La coliflor universal

La coliflor universal

Hoy me han dicho que me disperso, que no me centro, que no estoy «a lo que hay que estar» (no sé por qué en el 99% de los casos ese «a lo que hay que estar» quiere decir indefectiblemente ganar dinero) pero, créanme, es que no puedo; dispersarme es consustancial a mi naturaleza.

Y si no miren esta coliflor. ¿Observan como las ramitas pequeñas tienen la misma estructura que las medianas y esta la misma que las grandes? Si fotografiásemos ramitas grandes, medianas y pequeñas y las ampliásemos a la misma escala serían para nosotros virtualmente indistinguibles. La coliflor, así vista, es una realidad fractal y, claro, ¿cómo no voy a dispersarme?

Cuando era un zagal y me enseñaron el modelo atómico de Böhr —o el de Rutherford— a mí (y seguro que a usted) me parecían idénticos a nuestro sistema solar y por eso yo (y seguro que usted también) imaginábamos que quizá todo el universo era una especie de sistema fractal donde los electrones giraban alrededor de un núcleo, los planetas alrededor de unos soles y los sistemas solares alrededor de otro núcleo en las galaxias que, seguro, que a su vez…

Un universo fractal, como una coliflor, como un sólido cristaligráfico, como las curvas de Mandelbrot. Confiese: si usted no ha pensado esto alguna vez estoy seguro de que ha pensado algo parecido.

Si a eso le añade usted un poco de incienso gnóstico y recuerda al Hermes Trismegisto («como es arriba es abajo») ya tiene usted combustible para quemar unas horas de su tiempo y es justo en ese momento cuando alguien vendrá y le dirá que «hay que estar a lo que hay que estar»… Probablemente trabajar para ganar dinero… O comer la coliflor antes de que se enfríe, como es el caso en este momento.

El Capitán Araña

El Capitán Araña

En Cartagena, cuando yo era niño, el paradigma del sujeto despreciable era el llamado “Capitán Araña”. Se decía que el “capitán araña” embarcaba a la tripulación para luego quedarse él en tierra. El “capitán araña” era, pues, ese sujeto miserable que ordenaba a las tropas marchar al ataque para quedarse él en el refugio, que pedía a otros que ayudasen o hiciesen obras de caridad mientras él no daba nada o llamaba a población a la honradez mientras él se lucraba con sus obvenciones.

Los niños de mi generación teníamos muy claro cuál era el paradigma de un héroe y cual el paradigma de un villano y, dicho esto, debo decirles que estos días no puedo soportar la visión de esta foto.

Quizá no leí los libros adecuados de niño, quizá no vi las películas correctas, quizá los héroes de mis tebeos jamás existieron en la vida real. A lo mejor todo aquello no era más que un engaño.

Los héroes de mis libros y tebeos eran tipos previsibles: Si la tropa pasaba hambre ellos pasaban hambre con la tropa; si el barco había de combatir ellos se plantaban en el puente en uniforme de gala y no colocaban a sus hombres en más peligro de aquel en que ellos mismos se colocaban; si, en fin, el barco se iba a pique, ellos eran los últimos en abandonarlo y eso siempre y cuando no les diese la petera de hundirse ellos con él.

Lo que nunca vi ni leí es que esos hombres comiesen caviar mientras la tropa ayunaba, mandasen sus hombres a la muerte mientras ellos huían o agarrasen el primer bote salvavidas cuando el barco amenazaba con irse a pique. Esas acciones no eran propias de estos hombres, esas acciones las llevaban a cabo los villanos, los malvados, los infames y repugnantes sujetos que ilustraban todo aquello que los niños debíamos odiar.

Esta noche, mientras trataba de dormir, he vuelto a ver esta foto en redes sociales y me me he vuelto a acordar de esto que escribí hace un tiempo, pues, mientras el toque de queda restringía los derechos de la población “ellos” (que a lo que se ve no son humanos y escapan a las normas y recomendaciones que ellos mismos hacen) se reunían a cara destapada para celebrar un sarao mientras encerraban a la población.

Sí, muy probablemente me educaron mal.

