De bandos y banderas

Veo llenarse mi TL de banderas bicolores, tricolores y hasta crucíferas que conmemoran, cada una según la ideología del propietario de su muro, el aniversario de la proclamación de la II República Española.

A mí, si me lo permiten, les diré que todo este detalle de las banderas me importa poco. Me explicaré.

Nunca he comprado el jamón por la etiqueta ni el vino por la marca, sino por el sabor; del mismo modo que jamás he juzgado a las personas por sus vestidos o su nombre, sino por sus hechos.

España es una cosa y las múltiples banderas con que se la ha representado es otra y debo aclarar que ninguna de estas banderas me molesta y a todas guardo un profundo respeto.

La Cruz de Borgoña

La primera «bandera de España» a que me gustaría referirme es la que luce como elemento principal la llamada «Cruz de Borgoña». Esta bandera había sido usada tradicionalmente por la Casa de Borgoña a modo de distintivo, y con la llegada de Felipe «el Hermoso», casado con Juana «La Loca», arribó a la península a principios del siglo XVI. La Cruz de Borgoña o Aspa de Borgoña es una representación de la Cruz de San Andrés en la que los troncos que forman la cruz aparecen con sus nudos en los lugares donde se cortaron las ramas.

Esta es la bandera que se asocia naturalmente al imperio español y fue también la bandera que utilizaron los Tercios de Flandes. Si ustedes se acercan al Museo del Prado y contemplan el cuadro de «Las Lanzas», podrán saber cuáles son los soldados españoles porque estos llevan una bandera con la Cruz de Borgoña sobre un fondo ajedrezado azul celeste y blanco: la bandera del Tercio de Ambrosio de Spínola que, por razones que no alcanzo a comprender, aparece a menudo en la red como bandera del «Tercio Viejo de Cartagena», unidad que, hasta donde yo sé, sólo aparece en las novelas de Pérez Reverte.

Esta bandera de la Cruz de Borgoña es, probablemente, la que durante más años ha representado a España y aún lo sigue haciendo en numerosos lugares del mundo, singularmente en la América Hispana. Observen por ejemplo la fotografía anterior en donde podemos verla compartiendo lugar de honor junto con las banderas de Puerto Rico y los Estados Unidos.

Usualmente llamada «Spanish Military Flag» ondea sobre los fuertes de Puerto Rico y es usada también, por sólo citar un ejemplo, en la ceremonia del «Cañonazo de las Nueve» en los fuertes de La Habana.

Esta bandera, que jugó un papel protagonista durante buena parte de nuestra historia, es también parte de la historia de otros países; y no sólo de la América Hispana, sino también de los Estados Unidos. Con ella —o bajo ella— las tropas españolas apoyaron la causa de los colonos de los Estados Unidos en su guerra de independencia de Inglaterra.

Como consecuencia de la presencia española en América del Norte se admite generalmente que las banderas de algunos estados (Alabama, Florida…) fundan su diseño en la bandera española de la Cruz de Borgoña e incluso algunos otros —si bien con menos consenso— quieren ver en ella la inspiración de la Bandera del Ejército Confederado durante la Guerra de Secesión estadounidense.

No creo que, con lo que le he narrado hasta aquí, le parezca a usted «poco española» esta bandera bajo la que se construyó un imperio ni que, si es usted un español acendrado, le produjese urticaria si la viese en alguna camiseta deportiva. No lo creo ¿verdad?. Quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo ella eran tan españoles —o más— que usted. No le quepa la menor duda.

¿Por qué dejó de usarse como bandera de España? Bueno… la maldita política. Cuando llegaron los borbones a España sintieron que era una bandera demasiado austracista y, tras la Guerra de Sucesión, comenzaron la tarea de cambiarla por una bandera blanca (el blanco era el color de los borbones) con el escudo de armas del rey en medio. No lo lograron pero fue con esta bandera blanca con el escudo real en medio con la que un españolazo de Pasajes, Don Blas de Lezo Olavarrieta, infligió a los ingleses la derrota más humillante de su historia en los muros de Cartagena de Indias.

