Bajocas

El sureste es un lugar curioso. Aunque muchos de sus habitantes no lo sepan, su peculiar forma de hablar se funda —entre otras cosas— en que es aquí donde el catalán que se habla en la Comunidad Valenciana (no me atrevo a poner «valenciano») se yuxtapone al castellano y da lugar a una extraña colección de palabras que se encuentran a caballo entre una y otra lengua.

Antes de que la TV y la normalización escolar hiciesen menos frecuentes estos giros lingüísticos, un cartagenero llamaría «pésoles» a los guisantes y aún a día de hoy llamará «lebeche» a ese viento del suroeste que en catalán llaman «llebetx» o «llebeig»; sucederá lo mismo con el «jaloque» (xaloc) o en la vecina ciudad de Murcia con las patatas, donde todavía oirá usted a algún castizo llamarlas «crillas».

Esto de las «crillas» tiene su guasa porque, en valenciano (perdonen si hiero a alguien) a las patatas se las llama también «creïlles» y en este caso el proceso es tan largo como valencianizar la palabra creadilla (las patatas son las «creadillas de tierra» o «turmas de tierra» del castellano oriental de La Mancha) y de ahí trasvasarla al castellano del sureste ya no como «creadilla» sino en su forma valenciana «crilla».

Por lo demás la toponimia de la zona no admite contestación. Lugares como «Roche» (de Roig), «La Parajola» (de «La Platjola») o la Isla Grossa (no necesita traducción, en catalán se dice igual Isla Grossa) dan fe de una toponimia catalana tan extendida que, incluso en asuntos de fe, se deja sentir: la vieja patrona de Cartagena es la Virgen del «Rosell» y este nombre es también catalán como otro día les contaré.

Pasa con España como con el jamón de Montánchez, que uno no puede decantarse nunca por la magra o por el tocino, porque la grasa se infiltra de tal manera en la carne que es lo que da a esta su incomparable sabor. Magra y tocino en su justa medida y siempre ambas de buena calidad hacen un buen jamón y esto pasa en mi región (y yo diría que en España) que, aunque muchos puristas preferirían tomarse las alubias solas y otros solo el chorizo, las alubias con chorizo llevan ambas cosas y si no llevan ambas no son lo que han de ser.

No sé si me explico. Otro día les hablaré de la toponimia de origen euskérico de mi cormarca (que también la tiene), por no hablarles de la árabe o la bizantina, pero eso será otro día.

Ahora, para compensar una miaja de empanada de más que me he comido por no hacer el feo a una invitación, voy a comerme solamente este platico de bajocas…

¡Anda! ¡Bajocas!

Mater tua mala burra est

Me ha dicho la doctora que no debo abusar de la fruta y que debo atenerme en exclusiva a las peras y a las manzanas y en cantidad no superior a la de una pieza al día, y a mí, naturalmente, esto me parece muy mal.

Si bien lo piensan ustedes ¿han visto alguna vez un bodegón más apetitoso que el que pinta frutas en sazón? y, por otra parte, ¿qué se comía en el paraíso terrenal sino frutas de toda clase?.

El paraíso terrenal de cada cultura nos dice mucho sobre ella y el carácter de sus hombres y mujeres. Para los incívicos germanos (aka “bárbaros del norte”) el paraíso era un cerdo inmenso que jamás se acababa, por más que se cortasen de él raciones. Para los viejos egipcios, en cambio, el paraíso eran los llamados “Campos de Juncias de Osiris” pero, para los mediterráneos, el paraíso terrenal es un lugar donde, mayoritariamente, se come fruta; y no sólo para los cristianos, que, en el Barrio del Foro Romano de Cartagena, ya tengo yo muy vista una cornucopia o cuerno de la abundancia del cual manan frutas sin cuento y atestigua que la abundancia y las frutas siempre han ido de la mano.

