¿A qué filosofía recurriremos?

¿A qué filosofía recurriremos?

Cuando Alejandro Magno condujo sus victoriosos ejércitos griegos desde Macedonia hasta la ribera del Ganges no sólo estaba dando lugar al imperio más grande del mundo sino que, a la vez, estaba dando muerte a la gloriosa Grecia Clásica.

Hasta Alejandro Magno el horizonte ético de los ciudadanos griegos era su polis, sus deberes se entendían para con ella y respecto de ella, razón por la cual se llamaban a sí mismos «ciudadanos».

El imperio de Alejandro trastocó las tradicionales coordenadas vitales de la Grecia Clásica y todos sus fundamentos éticos de forma que, los otrora ciudadanos en su polis, pasaron a ser súbditos en un imperio. Un imperio en el que, además, convivían razas diversas; un imperio que se extendía por tierras tan dispares de Grecia como Egipto, Mesopotamia o Judea; un imperio, en fin, en el que ya no tenían cabida exacta todas las viejas convicciones de la Grecia clásica. Es el período al que los historiadores designan con la palabra «helenismo», un período que se extiende desde la muerte de Alejandro (323 AEC) hasta la caída de Egipto en manos romanas y la subida al poder de Augusto como emperador (27 AEC), tres siglos que cambiaron la historia del mundo.

No es precisa demasiada imaginación para encontrar paralelismos entre la perplejidad de aquellos ciudadanos griegos —cuyos ejes de coordenadas se ampliaron desde la reducida geografía de sus polis— y la perplejidad de los ciudadanos de los siglos XX y XXI que han visto como sus estrechas coordenadas mentales vinculadas al estado-nación han quedado obsoletas frente a la dimensión mundial de nuestro presente.

Hoy las organizaciones nacionales han quedado desfasadas para resolver los problemas de dimensión mundial a que se enfrenta la humanidad. Los estados-nación se muestran torpes para resolver los problemas climáticos y ecológicos; los estados nación con sus pseudo-religiosas iconografías de patrias y banderas parecen más aptos para declarar guerras que para construir la paz; los estados nación, en suma, antes parecen dispuestos a hacer desaparecer la humanidad en medio de un holocausto mundial que a desaparecer ellos para que la humanidad pueda seguir adelante.

Los viejos habitantes de las polis, ante la pérdida del marco de referencia de sus ciudades estado desarrollaron nuevas corrientes filosóficas para enfrentar la nueva realidad. Frente a ese mundo hostil apareció un epicureísmo que buscaba la felicidad retrayéndose al ámbito reducido del hogar y a la ascética búsqueda de los placeres naturales y necesarios; junto a él el estoicismo nos enseñó a conllevar los males y a ajustar nuestra vida s las razones seminales del cosmos; el escepticismo comenzó a cuestionar las «fake news» de la época mientras el cinismo sometía a sistemática demolición las huecas convenciones sociales del momento. El pensamiento de Platón fue revisado por el neoplatonismo del cual bebió una nueva religión —el cristianismo— que fue también tomando prestados elementos de otras como el estoicismo.

¿Y ahora? ¿Qué recursos ideológico-filosóficos estamos movilizando para adaptarnos a la nueva realidad?

Los nacionalismos parecen seguir tan vigentes como siempre —a pesar de que sus principios están más cerca de las viejas religiones que del mundo actual—, los conflictos religiosos también y la vitalidad del estado-nación parece estar garantizada. Mientras, las organizaciones internacionales se muestran torpes para enfrentar la crisis climática, los conflictos interestados y el gobierno de una sociedad interconectada no sólo virtualmente sino también material y culturalmente.

Me planteo a qué nuevo estoicismo, epicureismo, escepticismo y cinismo habremos de recurrir para salir de esta discordante situación donde los problemas de todos son enfrentados por pequeñas unidades movidas por intereses particulares.

O quizá resulte que nuestra tecnología ha avanzado ya a una velocidad tal que nuestras sociedades no pueden adaptarse a ella en un plazo razonable y seguiremos resolviendo con conceptos del siglo I EC problemas del siglo XXI.

Yo, que usted, trataría de pensar algo.

Yo soy el que es

Dicen que dice un proverbio que el francés es la lengua del amor, el inglés la del comercio y el español la de dios.

No estoy de acuerdo.

