El orden y el desorden

El agua remansada no nos ofrece nada interesante, pero si en ella introducimos un elemento de desequilibrio quitando, por ejemplo, el tapón del fondo, entonces el agua fluye, se autoorganiza, forma remolinos y una evidente espiral sobre el aliviadero donde las moleculas de agua, partículas de sustancia inanimada, se autoinforman en un sorprendente baile espiral.

En las sociedades ocurre algo parecido, si se momifican en categorías y órdenes preestablecidos nos garantizan orden y paz, como los cementerios, como las exposiciones de insectos muertos de los entomólogos, pero, si las dejamos vivir, si permitimos en ellas una dosis adecuada de desequilibrio e inestabilidad, se autoinforman en nuevas estructuras y permiten el desarrollo humano.

El orden no nace de la inmovilidad, el orden, la información, nace espontáneamente en los sistemas en desequilibrio estable.

Gracias, Ilya Prigogine.

Leer para cambiar

Somos esclavos de nuestras palabras y una fuerza irresistible nos obliga a adherirnos a ellas y mantenerlas como si en ello nos fuese la vida y la honra; es por eso que, en ningún debate con nadie nos detendremos a reflexionar, a sopesar sus argumentos y a cambiar de ideas.

Y es por eso también que la lectura es imprescindible, porque en solitario, con tiempo y sin la presión de quienes nos han oído profesar antes verdades distintas, podemos cambiar de opinión, reprogramarnos, planear cómo enfrentaremos el duro trance de explicar al mundo que estábamos equivocados y estrenar una nueva vida con algunas convicciones nuevas.

No hay nada malo en cambiar de ideas, cambiamos todos los días con cada nueva experiencia, ¿por qué no hemos de tener derecho a cambiar de convicciones?

Por eso es importante escribir y es importante leer, porque es así como, en la mayoría de los casos, podemos desprendernos de la piel vieja y renacer.

El algoritmo de la vida

El algoritmo de Facebook esta mañana me ha mostrado como primera noticia el fallecimiento por Covid de la cantante folk cheka Hana Horka. Según la prensa la cantante habría fallecido al autoinfectarse de Covid para poder obtener el certificado sanitario y poder viajar a pesar de no haberse vacunado. Su hijo, Jan, aunque no hay autopsia, culpa en la prensa a los grupos antivacunas.

Leo la noticia y trato de imaginar las reacciones de los diversos tipos de lectores: el más común (el vacunado) se asombrará de cuánta tontuna hay en el mundo y deseará que muchos antivacunas lean la noticia para que reflexionen; el lector menos común (el antivacunas) pondrá en duda la noticia, asumirá que el medio que la publica es tendencioso y se indignará ante el hecho de que se publiquen este tipo de noticias antes de hacer siquiera la autopsia al cadáver. Los lectores vacunados llamarán tontos a los no vacunados y los no vacunados llamarán bobos a los vacunados; los vacunados pedirán a los no vacunados que se vacunen y los no vacunados pedirán a los vacunados que «despierten»; ¿un auténtico fangal verdad?

Antes de que empiecen ustedes a argumentar a favor o en contra déjenme decirles que, por extraño que parezca, esta dinámica de vacunas y antivacunas (y todas las gradaciones y matices que hay entre las dos posturas) es la forma en que resuelve sus problemas la vida.

La vida es resiliente y tiende a propagarse pero ¿cómo elige la vida las mejores estrategias para no extinguirse y propagarse con éxito? La respuesta a esto comenzó a descubrirse en los años 70 y es hoy una de las bases más prometedoras de la inteligencia artificial, se llama el «algoritmo genético».

Sí, detrás de la vida, como detrás de Facebook o de la propagación del Covid, se esconde un algoritmo, un algoritmo que, explicado de forma simple y por tanto inexacta, parte de una población inicial —en este caso los seres humanos— donde se introduce un «problema» —en este caso el virus— y a través de procesos de selección, recombinación, mutación y reemplazo, se alcanza una solución óptima desconocida de antemano.

