Isabel Zendal

Isabel Zendal

Isabel Zendal nació en la parroquia de Santa Mariña de Parada, en La Coruña, quedando huérfana de madre a los siete años por culpa de la viruela.

Por aquellos años en que nació Isabel la viruela era el azote de la humanidad y era tan letal que, en algunas culturas antiguas, incluso estaba prohibido dar nombre a los niños hasta que contrajesen la enfermedad y sobreviviesen a ella. Su tasa de mortalidad llegó a ser hasta de un 30 % de los pacientes infectados.

Un par de siglos antes los españoles habían llevado la enfermedad a América y, si letal era para los europeos, mucho más letal se reveló para los indígenas americanos. Aunque no se sabe cuántos indígenas pudieron morir (no hay censos de población indígena en 1492 y las cantidades oscilan entre los 8,4 millones de personas de Alfred L. Kroeber y los 110 de Henry F. Dobbyns) es indudable que la mortandad fue tremenda sin que nada se pudiese hacer desde el punto de vista médico para detener aquella tragedia.

En 1796, durante la fase de mayor extensión del virus de la viruela en Europa, un médico rural de Inglaterra, Edward Jenner, observó que las ordeñadoras de vacas lecheras adquirían ocasionalmente una especie de «viruela de vaca» o «viruela vacuna» (cowpox) por el contacto continuado con estos animales, y que era una variante leve de la mortífera viruela «humana» contra la que quedaban así inmunizadas. Tomó suero de esta vacuna y consiguió inocular a James Philips, un niño de 8 años. El pequeño mostró síntomas de la infección de viruela vacuna, pero mucho más leve y no murió. El resto de los niños inoculados respondieron sorprendentemente bien.

Afortunadamente, por entonces, el copyright y las patentes de los medicamentos no estaban muy extendidas de forma que, aunque Jenner publicó sus estudios en 1798, para 1800 el doctor Francesc Piguillem i Verdacer ya estaba vacunando a los niños de Puigcerdá. Rápidamente el método de Jenner se difundió por Europa y Francisco Javier de Balmis tradujo al español el libro del francés Moreau donde se detallaba el procedimiento para vacunar. Fue por esos años también, 1803, que el propio médico español J. Balmis propuso a Carlos IV —cuya hermana había fallecido de viruela— organizar una expedición a América a fin de poder vacunar a toda la población americana y así poner fin a la sangría que ocasionaba la viruela. Todo ocurrió muy rápido; mucho se habla de la mortandad causada por las enfermedades llevadas por los españoles en América, de lo que se habla bastante menos es de que, en cuanto hubo un remedio para la viruela, la monarquía española fue la primera en preocuparse de ponerla al alcance de sus súbditos americanos en lo que había de ser la primera operación sanitaria mundial de la historia.

Carlos IV atendió inmediatamente la petición de Balmis y se apresuró a librar los fondos precisos para organizar aquella expedición pero ¿cómo se llevaría la vacuna a América? Tras pensarlo detenidamente se decidió que se inocularía la enfermedad en niños y la misma se iría contagiando de unos a otros hasta llegar a América, más de 20 niños serían necesarios y este es el momento en que volvemos a la mujer que da título a este post: Isabel Zendal.

A Isabel, tras quedar huérfana de madre, las cosas no le habían ido del todo bien para los estándares de la época; Isabel en 1796 había dado a luz un niño, Benito, y ahora era madre soltera lo que, en La Coruña del siglo XVIII, no era precisamente la mejor carta de presentación. Trabajo en el hospicio que había fundado Teresa Herrera y no debió trabajar poco ni mal porque, tras la muerte de la fundadora, llegó a ser su rectora, hasta que, en 1803, por orden del Rey, se dispuso que sería ella quien estaría a cargo de los 22 niños del hospicio a quienes se había de inocular la viruela. Entre los niños figuraba Benito, su propio hijo.

Se decidió que cada niño recibiría un hatillo que contendría: dos pares de zapatos, seis camisas, un sombrero, tres pantalones con sus respectivas chaquetas de lienzo y otro pantalón más de paño para los días más fríos. Aunque se ordenó que tras la expedición los niños fuesen devueltos a España lo cierto es que ninguno de aquellos rapaces regresó de su viaje.

A bordo del «María Pita», navío específicamente fletado para la expedición, Isabel y los niños viajaron a Canarias, Puerto Rico, La Habana, Nueva España (México) con expediciones subsidiarias a Colombia y Perú. La vacuna de la viruela había llegado a América y finalmente, exhausta y tras cumplir con su deber más allá de lo exigible, Isabel y su hijo Benito se avecindaron en Puebla de donde ya no regresarían nunca.

Balmis decidió continuar con su expedición salvadora hasta las Filipinas y, cuando hubo extendido las vacunas por las Filipinas, se dirigió a Macao y China donde prosiguió con su tarea de salvar vidas.

Edward Jenner, el propio descubridor de la vacuna, dijo de la expedición de Balmis

No puedo imaginar que en los anales de la Historia se proporcione un ejemplo de filantropía más noble y más amplio que este.

A día de hoy ya no muere nadie de viruela en América y es un buen momento para recordar que quizá los españoles hicieron muchas cosas mal aunque, ciertamente, no todas. Sueño que los descendientes de Isabel se han multiplicado y habitan en Puebla y en otras ciudades de la vieja Nueva España y pienso también en los 22 rapaces que salieron de la Coruña hace algo más de dos siglos y a los cuales la humanidad debe tantas vidas.

Y pienso que no, que decididamente no, no todo lo hicimos mal.

Yashka

Yashka

La vida de María Leóntievna Bochkariova, más conocida como «Yashka», no fue fácil. Era pobre y era mujer, una mala combinación para una persona nacida en una familia de campesinos de una remota aldea rusa en 1889. Yashka, además, tampoco tuvo suerte con los hombres.

Con dieciséis años de edad dejó su hogar para casarse con Afanasy Bochkariov, con quien se trasladó a Tomsk (Siberia), ciudad donde ambos trabajaron como obreros. Cuando su marido comenzó a abusar de ella lo dejó y comenzó una relación sentimental con Yákov Buk, un hombre del lugar. Ella y Buk establecieron una carnicería pero, en mayo de 1912, Buk fue arrestado por robo y enviado a Yakutsk. Yashka lo siguió al exilio a pie y, en Yakutsk, la pareja estableció otra carnicería. Buk fue sorprendido robando de nuevo y enviado al remoto poblado de Amga en 1913 a donde, una vez más, Yashka lo siguió. Demasiado amor hacia quien no lo merecía, pues pronto Buk comenzó a beber mucho y a abusar de ella tal como lo hiciera años antes su marido Afanasy.

