Mediación

Hoy es el día internacional de la mediación y la Asociación de Mediadores de la Región de Murcia me ha pedido que intervenga en el acto conmemorativo que se celebrará esta tarde a las 18:00 en los salones del Ayuntamiento de Torre-Pacheco, de forma que, esta mañana, ando pensando lo que les contaré. Suelo improvisar mis intervenciones pero, para hacerlo, antes debo acopiar una buena colección de ideas que luego usaré o no, discrecionalmente, porque, como dicen que dijo Mark Twain: lleva varias semanas preparar un buen discurso improvisado.

Dándole algunas vueltas al asunto me ha venido a la cabeza esta mañana que hace unos 4.300 años que las leyes regulan la vida de las personas (si tomamos como fecha inicial la del gobierno de Urukagina de Lagash en Sumeria) pero que esos 4.300 años no representan más que un pequeñísimo fragmento (apenas el 1,4%) de los 300.000 años de historia de la especie humana1, una historia exitosa de convivencia, cooperación, vida en común y trabajo en equipo. Homo sapiens —el zoon politikon de Aristóteles— si es algo, es, antes que nada, un animal social que comparte y coopera y, quizá hoy, en el día mundial de la mediación, debiéramos preguntarnos cómo este animal político ha conseguido resolver sus conflictos durante esos 300.000 años de historia en que vivió sin leyes ni jueces.

Conviene que descartemos en primer lugar la violencia pura y simple como método de resolución de conflictos —no infravaloren a nuestra especie— pues la violencia, tendremos ocasión de verlo, no es el sistema que emplea la naturaleza para promover la cooperación. De hecho, la especie humana, tiene una curiosa aversión a los machos alfa: a diferencia de otras especie de simios la especie humana ha desterrado de su ADN la predisposición a tal jerarquía social, no hay «machos alfa» en la espacie humana, a sapiens nunca le han gustado los abusones y sus conflictos siempre ha procurado resolverlos por medios distintos de la violencia.

En segundo lugar, en esta larga biografía de 300.000 años debemos descartar también a la administración de justicia como el método de resolución de conflictos usado por sapiens. No fue sino hasta la revolución neolítica, con la aparición de la agricultura, que aparecieron también las primeras civilizaciones y, con ellas, las organizaciones sociales necesarias para instaurar un sistema de leyes que regularan la vida de las personas junto con un cuerpo de jueces que distinguiesen lo justo de lo injusto.

¿Cómo resolvió sapiens sus conflictos durante esos 296.000 años que vivió sin jueces? ¿Resolvía sus conflictos peor que ahora o la armonía en que vivían tribus y clanes era de una calidad similar a la de la sociedad actual? ¿Qué herramientas, mecanismos o sistemas, ha usado sapiens estos 296.000 años para conseguir armonía y eficacia cooperativa en sus grupos?

Todas esas preguntas, que deberían ser objeto de estudio si existiesen unos verdaderos estudios sobre «Derecho Natural» en España, han tratado de ser respondidas desde las más diversas ramas de la ciencia; desde la antropología, a la biología pero, si algunas ciencias han rendido especiales servicios a esta investigación, estas son, en mi sentir, las matemáticas —singularmente la teoría de juegos— junto con las ciencias que estudian los procesos evolutivos.

Llama mi atención que, mientras que en el resto del mundo se hace un esfuerzo importantísimo para conocer los fundamentos biológicos o evolutivos de lo que llamamos «justicia», en España sigamos repitiendo la misma cancamusa de siempre.

Para entender la justicia prefiero unas líneas de Robert Axelrod o Frans de Waal que sesudos volúmenes de los filósofos de siempre —espero que se me disculpe esta afirmación «performática»— y, por lo mismo, prefiero aproximarme a la justicia y a la resolución de conflictos usando del método científico antes que de la especulación.

Hemos dicho que la historia de convivencia y cooperación de sapiens se ciñe a los últimos trescientos mil años; pero no podemos olvidar que sapiens no es más que una especie del género homo, un género también caracterizado por la vida en sociedad y la cooperación (piensen si no en homo neanderthalensis y en su humana forma de vida) que remonta nuestro pasado hasta más allá de dos millones y medio de años hacia el pasado; dos millones y medio de años en los que homo vivió en sociedad y usó de mecanismos de resolución de conflictos que, siendo exitosos tal y como la propia historia acredita, no parecen atraer a día de hoy la atención de los científicos patrios.

