Países ricos y países pobres

Países ricos y países pobres

En casi todas las charlas que di en Colombia, en algún momento u otro, apareció siempre la cuestión de la América del Sur pobre frente a la América del Norte del Río Grande rica y, para enfrentar esa cuestión, siempre traté de poner en claro qué era eso de la riqueza o de la pobreza de un país.

Si por «riqueza» se entiende que un país disponga de abundantes recursos naturales no cabe duda de que América del Sur es un continente agraciado por la providencia pero, les decía, no creo que la abundancia de recursos naturales sea lo que hace en verdad rico a un país y les solía poner el ejemplo de Chile.

Al comenzar el siglo XX Chile era un país ciertamente rico: su renta «per capita» superaba a la de países europeos como España, Suecia o Finlandia. La causa de tal riqueza se encontraba oculta bajo el suelo del desierto de Atacama: el nitrato. Indispensable para la fabricación de pólvora y magnífico como abono, Chile vendía su nitrato a todo el mundo.

Sin embargo, para desgracia de los chilenos, en 1909 los químicos alemanes Fritz Haber y Carl Bosch descubrieron una forma barata de producir este nitrato a partir de otros componentes y las exportaciones de nitrato de Chile comenzaron a caer; sin duda muchos de ustedes recuerdan aún el azulejo que se ve en la fotografía; «agricultores, abonad con nitrato de Chile» y añadía las palabras «único natural», este fue uno de los últimos esfuerzo chilenos por mantener su comercio.

Para 1958 toda la industria chilena del nitrato había desaparecido sin embargo la fortuna volvió a sonreir a Chile pues, en esos lustros, la electricidad, el telégrafo y la telefonía exigían cada día más hilo de cobre y Chile, por fortuna, era rico en cobre.

Y dicho esto ¿consideran ustedes a Chile un país rico o un país pobre?

Yo, permítanme decirlo y que no se me enfade ningún chileno, no lo considero rico, sino ponre. Rico es el país que, comi Alemania, tiene conocimientos suficientes como para prescindir del comercio del nitrato cuando le hace falta (recordemos que todo el comercio de nitrato de Chile estaba controlado por Gran Bretaña) o es capaz de diseñar e implementar esos aparatos que necesitan del cobre que otros facilitan.

Disponer de materias primas es cuestión de suerte, disponer de cultura y conocimiento es cuestión de esfuerzo pero permite forjar el futuro independientemente de la suerte que se haya tenido en el reparto de riqueza. El cobre no vale nada, si vale es porque alguien le ha encontrado un uso revolucionario (la electricidad) y por eso no es rico quien tiene cobre sino quien tiene los conocimientos que permiten su uso.

No, riqueza no es disponer de recursos materiales, riqueza es disponer de conocimiento, de cultura, de todo eso que, en sentido amplio, llamamos información.

No creo que América del Sur sea pobre en cuanto a materias primas sino todo lo contrario, es riquísima; sí es pobre en cuanto que ella no controla estas materias primas, en general explotadas y esquilmadas por empresas anglosajonas que no han dudado en corromper u ocupar gobiernos para ello y, sobre todo, es pobre, en la medida que la pobreza material de sus gentes drena a sus sociedades de inteligencia, cultura e información, permitiendo que sus mejores cerebros acaben siempre en el extranjero enriqueciendo a otras sociedades.

Y esto que digo no sólo sirve para América del Sur sino para mi propio país; un país que confía en buena parte su futuro a unos turistas de sol y playa que un día dejarán de venir y que, de momento, han acabado con el 80% de los recursos naturales y turísticos del Mediterráneo Español. Un país cuyos profesionales de la sanidad marchan recién egresados a países extranjeros; un país cuyos científicos, si quieren desarrollar una carrera científica exitisa, deben marchar al extranjero.

Estamos perdiendo nuestra mayor riqueza en favor de otros países, así que nadie se extrañe si un día descubrimos que somos, esencialmente, pobres.