Pienso esto y pienso, además, que, siendo a mi juicio la manzana la menos sabrosa de las frutas del huerto, es raro que se la use como símbolo de la atracción pecaminosa… aunque, ciertamente, debo decir para quien no lo sepa, que lo que comieron Adán y Eva en el Paraíso Terrenal no fue un vulgar pero (como un grosero error de traducción nos ha hecho creer) sino unas bayas (las drakeas, draksas o drakias de los gitanos —uvas— cuya raíz etimológica está en la base del fruto del que habla el Génesis).

Lo malo de las manzanas es que en latín se llaman «malum» y el juego de palabras, y los errores, están servidos (¿quién no recuerda aquella delirante frase latina de «mater tua mala burra est» de dificilísima traducción y que significa algo totalmente diferente de lo que parece significar?) y fue así, por lo “malus”, por lo que acabaron entrando en la historia la manzana, Adán, Eva y la bicha.

En fin, hoy voy a atenerme a la manzana, aunque solo sea porque algo de picarón si deben tener cuando los romanos —siempre los romanos— llamaron “manzanas” a lo que nuestros vulgarotes chaveas llaman “las peras” y, porque, si en roma una chica le tiraba los tejos, los trastos o los tiestos, a algún joven, un romano diría que “le está tirando las manzanas”.

Malum, malum, malum…

No hay nada personal en esto, presidente

Se está formando un nuevo gobierno y a estas horas (23:00 horas del 5 de junio de 2018) los juristas aún no sabemos quién será el próximo ministro o ministra de justicia. Mucho se especula con quién pueda ocupar esta cartera y, sin embargo, quién sea la persona que la ocupe es, a mi juicio, una de las cuestiones menos relevantes de todo este asunto.

La actitud que, hacia el nuevo ministro o ministra de justicia, vayan a tener los jueces, fiscales, abogados, secretarios judiciales, funcionarios o procuradores, poco va a tener que ver, creo yo, con la identidad de quien ocupe la cartera y sí mucho con cuál sea su agenda o programa.

En #T nuestras exigencias respecto a los principales problemas que aquejan a la justicia están claras y plasmadas por escrito desde hace ya varios años, de forma que, nuestra posición respecto al ministro o ministra —sea este el que sea— dependerá en exclusiva de cuál sea el programa que el mismo traiga al gobierno.

En #T consideramos que en materia de Independencia Judicial es imperativo adecuar la forma de elección de los vocales del CGPJ a las exigencias de nuestra Constitución y a las recomendaciones del Consejo de Europa. No hay componendas ni rebajas: los jueces deben elegir.

En #T consideramos que la independencia judicial también se fortalece eliminando las tutelas del ejecutivo hacia el judicial y especialmente eliminando la intolerable política informática de este y anteriores gobiernos en relación con los datos judiciales. Estos datos son responsabilidad del poder judicial y deben de ser tratados por él, no cabe seguir dejando en manos de gobiernos centrales y autonómicos la tenencia y tratamiento de estos datos. El terrible error de LexNet debe de ser también corregido.

En #T consideramos que una justicia sin medios no es justicia, estamos en el debate de la ley de presupuestos, por vuestras enmiendas os conoceremos. Especialmente os conoceremos por el dinero que destinéis a justicia gratuita y turno de oficio pues es ahí donde veremos vuestra voluntad de ayudar a la justicia de todos.

La justicia cercana es fundamental para #T y la eliminación inmediata de los infames juzgados hipotecarios es una buena forma de empezar a demostrar que se está por una justicia cercana a los ciudadanos.

Y la eliminación definitiva de las tasas judiciales (sí, aún quedan tasas judiciales) es la cuestión que puede cerrar un programa de urgencia para un gobierno que previsiblemente dure poco.

Eliminar los juzgados hipotecarios, cambiar la forma de elección de los vocales del poder judicial, elevar los presupuestos en materia de turno de oficio y eliminar definitivamente las tasas judiciales son medidas que pueden llevarse a cabo aunque el gobierno dure pocos meses; por eso sepan que en #T no hay nada personal a favor o en contra del presidente ni de su gobierno, en #T solo defendemos esas cuántas cosas en las que creemos.

