Elon y Vitalik: una fábula del siglo XXI

Elon y Vitalik: una fábula del siglo XXI

Probablemente conozcas a Elon Musk (50 años, Pretoria, Sudáfrica 1971) el mítico empresario cofundador de PayPal, SpaceX, Hyperloop, SolarCity, The Boring Company, Neuralink y OpenAI. Es director general de SpaceX, de Tesla Motors, presidente de SolarCity y copresidente de OpenAI.

Muy probablemente a quien quizá no conozcas es a Vitalik Buterin (27 años, Kolomma, Rusia) un programador y escritor ruso, conocido principalmente por ser el cofundador de Ethereum y de Bitcoin Magazine.

¿Por qué les menciono a ambos? Bueno, pues porque ayer se produjo un suceso que quizá pase a los anales de la historia de la nueva economía digital, les cuento.

Ambos personajes son firmes defensores de las criptomonedas (digámoslo así) aunque su aproximación a ese mundo se ha producido de formas muy diferentes.

Para Vitalik Buterin, un superdotado fanático gamer de World of Warcrafts, el hecho de que le cambiasen un aspecto de ese juego que él adoraba le llevó a reflexionar sobre los sistemas centralizados y descentralizados de forma que, en 2011, se apasionó com Bitcoin, uno de los mejores ejemplos de sistema que no puede ser controlado por ninguna autoridad central. Su capacidad y trabajo le llevaron a ser cofundador de la gran alternativa a Bitcoin, la programable y mucho más flexible Ethereum, una plataforma sobre la que se ha construido todo el mundo de las finanzas descentralizadas y la auténtica alternativa a las economías con dinero neolítico en las que ahora vivimos.

La aproximación de Elon Musk al mundo de las criptomonedas fue bien diferente pues su acercamiento se produjo como consecuencia de su actividad empresarial. Si para Vitalik el mundo del blockchain era una filosofía para Elon sólo parecía ser un negocio.

En estos últimos tiempos, a poco que hayan seguido las noticias de este criptomundo loco, habrán sabido que Elon Musk, ya afincado en los USA, compró para su fábrica de coches eléctricos Tesla una cantidad brutal de Bitcoins que le hicieron ganar muchísimo más que la fabricación de coches pero, sobre todo, le habrán oído hablar de «Dogecoin», una criptomoneda que no es sino un meme de un perro (el japonés Shiba Inu) y a quien sus propios creadores califican de broma, haciendo que una comunidad de “believers” compren ese truño digital y hagan subir sus precios sin fundamento. Muchos se han hecho millonarios con Dogecoin y muchos otros no han dejado de frotarse los ojos al ver como aparecía un nuevo fenómeno: el “pumpeo”. Bastaba con que comunidades de Reddit decidiesen empujar al alza la cotización de una acción (fue el caso de GameStop) para que estas fuesen “to the moon” produciendo ganancias brutales a los listos que estuvieron en la base de ese “pumpeo”.

Elon ha hecho algo muy parecido con la moneda meme “Dogecoin” y se ha convertido en el principal “pumpeador” de la criptobroma. Sin embargo legiones de personas siguen sus palabras como quien sigue un oráculo divino y una sola frase suya sirve para hacer subir Dogecoin a las nubes o hacerla caer, como recientemente, hasta un 30%.

Pues bien, hace unas semanas comenzó a correr por las redes el rumor de que Elon Musk podría hablar de otras monedas relacionadas con perros y así los “believers” y los especuladores —no es ilegítimo especular con conductas ajenas— comenzaron a comprar una caterva de criptomonedas relacionadas con perros: Shiba Inu, Akita Inu, Kishu Inu, Hokkaido Inu… a la espera de que Elon Musk hablase. Y Elon Musk habló y se produjo el milagro: la cotización de los criptoperros se disparó a la luna.

Pero, mientras Elon Musk brillaba desde Estados Unidos en programas “prime time” de la TV, Vitalik Buterin simplemente trabajaba en sus proyectos desde Zug, Suiza, su actual residencia.

Los creadores del criptomeme Shiba Inu, la pricipal de estas “Altdogcoins”, habían construido su moneza sobre Ethereum (la red fundada por Vitalik) y habían colocado el 50% de las criptos a su nombre pensando que, de esta forma, su acción ganaría “momentum” publicitario, o se produciría una escasez inducida que hiciese subir los precios o… Vaya usted a saber.

