El chino y las sardinas

Las veo y no puedo evitarlo: me acuerdo del «Bar Derbi» en «Las 600».

Quizá usted no sepa cuál es la forma canónica de comerse estas sardinas o arenques que en la fotografía, pero, aunque le parezca disparatado, esta no es otra que prensarlas con una puerta contra la jamba de la misma (use el lado donde están las bisagras) y tras esto proceda a comerla como mejor dios le dé a entender.

Lo de prensar las sardinas usando una puerta no es costumbre cartagenera en exclusiva, en la Comunidad Valenciana y Cataluña también se estila; donde parece no estilarse es en Japón.

Les digo esto porque, serían los años 70, cuando en el Bar Derbi de «Las 600» —un lugar donde sólo parecía servirse cerveza— apareció un japonés que había venido a España a estudiar guitarra flamenca. El japonés vio que aquel día en el «Derbi» —milagrosamente— habían sardinas de bota y se pidió una… y ese fue su error.

Fue su error porque en Japón se comerá mucho sushi y mucho sashimi, pero no se comen sardinas de bota y por eso su civilización aún no ha descubierto que, para comerte la sardina, has de prensarla litúrgicamente con una puerta o ventana batiente con carácter previo a su ingesta.

La parroquia del bar Derbi, cuando vio al japonés atacar directamente la sardina sin prensarla previamente con la puerta, cayó presa de justa indignación.

—¡Atiende el «chino» cómo se está comiendo la sardina!
(Ni que decir tiene que, a esas alturas, la parroquia no estaba para sutilezas ni distingos entre japoneses, coreanos, vietnamitas ni chinos)
—¡Joer con el «chino» del pijo!
—¡Pero si se va a dejar lo mejor!
—¡Este «chino» es tonto!

Los parroquianos pronto encimaron al japonés transmutado en chino por acuerdo popular unánime y comenzaron a explicarle, por señas, cómo había de comerse la sardina.

El chino les miraba con toda la apertura que permitían sus ojos orientales y observaba estupefacto como los almogávares aquellos llevaban la sardina a la puerta y, colocándola en el lado de los goznes, le daban un solvente apretón.

El griterío fue enorme y la sardinas pronto se agotaron en el Derbi con toda la cáfila aquella de aborígenes dándole a la puerta y enseñando al «chino» a comer sardinas.

Yo era un zagal y observaba todo esto mientras esperaba a que me cortasen el pelo en una barbería de la misma plaza. Aún hoy pienso si el japonés («el chino») cuando vaya a comer sardinas en su país no mirará a su alrededor para asegurarse de que no hay cerca ningún tarugo con cara de español. O quizá sea el único japonés que, en lugar de usar palillos, se come el pescado prensándolo con una puerta. Quién sabe…

Muerte, corazón…

Sabes cómo te llamas porque lo recuerdas. Una vez, cuando eras niño, te dijeron cuál era tu nombre y mientras no lo olvides seguirás siendo esa persona. Sabes dónde estás porque lo recuerdas; entre las cuatro paredes de tu casa la ciudad en que estás es indiscernible pero recuerdas donde vives y, mientras no lo olvides, podrás decir a los demás dónde encontrarte. Entiendes lo que estás leyendo ahora porque lo recuerdas: recuerdas el sonido de cada letra que ves y recuerdas el significado de los sonidos que forman las palabras; mientras no los olvides podremos entendernos.

En realidad, toda tu vida, tú mismo, es toda ella un recuerdo. Somos lo que recordamos que somos y los demás existen también porque los recordamos. Sabes que tu madre, tu hermana o tus hijos viven porque, aunque no estén a tu lado, los recuerdas; recuerdas como contactar con ellos, recuerdas sus caras, sus nombres, sus historias…

Sí, en realidad todo es recuerdo, todo es memoria y por eso nadie muere en verdad sino hasta que le llega el trágico momento del olvido. Si no supieses que tus seres queridos han muerto les recordarías vivos y estarían perfectamente vivos para ti; es por eso que muchas personas no quieren recordar muertos a quienes fallecen sino llenos de vida; y hacen bien.

Los seres humanos somos una extraña mezcla de tierra y memoria. Vivimos en la memoria de los demás y sólo el olvido acaba con esta extraña realidad que es la existencia humana.

¿Y por qué les cuento hoy esto?

