El pirulí de La Habana

Esta mañana, cosa de poca importancia, me he acercado hasta mi centro de salud, sito en el cerro del Molinete, calle del Maestro Francés.

Las consultas iban retrasadas razón por la que allí formábamos parroquia en la sala de espera tres abuelas de la antigüedad grecolatina, un matrimonio en edad de criar, dos señoras algo más que maduras y un servidor de ustedes.

La tranquilidad era conventual y el silencio reinaba en la sala cuando —sombrerito tirolés de jipi-japa, camisa color hueso con los haldares fuera, pantalón azul clarito de verano, esparteñas con lona azul menos clarita y bastón más de adorno que de uso, ha aparecido en la sala un sedicente viejo de noventa años.

El viejo, animado de una hiperactividad impropia de su nada aparente edad, ha demostrado inmediatamente que venía dispuesto a pegar la hebra con quien primero le hiciese, o incluso no le hiciese, caso.

—Va esto retrasado ¿eh?

(Silencio)

—Yo es que vengo poco por aquí… igual esto es normal ¿no?

(Más silencio. El viejo, visto que no encontraba víctima ha optado por silbar muy desafinadamente una cancioncilla —Ramona— mientras discurría la estrategia a seguir. Finalmente, el viejo, ha optado por lo que, en Cartagena, se denomina técnicamente como «coger un tole-tole»)

—Hay que ver que a todos nos gusta lo mismo… y no sólo a los hombres, también a todos los animales… a tos nos gusta lo mismo…

(Silencio)

—Dos maldiciones echó dios na más al hombre. Dos na más… ¿saben ustedes cuales son?

(Más silencio. Al personal no sólo no le importaba lo más mínimo qué dos maldiciones eran estas sino que tenía la profunda convicción de que el viejo las iba a revelar a no tardar mucho).

—No lo saben ¿eh? Yo se las diré. La primera maldición fue pal hombre y esta fue que tendría que perseguir a la mujer. Y la segunda… ¿saben cual fue la segunda?

(Veinte siglos de lidiar con botarates advirtieron a las abuelas grecolatinas de que se encontraban ante un acabado ejemplo de majadero, el marido en edad de criar se revolvió molesto en su silla, su mujer —sin duda precoupada por algo— parecía no oírle, las mujeres algo más que maduras ensayaron un gesto de fastidio. Yo me debatía entre la posibilidad de reconvenir al viejo o dedicarme a observarle y a anotar sus acciones cual si de un experimento antropológico se tratase; finalmente opté por la segunda opción).

—La segunda maldición fue para la mujer, sí, para la mujer ¿y saben cuál fue esta maldición? ¿eh? ¿lo saben?

(El silencio era espeso, las abuelas grecolatinas estaban tensas como cariátides, el marido en edad de criar apretaba ostensiblemente los dientes, las mujeres algo más que maduras le miraban con asco y yo estaba empezando a divertirme mucho mientras levantaba acta del suceso en mi teléfono móvil)

—Pues la maldición para la mujer fue… fue… que habría de perseguir ¡¡¡El Pirulí de La Habana!!!

(Las abuelas grecolatinas a estas alturas habían concedido al viejo el diploma de tonto cum laude, el marido en edad de criar empezaba a dar inquietantes muestras de no soportar al viejo del sombrerito tirolés de jipi-japa, las mujeres algo más que maduras, de haber llevado un adoquín en el bolso, muy a gusto hubiesen verificado con él la dureza de la mollera del de los haldares fuera).

—¿Y qué es el Pirulí de La Habana? ¿eh? ¿qué es el Pirulí de La Habana?

(Silencio espeso, tragedia inminente, sin duda lo iba a decir)

—Pues el Pirulí de La Habana es… es… que la que no lo prueba hoy ¡se queda con la gana!

(Memez impresionante, tontería de campeonato de liga europea, sandez de museo antropológico nacional… en cuanto el viejo ha acabado de decirla ha caído preso de una risa convulsiva que ha debutado con sonoros «ja, ja, ja», que pronto se han transmutado en más graves «jo, jo, jo» que, a su vez, han evolucionado a unos sospechosos «joi, joi, joi» con hipidos intercalados que, por momentos y ante la falta de aire del viejo, amenazaban con degenerar en disnea.

