Cómo acabar de una vez por todas con la Independencia Judicial (III): hackear los sistemas informáticos judiciales.

Si usted desea paralizar o controlar la completa actividad de la administración de justicia española el método más eficaz y rápido para hacerlo es hackear sus sistemas informáticos.

En los servidores de la Administración de Justicia Española se almacenan datos secretos —incluso al nivel de los secretos de estado— que pertenecen, por imperativo legal, al Poder Judicial.

Imaginen cuán importante sería para cualquier grupo poderoso tener acceso, no ya a los datos, sino siquiera a los metadatos, de nuestra administración de justicia. Es por eso que el sentido común y la ley ordenan que los datos (y los metadatos) contenidos en los expedientes judiciales sean propiedad exclusiva del Poder Judicial1 y, tan es esto así, que ni la mismísima Agencia Española de Protección de Datos puede, legalmente, tener acceso a ellos2.

Sí, los datos que obran en los expedientes judiciales pertenecen al poder judicial y sería lamentable que nadie ajeno a él pudiese llegar a controlar sus sistemas informáticos y sus archivos. Imaginen que un ministro investigado y que se jugase su cargo político pudiese hackear los sistemas informáticos judiciales o pedirle a un conmilitón que lo hiciese por él, sería terrible; o que un gobierno autonómico, decidido a realizar un referéndum ilegal por la independencia, lograse paralizar los sistemas informáticos judiciales de su comunidad autónoma porque tiene el control de ellos; o que un grupo que ha apoyado a terroristas en el pasado pudiese hacer desaparecer los registros informáticos de sus crímenes, o que sus adversarios políticos se apoderasen de datos reservados…

Pues bien, todo esto que les cuento es lo que ocurre exactamente en España, pero no porque nadie delinca, no, en España el hackeo se produce de forma oficial y con todas las bendiciones de nuestra clase política. Es tan acojonante que parece increíble pero no, es así, dejen, dejen que les cuente.

En España, los datos que obran en los expedientes judiciales y que son propiedad del Poder Judicial no están bajo el control del Poder Judicial porque, en los juzgados de España, ni un solo ordenador es propiedad del Poder Judicial. Los datos de los juzgados se almacenan en servidores bajo el control del Ministerio de Justicia (Poder Ejecutivo) o de las Consejerías de Justicia de las diversas comunidades autónomas (Poderes Ejecutivos). Sí, ministros y consejeros, algunos condenados judicialmente, son o han sido los dueños y señores de unos datos de los que es único titular el Poder Judicial.

Es acojonante, pero más acojonante aún es que esto se acepte como normal por el común de los operadores jurídicos en España.

Y, por si esta aberración del hackeo oficializado de los datos judiciales en España no fuese suficiente, el panorama ha sido deliberadamente completado con un despliegue de recursos informáticos que no se le habría ocurrido ni al peor enemigo de la justicia: planes informatizadores insensatos que han dado lugar a un sinnúmero de sistemas difícilmente compatibles; contumacia infinita para gastar una y otra vez dinero público en la obtención de la misma herramienta; contratos tan irresponsablemente realizados que han dado lugar a que empresas «cárnicas» realicen los trabajos con clara explotación de sus trabajadores; uso y abuso de software propietario que no puede garantizar la inexistencia de puertas traseras ni permiten auditar su seguridad… Y, luego, la guinda: la caradura infinita de ministros y consejeros de llamar «moderno» a lo obsoleto, «modernización» a la desactualización programada y «eficaces» o «racionales» a las mayores insensateces y basuras informáticas con que pueda dotarse a una administración.

En España, que un programa funcione ya nos maravilla y nos acostumbramos a él por muy malo que sea, este era el gran peligro de LexNet y, aunque lo avisé en su día, nunca dejaré de lamentarme de haber acertado.

Hackear LexNet en 2016 era un trabajo de niños y que podía realizar cualquier abogado casi sin conocimientos informáticos pero, con toda desvergüenza y conciencia de su falsedad, se presentó la terrible falla de seguridad por el entonces ministro como un ataque de hackers y de 49 abogados malvados. Y no pasó nada. Hoy LexNet es la misma basura que siempre fue pero como, aunque mal, funciona, habremos de seguir sufriéndolo y habremos de seguir soportando que, ministro tras ministro, nos canten con toda desfachatez sus virtudes. Miren, la única virtud de LexNet es permitirnos comprobar la poca o mucha vergüenza de cada nuevo ministro.

