El frente abaluartado de Cartagena

El frente abaluartado de Cartagena

Observo con envidia cómo ciudades como Puerto Rico, La Habana o Cartagena de Indias hacen de sus fortificaciones un reclamo turístico de primera magnitud y me apena que, poseyendo nuestra ciudad un valiosísimo patrimonio de la misma naturaleza, se muestre incapaz de aprovecharlo. Quizá los cartageneros lo encontremos tan natural que no nos llama la atención o, quizá y esto sería lo peor, los políticos que nos han gobernado han visto en él un residuo militar que convenía disimular en aras a la corrección política. Las razones no las conozco lo que sí sé es que la falta de respeto de nuestras autoridades hacia nuestro patrimonio militar e histórico (véase la ilegal “restauración” de la Muralla del Mar entre los baluartes 20-19) ha sido tanta que me cuesta creer que responda al Principio de Hanlon.

Los seres humanos tratan de conocer aquello que aman y por eso, cuando veo tanto desconocimiento en quienes nos gobiernan y han gobernado, dudo de que, verdaderamente, sientan por esta ciudad el afecto que van gritando de mitin en mitin que le tienen. El afecto por esta ciudad no se acredita diciendo ser más cartagenero que nadie o hartándose a michirones o asiáticos, el afecto de verdad se demuestra de formas menos ramplonas y más complicadas que gritándolo en los mitines o haciendo tremolar banderas.

Voy a dejarlo, porque descarrilo; de lo que yo venía a hablarles hoy no era de la hipocresía de nuestros políticos sino de cómo funciona un frente abaluartado pues nuestra ciudad está repleta de ellos y me gusta, cada cierto tiempo, revisar su estado de conservación.

El otro día, paseando por los baluartes 19-20-21 de nuestra muralla (lo que los cartageneros conocen como «La Muralla del Mar») me preguntaba cómo es posible que un trozo de arquitectura tan emblemático y representativo de nuestra ciudad no se estudie ni se comprenda mejor por todos, de forma que me puse a pensar sobre cómo podría yo explicar la razón de ser y funcionamiento de esa muralla hasta que, paseando por la cortina que une los baluartes 21 y 22 (La Cuesta del Batel), me fijé en el mal llamado “Castillo de los Moros” y pensé que su frente podría ser un muy buen ejemplo para explicarlo. Vamos s ello.

En primer lugar he de aclarar que el “Castillo de los Moros” ni es “Castillo” ni lo hicieron “los Moros”; no sé quién se inventaría el nombre pero quien lo hiciera no dio ni una.

Esta obra coronada, fue proyectada por el ingeniero Juan Martín Cermeño y ejecutada por el oscuro croata Mateo Vodopich entre los años 1773 y 1778. En 1923 dejó de tener uso militar pasando a ser propiedad del Ayuntamiento de Cartagena el 24 de septiembre de 1929, momento a partir del cual quedó absolutamente abandonado y sin mantenimiento, situación lamentable en la que se encuentra en la actualidad.

Fue construido sobre el cerro de los Moros pues esta elevación cercana a la ciudad se reveló como clave en la toma de Cartagena durante la Guerra de Sucesión al instalar sobre ella su artillería las tropas borbónicas que asediaban una Cartagena austracista en aquel momento. Esta fortificación, construida para defender tan estratégica posición, creo que nos servirá para entender el funcionamiento de un frente abaluartado. En primer lugar veamos una imagen de conjunto del “Castillo de los Moros”.

Como es fácil observar esta fortificación se encuentra fuera del perímetro defensivo de la ciudad orientando su lado oeste (lado izquierdo de la fotografía) a la ciudad y el opuesto —este— hacia el exterior y teórico lugar de llegada del enemigo.

Si observamos el mismo lugar en visión cenital podremos apreciar algunas interesantes características adicionales.

