De Carthago a Eliocroca hay cuarenta y cuatro mil pasos.

Bueno… yo no he ido andando de Cartagena a Lorca, pero los romanos, que medían las distancias en pasos, dicen que sí, que entre Cartagena y Lorca (Carthago y Eliocroca) había una distancia de 44 «milia» (millas); es decir 44 mil pasos.

Si usted trata de ir de Cartagena a Lorca andando, más que probablemente ya lleve consumidos los 44 mil pasos cuando haya llegado a la altura de «El Paretón» (un poco más de la mitad del trayecto actual a pie) pero es que los romanos no contaban los pasos como usted y como yo; para los romanos un paso no era simplemente la distancia que se obtiene dando una zancada y adelantando un pie, sino que para ellos un paso era el conjunto de la distancia recorrida con las dos piernas. Un paso romano equivalía a dos nuestros, por eso, para nosotros, entre Cartagena y Lorca no hay 44 mil pasos sino, muy probablemente, una cifra cercana a 88 mil.

Claro que eso será verdad si la longitud del paso romano coincide con la longitud del nuestro pero… ¿cuánto medía el paso de un romano?. Pues, la verdad, no se sabe.

Los romanos señalizaron cuidadosamente sus calzadas colocando, cada mil pasos (una milia), piedras señalizadoras: las «piedras miliares». Parece pues que bastaría medir la distancia existente entre dos piedras miliares y hallar así la longitud de la «milia» romana. Sin embargo el asunto no es tan fácil.

Para la mayor parte de los científicos la milla romana tenía una longitud de 1.481 metros (vid. Wikipedia); no obstante, otro sector de la doctrina sostiene que la distancia real de cada milla equivalía a 1.672 metros, una diferencia, como vemos, apreciable.

Esta mañana, mientras comprobaba en los «Itinerarios de Antonino» las 34 rutas romanas que conectaban Hispania, me he parado a observar la ruta que unía «La Junquera» con Carthago Spartaria y esta con Castulo, una población cercana a Linares y para llegar a la cual había que pasar por Lorca.

Los Itinerarios de Antonio son muy cuidadosos a la hora de describir los trayectos pues no sólo señalan las ciudades sino incluso las mansiones y siempre indicando las distancias existentes entre ellas y la distancia total del recorrido. Es por eso que sabemos con total seguridad que desde lo alto de los pirineos a Carthago Spartaria, por ejemplo, los romanos contaban 594 millas y es por eso que sabemos que entre Lorca y Cartagena los romanos contaban 44 millas.

Me ha picado la curiosidad y he decidido comprobar cuán exactas eran las medidas romanas y para ello he decidido comprobar la distancia que, andando, hay en la actualidad entre Cartagena y Lorca. Ya, ya sé que las autovías, carreteras y obras públicas han cambiado los viejos caminos romanos y que es virtualmente imposible que coincidan, pero así y todo me he decidido a hacerlo midiendo la distancia existente entre la Puerta del Arsenal Militar de Cartagena y la Puerta de la Colegiata de San Patricio. Con la inestimable ayuda de Google Maps el resultado ha sido una distancia de 71 kilómetros.

He procedido a dividir los 71.000 metros entre los 1.481 metros que los estudiosos atribuyen a cada a milla romana y el resultado han sido unas decepcionantes 47,9 millas romanas, unas 4 millas más que la cifra indicada en el itinerario de Antonino. Un tanto desanimado he decidido probar con la segunda medida que ofrecen los sabios; a saber: 1 milla romana=1.672 metros. En este caso el error era algo menor pues la distancia redultante era de 42,46 millas romanas; apenas 1,5 millas menos que en época romana.

Como ven, andar entre Lorca y Cartagena no nos resuelve el problema de saber cuánto medían de verdad mil pasos romanos, así que me he decidido por usar las grandes distancias pues, en ellas —he supuesto— que los posibles errores parciales quedarían más diluidos, así que he computado la distancia existente en millas romanas entre La Junquera y Cartagena (según el itinerario de Antonino) pero este cálculo tampoco me ha sacado de dudas pues el problema es saber exactamente por donde discurrían las viejas vías romanas que no necesariamente con las nuestras.

En fin, que me he pasado una mañana estupenda viajando de La Junquera a Cartagena y de La Junquera a Castulo, a Oleastrum, a Eliocroca… Creo que estas vacaciones voy a explorar alguna de las 34 vías hispanas que señala el Itinerario Antonino, todas llevan a lugares de un modo u otro importantes y dignos de verse.

Les dejo con el mapa de carreteras que Caracalla hubiese utilizado de haber venido a Hispania.