El respetable observaba al viejo como quien observa a un ornitorrinco con sombrerito tirolés y ha sido en ese momento cuando, desde la puerta entornada de la consulta 23, he oído que alguien gritaba mi nombre. Me he apresurado a introducirme en la consulta y cerrar la puerta tras de mí. Aún así, la risa del nonagenario zascandil se ha seguido escuchando todavía un buen rato.

¿La primera sentencia de divorcio de España?

Rebuscando entre los libros que hablan de la historia de mi ciudad he encontrado uno en la Biblioteca Nacional que, como anexo, contiene una sentencia de divorcio dictada el 3 de septiembre de 1873 (hace 145 años) por la Comisión Revolucionaria de Justicia del Cantón de Cartagena, organismo encargado de la jurisdicción civil y penal en la flamante primera nación de la soñada República Federal Española.

La sentencia es pues unos cincuenta años anterior a las leyes de divorcio de la II República Española. Se sabe que el divorcio era legal durante el Cantón de Cartagena lo que no sé es si fue legal en algún lugar de España con anterioridad o si esta sentencia que les acompaño es la primera o simplemente una de tantas emitidas por los tribunales federales.

No les canso más, este es el texto de la sentencia:

Oídas las quejas producidas por José Rodríguez, escribiente de la Numancia, contra su esposa Nicolasa Abad, fundadas en diferencias esenciales de carácter, en desobediencia á las prescripciones legitimas de su ma-rido, en la pérdida de todo su cariño hacia ella y en ladenuncia del hermano Ángel Rodriguez de haber cometido adulterio con su cuñado;

Atendidas las declaraciones prestadas por ambos esposos, testigos y á presíencia de antecedentes;

Atendida la retractación solemne que ha producidoÁngel Rodríguez de su calumnia á la honra de su cuñada y hermano, explicando que si bien la pronunció ó intentó sostenerla era invento de su malquerencia hacia Nicolasa Abad é irreflexivo cariño á su hermano José,por establecer de este modo entre ambos mas inevitable separación;

La Comisión revolucionaria de Justicia que actúa como Jurado en asuntos civiles y criminales, en sustitución de las autoridades judiciales, cobardemente alejadas de Cartagena, considerando que la base primordial del matrimonio es el amor, que al separarse de su marido la mujer queda sin mas amparo que el de la autoridad por no preceptuarse en la ley que el matrimonio sea un espontáneo contrato con garantía en que ambas partes aseguren su independencia para el porvenir:

Falla y condena:

1. Los cónyugues José Rodríguez y Nicolasa Abad,podrán vivir separados todo el tiempo que el marido lo reclame, quedando éste obligado á mantener á su mujer con la tercera parte de lo que gane en concepto de sueldo, emolumento ó recompensas de cualquier género que obtenga en su trabajo.

2. Si el marido reclamare la unión con su mujer, se verificará si está bajo la garantía de la autoridad á cuya vigilancia quedan la conducta del marido para con su mujer, que podrá divorciarse definitivamente recurriendo en queja.

3. Si resultaren hijos de este matrimonio, quedarán sujetos á las prescripciones generales de la legislaciónespañola.

4. Queda perdonado el hermano Ángel Rodríguez á instancias de las partes ofendidas de la calumnia con su cuñada, en razón á las circunstancias de irreflexion y ligereza que en él concurren.

Cartagena 3 de Setiembre de 1873.—P. A., AlbertoAraus, Vice-presidente.—Wenceslao G. Almansa, Vice-presidente.—José Ortega, Vocal.

Grabado que ilustra el izado de la bandera roja (señal de la insurrección) en el Castillo de Galeras. Abajo puede verse a una persona vendándose un brazo, supuestamente se trata del cartero Sáez que tiñó con su sangre la luna y la estrella blancas de la bandera turca para hacerla totalmente roja.

De Carthago a Eliocroca hay cuarenta y cuatro mil pasos.

Bueno… yo no he ido andando de Cartagena a Lorca, pero los romanos, que medían las distancias en pasos, dicen que sí, que entre Cartagena y Lorca (Carthago y Eliocroca) había una distancia de 44 «milia» (millas); es decir 44 mil pasos.

