Lo siento compañero pero esta vez vas a tener que pelear

Lo siento compañero, lo siento compañera, pero esta vez vas a tener que pelear. No es que quiera asustarte pero van a por ti: en la hoja de ruta de los bufetes negocio está quedarse con la cuota de mercado que ahora ocupa la abogacía que tú y yo conocemos y para ello no dudan en usar de todos los medios a su alcance incluyendo refinadas estrategias que pueden pasarte desapercibidas hasta que son realidades irreversibles.

Para que los menos puedan vencer a los más no existe más camino que, o mantenerlos dormidos, o engañarlos o ambas cosas a la vez. Juzga tú en qué estado se encuentra la abogacía que conoces y dime si de esta forma podremos resistir.

Para poder ordenar un plan de batalla es importante fijar lo que queremos y —si queremos que la gente participe— no queda otra que fomentar la participación. Y no porque quede bonito y democrático sino por convicción: cuando las personas saben lo que quieren, aunque sea de forma sencilla, cooperan para obtenerlo. Nada hay más poderoso que una idea.

Las herramientas para llevarlo a cabo (la táctica) las sabemos, hemos demostrado que somos capaces de llevarlas a cabo y aún podemos descubrir otras. Tenemos la acción en redes (parece poco pero genera importantes bolsas de opinión), tenemos los contactos políticos; si tenemos acuerdos asociativos podemos llegar a cualquier administración que deseemos y tenemos que objetivar la pelea de muchos:

—Tenemos que convertir en paralización de los plazos procesales (no mera suspensión de juicios) las maternidades y las agonías. No queremos ver a más compañeros con cáncer y quimio yendo al juzgado poco antes de morir a sacar plazos pendientes.

—Tenemos que hacer odiosa la equiparación abogado-negocio. Un abogado nunca tiene como primer objetivo ganar dinero sino defender el derecho de su cliente, aunque luego, obviamente, tenga derecho a vivir dignamente o incluso muy bien si se lo gana. Por eso hay que acabar con esa idea de la CNMC y de los grandes despachos de que esto no es más que un problema económico de liberalización y bajar precios. Nadie permitiría que le operasen de apendicitis a 200€ y, sin embargo, parece muy normal que se anuncien divorcios a 200€. El estado tiene derecho a exigir diligencia y cualificación a los abogados pero no puede pretender que se defiendan divorcios o asesinatos a 200€ porque, simplemente, eso no es posible. Se ha de revisar la actitud de la CNMC hacia nosotros y eso empieza por recordar que esta profesión (como la de médico por ejemplo que sí fue exceptuada de la omnibus) no es primero que nada un negocio. Si no reivindicamos nosotros la ética nadie lo hará.

—Tenemos que convencer a los políticos y a la población de que es más barato acercar un juez y 10 funcionarios a un partido judicial de 20.000 personas que obligar a esas 20.000 personas a acercarse al juzgado. (Y es solo un ejemplo, no toméis el número literalmente). La eficacia y el buen servicio a la sociedad se logran con una planta en red distribuida y eso favorece a quienes se distribuyen así: las personas. Concentrar los juzgados en pocos sitios favorece a aquellos que viven en esas cpncentraciones: las personas jurídicas y los grandes despachos que tienen su sede en ellas. Un gran despacho no va a abrir sucursales en los 433 partidos judiciales de España. Si, por hacerles un favor, concentramos, en lugar de desplazarse sus abogados se desplazará la población y eso sólo será bueno para ellos. Hay que defender la España sin voz, la vacía, y al 85% de los abogados de España que son profesionales pequeños e independientes.

—La independencia del abogado ha de ser sagrada. La sentencia del Caso Aziz solo podía lograrla un abogado humilde como Dionisio: un gran despacho jamás perjudicaría a sus clientes los bancos. La igualdad ante la ley de los españoles pasa por la igualdad de armas de sus abogados y por la inexistencia de circunstancias que mermen la independencia.