Red de vías romanas según los «Itinerarios de Antonino»

La «Tabula Peutingeriana» y Carthago Spartaria

Un interesante debate surgido a propósito de un micropost que he colocado en facebook me ha llevado a recordar la existencia de un documento prodigioso: el más perfecto mapa de carreteras de la antigüedad, la Guía Michelin de los romanos; es decir, la «Tabula Peutingeriana». Los más modernos estudios consideran la tabula una evolución del mapa realizado por Marco Vipsanio Agripa en el Siglo I AEC, fundándose para ello en que la descripción que en él figura de la Arabia Romana era absolutamente anacrónica en el siglo III, al igual que el curioso dato de la señalización de Pompeya en la tabula, ciudad que quedó destruida en el 79 EC y no volvió a ser ocupada. La aparición de Constantinopla es más bien atribuible a que, lo que nos ha llegado de la tabula, son copias muy posteriores.

La humanidad atribuye al ingeniero eléctrico Harry Beck la genialidad de diseñar los mapas de metro tan solo con lineas verticales, horizontales o diagonales y sin que la distancia que guardan entre sí las estaciones se corresponda con la distancia real. Fue una intuición genial: a los viajeros no les importa la distancia entre estaciones, les importa saber en qué estación se bajan, y es por eso que todas las ciudades con ferrocarril metropolitano usan mapas similares al que Harry Beck diseñó para el metro de Londres en 1931. Probablemente el diseño de Beck se cuente entre los diez más influyentes del siglo XX.

Sin embargo la idea no es nueva porque en en el siglo I, un desconocido «Harry Beck» romano, confeccionó lo que pasa por ser el más completo mapa de carreteras romano: la «Tabula Peutingeriana», llamada así en honor del anticuario y humanista Konrad Peutinger, quien las publicó en 1591.

El desconocido autor de la tabula, al igual que Beck haría 17 siglos más tarde, no respetó las formas geográficas y se conformó con indicar las principales vías romanas.

Hoy he disfrutado comprobando en ellas la existencia de una vía que conduce desde Cádiz a Roma por la costa pasando por Cartagena. No se refiere a ella como la «Via Augusta», del mismo modo que los «Vasos de Vicarello» tampoco dicen que el itinerario en ellos descrito sea el de dicha vía.

Trayecto más corto entre Cádiz y Roma según Google Maps.
Como cualquiera sabe la distancia —por tierra— más corta entre Cádiz y Roma no va por la costa, sino por el interior, coincidiendo de forma curiosa con el itinerario que siguió el viajero —que se supone encargó los vasos de Vicarello— de Cádiz a Roma. Aclaro que estos vasos están sometidos a estudio pues nadie acaba de entender que este supuesto viajero hiciese por tierra el viaje a Roma cuando el trayecto por mar era más rápido y mejor.Los trayectos de la Tabula Peutingeriana son corroborados por los «Itinerarios de Antonino» (otro gran mapa de carreteras romano de la época de Caracalla) de forma que los mapas de las vías de Hispania son conocidos con bastante exactitud.Así pues dejemos el debate de si la Vía Augusta era la que iba directa de Cádiz a Roma o era por el contrario el llamado por muchos clásicos «Camino de Anibal». Lo que me importa es que he disfrutado viajando de Cádiz a Cartagena y pasando por lugares tan memorables como Bolonia o Málaga. En la versión de la tábula que aparece al comienzo de este post pueden ustedes viajar por Hispania como lo haría un romano, creo que tiene suficiente resolución.O mejor no dejemos el debate, no sea que al final el corredor mediterráneo acabe pasando por Madrid o por Cuenca aprovechando que un señor hace 19 siglos decidió ir de Cádiz a Roma andando por el camino más corto.

Caridad «La Negra»

Mi ciudad, como todas las ciudades del Mediterráneo, tiene su panteón especial de héroes y dioses del pueblo a quienes este rinde culto a través del viejo rito de contar sus hazañas a la generación siguiente. Nuestros dioses y santos viven así en la memoria del pueblo que es, a fin de cuentas, el único altar donde se rinde verdadero culto a los dioses. Son generalmente personajes humildes —el pueblo admira la virtud y la inteligencia que se manifiesta en las personas más inesperadas— a veces incluso aparentemente malvados (en Cartagena los personajes duros pero sentidos son especialmente queridos) y, como comprobarán si siguen leyendo, la «santa» de la que les voy a hablar pertenecía a esta particular especie de personas.

A Caridad Norberta Pacheco Sánchez (Cartagena 1879) la llamaron «Caridad La Negra» por el color de su pelo y fue la “madame” del burdel de más éxito de “El Molinete”, el viejo barrio tolerante de la ciudad. Fue amante del hombre más rico de Cartagena, José Maestre, que fue también ministro en dos de los gobiernos de Alfonso XIII. No se dejó monopolizar por él y le compatibilizó con alcaldes y otros políticos. Además fue modelo para pintores y gracias a eso, un retrato de ella encarnando a la Magdalena, salido de los pinceles de Wssell de Guimbarda, adorna ahora las paredes del templo de la patrona de Cartagena, la Virgen de la Caridad, advocación que, a lo largo de la historia, dio nombre a Caridad y a decenas de miles de cartageneras.