Como puede observarse el lado este (arriba en la imagen) presenta una definida traza poligonal de la que carece el lado oeste (el que se ve desde la ciudad) y esto es una característica típica de este tipo de obras aisladas del perímetro defensivo de la ciudad: se construían de forma que fueran sólidas y tenaces en el lado en que se había de hacer resistencia al enemigo pero, en su lado opuesto, eran débiles y fácilmente bombardeables para que, si caían en manos del enemigo, este no pudiese utilizarlas contra la propia ciudad. Es por eso que, para entender cómo funcionaba un frente abaluartado estudiaremos el lado este del Castillo de los Moros pero, antes, vamos a ver lo que es un baluarte y, para ello, nada mejor que un dibujo.

Como pueden observar esta peculiar construcción se encuentra en el centro del lado este del Castillo de los Moros y constituye lo que denominamos «baluarte».
El baluarte o bastión es un reducto fortificado que se proyecta hacia el exterior del cuerpo principal de una fortaleza y suele tener forma pentagonal recibiendo cada sector del polígono que lo delimita los nombres de gola, flanco y cara según se puede apreciar en el dibujo anterior. Su función no se entiende si no es puesto en relación con el resto de la fortificación de que forma parte y para ello nada mejor que observar las funciones que cumple este baluarte en conjunto con el resto de elementos del frente abaluartado del Castillo de los Moros.

La función del baluarte, como se ve en la imagen, es dar soporte al fuego de flanqueo que protege el frente. Desde sus flancos puede hacerse fuego eficazmente (véanse ubicaciones marcadas en rojo) contra cualquier punto de la muralla, sin que queden ángulos muertos que puedan ser aprovechados por el enemigo. Todos los ángulos del frente abaluartado están diseñados para batir desde sus flancos con fuego de enfilada al enemigo.

El frente abaluartado, además, facilita la defensa y vigilancia económica de los diversos sectores de la fortificación pues basta con colocar vigilantes en el punto más exterior del baluarte para tener vigilada perfectamente toda la muralla y, por eso, es el lugar donde se colocaban las garitas.

Dado que es el fuego cruzado de los flancos de dos baluartes los que dotan de fuerza defensiva al conjunto, el frente abaluartado se dividía en sectores (se han marcado en amarillo y azul) bajo un mando responsable del sector, de los dos semibaluartes y la cortina de muralla que protegen.

La distancia a la que se habían de colocar los baluartes dependía del alcance de las armas de fuego de la época y, por eso, si observamos una vidión cenital del los baluartes 21 y 22 de la muralla de Cartagena Cuesta del Batel) podremos sacar curiosas conclusiones.


Desde el flanco norte del Baluarte 21 (Hospital Militar) hasta el flanco sur del Baluarte 22 (bajo el Caballero de San José) hay una distancia de 200 metros que se tornan en 260 si medimos desde el mismo lugar hasta la garita del Baluarte 22. Estas distancias ya nos dan un dato y es que el fuego de flanqueo estaba encomendado principalmente a la artillería ya que, por ejemplo, un fusil Baker (una pieza ya del siglo XIX) apenas si tenía un alcance efectivo de 180 metros. Dado que el flanco norte debía proteger con sus fuegos objetivos situados a 260 metros es lógico suponer que en los flancos de los baluartes se emplazaban piezas de artillería.

La fotografía siguiente nos permite ver la imagen que un defensor de Cartagena tendría desde el estratégico flanco norte del baluarte 21 si eliminásemos los árboles que nunca estarían permitidos en estos lugares. A su frente el flanco sur de Baluarte 22 (a 200 metros) y su garita (a 260 metros).

El Cuartel de Antiguones, situado justo encima de la Cortina 21-22, nos ilustra bien la evolución de los sistemas arquitectónicos defensivos pues este edificio presenta dos salientes que son óptimos para el fuego de flanqueo de fusilería y que hacen las funciones de «caponeras».

Ejemplos perfectos de estas “caponeras” los encontraremos en Cartagena en el foso del Castillo de San Julián y en el vértice del Fuerte Fajardo.

Así las cosas, para poder asaltar un trozo de muralla, era preciso, primero, batir los flancos de los baluartes hasta apagar sus fuegos y sólo, cuando ya no hubiese peligro de recibir fuego de flanqueo, iniciar el asalto a la muralla. Para batir los flancos de los baluartes del sector elegido para el asalto era fundamental disponer de artillería de sitio con la que bombardearlos, lo cual era contrarrestado por el bando defensor emplazando piezas de artillería en lugares elevados (caballeros) desde los que hacer eficaz fuego de contrabatería.

