Adam Smith y los límites del ser humano

Adam Smith y los límites del ser humano

Ayer me entretuve en remendar el primer párrafo de la obra «El Capital» de Marx desde mi punto de vista esencialmente informacional de la realidad, hoy me parece de justicia hacer lo mismo con el primer párrafo de la obra fundamental del economista y filósofo escocés Adam Smith (Kirkcaldy 1723), «La Riqueza de las Naciones» (An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations) en la que dejó sentadas las bases de la economía clásica con sus trabajos y a la qué la cultura popular identifica con la biblia del capitalismo.

Pues bien, el primer párrafo del primer capítulo del primer libro de la obra fundamental de Adam Smith «La riqueza de las naciones» comienza afirmando…

«El mayor progreso de la capacidad productiva del trabajo, y la mayor parte de la habilidad, destreza y juicio con que ha sido dirigido o aplicado, parecen haber sido los efectos de la división del trabajo».

Y, al igual que me sucede con el primer párrafo de la obra «El Capital» de Marx, desde mi punto de vista, tal afirmación tampoco puede ser aceptada así como así. Veámoslo.

La división del trabajo no es una mejora organizativa que los seres humanos escojan simplemente para producir más, la división del trabajo es una realidad que impone la cada vez mayor complejidad de las tareas que desarrollan los seres humanos y la limitada capacidad que tienen estos para almacenar información (conocimientos). Analicémoslo despacio.

Creo que ya les conté una vez —uno siempre predica su fe ya sea de forma directa o indirecta— que el problema del pulpo (sí, el pulpo), como el de muchos prebostillos nacionales, es que es un inculto.

Un pulpo, a lo largo de su vida, puede aprender muchas cosas pero todo lo que aprende muere con él. El pulpo (o la pulpa) ponen sus huevos y los abandonan a su suerte, los pulpillos que eclosionan no tienen madre que, zapatilla en mano, les oriente y les haga entrar en la mollera todo lo que deben aprender de forma que, cada uno de los recien nacidos pulpillos, como Sísifo, debe empujar de nuevo su piedra hacia la cumbre.

El secreto del ser humano como especie es que, a los conocimientos instintivos de que les dota la naturaleza, añaden los que les transmiten sus progenitores, seres con quienes conviven durante toda su infancia. Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que la cultura es una de las más eficaces estrategias evolutivas de que dispone la especie humana; ahora bien, cuando la cultura (el conocimiento, la información) alcanza un volumen tan enorme como el que ha alcanzado el saber humano en los tiempos modernos, es obvio que ya no puede ser almacenada en un solo indivíduo, de hecho, hace milenios que dejó de poder ser almacenada en un solo indivíduo.

Medimos la capacidad de almacenamiento de información en cualquier soporte con toda naturalidad y así, decimos: «ese disco tiene 18 Terabytes» o «ese USB puede almacenar 500 Gigabytes»… Esta forma de expresarnos es para nosotros, desde hace unos 20 años, perfectamente natural y, sin embargo raramente la aplicamos a las personas y decimos «fulano es un crack, tiene tantos Petabytes de almacenamiento libre…»

La capacidad humana de almacenar conocimientos es finita y es por eso que todos no sabemos hacer todas las cosas.

Los seres vivos vienen al mundo con muchísima información preprogramada. En su «read only memory» (ROM) almacenan todas las instrucciones precisas para mantenerse vivos, respirar, hacer la digestión, realizar la fotosíntesis si son plantas… Todas estas acciones usted (y todos los seres vivos) «saben» llevarlas a cabo aunque no sepan por qué. Luego, cada especie, en mayor o menor medida tiene una memoria «ram» donde almacena conocimientos útiles para ella.

En el paleolítico los conocimientos que el ser humano almacenaba en esa memoria «ram» estaban mayoritariamente dirigidos a procurarse su supervivencia y la de los suyos, aunque la construcción de herramientas de sílex o la confección de pigmentos para «almacenar» información en forma de dibujos y pinturas en sus cavernas, fueron cada vez ocupando una mayor parte de esa «random access memory» (RAM).

Si entendemos que la capacidad humana para acumular información es finita entenderemos sin problema por qué, espontáneamente, aparece la división del trabajo que en lugar tan prominente situa Adam Smith y comprenderemos por qué la fabricación de alfileres de que nos habla Adam Smith o la de sartenes de que nos habla Marx exigen de división del trabajo.

Ninguna persona puede dominar al mismo tiempo las habilidades precisas para distinguir los filones de los distintos minerales, detectarlos, picar en una mina, entibar galerías y extraer mineral; mucho menos saber eso y dominar el arte del fundido, aleación y forja de metales, confección de esmaltes y otros elementos necesarios para la terminación del producto… Y aunque alguien tuviera todo el conocimiento necesario para ello lo sería en un grado muy básico. Hoy hay carreras enteras dedicadas a la ingeniería de minas, por ejemplo y a todo lo anterior habrís que añadir el transporte y comercialización del producto.

Si llamamos «personbyte» (como indica C. Hidalgo) a la cantidad de información que es capaz de almacenar un ser humano, se entenderá por qué son necesarias muchísimas personas para fabricar, por ejemplo, un avión o un submarino. No porque lo exija la «división del trabajo» como método organizativo, sino porque son necesarios muchos conocimientos (personbytes) para transformar la materia en una navío submarino o en un aparato volador.