También sirvió de modelo para fotógrafos y, una de las fotografías de ella, es la que ven más abajo. Joven y morena, con las formas que gustaban en la época, fue, afortunadamente, capturada para la historia por la cámara de Casaú.

Fue Caridad, a pesar de lo dicho y de todos los pesares, mujer devota y de buen corazón. Su ayuda económica a las familias pobres tejió una leyenda a su alrededor y, por eso, cuando el 25 de julio de 1936 ella y un grupo de prostitutas bajadas del Molinete impidieron que la patrona de la ciudad y otras imágenes fuesen quemadas, Caridad La Negra, para el pueblo, se elevó hasta la categoría de mito.

Es verdad que ellas fueron las que intervinieron decididamente en los primeros momentos aunque luego recibiesen ayuda de los guardias de asalto y los políticos de izquierdas de la ciudad, pero toda esa ayuda, en todo caso posterior, para nada cambió la imagen que el pueblo se había hecho del suceso: La Negra y sus chicas defendiendo a la patrona… ¿imaginan una historia mejor?

Pasaron los años y en 1947, concluida la guerra, Caridad mandó unas rosas negras al templo de La Caridad el día de la festividad de la Patrona.

Y hoy… Hoy sigue llegando al templo de la Caridad (la Patrona) un ramo de rosas negras todos los Viernes de Dolores… y, lo que es más importante, la historia de una mujer buena y valiente sigue pasando de generación en generación en mi ciudad.

El himno de Cartagena

¿Tiene Cartagena un himno? Supongo que muchos de ustedes responderán que sí y que incluso muchos otros conocerán la letra y serán capaces de cantarlo, sobre todo los más jóvenes. Sí, sé a qué himno se refieren, se refieren a una composición que se gestó entre los años 1987-1991 (hace un par de minutos en la historia de mi ciudad) cuando el Partido Cantonal ostentaba la alcaldía de Cartagena y convocó un concurso para dotar —a mi juicio innecesariamente— de un himno a mi ciudad. Déjenme también decirles, y espero no herir sensibilidades, que el himno me parece de escasísima calidad.

Les he dicho hace apenas tres líneas que el himno me parecía absolutamente innecesario pues, hasta el momento en que el ayuntamiento diputó oficial al himno del concurso, en Cartagena nos apañábamos perfectamente sin él y teníamos lo que podríamos denominar un Himno de Cartagena «in pectore»: la marcha regular de granaderos.

Sí, con la marcha regular de granaderos abría sus emisiones la única emisora de radio de la ciudad por entonces «Radio Juventud de Cartagena», con la marcha regular de granaderos se celebraban las pocas alegrías que nos daba el «efesé» y cuando a principios de siglo se tuvo que decidir que música tocaría el carillón de nuestro espectacular ayuntamiento, se optó sin ninguna vacilación por la marcha regular de granaderos, música que aún hoy día (bien que algo desafinada) suena cada hora en la plaza del Ayuntamiento marcando el ritmo de la ciudad.

La marcha regular —o pasacalle— de granaderos de Cartagena, como el Himno de España (otra marcha granadera), no tiene letra y, como esto de las letras y de ver cantando a mucha gente junta es cosa que apasiona a los líderes políticos (supongo que porque les encanta dictarnos la letra de lo que hemos de pensar y sentir), a los cantonales que gobernaron de 1989 a 1991 les pareció mejor dotar a la ciudad de un himno cantabile de nuevo cuño que recurrir a nuestra amada y tradicional marcha regular de los granaderos de Cartagena.

Hoy he vuelto a ver a los granaderos por las calles (se acerca la semana santa y hoy tocaba a los Granaderos Californios) y he vuelto a escuchar los acordes de su marcha regular… oigan, a mí me emociona esta música ¿qué quieren que les diga?

Como siempre, al oírla, me he acordado de “El Sitio de Zaragoza”, una fantasía musical en la que se mezclan todo tipo de sones militares, desde variaciones sobre la popular canción francesa «La chanson de L’Oignon» a los conocidos toques de ordenanza del ejército español, pasando por los peculiarísimos clarines de la caballería española e incluso recogiendo músicas en compás de jota debidamente adaptadas, hasta que, cerca del final y tras el toque de ordenanza que manda entrar a la música, la banda ataca las notas de lo que, casi sin duda, son variaciones sobre el primer y el segundo tema de la marcha regular de los granaderos de Cartagena (el tercer tema o “trío” no suena).