Justo tras la Cortina que une los Baluartes 21 y 22 tenemos un ejemplo de esos “caballeros”, el conocido en Cartagena como “Cerro de San José”, el cual puede observarse también en la fotografía de conjunto anterior.

Todo este complejo sistema de fuegos y ángulos se complementaba con un no menos dispositivo defensivo si lo contemplamos en sección. Veámoslo.


En la zona de los baluartes 19-20-21 de Cartagena no hay foso (no hay que olvidar que el mar batía la muralla) pero sí podemos observarlo en muchos otros puntos de la ciudad (interesantísimo el del Castillo de San Julián) y el objeto de este elemento no era otro que permitir hacer fuego de enfilada contra el enemigo que se aproximaba. Observen los ángulos, pendientes y línea de fuego en el croquis aanterior y entenderán lo que les digo.

Una pequeña nota más, el “cordón” de la muralla no solo tenía funciones defensivas relacionadas con las proyecciones de metralla relacionadas con los impactos de los proyectiles en las murallas, sino que también tenía una función jurídica: se consideraba espacio “intramuros” todo lugar que se hallase dentro del perímetro delimitado por el cordón de la muralla.

En fin, que me gustaría seguir contándoles cosas, pero ocurre que se me han hecho las tres de la tarde y aún no he puesto la olla… Así que vamos a dejar en este punto las murallas y fortificaciones de Cartagena y ya volveremos sobre ellas otro día. Espero que a nadie se le ocurra entretanto cargarse algún trozo.

¡Arriba los de la cuchara!

¡Arriba los de la cuchara!

En la foto ven ustedes un plato de cocido con pava y pelotas. Un rito navideño delicioso e imprescindible en mi región.

Mi padre, 92 años, guardia civil de profesión —lo aclaro ya desde el principio— a la vista del cocido que le estaba sirviendo mi madre ha recordado una canción de la Cartagena de su infancia y ha entonado a voz en cuello y con música de “La Internacional” la siguiente letra:

“Arriba los de la cuchara,
abajo los del tenedor,
y yo, como soy comunista,
que viva el martillo y la hoz”.

Me he partido de risa: identificar las clases bajas con los platos de cuchara y a los ricos con las comidas de tenedor me parece una ocurrencia absolutamente genial. Oír cantar muy desafinado al jefe también ha contribuido a las risas.

Los villancicos de Cartagena y Murcia y el Polo Venezolano

Los villancicos de Cartagena y Murcia y el Polo Venezolano

Si yo les contase a ustedes que «Guárdame las vacas» es una de las composiciones musicales más trascendentales en la historia de la música probablemente ustedes, con mucha razón, me dirán que estoy exagerando, que nadie o muy poca gente conoce esa canción y quizá tengan razón… O no.

La música, como cualquier sustancia hecha principalmente de información, muta como el ADN y siguiendo patrones muy similares a los de este. Créanme. Mientras no falte la energía la información mutará hasta alcanzar la forma que le proporcione el máximo éxito replicativo y esto pasa también con la música; una determinada pieza musical original irá mutando de forma que consiga éxito replicativo pues, de no hacerlo, caerá en el olvido, que es la muerte informacional. Otro día les explico todo esto en detalle, de momento créanme y tratemos de ver un ejemplo de esto que acabo de decirles, un ejemplo que nos llevará de España a Venezuela y que unirá los villancicos de la Región de Murcia con el Polo Margariteño venezolano y que nos ilustrará sobre los aspectos evolutivos de la información de que antes les he hablado.

Ahora empecemos por el principio y el principio es un romance «Guárdame las Vacas» cuyos primeros versos decían

«Guárdame las vacas,
Carrillejo, y besarte he;
si no, bésame tú a mí,
que yo te las guardaré.»

La historia de esta pastora procaz que moría por un beso de su amado Carrillejo debió ser muy popular en el siglo XVI porque fue musicada con arreglo a los cánones de la llamada «Romanesca» por muchos y variados autores.