Mañana, desde #T no felicitaremos a ningún ministro o ministra, si acaso les desearemos suerte y ya hablaremos con más conocimiento en cuanto comience a adoptar sus primeras decisiones y sepamos a qué atenernos, pues hace tiempo que en #T aprendimos que la distancia entre las palabras de muchos políticos y sus hechos se mide en mentiras; ovacionaremos, pues, las acciones y no los propósitos.

No hay, pues, nada personal en nuestras acciones, es simplemente una pura cuestión de ideas.

Pronombre de solidariedade

La cena dio para mucho y la conversación fluyó sin problemas desde las evidentes carencias de la informática judicial a las discutibles virtudes del innombrable «Licor de merda» que fabrican en Cantanhede (Portugal). Pero, como los comensales eran en un 99% gallegos y la cerveza y el vino comenzaban a fluir, en cierto momento de la noche hube de plantearme seriamente la posibilidad de verme envuelto en una súbita interpretación «a capela» del «Miudiño».

Si usted no sabe lo que es el «Miudiño» no sabe lo que se está perdiendo. Si usted lo oye cantar por primera vez y no entiende la letra, perfectamente podría pensar que es el himno de Galicia, mucho más si ve —como sucede a menudo— a centenares o miles de personas cantándolo; pero, cuando lo ha oído unas cuantas veces y aunque siga sin saber qué dice la letra, notará un impulso incontenible que le obliga a cantarlo.

Es casi un himno, ya se lo digo yo, y, tan himno es, que fue base de la canción que más identifica la revolución minera de los valles asturianos: aquella que empieza con «Santa Bárbara bendita…» y acaba con un «…mira Maruxina, mirá, mira cómo vengo…» final que, para quien haya cantado el «Miudiño», resulta muy revelador.

Bueno, vamos al turrón, que me pierdo; el caso es que aunque conozco perfectamente la letra del «Miudiño» (no hay que tener un memorión precisamente para acordarse) la primera palabra de la canción nunca la he tenido clara, pues he oido no menos de tres principios distintos, desde el sencillo «Trallo un andar miudiño…», al muy galaico «Eche un andar miudiño» e incluso al incorrecto (creo yo) «Heiche un andar miudiño». La conversación, naturalmente, giró sobre la segunda versión, «Eche», que traducido al castellano significaría —más o menos— «te es», una forma de incorporar al interlocutor a la frase que en gallego se llama «pronombre de solidariedade». Quizá a ustedes les suene oír a un gallego usando expresiones del tipo «los percebes tampoco te me debieron sentar bien…» o incluso la muy inquietante «no te quiero más» dicha por el niño a la madre que se empeña en ponerle un cucharón más de comida en el plato ya rebosante.

Me quedé suspenso con la conversación y traté de investigar cómo podría yo, castellanoparlante de nacencia, incorporar el pronombre de solidariedade a alguna locución castellana de andar por casa.

Esfuerzo inútil, el castellano también tiene su propio «pronombre de solidariedade», sólo que le llama —muy pomposamente— «dativo ético». Conforme a la Real Academia Española este «dativo ético» se construye con pronombres innecesarios que concuerdan con el sujeto de la oración y que se usan para dar énfasis. Indudablemente en castellano la expresión «mañana te me vas de casa» significa exactamente lo mismo que «mañana te vas de casa» y, sin embargo, parece obvio que no es lo mismo o al menos no nos transmite la misma información. Tengo para mí que Miguel Hernández le estaba haciendo un monumento al dativo ético castellano cuando escribió en el principio de su elegía a Ramón Sijé aquello de:

En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo…

Porque, verdaderamente, siendo lo mismo, son expresiones muy diferentes «se ha muerto» y «se me ha muerto».

Pronombre «de solidariedade», reservado casi en exclusiva en castellano a expresiones coloquiales y de puertas para adentro del hogar familiar, mucho más profusamente utilizado en gallego y desde la noche del viernes imprescindible inicio no sólo de un “Miudiño” cantado como ha de cantarse sino de cualquier acción humana solidaria o ética.