¿Cómo llegó ese tema hasta la fantasía musical del maestro Cristóbal Oudrid? ¿Fue que el músico tomó el fragmento de música militar de la realidad como hizo con el resto de la pieza o —más improbablemente— lo compuso él? ¿La marcha regular de los granaderos fue copiada por los granaderos de Cartagena o se compuso para ellos?

Es un tema abierto a la investigación aunque, dada la fecha de “Los sitios de Zaragoza” (1848) parece poco probable que podamos llegar a una solución indiscutible.

Piénsenlo y mientras tanto les dejo con una grabación de “Los sitios de Zaragoza” realizada por la Banda de Música de la Guardia Real; si son de Cartagena vayan al minuto 7:40 aproximadamente y escuchen, la música les sonará familiar.

Yo ahora me voy a escuchar cómo dan las 12 en el carillón del ayuntamiento y de paso a ver si veo pasar a los granaderos; al fin y al cabo su música es, en mi corazón y en el de muchos, el auténtico himno de nuestra ciudad.

Tercer hilo, gobiernos y regiones de tercera

Esta que ven en la foto es la pomposamente llamada estación de ferrocarril de «Murcia del Carmen»; en realidad bastaría con decir «Murcia» pues, en esta ciudad, desde que cerró la estación de Caravaca, no queda más que una estación de ferrocarril: la que ven.

Les pongo en situación: Murcia es la séptima ciudad de España por población y tiene, por ejemplo, más habitantes que Bilbao, pero, a diferencia de Bilbao —o de Albacete, ciudad a la que triplica en población— la estación de «Murcia del Carmen» no pasa de ser un lamentable apeadero impropio de las necesidades de una ciudad como esta.

Dicen que ahora quieren que llegue el AVE, pero no un AVE normal como en el resto de los lugares de España, sino un AVE que utilizará estas mismas vías que ven —de ancho ibérico— y las compartirá con los mastodónticos trenes de mercancías que el Puerto de Cartagena saca diariamente a través, sí, de este mismo trazado.

Para que se hagan una idea de lo que se va a hacer tienen que imaginar que, en lugar de los cuatro carriles que ven en primer plano en la foto, habrá seis: uno de los carriles será usado por todos los trenes y el otro, opcionalmente, por AVEs o trenes de mercancías, dependiendo de si se trata de un tren de ancho de vía europeo o ibérico. Miren, casi mejor que que se hagan una idea, les pongo una foto:

Ya pueden imaginar que esto de los seis carriles (tres por vía) originará no pocos problemas pues, a poco que lo piensen, se darán cuenta de que uno de los raíles será utilizado en el 100% de las ocasiones mientras que, los otros dos, se repartirán el uso en proporciones aún por fijar, lo que determinará un desgaste diferencial de los raíles no deseable. Y, sin embargo, el anteriori es, sin duda, el menor de los males. Es el menor de los males porque el verdadero problema es que lentos y pesados trenes de mercancías (el Puerto de Cartagena es el primer puerto granelero de España por tráfico de mercancías) compartirán los raíles con trenes que pueden superar los 300 kilómetros hora. Para que se hagan una idea, un AVE puede y debe disponer en las curvas de unos peraltes más pronunciados que los de un lento tren de mercancías; un AVE puede superar desniveles que un pesado mercancías no puede atacar y, en fin, una vía para tráfico de mercancías no es el tipo de vía más aconsejable para el AVE. Si a esto unen ustedes que la existencia de tres raíles convierte los cambios de agujas en un puzzle tan poco divertido como eventualmente peligroso (vean foto) comprenderán que lo que quieren traer como AVE a la Región de Murcia no sea sino una burla más a los habitantes de esta región.

Porque, si lo que les digo es infamante para la ciudad de Murcia, en el caso de Cartagena es para declararnos independientes otra vez y pedir nuestra anexión al país más cutre del mundo; pues peor no parece que nos pueda ir.

Cartagena es el primer puerto granelero de España por tráfico de mercancías (sí, como suena) y su conexión con un trazado ferroviario adecuado es vital para su futuro y el de toda la Región y, sin embargo, el primer puerto granelero de España y una comarca con más habitantes que toda la Comunidad Autónoma de La Rioja se ven obligadas a padecer unas infraestructuras ferroviarias que no padecen lugares como, por ejemplo, Ciudad Real o Lleida, lugares respetabilísimos pero con una población y actividad muy inferior.

Lo que los sucesivos gobiernos nacionales (PP y PSOE) le están haciendo a la Región de Murcia es un insulto a las muchísimas personas que la habitan.