Sí, créanme, la mejor forma de controlar, paralizar o incluso acabar con la administración de justicia en un país es hackear su sistema informático. Lo admirable es que en España quien lo ha hackeado desde siempre y con intención de hacerlo para siempre es el Poder Ejecutivo; es decir, rectius, los partidos políticos que en cada momento lo ocupan; de forma que, en esas manos, exactamente en esas manos, estamos.

Y el ministro viene a hablarnos de modernización.

Me descojono.


Notas

1.La titularidad de los datos se establece en el artículo 236 bis y siguientes de la Ley Orgánica del Poder Judicial.

2.El artículo 236 nonies de la LOPJ establece con toda claridad que las competencias de la Agencia Española de Protección de Datos las ejercerá el Consejo General del Poder Judicial en el caso de los datos jurisdiccionales, literalmente: 1. Las competencias que la Ley Orgánica 15/1999, de 13 de diciembre, atribuye a la Agencia Española de Protección de Datos, serán ejercidas, respecto de los tratamientos efectuados con fines jurisdiccionales y los ficheros de esta naturaleza, por el Consejo General del Poder Judicial.

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Patatas fritas

Patatas fritas

Últimamente se me está haciendo difícil subir fotos de mi comida; algunas de mis followers son tan observadoras que, si bautizo el plato como «pollo con champiñones» y no lleva champiñones, se apresuran a desenmascararme y a denunciar la superchería.

Hoy se ve el pollo (se ve), se ven los champiñones (bajo él) y se ven… Patatas fritas, sí, patatas fritas.

Mi doctora me ha aconsejado que me guarde de los hidratos de carbono de inmediata disposición y que sea cicatero en el consumo de harinas, pastas y tubérculos como las patatas, lo que desconoce mi doctora es que las patatas fritas son como la misma vida.

Cuando te enfrentas a un plato de patatas fritas sabiendo que es una ocasión extraordinaria, atacas el plato con ansia y comes sin tasa hasta que ves que, como sin sentirlo, te has comido medio plato y las patatas que quedan comienzan a menguar. Es entonces cuando las empiezas a comer despacio, morosamente, disfrutando cada patata, masticando lento y saboreando profundo.

Sí: no hay nada como un buen plato de patatas fritas.

Con la vida pasa algo parecido, cuando ya te has comido medio plato y te quedan menos años por vivir que los ya vividos, también empiezas a masticar despacio y a saborear profundo. Ya no estás para que nadie te quite patatas dándote la tabarra con cosas que tienen importancia para ellos pero que no son importantes para ti; ya no pierdes tu tiempo compartiendo las pocas patatas que te quedan con gentes sin fondo. No, no estás para desperdiciar patatas, cada año que te queda quieres disfrutarlo —aunque venga malo, como este 2020— y vivirlo profundamente, tan profunda e intensamente como sea posible. Y no quieres que te distraigan pues a estas alturas ya solo quieres vivir cosas que te atraigan.

La fortuna, por el momento, me es favorable y aún me quedan años y patatas en la despensa, así que, con su permiso, voy a concentrarme.

Va por ustedes.

El Capitán Araña

El Capitán Araña

En Cartagena, cuando yo era niño, el paradigma del sujeto despreciable era el llamado “Capitán Araña”. Se decía que el “capitán araña” embarcaba a la tripulación para luego quedarse él en tierra. El “capitán araña” era, pues, ese sujeto miserable que ordenaba a las tropas marchar al ataque para quedarse él en el refugio, que pedía a otros que ayudasen o hiciesen obras de caridad mientras él no daba nada o llamaba a población a la honradez mientras él se lucraba con sus obvenciones.

Los niños de mi generación teníamos muy claro cuál era el paradigma de un héroe y cual el paradigma de un villano y, dicho esto, debo decirles que estos días no puedo soportar la visión de esta foto.

Quizá no leí los libros adecuados de niño, quizá no vi las películas correctas, quizá los héroes de mis tebeos jamás existieron en la vida real. A lo mejor todo aquello no era más que un engaño.

Los héroes de mis libros y tebeos eran tipos previsibles: Si la tropa pasaba hambre ellos pasaban hambre con la tropa; si el barco había de combatir ellos se plantaban en el puente en uniforme de gala y no colocaban a sus hombres en más peligro de aquel en que ellos mismos se colocaban; si, en fin, el barco se iba a pique, ellos eran los últimos en abandonarlo y eso siempre y cuando no les diese la petera de hundirse ellos con él.

Lo que nunca vi ni leí es que esos hombres comiesen caviar mientras la tropa ayunaba, mandasen sus hombres a la muerte mientras ellos huían o agarrasen el primer bote salvavidas cuando el barco amenazaba con irse a pique. Esas acciones no eran propias de estos hombres, esas acciones las llevaban a cabo los villanos, los malvados, los infames y repugnantes sujetos que ilustraban todo aquello que los niños debíamos odiar.