Gracias Sabela por descubrirme estas cousas. Graciñas avogados novos.

Es tiempo #T

Hace seis años y seis meses que fue nombrado ministro de justicia un hombre de infausta memoria y hoy investigado judicialmente por su relación con la llamada «Operación Lezo». De inmediato comenzó una labor de demolición de la justicia en España: profundizando en el control de la justicia por parte del ejecutivo, impidiendo el acceso a la justicia por la inicua ley de tasas que él impuso, tratando de alejar la justicia de los ciudadanos concentrándola en las capitales de provincia exclusivamente, dejando morir de inanición a la justicia existente por su endémica falta de recursos y jugando a eliminar la justicia gratuita dejando un solo colegio de abogados por comunidad autónoma.

Fue en esa situación cuando emergió en redes sociales un movimiento que permitió que los juristas de España cerraran filas en torno a un reducido grupo de ideas que fueron la base del manifiesto #T.

Muchos políticos que entonces formaban parte de una oposición anulada por la hegemónica mayoría absoluta del Partido Popular se adhirieron a ese manifiesto e hicieron suyas sus aspiraciones; era evidente que #T representaba la rebeldía frente a la inicua situación y a esa rebelión se apuntaron los políticos de la oposición. Hacerse una fotografía con la camiseta de #T llegó a ser casi una moda.

Hace ahora tres años y ocho meses llegó al gobierno otro ministro también de infausto recuerdo: Rafael Catalá Polo. Precedido por su fama de ser un hombre de esos que son incapaces de decir una mala palabra ni de hacer una buena acción no se le conoce éxito alguno como ministro de justicia. Pudiendo eliminar las tasas judiciales prefirió esperar a que la presión social y las sentencias del Tribunal Constitucional eliminasen —aunque no totalmente— unas leyes que su propio gobierno había aprobado e incumplido. Preso de un frenesí legislativo insólito acumuló la más nutrida colección de leyes insensatas de las últimas décadas; enredado en sus propias promesas electorales se comprometió a establecer una oficina judicial sin papeles, un papel cero, que ha llevado al mayor consumo de la historia en papel por nuestros juzgados y al caos judicial informático más importante en la historia judicial española.

Ambos personajes son ya historia, de la mala, pero afortunadamente historia.

Sin embargo, la presencia y el infame trabajo de estos prescindibles personajes, han hecho que, a día de hoy, ninguno, absolutamente ninguno, de los objetivos que, a modo de programa, estableció el Manifiesto #T se haya podido cumplir. Sí, se han reducido sensiblemente las tasas judiciales, pero ni tenemos una justicia con el grado de independencia que todos deseamos, ni con los medios materiales y humanos que debiera tener ni con la necesaria cercanía al ciudadano, extremo este en que, la creación de los inicuos juzgados hipotecarios, nos ha hecho retroceder gravemente.

Vienen nuevos gobernantes, pero si los nuevos gobernantes no traen ideas nuevas nada se habrá ganado ni nada podrá ganarse. Es tiempo de recordar a quienes en la oposición lucían camisetas de #T, el contenido de nuestro manifiesto; no es tiempo de repetir errores, es tiempo de ideas, es tiempo de #T.

Apparátchik

Hace exactamente un año, en el Congreso de Juntas de Gobierno de Colegios de Abogados que se celebró en Granada, algunos de los asistentes nos enteramos de que, a la ceremonia de clausura del congreso, había sido invitado el ministro de justicia Rafael Catalá Polo.

En esas fechas Rafael Catalá Polo adeudaba una importante cantidad de meses de trabajo a los abogados del turno de oficio. Llovía sobre mojado, porque esos retrasos en el pago se arrastraban desde mucho tiempo antes entre promesas —siempre incumplidas— de «no volverá a pasar» y exultantes declaraciones de los miembros del aparato del Consejo General de la Abogacía respecto al principio del fin de los problemas.

