Informática judicial española: caótica por diseño

Hace una semana les dije que una de las causas del caos informático de la administración de justicia española era la peculiar interpretación que, en los primeros años 90, el Tribunal Constitucional había hecho de la distribución de competencias que, en materia de justicia, establecía nuestra Constitución.

A fin de que sea comprensible para quienes no conocen el funcionamiento de la administración de justicia española voy a tratar de justificar mi afirmación de la manera más sencilla posible lo cual, necesariamente, hará que no sea rigurosa hasta el extremo, pero creo que será suficientemente ilustrativa.

Veamos…

Si a cualquiera de los españoles o españolas se les pregunta dónde está la justicia lo más probable es que señalen el edificio de los juzgados de su partido judicial. Y en parte es verdad, pero no del todo.

La justicia es uno de los tres poderes del estado, es el llamado poder judicial, pero nada o casi nada de lo que vulgarmente consideramos «justicia» es poder judicial sino que pertenece al gobierno.

Por ejemplo, el edificio de los juzgados no pertenece al poder judicial, sino al gobierno, del mismo modo que los funcionarios que trabajan dentro del juzgado no son funcionarios del poder judicial, sino del gobierno. Los jefes de estos funcionarios no son tampoco funcionarios del poder judicial sino que dependen del gobierno (sí, los letrados de la administración de justicia no son poder judicial sino poder ejecutivo) y del gobierno son también los muebles, ordenadores, sistemas informáticos y hasta el bolígrafo bic y los folios que el juez usa para tomar notas en sala. La silla donde se sienta y la pantalla que mira el juez son, por supuesto, también propiedad del poder ejecutivo.

Y si esto es así ¿Dónde está en España el Poder Judicial?

Pues… Única y exclusivamente dentro del cerebro del juez.

Este juez que no es jefe de los funcionarios que le asisten y no puede hacer nada por sí mismo salvo que lo pida al poder ejecutivo —al gobierno— es el último reducto del poder judicial, un reducto que desde hace unos 40 años viene siendo asediado por gobiernos que, sistemáticamente, le retiran competencias procesales para asignarlas a funcionarios del gobierno. Los gobiernos justifican este asedio con razones de «eficiencia» y de «mejor asignación de recursos» pero no se engañen, tras esa coartada, se oculta la voluntad perpetua y constante de los gobiernos de controlar al poder judicial.

Y ahora que ya saben cómo funciona la administración de justicia veamos como este funcionamiento ha dado lugar al caos informático que padece la justicia española.

Durante los años 80 nuestro país estaba adaptándose al novedoso estado de las autonomías que había diseñado la Constitución de 1978, la cual declaraba inequívocamente en su artículo 149.5⁰ que el estado tenía competencia exclusiva en materia de Administración de Justicia.

Teóricamente la Administración de Justicia era competencia exclusiva del estado y no podía ser transferida a las comunidades autónomas.

Entonces ¿qué pasó?

Pues pasó que las comunidades autónomas se aprovecharon de esa avidez tradicional de los gobiernos por controlar la administración de justicia. Como les dije antes ni los juzgados, ni los funcionarios, ni los Letrados de la Administración de Justicia, ni el mobiliario ni los sistemas informáticos eran propiedad del Poder Judicial sino del gobierno y las comunidades autónomas razonaron con ingenio que, si todo eso no era poder judicial sino poder ejecutivo, sus competencias debían ser transferidas a las comunidades autónomas.

El debate llegó hasta el Tribunal Constitucional.

El gobierno central sostenía que la administración de justicia existente era verdaderamente la administración de justicia de que hablaba la Constitución; las comunidades autónomas sostenían justo lo contrario, que aquello no era administración de justicia sino unos medios que el gobierno disponía para «auxiliar» a la administración de justicia.

Finalmente el Tribunal Constitucional resolvió que aquello era una administración de la administración de justicia y la competencia en materia de medios informáticos quedó en manos de las comunidades autónomas que tenían transferidas esta competencia.

Con las competencias transferidas las comunidades autónomas muy bien podían haber financiado un sistema informático común a todas de forma que todas contasen con el mismo sistema con un coste de tan solo una séptima parte.