O a lo mejor no y los miserables son ellos. Y sí, en la fiesta estaba el ministro de justicia.

Capitanes Araña.

La humanidad domesticada

La humanidad domesticada

Hubo un tiempo en que los seres humanos eran pocos, tomaban de la naturaleza lo que necesitaban para vivir y esta se lo ofrecía regularmente sin mayores problemas. El ser humano satisfacía sus necesidades y el equilibrio perduraba.

En algún momento en torno al año 10.000 antes de Cristo el hombre dejo de tomar de la naturaleza lo que necesitaba y en lugar de cazar aquello que le era necesario empezó a consagrar su vida a criarlo él mismo y protegerlo de los peligros de la naturaleza. Arriesgó su vida por defender a la cabra y a la oveja y la fortuna le sonrió. Hoy, 130 siglos después, los seres humanos se han multiplicado pero también lo han hecho los animales domesticados con los que el hombre formó sociedad y hoy, por extraño que parezca, viven en nuestro planeta más animales domesticados que salvajes.

Algo parecido pasó con las plantas. El ser humano renunció a coger las plantas cuando las necesitaba y consagró su vida a cuidar a algunas de ellas. Hay quien sostiene que no fue el hombre quien domestió al trigo sino que fue el trigo el que puso a millones de hombres a trabajar para él, cuidándolo, sembrándolo y cuidando de que se reprodujese. Treinta siglos después, miles de millones de hombres siguen cuidando de que el trigo sea un vegetal exitoso. Los seres humanos se multiplican y las plantas domesticadas también. Cada vez queda menos sitio en el mundo para vegetales salvajes y no relacionados con la agricultura.

Hoy, antes de comer, me he encontrado con mis amigos @jesusviartolabrana y @pepefranc que estaban tomando una copa de vino blanco en un comercio de criadores de atún (sí, hoy el atún se cría como las ovejas o el trigo) y mientras hablaba con ellos no podía evitar pensar en como el hombre modifica el mundo y sus equilibrios hasta provocar situaciones insostenibles.

Ahora que vivimos una pandemia quizá debiéramos repensar nuestra percepción de lo que es la salud y aceptar que es imposible estar sano inmerso en un ecosistema enfermo y que sólo en un mundo sano pueden vivir seres humanos sanos.

Al margen de todo eso, este atún encebollado estaba estupendo.

La luna, el agua y la Región de Murcia

La luna, el agua y la Región de Murcia

Leo que han detectado agua en la luna y no puedo evitar sentimientos encontrados. Me alegro, mucho, sí, soy un trastornado de la carrera espacial y es este un viejo sueño largamente acariciado pero, según me alegro, miro a mi alrededor y me invade la melancolía.

Vivo en un región sedienta de agua, vivo en una región donde Portmán y el Mar Menor nos gritan a la cara todos los días que somos unos inútiles. Somos capaces de alegrarnos de que el ser humano encuentre agua en la luna pero no somos capaces de movilizar a los muchos y buenos científicos que tenemos para, no sólo remediar, sino establecer procedimientos de recuperación del procomún en casos como los dichos de Portmán y el Mar Menor.

En la Región de Murcia la hemos cagado bien cagada, pero, con todo y con eso, la mayor cagada la estamos cometiendo en este momento, demostrando que somos incapaces de movilizar todos nuestros recursos para dar una esperanza al mundo en este tiempo de cambio climático y tragedia del procomún.

Tenemos una causa digna del esfuerzo de la humanidad en su conjunto y en el Paseo de Alfonso XIII son incapaces de liberarse de sus sietemesinas vendas políticas y pensar en grande, como seres humanos parte de una humanidad en peligro.

Sí, me alegra leer que han descubierto agua en la luna, pero, al mismo tiempo, me entristece saber que en el Paseo de Alfonso XIII esos hombres y mujeres a los que los partidos nos dicen que votemos son incapaces de encontrar la forma de ponerse de acuerdo.

Quizá sea ya tiempo de hacer algo.

