Políticas macabeas

Políticas macabeas

Hay momentos cruciales en la historia cuyos efectos se dejan sentir durante milenios y uno de ellos es, con toda seguridad, ese lapso de diez años en que Alejandro Magno conquistó un imperio mundial que abarcaba desde los balcanes en Europa hasta la ribera del Ganges en la India. Las dos grandes regiones que habían forjado los cimientos de la civilización hasta ese momento, Egipto y Mesopotamia, quedaron bajo dominio griego, como también quedó bajo dominio griego una región vital para lo que ha sido después la cultura del mundo occidental: Canaán y, singularmente, las regiones que hoy ocupa el estado de Israel y por entonces poblaban los restos que habían quedado de las tribus de Israel tras los sucesivos exilios (Judá, Benjamín…), Samaría, Galilea, Perea, Idumea… En fin, toda esa geografía que aparece en unos textos decisivos para civilización occidental: los que componen la Biblia Hebrea o Antiguo Testamento.

Las conquistas de Alejandro Magno fletaron un concepto que hoy nos resulta muy familiar asociado a los fenomenos religiosos: la «ecumene».

Verdaderamente Alejandro Magno fue el creador de la aldeal global, algo que nosotros llamamos ahora el «mundo helenístico».

Tras esos diez años de fulgurantes conquistas de Alejandro Magno que les he mencionado el mundo cambió por completo. De un mundo donde las gentes se identificaban en virtud de una etnia y un territorio se pasó a un mundo donde las personas se identificaban en virtud de una cultura. Si usted hablaba griego koiné podía viajar desde Atenas a Etiopía o desde Jerusalén a Bactriana sin demasiada necesidad de usar otra lengua. Podía usted además reconocer en las ciudades por donde pasase el modelo de ciudad estado griega y podría ver cómo en sus teatros se representaban obras griegas con igual o superior magnificencia.

La helenificación de los pueblos que cayeron primero bajo el dominio de Alejadro y posteriormente bajo el de sus generales Seleuco y Ptolomeo fue tan importante que, por ejemplo, para la época del nacimiento de Cristo, nuestro Antiguo Testamento (la Biblia Hebrea) hacía dos siglos que había sido traducida al griego koiné por orden de Ptolomeo II, pues los propios judíos habían dejado mayoritariamente de hablar hebreo durante el exilio en Babilonia de donde volvieron hablando arameo y, tras la conquista de Alejandro Magno, griego koiné.

Hablar hebrero o arameo llego a ser en cierto momento algo excepcional incluso para los propios judíos y, tal y como puede leerse en los «Hechos de los Apóstoles», el hecho de que Pablo pudiese hablar en arameo a la multitud resultó a muchos sorprendente.

Ese traducción del Antiguo Testamento al griego, iniciada dos siglos antes del nacimiento de Cristo por orden de un faraón griego de nombre griego (Ptolomeo II Filadelfo) y llevada a cabo en una ciudad significativamente llamada Alejandría, es una buena ilustración de cómo la cultura griega había invadido todo el oriente dando lugar a eso que llamamos el mundo helenístico y que sería el ecosistema en el que nacería y desarrollaría esa religión sobre la que se construyó lo que hoy se conoce como la «civlización occidental».

Sin embargo, ese mundo donde las gentes se identificaban por factores biológico-geográficos, (una etnia, un territorio) no había muerto y mucho menos entre los pertenecientes a un pueblo que se consideraba «el pueblo elegido» y que creía habitar una tierra que les había legado el mismo Yahweh; y en esa situación aparecieron los insurgentes contra la cultura y la dominación griega, unos hombres a los que la historia conoce como los Macabeos, gentes que sublevaron a su etnia contra aquella nueva realidad, gentes que no deseaban pertenecer a la ecumene alejandrina.

Si lo piensa usted bien la situación de la Judea del siglo primero antes de Cristo es muy parecida a la actual.

Las olimpiadas griegas ahora ya no eran griegas pues ahora eran patrimonio de todo el mundo helenizado; de ahí que Gasol pudiese entonces jugar en la NBA y que no hubiese problema alguno en que el auriga Fernando Alonso compitiese en el hipódromo, eso sí, dando las ruedas de prensa en griego koiné.