Verán, la hija de un amigo acaba de aprobar su «proficiency» en japonés, una muchacha joven, guapa y lista, y se me ocurrió preguntarle cómo era el kanji con el que se escribía en japonés la palabra «olvidar»; me quedé estupefacto cuando me dibujó un ideograma que incorporaba —según ella me explicó— las palabras «corazón» y «muerte» y pensé que era una civilización sabia la japonesa y que había sabido condensar en un único símbolo el significado profundo del olvido.

La chica me dibujó la palabra en un papel —wasu reru— y ahora, ese recuerdo, ya es parte de mí mismo. Gracias muchacha.

La proporción cordobesa

La proporción cordobesa

La proporción obsesionó a los griegos. Para Pitágoras, el número estaba en la base de todo e incluso la música era un ejercicio matemático que podía ilustrarse merced a las notas que emitía una cuerda vibrante en función de la longitud de la misma y las proporciones que guardaban estas longitudes. Para los escultores griegos las proporciones del cuerpo humano eran objeto de estudio obsesivo y para los arquitectos, las proporciones de sus edificios generaron órdenes arquitectónicos canónicamente clasificables.

De todas las proporciones que los griegos nos legaron la más importante históricamente ha sido, sin duda, la llamada «proporción áurea». Popularizada gracias al genio matemático de Euclides, la proporción áurea se encuentra por doquier en la naturaleza, sucesiones matemáticas como la de Fibonacci se vinculan a ella y —debido a su supuesta «divinidad»— podemos hallarla presente en construcciones, esculturas, pinturas y todo tipo de obras de arte. Incluso best-sellers como «El Código Da Vinci» han usado la proporción áurea como componente importante de su argumento.

Si usted no sabe lo que es la «proporción áurea» permítame que se lo explique de un modo directo: es la proporción que existe entre el lado de un decágono y el radio de la circunferencia en la que se inscribe. Lo mejor es usar una ilustración.

Si usted construye un rectángulo usando el radio (R) de la circunferencia que ve y el lado del decágono (L) en ella inscrito usted obtendrá un rectángulo aúreo, si usted dibuja una figura humana cuya distancia del ombligo al suelo sea igual al radio de la circunferencia que ve y la distancia del ombligo a la parte más alta de la cabeza sea igual al lado del heptágono en ella inscrito tendrá usted una figura de proporciones áureas o divinas. Pueden ver ejemplos del uso de la proporción áurea en este cuadro de Dalí que ven a continuación o en la clásica concha del nautilus que encontrarán a poco que lo googleen.

La proporción áurea parecía uno de los mayores logros de la civilización clásica pero, tras las invasiones bárbaras del imperio romano de occidente, Europa Occidental olvidó la proporción y la misma desapareció durante la Alta Edad Media de sus obras de arte y catedrales.

¿Y por qué estando hoy en Córdoba vengo yo a darles la tabarra con la proporción áurea o divina y con Pitágoras y Euclides? Denme cuartel y déjenme explicarme.

La proporción áurea se había perdido en toda Europa pero no en esta ciudad, porque los árabes conservaron los textos griegos y la sabiduría a ellos incorporada y en la Córdoba Califal se conservaba una copia del famosísimo libro llamado los «Fundamentos» escrito nada menos que por el propio Euclides. Una vieja tradición (se non vera ben trovatta) quiere que los britanos entrenasen a un monje para hacerse pasar por musulmán y viniese hasta Córdoba a copiar los «Fundamentos» en lo que sería el primer caso documentado de espionaje industrial altomedieval. Pensaban en Europa que, conociendo los cordobeses la existencia de la proporción áurea gracias a Euclides, la ciudad rebosaría de muestras de dicha proporción y edificios y esculturas se atendrían a ella. Sin embargo se equivocaban.

Los cordobeses conocían la proporción divina pero, curiosamente, jamás la usaban. Los cordobeses usaban obsesivamente una proporción distinta y, para explicársela, no me queda más remedio que volver a recurrir a un dibujo.

Como ven los cordobeses no usaban la proporción que vinculaba al lado de un decágono con el radio de la circunferencia que lo inscribe sino que los cordobeses preferían el octógono (un polígono de ocho lados y no de diez) al decágono.

