El sintoísmo y el Ministerio de Justicia

Aproximadamente el 12% de las nuevas madres desarrollan una patología denominada “depresión postparto”, cifra esta que sube al 17% si incluímos en la cuenta a aquellas mujeres cuya depresión comienza durante el embarazo.

Muchos padres también sufren de depresión tras el nacimiento de un hijo, si bien, los porcentajes de afectados son sensiblemente inferiores al de las mujeres: un 8%.

Tres son los factores que influyen especialmente en que las madres padezcan esta patología y son, el primero, la ansiedad sufrida durante el embarazo; el segundo la falta de apoyo social y el tercero es el estrés: una mujer estresada es especialmente proclive a padecer depresión postparto.

Los daños que causa la depresión postparto no se limitan a la salud de la madre sino que se extienden a la del hijo, provocando, a corto plazo, el deterioro del vínculo con los padres así como el aumento de los problemas de conducta, así como la reducción de las capacidades cognitivas a largo plazo.

Esta extensión de los efectos negativos de la depresión postparto de la madre al hijo puede tener efectos amplificadores pues, la madre, consciente del daño que puede causar a su hijo, a menudo se siente culpable de tal situación y cae en una depresión más profunda aún.

Un problema que afecta a casi una de cada cinco madres en mayor o menor grado no debiera ser tomado a la ligera y es por eso que, desde la más remota antigüedad, todas las culturas y civilizaciones han buscado, de un modo u otro, proteger a las nuevas madres de esta amenaza.

La protección de las nuevas madres incluso ha alcanzado la categoría de institución religiosa, como si protegerlas fuese una orden emanada desde lo más profundo de los cielos. Para el sintoismo, por ejemplo, ayudar a las madres en las semanas siguientes al parto evitándoles cualquier estrés y procurándoles toda la ayuda posible, era un ritual sagrado al que llamaban “zuo yue zi”.

Hoy día el “zuo yue zi” es visto como un arma de doble filo pues, muchas mujeres, consideran que la observancia de ese período de descanso puede perjudicar su carrera profesional y esto hace que consideren tal ritual una especie de cárcel, pero, por otro lado, su eficacia como ritual previsor de la depresión postparto parece haber quedado demostrada a lo largo de los siglos.

Obviamente, pensarán mis lectoras, ese es un ritual del pasado… Y puede que tengan razón.

Porque en España, si algo no se les ahorra a las madres abogadas o procuradoras, es el estrés, la ansiedad y la falta de apoyo social; los tres grandes campeones de esta amenaza para su salud y la de sus hijos.

Estrés porque ni un solo plazo deja de correrles, ansiedad por la responsabilidad personal en que pueden incurrir y falta de apoyo social porque, resolución judicial tras resolución judicial, se les rechazan solicitudes básicas y de pura humanidad, viendo como la legislación procesal, en lugar de apoyarlas, trata minuciosamente de aumentar su ansiedad y su estrés.

Ciertamente el “zuo yue zi”, el respeto sagrado a la madre que ha dado a luz, es algo anticuado, lo que no sé es si nuestra administración de justicia y nuestra legislación procesal no están miles de años más anticuados que esa vieja tradición, visto el trato salvaje e inhumano que deparan a personas que solo piden eso: ser tratadas como personas.

Hoy voy a echar un ratito con cargos del ministerio de justicia y espero poder hablarles, entre otras cosas, de esto. Quizá les convenza para que remedien de una vez esta salvaje forma de conducta aunque, vistos los años que lleva implantada sin que nadie la cambie, igual me es más fácil convencerles para que se conviertan al sintoismo.

La máquina de las emociones

Vivimos sólo una vez y nos esforzamos (al menos yo me esfuerzo) por vivir nuestra vida de forma auténtica, procurando hacer aquello que, con mayor o menor acierto, consideramos adecuado y tratando de no seguir acríticamente la verdad establecida o eso que se suele llamar las convenciones sociales. La idea es vivir con conciencia tu vida y no vivir vidas ya vividas por otros. Sin embargo es difícil, muy difícil.

El ser humano, en el fondo, es apenas un pequeño animalillo social, ve su vida dirigida por pulsiones a menudo muy superiores a sus propias fuerzas.

No necesito explicar lo que es el enamoramiento en la adolescencia porque todos ustedes lo conocen suficientemente, la emoción es tan fuerte que domina a las personas; pero no es sólo el amor, la naturaleza ha incrustado en nuestros genes emociones que se disparan en cuanto reciben el estímulo apropiado: el miedo, la ira, el instinto de protección de los hijos, la venganza, el orgullo. Todas las anteriores son emociones presentes, en mayor o menor medida, en todas las especies sociales y, en el caso del hombre, también.

No necesito contarles cómo la naturaleza se encarga de que los padres sientan por sus hijos un amor tan acrítico e indisimulado —sobre todo en sus primeros años de vida— que los ven los seres más hermosos del universo; y no se empeñe usted en discutir eso con una madre o un padre porque, aunque le reconozcan en un conato de lucidez que todos los niños son iguales, sus hijos, en su mirada y su mente, son únicos y es una de esas causas por las que mujeres y hombres se trasmutan.

No necesito contarle tampoco cómo ese muchacho feo, canijo y poco agraciado, del que su hija se ha enamorado es para ella el ser más adorable del mundo y, aunque sea un majadero notable, ella juzgará cualquier idiotez suya como una gracia y hasta le parecerá artística la roña de sus tobillos, las espinillas grasientas de su cara o la pelusa mal afeitada de su barba adolescente. Es el amor, las emociones como esta o como la de paternidad/maternidad cambian ennlas perdonas hasta la forma en que ven el mundo.

Marvin Minsky, un científico que dedicó mucho tiempo al estudio de la mente humana, llegó a llamar al ser humano “The Emotion Machine” (La Máquina de las Emociones) porque en la base de todo su comportamiento y en la base de su proceso de toma de decisiones se encontraban estas aplicaciones de programación de comportamientos desarrolladas por la evolución a las que llamamos emociones. Incluso propugnó que, si habíamos de diseñar una máquina inteligente, habríamos de dotarla de emociones pues son un recurso absolutamente genial para economizar y administrar eficazmente los escasos recursos de que disponen los seres humanos. Si un león nos ataca nuestro organismo disparará la emoción llamada “miedo” y, a partir de ese momento, todos los recursos de nuestro organismo se destinarán a correr como alma que lleva el diablo; si lo piensan un gran invento de la evolución.