A la gente le encantaba ponerse nombres griegos como signo de estatus y si hoy la moda es llamarse John, Samantha o Jennifer, entonces un rey podía llamarse Antíoco Epífanes o Cleopatra, nombres griegos ambos.

Ideas, religiones, comida, dinero, textos filosóficos y científicos, navegaban entonces y ahora por aquella aldea global y por esta, las modas se propagaban y, frente a la idea tribal de etnia y territorio, apareció por primera vez la idea de cultura que, poco después, los romanos llevarían a su máxima expresión incorporando dentro de un solo inperior multitud de razas, religiones y territorios.

Pero, la misma pulsion étnico-territorial que en Judea llevó a los Macabeos a alzarse en contra de la ecumene helenística, ha estado siempre presente en nuestra civilización y esa pugna entre la aldea global y el estado tribal nunca ha acabado de extinguirse.

Ese binomio pueblo (etnia) y territorio (estado) está presente y en la base de muchos de los conflictos del siglo XX y no cuesta trabajo encontrarlo bajo eslóganes cultivadísimos como el «Ein Volk, ein Reich, ein Führer» de infausto recuerdo.

La dinastía Asmonea, la raza de los Macabeos, jamás se ha extinguido y puebla todos los estados de la tierra y esa pulsión macabea, a poco que se rasque, igual aparece bajo cualquier brexit que bajo cualquier apelación a «la patria» sea esta la patria que sea que defienda el que la invoca.

La humanidad es en esto, sí, muy griega y dual: mundo de las ideas y de la materia, bien y mal, alma y cuerpo… Pero también grecolatinos o macabeos.

Y ahora que he escrito esto (que inevitablemente alguno de ustedes calificará de «rollo macabeo») me quedo interrogándome sobre cuánto hay en mí de ecumenista grecolatino o de particularista macabeo.

Y no, creo que no; creo que a mí me gustan muy poco los rollos macabeos, esos que, sin embargo, sirven a muchos políticos que no necesitan más ideas (quizá no las tienen) que saber que pertenecen a un pueblo y que nacieron en un lugar.

La catedral y la concatedral de esta diócesis

La catedral y la concatedral de esta diócesis

Uno de los dos edificios que ven estas fotos es una catedral, el otro es una concatedral.

Ayer, mientras tomaba fotos en la Plaza de Belluga de Murcia, recordaba la insistencia de mi amigo Juan Francisco López Sánchez (Cartagena 1961), quien siempre que hablo de la «Catedral de Murcia» me corrige y me dice «concatedral, que no catedral», y en abono de sus tesis me aporta documentación oficial tanto de la jerarquía eclesiástica como civil. Y sí, la Catedral de esta diócesis es el segundo edificio que ven: las ruinas de una iglesia bombardeada por la aviación franquista durante la guerra civil.

A mí, de todas maneras, la concatedral de Murcia siempre me ha impresionado y su imafronte me sume siempre en reflexiones sobre lo que fue, es, sea o deba ser, esta región.

Si observan ustedes los elementos decorativos de este imafronte verán que lo que él se muestran son motivos mayoritariamente de esta región pero todos ellos ajenos a la ciudad en que se exhiben: santos cartageneros (Isidoro, Leandro, Florentina, Fulgencio…), la Cruz de Caravaca…

Cartagena, Lorca, Cehegin, Jumilla… Las ciudades de esta región existen y han convivido desde la noche de los tiempos en este trozo de tierra al que Diocleciano llamó Distrito Carthaginense, pero Murcia, la actual capital, llegó tarde, pues llegó con los árabes de forma que, al no tener ningún pasado cristiano, echó mano de los del resto de la Región para decorar la «catedral» (mi amigo Juan Francisco notará las comillas) que hoy conocemos.

La Catedral, en cambio, construida con piedras del viejo teatro romano, sede metropolitana y muchos sostienen que primada de España (hay un documento falso de la época de Gundemaro que la traslada a Toledo) hoy yace en ruinas bombardeada durante la guerra civil por los aviones de quienes decían defender la fe.

¿Comprenden que me dé por pensar?