Aún quedan jueces en Colombia

Aún quedan jueces en Colombia

Ada Laleman es magistrada y trabaja en un juzgado especializado en el retorno de tierras. La violencia, las incursiones de guerrilla, narcoguerrilla, militares, paramilitares… hicieron a los campesinos abandonar sus tierras que, ahora, están en manos de quienes las usurparon. La ley permite a los campesinos ahora retornar a sus tierras pero una cosa es la ley y otra su cumplimiento. Hace diez años al abogado que interponía una demanda de este tipo muy a menudo se le asesinaba (hasta 800 llegaron a morir), hoy, simplemente, las sentencias pueden no ejecutarse nunca.

Personas como Ada Laleman, por esta causa, deben vivir perennemente con escolta y con el temor de ser objeto de un ataque violento; pero cumple con su deber incluso con la frustración de saber que, en muchos casos, sus sentencias serán ignoradas y eso —que siempre queda gente que cumple con su deber— es lo que hace que aún haya esperanza para Colombia.

La culpa es de España

Lo malo de los españoles no podemos culpar a nadie de nuestras desgracias.

Los gobernantes hispanoamericanos, cuando las cosas van mal en sus países, suelen caer en la tentación de culpar a la antigua dominación española de sus males y ese truco, sorprendentemente, algunas veces les funciona. Para cualquier gobernante con poca vergüenza este recurso de poder culpar de los problemas a cualquiera menos a él mismo es valiosísimo.

Lo malo es que en España no podemos culpar a nadie sino a nosotros mismos.

Fuimos invadidos por los árabes pero es la verdad que los españoles estamos de acuerdo en que, de su presencia, lo que nos quedan son las nuevas formas de agricultura y riego que ellos trajeron, un palmeral patrimonio de la humanidad en Elche y una serie de construcciones y monumentos en toda Andalucía que dan todavía de comer a muchos españoles. ¿Qué seria de Granada sin Alhambra, de Córdoba sin Mezquita o de Sevilla sin Giralda?

No, decididamente no podemos culpar a los árabes de nuestros males presentes y, si no podemos culparles a ellos, mucho menos a los visigodos, a los romanos, a los carthagineses, a los griegos o a los fenicios, de cuyo pasado todos nos enorgullecemos. Admitámoslo, los españoles no tenemos a quien culpar de nuestros males y quizá por eso, al final, al igual que el resto del mundo, acabamos culpando también a España.

España es una realidad discutida y discutible sólo en España, fuera de ella nadie la discute ni muestra la más mínima duda al respecto. Fue Federico García Lorca quien dijo que no conoces España sino cuando vienes a América y creo que tenía toda la razón.

Seguramente, a base de oír a todos los países del mundo culpar a España de todos los males, los españoles hemos decidido copiarles y hacer lo mismo.

Lo malo de los españoles no es que copiemos Halloween, las despedidas de soltero o importemos la comida basura, lo malo es que adquirimos la sectaria forma de pensar el mundo de los anglosajones, su ridícula conciencia de superioridad y su pensamiento simple y sin sutileza. Y no es de extrañar, nuestro cine es americano, nuestra música anglosajona, nuestra comida basura estadounidense, nuestros refrescos pepsi-co y hasta cuando pensamos en nuestros muertos lo hacemos con la tramoya del Halloween americano ¿a quién extraña, pues, que no acabemos pensando como ellos sobre esa ridícula y siniestra entidad llamada España?

Y sin embargo, a poco que rascas la superficie, en cualquier americano encuentras a una persona orgullosa de su cultura y deseosa de que alguien, alguna vez, le dé razones para poder expresarlo públicamente.

A políticos y gobernantes el futuro les causa pavor, lo que les gusta es el pasado porque en el él hay multitud de historias de entre las cuales pueden seleccionar las que más les convienen para sus trucos políticos; sin embargo a esos mismos políticos el futuro les aterra, porque ahí las historias las han de inventar ellos, el futuro está vacío y eso les causa pánico; por eso, cuando hablan de futuro, apenas si aciertan a balbucear frases vagas: «contra el paro fomentaremos el empleo», «queremos lo mejor para el país», «el país para los paisanos»… Y si todo esto no funciona nada mejor que echar la culpa a España.

Lo malo es que, aunque los españoles no tenemos a quien echarle la culpa, nuestras pocas luces nos lleven muchas vece a echarle la culpa a España.

Estamos locos.

Habladme del futuro

Pronto entraremos en año electoral y los políticos de nuestro entorno comenzarán a gritarnos desde los medios de comunicación que el futuro les preocupa.