Quizá con un ejemplo se entienda mejor.

Imagine una especie de pajarillos llegados desde el continente a una isla (quizá les arrastró el viento) y que en ella encuentran semillas para alimentarse (esta será la población inicial), aunque, desgraciadamente para ellos, la cáscara de las semillas de la isla es sensiblemente más dura que la del continente (este será el problema). La naturaleza, aunque no piensa —al menos en el sentido que nosotros entendemos por pensar— saca entonces su navaja suiza —el algortimo genético— y lo pone en marcha: dada la diversidad morfológica existente entre los indivíduos unos tendrán mayor facilidad que otros en comer de estas semillas duras y serán estos quienes tendrán un mayor éxito reproductivo, de forma que las generaciones siguientes, a través de los mecanismos de herencia genética, se parecerán más a estos individuos dotados de rasgos que les permiten comer mejor semillas duras, digamos, un pico más fuerte y pesado. La vida, para aumentar el número de soluciones probadas, introducirá, además, mutaciones. A base de probar numerosas soluciones la vida, mediante la herencia y la mutación, acaba encontrando la solución óptima.

Si te maravilla el sinnúmero y la variedad de formas de vida macroscópicas y microscópicas existentes en la Tierra ya sabes por qué es: la vida nunca pone todos sus huevos en la misma cesta y prueba tantas cuantas soluciones viables puede; luego herencia y mutación hacen el resto.

Herencia y mutación también rigen el comportamiento humano y no solo a nivel de cromosomas sino también a nivel cultural. Del mismo modo que la información genética puede determinar caracteres diferentes en las personas o la herencia o predisposición a dolencias cardíacas —por ejemplo—; la transmisión cultural (de memes, de ideas) puede dar lugar a dolencias incluso más graves, como por ejemplo la tendencia a estrellar aviones contra edificios o a colocar bombas en nombre de alguna idea. No le dé usted vueltas y trate de asimilar que genes y memes son ambos información y que esta condiciona la vida, conducta y éxito adaptativo de las personas.

Y ahora volvamos a los antivacunas.

Enfrentada a un problema grave, el Covid, la humanidad, en cuanto que vida, no deja de usar su navaja suiza —el algoritmo genético— y no pone todos sus huevos en la misma cesta (la vacuna) de forma que siempre reserva una porción de recursos para apostar a la sinrazón, porque la sinrazón aunque improbable es posible y ya se encargarán la herencia y la mutación de solucionar el problema.

Es por eso por lo que no debes esperar nunca que todo el mundo piense igual y se comporte igual, si así fuese estaríamos asumiendo como humanidad un riesgo inasumible, y es por eso también que siempre has de esperar que, incluso en las situaciones más evidentes —piensa en los terraplanistas— un grupo de insensatos sostengan las teorías o conductas más disparatadas.

Insensatos, sí, pero no desprecies nunca su papel en el algoritmo de la vida, son simplemente el extremo de una amplia variedad de soluciones y de posicionamientos.

Y hablando de algoritmos, el de Youtube censura a cualquier youtuber que use la palabra «Covid» en sus videos (también lo hace con términos como «Hitler») y acabo de caer en la cuenta que en este post he usado los dos. ¿Hará Facebook shadowbanning a este texto o alguna otra característica engañará a su no tan inteligente inteligencia artificial?

Lo veremos.

By the rivers of Babylon

Por los ríos de Babilonia nos sentábamos y llorábamos al recordar Judá («when we remembered Zion).

Es curioso como un hecho aparentemente irrelevante para el mundo de su época (el exilio del pueblo judío en Babilonia) acabó marcando la historia del mundo, al menos del mundo occidental.

Israel pocas veces fue un reino unido, nueve tribus y media formaban el rico reino del norte (Israel) y apenas dos tribus y media formaban el pobre reino del sur (Judá) pero del exilio en Babilonia sólo volvieron los segundos y volvieron transformados de allí.