Ese día Catalá había vuelto a infligir una infame puñalada trapera a los españoles: había aprobado la disposición que permitía la creación de los juzgados hipotecarios que producirían el atasco de las reclamaciones de los consumidores. Sin embargo nada de eso arredró a la presidenta de CGAE y a la organización del Congreso: decidieron pagar con el dinero de los abogados un caro púlpito para que el ministro colocase su mendaz mensaje a los miembros de las juntas de gobierno.

Entre algunos de nosotros caló la inquietud y, como la noticia no parecía creíble, hicimos saber a la presidenta que si el ministro clausuraba bastantes de nosotros abandonaríamos la sala.

Para nuestra sorpresa, al terminar la ceremonia de clausura se llamó a la tribuna a Rafael Catalá y parte de la sala se levantó y comenzó a marcharse, no fueron pocos, yo contabilicé unos cien.

Catalá, con toda seguridad advertido de la posibilidad de que se produjese una protesta, comenzó a pronunciar unas palabras preparadas al efecto mientras los que permanecían en la sala, presidenta y cargos del Consejo de la Abogacía incluidos, le aplaudían con el fervor de la desesperación. Es la ovación más hiriente y vergonzante que he escuchado jamás y probablemente el peor recuerdo que me llevo de los últimos ocho años. Que quienes consideraba «los míos» adoptasen aquella actitud me produjo una enorme sensación de vergüenza ajena y mi divorcio definitivo de todo cuanto representaban.

Un año después Rafael Catalá Polo ya no es ministro y los remitentes de los aplausos probablemente tendrán clara conciencia de la inutilidad de sus adulaciones, fiestas y saraos con el ministro.

Hay quienes creen que la adulación y las reverencias son eficaces herramientas para obtener algún tipo de beneficio o ventaja, pero se equivocan; porque, sobre la indignidad de la actitud, el aquietamiento y la docilidad animan más que disuaden al mandarín de turno a ejercer con mucha mayor impunidad su poder.

Cuando quien representa a un colectivo aplaude a quien manda para contrarrestar las protestas de su colectivo pierde toda condición de representante de ese colectivo y deviene en mero apparátchik del gobierno. Y es bueno saber que, a los apparátchiki, les da igual quien mande, lo que les define es su actitud por lo que no cabe albergar demasiadas esperanzas para el futuro.

Ha pasado un año, es un buen momento para recordar.

Topologías jurídicas residuales

Las topología de las redes subyacentes en cada sociedad y momento son una manifestación de la ideología de esa misma sociedad.

Es un ejercicio de la máxima utilidad el tratar de comprender las realidades sociales a lo largo de la historia a través de la topología de las redes que se tejen en cada momento sobre las tecnologías, actitudes, agentes, recursos, estrategias, relaciones, criterios de éxito y reglas de enfrentamiento para determinados tipos de competencia o lucha dentro de la esfera sociocultural. Éste “pensamiento topológico” o “aproximación topológica” a las realidades sociales de cada tiempo nos revela aspectos decisivos de la mismas, incluída su ideología.

Valga un ejemplo. Recuerdo que una de las lecciones de mis “apuntes” de derecho administrativo (mi catedrático aún no había descubierto la imprenta ni la fotocopiadora) comenzaba con la cita de un autor para mí desconocido: Timon Cormenin. Si la memoria no me falla -y creo que no- la cita decía algo parecido a lo siguiente:

En la máquinaria ingeniosa de nuestra administración las ruedas grandes impelen a las medianas y estas a las pequeñas.

Creo que a nadie que lea la cita se le escapará que la administración de que habla Timón Cormenin es centralista, con las consecuencias y posibles inferencias que ello lleva aparejadas. Bien es verdad que la cita también da para una jugosa reflexión sobre la tecnología como metáfora de las organizaciones humanas, pero a ello habrá lugar en otro artículo, no en éste. Por el momento me basta subrayar que, en su cita, Timon Cormenin dibuja una determinada topología de red -una red centralizada- y que eso responde a la ideología de la administración a la que él califica de “ingeniosa”.