El “pumpeo” mediático de Elon Musk se produjo y los criptoperros comenzaron a subir como cohetes y, de no valer nada de nada, pasaron a multiplicar su casi insignificante valor de forma brutal.

Elon Musk había hecho ricos a muchos “believers” pero, sobre todo, había hecho inmensamente rico a Vitalik Buterin. El mundo de los believers, la especulación y el juego era feliz, pero Vitalik no tanto. Aunque inmensamente rico toda esta actividad estaba haciendo subir el precio del gas en su amado “Ethereum” (Shiba Inu estaba construido sobre su red), un proyecto que de chiste no tiene nada y que está destinado a señalar el camino en que la economía mundial saltará de la Edad del Hierro al siglo XXI.

Y entonces, es decir, hace solo 11 horas, saltó la noticia: Vitalik Buterin, el multimillonario en Shiba Inus, había donado todas sus criptomonedas a entidades caritativas o sin ánimo de lucro. Desde fundaciones de Software Libre a organizaciones de caridad recibieron una inesperada lluvia de millones y esto produjo un efecto que ninguno de los “believers” de Elon Musk pensaba: el precio de los criptoperros cayó en barrena.

Asisto estupefacto a este espectáculo: no entiendo la frivolidad de Elon Musk, no entiendo la fe casi religiosa que tienen en él sus believers, entiendo a los especuladores que tratan de hacer negocio con toda esta locura, pero, sobre todo, lo que me reconforta es el mensaje que ha mandado a todos Vitalik Buterin: miren, no quiero eso, no es el dinero mi objetivo, yo juego a la grande.

Quizá este oscuro episodio se olvide o quizá ni siquiera llegue a ser conocido, pero a mí me parece ilustrativo y didáctico —por eso lo escribo aquí— y, aunque ustedes me discutan si lo es o no lo es, lo que nadie podrá negarme es que hoy, muchas entidades sin ánimo de lucro y muchos pobres están muy contentos.

Deseos inconfesables

Deseos inconfesables

Mi amigo Pedro de Paz es poeta, y de los buenos. El tío escribe bien y lo mismo te urde una novela que te hilvana un serventesio y el jodío todo lo hace con arte. Pero yo no quería hablarles de eso.

Yo de lo que quería hablarles es de que, cada vez que lo veo, me acuerdo de uno de mis más inconfesables deseos: a mí me hubiese gustado ser guapo y estar muy bueno.

Pero no guapo de eso de decir, oye qué guapo, no, guapo de esos que cuando entran en el bar las mujeres se mandan whatsapps diciendo ¿has visto a ese cordero de dios que siembra el pecado en el mundo?

Guapo no de arreglarse o ponerse guapo, no, sino guapo como esos artistas de Hollywood que, hasta cuando se les descompone el vientre por la noche y van al retrete, están guapos los jodíos. Miren, hasta cuando Paul Newman se iba de vareta, estaba guapo el cabrón.

Pero no pudo ser, las hechuras no salieron buenas y, en vez de dedicarme a estar bueno, hube de dedicarme a la literatura. Ya saben, metáforas, sinécdoques, sinestesias… (abre los ojos, María, que quiero escuchar el mar…) Esas cosas con las que, los que vamos al retrete con muy mala cara, nos vamos apañando y nos sirven para ir tirando.

Yo tengo condición de poeta, pero no por facultades, inteligencia o vocación, sino porque no me queda otro remedio; y, como sé que ir al gimnasio tampoco va a cambiar mucho las cosas, pues estudio historia sumeria, termodinámica o blockchain, que, aunque no me van a mejorar los abdominales, me entretienen mucho más. Los abdominales, si eso, ya luego los cuido con algún potajico con su vino tinto acompañante.

Por eso, cada vez que veo las fotos de mi amigo Pedro de Paz me pregunto: ¿Qué necesidad tendría este hombre de hacerse poeta y encima de los buenos?

Hay gente que lo quiere todo, que son unos gomias y que, esto es lo peor, encima son mis amigos, los aprecio, los valoro, y no puedo cantarles las verdades del barquero.

Maldita sea.