El pueblo judío marchó a Babilonia politeista (si no me creen lean el segundo libro de Reyes, el reinado de Josías) y volvió de allí monoteista. El pueblo judío marchó a Babilonia sin textos sagrados y volvió de allí escribiendo textos que condicionarían la moral y la conducta de la humanidad en los siguientes dos mil quinientos años. El pueblo judío marchó a Babilonia hablando hebreo y volvió hablando arameo (el idioma de Aram, Siria). El pueblo judío marchó a Babilonia sin grandes relatos míticos y volvió de allí con las leyendas del Génesis (Enuma Elish), Job (Ludlul Bel Nemeki), Noé (Ut Napistim), e incluso con el culto a un dios anicónico.

¿Queréis saber quién era Mesías? Pues para los libros proféticos (Vid. Isaías) era Ciro el Grande, el rey que devolvió a su tierra a los judíos.

La cultura babilónica ha llegado a nosotros en forma de textos hebreos y por eso, hoy, si pensamos en el infierno señalamos abajo y si en el cielo arriba; por eso hoy tenemos diluvio, torre de Babel, ángeles, demonios leviathanes y un sinnúmero de leyendas más que, cuando se leen en la iglesia durante los oficios, son proclamadas «palabrabde Dios».

Por eso a mí, que me apasiona la cultura mesopotámica, ¿cómo no iba a entusiasmarme con los «Ríos de Babilonia» de Boney M?

Lo malo de estos Ríos es que son una filfa. El icónico «cantante» masculino del grupo jamás cantó, su voz y sus músicas las gobernaba un alemán rubio y feo (que también falsificó a Milli Vanilli) que sólo le dejaba bailar.

Aunque quizá este semi-fraude no esté mal, en el fondo el antiguo testamento podría entenderse también como una historia redactada por el babilonio Frank Farian e interpretada por el icónico judío negro Bobby Farrell by the rivers of Babylon.

Al menos en esto Platón dio en el clavo

Fue Platón quién nos dijo que nuestro conocimiento del mundo se reducía a unas sombras que veíamos proyectadas en el fondo de una caverna.

Seguramente los partidarios de las ideologías totalitarias habían leído a Platón y por eso se adueñaron del cine, de la radio y la televisión, para ser ellos los únicos que pudiesen proyectar sombras en el fondo de la caverna. Lo que supimos del mundo en aquellos años era lo que veíamos o escuchábamos en pantallas y altavoces controlados por quienes detentaban el poder.

Hoy seguimos conociendo el mundo por las sombras que percibimos en otros dispositivos que son el nuevo fondo de la caverna. Ahora ya no son sólo unos pocos los que pueden proyectar sombras en ella sino todos, aunque el control se efectúa de una forma distinta y más sutil, no todos los mensajes se proyectan a todos los ocupantes de la caverna, sólo los que un demiurgo llamado algoritmo permite.

Pero son ya tantos los años mirando el fondo de la caverna que parece que se nos haga imposible volvernos para mirar quién maneja los hilos de las marionetas, como para tratar de descubrir la identidad y la lógica del titiritero.

Miramos nuestras pantallas de la misma forma que el hombre de Platón miraba el fondo de la caverna, sólo que a nosotros no tienen que sujetarnos para que no volvamos la cara, a nosotros nos gusta mirar la pared del fondo.

En todas las sociedades la clase dominante siempre ha ido un escalón por delante: cuando los sacerdotes sabían leer el pueblo sólo escuchaba, cuando el pueblo aprendió a leer los ricos les imprimían la lectura, con la radio unos hablaban y otros escuchaban y con el cine y la televisión unos realizaban lo que otros habrían de ver.

Ahora que parece que podemos escribir, publicar, grabar audios y videos… Son los dueños de las plataformas los que deciden quién te verá o te leerá y quién no.

Es la vieja historia de siempre, salvo que ahora la llaman algoritmo.

Sin duda Platón, al menos en esto, dio en el clavo.

