Agenda setting

Agenda setting

Deténgase un momento y dígame qué asuntos son los más importantes para usted. Deténgase un poco más y trate de pensar en cuáles son los problemas más acuciantes para quienes viven en España.

No sé cuáles serán los problemas que usted percibe como más urgentes de solucionar o más importantes de enfrentar.

Yo sé que la hipoteca cuesta pagarla cada vez más y que los bancos muerden como alimañas; yo siento que el futuro no es claro y que quizá los años que vienen sean peores que los vividos y no siento, sino que presiento, que, si llegamos a viejos, quizá no haya en nuestra vejez ni júbilo ni jubilación.

No me preocupa que yo haya de trabajar hasta la muerte o hasta que mis facultades me lo permitan; cuando decidí ejercer esta profesión ya desconté que no me jubilaría nunca y que la mutualidad no era la garantía de una vejez feliz sino algo así como un club gobernado por un grupo de amigos donde estabulizar a quienes se han portado dócilmente con quienes la manejan y confortarles con canapés, moqueta y dietas.

Me preocupa que, algún día, no podamos pagar a esa gente maravillosa que, cuando nuestra vida o la de nuestros seres queridos está en riesgo o decididamente perdida, nos tratan con ese cariño que uno jamás detecta en ninguna otra administración. Hablo de quienes componen la sanidad española, gente que le reconcilia a uno con el mundo y le devuelve la ilusión de que aún queda bondad en el universo.

A mí me preocupan cosas así y me gustaría que nuestra atención se concentrase en esos temas; sin embargo el debate nacional va por otros caminos.

Asómese a los periódicos, las radios, las televisiones, las mesas de los cafés y escuche de qué hablan unos y otros. Un ruido tremendo de navajeo político, de acusaciones cruzadas, de tratar de imponer un lenguaje u otro y fijar estigmas para distinguir al progre del facha…

A esa forma de manipular a las sociedades se la llamó «agenda setting» y fue formulada en 1972 por McCombs y Shaw.

Esta forma de manipular llamada «agenda setting» se abrió paso cuando la sociedad maduró lo suficiente para volverse refractaria a la descarada propaganda de algunos regímenes. Los que manejaban los hilos de las marionetas advirtieron que ya no podían engañar directamente y decidieron que, si no podían imponer sus mentiras, al menos podían imponer los temas sobre los que debatiría la gente.

Los factores que intervienen en el establecimiento periodístico, en la «agenda setting» comprenden:

Alianza entre Empresas mediáticas y Gobiernos.

Establecimiento de prioridades Informativas, respecto a las otras agendas.

Canalización de la información redimensión y divulgación.

Organización de la noticia, horarios, espacios, determinación de tiempo…

Quizá piense usted que me he vuelto loco y le hablo de una nueva teoría conspiranóica pero, antes de diagnosticarme así…

Deténgase un momento y dígame qué asuntos son los más importantes para usted. Deténgase un poco más y trate de pensar en cuáles son los problemas más acuciantes para quienes viven en España.

Porque si usted hoy no está debatiendo o la sociedad no debate sobre esos asuntos es que alguien ha impuesto unos temas de debate que a usted no le interesan y a ellos les interesa que interesen.

Escritor de oficio

Escritor de oficio

La vida es impredecible, estudiamos y nos preparamos para desempeñar un oficio concreto pero, en última instancia, es la vida la que decide lo que finalmente seremos.

A mí, por ejemplo, la vida me hizo escritor.

Sí, a menudo escribo historias de ficción, historias de hombres que son injustamente acusados por crímenes que nunca cometieron pero hombres que, casi siempre, me estropean todo el trabajo al conformarse con cualquier condena que no les conduzca inmediatamente a prisión.

Es una pena.

Otras veces escribo historias reales, historias de hombres que son injustamente acusados por crímenes que nunca cometieron, hombres que, como los anteriores, muy a menudo me estropean todo el trabajo al conformarse, al igual que los otros, con cualquier condena que no les conduzca inmediatamente a prisión.

Es una pena aun mayor que la anterior

Mi drama como escritor es que rara vez estoy seguro de cuáles de las historias que escribo son reales o de ficción. Muchos escritores de mi gremio creen saber cuándo cuentan una historia real y cuándo ficticia y yo les admiro pues nunca he logrado estar absolutamente seguro de nada.

Cuando he creído saber con precisión lo ocurrido en realidad, circunstancias inesperadas me han sacado de mi error revelándome cuán vanidosa es la mente humana —en especial la mía— y cuánto ama sus propias conclusiones, a las que, como hijas suyas que son, juzga perfectas y sin error.