La peor clienta de un abogado

He escrito mucho sobre mujeres duras y sufridas en la paz y en la guerra, sin embargo, hoy, escuchando la radio me he dado cuenta de que la estirpe de mujeres más duras que conozco reinó en la España de los años 40 y 50. Eran inevitablemente andaluzas y lo mismo trabajaban en un burdel donde regalaban servicios a los hombres con ojos verdes, verdes como la albahaca, que se llevaban por delante a quien hiciera falta si ellas juzgaban que les habían faltado a lo que no había que faltarles. Mujeres duras pero sentidas, habitualmente iban armadas y eran peligrosas. El metaverso femenino de Rafael de León parece imposible que pudiese prosperar en la beatísima España franquista pero lo hizo y con fuerza inaudita.

Estas mujeres solían cantar o trabajar en cafés de marineros («En Cái tiene La Bizcocha un café de marineros») si no es que trabajaban en sitios peores («Apoyá en el quicio de la mancebía…), despreciaban a los hombres («le habló primero a un tratante y luego fue de un marqués, que la llenó de brillantes de la cabeza a los pies») a los que abandonaban siempre por algún petimetre de ojos bonitos que las hacía perder la cabeza. No las movía el dinero, ellas eran, como dije, duras pero sentidas, y tenían una enfermiza inclinación romántica que las llevaba siempre a enamorarse de quien no debían y a meterse en unos líos de los que no eran capaces de salir más que apuñalando a alguien.

Estas mujeres, como abogado, son, sin duda, las peores clientes del mundo aunque, si me dan a elegir, la peor de todas es sin duda «Lola Puñales». Su historia es bastante estándar y la recoge el autor en la primera parte de la canción que dice así:

Entre la gente del bronce
que cantaba y que bebía
brillaba Lola Puñales.

Era una rosa morena
que a los hombres envolvia
igual que a los vendavales.

Vino primero Don Pedro, un marqués
enamorao y galán,
pero la Lola, con mucho saber,
lo desprecio por Don Juan.

Y asi la Puñales,
perdiendo y ganando,
trataba a los hombres
de mala manera,
hasta que una noche
la fueron matando
los ojos de un hombre
que dijo a su vera:

¿Quien ha encendido esa hoguera
en tus ojeras
de petenera
Lola Puñales?
y aunque no sufras dolores
prendes de amores
a los mejores
y mas cabales.

Sin saber cómo ni cuándo
tú te vas a enamorar,
con el fuego estas jugando
y te tienes que quemar;
y verás entraña mia
lo que son ducas mortales
cuando llores de agonía
y te den las claritas del día
sin dormir, Lola Puñales.

Hasta ahí todo normal, la Lola caantaba, bailaba, bebía y despreciaba marqueses y tratantes como la Zarzamora hasta que, claro, aparece el petimetre de ojitos bonitos y la muy zopenca da en enamorarse de él. Veamos como lo relata la canción:

Con fatiguitas de muerte
y dolores de agonía
lloraba Lola Puñales,
porque aquel hombre moreno
se llevo pa toda la vida
la rosa de sus rosales.

Mucho “te quiero” y “me muero” mujer
mucho “te juro por Dios”
y, si te vi no me acuerdo, después
de que en sus brazos cayo.

Corrió como loca
buscando la reja
en donde de otra
los besos bebía.

Y un grito de muerte
se oyo en la calleja
mientras que unos ojos
quedaban sin vida.

La Lola, como ven, no estaba para bromas. El ojitos bonitos le había tomado el pelo y eso la Puñales lo solventaba tirando de oficio. Nocturnidad, alevosía y puñalada en la femoral, cuatro litros de sangre sobre el empedrado y asunto resuelto.

Y ahora es cuando a usted le toca ser abogado o abogada de oficio de «La Puñales», prepara usted eximentes completas e incompletas, atenuantes, los celos, el arrebato, la obcecación… Y llega La Puñales, la pasan ante el juez y, según la canción larga lo que sigue:

«Vayan los jueces pasando
vayan firmando
que esta esperando
Lola Puñales.

(Chula la investigada)

Que no me importa la pena
ni ir a la trena
que estoy serena
y en mis cabales.

(A tomar por saco toda eximente o atenuante)

Lo maté yo a sangre fría
por hacer burla de mí
y otra vez lo mataria
si volviera a revivir.