Así pues, desde nuestro punto de vista informacional, tampoco el primer párrafo de «La riqueza de las naciones» de Adam Smith resulta particularmente impactante sino más bien naif.

Entenderán que si, desde el primer párrafo, ambos textos capitales me resultan sospechosos de no entender el mecanismo profundo que determina el funcionamiento de la realidad y las sociedades, el debate comunismo-capitalismo me parezca periclitado. Déjenme tener mi propio criterio y no me embarquen en un antiacuado juego de pares o nones.

Supongo que a estas alturas ya habré hartado a mis lectores, entenderán por eso que un día escriba sobre el Nitrato de Chile y la riqueza, otro sobre el «Personbyte» y la construcción de submarinos y otro sobre la evolución y los Reyes Magos. Sé que si trato de explicarme soy aburrido y por eso es mejor recurrir a la vieja herramientas de las historias y los relatos, porque con ellos siento que siembro poco a poco mi punto de vista, mi forma de entender las cosas.

Los post diarios son práctica, lo demás es teoría.

Marx y el guano: reescribiendo «El Capital»

Marx y el guano: reescribiendo «El Capital»

En la década de los 60 del siglo XIX, mientras Marx redactaba su obra cumbre, El Capital, en América del Sur varios países experimentaban un desarrollo extraordinario gracias a su riqueza en materias primas.

Especialmente representativo de esta prosperidad económica fue el caso del Perú que, debido a la gran riqueza en guano que acumulaban sus islas, comenzó a obtener cuantiosos ingresos mediante el sistema de las llamadas «consignaciones», un sistema mediante el cual el Estado y determinados empresarios llegaban a acuerdos por los que se otorgaba a estos la explotación del guano durante un tiempo a cambio de un porcentaje que variaba entre el 35 y el 45 %. El consignatario se encargaba de todo el proceso de explotación, exportación y venta del guano mientras que el estado recibía una porción del ingreso líquido después de producida la venta. El problema fue que, como el Estado generalmente necesitaba efectivo y no podía esperar hasta el reparto de ingresos, solía pedir dinero por adelantado a los consignatarios que, de este modo, se convirtieron en los mayores prestamistas del Estado cobrándole entre el 4 y 13% de interés.

Los cambios de toda índole que en esta época de prosperidad se produjeron en Perú extienden sus efectos hasta nuestros días, estando en la base de la escisión de la sociedad peruana entre el interior y la costa, pero esa es otra historia.

Mientras duró la fiebre del guano los estados europeos compraron y pagaron a precio de oro este producto —no más que una gigantesca acumulación de defecaciones de aves— y fue gracias a él que pudieron alimentar a su creciente población pues, usado como abono, el guano rendía resultados espectaculares.

Marx no vivió lo suficiente como para asistir al trágico final de esta época dorada de la historia del Perú pues, mientras concluía la primera edición de la primera parte de «El Capital», estaba naciendo en la ciudad de Breslau (entonces Prusia hoy Polonia) el científico alemán Fritz Haber quien, junto con personalidades de la talla de Max Born o Karl Bosch (sí, Bosch, el de BASF) descubrieron procesos químicos para fabricar abonos de forma que el guano se tornó innecesario.

Aquella mercancía maravillosa por la que Chile, Bolivia y Perú habían guerreado, ahora simplemente no valía nada y los países que la producían, simplemente, enfrentaban la bancarrota.

Cuando nació Fritz Haber, Marx, acababa de publicar su primera parte de «Das Kapital» aquella obra colosal cuyo primer párrafo decía:

«La riqueza de las sociedades en que impera el régimen capitalista de producción se nos aparece como un «inmenso arsenal de mercancías» y la mercancía como su forma elemental. Por eso, nuestra investigación arranca del análisis de la mercancía».

Seguramente, para un europeo de 1866, la riqueza de las sociedades se podía percibir como un «inmenso arsenal de mercancías»; aunque un peruano, un chileno o un boliviano, unos cuantos decenios después, aprenderían dolorosamente que la riqueza de las sociedades no es un arsenal de mercancías (aunque estas sean tan valiosas como lo fue el maravilloso guano) sino un «inmenso arsenal de conocimientos» como los que acumulaban los alemanes en personalidades como Haber, Born o Bosch. En 1918 Fritz Haber recibió el Premio Nobel y Carl Bosch en 1931.

A día de hoy Perú importa 1,2 millones de toneladas de abonos sintéticos al año; el país del guano hoy paga el abono que gasta a empresas extranjeras y devuelve con creces los ingresos que un día recibió.

Mi parecer es que las sociedades ricas nunca lo han sido por la abundancia de mercancías, sino por poseer la información necesaria para transformar materias primas y así subvenir a sus necesidades.

En el calcolítico había el mismo cobre en el planeta Tierra que a principios del Paleolítico, la diferencia radicaba en que el ser humano, en el calcolítico, descubrió la forma de trabajarlo. Las herramientas de cobre (arados, cinceles, azuelas…) hicieron más productivas —más ricas— a las sociedades que pudieron disponer de ellas.