El barrio de las diosas

El barrio de las diosas

En el pequeño espacio que se ve en la fotografía los cartageneros han dado culto a tres diosas desde hace más de dos mil años. A ustedes puede parecerles algo de poca importancia, a mí me impresiona y me sume en cavilaciones.

En primer término pueden ver el templo de Isis, una deidad egipcia cuyo culto fue mayoritario en el siglo I de nuestra era. Diosa madre, grande en magia, estrella de los mares y protectora de los marineros no cuesta imaginar cómo su culto llegó hasta aquí desde el oriente en los barcos que llegaban desde allá.

A la izquierda, tras una especie de escalinata, se ve la única columna que queda del templo de Atargatis, otra diosa relacionada con el agua, de hecho Atargatis fue una diosa sirena, mitad mujer mitad pez. Fue otra diosa que llegó en barco.

A la derecha se ve la cúpula de la iglesia de la Virgen de la Caridad, la actual patrona de la ciudad, otra figura sacral que también llegó en barco.

Muchas oraciones de muchas personas de muchas fes y credos distintos aún vibran en este pequeño espacio de mi ciudad. ¿Hay algo especial en él que atrae a las diosas?

Esta es una de las muchas partes de que está hecha mi ciudad.

Mazamorra

Mazamorra

Sería el año 1965 o 66 cuando fuí por primera vez a un colegio público y mi primer material escolar fue un único libro que llevaba el nombre de «El Parvulito». Obviamente yo iba a clase de párvulos.

Recuerdo aún de memoria muchas de las lecciones. La primera, por ejemplo, nos dejaba bien claro desde el principio de qué iba la cosa y decía:

Dios es nuestro padre que está en los cielos, creador y señor de todas las cosas, que premia a los buenos y castiga a los malos. Dios hizo el mundo en seis días.

(El Parvulito. Lección 1.)

Cuando tienes cinco años no estás para cosmogonías así que me lo aprendí sin discutir, pero la que no me tragaba era la lección cuatro que se llamaba «Productos de mi pueblo» y empezaba diciendo:

«Los productos de mi pueblo son el trigo, la vid y el olivo».

A mí aquello me sublevaba y me molestaba tener que aprendémelo: yo vivía en Cartagena y en mi ciudad no había ni trigo, ni vides, ni olivos (al manos hasta donde yo conocía del mundo) muy al contrario, los padres de mis compañeros trabajaban en refinería o en Bazán, de forma que los productos de mi pueblo —si es que Cartagena era un pueblo, cosa que yo no veía nada clara— eran más bien el gas butano y los submarinos. Nada de trigo, vid, ni olivo.

Pero como un libro es un libro y un profesor con palmeta es un profesor con palmeta, pues yo lo repetí tantas veces que aún hoy, cincuenta y cinco años después, me acuerdo de memoria de aquella memez.

Y cuento esto porque hoy he preparado para comer ajoblanco y una poca de mazamorra con que matar el gusanillo, porque si algún producto daba mi tierra en el desértico secarral de aquellos años era la almendra. Cuando yo salía al campo veía almendros (qué árbol más bonito, por dios) y «garroferos» que es como se llama en Cartagena al algarrobo. Jamás vi trigo ni vi vides y, como mucho, alguna parra que diese buena sombra en verano.

Quiero decir que la comida de hoy, ya sea ajoblanco o mazamorra, se avía con una buena ración de almendras, pan, sal, vinagre, aceite y ajo. Si añadimos poca agua de forma que la masa anterior permaneza consistente tendremos la llamada «mazamorra cordobesa», un plato de sabor maravilloso y con resabios judíos.

Pasa con la mazamorra que hay que comerla con tiento porque es una bomba energética termonuclear. Para que se hagan una idea: yo hoy he usado 50 gramos de almendras y otros 50 de pan, amén de 20 centilitros de aceite. Pues bien, esos humildes 120 gramos de comida, nos aporta más de 600 calorías por lo que, si te comes un cuenco de mazamorra, debes construirte tú solo otra mezquita de Córdoba esa tarde para quemar lo ingerido.

Es un producto sanísimo, eso sí, y que recomiendo vivamente a todas esas compañeras que veo que andan esqueléticas por el estrés de esta profesión. Sano, sabroso, culturalmente aliñado, reparador de anemias y restaurador de carnes para cualquier malcomida.