Sin embargo nuestros políticos prefirieron otra solución: cada comunidad elaboró un sistema informático propio de forma que, el conjunto de España, gastó siete veces más dinero para conseguir no ya un sistema único sino siete sistemas distintos que, además, no se interconectaban bien.

Repitámoslo: hemos gastado más de siete veces el dinero necesario para conseguir no un sistema siete veces mejor, sino siete veces peor.

Nuestos políticos, en muchas encuestas, figuran como el primer problema al que hemos de hacer frente los españoles y, sin duda, si nos fijamos en barbaridades como estas, las encuestas tienen razón. Pero aquí a nadie se le cae la cara de vergüenza por este desastre que ha estado en la raíz de algunos crímenes terribles debido a su ineficiencia.

Por eso les dije en el podcast anterior que los más de 400 millones de euros que la Unión Europea ha concedido a España para reformas informáticas en nuestra administración de justicia serán tirados a la basura en gran parte, porque el diseño de nuestros sistemas informáticos presenta problemas insolubles de raíz, problemas que, al ser de naturaleza política, nadie quiere arreglar y es por eso que ya, de principio, los 400 millones se han repartido entre todas las administraciones causantes del desastre y, como el político español es el único animal que tropieza siete veces en la misma piedra, en lugar de arreglar un diseño defectuoso trataremos de hacerlo funcionar a base de parches y apaños que se venderán a la opinión pública con alharaca y estrépito de prodigios informáticos, hablando de algoritmos y de inteligencia artificial y de todas esas pamplinas y humo con que nuestros políticos tratan de engañarnos y engañarse.

Nuestros sistemas informáticos judiciales son catastróficos por diseño pero eso no importa cuando de gastar se trata, aun cuando hayamos de gastar siete veces más para obtener una solución siete veces peor.

La semana que viene les espero. Ojalá esta les vaya bien.

La república perfecta

Fue el jurista y político francés Alexis de Tocqueville quien nos ofreció alguna de las más lúcidas visiones que se han dado sobre las democracias.

Una de las cosas que Tocqueville nos enseñó fue la necesidad de que las democracias mantuviesen un delicado equilibrio entre libertad e igualdad porque, en una sociedad donde prima absolutamente la libertad, se estará siempre al borde de la anarquía, mientras que un justo equilibrio entre libertad e igualdad nos proporcionará un sistema político estable y siempre en perenne renacimiento.

La preocupación de Alexis de Tocqueville era, sin embargo, otra; su inquietud fundamental eran aquellos sistemas donde la igualdad se convertía en el único valor, una posibilidad que a él, ciertamente, le causaba honda preocupación.

En otros tiempos los apellidos, los estudios, la raza, el sexo o la religión determinaban la posición social de las personas; pero, ya en tiempos de Tocqueville, esa situación había ido cambiando aceleradamente de forma que, en la actualidad, afortunadamente, progresamos hacia la igualdad y eso está bien.

Sin embargo, tal y como señaló oportunamente Alexis de Tocqueville, la vida en una democracia de iguales tiene facetas oscuras.

Ínsito en el alma humana está el ánimo de competir y, en una sociedad donde todos nos sabemos iguales, finalmente sólo hay un elemento que diferencia a unas personas de otras: el dinero. Allá donde tendemos a no reconocer a nadie superioridad, el dinero se erige como el único y evidente criterio diferenciador y eso tiene, para Tocqueville, consecuencias muy peligrosas.

Tiene consecuencias peligrosas porque, si el dinero es la medida del éxito, las personas orientarán su vida a tenerlo y abandonarán toda actividad que no lo reporte. En esta sociedad de iguales donde el éxito se mide en dinero estudiar filosofía, por ejemplo, será un trabajo de fracasados; la producción musical se orientará inevitablemente a las composiciones comerciales y ningún literato querrá escribir otra cosa que no sean best-sellers, cuanto menos algo tan poco comercial como la poesía.

En una sociedad que pierde la capacidad para descubrir y reconocer el talento ajeno, y en la que, por sistema, sus habitantes rehuyen reconocer a las opiniones ajenas valor superior a las propias, siquiera sea en campos determinados, el dinero acaba convirtiéndose en la única medida del éxito y es el dinero el que estratifica y determina las clases sociales. Una sociedad así, dice Tocqueville, es un lugar donde no tienen cabida muchos de los más profundos valores del alma humana. Una democracia así es, para él, un sistema degenerado.