De hecho, a día de hoy, existe en la Tierra exactamente la misma cantidad de cobre que había en el calcolítico o en el Paleolítico, ni un átomo más ni un átomo menos, la diferencia es que hoy con el cobre no se fabrican arados, cinceles o azuelas; hoy disponemos de la información precisa para convertir al cobre en un conductor de la electricidad. El ser humano informa la materia en función de la información de que dispone y es esta actividad la que genera riqueza, la que dota de valor de uso a materiales que antes carecían de él, la que los hace valiosos.

Podríamos, pues, provisionalmente, modificar un tantito el primer párrafo de «El Capital» de Marx y donde él escribió:

«La riqueza de las sociedades en que impera el régimen capitalista de producción se nos aparece como un «inmenso arsenal de mercancías» y la mercancía como su forma elemental. Por eso, nuestra investigación arranca del análisis de la mercancía».

Escribir nosotros…

«La riqueza de las sociedades en que impera el régimen capitalista de producción se nos aparece como un «inmenso arsenal de conocimientos» y la información como su forma elemental. Por eso, nuestra investigación arranca del análisis de la información».

Si para Marx era la mercancía el centro de su sociedad mercantil, para nosotros será la información el centro de nuestra sociedad a la que —coherentemente— llamaremos Sociedad de la Información.

—¿Y podemos seguir hablando en esta sociedad de cosas como la «propiedad de los medios de producción», los «imperialismos», las «revoluciones» y cosas así?

—No se apure, desde luego que sí, pero eso lo veremos en otros capítulos de esta historia.

De momento le dejo con una fotografía de lo que significa trabajar en el guano.

¿Pares o nones?

¿Pares o nones?

Recuerdo que, de chavales, los de mi generación nos vimos obligados a hacer una elección muy delicada: ¿eramos capitalistas o comunistas?

Hasta 1975 no había demasiado problema, uno podía permanecer callado y nadie lo atribuiría a falta de criterio político sino a prudencia, porque no estaba el horno político para bollos; pero, a partir de 1977, la obligación de definirse políticamente se hizo cada vez más perentoria, mucho más para unos adolescentes —como éramos nosotros— que andaban a la busca de forjarse una identidad.

En esos años mis compañeros de clase fueron tomando cada uno su camino con la natural extremadura en que se desenvuelve la adolescencia. Hubo quienes acabaron en Fuerza Nueva o en los Guerrilleros de Cristo Rey y hubo también quienes acabaron en grupos a la izquierda de la ORT, el PTE o partidos afines. Fueron los menos, los más no teníamos ni idea de por qué habríamos de elegir ser capitalistas o comunistas y pronto aprendimos que, para saberlo, no teníamos más remedio que leer «El Capital» de Karl Marx, biblia del pensamiento comunista o «La riqueza de las naciones» de Adam Smith, catecismo del pensamiento capitalista, según se nos hizo entender por aquel entonces.

Lo malo es que esos libros, para unos adolescentes, eran unos ladrillos insufribles, unos tostones para los cuales nuestras entendederas no estaban preparadas.

—Tú dices que eres comunista pero no te has leído «El Capital».
—Sí me lo he leído.
—Pues explícame el rollo ese de la plusvalía.
—Bueno es que eso es un poco liado y yo, la verdad…

La verdad era que lo único que sabíamos muchos de «El Capital» es que nadie entendía «lo de la plusvalía».

Además, los adolescentes de aquella época andábamos muy ocupados, además de luchando con las fiebres tercianas que nos producían las chicas, tratando de leer y entender el «Así hablaba Zaratustra» de Nietzsche o paseando el Ulises de Joyce a fin de impresionar a alguna muchacha. Pero como, a esa edad, las muchachas a los hombres nos sacan dos o tres años de edad mental, no solo no impresionamos a ninguna de nuestras compañeras con el nunca leído Ulises sino que, con Nietzsche y Zaratustra, agarramos una dispepsia mental notable, de la que, invariablemente, nos sacaba una buena partida de futbolín.

Entre unas cosas y otras, formarnos un criterio político fue una tarea que a muchos se nos había quedado pendiente cuando llegamos a la facultad.

Por mi parte debo decir que la Facultad no contribuyó mucho a aclarar mis ideas y este trabajo que creí tener resuelto para 1988 se prolongaría en verdad diez años más, hasta 1998, año en que internet cambiaría mi forma de ver las cosas pues me permitió leer a todos esos autores que me gustaban pero de los que nunca tuve noticia antes de la existencia de la red. Y así, entre 1998 y 2008, fui formando mi criterio político, un criterio que, obviamente, no se puede encontrar ni en «El Capital» ni en «La riqueza de las naciones», aquel juego de pares y nones al que parecía reducirse todo el juego de la política en 1977.

¿Y por qué cuento todo esto?

Porque hoy, de la misma forma que hizo Guy Debord al comienzo de su obra «La sociedad del espectáculo», me he propuesto parodiar «El Capital» y la «La riqueza de las naciones» cambiando sus conceptos por los míos y sus silogismos por los míos, pero manteniendo su estructura formal. Quería, para abrir boca, empezar con el primer párrafo de El Capital (Das Kapital. Kritik der politischen Ökonomie; 1867-1883) aunque ahora, tras escribir este largo «introito», ya no me queda tiempo para hacerlo y sospecho que tampoco a ustedes ganas de leerlo.