Si la proporción derivada del decágono era divina la proporción que los cordobeses derivaban del octógono no le iba a la zaga. Si del ombligo a los pies y del ombligo a la cabeza los griegos esculpían dioses en proporción divina, los cordobeses observaron que las personas no tenían esa proporción medidas desde el ombligo sino que la proporción que presentaban los seres humanos era la derivada del octógono. Los actores griegos se colocaban coturnos (una especie de alzas en los pies) para lucir en escena proporciones divinas, pero, sin coturnos, los actores, como cualquier persona, presentaban proporción cordobesa.

A los cordobeses no parecía importarles demasiado la divinidad y aún conociendo su proporción la despreciaron para apasionarse por las proporciones humanas (a la proporción cordobesa también se le llama proporción humana) e hicieron del ocho y del octógono una obsesión en su ciudad.

Me gusta pasear por Córdoba, la ciudad que despreció a los dioses, y mientras paseo, ir contemplando la adicción al ocho que te sale al paso en cualquier lugar de esta ciudad —y debo decir que en toda Andalucía— así como las proporciones humanas que esta presenta en casi cualquier lugar que mires, desde los arcos de la Mezquita hasta fachadas, plazas y fuentes.

El paisaje urbano de Córdoba habla desde la noche de los tiempos y nos cuenta una historia humana y hecha a la medida del hombre.

Por eso, hoy, mientras veo atardecer sentado en las escaleras de la iglesia que hay en la Plaza de Capuchinos y disfruto del ocaso que tiñe el celaje tras el Cristo de los Faroles, pienso en las proporciones de esta ciudad humana y bella como pocas.

Bueno, voy a estudiar un poco que mañana hay juicio.

La justicia es prioridad nacional

Nos vuelven a llamar a las urnas para que elijamos entre varios partidos al gobierno que saque a España del estado en que se encuentra. Quienes han gobernado hasta ahora se han mostrado incapaces de arreglar esto y han recurrido a las elecciones como herramienta para solucionar el bloqueo político en que estamos sumidos, como si el cambio de personas y no de condiciones y estructuras fuese a solucionar algo.

En estos últimos años en España hemos vivido un calvario de políticos sinvergüenzas que, cuando no compraban títulos académicos para darse lustre, vendían planes urbanísticos para forrarse, ocupaban puestos en consejos de administración de grandes empresas sin saber hacer un ocho con una escopeta de dos caños o facilitaban que las entidades financieras saqueasen las economías de los votantes.

En España es verdad que ha faltado pan para tanto chorizo como sabiamente diagnosticó la población y, sin embargo, de lo que la sociedad no ha parecido darse cuenta es de que el único pan que permite a la ciudadanía comerse a tantos chorizos como tenemos se llama justicia.

La ciudadanía ha probado con partidos y coaliciones nuevas, como si cambiando a las personas y no mejorando las herramientas democráticas fuese a cambiar la situación. La charcutería nacional, gracias a nuevas opciones, ha podido cambiar de caras, sí, pero seguramente no de conductas y ahora, con otras elecciones más en ciernes, llama la atención que incluso se apunten a la general matanza nuevas marcas de chacinas.

Vamos a decirlo en corto y por derecho: el único pan que empareda a tanto chorizo se llama justicia y ninguno de los partidos que concurren a las elecciones ha hecho de ella su primera prioridad para las próximas elecciones. Si el espectáculo continúa cuatro años más no le extrañe.

Los partidos que sucesivamente han gobernado en España han mostrado un patrón de conducta siniestramente regular en materia de justicia. Todos los partidos que han gobernado han demandado una justicia independiente desde la oposición pero, al llegar al poder, han mantenido el sistema de elección del CGPJ y han olvidado las recomendaciones del Consejo de Europa. Todos los partidos que han gobernado, desde la oposición han defendido que la justicia debe ser cercana a los administrados pero, en cuanto han llegado al poder, se han ocupado de alejarla de ellos lo más posible, manteniendo, por ejemplo, esa repugnante distribución de juzgados hipotecarios destinados a atascar la justicia en beneficio de los bancos y en perjuicio de los consumidores.

Han sido todos los partidos que han gobernado defensores de boquilla de la ciudadanía pero, al llegar al gobierno, han mantenido para los bancos —por ejemplo— procesos especiales que les permitían ejecutar sus hipotecas cargando sobre los ejecutados importantes cantidades en concepto de intereses y costas mientras que han tratado de dilatar el acceso de los ciudadanos a la justicia con inútiles procesos previos o incluso presionando para que las costas del proceso no sean repercutidas en su integridad a los bancos, de forma que hayan de soportarlas los administrados.