Es por eso que, dado su tremendo poder alimenticio y que a mí kilos la verdad es que no me faltan, sólo me he servido un platito minúsculo y el resto de la masa lo he alargado con agua fresca hasta obtener un fantástico ajo blanco que va a ser mi plato principal de hoy junto con unos taquitos de jamón.

De postre, y pues de productos de mi pueblo va la cosa, me he gobernado unos higos de pala, porque esa y no otra es la fruta que antes se veía en los secarrales desérticos del Campo de Cartagena aunque, debo decirlo, no puedo evitar que me moleste bastante tener que pagar en la frutería los higos de pala. Creo que no pagué un higo de pala hasta hace un par de años pues, de mi educación infantil me queda, además de lo aprendido en «El Parvulito», la costumbre de coger gratis los higos chumbos de las paleras.

Ya no hay caso, una epidemia ha diezmado las chumberas y hoy los higos de pala se pagan caros.

Qué se le va a hacer.

El hombre le puso nombre a los animales (in the begining)

El hombre le puso nombre a los animales (in the begining)

El hombre le puso nombre a los animales (in the begining) pero a los hombres les pusieron nombre los griegos. Por ejemplo, los egipcios jamás llamaron «Egipto» a su país ni ellos se llamaron nunca «egipcios», del mismo modo que los fenicios nunca llamaron «Fenicia» a su país ni ellos se llamaron jamás a sí mismos fenicios. Fueron los griegos los que bautizaron a Egipto y los egipcios, a Fenicia y los fenicios y a un montón de pueblos más, entre ellos y con toda probabilidad también a nuestro país.

Si un habitante del Valle del Nilo en la antigüedad le escuchase a usted llamar a su país «Egipto» se habría partido de risa. Los egipcios eran los sevillanos de la antigüedad: vivían bajo el error invencible de que vivía en el mejor lugar del mundo y el único en que merecía la pena vivir y los dioses así lo habían señalado. De sur a norte una larguísima lengua de agua, el Nilo, trazaba una linea evidente para cualquiera que tuviese ojos en la cara y de Este a Oeste, todos los días, el sol trazaba otra linea perpendicular a la anterior. Ambas lineas se cruzaban sobre un punto: Egipto. ¿Es que no está claro que los dioses habían señalado con esa cruz cósmica dónde estaba el mejor país del mundo?

Pero los egipcios no vivían en cualquier parte, vivían sólo al lado del Nilo y en esas tierras que, tras la crecida, se inundaban y se volvían fértiles en extremo. Ellos eran los habitantes de esa tierra negra que quedaba tras la inundación y, por eso, llamaron a su país «Kemet» («La Negra») la tierra rica y fertil que se contraponía a esa otra tierra estéril a la que llamaron «Deseret» («La Blanca). ¿Parece vieja la palabra «desierto», verdad?

Fueron los griegos los que, haciéndose un lío con el dios Ptah y algunas frases en egipcio que lo incluían, acabaron llamándole «Egipto», una palabra griega que los verdaderos egipcios, los habitantes de «Kemet» no habían pronunciado jamás.

A los pobres fenicios les pasó lo mismo porque, si los egipcios eran los sevillanos del 3000 antes de Cristo, lls fenicios eran los Marrajos del 1000 antes de Cristo.

Los fenicios eran unos comerciantes fabulosos uno de cuyos productos estrella era un tinte morado que fabricaban a partir de unas cañaíllas que crecían sobre todo alrededor de la Isla de Tiro (Santa Lucía, la Isla de los Marrajos aún no existía). Para publicitar el tinte los fenicios se tintaban el cabello, la barba y hasta la cara con él, y por ello no es de extrañar que los griegos les llamasen Φοίνικες (phoinikes) que es la palabra que dio lugar a la palabra con que hoy les conocemos: «fenicios». Y digo que no es de extrañar que les llamasen Φοίνικες porque phoinikes significa exactamente «los púrpura» o «los de púrpura». Yo me imagino a los marineros de los navios fenicios de Mazarrón desembarcando en Santa Lucía con las ropas moradas, el pelo morado, las barbas moradas y la cara morada, con su dios Melkart a cuestas y creo que alguien gritaría en Ibero lo de «¿Quién viene?». Los marrajos me entenderán.