No sé por qué me pierdo en tantos prefacios, facios y postfacios en lugar de ir al turrón directamente; debo estudiarlo también.

Pacto de lectura

Pacto de lectura

Casi todos los días, cuando me siento a comer, a falta de alguien con quien conversar, converso conmigo mismo y es lo que luego ustedes leen encima de la foto del plato que acabo de comerme.

Conversar, a veces discutir, con uno mismo es algo absolutamente genial pues, pase lo que pase, siempre acabo teniendo razón yo; lo que no resulta tan fácil es tratar de explicarme luego ante ustedes pues hasta yo tengo complicado decidir a veces si lo que cuento lo hago como ejercicio literario, como fábula, como ensayo o como simple broma o divertimento y eso es importante saberlo.

De todos los acuerdos que se pueden finalizar entre un redactor y sus lectores el más importante es, sin duda, el llamado «pacto de lectura».

Los «pactos de lectura» suelen firmarse casi desde las primeras lineas de texto; convendrán conmigo en que no es lo mismo que un autor comience un texto escribiendo que «Cervantes nació en Alcalá de Henares» a que lo comience diciendo que «En un lugar de La Mancha…»; en el primer caso tácitamente entendemos que estamos ante una biografía, en el segundo que estamos ante algo bastante más raro, probablemente una novela.

Los pactos de lectura entre autor y lector son frecuentemente aformales pero hay géneros donde la formalidad adquiere tintes de rito y las primeras líneas adoptan una forma invariable. Si yo comienzo un texto escribiendo «érase una vez…» usted, sin duda ninguna, sabrá que todo lo que voy a contar después es un cuento.

Esta forma de ritualizar el pacto de lectura para que no pueda haber equívocos entre autor y lector es tan antigua como la propia escritura y se da en todas las lenguas. El bíblico «Libro de Job», por ejemplo, en su original hebreo comienza así («Érase una vez…») y por eso cualquier judío sabe que ese libro es un cuento, que no cuenta hechos reales, cosa que los lectores occidentales, por ese temor sacral que infunde la Biblia, olvidan fácilmente de forma que lo toman literalmente, lo que es muy comprensible sobre todo si tenemos en cuenta que, tras su lectura en el templo, se añade después la frase «Palabra de Dios», por lo que no es extraño que el feligrés acabe hecho un lío ante un dios que se juega la vida de los hijos de Job en una apuesta con Satán.

Hoy nos basta con leer un «érase una vez» o un «once upon a time…» para firmar con el autor un inequívoco pacto de lectura, pero en otras épocas, cuando la escritura era un recurso casi taumatúrgico de registrar palabras, no es extraño que la ritualización de estos pactos de lectura fuese algo más larga.

Veamos cómo empieza uno de los cuentos de la epopeya de Gilgamesh (Mesopotamia, año 2500 AEC) que nos narra la bajada al inframundo de su amigo Enkidu:

«…en aquellos días en que se determinó el destino,
cuando la abundancia se desbordó en la Tierra,
cuando An tomó los cielos para sí,
cuando Enlil tomó la tierra para sí,
cuando el mundo inferior le fue dado a Ereshkigal como un regalo;
cuando zarpó, cuando zarpó,
cuando el padre zarpó hacia el inframundo, cuando Enki zarpó hacia el inframundo,
contra el señor se levantó una tormenta de pequeños granizos,
contra Enki se levantó una tormenta de grandes granizos.
Los pequeños eran martillos livianos,
los grandes eran como piedras de catapultas.
La quilla del pequeño bote de Enki temblaba como si estuviera siendo embestida por tortugas, las olas en la proa del bote se elevaban para devorar al señor como lobos y las olas en la popa del bote atacaban a Enki como un león.

En ese momento, había un solo árbol…»

Y es a partir de aquí que se nos cuenta la historia del árbol «Halub» y todas sus peripecias hasta acabar convertido en silla y cama para la diosa Innanna.

Con la misma o parecida fórmula («…en aquellos días en que se determinó el destino,
cuando la abundancia se desbordó en la Tierra,
cuando An tomó los cielos para sí,
cuando Enlil tomó la tierra para sí,
cuando el mundo inferior le fue dado a Ereshkigal…») comienzan otros varios episodios del poema de Gilgamesh, lo que lleva a pensar que fuesen ese exhordio inamovible con que escritor y oyentes firmaban aquel antiguo pacto de lectura. Personalmente debo confesar que me gusta la mención a «aquellos tiempos en que se determinó el destino» pues encaja perfectamente con los mitos sumerio-acadio-babilónicos sobre las peripecias de la redacción (e incluso robo) del libro del destino.

Es verdad que es difícil entender y disfrutar estos textos con sus reiteraciones si no reparamos en que están escritos en verso y que, al igual que hoy, cuando escribimos en verso repetimos estrofas por razones musicales o poéticas

«El lagarto está llorando
la lagarta está llorando
el lagarto y la lagarta
con delantalitos blancos»

O incluso incluímos en nuestras composiciones palabras incomprensibles…

«Achilipú, apú, apú…»
«Aserejé, ja, de jé…»

pues ellos también lo hacían

«…cuando zarpó, cuando zarpó,
cuando el padre zarpó hacia el inframundo,»

Es una pena que al traducir se pierda la musicalidad del lenguaje original pero no se puede tener todo. A veces pienso que sería bonito escuchar el poema de Gilgamesh recitado en acadio, un idioma semítico con semejanzas evidentes al actual árabe o al propio hebreo, quizá algún día alguien lo haga y podamos escuchar un sonido de cinco mil años contando cómo Gilgamesh, buscando la inmortalidad, fatigó el mundo conocido para volver a su tierra sabio y mortal.