Luego vinieron las carlistadas… se asume tradicionalmente (aunque de forma eerónea) que los partidarios de Don Carlos usaron la Cruz de Borgoña como distintivo se sus tropas (cosa normal, usaban la bandera «de España») mientras que los partidarios de su sobrina, Isabel II, usaron más de la rojigualda que había ganado mucha popularidad a partir de 1808. Finalmente, en 1843, Isabel II instituyó la rojigualda como bandera oficial de España y desde entonces la vieja bandera española con la cruz de Borgoña quedó indisolublemente unida a la causa carlista, asimilación que aumentó con la guerra civil española 1936-1939, pues era la bandera oficial de la Comunión Tradicionalista y era la que habitualmente portaban los batallones de «requetés». Durante el franquismo nuestra vieja bandera imperial fue instituida como una de las banderas oficiales del régimen de Franco junto con las de España y la rojinegra de la Falange.

Pero insisto: ¿le parece a usted «poco española» esta bandera? ¿Cree que eran menos españoles que usted quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo ella?. Espero que no. Si algún día aparece en alguna zamarra deportiva espero que no le provoque a usted ansiedades o iras innecesarias la aparición de esta bandera que ha representado oficialmente a España durante tres siglos y medio (la actual apenas lleva siglo y medio) y aún la sigue representando oficiosamente en muchos lugares de América

La rojigualda

El actual diseño de la bandera de España es producto de un concurso organizado por Carlos III para dotar de una nueva enseña a la Armada Real. Dado que el blanco era el color de los borbones muchas naciones enarbolaban banderas blancas en el mar y no eran infrecuentes los equívocos que daban lugar a trágicas consecuencias.

Harto de esta situación Carlos III decidió encargar diseños de banderas que en la mar se distinguiesen perfectamente en la lejanía y los que resultaron finalistas fueron los que pueden ver en una de las imágenes que acompañan a este post: cualquiera de ellos podría ser la actual bandera de España.

Finalmente Carlos III eligió el primer diseño para la marina de guerra (aunque amplió al doble la franja central para compensar) y el tercer diseño para los barcos de la marina mercante. Las franjas horizontales eran visibles incluso en el caso de que la bandera flamease y los colores rojo y amarillo destacaban perfectamente sobre el azul del mar. El origen de la bandera actual de España, pues, nada tiene que ver con la bandera de la Corona de Aragón, aunque, ciertamente, sus colores son virtualmente idénticos.

Esta bandera ondeó primeramente en los barcos de la Armada, posteriormente en sus acuartelamientos e instalaciones de tierra, durante la Guerra de la Independencia fue muy popular entre los liberales y era la preferida por las unidades de la Milicia Nacional… en suma, esta bandera se asimiló a lo «liberal y progresista» mientras que la de la Cruz de Borgoña se asimiló a los valores conservadores y absolutistas propios del carlismo. Enfrentadas ambas concepciones en aquellas lamentables guerras civiles entre los partidarios del tío o de la sobrina finalmente se impuso la sobrina y la rojigualda frente a su tío y la Cruz de Borgoña. Cosas del destino.

Supongo que nadie me discutirá que el liberalote de Granátula Don Baldomero Espartero era tan español como el carlistón de Ormáiztegui Don Tomás de Zumalacárregui. Ellos mismos, si se definían como algo, era como españoles auténticos. No creo que nadie pueda afirmar que quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo la rojigualda sean o hayan sido menos españoles que quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo la de la Cruz de Borgoña.

El diseño para la Armada de Carlos III, con Isabel II, pasaría a ser bandera de España y, salvo durante la II República, ya no cambiaría jamás pues incluso la Primera República —y hasta los cantonales— usaron la rojigualda. Tan sólo el escudo ha variado, pero eso lo veremos otro día.

La bandera de la II República Española.