—Todo lo dicho sirve para el turno de oficio. Es una tarea ética, sí, pero no se pueden defender asesinatos a 250€ y no se puede tolerar que en cada lugar de España un abogado parezca valer más que otro.

El poder no es monolítico: en cada una de estas acciones tenemos partidos y administraciones dispuestas a ayudarnos aunque cada vez sea uno distinto.

Has de tomar conciencia en cuanto a la defensa de la independencia de los abogados que ahora somos el 85% pero cada vez seremos menos y aumentará la precarización. Por eso tengo malas noticias para ti: o damos ahora la batalla o cada vez seremos menos y será más difícil.

En el turno de oficio siempre ayudan los partidos de la oposición; en un país sin mayoría podemos liarla parda, ya lo hemos hecho antes.

Sabemos cómo fundar un lobbys y aprovecharlos, vamos a por ello, disponemos de voluntarios en toda Europa.

Las ideas mueven a las personas y estas hacen las obras. La catedral de León no se habría levantado si antes no hubiesen existido unas cuantas personas convencidas de que el hijo de un carpintero era dios. Ese convencimiento les hizo cooperar y por eso existe la Pulchra Leonina.

Nosotros necesitamos que muchos letrados asuman una forma de ser abogado contra la que están luchando los lobbies de las empresas, de los grandes despachos, algunos órganos del estado y hasta el propio CGAE.

Si no defendemos esta forma de ejercer la profesión nuestros convencinos perderán toda esperanza de justicia y yo, al menos, una razón para vivir.

Por eso te traigo malas noticias: vas a tener que levantarte y pelear. Así pues, mantente alerta, pronto habrá llamada y tropa.

Una de las nuestras

Ana tiene cáncer. Cada uno de nosotros enfrenta este tipo de enfermedades de una forma diferente; Ana ha elegido enfrentarla positivamente y sin ocultar su enfermedad, de paso ha tratado de que su colegio entienda que los abogados que ejercemos libremente la profesión en despachos tradicionales —un 85% de la profesión— necesitamos ayuda en este tipo de situaciones.

Ana ha sido parte de #R casi desde el primer día, así pues no puedo —no quiero— ser imparcial, porque Ana es una de las nuestras. Sí: una de las nuestras.

Ana le ha pedido a su colegio que la exima del pago de cuotas durante la enfermedad y su colegio le ha dicho que no (sin una modificación de estatutos no podría decirle que sí). Pero ese «no» que ha recibido Ana no es el único que, desgraciadamente, escucha Ana ni los abogados enfermos. Cuando llevas treinta y tantos años en esto has visto a muchos compañeros, con la muerte pintada en la cara, arrastrarse hasta su despacho para cumplimentar plazos porque las leyes (sin una modificación como en el caso del colegio) no permiten a los abogados ni siquiera agonizar sin la angustia de los plazos. Has visto a demasiadas madres abogadas tratando de cumplimentar plazos poco antes y poco después de dar a luz porque las enfermedades o las maternidades de abogados y abogadas no existen para el legislador; te suspenderán las vistas —como mucho— pero no detendrán los plazos y así, mientras agonizas o das a luz, gastarás tu tiempo tratando de buscar un compañero al que explicarle el caso y pedirle por favor que te sustituya. La vida de un abogado, la vida de una abogada, no puede depender de ayudas de beneficencia que hay que pedir al colegio —y que son desgradecer— o de la tolerancia de un juez bieninencionado, un abogado solo debe tener derecho a enfermar y morir sin tener que pedir favores.

Ana es madre y abogada, sabe lo que es resistir y se va a curar por completo. Ana, además, va a seguir ejerciendo su profesión.

