemplo paradigmático de esta tendencia fue la despenalización masiva de los accidentes de tráfico y el establecimiento de un sistema extrajudicial de resolución de conflictos derivados de accidentes de tráfico.

La “desjudicialización”, presentada sistemáticamente como “positiva” ante un público que no percibe a la administración de justicia como la máxima garante de sus derechos, sólo ha sido criticada desde la fiscalía resultando, por el contrario, llamativo el ominoso silencio de la abogacía institucional ante esta tropelía. Los juicios de faltas de tráfico —otrora fuente importante de trabajo para los juzgados de instrucción— desaparecieron en su modalidad de delito leve sin que ni consumidores ni la propia abogacía institucional movieran un dedo por impedirlo. Nadie, salvo las compañías de seguros, ha ganado con ello.

Esta tendencia a “desjudicializar” se ha repetido en otros sectores como el derecho de familia o el inmobiliario, encomendando a operadores distintos de los abogados funciones anteriormente propias de estos.

La segunda circunstancia a señalar junto con la tendencia “desjudicializadora” es la crónica aversión de nuestros gobernantes a invertir en justicia. Antes que incrementar en un solo euro los presupuestos en justicia nuestros gobernantes pasarán horas cantando las virtudes de los sistemas alternativos de resolución de conflictos y deplorando la a su juicio “excesiva judicialización” trazando de este modo una hoja de ruta que pretende reservar la administración de justicia a los casos “importantes” mientras que encomienda los casos “menos importantes” de los ciudadanos a un sistema low-cost de resolución de conflictos.

Una tercera tendencia que ha contribuido a la gestación de esta crisis ha sido la invasión del mercado de los servicios jurídicos por intermediarios captadores de clientela.

Esta captación de clientes, que luego eran descaradamente redirigidos hacia determinados despachos en condiciones favorables para el intermediario, apareció en nuestros país merced a las prácticas torcidas de determinadas compañías de seguros que, a través de la garantía de reclamación y defensa jurídica, desviaron una parte importante de la demanda hacia despachos con pactos de honorarios económicamente favorables para las compañías. Tales prácticas, no denunciadas nunca por la abogacía institucional y no perseguidas jamás por la CNMC, fueron soportadas por los muchos abogados y abogadas que, dependiendo de la demanda de servicios escasamente remunerados de las aseguradoras, cayeron en la precarización que ahora, con la desjudicialización, se convierte en crisis grave.

En esta invasión del mercado por los intermediarios de servicios jurídicos ha ayudado la existencia de una abogacía tradicionalmente opuesta a determinadas prácticas publicitarias, aún controladas por normas deontológicas que jamás se aplicaban al intermediario. En esa situación las inversiones en publicidad han generado bolsas cautivas cuando no engañadas de clientes.

Una cuarta circunstancia ha sido la cada vez mayor mercantilización de los servicios jurídicos, práctica amparada por la Comisión Nacional del Mercado de la Competencia que, desde una profunda incapacidad para comprender el mercado de los servicios jurídicos, ha castigado sistemáticamente a la profesión ante la incapacidad de la abogacía institucional para invertir la tendencia.

Una quinta circunstancia, last but not least, ha sido el deficiente e infradotado sistema de justicia gratuita existente en este país que empuja los precios a la baja aprovechándose de la tradicional vocación ética de la abogacía.

Complementarias de las anteriores circunstancias son toda una serie de situaciones que, al igual que las circunstancias anteriores, empujan al mercado de servicios jurídicos s una situación dual de grandes despachos para los poderosos económicamente y una abogacía low-cost correlativa a una justicia low-level para el resto de la ciudadanía. Así, por ejemplo, la imposibilidad para la conciliación laboral, profesional, personal y familiar de abogados y abogadas, favorece a aquellas empresas que hacen de la relación letrado-cliente algo impersonal y no basado en la imprescindible relación personal y de confianza. Los intentos de reducir el número de sedes judiciales —por ejemplo en el caso de los infames juzgados hipotecarios— no son más que maniobras en favor de los grandes despachos (a quienes favorece una planta reducida) y en contra de los administrados y sus letrados y letradas a quienes se impone un peaje en la sombra por acceder a la administración de justicia. Un sistemático posicionamiento de las más altas instancias de nuestra judicatura a favor de los usuarios intensivos de la administración de justicia apenas ha podido verse corregida por una gloriosa judicatura de trinchera, en primera instancia, que ha defendido los derechos de los ciudadanos y consumidores alzándose sistemáticamente a Europa y venciendo así, en muchos casos, la queratinosa resistencia de un Tribunal Supremo percibido por la ciudadanía como al servicio de los poderosos. Una demencial regulación del sistema de costas, disuasorio en la jurisdicción contenciosa, no ha ayudado tampoco a preservar los derechos de los ciudadanos y ha consolidado una inaceptable posición de ventaja de la administración como una de las principales usuarias intensivas de nuestra administración de justicia.