Esta noche, mientras trataba de dormir, he vuelto a ver esta foto en redes sociales y me me he vuelto a acordar de esto que escribí hace un tiempo, pues, mientras el toque de queda restringía los derechos de la población “ellos” (que a lo que se ve no son humanos y escapan a las normas y recomendaciones que ellos mismos hacen) se reunían a cara destapada para celebrar un sarao mientras encerraban a la población.

Sí, muy probablemente me educaron mal.

O a lo mejor no y los miserables son ellos. Y sí, en la fiesta estaba el ministro de justicia.

Capitanes Araña.

La luna, el agua y la Región de Murcia

La luna, el agua y la Región de Murcia

Leo que han detectado agua en la luna y no puedo evitar sentimientos encontrados. Me alegro, mucho, sí, soy un trastornado de la carrera espacial y es este un viejo sueño largamente acariciado pero, según me alegro, miro a mi alrededor y me invade la melancolía.

Vivo en un región sedienta de agua, vivo en una región donde Portmán y el Mar Menor nos gritan a la cara todos los días que somos unos inútiles. Somos capaces de alegrarnos de que el ser humano encuentre agua en la luna pero no somos capaces de movilizar a los muchos y buenos científicos que tenemos para, no sólo remediar, sino establecer procedimientos de recuperación del procomún en casos como los dichos de Portmán y el Mar Menor.

En la Región de Murcia la hemos cagado bien cagada, pero, con todo y con eso, la mayor cagada la estamos cometiendo en este momento, demostrando que somos incapaces de movilizar todos nuestros recursos para dar una esperanza al mundo en este tiempo de cambio climático y tragedia del procomún.

Tenemos una causa digna del esfuerzo de la humanidad en su conjunto y en el Paseo de Alfonso XIII son incapaces de liberarse de sus sietemesinas vendas políticas y pensar en grande, como seres humanos parte de una humanidad en peligro.

Sí, me alegra leer que han descubierto agua en la luna, pero, al mismo tiempo, me entristece saber que en el Paseo de Alfonso XIII esos hombres y mujeres a los que los partidos nos dicen que votemos son incapaces de encontrar la forma de ponerse de acuerdo.

Quizá sea ya tiempo de hacer algo.

Tomaculum, lucanica y longanonis.

Tomaculum, lucanica y longanonis.

Los romanos llamaron a los embutidos «tomaculum» (tomaculum est tripa carnibus farta) o en otros casos, como el que nos ocupa, «lucanica», un embutido que se suponía originario de la región de Lucania y del que se ocuparon sabios personajes como Apicio o Cicerón. El hecho de que esta «Lucanica» se hiciese usando el intestino grueso del cerdo («longanonis» en latín) dió como resultado la ibérica longaniza que es lo que voy a cenar hoy.

España es un país que consume longaniza ya sea esta de pequeño, mediano o grueso calibre (salchichón, por mal nombre): desde Vich, pasando por Solsona (deliciosas sus llonganisses) hasta el rincón más extremo de la Extremadura, España es una unidad de destino en lo longanizal. Olvídense de Francia —cuyos embutidos son lamentables para el paladar que ha probado los de España—, abjuren de Italia, sus pompas y ostentaciones, destierren el salami de sus despensas y aténganse a la longaniza, salchicha o salchichón españoles. No encontrarán nada parecido.

El viernes pasado estuve en Lorca y no podía dejar pasar la oportunidad de aprovechar el buen hacer de los hombres y mujeres de aquel país, de modo que entré en una carnicería que conozco y en la que hasta el papel de envolver es artístico y me compré la longaniza, la imperial y el salchichón cocido que les muestro. El hombre que atendía la percha llamó a este último producto «catalana» y un mar de recuerdos de bocadillos infantiles y meriendas chusco en ristre se me vinieron a la cabeza; sí, yo pedía a mi madre bocadillos «de catalana» ¿cuándo olvidamos ese nombre los que vivimos fuera de Lorca?

Hoy me he determinado a cenarme parte de lo que agencié el viernes y, como siempre, los aromas antiguos me hacen evocar todas las cosas y dan un sabor especial a los platos.

Sólo una cosa me molesta ¿Por qué pondrían los romanos el nombrecito de «tomaculum» a un objeto en forma de salchicha?

Mejor no lo pienso. ¡A cenar!