Pliego de descargo

Pliego de descargo

Hubo una vez un hombre sabio que se jactó, con justicia, de no haberse sentado a comer jamás sin hambre ni haberse levantado nunca saciado. Y no es que su apetito fuese inagotable —que es lo que puede haber pensado cualquiera de mis sofísticos lectores— sino que practicó la moderación en el comer como hábito de vida: no comer nunca sin hambre, no comer nunca hasta saciarse.

A este hombre, que no era otro que el rey Ciro de Persia, se le tuvo por tan sabio y bueno que el mismísimo profeta Isaías le consideró «Mesias» en su libro; libro santo para judíos, cristianos y musulmanes.

Ciro dio libertad a los pueblos oprimidos, entre ellos a los judíos a quiene restituyó a su patria y les ayudó a reconstruir su templo (el Segundo Templo) y, dicen los que han traducido su «cilindro», que en él se encuentra el antecedente más remoto de la declaración universal de los derechos del hombre.

Sé que, muchos de ustedes, me tienen por un tragaldabas apoyados por las imágenes de mis habituales fotografías de comida, pero les aseguro que no o, por lo menos, no ahora. Yo, como Ciro, considero que es propio de personas sabias el ser moderados en el comer; al menos lo pienso de hace tres años para acá.

Trato de que mi comida diaria tenga lugar cuando siento hambre y trato de no levantarme saciado de la mesa, trato de alimentar el cuerpo y el intelecto y no me limito a masticar los alimentos sino también a conocerlos, trato de distinguir el hambre del puro hábito y de la maldita ansiedad y, por ello, ayuno un día a la semana 24 horas, porque me sienta bien, porque me hace conocerme y porque me enseña a distinguir el mero deseo de la pura necesidad.

Tomo fotos de lo que como, sí, pero eso es porque es imposible fotografiar lo que no como y es en esa realidad no comiente, créanme, donde encuentro las mayores satisfacciones.

Hoy toca pollo con champiñones, tengo mucha hambre y la ración me parece pequeña… Creo, pues, que hoy me voy a portar como Ciro aunque sea a la fuerza.

Cartagena y Spinoza

Cartagena y Spinoza

Fue el filósofo holandés de origen sefardí hispano-portugués Baruch Spinoza quien afirmó que «cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser». Esta idea viene a decir que cada realidad, desde un grano de arena o un planeta —en incluso las ciudades— tienen dentro de sí cierto ímpetu, cierto dinamismo que les lleva a existir y a perseverar en ese estado.

Sólo desde un punto de vista «Spinoziano» puede entenderse que una población como La Unión, con escasos veinte mil habitantes, sea todos los años noticia cultural en los telediarios nacionales gracias a su Festival Internacional del Cante de Las Minas. La Unión, perseverando en su esencia, en lo que saben hacer y en lo que les es propio, consigue año a año una visibilidad cultural que Murcia, con sus cuatrocientos mil habitantes no logra. Es algo admirable esto.

Murcia o Cartagena tienen la costumbre de no seguir la máxima de Spinoza de perseverar en sus esencias y por eso Murcia ha destruido lamentablemete su huerta —que era una maravilla del mundo y probablemente un patrimonio de la humanidad avant la lettre— y Cartagena deja languidecer su patrimonio histórico en favor de acciones culturales y ciudadanas de corte foráneo.

Miren, ciudadanos de Murcia y Cartagena, por más que nos empeñemos en invertir millones en palacios de congresos, auditorios o estadios, nunca sobresaldremos por eso, siempre habrá en el mundo al menos unas cuantas decenas de construcciones similares y seguramente mucho mejores. Lo que no hay en ningún lugar del Mediterráneo, por ejemplo, es una plaza de toros construida sobre un anfiteatro romano en una ciudad donde se dieron juegos de gladiadores (munera gladiatoria) antes que en ninguna otra ciudad de Hispania, la Galia o Britania. Y, si hay en el mundo lugares con edificios parecidos, son pocos y nuestras ventajas competitivas son grandes.

El Puerto de Cartagena ha decidido invertir para modificar por enésima vez el frente marítimo de la ciudad. No puedo negar que el Puerto de Cartagena es la primera empresa de la región, que tienen dinero y que, como el dinero es suyo, se lo pueden gastar como quieran; sin embargo mucho me temo que volver a modificar el frente marítimo de la ciudad es mucho más que innecesario en estos tiempos y creo que hasta perjudicial.