Es verdad que parece imposible traducir al inglés o al francés la respuesta que Yahweh dio a Moisés desde la zarza ardiente cuando le preguntó «Y ¿quién diré al faraón que me envía?».

Si consultas la biblia verás que la respuesta de Yahweh fue «Yo soy el que soy» y que esa respuesta puede perder todo sentido en cualquier idioma que no sea el castellano. Los idiomas del mundo no diferencian los verbos ser y estar y la respuesta de Yahweh desde la zarza puede significar cosas muy diferentes: yo soy el que soy, yo soy el que estoy, yo estoy y soy…

No es lo mismo ser que estar y eso lo sabe todo el mundo que hable castellano… O portugués, porque también el portugués distingue estos dos verbos.

Me ha venido esto a la memoria porque ayer escuché a un teólogo afirmar que, cuando el sumo sacerdote preguntó a Jesús si era el Mesías, este respondió «Yo soy» y que, en hebreo, «Yo soy» se dice Yahweh que es el nombre que respondió el propio Yahweh desde la zarza ardiente proclamándose así no solo Mesías (Cristo) sino también Dios.

Me sorprendió porque el juego de palabras es bueno, pero falso.

Seguramente el teólogo desconoce que el verbo Ser, en hebreo, no se conjuga en presente. Si en hebreo se quiere decir que alguien es cocinero simplemente se yuxtapone pero el verbo ser, en hebreo, jamás se conjuga en presenté sino solo en futuro o en pasado lo que me sume en cavilaciones filológicas.

En primer lugar es obvio que Yahweh no respondió a Moisés el archifamoso «yo soy el que soy» simplemente porque esa expresión no existe en hebreo; quienes saben de esto traducen la expresión de una forma mucho menos oscura y más directa:

—¿quién diré al faraón que me envía?
—Yo estaré

Suena poco teológico pero mucho más lógica esta respuesta a la pregunta «¿quién diré al faraón que me envía?», tranquilo Moisés, yo estaré.

Y es obvio —en segundo lugar— que Jesús no pudo responder simplemente «Yo soy» al sumi sacerdote, simplemente porque tal expresión literal no existe en hebreo.

Ocurre que los evangelios se escriben el griego y Jesús y los apóstoles hablaban arameo de forma que todo lo que los evangelistas ponen en boca de Jesús realmente es una traducción más o menos afortunada porque Jesús jamás dijo eso.

Y, si no podemos saber qué dijo Jesús exactamente leyendo los evangelios menos aún podemos saber lo que dijo Yahweh leyendo la Biblia. Los textos a través de los que nos ha llegado la Biblia son diversos y en buena parte contradictorios. La traducción al griego realizada por la Septuaginta no coincide con los textos masoréticos, los targumim o la peshita… En fin, que si la Biblia contiene la palabra de Dios nosotros estamos «lost in translation».

Y ahora me pregunto por qué he escrito yo esto. Yo quería hablarles de otra cosa, de la desubicación de la humanidad en este primer cuarto del siglo XXI y la necesidad de nuevas respuestas filosóficas…

Pero bueno, eso será otro día.

PD. Acabo de ver que escribí una entrada casi igual a esta hace años. Bien es verdad que no conté lo del teólogo porque lo escuché ayer.

En fin, que me repito.

La república perfecta

Fue el jurista y político francés Alexis de Tocqueville quien nos ofreció alguna de las más lúcidas visiones que se han dado sobre las democracias.

Una de las cosas que Tocqueville nos enseñó fue la necesidad de que las democracias mantuviesen un delicado equilibrio entre libertad e igualdad porque, en una sociedad donde prima absolutamente la libertad, se estará siempre al borde de la anarquía, mientras que un justo equilibrio entre libertad e igualdad nos proporcionará un sistema político estable y siempre en perenne renacimiento.

La preocupación de Alexis de Tocqueville era, sin embargo, otra; su inquietud fundamental eran aquellos sistemas donde la igualdad se convertía en el único valor, una posibilidad que a él, ciertamente, le causaba honda preocupación.

En otros tiempos los apellidos, los estudios, la raza, el sexo o la religión determinaban la posición social de las personas; pero, ya en tiempos de Tocqueville, esa situación había ido cambiando aceleradamente de forma que, en la actualidad, afortunadamente, progresamos hacia la igualdad y eso está bien.

Sin embargo, tal y como señaló oportunamente Alexis de Tocqueville, la vida en una democracia de iguales tiene facetas oscuras.

