La puerta de Almodóvar

La puerta de Almodóvar

Recuerdo muy bien cuándo tomé esta foto y recuerdo vívidamente también cuál era el estado de ánimo que me embargaba.

Despuntaba la mañana del 29 de noviembre de 2019 y yo no había podido conciliar el sueño en toda la noche; había salido a pasear de madrugada por la desierta judería y ahora amanecía en la Puerta de Almodóvar.

Se acercaba la hora de marchar a la vieja Facultad de Veterinaria y yo andaba tratando de espantar al miedo como dicen que lo hacía Juan Belmonte: hablándole:

«—¿Sigues ahí? ¿Aún no te has ido? Pues vete o, al menos, aléjate de mí; voy a ir a ver a unas personas y lo último que quiero es que te vean conmigo.»

Sé que todavía hablaba con él cuando tomé esta foto.

Ahora, esta noche en que estoy de guardia, la miro y vuelvo a sentir las mismas sensaciones que cuando la tomé. Y vuelvo a repetirme las palabras que escribí cuando la subí a Instagram: «Ya es la hora. Vamos.»

Y pienso que es verdad, que esta es la hora, que, esta, es siempre la hora.

Vamos.

Wu Wei

Wu Wei

Las plantas crecen sin esfuerzo aparente, los seres vivos y la naturaleza se perpertuan y organizan sin órdenes ni planes aparentes, simplemente lo hacen porque una especie de armonía natural los gobierna.

Para los filósofos taoistas esta percepción del funcionamiento correcto del mundo se plasmó en una forma especial de enfrentarse a las cosas a la que llamaron Wu-Wei.

Un gobernante que trata de mandar demasiado destruye la armonía que rige la natursleza y que persigue el Wu-Wei; por eso, los antiguos filósofos chinos, apenas si exigieron a sus emperadores que fuesen honestos y virtuosos; de esta forma, pensaban que su honestidad y virtud se comunicaría a sus súbditos y que, la ausencia de intentos de forzar la armonía natural de las cosas permitiría a estas crecer felizmente.

El gobernante con Wu-Wei sólo aparentemente no hace nada, en realidad deja fluir las cosas en la dirección apropiada, gobierna apenas con la atención, pero al final, cuando todo sale bien, las gentes sienten que lo que han hecho lo han hecho ellos y se sienten dueños de su historia y, en efecto, así es.

Pienso en esta vieja filosofía taoista y pienso en nuestros gobernantes actuales, intervencionistas, elitistas, deshonestos hasta con la formación que exhiben y pienso que, en España, a todos nos haría falta un poquito más de Wu-Wei.

Patologías de una crisis de la abogacía

Han pasado algo más de once años desde el estallido de la burbuja hipotecaria en 2008 y el número de abogados y abogadas en España no ha crecido tanto como para justificar esta situación. Lo que sí ha variado son las condiciones en que esos mismos abogados y abogadas desarrollan su trabajo. Si antes de 2008 no parecían existir indicios de crisis en el sector en 2018 ya eran cuarenta mil los abogados que experimentaban problemas para atender sus obligaciones regulares de pago.

Con una abogacía con casi un tercio de sus efectivos a punto de ir a la lona conviene preguntarse qué ha pasado en estos once años y responder seguidamente a esta pregunta analizando, ceteris paribus, las circunstancias que han cambiado y no las que se han mantenido como, por ejemplo, las del número de abogados que, muy contraintuitivamente, se ha mantenido estable.

Si esto es así ¿A qué se debe la crisis de un sector que parece ahora más necesario que nunca con la práctica totalidad de la población española afectada por los abusos bancarios?

No podemos dar una respuesta categórica, faltan estudios serios al respecto, pero, a falta de ellos, podemos señalar una serie de circunstancias que, sin duda, han influido en la gestación de la crisis presente. Advirtamos, no obstante, que ninguna de ellas, por separado, explica la magnitud del desastre.

La primera circunstancia que podríamos señalar es la progresiva tendencia a la reducción del ámbito competencial de la abogacía. Ejemplo paradigmático de esta tendencia fue la despenalización masiva de los accidentes de tráfico y el establecimiento de un sistema extrajudicial de resolución de conflictos derivados de accidentes de tráfico.

