Tras el velo de la ignorancia

Tras el velo de la ignorancia

Vas a iniciar el viaje más trascendental de tu vida, Irene, es un trayecto muy corto, pero te llevará al lugar más maravilloso que puedas imaginar: vas a venir al mundo.

Esta mañana, pensando en ti y en lo que va a ser tu vida, trato de ponerme en tu lugar, trato de olvidar cuanto sé sobre mi mismo y trato de reflexionar sobre cómo sería la sociedad en la que yo desearía nacer si estuviese en tu lugar.

La realidad es que, si yo estuviese en tu lugar, desconocería muchas cosas, no sabría si voy a nacer rico o pobre, por ejemplo, tampoco sabría bien si voy a nacer hombre o mujer y, por desconocer, desconozco hasta si naceré sano y bien formado o por el contrario llegaré al mundo con alguna enfermedad congénita o con algún defecto en alguno de mis órganos o extremidades.

Pensando en lo primero, que es la salud, pienso que el riesgo de nacer enfermo y en una familia pobre es el más grave de todos; venir al mundo para morir a las pocas horas o vivir muchos años padeciendo una enfermedad me hacen pensar que, si he de elegir, quiero nacer en una sociedad donde la atención médica esté garantizada a cualquier persona independientemente de su condición económica.

Aunque, bien mirado, no tengo por qué tener tan mala suerte, pensemos en algo mejor, pensemos, por ejemplo, en que nazco mujer y lista. En ese caso me gustaría que el hecho de ser mujer no me perjudicase y me gustaría poder estudiar —si he nacido lista supongo que habré de estudiar— y me gustaría poder alcanzar aquellos lugares en la sociedad a que me hiciese acreedora con mis méritos, sin que ni mi condición de mujer ni la condición económica de mi familia fuesen un obstáculo para eso.

Puedo nacer también negra y en cualquiera de los estados que hoy existen en el mundo pero, nazca como nazca y donde nazca, ciertamente, no me gustaría que en la sociedad en la que yo vaya a nacer el hecho de ser de una raza u otra pudiera perjudicarme. Quizá, si nazco blanca en una sociedad blanca y rica, en unos años me parecerá que debemos defender nuestra riqueza, nuestra raza y nuestra cultura de las demás pero, ahora que estoy por nacer, como no sé si naceré blanca o negra, pobre o rica, en una familia católica o budista, lo mejor es que, nazca como nazca, nazca en una sociedad donde estos hechos no condicionen mi desarrollo como mujer o como hombre.

Bien mirado lo mejor es nacer en una buena familia, rica y acomodada, pues con eso tendré solucionados muchos problemas; claro que, igual mi familia es rica pero con alguna condición social que no me guste. Porque a ver, ¿quién quiere nacer en una sociedad musulmana y tener que ir con la cara cubierta todo el día?, que no digo yo que esté mal ni sea malo, sólo que, si no me apetece, pues prefiero una sociedad donde yo pueda dejar de ser musulmana y hacerme budista o atea sin mayores problemas. Llevar velo, dar vueltas a un molinillo, encender velas ante imágenes de madera o pasarme la vida negando la existencia de dios, son circunstancias que no me gustaría que supusiesen para mí ningún problema vital.

Pero… ¿Y si nazco con síndrome de down? ¿Qué será de mí?

En ese caso espero nacer en una sociedad donde se cuide a las personas como yo y la vida nos sea tan feliz como razonablemente pueda ser la vida…

Y ahora que lo pienso… ¿Es posible una sociedad así? Ummm… Bueno, ese tema es complicado y planteármelo aún antes de nacer parece un tanto excesivo para una bebé. De momento sé lo que quiero y, entretanto, espero que mi madre haya hecho lo necesario para que, además de traerme al mundo, el mundo que me espere sea como el que yo deseo…

Quizá todas estas reflexiones les parezcan utópicas, impropias de una bebé que va a nacer y que están teñidas de una cierta dosis de ñoñería; no se lo discutiré, pero con este ejemplo lo que he pretendido en realidad es mostrarle un concepto al que el filósofo John Rawls llamó «El velo de la ignorancia».

El punto de vista de Irene, la niña que va a nacer, representa lo que John Rawls llamó la «posición original» y, merced a él, la bebé reflexiona sobre ese mundo desconocido al que va a nacer desde una posición de absoluto desconocimiento, es decir, cubiertos sus ojos por un «velo de ignorancia» que la hacen tomar posición en relación con el mundo y la sociedad sin atender a ningún condicionamiento previo pues Irene puede nacer de cualquier condición que podamos imaginar.

Puede usted discutirme si una bebé puede o no pensar esas cosas antes de nacer, eso lo admito, pero, en respuesta esto, le diré dos cosas: la primera que, si usted me dice eso, es porque no ha entendido en absoluto el sentido de mis palabras y la segunda —y más importante— es que no tiene usted ni idea de lo lista que nos va a salir Irene. Así que, si no ha entendido lo hasta aquí dicho, vuelva al principio o váyase a leer otra cosa, que tampoco quiero yo amargarle el día. Y ahora volvamos a lo nuestro.

