Agenda setting

Agenda setting

Deténgase un momento y dígame qué asuntos son los más importantes para usted. Deténgase un poco más y trate de pensar en cuáles son los problemas más acuciantes para quienes viven en España.

No sé cuáles serán los problemas que usted percibe como más urgentes de solucionar o más importantes de enfrentar.

Yo sé que la hipoteca cuesta pagarla cada vez más y que los bancos muerden como alimañas; yo siento que el futuro no es claro y que quizá los años que vienen sean peores que los vividos y no siento, sino que presiento, que, si llegamos a viejos, quizá no haya en nuestra vejez ni júbilo ni jubilación.

No me preocupa que yo haya de trabajar hasta la muerte o hasta que mis facultades me lo permitan; cuando decidí ejercer esta profesión ya desconté que no me jubilaría nunca y que la mutualidad no era la garantía de una vejez feliz sino algo así como un club gobernado por un grupo de amigos donde estabulizar a quienes se han portado dócilmente con quienes la manejan y confortarles con canapés, moqueta y dietas.

Me preocupa que, algún día, no podamos pagar a esa gente maravillosa que, cuando nuestra vida o la de nuestros seres queridos está en riesgo o decididamente perdida, nos tratan con ese cariño que uno jamás detecta en ninguna otra administración. Hablo de quienes componen la sanidad española, gente que le reconcilia a uno con el mundo y le devuelve la ilusión de que aún queda bondad en el universo.

A mí me preocupan cosas así y me gustaría que nuestra atención se concentrase en esos temas; sin embargo el debate nacional va por otros caminos.

Asómese a los periódicos, las radios, las televisiones, las mesas de los cafés y escuche de qué hablan unos y otros. Un ruido tremendo de navajeo político, de acusaciones cruzadas, de tratar de imponer un lenguaje u otro y fijar estigmas para distinguir al progre del facha…

A esa forma de manipular a las sociedades se la llamó «agenda setting» y fue formulada en 1972 por McCombs y Shaw.

Esta forma de manipular llamada «agenda setting» se abrió paso cuando la sociedad maduró lo suficiente para volverse refractaria a la descarada propaganda de algunos regímenes. Los que manejaban los hilos de las marionetas advirtieron que ya no podían engañar directamente y decidieron que, si no podían imponer sus mentiras, al menos podían imponer los temas sobre los que debatiría la gente.

Los factores que intervienen en el establecimiento periodístico, en la «agenda setting» comprenden:

Alianza entre Empresas mediáticas y Gobiernos.

Establecimiento de prioridades Informativas, respecto a las otras agendas.

Canalización de la información redimensión y divulgación.

Organización de la noticia, horarios, espacios, determinación de tiempo…

Quizá piense usted que me he vuelto loco y le hablo de una nueva teoría conspiranóica pero, antes de diagnosticarme así…

Deténgase un momento y dígame qué asuntos son los más importantes para usted. Deténgase un poco más y trate de pensar en cuáles son los problemas más acuciantes para quienes viven en España.

Porque si usted hoy no está debatiendo o la sociedad no debate sobre esos asuntos es que alguien ha impuesto unos temas de debate que a usted no le interesan y a ellos les interesa que interesen.

Hispano

Hispano

Conocí a Jorge Fandermole, el poeta y cantor argentino, escuchando cantar su «oración del remanso» a la tuna.

(Sí, ya sé lo que me van a decir… y yo les responderé lo que dijo hace cinco mil años el sabio egipcio Ptahotep a su hijo: «escucha incluso al necio, porque sólo aprende el que escucha»).

Y, hablando de escuchar, creo que tiene mucha razón Jorge Fandermole cuando nos dice que

«Forma de mis pensamientos,
sonar de una madre patria,
de la terrible conquista
ibérica y transatlántica
que me da el decir, me funda
con la primera palabra
hasta el adiós que suspire
cuando del mundo me vaya.

(…)

Y entienden mi canto en Lima,
en Santiago y en Caracas,
y todo el mundo lo entiende
desde México a Granada.
De Madrid a Buenos Aires
y de Rosario a La Habana,
si debo decir "te amo"
mi amor es en lengua hispana».

Y siento que tengo suerte de que, desde mucho más al norte del Río Grande hasta casi tocar la Cruz del Sur, pueda escuchar y entender a tantas gentes distintas, con tantos acentos distintos, de tantas razas distintas y con un idioma común para entender, vivir, amar y aprender.