Pareciera que, aunque yo no lo creo, no hubiese nada nuevo bajo el sol… Y, ahora que digo esto, caigo en que esto también está dicho al menos desde que el profeta redactó el bíblico Eclesiastés:

«Generación va, y generación viene: mas la tierra siempre permanece.
5 Y sale el sol, y pónese el sol, y con deseo vuelve á su lugar donde torna á nacer.
6 El viento tira hacia el mediodía, y rodea al norte; va girando de continuo, y á sus giros torna el viento de nuevo.
7 Los ríos todos van á la mar, y la mar no se hinche; al lugar de donde los ríos vinieron, allí tornan para correr de nuevo.
8 Todas las cosas andan en trabajo mas que el hombre pueda decir: ni los ojos viendo se hartan de ver, ni los oídos se hinchen de oir.
9 ¿Qué es lo que fué? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará: y nada hay nuevo debajo del sol.»

Ideologías

Ideologías

Los seres humanos estamos todos programados por la naturaleza para amar a nuestros hijos y para dar por ellos todo lo que tenemos incluida la vida, también hemos nacido para amar a otros humanos lo suficiente como para tener hijos con ellos, para confiar en los amigos y para compartir con ellos alegrías y penas, para que los actos violentos nos estresen y reaccionemos tratando de impedirlos con los medios a nuestro alcance. Quien no ama o no cuida a sus hijos no se reproduce y la vida y la biología solo premian la reproducción y es por eso que nosotros somos hijos de una larguísima estirpe de seres que tenían esos instintos y es eso lo que heredamos de ellos.

A todos esos impulsos que hemos heredado genéticamente les llamamos instintos y muchos de ellos los compartimos con otros individuos del reino animal.

Pero los seres humanos, a la programación biológica con que venimos al mundo, añadimos una programación, mucho más peligrosa e incontrolable que la natural, a la que llamamos programación cultural.

Los seres humanos no sólo ajustamos nuestros comportamientos a nuestros instintos sino que adecuamos nuestros actos a los elementos culturales con que nuestro entorno no ha programado. Costumbres, creencias, lecturas, relatos y un sinfin de elementos culturales conforman nuestra programación cultural y es ahí donde entran en juego las siempre peligrosas hipóstasis.

Hipostasiar —me recuerda Joludi— es el término al que recurrió Kant para referirse al delito intelectual de dar carta de naturaleza real a lo que solo es un objeto de razón. Así dotamos de personalidad a entidades que solo existen en nuestra razón, hipóstasis como la patria o dios son asumidas por el ser humano como si fuesen entidades reales, les atribuimos deseos y les hacemos hablar, legislar o exigir conductas a las que adecuamos la nuestra.

Organizamos las cruzadas al grito de «Dios lo quiere», enviamos a seres humanos a matar o morir en nombre de «la patria» y prometemos el cielo a quienes maten en la tierra.

Un libro considerado sagrado por musulmanes, hebreos y cristianos, en el primer libro de Samuel, capítulo 15, versículos 1 al 3 contiene el siguiente y terrible mandato, sedicentemente divino:

«Cierto día, Samuel le dijo a Saúl: «Fue el Señor quien me dijo que te ungiera como rey de su pueblo, Israel. ¡Ahora escucha este mensaje del Señor! 2 Esto es lo que el Señor de los Ejércitos Celestiales ha declarado: ‘He decidido ajustar cuentas con la nación de Amalec por oponerse a Israel cuando salió de Egipto. 3 Ve ahora y destruye por completo[a] a toda la nación amalecita: hombres, mujeres, niños, recién nacidos, ganado, ovejas, cabras, camellos y burros'»».

Durante milenios los pueblos han tomado por «palabra de dios» lo que no es sino escritura de hombres y si leyésemos los textos sagrados de civilizaciones anteriores a la nuestra veríamos cómo operaban del mismo modo. Fue Ra quien pidió a faraón atacar a los hititas del mismo modo que Enlil, Enki o Marduk ordenaron conquistar reinos vecinos.

Dios, una peligrosa hipóstasis, no pide que matemos, son los hombres que escriben la palabra de dios los que justifican sus actos haciéndole decir lo que nunca dijo; y no sólo es la hipóstasis divina la que hace matar o morir por ella, es también la raza, el pueblo, la patria… objetos de razón a los que nuestro cerebro mal formado ha dado carta de naturaleza de entidades reales.

Somos seres peligrosos y admirables: podemos darlo todo por y quitarlo todo por una idea, una hipóstasis, es por eso que —tras los terribles hechos de ayer— solo puedo desear que reaccionemos usando de la razón y no de peligrosas fabulaciones que jamás conducirán a ningún resultado razonable.

Verdaderamente uno nunca acaba de creer hasta donde puede llegar el ser humano.