La Romanesca era una fórmula melódico-armónica usada como una especie de aria para cantar poesía y como una base sobre la que trabajar variaciones instrumentales. La Romanesca fue usada por vihuelistas españoles como Luís de Narváez, Alonso Mudarra, Enríquez de Valderrábano y Diego Pisador.

La Romanesca se origina en España con el ya mencionado romance «Guárdame las Vacas» que, en versión del vihuelista Luís de Narváez se cantaba así:

Tan famosa fue la cancioncilla que se embarcó en la flota de indias y acabó tocando tierra en Venezuela donde el aristocrático punteo fue sustituido por el más plebeyo rasgueo al tiempo que se le fue incorporando percusión y la Romanesca «Guárdame las Vacas» fue evolucionando hasta dar lugar al actual Polo Margariteño, música extremadamente popular en Venezuela y que, si quieren saber cómo suena y cómo evolucionó desde el originario «Guárdame las Vacas», pueden disfrutarlo aquí.

La progresión armónica de «Guárdame las Vacas» la habrán escuchado ustedes y les sonará a antigua música de sabor céltico y no se lo discutiré, pues, la popular «Greensleeves», comparte todos los elementos de la españolísima Romanesca.

Demos un paso más; de las “diferencias” creadas sobre «Guárdame las Vacas», las de Alonso Mudarra se hicieron particularmente populares y, si algún auroro, cuadrillero, Parrandbolero o simplemente habitante de Cartagena o Murcia las oye, pronto captará algo muy conocido en ellas. Escuchen un ratito la forma en que sonaban las «diferencias» de Alonso Mudarra sobre «Guárdame las Vacas».

A poco que hayan oído villancicos de Murcia, Cartagena o de la parte de La Azohía, sin duda percibirán que los mismos no son sino variaciones de la Romanesca «Guárdame las Vacas», la misma de «Greensleeves» o la misma que fue madre del Polo Margariteño. Sí, los villancicos de Cartagena y Murcia son hermanos del venezolano Polo Margariteño, ya ven ustedes como las canciones, como el ADN, saben dispersarse por el mundo.

Había olvidado todo esto hasta que hace unos días, tratando de explicar a unos amigos de Córdoba cómo se cantaban los Villancicos en Cartagena (ayer fue la Romería de El Cañar), les mandé unos villancicos entre cartageneros, murcianos y caribeños de los Parrandboleros hechos —cómo no— sobre la base de la Romanesca «Guárdame las Vacas» y con “diferencias” (que diría Narváez) al final de los mismos hacia el mismísimo caribe.

La historia de cinco siglos de música se encierra en estos villancicos cartagenero-murciano-venezolano-caribeños de los Parrandboleros. Disfrútenlos y Feliz Navidad a todos.

La resiliencia climática y el Mar Menor

La resiliencia climática y el Mar Menor

La resiliencia climática crea riqueza: aumenta el empleo, ahorra dinero y, por cada dólar invertido, se pueden ahorrar seis. No lo digo yo, lo dice la ONU: la capacidad de las comunidades para volver a su estado de origen tras una catástrofe natural proyecta un impacto económico positivo.

Si quienes nos gobiernan no perciben esto ni perciben la magnífica oportunidad que para los hombres y mujeres de la comarca del Mar Menor puede suponer esta crisis, todo estará perdido y jamás solucionaremos la catástrofe.

Va a hacer falta un esfuerzo científico importante, pero no sólo un esfuerzo científico.

La ONU, en Marco de Senday 2015-2030, insta a luchar contra los factores subyacentes entre los que están, como ejemplos, la urbanización rápida y no planificada, la gestión inadecuada de las tierras, los arreglos institucionales deficientes, las políticas formuladas sin conocimiento de los riesgos y la falta de regulación e incentivos para inversiones privadas.

Todos estos factores subyacentes no pueden ser arreglados por «científicos», necesitaremos economistas, juristas, politólogos, sociólogos… Por que en la catástrofe del Mar Menor están presentes todos los factores subyacentes citados por la ONU y alguno más.

Walter Scheidel, catedrático de historia en la Universidad de Stanford sostiene que sólo las grandes crisis han corregido desequilibrios en las sociedades y probablemente tiene razón.