John Rawls fue un filósofo norteamericano que dedicó buena parte de su vida a teorizar sobre la justicia y, sin duda, una de sus ideas más fecundas fue esta de la «posición original» y, sobre todo, este experimento mental consistente en contemplar las cosas bajo «el velo de la ignorancia».

No fue John Rawls el primero en expresar estas ideas, presentes en multitud de filósofos como Hobbes, Locke, Rousseau y muchos más, pero sí el primero en verbalizarlas de esta forma.

Si bien se examina, la venda que tapa los ojos de las estatuas con que representamos la justicia, es una metáfora exacta de este «velo de la ignorancia» del que nos habla John Rawls. La justicia no sabe —no debiera saber en un mundo ideal— si eres rico o pobre, blanco o negro, hombre o mujer; la justicia sólo atiende —debiera atender— al caso que se le plantea y un imprescindible velo de ignorancia debiera protegerla de prejuicios o intereses particulares.

Ese mismo velo de ignorancia debiera también cubrir los ojos de nuestros políticos cuando pugnan por diseñar el mundo en el que habremos de vivir, pero lobbies, sindicatos, conmilitones, amigos, familiares y hasta sus propios intereses personales, hacen que ese velo caiga y sus decisiones obedezcan más a las conveniencias derivadas de su lugar en la sociedad que a las exigencias de una sociedad justa para todos.

Hoy, en este domingo de 25 horas en que nuestros hábitos de verano nos hacen levantarnos una hora antes, me he entretenido en reflexionar largo rato sobre el mundo desde la «posición original» de Irene y, cubierto por el velo de la ignorancia, sobre la sociedad que yo desearía. He tomado muchas notas y he guardado interesantes reflexiones para volver sobre ellas más adelante, pero por hoy basta con lo escrito. Lo importante es que Irene ha nacido bien, sana y guapísima y que, de cambiar el mundo, ya se está ocupando su madre.

Vale.

Y el Poder Judicial ¿Sabe usted por dónde cae?

A ninguno nos cabe la menor duda de que el Poder Judicial existe pero, ya que existe, ¿dónde podemos encontrarlo?.

Al pronto usted pensará que, para encontrarlo, nada mejor ni más sencillo que dirigirse al juzgado de su ciudad pero, ojo, porque no es poder judicial todo lo que reluce.

Cuando se encuentre frente al juzgado, palacio de justicia o ciudad de la justicia de su localidad, no se deje deslumbrar: el edificio que ve no pertenece al Poder Judicial sino al Poder Ejecutivo, es decir, al Gobierno o a la Consejería de su Comunidad.

Cuando entre por la puerta el control de seguridad lo realizará la Guardia Civil (Poder Ejecutivo) o unos guardias de seguridad contratados y pagados por el poder ejecutivo.

La luz que ilumina el edificio al igual que la calefacción o refrigeración que lo acondicionan, son igualmente del poder ejecutivo y del ejecutivo son también los muebles, ordenadores, impresoras y fotocopiadoras que vea por allí.

Pero… ¿Los funcionarios de los juzgados sí serán poder judicial, no?

Craso error. Los funcionarios que usted encuentra en los juzgados son funcionarios del poder ejecutivo y dependen de uno de sus ministerios lo mismo que los LAJ,s (los Secretarios Judiciales) que no son más que agentes del poder ejecutivo. Sí, la fe pública judicial la otorgan funcionarios del poder ejecutivo.

Oiga, los sumarios, los cartapacios que contienen las instrucciones de los delitos ¿Esos sí serán del Poder Judicial, no? ¿No me diga que toda esa información está en manos de los Ministros y Consejeros de Justicia de las diversas comunidades?

Pues se lo digo: y no sólo esos cartapacios: del papel a la tinta con que están impresos y hasta la grapa que los une son de los diversos poderes ejecutivos de este país (ministros, consejeros) pues ellos son los que se encargan de su tratamiento y custodia.

Oiga ¿me está usted diciendo que el consejero de una comunidad autónoma es quien cuida de las gallinas de este corral?

Justo eso le digo: el consejero o ministro de un ejecutivo, a veces corrupto, es quien cuida de los expedientes judiciales que acusan a sus conmilitones de delitos diversos; y no solo eso, también cuida y trata de los expedientes que acusan o involucran a sus adversarios políticos. Pero no se preocupe, en España los consejeros y ministros son gente honrada, no se conoce el caso de ningún consejero ni ministro condenados por corrupción u otros delitos, jamás mirarían nada, son siempre buena gente ¿Es que no lo sabe usted?

Pero sigamos, si resulta que ni el edificio, ni el mobiliario, ni los equipos informáticos, ni los funcionarios, ni la fé pública encarnada en los LAJ’s, son poder judicial ¿Dónde narices está en España el Poder Judicial? ¿Acaso en el despacho del juez?