«Cantando al sur del río Bravo
con entonación tan bella,
por la Cruz del Sur se ha dado
a volar hasta las estrellas,
y va dibujando el sueño
de Macondo a un Llano en llamas,
y habla el hidalgo manchego
con el Martín de la Pampa».

Y es por eso que —aunque aquí nos empeñemos en no saber cómo llamarle a esa forma de pensar, de amar y de entender la vida— a esto, por el mundo, le llaman español y es un vínculo que permite que la fraternidad humana se vea mucho más cercana cuando oyes pronunciar palabras como «hermana» o «amigo».

En español.

Nada cambia en la justicia española

Nada cambia en la justicia española

Hace tiempo que en España hemos empezado a sentir que, al menos en justicia, da igual qué partido esté en el gobierno. En el asunto de las hipotecas, por ejemplo, si el gobierno de un partido estableció los tribunales especiales hipotecarios para alejar la justicia de los afectados y que disminuyese el número de jueces con tentaciones de presentar demandas prejudiciales, cuando el gobierno cambió de color, los otros, mantuvieron ese cambio como si no pasase nada.

En España, en justicia, rige una extraña política de casino donde, gobierne quien gobierne, siempre gana la banca. Las hipotecas fueron en su día una bandera que ahora ningún gobernante parece querer tremolar; una bandera que la doctrina, siempre amable con la banca de nuestro Tribunal Supremo trata de arriar.

Y si en el ámbito de las hipotecas sucede esto, en el de la administración de justicia ocurre otro tanto: tanto la izquierda como la derecha aspiran a implantar oficinas judiciales con amplias competencias procesales que sean dóciles a las instrucciones de sus jefes del Ministerio de Justicia porque, de este modo, desde el gobierno se aumenta el control de la administración de justicia hasta en sus más mínimos detalles. Los partidos le llaman amor (eficiencia), pero no se equivoquen, en realidad solo se trata de sexo (control); los sucesivos gobiernos, de uno y otro color, han insistido siempre en los mismos instrumentos de control de un poder que debería ser independiente: tribunales de instancia y oficina judicial, un cocktail ponzoñoso que unos y otros han tratado, sin distinción ideológica, de administrar a nuestra justicia, desde Gallardón a Pilar Llop.

Y si en lo anterior gobierne quien gobierne siempre quieren lo mismo, ya no les digo nada con el turno de oficio: da igual el partido que gobierne todos pagan tarde, mal y poco

Que ganen unos o que ganen otros, al menos en justicia, no significa nada pues siempre ganan los mismos.

Sin embargo leo hoy con esperanza que en Colombia, un país flagelado por todo tipo de calamidades, ha habido un cambio de tendencia en las elecciones presidenciales que, por primera vez en la historia, ha sacado del poder a una clase política que hasta ahora siempre lo había ocupado y ha llevado hasta él a otra que sugiere la llegada de un tiempo nuevo, inaugural, de paz posible y reformas necesarias.

Me da igual el color del cambio, solo deseo que le vaya bien a Colombia y encuentren los consensos necesarios porque, a estas alturas de la historia, les era imposible seguir igual.

Tocaba cambio. Quizá en España, al menos en justicia, también haga falta pero…

¿Qué ocurre cuando ningún partido quiere un cambio de verdad en justicia?

Inmigrantes

Inmigrantes

Pienso en las principales hazañas geográficas de los españoles y compruebo que, al menos las más famosas, las llevaron a cabo inmigrantes.

Cristóbal Colón, un hombre de origen desconocido —pero que a nosotros nos llegó desde el Reino de Portugal— fue el impulsor del Descubrimiento de América y otro portugués, Magallanes, fue también el impulsor de la primera circunnavegación del mundo en cuya realización perdería la vida.

Si de victorias militares se trata no cabe duda de que, entre las más conocidas, se encuentran la de Lepanto («la más alta ocasión que vieron los siglos», en palabras de Cervantes) o las gloriosas campañas de los Tercios de Flandes inmortalizadas por Velázquez en el cuadro de «Las lanzas».

Pues bien, Don Juan de Austria, el jefe supremo de la Armada en Lepanto, era un extranjero nacido en Ratisbona hijo bastardo (se decía entonces) de otros dos extranjeros: Carlos de Habsburgo y Bárbara Blomberg.

