Silencios esclarecedores

Ayer hubo una concentración para protestar por cómo se ha tratado a la abogacía durante la pandemia y por cómo se está tratando a un exdecano que decidió que no se pondrían en peligro la salud ni la vida de sus colegiados.

La prensa del sector lo recoge, las redes sociales lo recogen, se comenta en los grupos de whatsapp…

Sólo los medios de comunicación del Consejo General de la Abogacía y su presidenta mantienen un silencio tan ominoso como revelador: para ellos —aunque la manifestación se convocó frente a la propia sede del Consejo— la concentración, la marcha, la protesta, no ha existido.

Las cuentas en redes sociales del Consejo y de la presidenta las pagamos todos; sí, como lo oyes, esas cuentas son manejadas por community managers que pagamos todos los abogados y abogadas con nuestras cuotas. Hay en el Consejo, además, un equipo de periodistas, un departamento de prensa, en los que también se gasta mucho dinero de los colegiadoss y colegiadas.

Se supone que, si se gasta el dinero de todos en disponer de medios de comunicación e información propios del Consejo, ese gasto se hace en interés de todos y no solamente de unos pocos. Pero en el caso del Consejo parece obvio que no es así.

Puedes comprobar cómo en ambas cuentas se silencia cuidadosamente la existencia de la protesta que tuvo lugar ayer y se dedican a hablar, hirientemente, de las fake news. Hipocresía en estado puro. Porque en el mundo de la información no solo existen las fake news; existe la censura, el silencio deliberado, la marginación sistematizada y es aquí donde el consejo, la presidenta y sus equipos de comunicación, rayan a gran altura.

Ayer, para ellos, no existió ninguna concentración, como tampoco existió ningún Congreso en Córdoba ni las dos movilizaciones nacionales de 2018 tampoco existieron… ¿Por qué?

Pues porque los medios que pagamos todos parecen estar destinados, no a informar de lo que a todos afecta, sino solo a contar aquello que interesa a quienes dirigen la política del Consejo; dicho en corto, a hablar de ellos y en interés de ellos.

Supongo que destinar el dinero de todos a usos particularistas es algo que no necesito juzgar moralmente porque ya lo harán ustedes por mí.

Pues bien, este es el consejo que tenemos y debiéramos preguntarles a los responsables de esto por qué lo permiten.

José Sacristán

No puedo evitar que, al verle, mi memoria vuele hasta el siglo pasado, concretamente hasta el Restaurante «La Cruzada» en la calle Amnistía número 8 de Madrid. Allí solía reunirse el inmarcesible Círculo Cultural Faroni, un grupo bizarro de jóvenes impostores a la busca de cualquier nueva aventura literaria o insensatez cultural. Lo mismo convocaban un premio literario para escritores ágrafos dotado con 40 millones de marcos (de la República de Weimar) que se concertaban para premiar con toda solemnidad al Anís Machaquito de Rute (Córdoba); el caso era «epater le bourgeois».

Mientras los del Círculo se enfrascaban en alguna discusión literaria o sopesaban la oportunidad estratégica de solicitar la devolución de Olivenza a Portugal como medio de sacudir la modorra cultural finisecular, el maestro, José Sacristán, cenaba solo en una de las mesas del local mientras aguantaba la gritería de los sedicentes impostores de la mesa vecina.

Yo le recuerdo así, solo y cenando. De vez en cuando alguno de los del Círculo podía preguntarle ¿qué tal maestro? Y él, que parecía estar deseando que se lo preguntaran, contestaba con toda amabilidad y camaradería.

Para mí, en los 90, José Sacristán ya era viejo, algunas de sus películas —con banda sonora de Estela Rabal y «los Cinco Latinos»— eran para mí productos antediluvianos de hacía 20 años.

Hoy veo que le han concedido el Goya de Honor y me invade un sentimiento de ternura, no tanto por él como por mí. Hoy yo tengo la edad que tenía José Sacristán entonces y, él, prefiero no mirar la edad que tiene: está vivo y feliz y con eso ha de ser suficiente.