La “desjudicialización”, presentada sistemáticamente como “positiva” ante un público que no percibe a la administración de justicia como la máxima garante de sus derechos, sólo ha sido criticada desde la fiscalía resultando, por el contrario, llamativo el ominoso silencio de la abogacía institucional ante esta tropelía. Los juicios de faltas de tráfico —otrora fuente importante de trabajo para los juzgados de instrucción— desaparecieron en su modalidad de delito leve sin que ni consumidores ni la propia abogacía institucional movieran un dedo por impedirlo. Nadie, salvo las compañías de seguros, ha ganado con ello.

Esta tendencia a “desjudicializar” se ha repetido en otros sectores como el derecho de familia o el inmobiliario, encomendando a operadores distintos de los abogados funciones anteriormente propias de estos.

La segunda circunstancia a señalar junto con la tendencia “desjudicializadora” es la crónica aversión de nuestros gobernantes a invertir en justicia. Antes que incrementar en un solo euro los presupuestos en justicia nuestros gobernantes pasarán horas cantando las virtudes de los sistemas alternativos de resolución de conflictos y deplorando la a su juicio “excesiva judicialización” trazando de este modo una hoja de ruta que pretende reservar la administración de justicia a los casos “importantes” mientras que encomienda los casos “menos importantes” de los ciudadanos a un sistema low-cost de resolución de conflictos.

Una tercera tendencia que ha contribuido a la gestación de esta crisis ha sido la invasión del mercado de los servicios jurídicos por intermediarios captadores de clientela.

Esta captación de clientes, que luego eran descaradamente redirigidos hacia determinados despachos en condiciones favorables para el intermediario, apareció en nuestros país merced a las prácticas torcidas de determinadas compañías de seguros que, a través de la garantía de reclamación y defensa jurídica, desviaron una parte importante de la demanda hacia despachos con pactos de honorarios económicamente favorables para las compañías. Tales prácticas, no denunciadas nunca por la abogacía institucional y no perseguidas jamás por la CNMC, fueron soportadas por los muchos abogados y abogadas que, dependiendo de la demanda de servicios escasamente remunerados de las aseguradoras, cayeron en la precarización que ahora, con la desjudicialización, se convierte en crisis grave.

En esta invasión del mercado por los intermediarios de servicios jurídicos ha ayudado la existencia de una abogacía tradicionalmente opuesta a determinadas prácticas publicitarias, aún controladas por normas deontológicas que jamás se aplicaban al intermediario. En esa situación las inversiones en publicidad han generado bolsas cautivas cuando no engañadas de clientes.

Una cuarta circunstancia ha sido la cada vez mayor mercantilización de los servicios jurídicos, práctica amparada por la Comisión Nacional del Mercado de la Competencia que, desde una profunda incapacidad para comprender el mercado de los servicios jurídicos, ha castigado sistemáticamente a la profesión ante la incapacidad de la abogacía institucional para invertir la tendencia.

Una quinta circunstancia, last but not least, ha sido el deficiente e infradotado sistema de justicia gratuita existente en este país que empuja los precios a la baja aprovechándose de la tradicional vocación ética de la abogacía.

Complementarias de las anteriores circunstancias son toda una serie de situaciones que, al igual que las circunstancias anteriores, empujan al mercado de servicios jurídicos s una situación dual de grandes despachos para los poderosos económicamente y una abogacía low-cost correlativa a una justicia low-level para el resto de la ciudadanía. Así, por ejemplo, la imposibilidad para la conciliación laboral, profesional, personal y familiar de abogados y abogadas, favorece a aquellas empresas que hacen de la relación letrado-cliente algo impersonal y no basado en la imprescindible relación personal y de confianza. Los intentos de reducir el número de sedes judiciales —por ejemplo en el caso de los infames juzgados hipotecarios— no son más que maniobras en favor de los grandes despachos (a quienes favorece una planta reducida) y en contra de los administrados y sus letrados y letradas a quienes se impone un peaje en la sombra por acceder a la administración de justicia. Un sistemático posicionamiento de las más altas instancias de nuestra judicatura a favor de los usuarios intensivos de la administración de justicia apenas ha podido verse corregida por una gloriosa judicatura de trinchera, en primera instancia, que ha defendido los derechos de los ciudadanos y consumidores alzándose sistemáticamente a Europa y venciendo así, en muchos casos, la queratinosa resistencia de un Tribunal Supremo percibido por la ciudadanía como al servicio de los poderosos. Una demencial regulación del sistema de costas, disuasorio en la jurisdicción contenciosa, no ha ayudado tampoco a preservar los derechos de los ciudadanos y ha consolidado una inaceptable posición de ventaja de la administración como una de las principales usuarias intensivas de nuestra administración de justicia.