En realidad, tanto sapiens como homo, no son más que una especie y un género de la gran familia de los hominidos, una ingente colección de formas vivientes todas ellas expertas en la cooperación y en la solución de conflictos grupales. Es sobre los hombros de todos estos antepasados sobre los que se levanta nuestra justicia y nuestros métodos, no tan alternativos, de resolución de conflictos y entre ellos, singularmente, la mediación.

No debo extenderme más en este punto ni creo que sea preciso insistir sobre la particular forma de ceguera que se deriva de considerar a la administración de justicia como la única herramienta válida para solucionar los conflictos humanos, pero no debo dejar de advertir sobre la particular sordera que muestran, sobre todo los poderes públicos, cuando se niegan a dotar de medios a la forma más moderna, refinada y eficaz que sapiens ha descubierto para resolver sus problemas: la administración de justicia.

Viendo el proyecto de presupuestos generales de este año observo cómo la Justicia sigue padeciendo de una absoluta falta de medios y de dotaciones presupuestarias mientras se trata de presentar a la mediación a guisa de cimbel como la solución a estas carencias. Por otro lado, observamos cómo la mediación tampoco cuenta con dotaciones presupuestarias y se la usa, más como un expediente útil para no destinar medios a justicia que con una sincera confianza de los poderes públicos en sus posibilidades.

La política presupuestaria del gobierno parece que nos quiera llevar de las «diligencias para mejor proveer» de la vieja Ley de Enjuiciamiento Civil a una «mediación para mejor dilatar» que disimule la lentitud y falta de medios en que vive y trabaja la Administración de Justicia Española; política presupuestaria esta que aniquila no sólo las capacidades de nuestra Justicia, sino que hace saltar por los aires cualquier esperanza de que la mediación pueda instaurarse como una herramienta útil en la resolución de conflictos.

Estas ideas rondan mi cabeza esta mañana, esta tarde ya veremos qué cuento a los mediadores, aunque sé que algunas de estas ideas estarán en mi intervención junto con otras sobre las que he escrito antes y los apuntes de algunas otras más sobre las que siento que debo investigar más. La forma en la que los seres humanos y los animales sociales resuelven los conflictos que nacen de la cooperación es un campo extremadamente fértil en el que, por desgracia, en España no parecemos estar interesados en sembrar y, mientras esto sea así, no hace falta ser profeta para saber lo que se cosechará: nada.


  1. Los restos más antiguos de Homo sapiens se encuentran en Marruecos, con 315 000 años. Las evidencias más antiguas de comportamiento moderno son las de Pinnacle Point (Sudáfrica), con 165 000 años. Nuestra especie homo sapiens pertenece al género homo, que fue más diversificado y, durante el último millón y medio de años, incluía otras especies ya extintas. Desde la extinción del homo neanderthalensis, hace 28 000 años, y del homo floresiensis hace 12 000 años (debatible), el homo sapiens es la única especie conocida del género Homo que aún perdura. ↩︎

La revolución de Urukagina

Los libros de historia del derecho en que solemos estudiar los juristas suelen despachar rápidamente el derecho de Mesopotamia con un par de alusiones a Hammurabbi y su código; con eso y poco más dan el asunto por resuelto. No sabemos lo que nos perdemos. Nos perdemos, nada menos, que el momento inaugural de la civilización humana.

Los sumerios fueron los primeros en todo porque la historia empieza con ellos, ellos inventaron la escritura y ellos, gracias a millones de tablillas de barro, nos legaron un sorprendente cúmulo de conocimientos que, el olvido de su lengua y la superior atracción que parece haber ejercido el mundo egipcio sobre nuestra civilización, han hecho que no la hayamos aprovechado debidamente.

Nuestra civilización se siente heredera de Grecia pero los griegos no fueron sino aventajados alumnos de los sabios de aquella tierra que se encontraba entre dos ríos: Mesopotamia. Hoy sabemos, gracias a recientes traducciones de tablillas en escritura cuneiforme, que el teorema de Pitágoras no era de él, sino de los matemáticos mesopotámicos y que fue en Mesopotamia donde lo aprendió el sabio de Samos; que Euclides y sus «Fundamentos» son deudores de los mismos sabios y que, en general, toda nuestra civilización, de la religión al derecho, hunde sus raíces en lo que aquellos hombres inventaron y dejaron escrito para los siglos venideros. No necesito recordar que aún hoy nuestras horas tienen sesenta minutos y estos sesenta segundos a su vez porque así es como contaban en Mesopotamia. No necesito recordar tampoco que las primeras observaciones astronómicas son debidas a ellos ni que, incluso los mitos que contiene la Biblia en el Antiguo Testamento, son en buena parte tomados de los mitos de las religiones mesopotámicas.