Lo que echo de menos a mi alrededor, sin embargo, es un grupo de jóvenes impostores dispuestos a sacudir al país de su modorra de lustros y junto a los que cenar, solo, en un restaurante.

Políticas macabeas

Políticas macabeas

Hay momentos cruciales en la historia cuyos efectos se dejan sentir durante milenios y uno de ellos es, con toda seguridad, ese lapso de diez años en que Alejandro Magno conquistó un imperio mundial que abarcaba desde los balcanes en Europa hasta la ribera del Ganges en la India. Las dos grandes regiones que habían forjado los cimientos de la civilización hasta ese momento, Egipto y Mesopotamia, quedaron bajo dominio griego, como también quedó bajo dominio griego una región vital para lo que ha sido después la cultura del mundo occidental: Canaán y, singularmente, las regiones que hoy ocupa el estado de Israel y por entonces poblaban los restos que habían quedado de las tribus de Israel tras los sucesivos exilios (Judá, Benjamín…), Samaría, Galilea, Perea, Idumea… En fin, toda esa geografía que aparece en unos textos decisivos para civilización occidental: los que componen la Biblia Hebrea o Antiguo Testamento.

Las conquistas de Alejandro Magno fletaron un concepto que hoy nos resulta muy familiar asociado a los fenomenos religiosos: la «ecumene».

Verdaderamente Alejandro Magno fue el creador de la aldeal global, algo que nosotros llamamos ahora el «mundo helenístico».

Tras esos diez años de fulgurantes conquistas de Alejandro Magno que les he mencionado el mundo cambió por completo. De un mundo donde las gentes se identificaban en virtud de una etnia y un territorio se pasó a un mundo donde las personas se identificaban en virtud de una cultura. Si usted hablaba griego koiné podía viajar desde Atenas a Etiopía o desde Jerusalén a Bactriana sin demasiada necesidad de usar otra lengua. Podía usted además reconocer en las ciudades por donde pasase el modelo de ciudad estado griega y podría ver cómo en sus teatros se representaban obras griegas con igual o superior magnificencia.

La helenificación de los pueblos que cayeron primero bajo el dominio de Alejadro y posteriormente bajo el de sus generales Seleuco y Ptolomeo fue tan importante que, por ejemplo, para la época del nacimiento de Cristo, nuestro Antiguo Testamento (la Biblia Hebrea) hacía dos siglos que había sido traducida al griego koiné por orden de Ptolomeo II, pues los propios judíos habían dejado mayoritariamente de hablar hebreo durante el exilio en Babilonia de donde volvieron hablando arameo y, tras la conquista de Alejandro Magno, griego koiné.

Hablar hebrero o arameo llego a ser en cierto momento algo excepcional incluso para los propios judíos y, tal y como puede leerse en los «Hechos de los Apóstoles», el hecho de que Pablo pudiese hablar en arameo a la multitud resultó a muchos sorprendente.

Ese traducción del Antiguo Testamento al griego, iniciada dos siglos antes del nacimiento de Cristo por orden de un faraón griego de nombre griego (Ptolomeo II Filadelfo) y llevada a cabo en una ciudad significativamente llamada Alejandría, es una buena ilustración de cómo la cultura griega había invadido todo el oriente dando lugar a eso que llamamos el mundo helenístico y que sería el ecosistema en el que nacería y desarrollaría esa religión sobre la que se construyó lo que hoy se conoce como la «civlización occidental».

Sin embargo, ese mundo donde las gentes se identificaban por factores biológico-geográficos, (una etnia, un territorio) no había muerto y mucho menos entre los pertenecientes a un pueblo que se consideraba «el pueblo elegido» y que creía habitar una tierra que les había legado el mismo Yahweh; y en esa situación aparecieron los insurgentes contra la cultura y la dominación griega, unos hombres a los que la historia conoce como los Macabeos, gentes que sublevaron a su etnia contra aquella nueva realidad, gentes que no deseaban pertenecer a la ecumene alejandrina.