Si usted trata de ir de Cartagena a Lorca andando, más que probablemente ya lleve consumidos los 44 mil pasos cuando haya llegado a la altura de «El Paretón» (un poco más de la mitad del trayecto actual a pie) pero es que los romanos no contaban los pasos como usted y como yo; para los romanos un paso no era simplemente la distancia que se obtiene dando una zancada y adelantando un pie, sino que para ellos un paso era el conjunto de la distancia recorrida con las dos piernas. Un paso romano equivalía a dos nuestros, por eso, para nosotros, entre Cartagena y Lorca no hay 44 mil pasos sino, muy probablemente, una cifra cercana a 88 mil.

Claro que eso será verdad si la longitud del paso romano coincide con la longitud del nuestro pero… ¿cuánto medía el paso de un romano?. Pues, la verdad, no se sabe.

Los romanos señalizaron cuidadosamente sus calzadas colocando, cada mil pasos (una milia), piedras señalizadoras: las «piedras miliares». Parece pues que bastaría medir la distancia existente entre dos piedras miliares y hallar así la longitud de la «milia» romana. Sin embargo el asunto no es tan fácil.

Para la mayor parte de los científicos la milla romana tenía una longitud de 1.481 metros (vid. Wikipedia); no obstante, otro sector de la doctrina sostiene que la distancia real de cada milla equivalía a 1.672 metros, una diferencia, como vemos, apreciable.

Esta mañana, mientras comprobaba en los «Itinerarios de Antonino» las 34 rutas romanas que conectaban Hispania, me he parado a observar la ruta que unía «La Junquera» con Carthago Spartaria y esta con Castulo, una población cercana a Linares y para llegar a la cual había que pasar por Lorca.

Los Itinerarios de Antonio son muy cuidadosos a la hora de describir los trayectos pues no sólo señalan las ciudades sino incluso las mansiones y siempre indicando las distancias existentes entre ellas y la distancia total del recorrido. Es por eso que sabemos con total seguridad que desde lo alto de los pirineos a Carthago Spartaria, por ejemplo, los romanos contaban 594 millas y es por eso que sabemos que entre Lorca y Cartagena los romanos contaban 44 millas.

Me ha picado la curiosidad y he decidido comprobar cuán exactas eran las medidas romanas y para ello he decidido comprobar la distancia que, andando, hay en la actualidad entre Cartagena y Lorca. Ya, ya sé que las autovías, carreteras y obras públicas han cambiado los viejos caminos romanos y que es virtualmente imposible que coincidan, pero así y todo me he decidido a hacerlo midiendo la distancia existente entre la Puerta del Arsenal Militar de Cartagena y la Puerta de la Colegiata de San Patricio. Con la inestimable ayuda de Google Maps el resultado ha sido una distancia de 71 kilómetros.

He procedido a dividir los 71.000 metros entre los 1.481 metros que los estudiosos atribuyen a cada a milla romana y el resultado han sido unas decepcionantes 47,9 millas romanas, unas 4 millas más que la cifra indicada en el itinerario de Antonino. Un tanto desanimado he decidido probar con la segunda medida que ofrecen los sabios; a saber: 1 milla romana=1.672 metros. En este caso el error era algo menor pues la distancia redultante era de 42,46 millas romanas; apenas 1,5 millas menos que en época romana.

Como ven, andar entre Lorca y Cartagena no nos resuelve el problema de saber cuánto medían de verdad mil pasos romanos, así que me he decidido por usar las grandes distancias pues, en ellas —he supuesto— que los posibles errores parciales quedarían más diluidos, así que he computado la distancia existente en millas romanas entre La Junquera y Cartagena (según el itinerario de Antonino) pero este cálculo tampoco me ha sacado de dudas pues el problema es saber exactamente por donde discurrían las viejas vías romanas que no necesariamente con las nuestras.

En fin, que me he pasado una mañana estupenda viajando de La Junquera a Cartagena y de La Junquera a Castulo, a Oleastrum, a Eliocroca… Creo que estas vacaciones voy a explorar alguna de las 34 vías hispanas que señala el Itinerario Antonino, todas llevan a lugares de un modo u otro importantes y dignos de verse.

Les dejo con el mapa de carreteras que Caracalla hubiese utilizado de haber venido a Hispania.