Pero es mentira.

Del futuro solo les interesa su suerte electoral, ganar o mantener su cargo, porque, por lo demás, el futuro es un espacio vacío para ellos.

Dicen que les preocupa nuestro futuro, pero es mentira; carentes de toda imaginación los candidatos sólo son capaces de llenar el futuro con frases estereotipadas y ajenas a toda concreción… «Contra el paro fomentaremos el empleo», «queremos «lo mejor» para nuestra ciudad», «nuestra ciudad es lo único importante»… Y así hasta llenar de vacío discursos interminables, tan absurdos y huecos como las declaraciones de un delantero centro tras un partido de fútbol.

Lo que a ellos les gusta no es el futuro, sino el pasado; les gusta el pasado porque no han de hacer esfuerzo alguno para inventar nada, el pasado está lleno de historias que ellos pueden seleccionar a su gusto hasta construir el pasado que les interesa. Con él nos irritan, nos adulan, nos adormecen la razón y, si alguien les critica su irremediable adicción al pasado, responden eso de que «el pueblo que olvida su pasado está condenado a repetirlo». Y es por eso por lo que, para que no olvidemos, ellos nos repiten su pasado, el pasado que ellos mismos han construido espigando de aquí y de allá los hechos, reales o inventados, que convienen a sus intereses electorales.

Es por eso también por lo que, cuando un político comienza a hablar de historia, dejo de escucharle. Me gusta la historia y dedico muchas horas de mi vida a escuchar a historiadores hablar de historia y es por eso que sé que, cuando un político me habla de historia, lo mejor que puedo hacer es dejarle hablando solo.

De los políticos no espero que me hablen del pasado, sino del futuro, de ese espacio vacío y sin escribir que hay ante nosotros y en el que pasaremos el resto de nuestra vida. Y es ahí donde me desespero porque, cuando repaso la «obra literaria» de todos estos políticos ágrafos que me rodean, adquiero la certeza de que, quienes son incapaces de escribir sin contratar a alguien que lo haga por ellos, jamás podrán escribir un futuro que merezca la pena ser vivido, de hecho no serán capaces de escribir futuro alguno y simplemente dejarán que la sociedad lo escriba viendo desde su sillón cómo el mundo evoluciona a pesar de ellos. Y lo harán cobrando, naturalmente.

Necesitamos soñar futuros colectivos, necesitamos empresas que realizar juntos, necesitamos definir objetivos para trazar luego los caminos que nos llevarán a ellos. Si te vas a presentar a una elecciones no me hables de lo que fue, mejor cuéntame lo que sueñas.

Y escríbelo, pero escríbelo tú.

¡Y un mojón pa los humanos!

¡Y un mojón pa los humanos!

Embalsamamos las ciudades como los taxidermistas disecan sus animales. Admirados de la belleza del zorro o del pavo real los matan, les extraen todas sus vísceras, los vacían por dentro y los rellenan de estopa o serrín. Finalizada la obra unos cuerpos sin vida, unos pellejos rellenos de paja, son presentados como «la viva imagen» de lo que una vez fueron bellos animales.

Los animales disecados son apenas una imagen de lo que un día fueron del mismo modo que, para nosotros, Venecia, Cádiz, Cartagena de Indias o Nueva York no son más que imágenes que vemos en las películas, la televisión o los reportajes de viajes.

Pero dígame: ¿cree usted que Cádiz seguiría siendo Cádiz sin gaditanos, Venecia sin venecianos o Nueva York sin neoyorkinos?

Acostumbrados a ver imágenes sin vida viajamos a las ciudades buscando recapturar esas imágenes mil y una veces capturadas sin percatarnos de que, lo que un día fue un ecosistema atractivo, hoy no es más que un decorado donde toda una industria busca que usted sacie su sed consumista. La gente que levantó esos lugares, la gente que dió vida a ese ambiente y esa cultura de la que le han hablado ya no existen más, ya no viven allí. Como en la arquitectura kitsch de los hoteles de Las Vegas una nueva mafia le muestra a usted hoy pirámides, esfinges, canales y torres de Eiffel con la esperanza de que usted consuma y gaste su dinero en ese entorno que, si una vez fue, hoy ya no es.