El Teatro Romano de Cartagena es hoy por hoy el primer museo de la región por número de visitas y ha devuelto a esta ciudad —y no hablo sólo en términos económicos— el ciento por uno de lo invertido en su recuperación. Con esa iniciativa los cartageneros perseveramos en nuestra esencia y la ciudad nos lo premió, creo que el ejemplo debiera servirnos para recuperar el degradadísimo anfiteatro y dedicar a él un dinero que veríamos centuplicado en retornos.

Hay muy pocas ciudades en España que conserven un recinto abaluartado de tanta extensión como el de Cartagena, hay pocas ciudades donde la poliorcética clásica, medieval y moderna puedan estudiarse con ejemplos tan vívidos y reales como Cartagena, hay, en fin, una esencia en esta ciudad a la que, en la mayoría de los casos, no se presta la más mínima atención cuando no simplemente se la asesina (¡Ay de la Muralla del Mar y su criminal coronadura moderna!).

Creo que los habitantes de esta región debieran, en algún momento, reexaminarse y sentirse para, como dijo Spinoza, perseverar en su esencia. A mí la esencia de mi ciudad me motiva como pocas cosas en el mundo, desgraciadamente veo cómo se la maltrata por quienes más obligados estarían a cuidarla.

Hoy he leído un corto de mi amigo Miguel Pouget en Facebook y ha hecho que me acuerde no solo de Spinoza, sino de los ancestros más frescos de quienes nos gobiernan o nos han gobernado olvidando sus preceptos.

Tomaculum, lucanica y longanonis.

Tomaculum, lucanica y longanonis.

Los romanos llamaron a los embutidos «tomaculum» (tomaculum est tripa carnibus farta) o en otros casos, como el que nos ocupa, «lucanica», un embutido que se suponía originario de la región de Lucania y del que se ocuparon sabios personajes como Apicio o Cicerón. El hecho de que esta «Lucanica» se hiciese usando el intestino grueso del cerdo («longanonis» en latín) dió como resultado la ibérica longaniza que es lo que voy a cenar hoy.

España es un país que consume longaniza ya sea esta de pequeño, mediano o grueso calibre (salchichón, por mal nombre): desde Vich, pasando por Solsona (deliciosas sus llonganisses) hasta el rincón más extremo de la Extremadura, España es una unidad de destino en lo longanizal. Olvídense de Francia —cuyos embutidos son lamentables para el paladar que ha probado los de España—, abjuren de Italia, sus pompas y ostentaciones, destierren el salami de sus despensas y aténganse a la longaniza, salchicha o salchichón españoles. No encontrarán nada parecido.

El viernes pasado estuve en Lorca y no podía dejar pasar la oportunidad de aprovechar el buen hacer de los hombres y mujeres de aquel país, de modo que entré en una carnicería que conozco y en la que hasta el papel de envolver es artístico y me compré la longaniza, la imperial y el salchichón cocido que les muestro. El hombre que atendía la percha llamó a este último producto «catalana» y un mar de recuerdos de bocadillos infantiles y meriendas chusco en ristre se me vinieron a la cabeza; sí, yo pedía a mi madre bocadillos «de catalana» ¿cuándo olvidamos ese nombre los que vivimos fuera de Lorca?

Hoy me he determinado a cenarme parte de lo que agencié el viernes y, como siempre, los aromas antiguos me hacen evocar todas las cosas y dan un sabor especial a los platos.

Sólo una cosa me molesta ¿Por qué pondrían los romanos el nombrecito de «tomaculum» a un objeto en forma de salchicha?

Mejor no lo pienso. ¡A cenar!