Los constituyentes de la II República Española estimaron que el diseño de la bandera de Carlos III olvidaba a una región «nervio de España» según sus propias palabras: Castilla. Es por eso que decidieron añadir a los dos colores «aragoneses» (ya sabemos que no es así en realidad) el morado «representativo» de Castilla, dando lugar a la bandera tricolor republicana. Bajo ella combatieron, trabajaron y vivieron hombres y mujeres tan españoles y españolas como usted y en muchos casos probablemente más que usted. No sé por qué produce irritación esta bandera de España ni por qué unos la exhiben para provocar el enfado de otros que tampoco entiendo bien por qué se enfadan. Permítanme que —obviando la guerra civil que enfrentó a españoles independientemente de la bandera bajo la que peleasen— les cuente una historia.

Agosto de 1944. Hitler había ordenado destruir París (¿Arde París?) a Von Choltitz, el jefe de la guarnición alemana, a la vista de que las tropas aliadas se aproximaban. Lo que no sabía es que Eisenhower, jefe supremo aliado, no quería tomar París: alimentar a ocho millones de habitantes era un problema que quería dejar en manos alemanas. Sin embargo, para De Gaulle, jefe de las fuerzas francesas, era cuestión de honor hacerlo y por eso ordenó al General Leclerc liberar a todo trance París quien, a su vez, ordenó a una de sus mejores unidades que lo hiciera. Y lo hicieron.

Los hombres de la 9ª compañía blindada del Regimiento de Marcha del Tchad, tras batirse el cobre con numerosas unidades alemanas en días anteriores, el 24 de agosto de 1944 irrumpieron en París a bordo de sus «half-tracks».

No sin sufrir bajas los blindados «Madrid», «Jarama», «Ebro», «Teruel», «Guernica», «Belchite», «Guadalajara», «Brunete» y «Don Quijote» alcanzaron el ayuntamiento de París. El primer blindado que llegó a la plaza del ayuntamiento de París fue el “Guadalajara”, con tripulación exclusivamente extremeña. Los primeros disparos que las fuerzas aliadas efectuaron se hicieron, efectivamente, desde el blindado “Ebro”, mandado por el capitán canario Campos y conducido por el catalán Bullosa. En las cercanías del Arco del Triunfo patrullaban Alfredo Piñero y Francisco Izquierdo, que se quedó mudo cuando una muchacha, tras los besos de rigor exclamó: «¡Eres el primer soldado francés al que beso!», a lo que éste contestó «somos rojos españoles, mademoiselle» y, en efecto, así era: ellos eran lo que quedaba del ejército republicano que había perdido la guerra cinco años antes.

La epopeya de estos hombres perseguidos en España por el régimen de Franco y perseguidos en toda Europa por el régimen nazi, pero que acabaron siendo quienes liberaron París, aún espera que alguien la narre como merece. Eran republicanos, peleaban bajo la bandera republicana y fue con esa bandera con la que entraron en París. Y eran españoles, tan españoles o más que usted y que yo.

Más de 70 años después de aquellos hechos el «Regimiento de Marcha del Tchad» sigue formando cada mes de agosto frente al ayuntamiento de París enarbolando la bandera de aquella 9ª Compañía Blindada de republicanos españoles. Puede verlo en la foto en la foto de abajo.

Sí, la bandera de la República Española aún ondea en actos oficiales y a mí me enorgullece —sí, me enorgullece— tanto como ver la Cruz de Borgoña ondeando en los fuertes de Puerto Rico o la rojigualda en las Cortes de España.

Y ahora si a usted le sigue pareciendo que quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo la bandera tricolor republicana eran peores españoles que usted y siente urticaria al ver esa bandera en una camiseta quizá tenga usted que revisar sus convicciones. O quizá es que yo carezca de sensibilidad para estas cosas.

Miren, con la Cruz de Borgoña, con la rojigualda, con la tricolor, este país se llama España y son españoles y españolas quienes viven en él independientemente de la bandera o etiqueta que luzca el país en cada momento. Dejemos de usar las banderas para formar banderías y asumamos nuestra historia y que, los responsables de la misma, somos los españoles. Cualquiera que sea la bandera.