No hay oposición en justicia

Tener un mal gobierno es una desgracia; tener un mal gobierno y una mala oposición es una tragedia y es en esta tragedia en la que está instalada la justicia de nuestro país desde hace años.Que tenemos un ministro de justicia y una política en justicia lamentables ya lo he contado en posts anteriores, pero, ayer, me encontré con un tuit del líder la oposición, Pablo Casado, que me reveló también que, si mala es la política del gobierno en materia de justicia, igual de mala es la política que preconiza el poco avisado líder de la oposición. Pero antes de entrar en harina dejemos que hable el citado: aquí tienen su tuit.

Sí, han leído bien, el aspirante a ser inquilino de la Moncloa pudo haber citado por ejemplo a Doña Margarita Mariscal de Gante, la ministra que reformó la LEC e introdujo la videograbación en la jusricia española, pero, en su lugar y sin experimentar molestia intestinal alguna el líder de la oposición prefirió a elegir a cuatro ministros perfectamente olvidables cuando no directamente reprobables y hasta en algunos casos efectivamente reprobados. El tuit del líder de la oposición, ya digo que sin sonrojo ni pudor, decía:

«Con los Ministros de Justicia Acebes, Michavila, Gallardón y Catalá defendemos un Poder Judicial independiente frente a las agresiones del Gobierno, reivindicamos el Pacto de Estado por la Justicia de 2001, y pedimos la despolitización de la Fiscalía y de la elección del CGPJ. https://t.co/rbFqhfEHVb »

Esto lo escribió y publicó sin vergüenza alguna el líder de la oposición y debiera experimentarla, porque sus palabras son no sólo erróneas —siendo piadosos en el adjetivo— en una parte, sino simplemente falsas en otra y finalmente injustas en lo que calla y a quienes olvida. No sé quién asesora al líder de la oposición en cuestiones de Justicia o si estas declaraciones se le han ocurrido a él solo pero, si son estas cuatro personas quienes le asesoran, ya podemos empezar a rezar porque el joven líder opositor jamás gane unas elecciones.

En el mundo es habitual que a los líderes alguien les escriba los discursos; en España, yendo un paso más allá, a algunos/as líderes/as, les escriben hasta las tesis doctorales por lo que no veo yo qué mal habría en que al líder de la oposición alguien le sugiriese ideas en justicia menos insensatas de las que se deja ir por tuíter. Analicemos el tuit porque no tiene desperdicio.

Afirma en primer lugar el líder de la oposición:

«Con los Ministros de Justicia Acebes, Michavila, Gallardón y Catalá defendemos un Poder Judicial independiente frente a las agresiones del Gobierno…»

No se ve enoticono alguno en el tuit que nos haga pensar que el líder está de guasa, cómico o ebrio, de forma que no nos deja sino tomar la peor ocpión: pensar que lo dice en serio.

Hablar de que esa cáfila a quien menciona el tuit defendió un Poder Judicial independiente es ignorar la realidad o tener muy poca vergüenza; permítanme, pues, que, piadosamente, me adhiera a la primera opción y les recuerde algunas cosas.

Cuando el Partido Popular ganó las elecciones en 2011 lo hizo comprometiéndose en su programa electoral (página 178, medida 11 en el capítulo dedicado a la justicia) a lo siguiente:

«Promoveremos la reforma del sistema de elección de los vocales del Consejo General del Poder Judicial, para que, conforme a la Constitución, doce de sus veinte miembros sean elegidos de entre y por jueces y magistrados de todas las categorías.»

Muchos les creyeron y les votaron pero allí estaba Gallardón quien, apoyado por una mayoría absoluta superlativa se sintió con derecho a mentir y traicionar a sus electores llevando a cabo una reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial justo en sentido contrario al prometido y con la única finalidad de ejercer un mayor control político sobre el Consejo General del Poder Judicial.

¿Y es este señor de quién dice el líder de la oposición que debemos tomar ejemplo?

¿Y lo ha dicho sin desternillarse de risa o sin vomitar de vergüenza?

No necesito decirles que el sucesor de ese señor del que les hablo (es la forma en que en el partido del líder llaman a los caídos en desgracia) tampoco hizo nada por arreglar la trapisonda de su predecesor y así hasta el día de hoy en que ministros de uno y otro color han venido disfrutando de aquella tropelía.