La extraña vergüenza

Acabo de pasar frente a la cola de uno de los «comedores solidarios» que hay en Cartagena. A las 12 de la mañana del día de Reyes una cola larga de personas esperaban a que se les entregase la bolsa con comida que portaban quienes salían del local.

El aspecto de quienes hacían cola no era el esperado: personas en torno a los setenta, mayoritariamente hombres, limpios, aseados y vestidos muy decentemente. También había, claro, inmigrantes y, en mucha menor medida, tipos humanos de esos que asociamos inmediatamente a la palabra «mendigos».

El panorama de este día de Reyes era surrealista, en cuanto abandonaban el local nada hacía pensar que aquellos hombres que llevaban una bolsita en la mano no tenían para comer y hoy habían tenido que echar mano de la caridad pública.

Uno de los que salían llevaba la misma dirección que yo y he caminado un buen rato casi a su altura. Hemos cruzado frente a un bar donde una mujer joven hablaba con un loro. Ella le decía «guapo» al loro y este le decía «guapa» a ella; niños y niñas jugando en el parque cercano formaban un griterío notable y, mientras, los padres se desayunaban con tostadas de pan y aceite.

El paisaje era onírico: el hombre caminaba ajeno al mundo con su bolsa en la mano mientras el mundo, ajeno a él, disfrutaba de la mañana.

Los seres humanos somos animales complejos y, de todos nuestros instintos, ninguno más complejo que la vergüenza. Quienes estaban en la cola lo hacían con forzada tranquilidad, con una calma impostada y, en cuanto salían, no se detenían ni un segundo antes de marcharse rápidamente del lugar. Es un instinto raro el nuestro.

Porque no hay nada vergonzoso en ser pobre. Es vergonzoso quedarse con el dinero de los demás, es vergonzoso enriquecerse a costa de dañar el entorno natural o cultural en que vivimos; es vergonzoso aprovecharse de un cargo público para medrar individualmente; muchas cosas son vergonzosas pero ser pobre no es vergonzoso.

Y sin embargo nuestra extraña cultura hace que los pobres sientan vergüenza y traten de que no se les note.

Y mientras veo al hombre alejarse con su bolsa de comida pienso en cuán extraña es esta sociedad que exhibe dinero en cuanto lo tiene mientras aleja de los ojos de la gente sus miserias ocultándolas en su corazón.

Hay pobres, cada día más desde que estalló la interminable crisis de 2008, pero si somos nosotros lo ocultamos y, si son los demás, no les vemos.

Un mundo feliz.

Comprenderán que no ilustre estas lineas con ninguna foto. Si ellos trataban de ocultar su situación no seré yo quien la publique.

El chivo expiatorio

El chivo expiatorio

No podemos llevar sobre nuestra espalda todos los pecados del mundo y, por eso, lo mejor es que los lleve otro. Este invento es tan viejo como la humanidad y una de sus formas más refinadas es la que prescribe el mismísimo Yahweh, dios de Israel, en Levítico 16:

«Acabada la expiación tanto del Santuario como de la Tienda del Encuentro y del altar, Aarón presentará el macho cabrío vivo. 21 Con las dos manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, confesará sobre él las iniquidades y delitos de los hijos de Israel, todos sus pecados; se los echará encima de la cabeza al macho cabrío, y después, con el hombre designado para ello, lo mandará al desierto. 22 Así el macho cabrío se lleva consigo, a región desierta, todas sus iniquidades. El encargado soltará el macho cabrío en el desierto.»
(Levítico 16)

Es decir que, si hemos de creer al Antiguo Testamento, fue el propio Yahweh el que inventó la figura del «Chivo Expiatorio» y, ahora que digo chivo expiatorio, no puedo dejar de acordarme del cliente de un amigo que, harto de mediar entre su hermana y su cuñado que andaban peleados y en trance de divorcio, tras mucho ir de acá para allá llevando y trayendo propuestas de arreglo y escuchando y transmitiendo con paciencia los mensajes que uno y otro le daban, se sentó ante mi amigo abogado y le dijo:

—Estoy harto de hacer el papel de Chivo Explicatorio.