A lo largo de mucho más de treinta años he ido guardando y clasificando historias de ficción juzgadas como reales por mis lectores e historias reales juzgadas como de ficción por quienes forman mi audiencia. Nunca ha dejado de admirarme la rotundidad con que las personas erradas son capaces de expresar sus yerros. A veces leo sentencias rotundas, tan cargadas de razón como de errores y reflexiono largamente sobre la vanidad humana.

Porque en este particular mercado literario en que trabajo todos los autores tienen derecho a que su obra sea leída aunque, lamentablemente, que sea juzgada bien o mal, correcta o incorrectamente, catalogada como real o de ficción, es algo que no se garantiza en absoluto.

Es por eso que los hombres cuyas historias cuento, reales o ficticias —ellos sabrán— prefieren muy a menudo un mal liviano pactado que aguardar una opinión imprevisible.

Hispano

Hispano

Conocí a Jorge Fandermole, el poeta y cantor argentino, escuchando cantar su «oración del remanso» a la tuna.

(Sí, ya sé lo que me van a decir… y yo les responderé lo que dijo hace cinco mil años el sabio egipcio Ptahotep a su hijo: «escucha incluso al necio, porque sólo aprende el que escucha»).

Y, hablando de escuchar, creo que tiene mucha razón Jorge Fandermole cuando nos dice que

«Forma de mis pensamientos,
sonar de una madre patria,
de la terrible conquista
ibérica y transatlántica
que me da el decir, me funda
con la primera palabra
hasta el adiós que suspire
cuando del mundo me vaya.

(…)

Y entienden mi canto en Lima,
en Santiago y en Caracas,
y todo el mundo lo entiende
desde México a Granada.
De Madrid a Buenos Aires
y de Rosario a La Habana,
si debo decir "te amo"
mi amor es en lengua hispana».

Y siento que tengo suerte de que, desde mucho más al norte del Río Grande hasta casi tocar la Cruz del Sur, pueda escuchar y entender a tantas gentes distintas, con tantos acentos distintos, de tantas razas distintas y con un idioma común para entender, vivir, amar y aprender.

«Cantando al sur del río Bravo
con entonación tan bella,
por la Cruz del Sur se ha dado
a volar hasta las estrellas,
y va dibujando el sueño
de Macondo a un Llano en llamas,
y habla el hidalgo manchego
con el Martín de la Pampa».

Y es por eso que —aunque aquí nos empeñemos en no saber cómo llamarle a esa forma de pensar, de amar y de entender la vida— a esto, por el mundo, le llaman español y es un vínculo que permite que la fraternidad humana se vea mucho más cercana cuando oyes pronunciar palabras como «hermana» o «amigo».

En español.

Nada cambia en la justicia española

Nada cambia en la justicia española

Hace tiempo que en España hemos empezado a sentir que, al menos en justicia, da igual qué partido esté en el gobierno. En el asunto de las hipotecas, por ejemplo, si el gobierno de un partido estableció los tribunales especiales hipotecarios para alejar la justicia de los afectados y que disminuyese el número de jueces con tentaciones de presentar demandas prejudiciales, cuando el gobierno cambió de color, los otros, mantuvieron ese cambio como si no pasase nada.

En España, en justicia, rige una extraña política de casino donde, gobierne quien gobierne, siempre gana la banca. Las hipotecas fueron en su día una bandera que ahora ningún gobernante parece querer tremolar; una bandera que la doctrina, siempre amable con la banca de nuestro Tribunal Supremo trata de arriar.

Y si en el ámbito de las hipotecas sucede esto, en el de la administración de justicia ocurre otro tanto: tanto la izquierda como la derecha aspiran a implantar oficinas judiciales con amplias competencias procesales que sean dóciles a las instrucciones de sus jefes del Ministerio de Justicia porque, de este modo, desde el gobierno se aumenta el control de la administración de justicia hasta en sus más mínimos detalles. Los partidos le llaman amor (eficiencia), pero no se equivoquen, en realidad solo se trata de sexo (control); los sucesivos gobiernos, de uno y otro color, han insistido siempre en los mismos instrumentos de control de un poder que debería ser independiente: tribunales de instancia y oficina judicial, un cocktail ponzoñoso que unos y otros han tratado, sin distinción ideológica, de administrar a nuestra justicia, desde Gallardón a Pilar Llop.

Y si en lo anterior gobierne quien gobierne siempre quieren lo mismo, ya no les digo nada con el turno de oficio: da igual el partido que gobierne todos pagan tarde, mal y poco

Que ganen unos o que ganen otros, al menos en justicia, no significa nada pues siempre ganan los mismos.