Cuando declararon a Cartagena de Indias patrimonio de la humanidad poco podían sospechar muchos cartageneros que les estaban expropiando su ciudad y su entorno vital y por eso, con no poca visión de futuro, cuando quisieron declarar a Cádiz patrimonio de la humanidad, el inolvidable «Capitán Veneno» cantó con su chirigota…

«Cádiz, patrimonio de la humanidad,
¡y un mojón pa los humanos!
Cádiz es de Cádiz na más
y es patrimonio del gaditano».

Hemos hecho del turismo una industria low cost, de poco leer y mucho fotografiar, queremos que las ciudades conserven el ambiente y las imágenes que hemos visto en las películas o leído en las novelas y si, para ello, hemos de vaciarlas de personas y disecar sus barrios así lo haremos.

Así, turistas de cerveza barata y salto del balcón a la piscina, podrán volver a su país contando a sus amistades que viajar culturiza, aunque para ello haya que desplazar barrios enteros y privar a seres humanos de los paisajes y entornos de su infancia.

Sin duda el turismo trajo mucho dinero a Venecia, aunque la dejó sin venecianos. Por eso, cuando en su ciudad hagan planes de recuperación o de reforma de entornos o pidan —peligro— que la declaren patrimonio de alguien que no sean los propios vecinos, puede usted echarse a temblar.

La patrona

Si usted no ha vivido en un cuartel de la guardia civil quizá no comprenda el puntito entrañable que tiene el «día de la patrona». En mi infancia viví 12 años en un cuartel que constituía un pequeño microcosmos: Había una escuela a la que yo iba, economato, barbería, bar, carpintería… Uno podía vivir prácticamente sin salir de allí. El cuartel, situado en un por entonces todavía pantanoso Almarjal, fue el ecosistema donde transcurrió mi infancia.

Este microbarrio también tenía sus fiestas y esas se celebraban tal día como hoy: El día de la Patrona. Cucañas, piñatas, verbena con baile y cerveza «El Azor».

La guardia civil ha cambiado mucho de entonces a ahora, el cuartel ha sido absorbido por la ciudad y las costumbres han hecho que ya no haya cucañas ni piñatas ni verbenas el día de la Patrona. Los guardias civiles ahora son hombres mucho más cultos y leídos que los de entonces. En esos tiempos no era infrecuente que, al cantar el himno de la guardia civil y llegar a la parte que dice «por ti cultivan la tierra», más de uno y más de dos guardias se sonrieran irónicamente, pues ellos sabían que muchos habían ingresado en el cuerpo huyendo de las duras condiciones del trabajo en el campo: «desertores del arado» se decían con la boca chica. En aquel entonces, también, si le preguntabas a un guardia qué significaban las letras «PGC» que aparecían y aparecen en las matrículas de los vehículos del cuerpo, en el 99% de los casos la respuesta era la misma: «Pocos Garbanzos Comemos».

Eran tiempos duros para los guardias: Tenían prohibido vestir de paisano e iban incluso a la playa con tricornio y sahariana, realizaban correrías interminables a pie y pasaban infinitas horas de servicio. De la vida y la estampa de aquellos guardias de tricornio, capa verde y mosquetón mauser a la espalda a la presente de teresiana, chaleco reflectante y pistola de polímero va una vida.

Hoy he recordado todas estas cosas y otras cuando he pasabo frente a la iglesia de San Fulgencio y he visto por allí bullicio de tricornios. Bueno, por eso y porque soy hijo de ese extraño cuerpo al que llaman la Guardia Civil.

La Benemérita.

Nobel de física 2022

Nobel de física 2022

Hace unos 14 años me apliqué a tratar de entender el mundo y la realidad como paso previo necesario para entender la justicia y, en mi búsqueda, me topé con un fenómeno que pronto ocupó toda la escena de mis pesquisas: la información y su reverso la entropía.

Pronto comencé a pensar que no era posible encontrar realidades observables de las cuales la información no formase parte, incluso pensé que, en realidad, todo el universo está formado únicamente por tres elementos fundamentales: materia, energía e información y que era este último, precisamente, el que le daba interés.