Todos estos factores —y alguno más que sin duda se me pasa por alto— han conducido a la abogacía a la crisis más grave de su historia. Ignorada por quienes no hicieron nada por evitarla, fomentada por quienes se ven beneficiados por ella, anhelada por quienes esperan lucrarse merced a tecnologías más diseñadas para el negocio que para la recta administración de justicia, esta crisis es una realidad visible para todos menos para quienes se benefician de ella.

Como puedes imaginar si tú, que eres el perjudicado o la perjudicada por ella no haces nada por salir de ella, no esperes que, quienes esperan beneficiarse de la misma lo hagan por ti.

Tenemos, pues, un duro trabajo que llevar a cabo juntos. Queda una semana para reunirnos en Córdoba y cambiar las cosas, aún quedan plazas.

Última llamada

Última llamada

A la vista de que el número de inscripciones superaba el aforo de la instalación que teníamos reservada nos decidimos a buscar una sala de mayor cabida y —afortunadamente— la hemos encontrado. Es un local mágnífico en el centro de Córdoba y muy cercana al anterior lugar de celebración.

Dicho esto podemos anunciaros con orgullo que el Congreso se celebrará ennlas instalaciones del Rectorado de la Universidad de Córdoba, sitas en la Avenida Medina Azahara número 5 de esa ciudad.

Otro efecto agradable del cambio de sala es que podemos acoger a más compañeros interesados en acudir al congreso y que desde ahora pueden inscribirse en la página de inscripción pinchando sobre la imagen

Date prisa, para completar el aforo sólo restan 50 plazas libres y las inscripciones serán atendidas por riguroso orden de llegada.

Diálogo social

Diálogo social

El objeto de forma circular y color amarillo-verdoso que se ve en el ángulo superior izquierdo de la imagen se llama limón y es un periférico que suele acompañar a la unidad central del sistema, visible abajo a la derecha, llamada «arroz» y a la que tal adminículo suele ofrecer funcionalidades nada despreciables.

Comer arroz en Cartagena no es cosa para tomársela a broma pues, dependiendo de los componentes, periféricos e interfaces del mismo, uno puede ser acusado de «murciano», cargo este del que, cualquier nacido en esta ciudad, se ve impelido a defenderse con vehemencia.

Los guardianes de la cartageneridad —un sanedrín cuyo evangelio les impone seguir una estricta dieta compuesta exclusivamente de caldero, michirones y asiáticos— por ejemplo, a la vista del limón, se apresurarán a cubrir su cabeza de cenizas y a proclamar la herejía de tal costumbre a la que ellos, antes de mirar ninguna postal de Valencia, calificarán despectivamente de «murciana».

Acostumbrado al neocartagenerismo reinante, hoy, cuando el camarero me ha traído la ración de arroz sin limón acompañante, he llamado su atención y le he dicho en lengua vernácula: «ponme un trocico de limón, pijo», cosa que el joven ha hecho al instante.

Esta casa de comidas en la que como hoy es un negocio pequeño pero bien administrado y ofrece no pocas atracciones al comensal.

El camarero jefe es hombre de firmes convicciones izquierdistas y furibundo seguidor de Barcelona, al tiempo que su jefe es hombre declaradamente madridista y con toda la pinta de votar a Vox. Con estas alineaciones el diálogo social en el restaurante está servido y este democrático detalle ameniza mucho las comidas.

Conocí al dueño de esta quer del jalar chipén una noche que, volviendo a casa, vi a un cura de sotana, cubo de agua e hisopo, largando una arenga a los camareros del bar. El cura, un tipo preconciliar, parecía saber de lo que hablaba y arreaba duro:

«Ser un comerciante no es ganar dinero a todo trance. Vamos a ser buenos cristianos, a no engañar en los precios y vamos a dar buen género, que os conozco bien…»

Viendo como repartía estopa el arcipreste me acerqué al dueño y le dije:

—Tira con posta el “páter” ¿Cómo te has buscado a este cura para bendecir el local?

A lo que me respondió

—Es que este c.b.r.n es mi hermano y él es así. Y se empeñó en venir a la inauguración.

Cuando me fui el cura metió el hisopo en el cubo y aspergió agua bendita sobre los presentes del mismo modo en que un sargento de la wehrmacht arrojaría granadas de mano sobre un pelotón de rusos.

Ahora, pasados los años, me gusta venir a comer de vez en cuando por aquí; y, así, hoy, por diez euros, me he zampado un zarangollo cojonudo, me he comido el arroz que ven en la foto y no he tomado postre porque para mí la fruta es sagrada en ese trance y los dulces y pasteles me parecen costumbres bárbaras.