Corría el año 1914 y eran tiempos de guerra, Rusia estaba enfrentada a Alemania y en noviembre de ese año Yashka logró unirse al 25.º Batallón de Reserva del Ejército Imperial Ruso. Los hombres del regimiento la ridiculizaban y la acosaban sexualmente pero cuando, en los años siguientes, Yashka fue herida dos veces y condecorada tres habiendo matado al menos a un soldado alemán en un ataque a la bayoneta, las bromas se acabaron y Yashka impuso su ley. Abdicado el Zar Alejandro, Yashka pidió al ministro de la guerra Kerensky que le dejase formar una unidad de mujeres.

Las cosas iban mal para el ejército ruso, con la revolución triunfando los soldados se negaban a combatir y las autoridades pensaron que, quizá, la formación de unidades de mujeres elevaría la moral de los soldados y avergonzaría a los más cobardes.

Al llamado de Yashka se presentaron 3000 voluntarias pero Yashka era inflexible y sólo admitió a las 300 con mejores condiciones. Tras un intenso entrenamiento el «Primer Batallón de Mujeres de la Muerte» partió para el frente.

En julio de 1917 el batallón estaba atrincherado en las cercanías de Smorgon cuando llegó la orden de asaltar las trincheras adversarias. Los soldados del resto de las unidades vacilaron pero Yashka decidió que sus mujeres cumplirían las órdenes con o sin ellos, de forma que el primero de mujeres cargó a la bayoneta. Tras rebasar tres lineas de trincheras adversarias las mujeres del primero comprobaron que las habían dejado solas y que ninguno de sus compañeros las había seguido. Aferradas al terreno esperaron refuerzos en vano pero nadie les mandó ayuda y finalmente, a la vista de la situación, se retiraron con orden y sin dejar de combatir. Los informes de los oficiales que dirigieron aquella ofensiva dieron muy buena cuenta de lo sucedido.

Pero la revolución triunfaba, los soldados ya no querían combatir y aquellas mujeres obstinadas aparecían más como un estorbo que como otra cosa. Finalmente, hostigadas por sus propios compañeros, el batallón hubo de disolverse.

Sin embargo la fama de aquellas mujeres —y la de varios otros batallones de rusas— se extendió por el mundo (en una de las fotos de este enlace se ve a la política británica Emmeline Pankhurst posando frente a las mujeres del «primero») y Yashka fue llamada desde diversos países. Patrocinada por la millonaria dama Florence Harriman, quien era miembro de la alta sociedad estadounidense, se le dio un encuentro con el presidente Woodrow Wilson el 10 de julio de 1918, en el curso del cual pidió al presidente que interviniera en Rusia. Después de salir de los Estados Unidos, viajó a Gran Bretaña, donde fue recibida en audiencia por el rey Jorge V. El Ministerio de Guerra británico le dio fondos para volver a Rusia llegando a Arcángel en agosto de 1918 donde trató de organizar otra unidad, pero fracasó.

Yashka no era bien mirada por los bolcheviques y, aunque escapó una vez del pelotón de fusilamiento, cuando en 1919 volvieron a capturarla su suerte quedó sellada. El 16 de mayo de 1920 Yashka, la hija de los campesinos, moría fusilada. Tenía solo 31 años.

Una propuesta de modelo de organización

No hay nada más político que la forma de organizarse1. Las organizaciones y la topología de sus redes vienen determinadas por la ideología que las inspira. Así, por ejemplo, Timón Cormenin en su libro «De la Centralización»2 afirma:

Así, en la máquina ingeniosa y sabia de nuestra administración, las grandes ruedas impelen a las medianas, las que, a su vez, hacen girar a las pequeñas alrededor de su eje.

El Maire obedece al subprefecto, este al Prefecto, el Prefecto al Ministro.

La red descrita por Cormenin en esta cita es la llamada «red de estrella»3 y responde a la ideología de un administrativista de la época de Napoleón I. Esta red de estrella se ha reproducido mecánicamente desde las antiguas monarquías hasta nuestros días y responde a una concepción de las relaciones entre los nodos de la red estrechamente vinculada con el principio de jerarquía y la creencia en la desigual importancia de los nodos.

Nuestra ley de asociaciones y la mayoría de los modelos de estatutos preparados por los juristas para cumplir con ella responden a este esquema de estrella de forma que, desde el mismo momento de su nacimiento, las asociacioned creadas al amparo de esta ley se organizan en estrella tiñéndose inmediatamente de la ideología que inspira esta particular topología.

Es verdad, pues, que no hay nada más político que la forma de organizarse, por lo que que, si nuestra organización ha de responder a nuestra forma de pensar, habremos de dotarla —necesariamente— de una topología adecuada y que responda a algunos de los principios que nos inspiran, a saber:

  • Que en la res pública de la abogacía todos somos radicalmente iguales.
  • Que todos poseemos las competencias mínimas necesarias para intervenir en el debate y decisión de los temas que nos incumben.
  • Que todos tenemos derecho a decidir si participar o no en el debate y decisión de esos temas.

Tales principios chocan frontalmente con una topología de red de estrella como las antes descritas y no pueden ser incorporados a una organización si esta no se organiza como una red distribuída4, topología esta última que será la que se busque deliberadamente en la propuesta de estatutos que se verá más adelante.

Breve descripción del panorama actual de los movimientos sociales

Para orientarnos dentro del escenario actual de movimientos sociales conviene conocer las principales formas en que estos se están organizando y los principios a que responden esas formas; a este respecto consideraremos las dos formas principales que están vigentes en el siglo XXI: la que responde a la llamada «Teoría de Movilización de Recursos» (TMR) y la llamada teoría de los «Nuevos Movimientos Sociales» (NMS). Resultaría muy interesante también —qué duda cabe— estudiar las formas organizativas de las revueltas agrícolas propias de la era de las monarquías o las formas organizativas del movimiento obrero, propias de la revolución industrial y en muchos puntos vigentes aún hoy en día; pero, considerarlas en profundidad, excede con mucho de la finalidad de estos papeles y las referencias a ellas se harán al hilo de las consideraciones que se hagan respecto de las dos formas organizativas citadas.

Obviaré también el estudio de las formas en que se organizan los partidos políticos pues, estas organizaciones, construidas jerárquicamente en torno a ideologías (meta-relatos universales o discursos emancipadores) hoy en crisis, han visto socavada la identificación de la sociedad con ellos y con las formas organizativas que incorporan5; formas que, por otra parte, adolecen de vetustez extrema.