Dicen que no hay dinero, pero, en cambio, sí hubo dinero para hacer un AVE a Valladolid, León o Sevilla con dos plataformas, sin «terceros hilos» y sin dejar fuera de combate a un puerto (el de Cartagena) que aporta más riqueza a este país del que estos sujetos son capaces de pensar.

Felípe González era sevillano, Aznar vallisoletano y Zapatero leonés… es curioso que esos sean los destinos preferentemente fijados para los AVEs en España y que estos hayan sido sus primeros trazados; pareciera que en España los trenes se construyesen para que los gobernantes se vayan de vacaciones, Isabel II a Aranjuez y cada presidente a su pueblo. Con los kilómetros de AVE construidos, si, en lugar de unir Madrid con la periferia, se hubiesen conectado las ciudades de la costa española, el 80% de los españoles tendrían AVE en estos momentos, nuestros puertos de mar estarían funcionando a tope de sus capacidades y tendríamos un país más vertebrado y mejor preparado para enfrentar la crisis; pero no, aquí se sigue pensando con la mentalidad borbónica que obliga a unir el centro del poder político (Madrid) con los súbditos de la periferia en lugar de unir personas, zonas económicas y puntos logísticos de importancia; es decir, se sigue pensando el futuro de España con la mentalidad de un absolutista reaccionario de hace 200 años.

No es difícil entender que nos jugamos mucho en este envite y que, tanto Murcia como Cartagena, se juegan su futuro y el del resto de las ciudades de la región. Y han de saber los que nos gobiernan que esta partida no se gana cepillando el traje a sus superiores de Madrid a la espera de que estos les agracien con cualquier donativo; que esta partida no se gana manteniéndose a bien con quien les puso primeros en las listas para que saliesen y no con quienes de verdad les votaron y les colocaron donde están. Desde el AVE a Sevilla en 1992 hasta hoy han pasado 26 años de espera en esta región y 26 años son muchos para que, ahora, en lugar de recuperar los años perdidos nos traigan una infraestructura que nos condenará a un retraso secular.

Resulta incomprensible que esta región aguante tanto, que Cartagena aguante tanto, que Murcia aguante tanto, que Lorca aguante tanto, que Caravaca, Jumilla, Yecla, Cieza, Molina… aguanten tanto. Lo que le están haciendo a esta región no tiene nombre y, si lo tiene, entra en el campo del exabrupto o la injuria.

No sé si lo entienden nuestros dirigentes: ya está bien. Ya está más que bien: háganlo o —si no les dejan hacerlo— déjennos sentir que su indignación es tan sincera como la nuestra, que antes prefieren desagradar a sus jefes que a sus representados, que si sus jefes no les quieren por eso ustedes no tienen por qué guardar fidelidad alguna a sus jefes; por que, si no, sabremos que no están ustedes ahí para servirnos y eso —lo crean o no— les mandará a casa y además con oprobio. Ya está bien.

Rojos como las ñoras

Rojos como las ñoras

Hoy he entrado a comprar hierbas para infusión en una de esas tiendas clásicas de toda la vida y de las que, por desgracia, cada vez quedan menos. La tienda se rotula como «La casa de las especias» aunque todo el mundo la conoce en Cartagena, simplemente, como «la tienda de Joaquín Boj». Mientras la señora que atendía el mostrador buscaba las hierbas que le he pedido me he entretenido fotografiando el local, he reparado en este racimo de ñoras que cuelga del techo y he sentido la necesidad de fotografiarlo.

La ñora es tan consustancial a la Región de Murcia como los grelos a Galicia o los espárragos a Navarra y la relación de esta región con ella, con la ñora, se remonta hasta los primeros tiempos de su llegada a España pues, han de saber ustedes, que hasta que Colón no descubrió América en Europa no se conocía la ñora, con los evidentes perjuicios que esto producía, pues los Calderos de Cartagena, del Mar Menor o de Cabo de Palos, por ejemplo, no quedaban como dios manda ni de sabor, ni de color, ni de olor.

Fue Colón quien trajo a España las primeras semillas de «Capsicum Annuum» (o «pimiento de bola» que es como se le conoce por aquí) y las depositó en el monasterio de la Virgen de Guadalupe, lugar desde el que pasaron al Monasterio de Yuste, donde se aclimataron al clima peninsular. El monasterio de los Jerónimos de Yuste decidió entonces compartir su descubrimiento culinario con sus hermanos del monasterio de Los Jerónimos de la pedanía de La Ñora, cerca de la ciudad de Murcia, lugar que dio nombre por estas tierras al «Capsicum Annuum» pues han de saber ustedes que, a este tipo de pimientos, en esta región, o se le llama «pimiento de bola» o, de forma mucho más simple y popular, «ñoras». Tanta relación tienen las ñoras con la ciudad de Murcia que al equipo de fútbol de la ciudad se le conoce como el «equipo pimentonero» porque de la ñora se extraía un otrora excelso pimentón que se molía en los molinos del río tal y como recuerda perfectamente mi padre que, tras tener que huir con su familia de Cartagena debido a los bombardeos terribles de la Guerra Civil, estuvo trabajando como peón en esos molinos.