En los tercios, sin duda, uno de sus mandos más conocidos es el Capitán General de Flandes durante la «Guerra de los ochenta años» Don Ambrosio de Spínola (Ambrogio Spinola Doria. Génova 1569) un italiano vero que fue inmortalizado por Velázquez con ocasión de «La Rendición de Breda».

Pero no sólo el bien, sino también el mal, nos ha llegado de manos de extranjeros como por ejemplo Felipe de Borbón (Versalles 1700) y Carlos de Habsburgo (Karl Von Habsburg. Viena 1685) que destrozaron la nación en una guerra civil que duró catorce años y en la que ambos se movían por el «patriótico» interés de sentarse en el trono de España. Los efectos de aquella guerra aún los sentimos hoy todos los españoles.

Y, seguramente, uno de los extranjeros que mejor captó el espíritu de los españoles —sobre todo de los políticos españoles— fue el Rey italiano Amadeo de Saboya, el único rey elegido por la representación popular de los españoles y el único rey que tuvo el valor y el buen juicio de declararse incompetente para resolver unos males de España que él mismo describió certeramente en su discurso de despedida:

«Si fuesen extranjeros los enemigos (…), entonces, al frente de estos soldados tan valientes como sufridos, sería el primero en combatirlos; pero todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra, agravan o perpetran los males de la Nación, son españoles…»

Amadeo I. Discurso de despedida.

El año que viene se conmemorará el 150 aniversario de la dimisión de este buen monarca, de la proclamación de la I República Española y de la Revolución Cantonal (Republicana y Federal) que arrasó mi ciudad.

Veremos cuál de estas tres efemérides conmemoran esos «españoles» de que hablaba Amadeo de Saboya.

La abogacía desnuda

Me escribe la pasada noche un amigo y me cuenta por whatsapp que, tras 22 años de ejercicio profesional, una compañera de despacho tira la toalla y abandona la abogacía para buscarse la vida en mejores campos.

Siento que una buena parte de la abogacía española vive al límite y que se defiende, con la espalda contra la pared, de las puñaladas que le van dando los sucesivos gobiernos. Abandonada por quienes deberían defenderla un cierto fatalismo se ha instalado en ella y flota en el ambiente.

Y vienen malos tiempos.

Los efectos de la crisis económica derivada de las medidas tomadas por USA y UE durante la pandemia son, para la abogacía, imprevisibles pero, en ningún caso, buenos; ocurre, sin embargo, que a estas alturas, muchos ya no estamos en condiciones de ser otra cosa que lo que somos o que, para una vida que tenemos, no queremos dedicarla a nada distinto de lo que hemos elegido.

Cuando baja la marea se sabe quién está nadando desnudo y la marea, desgraciadamente, está bajando y muchos podemos quedar con nuestras vergüenzas a la vista.

Quienes han ejercido este oficio en los 80-90 del siglo pasado están en condiciones de percibir la decadencia del mismo, cómo todos los grupos de presión interesados han ido deteriorando el mercado de servicios jurídicos y como la abogacía —y no digamos la procura— han sido sistemáticamente los chivos expiatorios que enviar al desierto, todo ello mientras sus respectivos representantes se cuelgan cruces y medallas en medio de siempre buenas y amables relaciones con los que mandan.

Pero no voy a amargarme el día, porque al igual que cuando baja la marea se sabe quien nada desnudo, también son famosos los versitos aquellos del Conde de Romanones…

—Al Conde de Romanones
le llega el agua
hasta las rodillas…

— Oiga, eso no rima.

—Espere usted a que suba la marea.

Y quizá algún día, antes temprano que tarde, subirá la marea y estaremos hasta donde hace tiempo deberíamos estar.

La democracia tortífera

La democracia tortífera

Esta tarde, mientras tomaba un café, me he quedado absorto pensando en nada y, como no puedo darle tregua a la mollera, han acudido a mi cabeza recuerdos infantiles, supongo que como consecuencia de una conversación mantenida ayer con unos amigos.

A mí de niño me interesaba la política lo cual, tratándose de la España de los 60-70, no deja de resultarme llamativo y, en mi pensamiento infantil, de entre todos los sistemas posibles la democracia me parecía que era el que tenía más sentido.

Según mi razonamiento de aquellos años la forma natural en que las personas resolvían los conflictos era a tortas y —en general— cuando de solucionar las cosas a tortas se trataba, solía ganar el bando más numeroso.