No sé, entremos; como ve el despacho está en el juzgado, o sea que el despacho no es del poder judicial sino propiedad del ejecutivo, al igual que el ordenador, la mesa e incluso la silla en que se sienta el juez. Incluso son del poder ejecutivo los folios que garabatea el juez con un bolígrafo «Bic» propiedad también (¿Lo adivina?) del Poder Ejecutivo.

No, no se deprima, porque ahora que parece que nada es Poder Judicial, quizá estemos llegando al lugar exacto. ¿Ve usted ese espacio que existe sobre las cejas de la juez que hay sentada tras la mesa? Se llama «cerebro», cada juez, en mayor o menor medida, tiene uno y ese es el único sitio donde usted podrá encontrar al Poder Judicial en un juzgado.

—Pero oiga, eso es una insensatez, ¿de qué vale lo que piense esta señora si le quitan los folios, las impresoras, le miran los archivos informáticos…? ¿No se da usted cuenta de que los juzgados funcionan o no según le dé la gana al ejecutivo?

Uy, y no solo eso, porque el poder ejecutivo, además, también quiere adueñarse de ese pequeño espacio que le falta por conquistar, el entendimiento y la voluntad de los jueces, su cerebro, y para ello ha elaborado estrategias tan complejas como malignas.

Los jueces, además de jueces, son personas y tienen debilidades; por ejemplo, les gusta hacerlo bien en su trabajo y ascender. Es ahí donde les espera el poder de los políticos, porque este poder se reserva, de forma directa o indirecta, la selección de los más altos cargos de la judicatura. Son los políticos quienes, en España, eligen a los miembros del Consejo General del Poder Judicial y para llegar hasta allá de nada te valdrá (o muy poco) una espléndida carrera profesional; mucho más útil te será buscar buenos contactos entre los políticos que conforman las mayorías de cada momento.

Hubo un tiempo en que los magistrados de las Audiencias elegían a su presidente, pero ya no, ahora esos presidentes se designan y ya pueden imaginar ustedes por quién y qué criterios priman. Y si usted quiere ser predidente del Tribunal Superior de Justicia de una Comunidad, magistrado del Supremo o Presidente de Sala y no digamos presidente del propio Tribunal, ya le digo yo que solamente con su buen trabajo no lo va a lograr.

El Poder Judicial, ese de que hablábamos y que se residencia sobre las cejas del juez, según se avanza en la pirámide jerárquica, se va licuefactando y se va entreverando con concesiones a factores que muy poco tienen que ver con el Poder Judicial y sí bastante más con los partidos que ocupan los otros poderes del estado.

Afortunadamente de los cinco mil jueces que hay en España son muy pocos los que se pliegan a este juego, la mayoría, la gloriosa mayoría, sigue considerando que lo que hay sobre sus cejas, valga más o menos, es su único patrimonio y que, antes que renunciar a una parcela de él, prefieren seguir siendo capitanes de sí mismos que soldados de malos señores. Es la infantería de la judicatura, la esperanza de los ciudadanos.

Pero ¿qué se puede hacer con un Poder Judicial que come lo que le dan, que por carecer carece hasta de los folios donde se imprimen sus sentencias, que si el ejecutivo le cortase la luz se vería desahuciado como un mendigo?

No, no me digan que exagero, recientemente en una comunidad autónoma de España algunos jueces tuvieron que guardar sus archivos informáticos en lugares distintos de sus ordenadores pues, quienes gobernaban dicha comunidad, podían en cualquier momento dejar a sus juzgados y tribunales sin recursos para funcionar. No es ciencia ficción lo que les digo, ha pasado y nos enteramos, pasa y no nos enteramos y seguirá pasando si no hacemos algo por evitarlo.

La forma en que se organiza el Poder Judicial en España es una anomalía en Europa y, en tanto no decidamos cumplir con el espíritu de nuestra Constitución y las recomendaciones del Consejo de Europa, seguiremos viviendo en una anomalía que pagaremos —ya la estamos pagando— muy cara. Y lo que más duele es que todo este daño a la justicia no se está haciendo en beneficio de ella ni de los administrados sino de unos cuantos políticos provisionales y quienes les bailan el agua.

Del Amazonas al Mar Menor

Del Amazonas al Mar Menor

Imagínese usted, si es tan amable, un pastizal cuyo uso es compartido entre un número cualquiera de ganaderos. Cada uno de esos pastores tiene un número dado de animales que pastan en ese pastizal. Los pastores observan que, a pesar de ese uso, siempre queda suficiente pasto no consumido como para pensar que se podría alimentar aún a más animales. Consecuentemente, uno tras otro lo hacen. Pero en algún punto de ese proceso de expansión de la explotación del pastizal, la capacidad de éste para proveer suficiente alimento para los animales es sobrepasada y consecuentemente, todos los animales perecen debido al agotamiento o sobre explotación del recurso.