Red de vías romanas según los «Itinerarios de Antonino»

La «Tabula Peutingeriana» y Carthago Spartaria

Un interesante debate surgido a propósito de un micropost que he colocado en facebook me ha llevado a recordar la existencia de un documento prodigioso: el más perfecto mapa de carreteras de la antigüedad, la Guía Michelin de los romanos; es decir, la «Tabula Peutingeriana». Los más modernos estudios consideran la tabula una evolución del mapa realizado por Marco Vipsanio Agripa en el Siglo I AEC, fundándose para ello en que la descripción que en él figura de la Arabia Romana era absolutamente anacrónica en el siglo III, al igual que el curioso dato de la señalización de Pompeya en la tabula, ciudad que quedó destruida en el 79 EC y no volvió a ser ocupada. La aparición de Constantinopla es más bien atribuible a que, lo que nos ha llegado de la tabula, son copias muy posteriores.

La humanidad atribuye al ingeniero eléctrico Harry Beck la genialidad de diseñar los mapas de metro tan solo con lineas verticales, horizontales o diagonales y sin que la distancia que guardan entre sí las estaciones se corresponda con la distancia real. Fue una intuición genial: a los viajeros no les importa la distancia entre estaciones, les importa saber en qué estación se bajan, y es por eso que todas las ciudades con ferrocarril metropolitano usan mapas similares al que Harry Beck diseñó para el metro de Londres en 1931. Probablemente el diseño de Beck se cuente entre los diez más influyentes del siglo XX.

Sin embargo la idea no es nueva porque en en el siglo I, un desconocido «Harry Beck» romano, confeccionó lo que pasa por ser el más completo mapa de carreteras romano: la «Tabula Peutingeriana», llamada así en honor del anticuario y humanista Konrad Peutinger, quien las publicó en 1591.

El desconocido autor de la tabula, al igual que Beck haría 17 siglos más tarde, no respetó las formas geográficas y se conformó con indicar las principales vías romanas.

Hoy he disfrutado comprobando en ellas la existencia de una vía que conduce desde Cádiz a Roma por la costa pasando por Cartagena. No se refiere a ella como la «Via Augusta», del mismo modo que los «Vasos de Vicarello» tampoco dicen que el itinerario en ellos descrito sea el de dicha vía.

Trayecto más corto entre Cádiz y Roma según Google Maps.
Como cualquiera sabe la distancia —por tierra— más corta entre Cádiz y Roma no va por la costa, sino por el interior, coincidiendo de forma curiosa con el itinerario que siguió el viajero —que se supone encargó los vasos de Vicarello— de Cádiz a Roma. Aclaro que estos vasos están sometidos a estudio pues nadie acaba de entender que este supuesto viajero hiciese por tierra el viaje a Roma cuando el trayecto por mar era más rápido y mejor.Los trayectos de la Tabula Peutingeriana son corroborados por los «Itinerarios de Antonino» (otro gran mapa de carreteras romano de la época de Caracalla) de forma que los mapas de las vías de Hispania son conocidos con bastante exactitud.Así pues dejemos el debate de si la Vía Augusta era la que iba directa de Cádiz a Roma o era por el contrario el llamado por muchos clásicos «Camino de Anibal». Lo que me importa es que he disfrutado viajando de Cádiz a Cartagena y pasando por lugares tan memorables como Bolonia o Málaga. En la versión de la tábula que aparece al comienzo de este post pueden ustedes viajar por Hispania como lo haría un romano, creo que tiene suficiente resolución.O mejor no dejemos el debate, no sea que al final el corredor mediterráneo acabe pasando por Madrid o por Cuenca aprovechando que un señor hace 19 siglos decidió ir de Cádiz a Roma andando por el camino más corto.

Caridad «La Negra»

Mi ciudad, como todas las ciudades del Mediterráneo, tiene su panteón especial de héroes y dioses del pueblo a quienes este rinde culto a través del viejo rito de contar sus hazañas a la generación siguiente. Nuestros dioses y santos viven así en la memoria del pueblo que es, a fin de cuentas, el único altar donde se rinde verdadero culto a los dioses. Son generalmente personajes humildes —el pueblo admira la virtud y la inteligencia que se manifiesta en las personas más inesperadas— a veces incluso aparentemente malvados (en Cartagena los personajes duros pero sentidos son especialmente queridos) y, como comprobarán si siguen leyendo, la «santa» de la que les voy a hablar pertenecía a esta particular especie de personas.