Fondillón

Fondillón

Existen vinos marineros y de tierra adentro. Muchos pensarán que esta división la establecieron los ingleses en los siglos XVII y XVIII, pero lo cierto es que, si alguien es responsable de ella, fuimos los españoles en el siglo XV.

Las ordenanzas de la Flota de Indias eran taxativas en cuanto al consumo de los vinos se refiere: los primeros en ser consumidos debían ser los vinos jóvenes, en su mayoría blancos gallegos y los últimos los jereces pues, debido a su mayor graduación alcohólica y particular proceso de vinificación, eran los últimos en estropearse. Pero no sólo los jereces, pues se producían otros vinos en España muy capaces de soportar largas singladuras, como este del que estoy disfrutando hoy.

Cuando se habla de vinos españoles la mayor parte de la población piensa en la Rioja, en la Ribera del Duero o incluso en Jerez, pero, nadie o casi nadie, piensa en Alicante y, sin embargo, es en Alicante donde nace esta maravilla que saboreo hoy.

Este vino milagroso tiene un remoto origen jurídico en figuras como la enfiteúsis o el arrendamiento «a rabassa morta»; el contrato expiraba al morir las vides y por eso los agricultores cuidaban las cepas más viejas que, por su poca producción, eran recogidas familiarmente cuando acababa la vendimia de las cepas más productivas, de forma que las uvas venían cargadas de azúcares y, por lo tanto, rendían un vino de una muy alta graduación alcohólica.

Los agricultores, además, las pasificaban asoleándolas en el «safareig», tras lo cual el mosto fermentaba junto con el hollejo (es un vino tinto) y, si tras esto su calidad era excepcional, iba a parar a una barrica donde envejecía veinte o veinticinco años, aunque Fondillones (pues así se llama este vino) de más de 100 años son conocidos.

Pueden ustedes imaginar que, un vino de estas características era un vino marinero por naturaleza y fue por eso por lo que Magallanes, un genio portugués que Castilla fichó a la flota portuguesa, se cuidó muy mucho de que, al arranchar la flota que habría de dar la vuelta al mundo, hubiese abundante repuesto de Fondillón en las bodegas de los barcos… y el tiempo le dio la razón, pues cuando, tres años más tarde de su salida, la nao Victoria avistó la barra del Guadalquivir en Sanlúcar de Barrameda, aún quedaba Fondillón en sus bodegas.

Del Fondillón han escrito Dumas, Shakespeare y cuantos escritores de fuste y afición al morapio dieron aquellos siglos, y yo, hoy, como es el día de mi santo, voy a celebrarlo con este «jovencito» de treinta y tres años que me he gobernado para la ocasión. Podría bebérmelo sólo y no escribir ningún post pero ya saben ustedes que

«La vida es un vino amargo,
dulce en copas compartidas…»

Así que, aunque no puedan venir a probarlo conmigo —aún están a tiempo— al menos mantendremos la charla que, siempre, provoca un buen vino. Mucho más este.

Y Visca Alacant.

La infancia es felicidad, la adolescencia amor y el resto literatura

«La infancia es felicidad , la adolescencia amor y el resto literatura», leo que dice Luís Landero en una entrevista en El País, y pienso si no será por eso por lo que escribo tan a menudo de mi infancia.

Pero, como añade más adelante el maestro, «el pasado tiene mucho de invención, como en el amor, y a menudo muchas cosas que creemos haber vivido o nos las contaron, las hemos soñado o imaginado. El olvido borra y la imaginación escribe y ya se sabe que cuando la imaginación muerde y se hace carne ya no suelta su presa».

No sé cuánto de mi infancia se debe a la imaginación y cuánto al recuerdo. Lo que sí recuerdo perfectamente es aquella tarde en Madrid en que Luís y yo eramos felices fumando, bebiendo, hablando de literatura y jugando una variante Najdorf de la Defensa Siciliana.