Si lo piensa usted bien la situación de la Judea del siglo primero antes de Cristo es muy parecida a la actual.

Las olimpiadas griegas ahora ya no eran griegas pues ahora eran patrimonio de todo el mundo helenizado; de ahí que Gasol pudiese entonces jugar en la NBA y que no hubiese problema alguno en que el auriga Fernando Alonso compitiese en el hipódromo, eso sí, dando las ruedas de prensa en griego koiné.

A la gente le encantaba ponerse nombres griegos como signo de estatus y si hoy la moda es llamarse John, Samantha o Jennifer, entonces un rey podía llamarse Antíoco Epífanes o Cleopatra, nombres griegos ambos.

Ideas, religiones, comida, dinero, textos filosóficos y científicos, navegaban entonces y ahora por aquella aldea global y por esta, las modas se propagaban y, frente a la idea tribal de etnia y territorio, apareció por primera vez la idea de cultura que, poco después, los romanos llevarían a su máxima expresión incorporando dentro de un solo inperior multitud de razas, religiones y territorios.

Pero, la misma pulsion étnico-territorial que en Judea llevó a los Macabeos a alzarse en contra de la ecumene helenística, ha estado siempre presente en nuestra civilización y esa pugna entre la aldea global y el estado tribal nunca ha acabado de extinguirse.

Ese binomio pueblo (etnia) y territorio (estado) está presente y en la base de muchos de los conflictos del siglo XX y no cuesta trabajo encontrarlo bajo eslóganes cultivadísimos como el «Ein Volk, ein Reich, ein Führer» de infausto recuerdo.

La dinastía Asmonea, la raza de los Macabeos, jamás se ha extinguido y puebla todos los estados de la tierra y esa pulsión macabea, a poco que se rasque, igual aparece bajo cualquier brexit que bajo cualquier apelación a «la patria» sea esta la patria que sea que defienda el que la invoca.

La humanidad es en esto, sí, muy griega y dual: mundo de las ideas y de la materia, bien y mal, alma y cuerpo… Pero también grecolatinos o macabeos.

Y ahora que he escrito esto (que inevitablemente alguno de ustedes calificará de «rollo macabeo») me quedo interrogándome sobre cuánto hay en mí de ecumenista grecolatino o de particularista macabeo.

Y no, creo que no; creo que a mí me gustan muy poco los rollos macabeos, esos que, sin embargo, sirven a muchos políticos que no necesitan más ideas (quizá no las tienen) que saber que pertenecen a un pueblo y que nacieron en un lugar.

Élites, dominación y tecnologías de la información

Élites, dominación y tecnologías de la información

Las élites siempre han marchado un escalón tecnológico por delante del resto de la sociedad. Cuando el ser humano inició su, aún no acabada, transición de cazador-recolector a sedentario merced a la revolución agrícola, una élite experta en señalar los ciclos de las estaciones (los sacerdotes sumerios por ejemplo) consolidó su conocimiento y su gestión de la riqueza a través de la escritura. Fueron los alfabetos los que crearon los primeros bancos de memoria artificial y, gracias a ellos, los sacerdotes de unos imperios sedicentemente divinos pudieron, no solo fijar la ortodoxia de sus relatos religiosos, sino controlar la administración y la burocracia. Frente a un pueblo mayoritariamente analfabeto la élite de aquellos imperios dominaba la última frontera en tecnología de la información de la época: la escritura. El sacerdote leía los textos sagrados (declarar «sagrado» un texto en la época sería como declarar «divino» un usb en esta) y el pueblo lo escuchaba, creyendo en la sacralidad de aquellos ininteligibles grupos de dibujos cuneiformes.