Sin embargo leo hoy con esperanza que en Colombia, un país flagelado por todo tipo de calamidades, ha habido un cambio de tendencia en las elecciones presidenciales que, por primera vez en la historia, ha sacado del poder a una clase política que hasta ahora siempre lo había ocupado y ha llevado hasta él a otra que sugiere la llegada de un tiempo nuevo, inaugural, de paz posible y reformas necesarias.

Me da igual el color del cambio, solo deseo que le vaya bien a Colombia y encuentren los consensos necesarios porque, a estas alturas de la historia, les era imposible seguir igual.

Tocaba cambio. Quizá en España, al menos en justicia, también haga falta pero…

¿Qué ocurre cuando ningún partido quiere un cambio de verdad en justicia?

Inmigrantes

Inmigrantes

Pienso en las principales hazañas geográficas de los españoles y compruebo que, al menos las más famosas, las llevaron a cabo inmigrantes.

Cristóbal Colón, un hombre de origen desconocido —pero que a nosotros nos llegó desde el Reino de Portugal— fue el impulsor del Descubrimiento de América y otro portugués, Magallanes, fue también el impulsor de la primera circunnavegación del mundo en cuya realización perdería la vida.

Si de victorias militares se trata no cabe duda de que, entre las más conocidas, se encuentran la de Lepanto («la más alta ocasión que vieron los siglos», en palabras de Cervantes) o las gloriosas campañas de los Tercios de Flandes inmortalizadas por Velázquez en el cuadro de «Las lanzas».

Pues bien, Don Juan de Austria, el jefe supremo de la Armada en Lepanto, era un extranjero nacido en Ratisbona hijo bastardo (se decía entonces) de otros dos extranjeros: Carlos de Habsburgo y Bárbara Blomberg.

En los tercios, sin duda, uno de sus mandos más conocidos es el Capitán General de Flandes durante la «Guerra de los ochenta años» Don Ambrosio de Spínola (Ambrogio Spinola Doria. Génova 1569) un italiano vero que fue inmortalizado por Velázquez con ocasión de «La Rendición de Breda».

Pero no sólo el bien, sino también el mal, nos ha llegado de manos de extranjeros como por ejemplo Felipe de Borbón (Versalles 1700) y Carlos de Habsburgo (Karl Von Habsburg. Viena 1685) que destrozaron la nación en una guerra civil que duró catorce años y en la que ambos se movían por el «patriótico» interés de sentarse en el trono de España. Los efectos de aquella guerra aún los sentimos hoy todos los españoles.

Y, seguramente, uno de los extranjeros que mejor captó el espíritu de los españoles —sobre todo de los políticos españoles— fue el Rey italiano Amadeo de Saboya, el único rey elegido por la representación popular de los españoles y el único rey que tuvo el valor y el buen juicio de declararse incompetente para resolver unos males de España que él mismo describió certeramente en su discurso de despedida:

«Si fuesen extranjeros los enemigos (…), entonces, al frente de estos soldados tan valientes como sufridos, sería el primero en combatirlos; pero todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra, agravan o perpetran los males de la Nación, son españoles…»

Amadeo I. Discurso de despedida.

El año que viene se conmemorará el 150 aniversario de la dimisión de este buen monarca, de la proclamación de la I República Española y de la Revolución Cantonal (Republicana y Federal) que arrasó mi ciudad.

Veremos cuál de estas tres efemérides conmemoran esos «españoles» de que hablaba Amadeo de Saboya.

La abogacía desnuda

Me escribe la pasada noche un amigo y me cuenta por whatsapp que, tras 22 años de ejercicio profesional, una compañera de despacho tira la toalla y abandona la abogacía para buscarse la vida en mejores campos.

Siento que una buena parte de la abogacía española vive al límite y que se defiende, con la espalda contra la pared, de las puñaladas que le van dando los sucesivos gobiernos. Abandonada por quienes deberían defenderla un cierto fatalismo se ha instalado en ella y flota en el ambiente.

Y vienen malos tiempos.

Los efectos de la crisis económica derivada de las medidas tomadas por USA y UE durante la pandemia son, para la abogacía, imprevisibles pero, en ningún caso, buenos; ocurre, sin embargo, que a estas alturas, muchos ya no estamos en condiciones de ser otra cosa que lo que somos o que, para una vida que tenemos, no queremos dedicarla a nada distinto de lo que hemos elegido.