La democracia, en mi cabeza, no era más que una abstracción, un refinamiento, de la pura pelea a tortas, pero una pelea donde las tortas no eran necesarias. Bastaba con contar los partidarios de cada bando y, determinado que bando contaba con más integrantes, se procedía a declarar ganador a este pues, con toda probabilidad, puestos a darse tortas, el más numeroso sería con toda probabilidad el bando ganador.

Los tebeos de aventuras estropeaban un poco mi razonamiento sobre la democracia tortífera pues, en las peleas y combates de mis héroes, los menos siempre ganaban a los más; los menos solían ser gente honesta mientras que los más solían ser unos sujetos anónimos y despreciables; los menos, en fin, eran gente inteligente y los más una colección de botarates.

Claro que yo sabía que todo aquello no era más que literatura y que las peleas reales solían seguir otra lógica, de forma que mi pensamiento democrático tortífero persistió en mí bastante tiempo.

Sólo había una cosa que no me gustaba de la democracia y era que, en general, yo solía adherirme emocionalmente siempre al bando perdedor. Me gustaban más los indios que los vaqueros, el esclavo negro al blanco del látigo y prefería, sin duda, a Sandokan, Yáñez y Giro Batol a toda la escuadra inglesa.

Tras las guerras siempre había vencedores y vencidos y yo solía estar emocionalmente más cerca de los segundos que de los primeros y esto, naturalmente, me hacía dudar de las bondades de mi democracia tortífera: si las votaciones no eran más que una batalla sofisticada, al final también habría un bando ganador y uno perdedor y el mismo resquemor moral entre vencedores y vencidos que tras una ensalada de tortas y —pensaba yo— a veces incluso más, pues tenía por cierto que, tras una buena mano de tortas, había quien quedaba muy satisfecho con las dadas y las recibidas.

Pronto olvidé mis ideas sobre la democracia tortífera, crecí y todas mis ideas al respecto se diluyeron con el intenso debate político de la transición.

No obstante creo que nunca se borró de mi inconsciente aquella idea de que las batallas y las votaciones crean vencedores y vencidos y que tal resultado es indeseable, con o sin tortas de por medio; de forma que, en mi cabeza inmadura, se fue asentando la convicción de que, en verdad, la democracia no era un buen sistema si antes no venía precedida de una intensa deliberación, tan larga como fuese necesaria, hasta lograr alcanzar un acuerdo satisfactorio para todos, de forma que la tentación de recurrir a las tortas o a votar se evaporase. Si era preciso aplazar la votación había que aplazarla, pues pocas cosas había tan urgentes que no se pudiesen aplazar mientras que, bien definido un problema, tampoco existían posturas racionales absolutamente irreconciliables y respecto de las cuales no fuese posible un acuerdo aceptable para todos.

Cuando pensaba que mis ideas sobre la democracia tortífera estaban olvidadas, la vida me llevó a trabajar en la década de los 80 al lado de hombres y mujeres que creían en algo muy parecido a lo que yo pensaba antes de que la adolescencia me distrajese con asuntos más urgentes.

Hoy no queda ni rastro de aquellas cosas en que yo creía.

Los debates en las Cámaras políticas ya no son sino una pura formalidad previa a las votaciones; nadie trata en los debates de convencer al adversario ni, mucho menos, está dispuesto a dejarse convencer; quien goza de la mayoría la impone en el 99% de las ocasiones y si la mitad de la población se siente derrotada poco importa mientras que la otra mitad, la vencedora, sea la que les da los votos.

Es la calidad y profundidad del debate la que convierte a la democracia en un sistema admirable, no los votos.

Una democracia que se autotitula así porque las decisiones se toman votando, como en la que parecemos vivir ahora, en mi sentir no merece el nombre de democracia pues no pasa de ser, como yo pensaba de niño, una democracia puramente tortífera.

El sexo de dios

El sexo de dios

Cuenta el Génesis que Yahweh nos creó del barro y nos hizo a su imagen y semejanza. Sí, eso dice, y no me discutan diciendo que Yahweh creó a Eva de una costilla de Adán, porque entonces me obligarán a explicarles que el Génesis contiene dos relatos distintos de la creación y sí, en uno de ellos, habla de Adán y su costilla, pero en el relato fetén, en el pata negra, las cosas son muy distintas y hombre y mujer son creados al mismo tiempo.