Cuentan que los tlaxcaltecas, en cierta ocasión que enviaron a los españoles a negociar o intimar a una tribu enemiga, les pidieron que llevasen «papeles». Los tlaxcaltecas no conocían el contenido de aquellos papeles, lo que sí habían observado es que los españoles, cuando los miraban, podían cambiar súbitamente de forma de actuar y que, cuando un español era enviado en misión sería a otro lugar, siempre llevaba alguno de aquellos papeles que previamente les había entregado su jefe. Para tlaxcaltecas y aztecas las cartas eran tan mágicas como para los españoles lo eran los «quipus» mayas, un sistema de escritura que los españoles ni llegaron a sospechar que lo fuese y, creyendo que eran objetos mágicos (igual que los aztecas consideraban mágicas las cartas de los españoles) los prohibieron y persiguieron a quien poseyese uno. Un «quipu» es el objeto que ven en la foto y es un instrumento de almacenamiento de información consistente en cuerdas de lana o de algodón de diversos colores, provistos de nudos.

La situación se prolongó siglos. La élite escribía y leía al pueblo que obedecía las órdenes emandas de aquellos registros. Aquella tecnología de la información dio lugar a la ley (la norma escrita) que objetivizó separando de la memoria humana las reglas de funcionamiento de la sociedad. El software (el código, el adn) que regula el funcionamiento de las sociedades se escribió en lenguajes de programación llamados latín, griego, fenicio, castellano o inglés. Todavía hoy, uno de los programas de comportamiento social más exitoso, fue uno de aquellos programas de software escritos principalmente en arameo; se llama la Biblia y, a día de hoy, gobierna en mayor o menor medida la conducta de una de cada tres personas en el mundo. Las otras dos obedecen a programas diferentes pero también codificados de la misma forma que la Biblia: el Corán, el Canon-Pali o el Bhagavad-Guita.

Nihil novum sub solem, a día de hoy aún somos, en cierto modo, súbditos de aquellos imperios; ni sus reyes ni sus sacerdotes nos gobiernan pero, los textos que ellos escribieron y los principios morales que en ellos se contienen, aún rigen las vidas de las personas.

Esta situación perduró siglos y sólo fue puesta en cuestión con la llegada de una nueva revolución tecnológica en el campo de la información: la imprenta.

Gracias a la imprenta la capacidad de replicar la información contenida en los libros aumentó exponencialmente. No sólo eso, la producción de libros dejó de ser una costosa tarea para pasar a ser un negocio; la producción de libros ya no se justificaba por la necesidad de transmitir las ideas precisas para el mantenimiento de un determinado status quo, ahora la producción de libros podía hacer ricos a los impresores.

Al ampliarse la producción de libros estos comenzaron a tratar temas distintos de los religiosos e incluso se atrevieron a imprimir libros prohibidos por la propia iglesia. El índice eclesiástico de libros prohibidos pasó a ser probablemente el primer hit parade de la literatura pues los libros que aparecían en él pasaban a ser el oscuro objeto de deseo de muchos miles de lectores. La humanidad, con cada presión de los tórculos y prensas, allanaba el camino de la ilustración.

La humanidad comenzó a leer cuando las élites ya dominaban la nueva tecnología y este proceso se repitió con el cine, la radio y la televisión: la población consumía los productos que las élites les ofrecían, élites que a su vez controlaban los nuevos medios de comunicación.

Con la nueva revolución de los social media pareciera que la humanidad se ha llenado de «prosumers» (productores-consumidores) de contenidos y hoy todos somos capaces de producir videos, audios, textos… Y sin embargo las élites siguen estando un escalón por encima: ellos controlan las tecnologías y las plataformas que nos permiten hacer esto.

Hoy mi libertad de expresión no la controla un juez sino un algoritmo confeccionado al gusto de una empresa de Menlo Park (Facebook) o San Francisco (Twitter). Ese algoritmo, como los viejos textos sagrados, es el que decide lo que es moral y lo que no, lo que puede ser escrito y lo que no, la imagen obscena y la moralmente apropiada, y así controla nuestras vidas.