Mucha ñora, mucho conjunto pimentonero, mucho monasterio de los Jerónimos, mucho caldero donde la ñora es imprescindible, muchos bares y restaurantes decorados con ristras de ñoras y ¿al final qué?

Pues al final «ná de ná», porque la gente del negocio del pimentón, secular en la ciudad de Murcia, no se puso de acuerdo para siquiera crear una denominación de origen ni potenciar un producto de excelente calidad y que resulta imprescindible en la gastronomía del sureste.

La Región de Murcia es una región imaginativa, creadora, innovadora pero… pero con un complejo de inferioridad irritante. Permítanme que excluya a mi ciudad de ese complejo, pues mis paisanos se consideran poco menos que descendientes de Aníbal y a amor propio no les gana ni un francés cantando «La Marsellesa». Tenemos un malísimo concepto de nuestra propia Región, asumimos como normal que aquí llegue un AVE tercermundista y con tercer hilo mientras a lugares como Palencia llega un AVE moderno, con dos plataformas y magníficas infraestructuras. Nos parece natural que no tengamos conexión ferroviaria con Almería, damos por hecho que, aunque esta Región tenga casi la misma población que las tres provincias vascongadas juntas, tengamos mucho menos peso político que ellas; tenemos una nula influencia en la política nacional y no parece que hagamos nada por solventarlo. Miren, la ciudad de Murcia es la séptima ciudad de España en población por delante de lugares como Bilbao; Cartagena tiene sola más habitantes que la practica totalidad de las capitales de provincia de Castilla La Mancha o Castilla y León (incluso más que provincias enteras) y mi Colegio de Abogados cuida de más personas que toda la población de la Comunidad Autónoma de La Rioja, por ejemplo. Y, sin embargo, ni los habitantes de Cartagena tienen los mismos servicios que los de La Rioja ni, por supuesto, los de la ciudad de Murcia se acercan ni de lejos a los de Bilbao.

No sé cómo he saltado de las ñoras al complejo de inferioridad que arrastra esta región, no lo sé, pero no siento que sea erróneo nada de lo que digo y la culpa no es sólo de nuestros dirigentes, sino de nosotros mismos.

En fin, a dios gracias y a pesar de todos los males, la ñora sigue existiendo para dar sabor a los calderos que se hacen en la costa de Cartagena y a muchos otros platos sin los que no entenderíamos el sureste de España. El resto es tan solo una falta de orgullo y amor propio que debería avergonzar a nuestros políticos y ponerlos rojos. Como las ñoras.

Cartagena, la cuestión del «filioque» y la guerra serbo-croata

Hace unas semanas visitaron mi ciudad un abogado madrileño, su mujer y su bebé; no les conocía, pero, como él me pidió a través de internet que le sugiriese un hotel en mi ciudad, acabamos entablando conversación y el final de la historia fue que les hice de cicerone durante su visita. De las muchas extravagancias que les conté a propósito de mi ciudad, una acabó sorprendiéndome incluso a mí mismo mientras la contaba y me dejó cavilando sobre la conveniencia de poner freno a esta manía mía de relacionar unas cosas con las otras con fundamento en coincidencias cuya conexión está traída por los pelos. Les cuento el caso.

Ocurre que a mí uno de los periodos históricos de mi ciudad que más me atraen es el correspondiente a la dominación bizantina, pues, el mismo, me permite al mismo tiempo darle lustre a mi ciudad y aturdir a mis incautos oyentes con una barahúnda de datos que —por ser raros y poco conocidos— no admiten réplica de su parte. Permítanme que ahora se lo cuente a ustedes.

En el siglo VI la práctica totalidad de la península ibérica estaba gobernada por pueblos bárbaros como suevos o visigodos; sin embargo, en mi ciudad, éramos mucho más finos y exquisitos pues, desde Justiniano, mi ciudad formaba parte del Imperio Romano —el llamado Imperio Bizantino— con capital en Constantinopla. Mi ciudad formaba parte organizativamente de lo que los bizantinos llamaron la provincia de «Spania» y era, a la sazón, su capital; es decir, en el siglo VI mi ciudad era la capital de «Spania», cosa que suele dejar bastante sorprendidos a mis desprevenidos oyentes pues «Spania», «Spain», «Spanja»… es la forma con que se conoce a España en la mayor parte de los idiomas del mundo. La vieja «Hispania» pasó a llamarse «Spania» en la epigrafía bizantina y la palabra «España» empezó a oírse sobre la faz de la tierra. Esto, para ingleses, alemanes y otros pueblos centroeuropeos se les aparece como evidente.