Sin embargo hoy quiero hablar de derecho, política y Mesopotamia o —para ser más exactos— de Sumeria. Los habitantes de la tierra situada entre los ríos Tigris y Eúfrates llamaban a esta tierra la «Tierra de los Grandes Dioses» (Ki-En-Gir), no fueron sino los griegos quienes la bautizaron como Mesopotamia (Meso- «enmedio» -potamos ríos), y es sobre esta tierra «de los grandes dioses» o «entre los ríos», sobre la que se desarrollaron civilizaciones y culturas distintas y sucesivas: sumerios, acadios, babilonios… Culturas distintas y lenguas distintas pero todas con un mismo sistema de escritura: el cuneiforme, gracias al cual hoy podemos saber quiénes fueron y qué hicieron estos hombres que inauguraron la historia de todo el género humano.

Quizá si nuestros conocimientos de escritura cuneiforme no se hubiesen perdido la historia de la humanidad hubiese podido ser otra, pues no fue sino hasta 1857 que los trabajos de Henry Rawlison, Edward Hincks, Julius Oppert y William Henry Fox Talbot se reconocieron y se comenzó a tener por descifrado el «persa antiguo». Para esa época nuestra cultura mediterránea llevaba 19 siglos leyendo obras en griego clásico y en latín, todo el caudal de cultura sumeria, acadia o babilonia apenas si empezaba a emerger.

Se dice que los griegos inventaron la política y que su primera forma de gobierno fue la monarquía, un sistema en el que gobierna un solo líder pero que, pronto, comienza a no poder ejercer un poder omnímodo pues, sobre todo en tiempo de guerra, precisa de la ayuda de notables cuando no del apoyo de cualquier persona capaz de empuñar armas, apareciendo así asambleas. A la monarquía, decían, solía sucederle una oligarquía; es decir, el gobierno de unos pocos. Los abusos de esta oligarquía solían exasperar a su vez al pueblo que, llevado al límite, se rebelaba y buscaba un jefe que colocar al frente del gobierno desbancando a la oligarquía establecida y, a este tercer régimen, le llamaron «tiranía»; si bien es cierto que tal palabra no tenía para ellos el sentido peyorativo que ahora tiene, pues su traducción más exacta sería «jefe» o «patrón».

Todas estas formas de gobierno fueron conocidas por los sumerios y todas estas formas de degeneración de los sistemas de gobiernos fueron por ellos experimentadas y es de uno de estos «patrones» o «jefes» de quien me gustaría hablarles: Urukagina de Lagash, el primer legislador conocido.

Urukagina accedió al poder con toda probabilidad como «jefe» o «patrón» de una revuelta del pueblo exasperado y sus medidas legislativas dejan muy claro cuáles eran sus objetivos al llegar al cargo de sumo regidor de la ciudad-estado de Lagash, en Sumeria. Corría el año 2.380 antes de nuestra era.

Urukagina trató de reducir las diferencias entre las clases sociales, disminuyó los impuestos, trató de anular prerrogativas que se habían atribuido el monarca y su familia, redujo los abusos por parte de los funcionarios, prohibió la explotación de las capas sociales inferiores, condonó deudas, combatió la corrupción y expidió el primer código legal registrado por la historia. Aunque aún no se conoce su texto, se sabe por referencias y citas encontradas, que el Código de Urukagina concedía exención de impuestos a los huérfanos y viudas; obligaba a la ciudad a pagar los gastos de los funerales; decretaba que los ricos debían pagar con plata sus compras a los pobres y prohibía obligarlos a vender.

Fue durante el gobierno de Urukagina de Lagash que se dio libertad a un gran número de esclavos y es en uno de los documentos redactados para certificar uno de aquellos hechos donde, por primera vez en la historia de la humanidad, aparece escrito el concepto, la palabra, «Libertad» (Ama-Gi, véase la ilustración que encabeza el post). Bastaría con esto para que el recuerdo de Urukagina fuese imborrable; su política de defensa de los desfavorecidos podría ser un estímulo para gobernantes pero su fama se vio empañada por… las mujeres y la moral.