No le den vueltas, en materia de social media las élites siempre van un escalón por delante de las masas en materia de tecnología y, por eso, la justicia, la ciudadanía, los grupos humanos, hacen muy mal en inhibirse de los debates tecnológicos pues esa actitud conduce con frecuencia a situaciones que, como en el caso de los viejos textos, pueden perdurar mucho, a veces demasiado, tiempo.

No les canso más por esta noche, mi insomnio no es ninguna circunstancia eximente, pero sepan que, si queremos ser dueños de nuestras vidas y nuestro futuro uno de nuestros principales esfuerzos debe orientarse en el sentido de salvar el eterno escalón tecnológico que separa a la élite de la masa o, al menos, regularlo y controlarlo en beneficio de todos y, para poder hacerlo con éxito, antes hay que entenderlo en profundidad.

Vivimos una era apasionante, no deje que se le vaya la vida como un simple consumidor y trate de entender en profundidad la apasionante revolución que vive.

Otro día hablaremos de la sustancia de esta revolución: la información.

Sé amigo de tu enemigo

Lo único cierto, como intuyó Heráclito, es el cambio; «natura non facit saltus» nos dijo por su parte Gottfried Leibniz y es verdad, pues, como demostraron Darwin y sus seguidores, en la naturaleza no hay creación sino evolución.

Por eso es bueno saber que ningún pensamiento humano aparece de la nada y que ni siquiera las religiones aparecen «ex nihilo», sino que son hijas de otras religiones que gobernaron las vidas de las personas y evolucionaron en otras generaciones de personas.

Hoy, leyendo un texto moral acadio dos mil doscientos años anterior a Jesucristo, me he encontrado con el siguiente pasaje:

«No devuelvas el mal a tu adversario; paga con bondad al que te hace mal, haz justicia a tu enemigo. Sé amigo de tu enemigo.»

«Sé amigo de tu enemigo», no es en casi nada diferente del «ama a tu enemigo» y el «paga con bondad al que te hace mal»; parece incluso estar un punto más allá del «poner la otra mejilla» que se contiene en unos textos dos mil doscientos años posteriores y que, sin duda, conoces bien.

«Nihil novum sub solem» o, como dijo Salomón, nadie descubre nada nuevo, sólo recuerda algo que, antes, olvidó.

¿Tanatorio o sala de vistas?

Una de las puertas que ven aquí es de una sala de vistas, la otra es de una sala de un tanatorio.

Fue mi amiga Mmar Florenciano Conesa —que tiene bastante pesquis para estas cosas— la que me descubrió la similitud estética entre estos edificios. Hay, como verán, algunas diferencias a favor del tanatorio como, por ejemplo, el monitor que hay al lado de la puerta y que puede ofrecer información valiosa al usuario.

Esta estética tanatorial de las salas de vistas podría tomarse a broma si no fuese porque no solo es producto del dudoso gusto de sus diseñadores sino porque ilustra perfectamente una clara y deliberada voluntad de incumplir la ley, señalando, al mismo tiempo, su desprecio por los administrados.

El diseño de estas salas, ajeno a cualquier exigencia legal y a la más mínima «perspectiva de administrado», impide no solo el cumplimiento de la ley (separación de testigos, partes, etc.) sino que inflige a los usuarios daños y padecimientos intolerables: familias de víctima y victimario juntos en la misma sala, espesas esperas ante la misma puerta de perjudicados junto al presunto culpable, facilidad de presiones a coacusados y testigos… Todo porque alguien decidió que las salas de vistas habían de ser más sobrias que funcionales.

Es llamativo que no suele faltar en estas salas de vistas una puerta especial para el juez (ninguna ley impone esto) pero en muchos juzgados no existen puertas por donde ciudadanos esposados puedan ser conducidos a la sala sin ser exhibidos a la pública vergüenza de ser paseados con los grilletes puestos, ni existen salas ni puertas que permitan que los testigos no comuniquen o simplemente esperen sin temor a ser presionados o, incluso, sin tener que sentir la ominosa presencia de la familia y amigos de su victimario. Que quien ha diseñado esta sala no ha pensado en absoluto en los administrados es más que evidente.