La Justicia ha sido para los partidos que han gobernado una insufrible molestia que investigaba sus másteres ficticios, sus sucias financiaciones o sus abyectos tejemanejes. Por eso la Justicia nunca ha sido dotada suficientemente, porque la justicia es el enemigo de los malvados y los corruptos y nadie quiere un enemigo fuerte.

La Justicia es el pan con que emparedar a toda la charcutería nacional; es el pan que falta para tanto chorizo y es por eso que la justicia es una prioridad nacional.

Así pues, cuando vayas a votar, piensa que ninguno de los derechos que te prometan existirá si no dispones de una administración de justicia eficaz donde exigirlo y busca quién se compromete con los principios de #T: Justicia con Medios, Justicia Independiente, Justicia Cercana y Justicia sin Barreras de Acceso como las Tasas.

Ahora que ya sabes donde está el pan que te faltaba, ponte en marcha y ve a por él, porque pronto habrá elecciones y no podemos desaprovechar muchas más oportunidades.

Los malos relatores

En apenas 70.000 años el ser humano —homo sapiens— ha conseguido extenderse por todo el planeta y le han bastado los 10.000 últimos para dominarlo y causar en él un impacto mayor que el del asteroide que acabó con los dinosaurios. Los ejemplares de Sapiens de hace diez mil años apenas si formaban bandas de cazadores-recolectores cuya vida difería poco de los yanomamo o bosquimanos actuales; sin embargo, desde la aparición de la agricultura, sapiens ha sido capaz de crear imperios, abandonar el tallado del silex que le ocupo durante decenas de miles de años y descubrir las tecnologías del bronce, del hierro o del coltán, explotar el poder de energías térmicas, eléctricas o nucleares y dominar por completo el planeta tierra hasta convertirse a sí mismo en la principal amenaza para su propia supervivencia y la del planeta en que vive.

¿Cómo ha podido suceder esto?

La herramienta que sapiens ha utilizado para alcanzar todos estos logros se llama cooperación. Ni más fuerte, ni más rápido, ni probablemente tan listo como se imagina a sí mismo, sapiens estuvo a punto de desaparecer como especie hace unos 70.000 años1 debido a su debilidad. Cuesta trabajo imaginar que, en ese momento, apenas sobreviviesen en todo el planeta unos 2.000 seres humanos de los cuales todos descendemos, pero los análisis genéticos demuestran que así es. Sin embargo, 68.000 años después, aquel débil animal bípedo no tiene más rival sobre la tierra que él mismo y, si algún peligro le amenaza, este se deriva de su inesperado éxito como especie y de su brutal capacidad para alterar el ecosistema que lo aloja2.

A lo largo de los últimos veinte mil años, sapiens ha pasado de cazar con armas de sílex a explorar el sistema solar con naves espaciales y no parece que ello se deba a un aumento de nuestra inteligencia (de hecho, en la actualidad nuestro cerebro parece ser menor que hace 20.000 años)3.

El factor decisivo en la conquista del mundo por nuestra especie fue la asombrosa capacidad de sapiens para conectar entre sí a muchos individuos de su misma especie. Si sapiens domina hoy el planeta es porque ha demostrado una capacidad sin parangón de crear formas flexibles de cooperación.

Supongo que algún lector me dirá que, hormigas, abejas y termitas también cooperan en sumo grado; a lo que tendré que responderle que, aparte de otros factores, sus formas de cooperación son rígidas y carecen de flexibilidad. Una colmena no puede decidir cambiar de forma de organización, guillotinar a la reina y constituirse en república para enfrentarse a un cambio de circunstancias del entorno; el ser humano, en cambio, es capaz de reprogramar las formas de cooperación de sus sociedades y hacer frente de forma mucho más flexible a las amenazas.

¿Cómo programan y reprograman las sociedades de sapiens sus estrategias de cooperación? Pues, por extraño que les parezca, a través de cambios en unas entidades específicas de un software único y propio del ser humano: las ficciones.

Mientras sapiens fue cazador-recolector y sus comunidades apenas superaban unas pocas decenas de individuos la cooperación entre ellos no precisaba de un uso intensivo de las ficciones pero, con el advenimiento de la agricultura y la formación de las primeras civilizaciones, las ficciones demostraron su enorme capacidad de mejorar la cooperación humana hasta extremos nunca vistos hasta ese momento.