A pesar de que protegió a viudas y pobres Urukagina al parecer cometió el grave error de prohibir la poliandría. Sí, en aquella época las mujeres de Lagash parece que podían casarse con varios hombres sin problema, cosa que, al parecer, no le parecía bien a Urukagina. Sus leyes prohibiendo la poliandria han dado lugar a que, desde ópticas actuales, se considere a Urukagina el primer represor de los derechos de la mujer (no se tiene noticia de que hiciese lo mismo con los hombres) y que su figura, lejos de ser aplaudida, esté puesta en cuarentena.

No tengo nada que decir en este punto salvo que son ustedes quienes tienen la última palabra en este caso: ¿fue Urukagina un defensor de los desfavorecidos, un opresor de la mujer o ambas cosas al mismo tiempo? ¿Qué opinión les merecen las reformas de Urukagina?

Me encantará leer sus opiniones, porque, al final, cada uno puede sostener su propia opinión sobre Urukagina y eso no es más que una consecuencia directa de un concepto que los sumerios legaron al mundo durante su gobierno: Ama-Gi («Libertad»).

Traduttore traditore: ¿Qué enseñaba Jesús?

Los textos sagrados me resultan irresistiblemente atractivos, sean de la religión que sean; la capacidad que tienen las historias en ellos escritas para condicionar o programar las vidas de las personas me resulta fascinante, muy «informacional» si ustedes me permiten la expresión.

De entre todos los textos sagrados hay que reconocer que la Torá ocupa un lugar preeminente y, antes de seguir adelante, permítanme dejar bien aclarado que la Torá es el nombre que dan los judíos a los cinco primeros libros del Antiguo Testamento cristiano; es decir, el llamado Pentatéuco, compuesto de los siguientes libros en su denominación cristiana: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Déjenme aclarar también —y prometo no molestarles más con estas «peliquitencias»— que la Torá no es lo mismo que el Talmud (obra que recoge principalmente las discusiones rabínicas sobre leyes judías, tradiciones, costumbres, narraciones y dichos, parábolas, historias y leyendas) ni que la Tanaj, que es la versión hebrea de la Biblia completa.

La Torá, decía, ocupa un lugar preeminente entre los libros sagrados pues es sagrada no sólo para los judíos, sino también para cristianos y musulmanes; un fenómeno ciertamente curioso. El número de fieles con los que cuentan estas religiones fundadas en la Torá más que cuadruplican a las dos creencias más numerosas después de ellas: el de las personas sin religión (1.100 millones) y el hinduísmo (1.050 millones); hecho este verdaderamente llamativo.

Las religiones «Abrahámicas» (que así se llaman las religiones fundadas en la Torá), sin embargo, divergen a partir de un personaje muy concreto: Jesucristo. Un profeta reverenciado por unos, un simple hombre honesto para otros y el Hijo de Dios y Dios mismo para los otros. La unidad de las religiones Abrahámicas se quiebra con Jesucristo y, la verdad, no sería malo saber qué es lo que este hombre enseñaba que le separó (o a lo mejor no) de los judíos. Sus enseñanzas se recogen, para quienes creen que él es el Hijo de Dios y Dios mismo, en cuatro libros principales llamados los evangelios, textos que, obviamente no estaban escritos en lenguas actuales sino en idiomas de los cuales se les hubo de traducir,ya fuera para traducirlos ya fuera para escribirlos pues es lo cierto que las historias de que nos hablan sucedieron principalmente en arameo y en hebreo, dos lenguas semíticas muy emparentadas con el idioma fenicio que hablaban los cartagineses que dieron nombre a mi ciudad.

Las traducciones que se hicieron de los evangelios de estos idiomas al griego y al latín no siempre fueron buenas sino que, al parecer, fueron bastante toscas y a menudo realizadas por personas que no conocían la realidad religiosa judía, de forma que les resultaba imposible captar en todo su sentido episodios donde fariseos o saduceos dejaban sentir su presencia, de forma que traducir esos pasajes dándoles su sentido exacto les resultaba imposible; tanto que, a veces, el sentido final del texto evangélico parece claramente contrario al sentido original del pasaje.

Esta Navidad ha caído en mis manos (me lo he regalado) un texto del judío caraíta Nehemiah Gordon. El libro se titula «El Yeshúa judío frente al Yeshúa griego» y confronta las muy distintas imágenes de Jesús (Yeshúa) que nos da un mismo evangelio y específicamente sobre un texto concreto: Mateo 23:1-3.