Calle de la Serreta

Calle de la Serreta

Cuando yo era niño la calle en que vivo era una calle importante donde vivía gente de posibles, en mi calle «vivía» también la patrona de nuestra ciudad, la Virgen de la Caridad, que tiene su templo a unos cincuenta metros del portón de mi casa.

Yo me vine a vivir aquí en 1991, cuando la calle y los barrios adyacentes ya empezaban a sentir los efectos de las mala gestión de los sucesivos gobiernos que habían venido ocupando la alcaldía. La droga golpeaba fuerte por entonces y mi barrio no era inmune a ello, pero lo que pasó con él no tiene justificación.

Y es que ocurrió que alguien decidió que había que derribar el barrio que había sobre toda la superficie del Monte Sacro en beneficio de dios sabe qué progreso y el Ayuntamiento comenzó a derribar casas que «amenazaban ruina». Cada derribo, en un barrio donde las casas apoyaban unas en otras, provocaba la «amenaza de ruina» de la casa contigua y así, implacablemente, el ayuntamiento fue demoliendo una tras otra todas las casas del barrio.

Tengo recuerdos dolorosos grabados en la retina. La imagen de un anciano vecino mío de la calle Macarena al que se había lanzado de su casa para demolerla, llorando rodeado de unos pocos muebles y sentado en un colchón tirado en la calle mientras esperaba la llegada de los servicios sociales, aún me duele.

Derribaron todo el barrio y dejaron sin vivienda a cientos de personas para nada, hoy el Monte Sacro es un solar abandonado, un chancro doloroso en medio de una ciudad que parece gozar autodestruyéndose.

Hoy la Serreta es una calle ocupada mayoritariamente por comercios musulmanes y, quienes vivimos en ella, podemos disfrutar de un abigarrado paisaje urbano, visual y sonoro. Por la mañana oigo la campana del Parque de Artillería sonar mientras el muezzin llama a los fieles a la oración y la sirena del transatlántico nuestro de cada día me dice que hoy, otra vez, tendremos turistas por las calles.

La patrona, la Virgen de la Caridad sigue viviendo en mi calle pero su campana no se oye porque el reloj no funciona.

Yo vivo a gusto en esta calle y solo me alejo de ella el Viernes de Dolores, día de la festividad de la patrona, pues es entonces y solo entonces cuando los políticos de mi ciudad se dejan ver en mi calle y a mí, que no les veo por aquí el resto del año, se me apetece irme a otro lado.

Pero vivir en ella tiene sus cosas buenas, una de las cuales es que los musulmanes tienen asentada la costumbre de trabajar duro y, entre sus comercios y el chino de la plaza de la Serreta, siempre encuentro un lugar donde gobernarme una cena barata tras de que el tren que me trae de Barcelona aquí invierta nueve horas y media en el trayecto. (Sí, puedo confirmarles que el corredor mediterráneo, son los padres).

Y ahora voy a comerme este «duram» que me han gestionado los moros del Kebab «El Risueño» y vamos a ver si mañana el muezzin, la campana y los barcos se acompasan y molestan poco.

Necesito dormir.

Sociedad civil

Sociedad civil

Supongo que, cuando las autoridades no hacen aquello que nosotros estimamos que debe ser hecho, no nos queda otro remedio que hacerlo nosotros mismos.

Digo esto porque ayer estuve en Sabadell rodeado de abogados que sueñan que un futuro mejor es posible y, esta mañana, he estado visitando el fruto del esfuerzo de hombres y mujeres que, hace más de un siglo, consideraron que un futuro con más música era un futuro mejor.

El «Palau de la Música Catalana» es probablemente uno de los mejores ejemplos de lo que digo, el ejemplo de lo que una sociedad civil creativa y articulada puede llegar a crear al margen de autoridades insensibles o indolentes.

El Palau es una obra maestra del modernismo, una genialidad del arquitecto Lluís Domènech i Montaner pero, antes que eso, fue el sueño de muchas personas que desearon un futuro más bello para las siguientes generaciones, de una sociedad civil que decidió, en suma, hacer aquello que las autoridades no hacían.

Por eso, aunque hoy el Palau de la Música sigue siendo una institución privada, su sede, su magnífico «Palau», lejos de ser patrimonio de unos pocos barceloneses es ya patrimonio de todo el mundo pues es patrimonio de la humanidad.

Y todo esto da que pensar.

Da que pensar que, cuando muchos creemos en unas cuantas pocas cosas que es imprescindible hacer para que una forma de ejercicio profesional no se extinga, no seamos capaces de llevarlas a cabo. Y es imprescindible —sí, imprescindible— que las llevemos a cabo porque, en otro caso, esta abogacía que hasta ahora ha hecho posible que las esperanzas de justicia de muchos aún sean posibles, se extinguirá y, con ella, las esperanzas de toda la gente común.

Hemos de agruparnos en torno a lo que creemos —agruparnos en torno a personas es algo futil— y a partir de ahí llevar adelante la tarea que sabemos que hemos de llevar adelante.

Y si se ha de levantar un Palau, habremos de levantarlo, todo menos dejar el país en unas manos que sólo saben acariciar dinero.