Ínsito en el alma humana está el ánimo de competir y, en una sociedad donde todos nos sabemos iguales, finalmente sólo hay un elemento que diferencia a unas personas de otras: el dinero. Allá donde tendemos a no reconocer a nadie superioridad, el dinero se erige como el único y evidente criterio diferenciador y eso tiene, para Tocqueville, consecuencias muy peligrosas.

Tiene consecuencias peligrosas porque, si el dinero es la medida del éxito, las personas orientarán su vida a tenerlo y abandonarán toda actividad que no lo reporte. En esta sociedad de iguales donde el éxito se mide en dinero estudiar filosofía, por ejemplo, será un trabajo de fracasados; la producción musical se orientará inevitablemente a las composiciones comerciales y ningún literato querrá escribir otra cosa que no sean best-sellers, cuanto menos algo tan poco comercial como la poesía.

En una sociedad que pierde la capacidad para descubrir y reconocer el talento ajeno, y en la que, por sistema, sus habitantes rehuyen reconocer a las opiniones ajenas valor superior a las propias, siquiera sea en campos determinados, el dinero acaba convirtiéndose en la única medida del éxito y es el dinero el que estratifica y determina las clases sociales. Una sociedad así, dice Tocqueville, es un lugar donde no tienen cabida muchos de los más profundos valores del alma humana. Una democracia así es, para él, un sistema degenerado.

Sin embargo, a mí, todo esto no me preocupa demasiado porque yo sé que todavía existen geografías, acaso más soñadas que reales, donde ese reconocimiento entre iguales aun pervive, donde las personas aún sienten admiración y reverencia por sus semejantes sin necesidad de mirar sus cuentas corrientes; repúblicas donde aún existe una aristocracia al margen del dinero, lugares donde la chusma selecta —que diría el inolvidable «Capitán Veneno»— ocupa por derecho propio un lugar especial en la sociedad, un lugar, por cierto, inalcanzable para propietarios de cuentas de valores ni fondos buitre.

Me explicaré.

El individuo que ven en el video dirigiendo el ensayo de este grupo de personas se llama Manuel Sánchez Alba, aunque es más conocido como «El Noly» y es nacional de una de esas últimas repúblicas del mundo en las que la sociedad aún se estratifica según los criterios propios de esa aristocracia —esa chusma selecta— de que les hablaba antes.

Manuel Sánchez Alba es compositor, pero no un compositor cualquiera de músicas cualesquiera: él sólo compone música para el Carnaval de Cádiz. A él las consideraciones sobre las tendencias del mercado musical español o anglosajón le traen al fresco; él compone pasodobles añejos, de esos que, la gente que comparte con él esa geografía del alma a la que me vengo refiriendo, identifica con palabras como «tres por cuatro», «tataratachín» y otros complejos términos teórico-musicales de difícil o imposible explicación.

Es por eso que, cuando el Noly compone, sus vecinos saben que están ante un genio y que, cuando el tres por cuatro vuelve, Manuel Sánchez Alba se hace dueño del paraíso y allí ocupa un lugar preferente, entre los ángeles, los arcángeles y los coros celestiales, que, en la plaza del mercado del cielo, le cantan a Yahweh desde una batea tangos de Antonio Rodríguez.

En la pirámide social del carnaval de Cádiz el Noly es un auténtico aristócrata, nadie discute su alcurnia y su nombre y sus melodías se instalan para vivir en los corazones y en los labios de las gentes cuando cantan en sus momentos íntimos, mientras se afeitan, friegan, se duchan o lavan los platos.

En lo personal poca gente me ha regalado tanta felicidad como me ha regalado él.

Por eso —pueden verlo en el video— el Noly tiene fuero especial para hablarle al grupo como le dé la gana, por eso todos le escuchan cuando él les da instrucciones (no se pierdan su arenga sobre la felicidad) y por eso, diga lo que diga, nadie va a discutir su autoridad de Juan Sebastián Bach en chandal y muletas.