La TMR

Las organizaciones y asociaciones que responden a la llamada Teoría de Movilización de Recursos, en adelante «TMR» son descritas por Candón Mena6 de la siguiente forma:

La TMR analiza la acción colectiva como creación, pérdida, intercambio o redistribución de recursos, entendidos estos como cualquier bien material o inmaterial reconocido como tal y que es movilizado por los actores para la consecución de sus objetivos. Se centra en la racionalidad, tanto del individuo como del grupo, que se movilizan con fines instrumentales desarrollando estrategias conscientes para conseguir sus objetivos. Su unidad de análisis son las asociaciones como actor principal de los movimientos, en lugar de los individuos aislados protagonistas de los enfoques clásicos. Esto se debe a que los grupos sociales son una forma de limitar los costes de la acción colectiva. Sin embargo, la teoría de la elección racional de Olson puede aplicarse sobre todo a grupos pequeños y encuentra dificultades para adaptarse a grupos multitudinarios como los movimientos sociales. En el caso de grupos grandes que buscan beneficios colectivos, plantea el problema del “polizón”: la posibilidad de que el individuo no participe ya que puede beneficiarse de los resultados de la acción colectiva sin sufrir los costes de su participación individual. Ante esta posibilidad se introduce el concepto de los incentivos selectivos o beneficios individuales que incitarían a los individuos a participar. En general, las TMR comparten unos presupuestos como son la racionalidad de la acción colectiva en base al cálculo de costes y beneficios; la no diferenciación entre acción colectiva institucional y no institucional ya que ambas se inscriben en un conflicto de intereses normalizado; la presencia permanente de estos conflictos, por lo cual la acción colectiva no se explica por los agravios que se originan sino por los cambios en la disponibilidad de recursos, organización u oportunidades; la importancia de las organizaciones formales y centralizadas debido a su mayor eficacia; o la medición del éxito en base a beneficios materiales. A partir de los presupuestos comunes las distintas corrientes de las TMR se diferencian por la importancia dada a cada uno de los factores que hacen posible la movilización. Mientras unos destacan cuestiones relacionadas con los recursos y la organización, desde un enfoque microestructural, otros, desde un enfoque macroestructural, ponen énfasis en factores como la estructura de oportunidades políticas que facilita o dificulta la acción colectiva.

Dado que para significativos representantes de la TMR un movimiento social es una estructura de preferencias de cambio social que requiere de una organización que identifique sus objetivos con estas preferencias y trate de llevar a cabo los objetivos comunes introduciendo el concepto de «organización de un movimiento social» (OMS) aparece inmediatamente una «industria del movimiento social» en donde las diversas organizaciones compiten por los recursos escasos de un mercado de movimientos sociales.

Los ejemplos más conocidos de asociaciones que responden, en todo o en parte, a la TMR serían grupos como Greenpeace, Amnistía Internacional, Médicos sin Fronteras, etc. Grupos caracterizados por la existencia de una élite directiva profesionalizada que compite en el mercado de las subvenciones y donaciones con el resto de asociaciones profesionalizadas.

En tales organizaciones el papel de los asociados puede verse reducido, en los casos menos edificantes, a simples provisores de fondos de forma que, en mayor o menor medida, la topología organizativa de estos grupos es, como en las viejas organizaciones, la red de estrella, ocupando el centro de la misma la élite dirigente profesionalizada.

Los NMS

Siguiendo a Candón Mena7 la crisis del Estado del bienestar implica una ruptura del consenso establecido tras la II Guerra Mundial. Los nuevos movimientos sociales ponen de manifiesto la crisis de legitimidad de los partidos políticos y las organizaciones tradicionales y la emergencia de nuevos actores sociales debido a los cambios culturales producidos.

Estos «Nuevos Movimientos Sociales» —en adelante simplemente NMS— como señala Melucci8 tratan de influir en los centros de poder real de las sociedades complejas, centros que no siempre son las instituciones políticas.

Buenos ejemplos de estos NMS serían los movimientos ecologístas, feministas o altermundistas.

Mientras que la TMR presta especial atención al contexto coyuntural en el que surge la movilización y a la forma en que esta se produce los NMS se centran en el contexto macroestructural y en las causas profundas que impulsan a los participantes a la acción colectiva. De acuerdo con Melucci, la teoría de la movilización de recursos responde a la pregunta de “cómo” y “cuándo” surgen los movimientos mientras que el enfoque de los nuevos movimientos sociales responde al “por qué” del surgimiento de la movilización. A pesar de sus diferencias, ambas perspectivas suponen una ruptura con los enfoques clásicos y comparten la consideración de los movimientos formados por grupos organizados cuyos miembros actúan de forma racional. Resaltan la normalidad de estas acciones conflictivas en el marco de una sociedad civil moderna y plural y distinguen entre el nivel manifiesto de la acción colectiva y el nivel latente presente en las organizaciones.

En cuanto a las formas de organización tal y como señala Candón Mena:

…destaca su creciente autonomía en relación a los sistemas políticos institucionales, la independencia respecto a la política convencional, la relevancia de las actividades locales y la preferencia por la actividad de base, con organizaciones basadas en formas de democracia directa. Los nuevos movimientos más que por organizaciones formales están protagonizados por redes o áreas de movimiento, como una red de grupos que comparten una cultura de movilización y una identidad colectiva. Incluyen no sólo las organizaciones formales sino también las relaciones informales que conectan a individuos y grupos. Los movimientos como tal se mantienen como una red de pequeños grupos inmersos en la vida cotidiana donde los participantes experimentan la innovación cultural y se movilizan para fines específicos. Son redes que propician la asociación múltiple, la dedicación a tiempo parcial y el desarrollo personal y la solidaridad como condición para participar. Son por tanto “redes sumergidas” que se mantienen en estado latente y que adquieren visibilidad en la movilización. Esta forma de organización no es instrumental, sino un objetivo en sí mismo, la forma del movimiento es su mensaje y constituye un desafío simbólico a los patrones dominantes. La elección de los medios de lucha constituye una finalidad política en sí misma. Los canales de participación cuestionan la democracia representativa buscando intervenir en la vida política por otras vías, como el recurso a los tribunales. Se tiene preferencia por formas de acción colectiva no convencionales como la desobediencia civil. La acción colectiva se dirige cada vez más a concienciar a la opinión pública a través de los medios de comunicación. Por último, la globalización facilita una mayor cooperación y relación entre grupos diversos que establecen alianzas estratégicas para enfrentarse a un enemigo común y construyen identidades comunes a nivel global.