A Caridad Norberta Pacheco Sánchez (Cartagena 1879) la llamaron «Caridad La Negra» por el color de su pelo y fue la “madame” del burdel de más éxito de “El Molinete”, el viejo barrio tolerante de la ciudad. Fue amante del hombre más rico de Cartagena, José Maestre, que fue también ministro en dos de los gobiernos de Alfonso XIII. No se dejó monopolizar por él y le compatibilizó con alcaldes y otros políticos. Además fue modelo para pintores y gracias a eso, un retrato de ella encarnando a la Magdalena, salido de los pinceles de Wssell de Guimbarda, adorna ahora las paredes del templo de la patrona de Cartagena, la Virgen de la Caridad, advocación que, a lo largo de la historia, dio nombre a Caridad y a decenas de miles de cartageneras.

También sirvió de modelo para fotógrafos y, una de las fotografías de ella, es la que ven más abajo. Joven y morena, con las formas que gustaban en la época, fue, afortunadamente, capturada para la historia por la cámara de Casaú.

Fue Caridad, a pesar de lo dicho y de todos los pesares, mujer devota y de buen corazón. Su ayuda económica a las familias pobres tejió una leyenda a su alrededor y, por eso, cuando el 25 de julio de 1936 ella y un grupo de prostitutas bajadas del Molinete impidieron que la patrona de la ciudad y otras imágenes fuesen quemadas, Caridad La Negra, para el pueblo, se elevó hasta la categoría de mito.

Es verdad que ellas fueron las que intervinieron decididamente en los primeros momentos aunque luego recibiesen ayuda de los guardias de asalto y los políticos de izquierdas de la ciudad, pero toda esa ayuda, en todo caso posterior, para nada cambió la imagen que el pueblo se había hecho del suceso: La Negra y sus chicas defendiendo a la patrona… ¿imaginan una historia mejor?

Pasaron los años y en 1947, concluida la guerra, Caridad mandó unas rosas negras al templo de La Caridad el día de la festividad de la Patrona.

Y hoy… Hoy sigue llegando al templo de la Caridad (la Patrona) un ramo de rosas negras todos los Viernes de Dolores… y, lo que es más importante, la historia de una mujer buena y valiente sigue pasando de generación en generación en mi ciudad.

El himno de Cartagena

¿Tiene Cartagena un himno? Supongo que muchos de ustedes responderán que sí y que incluso muchos otros conocerán la letra y serán capaces de cantarlo, sobre todo los más jóvenes. Sí, sé a qué himno se refieren, se refieren a una composición que se gestó entre los años 1987-1991 (hace un par de minutos en la historia de mi ciudad) cuando el Partido Cantonal ostentaba la alcaldía de Cartagena y convocó un concurso para dotar —a mi juicio innecesariamente— de un himno a mi ciudad. Déjenme también decirles, y espero no herir sensibilidades, que el himno me parece de escasísima calidad.

Les he dicho hace apenas tres líneas que el himno me parecía absolutamente innecesario pues, hasta el momento en que el ayuntamiento diputó oficial al himno del concurso, en Cartagena nos apañábamos perfectamente sin él y teníamos lo que podríamos denominar un Himno de Cartagena «in pectore»: la marcha regular de granaderos.

Sí, con la marcha regular de granaderos abría sus emisiones la única emisora de radio de la ciudad por entonces «Radio Juventud de Cartagena», con la marcha regular de granaderos se celebraban las pocas alegrías que nos daba el «efesé» y cuando a principios de siglo se tuvo que decidir que música tocaría el carillón de nuestro espectacular ayuntamiento, se optó sin ninguna vacilación por la marcha regular de granaderos, música que aún hoy día (bien que algo desafinada) suena cada hora en la plaza del Ayuntamiento marcando el ritmo de la ciudad.

La marcha regular —o pasacalle— de granaderos de Cartagena, como el Himno de España (otra marcha granadera), no tiene letra y, como esto de las letras y de ver cantando a mucha gente junta es cosa que apasiona a los líderes políticos (supongo que porque les encanta dictarnos la letra de lo que hemos de pensar y sentir), a los cantonales que gobernaron de 1989 a 1991 les pareció mejor dotar a la ciudad de un himno cantabile de nuevo cuño que recurrir a nuestra amada y tradicional marcha regular de los granaderos de Cartagena.