El problemas es que los fenicios jamás se llamaron a sí mismos fenicios, ellos eran gente de 𐤊‏𐤍‏𐤏‏𐤍‏, kanaʿan y, precisamente por eso, se llamaban a sí mismos 𐤊𐤍𐤏𐤍𐤉 (kenaʿani, «canaaneos») o 𐤁‏𐤍‏ 𐤊‏𐤍‏𐤏‏𐤍‏ (bin kenaʿan, «hijos de Canaán») y coincide con el pueblo cananeo citado en la Biblia.

Como ven el hombre le puso nombre a los animales (in the begining) pero fueron los griegos los que le pusieron nombre a los hombres.

Bueno, a todos no, porque mi ciudad tiene nombre fenicio (cananeo) y se llama 𐤇𐤃𐤔𐤕 𐤒𐤓𐤕 («Qrt Hdst», Quart Hadast) lo que en castellano se puede traducir por «Ciudad Nueva» pues el trilítero 𐤒𐤓𐤕 quiere decir ciudad (como en Melkart «El dios de la ciudad») y el grupo consonántico «hdst» que significa «nuevo».

¿Y por qué les cuento yo todo esto?

No lo sé bien, seguramente porque yo soy de aquí y a los de 𐤇𐤃𐤔𐤕 𐤒𐤓𐤕 nos pasa como a los sevillanos y a los egipcios, que vivimos bajo un error invencible del que no queremos que nadie nos saque.

Tener o no tener. Colombia en el corazón.

Tener o no tener. Colombia en el corazón.

Yo sé que ustedes se preguntarán qué es lo que estoy haciendo en Sevilla con un sombrero «vueltiao» en la cabeza. Dénme ocasión, antes de que opinen nada, a que les responda.

Hace muy pocos días me llegó desde Colombia (un país hermano que —como saben— enfrenta una situación dramática) este «sombrero vueltiao»; una prenda hecha con un tejido vegetal exclusivo, de muy laborioso y especializado trenzado y que es, por sobre todas las demás cosas, el símbolo nacional de Colombia.

Pues bien, ese afecto que venía envuelto en el sombrero necesitaba un agradecimiento específico de mi parte y como, por razones de trabajo, había de desplazarme a Sevilla me determiné a llevar a Colombia no sólo en el corazón sino también en la cabeza y fotografiarme frente al Archivo General de Indias con él. ¿Por qué el Archivo General de Indias?, bueno… porque en ese lugar es donde aún hoy día lloran los originales de aquellas viejas Leyes de Indias que, dictadas para proteger a los indígenas, jamás se cumplieron desde entonces hasta hoy, condenando a un país rico y hermoso a vivir las dramáticas situaciones de desigualdad que están en la base de los disturbios que, tristemente, vive hoy día ese país hermano.

Yo tenía una deuda de afecto con mis amigos y compañeros de Colombia y, aunque sé que nunca podré pagársela cumplidamente, déjenme intentarlo hoy.

Escribo estas líneas en la más vieja taberna de Sevilla, una casa de comidas abierta ya en 1670, y que se encuentra a apenas unos cientos de metros del lugar donde estuvo la cárcel en que un Cervantes preso gestó la más inmortal de sus obras; esa obra que nos enseña que no existen más que dos razas en el mundo que son la del tener y la del no tener.

Los españoles lo sabemos bien. Los árabes que llegan en yate de lujo son protegidos por el estado y hasta son amigos de reyes eméritos, en cambio, los árabes que llegan en patera o lancha neumática son inmediatamente ingresados en centros de detención. No hay nada que les haga diferentes a unos de otros, simplemente pertenecen a razas diferentes, unos a la raza del tener y otros a la del no tener.

Dicen los evangelios que pobres siempre los habrá, lo que no dicen los evangelios es que siempre hayan de ser los mismos y en Colombia, como en otros muchos países, los indígenas han sido siempre unos de los integrantes habituales de la raza del no tener.