El Noly es músico, pero no hay buena canción sin una buena letra y esta que escuchan es obra de otro aristócrata de la república de que les hablo: Miguel Ángel García Güez «El Chapa», un poeta de los de verdad. Analizar la letra de esta canción sería un trabajo largo, toda ella se funda en complicidades intelectuales solo comprensibles para los conocedores de esta geografía del alma. Si el Chapa nos dice que no es que la luna tenga luz de plata, no es porque él nos esté diciendo ni nos quiera decir eso, es que, con esas palabras, convoca ante el público a los espíritus de Paco Alba y sus Fígaros y estos dibujan para él un forillo de más de cincuenta años de profundidad en el corazón de sus oyentes. A usted quizá le parezca una figura literaria banal, pero, para los ciudadanos de su república, la frase viene, como la música, de lo hondo de la historia.

En esta república donde la aristocracia la componen compositores de músicas sin mercado y poetas de letras incomprensibles, también sientan plaza cantantes de estilos que ya nadie cultiva y es por eso que, cuando el Noly escucha que la voz de octavillita de «El Carli» se cuela en la canción, mira a un lado, se rasca la nuca, se emociona y siente que todo está consumado, que el pasodoble va a funcionar, que huele a Cádiz y

…suena a pasado
suena a presente y
suena a la gente
que ya no está…

Y entonces la aristocracia de la república del sur del sur se reivindica, ocupa su lugar en la pirámide social y su particular democracia es salvada una vez más.

Alexis de Tocqueville moriría de felicidad viendo esto.

¿Has probado a hacerlo alguna vez?

¿Has probado a hacerlo alguna vez?

No elegimos ni a nuestros padres ni el lugar donde nacemos, es sólo cuestión de azar el nacer aquí o allá, en una familia culta o analfabeta, rica o pobre, católica, musulmana o atea.

Lo malo es que, cuando alcanzamos la edad en que somos capaces de distinguir lo justo de lo injusto, todas nuestras circunstancias vitales nos pesan demasiado para tener criterios de justicia que no estén afectados por fuertes sesgos.

Un buen ejercicio —que ya propuso Rawls— es el de imaginarse a uno mismo antes de nacer; antes de saber en qué país, en qué tipo de familia y en qué entorno cultural y religioso va a nacer; y, desde esa situación, decidir cuáles serían las reglas más justas que hubiesen de regir la sociedad humana.

A esta forma de pensar antes de saber qué posición concreta nos va a tocar en el mundo se la ha llamado reflexionar «tras el velo de la ignorancia»; obviamente no una ignorancia estulta sino una ignorancia que elimine todos nuestros sesgos.

Imagina que puedes nacer blanco, negro o cobrizo, rico o pobre, con medios culturales a tu alcance o no… ¿Qué leyes entenderías que deben regir las sociedades humanas? ¿De qué tipo de seguridad social serías partidario? ¿De qué modelo educativo? ¿De qué políticas migratorias? ¿Crees que tendrías las mismas convicciones que tienes ahora si hubieses de nacer mañana en unas condiciones que ignoras?

A menudo la defensa de la situación que ocupamos —si la entendemos ventajosa— condiciona nuestros criterios de justicia y a causa de ellas muy a menudo los forzamos para que se adecúen unos con otras; pero también, si ocupamos una situación que reputamos injusta, solemos considerar injusta toda posición mejor que la nuestra y las reglas que la permiten.

Tratar de reconsiderar las relaciones de justicia contemplándolas desde detrás del velo de la ignorancia de que hablaba Rawls es siempre un ejercicio fructífero.

¿Has probado a hacerlo alguna vez?

La biblia y el calefón

La biblia y el calefón

Que todas las personas son iguales es una afirmación que nos parece evidente en sí misma, tan evidente como su contraria: que todas las personas son distintas.

Que hombres y mujeres, andaluces y gallegos, asiáticos y cartageneros son todos iguales y distintos a la vez es algo que damos por asumido, lo que nos conduce necesariamente a preguntarnos por el criterio diferenciador que usamos en cada caso, ese criterio según el cuál todos somos iguales y ese otro criterio que hace que todos seamos distintos.

En estos tiempos en que los doctorados se venden, los másteres se regalan y las medallas y condecoraciones antes se deben al nepotismo, al amiguismo o a la pura corrupción que al verdadero mérito, la igualdad gana terreno. En una sociedad, como la nuestra —donde es inútil enseñar a tu hija o hijo que el esfuerzo o el mérito conducen al reconocimiento— sólo hay una cosa que todos aceptamos sin discusión que nos hace desiguales: el dinero.