Ya sabíamos que la vida iba en serio, pero aún nos podían las ganas de comernos el mundo.

Hay momentos que no los borra el olvido ni los reescribe la imaginación. Este es uno.

Yo seré el que estaré

Hay un viejo proverbio centroeuropeo que afirma que si el inglés es la lengua del comercio y el francés la del amor, el castellano —o el portugués— son la lengua de Dios. La primera vez que lo oí pensé que tenía sentido; sólo el castellano y el portugués distinguen los verbos ser y estar de forma que, cuando Dios habló a Moisés desde la zarza ardiente y dijo eso de «Yo soy el que es», no podríamos traducirlo con exactitud a ninguna lengua que no fuese el castellano o el portugués… «Yo soy el que está», «Yo soy el que es», «Yo estoy el que soy…». No, esa frase ha de decirse y entenderse en español o no decirse ni entenderse.

Mi sorpresa fue mayúscula al descubrir, al cabo de los años, que en hebreo —idioma en que supuestamente hablaron Dios y Moisés— no se distinguen tampoco el verbo ser y estar pero, lo que es máss sorprendente, el verbo ser NUNCA se conjuga en presente en hebreo de forma que no existe la expresión “Yo soy”.

Lo que Dios dijo desde la zarza y figur escrito en el original hebreo del Antiguo Testamento es más bien «Yo seré el que estaré».

Y es ahí cuando me acuerdo las delirantes explicaciones filosóficas que nos daba nuestro cura en clase de religión tratando de explicar esa frase.

Igual si hubiese estudiado hebreo hubiera podido ahorrarse todo aquel trabajo.

Quién sabe.

A veces pienso que, quizá, toda nuestra comprensión de la realidad esté viciada por un simple problema de traducción y que sea eso lo que nos impide entenderla. Quizá.

Ser joven es un trabajo de años

Ser joven es un trabajo que lleva tiempo; a veces años, muchos años.

La vida es tramposa y, no bien nacemos, ya empieza a conspirar para que vayamos envejeciendo. Cuando eres niño todo es nuevo, todo te asombra y cada día es una nueva aventura pero, para cuando aprendes a hablar, muchas cosas ya te son conocidas y, cuando llegan a la adolescencia, muchos jóvenes sedicentes no son más que unos viejos prematuros que creen estar de vuelta de todo sin haber ido a ningún sitio. Para cuando les llega el tiempo de casarse muchas personas ya no son sino cadáveres andantes.

La buena noticia es que, si dedicas el tiempo suficiente, te darás cuenta de que ignoras muchísimas más cosas de las que ignorabas cuando eras un niño; que el conocimiento que has ido adquiriendo es trivial, que lo interesante empieza ahora y que las mejores sorpresas que guarda la vida para ti empiezan a presentársete, si las buscas, justo ahora.

Hacen falta años de trabajo para ser joven y aún así no es tarea fácil.

Es por eso que, cuando oigo a algún líder político o a algún influencer hablar de “los jóvenes” o “la juventud”, sé positivamente que no saben de lo qué hablan.

Igual es que no tienen los años ni el carácter necesarios.

Esto no se aguanta más

Llevo demasiado tiempo en esto como para no saber cómo funcionan las cosas. Tengo el rostro de demasiados compañeros y compañeras grabado en la retina como para poder olvidarlo. Recuerdo muchos rostros, sí, pero, sobre todo, recuerdo el de un amigo, llamémosle Juan Antonio, con quien me encontré caminando un día por la Calle del Carmen camino de su despacho con la muerte ya pintada en la cara.

—¿Qué hay Juan Antonio? ¿Dónde vas?
—Al despacho un ratico, hay unos plazos que tengo que sacar…

Porque, en España, abogados y abogadas van a la fosa con los deberes hechos, mueren cumpliendo plazos y sin que ningún parlamento, juez, ni letrado de la administración de justicia, ni funcionario, ni ministro, ni el mismísimo Sursum Corda, les perdonen ni un sólo día hábil. Si está enfermo que trabaje, que se muera o que se aparte y deje a otro. Esas son las cartas que nos dan y con las que quieren que juguemos.