Una vez que he puesto a mis oyentes —y ahora a mis lectores— en el contexto histórico adecuado, señalándoles que en el siglo VI, nosotros, los cartageneros o cartagineses, éramos bizantinos y el resto de los españoles —ustedes me perdonarán— bárbaros del norte o súbditos de ellos, suelo relatar cuál era el grave problema de orden religioso que aquejaba entonces a los hispanorromanos dominados por los visigodos y este no era otro que el que estos últimos, profesaban la herejía arriana.

La herejía arriana había sido condenada por la ortodoxia cristiana casi dos siglos antes en el Concilio de Nicea, pero los visigodos habían abrazado tan fuertemente los preceptos de dicha herejía, que seguían ateniéndose a la misma e incluso tenían su propia jerarquía eclesiástica arriana y sus obispos arrianos. Estas creencias de los visigodos suponían una causa importante de enfrentamientos con los hispanorromanos que habitaban las zonas dominadas por estos visigodos.

Todo esto es bastante conocido pero ¿qué era la herejía arriana y que pinta Cartagena en esta historia? Vayamos poco a poco y veámoslo.

La naturaleza de la segunda persona de la Santísima Trinidad —el Hijo— siempre ha sido fuente de problemas teológicos y en el caso de la herejía arriana pasaba lo mismo. Para los arrianos, los seguidores de la doctrina del obispo Arrio, Jesucristo, la segunda persona de la Santísima Trinidad, había sido creado por el Padre y por tanto estaba subordinado a Él. La cristología arriana sostenía que el Hijo de Dios no existió siempre, sino que fue creado por Dios Padre. Esta creencia se basaba, entre otros textos bíblicos, en un párrafo del Evangelio según San Juan donde Jesús declara:

Oyeron que yo les dije: “Voy y vuelvo a ustedes”. Si me amaran se gozarían de que voy al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Evangelio según san Juan 14:28 (Versión Reina Valera, actualizada 2015)

Las enseñanzas de Arrio hicieron furor en algunos momentos y aunque en el Concilio de Nicea (325EC) su doctrina fue condenada como herética, más tarde el Sínodo de Tiro 335 le exculpó, aunque volvió a ser anatematizado más tarde y en el Primer Concilio de Constantinopla se volvió a condenar su doctrina como herética.

Para cuando ocurrieron los hechos que les voy a relatar la doctrina de Arrio ya era claramente una herejía que tan sólo seguían facciones minoritarias de los creyentes aunque una de estas facciones, por desgracia, eran los visigodos, pueblo bárbaro que dominaba la península ibérica a excepción de la franja de territorio bizantino de la provincia de Spania.

Todos esos follones entre cristianos ortodoxos y herejes arrianos no eran cosa que preocupase en la Spania bizantina, pues, por aquí, la ortodoxia imperaba y a nadie se le ocurría defender la nefanda herejía de Arrio, so pena de que las autoridades imperiales le ajustasen las cuentas, porque, en cuestiones teológicas, los bizantinos tenían muy poco sentido del humor.

En estos años de que les hablo nacieron aquí, en mi tierra, los santos con más tronío de la historia sagrada española pues, hijos del Duque Severiano y de su esposa Teodora, vinieron al mundo en nuestra ciudad cuatro zagales cartagospartarios que habrían de cambiar la historia del mundo: Leandro, Fulgencio, Florentina e Isidoro, los llamados «Cuatro Santos de Cartagena».

La historia de esta familia es oscura pues, por motivos no esclarecidos, los hijos y su madre hubieron de abandonar Cartago Spartaria (mi ciudad) marchando a Sevilla, donde se instalaron. La fama debía precederles pues, nada más llegar, los hispalenses hicieron al hermano mayor (Leandro) obispo de Sevilla, lo cual resulta verdaderamente llamativo; más tarde, Fulgencio, sería nombrado obispo de Écija y, a la muerte de Leandro, le sucedería como Obispo de Sevilla su hermano menor Isidoro —sí, Isidoro de Sevilla era cartagenero— mientras que la hermana, Florentina, fundó un convento.

A nosotros en esta historia nos interesa la vida de Leandro pues, este hombre sabio, viendo que los reyes visigodos yacían en el piélago de la ignorancia herética, hizo firme propósito de hacerles abjurar de ella y convertirlos al cristianismo verdadero y como dios manda; sobre todo porque, con los rifirrafes que provocaban las diferencias religiosas entre hispanorromanos y visigodos, andaba el regnumvisigothorum revuelto, mientras los bizantinos estaban tan felices dominando el sureste de Spania y tomando a los belicosos godos a mojiganga.