Todos estos factores —y alguno más que sin duda se me pasa por alto— han conducido a la abogacía a la crisis más grave de su historia. Ignorada por quienes no hicieron nada por evitarla, fomentada por quienes se ven beneficiados por ella, anhelada por quienes esperan lucrarse merced a tecnologías más diseñadas para el negocio que para la recta administración de justicia, esta crisis es una realidad visible para todos menos para quienes se benefician de ella.

Como puedes imaginar si tú, que eres el perjudicado o la perjudicada por ella no haces nada por salir de ella, no esperes que, quienes esperan beneficiarse de la misma lo hagan por ti.

Tenemos, pues, un duro trabajo que llevar a cabo juntos. Queda una semana para reunirnos en Córdoba y cambiar las cosas, aún quedan plazas.

Los abogados y los bienes inembargables

Los abogados y los bienes inembargables

Proclama el ordinal segundo del artículo 606 de la Ley de Enjuiciamiento Civil que serán inembargables:

Los libros e instrumentos necesarios para el ejercicio de la profesión, arte u oficio a que se dedique el ejecutado, cuando su valor no guarde proporción con la cuantía de la deuda reclamada.

Dicho de otro modo, si es usted albañil sus herramientas de trabajo son inembargables y, si es usted programador, puede estar tranquilo, su ordenador y periféricos necesarios para su trabajo están a salvo del banco.

No es que la ley le haga a usted ningún favor, no; lo que la ley quiere es garantizarse que usted podrá seguir trabajando y pagar a su acreedor porque, como seguramente usted sabe —y si no lo sabe yo se lo digo—, en España las deudas son vitalicias y usted estará obligado a satisfacerlas no hasta el límite de sus haberes (como los bancos y las personas jurídicas) sino hasta que las pague o por completo o se muera. Quizá esto que le cuento le sorprenda, en España estamos acostumbrados a que las deudas sean para siempre, pero eso que a usted le parece normal es una anomalía tanto histórica como geográfica.

Pero vamos a lo que importa. Si lo que la ley persigue es que los deudores puedan seguir trabajando hasta pagar su deuda ¿qué sentido tiene impedir el ejercicio profesional al letrado o letrada que no han podido pagar su cuota colegial o de la Mutualidad de la Abogacía?

Pareciera que hablar de pobreza en la abogacía molesta y, sin embargo, no es arriesgado afirmar que un tercio de los abogados y abogadas de España están en situación límite a la insolvencia.

Hace dos años la Mutualidad de la Abogacía remitió cuarenta mil cartas a abogados y abogadas que no estaban al corriente de sus pagos y los colegios de abogados no son ajenos al volumen de impagados que soportan en las cuotas, a pesar de su moderado importe. Cuarenta mil abogados de un censo de menos de ciento cincuenta mil indica que nos hallamos en una situación límite en un momento en que una nueva recesión se anuncia. ¿Cómo resistirán esos abogados y abogadas, sus familias y sus hijos, a un nuevo golpe?

No todo han de ser malas noticias, pues, para quienes cotizan como autónomos el impago de sus cuotas no les impedirá continuar con su ejercicio. Si mis compañeros laboralistas no me han informado mal —yo no soy laboralista— en el caso de estar afiliado al RETA (régimen de los trabajadores autónomos) el impago no impide trabajar y si se gana menos del salario mínimo no hay obligación de pago.

Y si esto es así ¿Por qué el impago de cuotas priva a los abogados y abogadas de la única herramienta con que podrían pagar sus deudas?

El último proyecto de ley de Colegios y servicios profesionales previó poner fin a esta aberración y expresamente prohibió que se pudiese privar de su capacidad para el ejercicio profesional a quien no pagase su cuota colegial. Todo ello, claro, sin perjuicio de que se reclamasen dichas cantidades con los recargos procedentes; pero, lo que no se toleraba, era privar a abogados y abogadas de su herramienta de trabajo. Nada extraño, tal proyecto de ley solo pretendía tratar a letrados y letradas de la misma manera que la Ley de Enjuiciamiento Civil trata al resto de los españoles.

Las deudas no pueden llegar a tanto que impidan trabajar al deudor pues ello es condenarle a la muerte civil y eso es así en cualquier lugar del mundo civilizado, incluida España, aunque, al parecer, la república de la abogacía no debe formar parte de este país porque es la única a la que no alcanza tal limitación.

Sé que molesta oír hablar de pobreza en la abogacíay que los dirigentes sector prefieren vivir en mundos llenos de microrrelatos, estupefacientes digitales que no entienden, ferias de muestras, coros y danzas y, sobre todo, competiciones de bisutería condecorativa. Pero, sepámoslo, en la abogacía hay bolsas no de escasez o apretura, sino de pura pobreza, y esas bolsas alcanzan a abogados que, hasta ahora, se habían ganado la vida dignamente. Una nueva recesión se anuncia y en la cubierta del Titanic de la abogacía la orquesta sigue interpretando polkas.

Alguien tendrá que enfrentar la crisis que viene y tomar las medidas precisas para que esta no golpee, como siempre, a quienes menos convendría que golpease.

Está en tus manos impedirlo. Aún puedes ir a Córdoba.