Cuando baja la marea se sabe quién está nadando desnudo y la marea, desgraciadamente, está bajando y muchos podemos quedar con nuestras vergüenzas a la vista.

Quienes han ejercido este oficio en los 80-90 del siglo pasado están en condiciones de percibir la decadencia del mismo, cómo todos los grupos de presión interesados han ido deteriorando el mercado de servicios jurídicos y como la abogacía —y no digamos la procura— han sido sistemáticamente los chivos expiatorios que enviar al desierto, todo ello mientras sus respectivos representantes se cuelgan cruces y medallas en medio de siempre buenas y amables relaciones con los que mandan.

Pero no voy a amargarme el día, porque al igual que cuando baja la marea se sabe quien nada desnudo, también son famosos los versitos aquellos del Conde de Romanones…

—Al Conde de Romanones
le llega el agua
hasta las rodillas…

— Oiga, eso no rima.

—Espere usted a que suba la marea.

Y quizá algún día, antes temprano que tarde, subirá la marea y estaremos hasta donde hace tiempo deberíamos estar.

Quintaesencia

Quintaesencia

Giovanni (Juan) de Rupescissa fue un hombre que se dedicó a la alquimia.

Juan no tuvo suerte, nació en el siglo XIV cuando una iglesia corrompida por la riqueza se revolcaba satisfecha en su áurea podredumbre y él, de entre todas las vidas posibles, eligió la peor: la de franciscano radical y, como esos «fraticelli» de que nos habla Umberto Eco en «El nombre de la rosa», se dedicó a denunciar la depravación de la jerarquía eclesiástica y a propugnar la vuelta al inicial estado de pobreza que él pensaba era consustancial a la iglesia primigenia.

Pero Juan no sólo predicó eso; Juan creía en un inminente fin del mundo y una consecutiva segunda venida de Cristo y, viendo cuánto sufrimiento había en el mundo, pensó que haría bien en usar sus conocimientos alquímicos para encontrar alguna sustancia que lo aplacase.

Y pensó.

Pensó que si el universo estaba compuesto de cuatro elementos esenciales (tierra, fuego, aire y agua) debía existir un quinto elemento —una «quintaesencia»— que impidiese su degeneración y corrupción. Si los astros del cielo parecían eternos e incorruptibles esa «quintaesencia» que impedía su corrupción debía existir y, si lograba encontrarla, podría suministrarla a los seres humanos en forma de medicamento con que prolongar su vida y su bienestar hasta la inminente venida del Salvador.

Los papas, por entonces residentes en Aviñón, no parecían andar preocupados por una nueva venida del Salvador y los que de verdad les tocaban las ínfulas eran estos monjes tiñalpas que, como Juan, andaban empeñados en que ellos vivieran sin lujos y empleasen su dinero en obras de misericordia y pamplinas de esta especie.

La idea de la existencia de una «esencia vital» estaba extendida desde antiguo entre los alquimistas. Bastaba observar una semilla o un huevo para comprender que en ella debía hallarse encerrada esa esencia vital que impulsaba a la planta o al ave a desarrollarse y, comoquiera que esa esencia sin duda obraría efectos milagrosos en la salud de los hombres, se dedicaron a buscarla para lo que idearon multitud de métodos, de los cuales, el más conocido, fue el de la destilación.

Los alquimistas se aplicaron con intensidad a la tarea de inteoducir huevos y semillas en los alambiques de sus laboratorios y, aunque no consiguieron extraer de ellos la esencia o espíritu vital, sí que lograron extraer del vino su esencia o espíritu, gracias a lo cual legaron a la humanidad no sólo el alcohol con que curar heridas, sino bebidas «espirituosas» que ejercían benéficos efectos en los creyentes si se ingerían con moderación.

Aunque el propio Isaac Newton se dedicó intensísimamente a la labor y reflexión alquímica, a día de hoy, los presupuestos filosófico-espirituales de esta labor alquímica nos parecen irrelevantes y cosa de magia o de brujería y, si te cuentas entre quienes piensan así, te ruego que reconsideres tu opinión, sobre todo mientras saboreas un whisky, un gin-tonic o una buena copa de coñá. No se conoce que, fuera de la alquimia, el alambique fuese usado nunca y gracias a él, hoy, no sólo puedes apretarte algún que otro licor, sino disimular el aroma a cazalla con algún perfume.

Sin duda el monje franciscano Juan tenía razón y —entre tanto el fin del mundo llegaba o no llegaba— lo mejor que podía hacerse era alegrar la vida de los habitantes de este valle de lágrimas y, no me cabe duda, licores y perfumes han sido hasta hoy herramientas muy eficaces. Bueno y el alcohol y sus usos médicos también.