Estas ficciones son entidades intersubjetivas, creídas por todos los miembros de la comunidad y que están fundadas en relatos que, asumidos por todos, dan sentido a la vida de cada uno de los individuos que componen la comunidad y les imponen códigos de conducta que fomentan la cooperación. En Sumeria, el dios Enlil o la diosa Inana eran entidades tan reales como para usted hoy lo son la Unión Europea o el Banco de Santander y determinaban la conducta de los habitantes de aquellos territorios en la misma forma que a usted se la determinan las dos últimas entidades citadas.

Religiones, ideologías, sistemas de valores, naciones, corporaciones, son ficciones, entidades intersubjetivas, que condicionan y determinan las conductas de quienes las asumen como reales y que, por lo mismo, se han revelado como formidables herramientas para la promoción de la cooperación en las sociedades humanas.

Quizá una de las ficciones más exitosas sea la del dinero. Nacido en Sumeria —las civilizaciones son inseparables de estas ficciones— el dinero es una de las ficciones más omnipresentes en todo el mundo desarrollado. Sin más valor que la confianza que tenemos en que otros seres humanos lo valoren como nosotros, muy a menudo olvidamos que el dinero no es más que una ficción, que en realidad no se trata más que de trozos de papel y que, como dicen que dijo el jefe indio Seattle, no tiene más valor que el los hombres blancos le atribuyen porque, en realidad, «el dinero no se come».

Los sumerios, con su fe en que Enlil e Inana eran entidades reales, les adoraban, les rendían tributo y les hacían donaciones confiando en que estos dioses les protegerían a ellos y a sus seres queridos. Enlil e Inana, además, daban sentido a la vida de los habitantes de Sumeria pues estos pasaban a formar parte del relato, del drama cósmico, que explicaba la creación del mundo, la existencia del hombre y les indicaba el comportamiento adecuado al sentido de aquel cosmos. Se podía incluso ir a la guerra y morir siguiendo los deseos de Enlil o Inana, una actitud repetida durante 10.000 años por sapiens, si bien, ficciones como Enlil o Inana han sido sustituídas por otras ficciones tales como el Faraón, el Papa, los reyes o las patrias.

Si bien se observa, todas las civilizaciones y sociedades humanas no son más que grupos mayores o menores de sapiens que comparten intensamente un relato y lo asumen como cierto y es así como religiones, ideologías, imperios, patrias y corporaciones mercantiles, han hecho cooperar a los seres humanos para la consecución de unos determinados objetivos. Es así como se construyeron zigurats, pirámides, catedrales, arsenales nucleares y naves espaciales. Cuando decimos que «los Estados Unidos han llegado a la luna» o que «Alemania declaró la guerra a Francia» sentimos que estamos diciendo algo muy real y, sin embargo, no estamos hablando más que de ficciones que sólo existen en nuestras mentes.

Si quieres saber si estás ante una ficción o una realidad no tienes más que preguntarte si siente dolor. Si observas que una entidad sufre cuando la golpean, llora cuando alguien muere o se acongoja cuando ve cómo una familia es expulsada de su vivienda a causa de la pobreza, no te quepa duda, estás ante una entidad real, hay todavía ante ti un individuo sapiens; porque las ficciones no lloran ni sienten y sólo en los relatos la patria llora por sus hijos, Enlil o Inana cuidan de sus fieles o el Banco de Santander nos «da» dinero.

No desprecies las ficciones, por ellas matan, mueren y viven las personas; por ellas trabajan y son ellas las que determinan si la vida de las personas es correcta o incorrecta, moral o inmoral, honrada o delictiva. Y no te confundas, tanto da si tu relato empieza afirmando que no hay más dios que Alá y que Mahoma es su profeta; como si comienza diciendo que crees en un solo Dios, Padre, Todopoderoso; como si proclama que consideramos evidentes por sí mismas las siguientes verdades: que todos los hombres han sido creados iguales; que el creador les ha concedido ciertos derechos inalienables y que entre esos derechos se cuentan: la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Aunque usted sea marxista y su ideología no tenga dios no por ello deja de ser una ficción semejante a las religiones, pues no son los dioses, sino los hombres, los que crean las religiones.