Sólo estas emociones, por sí mismas, condicionan la parte más importante del comportamiento humano y determinan en gran medida nuestros patrones de conducta pero, a esta programación biológica que nos ha deparado la evolución, hemos de añadir la programación cultural que instala en nosotros nuestra educación por parte de la familia y la sociedad.

Con las dos programaciones anteriores en mente podemos concluir que, aunque los seres humanos nos tenemos por racionales, la realidad es que, en las 24 horas que tiene el día, muy raramente usamos de eso a lo que llamamos “razonamiento”. Incluso en actividades que uno supondría altamente reflexivas,como juzgar conductas ajenas, uno descubre en cuanto rasca un poco una motivación emocional y cultural tal, que asfixia cualquier conato de razonamiento previo. Los seres humanos, en realidad, no somos seres racionales, sino racionalizadores, y si en algo brillamos a gran altura es en nuestra capacidad para racionalizar, defender y argumentar nuestras decisiones.

Nuestro juicio moral de las conductas ajenas, nuestro juicio sobre las intenciones de otros, se fundan más en rasgos evolutivos que en una actividad racional: decidido el fallo ya buscaremos los fundamentos jurídicos que lo sustenten, diríamos en jerga jurídica.

Con todo esto a cuestas es difícil decir que vivimos “nuestra” vida. Heredamos emociones, patrones culturales, lenguaje con el que razonar, valores compartidos en mayor o menor medida y, si bien se examina, no resulta sencillo afirmar que nuestra vida ha sido nuestra y que no hemos vivido la vida de ningún otro, porque en muy buena parte sí lo hemos hecho.

Supongo que, cuando llegue la hora de ajustar cuentas, a uno le quedará muy poco más que tratar de justificarse explicándose que trató de vivir su vida conscientemente y con pleno conocimiento de lo que hacía.

Pero eso no cambiará mucho las cosas, en el fondo no haremos otra cosa que lo que hemos hecho siempre, justificar una decisión previa.

Quizá como yo estoy haciendo ahora.

Las redes del futuro

El futuro no pertenece a las redes centralizadas, el futuro pertenece a las redes distribuidas; y esto, que es válido para las redes informáticas, es también válido para las redes humanas, incluidas, naturalmente,las de gobierno, las legislativas, las jurídicas y, naturalmente, las de los abogados. Sin embargo aún estamos en el albor de las técnicas que permiten que las redes distribuidas se impongan a las caducas redes jerarquizadas de forma que, ese futuro del que les hablo, será tanto más cercano o lejano cuanto más pronto o más tarde los seres humanos aprendan a dominar las tecnologías que lo permiten.

Hoy, que me he levantado temprano, me he dedicado a explorar una de esas iniciativas distribuidas que me gustan, una cadena de bloques (un “blockchain”) llamado “Arweave” y que promete almacenar eternamente los contenidos depositados en él.

La promesa es fuerte (los abogados y abogadas mejor que nadie sabemos cuán débiles son las promesas “para siempre”), pero sus promotores la justifican matemáticamente de forma tan compleja como convincente y, además, la forma en que pretenden llevarla a cabo encaja exactamente con las estrategias de red distribuida (de hecho en el siglo XXI ya nadie -salvo nuestro políticos- peinsa de otra forma). Déjenme que me explique.

Quizá no hayan ustedes oído hablar nunca del telescopio de Arecibo de forma que, aquellos que sí lo conocen, permítanme un párrafo para explicar a los que no que el radiotelescopio de Arecibo fue el mayor telescopio jamás construido gracias a sus 305 metros de diámetro, hasta la construcción del RATAN-600 (Rusia) con su antena circular de 576 metros de diámetro. Uno de sus usos (quizá el más conocido) fue buscar señales de radio o de vida extraterrestre. Si sienten curiosidad búsquenlo en internet y, ahora que sabemos lo que fue el telescopio de Arecibo, déjenme que les cuente una historia.

Los científicos a cargo del telescopio se dieron cuenta que, debido a su tremendo tamaño, el telescopio recogía ingentes cantidades de datos para cuyo procesamiento se precisaba una tremenda capacidad de computación y, una de las soluciones que pensaron, ilustra perfectamente lo que quiero decir cuando les hablo de redes distribuidas. Los científicos responsables de Arecibo, en lugar de pensar en comprar un montón de ordenadores para procesar datos simplemente fabricaron un software para ejecutar protectores de pantalla, pero de una forma especial. Cuando un ciudadano dejaba de utilizar su ordenador se ponía en marcha el protector de pantalla programado por estos científicos y, a partir de ese momento, el ordenador que estaba parado y sin su dueño delante cedía su capacidad de procesamiento a los responsables del telescopio de Arecibo. Muchos miles de personas participaron de forma altruista en este proyecto y eso permitió el procesado de enormes cantidades de datos que, de otra forma, hubiese sido imposible procesar.

SETI@home (“SETI at home”, “SETI en casa” en inglés), fue el nombre que se dio al proyecto del que les hablo y fue un proyecto de computación distribuida que funcionaba (y funciona) en la plataforma informática Berkeley Open Infrastructure for Network Computing (BOINC), desarrollado por el Space Sciences Laboratory, en la Universidad de California en Berkeley (Estados Unidos). SETI es un acrónimo en inglés para Search for extraterrestrial intelligence (Búsqueda de inteligencia extraterrestre). Su propósito es analizar señales de radio buscando señales de inteligencia extraterrestre y es una de las muchas actividades llevadas a cabo como parte de SETI.

Pues bien, ahora que saben qué es SETI permítanme que les pregunte: ¿qué renimiento o provecho producen los miles de ordenadores existentes en las diversas administraciones y qu permanecen apagados ocho o dieciséis horas al día? ¿a nadie se le ha ocurrido una mejor forma de aprovechar su capacidad de computación o almacenamiento?

Los responsables de la blockchain de que les hablo esta mañana (Arweave) parten de una idea muy similar a la de SETI pero, en lugar de compartir capacidad de procesamiento, se centran en la capacidad de almacenamiento. Todos nosotros disponemos de recursos de almacenamiento de datos que no usamos (espacio libre en tus discos duros por ejemplo) ¿por qué no preparar un software -blockchain- que permita a los ususarios compartir su espacio de almacenamiento sobrante para archivar en él datos ajenos?