Si esa es la baraja va llegando el tiempo de romperla. Nuestra administración de justicia puede dilatar los procesos años por incuria, por dejadez, por falta de medios o por la inercia natural de los cuerpos inertes, pero si una letrada ha de dar a luz o un letrado ha de recibir quimioterapia o la extremaunción, más vale que vaya perdiendo su cliente y firmando venias mientras le dan el viático o le hacen la cesárea; los plazos en España, para la abogacía y la procura, no se detienen nunca.

Miren, si en un país la administración le pierde el respeto a la vida y a la muerte y no siente la menor empatía por quienes traen al mundo una vida o entregan la suya a la tierra, entonces es que no le tienen respeto a nada y, por lo mismo, nadie les tendrá respeto alguno.

Se ha puesto de moda considerar a abogados y abogadas cosas fungibles, cromos intercambiables, piezas indistinguibles y tal percepción, tan errónea como inicua, lleva a algunos operadores a dictar resoluciones que, ajustadas a derecho o no, repugnan al sentido común.

Llevo demasiado tiempo en esto como para no saber lo que ocurre y no tener que tocar de oído sino en primera persona. Conozco demasiado bien el problema de que hablo y me arden las vísceras que aún me quedan cada vez que a una letrada se le niegan unos pocos días para traer una vida al mundo o a un letrado unos pocos días para morirse en paz y sin plazos.

Tiene cojones que, cuando la vida nos emplaza, una administración ande todavía quitándonos vida.

La actual regulación de la conciliación familiar y profesional de la abogacía y la procura no se aguanta ni un segundo más si es que queda un átomo de vergüenza entre quienes nos gobiernan. En el Congreso de la Abogacía Independiente del año pasado se aprobó una propuesta de proposición de ley que recibieron la mayoría de los grupos parlamentarios (incluido el actual ministro personalmente) y con la que todos dijeron estar de acuerdo.

Ha pasado un año y seguimos esperando. Esto ya no se aguanta más.

Miedo

Miedo

Somos seres frágiles, la vida es un vidrio que se rompe en cualquier momento y no es fácil vivir con la preocupación constante de perderla. En estos tiempos de enfermedad el miedo crece y es difícil a veces conllevarlo, así que he pensado que, quizá, lo mejor sería tratar de observar lo que hacen para vencerlo unas personas que se enfrentan regularmente a él: los toreros.

De entre ellos, quizá, fue Juan Belmonte quien más y mejor nos habló del miedo a través de la pluma de Manuel Chaves Nogales.

«El día que se torea crece más la barba. Es el miedo. Sencillamente, el miedo. Durante las horas anteriores a la corrida se pasa tanto miedo, que todo el organismo está conmovido por una vibración intensísima, capaz de activar las funciones fisiológicas, hasta el punto de provocar esta anomalía que no sé si los médicos aceptarán, pero que todos los toreros han podido comprobar de manera terminante: los días de toros la barba crece más aprisa».

Y no, no se trata del miedo al público ni al fracaso, ni a ninguna de esas ridículas historias que se inventan los toreros para no tener que confesar la verdad; es, como decía el inolvidable Juncal, «miedo al de las patas negras, al que te levanta los pies del suelo».

Juan Belmonte, para sobreponerse, utilizaba una estrategia que quizá les resulte curiosa pero que les sugiero no tomen a broma demasiado rápidamente. Juan Belmonte hablaba con el miedo.

—¿Ya estás aquí otra vez? Mira, van a venir unos señores y no está bien que te vean por aquí, así que fuera, lárgate un rato…

Chaves Nogales lo cuenta así:

«Acurrucado todavía entre las sábanas, con el embozo subido hasta las cejas, el torero empieza su dramático diálogo con el miedo. Yo, al menos, entablo una vivísima polémica. No sé lo que harán los demás toreros. Al miedo yo le venzo o, al menos, le contengo a fuerza de dialéctica. Es un diálogo incoherente, como el de un loco con un ser sobrenatural».