Sin embargo, a mí, todo esto no me preocupa demasiado porque yo sé que todavía existen geografías, acaso más soñadas que reales, donde ese reconocimiento entre iguales aun pervive, donde las personas aún sienten admiración y reverencia por sus semejantes sin necesidad de mirar sus cuentas corrientes; repúblicas donde aún existe una aristocracia al margen del dinero, lugares donde la chusma selecta —que diría el inolvidable «Capitán Veneno»— ocupa por derecho propio un lugar especial en la sociedad, un lugar, por cierto, inalcanzable para propietarios de cuentas de valores ni fondos buitre.

Me explicaré.

El individuo que ven en el video dirigiendo el ensayo de este grupo de personas se llama Manuel Sánchez Alba, aunque es más conocido como «El Noly» y es nacional de una de esas últimas repúblicas del mundo en las que la sociedad aún se estratifica según los criterios propios de esa aristocracia —esa chusma selecta— de que les hablaba antes.

Manuel Sánchez Alba es compositor, pero no un compositor cualquiera de músicas cualesquiera: él sólo compone música para el Carnaval de Cádiz. A él las consideraciones sobre las tendencias del mercado musical español o anglosajón le traen al fresco; él compone pasodobles añejos, de esos que, la gente que comparte con él esa geografía del alma a la que me vengo refiriendo, identifica con palabras como «tres por cuatro», «tataratachín» y otros complejos términos teórico-musicales de difícil o imposible explicación.

Es por eso que, cuando el Noly compone, sus vecinos saben que están ante un genio y que, cuando el tres por cuatro vuelve, Manuel Sánchez Alba se hace dueño del paraíso y allí ocupa un lugar preferente, entre los ángeles, los arcángeles y los coros celestiales, que, en la plaza del mercado del cielo, le cantan a Yahweh desde una batea tangos de Antonio Rodríguez.

En la pirámide social del carnaval de Cádiz el Noly es un auténtico aristócrata, nadie discute su alcurnia y su nombre y sus melodías se instalan para vivir en los corazones y en los labios de las gentes cuando cantan en sus momentos íntimos, mientras se afeitan, friegan, se duchan o lavan los platos.

En lo personal poca gente me ha regalado tanta felicidad como me ha regalado él.

Por eso —pueden verlo en el video— el Noly tiene fuero especial para hablarle al grupo como le dé la gana, por eso todos le escuchan cuando él les da instrucciones (no se pierdan su arenga sobre la felicidad) y por eso, diga lo que diga, nadie va a discutir su autoridad de Juan Sebastián Bach en chandal y muletas.

El Noly es músico, pero no hay buena canción sin una buena letra y esta que escuchan es obra de otro aristócrata de la república de que les hablo: Miguel Ángel García Güez «El Chapa», un poeta de los de verdad. Analizar la letra de esta canción sería un trabajo largo, toda ella se funda en complicidades intelectuales solo comprensibles para los conocedores de esta geografía del alma. Si el Chapa nos dice que no es que la luna tenga luz de plata, no es porque él nos esté diciendo ni nos quiera decir eso, es que, con esas palabras, convoca ante el público a los espíritus de Paco Alba y sus Fígaros y estos dibujan para él un forillo de más de cincuenta años de profundidad en el corazón de sus oyentes. A usted quizá le parezca una figura literaria banal, pero, para los ciudadanos de su república, la frase viene, como la música, de lo hondo de la historia.

En esta república donde la aristocracia la componen compositores de músicas sin mercado y poetas de letras incomprensibles, también sientan plaza cantantes de estilos que ya nadie cultiva y es por eso que, cuando el Noly escucha que la voz de octavillita de «El Carli» se cuela en la canción, mira a un lado, se rasca la nuca, se emociona y siente que todo está consumado, que el pasodoble va a funcionar, que huele a Cádiz y

…suena a pasado
suena a presente y
suena a la gente
que ya no está…

Y entonces la aristocracia de la república del sur del sur se reivindica, ocupa su lugar en la pirámide social y su particular democracia es salvada una vez más.

Alexis de Tocqueville moriría de felicidad viendo esto.