Hispania y Fenicia

Hispania y Fenicia

Dicen que fueron los fenicios los que pusieron nombre a España llamándola  Hispania nombre que parece derivar del término ऀ‏उ‏ऎ‏ऐ‏ऍ‏उ‏ (ʾyspny). Este se ha interpretado, ya desde antiguo como ʾy-spn-y, significando «la isla o península de los damanes» (un bicho ungulado lejanamente parecido al conejo bastante abundante en Canaán),​ por la supuesta riqueza en conejos de estas tierras, que los fenicios habrían asimilado o confundido con aquellos. La explicación deja muchos cabos sueltos: confundir un damán con un conejo es un error grave porque el damán tiene muy mala leche y ataca, aparte de tener voz poderosa y no conocer yo ninguna receta libanesocananea para comerlo.

Por su parte, según Cunchillos, en su Gramática fenicia elemental (2000), la raíz del término span es spy, que significa «forjar o batir metales». Así, ʾy-spn-ya sería la «la tierra en la que se forjan metales», lo cual, a mí, me parece más creíble dada la afición fenicia al metal tartésico o de la Sierra de Cartagena-La Unión.

Hoy, para investigar la cuestión en profundidad, me he gobernado un conejo al ajillo y estaba cojonudo; nada que ver con el damán, lo que prueba más allá de toda duda que los primeros fenicios que vinieron a España vinieron a por los metales de Tartessos, por la plata de Cartagena y por los michirones de la Bodega Lloret en La Unión.

El conejo al ajillo de hoy y los barcos cargados de lingotes de plomo de La Unión que guardamos en nuestros museos así lo atestiguan.

#phoenician #fenicios #conejo #rabbit #silver #plata #spain #hispania

Las grandes verdades de Averroes

Las grandes verdades de Averroes

Córdoba es tierra de personas sabias y honradas y la historia nos lo demuestra con claridad siglo tras siglo.

Si de personas honestas se trata los evangelios nos darán el mejor ejemplo, el cordobés Junio Galión, quien, ejerciendo de procónsul en Corinto y siendo gentil y politeísta, salvó a Pablo de Tarso de las iras de los judíos. Es el único hispano que sale en los evangelios (en los Hechos de los Apóstoles) y no por ladrón, bandolero o corrupto, sino por hombre íntegro y de juicio.

Y si Galión ilustra la honradez, Séneca, Ossio o Maimónides, nos ilustrarán la sabiduría como pocos. Gentil y filósofo el primero, cristiano y padre del cristianismo que hoy conocemos el segundo y judío el tercero, no habrá universidad del mundo que no los tenga entre los mayores sabios de la humanidad.

Sin embargo, de entre todos, yo prefiero al musulmán Averroes.

Gracias a Averroes el mundo conoció a Aristóteles y los magistrales comentarios a sus obras hechos por el cordobés acercaron la figura del estagirita a la humanidad. Claro que, como siempre, algún cenutrio tenía que venir a estropear las cosas y fanáticos religiosos acabaron acusando a Averroes de que la filosofía contradecía a la superior autoridad del santo Corán.

Averroes, que no era hombre que se achicase, se despachó a gusto en su «Tahafut al-tahafut» («Refutación de la refutación») pero eso no evitó que, en plena época de fundamentalismo religioso en Al Andalus, fuese confinado en Lucena.

Tampoco su obra gustó a los cristianos que la condenaron por motivos parecidos a los musulmanes: porque la filosofía y la ciencia no podían contradecir a su religión.

Los defensores de Averroes, sin embargo, elaboraron la tesis de la llamada «doble verdad», según la cual hay una verdad religiosa y una verdad científica las cuales no debieran interferir entre sí.

Creo yo que la mayor parte de la gente que conozco operan así, dan a la religión un lugar pero no lo mezclan ni confunden con la ciencia, aunque no es por esto por lo que yo les hablo hoy del sabio de Córdoba.

Hoy me he acordado de Averroes porque, entre las más brillantes y sabias afirmaciones que hizo, está su recomendación a todo el género humano de que se atenga al aceite de oliva y al arroz con leche. Y es verdad que, aunque no hubiese escrito otra cosa, sólo por estas dos inconmovibles verdades debiera la humanidad diputarle por sabio.

Hoy tengo arroz con leche de postre. Supongo que a estas alturas ustedes ya lo sospechaban.