Puede parecerles una locura pero es bueno llamar a las cosas por su nombre, sobre todo cuando llegan esas horas en que se acaban los engaños y hay que torear a cuerpo limpio. Puede ser un examen importante, una operación o la angustiosa espera de una noticia vital por un ser querido.

—Eso que tienes, Pepe —me digo a veces— se llama miedo. ¿Y qué ibas a tener? ¿Ibas a estar dando saltos de alegría? ¿qué otra cosa puedes sentir sino miedo? Si sintieses otra cosa estarías loco…

—Bueno, mira, chaval, hace tiempo que nos conocemos y sé quien eres; ya sé que eres habitual en estos casos pero apártate un momentito y deja de molestar.

Yo no sabía que Juan Belmonte se entendía así con el miedo pero hoy, releyendo a Chaves Nogales, he vuelto a recordarlo.

Juan Belmonte fue un hombre atípico con una vida llena de momentos singulares y se cuenta de él, entre otras cosas, que anunció que se iría de este mundo el día que no pudiera subirse a un caballo.

A punto de cumplir 70 años y tras de que algunos testigos cuenten que hubo de pedir ayuda para subir a su caballo, Juan Belmonte se suicidó de un disparo en su cortijo de Gómez Cardeña —entre Sevilla y Jerez— el 8 de abril de 1962. A pesar de ser un suicida, se le permitió ser enterrado en el Cementerio de San Fernando de Sevilla.

El «Pasmo de Triana» pasaba por ser el torero más valiente pero, gracias a Chaves Nogales, sabemos que tenía miedo… y mucho.

Pero le hablaba.

Benvinguts! Passeu, passeu…

Cuando Manuel Benítez «El Cordobés» ganó su primer dinero como matador de toros en los años 60 lo primero que hizo fue comprarse un jamón y no precisamente para comérselo. Para Manuel Benítez aquel jamón era algo más que una pata de gorrino, era un salvoconducto; de forma que, cuando llegaba a un hotel, colgaba el jamón en la ventana y su sola presencia le aseguraba que nunca más volvería a pasar hambre. La de Manuel Benítez es como la historia de Scarlett O’Hara en «Lo que el viento se llevó» (“Juro que nunca más volveré a pasar hambre”) pero a la española.

Los comics de mi infancia estaban dibujados en Barcelona y su universo post-autárquico resulta alucinante visto con la perspectiva de los años.

Creo que el recuerdo de Carpanta aún está vivo en muchos. Carpanta era un pobre para quien la felicidad tenía forma de bocadillo de jamón; el hombre pasaba mucha hambre y todas sus historietas eran una persecución eterna de algo con lo que manducar. No sé cómo la censura permitía aquello porque el pobre Carpanta, además de su cierta dosis de gracia, tenía un no pequeño componente de denuncia.

Otro ejemplo de la España de aquellos años era Doña Lío Portapartes, una casera que mantenía realquilados en su casa; realquilados a los que mantenía a estrictísima dieta de garbanzos. Doña Lío era una “patrona” (se les llamaba así) que proveía de techo y alimento a hombres que le pagaban por ello una cantidad fija. Ni que decir tiene que las “patronas” no eran proclives a gastar dinero en gollerías y algunas, como Doña Lío, a fin de mejorar sus ingresos, sometían a sus realquilados a una monótona dieta de legumbres tan baratas como alimenticias.

Para Carpanta o para aquellos realquilados de mis comics un pollo asado (pollo a L’ast, le llamaban ellos, supongo que por influencia barcelonesa) era la imagen de la felicidad: era el menú del cielo en día de fiesta.

Hoy, que no tenía tiempo para cocinar, me he comprado en un asador un cuarto de uno de esos pollos “a l’ast” por el que me han cobrado tres euros.