Ana, ahora, incluso enferma, trata de echar una mano a la causa y trata de poner de manifiesto la miserable situación en que leyes inicuas colocan a los abogados. Ana te aseguro que no hace falta, ahora tu primer trabajo es curarte: rompe filas y a cuidarte porque en unos meses te queremos con nosotros, contando en nuestro primer congreso todo esto, para que lo sepa la sociedad, para vergüenza de todos aquellos que no hacen nada por cambiarlo.

Compi, me has mandado un mensaje, me has escrito

y siento rabia e impotencia porque no hemos sido capaces en este año de cambiar la situación en que los abogados como tú afrontáis el drama de la enfermedad, pero te prometo que tú vas a ver que esto lo vamos a cambiar y que se lo vas a contar al mundo, a tus compañeros y a tu colegio y que tu esfuerzo habrá servido para todos.

Y ahora descansa y cúrate, ese es el mejor servicio que puedes prestarnos.

Te queremos, Ana.

Luna de Abril

La influencia de la luna es poderosa. Ayer me preguntó un amigo que por qué la Feria de Abril suele caer en mayo y no tuve otro remedio que contarle que todo es culpa de la luna.

Sí, el poderoso influjo de la luna se deja sentir en muchas de nuestras actividades, llegando en la Andalucía Occidental a sus extremos más delirantes, veamos.

La Pascua Judía se celebraba en el primer mes de su calendario, el mes llamado de Nisán, que comenzaba indefectiblemente con la primavera (el equinoccio de primavera) y, catorce días después de iniciado el mes, tenía lugar la cena que dio lugar a la Santa Cena que se celebra anualmente con procesiones en lo que llamamos Semana Santa.

Pues bien, bajo la dirección del cordobés Osio (a los andaluces la cosa de la Semana Santa siempre les preocupó mucho) en el año 325 se reunió en Anatolia el Concilio de Nicea y allí, además de fijar el credo cristiano con todas las verdades de fe que aún día se rezan en las iglesias, se fijó también la fecha de la Semana Santa que, para que coincidiese con las fechas judías de Nisán pero sin confundirse con la Pascua Judía, debería ser en primavera pero con complejas condiciones; de forma que se decidió que sería Domingo de Resurrección el primer domingo después de la primera luna llena de la primavera.

Si ustedes se fijan en Semana Santa siempre hay luna llena y eso no es casual, la sagacidad del cordobés Osio procuró que esa semana la Luna de Nisán estuviese en lo alto. Hoy, que tenemos iluminación eléctrica por todas partes, nos parece una tontería; pero para un pastor o un agricultor del siglo IV no era lo mismo andar por la noche bajo el claro de luna que andar a tientas en la luna nueva. Además, no me cabe duda, Osio previó que el Barrio de San Agustín, con luna llena, quedaría mucho más bonito para ver procesionar a Las Angustias. Muchas ciudades andaluzas, de España y del mundo se beneficiaron del ojo clínico de Osio.

Pues bien, si es Domingo de Resurrección el primer domingo después de la primera luna llena de la primavera, ya tenemos fijado el calendario de medio año para un andaluz, sobre todo si es de Andalucía la Baja.

Porque la semana anterior a ese domingo de luna llena será Semana Santa, los cuarenta días anteriores serán Cuaresma, y la semana anterior a esos cuarenta días de Cuaresma será Carnaval (hay quien dice que Cádiz no tiene feria). La cosa también funciona a partir de la semana santa pues, una semana después de Semana Santa, será la Feria de Abril y cincuenta días después de Semana Santa será Pentecostés y, por tanto, la Romería del Rocío, Lunes de Pentecostés, que este año se irá al 9-10 de junio.

Como ven, seis meses del calendario los gobierna la caprichosa Luna de Nisán, y digo caprichosa porque, como esta luna llena puede producirse entre el 22 de marzo y el 25 de abril, todas las fechas antes mencionadas varían de año a año en mas/menos un mes según el capricho de la luna.