Quién sabe si no tenía razón.

La verdad y la ciencia

Hace 1900 años un hombre que firmaba como «Juan» escribió en un texto —hoy sagrado para una buena parte de la humanidad— una frase inquietante: «La verdad os hará libres» (Juan 8, 32).

Desde que se escribió ese texto hasta nuestros días, durante estos 1900 años, la humanidad ha buscado la verdad de muchas maneras pero sólo una parece haberle ofrecido resultados satisfactorios: la ciencia y el método científico.

Ocurre, sin embargo, que aquella promesa de Juan parece esconder trucos ocultos. La «verdad» de que hablaba Juan era la que se contenía en el libro que él había escrito y la ciencia y el método científico la pusieron en duda cuando no cambiaron radicalmente su sentido.

Newton acabó con la poesía del arcoiris para convertirla tan solo en refracción de la luz, Darwin acabó con el mito de la creación del hombre y la mujer del barro de la tierra y Galileo y telescopios como el Hubble han acabado con ese reino de los cielos que se pintaba en las bóvedas de las iglesias.

Durante 1900 años la humanidad ha perseguido la verdad dando por supuesto que la verdad nos haría mejores, que la verdad era un aliado del género humano y que, antes o después, la verdad nos ayudaría.
Ocurre, sin embargo, que la verdad científica no ha resultado tan amable con la humanidad y ahora, diecinueve siglos después de que Juan escribiese aquellas optimistas palabras sobre la verdad, conocemos la «verdad» del átomo y sabemos que puede exterminar todo rastro de vida sobre la faz de la tierra; conocemos las máquinas térmicas y el uso de los combustibles y estamos acabando con el clima; podemos cultivar la tierra usando exóticos productos químicos y con ellos acabamos con el Mar Menor o, si se nos da tiempo, con los océanos mayores.

Hoy el género humano, mayoritariamente, ya no cree que haya de buscarse la verdad en el libro que escribió Juan, pero la verdad desnuda que le ofrece la ciencia lo atemoriza y muchos se agarran a creencias que les curen de su falta de certezas: conspiraciones mundiales, experiencias místicas de resultado inmediato, paraciencias o para-religiones.

Antivacunas, terraplanistas, negacionistas, conspiranóicos… Un ejército de ruidosa locura ha sido sacado a la superficie por la pandemia y no basta calificar como simples locos o chalados a sus integrantes pues, si de locura se trata, es una locura que afecta a un importante porcentaje de la humanidad.
Seguramente la ciencia, tras encontrar solución para el virus, debe estudiar las razones de este fenómeno y es muy posible que sus conclusiones no agraden a nadie.

No sé si la verdad nos hará libres, lo que sospecho es que, como suele ser frecuente, la verdad no sea agradable de escuchar.

Elección y renuncia

Vivir es ir eligiendo a cada instante una opción y renunciando a todas las demás, descartar miles de biografías posibles para escribir sólo una: la tuya.
Es por eso que cuando, avanzada la vida, tomas conciencia de lo que eres, muy a menudo añoras esa lejana edad de oro en que todo era posible, en que, como diría el maestro Landero, no había proyecto que excediera los límites de nuestro afán.
Pero esa edad de oro era solo un espejismo, podías vivir cualquier vida, sí, pero habías de elegir una y elegir siempre es renunciar.
Ahora que ya has elegido y sientes que ya no puedes ser lo que quieras, que eres lo que eres (lo que has ido eligiendo ser) y que esa es la cera que arde y se consume, seguramente añoras ese momento mágico en que la vida se mostraba ante ti para que tomases de ella lo que prefirieses.
Pero ya te lo dije, vivir es elegir una de entre todas las vidas posibles e ir escribiendo, elección a elección, una única biografía: la tuya.
Comprenderás por qué es tan importante la literatura.