Tradicionalmente se ha considerado que el Evangelio de Mateo se escribió en griego; sin embargo, la existencia de una versión en hebreo del mismo conservada gracias a un judío sefardí español de la época de la persecución, ha permitido a Nehemiah Gordon confrontar ambas versiones y explicarlas con pleno conocimiento de las creencias rabínicas ortodoxas (descendientes directas de las escuelas fariseas) para llegar a conclusiones verdaderamente sorprendentes.

No les voy a hacer un «spoiler» ni les voy a contar cuál es el mensaje de Yeshúa en cada una de estas versiones del mismo evangelio, sólo diré que, pequeños matices literarios y de contexto, dotan al texto de un significado distinto del de la versión oficial y ciertamente más coherente con la historial general que relatan los evangelios.

Ya, ya sé que me dirán que esto de las malas traducciones de la Biblia o de los Evangelios es cosa conocida y que incluso dogmas de fe como la virginidad de María pudiera estar fundada sobre uno de ellos, lo sé; sin embargo este libro de Nehemiah Gordon rezuma conocimiento del contexto, algo que echo en falta en muchos de los otros libros que he leído sobre las traducciones de las escrituras y esto lo ha hecho para mí especialmente atractivo y provechoso.

Otro día hablaremos de las religiones como estrategia biológica para fomentar la cooperación, hoy, simplemente, me queda el buen sabor de boca que dejan los buenos libros.

El Buen Gusto

Hubo un tiempo —creo que hará unos cien años— en que los comerciantes españoles gustaban de llamar a las cosas por su nombre y así, si habían de fundar una compañía de seguros de incendios para hacer resurgir los bienes siniestrados de sus cenizas, la llamaban muy gráficamente «El Fénix»; o si habían de fundar una compañía que asegurase el entierro de las personas, pues la bautizaban como «El Ocaso» o «Finisterre»; que había que fabricar una colonia para niños y el empresario era Cántabro, pues se le ponía «Nenuco»; y si, por sólo poner un ejemplo más, se había de bautizar un negocio de panadería pues con ponerle «La Espiga Dorada» la cosa iba sobre ruedas.

Pasaron los años y aquella vocación de llamar a las cosas por su nombre se perdió; las empresas empezaron a formar acrónimos carpetovetónicos del tipo «Ferymar» o «Maryper» cuyo origen usted intuirá de inmediato. En tiempos más recientes un ridículo pudor al castellano hace que nuestros establecimientos comerciales se llamen «Kentucky Panoli’s Bar» si es que vamos a comer pollos fritos o «Starfucks» si de beber café se trata. No es de extrañar, ahora los bares de madrugada se llaman «after hours», a tomarse una cerveza con compañeros se le llama «hacer networking» y a reunirte para hablar un poco sobre un tema le llamamos «briefing» y oye, nos quedamos tan ternes.

Hay a quien le cuesta trabajo llamar a las cosas por su nombre, quien prefiere ser copia de una mala copia antes que tratar de ser original y a quien le gusta la positura más que a un yogui las asanas. Es cuestión de gusto, de mal gusto, si me lo permiten.

Lo que es cuestión de buen gusto es abrir una confitería y llamarla justo así: «El Buen Gusto», nombre, como diría Cervantes, claro y significante y tan apropiado al negocio que pueden encontrar ustedes una confitería con el nombre de «El Buen Gusto» tanto en Huelva (Calle Doctor Cantero Cuadrado Torre), como en Vigo (Elduayen 23) y sobre todo en Castellón, donde estuvo y no sé si aún está en la calle Gasset de la capital de la Plana.

Aquellas empresas no necesitaban confeccionar documentos de esos de «misión», «visión» y demás zarandajas: lo escribían en el rótulo de su comercio y desde ahí lo dejaban claro.

Hoy he recibido dulce de membrillo con nueces confeccionado de forma artesanal y no he podido sino recordar aquellos tiempos en que las cosas tenían un nombre claro y significativo, no he podido, ustedes lo entenderán, sino acordarme de El Buen Gusto.

Muchas gracias compañera, te estaré agradecido siempre.

Viejos gruñones

Ellos han visto cosas que no creeríais… han visto pagar sobornos de forma generalizada a los funcionarios de la administración de justicia para que hiciesen su trabajo… («astillas»* las llamaban); ellos han realizado juicios sin juez** y han conocido lugares de los cuales tú, joven abogado, quizá no has oído ni hablar: Audiencias Territoriales y Juzgados de Distrito. Ellos han redactado escritos inimaginables: pliegos de posiciones, interrogatorios de repreguntas y réplicas y dúplicas en el seno de procesos (juicios de cognición, mayor y menor cuantía) que, para ti, forman parte de la historia del derecho pero para ellos fueron el campo de batalla donde se ganaron honradamente su vida y la de sus hijos.