La complejidad del proyecto es importante. Además de la necesaria infraestructura de cadena de bloques es preciso que los datos a almacenar permanezcan cifrados e inaccesibles para su anfitrión el cual, maravillas del blockchai, recibirá en compensación por el servicio prestado unos tokens (criptomonedas) que retribuirán su compromiso con el proyecto.

De momento convertir a su ordenador en un nodo más de esa red no es un trabajo al alcance de cualquiera, es complejo y, como primera providencia, es preciso que cambie usted de sistema operativo e instale Linux en vez de Windows, algo que -con Arweave o sin Arweave- debería usted hacer antes temprano que tarde, algo a lo que le estimulo encarecidamente.

Toda esta largísima introducción me sirve para decirles que ya hay plataforma de blogging que permiten colocar sus post sobre arweave de forma que duren “para siempre” (e incluso convertirlos en token NFT) y eso es lo que acabo de hacer esta mañana. He echado un vistazo a los muchísimos post que, desde 2010 llevo escritos sobre a abogacía y los abogados, y he elegido uno al azar para publicar mi primer post “inmortal”. Quizá no se vea tan bonito como en mi plataforma wordpress pero, ciertamente, la filosofía que se oculta tras la plataforma que ahora lo sustentan es de las que harán cambiar el mundo y la visión de la sociedad que tenemos los seres humanos.

Les dejo el link.

https://mirror.xyz/0xb5bF77b790f8185a6968F0B26f7Ff2610c1aAe42/PFhkZWUBgaVvtdxR30xZcM2H8XgTMlN3hGvOsUpU80k

Providencias

Cuando yo era un chaval y aún creía en lo que me enseñaban las personas mayores era un chaval calmado; sentía muy poco estrés: «¿No ves las aves del cielo cómo no siembran ni siegan y su padre celestial las alimenta?» —me habían enseñado— y yo, claro, lo creía.

Sí, yo creía en la divina providencia; luego, me colegié de abogado.

Luego me colegié de abogado y descubrí que, quien en verdad proveía, era la administración de justicia y que sus providencias tendían a ser muy poco divinas: las providencias de nuestra administración solían llegar tarde.

Y el estrés volvió a mí.

Las providencias, autos y sentencias, llegaban tan tarde que, en los 90, muchos de mis clientes encontraron antes la justicia divina que la humana y fueron juzgados en el cielo cuando aún no les habían pedido en la tierra los habituales 4 años, 2 meses y un día, por la fractura de la ventanilla del coche y el subsiguiente robo del radiocassette.

Recuerdo bien cuando, a primeros de los noventa, me llamó un amigo forense en Cataluña y me dijo, «tened cuidado porque está llegando una partida de heroína extremadamente pura y están cayendo como chinches por sobredosis»; y así fue, muchos de mis clientes de entonces —mayoritariamente de oficio— dejaron de serlo en aquellos meses porque, aunque eran tipos capaces de inyectarse estricnina en vena, lo que se estaban inyectando en ese momento no lo habían probado nunca.

En los años 90 fue la heroína, en 2020 fue el Covid el que hizo comparecer a presencia divina a personas que llevaban 6 años esperando comparecer en sala. Sé de qué y de quiénes te hablo.

No sé si en el cielo les juzgarían mejor, lo seguro es que les juzgaron antes.

Gastamos años, lustros, en decididir si una persona es culpable o inocente, como si eso fuese normal, cuando, ni para el acusado, ni para el acusador, ni para la sociedad eso es admisible. Es inadmisible que personas inocentes contra quienes se ha dirigido una acusación infame puedan pasar años con sus vida embargada por una querella abyecta; es intolerable que acusaciones fundadas no se vean resueltas de forma rápida y, ambas cosas, son impresentables ante una sociedad que manifiesta “fe” en la justicia porque es evidente que ha de creer en ella aunque no la vea por ningún lado.

Pero nos hemos acostumbrado a que las cosas sean como no deben ser: «no le des vueltas, Pepe» me dijo un fiscal amigo «esto es como es», y nos hemos acostumbrado tanto que hasta lo anormal nos parece normal.

Y acostumbrados a la anormalidad corremos el riesgo de volvernos anormales incluso nosotros, tan anormales como una clase política que permite y hasta fomenta que el primer valor defendido en la Constitución sea, en España y en el siglo XXI, poco menos que un trampantojo de sí mismo.

¡Feliz año nuevo 7529!

¡Feliz año nuevo 7529!

¡¡¡Feliz año nuevo 7529!!!

No, no es ninguna broma en klingon, es la fecha del año nuevo en el Imperio Romano según decisión del emperador Constantino. Derivaba del calendario juliano diferenciándose únicamente por la fecha de comienzo del año y la numeración de los años; además de establecerse un periodo de quince años llamado indicción (si vienen por Cartagena les enseñaré documentos fechados con “indicciones” una fecha de significado tributario, sobre todo).

El año comenzaba el día 1 de septiembre (es de notar que todavía en la actualidad en Cerdeña al mes de septiembre se le llama Cabudanni -“cabo de año”-, un claro caso de herencia cultural de la dominación bizantina de la isla), y terminaba el 31 de agosto.

La numeración de los años se iniciaba en el año estimado de la creación del mundo (Anno Mundi en latín, ἔτος κόσμου Εtos Kosmou en griego), que según Panodoro de Alejandría (el erudito bizantino que lo calculó a través de una de las posibles interpretaciones la cronología bbíblica se produjo el 1 de septiembre de año 5509 a. C., la llamada era antioquena o era alejandrina.

Hoy es uno de septiembre y, tal y como estableció Constantino y ratificó Justiniano, hoy empieza el año.

Eso los abogados y las gentes del foro (y en la educación, y en el fútbol…) lo saben muy bien. Seguramente Constantino y Justiniano, además de dejarnos el derecho romano, nos dejaron también la costumbre de considerar que el año judicial acaba el 31 de agosto y empieza el 1 de septiembre.

Sea como sea, ¡¡Feliz año nuevo compañeras y compañeros!!