Por eso esta tarde yo tenía que tomarme una foto frente al Archivo General de Indias y por eso, ahora, estoy escribiendo estas lineas a unos pocos centenares de metros donde estuvo la prisión en que encerraron a Cervantes.

Vamos, Cartagena

Vamos, Cartagena

En Cartagena fabricamos submarinos y eso da carácter a nuestra ciudad.

Para fabricar submarinos no sólo son necesarios unos planos y materia prima, son necesarios muchos ingenieros, técnicos y obreros que lleven adelante una difícil tarea. No cualquier soldador, por ejemplo, sirve para soldar en un submarino; soldar secciones de un submarino es un trabajo delicadísimo que sólo pueden llevar a cabo los mejores, y lo mismo ocurre con cualquier otro oficio que puedas imaginar. La cantidad de know-how que acumulan muchos vecinos de mi ciudad es un capital humano que está pidiendo a gritos ser mejor aprovechado.

Si Microsoft planea construir datacenters submarinos ya les digo yo un buen lugar para construirlos: mi ciudad. Si quiere usted aprovechar los fondos marinos para criar sus vinos a temperatura controlada ya les digo yo quien puede fabricar su bodega: mis paisanos.

Y si para construir submarinos hacen falta magníficos obreros para tripularlos hace falta una clase especial de marinos, esos que van todos los días a trabajar a la Base de Submarinos del Arsenal de Cartagena. Mis vecinos son gente especial, ya les digo.

En Cartagena, desde que Aníbal le declaró la guerra a Roma, hemos perdido todas las guerras (fuimos carthagineses contra los romanos, romanos contra los visigodos, visigodos contra los musulmanes, musulmanes contra los cristianos, cantonales contra los centralistas y último bastión de la II República en la guerra civil) pero, a pesar de todo, seguimos aquí y nuestros barcos aún navegan sobre el mar y, a veces, bajo él.

Ad utrumque paratus.

Vamos Cartagena.

Funcionarios de justicia y tópicos

Solemos elaborar nuestros juicios sobre tópicos que asumimos acríticamente como ciertos; son esos estereotipos que se van forjando poco a poco en la opinión pública hasta pasar a ser dogmas de fe incontestables y, sin embargo, cuando uno mira los datos…

Déjenme que les cuente.

Esta mañana la he dedicado a bucear entre las estadísticas que ofrece el Consejo General del Poder Judicial para comprobar si existía algún dato mínimamente fiable que sustentase las afirmaciones del ministro de justicia respecto a que la Nueva Oficina Judicial (noten la cursiva en «nueva») iba a suponer un gran avance para la justicia española. Dado que la Nueva Oficina Judicial lleva muchos años en funcionamiento en partidos judiciales como Burgos o Murcia se me ocurrió que sería bueno comprobar con datos si esas Nuevas Oficinas Judiciales habían supuesto algún tipo de mejora para el funcionamiento de dichos partidos judiciales y, tras un análisis de tablas y datos, el resultado no ha podido ser más demoledor: NO, absolutamente NO, lo que dice el ministro de justicia de la Nueva Oficina Judicial no es más que un ridículo camelo, una mentira consciente, para forzar un modelo de justicia conveniente a los partidos que se han instalado en el gobierno de nuestro país.

Sin embargo, mientras comprobaba los datos de los diversos partidos judiciales, se me ha ocurrido que, seguramente, sería bueno referir los datos de cada juzgado al número de asuntos resueltos, pendientes, etc. que se llevaban en cada Partido Judicial pues la cifra resultante, sin ser exacta respecto del funcionamiento de cada juzgado en concreto, sí que nos daría una idea muy aproximada del rendimiento medio de los funcionarios de cada partido judicial y compararlo, por ejemplo, con los funcionarios que atienden las NOJ ya existentes. Un buen sistema organizativo, he pensado, debe hacer rendir más a los funcionarios y, con menos de ellos, se podrá hacer más; así que me he aplicado a la tarea y toda una serie interminable de tópicos y estereotipos han empezado a venirse abajo hasta no quedar títere con cabeza.