Como decía el viejo tango hoy resulta que todo es igual, nada es mejor y es lo mismo el que trabaja («labura») noche y día como un buey, que el que vive de los otros, que el que mata o el que cura o está fuera de la ley.

Vivimos justo la situación que tanto preocupaba a Alexis de Tocqueville, ese estado de igualdad mal entendida que era característica de las democracias degeneradas donde sólo el dinero sirve como criterio clasificador.

Hoy la biblia y el calefón lloran tan juntos como lloraban en el siglo XX que nos describió Enrique Santos Discépolo y es por eso que resulta tan molesto para muchos el que se les recuerde que son los seres humanos —y no el dinero— la medida de todas las cosas.

¿Quién espía a la justicia española?

Ahora que está de moda el asunto «Pegasus» no sería malo preguntarnos si nuestra administración de justicia ha sido, está siendo o puede ser espiada por alguien.

No necesito explicarles que son muchas las personas y organizaciones que estrían interesadas en conocer lo que están investigando los juzgados y tribunales. Y no hablo sólo de las organizaciones y empresas extranjeras, en España, muy frecuentemente, se investigan acciones realizadas por personas que forman parte o están relacionadas con el gobierno nacional, con gobiernos autonómicos e incluso municipales. Ministros y ex-ministros han sido condenados en vía penal y no necesito recordarles casos de corrupción nacional y autonómica investigados por nuestra administración de justicia.

Créanme, hay muchas personas interesadas en saber qué se está investigando y en qué punto se encuentran las investigaciones y es por eso que la Administración de Justicia debe ser especialmente cuidadosa en la custodia de sus datos. Antes, cuando los procedimientos se documentaban en papel, la seguridad de los archivos se fundaba en la custodia de los lugares donde se guardaban; ahora, desde que los archivos se guardan en formato digital, la Ley Orgánica del Poder Judicial se ha cuidado de dejar claro desde el principio quién es el titular de los archivos digitales.

Sin embargo, al tiempo que la ley se ocupa de aclarar que los ficheros de la administración de justicia son de la administración de justicia, la realidad se encarga de demostrarnos todo lo contrario: que los ficheros de la administración de justicia no son en realidad de la administración de justicia sino que están en manos de los diversos poderes ejecutivos.

La situación parecería surrealista a cualquiera pero, como verán, la realidad supera la ficción.

Ni el gobierno central ni los gobiernos autonómicos necesitan hackear los sistemas informáticos de la administración de justicia simplemente porque estos sistemas informáticos no existen.

Los sistemas informáticos que se usan en las administraciones de justicia central o autonómicas de España no son operados ni controlados por el Poder Judicial sino por cada uno de los poderes ejecutivos correspondientes.

Dicho de otro modo: los archivos informáticos de los procesos que se tramitan en Cataluña son almacenados en sistema propiedad de la Generalitat de Cataluña, operados por funcionarios de la Generalitat de Cataluña y alimentados por energía pagada por la Generalitat de Cataluña y lo mismo ocurre en Navarra, País Vasco, Cantabria, Aragón y todas las comunidades autónomas que tienen las competencias en justicia transferidas.

Y ahora díganme ustedes: ¿les parece normal que un gobierno que puede estar implicado en casos como el de los Gal, la trama Gurtel, las tarjetas black o en la convocatoria de un referéndum ilegal sea precisamente el encargado de vigilar los ficheros donde se investigan esos casos.

¿A ustedes, esto, les parece normal?

Si hay un punto donde se puede decir con toda claridad que el Poder Judicial no es independiente es, precisamente, este.

Un poder no es independiente si no puede llevar a cabo por sí mismo las funciones que la ley le encomienda;

Un poder judicial no puede ser independiente si su capacidad de acción se ve limitada por la voluntad o las actuaciones de otros poderes distintos de él;

Un poder judicial no puede ser independiente nunca si, hasta sus propios archivos, no están en su poder y controlados por él sino por organizaciones a las que, en multitud de casos, se ve forzado a investigar.

Por eso, cuando le hablen de Pegasus y del escándalo que supone el que un programa pueda tener acceso al contenido de teléfonos ajenos, piensen que, en la admnistración de justicia, ningún gobierno necesita usar de ningún Pegasus: su acceso a los ficheros judiciales que pueden investigarles a ellos o a sus enemigos políticos, están en sus manos. No necesitan hackear nada.