Podría extenderme mucho más pero, si lo hago, me voy a enfadar más de lo necesario; permítanme, pues, constatar simplemente que tiene razón mi amiga: la estética de las salas de vistas es de tanatorio y, quizá —añadiré yo— no venga mal a una justicia moribunda.

Tengo veintiséis años

Un día menos y mil seiscientos kilómetros más en el cuerpo, un juicio más, un eslabón menos en la cadena de este proceso. Llego a casa cansado de carretera, miro el instagram y veo mis fotos de hombre de sesenta años. Miro el instagram y veo parejas de jovenes que se fotografían enamorados dispuestos a empezar una vida juntos y pienso que es bonito, que por qué un día de estos no hago yo lo mismo y vuelvo a recuperar esos veintiséis años que he tenido siempre hasta hoy. Y me doy cuenta de que, quizá, haya ido cumpliendo años sin darme cuenta.

Salvo que me esfuerce en repensar quién soy en verdad, yo, en mi inconsciente, soy un joven abogado que empieza y que está obligado a demostrar que vale para esto y puede vivir una vida de esto. Salvo que me esfuerce en recontar cuántos años llevo ya vividos, yo, en mi inconsciente, soy un joven que está aprendiendo a vivir y al que aún le queda mucho que aprender. Salvo que me esfuerce en recordar a cuántas mujeres he querido y cuántas me han querido a mí, aún sigo esperando encontrar a esa joven que me hable y me haga saber que es a ella a quien espero.

Recordar es una palabra bonita pues, recordar, lleva dentro el corazón (cor-cordis), recordar es como volver a llevar a alguien en el corazón pero esto, siempre, es peligroso porque suele conducir a la melancolía.

La melancolía (como la saudade) es un bien que se padece y es un mal que se disfruta; pero suele enredarte con su manto cálido y amable y eso —ya les digo— es peligroso.

Porque yo tengo 26 años y soy un joven abogado que empieza y está aprendiendo a vivir.

El canto postal del cisne

El canto postal del cisne

Dicen que el del cisne al morir es el canto más bello y, mientras esta tarde abría un sobre de correo postal que me llegaba de Donosti, esa idea me ha emoezado a rondar por la cabeza.

Entenderán ustedes que en estos tiempos uno ya no recibe más correo postal que los requerimientos del banco y que, recibir una carta de un ser humano, ya es algo extraordinario; pero mucho más lo es que, en ese sobre, vengan dos postales manuscritas de San Sebastián, una de las ciudades más bellas del mundo.

Manuscritas, sí, han leído ustedes bien.

En estos tiempos en que las postales han muerto a manos de Instagram y la caligrafía ha sido incinerada por la infame letra arial de microsoft, lo que he experimentado yo hoy, probablemente, sea el canto del cisne del correo postal.

Cuando mi amigo Joaquín ha visto lo que yo estaba leyendo me ha dicho:

—Léela despacio, probablemente será la última postal que recibas.

Y es probable que tenga razón, pero, si eso es así, esta será, como el último canto del cisne, la postal más bella.

Junto a la postal viene un CD con marchas y músicas de la tamborrada de San Sebastián que ahora, mientras escribo esto, estoy escuchando.

Pero de esas músicas y de los granaderos y cocineros de Donosti hablaremos otro día porque, esa, es otra historia y otro post.

Muchas gracias compañera, tu tinta huele a afecto.

El sintoísmo y el Ministerio de Justicia

Aproximadamente el 12% de las nuevas madres desarrollan una patología denominada «depresión postparto», cifra esta que sube al 17% si incluímos en la cuenta a aquellas mujeres cuya depresión comienza durante el embarazo.

Muchos padres también sufren de depresión tras el nacimiento de un hijo, si bien, los porcentajes de afectados son sensiblemente inferiores al de las mujeres: un 8%.

Tres son los factores que influyen especialmente en que las madres padezcan esta patología y son, el primero, la ansiedad sufrida durante el embarazo; el segundo la falta de apoyo social y el tercero es el estrés: una mujer estresada es especialmente proclive a padecer depresión postparto.