Naturalmente, la búsqueda de bibliografía para documentar mi hipótesis, me condujo (como casi siempre en estos temas) a descubrir que alguien la había formulado antes que yo y, desde luego, con infinitamente mayor fundamento.

En 2003, J. D. Bekenstein proclamó que hay una tendencia cada vez más creciente en física a definir el mundo físico como si estuviese constituido de información en sí mismo (y por eso la información es definida de esta manera) y recuerdo que, en un ya muy lejano mes de octubre del año 2008, escribí un post en mi blog —ahí sigue todavía— al que titulé «La afirmación de Bekenstein» en el que tomaba nota de esto.

La Información tiene un sentido muy bien definido en física y entre los ejemplos que ilustran esta afirmación se cuenta el fenómeno físico llamado de «entrelazamiento cuántico» según el cual las partículas pueden interactuar de forma instantánea, sin referencia a su separación o a la velocidad de la luz.

Por eso, ayer, cuando me enteré que el Premio Nobel de Física había ido a parar a manos de Alain Aspect (Francia), John F. Clauser (Estados Unidos) y Anton Zeilinger (Alemania) por sus investigaciones en física cuántica —entre las que está el «entrelazamiento cuántico»—, no puedo negar que me alegré.

El género humano sigue avanzando en su comprensión del cosmos y quizá, algún día, los juristas aprendamos que ya hemos vivido demasiados años dando la espalda a ese avance.

Líderes ágrafos

En plena época de las redes sociales y los blogs me pregunto por qué nuestros líderes no escriben.

Para conocer a alguien, hoy día, lo primero que hacen los chavales es mirar sus perfiles en redes sociales, ver qué fotos, qué textos, qué contenidos comparten… Por eso me llama tanto la atención que nuestros líderes sean ágrafos.

Hoy los líderes entienden que lo normal es tener un community manager que les escriba los tuits y un gabinete de prensa que les escriba los posts de un blog sedicentemente «personal». Si nuestros líderes piensan —cosa que no deberíamos admitir sin prueba en contrario— se guardan muy mucho de escribir sus pensamientos. No es de extrañar pues que, acostumbrados a que les escriban desde los post a los tuits, al final les acaben escribiendo tesis y trabajos fin de carrera.

Creo que nadie debiera presentarse a unas elecciones a nada sin haber escrito antes, blanco sobre negro y de su puño y letra esas cosas que un elector desea saber: en qué cree, cuáles son sus sueños —si es que sueña— o qué futuro imagina para la comunidad que aspira a gobernar. De la profundidad de sus sueños, de sus creencias y sus deseos, el electorado puede extraer el mejor de los criterios para decidir el voto. Ya ni les digo de la coherencia de sus acciones con los pensamientos que expone.

Pero no, el mensaje político es ridículamente obvio («contra el paro fomento del empleo») infantilmente ofensivo («que las instituciones funcionen») o calculadamente ambiguo («queremos lo mejor»). Nuestros líderes son unos desconocidos que se ocultan tras cortinas de humo de obviedades, de consignas vacías y de afirmaciones ramplonas.

Por eso no escriben, porque, abocados a la obligación de escribir, el electorado podría saber quiénes son en realidad o, peor aún, que no son nadie.

Yo no me fío de nadie que no escriba y me ponga blanco sobre negro lo que desea, lo que quiere, lo que sueña, que analice dónde está y a dónde quiere llegar. Antes, en el siglo XIX y principios del XX, un líder necesariamente tenía que escribir para difundir sus ideas y así se escribieron textos capitales para la ciencia política. Ahora los líderes no escriben.

Seguramente porque no tienen ideas que difundir o porque las pocas que tienen son inconfesables.

El derecho de pagar en efectivo

Si a usted nunca le han cortado el agua o la luz por falta de pago usted no sabe lo que es ser pobre.

Para que a uno le corten el agua o la luz antes ha dejado de pagar cosas menos vitales: ha dejado de pagar la hipoteca porque el proceso de ejecución y desahucio puede tardar varios años, ha dejado de pagar su seguridad social porque si no se come hoy ese dinero no hará falta mañana, ha dejado de pagar los plazos de la tarjeta y ha dejado de pagar cualquier cosa que no sea la comida de hoy.