Hoy he vuelto a ver a los granaderos por las calles (se acerca la semana santa y hoy tocaba a los Granaderos Californios) y he vuelto a escuchar los acordes de su marcha regular… oigan, a mí me emociona esta música ¿qué quieren que les diga?

Como siempre, al oírla, me he acordado de “El Sitio de Zaragoza”, una fantasía musical en la que se mezclan todo tipo de sones militares, desde variaciones sobre la popular canción francesa «La chanson de L’Oignon» a los conocidos toques de ordenanza del ejército español, pasando por los peculiarísimos clarines de la caballería española e incluso recogiendo músicas en compás de jota debidamente adaptadas, hasta que, cerca del final y tras el toque de ordenanza que manda entrar a la música, la banda ataca las notas de lo que, casi sin duda, son variaciones sobre el primer y el segundo tema de la marcha regular de los granaderos de Cartagena (el tercer tema o “trío” no suena).

¿Cómo llegó ese tema hasta la fantasía musical del maestro Cristóbal Oudrid? ¿Fue que el músico tomó el fragmento de música militar de la realidad como hizo con el resto de la pieza o —más improbablemente— lo compuso él? ¿La marcha regular de los granaderos fue copiada por los granaderos de Cartagena o se compuso para ellos?

Es un tema abierto a la investigación aunque, dada la fecha de “Los sitios de Zaragoza” (1848) parece poco probable que podamos llegar a una solución indiscutible.

Piénsenlo y mientras tanto les dejo con una grabación de “Los sitios de Zaragoza” realizada por la Banda de Música de la Guardia Real; si son de Cartagena vayan al minuto 7:40 aproximadamente y escuchen, la música les sonará familiar.

Yo ahora me voy a escuchar cómo dan las 12 en el carillón del ayuntamiento y de paso a ver si veo pasar a los granaderos; al fin y al cabo su música es, en mi corazón y en el de muchos, el auténtico himno de nuestra ciudad.

Tercer hilo, gobiernos y regiones de tercera

Esta que ven en la foto es la pomposamente llamada estación de ferrocarril de «Murcia del Carmen»; en realidad bastaría con decir «Murcia» pues, en esta ciudad, desde que cerró la estación de Caravaca, no queda más que una estación de ferrocarril: la que ven.

Les pongo en situación: Murcia es la séptima ciudad de España por población y tiene, por ejemplo, más habitantes que Bilbao, pero, a diferencia de Bilbao —o de Albacete, ciudad a la que triplica en población— la estación de «Murcia del Carmen» no pasa de ser un lamentable apeadero impropio de las necesidades de una ciudad como esta.

Dicen que ahora quieren que llegue el AVE, pero no un AVE normal como en el resto de los lugares de España, sino un AVE que utilizará estas mismas vías que ven —de ancho ibérico— y las compartirá con los mastodónticos trenes de mercancías que el Puerto de Cartagena saca diariamente a través, sí, de este mismo trazado.

Para que se hagan una idea de lo que se va a hacer tienen que imaginar que, en lugar de los cuatro carriles que ven en primer plano en la foto, habrá seis: uno de los carriles será usado por todos los trenes y el otro, opcionalmente, por AVEs o trenes de mercancías, dependiendo de si se trata de un tren de ancho de vía europeo o ibérico. Miren, casi mejor que que se hagan una idea, les pongo una foto:

Ya pueden imaginar que esto de los seis carriles (tres por vía) originará no pocos problemas pues, a poco que lo piensen, se darán cuenta de que uno de los raíles será utilizado en el 100% de las ocasiones mientras que, los otros dos, se repartirán el uso en proporciones aún por fijar, lo que determinará un desgaste diferencial de los raíles no deseable. Y, sin embargo, el anteriori es, sin duda, el menor de los males. Es el menor de los males porque el verdadero problema es que lentos y pesados trenes de mercancías (el Puerto de Cartagena es el primer puerto granelero de España por tráfico de mercancías) compartirán los raíles con trenes que pueden superar los 300 kilómetros hora. Para que se hagan una idea, un AVE puede y debe disponer en las curvas de unos peraltes más pronunciados que los de un lento tren de mercancías; un AVE puede superar desniveles que un pesado mercancías no puede atacar y, en fin, una vía para tráfico de mercancías no es el tipo de vía más aconsejable para el AVE. Si a esto unen ustedes que la existencia de tres raíles convierte los cambios de agujas en un puzzle tan poco divertido como eventualmente peligroso (vean foto) comprenderán que lo que quieren traer como AVE a la Región de Murcia no sea sino una burla más a los habitantes de esta región.