(Y ahora a tomar por saco cualquier arrepentimiento ni zarandaja parecida, La Puñales, a lo que se vé se quedó a gusto y se refocila en su contumacia.)

Con que apunte el escribano (LAJ)
al causante de mis males,
por jurar cariño en vano

(Si al juez le faltaba un móvil ya se lo da ella)

sin siquiera temblarle la mano
lo mató Lola Puñales».

A estas alturas, usted, su abogado o abogada de oficio o está llorando sobre los formularios de solicitud de la justicia gratuita o está llamando a su mamá en busca de ayuda.

Sí, sin duda la Puñales es la peor cliente posible de un abogado. Afortunadamente aquella estirpe de mujeres se extinguió el siglo pasado, justo cuando la democracia y la libertad llegaron a nuestro país.

Sin embargo, a mí, las radios de madera y cretona de mi infancia me cantaron muchas veces historias de estas mujeres a las que yo, insensatamente, admiré… y, aunque ya no quedan, alguna vez en mi carrera profesional me he encontrado con alguna. Duras pero sentidas y de navaja en mano, quizá alguna vez escriba yo esa historia.

Les dejo con una interpretación moderna de «Lola Puñales» para que tengan una idea aproximada de cómo sonaba.

Unos perfectos ignorantes

Unos perfectos ignorantes

La mente humana es, al mismo tiempo, brillante y patética. Hemos descubierto la energía nuclear, hemos curado la viruela y muchas otras enfermedades, hemos mandado naves a otros planetas e incluso fuera del sistema solar, pero, en el fondo, individualmente, somos unos perfectos ignorantes cuya supervivencia depende principalmente de los demás.

Un indio apache sabía procurarse alimento, confeccionarse ropa, construir su vivienda, domesticar caballos y pastorear pequeños animales; además tenía sus rudimentarios conocimientos de medicina, de la climatología, botánica y fauna de su entorno así como de determinados recursos minerales e hidrológicos y, en fin, era mucho más autosuficiente que cualquiera de nosotros.

Nosotros usamos un iPhone y nos sentimos sabios cuando desconocemos absolutamente cómo funciona ese cachivache.

Steven Sloman y Philip Fernbach en «The Knowledge Illusion: Why We Never Think Alone» nos cuentan cómo en un experimento se preguntó a un grupo de personas cuánto sabían de una cremallera. Todos respondieron que las usaban a diario pero casi ninguno mostró el menor conocimiento sobre los procesos que una cremallera llevaba a acabo para abrirse o cerrarse.

El ser humano, individualmente, es de una ignorancia supina y sólo cuando produce ideas en equipo alcanza los rasgos de genialidad que han llevado a nuestra especie a los confines de la galaxia —por arriba— y a conocer las más mágicas reglas de la física cuántica por abajo.

Por eso, ver a esos líderes —que no saben cómo funciona una cremallera— o a esas presidencias que mantienen en secreto todo cuanto hacen para reservarse para sí las parcelas de su miserable poder, me produce repugnancia.

La grandeza de una nación o de un colectivo jamás está en sus ignorantes líderes, sino en el conocimiento brillante y profundo de una sociedad que coopera.

Observa cuánto poder trata de acumular un individuo para sí y eso te dará la exacta medida de su estupidez.

Lo que sabe un salvaje pero ignora un ministro

La cooperación está en la base del éxito de la especie humana y esa cooperación se fue escribiendo a lo largo de millones de años de evolución en nuestros genes hasta completar un código genético, un texto escrito apenas con cuatro letras (GTAC) pero que es el que encierra la definición precisa de lo que es humano y lo que no.

La naturaleza no conoce otra medida del éxito que la de la replicación: una especie es evolutivamente exitosa si se reproduce abundantemente y para sobrevivir como especie —algo que en concretos momentos del pasado llegó a parecer imposible— el ser humano se atuvo la cooperación como estrategia exitosa.

En todo este asunto de la evolución el papel central lo ocupa la reproducción y esa tarea, en el caso de la especie humana, se lleva a cabo en el cuerpo de las mujeres. Para el equipo humano las mujeres y su trabajo como encargadas de la reproducción de la especie es, biológicamente hablando, central y eso ha definido muchas de las características de la especie humana.