Ahora, tras la comida, veinte minutos de sueñecito, y a trabajar, que el 29 tengo congreso y hay que dejar hecho el trabajo.

La resiliencia climática y el Mar Menor

La resiliencia climática y el Mar Menor

La resiliencia climática crea riqueza: aumenta el empleo, ahorra dinero y, por cada dólar invertido, se pueden ahorrar seis. No lo digo yo, lo dice la ONU: la capacidad de las comunidades para volver a su estado de origen tras una catástrofe natural proyecta un impacto económico positivo.

Si quienes nos gobiernan no perciben esto ni perciben la magnífica oportunidad que para los hombres y mujeres de la comarca del Mar Menor puede suponer esta crisis, todo estará perdido y jamás solucionaremos la catástrofe.

Va a hacer falta un esfuerzo científico importante, pero no sólo un esfuerzo científico.

La ONU, en Marco de Senday 2015-2030, insta a luchar contra los factores subyacentes entre los que están, como ejemplos, la urbanización rápida y no planificada, la gestión inadecuada de las tierras, los arreglos institucionales deficientes, las políticas formuladas sin conocimiento de los riesgos y la falta de regulación e incentivos para inversiones privadas.

Todos estos factores subyacentes no pueden ser arreglados por «científicos», necesitaremos economistas, juristas, politólogos, sociólogos… Por que en la catástrofe del Mar Menor están presentes todos los factores subyacentes citados por la ONU y alguno más.

Walter Scheidel, catedrático de historia en la Universidad de Stanford sostiene que sólo las grandes crisis han corregido desequilibrios en las sociedades y probablemente tiene razón.

Podemos aprovechar esta crisis y hacer de la necesidad virtud para crear conocimiento, empleo y riqueza. O podemos seguir echándonos las culpas unos a otros y ahogarnos todos en la ciénaga del Mar Menor.

Yo optaría por lo primero.

Tras el velo de la ignorancia

Tras el velo de la ignorancia

Vas a iniciar el viaje más trascendental de tu vida, Irene, es un trayecto muy corto, pero te llevará al lugar más maravilloso que puedas imaginar: vas a venir al mundo.

Esta mañana, pensando en ti y en lo que va a ser tu vida, trato de ponerme en tu lugar, trato de olvidar cuanto sé sobre mi mismo y trato de reflexionar sobre cómo sería la sociedad en la que yo desearía nacer si estuviese en tu lugar.

La realidad es que, si yo estuviese en tu lugar, desconocería muchas cosas, no sabría si voy a nacer rico o pobre, por ejemplo, tampoco sabría bien si voy a nacer hombre o mujer y, por desconocer, desconozco hasta si naceré sano y bien formado o por el contrario llegaré al mundo con alguna enfermedad congénita o con algún defecto en alguno de mis órganos o extremidades.

Pensando en lo primero, que es la salud, pienso que el riesgo de nacer enfermo y en una familia pobre es el más grave de todos; venir al mundo para morir a las pocas horas o vivir muchos años padeciendo una enfermedad me hacen pensar que, si he de elegir, quiero nacer en una sociedad donde la atención médica esté garantizada a cualquier persona independientemente de su condición económica.

Aunque, bien mirado, no tengo por qué tener tan mala suerte, pensemos en algo mejor, pensemos, por ejemplo, en que nazco mujer y lista. En ese caso me gustaría que el hecho de ser mujer no me perjudicase y me gustaría poder estudiar —si he nacido lista supongo que habré de estudiar— y me gustaría poder alcanzar aquellos lugares en la sociedad a que me hiciese acreedora con mis méritos, sin que ni mi condición de mujer ni la condición económica de mi familia fuesen un obstáculo para eso.

Puedo nacer también negra y en cualquiera de los estados que hoy existen en el mundo pero, nazca como nazca y donde nazca, ciertamente, no me gustaría que en la sociedad en la que yo vaya a nacer el hecho de ser de una raza u otra pudiera perjudicarme. Quizá, si nazco blanca en una sociedad blanca y rica, en unos años me parecerá que debemos defender nuestra riqueza, nuestra raza y nuestra cultura de las demás pero, ahora que estoy por nacer, como no sé si naceré blanca o negra, pobre o rica, en una familia católica o budista, lo mejor es que, nazca como nazca, nazca en una sociedad donde estos hechos no condicionen mi desarrollo como mujer o como hombre.