Ellos —sí, ellos— tuvieron la generosidad necesaria para trabajar gratis en el turno de oficio pero también el coraje y la dignidad precisas para ponerse en huelga y conseguir que la retribución de los abogados alcanzase unos mínimos niveles de dignidad para aquellos años y aquella justicia gratuita. Tú, joven abogado, aún te calientas con los rescoldos de aquel fuego.

Ellos, en fin, han demostrado que se puede vivir una vida dedicados a este oficio. Es lo que ellos han demostrado y es bueno que recuerdes que tú, joven abogado, aún no lo has hecho y está por ver que lo hagas. Así pues: no les des lecciones, aprende de ellos —ahora que estás en la edad de hacerlo— y no les digas cómo han de llevar sus despachos, publicitar su trabajo o «modernizarse», porque, a estas alturas, su capacidad de adaptación la tienen demostrada, su elegancia para publicitar su trabajo sin menoscabo de la dignidad de la profesión evidenciada y la capacidad para organizar despachos más que acreditada.

No les desprecies porque te aseguro que cualquiera de ellos, llegado el caso, puede atacar su vieja Olivetti con papel carbón, azufre y salitre y demostrarte no sólo que eres polvo, sino que ellos son pólvora y están hechos de un material que hace tiempo dejó de fabricarse porque el plástico era más barato.

Por eso, ahora que una abogacía de plástico inunda las redes sociales y el carísimo papel couché de las revistas, me acuerdo de ellos, de la vieja guardia, de esos abogados y abogadas que no son «juniors», «seniors» ni «trendy», componen poses ni hablan de lo que ignoran, que no impostan desvergonzadamente saber lo que no saben ni tener experiencia en aquello de lo que nunca han vivido. Porque ellos son reales, porque son abogados de verdad, porque han vivido de ejercer la abogacía y no del ejercicio de la farsa u otras artes escénicas.

Hoy he tenido el honor de pasar la mañana con los mejores abogados que conozco. Este post va por vosotros y vosotras, viejos gruñones.


**[^sinjuez]: Los juicios civiles, antes de la Ley de Enjuiciamiento Civil del año 2000, eran íntegramente escritos en primera instancia y los interrogatorios de los testigos se realizaban a tenor de unos escritos previamente preparados (escritos de preguntas y repreguntas) a los que daba lectura un funcionario que indefectiblemente levantaba un acta que comenzaba con la falsedad más repetida de la historia judicial española: «Ante mí, Su Señoría, asistido de mí el Secretario…»


Este post se publicó por primera vez en Facebook el 17/11/2017

El Perchel – Bagdad

«Huyendo de los civiles

un gitano de El Perchel,

sin cálculo y sin combina

¡En dónde vino a caer!:

en un corral de gallinas.»

La estación de tren de Málaga está —y ha estado siempre— en el barrio de El Perchel, un barrio que, si bien hoy está en el centro de la ciudad, fue en su origen el típico barrio extramuros de la ciudad cuya muralla corría siguiendo la línea del río Guadalmedina.

Yo el nombre de «El Perchel» lo escuché por primera vez de niño en la radio, precisamente en la estrofita que he puesto al principio y que es parte de la copla «Échale guindas al pavo» que hizo popular la cantante Imperio Argentina, pero cuya letra estaba escrita por un poeta de mi tierra: Ramón Perelló y Ródenas (La Unión 1903).

Málaga siempre estuvo ligada en mi recuerdo infantil a la lírica, a aquella radio de los años ‘60 donde los locutores no sólo dedicaban canciones sino también poesías y así, cuando se hacía presente «La Profecía» de Rafael de León yo veía a mi abuela y a mi bisabuela llorar a moco tendido, del mismo modo que me recuerdo a mí mismo escuchando impresionado y con la boca abierta aquello de…

«A chufla lo toma la gente

y a mi me da pena

y me causa un respeto imponente»

…exhordio inconfundible de las hambres y peripecias de Rafael «El Piyayo» otro gitano eterno de El Perchel que formaba parte del iconostasio de aquella radio del albor de mediados de los sesenta.