Este ejemplo es el que utilizaba James Garret Hardin para ilustrar la paradoja de la llamada tragedia de los comunes, un dilema que describe una situación en la cual varios individuos, motivados solo por el interés personal y actuando independiente pero racionalmente, terminan por destruir un recurso compartido limitado (el común) aunque a ninguno de ellos, ya sea como individuos o en conjunto, les convenga que tal destrucción suceda. Sus estudios se publicaron en 1968 en la revista Science y levantaron una tremenda polvareda. Los teóricos fanáticos de la economía de mercado se soliviantaron.

Yo no necesito ponerles a ustedes ejemplos de vacas y pastizales, a escasos kilómetros de donde vivo se encuentra el Mar Menor, donde siempre se podía verter un poco más o construir una urbanización más sin que pasase nada o Portmán, el punto más contaminado del Mediterráneo tras verter año tras año al mar estériles minerales. ¿Qué les voy yo a contar que ustedes no sepan?

Ahora arde la Amazonía y la población mundial se subleva pero, Bolsonaro, Trump y muchos más, actúan como los ganaderos racionales del ejemplo de Garret, o como los agricultores, promotores y administraciones responsables del Mar Menor: «no se alarmen» nos dicen, «aún puede pastar una vaca más, aún se puede construir un poco más, aún se puede verter un poco más». Pero árbol a árbol se llegará al punto de no retorno y la Amazonía morirá, al igual que se colmató Portmán o se narcotizó el Mar Menor.

La preservación de los bienes comunes fue una tarea que llevaron a cabo admirablemente las sociedades tradicionales. La premio Nóbel de Economía (Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel) Ellinor Östrom, dedicó gran parte de su vida a estudiar esta gestión tradicional de los bienes comunes y estudió en profundidad instituciones como el Tribunal de las Aguas de Valencia o su homólogo de la Huerta de Murcia, que le parecieron ejemplares.

Sin embargo, nuestros políticos prefirieron abrazar las corrientes económicas «modernas» y, por supuesto, olvidarse de Ellinor Östrom, que es, para vergüenza nuestra, una absoluta desconocida en la Región de Murcia. Y, si ella es desconocida, sus estudios son menos conocidos aún y, por eso, no es de extrañar que los comunes en la Región de Murcia agonicen en la misma medida que en el resto del mundo.

Miramos a la Amazonia, pero a nuestro lado y a nuestra vista, ciencia y paciencia, hemos ido viendo cómo se destruía el Mar Menor (no sólo el estado del mar, su agua y su fauna… sino incluso su paisaje, porque el paisaje es también un bien comunal que pertenece a todos) y entretanto nosotros lo contemplábamos bañándonos en playas otrora buenas o desde el undécimo piso de nuestra torre de apartamentos. En el Mar Menor, como en Portmán, individuos racionales que buscan su propio beneficio han vertido al mar residuos (químicos o minerales, da lo mismo) y ningún político tuvo ni la visión, ni la inteligencia ni el coraje necesario para parar este aquelarre. Desecho de tienta diría mi abuela.

Ahora que arde la Amazonia, desde esta región señalamos a Brasil y acusamos a Bolsonaro… Pero ¿De qué? ¿De hacer lo mismo que hemos hecho nosotros?

Derecho y yoga

Mi amigo Luis Morillo hoy me ha recomendado yoga, mucho yoga, lo que quizá él no sepa es que llevo bastante más de 30 años dedicándome a algo muy parecido al yoga: el derecho.

Sí, «yoga» y «ius» son palabras hermanas y derivan ambas del vocablo indoeuropeo *HieH3u “unir”, raíz de la que proceden, además de ius y yoga otras muchas palabras.

En primer lugar esta raíz tiene el significado de “unir” al cocinar y, por eso, no es extraño que la palabra “sopa” se diga en latín, precisamente, “ius” (sacad vuestros diccionarios de latín y comprobad que sopa, en latín, se dice «ius»). Por eso, si ustedes algún día visitan Pompeya y ven escrita en las paredes de alguna taberna la expresión “ius olitorium”, no piensen que están en presencia de algún tipo de derecho como el “ius puniendi” o el “ius maletractandi”; lo que la expresión anuncia es una humilde menestra: una sopa de verduras.

El “ius” se esconde casi siempre bajo las palabras que indican unión. Así, el artilugio que unce a los bueyes es el “yugo” (iu)go, los animales unidos forman una “yunta”, cuando nos unimos a otra persona la llamámos “cónyuge” con(iu)ge y, la unión de todos los vecinos de un municipio da lugar al “ayuntamiento” a(iu)ntamiento. El ius es, pues, ése vínculo que mantiene unida a la sociedad o ese vínculo que une al alma con la divinidad en el caso del yoga.

Así pues yoga y ius nos remiten a un vínculo y dan lugar a un amplio campo semántico que comprende, entre otros, los sustantivos para “derecho” en latín (ius), avéstico (yaož) y sánscrito (yos). Con el sufijo -t-o, resulta iustus “el que actualiza la noción de ius”, o sea, “el que observa el derecho”, de donde de donde “justo, recto”, palabra de la que deriva a su vez el sustantivo iustitia “justicia”, justo al contrario de que pensaba Ulpiano. Finalmente (con rotacismo, esto es, paso de -s- intervocálica a -r-) ius es origen del verbo latino iuro “jurar”.