Por cierto Juan era buen alquimista pero mal adivino y en 1349 cometió el peor de los errores: ir a Aviñón, donde residían los papas de entonces.

Murió encarcelado en 1366.

La democracia tortífera

La democracia tortífera

Esta tarde, mientras tomaba un café, me he quedado absorto pensando en nada y, como no puedo darle tregua a la mollera, han acudido a mi cabeza recuerdos infantiles, supongo que como consecuencia de una conversación mantenida ayer con unos amigos.

A mí de niño me interesaba la política lo cual, tratándose de la España de los 60-70, no deja de resultarme llamativo y, en mi pensamiento infantil, de entre todos los sistemas posibles la democracia me parecía que era el que tenía más sentido.

Según mi razonamiento de aquellos años la forma natural en que las personas resolvían los conflictos era a tortas y —en general— cuando de solucionar las cosas a tortas se trataba, solía ganar el bando más numeroso.

La democracia, en mi cabeza, no era más que una abstracción, un refinamiento, de la pura pelea a tortas, pero una pelea donde las tortas no eran necesarias. Bastaba con contar los partidarios de cada bando y, determinado que bando contaba con más integrantes, se procedía a declarar ganador a este pues, con toda probabilidad, puestos a darse tortas, el más numeroso sería con toda probabilidad el bando ganador.

Los tebeos de aventuras estropeaban un poco mi razonamiento sobre la democracia tortífera pues, en las peleas y combates de mis héroes, los menos siempre ganaban a los más; los menos solían ser gente honesta mientras que los más solían ser unos sujetos anónimos y despreciables; los menos, en fin, eran gente inteligente y los más una colección de botarates.

Claro que yo sabía que todo aquello no era más que literatura y que las peleas reales solían seguir otra lógica, de forma que mi pensamiento democrático tortífero persistió en mí bastante tiempo.

Sólo había una cosa que no me gustaba de la democracia y era que, en general, yo solía adherirme emocionalmente siempre al bando perdedor. Me gustaban más los indios que los vaqueros, el esclavo negro al blanco del látigo y prefería, sin duda, a Sandokan, Yáñez y Giro Batol a toda la escuadra inglesa.

Tras las guerras siempre había vencedores y vencidos y yo solía estar emocionalmente más cerca de los segundos que de los primeros y esto, naturalmente, me hacía dudar de las bondades de mi democracia tortífera: si las votaciones no eran más que una batalla sofisticada, al final también habría un bando ganador y uno perdedor y el mismo resquemor moral entre vencedores y vencidos que tras una ensalada de tortas y —pensaba yo— a veces incluso más, pues tenía por cierto que, tras una buena mano de tortas, había quien quedaba muy satisfecho con las dadas y las recibidas.

Pronto olvidé mis ideas sobre la democracia tortífera, crecí y todas mis ideas al respecto se diluyeron con el intenso debate político de la transición.

No obstante creo que nunca se borró de mi inconsciente aquella idea de que las batallas y las votaciones crean vencedores y vencidos y que tal resultado es indeseable, con o sin tortas de por medio; de forma que, en mi cabeza inmadura, se fue asentando la convicción de que, en verdad, la democracia no era un buen sistema si antes no venía precedida de una intensa deliberación, tan larga como fuese necesaria, hasta lograr alcanzar un acuerdo satisfactorio para todos, de forma que la tentación de recurrir a las tortas o a votar se evaporase. Si era preciso aplazar la votación había que aplazarla, pues pocas cosas había tan urgentes que no se pudiesen aplazar mientras que, bien definido un problema, tampoco existían posturas racionales absolutamente irreconciliables y respecto de las cuales no fuese posible un acuerdo aceptable para todos.

Cuando pensaba que mis ideas sobre la democracia tortífera estaban olvidadas, la vida me llevó a trabajar en la década de los 80 al lado de hombres y mujeres que creían en algo muy parecido a lo que yo pensaba antes de que la adolescencia me distrajese con asuntos más urgentes.

Hoy no queda ni rastro de aquellas cosas en que yo creía.

Los debates en las Cámaras políticas ya no son sino una pura formalidad previa a las votaciones; nadie trata en los debates de convencer al adversario ni, mucho menos, está dispuesto a dejarse convencer; quien goza de la mayoría la impone en el 99% de las ocasiones y si la mitad de la población se siente derrotada poco importa mientras que la otra mitad, la vencedora, sea la que les da los votos.