Dialogando con Pedro

—Pedro.- Mi querido amigo: con todo el afecto y el respeto que te profeso (que no es poco y sé que te consta) no puedo estar más en desacuerdo con muchas de las cuestiones que expones… pero ¿qué voy a saber yo que no soy jurista sino un pobre juntaletras que ya quisiera tener detrás un mecenas de esos que estoy seguro que abundan por ahí o incluso que me encargasen un par de Te Deums al mes? 🤷🏻‍♂️

—Pepe.- No Pedro, no; ser jurista no me da conocimiento alguno que haga mi opinión mejor que la tuya; de hecho el 90% de los juristas a los que preguntes responderán como tú de primera impresión. Son cuatro siglos de regulación y las leyes, cuando son ubícuas y homogéneas, dan forma a nuestros criterios de justicia con tanta fuerza como la religión.

Es por eso que me gusta sacar a relucir la opinión de la Escuela de Salamanca, porque, si no me agarrase al expresar estas opiniones en el hábito de algún fraile, sé que las acusaciones de “pirata” o “hacker negro” me lloverían.

Pero te aseguro que hay todo un mundo invisible a los ojos del derecho, los economistas y los seres humanos en general y que, como somos incapaces de regularlo, tratamos de encajar lo desconocido en lo conocido.

Todo lo que vemos, permite que lo explique así, se compone, a grandes rasgos, de tres realidades: la materia, la energía y la información.

La materia la comprendemos bien los juristas y hemos llegado a un alto grado de sofisticación al regular su tráfico jurídico. Con la energía ya nos cuesta más, cuestiones como la posesión de la energía ya no las vemos tam claras, nuestta división tradicional de bienes muebles e inmuebles ya no le cae bien del todo y al final acabamos regulándola tratándola como un fluido que es algo que, desde antiguo, tampoco hemos hecho muy bien. Pero nos apañamos y mal que bien vamos tirando.

Pero la información, ese fenómeno por el cual la materia se reordena (se reinforma) para constituirse en una nueva realidad a través de un generoso gasto de energía, esa guerra que la vida y el ser humano mantienen desde la noche de los tiempos con la entropía, esa, decididamente, los juristas ni la entendemos ni queremos entenderla. Y no me refiero a la poesía, la literatura o la música, me refiero al total de la vida terrestre y la civilización humana.

Mira a tu alrededor y créeme si te digo que todos los átomos, la materia, los materiales que ves, ya estaban aquí desde que el primer ser vivo (Luca) apareció sobre la Tierra. Entre el mundo que ves y el que vio un Neanderthal no hay diferencia alguna si atendemos a la materia o la energía, pues son exactamente las mismas, la única diferencia que existe se debe a la información.

Con Homo Erectus el barro era barro, pero el ser humano, con un generoso derroche de energía, aprendió a informarlo en formas cerámicas del mismo modo que el ADN y el ARN informan las células de nuestro cuerpo. Hemos aprendido a informar la realidad en tantas y tan variadas maneras que, esos mismos átomos y materias que pudo observar un neanderthal, hoy son un teléfono móvil o un missil nuclear.

No es la materia ni la energía lo que nos diferencia del mismo suelo que pisamos, es la información que, espontáneamente (no, en esto Dios no tiene nada que ver) dio lugar a la vida y, es la vida capaz de procesar información, la que convirtió el sílice de las playas en chips digitales.

Ese proceso informacional apenas si atisbaron a percibirlo algunos juristas romanos (proculeyanos) pero te sorprendería saber que para los clásicos juristas romanos (Gayo en sus “Instituta”) si tú escribes inadvertidamente un poema en un papel que resulta ser mío, tu poema ya no será tu poema, sino mío, pues mío es el papel y eso “incluso aunque el poema esté escrito en letras de oro” (y cito textualmente al gran Gayo, padre de miles de generaciones de juristas) lo convierte en tan mío como el papel que lo soporta.

Los juristas entendemos la materia y por eso acabamos transformándolo todo en materia, hasta el amor en los tribunales.

Cuando afirmo que el copyright o los derechos de autor son una mala regulación no estoy diciendo que los autores no deban verse retribuidos por sus creaciones (de hecho nada hay más importante en la sociedad de la información que la creación) sino que esta forma de retribuir sus creaciones no es la adecuada.

Fíjate si el ser humano sabe esto que te digo que, aunque protegemos las canciones, no protegemos los descubrimientos científicos. Einstein podría proteger una novela, pero no podría proteger su teoría de la relatividad (¿imaginas la de dinerillos que hubiese ganado con su fórmula e=mc²?).

Esta es la regulación que hay y es la regulación que íntimamente asumimos todos como justa, pero conviene que nos preguntemos si realmente lo es. Por ejemplo.

¿Computa alguien las veces que alguien interpreta una canción de mi amigo Nacho? ¿Hay en los bares un contador de cuántas veces se interpreta una canción o se recita un poema?

No, no los hay, y por eso la retribución de los artistas depende más de quien controla la SGAE, AGEDI o AIE que de la verdadera tasa de reproducción de sus creaciones.

Tecnologías como blockchain o los NFT’s permitirían conocer estos datos con exactitud pero… ¿A quién le interesa?

No desde luego a quienes controlan el negocio y sí a quienes no lo controlan y a la justicia misma. Un desarrollo correcto en blockchain permitiría retribuir con justicia a los autores (el mundo de los Non Fungible Tokens es maravilloso) pero, entre que los juristas ni lo entienden ni lo quieren entender y que los autores prefieren el malo conocido al bueno por conocer, el conocimiento se estanca aunque, claro, siempre aparecen vías alternativas que acaban apartando al mundo antiguo que no se adapta y esas formas ya han aparecido y crecen a velocidad vertiginosa.

Al igual que la escritura, la agricultura, el telescopio o la imprenta, cambiaron nuestra visión del mundo (bien que a través de largos procesos) lo digital, la sociedad de la “información”, la está cambiando igual.

Y ahora que menciono a la “Sociedad de la Información”… ¿Qué queremos decir con ese nombre?

“Sociedad” sabemos lo qué es pero ¿Estamos seguros de que sabemos lo que queremos decir cuando decimos “información”?

No, esa “información” no tiene nada que ver ni con periodistas ni con medios de comunicación, esa “información” hace referencia al objeto de estudio de una teoría científica (matemática) desarrollada por científicos como Claude Shannon sobre geniales intuiciones de gente como Ludwig Boltzmann.