Crónica de un fracaso informático anunciado

El Gobierno de España y los de las Comunidades Autónomas acaban de recibir dinero de Europa, un dinero que deben invertir principalmente en informática judicial y, claro, no caben en sí de gozo.

Más de cuatrocientos millones de euros van a poder gastarse nuestros políticos en tecnología, una cantidad que podría significar un fuerte salto adelante de la justicia española pero que, desafortunadamente, en sus manos, apenas si servirá para mitigar un poco el caos informático estructural que padecemos.

Pero, antes que nada, veamos primero cual es la situación que presenta la justicia española en este año 2022 y que causas nos han traído hasta aquí.

## Un caos informático

En primer lugar hay que subrayar algo que todos sabemos: la justicia española es un auténtico desbarajuste donde conviven multitud de sistemas informáticos que, a menudo, no se entienden entre sí.

Cómo y por qué se ha llegado a este desvarío se debe a varios factores fundamentales:

En primer lugar la distribución de competencias en materia de justicia que diseña en nuestra constitución y, sobre todo, la peculiar forma en que está distribución competencial fue interpretada por nuestro Tribunal Constitucional en los primeros 90 del siglo pasado.

En segundo lugar la absoluta incapacidad de nuestros políticos para entender cómo funcionan las nuevas tecnologías.

En tercer lugar el siempre interesado asesoramiento de las empresas cercanas al poder.

En cuarto lugar la indiscutible vigencia en España de las leyes de Kranzberg, en especial la cuarta, esa que nos enseña que, cuando de tecnología se trata, los criterios políticos acaban primando siempre sobre los puramente tecnológicos.

Y en quinto y último, pero no menos importante, lugar,  la voluntad perpetua y constante de los poderes ejecutivos nacional y autonómicos para controlar de la forma más intensa posible al poder judicial.

## Inexistencia de una visión compartida y honesta de lo que debe ser la administración de justicia en España.

Junto con el desbarajuste de sistemas informáticos que caracteriza a la justicia española, hay un segundo factor que determina que cualquier inversión económica en tecnologías este mayoritariamente abocada a ser un fracaso y, este, es el de la falta en nuestros representantes políticos de una visión compartida y honesta de lo que debe ser la administración de justicia en España.

Es triste decirlo pero es así.

Desde el famoso «Montesquieu ha muerto» que, con razón o sin ella, se dice que pronunció determinado personaje político en 1985, es lo cierto que los partidos que se han turnado en el poder han competido por ver cuál de los dos conseguía controlar mejor al poder judicial. El espectáculo es tal que, a día de hoy, los partidos en lo que de verdad se esfuerzan es en prevalecer en la lucha por los cargos que gobiernan el Poder Judicial mientras se aferran a un insostenible sistema de elección de vocales.

Si, ya sé que cada una de estas afirmaciones debe ser justificada, pero como no puedo alargar este podcast más allá de un tiempo razonable, les ruego que tengan paciencia: el próximo podcast ya está en el horno y espero ponerlo a su disposición tan pronto como la semana que viene.

Hasta entonces, que tengan una buena semana .


Divorcio a la babilónica

Divorcio a la babilónica

Al principio de este texto cuneiforme figura una lista de testigos que presenciarán el acto y, una vez nombrados, dice el texto:

«Ante los testigos arriba enumerados fue interrogado Aham-Nirshi:

—¿Es esta mujer su esposa?

Y él respondió:

«Podéis empalarme en una estaca, podéis descuartizarme, pero no la quiero como esposa.«

Eso fue lo que él dijo.

Entonces preguntaron a la esposa y ella respondió:

«Amo a mi marido«

Eso fue justamente lo que respondió.

Pero como él no estuvo de acuerdo, recogió el dobladillo del vestido de ella y lo cortó.

Los caballeros entonces le preguntaron:

«Esta señorita vivía en la casa de tu padre y todo el vecindario conocía su estado civil. ¿Puede ella realmente apartarse de ti así?

¡Devuélvela al estado en el que vino a ti

Este texto mesopotámico recoge un acta de divorcio de la época y, en verdad, presenta unas cuantas cosas curiosas:

En primer lugar el juramento del demandante de divorcio «Empaladme en una estaca y descuartizadme pero no quiero seguir con ella».