Me sorprende que, a muchas personas que han consagrado su vida al estudio del derecho, nunca les haya picado la curiosidad de saber qué significa exactamente «ius». Ahora que lo sé veo a los juristas como cocineros que tratan de mezclar todos los ingredientes en la proporción justa, cuidando la cocción a la temperatura adecuada y procurando que todos los sabores armonicen.

En la foto les muestro a Triboniano durante uno de los pocos descansos que pudo tomarse mientras redactaba el Digesto.

Inteligencia Artificial y estupidez humana

La Inteligencia Artificial es un arma poderosa y, como toda arma poderosa, es cara de adquirir, por lo que su control está reservado a élites reducidas.

Cuando se habla de la Inteligencia Artificial y sus peligros, el cine y la televisión suelen mostrarnos máquinas o robots de aspecto humano que, de pronto, adquieren sentimientos y se rebelan contra su creador o se enamoran de él, dependiendo de la mayor o menor imaginación del guionista. Este recurso cinematográfico confunde inteligencia con conciencia, pero no dejes que la realidad te estropee un buen guión.

Puede ser que en algún momento del futuro las máquinas adquieran conciencia pero para eso falta mucho y antes hay un período verdaderamente peligroso que es al que nos enfrentamos y del que no estoy seguro si la sociedad ni los abogados tienen conciencia plena.

Voy a repetir el primer párrafo de este post: La Inteligencia Artificial es un arma poderosa y, como toda arma poderosa, es cara de adquirir, por lo que su control está reservado a élites reducidas.

Lo peligroso de la Inteligencia Artificial no es que se rebele contra su dueño sino justamente lo contrario, que le obedecerá ciegamente y dotará a su propietario, una minoría poderosa, de un poder como nunca se ha visto en la historia del género humano. Si quieren un símil esto es como cuando en el siglo XIX unos cientos de ingleses se apoderaban de extensiones enormes de África usando sus ametralladoras Maxim contra miles de aborígenes armados con lanza.

La Inteligencia Artificial ha venido aquí para quedarse y no se trata de limitar su crecimiento, se trata de precavernos del mal uso que los pocos que controlen esta tecnología pueden hacer de ella.

A ver cómo se lo explico, una impresora inteligente no se va a rebelar contra su dueño o se va a enamorar del escáner; lo que sí puede hacer esa impresora inteligente es ajustar el consumo de tinta, aprender sus errores más comunes a la hora de introducir el papel, predecir si usted quiere imprimir en formato recto, apaisado, por las dos caras… Pero también comunicar a su fabricante cuanto trabajo imprime usted al mes, si usted se dedica al derecho civil o al penal, si usted se demora en el cambio del tóner y si hay indicios de que usted pasa por apuros económicos… Y esto no es nada pero el Internet de las Cosas, el Big Data y la Inteligencia Artificial simplemente dotarán a quienes los posean de un poder asombroso y, convénzase, aunque le hablen a usted de transformarse o le lleven a bailar con un robot, ni usted ni yo vamos a ser quienes controlen esas tecnologías en su versión más avanzada.

Quien, por ejemplo, controla tecnologías es el Banco de Santander (por cierto, le vi como espónsor de la Feria esa de la Abogacía de Valladolid) quienes no las controlan son esos tres mil quinientos empleados afectados por el ERE que acaba de presentar.

La Europa Medieval fue un fenómeno de acumulación de tierras (el principal activo) en manos de unas pocas familias; la revolución industrial fue un fenómeno de acumulación de capitales en manos de una minoría (los capitalistas) y la revolución tecnológica es un proceso de acumulación de tecnologías y de información en manos de una élite. Tanto la Europa Feudal, como la Europa Industrial sufrieron fuertes crisis y revoluciones que trataron de redistribuir la riqueza; tengamos cuidado porque en la Revolución Tecnológica todo va mucho más rápido.

Muchos científicos y personalidades relevantes del mundo de la Revolución Tecnológica contemplan como seguro un mundo donde habrá un importante excedente de mano de obra y, recurrentemente, aluden a una Renta Básica Universal (Zuckerberg) que permita sobrevivir a todos. En ese futuro de Zuckerberg y otros todos sobreviviremos pero seremos simplemente irrelevantes y todo el pastel se lo comerán unas pocas compañías y, en nuestro sector, unos pocos bufetes/negocio multinacionales.

No, créanme, el problema no es la inteligencia artificial, el problema es la estupidez humana. Vamos hacia una nueva sociedad donde el riesgo de control de los muchos por unos pocos es de una dimensión nunca vista. Ese riesgo puede ser conjurado ahora, no limitando los avances en Inteligencia Artificial sino democratizándola.

El Consejo General de la Abogacía Española acaba de aprobar a espaldas de los abogados españoles un código deontológico que, en lugar de adelantarse a las tensiones del sector, nace viejo y caduco. Es con estas herramientas con las que se puede prever y regular el futuro pero, para eso, al menos hay que tratar de prever el futuro.