De El Perchel era también La Repompa, gitana cuyos cantes usted conoce aunque no lo sepa y, en fin, en El Perchel han nacido sinnúmero de personajes de ese país de cuento de Las Mil y una noches que es Andalucía, un país donde, locos como Macandé, pueden convertir en arte la venta de caramelos, mendigos como El Piyayo pueden colarse en el ADN esencial de la lírica o un púa como Manuel Centeno puede cantar tratados de teología. En Andalucía, como en el Bagdad de las Mil y Una Noches, cualquier lugar es susceptible de ocultar un «efrit» (un genio) dotado de poderes sobrenaturales y es por eso que en Andalucía, desde la Alhambra a una coñeta caletera, todo es mágico.

«A chufla los toma gente,

pero a mí me causan un respeto imponente»

Al turrón, que me descarrilo; el caso es que hoy estoy esperando el autobús que me lleve a Cartagena en el barrio del Perchel y se me está templando el ánimo en compás de cuatro tiempos —como los motores de los ALSA— y pienso si no sería posible darle un toque malagueño al asunto y hacer sonar un motor diésel de cuatro tiempos en compás de tango. Creo que no… pero en todo caso voy a preguntarle al conductor si es de El Perchel porque en ese caso… ¿quién sabe?

Llamémosle Hassán

Un correo electrónico acaba de recordarme algo que me sucedió hace unos cuantos días y que me gustaría contarles; permítanme que les ponga en situación.

Mi cliente, un hombre de más de cincuenta y de profesión el campo, había llegado a España hará unos 25 años; sin más capital que sus brazos y sus riñones, trabajando como un mulo, había logrado sacar adelante a su familia y hasta comprar y pagar una casita, humilde pero digna, en una de las diputaciones más castizas de Cartagena.

Había criado mi cliente dos hijas y dos hijos, ellas ya eran españolas y el mayor de los hijos tenía todos sus papeles en regla pero el menor, llamémosle Hassán, estaba irregular y al padre le preocupaban las consecuencias que esto podía tener en el futuro.

Mi cliente inició por su cuenta un expediente de reagrupación para legalizar la situación de su hijo pero la Administración Española, tras verificar que sus ingresos medios en los últimos seis meses no iban más allá de unos 1.100 euros, denegó su solicitud alegando que, con esa cantidad, no podía sacar adelante a su familia según las leyes españolas.

Mi cliente me visitó y me preguntó si se podía hacer algo. Yo no me dedico a la extranjería pero aquel hombre grande y fuerte que te desollaba la mano al estrechártela por los callos del trabajo me agradó y le dije que recurriríamos la resolución ante la jurisdicción contenciosa y fue por todo eso por lo que, hace unos cuantos días, me encontré celebrando una vista en uno de los juzgados de lo contencioso de la Región de Murcia, lugar donde empieza el recuerdo que quiero contarles.

Mi cliente y su hijo habían decidido acompañarme a la vista —algo nada frecuente— y tras esperar un rato en la puerta (los juicios se sucedían a velocidad vertiginosa cada cinco o seis minutos) nos tocó a nosotros.

Pasamos a la sala, mis clientes se sentaron muy formales en las sillas que les indicó la funcionaria, la vista comenzó y, al menos al principio, todo fue transcurriendo dentro de los cánones normales que regulan esa extraña partida de mus en que la práctica ha convertido algunos juicios…

—Que me ratifico en la demanda y solicito el recibimiento a prueba…

—Que no, que no y que no, que la Administración tiene toda la razón y que también solicito el recibimiento a prueba…

—Prueba: la documental ya aportada

—Prueba: el expediente administrativo.

Con apenas cuatro frases el juicio estaba ya casi hecho y, visto que ninguna de las partes había pedido mus, el juez me dio la palabra para informar:

—Tiene la palabra el señor letrado para informar…

Cuando uno es abogado sabe de la profunda decepción que supone para el cliente presenciar un acto como este, al que llaman juicio, y en el que, en cinco minutos y sin más que pronunciar unas pocas y crípticas palabras, unos desconocidos deciden su futuro y el de su familia, así que consideré preciso estirarme un poquito y hacer un informe que salvase a los ojos de mis clientes la honra del sistema judicial español.