Podemos aprovechar esta crisis y hacer de la necesidad virtud para crear conocimiento, empleo y riqueza. O podemos seguir echándonos las culpas unos a otros y ahogarnos todos en la ciénaga del Mar Menor.

Yo optaría por lo primero.

Del Amazonas al Mar Menor

Del Amazonas al Mar Menor

Imagínese usted, si es tan amable, un pastizal cuyo uso es compartido entre un número cualquiera de ganaderos. Cada uno de esos pastores tiene un número dado de animales que pastan en ese pastizal. Los pastores observan que, a pesar de ese uso, siempre queda suficiente pasto no consumido como para pensar que se podría alimentar aún a más animales. Consecuentemente, uno tras otro lo hacen. Pero en algún punto de ese proceso de expansión de la explotación del pastizal, la capacidad de éste para proveer suficiente alimento para los animales es sobrepasada y consecuentemente, todos los animales perecen debido al agotamiento o sobre explotación del recurso.

Este ejemplo es el que utilizaba James Garret Hardin para ilustrar la paradoja de la llamada tragedia de los comunes, un dilema que describe una situación en la cual varios individuos, motivados solo por el interés personal y actuando independiente pero racionalmente, terminan por destruir un recurso compartido limitado (el común) aunque a ninguno de ellos, ya sea como individuos o en conjunto, les convenga que tal destrucción suceda. Sus estudios se publicaron en 1968 en la revista Science y levantaron una tremenda polvareda. Los teóricos fanáticos de la economía de mercado se soliviantaron.

Yo no necesito ponerles a ustedes ejemplos de vacas y pastizales, a escasos kilómetros de donde vivo se encuentra el Mar Menor, donde siempre se podía verter un poco más o construir una urbanización más sin que pasase nada o Portmán, el punto más contaminado del Mediterráneo tras verter año tras año al mar estériles minerales. ¿Qué les voy yo a contar que ustedes no sepan?

Ahora arde la Amazonía y la población mundial se subleva pero, Bolsonaro, Trump y muchos más, actúan como los ganaderos racionales del ejemplo de Garret, o como los agricultores, promotores y administraciones responsables del Mar Menor: «no se alarmen» nos dicen, «aún puede pastar una vaca más, aún se puede construir un poco más, aún se puede verter un poco más». Pero árbol a árbol se llegará al punto de no retorno y la Amazonía morirá, al igual que se colmató Portmán o se narcotizó el Mar Menor.

La preservación de los bienes comunes fue una tarea que llevaron a cabo admirablemente las sociedades tradicionales. La premio Nóbel de Economía (Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel) Ellinor Östrom, dedicó gran parte de su vida a estudiar esta gestión tradicional de los bienes comunes y estudió en profundidad instituciones como el Tribunal de las Aguas de Valencia o su homólogo de la Huerta de Murcia, que le parecieron ejemplares.

Sin embargo, nuestros políticos prefirieron abrazar las corrientes económicas «modernas» y, por supuesto, olvidarse de Ellinor Östrom, que es, para vergüenza nuestra, una absoluta desconocida en la Región de Murcia. Y, si ella es desconocida, sus estudios son menos conocidos aún y, por eso, no es de extrañar que los comunes en la Región de Murcia agonicen en la misma medida que en el resto del mundo.

Miramos a la Amazonia, pero a nuestro lado y a nuestra vista, ciencia y paciencia, hemos ido viendo cómo se destruía el Mar Menor (no sólo el estado del mar, su agua y su fauna… sino incluso su paisaje, porque el paisaje es también un bien comunal que pertenece a todos) y entretanto nosotros lo contemplábamos bañándonos en playas otrora buenas o desde el undécimo piso de nuestra torre de apartamentos. En el Mar Menor, como en Portmán, individuos racionales que buscan su propio beneficio han vertido al mar residuos (químicos o minerales, da lo mismo) y ningún político tuvo ni la visión, ni la inteligencia ni el coraje necesario para parar este aquelarre. Desecho de tienta diría mi abuela.