Claro que, usted y yo sabemos que ningún gobierno en España, ni nacional ni autonómico, sería capaz de mirar en esos archivos ¿verdad?

Usted y yo sabemos que en España ni los ministros ni los consejeros ni nadie delinque.

En España podemos dejar tranquilamente al lobo al cuidado de las ovejas.

¿Verdad?

Creo que no necesito decir más.

Extranjero

Extranjero

Si me lo hubieran dicho cuando yo tenía sólo diez años no lo hubiera podido creer.

A esa edad yo ya había tenido dos primos emigrados, uno trabajando en Bélgica y otro en Alemania. También había tenido un tío que había estado en Francia y en casa oía hablar de familiares que habían marchado a la Argentina y de los que hacía años no sabíamos nada.

Todos sabíamos que, en la generación de nuestros padres, muchos no emigraron por trabajo sino por salvar la vida y acabaron de las más distintas formas que pueda imaginarse; algunos en sudamérica, muchos en México, acogidos por un gobierno comprensivo y otros peleando una nueva guerra como soldados bajo banderas francesas, no tanto por defender a esa República como por escapar de los nuevos amos de Francia, unos hombres que pensaban que su sangre era mejor que la de los demás.

Sí, si me hubieran contado lo que pasa ahora cuando yo tenía diez años no les hubiera creído.

Cuando estalló la crisis del petróleo a principios de los 70 las radios y las televisiones españolas tronaron: los alemanes pretendían expulsar a los inmigrantes turcos y españoles. Aquello, en las voces de los locutores de entonces sonaba a agravio, ¿cómo podían los alemanes siquiera plantearse expulsar a españoles?

Y claro yo pensaba en mis primos, o en mi tío, o en los muchos españoles que andaban por el mundo buscando un nuevo cielo bajo el que vivir en paz y no entendía aquello. En España recibíamos con alborozo a los turistas alemanes ¿cómo podrían ellos hacernos eso?

Tardé tiempo en entender que en la vida real sólo hay dos naciones, la de los que tienen y la de los que no tienen, y que a España llegaban los turistas a gastar dinero y que, quien tiene dinero, nunca es extranjero en ningún lugar.

Yo entonces no podía imaginar que nadie pudiese discriminar a los seres humanos sólo por el idioma en que su madres les contaron los cuentos, ni pensé nunca tampoco que hubiese una hambre española o una hambre argentina. El hambre es siempre la misma, me habían enseñado, sólo va cambiando de sitio: entonces nosotros emigrábamos a Argentina y hoy los argentinos emigran a España.

Pero claro, estas cosas las pensaba yo con diez años, ahora me dedico a leer historias de sumeria. Historias de ese tiempo en que el ser humano dejó de ser cazador-recolector y se hizo agricultor y empezó a adueñarse de una tierra por la que antes todos habían podido pasar. Un tiempo en el que los hombres trazaron rayas en el suelo que no se podían traspasar, un tiempo en que los agricultores se unieron en estados que también trazaron rayas en el suelo e inventaron conceptos hasta entonces inexistentes: estado, imperio, frontera, inmigrante, extranjero, peregrino, ciudadano…

Y no, no me malinterpreten: sé que hay unas leyes y que estas leyes se dictaron por algo y hay que cumplirlas. Sé que no es posible —al menos por ahora— un mundo sin fronteras y sin una ordenación del fenómeno de las migraciones. Pero como hijo de una generación emigrante me sorprende ver a muchos hijos de ese pueblo de emigrantes reclamando que no se dé a otros lo esos otros sí dieron a sus padres.

Todos los pueblos, en un momento u otro, se han creído el pueblo elegido, desde unos alemanes locos que un día sostuvieron que su sangre era mejor que la de los demás a unos estadounidenses que creyeron que los dioses habían fijado para ellos un destino manifiesto que no era otra cosa sino la creencia de que los Estados Unidos de América era una nación elegida y destinada a expandirse desde las costas del Atlántico hasta el Pacífico.

¿Y por qué les cuento esto?

Pues no lo sé muy bien, quizá porque hoy, navegando por la red, me he encontrado con esta tablilla sumeria en que se plantea a los escolares el problema de dividir con una recta un trapecio de lados irregulares a fin de que resulten dos fincas iguales.

Y porque mientras pensaba en cuán novedoso debió resultar a los hombres del neolítico que otros hombres, agricultores, se apropiasen de la tierra y trazasen lineas en ellas, no he podido evitar pensar que, entre las muchas cosas que inventaron los sumerios, también están algunas tan desagradables como la palabra «extranjero».