El «Gran Menú» de las largas distancias

El «Gran Menú» de las largas distancias

España es un país donde se miente hasta en los nombres de las leyes. ¿Que se hace una ley para reducir el número de juzgados y dejarlos solo en las capitales de provincia? pues se bautiza con el nombre de «Ley para acercar la justicia al ciudadano» y en paz. ¿Que deciden cerrar tres centros médicos, un hospital y dos ambulatorios? pues a la ley se la bautiza como «Ley de mejora del servicio sanitario» y se quedan tan anchos.

Y, si eso pasa en el campo político, ni les cuento en el gastronómico. Esto que ven ante ustedes es el «Gran Menú» que ofrece Renfe en sus trenes de largo recorrido. Y no, no me entiendan mal, no es que vaya yo a quejarme a estas alturas de tener que comerme un bocadillo en un tren, pero, llamarle «Gran Menú» a un bocadillo con patatas fritas de bolsa, es algo así como confundirme a mí con Jean Claude Van Damm.

Diré desde el principio que toda la culpa ha sido mía pues ayer me preparé una fiambrerica en casa con una ración de magra con tomate que compré en la calle de Canales, pero esta mañana todo se me ha liado y he acabado cogiendo el tren sobre la bocina, de forma que no he podido pasar por casa para recoger la fiambrera por lo que, ahora, me veo en estas: consumiendo el «Gran Menú».

Comer decentemente en un tren español no debiera ser tan difícil. Comer decentemente no sólo es un rasgo de cultura sino que induce hábitos —sobre todo en los más jóvenes— que ahorrarán más tarde al estado gastos en el sistema sanitario.

El «combo» que compone un «Gran Menú» lo integran un bocadillo de pan conservado en permafrost siberiano relleno con cualquiera de las sustancias más hipercalóricas que puedan encontrar en una tienda de productos bioquímicos. El bocadillo se acompaña con (a elegir) o bien una bolsa de patatas fritas o bien unos chocolates industriales.

Yo he escogido las patatas y tal no hiciera.

100grs de patatas fritas de bolsa tienen más de 500kcal. es decir, como medio kilo de lentejas o garbanzos, el doble de esos platos que habitualmente como en casa.

Si, por ejemplo, sigue usted una dieta de 1500kcal. ya sabe que, con la bolsa de 47 grs que ven en la imagen, se ha echado usted a la andorga 250kcal, es decir, más o menos lo mismo que si se hubiesen zampado un plato de lentejas con verduras con la diferencia de que, tras comer 47 grs. de patatas de bolsa, usted seguirá teniendo hambre.

Afortunadamente puede usted saciar su hambre con el bocadillo de pan de la cuarta glaciación que le ofrece Renfe, si bien, en este caso he preferido no computar las calorías pues, a simple vista, amenazaba tener más de 500 kilotones termonucleares.

Un bocadillo y unas patatas industriales componen este «Gran Menú» gastronómicamente medido para que resulte rebosante de riesgos coronario-metabólicos al ajustado precio de unos 10€ (bebida incluída). Una ganga.

No pida fruta, no hay, aunque el tren avanza por enmedio de naranjales cuajados de fruta el vagón bar es refractario a ella. Y el caso es que la fruta aguanta bien y tarda en estropearse… ¿por qué hay que tomar de postre barras de chocolate industrial?

E insisto, la culpa es mía y solo mía. Ayer medité qué comida me traería hoy para conllevar sin taponamiento de arterias el viaje en tren pero la vida de los abogados es como es y siempre llegamos a los sitios en el plazo de gracia.

«Gran Menú», magnífico nombre.

Cicatrices

Cicatrices

Para las civilizaciones orientales las cicatrices son parte de la historia de las personas y los objetos y, antes que ocultarse, se embellecen; es una filosofía a la que llaman «kintsugi».

Lo que ocurre es que, a veces, las cicatrices supuran y nuestra ciudad, tras 2250 años de guerras, acumula tantas cicatrices que alguna, aún, no está del todo cerrada.

Cicatrices de la segunda guerra púnica podemos verlas todavía en la muralla carthaginesa que hay en San José; también se pueden ver aun cicatrices de la Guerra de Sucesión en la Puerta de la Serreta, de la Guerra del Cantón en la Plaza de Juan XXIII y de la Guerra Civil en multitud de lugares como el Parque de Artillería, el Ayuntamiento o los refugios de la Calle de Gisbert, un lugar que, además, nos enseña que no todas las cicatrices son visibles, que en Cartagena, las heridas, también son internas.

Pero, de entre todas las cicatrices de nuestra ciudad, hay una que supura especialmente.

Saqueada por unos y bombardeada por otros las ruinas de la Catedral de la Diócesis de Cartagena son una llaga abierta en la carne de la ciudad.

Y es que llama la atención que, aquellos que nos enseñaron el mandamiento de «no dirás falso testimonio ni mentirás», fueran los mismos que no dudaron en falsificar documentos para usurpar el título de sede primada a nuestra ciudad en favor de Toledo o trasladar el Obispado a una ciudad cercana. A pesar del tiempo transcurrido, estos de quienes les hablo, ni han hecho examen de conciencia, ni han mostrado el más mínimo dolor por sus acciones, no se adivina que tengan el más mínimo propósito de enmienda y aún estamos esperando que confiesen públicamente sus trapisondas.

Si ustedes no me entienden les aseguro que ellos me entienden perfectamente.