Ahora que arde la Amazonia, desde esta región señalamos a Brasil y acusamos a Bolsonaro… Pero ¿De qué? ¿De hacer lo mismo que hemos hecho nosotros?

Caridad

Vivo en una ciudad que esconde historias en cada rincón, muchas te pasan desapercibidas años hasta que, una noche, caes en la cuenta o alguien te saca de tu ignorancia.

Fue al principio de la guerra civil que se produjo el asalto de iglesias y la quema de imágenes. Muchas imágenes se perdieron —casi todas las de Salzillo— y, las que se salvaron, casi todas encierran una interesante historia. Una de las historias más curiosas y más llena de mitos fue la de cómo se salvó la imagen de la patrona de la ciudad: La Virgen de la Caridad.

La versión más difundida de los hechos cuenta que una madame de burdel (Caridad «La Negra») y sus muchachas se opusieron al asalto armadas con cuchillos y tijeras y que, con la ayuda posterior de algunas autoridades, hicieron desistir a los asaltantes. La historia es parcialmente cierta pues parece que Caridad La Negra nunca estuvo allí.

La iglesia de La Patrona colindaba con el barrio tolerante de la ciudad en 1936 y es verdad que, cuando la iglesia fue asaltada, un grupo de prostitutas se encerró en el templo dispuestas a hacer resistencia. Lo que normalmente no se cuenta es que por allí apareció un concejal socialista que, al frente de las mujeres, hizo retroceder a los asaltantes. Una escena se repite en casi todas las versiones de la historia: los asaltantes se acercan hasta los escalones de acceso al altar donde están el concejal socialista y las mujeres y se oye una frase desde el grupo defensor: «si vais a subir esos escalones más vale que lo hagáis con las pistolas empuñadas». Los asaltantes, fuese por la razón que fuese, no se atrevieron a subir los escalones y la imagen de la patrona se salvó.

Tres años después Cartagena era la última ciudad en capitular frente al ejército de Franco y el concejal socialista de nuestra historia aún estaba en la ciudad. Todos sabían que era «rojo» y se daba por seguro que sería represaliado, pero la historia ocurrida tres años antes disuadió a los ocupantes de hacerlo. Este concejal se dedicaba a las artes gráficas y tenía una imprenta —hoy cerrada— en la Glorieta de San Francisco en la que trabajó durante toda la dictadura.

La otra noche pasé por las ruinas de lo que fue su imprenta y alguien me señaló el nombre de la misma. Y me dejó pensando un buen rato.

¿Por qué los marrajos escriben al revés?

Esta noche, si no les llueve, los marrajos volverán a sacar su magna procesión a la calle y volverán a desfilar todos detrás del estandarte fundacional de su cofradía, justo el que ven en la foto.

Desde niño me pregunté por qué las letras de este estandarte estaban escritas de derecha a izquierda y no de izquierda a derecha, la duda no la disiparon mis estudios de latín, pues los textos latinos se escriben de izquierda a derecha y mi estancia en la universidad tampoco ayudó a redolver este enigma. Cuando pregunté alguna vez a un marrajo la respuesta fue siempre algo del tipo: «Es que esto es así», respuesta que, aunque cierta, tampoco arrojaba mucha luz sobre la cuestión.

Fue una pequeña investigación que hice, movido por una curiosidad jurídica, la que me puso en la pista del enigma de los marrajos y su estandarte escrito al revés. El objeto de mi curiosidad no era otro que el «titulus crucis», es decir, el documento que se mandaba colocar en la cruz y que contenía el delito por el cual el reo había sido condenado. La razón de la sentencia a muerte de Jesús, indudablemente, habría de buscarse en el «titulus crucis», así que decidir dedicar unas horas de viernes santo a ello.

La referencia evangélica más extensa al «titulus crucis» se contiene en el Evangelio de San Juan y es como sigue:

Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: «Jesús de Nazaret, el rey de los judíos.»

Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, latín y griego.