Los daños que causa la depresión postparto no se limitan a la salud de la madre sino que se extienden a la del hijo, provocando, a corto plazo, el deterioro del vínculo con los padres así como el aumento de los problemas de conducta, así como la reducción de las capacidades cognitivas a largo plazo.

Esta extensión de los efectos negativos de la depresión postparto de la madre al hijo puede tener efectos amplificadores pues, la madre, consciente del daño que puede causar a su hijo, a menudo se siente culpable de tal situación y cae en una depresión más profunda aún.

Un problema que afecta a casi una de cada cinco madres en mayor o menor grado no debiera ser tomado a la ligera y es por eso que, desde la más remota antigüedad, todas las culturas y civilizaciones han buscado, de un modo u otro, proteger a las nuevas madres de esta amenaza.

La protección de las nuevas madres incluso ha alcanzado la categoría de institución religiosa, como si protegerlas fuese una orden emanada desde lo más profundo de los cielos. Para el sintoismo, por ejemplo, ayudar a las madres en las semanas siguientes al parto evitándoles cualquier estrés y procurándoles toda la ayuda posible, era un ritual sagrado al que llamaban «zuo yue zi».

Hoy día el «zuo yue zi» es visto como un arma de doble filo pues, muchas mujeres, consideran que la observancia de ese período de descanso puede perjudicar su carrera profesional y esto hace que consideren tal ritual una especie de cárcel, pero, por otro lado, su eficacia como ritual previsor de la depresión postparto parece haber quedado demostrada a lo largo de los siglos.

Obviamente, pensarán mis lectoras, ese es un ritual del pasado… Y puede que tengan razón.

Porque en España, si algo no se les ahorra a las madres abogadas o procuradoras, es el estrés, la ansiedad y la falta de apoyo social; los tres grandes campeones de esta amenaza para su salud y la de sus hijos.

Estrés porque ni un solo plazo deja de correrles, ansiedad por la responsabilidad personal en que pueden incurrir y falta de apoyo social porque, resolución judicial tras resolución judicial, se les rechazan solicitudes básicas y de pura humanidad, viendo como la legislación procesal, en lugar de apoyarlas, trata minuciosamente de aumentar su ansiedad y su estrés.

Ciertamente el «zuo yue zi», el respeto sagrado a la madre que ha dado a luz, es algo anticuado, lo que no sé es si nuestra administración de justicia y nuestra legislación procesal no están miles de años más anticuados que esa vieja tradición, visto el trato salvaje e inhumano que deparan a personas que solo piden eso: ser tratadas como personas.

Hoy voy a echar un ratito con cargos del ministerio de justicia y espero poder hablarles, entre otras cosas, de esto. Quizá les convenza para que remedien de una vez esta salvaje forma de conducta aunque, vistos los años que lleva implantada sin que nadie la cambie, igual me es más fácil convencerles para que se conviertan al sintoismo.

La máquina de las emociones

Vivimos sólo una vez y nos esforzamos (al menos yo me esfuerzo) por vivir nuestra vida de forma auténtica, procurando hacer aquello que, con mayor o menor acierto, consideramos adecuado y tratando de no seguir acríticamente la verdad establecida o eso que se suele llamar las convenciones sociales. La idea es vivir con conciencia tu vida y no vivir vidas ya vividas por otros. Sin embargo es difícil, muy difícil.

El ser humano, en el fondo, es apenas un pequeño animalillo social, ve su vida dirigida por pulsiones a menudo muy superiores a sus propias fuerzas.

No necesito explicar lo que es el enamoramiento en la adolescencia porque todos ustedes lo conocen suficientemente, la emoción es tan fuerte que domina a las personas; pero no es sólo el amor, la naturaleza ha incrustado en nuestros genes emociones que se disparan en cuanto reciben el estímulo apropiado: el miedo, la ira, el instinto de protección de los hijos, la venganza, el orgullo. Todas las anteriores son emociones presentes, en mayor o menor medida, en todas las especies sociales y, en el caso del hombre, también.