La segunda parte del tuit es también de traca

«…reivindicamos el Pacto de Estado por la Justicia de 2001…»

Ese «pacto» no es de Estado, ese pacto es la tontina que firmaron los dos partidos que en 2001 se creían intocables para controlar la justicia a través de unas medidas (Nueva Oficina Judicial y Tribunales de Instancia incluídos) destinadas en esencia a aumentar su capacidad de influencia en la administración de justicia y a dejar sin justicia cercana a dos terceras partes de la población española. En próximas semanas dedicaré una serie de post (por cierto ya iniciada) al momio de los tribunales de instancia, por ahora básteme decir que todos los ministros de justicia, Gallardón y Campo incluídos, son fieles acólitos de aquella misa negra.

Si lo observan, entre reducciones de planta (Caamaño, Gallardón) o la búsqueda de la promoción de tribunales de instancia (Gallardón, Campo), las políticas en justicia de PP y PSOE son sistemáticamente iguales y predecibles con el libro negro a que hace referencia el líder de la oposición en la mano. Es por eso que, todos los ministros que salen en la fotografía del tuit y todos los ministros que pueda poner el PSOE desde 2001 son absolutamente prescindibles en la historia de la justicia española: porque todos han tratado de llevar adelante aquel pacto de control y sumisión de la justicia, esa administración que demostró ser la única capaz a poner coto a todo el demencial espectáculo de corrupción y depredación de caudales públicos por los partidos mayoritarios en los últimos 20 años.

Que no le engañen: en justicia, al menos en justicia, la política de los dos partidos mayoritarios es exactamente la misma en lo esencial y tiene un único fin desde 2001: controlar la administración de justicia.

Es por eso que resulta especialmente estomagante leer tuits como el de ayer, primero porque son falsedades y en segundo lugar porque nos sitúan en la peor posición posible: en la de un país que tiene un mal gobierno en justicia pero que ni siquiera puede hallar una mínima esperanza en la oposición.

El problema del mal

El problema del mal

Es difícil explicar por qué a los buenos, a los justos, les va mal y, en cambio, el mundo está lleno de gente vil, miserable e inicua a quienes la fortuna parece sonreírles.

Si existe esa justicia cósmica a la que llamamos religión esta no parece funcionar bien y esto es algo que el ser humano ha percibido desde que las primeras grandes religiones apareciesen —cómo no— en Sumeria o Egipto.

Para los sumerios, politeístas, la solución a este problema de que las cosas les fuesen mal a los piadosos estaba clara: sin duda, por descuido, habían ofendido a algún dios. Hace unos días, enredando con textos religiosos, hallé esta oración mesopotámica que me pareció terriblemente tierna. Un hombre desconsolado reza a los dioses que conoce y hasta a los que no conoce para aplacar su ira. Él no sabe qué pecado ha podido cometer pero es evidente que alguno debe de haber cometido para que la cólera del cielo caiga sobre él:

«Dios mío, muchos son mis pecados, ¡grandes son mis iniquidades!
El pecado que he cometido, no lo sé.
La iniquidad que he cometido, no la sé.
La ofensa que he cometido, no lo sé.
La transgresión que he cometido, no la sé.
El dios, en la ira de su corazón, me ha visitado.
La diosa se ha enojado conmigo y me ha herido gravemente.
El dios conocido o desconocido me ha estrechado.
La diosa conocida o desconocida me ha traído aflicción.
(…)
¡Que se apacigüe la ira del corazón de mi dios!
¡Que se pacifique el dios que no conozco!
¡Que se pacifique la diosa que no conozco!
¡Que se pacifique el dios conocido y desconocido!
¡Que se pacifique la diosa conocida y desconocida!»

Este problema del hombre justo maltratado por los dioses dio lugar a un maravilloso texto acadio titulado «Ludlul bel nemeqi» (Loaré al señor de la sabiduría) que nos plantea el problema del injusto sufrimiento de un hombre, llamado Shubshi-meshre-Shakkan. El protagonista es atormentado, pero no sabe por qué. Él ha sido fiel en todas sus funciones a los dioses. El libro especula que puede ser que lo que es bueno para el hombre sea malo para los dioses, y viceversa. Aunque, finalmente, el pobre hombre ve acabar sus sufrimientos este problema, el llamado “problema del mal” subsiste.

En las religiones politeístas, de todas formas, este problema siempre podía ser resuelto atribuyendo el mal a alguna deidad o entidad malvada. Así, cuando los dioses decidieron acabar con la humanidad a través de un diluvio universal, un dios bueno avisó de las intenciones de los dioses a Ut Napishtim para que construyese su barca y metiese dentro una pareja de animales de cada especie y semillas de las plantas; relato que el pueblo judío tomaría después para dar forma al mito de Noé.

El problema del mal se agrava en las religiones monoteístas porque, en estas, hay un solo dios creador absolutamente de todo, del bien y hasta del mal. Veamos como nos lo cuenta la Biblia:

«Yo soy Yahweh, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí. Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste, para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo Yahweh, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz (shalom) y creo el mal (ra). Yo Yahweh soy el que hago todo esto.»