Lo primero que he hecho es averiguar el número de asuntos resueltos el año 2019 en cada partido judicial y relacionarlo con el número de funcionarios que trabajan en él, el resultado, como verán en la tabla de abajo ha sido sorprendente:

Los diez primeros partidos judiciales ordenados según la productividad de sus funcionarios son TODOS andaluces; es decir, el tópico del andaluz holgazán ya pueden ir ustedes guardándolo: en la administración de justicia española los funcionarios más productivos son los andaluces y no los de grandes juzgados o los que han recibido la inversión de la NOJ, no; en los juzgados donde más trabajo se saca adelante es en los juzgados pequeños: entre los 10 primeros partidos judiciales de la lista por productividad de sus funcionarios sólo dos superan los cien mil habitantes y sólo uno (Vélez Málaga) ha recibido el refuerzo de la NOJ.

Si el primer tópico que podía usted arrojar a la basura era el de «andaluces holgazanes», ahora puede ir usted arrojando a la basura igualmente dos más muy queridos al ministro: que «los partidos judiciales pequeños no son eficaces» o que «los funcionarios rinden más con la NOJ».

Naturalmente varios abogados, al ver lugares como Montoro o San Fernando en los primeros lugares de la lista por productividad de sus funcionarios, me han llamado para decirme: no puede ser, los juzgados de Montoro o San Fernando están absolutamente colapsados.

Naturalmente he decidido comprobarlo y he vuelto a referir el número de asuntos en trámite a las plantillas de funcionarios existentes en cada partido judicial para ver la tasa de atasco analizada desde el punto de vista del número de funcionarios. La tabla ha quedado como sigue:

Como ven todavía bastantes juzgados andaluces arriba pero, sobre todo, lo sorprendente es que partidos judiciales cuyos funcionarios sabemos que son de una productividad extraordinaria (Montoro, San Fernando…) tienen, al mismo tiempo las mayores tasas de asuntos pendientes. Ante este fenómeno sólo hay una explicación posible: en Montoro o San Fernando los funcionarios trabajan como máquinas aunque, desafortunadamente, la carga de trabajo está muy por encima de sus posibilidades; es decir: faltan medios.

La percepción general, pues, de que los juzgados funcionan mal es correcta; lo que no es correcto es que sea a causa de la incuria de sus funcionarios. Como en todas partes hay funcionarios buenos y malos pero, el problema de la justicia española no está en que tengamos malos funcionarios, el problema es que tenemos malos dirigentes que son incapaces de mirar datos y prefieren conocer España por puros tópicos. Caso paradigmático es el actual ministro.

Como pueden ver en la primera de las tablas (la que relaciona el número de casos resueltos con el número de funcionarios) sólo aparece una NOJ (Vélez Málaga) y no en los primeros puestos; si miramos los últimos lugares veremos que es allí donde se acumulan las NOJ (ese sitema organizativo tan cojonudo que logra que los juzgados funcionen peor a costa de un cuantiosa inversión de dinero). La cosa, como ven, manda huebos (sí, con «b»).

Como no quiero herir orgullos identitarios no les pondré los últimos lugares de la tabla de productividad no sea que comunidades tradicionalmente catalogadas como eficientes se me enfaden y, por eso, pondré el ejemplo de mi propia Comunidad Autónoma: la Región de Murcia.

Aquí está la tabla

Como ven, los funcionarios de los juzgados de Cartagena son los campeones de esta liga en dura pugna con los de Lorca, Molina y Totana. Murcia, ultradotada y con funcionarios magníficos queda en último lugar. Si no le gustan los datos les dejo la fuente de donde están tomados (el CGPJ) pueden comprobarlos.

Miren, yo no creo que por trabajar en Murcia o Molina un funcionario trabaje más o menos, lo que sí le puedo decir es que allá donde esta la NOJ no se observa (siendo piadoso) ningún resultado que haga pensar que sea una solución a los problemas de nuestra justicia y sí una forma de coartar la independencia de los jueces.

Pero, ya que estoy con la Región de Murcia, no deseo quedarme a medias: vamos a revisar la tasa de atasco por funcionario que esta presenta. Veámos la tabla.