Los juristas creemos entender la información, pero te aseguro que no tenemos ni puta idea.

Si quieres saber, ya sabes: a Salamanca

Si quieres saber, ya sabes: a Salamanca

Tras la invención de la imprenta, como después de cualquier invención, del automóvil a internet, los estados se lanzaron a regular jurídicamente el invento y, obviamente, no para proteger los derechos de los consumidores sino para garantizarse que los libros no dirían cosas que no debieran decir y para que no cualquiera pudiese imprimir libros, sino sólo aquellas personas que contasen con las pertinentes autorizaciones.

Ocurrió que esas personas autorizadas a imprimir (los editores de libros) acabaron ostentando casi un monopolio en la venta de libros y resultaba evidente que aquello era un abuso de forma que, para proteger a los autores de los abusos de los editores, algunas mentes comenzaron a pensar que habría que regular eso de la propiedad de los libros.

Pero el asunto no era fácil, el derecho que conocían los juristas de entonces (y los actuales) era un derecho muy bien estructurado para regular el intercambio de mercancías y las prestaciones de servicios pero ocurría que estas herramientas, estas categorías jurídicas, no servían con las creaciones intelectuales (información) como muy pronto señaló la Universidad de Salamanca con un famoso aforismo latino que traducido al castellano actual dice: “No seáis borricos, con las creaciones intelectuales no puede comerciarse como si fuesen juegos de suma cero”.

Y tenían razón, los jodidos dominicos sabían lo que decían, lo que pasa es que, a veces, tener razón no es suficiente si los borricos no lo entienden.

Los juristas, desde Justiniano éramos magníficos entendiendo una compraventa de fincas o de semovientes, no teníamos problemas con préstamos ni con intereses e incluso con el pignus comenzamos a allanar el camino de la crisis hipotecaria de 2008. En suma, el derecho romano parecía perfecto y no había nada que mejorar. Da mihi factum et dabo tibi ius y no me des la brasa que te meto.

Pero se equivocaban.

Como cualquier chaval que conozca lo que significan las iniciales GNU podrá explicarle, en los juegos de suma cero si yo tengo la cosa tú no la tienes. Por ejemplo, si yo tengo la finca tú no la tienes y si la quieres pues tendrás que aflojar unos cuantos bitcoins, dólares o leuros para yo te la dé. Lo mismo pasa con un bote de coca-cola: si el bote está dentro de la máquina la máquina lo tiene, no yo, y si hay suerte metiéndole un euro me lo entregará. Si yo le doy el bote a mi novia ella lo tendrá y no yo y si me lo devuelve yo lo tendré y ella no. Un juego de suma cero es, en resumen, lo que les acabo de contar: o lo tengo yo o lo tienes tú, pero los dos no (salvo que lo partamos por la mitad). Es como un partido de tenis: o tú ganas el set o lo gano yo, pero no podemos ganarlo los dos. Punto y final.

Los intercambios de bienes y servicios funcionan así, tú me vendes el trigo yo te pago la pasta, tú me haces una escultura yo te pago la tela marinera y todos tan contentos. El derecho, en este punto, era perfecto.

Lo malo es que los curas de Salamanca tenían razón: la cultura, la información, no son juegos de suma cero.

No, no lo son.

Si un profesor se sube a la tarima y enseña a sus alumnos el Teorema de Pitágoras todos sus alumnos tendrán el Teorema de Pitágoras… Y el profesor también. Aquí no sirve eso de “lo tienes tú o lo tengo yo”, no, aquí todos lo tenemos y nadie nunca se queda sin nada, aquí todos ganamos el set.

Si usted escucha recitar un poema y lo memoriza quien recitó el poema no se queda sin él y usted y todos los que como usted lo hayan memorizado, tendrán un poema más que recitar a su santa.

Las ideas, la cultura, NO son juegos de suma cero y para ellos el derecho estaba desarmado. No tenía ni idea de cómo podían regularse estos fenómenos. Desde luego los romanos jamás se plantearon eso y ni Julio César, ni Virgilio, ni Horacio ni nadie se planteó jamás exigir un canon por recitar o copiar sus obras, y ya se sabe que, cuando los romanos no se han ocupado antes de algo, a los juristas se les hace bola.

Por eso, cuando la Reina Ana de Inglaterra se planteó acabar con el monopolio de los editores, todos los juristas se temieron lo peor: ya que las ideas, la cultura y la información no eran juegos de suma cero y los juristas de la reina no sabían cómo barajar aquella cuestión, decidieron que lo mejor sería convertir las ideas, la cultura y la información en una de esas cosas que ellos si conocían. Es sabido que a quién sólo sabe manejar el martillo todos los problemas le parecen clavos y, en este caso, a quienes sólo saben regular juegos de suma cero… Pues todo debe convertirse en juegos de suma cero, así que inventaron el antecedente del copyright.

Si yo compongo y canto una canción usted no puede cantarla, así, donde nunca hubo escasez, ellos la inventaron y de esta forma ya pudieron vender y aplicar todos sus conceptos jurídicos del siglo VI a una nueva realidad.

Que en Salamanca les llamasen burros no les detuvo, ellos eran juristas, da mihi factum et dabo tibi ius y, este que te digo, es el ius que hay; y son Lentejas de Belén: si quieres las tomas y si no también.

Teddy Bautista, Ramoncín y todos los que se quedaron con el control de la SGAE adoran a la Reina Ana e incluso hoy he leído una loa a la citada reina de parte de CEDRO, una de estas sociedades que se lucran con eso que llaman propiedad intelectual. Que la Salamanca del siglo XVII les llame burros les trae sin cuidado, que una parte importante de la humanidad les considere unos parásitos también. Ande yo caliente y que pague el canon digital la gente.

Ayer compré un disco duro para hacer una copia de seguridad de mis archivos y volvió a quemarme la sangre ver cómo su precio subía por la aplicación del “canon digital”, ese robo legalizado a que nos someten a todos bajo la presunción iuris et de iure de que si yo compro un soporte de información es para descargarme sus cancioncitas o sus videos y no para guardar mis expedientes.

Me llevan los demonios. No soporto a estos caraduras que además se dan el lujo de dar clases de moralidad y de llamarnos piratas cuando les sale del naipe.