«Nada más y muchas gracias»

Concluye la tarde y me viene a la cabeza aquella plegaria que, según Kipling, rezaban los marineros fenicios cuando iban a morir y que analizaba Borges con tanta brillantez.

«Madre de Carthago, devuelvo el remo.»

Eran hombres de esos para quienes lo importante no es vivir sino navegar; gente para quien la vida era remar y a la hora de la muerte devolvían a Elisa —la reina madre de los carthagineses— la razón de vivir que les dio esta.

Y mientras pienso en esto recuerdo a muchos compañeros que conocí y que ya no están y pienso si, como los viejos marineros fenicios, a la hora del final no concluyeron con esa oración, acaso no sólo gramatical, con la que damos las gracias al acabar nuestro trabajo.

«Esto es todo, señoría, nada más y muchas gracias».

Cuando callar es la mejor opción

Cuando callar es la mejor opción

Todos creemos tener una opinión valiosa sobre cualquier asunto y nos sentimos empujados a opinar sobre cualquier tema para regocijo de los propietarios de las redes sociales.

Pero hay temas, como «el tema» de los últimos días, en los que hay pocas conclusiones claras si es que hay alguna, e incluso menos personas con los conocimientos necesarios del caso como para proporcionarlas. En esos casos callar es una opción legítima y yo diría que, más que legítima, es conveniente.

¿Quién sabe lo que pasó?

Primero llegó la noticia de un hecho del que ninguno de nosotros fue testigo directo sino mediato y vino la primera oleada de tuits, chistes, memes y fakes; luego las reacciones de quienes presenciaron el hecho en directo en la sala, y vino una nueva catarata de reacciones en redes, màs adelante vinieron las columnas de opinión de distinto sesgo y la subsiguiente oleada de reacciones.

El ruido mediático está siendo enorme y les aseguro que ni los canales de TV ni las plataformas de streaming tratan de dar una información que se limite a investigar o narrar la verdad de lo sucedido pues, estos medios, no son empresas que busquen la verdad, sino la audiencia. Les aseguro que sus accionistas no se sentirán orgullosos si su empresa alcanza la verdad pero celebrarán indisimuladamente haber conseguido la mayor audiencia.

Hay opiniones que aportan datos y conocimientos y hay otras que sólo son eso, opiniones, chistes o memes. Estas últimas están bien y hasta son divertidas en redes como Facebook o Twitter (todos tenemos derecho a divertirnos) pero son problemáticas en otras redes, sobre todo las que pretenden ser fuentes de noticias.

En los manuales de educación de los hijos e hijas en el antiguo Egipto faraónico se hacía especial hincapié en el silencio y la escucha. Si algo caracterizaba al egipcio del año 2000 AEC era ser un sujeto silencioso y escuchador. Las llamadas «Instrucciones de Ptahhotep» enseñaban a los egipcios a escuchar mucho y hablar poco: «escucha hasta a los tontos, porque solo el que escucha aprende». Sospecho que nuestras plataformas de noticias y sus mesas de redacción no han leído a Ptahhotep y por eso siguen produciendo ruido sedicentemente informativo en el que no se contiene más información que una parte sesgada de la ya dada y que no tiene más intención que la de hacer caja.

Por otro lado está la gente común que si, como Ptahhotep, quiere escuchar diligentemente a todos no dudo que a estas alturas estará aturdida por el ruido porque las opiniones sin sustancia han acallado a nadie que tenga un dato serio que aportar.

No es necesario opinar sobre todo lo que suceda, sobre todo si eres una pretendida plataforma de noticias, pues para eso ya estamos nosotros los consumidores a quienes las redes sociales se encargan de podar sus opiniones de oyentes o lectores.

Por mi parte creo que hay casos donde el silencio es la mejor opción para no contribuir al ruido y dejar que a quienes, como Ptahhotep, escuchan a todos, les lleguen las opiniones relevantes y no solo el ruido.

Y yo, por mi parte, en este caso he decidido no seguir las enseñanzas de Ptahhotep: por lo que respecta a este asunto decidí mantener silencio y además no leer ni escuchar nada sobre un tema en el fondo irrelevante.

Y aún y así me ha llegado el ruido. Eso sí es interesante.