En segundo lugar la mansa —y yo creo que astuta— respuesta de ella «Lo amo».

En tercer lugar el acto simbólico de cogerle el dobladillo del vestido a la señora, lo que indica que, si te querías divorciar, primero debías tomar clases de corte y confección y arrostrar el riesgo de que en el curso del arreglo a ella se le fuese el pie y tus piños se esparciesen por la sala.

Y lo cuarto la frase lapidaria de los testigos: «¡Devuélvela al estado que vino a ti!», expresión que llevaba aparejada la obligación de indemnizar a la esposa en atención a que se suponía que una divorciada tendría más dificultades para contraer nuevo matrimonio.

Es curioso el poco derecho egipcio, sumerio, acadio, asirio o babilónico que estudiamos en historia del derecho donde, con mencionar a Hammurabbi ya parece estar todo hecho y, sin embargo, para cualquiera que tenga la curiosidad de leer la infinidad de contratos y actos jurídicos documentados en tablillas cuneiformes, ese período histórico no sólo es fascinante sino que, en muchos aspectos, nada tiene que envidiar al derecho romano que estudiamos nosotros.

Supongo que los jeroglíficos no se pudieron traducir hasta el siglo XIX y las tabletas cuneiformes hasta bastante después y eso ha hecho que la inercia académica las haya dejado al margen.

Neuroderechos humanos

La esclavitud precedió a la palabra libertad, como la guerra precede a los tratados de paz y el crimen a los códigos penales. De igual modo el control de la mente humama se está desarrollando antes de que se desarrolle un derecho que nos proteja contra los abusos que pueden cometer con el resto de la humanidad aquellas personas que controlen tal tecnología.

En la actualidad, siete países mantienen programas públicos sobre el estudio del cerebro humano. Gigantes como Neuralink o Facebook también están invirtiendo miles de millones en idéntico sector de la ciencia. Descifrar cómo funciona el cerebro puede revolucionar las metodologías que utilizan en sus negocios, como la IA, que necesita alimentarse de datos humanos.

Un ser humano no es más que aquello que su memoria le dice que es. Eres quien recuerdas haber sido y, si ese recuerdo es cambiado, dejarás de ser quien eres para ser alguien diferente. Somos tan frágiles como eso, como unos simples recuerdos y, por eso, si olvidamos, aunque conservemos el resto de nuestras facultades, no seremos diferentes de aquel Adolfo Suárez que, habiendo olvidado todo, había olvidado incluso quién era él mismo. Tomamos decisiones en función de los datos que se nos suministran, quien controla el suministro de los datos controla nuestras decisiones y esto lo supieron enseguida las grandes instituciones que han pretendido controlar la vida humana, desde la Iglesia Católica y su prohibición del libre examen de los textos bíblicos, a las dictaduras más feroces que han buscado controlar todos los medios de comunicación, desde la imprenta, la radio y el cine, a la televisión e incluso las reuniones públicas.

Hoy la amenaza de este tipo de control es mucho más sutil pero incomparablemente más eficaz y peligrosa. Hoy empresas privadas como Facebook o Twitter pueden hacer cosas que jamás hubiese soñado el más feroz de los dictadores: silenciar al presidente de la nación más poderosa de la tierra y, de él abajo, cualquiera puede sufrir tal suerte. Y poco importa a estos efectos si el silenciado es un tipo como Trump, lo que importa es que pueden silenciarlo sea quien sea.

Más importante que la decisión de silenciar es la de suministrarnos una información determinada y no otra, suministro que, controlado por algoritmos de inteligencia artificial y datasets de big data, resulta asombrosamente eficaz. Amazon y Facebook conocen tus gustos mucho mejor de lo que tú mismo los conoces y ese conocimiento se amplía diariamente.

Ahora, a todas esas realidades, vienen a sumarse iniciativas en el campo de la neurociencia que permiten que, más allá de la práctica médica, las neurotecnologías no invasivas en personas sanas puedan destinarse a la defensa, la educación, o el entrenamiento y potenciación de las capacidades cognitivas e intelectuales, por ejemplo a través de una interfaz cerebro-computador, como puede ser un dispositivo tipo diadema o casco.