Traer al mundo una nueva vida es un trabajo duro al que hay que dedicar muchos recursos biológicos y vitales. Parir es duro y para nuestras antepasadas iba su propia vida en cada nueva apuesta, y no solo su vida, una cría humana no sobrevive sin la compañía y el cuidado de su madre y todo eso hace que traer al mundo hijos sea algo muy serio para la especie humana, sobre todo para ellas.

Nos dicen los antropólogos que, dadas estas duras condiciones, los humanos que más éxito reproductivo obtuvieron fueron aquellos que ayudaron a las madres a llevar a cabo su tarea central, aquellos padres que no abandonaban a su pareja y a su prole, sino que cooperaban con ella tratando de que pudiese llevar a cabo su tarea y nos dicen lls antropólogos también que, por lo mucho que se juegan, son las mujeres las más cuidadosas a la hora de elegir pareja, no pueden correr el riesgo de irse con el primer majadero que pase…

La humanidad se construyó sobre el principio sagrado de que toda la comunidad esté orientada a proteger unas cuantas cosas sagradas: el cuidado de los niños (nada encoleriza más a los seres humanos que el maltrato a los niños) y el respeto a la tarea biológica vital de quienes les traen al mundo.

Y me jode, sí, me jode mucho, que lo que sabían tribus de salvajes desnudos que vagaban por las sabanas matando y muriendo, no lo sepa una administración de justicia ni un ministro de justicia que permiten que hoy, día de las madres, las procuradoras y las abogadas no merezcan el respeto que, como madres, habrían tenido en la tribu más primitiva y salvaje del mundo.

Y siento que me llevan los diablos.

Obviando la obviedad

Ayer, molesto con un concreto personaje público, experto en solemnizar lo obvio, escribí un post en facebook expresando mi malestar con esas formas de proceder y debo decir que me equivoqué. Las cosas que no nos gustan no son necesariamente malas y menos en este caso pues, en el fondo, todos somos citadores de obras conocidas.

Escribí hace poco que los seres humanos, más que a la inteligencia, debíamos nuestro éxito como especie a la cultura y traté de ilustrarlo con el ejemplo del pulpo. Estoy firmemente convencido de que es así, ningún ser humano en el fondo inventa ni crea nada, simplemente aprovecha lo que crearon personas que vivieron antes que él («subirse a hombros de gigantes» dijo Newton en cita conocidísima y que cito aquí como penitencia) y es de ahí de donde saca la aparente «novedad».

Piense en cualquier cosa, por ejemplo en un rock, si alguien le dice que «ha compuesto un rock» ¿hasta dónde ha hecho algo novedoso y hasta dónde ha copiado?. Ese compositor, sin duda, no inventó el compás de cuatro por cuatro, ni la escala pentatónica, ni la progresión armónica I-IV-V, ni la sucesión de doce compases característica de un rock and roll. Si este «compositor» dice que ha compuesto un rock es porque ha tomado todos esos elementos preexistentes y los ha mezclado de forma parecida a como los mezclaron otros autores que compusieron antes que él y que dieron lugar a ese género.

Lo que ha hecho este compositor —lo que casi siempre hacemos todos— es tomar lo que otros gigantes hicieron anted que nosotros, remezclarlo y llamar “nuevo” a lo que ya estaba inventado. Véalo así: si a usted y a mí nos dan un chusco de pan, un cuchillo y un chorizo no tardaremos mucho en descubrir el “bocadillo de chorizo” pero ¿hemos inventado algo en realidad?

Nuestras vidas se parecen enormemente las unas a las otras, somos iguales casi al 100% y pocos pueden decir que sean originales: todos somos una repetición de algo.

Incluso el post de ayer no es más que una cita ajena y recuerdo exactamente el momento en que leí esta cita en una biblioteca pública situada en donde ahora se encuentra ubicada la Asamblea Regional de Murcia, en Cartagena, en el Paseo de Alfonso XIII. La cita es de Ortega y Gasset y me impresionó: “evita decir lo obvio”; como todo lo que aprendes de niño se te impresiona fuertemente y te va convirtiendo en lo que al final acabas siendo. Me apliqué la cita con fanatismo infantil y durante mucho tiempo traté de no decir jamás lo obvio, hasta que descubrí que, lo que a mí me parece obvio, ni es obvio ni, por supuesto, es obvio para todos.