Porque, si lo que les digo es infamante para la ciudad de Murcia, en el caso de Cartagena es para declararnos independientes otra vez y pedir nuestra anexión al país más cutre del mundo; pues peor no parece que nos pueda ir.

Cartagena es el primer puerto granelero de España por tráfico de mercancías (sí, como suena) y su conexión con un trazado ferroviario adecuado es vital para su futuro y el de toda la Región y, sin embargo, el primer puerto granelero de España y una comarca con más habitantes que toda la Comunidad Autónoma de La Rioja se ven obligadas a padecer unas infraestructuras ferroviarias que no padecen lugares como, por ejemplo, Ciudad Real o Lleida, lugares respetabilísimos pero con una población y actividad muy inferior.

Lo que los sucesivos gobiernos nacionales (PP y PSOE) le están haciendo a la Región de Murcia es un insulto a las muchísimas personas que la habitan.

Dicen que no hay dinero, pero, en cambio, sí hubo dinero para hacer un AVE a Valladolid, León o Sevilla con dos plataformas, sin «terceros hilos» y sin dejar fuera de combate a un puerto (el de Cartagena) que aporta más riqueza a este país del que estos sujetos son capaces de pensar.

Felípe González era sevillano, Aznar vallisoletano y Zapatero leonés… es curioso que esos sean los destinos preferentemente fijados para los AVEs en España y que estos hayan sido sus primeros trazados; pareciera que en España los trenes se construyesen para que los gobernantes se vayan de vacaciones, Isabel II a Aranjuez y cada presidente a su pueblo. Con los kilómetros de AVE construidos, si, en lugar de unir Madrid con la periferia, se hubiesen conectado las ciudades de la costa española, el 80% de los españoles tendrían AVE en estos momentos, nuestros puertos de mar estarían funcionando a tope de sus capacidades y tendríamos un país más vertebrado y mejor preparado para enfrentar la crisis; pero no, aquí se sigue pensando con la mentalidad borbónica que obliga a unir el centro del poder político (Madrid) con los súbditos de la periferia en lugar de unir personas, zonas económicas y puntos logísticos de importancia; es decir, se sigue pensando el futuro de España con la mentalidad de un absolutista reaccionario de hace 200 años.

No es difícil entender que nos jugamos mucho en este envite y que, tanto Murcia como Cartagena, se juegan su futuro y el del resto de las ciudades de la región. Y han de saber los que nos gobiernan que esta partida no se gana cepillando el traje a sus superiores de Madrid a la espera de que estos les agracien con cualquier donativo; que esta partida no se gana manteniéndose a bien con quien les puso primeros en las listas para que saliesen y no con quienes de verdad les votaron y les colocaron donde están. Desde el AVE a Sevilla en 1992 hasta hoy han pasado 26 años de espera en esta región y 26 años son muchos para que, ahora, en lugar de recuperar los años perdidos nos traigan una infraestructura que nos condenará a un retraso secular.

Resulta incomprensible que esta región aguante tanto, que Cartagena aguante tanto, que Murcia aguante tanto, que Lorca aguante tanto, que Caravaca, Jumilla, Yecla, Cieza, Molina… aguanten tanto. Lo que le están haciendo a esta región no tiene nombre y, si lo tiene, entra en el campo del exabrupto o la injuria.

No sé si lo entienden nuestros dirigentes: ya está bien. Ya está más que bien: háganlo o —si no les dejan hacerlo— déjennos sentir que su indignación es tan sincera como la nuestra, que antes prefieren desagradar a sus jefes que a sus representados, que si sus jefes no les quieren por eso ustedes no tienen por qué guardar fidelidad alguna a sus jefes; por que, si no, sabremos que no están ustedes ahí para servirnos y eso —lo crean o no— les mandará a casa y además con oprobio. Ya está bien.