A los investigadores en este campo el poder que tales tecnologías deparan no les pasa desapercibido (como el poder de la energía atómica no pasó desapercibido a Fermi, Einstein u Oppenheimer) y por eso alegra ver que científicos, como el español Rafael Yuste, promuevan iniciativas para que se establezcan derechos humanos en relación con estas nuevas tecnologías, como, por ejemplo:

—A la identidad personal, para prohibir que tecnologías externas alteren el concepto de uno mismo;

—Al libre albedrío, para establecer la necesidad de que las personas tengan el control sobre sus propias decisiones, sin la manipulación de neurotecnologías externas;

—A la privacidad mental, para que los datos cerebrales sean privados, además de que se regule estrictamente su uso y venta;

Es curioso cómo las facultades de ciencia y tecnología del mundo avanzan exponencialmente en sus respectivos campos de estudio y cómo las facultades de derecho siguen ancladas en un conocimiento vetusto que avanza sin comprender que la naturaleza de la sociedad ha cambiado.

Ya no vivimos en un mundo de juegos de suma cero, de intercambios de materias y arrendamientos de servicios. La sustancia que determina la riqueza de las naciones se llama información y esa sustancia el derecho aún no la ha comprendido y ni siquiera ha empezado a intuirla, de forma que, cuando la regula, la regula mal.

Es probable que el derecho, como siempre, vuelva a llegar muy tarde;  lo malo es que, esta vez, para cuando llegue, igual los esclavos han olvidado el concepto libertad y hasta les han robado la voluntad de reclamarlo.

Vivimos tiempos decisivos.

El Ministerio de Justicia, una eficaz ayuda para agravar la crisis

No hacía falta ser un profeta para adivinarlo, bastaba con comparar la caída del PIB en 2020 y en 2009 y extrapolar los datos para saberlo. Lo habría visto un niño de seis años, pero el ministro tiene 60 y una larga trayectoria política y seguramente por eso no lo vio.

Los concursos de acreedores han subido ya un 50% en España sin que el ministerio haya adoptado ni previsto medida alguna de fuste para hacer frente a tal aumento. Y ese 50% de subida aún está ralentizado por las medidas que impiden que lleguen a los juzgados de lo mercantil todos los concursos que deberían llegar. El gobierno, en lugar de afrontar el problema, ha decidido crear la apariencia de que no pasa nada permitiendo que las empresas en situación de insolvencia no se vean obligadas a pedir el concurso hasta el 31 de diciembre.

Y a pesar de eso los cconcursos han subido —como habría previsto cualquiera— un 50% sin que la planta de los juzgados de lo mercantil haya sufrido ningún refuerzo adecuado a esta subida.

¿A qué se ha dedicado el ministerio de justicia?

A todo menos a hacer frente a los problemas auténticos de la justicia en España.

Dice que va a transformar los juzgados de instancia en tribunales de instancia, una medida largamente perseguida por todos los gobiernos (en esto PP y PSOE han demostrado una sintonía absoluta) para poder controlar mejor a los jueces aunque para ello hayan de hacer funcionar peor la justicia.

Me llevan los demonios.

Van a venir muchos más concursos en cuanto se abra la espita y llevamos año y medio sin que el ministerio de justicia haga nada. Vamos a enfrentar un problema sin precedentes, lo saben y no hacen nada. Yo ya no sé del lado de quien están estos sujetos, de lo que estoy seguro es de que no juegan en nuestro equipo.

Claro que, como en este país hace tiempo que ya nadie espera nada de la justicia, al ministro probablemente le bastará culpar a la crisis de todo y dejar que los actuales juzgados de lo mercantil se conviertan en tanatorios de empresas incapaces siquiera de enterrar los cadáveres que les llegan.

No entiendo esta actitud rayana en la desvergüenza. No entiendo que cuando los bárbaros están a las puertas de la ciudad los prebostillos se vayan de cena sin mascarilla y sigan buscando como repartirse influencias y cómo controlar jueces y judicaturas.

Esto es ya un desastre y pronto lo será total y este desastre tendrá nombre y responsables.

Los dueños del ágora

Son los nuevos dueños del discurso, si antes periódicos, radio y televisión partían la pana, ahora Google, Facebook y Twitter son los que deciden qué mensajes y a qué personas puede escuchar usted.