La red distribuida y las redes de telecomunicaciones como paradigma organizativo

Toda la teoría de los movimientos sociales —incluídos los NMS— comienza a gestarse antes de la revolución informacional que, desde los años 90 del siglo pasado, domina el panorama social y por supuesto mucho antes que las llamadas «Redes Sociales» dejasen sentir su influencia social, cultural y política.

Los movimientos sociales que antes usaban la red como herramienta ahora nacen en la red y es la infraestructura que esta les facilita la que les permite organizarse y coordinar sus acciones. El sistema nervioso de los movimientos sociales de la era de la información es la red, la cual forma parte de su ADN como organización y es por eso que la organización jacobina, jerarquizada, centralizada, de red de estrella, choca con las formas organizativas que la red suministra por defecto: una red mallada, distribuida, no jerarquizada y sólo sometida a los designios —no siempre bondadosos ni bienintencionados— de los propietarios de la infraestructura.

Principios antes desconocidos para los movimientos sociales, pero conectados con la sociedad de la información son ahora populares y cabe plantearse cuál es la forma organizativa que debería adoptar una asociación que pretenda, desde la radical igualdad de sus miembros (nodos), estar abierta a incorporar cuantos nuevos principios estos estimen pertinentes.

A mi juicio el único modelo organizativo posible es el de red distribuida, desplegado de forma neutral y apto para, a través de la formulación de los protocolos correspondientes, implementar las funcionalidades que se estimen precisas. Esto no es más que una copia del principal modelo de éxito de la sociedad de la información: la red internet. Sobre una infraestructura de red de comunicaciones se establece unos protocolos de comunicación (TCP/IP) y sobre ellos otros protocolos permiten utilizar esa infraestructura de las más diversas formas: a través del Protocolo de Transferencia de Hipertexto (HTTP) se puede construir la web, pero también se puede construir un Protocolo de Transferencia de Archivos (FTP) o cualquier otra funcionalidad que se desee.

En esta propuesta de estatutos se pretende tan solo establecer la infraestructura de una red de pares, una red de iguales, una red que ni esté controlada por nadie ni pueda ser controlada por nadie y que responda de este modo a los principios de igualdad radical que hemos proclamado.

La red, así definida, no es nada; pero sobre ella pueden construirse cuantas iniciativas se deseen. Ese será el trabajo futuro, en edte documento sólo se pretende poner los cimientos.

Los órganos de la red

Una red distribuida no es un conjunto de nodos sin más; tan importantes como los nodos son los enlaces y hay una serie de órganos que, presentes en toda red de comunicaciones, serán los que utilizaremos para llenar las exigencias que la Ley Orgánica 1/2002, de 22 de marzo, reguladora del Derecho de Asociación, impone a todas las asociaciones.

  1. La totalidad de la red se identifica con la Asamblea General que componen la totalidad de los nodos (miembros) de la red.
  2. El organo de direccionamiento (router) es el encargado de dirigir el tráfico de información de la red. Este órgano guarda un listado de los nodos (censo de socios) y la forma de acceder a ellos. Su labor no es exclusiva y puede ser llevada a cabo por cualquier nodo de la red (somos personas y enrutar se nos da muy bien) pero él es el obligado a hacerlo si nadie más lo hace.
  3. La ley obliga a tener un representante que en realidad no es más que la interfaz de la red. Es en realidad un periférico —coml el monitor lo es al ordenador— que permite introducir y extraer información de la red cuando la ley lo exija pero no hace más que eso. Recibida una información la entrega a la red y no puede facilitar otra información que la que la red previamente le suministre.
  4. Los órganos administrativos que la ley exige, en una red de telecomunicaciones —y en nuestra red— se llaman órganos de gestión, de seguridad y de supervisión. Carecen absolutamente de discrecionalidad y se limitan a cumplir y ejecutar las tareas que la red les encomiende.
  5. La red se comunica con el exterior con órganos periféricos, del mismo modo que un ordenador se conecta con el exterior a través de dispositivos llamados también «periféricos». Impresoras, altavoces, monitores, ratón… etc. no son más que dispositivos que permiten a la CPU conectar con el exterior. Todos los nodos de la red son Unidades Centrales pero también periféricos en la medida que reciben, procesan y distribuyen información. No obstante pueden crearse órganos periféricos de la red que realicen este tipo de funciones a conveniencia.

Nuestra red, pues, es una red de pares, de nodos iguales jerárquicamente y que toma las decisiones con participación de todos los nodos que pueden usar, delegar o no usar sus derechos discrecionalmente y esta es la estructura asociativa que comunicamos a la administración.

Parece poco pero esta topología ha demostrado ser capaz de soportar las más complejas arquitecturas funcionando sobre ella. No hay misión, objetivo o tarea que no podamos afrontar con ella (de hecho ya lo hacemos) y su reticularidad siempre nos garantizará que todos podrán cooperar si lo desean, consiguiendo de esta forma aprovechar al máximo el único recurso que tenemos: las abogadas y abogados que forman este colegio invisible.


  1. BENNETT, W.L.(2003). Communicating Global Activism: Strengths and Vulnerabilities of Networked en Information, Communication & Society, vol.6(2), págs.143-68. Citado en CANDÓN MENA, J. (2011). Internet en movimiento: nuevos movimientos sociales y nuevos medios en la sociedad de la información, pág. 289. ↩︎
  2. LAHAYE CORMENIN, L.M. De la centralización (Madrid 1843). Edición en español traducida del francés por D.R.S. y F.C. Pág. 46. ↩︎
  3. La topología física de una red es la disposición geométrica real de las estaciones de trabajo. En la topología, por ejemplo, de la red de bus, cada estación de trabajo está conectada a un cable principal llamado bus. Por lo tanto, en efecto, cada estación de trabajo está conectada directamente a cada otra estación de trabajo de la red. En la topología de red en estrella (la que nos ocupa), hay un ordenador central o servidor al que todas las estaciones de trabajo están conectadas directamente. Cada estación de trabajo está indirectamente conectada entre sí a través de la computadora central. (Parafraseado de «SearchDataCenter en español» consultado el 16/03/2019 en https://searchdatacenter.techtarget.com/es/definicion/Topologia-de-red ↩︎
  4. Una red distribuida es una topología de red caracterizada por la ausencia de un centro individual o colectivo. Los nodos se vinculan unos a otros de modo que ninguno de ellos, ni siquiera un grupo estable de ellos, tiene poder de filtro sobre la información que se transmite en la red. Desaparece por tanto la divisoria entre centro y periferia característica de las redes centralizadas y descentralizadas. (Red distribuida. Sin fecha. En Wikipedia. Recuperado el 16/03/2019 en https://es.m.wikipedia.org/wiki/Red_distribuida ↩︎
  5. BENNETT, W.L. (op. Cit.) ↩︎
  6. CANDÓN MENA, J. (2011). Internet en movimiento: nuevos movimientos sociales y nuevos medios en la sociedad de la información, pág. 35. ↩︎
  7. Candón Mena, J. (Op. Cit.) pág. 50. ↩︎
  8. MELUCCI, Alberto. (1989). Nomads of the Present. Philadelphia, Temple University Press.–(1994). Asumir un compromiso: identidad y movilización en los movimientos sociales en Zona Abierta Nº 69. Págs. 153-180.–(1996). Challenging Codes. Cambridge, Cambridge University Press.–(1999). Acción Colectiva, Vida Cotidiana y Democracia. México, El Colegio de México.–(2001). Vivencia y convivencia. Madrid, Trotta. ↩︎