Pero ¿cómo es posible que un dios todopoderoso al que se supone infinitamente bueno puede permitir la injusticia?

Dando un salto de tres mil años les diré que siempre que se trata de este problema del mal recuerdo unos versillos que cantaba con sentenciosidad argentina Jorge Canfrune y que decían (cito de memoria):

«Tal vez habrá alguien “rodao”
tanto como rodé yo;
pero juro, créanmelo,
que he visto tanta pobreza
que yo pensé con tristeza:
“Dios, por aquí, no pasó.»

Sí, para un monoteísta, la realidad del mal en el mundo es aún más inexplicable que para un politeísta y esto, obviamente, no podía pasar desapercibido ni a los babilonios ni a los judíos —un pueblo esclavizado en Babilonia— quienes, obviamente, conocían el «Ludlul bel nemequi» y los problemas que planteaba a las religiones la existencia del mal. La respuesta de la religión judía a toda esta cuestión es su particular versión del «Ludlul bel nemequi”: el «Libro de Job».

Posiblemente ustedes no recuerden del «Libro de Job» mas que la paciencia de este y —quizá— la frase que, como perícopa, se nos suele contar, aquello de: «El señor me lo da, el señor me lo quita, bendito sea Dios».

Pues bien, si es eso lo que usted recuerda del libro, le sugiero que lo repase porque se puede llevar una sorpresa.

En primer lugar: ¿Por qué le pasan cosas malas s Job? Pues, aunque usted no me crea, debido a una apuesta realizada entre Dios y el Diablo. Veámoslo.

«Un día vinieron a presentarse delante de Jehová los hijos de Dios, entre los cuales vino también Satanás.
Job 1:7 Y dijo Jehová a Satanás: ¿De dónde vienes? Respondiendo Satanás a Jehová, dijo: De rodear la tierra y de andar por ella.
Job 1:8 Y Jehová dijo a Satanás: ¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?
Job 1:9 Respondiendo Satanás a Jehová, dijo: ¿Acaso teme Job a Dios de balde?
Job 1:10 ¿No le has cercado alrededor a él y a su casa y a todo lo que tiene? Al trabajo de sus manos has dado bendición; por tanto, sus bienes han aumentado sobre la tierra.
Job 1:11 Pero extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene, y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia.
Job 1:12 Dijo Jehová a Satanás: He aquí, todo lo que tiene está en tu mano; solamente no pongas tu mano sobre él. Y salió Satanás de delante de Jehová.»

¿Curioso verdad?

Lo primero que tenemos que hacer notar es que, en una religión monoteista, ya se nos hace aparecer un personaje de naturaleza espiritual pero malvado que dé una cierta explicación al mal: Satanás. Pareciera que sin un segundo «diosecillo» malvado el problema del mal fuera inexplicable pero, considerando la supremacía omnipotente del dios único, tampoco se acaba de entender el problema.

La cuestión en el Libro de Job es que Satanás le plantea a Yahweh que si Job es bueno es porque no le pasan calamidades y Yahweh autoriza a Satanás a que lo llene de calamidades en tanto no le quite la vida. Satanás, con el consentimiento de Yahweh, se despacha a gusto: le mata los hijos, los criados y siervos, le arruina las cosechas, acaba con su ganado…

Recordamos de Job su paciencia, pero eso es porque solo hemos leído las primeras páginas; Job, con toda su paciencia, se harta y dice, entre otras muchas cosas y solo por ejemplo:

«Job 9:22 Una cosa resta que yo diga:
Al perfecto y al impío él los consume.
Si azote mata de repente,
Se ríe del sufrimiento de los inocentes.
La tierra es entregada en manos de los impíos,
Y él cubre el rostro de sus jueces.
Si no es él, ¿quién es? ¿Dónde está?»

Sí, Job también es de los que se pregunta dónde está Dios cuando ve tantos males sin sentido, Job, como Canfrune, piensa que «Dios, por allí, no pasó».

Finalmente Yahweh se acuerda de Job y le da más hijos y riquezas aunque eso, sospecha el lector, no acaba de devolverle la vida ni ahorrarle sufrimiento a todos los hijos, criados y siervos de Job que perecieron a causa de una apuesta cuyo final ya debería conocer el dios omnisciente.