Donald Trump, presidente de los Estados Unidos con 80 millones de seguidores en Twitter, fue expulsado de la red y silenciado. Este mes Trump ha tratado de seguir hablando a través de su blog pero, sin la ayuda algorítmica de Twitter y Facebook, sus cifras de audiencia apenas si han superado los cien mil lectores, una cifra ridícula.

Resulta llamativo que una empresa privada, por su sola voluntad, pueda expulsar y condenar a la irrelevancia al presidente del país más poderoso del mundo.

En China las cosas funcionan de otra manera. Ninguna empresa privada podrá expulsar ni silenciar a Xi Jinping porque es él quién decide quien está o no está en las redes sociales.

Esta semana, dentro de la natural y esperable política China contra las criptomonedas, varios «influencers» chinos han sido silenciados en la principal red social del país asiático, Weibo. El régimen chino (como Twitter, como Facebook) no desea que determinados mensajes sean escuchados por la población y para evitarlo simplemente expulsa a los oradores de la plaza.

Son los nuevos dueños del Ágora, los inquisidores del santo oficio de los discursos, los señores de las palabras.

La libertad de expresión, como seguramente siempre ha ocurrido, está en manos de los estados y las grandes empresas, algo que parece extraño a un mundo que abraza cada vez más una visión distribuida del mismo.

Hay que entender las ideologías que pugnan en este momento por diseñar nuestro futuro y hay que tomar partido si no queremos que nuestros hijos vivan la vida que otros han diseñado para ellos.

La nueva frontera es electrónica y es allí donde ahora está la batalla. Si te gustan las emociones corre hacia el lugar donde suenan los tiros.

Manolete y el bitcoin

Manolete y el bitcoin

Mire, si no distingue usted un capote de una muleta, si cree que el toro es una mona o si, simplemente, no tiene ni la más remota idea de lo que es torear… ¿cree usted que se va a hacer rico lanzándose al ruedo sin más? No soy profeta pero le voy a predecir lo que le va a pasar: acabará usted tumbado en una camilla de hule con un cirujano tratando de recomponerle la femoral.

Estoy convencido de que usted me entiende.

Pues bien, si esto es así, ¿qué le hace pensar a usted que, sin saber lo que quiere decir la palabra criptografía, sin lograr imaginar siquiera qué puede ser eso del blockchain, sin tener la más remota idea de cómo funciona la minería de bloques, la PoW o la PoS, se va usted a hacer rico?

Mire, como en el caso anterior y, sin ser, como le digo augur, le voy a regalar esta profecía: con suerte perderá usted parte de su dinero, con algo menos de suerte lo perderá todo.

Estoy harto de ver repetirse la misma historia: «Invertí mil euros porque me dijeron que era muy fácil ganar mucho, y pronto me dijeron que había ganado tres mil y, claro, invertí más, y ahora me dicen que he perdido los diez mil que invertí…».

Otra: «Me dijeron que pusiera 4000€ para minar Shitcoin que era una moneda muy buena y que, si la cosa iba bien, pronto podría vivir sin trabajar…»

Otra más: «Me dijo que había diseñado un algoritmo de trading que aprovechando no sé qué principio informático funcionaba muy bien y que, si invertía 5.000€, ganaría mucho. Y yo, pues lo invertí.
—¿Y qué pasó?
—Que se quedó con el dinero…»

Estoy cansado de escuchar esta historia en los últimos tiempos, una historia tan vieja como la humanidad y que se ha repetido hasta la saciedad ya sea usando como cebo el oro, estampitas, billetes de lotería o dinero nigeriano… Nos encontramos siempre con los mismos actores: el timador y su astucia, el timado y su codicia y algo supuestamente valioso como oro, dinero, billetes de lotería premiados o recientemente… Criptomonedas.

Es la misma vieja historia de siempre y les aseguro que, ni el oro ni el dinero ni el bitcoin, son los culpables de ella, si hay que buscar un culpable busquenlo en la codicia humana.

En este mundo, como en todo, la mejor medicina es la preventiva y el mejor consejo es el que se pide antes y no después del desastre.