No necesito contarles cómo la naturaleza se encarga de que los padres sientan por sus hijos un amor tan acrítico e indisimulado —sobre todo en sus primeros años de vida— que los ven los seres más hermosos del universo; y no se empeñe usted en discutir eso con una madre o un padre porque, aunque le reconozcan en un conato de lucidez que todos los niños son iguales, sus hijos, en su mirada y su mente, son únicos y es una de esas causas por las que mujeres y hombres se trasmutan.

No necesito contarle tampoco cómo ese muchacho feo, canijo y poco agraciado, del que su hija se ha enamorado es para ella el ser más adorable del mundo y, aunque sea un majadero notable, ella juzgará cualquier idiotez suya como una gracia y hasta le parecerá artística la roña de sus tobillos, las espinillas grasientas de su cara o la pelusa mal afeitada de su barba adolescente. Es el amor, las emociones como esta o como la de paternidad/maternidad cambian ennlas perdonas hasta la forma en que ven el mundo.

Marvin Minsky, un científico que dedicó mucho tiempo al estudio de la mente humana, llegó a llamar al ser humano «The Emotion Machine» (La Máquina de las Emociones) porque en la base de todo su comportamiento y en la base de su proceso de toma de decisiones se encontraban estas aplicaciones de programación de comportamientos desarrolladas por la evolución a las que llamamos emociones. Incluso propugnó que, si habíamos de diseñar una máquina inteligente, habríamos de dotarla de emociones pues son un recurso absolutamente genial para economizar y administrar eficazmente los escasos recursos de que disponen los seres humanos. Si un león nos ataca nuestro organismo disparará la emoción llamada «miedo» y, a partir de ese momento, todos los recursos de nuestro organismo se destinarán a correr como alma que lleva el diablo; si lo piensan un gran invento de la evolución.

Sólo estas emociones, por sí mismas, condicionan la parte más importante del comportamiento humano y determinan en gran medida nuestros patrones de conducta pero, a esta programación biológica que nos ha deparado la evolución, hemos de añadir la programación cultural que instala en nosotros nuestra educación por parte de la familia y la sociedad.

Con las dos programaciones anteriores en mente podemos concluir que, aunque los seres humanos nos tenemos por racionales, la realidad es que, en las 24 horas que tiene el día, muy raramente usamos de eso a lo que llamamos «razonamiento». Incluso en actividades que uno supondría altamente reflexivas,como juzgar conductas ajenas, uno descubre en cuanto rasca un poco una motivación emocional y cultural tal, que asfixia cualquier conato de razonamiento previo. Los seres humanos, en realidad, no somos seres racionales, sino racionalizadores, y si en algo brillamos a gran altura es en nuestra capacidad para racionalizar, defender y argumentar nuestras decisiones.

Nuestro juicio moral de las conductas ajenas, nuestro juicio sobre las intenciones de otros, se fundan más en rasgos evolutivos que en una actividad racional: decidido el fallo ya buscaremos los fundamentos jurídicos que lo sustenten, diríamos en jerga jurídica.

Con todo esto a cuestas es difícil decir que vivimos «nuestra» vida. Heredamos emociones, patrones culturales, lenguaje con el que razonar, valores compartidos en mayor o menor medida y, si bien se examina, no resulta sencillo afirmar que nuestra vida ha sido nuestra y que no hemos vivido la vida de ningún otro, porque en muy buena parte sí lo hemos hecho.

Supongo que, cuando llegue la hora de ajustar cuentas, a uno le quedará muy poco más que tratar de justificarse explicándose que trató de vivir su vida conscientemente y con pleno conocimiento de lo que hacía.

Pero eso no cambiará mucho las cosas, en el fondo no haremos otra cosa que lo que hemos hecho siempre, justificar una decisión previa.

Quizá como yo estoy haciendo ahora.