Las respuestas son…

Las respuestas son…

Hoy he planteado dos encuestas en tuíter relacionadas con la festividad del 12 de octubre; la primera en relación a cuál era la bandera que arbolaban los barcos de Colón este día y la segunda sobre el origen de la dotación que las tripulaba. La participación ha sido grande y lo agradezco, el acierto ya, quizá, sea otra cosa.

1. La bandera de las carabelas

La verdad que no es fácil saber con exactitud cómo era la bandera que arbolaban las carabelas que llegaron a América el 12 de octubre de 1492 aunque el propio Colón, en su diario, las describe así:

«Sacó el Almirante la bandera real y los capitanes con dos banderas de la Cruz Verde, que llevaba el Almirante en todos los navíos por seña, con una F y una Y: encima de cada letra su corona, una de un cabo de la cruz y otra de otro.»

Así pues los navíos arbolaban banderas «de la Cruz Verde» con una F y una Y. Cómo era la cruz (de qué tipo era) es algo que no nos dice y que, por ello, merecería la pena investigar. Algunos quieren que la cruz sea de Malta, (supongo que por darle un toque templario), otros la pintan como si fuese del tipo “de la Orden de Cristo” lo que parece absolutamente fuera de lugar pues era propia de los portugueses, en Estados Unidos, por su parte, es muy popular en el «Columbus Day» una especie de cruz florenzada, mientras que, en la iconografía española, abunda la cruz patada (cruz cuyos brazos se van estrechando según se acercan al centro).

¿De qué tipo era la cruz y por qué? Es un magnífico tema de investigación que, yo, desde luego, no he llevado a cabo y, por lo mismo, no puedo decirles cuál de todas estas banderas que les muestro es la exacta.

Aunque créanme, hoy que se me han llenado mis time lines en redes sociales de banderas de los más variados colores, mucho más importante que saber que la bandera del descubrimiento era una parecida a esta que les muestro, es reconsiderar el uso que hacemos los seres humanos de los símbolos y su significado.

Así pues, feliz día verdiblanco de la hispanidad y, a todos aquellos que se han acercado a la respuesta correcta (que no sé cuál es como ya he dicho) les espero con el café asiático y todo el Mediterráneo dispuesto. Un saludo.

2. La composición de las tripulaciones

Por lo que respecta a la pregunta sobre los marineros y las comunidades autónomas ninguna de las respuestas que he ofrecido como posibles es absolutamente exacta.

Sin ninguna duda tras los andaluces los vascos fueron los tripulantes más numerosos y, entre marineros y grumetes, superaban el número de 7 (recordemos que una carabela tenía entre 18 y 25 tripulantes aproximadamente). Llaman la atención los tres marineros que aporta la villa de Lequeitio, los dos de la actual Ea y los que simplemente se sabe de ellos que son «de Vizcaya».

Cantabria aporta al menos 3 marineros, los tres de Santoña, pero Castilla (en concreto Segovia) también pone —probablemente— 3 entre los cargos y burócratas que embarcaron con Colón.

No se conoce que en la expedición viajase ningún catalán, gallego, canario, extremeño, asturiano o balear, aunque no se puede descartar dado que hay un buen número de marineros cuyo origen se desconoce.

Como curiosidad añadir que, en la Santa María, viajaba Diego, un pintor murciano que supongo iría como «fotógrafo» del viaje y, en toda la flota, no menos de cinco criminales.

Por cierto: ningún marinero se llamaba «Rodrigo de Triana» aunque Colón sí lo menciona en su diario del día 11 como la perdona que, desde La Pinta, gritó tierra; de forma que, si quieren entretener la tarde del domingo, pueden dedicarla a averiguar el nombre auténtico del tal Rodrigo, un hombre con una vida, ya se lo adelanto, misteriosa y apasionante.

Así pues, cuando decimos que el descubrimiento fue una empresa española estamos diciendo también que fue una empresa en la que andaluces, vascos, cántabros, castellanos y hasta dos italianos (un genovés y un calabrés) y un portugués (de Tavira) cooperaron con un tal Cristóbal Colón, un sedicente genovés a quien jamás se le oyó hablar ni escribir en italiano a su hermano o familiares.

Quizá el misterio sobre la patria de Colón permita incluir a todas las patrias en la gesta.