Leandro, que como buen cartaginés era obstinado, se las arregló para convencer al rey visigodo y a toda su corte para que abjuraran del arrianismo y abrazaran el cristianismo cabal y neto, cosa que hicieron para felicidad del santo y de los habitantes del reino pero, como Leandro no las tenía todas consigo debido a la sequedad de mollera de estos visigodos a quienes los libros de mi infancia encuadraban entre los llamados «bárbaros del norte», decidió ir un paso más allá y aclarar de una vez por todas los líos con el asunto de la Trinidad.

El quid estaba en que aunque el Hijo es Hijo del Padre, ambos son eternos (según el dogma Trinitario de la Santa Madre Iglesia) y por ser Hijo no quiere decir que no sea Dios también y tan eterno como el Padre (¿un buen follón, eh?). Y si la cosa es complicada con el Hijo ni les cuento con el Espíritu Santo, porque este procede del Padre según el credo de Nicea, aunque sea tan eterno como la persona de quien procede.

Repasemos: si es usted creyente sin duda recuerda el credo y el fragmento que dice:

Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y que, con el Padre y el Hijo, recibe una misma adoración y gloria.

Bueno, pues a Leandro la cosa no le parecía lo suficientemente bien explicada y, para que quedase claro que tampoco el Espíritu Santo era anterior en el tiempo al Hijo ni viceversa, decidió añadir una sola palabra al credo en uno de esos concilios que los visigodos hacían en Toledo. La palabra que Leandro añadió al credo fue filioque que traducido del latín significa «y del hijo» y fue ahí cuando se juntó Roma con Santiago y se montó la de Dios es Cristo y aún hoy arrastramos ese follón como verán si tienen la paciencia de seguir leyendo.

Porque Carlomagno, que quería ser más emperador que el verdadero emperador (el del imperio romano con capital en Constantinopla), sugirió al Papa que tuviese por hereje al emperador de Constantinopla. Cuando el Papa, sorprendido, le preguntó al godo ese que por qué, este le respondió que el emperador constantinopolitano rezaba un credo incorrecto y adujo como correcta la redacción del credo según el concilio de Toledo con la palabrita añadida por Leandro, es decir, añadiendo filioque (y del hijo) al credo de Nicea, de forma que la redacción quedaba en:

Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo y que, con el Padre y el Hijo, recibe una misma adoración y gloria.

El Papa se echó las manos a la tiara y le dijo al godo que era un burro, que lo del «y del hijo» era una expresión explicativa pero que el verdadero credo de Nicea no incorporaba tal palabra. El Papa, además, mandó clavar el credo de Nicea en su sede romana y cuentan que el hombre se tomó muy a mal la ocurrencia del emperador godo. Pero, como los godos, además de burros, eran bastante bestias, acabaron explicándole al Papa que él tendría razón teológica pero que ellos tenían unas espadas de acero del Ruhr que quitaban el hipo a los Santos Padres y que se dejase de follones trinitarios y rezase como ordenaba Leandro… y ahí comenzó la división entre católicos apostólicos romanos (los frecuentes en España, los del Papa) y los católicos apostólicos ortodoxos (los griegos, búlgaros, rumanos, rusos…) quienes nunca olvidaron que el Papa se equivocó en el asunto del filioque y le negaron toda infalibilidad por rezar un credo herético aparte de explicarle que para infalibles ellos y sus patriarcas que eran más conciliares y más demócratas que el Papa.

Lo de poner una palabra más o menos en el credo puede parecer una gilipollez, pero lo cierto es que esa palabra ha dado lugar a no pocas guerras y ha animado a matarse a los hombres con sorprendente solvencia. La última de estas guerras fue la que enfrentó a serbios (ortodoxos) y a croatas (romanos) pues, aunque la religión no fue la causa de la matanza, tampoco fue motivo para reconciliarse entre hermanos, pues, esto de profesar religiones distintas (aunque solo sea por una palabra), ha demostrado a lo largo de la historia ser una magnífica coartada para criminales y asesinos disfrazados de soldados.

Bueno, pues ya ven, que empecé con Carthago Spartaria y acabé en la guerra de los Balcanes. Llegados a este punto mis invitados me miraban con estupor y yo mismo andaba pensando «¿no habrás llegado demasiado lejos, Pepe Muelas?»…

He reflexionado unas semanas sobre el asunto, he hecho examen de conciencia y, movido de un sincero propósito de enmienda, prometo no volver a repetir semejante fechoría si usted viene por Cartagena de forma que, si me asalta la tentación, me limitaré a pasarle a usted el link a este post que he escrito como penitencia y ya decide usted mismo si le importa mucho, poco o nada, toda esta historia de credos, filioques, papas romanos y biblias en pasta.

Yo ya lo he dejado aquí escrito, no lo repetiré más, todo sea por la ortodoxia carthaginesa.