Es la calidad y profundidad del debate la que convierte a la democracia en un sistema admirable, no los votos.

Una democracia que se autotitula así porque las decisiones se toman votando, como en la que parecemos vivir ahora, en mi sentir no merece el nombre de democracia pues no pasa de ser, como yo pensaba de niño, una democracia puramente tortífera.

El dios de los mineros de La Unión

El dios de los mineros de La Unión

La historia que les voy a contar transcurre en el siglo II antes de Cristo en un lugar situado a unos ocho kilómetros de donde escribo ahora estas lineas, se llama la Rambla de la Boltada y está situada en la vertiente sur de uno de los lugares más altos de la Sierra Minera de Cartagena-La Unión: el Cabezo de Sancti Spiritus.

La Rambla de La Boltada es una especie de camino natural que, descendiendo hacia la Bahía de Portmán (hoy llena de estériles minerales para vergüenza y oprobio de esta Región) desde la antigüedad dio salida al mar a las producciones mineras de las minas ubicadas en ella, minas con nombres tan sugerentes como «Mercurio» o «San Ramón». Al final de la Rambla se ubicaba una construcción conocida hoy como «El Huerto del Paturro» que, ya en aquella época, fungía como industria proveedora de aperos para las explotaciones mineras. Pero volvamos a nuestra historia.

En aquel siglo II AEC la joven República Romana había arrebatado a los carthagineses toda esta zona de Hispania y ahora explotaba intensivamente las minas de plata y plomo del entorno de Carthago Nova para sufragar las múltiples guerras de expansión que mantenía.

La explotación, ciertamente, era descomunal para los parámetros de la época.

Para que se hagan una idea les diré que, hoy, el municipio de La Unión apenas si cuenta con veinte mil habitantes pero, en este momento histórico de que les hablo, más de cuarenta mil trabajadores arrancaban plata del interior de la sierra a un ritmo de veinticinco mil dracmas diarios con los que alimentar la insaciable voracidad de la hacienda de la joven república romana. Polibio, un historiador griego que visitó Carthago Nova en el año 151 AEC, señaló que el territorio minero distaba de la ciudad unos veinte estadios y se extendía a lo largo de cuatrocientos y es por él por quien conocemos las cifras que he ofrecido antes en relación con el número de trabajadores y la producción diaria.

Pueden imaginar que la mayor parte de estos cuarenta mil trabajadores eran esclavos y, a efectos de la historia que quiero contarles, nos importa saber que no todos eran iberos sino que muchos provenían del importante mercado de esclavos de la isla de Delos, en el mar Egeo, en la actual Grecia, una de las islas más pequeñas de las Cícladas pero, en aquel siglo uno de los más importantes mercados de esclavos del mediterráneo, y es por eso que, entre los nombres de personas relacionadas con las explotaciones mineras, encontramos scon frecuencia nombres sirios, griegos… y, cómo no, también iberos; nombres como Samalo o Toloco.

Pero ¿cómo sabemos que nombres como «Samalo» o «Toloco» son nombres iberos?

Para explicarles eso es preciso dirigirnos a la península Itálica, a un lugar llamado Ascoli y que nos situemos en la mañana del 17 de diciembre del año 89 AEC.

Ese día, el único cónsul que le quedaba a Roma, Cneo Pompeyo, padre de Pompeyo el Grande, el conquistador de Palestina, pasa revista a sus mejores tropas tras la importante toma de Ascoli, un momento decisivo en la llamada Guerra de los Asociados que había desangrado a la República en los años anteriores. Al frente de las tropas revistadas se encuentran dos personajes que, después, serán trascendentales para la historia de Roma: el propio hijo de Cneo Pompeyo (Pompeyo el Grande) y un, por entonces, poco conocido Lucio Sergio Catilina (sí, el de las «Catilinarias» de Cicerón)..

Tras de ellos y en estado de revista forma la mejor «Turma» (regimiento de caballería) del ejército romano: la «Turma Salluitana», un escuadrón de jinetes veteranos, rudos, valientes, leales… e iberos.

Sí, la «Turma Salluitana», como su nombre indica, había sido reclutada en Zaragoza (Salduie) unos años antes y ahora Cneo Pompeyo premiaba a estos tipos naturales de Zaragoza, Egea de los Caballeros, Lérida y otras ciudades de Hispania, concediéndoles la ciudadanía romana, justo la condición por la que peleaban contra sus aliados.

En el bronce Cneo Pompeyo mandó grabar los nombres de los integrantes de la «turma», pero no sólo sus nombres sino también los de sus padres y su lugar de nacimiento.