Sin embargo no he conseguido librarme de una cierta sensación desagradable cuando alguien me dice algo que estimo una obviedad, es una sensación como de que me tomase por tonto. Y puede ser así pero también puede no serlo. Esta sensación se me agudiza si el obvidicente es un político o un gobernante.

En fin, que todos somos una obviedad, una copia del ADN de otros seres humanos y una mezcla de la cultura de las personas verdaderamente geniales que nos precedieron. Es así como funciona la cultura, la vida y la evolución.

Gracias Glenda.

Manolete y el bitcoin

Manolete y el bitcoin

Mire, si no distingue usted un capote de una muleta, si cree que el toro es una mona o si, simplemente, no tiene ni la más remota idea de lo que es torear… ¿cree usted que se va a hacer rico lanzándose al ruedo sin más? No soy profeta pero le voy a predecir lo que le va a pasar: acabará usted tumbado en una camilla de hule con un cirujano tratando de recomponerle la femoral.

Estoy convencido de que usted me entiende.

Pues bien, si esto es así, ¿qué le hace pensar a usted que, sin saber lo que quiere decir la palabra criptografía, sin lograr imaginar siquiera qué puede ser eso del blockchain, sin tener la más remota idea de cómo funciona la minería de bloques, la PoW o la PoS, se va usted a hacer rico?

Mire, como en el caso anterior y, sin ser, como le digo augur, le voy a regalar esta profecía: con suerte perderá usted parte de su dinero, con algo menos de suerte lo perderá todo.

Estoy harto de ver repetirse la misma historia: «Invertí mil euros porque me dijeron que era muy fácil ganar mucho, y pronto me dijeron que había ganado tres mil y, claro, invertí más, y ahora me dicen que he perdido los diez mil que invertí…».

Otra: «Me dijeron que pusiera 4000€ para minar Shitcoin que era una moneda muy buena y que, si la cosa iba bien, pronto podría vivir sin trabajar…»

Otra más: «Me dijo que había diseñado un algoritmo de trading que aprovechando no sé qué principio informático funcionaba muy bien y que, si invertía 5.000€, ganaría mucho. Y yo, pues lo invertí.
—¿Y qué pasó?
—Que se quedó con el dinero…»

Estoy cansado de escuchar esta historia en los últimos tiempos, una historia tan vieja como la humanidad y que se ha repetido hasta la saciedad ya sea usando como cebo el oro, estampitas, billetes de lotería o dinero nigeriano… Nos encontramos siempre con los mismos actores: el timador y su astucia, el timado y su codicia y algo supuestamente valioso como oro, dinero, billetes de lotería premiados o recientemente… Criptomonedas.

Es la misma vieja historia de siempre y les aseguro que, ni el oro ni el dinero ni el bitcoin, son los culpables de ella, si hay que buscar un culpable busquenlo en la codicia humana.

En este mundo, como en todo, la mejor medicina es la preventiva y el mejor consejo es el que se pide antes y no después del desastre.

Nadie nació sabiendo y, si usted se mete en un negocio que no entiende y en el que está involucrado el dinero o algo valioso, no tenga usted la menor duda de que será engañado, ya se trate de una hipoteca con cláusula suelo-techo o se trate de un maravilloso algoritmo de trading.

Manolete, Manolete… si no sabes torear ¿pa qué te metes?

Código informático y código jurídico

Código informático y código jurídico

Tanto en el mundo real como en el virtual las conductas y comportamientos están regulados por códigos si bien de distinta naturaleza.

En el mundo real un contrato se celebra cuando concurren consentimiento, objeto y causa y es entonces cuando los intervinientes se transmiten cosas o realizan prestaciones en función de las obligaciones contraidas. Las obligaciones pueden incumplirse y el código puede violarse. El mundo real lo gobiernan los códigos legales.

En el mundo virtual el contrato se celebra en cuanto se presiona la tecla «aceptar» y, desde ese momento, se transmiten cosas o se realizan prestaciones independientemente de la voluntad de las partes y conforme a lo programado en el código. El código informático es determinista y no puede ser incumplido dentro de los espacios virtuales.