«26 Y dijo Dios: Hagamos al hombre á nuestra imagen, conforme á nuestra semejanza; y señoree en los peces de la mar, y en las aves de los cielos, y en las bestias, y en toda la tierra, y en todo animal que anda arrastrando sobre la tierra.
27 Y crió Dios al hombre á su imagen, á imagen de Dios lo crió; varón y hembra los crió. »

(Génesis capítulo 1, versículos 26-27).

Por qué hay dos versiones distintas de la creación ya se lo contaré otro día, hoy me interesa centrarme en lo de «…a su imagen, a imagen de Dios los crió…».

Siempre he tenido la sensación de que esta frase debe leerse o entenderse al revés y que quienes han creado a los dioses a su imagen y semejanza han sido siempre los hombres y las mujeres y, si no me creen, sigan leyendo un ratito.

Está perfectamente documentado —y creo que se lo he contado alguna vez— que los primeros dioses, de forma general al menos de Mesopotamía al Mediterráneo, eran siempre mujeres.

Las excavaciones realizadas en Catal Huyuk revelan la omnipresencia de la diosa y uno, en su ignorancia, juzga normal tal creencia: si todos, hombres y animales, nacemos de una hembra ¿quién daría a luz el universo si no un principio femenino?.

En los primeros estadios de la civilización sumeria la jefa del panteón era la despendolada y verderona Innana, contrarrestada por la malaje de su hermana Ereshkigal.

Y sin embargo, con el avance de los milenios, las diosas mujeres creadoras y generativas fueron dejando paso a dioses guerreros y meteorológicos, bastante más útiles para pedirles lluvia o conquistar nuevas tierras para sembrar.

Sin embargo esa tendencia parece encontrar una deslumbrante excepción en la civilización minóica, una civilización admirable por muchas razones y esta es una.

En las obras de arte minóicas es muy fácil distinguir a los hombres de las mujeres porque a ellos se les pinta de color bronceado, cual si fueran indígenas amazónicos, mientras que ellas son pintadas de un blanco refulgente y es por eso que podemos observar en su arte una situación llamativamente igualitaria hombre-mujer.

En la foto de este post pueden observar como hombres y mujeres participan por igual en la taurocatapsia y, si un zagal anda dando volteretas por encima del morrillo del toro, una zagala aparenta agarrarlo de un pitón, pisando unos terrenos sensiblemente más peligrosos que los aires del zagal.

Esta situación igualitaria se confirma en cuanto sabemos de ellos y ellas, las mujeres minóicas lideraban el culto y su dios era una diosa, justo en un momento en el que el Mediterráneo oriental ya se había llenado de dioses.

¿Y por qué en Creta floreció esta maravillosa civilización aparentemente igualitaria, aparentemente pacífica (sus pinturas no reflejan jamás escenas de guerra, soldados o armas) y que sin embargo dominó el oriente del Mediterráneo bastantes siglos?

Y ahora que me doy cuenta se me ha ido el santo a Minos y he descarrilado y olvidado el objeto principal de este post que era el de hablarles de la «imagen y semejanza».

Bueno, quizá mañana, o quizá cualquier otro día. O quizá nunca. ¿Quién sabe?

Informática judicial española: caótica por diseño

Hace una semana les dije que una de las causas del caos informático de la administración de justicia española era la peculiar interpretación que, en los primeros años 90, el Tribunal Constitucional había hecho de la distribución de competencias que, en materia de justicia, establecía nuestra Constitución.

A fin de que sea comprensible para quienes no conocen el funcionamiento de la administración de justicia española voy a tratar de justificar mi afirmación de la manera más sencilla posible lo cual, necesariamente, hará que no sea rigurosa hasta el extremo, pero creo que será suficientemente ilustrativa.

Veamos…

Si a cualquiera de los españoles o españolas se les pregunta dónde está la justicia lo más probable es que señalen el edificio de los juzgados de su partido judicial. Y en parte es verdad, pero no del todo.

La justicia es uno de los tres poderes del estado, es el llamado poder judicial, pero nada o casi nada de lo que vulgarmente consideramos «justicia» es poder judicial sino que pertenece al gobierno.