Gentrificación

Gentrificación

En el Barrio de Gràcia nacieron personalidades tan dispares como Montserrat Caballé o Josep Joan i Gironés, alias «El Crack de Grácia», diva del bel canto la primera e ídolo del pugilismo barcelonés el segundo. También nació aquí Antonio González «El Pescadilla», gitano que, desde aquí, conectó su «ventilador» y diseminó la rumba catalana por España antes de casarse con Lola Flores y abandonar el trabajo por ser este una maldición del cielo. Aunque no nació aquí sí que creció aquí Javier Patricio Pérez Álvarez «El Gato Pérez», desde este lugar forzó la máquina y, mirándose en el espejo multicolor de gitanitos y morenos, difundió por España una forma especial de entender los compases latinos. Quiero decir con esto que Gràcia era un barrio popular donde encontraban asiento trabajadores, artistas y comerciantes, unidos por el denominador común de no ir siempre sobrados de numerario.

Estos días he tenido la suerte de poder integrarme en la asociación del Carrer Fraternitat (la calle donde nació «El Pescadilla») y participar en las fiestas de Gràcia de este año viviéndolas desde dentro. La verdad que me he sentido como en casa y me he sentido querido y muy bien tratado, pero he podido apreciar, también, de primera mano los efectos de eso que la gente culta llama «gentrificación», porque el barrio de Gràcia que conocemos quizá esté muriendo.

El barrio ejerce una atracción magnética para artistas e intelectuales y estos a su vez atraen a una clase alta deseosa de poder comprar algo de glamour para su anodina existencia. Las casas en Gràcia llevan años subiendo de precio y los solares y casas antiguas siendo oscuro objeto de deseo por los especuladores inmobiliarios. En las fotos de abajo podrán ver a Evelio, a Jordi, a María, a Claudia… los jóvenes ya no pueden comprar casa en el barrio de sus padres y ayudan en las fiestas como hicieron de niños pero, progresivamente, van siendo desarraigados del barrio como muchísimos vecinos más de la vieja Vila de Grácia.

Las fiestas de Gràcia mueren, pero de éxito; hasta dos millones de personas se dice que pasarán por aquí esta semana, el proceso de expulsión de clases medias y bajas proseguirá y me pregunto si, cuando todas las clases populares hayan sido extirpadas del barrio, estas fiestas, que tan atractivas parecen resultar para el resto de barceloneses y turistas, podrán seguir existiendo y siendo auténticas como ahora lo son en grado sumo. Porque aquí nadie cobra, las cenas en la calle se hacen con lo que cada vecino lleva cocinado de casa y para «guarnir» la calle no se cuenta con más capital que el esfuerzo desinteresado de los vecinos. Sí, el ayuntamiento da ayudas, pero les aseguro que no cubren ni una centésima parte de lo que los vecinos aportan materialmente y en trabajo.

Me pasa con Gràcia como con Cádiz, que, cada vez que voy, disfruto de sus fiestas como si estuviesen condenadas a desaparecer en poco tiempo, y no por falta de éxito sino justamente por lo contrario.

Este proceso de gentrificación de los centros históricos de las ciudades, previamente degradados (cuando no demolidos o expropiados como en el caso de Cartagena) resulta preocupante para sus habitantes actuales, tanto que en Gràcia, este año, han aparecido pasquines anónimos propugnando hacer desaparecer las fiestas o no publicitarlas para evitar que atraigan visitantes. No creo que sea la solución.

Y pienso en todos estos problemas que crea la gentrificación y me acuerdo, como no, de mi ciudad, de Cartagena, una población donde, a pesar de haberse degradadado y demolido una parte importante del casco histórico, ni siquiera eso hace aparecer compradores que «gentrifiquen» el centro pues los terrenos parecen estar siempre en manos de los mismos, pocos, especuladores por todos conocidos.

Llevo 30 años viviendo en La Serreta y la he visto degradarse hasta extremos que en 1991 parecían imposibles y pienso que no, que en Cartagena, por no tener, no vamos a tener que preocuparnos de la gentrificación. Una pena.

Nunca fue cuestión de cojones

Nunca fue cuestión de cojones

Descubrir América o dar la primera vuelta al mundo (hecho del que este año se conmemora el 500 aniversario) no fue una cuestión de valor, audacia o coraje, fue una pura cuestión de tecnología. España contaba en ese momento con las más avanzadas técnicas de construcción naval (sí, la carabela era una maravilla de la tecnología) y de navegación. Los conocimientos cosmográficos de castellanos y portugueses eran los más avanzados del mundo en ese momento. Contando con los mejores navíos y las mejores herramientas de navegación ¿quiénes sino españoles y portugueses podían llevar a cabo tales descubrimientos?

Siglos más tarde y por ese amor a los «cojones» que se tiene en España (si se pensase con los cojones en España acumularíamos decenas de premios Nobel), la cultura popular —y en buena parte la oficial— hicieron del descubrimiento de América, por ejemplo, un viaje más bien fruto del coraje —la Tierra era plana y al oeste había un abismo— que un viaje de lo que en realidad fue: un viaje fruto de la investigación y del conocimiento.