Es por eso que tenemos que cuidar quién determina los relatos que programan los comportamientos de la sociedad. Hoy que los que defienden un determinado relato de España están en la calle frente a otros que defienden el relato muy concreto de otra ficción llamada Cataluña, trato de pensar en todo esto y trato de impedir que estos «relatores» impongan sobre mí sus relatos interesados.

Yo, que participio intensamente de otra de estas ficciones y soy español de religión, siento que no participo del relato de casi ninguno de estos «relatores» oficiales. Que quizá el credo de mi religión yace enterrado en una fosa ignorada en Alfacar junto con los cadáveres de dos toreros anarquistas, un maestro de escuela y un poeta homosexual. Siento que quizá mi relato de España fue tiroteado en la Calle del Turco o derrotado por los Cien Mil Hijos de San Luís y siento que, sin duda alguna, mi relato de España no es el mismo del que creen ser propietarios algunos que invocan la validez de esta ficción mientras hacen tremolar banderas.

Sí, los relatos son importantes, pero me niego a permitir que mi relato lo escriban los Torra, Sánchez, Rufián, Casado, Puigdemont, Abascal, Junqueras, Iglesias o Rivera. Vengo de un credo escrito por gentes como Homero, Virgilio, Horacio, Isidoro, Berceo, Manrique, Martorell, Calderón, Cervantes, Góngora, Quevedo, Rosalía o Maragall, entre otros muchos; a estas alturas no voy a dejar que mi relato lo escriban gentes zafias, de doctorado o máster comprado y movidas en exclusiva por el afán de poder. Si he de embriagarme de ficción al menos que el vino sea bueno y los relatos de calidad.

Vivamos con intensidad nuestras ficciones, no hay nada más humano, pero, por favor, saquemos de nuestras vidas a los malos relatores.


  1. El ser humano estuvo al borde de la extinción. Diario de León. ↩︎
  2. Para hacernos una idea del impacto que sapiens ha tenido en el ecosistema global podemos tener en cuenta que, en la actualidad, más del 90 por ciento de los grandes animales del mundo (es decir, los que pesan más que unos pocos kilogramos) son o bien humanos o bien animales domesticados. Así, por ejemplo, en la actualidad unos 200.000 lobos salvajes todavía vagan por la Tierra, pero hay más de 400 millones de perros domésticos. El mundo es hogar de 40.000 leones, frente a 600 millones de gatos domésticos, de 900.000 búfalos africanos frente a 1.500 millones de vacas domesticadas, de 50 millones de pingüinos y de 20.000 millones de gallinas. Desde 1970, a pesar de una conciencia ecológica creciente, las poblaciones de animales salvajes se han reducido a la mitad (y en 1970 no eran precisamente prósperas). En 1980 había 2.000 millones de aves silvestres en Europa. En 2009 solo quedaban 1.600 millones. En el mismo año, los europeos criaban 1.900 millones de gallinas y pollos para producción de carne y huevos. (Vid. Y.N.Harari. (2016). Homo Deus: breve historia del mañana. Editorial Debate. Posición 1269. Documento de Kindle ASIN B01JQ6YNRE.) ↩︎
  3. Christopher B. Ruff, Erik Trinkaus y Trenton W. Holliday, «Body Mass and Encephalization in Pleistocene Homo», Nature, 387, 6.629 (1997), pp. 173-176; Maciej Henneberg y Maryna Steyn, «Trends in Cranial Capacity and Cranial Index in Subsaharan Africa During the Holocene», American Journal of Human Biology, 5, 4 (1993), pp. 473-479; Drew H. Bailey y David C. Geary, «Hominid Brain Evolution: Testing Climatic, Ecological, and Social Competition Models», Human Nature, 20, 1 (2009), pp. 67-79; Daniel J. Wescott y Richard L. Jantz, «Assessing Craniofacial Secular Change in American Blacks and Whites Using Geometric Morphometry», en Dennis E. Slice, ed., Modern Morphometrics in Physical Anthropology: Developments in Primatology: Progress and Prospects, Nueva York, Plenum Publishers, 2005, pp. 231-245. Citados por Y.N.Harari en op. cit. Posición 2319. ↩︎

Justicia y corrupción

He escrito reiteradamente que el único antídoto contra la corrupción es la justicia, por lo que, una justicia sin medios, alejada del ciudadano o falta de independencia, es el mejor caldo de cultivo para que prolifere la corrupción.

Dime cuánto inviertes en justicia y te diré cuánto odias la corrupción.