Para usted y para sus hijos el agua y la luz son imprescindibles pero, para pagarlos, necesita usted domiciliar los pagos o hacerlos con su tarjeta de crédito o débito y, a estas alturas, meter dinero en la cuenta de su banco es absolutamente inútil porque, en cuanto entre el dineri, el banco se quedará con él para cobrarse sus deudas aunque le deje a usted y a sus hijos sin agua o sin luz.

Si tiene la mala suerte de que se la corten usted no podrá restablecer el servicio yendo a pagar en billetes del Banco Central Europeo porque las empresas de agua y luz sólo le admiten pagos por tarjeta y usted no tiene tarjeta porque no tiene dinero, precisamente por eso le han cortado el agua o la luz.

Puede usted limpiarse sus mocos si los tiene con esos dos billetes de 50€ que le han prestado, no podrá usted pagar con ellos y restablecer el servicio. Su niño beberá en los charcos o se calentará quemando los muebles de su casa porque eso, a la hidro o a la eléctrica, les importa una mierda.

Para los pobres poder pagar en dinero es fundamental. Un pobre puede ir a una panadería o un bar y pagar la comida en efectivo, un pobre, en cambio, no puede pagar la luz o el agua porque estas empresas llenas de políticos no aceptan los pagos en efectivo. Para un pobre poder conservar el dinero preciso para vivir es imprescindible y eso no puede hacerlo jamás en un banco porque este siempre se cobrará él el primero aunque su cliente y sus hijos no tengan para comer ni para beber.

No, si usted no ha pasado por todo esto no sabe lo que es ser pobre, pero no desespere, si es usted autónomo sólo necesita una mala enfermedad para mirar cara a cara a la pobreza y, si es usted uno de esos muchos empleados de banca que defendían el dinero de su banco como si fuera suyo, rece porque sus despidos se negocien bien, su empleador es un psicópata a quien no le importa que usted o sus hijos mueran de hambre.

Si es usted mujer y tiene hijos a su cargo que ha de sacar adelante usted sola mejor no le digo nada, usted le ha visto las pupilas a la pobreza demasiado cerca.

Por eso, cuando veo que el gobierno restringe los pagos en efectivo a 1000€ o la Unión Europea trata de evitar el anonimato en los pagos, me acuerdo de quienes le han visto la cara a la pobreza, de quienes no tienen cuenta bancaria, de quienes no pueden tener tarjeta y de todos aquellos que, sólo por el totalitario deseo de los gobiernos de controlar hasta el último céntimo los gastos de la ciudadanía, verán como su vida se vuelve cada vez más imposible.

El anonimato en los pagos es un derecho, el uso de efectivo es un derecho y la posibilidad de vivir sin bancarizarse es otro derecho ¿O es que también hemos de hacer ganar dinero a los bancos por ley?

Para estos tipos que beben agua mineral y no del grifo, que consumen electricidad hasta para calentar el asiento del retrete, que viven de pisar moqueta y creerse los dueños del estado, todos los demás parecemos ser solo contribuyentes y no personas.

Pero los pobres son personas y tienen un límite. Y conviene no explorar ese límite porque les aseguro, señoritos y señoritas de la moqueta, que la madre, el padre, el hombre o la mujer que han pasado por lo que les cuento, saben exactamente cómo tratar a tipos como ustedes.

Confucio y la cooperación

Cuando le pidieron a Confucio que manifestase el término que mejor caracterizaba una saludable vida en sociedad, dicen que Confucio contestó:

—Reciprocidad.

Lo que quizá no supiese Confucio es que ese término representa la base de la convivencia no sólo humana sino animal y vegetal, macroscópica y microscópica.

La cooperación no es una estrategia que exija un acuerdo previo entre seres conscientes; la cooperación es una estratgia biológica que se impone en entornos que reúnen unas determinadas caracteríaticas. Déjenme que les ponga un ejemplo.

Hace unos años el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) publicó los resultados de un estudio llevado a cabo por un grupo de científicos con levaduras, aprovechando que en estas, a diferencia de los humanos, al ser unicelulares, su “comportamiento” no está determinado por un sistema nervioso o un código cultural o racional de conducta: La conducta de las levaduras es meramente genética.

Estos científicos desarrollaron un experimento que empleaba a las ya citadas levaduras y el metabolismo de la sacarosa, o azúcar común.