Eso sí, basta con hacer un pequeño cálculo estadístico para saber que la Feria de Abril de Sevilla tan sólo en menos de un 10% de los casos empieza en mayo, por lo que no hay razón para preocuparse por su nombre.

Y ahora debo decir que, aunque yo soy más carnavalesco que feriante y más de alegrías que de sevillanas, con gusto me tomaría un oloroso en la Capital del Mundo una noche de feria.

Ea, disfruten.

Cómo delinquen los poderosos

A los ojos de los hombres el acto de administrar justicia es algo muy complejo pues exige, no sólo de unas leyes previas que incorporen unos determinados valores de justicia, sino también de la posibilidad de atribuir las acciones a enjuiciar a unas personas determinadas y establecer una clara relación causa-efecto entre estas acciones y las consecuencias de las mismas.

Del primero de los requisitos —la existencia de un ordenamiento jurídico previo que incorpore determinados valores de justicia— me ocuparé otro día, hoy quiero ocuparme de cómo, ciertas personas, especialmente las más poderosas, esquivan el cumplimiento de tal ordenamiento a través de la manipulación del segundo y el tercero de los requisitos a que hice referencia antes: la posibilidad de atribuir las acciones injustas a unas personas determinadas y establecer una clara relación causa-efecto entre estas acciones y las consecuencias de las mismas.

La facultad de atribuir a un indivíduo la comisión de una determinada acción está en la base de cualquier forma, no sólo humana, de cooperación.

A Darwin le fascinaba esta facultad. Para vengarse, por ejemplo, un indivíduo debe tener la capacidad de identificar al causante de su mal entre el resto de los indivíduos, debe tener la capacidad de recordar lo que ha hecho este indivíduo concreto y sólo si ambas precondiciones se dan, podrá el indivíduo agraviado considerar la posibilidad de vengarse. Esto es válido para cualquier especie animal pero, no cabe duda, en el caso de la especie humana esta facultad está especialmente desarrollada y esto fascinaba a Darwin.

Los seres humanos han tratado históricamente de anular la capacidad de vengarse de sus víctimas mediante el uso de disfraces que anulasen esta facultad e impidiesen a la víctima reconocer al autor de la injusticia y poner en marcha los mecanismos de venganza privada o pública de que pudiese disponer.

En el caso de los delincuentes de poca monta, la máscara, el pasamontañas o el antifaz, han sido las herramientas utilizadas tradicionalmente para tratar de evitar la venganza privada de sus víctimas o la pública del estado a través de la acción de la justicia. Tales herramientas se nos aparecen verdaderamente toscas si las comparamos con las sofisticadas máscaras que utilizan los delincuentes de cuello blanco: complejos entramados societarios donde las personalidades jurídicas de las diversas entidades se superponen como si de un complejo juego de muñecas rusas se tratase y donde la auténtica personalidad del autor no puede conocerse sino tras haber ido abriendo trabajosamente un sinnúmero de falsas personalidades, a menudo radicadas en países extranjeros donde la longa manus del estado apenas puede alcanzar o no puede alcanzar en absoluto, e incluso haber tenido que pasar por encima de una buena cantidad de testaferros.

La máscara (del árabe mas-hara y este de sahara —él burló— y este a su vez de sahír —burlador—) ha sido la impostura con la que los delincuentes han tratado tradicionalmente de ocultar sus acciones, pero, esa máscara —fácil de levantar para ver la real cara del delincuente— se ha vuelto virtualmente impenetrable en el caso de los delincuentes poderosos cuando se confecciona con cadenas de personas jurídicas cuyo origen suele estar en un paraíso fiscal donde un trust las provee legalmente de un testaferro virtualmente impenetrable.

La sensación de impotencia que al ser humano común le causa la impunidad que generan estas sociedades anónimas se pinta con maestría en la escena del desahucio de la película «Las Uvas de la Ira», cuando unos campesinos van a ser desahuciados de unas tierras:

—¿Y quién es la compañia Shawny Land?