Como ven, partidos judiciales con funcionarios acreditadamente productivos (Molina y Totana) ven que su trabajo no sirve de nada y el atasco aumenta porque los recursos que debieran destinarse a ellos se destinan a una NOJ que, probadamente, no funciona y dilapida la capacidad e trabajo de los funcionarios de nuestra región. Si es usted funcionario en Molina de Segura o Totana se tiene usted ganado el cielo. Y luego hay idiotas unimunicipales que estiman que los partidos de Molina o Totana son inútiles. Necios.

En fin, entiéndaseme, no digo que los juzgados españoles funcionen bien (funcionan pésimamente) pero si hemos de buscar culpables con todas seguridad no deberíamos señalar ni a los funcionarios, ni a los partidos judiciales pequeños, ni a los juzgados unipersonales; más que probablemente deberíamos señalar a la estulticia de todos esos ministros que, desde 1997, están intentado sustituir un sistema que necesita medios por otro peor (la NOJ) tan sólo para poder controlar mejor la justicia.

Y en esta legislatura el ministro sigue en ello.

Necios.

Mandarache

Mandarache

Cuando llevaron a Cervantes a Italia el hombre quedó admirado de las cosas que allí vio, tanto que sus obras de esa época se convirtieron en una especie de guía turística de aquella península. Así, en «El licenciado Vidriera», nos cuenta:

«Llegaron a la hermosa y bellísima ciudad de Génova; y, desembarcándose en su recogido mandrache, después de haber visitado una iglesia, dio el capitán con todas sus camaradas en una hostería, donde pusieron en olvido todas las borrascas pasadas con el presente gaudeamus.»

Siempre me ha llamado la atención la referencia del autor de El Quijote al «Mandrache» genovés, sobre todo porque en mi ciudad hay otro Mandrache, si bien, algo más largo de nombre y con rango —un tanto pretencioso— de mar: el «Mar de Mandarache».

Hoy, mientras paseaba junto a María del Mar por los fondeaderos que rodean nuestro «Mar de Mandarache» he pensado que en la vida de Don Miguel los «mandaraches» fueron importantes, no sólo por el que visitó en Génova sino porque, una vez liberado de su esclavitud en Argel, acabó fondeando en otro Mandarache, el de Cartagena y, tanto debió gustarle, que escribió aquellos famosos versos del «Viaje al Parnaso» dedicados a nuestro puerto que, no por conocidos, me resisto a transcribir aquí. Dejemos otra vez la pluma a Don Miguel:

«Con esto, poco a poco, llegué al puerto
a quien los de Cartago dieron nombre,
cerrado a todos vientos y encubierto
y a cuyo claro y singular renombre
se postran cuantos puertos el mar baña,
descubre el sol y ha navegado el hombre.»

La luna, el agua y la Región de Murcia

La luna, el agua y la Región de Murcia

Leo que han detectado agua en la luna y no puedo evitar sentimientos encontrados. Me alegro, mucho, sí, soy un trastornado de la carrera espacial y es este un viejo sueño largamente acariciado pero, según me alegro, miro a mi alrededor y me invade la melancolía.

Vivo en un región sedienta de agua, vivo en una región donde Portmán y el Mar Menor nos gritan a la cara todos los días que somos unos inútiles. Somos capaces de alegrarnos de que el ser humano encuentre agua en la luna pero no somos capaces de movilizar a los muchos y buenos científicos que tenemos para, no sólo remediar, sino establecer procedimientos de recuperación del procomún en casos como los dichos de Portmán y el Mar Menor.

En la Región de Murcia la hemos cagado bien cagada, pero, con todo y con eso, la mayor cagada la estamos cometiendo en este momento, demostrando que somos incapaces de movilizar todos nuestros recursos para dar una esperanza al mundo en este tiempo de cambio climático y tragedia del procomún.

Tenemos una causa digna del esfuerzo de la humanidad en su conjunto y en el Paseo de Alfonso XIII son incapaces de liberarse de sus sietemesinas vendas políticas y pensar en grande, como seres humanos parte de una humanidad en peligro.

Sí, me alegra leer que han descubierto agua en la luna, pero, al mismo tiempo, me entristece saber que en el Paseo de Alfonso XIII esos hombres y mujeres a los que los partidos nos dicen que votemos son incapaces de encontrar la forma de ponerse de acuerdo.

Quizá sea ya tiempo de hacer algo.