Nadie está en posesión de la verdad (dicen que dios es demócrata y repartió estupidez e inteligencia a partes más o menos iguales) por eso lo mejor es escuchar al mayor número posible de voces (un informático diría que las sociedades procesan datos como organismo) pero, la pequeña élite que controla nuestro Consejo General de la Abogacía Española, ni admite consejos, ni lo hace de forma general si lo hace, ni mucho menos los admite de la abogacía española a la que impide participar en la redacción de los textos que la afectan. De forma que en muy poco tiempo esa pequeña élite ha logrado que este CGAE ni sea Consejo, ni sea General, ni sea de la Abogacía Española.

Este tipo de corporaciones que funcionan así, de espaldas sus miembros, son justo lo menos indicado para afrontar el futuro. No creo que podamos esperar mucho de ellos, así más vale que te organices y tomes tu futuro en tus manos. Con inteligencia humana.

Gobiernos, bancos y costas judiciales

Lo leo y tengo que frotarme los ojos. Existen mentiras, mentiras repugnantes y respuestas del gobierno. Leo, con estupor, que el gobierno anda preparando una reforma del RDL 1/2017 para, entre otras cosas (transcribo en lo preciso el texto legal):

Fomentar el recurso a la vía extrajudicial para intentar evitar que (…) la representación o defensa jurídica del demandante pueda verse tentada a litigar solamente por las costas procesales.

Si no fuese porque lo dicho es una canallada no tendría más remedio que troncharme de risa o lamentar la ignorancia del autor de la respuesta, pero esto no es un chiste ni es un error grosero; como dije, esto no es más que una canallada químicamente pura.

El párrafo citado recurre a una de las más viles y ofensivas añagazas a que puede recurrir un gobierno: tratar como estafadores a las víctimas y tratar como víctimas a los estafadores. Y lo que es peor aún, tratar sin ningún respeto y como bobos a los ciudadanos a quienes se dirige la norma, esperando hacerles creer que la puñalada en la ingle que les pretenden dar es por su bien.

La costumbre del partido del gobierno de cerrar filas en defensa de los bancos no es nueva. Este parrafito que les he transcrito está en la línea de una de las más lamentables intervenciones parlamentarias de una jurista, la ministra Margarita Robles, que, en sede parlamentaria y en defensa del RDL 1/2017 (el mismo que ahora quiere ampliar) soltó lo que sigue:

Todos sabemos que este decreto ley, que algunos de ustedes dicen que está tan mal visto por los consumidores, resulta que, a lo mejor, por quien está peor visto son por aquellos que se frotaban las manos pensando que, a lo mejor, podían hacer un negocio con la reclamaciones judiciales.

Esta abyecta costumbre del partido del gobierno de etiquetar a los abogados como los malos de esta película de las hipotecas y señalarles como el peligro del que la ley debe defender a la sociedad, merecería una respuesta de la profesión jurídica y de los afectados por la estafa de las hipotecas que mandase a este gobierno a su casa y para siempre. Déjenme que me explique.

En España, los bancos, en las últimas décadas, han depredado a los españoles cobrándoles intereses abusivos, imponiéndoles cláusulas abusivas, obligándoles a pagar gastos que no les correspondía satisfacer y haciéndoles pagar cantidades por servicios no prestados en forma de comisiones.

Mientras inflaban sus cuentas de resultados saqueando a sus clientes, desahuciaban a aquellos que no podían pagar sus rapiñas y, no sólo les quitaban la casa, sino que les robaban el futuro reclamando hipotecas mediante vencimientos anticipados, incrementando el principal debido con el 30% de costas (recuerden esto), aplicando intereses moratorios del 29% y, en fin, consiguiendo que el desgraciado, al que estaban engañando y que ahora no podía pagar, no sólo se quedase sin casa sino que la deuda para con el banco se multiplicase de tal modo que no pudiese pagarla ni aunque tuviese diez vidas.

No exagero ni una coma y, si quieren ejemplos de cada una de las cosas que he afirmado, les invito a que se acerquen a mi despacho o al de cualquiera de mis compañeros.

¿Qué hicieron los sucesivos gobiernos mientras los bancos saqueaban a los españoles?

Nada.

¿Se acordaron los sucesivos gobiernos de que los españoles y españolas que eran demandados ejecutivamente por los bancos veían aumentada automáticamente su deuda de cara al embargo en un 30%?

No.

¿Alguno de estos que ahora hablan de arreglar este asunto movieron siquiera un músculo de la cara cuando miles y miles de españoles eran expulsados de sus casas y colocados en situación de muerte civil por las mismas entidades bancarias que les saqueaban?

No me responda, ya sé que no es necesario, sabe usted muy bien que no hicieron nada.