Mucho sabían de cosmografía en la corte de Isabel; sabían, por ejemplo, que Colón se equivocaba, que la Tierra, sí, era redonda pero que su perímetro estaba más cerca de los 252.000 estadios, tal y como había predicho Eratóstenes en el siglo III antes de Cristo, que a los 180.000 estadios calculados por Claudio Ptolomeo en el siglo II después de Cristo y que era la cifra que Colón manejaba. Conforme a los cálculos de los sabios de la Corte de Isabel la Católica, Colón no podía llegar a las Indias porque estaban demasiado lejos, no porque hubiese un abismo o porque fuesen terraplanistas, idiotez esta, a lo que se ve, propia de siglo XXI pero impropia del XV.

Un problema más hacía dudar a Isabel la Católica del viaje de Colón y eran las relaciones internacionales con Portugal. El Tratado de Alcaçovas, firmado unos años antes, así como una serie de bulas papales fijaban como territorios exclusivos de Portugal todos los que se descubriesen más al sur de las Islas Canarias y Colón pretendía viajar hasta allá antes de poner rumbo oeste. La reina Isabel, hasta tanto no tuvo asegurado al Papa Borgia —favorable a Castilla— en el solio pontificio, no autorizó el viaje de Colón y, ello, no sin rogar a los navegantes que no bajasen del meridiano de las Canarias. Cuando Colón volvió de su primer viaje —por cierto a Lisboa— Juan II de Portugal reclamó airadamente para sí las tierras recién descubiertas, afirmando que estaban al sur de las Canarias, oponiéndose Isabel a tal pretensión aduciendo que las naves habían navegado siempre con rumbo Oeste.

No, no fue cuestión de «cojones», fue cuestión de ciencia, de tecnología, de diplomacia y de buen gobierno. Y de algún buen fichaje, todo hay que decirlo, pues no olvidemos que tanto Colón como Magallanes trabajaban para la Premier League de la navegación de entonces: la corona de Portugal.

Los imperios inglés y francés tampoco se debieron a la grandeur francesa ni a la flema y coraje británicas. Como gráficamente se ha dicho el imperio inglés se construye sobre una innovación tecnológica (la ametralladora) y una aportación farmacológica (la quinina). África se conquista por franceses e ingleses gracias a esa máquina de matar y a esas pastillas que les permitían defenderse de las enfermedades propias de África. Con eso, el telégrafo y el vapor, los ingleses derrotaron a unas pobres tribus del neolítico y construyeron su imperio. Tampoco esto fue, pues, cuestión de valor, simplemente fue una cuestión de teconología aplicada.

No, ningún imperio ni nación en el mundo ha progresado sin investigación ni tecnología: desde la revolución agrícola que hizo nacer los imperios mesopotámicos y egipcio, hasta las superpotencias nucleares y tecnológicas de la actualidad, pasando por los imperios ibéricos de la navegación y los europeos de la revolución del vapor.

Por eso hoy, cuando he leído que Apple destina en un sólo año más dinero a investigación que todo el estado español, he sabido que en España la salida de la situación que vivimos aún no es posible, ni lo será en mucho tiempo porque de aquí no se sale por cojones sino usando la cabeza e investigando.

No compañero, no todo tiene precio

Este post, aunque no lo parezca, trata de justicia; eso sí, antes de entrar en materia, tendré necesariamente que hablarles del dinero.

El dinero, digámoslo desde el principio, tiene un casi infinito poder corruptor; sobre todo, cuando se utiliza para tratar de pagar cosas con las que nunca se debería comerciar.

Si es usted de los que piensa que todo tiene su precio dígame: ¿Qué valor tiene un máster comprado? ¿Qué prestigio otorga un premio adquirido? ¿Podemos llamar sentencia a una resolución judicial consecuencia de la prevaricación? No, compañero, no todo tiene precio ni todo está a la venta; hay cosas que, si se compran, si se les pone precio, pierden todo su valor.

Aunque a los gángsteres de las películas americanas y a algunos economistas les guste afirmar que todo, incluidas las personas, tiene su precio, la realidad, y usted lo sabe tan bien como yo, es que no: hay muchas cosas que no se pueden comprar y hay muchísimas más cosas que no se deberían comprar ni vender. Sin duda estará usted de acuerdo conmigo en que la libertad no se puede vender salvo que deseemos reintroducir la esclavitud y espero que esté usted de acuerdo conmigo también en que la Justicia es algo con lo que no se debería comerciar.

El ser humano, al que muchos economistas han querido reducir a un puro «homo oeconomicus», es una realidad mucho más compleja que la que ejemplifica un puro ente que actúa siempre para alcanzar el nivel más alto posible de bienestar. Además de la búsqueda de la utilidad, en el ser humano anidan muchos otros impulsos que al parecer desconciertan a muchos economistas: el altruismo, la empatía o incluso el amor, por ejemplo; facetas estas que, si bien no tienen buen encaje en los libros de economía, ocupan en el alma humana regiones mucho más vastas que las que ocupa el puro interés egoísta. O al menos así ha sido hasta ahora.

Como supongo que, a estas alturas, me habré ganado las iras jupiterinas de cualquier economista que me haya estado leyendo, me van a permitir que, para calmarles, cite en este punto a un economista que ha dedicado parte de su vida a enseñarnos que no todo tiene precio y que, aunque vivir en una economía de mercado sea bueno, permitir que esta invada todos los aspectos de nuestra sociedad hasta convertirla en una sociedad de mercado, es una aberración que pone en peligro muchos de los logros de la especie humana; me estoy refiriendo, claro, a Michael J. Sandel, profesor de la Universidad de Harvard y Premio Princesa de Asturias 2018 en Ciencias Sociales.

No, no todos los economistas piensan que la realidad íntegra pueda explicarse desde el utilitarismo y el interés, aunque es verdad que, desde la era Thatcher-Reagan, estas posiciones ideológicas se han adueñado de forma enfermiza de nuestra cultura occidental sin que el fracaso evidente de este modelo en 2008 haya servido para que economistas de conocimientos momificados revisen en profundidad su credo.

A estos economistas, para quienes cualquier problema, ya sea económico, jurídico o teológico, es siempre un problema económico solventable a base de más mercado y libre competencia, les cuesta trabajo entender que, el de los servicios jurídicos, no es un mercado del tipo que ellos creen.

En el mercado de los servicios jurídicos los agentes que intervienen en él están lejos del modelo del homo oeconomicus que entienden los economistas. En el mundo de los servicios jurídicos los agentes —a excepción de los corrompidos por el dinero— no obedecen antes que nada a su interés personal, a su ganancia económica, sino que, antes que nada, sirven a un valor muy distinto de su propio interés o su beneficio económico: la Justicia.