Nadie en la historia de las diversas religiones monoteístas ha resuelto de una forma convincente este problema del mal a pesar de que las diversas civilizaciones vienen lidiando con él desde hace más de cuatro mil años, pero, a cambio, nos ha legado una sucesión de obras literarias y reflexiones que nos permiten adentrarnos y tratar de conocer uno de los territorios más cercanos y más desconocidos a todos nosotros: la naturaleza humana.

Yo tengo un cuenco

Yo tengo un cuenco

Yo tengo un cuenco, quizá a ustedes eso no les parezca nada del otro mundo, pero a mí me da que pensar. Déjenme que les cuente.

Diógenes de Sinope fue una especie de hippie del siglo V antes de Cristo. Cuando era niño (Diógenes, no yo) él y su padre hubieron de huir de Sinope porque, al parecer, este último se dedicó al muy poco noble arte de acuñar moneda falsa. La acusación no parece que se la hiciesen a humo de pajas pues, excavaciones arqueológicas hechas recientemente en Sinope, han sacado a la luz una buena cantidad de monedas falsas.

Diógenes vivió como un vagabundo en las calles de Atenas, donde fue discípulo de Antístenes, filósofo discípulo a su vez del gran Sócrates. Diógenes, como hombre sabio, hizo de la necesidad virtud y de la pobreza material extrema una virtud extrema. Se dice que vivía en una tinaja o barril en lugar de en una casa, y que, cierto día que se acercó a ella Alejandro Magno atraído por la fama del filósofo pobre y le dijo al mísero que le pidiese cualquier favor, este le pidió simplemente que se apartase porque le estaba haciendo sombra y él, al solecico, estaba tan ricamente.

Hoy, mientras me disponía a servirme unas sopas de ajo que me he preparado siguiendo la receta de un monje franciscano que se ha hecho «youtuber», me he acordado de Diógenes porque, no se si lo he dicho ya, el cuenco que se ve en la fotografía es mío y resulta que, el pobre Diógenes, no tenía más propiedades que un manto para cubrirse, un zurrón, un bastón para apoyarse y un cuenco, como el mío, para comer y beber.

Ocurrió que Diógenes, un día, viendo a un niño beber con las manos o comer lentejas dentro de la corteza de un pan (que en esto difieren los autores), sintió que su cuenco no le era necesario en absoluto y se deshizo de él.

A mí siempre me ha resultado simpático Diógenes de Sinope. Sus denuncias de la falsa moralidad social (parecer bueno y no serlo, aparentar ser justo y no serlo) son tan actuales ahora como hace 25 siglos y es verdad que, para no ser objeto de falaces argumentaciones “ad hominem”, no te queda otra opción que vivir pobre y sin más aspiración que la virtud.

Así y todo sus contemporáneos se las arreglaron para denostarle y, por su forma de vida, le llamaron «perro», nombre con el que él mismo y su escuela filosófica han pasado a la historia: los «cínicos» (del griego κύων kyon: ‘perro’, denominación atribuida debido a su frugal modo de vivir). Hoy «cínico» es poco menos que un insulto, así que de poco le sirvió su virtuosa pobreza al desdichado Diógenes.

Visto que no hay forma de salvarse de la maledicencia humana, yo, al revés que Diógenes, no me voy a deshacer de mi cuenco; y no solo eso: pienso llenarlo de sopa de ajo y zampármelo a la salud de ustedes, de la memoria de Diógenes el Cínico y de todos los que no entendieron mi post de ayer.

Con esto, para cuando usted lea estas líneas, yo ya habré comido hoy (mañana ya veremos) y no solo eso: cuando acabe mi siesta, quizá, tomaré un poquito el sol en la Plaza de la Serreta de donde no me moverá ni Alejandro Magno redivivo.

Y seré rico, como Diógenes.

¿Monarquía, república o justicia?

En el mundo civilizado hay países que son monarquías o repúblicas y funcionan razonablemente bien; lo que no es pensable es un país digno de ser vivido si en él no hay justicia.

Veo mucha gente que, aprovechando la infamia de entrega de despachos a los jueces de la 69 promoción, aprovechan la ocasión para manifestar sus convicciones monárquicas y su adhesión al rey de España. Me parece bien si ese es su gusto y convicción pero…

La infamia del veto al jefe del estado en la entrega de despachos no sería menos infamia si fuese otra la naturaleza de la jefatura de nuestro estado; es decir, ese veto sería igual de repugnante tanto si fuese hecho a un rey o a un presidente de la república.

La función de los Jefes del Estado debe estar por encima de la pelea política —pues representan al estado y no al gobierno o a un partido— y, por eso, hacer de la figura del jefe del estado una herramienta de lucha política es el peor de los favores que se le puede hacer.