Hoy, 16 de enero, festividad de San Fulgencio, mientras en una ciudad cercana —que nunca conoció a Fulgencio— el clero come boniatos y toma vino de mistela celebrando al patron de la diócesis, en Cartagena, su capital, la cátedra de Fulgencio, la sede de Liciniano, el lugar de donde Leandro o Isidoro tuvieron que huir, sigue en ruinas tras 86 años de abandono debido a los bombardeos de unos y la incuria manifiesta de todos.

Y no, esto no es kintsugi ni honra de las cicatrices, esta es una llaga que supura.

En fin, feliz día de ese cartagenero que se llamó Fulgencio —San Fulgencio para los cristianos— y felicidades a todos los Fulgencios, Penchos y Penchicos de esta diócesis que, afortunadamente, aun son muchos.






La voz que clama ¿dónde hago la pausa?

La voz que clama ¿dónde hago la pausa?

Saber cómo colocar correctamente en un texto las comas, puntos y comas y otros signos, le ha costado milenios a la humanidad y es por eso que no debieramos despreciar tales normas y colocar las comas, puntos, dos puntos, guiones y puntos y comas como mejor nos parezca.

De una coma puede depender el futuro de muchas personas y, si no me creen, fíjense en el ejemplo que voy a ponerles.

Es en el bíblico libro de Isaías donde, en hebreo, se contiene la siguiente expresión:

«Yo soy la voz que clama en el desierto allanad los caminos del Señor».

La traducción literal no es así pero, como esta perícopa es famosa en la forma que la he transcrito, así la dejaremos. En lo que sí me importa que se fijen es en que, en hebreo antiguo, no había signos de puntuación —y a menudo ni siquiera espacios entre las palabras— de forma que el texto podría traducirse así, sin signos de ninguna especie y, esto, genera un grave problema porque ¿qué nos quiere decir el texto?

Para los antiguos judíos no había ninguna duda de dónde iba la pausa y cuál era el sentido de la frase:

«Yo soy la voz que clama: en el desierto allanad los caminos del Señor». («…haced una vereda a Yahweh» o «…preparad un camino a Yahweh»)

Para los modernos cristianos la pausa va en otro lugar:

«Yo soy la voz que clama en el desierto: allanad los caminos al Señor».

Como podemos ver el sentido cambia por completo, en el primer caso la voz clama que se hagan caminos en el desierto; en el segundo caso es una voz que clama en el desierto la que pide que se hagan caminos al Señor sin indicar dónde.

Para los antiguos judíos no había dudas porque ellos ya sabían de qué pie cojeaba Yahweh. Yahweh era un dios al que los israelitas habían conocido en el desierto cuando ellos eran sólo un pueblo de beduinos que andaba con sus rebaños de un lado para otro. Era por eso que Yahweh, si había de aparecerse a alguien en algún lugar siempre era en el desierto y, por eso, si querías estar a solas con dios debías ir al desierto. A Yahweh le gustaba el desierto y los pastores y detestaba las ciudades, las casas y los agricultores. Por eso, en el Génesis, Caín, el malvado, es agricultor, mientras que Abel, el bondadoso, es pastor, que es como a Yahweh le gusta que sean los hombres. Es por eso también que, cuando hay que ir a estar en contacto con dios, los buenos israelitas se van al desierto y así lo hacen Elías, Juan el Bautista y el propio Jesús durante cuarenta días y cuarenta noches; pero, sobre todo, lo hace la comunidad esenia de Qumram que sabe muy bien que donde hay que hacerle un camino a Yahweh es en el desierto.

Todavía hoy los judíos celebran la fiesta de los tabernáculos donde, viviendo en tiendas, recuerdan que ellos son no más que un pueblo de pastores beduinos y es por eso que, cuando en Jeremías 35 el rey invita a los recabitas a dormir bajo techado, ellos le dicen que nanay, que ellos no duermen más que bajo las estrellas o sus tiendas. Es por eso también que, cuando Jesús nace en Belén —un pueblo cercano a Jerusalén—, no van a adorarle los vecinos de la aldea o los agricultores, sino los pastores, porque Yahweh es un dios muy consecuente con aquello que le gusta y no iba a permitir que acudiesen a adorar a su hijo unos hortelanos incapaces de pastorear vacas o dormir al raso.

Tras todo esto judíos y cristianos es obvio que entienden la Biblia de manera diferente, al menos esta perícopa de Isaías que suele citarse a propósito de su invocación por San Juan Bautista. Como Juan Bautista predicaba en el desierto (y ahora ya sabes por qué) para los cristianos la voz pasó de ser «la viz que clama» a ser la voz «que clama en el desierto» lo que le añadía al texto un sentido desesperanzado, un claro indicio de que la voz desértica no sería oída y es este el sentido con el que se usa hoy esta expresión cuando decimos lo de «soy una voz que clama en el desierto».

Y todo por culpa de una pausa, de una coma, de unos dos puntos. Por la falta de un solo signo ortográfico ahora desconocemos que para los israelitas el desierto no era solo un espacio físico, sino teológico; nos cuesta entender por qué tantas personas marcharon a Qumram o por qué al Caín agricultor le tocó ser malo y al Abel pastor bueno.

Y ahora que voy llegando al final pienso en cuántas comas habré omitido o habré puesto de más en este texto… Pero, si Isaías no puso ninguna ¿no puedo yo equivocarme en alguna?