Cuando Miguel Ángel esculpía o pintaba no pensaba en vivir del momio de los “derechos de autor” toda su vida. Él pintaba su obra y procuraba que fuese buena porque, quien desease encargar otro Moisés u otra Pietá, sabría sin duda alguna quién era el mejor y él le cobraría con arreglo a ello. Por eso, cuando Bach componía, no pensaba en vivir de cobrar a cada maestros de órgano que interpretase sus obras, sino que esperaba el dinero de un mecenas o un comprador que apreciase su obra. Si alguien quería una Misa en Re Menor, un Te Deum o una cantata… Pues ya sabía quien era el bueno en eso. Incluso ejemplos de financiación cruzada de la obra literaria puede uno poner de ejemplo en plena época de la República Romana pero… Pero ¿qué se podía pedir a juristas que no distinguían un juego de suma no cero de una vara de avellano?

Los juristas estamos en deuda con la sociedad y nuestro empeño de regular con estructuras jurídicas del siglo VI fenómenos que entonces ni existieron ni pudieron imaginarse es un empeño estirilizador y que no provoca más que retraso y falta de desarrollo. Claro que esa deuda es ínfima si la comparamos con la regulación que nos deparan toda esa caterva de políticos y gobernantes ayunos no ya de los rudimentos de la información sino ajenos por completo a la cultura misma.

Yo sé que muchos de ustedes se molestarán por esto que digo, pero créanme, si no saben qué es la información todas sus ideas y apriorismos serán errados y lo peor es que ustedes tendrán la convicción absoluta de estar en lo cierto.

Dense la oportunidad de dudar y de conocer nuevos mundos. Disfrutarán.

Su dios era mujer.

Su dios era mujer.

Creo que hace unos días les conté que nuestros esquemas jurídicos responden al estado de la tecnología del momento y que, para una sociedad agrícola, conceptos como la propiedad de la tierra o la caza eran muy distintos de los de una sociedad de pastores o de cazadores recolectores.

Les hablaba de ello para advertirles de cuán duras van a ser las pugnas futuras en materia de open source o propiedad intelectual. Las mentalidades cambian despacio en materia de moral, religión o estructuras jurídicas y conviene ser conscientes de hacia donde vamos no sea que acabemos dando lugar a culturas profundamente injustas como la nuestra, al menos con las mujeres.

Porque ¿vamos a ver? ¿eso de que el varón ostente preeminencia sobre la mujer es una enfermedad de siempre o en algún momento de la historia humana no fue así? Y, si no en toda la historia fue así ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

Ya, ya sé que ustedes me dirán que, si estoy diciendo todos los días que la historia empieza en Sumeria, que vaya a buscar la respuesta en una tablilla sumeria; y, al menos en parte, lo haré así, aunque este tema es de demasiado calado y vamos a necesitar irnos algo más atrás del año 3000AEC.

Si ustedes observan el panteón sumerio observarán que su diosa principal es una mujer, aunque, desgraciadamente, el papel de las mismas en la sociedad sumeria no se correspondiese con el status de su diosa suprema, la bondados reina del cielo, Inana.

Sin embargo, que las más antiguas civilizaciones históricas adorasen deidades femeninas y no masculinas es una pista que merece ser investigada. ¿Cuándo los dioses supremos dejaron de ser mujeres y por qué?

Para averiguarlo será necesario que retrocedamos a sociedades pre-históricas, es decir, anteriores al descubrimiento de la escritura. En este caso es particularmente útil retroceder hasta el año 7000 AEC y acercarnos hasta una de las poblaciones más antiguas del mundo: Çatalhöyük.

Çatalhöyük se halla al sur de la península de Anatolia, en la planicie de Konya, cerca de la actual ciudad de Konya (antigua Iconium) y aproximadamente a 140 km del volcán Hasan Dağ, en Turquía. Çatalhöyük es, pues, una de las más antiguas ciudades del mundo, cuatro mil años anterior a las primeras culturas —sumeria, egipcia— que usaron de la escritura e incluso anterior a la Edad del Bronce. En torno al año 5700AEC un gran incendio destruyó la ciudad, cociendo las paredes de adobe de las casas y permitiendo, de este modo, que sus edificios hayan llegado hasta nosotros.

Pero, si no sabían escribir ¿qué podemos saber de los habitantes de Çatalhöyük? Bueno… Muchas cosas. Los arqueólogos, cual detectives, observan los restos y leen en ellos como nosotros en el texto de un libro y en Çatalhöyük observaron muchas cosas que les impresionaron.

Observaron, por ejemplo, que la inmensísima mayoría de las figurillas religiosas —y las había por cientos— de Çatalhöyük eran la representación de una diosa. Y observaron que en los enterramientos de Çatalhöyük, a diferencia de los posteriores enterramientos egipcios o sumerios, hombres y mujeres se enterraban con ajuares parecidos y en tumbas de similar porte y presencia. A día de hoy solo una veinteava parte de la ciudad ha sido excavada y lo que se ha encontrado allí es una ingente cantidad de pinturas, relieves y esculturas en piedra centradas en el culto a la diosa, y ello sin contar las miles de estatuillas de arcilla de la misma. Si podemos, pues, afirmar algo con cierta seguridad sobre las personas que vivían en Çatalhöyük es que, para ellas, dios era mujer.

Antes de que se me adelanten diciendo que quizá Çatalhöyük  fue un fenómeno aislado les diré que, excavaciones posteriores, han puesto de manifiesto la existencia de una extensa área geográfica donde han aparecido estatuillas y símbolos de diosas, yacimientos arqueológicos que cubren una extensa área geográfica que va más allá de Oriente Próximo y Oriente Medio.

Aunque la historia, hablando en sentido estricto, empieza en Sumeria, la peripecia humana empieza mucho antes y la historia de cómo el ser humano descubre la agricultura y la ganadería y se adentra en el neolítico es un proceso muy anterior a Sumeria y Egipto y que no se da exclusivamente en esa región que se ha dado en llamar creciente fértil sino que tenemos rastros del mismo en Anatolia, Europa Suroriental y otros lugares del mundo y, aunque en esos lugares no hay textos escritos —no hay “historia”— sí quedan vestigios suficientes para saber que el papel de las mujeres no siempre fue el mismo que acabó siendo en Sumeria, Egipto, Canaán, Grecia o Roma.