Sí, ya sé que esto no lo entienden los economistas de los bancos o de la Comisión Nacional del Mercado de la Competencia; para ellos los abogados no persiguen defender los derechos ajenos antes que los intereses propios, para ellos, si un abogado trabaja, es primero y antes que nada por su interés propio y personal y, eso de la Justicia y el Derecho, son conceptos que se les escapan y que a su juicio son ficciones que sólo salen en las novelas y en las películas. Es por eso que estos «homo oeconomicus» que pueblan la CNMC son incapaces de entender cómo funciona este mercado y, si les dejamos, lo acabarán degradando, lo corromperán, como se degradan los másteres comprados y los premios adquiridos o como se corrompe la justicia a través de una sentencia pagada. No, de verdad, no entienden nada distinto del interés o el utilitarismo y, por lo mismo, no entienden bien al ser humano cuando entran en juego en sus relaciones valores distintos de los puramente económicos. Déjenme que les ponga un ejemplo.

En 1993, en un pueblo de Suiza, poco antes de celebrarse un referéndum respecto a la instalación en el pueblo de un almacén de residuos nucleares, algunos economistas efectuaron una encuesta entre los habitantes del mismo preguntándoles si votarían a favor de que se instalase en su comunidad el depósito de residuos nucleares en caso de que el Parlamento suizo decidiera ubicarlo allí.

Aunque gran parte de los vecinos consideraban la instalación una presencia nada deseable, una ajustada mayoría de ellos (el 51 por ciento) dijo que la aceptarían. Al parecer, su sentido del deber cívico se impuso a su preocupación por los peligros. Prosiguiendo con su experimento, los economistas añadieron un «soborno», un incentivo económico destinado a convencer a un mayor porcentaje de población: suponga que el Parlamento propusiera construir la instalación de residuos radiactivos en su comunidad y ofreciera compensar a cada vecino con una suma anual. ¿Estaría entonces a favor?

El resultado fue el siguiente: la compensación hizo descender, no ascender, el voto afirmativo. El incentivo económico redujo el porcentaje de aceptación a la mitad, del 51 al 25 por ciento. El ofrecimiento de dinero redujo la disposición de la población a aceptar la instalación de residuos nucleares. Y aún más: el incremento de la cantidad inicial no sirvió de nada. Los economistas quedaron sorprendidos pero creo que usted puede encontrar con cierta facilidad una explicación tan razonable como incomprensible para el «homo aeconomicus cnmcensis».

Un ejemplo más, debido también a Michael J. Sandel:

Cada país organiza la donación de sangre de una manera diferente: hay países donde el acto de donar sangre (u otros órganos) es un acto puramente altruista; sin embargo, en otros, se prefiere pagar una determinada cantidad de dinero al donante. La experiencia nos enseña que en este segundo tipo de países el donante medio es una persona pobre o de pocos recursos y que, el hecho de pagar por la sangre, hace descender el número de donaciones altruistas. Estados que tenían establecido un sistema de donación gratuita de sangre y que decidieron introducir la posibilidad del pago, vieron como, inmediatamente, se redujo de forma drástica el número de donantes altruistas y comenzaron a experimentar escasez de sangre.

Estoy seguro que usted entiende por qué, lo que no estoy seguro es si lo entenderán los covachuelistas de la CNMC.

Me permitirán que concluya este post con una experiencia propia: recuerdo que cuando me colegié allá en los años 80 del siglo pasado, nunca llegué a saber cuánto se pagaba por el turno de oficio; simplemente yo ni siquiera justificaba el trabajo; para mí el turno era una especie de deber cívico y —ahora veo que insensatamente— yo lo cumplía como sí de un deber patriótico se tratase. Luego pasó el tiempo.

Luego pasó el tiempo y comprobé que nadie parecía agradecer a los abogados de oficio su esfuerzo salvo en unos cuantos hipócritas discursos a fin de año. Pasó el tiempo y comprobé que a esos abogados que ejercían sus funciones con altruismo cívico se les maltrataba y comprobé que, cuando en 1996 se aprobó la Ley de Asistencia Jurídica Gratuita, el «impagable trabajo» de los abogados de oficio se tarificó en unas miserables retribuciones que antes ofendían que compensaban.

Saben, cuando 20 años después comprobé que el Consejo General de la Abogacía Española no había presionado en serio ni una sola vez para que se incrementaran esas retribuciones, me ocurrió como a los habitantes del pueblo suizo y a los donantes altruistas de sangre. Ustedes me entienden.

Sé que los covachuelistas de la CNMC no lo entenderán, porque estas cosas no forman parte de esa imagen deformada del ser humano que llaman «homo oeconomicus», porque fuera del interés utilitarista, la oferta, la demanda y el mercado, estos oscuros personajes no parecen capaces de entender nada más, sin embargo, tengo la seguridad de que la abogacía —y en especial la de oficio— les va a hacer a entender este concepto: se llama dignidad, ese impulso que nos lleva a realizar con gusto y de forma altruista tareas que consideramos necesarias o cívicas, pero que es el mismo impulso que nos lleva también a exigir un trato justo y una retribución justa cuando vemos que alguien paga ese altruismo con desprecio y miseria.

Quizá no sea un concepto económico pero les aseguro que es muy real. Avisados quedan.

La abogacía como agente de cambio social

Si lo piensa usted bien, hay procedimientos judiciales cuyos usuarios son casi exclusivamente las grandes corporaciones como, por ejemplo, los procedimientos de ejecución hipotecaria.

Es curioso, la ley tiene la «deferencia» de establecer procedimientos rápidos para aquellos supuestos en que los poderosos reclaman lo que se les debe; y, sin embargo, en la misma ley, no parece tan sencillo encontrar ejemplos de lo contrario.

Por otro lado, estas personas a las que englobamos bajo el epíteto de «los poderosos», cuentan con los medios económicos precisos para acudir a los juzgados tantas cuantas veces sea necesario y acudir ante los más altos tribunales para tratar de fijar una jurisprudencia que les resulte favorable. Sólo, a veces, su egolatría les conduce a la catástrofe; como me relata a veces Dionisio Moreno —el abogado que defendió a Aziz en el famoso caso que cambió la jurisprudencia en el mundo de las hipotecas—, si el banco se hubiese allanado y hubiese transaccionado el asunto con Aziz la sentencia que cambió todo el panorama hipotecario jamás se habría producido pues Aziz no pretendía cambiar el mundo ni la jurisprudencia, sino solo defender su derecho. Fue la egolatría, el obcecado empecinamiento y la vanidosa seguridad en sí mismo del banco demandado los que permitieron que el caso Aziz llegase hasta las últimas instancias europeas y generase así la jurisprudencia de la que ahora todos nos beneficiamos.