Gracias a este bronce sabemos por ejemplo que un tipo de Cariñena llamado «Belennes Albennes» se las había tenido muy tiesas en defensa del cónsul durante aquella guerra. Sabemos también, por ejemplo, que aunque los jinetes ilerdenses lucían nombres romanos como Cn(eo) Cornelius, sus padres llevaban nombres tan iberos como Enasagin.

Y aunque, como ven ustedes, la manía de ponerle jennifer o Jonathan a los niños ya circulaba en aquella época, la practica totalidad de los nombres, excepción hecha de estos ilerdenses, era ibera y la tabla de bronce está llena de nombres como Senibelser Adingibas, Ilurtibas Bilustivas o Estopeles Ordennas.

Seguramente ningún soldado de caballería se ha hecho un lugar en la historia tan destacado como los estos soldados de la «Turma Salluitana», pues el llamado Broce de Ascoli, redescubierto en 1908 en la propia ciudad de Ascoli, en Italia, fue la Piedra de Rosetta que utilizó el genial Manuel Gómez Moreno (Granada 1870-Madrid 1970) para descifrar el semisilabario (el alfabeto) ibero y poder desentrañarlo en parte, pues, a dia de hoy, no sabemos traducirlo, aunque sí sabemos bastantes cosas de él y una de ellas es reconocer los nombres iberos.

Dejemos aquí constancia de nuestra gratitud a los soldados de la valerosa «Turma Salluitana» y al genial Don Manuel Gómez Moreno y volvamos a La Unión, siglo II AEC, un poco antes de estos hechos que les he narrado en relación con la toma de Ascoli.

Como ya les he contado unos cuarenta mil esclavos trabajaban en las minas pero, como pueden imaginar, a su frente se encontraban capataces, encargados y en la cúspide de la pirámide social los llamados «negociatores», gentes venidas de la Península Itálica a hacer fortuna en Carthago Nova, un patrón de conducta que, durante siglos, se repetirá en la sierra minera y especialmente en lo que hoy es el municipio de La Unión.

De entre esos negotiatores os interesa una familia muy concreta, los Roscios, gentes que vemos citadas en más e treinta lingotes de plomo encontrados en el «Cabezo Rajado». En los alrededores de este cabezo se encuentran otros muchos lugares de importancia a efectos de la explotación minera, lugares como el Cabezo Ventura, el Cabezo La Atalaya, Los Beatos… lugares donde algunos arqueólogos situan la fundición de esta familia, los Roscii, en todo caso en un paraje que hoy día se conoce como «Roche».

Aclaremos: ni se me ocurre pensar ni sugerir que la etimología de este lugar (Roche) tenga su origen en los Roscii romanos, mineros y negotiatores; la etimología oficial nos dice que este paraje debe su nombre a una palabra catalana «roig» (rojo) y no seré yo quien lo discuta. Ahora bien, se non è vero, è ben trovato.

Y de entre todos esos Roscios hay uno que nos interesa más que los demás, se llamaba Marco, Marco Roscio y. cmo muchos negotiatores de la época, para dirigir sus explotaciones mineras puso en la bocamina de la mina «Mercurio» (tiene narices que aún hoy día la mina lleve el nombre de ese dios romano del comercio) a dos libertos, uno llamado Marco también y el otro no podemos leerlo bien.

Liberar esclavos para dirigir las explotaciones era una práctica habitual como también era una práctica habitual consagrar un altar a la entrada de la mina donde los pobres condenados a trabajar en su interior depositasen sus sacrificios y sus plegarias.

Esta práctica de colocar altares en las minas es tan antigua como la humanidad y a ella debemos avances culturales absolutamente increíbles. Si no me creen busquen en wikipedia «escritura protosinaítica», pues allí, en los amorosos brazos de la egipcia Diosa Hathor, la diosa con forma de vaca, aparecen los primeros signos que darán lugar a la mayor invención qu conocen los siglos: el alfabeto.

Sí, las letras que ahora escribo y con las que me comunico con usted son hijas directas de aquellos signos que los mineros de Serabit Al Jadim grabaron en los brazos y en el cuerpo de Hathor, su protectora.

No fue diferente en la bocamina de la mina «Mercurio» pues, en algún momento, los libertos de Marcus Roscius, atendiendo a la fe de los mineros, colocaron en ella un altar con la siguiente inscripción:

[…] M(arcus) ROSCIES M(arci) L(iberti)
SALAECO DEDERV(nt)

Que traducido resulta

…. y Marco Roscios, libertos de Marco, lo ofrendaron a Salaeco.