—¡No es nadie! ¡Es una compañía!

—Pero tienen un presidente; tendrán alguien que sepa para qué sirve un rifle.

—Pero, hijo, ellos no tienen la culpa. El banco les dice lo que tienen que hacer.

—Muy bien, ¿dónde está el banco?

—En Tulsa, pero allí no vas a resolver nada; allí sólo está el apoderado. El pobre sólo trata de cumplir las órdenes de Nueva York.

—Entonces, ¿a quién matamos?

—La verdad, no lo sé. Si lo supiera te lo diría; yo no sé quién es el culpable…

Y si de esta forma evitan los poderosos responder por sus acciones, aún guardan un truco más en la manga para asegurarse la impunidad: la imposible o muy difícil concreción de las relaciones causa-efecto. Déjenme explicarme.

Si usted ve que una persona apuñala a otra para robarle y la mata, a usted no le cabe la menor duda de la relación causa-efecto entre el apuñalamiento y la muerte subsiguiente. Usted puede culpar de la muerte de la persona a quien le apuñala y esto es tan claro que no admite réplica.

No pasa igual con los poderosos y sus máscaras las sociedades anónimas. Cuando una sociedad, para enriquecerse, contamina el aire que respiramos con sustancias potencialmente nocivas, culpar a esta sociedad de las eventuales muertes que esta contaminación pueda producir no es algo obvio en absoluto, como no es obvio que empresas que se enriquecieron con el asbestos sean las culpables de las muertes que ahora se están produciendo por tal causa. Más aún: usted sabe que hay empresas que usan del trabajo infantil en formas equiparables a la esclavitud humana pero, aún así, muchas personas compran los productos así fabricados porque son baratos. ¿Quiénes son los culpables de esa forma de esclavitud? ¿Es usted cómplice de esa forma de explotación si compra los productos así fabricados? ¿O quizá prefiere no saberlo?

No, las acciones con que se enriquecen los poderosos, aun siendo en algunos casos delictivas, no tienen para nosotros ni para nuestra justicia la deseable claridad en la relación causa-efecto. Ya no le digo nada si a esta dificultad añadimos la brevedad de los plazos prescriptivos.

Así pues, cuando un poderoso realiza un acto delictivo no solemos ser capaces de establecer a tiempo la relación causa efecto (piense en el caso del asbestos) entre ese acto y el daño que causa; pero además, cuando seamos capaces de hacerlo, seremos incapaces de establecer con seguridad la real autoría de la acción enmedio de la maraña de compañías y sociedades interpuestas.

La complejidad del mundo actual hace que no seamos capaces de comprenderlo bien, nos incapacita para percibir la maldad de las acciones humanas en toda su crudeza y nos impide dar a cada uno lo suyo porque, simplemente, somos incapaces de distinguir quién es quién.

No se engañen, las grandes acciones delictivas, los grandes robos, los asaltos a países enteros, no los llevan a cabo personas con antifaz o pasamontañas sino corporaciones honorables a través de complejas operaciones financieras. Mientras, nosotros, los seres humanos de carne y hueso, nos seguimos espantando con el último asalto a un chalet que nos ofrece el telediario y exigimos mano dura, los robos y depredaciones verdaderamente importantes no salen en el telediario.

Hemos establecido unas policías y unas administraciones de justicia extremadamente eficaces contra la delincuencia analfabeta, tosca y rudimentaria de antifaz y navaja, pero estamos absolutamente indefensos frente a esas acciones depredatorias que se llevan a cabo en las oficinas con moqueta establecidas en rascacielos del centro de las capitales del mundo. De hecho, cuando estos robos y depredaciones se producen, ni siquiera las llamamos robos, las llamamos «crisis» y culpabilizamos de las mismas al «ciclo económico» o, incluso, en el colmo de la estupidez nos culpamos nosotros mismos («hemos vivido por encima de nuestras posibilidades»), fórmula que no es sino una forma renovada del infame «van provocando» culpabilizador de las víctimas.