Este caracter determinista del código informático ha sido reiteradamente utilizado por los poderes ejecutivos para legislar de forma subrepticia esquivando el control de los órganos legislativas. Piensen, por ejemplo, que, para declarar un impuesto el sistema informático le exigirá introducir un NIF y, si usted no lo hace, el sistema informático no seguirá adelante. Poco importa que la ley le exija o no le exija a usted un NIF, si usted no lo tiene el sistema informático no le dejará seguir adelante y ahí se acabó la historia. No es que usted haya de hacer lo que dicen los códigis legales, es que usted tendrá que hacer, sí o sí, lo que exige el código informático.

En los mundos virtuales quien legisla es el programador y la ley es el código informático.

Conforme nuestra vida se desarrolla, cada vez más, en entornos virtuales o sometidos a procesos informáticos esta realidad de que nuestra vida está gobernada por los programas más que por las leyes es una realidad.

Las notificaciones de LexNet se producen en el momento en que el sistema dice que se producen y dan igual sus protestas, si el sistema dice que la comunicación se hizo en tal fecha es virtualmente imposible contradecirlo, sobre todo porque, hasta la fecha, el código que regula el funcionamiento de LexNet y el resto de los programas de la Administración de Justicia Española, no es un código legible, auditable ni verificable por aquellos a quienes benefician o perjudican sus decisiones.

La ignorancia nos hace, muy a menudo, tener en los sistemas informáticos una fe que no se fundamenta más que en el desconocimiento de sus principios de funcionamiento y esa fe es, con demasiada frecuencia, aprovechada por los señores del sistema. Creemos en la tecnología como quien cree en la magia, al menos hasta ahora, pero es ya tiempo de salir de la Edad Media, abandonar el chamanismo, y avanzar hasta la Era de la Ilustración.

Nos va en ello la libertad.

Hace diez años Satoshi Nakamoto dejó de escribir

Hace 13 años que los juegos de manos de los bancos a escala planetaria condujeron a una crisis económica que, 13 años después, aún dura. Los bancos decidieron jugar al monopoly con las hipotecas de las viviendas y, creando con ellas un mercado secundario, nos sorprendieron con fenómenos como la “titulización”, las “sub-prime” y otra jerga técnica al parecer específicamente diseñada para operar a las espaldas de los consumidores.

Fueron el sistema financiero y político los que permitieron este abuso y, para cuando quebró Lehmann Brothers (esto sí que era un negocio piramidal), mucha gente, en el mundo de la informática, estaba harta.

No es de extrañar que ya en 2009 apareciesen “whitepapers” hablando de sistemas monetarios que, en lugar de estar en manos de políticos y financieros, estuviesen en manos de los usuarios, donde todos estuviesen sometidos a la ley pues, en esos sistemas, la ley se expresa en códigos (códigos informáticos) que no pueden ser vulnerados. Con los códigos legales humanos siempre podemos utilizar la opción de quebrantarlos, pero el código informático, en su entorno, es tan determinista como la ley de la gravedad: no puede ser quebrantada. Si el programa dice que no puedes hacer algo simplemente no puedes hacerlo y, si dice que puedes hacerlo, en su micrometaverso puedes hacerlo por extraño que te parezca. En los juegos de ordenador la ingravidez existe.

Esta inexistencia de control financiero o político y este sometimiento de todos al código sorprendió a la comunidad del dólar («in God we trust») por una nueva forma de pensamiento descentralizado («in Code we trust») que no era más que una legítima heredera de la red no jerarquizada que es internet, de los sistemas peer to peer (P2P) y de la mentalidad distribuida que impregna la creación informática avanzada.

Naturalmente el sistema fue ignorado al principio, objeto de burlas después, atacado en algunos lugares (nada más contrario al espíritu de este sistema que las CDBC como el Yuán chino, por más que se camufle de criptomoneda) y, en general, viviendo un éxito preocupante para muchos de los actores de aqurlla crisis de 2008 (que ven peligrar su posición de privilegio) y fascinante para muchos otros que creen ver en este mundo y la tecnología que lo sustenta un nuevo océano azul.

Quienes montaban a caballo se burlaban del automóvil porque se atascaba en los caminos de barro de la época, muchos de los que vivieron el nacimiento de la informática tardaron en abandonat sus máquinas de escribir —el malo conocido— y aún recuerdo a todo un presidente del Tribunal Superior de Justicia de mi región recomendando no usar tarjetas de crédito en la red.