Fue necesario que los tribunales europeos nos dijeran por escrito, clarito y en sentencias reiteradas, que nuestros bancos nos estaban depredando para que el gobierno adoptase alguna medida aunque esta no fue para favorecer a los consumidores, no, porque todas y cada una de las medidas que los gobiernos han ido adoptando han sido una sucesión de atentados contra el derecho de los consumidores y en claro favorecimiento de quienes les depredaban: los bancos y entidades financieras, esos mismos con quienes jamás se metieron esos gobernantes de los diversos partidos que han ocupado el gobierno.

Primero, en lugar de ordenar devolver —pura y simplemente— a los bancos las cantidades abusivamente cobradas por las cláusulas suelo y atenerse a las consecuencias si así no lo hacían, los sucesivos gobiernos decidieron que mejor se establecía un previo procedimiento de reclamación que demorase la posibilidad del consumidor de acudir al juzgado a exigir su derecho. Es curioso que, cuando eran los bancos los que ejecutaban las hipotecas, los sucesivos gobiernos no sintieron nunca la más mínima tentación de imponer un procedimiento extrajudicial a los bancos antes de permitirles acudir al juzgado.

Las palabras pueden engañar con facilidad, los hechos no, y los hechos son demoledores: ninguno de los sucesivos gobiernos ha tomado nunca medida alguna en defensa de los consumidores y sí en defensa de los bancos y entidades financieras.

Cuando era evidente que los bancos no devolverían de grado lo que la jurisprudencia europea les ordenaba devolver, los sucesivos gobiernos pusieron en marcha un eficaz plan que permitiese a los bancos conservar el producto de sus rapiñas.

En primer lugar decidieron alejar de los administrados los juzgados y hacerles cara la posibilidad de reclamar. Si el juzgado no está en su ciudad sino en una más lejana la reclamación se torna más cara y difícil. Muchas reclamaciones de consumidores apenas si llegan a los mil euros de forma que, si tiene que desplazarse junto con abogado y testigos hasta una ciudad que no está en su partido judicial, muy probablemente decida que no le merece la pena reclamar la cantidad. Punto para la banca graciad al gobierno. Para un consumidor mil euros pueden no ser nada pero evitar cientos de miles de reclamaciones son cientos de millones para los bancos. Total usted es un tiñalpa y es solo un voto, si usted pierde mil euros ¿qué es eso comparado con los millones que el banco ahorra y con los que podrá financiar la próxima campaña electoral?

En segundo lugar decidieron que las reclamaciones se eternizasen lo más posible en el tiempo. Hay muchos juzgados en cada provincia que podían resolver asuntos de esta especie pero los sucesivos gobiernos han decidido que tan sólo un juzgado por provincia resuelva este tipo de asuntos. Se lo explicaré usando el ejemplo de mi propia comunidad.

Se estima que en la Región de Murcia hay unas 45.000 hipotecas que contienen cláusulas abusivas. Si el gobierno y el CGPJ no hubiesen acordado nada, los más de 50 juzgados existentes en la comunidad habrían sido competentes para resolverlas y, teniendo en cuenta que un juzgado resuelve unos mil asuntos al año como poco, esas 45.000 hipotecas supondría. Una sobrecarga de trabajo de unos 800 asuntos por juzgado lo que supondría un retraso de unos ocho meses. Sin embargo los estrategas del gobierno y el CGPJ decidieron que todos, absolutamente todos los casos, los viese un solo juzgado. Saquen la cuenta: 45.000 hipotecas para un solo juzgado ¿45 años de retraso?. Las noticias del colapso pronto se extendieron y muchos consumidores, desanimados por la lejanía y ahora por el retraso, decidieron no reclamar.

Otro punto para la banca, gracias a los sucesivos gobiernos y a sus juzgados únicos nueva morterada de millones depredados que los bancos no devuelven.

En tercer lugar, la reclamación judicial de las cláusulas abusivas es tarea compleja que necesariamente han de realizar profesionales, dado que el consumidor ha de pagar en principio el trabajo de estos profesionales resulta evidente que muchos ciudadanos no podrían reclamar pero… para lograr este nuevo punto para la banca y el subsiguiente pelotazo de millones hay un problema: las leyes españolas, si acudes a juicio sin razón, te obligan a pagar los gastos (costas) de la parte contraria.

Así, como los bancos se han negado a pagar sin razón alguna a los consumidores, aquellos que les han demandado han obtenido de los jueces no sólo la condena a devolverles lo cobrado abusivamente, sino también a pagar los honorarios de los abogados de los consumidores.

Esta justa previsión de las leyes tiene dos consecuencias: la primera que al banco el juicio no le sale gratis. La segunda que los clientes pueden pagar a sus abogados y de esta forma se animan a reclamar. Si no existiesen las condenas en costas el 50% de las demandas serían inviables económicamente para los consumidores de forma que ese sería el premio gordo, el bote, el pleno al quince de la banca.