En general los ciudadanos no actúan ante los tribunales de justicia persiguiendo que estos fijen unas líneas jurisprudenciales que favorezcan a los particulares, se limitan a litigar tratando de obtener justicia en su concreto y particular caso, no son usuarios intensivos como bancos y aseguradoras de la administración de justicia.

Los usuarios intensivos y poderosos económicamente de la administración de justicia, precisamente por ser usuarios intensivos, gozan de importantísimas ventajas: pueden seleccionar los casos que llevarán a apelación, casación o amparo, de forma que se garantizan las mejores oportunidades para obtener o establecer una jurisprudencia que les favorezca. Los usuarios intensivos de la administración de justicia pueden transaccionar o pagar aquellos asuntos que no desean que lleguen más allá de la primera instancia, de forma que resoluciones que podrían perjudicarles jamás alcancen ni siquiera el rango de «jurisprudencia menor». Los usuarios intensivos de la administración de justicia, además, complementan toda su estrategia anterior con una eficaz y constante labor de «lobby» ante gobiernos y partidos de la oposición y con el uso de medios de comunicación que ellos financian con su publicidad, para establecer premisas mayores —luego les pondré un curioso ejemplo— que más tarde aprovecharán para construir silogimos tan falaces como aparentemente irrefutables. Los usuarios intensivos de la administración de justicia incluso recurren a la financiación de grupos y actividades parajudiciales (congresos o jornadas para peritos, abogados u otros juristas, etc.) con lo que acaban de redondear una maquinaria que funciona como un mecanismo de relojería perfectamente engrasado. Todo sea por el beneficio (el suyo).

Además, en la cultura política contemporánea, la ley es tan omnipresente que ha llegado a dominar la forma en que la gente común piensa sobre sus problemas y las decisiones que toman sobre la resolución de esos problemas en su vida cotidiana. De esta manera, la ley preserva los privilegios de los usuarios intensivos de la administración de justicia, no solo a través de decisiones judiciales, sino también a través de las creencias y prácticas de la gente común (Ewick & Silbey 1998, Silbey 2005).

Sin embargo, a pesar de lo dicho hasta ahora y de la refractariedad de los ciudadanos comunes a acudir a la justicia e incluso de la inclinación natural de sus abogados a tratar de evitar el conflicto jurídico por todos los medios, resulta evidente que a los individuos, a menudo, no les queda otro remedio que acudir a los juzgados y tribunales para defender lo que consideran legítimamente su derecho y es ahí donde la ley y las categorías legales tienen una potencialidad verdaderamente admirable para motivar a la gente a movilizarse y resistir contra determinadas injusticias y es ahí donde —a veces, algunas veces— los tribunales de justicia se convierten en el campo de batalla donde se juega el mantenimiento de un determinado status quo o el progreso y el cambio social.

Los abogados y abogadas, dentro del panorama descrito, son poderosos guardianes de las instituciones políticas y legales donde la dinámica entre la ley y el cambio social tiene lugar (Galanter 1974, Hunt 1990, Silbey 2005) y, si me lo permiten, déjenme que les ponga algunos ejemplos.

Cuando en 2012 el ministro de justicia de infausto recuerdo Alberto Ruíz Gallardón estableció unas infames tasas judiciales para poder acceder a la administración de justicia, se cuidó muy mucho de que las tasas que gravaban el acceso a los recursos fuesen las más elevadas. Esto no era casual, era la forma de colocar más lejos del ciudadano común las instancias donde se fija la jurisprudencia y era la forma de permitir a los poderosos seleccionar los procesos más convenientes para llevar ante ellos. De paso se nos dijo que los ciudadanos españoles éramos muy querulantes y que para evitar las altas tasas de litigiososad de los españoles lo mejor era establecer unas tasas que se destinarían a justicia gratuita.

Como sospecho que ustedes saben bien, todo era un inmenso cúmulo de mentiras: los ciudadanos españoles no son usuarios intensivos de la administración de justicia, quienes lo son, son precisamente bancos, entidades financieras, aseguradoras y en general los poderosos que han hecho de la administración de justicia su particular oficina de cobros o la trinchera donde defender sus desvergonzados incumplimientos; tampoco era cierto que lo recaudado en tasas fuese a financiar la justicia gratuita como —con incalificable desvergüenza— se atrevieron a escribir en el propio texto de la ley y la única verdad fue que los poderosos pudieron felicitarse al ver aumentadas sus herramientas y posibilidades de control.

Fue con la infamia de las tasas cuando apareció con fuerza en España una abogacía rebelde, bien que con causa, que no estuvo dispuesta a aceptar como inevitable aquella iniquidad. Una abogacía que usó de las mismas herramientas de los poderosos, que ya no litigaba por el caso concreto sino en el marco de una estrategia procesal mucho más amplia: se buscaban denodadamente casos “perfectos” que poder llevar ante los tribunales españoles y europeos a la busca de unas resoluciones que pusiesen fin a la infamia de las tasas. Ya no se litigaba por el resultado de un solo caso sino por una jurisprudencia que acabase con una situación inaceptable.

Esta abogacía no era —no es— una abogacía de causas perdidas sino una abogacía de futuro, que ya no busca ganar un caso concreto sino que trabaja para ganar una causa colectiva, ya sea esta una ampliación de derechos fundamentales, la derogación de una ley injusta o el remedio de lamentables situaciones de hecho.

Veo este tipo de abogacía en muchas acciones de los abogados de extranjería, laboralistas, de consumidores, partidarios del conocimiento y el software libres… una dimensión ética empieza a generalizarse —siempre ha estado ahí, bien que menos visible— en la abogacía buscando con tal dimensión, abogados y abogadas, separarse de la imagen de la mera voz mercenaria o del profesional absolutamente neutral.

Desde los viejos abogados laboralistas que —durante la transición— trabajaron (y a veces murieron) defendiendo una causa y un cambio necesario, hasta los modernos abogados tecnológicos que persiguen una determinada concepción del mundo y la sociedad, la abogacía ha sido siempre un importante agente de cambio y progreso social capaz de forzar avances tan sorprendentes como necesarios, por eso no es extraño que moleste a quienes desearían perpetuar su posición de dominio.

Es quizá tiempo de que abogados y abogadas tomen conciencia de su inmenso potencial como agente de cambio y busquen la manera de organizar y optimizar su trabajo, no sólo en interés de sus clientes, sino de toda la sociedad.

¿Qué tal si lo hacemos juntos?