Internet llegó a España en torno a 1998 y hoy, 23 años después, es parte inseparable de nuestras vidas; la primera criptomoneda se diseñó en 2009 y hoy la capitalización de este mercado está en torno al billón (europeo) de dólares; es decir, un uno seguido de 12 ceros. Negarse a ver el elefante en el salón no es, pues, una opción válida. Si la población mundial sigue adoptando el uso de criptomonedas a este ritmo el valor de las mismas dentro de solo cinco años será difícilmente imaginable.

Frente a este panorama algunos países han tratado de adoptar medidas restrictivad (Nigeria, Turquía…), otros han aprovechado la situación y tratan de aprovecharla aún más en el futuro (si usted viaja a China a ver las Olimpiadas de 2022 necesariamente habrá de usar la criptomoneda oficial China, el Yuan, un instrumento de control tan atractivo de usar como infame en su intencionalidad) y, los más inteligentes, simplente están en trance de regularla e incorporarla a su sistema económico.

Lo mismo han hecho los bancos, bancos como JP Morgan y fondos de inversión como GrayScale se han aplicado al uso y adopción de estos instrumentos, otros, simplemente han preferido cerrar los ojos.

No importa lo que piense usted de las criptomonedas, como no importó lo que usted pensase de internet o de la Inteligencia Artificial; la tecnología blockchain existe y eso es una realidad independiente de lo que usted piense. El mundo usará esa tecnología, de usted depende que se use para ampliar la libertad individual y restringir la corrupción, o que se use como herramienta de control de la población por parte de los gobiernos (China).

Las decisiones inteligentes son decisiones informadas, no opine con fundamento solo en sus juicios anteriores (pre-juicios) estudie la tecnología y opine después.

Hoy hace diez años que Satoshi Nakamoto escribió su último mensaje.

Portugal no coração

Portugal no coração

Portugal —dicen— va a bajar los impuestos y muchos nómadas digitales se preparan para comer bacalhau y cantar el fado allende el Tejo o Tras os Montes.

Hay quien se toma a broma el asunto pero yo no, los de esta parte de la península debiéramos haber aprendido hace tiempo que a Portugal nunca se le debe tomar a broma pues ha sido allí donde, casi siempre, se ha marcado el destino de la península ibérica en los últimos 500 años.

Fueron los portugueses quienes se empeñaron en ir a comprar especias en barco al lejano ortiente y forjaron tantos y tan buenos navegantes que los castellanos, fichándoles a Colón y Magallanes, marcaron los dos mejores goles de su historia.

Por lo que a mí respecta mi primer recuerdo de Portugal data de 1974, cuando mis compañeras de clase llegaron un 25 de abril con claveles rojos al colegio y nos ordenaron ponérnoslos. Obviamente yo no entendía aquella petera de mis compañeras pero, como a esa edad uno siempre hace caso a las mujeres, me lo coloqué.

En 1974 en España gobernaba Franco pero en Portugal la dictadura había caído un año antes y eso lo averigüé gracias a las miradas de pánico de mis profesores y al indisimulado cabreo del profesor de FEN que me llevaron a investigar qué narices significaban aquellos claveles que nuestras compañeras de clase nos ordenaron colocarnos como si fuésemos cantantes folcklóricas.

Hoy vuelve a ser 25 de abril, fecha de aquella revolución en que Portugal acabó con la dictadura merced a un golpe de estado militar, tan cívico y poco violento que los fusiles disparaban flores y las columnas de blindados respetaban los semáforos en rojo. Dicen que la señal de comenzar el golpe la marcó la emisión radiofónica de una canción que hablaba de una tierra de fraternidad donde era el pueblo el gobernante supremo (o povo é quem mais ordena).

En el resto de la península se trató de imitar a los portugueses pero eso no ocurrió sino cinco años después y cuando Franco ya llevaba tres muerto.

No, no se tomen a broma jamás a un portugués, en el resto de la península nunca hemos hecho nada tan bien ni tan pronto como lo han hecho ellos y, cuando lo hemos hecho, lo hemos hecho con mucho menos estilo. Por eso, cuando a ellos se les hinchan las lusitanas narices y le recuerdan a sus parlamentarios que «o povo é quem mais ordena» yo me acuerdo de aquel 25 de abril de 1974 y del terror que pueden llegar a infundir unos claveles.