Sí, hay quien considera que la neutralidad y ajenidad a la lucha política sólo la garantizan las monarquías —y pueden tener razón— pero también hay quien considera que a la jefatura del estado no puede accederse por una pura cuestión de ADN —y sin duda tienen razón también— y es ese debate político el que se quiere introducir no siempre de forma sensata y a veces en forma insensata —infame— como en la entrega de despachos a los jueces de la 69 promoción.

Y dicho esto déjenme decirles algo que cualquier jugador de ajedrez sabe bien: un rey en el centro, un rey expuesto y que no esté en la esquina del tablero discretamente enrocado, es un rey expuesto a inesperadas combinaciones y es casi siempre un rey muerto. Si aprecian la monarquía no expongan demasiado al monarca ni lo coloquen en el centro del debate, la primera obligación de los peones del enroque es permanecer quietos e impasibles tanto cuanto les sea posible. Si es usted monárquico, dé dos vueltas a esto que le digo antes de gritar su adhesión o expresar su convicción verde.

Y dicho esto digamos lo principal: envilecer la entrega de despachos de los jueces enfangando en la lucha política a toda una promoción es una infamia que pone de manifiesto lo que importa la justicia a nuestros políticos y ese valor, la justicia, más que jefatura del estado, es el que ayer fue degradado por las ruindades políticas.

Mi interés principal —y lo lamento si molesto a alguien— no es el debate monarquía o república; mi interés principal es la justicia. Creo que puedo vivir y ser feliz en una monarquía o en una república pero lo que no creo, sino que sé, es que no quiero ni puedo vivir en un país sin justicia.

Somos mesopotámicos

Somos mesopotámicos

A muchos de mis lectores les llama la atención mi afición al estudio de las culturas sumeria, acadia, babilónica o asiria; y, aunque reconozco que puede parecer un tanto exótico, la verdad es que usted y yo somos hijos de esa cultura hasta extremos difíciles de imaginar.

Por ejemplo, acaba de comenzar el otoño y eso ocurre hoy igual que en sumeria porque las cuatro estaciones que usted y yo conocemos las fijaron ellos. Los egipcios prefirieron regular sus estaciones con arreglo a las inundaciones del Nilo pero en Mesopotamia prefirieron dividirlas con arreglo a solsticios y equinoccios, y así hasta ahora.

Que los buenos vayan al cielo y los malos al infierno es algo que en nuestra mente sigue el diseño de la cosmogonía mesopotámica: el cielo arriba, el infierno bajo nosotros. Quizá le parezca a usted simple pero, sin que lo sepamos, la cosmogonìa mesopotámica sigue entre nosotros.

Y si nuestra percepción instintiva del cielo y el infierno la establecieron ellos también ellos los llenaron de todos los seres imaginarios que nosotros conocemos: ángeles, querubines, diablos…

Si usted lee la descripción de lo que es un querubín en la Biblia descubrirá que se parece sorprendentemente a un lamasu mesopotámico y esta figura benefactora (que al igual que la guardia civil prestaba servicio por parejas) es usada en la Biblia del mismo modo que en las diversas culturas mesopotámicas.

Si usted cree que su ángel de la guarda le protege sepa que la plaza de ese espíritu protector fue creada por la máquina inteligente de las administraciones mesopotámicas.

Que los días tengan 24 horas y cada hora 60 minutos y estas 60 segundos es cosa que ellos inventaron (les gustaba el sistema sexagesimal) y que en su cerebro es, todavía, la forma en que la humanidad divide el tiempo.

Ellos inventaron los contratos con certificación de contenido y ellos inventaron, sorprendentemente, los chips de silicio como soporte de inmensos bancos de memoria.

En Sumer o Akkad los chips de silicio solían tener una capacidad de en torno a 1 kilobyte (unas decenas de palabras codificadas en escritura cuneiforme) y hoy tenemos chips de muchos Gigabytes (billones de palabras codificadas en unos y ceros). En realidad la función de sus chips de silicio (no otra cosa son sus tabletas de arcilla) y la de los nuestros (obleas de silicio) es la misma: almacenar información en soportes externos a nuestro cerebro humano.

Incluso las religiones mayoritarias en este momento (cristianismo, islam) hallan sus principales motos e historias en textos sumerios, acadios o babilónicos; desde la creación (Enuma Elish), al diluvio (Poema de Gilgamesh) o al libro de Job (Ludlul Bel Nemequi)…

Nuestra moral, nuestros mitos, nuestra percepción instintiva del mundo se los debemos a ellos. Han pasado 5.000 años desde entonces pero seguimos siendo en gran parte como ellos.