A nuestra justicia del siglo XVIII le vienen grandes los delitos del siglo XXI y es obsesión de unos pocos poderosos tratar de que no nos demos cuenta de la situación y esta siga siendo así. Probablemente por esto, determinados grupos, prefieren una administración de justicia con pocos medios y una policía con muchos uniformados que defienda el orden público en que ellos medran y no una justicia capaz y una policía con más recursos en inteligencia que en fuerza.

Vivimos en un mundo complejo y muy difícil de entender, no es posible seguir manteniendo la ilusión de una justicia que hace mucho que dejó de estar a la altura de los tiempos. Y, si alguien le dice que sí lo está, obsérvele con cuidado porque, muy probablemente, está usted ante un cómplice de los poderosos que delinquen, aunque, eso sí, no sabemos si por dolo o por simple estupidez, que es lo más normal.

Darwin, créanme, lo fliparía con nosotros.

Inteligencia colectiva

La mente humana es, al mismo tiempo, brillante y patética. Hemos descubierto la energía nuclear, hemos curado la viruela y muchas otras enfermedades, hemos mandado naves a otros planetas e incluso fuera del sistema solar, pero, en el fondo, individualmente, somos unos perfectos ignorantes cuya supervivencia depende principalmente de los demás.

Un indio apache sabía procurarse alimento, confeccionarse ropa, construir su vivienda, domesticar caballos y pastorear pequeños animales; además tenía sus rudimentarios conocimientos de medicina, de la climatología, botánica y fauna de su entorno así como de determinados recursos minerales e hidrológicos y, en fin, era mucho más autosuficiente que cualquiera de nosotros.

Nosotros usamos un iPhone y nos sentimos sabios cuando desconocemos absolutamente cómo funciona ese cachivache.

Steven Sloman y Philip Fernbach en «The Knowledge Illusion: Why We Never Think Alone» nos cuentan cómo en un experimento se preguntó a un grupo de personas cuánto sabían de una cremallera. Todos respondieron que las usaban a diario pero casi ninguno mostró el menor conocimiento sobre los procesos que una cremallera llevaba a acabo para abrirse o cerrarse.

El ser humano, individualmente, es de una ignorancia supina y sólo cuando produce ideas en equipo alcanza los rasgos de genialidad que han llevado a nuestra especie a los confines de la galaxia —por arriba— y a conocer las más mágicas reglas de la física cuántica por abajo.

Por eso, ver a esos líderes —que no saben cómo funciona una cremallera— o a esas presidencias que mantienen en secreto todo cuanto hacen para reservarse para sí las parcelas de su miserable poder, me produce repugnancia.

La grandeza de una nación o de un colectivo jamás está en sus ignorantes líderes, sino en el conocimiento brillante y profundo de una sociedad que coopera.

Observa cuánto poder trata de acumular un individuo para sí y eso te dará la exacta medida de su estupidez.

La apuesta de Pascal

¿Creer en Dios o no creer en Dios? La pregunta puede plantearse en términos filosóficos, teológicos, antropológicos… Pero también puede plantearse desde el punto de vista de la mera conveniencia o de la teoría de juegos. En este sentido es famosa la llamada «apuesta de Pascal», una visión práctica del asunto donde al polímata Pascal lo que menos le preocupa es si dios existe o no, sino cual es la postura humana más práctica al respecto y concluye que esta es creer en dios, pues, aunque no se conoce de modo seguro si Dios existe o no, lo racional es apostar a que sí existe.

«La razón es que, aun cuando la probabilidad de la existencia de Dios fuera extremadamente pequeña, tal pequeñez sería compensada por la gran ganancia que se obtendría, o sea, la gloria eterna».