—Con la venia de Su Señoría, para solicitar una sentencia justa…

Y ahí comencé a reflexionar sobre el futuro del hijo de mi cliente en el caso de que no se regularizase su situación en España; ¿qué haría con, llamémosle Hassán, la administración espaola? ¿Mandarle a Marruecos, un país donde ya no tenía familiares? ¿Quién cuidaría de él? ¿Se le separaría de sus hermanos españoles? y luego estaba esa opinión de la administración de que el padre, con sus 1.100 escasos, no podía sacar adelante una familia. Si así fuese media España habría muerto ya de hambre y eso de que mi cliente no puede… Res ipsa loquitur (creo que dije) y no solo él y su esposa han sacado adelante una familia sino que hasta pagada tienen una casa cuyas fotografías puede ver su señoría para comprobar lo bien arreglada y limpia que está…

A esas alturas yo me estaba gustando y decidí dar gusto también a mi cliente por si, llegado el caso, no podía darle una sentencia favorable, de forma que proseguí: este hombre y su esposa, trabajando como mulos, han sacado adelante todo lo que han tenido que sacar e incluso su hijo aquí presente, llamémosle Hassán, asiste a un colegio concertado donde por cierto saca magníficas notas y…

…Y en ese momento el juez, de forma muy poco ortodoxa, me interrumpió y se dirigió directamente al hijo de mi cliente:

—¿Es usted el muchacho de quien habla el abogado?

Llamémosle Hassán se puso en pie y respondió:

—Soy yo, señor.

Les juro que he visto a los jóvenes españoles responder de muchas formas y en todas las posturas posibles a las preguntas de un juez: desde el que, sin levantarse del banco ni sacar las manos de los bolsillos del chándal, responde al juez tuteándolo (¿Cómo dices? ¿Me lo preguntas a mí? ¿Me entiendes?) al que, sin dejar de mascar chicle, ensaya ponerse de pie con chulería poligonera. Decenas de canis faltando al colegio y montados en caros scooters pagados por sus padres pasaron por mi cabeza mientras, llamémosle Hassán, se ponía en pie para responder al juez con aquel «Soy yo, señor» que, sin duda, a ustedes les parecerá una tontería pero que a mí me dejó estupefacto por momentos.

—Dígame ¿qué estudia usted?

—Bachiller tecnológico, señor.

—Y ¿qué quiere usted estudiar en el futuro?

—Quiero ser ingeniero, señor.

Llamémosle Hassán no lo sabía, pero en este corto diálogo se estaba ganando sus galones de español de ley a cojón limpio. Yo no tenía la más mínima intención de interrumpir a aquellas dos personas que estaban allí, en el juzgado, hablando de sus asuntos, por lo que me limité a contemplar el espectáculo hasta que el juez, saciada su curiosidad y satisfecho de lo que había oído, cerró la conversación:

—Muchas gracias, no le garantizo nada, pero sepa que tendré muy en cuenta lo que me ha contado a la hora de dictar sentencia.

Llamémosle Hassán se sentó, el juez me miró como preguntándome si tenía yo algo que añadir,

—Creo que está todo dicho Señoría, nada más.

—Tiene la palabra el Abogado del Estado para informe…

No hay buena historia sin un buen malvado y en esta ese papel le corresponde al abogado del estado el cual, con escasísima convicción tras lo visto, insistió en la necesidad de cumplir la ley, los reglamentos y las órdenes ministeriales. Yo le observaba reflexionando sobre lo mal que casan la lírica y lo jurídico y entreteniéndome en comparar el magro cuerpo del abogado del estado y sus manos de piel fina con la anatomía de tractor del padre de llamémosle Hassán. Suerte diferente, vidas diferentes.

Cuando el Abogado del Estado concluyó el clásico «visto para sentencia» del juez cerró el acto.

A la salida, llamémosle Hassán, me preguntó con cierta ansiedad cómo había ido todo…

—No te lo puedo asegurar (le dije) pero me parece que hoy has ganado tú solo el juicio.

Allí me despedí de ellos y me fui para casa reflexionando sobre aquel marroquí que estaba convencido de que estudiar y trabajar era un argumento de peso para poder vivir en este país nuestro donde muchos, por la simple suerte de haber nacido en él, se llaman a sí mismos españoles y reclaman derechos que niegan a otros que, trabajando mucho más, tuvieron menos suerte a la hora de nacer. A mí me gustaría que los españoles fuesen como llamémosle Hassán y que ser español dependiese más de lo que haces que de donde naces, que desde la escuela los niños supiesen que la condición de español no se regala y que los galones hay que ganárselos.

Soy abogado y pronto otros asuntos me hicieron olvidar este; sin embargo, hoy, un correo electrónico con la sentencia del caso acaba de recordármelo…

Y ahora, compréndanme, debo dejarles: he de hacer una llamada telefónica y dar una buena noticia.