Por ejemplo, el edificio de los juzgados no pertenece al poder judicial, sino al gobierno, del mismo modo que los funcionarios que trabajan dentro del juzgado no son funcionarios del poder judicial, sino del gobierno. Los jefes de estos funcionarios no son tampoco funcionarios del poder judicial sino que dependen del gobierno (sí, los letrados de la administración de justicia no son poder judicial sino poder ejecutivo) y del gobierno son también los muebles, ordenadores, sistemas informáticos y hasta el bolígrafo bic y los folios que el juez usa para tomar notas en sala. La silla donde se sienta y la pantalla que mira el juez son, por supuesto, también propiedad del poder ejecutivo.

Y si esto es así ¿Dónde está en España el Poder Judicial?

Pues… Única y exclusivamente dentro del cerebro del juez.

Este juez que no es jefe de los funcionarios que le asisten y no puede hacer nada por sí mismo salvo que lo pida al poder ejecutivo —al gobierno— es el último reducto del poder judicial, un reducto que desde hace unos 40 años viene siendo asediado por gobiernos que, sistemáticamente, le retiran competencias procesales para asignarlas a funcionarios del gobierno. Los gobiernos justifican este asedio con razones de «eficiencia» y de «mejor asignación de recursos» pero no se engañen, tras esa coartada, se oculta la voluntad perpetua y constante de los gobiernos de controlar al poder judicial.

Y ahora que ya saben cómo funciona la administración de justicia veamos como este funcionamiento ha dado lugar al caos informático que padece la justicia española.

Durante los años 80 nuestro país estaba adaptándose al novedoso estado de las autonomías que había diseñado la Constitución de 1978, la cual declaraba inequívocamente en su artículo 149.5⁰ que el estado tenía competencia exclusiva en materia de Administración de Justicia.

Teóricamente la Administración de Justicia era competencia exclusiva del estado y no podía ser transferida a las comunidades autónomas.

Entonces ¿qué pasó?

Pues pasó que las comunidades autónomas se aprovecharon de esa avidez tradicional de los gobiernos por controlar la administración de justicia. Como les dije antes ni los juzgados, ni los funcionarios, ni los Letrados de la Administración de Justicia, ni el mobiliario ni los sistemas informáticos eran propiedad del Poder Judicial sino del gobierno y las comunidades autónomas razonaron con ingenio que, si todo eso no era poder judicial sino poder ejecutivo, sus competencias debían ser transferidas a las comunidades autónomas.

El debate llegó hasta el Tribunal Constitucional.

El gobierno central sostenía que la administración de justicia existente era verdaderamente la administración de justicia de que hablaba la Constitución; las comunidades autónomas sostenían justo lo contrario, que aquello no era administración de justicia sino unos medios que el gobierno disponía para «auxiliar» a la administración de justicia.

Finalmente el Tribunal Constitucional resolvió que aquello era una administración de la administración de justicia y la competencia en materia de medios informáticos quedó en manos de las comunidades autónomas que tenían transferidas esta competencia.

Con las competencias transferidas las comunidades autónomas muy bien podían haber financiado un sistema informático común a todas de forma que todas contasen con el mismo sistema con un coste de tan solo una séptima parte.

Sin embargo nuestros políticos prefirieron otra solución: cada comunidad elaboró un sistema informático propio de forma que, el conjunto de España, gastó siete veces más dinero para conseguir no ya un sistema único sino siete sistemas distintos que, además, no se interconectaban bien.

Repitámoslo: hemos gastado más de siete veces el dinero necesario para conseguir no un sistema siete veces mejor, sino siete veces peor.

Nuestos políticos, en muchas encuestas, figuran como el primer problema al que hemos de hacer frente los españoles y, sin duda, si nos fijamos en barbaridades como estas, las encuestas tienen razón. Pero aquí a nadie se le cae la cara de vergüenza por este desastre que ha estado en la raíz de algunos crímenes terribles debido a su ineficiencia.

Por eso les dije en el podcast anterior que los más de 400 millones de euros que la Unión Europea ha concedido a España para reformas informáticas en nuestra administración de justicia serán tirados a la basura en gran parte, porque el diseño de nuestros sistemas informáticos presenta problemas insolubles de raíz, problemas que, al ser de naturaleza política, nadie quiere arreglar y es por eso que ya, de principio, los 400 millones se han repartido entre todas las administraciones causantes del desastre y, como el político español es el único animal que tropieza siete veces en la misma piedra, en lugar de arreglar un diseño defectuoso trataremos de hacerlo funcionar a base de parches y apaños que se venderán a la opinión pública con alharaca y estrépito de prodigios informáticos, hablando de algoritmos y de inteligencia artificial y de todas esas pamplinas y humo con que nuestros políticos tratan de engañarnos y engañarse.