Nadie nació sabiendo y, si usted se mete en un negocio que no entiende y en el que está involucrado el dinero o algo valioso, no tenga usted la menor duda de que será engañado, ya se trate de una hipoteca con cláusula suelo-techo o se trate de un maravilloso algoritmo de trading.

Manolete, Manolete… si no sabes torear ¿pa qué te metes?

Código informático y código jurídico

Código informático y código jurídico

Tanto en el mundo real como en el virtual las conductas y comportamientos están regulados por códigos si bien de distinta naturaleza.

En el mundo real un contrato se celebra cuando concurren consentimiento, objeto y causa y es entonces cuando los intervinientes se transmiten cosas o realizan prestaciones en función de las obligaciones contraidas. Las obligaciones pueden incumplirse y el código puede violarse. El mundo real lo gobiernan los códigos legales.

En el mundo virtual el contrato se celebra en cuanto se presiona la tecla «aceptar» y, desde ese momento, se transmiten cosas o se realizan prestaciones independientemente de la voluntad de las partes y conforme a lo programado en el código. El código informático es determinista y no puede ser incumplido dentro de los espacios virtuales.

Este caracter determinista del código informático ha sido reiteradamente utilizado por los poderes ejecutivos para legislar de forma subrepticia esquivando el control de los órganos legislativas. Piensen, por ejemplo, que, para declarar un impuesto el sistema informático le exigirá introducir un NIF y, si usted no lo hace, el sistema informático no seguirá adelante. Poco importa que la ley le exija o no le exija a usted un NIF, si usted no lo tiene el sistema informático no le dejará seguir adelante y ahí se acabó la historia. No es que usted haya de hacer lo que dicen los códigis legales, es que usted tendrá que hacer, sí o sí, lo que exige el código informático.

En los mundos virtuales quien legisla es el programador y la ley es el código informático.

Conforme nuestra vida se desarrolla, cada vez más, en entornos virtuales o sometidos a procesos informáticos esta realidad de que nuestra vida está gobernada por los programas más que por las leyes es una realidad.

Las notificaciones de LexNet se producen en el momento en que el sistema dice que se producen y dan igual sus protestas, si el sistema dice que la comunicación se hizo en tal fecha es virtualmente imposible contradecirlo, sobre todo porque, hasta la fecha, el código que regula el funcionamiento de LexNet y el resto de los programas de la Administración de Justicia Española, no es un código legible, auditable ni verificable por aquellos a quienes benefician o perjudican sus decisiones.

La ignorancia nos hace, muy a menudo, tener en los sistemas informáticos una fe que no se fundamenta más que en el desconocimiento de sus principios de funcionamiento y esa fe es, con demasiada frecuencia, aprovechada por los señores del sistema. Creemos en la tecnología como quien cree en la magia, al menos hasta ahora, pero es ya tiempo de salir de la Edad Media, abandonar el chamanismo, y avanzar hasta la Era de la Ilustración.

Nos va en ello la libertad.

Vermú con epojé

Vermú con epojé

Me sirvo un vermut mientras leo y el libro me habla y me dice:

«Cuando un hombre lee un libro no lee lo que el autor del libro dice, sino aquello que el propio lector piensa».

Y tiene razón.

Para Filón de Alejandría las sagradas escrituras eran un texto neoplatónico, en cambio, para el cordobés Maimónides eran un texto Aristotélico. Ni que decir tiene que el primero era neoplatónico y el segundo aristotélico.

Para comprender necesitamos olvidar todo conocimiento previo y tratar de escuchar lo que se nos dice sin juzgar. Necesitamos usar de la epojé, suspender nuestro conocimiento previo y comprender sin juzgar.

Para entender a otras culturas o a otras religiones, filosofías o formas de  pensar debemos «suspender» (epojé) nuestro conocimiento y juicio previos y escuchar y estudiar hasta comprender. Cuando hayamos comprendido ya habrá lugar a otras cosas.

Mientras no hagamos eso no leeremos el libro de nadie, sino nuestro propio libro, nunca escucharemos un discurso de nadie, sino nuestro propio discurso y nunca entenderemos nada, ni siquiera a nosotros mismos.

Hay quien se toma el vermú con una rodaja de naranja, yo lo acompaño con estas otras cosas.

#epojé #neoplatonismo #aristotelismo #vermú #vermouth #vermut #cinzano