Sin embargo los evangelistas discrepan en el contenido exacto del «titulus» cuya versión más corta se encuentra en el Evangelio de Marcos 15, 26 («El rey de los judíos»), seguida por el de Lucas 23, 38 («Éste es el rey de los judíos»); algo más extensa en el Evangelio de Mateo 27, 37 («Éste es Jesús, el rey de los judíos»), y completa en el de Juan 19, 19 («Jesús de Nazaret, rey de los judíos»). Es de esta última versión de la que surge el acrónimo «INRI» que solemos ver en la cruces romanas o el cirílico «INBI» que leemos en las ortodoxas.

Una de las historias más curiosas que rodean al «titulus crucis» es el de su encuentro por Elena, la madre del emperador Constantino junto con su posterior extravío y «reaparición».

Según la tradición, la madre del emperador Constantino, Elena (Santa Elena para romanos y ortodoxos), durante el reinado de su hijo, marchó a Tierra Santa a la búsqueda de restos de la vida de Jesucristo.

Para quien no lo sepa, Constantino (Flavius Valerius Aurelius Constantinus, Constantino I, Constantino el Grande o incluso San Constantino para la iglesia ortodoxa) fue el emperador que en el año 313 legalizó el cristianismo y quien, en el 325, convocó el Primer Concilio Ecuménico de Nicea, donde se fijarían los fundamentos de la fe católica e incluso el credo que —a excepción de una palabra— todavía rezan todos los católicos, ya sean estos romanos u ortodoxos. Las razones por las que este emperador, pontífice de una religión distinta («sol invictus»), se tomó tantas molestias con el crstianismo e incluso se permitió el lujo de convocarlos —y hasta presidir— a un concilio son objeto de sabrosísima discusión, pero escapan al objetivo de este post que no es otro que averiguar, recordémoslo, por qué los marrajos escriben al revés.

Pues bien, quiere la leyenda que Santa Elena, ya bastante mayor ella, se desplazase hasta Tierra Santa y, tras mandar destruir un templo de Venus que había en la cima del Gólgota y cavar lo suficiente acabase descubriendo la «auténtica» cruz de Cristo (en realidad «cruces» pues tambiéndescubrió las de Dimas y Gestas, los ladrones), suceso este que todavía conmemora la cristiandad los días 3 de mayo con la llamada fiesta de «Las Cruces».

Junto con la cruz Elena encontró su «titulus» redactado en diversos idiomas pero, a diferencia de la Cruz, Elena decidió trocear el «titulus», dejando una porción en Jerusalén y remitiendo otra a Constantinopla. El tercer fragmento marchó con ella a su residencia de Roma.

La permanencia del «titulus» en Jerusalén nos la atestigua Egeria, una viajera de la región de El Bierzo, en la provincia romana de Gallaecia, que estuvo en los santos lugares entre los años 381 y 384. Posteriormente confirma la presencia del «titulus» Antonino de Piazzenza en torno al 570.

El trozo de Constantinopla se sabe que fue vendido al rey Luís IX de Francia y que desaparació durante la Revolución Francesa.

Finalmente, el más importante de los trozos, el que marchó a Roma con Elena, ciudad en la que se supone sobrevivió a los saqueos del año 410 (Visigodos) y 455 (Vándalos) para ser muy oportunamente «redescubierto» por Gherardo Caccianemici dal Orso, cardenal de la Basílica de la Santa Cruz, quien llegaría a ser posteriormente —sin duda gracias a la reliquia— el Papa Lucio II. Incomorensiblemente la reliquia volvió a ser enterrada de forma que estuvo perdida hasta que en 1492 fue redescubierto dentro de la propia basílica, lugar en el cual está expuesto desde entonces.

Este trozo redescubierto en 1492 es el protagonista de la historia marraja, una cofradía que se fundó alrededor de 1580 (unos noventa años después del redescubrimiento del «titulus») y cuyo estandarte fue bordado, según afirman los propios marrajos, por el bordador catalán Francisco Rabanell, llegado a nuestra región probablemente entre los años 1736-1750, unos dos siglos y medio después de la aparición del títulus.

Pero a lo que vamos. El fragmento del títulus reaparecido en 1492 y custodiado en la Santa Crocce es el que podemos ver en la siguiente fotografía y, aunque se aprecia mal en la fotografía, es un texto escrito sobre una tablilla de madera de nogal en el que pueden verse tres líneas de texto.