La fotografía del altar es la que ven en la fotografía y, por razones incomprensibles, el mismo se encuentra a día de hoy depositado en el museo municipal de Águilas, a casi cien kilómetros del lugar donde fue encontrado.

La presencia de un dios nuevo en la zona, de un dios específicamente protector de los mineros, de los esclavos, de aquellas terribles explotaciones es un hecho que, no sé a usted, pero a mí me conmueve.

¿Y era ese dios griego, sirio, ibero? ¿quiénes formaban esa comunidad de fieles de seleuco?

me van a permitir que eso se lo cuente otro día, por hoy ya he agotado mi tiempo libre para escribir, pero créanme que resulta interesante pensar que a diosas egipcias como Isis, o sirias como Attargattis, podamos añadir un dios que pudiera ser ibero como seleuco.

Pero de eso hablaremos otro día, ya es tiempo de cenar.

El sexo de dios

El sexo de dios

Cuenta el Génesis que Yahweh nos creó del barro y nos hizo a su imagen y semejanza. Sí, eso dice, y no me discutan diciendo que Yahweh creó a Eva de una costilla de Adán, porque entonces me obligarán a explicarles que el Génesis contiene dos relatos distintos de la creación y sí, en uno de ellos, habla de Adán y su costilla, pero en el relato fetén, en el pata negra, las cosas son muy distintas y hombre y mujer son creados al mismo tiempo.

«26 Y dijo Dios: Hagamos al hombre á nuestra imagen, conforme á nuestra semejanza; y señoree en los peces de la mar, y en las aves de los cielos, y en las bestias, y en toda la tierra, y en todo animal que anda arrastrando sobre la tierra.
27 Y crió Dios al hombre á su imagen, á imagen de Dios lo crió; varón y hembra los crió. »

(Génesis capítulo 1, versículos 26-27).

Por qué hay dos versiones distintas de la creación ya se lo contaré otro día, hoy me interesa centrarme en lo de «…a su imagen, a imagen de Dios los crió…».

Siempre he tenido la sensación de que esta frase debe leerse o entenderse al revés y que quienes han creado a los dioses a su imagen y semejanza han sido siempre los hombres y las mujeres y, si no me creen, sigan leyendo un ratito.

Está perfectamente documentado —y creo que se lo he contado alguna vez— que los primeros dioses, de forma general al menos de Mesopotamía al Mediterráneo, eran siempre mujeres.

Las excavaciones realizadas en Catal Huyuk revelan la omnipresencia de la diosa y uno, en su ignorancia, juzga normal tal creencia: si todos, hombres y animales, nacemos de una hembra ¿quién daría a luz el universo si no un principio femenino?.

En los primeros estadios de la civilización sumeria la jefa del panteón era la despendolada y verderona Innana, contrarrestada por la malaje de su hermana Ereshkigal.

Y sin embargo, con el avance de los milenios, las diosas mujeres creadoras y generativas fueron dejando paso a dioses guerreros y meteorológicos, bastante más útiles para pedirles lluvia o conquistar nuevas tierras para sembrar.

Sin embargo esa tendencia parece encontrar una deslumbrante excepción en la civilización minóica, una civilización admirable por muchas razones y esta es una.

En las obras de arte minóicas es muy fácil distinguir a los hombres de las mujeres porque a ellos se les pinta de color bronceado, cual si fueran indígenas amazónicos, mientras que ellas son pintadas de un blanco refulgente y es por eso que podemos observar en su arte una situación llamativamente igualitaria hombre-mujer.

En la foto de este post pueden observar como hombres y mujeres participan por igual en la taurocatapsia y, si un zagal anda dando volteretas por encima del morrillo del toro, una zagala aparenta agarrarlo de un pitón, pisando unos terrenos sensiblemente más peligrosos que los aires del zagal.

Esta situación igualitaria se confirma en cuanto sabemos de ellos y ellas, las mujeres minóicas lideraban el culto y su dios era una diosa, justo en un momento en el que el Mediterráneo oriental ya se había llenado de dioses.

¿Y por qué en Creta floreció esta maravillosa civilización aparentemente igualitaria, aparentemente pacífica (sus pinturas no reflejan jamás escenas de guerra, soldados o armas) y que sin embargo dominó el oriente del Mediterráneo bastantes siglos?

Y ahora que me doy cuenta se me ha ido el santo a Minos y he descarrilado y olvidado el objeto principal de este post que era el de hablarles de la «imagen y semejanza».

Bueno, quizá mañana, o quizá cualquier otro día. O quizá nunca. ¿Quién sabe?