Otro ejemplo más. En España, la red de ferrocarriles comienza a dibujarse durante el reinado de Isabel II y posteriores. No nos cabe duda de la naturaleza centralista del sistema monárquico de aquellos años y la topología de la red de ferrocarriles, como manifestación de dicha ideología, adquirió la forma radial que llega hasta nuestros días, partiendo desde la sede del poder, Madrid, y conectándola con el resto de las provincias; cuestión esta que, aprovecho para decir, ha dado lugar a que sea imposible para un ciudadano de Murcia llegar a Granada en tren si no es pasando casi por Madrid (Alcázar de San Juan).

No me cabe duda alguna de que la topología de la red de comunicaciones telegráficas y telefónicas posteriores reprodujeron esta topología de red centralizada en tanto la ideología centralista subyacente a la misma estuvo vigente y que un estudio detallado de la topología de las redes públicas, comparándolas con las redes tecnológicas, financieras, políticas, etc. que coexisten en España en la actualidad, nos arrojaría mucha luz sobre el grado de centralización o descentralización real de éste país.

Internet vino a cambiar nuestra visión topológica de la modernidad, nos ilustró sobre las virtudes de las redes distribuidas frente a las jerarquizadas y una visión diferente, incluso de la forma en que debieran organizarse los recursos y la propia administración, comenzó a pedir paso.

Hoy la administración que propugnaba Timon Cormenin es tan antigua como los doscientos años que han pasado desde que su autor la alabase. Y, sin embargo, en la mentalidad de muchos de nuestros políticos ha quedado firmemente anclada esa concepción de administración como una tan idea residual como nociva.

Nicolai V. Krogius, psicólogo y Gran Maestro soviético, en su libro «La psicología en ajedrez» identificó un fenómeno llamado «imagen residual» como una de las principales causas de errores en el juego. Es un error, normalmente estratégico, que consiste, según sus propias palabras en «la traslación íntegra del avalúo de una posición anterior a la nueva situación creada en el tablero».

Tal error no es exclusivo del juego del ajedrez y cada vez con más insultante frecuencia lo veo producirse en las decisiones de nuestros políticos que, sin mayor reflexión, aplican ideas de hace doscientos años a los problemas actuales, cual si la evaluación de la situación actual fuese la misma que la existente hace dos siglos. Tal ocurre, por ejemplo, con una de las más persistentes ideas residuales que existen: la topología jerárquica centralizada y uno de sus productos más representativos: la provincia.

La provincia, en nuestro país, fue creada en 1833 como un sistema de división territorial destinado a servir al modelo de estado existente entonces (una monarquía centralista) que tenía en cuenta los muy deficientes censos poblaciones de aquellos años (el primer censo fiable de España se confeccionó en 1857) y el estado de las comunicaciones en 1833.

No necesito aclarar que ninguno, absolutamente ninguno, de los criterios que se tuvieron en cuenta en 1833 para establecer la división provincial perdura en nuestros días. Veámoslo.

Por lo que respecta al sistema político de monarquía centralista entonces existente nada queda del mismo tras la Constitución de 1978 salvo la filiación borbónica del rey.

En cuanto a los datos demográficos tenidos en cuenta en 1833 es obvio que no guardan parecido alguno con los actuales: la población de España en 2013 poco tiene que ver con la que pudiera existir en 1833. Los fuertes movimientos migratorios internos han provocado una distribución de la población muy distinta de la entonces existente por no hablar del tremendo aumento de la misma.

Por lo que respecta a las comunicaciones es obvio que 1833 y 2013 no se parecen absolutamente en nada. En 1833 el estado de las comunicaciones en España era medieval; no existía el ferrocarril ni tampoco el telégrafo, el correo viajaba a pié o a lomos de caballerías y la división provincial se realizó procurando que la capital no estuviese a más de un día de camino del pueblo más lejano.

Como puede observarse, ninguno de los criterios que se tuvieron en cuenta al crear la división provincial subsiste en la actualidad; es más, la España de 2013 está más lejos, cultural y tecnológicamente hablando de la de 1833 que esta lo estaba de la Hispania del año 0 de nuestra era.