El culto a la diosa parece firmemente establecido en estas sociedades neolíticas y tiene sentido. Los seres humanos sabemos que las encargadas de crear la vida son las hembras, lo mismo en el género humano que en las demás especies animales; era pues absolutamente coherente que se atribuyese la creación y el dominio del mundo a una mujer cósmica —la diosa— responsable de la creación y regeneración del mundo. El vigor del toro o la capacidad de regeneración de la serpiente —que cambia de piel anualmente y parece “resucitar” tras el letargo invernal— son atributos que frecuentemente acompañan a la diosa y si en Çatalhöyük encontramos una diosa representada en una escultura dando a luz a un toro, ese mismo toro nos conduce a la sociedad tauromáquica por excelencia: la sociedad minóica.

La civilización minóica es la primera civilización europea y sus orígenes se encuentran en el séptimo milenio antes de nuestra era en que fue poblada por seres humanos provenientes de Anatolia, la actual Turquía. Nacida en el año 7000 AEC, año del esplendor de Çatalhöyük, la civilización minóica presenta aspectos tan sorprendentes o más que la de Çatalhöyük o las poblaciones de oriente.

Si ustedes observan las ruinas de los espléndidos asentamientos cretenses con sus espectaculares palacios de traza laberíntica observarán que estamos en presencia de una civilización extraña. En primer lugar sus ciudades parecen ajenas a la guerra, carecen de murallas o torres defensivas y en sus pinturas y esculturas jamás aparece ninguna persona armada ni se representan escenas de guerra.

Dominadores del comercio del Mediterráneo Oriental con sus barcos y acumuladores de grandes riquezas, en sus obras de arte jamás se ve ningún barco de guerra y, entre los objetos arqueológicos recuperados, las armas parecen ser residuales.

Lo que sí encontramos en sus pinturas y obras de arte es una presencia intensiva de la mujer en la sociedad.

El dios de los minoicos es también mujer y la representación de la diosa como mujer adornada con serpientes o sujetándolas (recordemos el simbolismo positivo de la serpiente) es tan omnipresente como las imágenes de los toros o de los símbolos de sus cuernos (cuernos omnipresentes en Mesopotamia en incluso en determinados momentos históricos del judaismo: recordemos a Moisés y sus cuernos) y, lo que es más importante, la exclusividad femenina en el ejercicio del cargo sacerdotal (los hombres, como hoy las mujeres, eran meros espectadores) y su participación activa en las ceremonias tauromáquicas. Si se toman la molestia de buscar en internet imágenes del arte minóico verán que en ellas la presencia de la mujer es intensiva (la piel de las mujeres en las pinturas es blanca y la de los hombres morena) y comprobarán lo que les digo: las mujeres también participán en los arriesgados ejercicios tauromáquicos.

Entonces ¿la raza humana fue un matriarcado alguna vez? y, si es así, ¿por qué dejó de serlo?

Personalmente no creo que la raza humana fuese, ni creo que haya de ser, un matriarcado, creo simplemente en que existieron sociedades igualitarias donde el papel de hombres y mujeres en la sociedad, fuertemente condicionado por sus creencias religiosas, fue paritario.

¿Por qué cambió tal situación?

Es difícil responder pero personalmente creo que cambió porque cambió el entorno tecnológico de las sociedades. Los estados agrícolas fundan su riqueza sobre el dominio de tierras cultivables bien provistas de agua y otros recursos y es por eso que, la tierra, como principal recurso, despertó la avidez humana y una de las prácticas que, en los estadios más primitivos de la sociedad, mejor se daban a los hombres: la agresión, conquista y conservación de terrenos cultivables. Con Sargón de Akkad se creó el primer imperio y, de entonces a hoy, solemos medir la importancia de los imperios por su extensión territorial; parece evidente que la mentalidad de agricultores de que les hablaba ayer está firmemente instalada en el ser humano.

La guerra, en épocas de tecnologías rudimentarias, era una tarea especialmente apta para los hombres y así, poco a poco, pero de forma constante, el culto a la diosa empezó a ser sustituida por dioses agrícolas mitad dueños del cielo mitad señores de la guerra. Si repasan la Biblia verán que Yahweh es un dios típicamente guerrero (señor de los ejércitos se le llama) y como él muchos más. Esa es mi hipótesis.

Sin embargo hoy el mundo ha cambiado, la tierra y la agricultura, ya no son el recurso más preciado de las sociedades humanas sino que el conocimiento, las tecnologías, la ciencia y el know-how son un patrimonio mucho más apreciado y es en ese momento cuando, como en la vieja historia de pastores y agricultores que les contaba ayer, comienza la guerra.

Pero de esa guerra les hablaré otro día, por hoy déjenme que me quede con la idea de que otra sociedad es posible, ni patriarcal ni matriarcal, sino igualitaria.

Y ahora déjenme que me dé a mí mismo un divertimento: si les queda alguna duda de por qué las primeras sociedades eligieron a una mujer como diosa traten de averiguarlo observando esta foto que he encontrado navegando en internet. La he titulado “Jaime mirando a su madre”.

¿Y usted qué es? ¿Pastor o agricultor?

¿Y usted qué es? ¿Pastor o agricultor?

Los seres humanos nacemos pastores o agricultores, no en el sentido literal de la palabra sino, digamoslo así, filosófico.

Para los pastores la tierra es un bien comunal que todos pueden aprovechar, sus rebaños pacen en el campo abierto y se alimentan de las plantas de un mundo que está ahí para ellos. Los pastores son, desde este punto de vista, poco amigos de la propiedad privada, sobre todo de los recursos naturales.

Para los agricultores, por el contrario, la propiedad exclusiva y excluyente de la tierra es fundamental; no van a permitir que un rebaño de animales pase por sus sembrados y arruine o se coma las cosechas. El agricultor necesita agua y, si es preciso, la desvía de sus cauces naturales para servirse de ella; cosa que, naturalmente no le gusta al pastor que no entiende cómo, una tierra y un agua que antes eran de todos, ahora son de propiedad de un sólo individuo. El pastor no soporta que la tierra esté vallada y no esté a disposición de todos para transitarla.

El conflicto está servido.