Lo malo de este asunto es que, cualquiera que te prometa la vida eterna, jugará con ventaja en la apuesta de Pascal y elegir entre Enlil, Enki, El, Ra, Atón, Yahveh, Ahura Mazda, Brahma o las enseñanzas de Confucio, Buda o Lao-Tse (por solo citar unos pocos) se convertirá en misión imposible pues, prometiendo todos la eternidad, conviene estar a bien con todos.

Creo que con los dioses me pasa a mí como con los políticos, que, prometiendo todos muchos, ninguno me inspira total confianza; aunque quizá haya un matiz importante: hay cosas que se saben y cosas que se creen. Lo de los dioses se cree, lo de los políticos se sabe.

Y siguen sin hablar de justicia.

La singularidad, el ajedrez y Alpha Zero

En los últimos tiempos hablar de la singularidad ocupa una parte bastante central en las conversaciones con mis amigos. Solemos especular con las fechas aproximadas en que sucederá y si estaremos aquí para vivirla. La singularidad, por si no ha oído usted hablar de ella, es un fenómeno íntimamente relacionado con el desarrollo de la inteligencia artificial y la aparición de máquinas autorreplicantes.

El ajedrez ha sido en los campos de la computación y la inteligencia artificial como el canario que solían llevar los mineros para detectar grisú y yo, como jugador amateur de ajedrez, he tenido la suerte de poder vivir el advenimiento de la singularidad a este juego y las consecuencias que ha tenido para los jugadores humanos de ajedrez.

Ya en la década de los 80 la mejora de las computadoras de ajedrez era evidente y, aunque todavía no ganaban a los humanos, ya se veía que estaban en el camino; en 1996 Deep Blue, un superordenador de IBM, venció al campeón del mundo Garry Kasparov en un oscuro match (sigo pensando que algo raro hubo tras aquella «victoria») pero cuando, ciertamente y sin ninguna duda, la singularidad llegó al mundo del ajedrez fue en el año 2017. En ese año, un programa llamado Alpha-Zero, creado por la empresa de Google Deep-Mind, derrotó aplastantemente al programa campeón del mundo de ajedrez: Stockfish.

El hecho no tendría nada de particular así contado pero, si exploramos la forma en que cada uno de los programas ha llegado a jugar como juega, veremos que, tras la estrategia de Alpha Zero, se apunta ya el fenómeno de la singularidad.

Stockfish es un programa «tradicional» de ajedrez mientras que Alpha Zero es un programa en el cual, en principio, sólo estaban implementadas las reglas del juego pero, tras cuatro horas de jugar contra sí mismo, había aprendido a jugar con fuerza sobrehumana. Resulta aterrador ver cómo, en esas cuatro horas, Alpha Zero fue, por ejemplo, transitando por las mismas aperturas que la humanidad había venido usando en los milenios anteriores y cómo fue pasando de una a otra en casi el mismo orden que el ser humano lo había hecho. Si la humanidad había concluido tras unos miles de años que la defensa más sólida y rocosa contra la Apertura Española era la Defensa Berlín, Alpha Zero llegó a esa conclusión pero en tan solo cuatro horas de juego.

Alpha Zero no tiene una fuerza bruta apabullante, apenas calcula 80 mil posiciones por segundo frente a los 70 millones que calcula su rival Stockfish, pero compensa el menor número de evaluaciones mediante el uso de su red neuronal profunda para centrarse mucho más selectivamente en las variantes más prometedoras; en las partidas de ajedrez de Alpha Zero uno puede hablar sin temor a errar de creatividad y de intuición.

Hay más partidas de ajedrez posibles que átomos en el universo, no es posible «aprenderse» todas las partidas de ajedrez jugables por muy poderosa que sea la máquina que empleemos, Alpha-Zero es un claro ejemplo de una inteligencia artificial que ha aprendido a jugar al ajedrez y a la cual un ser humano no puede siquiera soñar con ganarle.

¿Cuál ha sido la consecuencia de que las máquinas jueguen mejor que los seres humanos al ajedrez?