Y sin embargo, la división provincial subsiste como un residuo ominoso de hace doscientos años; peor aún, la división provincial subsiste en las decimonónicas estructuras mentales de nuestros gobernantes, proyectando en el presente evaluaciones que hace tiempo dejaron de existir. Krogius no tendría duda: Nuestros políticos son víctimas de una imagen residual que les lleva a tener ideas que no puedo calificar sino de «residuales».

Lo lamentable del caso es que las provincias, residuo inútil de un mundo periclitado, no sólo ejercen su influencia en las mentes medievales de nuestra clase política, sino que, usadas como unidad de estudios estadísticos, dificultan la visión real del país y conducen a que en el siglo XXI aún se dicten disposiciones estratégicas que nacen tan muertas como la idea que les sirve de base. Es el caso, por ejemplo, de la repugnante idea de los juzgados hipotecarios con que decidió favorecer a la banca nuestro más que decimonónico ministro de justicia.

El, para nuestros males, ministro, decidió que la planta de los partidos judiciales de España fuera, para las hipotecas, provincial. Podría haber atendido a las necesidades de la población y establecer tribunales allá donde se concentran los asentamientos humanos y la actividad económica, podría haber atendido a los índices de litigiosidad y establecer tribunales allá donde fuesen más necesarios, podría haber atendido a una mínima racionalidad pero… El ministro decidió usar de una idea “residual” que ya no obedece a nada y establecer juzgados “provinciales”; una idea tan muerta como del gusto de políticos que, lejos de ser conservadores (es bueno conservar las ideas valiosas y en ese sentido soy conservador) lo que son es “momificadores” de ideas cadavéricas.

Gracias a esa idea, por ejemplo, lugares como Granollers (unos 300.000 habitantes) quedaron sin juzgado de hipotecas mientras que “provincias” como Soria (93.223 habs.), Teruel (144.607 habs.) o Segovia (164.169 habs.) sí disponen de este tipo de juzgados.

Quizá alguien debería explicar qué falta o delito han cometido los habitantes de Granollers, Cartagena, Jerez o Gijón para no merecer el mismo trato que los habitantes de Soria, Segovia o Teruel.

Entiéndaseme bien; no es que en Soria, Segovia o Teruel no hagan falta tantos cuantos juzgados sean necesarios (claro que hacen falta) es que en Gijón o Elche hacen MÁS falta y, por tanto, también debiera haberlos allí. Y cuando digo Gijón o Granollers, estoy hablando también de Santiago de Compostela, de Ferrol, de Talavera de la Reina, de Antequera, de Lucena, de Lorca, de Orihuela, de Alcoi, de Sueca, de Alzira, de Sabadell, de Terrassa, de Manresa, de Mataró, de Vic, de Sant Feliú de Llobregat, de Figueres, de Alcalá de Henares, de Estella, de Tafalla, de Tudela, de Lanzarote, de Santa Cruz de la Palma, de Reus, de Tortosa… De todos esos lugares que, sin ser «provincias» mantienen una población y una actividad económica superior a la de muchas «provincias».

Leo, sin embargo, que el ministro vuelve a sacar del sarcófago ideas como los malhadados tribunales de instancia, fuente de injerencias en la indepencia judicial, protocorralitos de jueces y salvoconducto «provincializador» de España y sigo leyendo que nuestra división en partidos judiciales es «antigua» cuando supone uno de los mejores ejemplos de red distribuida que imaginarse pueden. Nuestra división en partidos judiciales, de no estar administrada con ideas de hace dos siglos, sería una de los mejores regalos que la historia podía haber hecho a nuestro país. Darles todos los detalles necesitaría de un par de posts pero, si tienen paciencia y el tema les interesa, espero redactarlos en un futuro próximo.

En fin, déjenme concluir por hoy diciendo que, sin duda, Krogius tenía razón: las ideas residuales son fuente de errores (y de villanías, añado yo) y que espero que estos políticos “residuales” que tenemos, fruto de un sistema caduco, sean como sus ideas también “residuales” y, como residuos de un sistema muerto, acaben pronto donde merecen.