Bien mirado lo mejor es nacer en una buena familia, rica y acomodada, pues con eso tendré solucionados muchos problemas; claro que, igual mi familia es rica pero con alguna condición social que no me guste. Porque a ver, ¿quién quiere nacer en una sociedad musulmana y tener que ir con la cara cubierta todo el día?, que no digo yo que esté mal ni sea malo, sólo que, si no me apetece, pues prefiero una sociedad donde yo pueda dejar de ser musulmana y hacerme budista o atea sin mayores problemas. Llevar velo, dar vueltas a un molinillo, encender velas ante imágenes de madera o pasarme la vida negando la existencia de dios, son circunstancias que no me gustaría que supusiesen para mí ningún problema vital.

Pero… ¿Y si nazco con síndrome de down? ¿Qué será de mí?

En ese caso espero nacer en una sociedad donde se cuide a las personas como yo y la vida nos sea tan feliz como razonablemente pueda ser la vida…

Y ahora que lo pienso… ¿Es posible una sociedad así? Ummm… Bueno, ese tema es complicado y planteármelo aún antes de nacer parece un tanto excesivo para una bebé. De momento sé lo que quiero y, entretanto, espero que mi madre haya hecho lo necesario para que, además de traerme al mundo, el mundo que me espere sea como el que yo deseo…

Quizá todas estas reflexiones les parezcan utópicas, impropias de una bebé que va a nacer y que están teñidas de una cierta dosis de ñoñería; no se lo discutiré, pero con este ejemplo lo que he pretendido en realidad es mostrarle un concepto al que el filósofo John Rawls llamó «El velo de la ignorancia».

El punto de vista de Irene, la niña que va a nacer, representa lo que John Rawls llamó la «posición original» y, merced a él, la bebé reflexiona sobre ese mundo desconocido al que va a nacer desde una posición de absoluto desconocimiento, es decir, cubiertos sus ojos por un «velo de ignorancia» que la hacen tomar posición en relación con el mundo y la sociedad sin atender a ningún condicionamiento previo pues Irene puede nacer de cualquier condición que podamos imaginar.

Puede usted discutirme si una bebé puede o no pensar esas cosas antes de nacer, eso lo admito, pero, en respuesta esto, le diré dos cosas: la primera que, si usted me dice eso, es porque no ha entendido en absoluto el sentido de mis palabras y la segunda —y más importante— es que no tiene usted ni idea de lo lista que nos va a salir Irene. Así que, si no ha entendido lo hasta aquí dicho, vuelva al principio o váyase a leer otra cosa, que tampoco quiero yo amargarle el día. Y ahora volvamos a lo nuestro.

John Rawls fue un filósofo norteamericano que dedicó buena parte de su vida a teorizar sobre la justicia y, sin duda, una de sus ideas más fecundas fue esta de la «posición original» y, sobre todo, este experimento mental consistente en contemplar las cosas bajo «el velo de la ignorancia».

No fue John Rawls el primero en expresar estas ideas, presentes en multitud de filósofos como Hobbes, Locke, Rousseau y muchos más, pero sí el primero en verbalizarlas de esta forma.

Si bien se examina, la venda que tapa los ojos de las estatuas con que representamos la justicia, es una metáfora exacta de este «velo de la ignorancia» del que nos habla John Rawls. La justicia no sabe —no debiera saber en un mundo ideal— si eres rico o pobre, blanco o negro, hombre o mujer; la justicia sólo atiende —debiera atender— al caso que se le plantea y un imprescindible velo de ignorancia debiera protegerla de prejuicios o intereses particulares.

Ese mismo velo de ignorancia debiera también cubrir los ojos de nuestros políticos cuando pugnan por diseñar el mundo en el que habremos de vivir, pero lobbies, sindicatos, conmilitones, amigos, familiares y hasta sus propios intereses personales, hacen que ese velo caiga y sus decisiones obedezcan más a las conveniencias derivadas de su lugar en la sociedad que a las exigencias de una sociedad justa para todos.

Hoy, en este domingo de 25 horas en que nuestros hábitos de verano nos hacen levantarnos una hora antes, me he entretenido en reflexionar largo rato sobre el mundo desde la «posición original» de Irene y, cubierto por el velo de la ignorancia, sobre la sociedad que yo desearía. He tomado muchas notas y he guardado interesantes reflexiones para volver sobre ellas más adelante, pero por hoy basta con lo escrito. Lo importante es que Irene ha nacido bien, sana y guapísima y que, de cambiar el mundo, ya se está ocupando su madre.

Vale.