En la década de los ochenta, mientras a los aficionados nos atormentaba la idea de que la victoria de las máquinas supusiese el fin del juego, Anatoly Karpov, campeón mundial por entonces, dio una respuesta tan sencilla, natural y «soviética», que nos dejó estupefactos: «No veo nada de particular en esto, ya hay máquinas más veloces que las personas y no por ello dejan de celebrarse carreras».

Tenía razón: el hecho de que los ordenadores ganen a los humanos no ha hecho decrecer el interés por el juego y en este momento se vive un boom en la afición al ajedrez en el mundo. Los jugadores de ajedrez han pasado de competir contra las máquinas a usarlas como ayudantes y, aunque ningún humano sueña ya con derrotar a los mejores programas, las usan intensivamente para preparar sus enfrentamientos contra otros jugadores humanos.

Así pues, si el ajedrez es el canario que nos alerta del grisú, lo que nos dice de momento es que la existencia de inteligencias artificiales superiores a la humana, al menos en este campo, no solo no ha «destruido empleos» sino que los ha creado.

Claro que la singularidad de Alpha-Zero en ajedrez no sirve demasiado como término de comparación. Cuando hablamos de singularidad en sentido edtricto hablamos de un mundo donde, máquinas autorreplicantes dotadas de una inteligencia artificial superior a la humana conviertan a los seres humanos en organismos perfectamente prescindibles. Y sin embargo, personalmente, tampoco me preocupa demasiado ese horizonte mientras las máquinas no desarrollen un rasgo típicamente animal y humano (y por tanto artificialmente implementable o evolutivamente desarrollable por máquinas): la consciencia.

Temo más que a la inteligencia artificial la posible evolución incontrolada de las máquinas autorreplicantes. En cuanto un fenómeno de reproducción-mutación se pone en marcha la teoría de la evolución comienza a operar y, si los ciclos reproductivos son lo suficientemente intensos, las consecuencias evolutivas pueden ser impredecibles. Científicos hay que han abandonado sus estudios por el temor a la aparición de nanomáquinas autorreplicantes sin control replicativo y otros, como el tristemente famoso John Kaczynski (Unabomber), han desarrollado estrategias terroristas para frenar una singularidad que ven como inminente e inevitable.

Yo no tengo duda de que pronto veremos máquinas autorreplicantes dotadas de IA superior a la inteligencia humana; seguramente máquinas no universales sino diseñadas para tareas concretas, pero que no serán más que la antesala de una más lejana máquina universal. Pero, como dijo el muy soviético Karpov, no creo que ello deba preocuparnos demasiado mientras sepamos a lo que nos enfrentamos y a donde vamos como especie.

En el mundo que vivimos y en el mundo futuro que hemos de vivir estas máquinas las fabricarán las ficciones llamadas «personas jurídicas» (que son quienes acumulan el capital necesario) y las fabricarán con el único objetivo y límite que la propia naturaleza de estas ficciones jurídicas impone: el beneficio económico. Si no intervenimos como sociedad, el advenimiento de la singularidad vendrá determinado por las cuentas de resultados de unas pocas compañías y corporaciones, de forma que nuestro futuro, como especie, estará en manos de algoritmos diseñados para ganar dinero pero no para proveer de felicidad a los seres humanos.

Seguramente en 30 ó 40 años, como predicen personalidades de talla científica mundial, estemos en el umbral de la singularidad, aunque, para entonces, ya será tarde para controlar y orientar el sentido de la misma.

Hemos pues de tomar las riendas de nuestro futuro como especie; afortunadamente, a día de hoy, todos los partidos políticos y grupos sociales son conscientes de esto y tienen formadas opiniones filosófica y científicamente profundas, tal y como se está viendo en los debates políticos de esta campaña electoral.

Quizá la ironía sea la última frontera de la Inteligencia Artificial.