El discurso del rey

El discurso del rey

No suelo escuchar lo que dice el Rey de España en su discurso de navidad y no porque no me interese sino porque hay cosas que, en ese justo momento, me interesan más.

Esas cosas que, en ese justo momento, me interesan más no son las gambas, el pavo o los turrones sino las reacciones de las personas que hay a mi alrededor a la presencia del rey en televisión, reacciones de las que, desde que las redes sociales se hicieron ubícuas, puedo disfrutar de forma corregida y ampliada.

Trataré de explicar mi punto de vista.

El discurso de ayer del rey es, en España, un rito más de la nochebuena. Lo que hacemos en nochebuena o incluso en toda la navidad no es más que cumplir un rito, un rito sujeto a normas tan arbitrarias e irracionales como eficaces; pero no la desprecien por ello, los ritos son esenciales para nuestra vida en sociedad.

Miren, estrechar la mano —por ejemplo— es un rito, es la forma prefijada que hemos establecido para saludarnos en nuestra sociedad y, aunque a usted le parezca secundario, tiene bastante más importancia de la que aparenta. Piense simplemente en que usted tiende la mano a alguien para saludarle y este se niega a extender la suya. Creo que no necesito explicarle cuáles serán las sensaciones de usted en ese momento. Los ritos expresan cosas, simbolizan cosas y es por eso que los ejércitos, las religiones o los diversos partidos políticos establecieron ritos específicos de saludo alzando el brazo o cerrando el puño, por ejemplo.

Los ritos, en muchas ocasiones, sirven para calmar nuestra ansiedad (¿será amigable para conmigo este hombre a quien tiendo la mano?) pero ocurre que, de no celebrarse o celebrarse mal, pueden aumentarla también (se caen las arras al suelo en la boda).

Sí, el discurso del rey es un rito y en él, más importante que entender su contenido (hoy trataré de leer qué dijo ayer) es entender las reacciones que provoca.

Por un lado, teniendo en cuenta que los ritos tienen una función de dominio de lo inestable y de seguridad frente a la angustia (lo que Jean Paul Sartre consideraba “la nausea”) es digno de ser observado cómo a una parte de la población le molesta especialmente la actitud crítica o irrespetuosa con el rito de otra parte de la población. La irritación que puede causar esta actitud crítica es mucha pero, al mismo tiempo, simétrica con la que produce el rito mismo a quienes lo critican.

El resultado es ansiedad de las dos partes.

Por otro lado el ritual tiene funciones de regulación y es expresión de la solidez de los vínculos sociales de un grupo. Si llegado el minuto 7 estás en el Bernabeu y gritas lo de «-illa, -illa, Juanito maravilla» es evidente que eres hincha del Madrid, si no lo haces (o gritas «Ese Cádiz ¡Oé!») podemos estar seguros de que tu corazón no es blanco.

Algo así ocurre con el discurso del rey, cuando llega nochebuena España se convierte en un estadio de fútbol y muchos de los hinchas presentes sienten la obligación de gritar en la grada.

Es por eso que lo de menos es lo que diga el discurso, lo importante es quién lo dice, cuándo lo dice y el contexto en que lo dice.

Las redes se llenan de ansiedad con el discurso del rey, lo que no es de extrañar: los seres humanos solemos expresarnos más con ritos que con razonamientos, negando la mano a quien nos saluda si es que nos cae mal, perturbando los ritos si es que lo que simbolizan nos es desagradable (silbar himnos, por ejemplo) o santiguándonos o arrodillándonos si es que algún hecho o símbolo nos infunde algún tipo de sensación numinosa.

Sí, los ritos son importantes y su desarrollo nos informa sobre muchos aspectos de una sociedad.

Por eso ayer no escuché el discurso y preferí observar otras cosas, porque de leer el discurso siempre estaré a tiempo; seguro que ya está palabra por palabra en internet.

Y por cierto, preparé unas almejas que me quedaron cojonudas, pero de eso ya hablaré en instagram.