Nuestros sistemas informáticos judiciales son catastróficos por diseño pero eso no importa cuando de gastar se trata, aun cuando hayamos de gastar siete veces más para obtener una solución siete veces peor.

La semana que viene les espero. Ojalá esta les vaya bien.

De todas partes un poco

De todas partes un poco

Los seres humanos manifestamos una perceptible inclinación hacia la «pureza» y es comprensible, percibir sabores puros (dulce, salado, amargo, umami…) es más sencillo que distinguir todos los complejos matices de un plato de alta cocina.

Sin embargo, los seres humanos somos mestizos, irremediablemente mestizos y en ese mestizaje está nuestra grandeza. Ocurre, sin embargo, que, a los imaginadores de identidades, siempre les han gustado más las identidades puras que las mestizas.

Fíjense, por ejemplo, en el caso de México. Las últimas pruebas de ADN realizadas entre la población mexicana demuestran que el 50% de sus genes son americanos mientras que algo más del 45% son europeos, el pequeño porcentaje restante corresponde a ADN de origen africano y, en mucha menor medida, a otros orígenes. Esta mezcla, curiosamente, se da incluso en las comunidades más aparentemente «indígenas» del país.

En España, recientemente, se ha descubierto que nuestro ADN por vía paterna es de origen indoeuropeo porque, en algún momento del pasado, este pueblo —cuyo idioma está en el origen de casi todas las lenguas europeas— llegó a la península y acabó con la población masculina autóctona mezclándose con la femenina.

No imagino a ningún español (aunque siempre hay una mata para un tiesto) reivindicando su pasado autóctono y tratando a esos malvados indoeuropeos como repugnantes invasores. Somos sus hijos, es la historia, no podemos ni debemos hacer nada a estas alturas.

Y si genéticamente todos los seres humanos somos mestizos, también lo somos culturalmente aunque, como en el caso de los sabores, seamos incapaces de distinguir la procedencia de cada uno de los millones de matices que componen nuestra cultura.

Hoy mientras contaba una anécdota de hace años he hablado del posible origen carthaginés del nombre de Barcelona. Ha sido una boutade.

Los rastros fenicios en la toponimia mediterránea (y recordemos que los carthagineses eran fenicios) son numerosísimos como lo son los rasgos culturales y religiosos. Me explico.

Los fenicios dieron al mundo una de las invenciones más admirables de la especie humana: el alfabeto. Mientras egipcios y mesopotámicos usaban complejos sistemas silabario-ideográficos los fenicios utilizaban un sistema sencillo de signos que representaban sonidos. El sistema era tan simple que incluso prescindían de escribir las vocales comprendiendo que la carga semántica de las palabras está en las consonantes y no en las vocales. Compruébenlo.

Si yo escribo «BRCLN» usted no tardará en entender que muy probablemente estoy refiriéndome a BaRCeLoNa; sin embargo, si escribo solo las vocales «AEOA», sospecho que usted jamás podrá estar seguro de lo que quiero decir. Es por eso que los fenicios decidieron escribir sin vocales y, a día de hoy, lenguas como el hebreo, el árabe y en general las lenguas semitas, siguen escribiendo sin vocales, aunque con el tiempo han ido incorporando signos especiales.

Esta incorporación se debe a que, cuando no conocemos el sonido de la palabra escrita, podemos entenderla pero no estamos seguros de como la pronunciamos lo que puede dar lugar a dudas; pongamos el ejemplo que me vino a la cabeza cuando pensé en Barcelona.

Al general carthaginés Amílcar le apodaban «Barca», según los textos que nos han llegado pero ello no es exactamente así. Un carthaginés sólo usaría consonantes que, transliteradas, serían «BRC». Pero ¿cómo suena BRC?.