El conflicto entre pastores y agricultores es tan antiguo como la agricultura y se ilustra incluso en muchos pasajes de la Biblia, pero no es necesario irse tan lejos, pues el conflicto sigue presente entre nosotros.

En la actualidad, los conflictos entre pastores y agricultores en Nigeria, por ejemplo, han dado lugar a una gravísima serie de disputas entre los, mayoritariamente musulmanes, pastores fulani y los, mayoritariamente cristianos, agricultores de Nigeria.

La violencia entre agricultores y pastores ha matado en Nigeria a más de 19 000 personas y ha desplazado a cientos de miles más y trae su origen del conflicto del que les hablé al principio: la expansión de la población agrícola y la tierra cultivada a expensas de los pastizales; el deterioro de las condiciones ambientales; la desertificación y la degradación del suelo; el crecimiento de la población y la ruptura de los mecanismos tradicionales de resolución de conflictos de disputas por la tierra y el agua.

Nada nuevo bajo el sol, como ven.

No es la primera vez que pastores y agricultores se matan, de hecho y según la Biblia, el primer asesinato de la historia lo comete un agricultor Caín al matar a su hermano Abel, pastor.

Fíjense que, incluso en el mito de Caín y Abel, la religión juega un papel importante pues, si se fijan, el propio dios no es imparcial: a Yahweh le gustan las ofrendas de Abel mas no las de Caín, quien, por cierto, le ofrece lo mejor de lo mejor de sus cosechas. Despechado Caín acaba matando a su hermano pero ¿por qué Yahweh habría de preferir las ofrendas de Abel?

Si este mito tuviese que ver con el fútbol todos lo entenderíamos enseguida. El madridista Caín ve cómo sus ofrendas son rechazadas mientras que las de su hermano el atlético Abel son aceptadas, a pesar de ser las de Caín incluso mejores. ¿Qué conclusión podemos sacar? Pues, ustedes me perdonarán si son madridistas, pero la conclusión a que podemos llegar es que dios, en este mito futbolístico, es del Atleti.

Y así es. Yahweh no es un dios de agricultores, Yahweh es un dios nómada que viaja con su pueblo vagando por el desierto. Yahweh es un dios a quienes los israelitas conocen en Edom y al que si quieres ir a buscar tienes que ir al desierto que es donde él tiene sus epifanías. A Yahweh, hasta que Salomón le levanta un templo, no se le da culto en un edificio estable sino que viaja con su pueblo encerrado en un arca, solución esta la del altar portátil muy frecuente en el Canaán de aquellos años y que nos ha dejado muchísimos y muy interesantes vestigios arqueológicos. Otro día, si quieren, les coloco unas cuantas fotografías de estas pequeñas y populares “arquitas de la alianza”. El dios de la Biblia, como ven, no era agricultor y otro día les ilustraré este tema con el veterotestamentario episodio de los Recabitas.

Para los agricultores los dioses no son como Yahweh, los agricultores prefieren dioses como Júpiter o Zeus que controlan las tormentas, los rayos, las lluvias y demás fenómenos atmosféricos. En Canaán este dios homólogo de Zeus y Júpiter era Baal, el dios del cielo, los rayos y las lluvias. Para un agricultor no hay nada más importante que la lluvia y para Yahweh, por eso precisamente, no hay dios más irritante que Baal, al que se adoraba en forma de becerro (¿les suena?).

Claro que ya les veo venir, incluso el más descreído bolchevique soriano a estas alturas ya estará pensando:

—Pero ¿No dice usted que todas las historias empiezan en Sumeria?

Pues sí. Y esta de los pastores y los agricultores también, porque, desde la noche de la antigüedad sumeria y con los ecos propios de 5000 años de historia, nos llega la voz de un viejo poema que nos presenta a la diosa suprema sumeria Inana (la bondadosa, la reina del cielo) en trance de elegir marido y ha de escoger entre dos hombres cuyas profesiones (¿lo adivinan?) son las de pastor y agricultor.

No les voy a transcribir el poema (es de altísimo voltaje sexual y no quiero que Facebook me censure) pero ya les anticipo el resultado: Inana, como Yahweh, también era del Atleti.

Todas estas historias tienen una moraleja y es que nuestros esquemas jurídicos responden al estado de la tecnología del momento: para un agricultor conceptos como la propiedad de la tierra (y la propiedad de todas las cosas por extensión) son conceptos absolutamenre naturales y evidentes; tan evidentes como el derecho a atravesar fincas o la mismísima calle de Alcalá si es preciso para el Concejo de la Mesta.

Es bueno recordar que nuestros conceptos jurídicos son hijos de la tecnología que da soporte a las sociedades humanas porque, ahora que la tierra como factor de producción ha cedido todo su protagonismo al conocimiento tecnológico, el concepto de propiedad comienza a recompilarse a manos de los inegenieros de software y los activistas del conocimiento libre y el open source. Anótenlo: la guerra del open source, el software libre y los derechos de autor o las patentes, van a ser tan duras como las viejas guerras de pastores y agricultores. La única diferencia es que no se desarrollarán durante cinco milenios sino que, seguramente, se resolverán en cincuenta años. Van a ser apasionantes.

Y ahora plantéeselo: ¿Usted qué es? ¿Pastor o agricultor?




Unos cuantos dibujos infantiles

Cuando María tuvo que dejar de trabajar, de toda su vida profesional sólo quedaban unos lápices de colores con los que pintaban y se entretenían los hijos de las clientes y unos cuantos papeles con retratos infantiles de la “abogada”.

Y cuarenta años de escuchar vidas ajenas, desamores mal llevados, deseos de venganza a todo trance y sentimientos de culpabilidad, alimentos no pagados, cariños no correspondidos y cuidados descuidados.

Treinta años de saber que la administración de justicia llegará siempre tarde y que no escuchará al cliente; porque el nombre de “audiencia” en España es un sarcasmo. En España ni las audiencias oyen ni las sentencias sienten y decenas de horas de conversación abogado y cliente se sustancian en vistas (y no vistas) de diez minutos donde el caso, visto y no visto, queda a la espera de sentencia a veces sin que el juez llegue a conocer siquiera el timbre de voz de las partes.

Abogadas que, en 1981, comenzaron a ejercer el derecho de familia y que hoy, cuarenta años después, llevan encima todas las heridas.

Y unos cuantos dibujos infantiles.