La primera, muy deteriorada, sólo nos muestra los rasgos inferiores de un texto escrito en hebreo/arameo, texto profundamente analizado y que coincide con el descrito en el relato evangélico. Como es obligatorio en hebreo/arameo el texto está escrito de izquierda a derecha.

En el estandarte marrajo estos rasgos inferiores de la linea escrita en hebreo se corresponden con la primera linea de texto del estandarte marrajo, una especie de sucesión de rasgos con forma de ese que es, realmente, lo que parece verse en el titulus.

Las dos siguientes lineas del estandarte marrajo coinciden con las dos lineas del titulus de la Santa Crocce con alguna interesantísima precisión que no me resisto a contarles.

Como pueden ver en el títulus crucis el gentilicio «nazareno» aparece escrito como «nazarinus» y no como en la práctica totalidad de las obras de arte que conocemos «nazarenus»; ¿Un error? No, muy contrariamente, la expresión «nazarinus» es un acierto que avala la posible autenticidad del titulus*. En el siglo I un romano jamás escribiría «nazarenus» (expresión propia del latín degenerado del siglo IV) sino precisamente «nazarinus», la forma correcta en latín clásico. Incluso podemos dar una vuelta de tuerca más. Si el titulus fuese una falsificación buscada su texto se correspondería con el del evangelio de Juan al pie de la letra y no, como ocurre en este caso, discreparían las dos versiones también en la forma que escriben «nazareno» (nazarenous-nazoraios).

Los hebraistas Hannah Eshel y Gabriel Barkay, tras estudiar el texto contenido en la tablilla concluyeron que la misma estaba escrita en una forma de hebreo correspondiente al último período del llamado «Segundo Templo» (período que finalizó en el año 70) lo que coloca la tablilla justo en la época precisa.

Así pues, el estandarte marrajo es una copia del titulus crucis de Roma. ¿Conocía algún marrajo o el propio Francisco Rabanell, el bordador del estandarte, la reliquia? Es difícil saberlo.

Volviendo a nuestro asunto; sí pues el titulus dice «Jesús Nazareno Rey de los Judíos», una acusación que, ofensiva para sus acusadores, Pilato prefirió mantener, «lo escrito escrito está», pero ¿Por qué al revés?

Se han avanzado muchas hipótesis. Una de mis preferidas es que el artesano que trazó la inscripción no conocía el latín ni el griego, sino solo el hebreo.

Me gusta esa explicación porque la siento como propia, verán. El nombre de mi ciudad (Cartagena) en fenicio es Quart Hadasht, pero, si lo escribo en fenicio —un idioma virtualmente idéntico al arameo— tendré que escribirla de derecha a izquierda, es decir:

𐤒𐤓𐤕 𐤇𐤃𐤔𐤕

A poco que uno conoce el sonido de las letras del alfabeto fenicio puede animarse a escribir alguna palabra, pero, les aseguro que la tendencia a escribir de izquierda es derecha es fortísima. Quizá al escriba judío que redactó el titulus le pasaba lo mismo. Escribió el texto correctamente en hebreo pero en latín y griego lo escribió en el mismo sentido que en hebreo. O quizá no daba mayor importancia al sentido de la escritura pues, en la antigüedad, no solo era común escribir de izquierda a derecha o de derecha a izquierda sino que incluso puede usted encontrar textos fenicios escritos en bustrofedon, una forma de redactar consistente en comenzar a escribir, por ejemplo, el primer renglón de izquierda a derecha y continuar el segundo de derecha a izquierda, como si se tratase de surcos de labranza, que es justo a lo que hace referencia la palabra griega «bustrofedón».

Bien, la tarde aclara y parece que hoy los marrajos podrán salir. Me dejo de escritos y voy a ver si aún puedo escuchar en alguna radio el relato de la salida de la procesión, porque han de saber ustedes que una procesión relatada es una obra de arte en sí misma también y esto nos lo enseñó a los cartageneros, es necesario decirlo, la voz de Don Manuel López Paredes.


*Los resultados de la prueba del carbono 14 realizada sobre el «titulus» de la Santa Crocce pueden consultarse aquí