Por los textos cananeos, fenicios, hebreos y arameos sabemos que «BRC» significa algo así como «rayo» pero en los textos antiguos encontramos esta secuencia BRC con muchas y diferentes pronunciaciones; así, por ejemplo, encontramos en la Biblia al profeta BaRuC, discípulo de Jeremías, pero BRC también se puede pronunciar BaRCa o puede dar lugar a un nombre famoso en los Estados Unidos actuales BaRaK (Obama). El alfabeto fenicio y su familia de alfabetos afines (hebreo, arameo, árabe…) era eficaz pero si las palabras no se pronunciaban podía olvidarse su significado y este es el caso del nombre de Dios cuyas consonantes conocemos perfectamente (YHWH) pero, al no pronunciarse su nombre, a día de hoy desconocemos cómo se pronuncia en realidad de forma que, poniendo las vocales de nuestra preferencia, lo mismo nos sale YaHWeH que YeHoWaH.

La falta de consonantes no sólo provoca dificultades de pronunciación sino que, a veces, genera ambigüedades. La secuencia MLK significa habitualmente «rey» y encontrarán numerosos ejemplos en la literatura antigua, por ejemplo en la Biblia en personajes como MeLKisedek, abiMeLeK, o en Fenicia con dioses como MeLKart, el cual, literalmente traducido, significa «el Rey» (MLK) «de la ciudad» (KRT). Sin embargo, al menos en torno al año 900AEC MLK (pronunciado MaLaK) significa también «caravana» de forma que si llega una MLK a Israel desde el Reino de Saba, tendremos dudas de si lo que llega es una caravan o una reina ¿me siguen?.

Estas ambigüedades las solucionaron los griegos utilizando como vocales las letras del alfabeto fenicio que no se usaban en griego y así, el alfabeto fenicio con unos cuantos retoques griegos pasó a ser el alfabeto sobre el que la mayor parte de la humanidad ha construido su cultura. Hebreos y árabes solucionaron las ambigüedades usando de pequeños signos que aclaran exactamentea pronunciación y fue así como los viejos judíos masoretas nos transmitieron los textos más cercanos al Antiguo Testamento que aún hoy usamos.

Pero los fenicios siguen aquí, si miras el nombre ze mi ciudad KRT HDST verás la secuencia KRT que significa ciudad y que ya vimos en MeLKaRT (el dios). HDST significa «nueva» y esa H de HaDaST es la que yo, por puro amor a mi ciudad y su historia, mantengo al escribir Carthago o Carthaginés.

La secuencia KRT la encontrarás en muchos lugares del Mediterráneo como también encontrarás la secuencia GDR (la «muralla», el «muro») que da nombre a la lugares como Gadir (Cádiz), Agadir, etc.

Los fenicios, los cananeos, viven entre nosotros y hasta el dios padre cananeo «El» sigue presente en los nombres que llevamos los españoles (MiguEl, RafaEl, GabriEl, Elias…) y las españolas (IsabEl, Elisa…). Ángeles, Leviathanes, infiernos y demás ideas cananeo-mesopotámicas siguen viviendo entre nosotros aunque somos incapaces de distinguirlas y es que son ya tan parte de nosotros que somos hijos de ellas.

Somos irremediablemente mestizos y si hubiésemos de señalar dónde está nuestra patria —la tierra de nuestros padres— probablemente habríamos de señalar a todas las partes del mundo.

Chorizos

Chorizos

España es tierra de chorizos y, ya sea a nivel estatal, autonómico o municipal, todas las tierras de España compiten con denuedo por ofrecer al mundo los chorizos más conspicuos.

A los viejos guardias civiles, en el equipo que se les daba para prestar servicio, además de la capa, el tricornio y el mosquetón Mauser, se les entregaban dos opúsculos con el título «Diccionario del caló de los maleantes».

En ellos aprendí que la «chori» o «el bardeo» era la navaja y que «chorar» era robar, palabra que viene del sánscrito (antecedente hindú del caló) «chor» que significa ladrón.

A mí que el chorizo traiga causa de su relación con la chori me parece evidente. Si lo que se bebe es bebedizo y el que se enamora es enamoradizo, lo que se corta con la «chori», sin duda, bien puede ser llamado chorizo.

La RAE no está de acuerdo conmigo. Para la RAE chorizo viene del latín «salsicium» (salado), palabra que nos dio «salchicha» y que nos llegó a través del portugués souriço.

No me creo nada.

Antes de que el pimentón nos llegase de América en España ya había chorizos y como no he visto que Mio Cid emplée la palabra chorizo yo, absolutamente errado, prefiero atenerme a su origen caló y navajero.

Es evidente que me equivoco; sin embargo, creo que hay algo en lo que muchos estamos de acuerdo y esto es en que falta pan.

En que, aún, falta mucho pan.