La justicia española está diseñada para defender los derechos fundamentales del individuo, más cuanto más importante sea el individuo en cuestión. Si es usted un político aforado le juzgarán altos tribunales y, si le condenan, su causa será revisada por tribunales nacionales y supranacionales para verificar que en su enjuiciamiento y condena no se han vulnerado ninguno de los derechos contenidos en la Constitución Española y en los tratados internacionales ratificados por España. Si es usted «importante» o la ha liado lo suficientemente parda, no ha de temer demasiado a que nuestro Tribunal Constitucional —que sólo admite a trámite menos del 1% de los recursos de amparo a él presentados— le inadmita el recurso diciendo aquello de que «carece de relevancia constitucional» y lo mismo o parecido cabría decir de los tribunales europeos.

Nuestra justicia, ayuna de medios, es bastante exquisita en cambio a la hora de verificar que no se vulneren derechos fundamentales de los procesados, por esa parte pueden estar tranquilos quienes sean juzgados, no ocurre lo mismo, sin embargo, con las víctimas de quienes han cometido esos delitos, sobre todo si son delitos de compleja naturaleza financiera o económica.

La justicia española, perfectamente eficaz para perseguir la delincuencia menor (Policía y Guardia Civil tienen un acreditado curriculum en esto) se ha mostrado absolutamente impotente para prevenir y controlar la compleja delincuencia de naturaleza financiera o urbanística. Su capacidad de reacción ha sido tan lenta que los procesos que se han abierto por estas causas (menos de los deseables) se han estancado en larguísimas instrucciones que han determinado la prescripción de bastantes de ellos, prescripción que se ha visto ayudada por algún que otro cambio legislativo que, en el sentir de muchos operadores jurídicos, parece realizado para favorecer tal resultado.

La falta de medios crónica de la administración de justicia española pone muy cuesta arriba la tarea de los jueces de instruir causas complejas en plazos razonables y esto, no lo olvidemos, lo que provoca es la desprotección de la sociedad (los más) frente a los corruptos (los menos).

¿Alguien duda de que de haber existido en España una justicia independiente y con medios no se hubiese producido la ola de delitos y pelotazos urbanísticos que han asolado a los municipios españoles? ¿Alguien piensa que, de haber existido en España una justicia independiente y con medios, la crisis financiera y los abusos que llevó aparejados no hubiese sido sensibilísimamente menor?

Sospecho que no y, si usted lo sospecha igual que yo, piense a quién conviene más que a nadie que la justicia siga, para siempre, ayuna de medios. ¿Lo ha pensado?, pues eso.

Fatalmente, sin embargo, parece que los españoles y españolas asumen que corrupción siempre existirá y que están acostumbrados a vivir con una enfermedad que aceptan como crónica.

Los presupuestos en justicia han sido siempre raquíticos; la organización judicial española muestra una preocupante tendencia a alejarse de los ciudadanos y concentrarse en órganos mucho más sencillos de controlar por poderes ajenos al judicial que los jueces individuales; las medidas ¿organizativas? que se toman desde el poder judicial (piense en los juzgados para el atasco hipotecario) antes parecen destinadas a perjudicar a los débiles (administrados) y favorecer a los fuertes (bancos, compañías de seguros…) que a tratar de impartir justicia eficazmente.

La falta de medios en la justicia, es bueno que se sepa, no afecta igual a todos los administrados. La falta de medios penaliza más a los más humildes que a los poderosos, quienes, en bastantes casos, pueden obtener réditos de la falta de medios que padece nuestra justicia.

Si la justicia funciona en España a día de hoy, parece que sea exclusivamente por el milagro del factor humano, por personas que, a pesar de todo, siguen cumpliendo con su deber más allá de lo exigible. Sin embargo esto no puede, no debe, seguir así.

La medida exacta de la voluntad de perseguir la corrupción en nuestros políticos se mide en los presupuestos generales, por la inversión en justicia, en medios, en cercanía y en independencia.

No creo equivocarme si afirmo que ninguno de los últimos gobiernos ha aprobado este test de la justicia y temo que tal costumbre se convierta en enfermedad admitida como crónica sin que tan grave hecho a nadie subleve.

Urge desenmascarar las actitudes contrarias a la independencia, cercanía y eficacia de la administración de justicia, sobre todo, si queremos que nuestros hijos hereden un país digno de ser vivido. Vale.

Oficio de héroes

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