La sacarosa no es el azúcar favorito de las levaduras como fuente de alimento, pero pueden metabolizarla si no hay glucosa disponible. Para poder hacerlo necesitan romper ese disacárido en bloques más pequeños que la levadura puede metabolizar mejor. Para ello necesita producir una enzima que se encargue de esta tarea. Gran parte de estos subproductos son dispersados libremente al medio y otras levaduras los pueden aprovechar. Pero la producción de la enzima exige el gasto de unos recursos.

De este modo podemos llamar levaduras cooperantes a aquellas que degradan la sacarosa segregando la enzima y no cooperantes o tramposas a aquellas que no lo hacen y simplemente se aprovechan del trabajo de las demás. Si todo el subproducto se difunde entonces no hay acceso preferente para las cooperantes y éstas mueren y desaparecen junto a los genes que determinan ese comportamiento.

Los investigadores observaron que las levaduras cooperantes tienen un acceso preferente de aproximadamente el 1% de lo que producen. El beneficio sobrepasa el coste de ayudar a los demás, permitiéndoles así competir con éxito frente a las levaduras tramposas.

Si esta conducta «cooperadora» o «altruista» entre seres unicelulares no le impresiona déjeme que le hable de usted mismo y de su cuerpo: usted es la mejor prueba de que la historia de la vida no es una historia de garras, colmillos y sangre, sino de cooperación y reciprocidad.

Todas y cada una de las células que componen su cuerpo son células de las llamadas «eucariotas», células que, además del ADN de su núcleo contienen otro ADN —por cierto muy utilizado en los juzgados y tribunales— que es el llamado ADN mitocondrial. ¿Cómo es que hay dos ADN distintos en una misma célula aparente? Pues porque esa célula no es más que el producto del trabajo en equipo de dos células que antes vivían separadas: la célula principal y la mitocondria. El proceso por el cual esas dos células se pusieron a trabajar juntas suele llamarse «endosimbiosis seriada», pero, independientemente de los nombres, sepa usted que todo su cuerpo se lo debe usted a la cooperación y a la reciprocidad. Anote usted que saber esto se lo debemos a una mujer, Lynn Margulis, a quien quizá usted no conozca a pesar de su capital importancia aunque, seguramente, sí conoce a su televisivo marido: Carl Sagan.

Es por eso que me habrá oído usted decir tantas veces que el pacto social es un camelo, que lo de Rousseau, Hobbes y Rawls es algo tan acientífico como la entrega en el Sinaí de los diez mandamientos o el episodio del arca de Noé. Para vivir en sociedad no es preciso ningún acuerdo previo, la cooperación es una estrategia que se impone en la naturaleza siempre que en un determinado entorno se den una serie de condiciones. Si quieren puedo ofrecerles aquí las ecuaciones pero no creo que sea necesario, creo que tal como lo he contado se entiende.

Así pues el ser humano no vivió nunca solo, no se reunió un día o una noche a firmar ningún pacto social, no cedió parte de su autonomía al grupo… El ser humano, lo mismo que las bacterias unicelulares de que les hablé al principio, lo mismo que los trillones de células eucariotas que lo componen, es un «zoon politikon» que siempre, desde antes de ser incluso humano ya vivía en sociedad para lo cual, la naturaleza, había fijado en sus genes los principios de esta estrategia de cooperación que también había fijado en los genes de esos seres unicelulares o esa células procariotas de que les he hablado.

Del mismo modo que, a partir de seres primitivos (LUCA —Last Universal Common Ancestor—) evolucionaron el resto de los seres que conocemos, los animales sociales no sólo evolucionaron físicamente, sino que con su cuerpo también evolucionaron complejas estrategias de cooperación que, a poco que mires la naturaleza, puedes distinguir.

En el mundo del derecho nadie estudia esto y prefieren sustituir la verdad científica por la especulación filosófica y así los juristas hemos llegado al siglo XXI sin entender la moral humana y sin conocer los fundamentos biológicos se la justicia. No es de extrañar que hagamos leyes y las hagamos mal.

Sé que a muchos juristas les molestará esto que digo; pero es lo que creo y la primera misión de alguien que ama su trabajo es decir exactamente aquello que cree.