Cuando he llegado a casa y he sacado cuentas de que, por tres euros, hoy iba yo a comer como siempre soñaron comer Carpanta o los realquilados de Doña Lío, me he quedado pensativo. Es curioso que la felicidad de los héroes de mis comics de los 60 se compre a 3 euros cincuenta años después.

Benvinguts! Passeu, passeu…

Hay que escribir

Hay que escribir. Del mismo modo que hay que andar, comer o domir, hay que escribir. Aunque cueste; aunque duela. Los seres humanos no somos sino el recuerdo que guardamos de nosotros mismos, del niño, del adolescente o del joven que fuimos y ya nunca más volveremos a ser. Somos lo que pensamos que somos.

A veces me pregunto «¿quién eres?» y me respondo: «soy Pepe»; y me lo respondo porque me acuerdo, porque me sé la respuesta y por eso me inquieta pensar en que quizá un día, como tantos otros, pudiera no recordarla. Por eso escribo cosas, no para que me leas, sino para leerme yo, para sentirme vivo al escribir y para sentirme vivo al leerme; para recordar quién soy si algún día dudo.

Por eso, si quieres sentirte, escucharte y conocerte, hazme caso y escribe. Hay que escribir. Del mismo modo que hay que andar, comer o dormir.

Gambito de Damas

Gambito de Damas

La serie «Gambito de Dama» ha puesto de moda el ajedrez y el papel de las mujeres en este juego. Mucha tela que cortar para una sola serie y para un solo post.

La abrumadora presencia masculina y la casi inexistente femenina en los torneos de ajedrez de los siglos XIX y XX alimentó teorías pseudocientíficas sobre la teórica superioridad masculina en este juego. Particularmente delirantes resultaron las teorías psicoanalíticas de corte freudiano que sostenían que, como el rey de ajedrez era, al propio tiempo, símbolo del padre y del propio falo, solo los hombres jugaban bien al ajedrez dado su innato deseo de “matar al padre” derivado del Complejo de Edipo. Personas bastante normalitas como el Campeón del Mundo Wilhem Steinitz, debido a su tendencia a jugar con su rey en posiciones expuestas, acabó recibiendo la poco gratificante etiqueta de “exhibicionista”.

La consecuencia de todo esto fue algo que aún perdura y que a mí, personalmente, me irrita: la existencia de torneos femeninos de ajedrez.

Una de las jugadoras en que se inspira Gambito de Dama es la prodigiosa Judith Polgar, la jugadora con mayor rating de la historia. Judith fue una niña prodigio que, junto con sus hermananas Zsusza y Sofía recibieron una educación especial —no fueron al colegio— por parte de su padre el profesor Laszlo Polgar, que hubo de conseguir para ello una autorización del régimen comunista que entonces gobernaba su país. Las tres hermanas son, entre otras cosas, fortísimas jugadoras de ajedrez, dedicándose Judith profesionalmente a él hasta hace poco tiempo en que anunció su retirada. Judith jamás aceptó jugar torneos femeninos y, en un ambiente hipermasculino, rompió con la exclusividad de los hombres. Si no has visto ninguna partida de ella hazlo: espectacular y agresiva sus partidas son siempre dignas de ser reproducidas y muchos campeones mundiales cayeron en las garras de la genial Judith. Su vida no es una serie, es pura realidad.

Quizá la situación de la mujer en el ajedrez y en el mundo la ilustra perfectamente el campeonato del mundo que se celebró en Irán en 2017 donde se condicionó la participación de las jugadoras a tener que llevar el hiyab.

No jugar este campeonato puede arruinar la carrera de una profesional pero actitudes como la de la Campeona de los USA Nazí Paikidze o de la Campeona y Subcampeona del Mundo (y firme candidata al triunfo ese año) la ucrania Mariya Muzychuk (ambas abajo en las fotografías 2 y 3), que se negaron a jugar, devuelven la fe en el género humano.