Sí, sin duda las costas son el mayor problema de los bancos para poder quedarse con el botín de sus abusos, por eso, necesariamente, tienen que acabar con esa posibilidad y el primer paso es acusar a los abogados de pretender cobrar por su trabajo. Esto, que parecería una memez de grueso calibre en cualquier país civilizado, en España encuentra terreno abonado entre nuestra clase política y es a la luz de todo lo dicho que se entienden las deleznables declaraciones de la ministra Margarita, recuérdenlas:

Todos sabemos que este decreto ley, que algunos de ustedes dicen que está tan mal visto por los consumidores, resulta que, a lo mejor, por quien está peor visto son por aquellos que se frotaban las manos pensando que, a lo mejor, podían hacer un negocio con la reclamaciones judiciales.

Hay que acabar con las condenas en costas como sea, a los gobiernos les parece intolerable que, bancos que no pagan pura y simplemente porque no les viene en gana, hayan de indemnizar al consumidor de los costes de su reclamación: malditos abogados, quieren cobrar por su trabajo. Al banco no le importaría si los abogados cobrasen a sus clientes consumidores, lo que el banco no soporta es pagar él al abogado del consumidor y no porque sea mucho dinero para él, sino porque mientras esto no cambie los consumidores podrán reclamar y el banco acabará siendo condenado. No hay nada ético ni moral en ello, para el banco es una pura cuestión de dinero.

Lo que si es una cuestión de moral es el repugnante posicionamiento de los sucesivos gobiernos en este asunto. ¿Recuerdan cuando más arriba les hablé de que los bancos al ejecutar las hipotecas embargaban desde el principio un 30% de más para cobrarse sus costas? Pues ningún gobierno siquiera amagó un solo gesto ni una palabra en defensa de los ejecutados.

Sin embargo, ahora, cuando los bancos pueden ser condenados en costas tras negarse a pagar unas cantidades que saben perfectamente que están obligados a devolver, el gobierno toma medidas urgentes.

Mientras los bancos, con el silencio cómplice del gobierno, cobran implacablemente las costas de las hipotecas a pobres deudores que no tienen más culpa que no tener dinero para pagar resulta que los consumidores ven como el gobierno se indigna cuando ellos quieren cobrar las costas a un banco que, sabiendo que debe el dinero, se niega a pagarlo, obliga al consumidor a acudir al juzgado, a contratar un abogado y a un procurador, a esperar años un pago que debiera ser inmediato, a desplazarse fuera de su localidad para reclamarlo y… aquí sí, aquí el gobierno sí entiende que debe intervenir para defender a los bancos de estos malvados consumidores que pretenden que sea el banco quien haya de hacerse cargo de pagar a los profesionales que el propio banco, con su actitud, les ha obligado a contratar.

Los sucesivos gobiernos, este en particular, se tornan así en cooperadores necesarios de la depredación de los consumidores y gracias a sus hechos (que no a sus palabras) sabemos exactamente donde están: del lado de la banca y contra los consumidores en la forma más grosera e infame que puede estarse; es decir, mintiendo, acusando a quienes defienden a los consumidores y tiroteando de forma eficaz los derechos de los mismos.

Digámoslo claro: no se puede litigar solo por las costas. Si el banco cumple con su obligación no habrá nada que reclamar y si se hace las costas le serán impuestas al consumidor. Para que se condene en costas al banco hace falta que este, previamente, no haya cumplido con sus obligaciones y sostener en respuesta parlamentaria que hay que evitar que

la representación o defensa jurídica del demandante pueda verse tentada a litigar solamente por las costas procesales.

es una de las vilezas más abyectas que pueden leerse en un documento oficial.

Ayuden a la banca, pero no mientan; sirvan a sus señores, pero no ofendan; legislen contra los más y en favor de los menos, pero no falten al respeto a la inteligencia de los españoles.

Mientras sus gobiernos veían desahuciar sin hacer nada a unos españoles y cobrar cantidades abusivas a los demás la abogacía defendía y estaba al lado de esos desahuciados. Fueron procedimientos jurídicos iniciados por abogados y apoyados por jueces de trinchera y saco terrero los que llegaron hasta Europa y consiguieron desenmascarar todo este saqueo hecho de abusos consentidos por el poder.

Sí, los jueces condenan a los bancos a las costas y los abogados son pagados por su trabajo pero ni los jueces son culpables de esto ni los abogados tampoco: los responsables son los bancos que se niegan a atender las justas demandas de los consumidores, porque no quieren devolver lo depredado, porque quieren quedarse con lo afanado y es sólo cuando el banco se produce así que el juez, con toda justicia, les condena en costas.

Sepan que no van ustedes a engañar a nadie, sepan que cuando ustedes se marchen a su casa con oprobio la abogacía seguirá aquí y sepan que, si siguen por este camino y no se marchan a casa antes, la ciudadanía les mandará a ella para que no vuelvan nunca.

Y hará bien.

La revolución de Urukagina

Los libros de historia del derecho en que solemos estudiar los juristas suelen despachar rápidamente el derecho de Mesopotamia con un par de alusiones a Hammurabbi y su código; con eso y poco más dan el asunto por resuelto. No sabemos lo que nos perdemos. Nos perdemos, nada menos, que el momento inaugural de la civilización humana.

Los sumerios fueron los primeros en todo porque la historia empieza con ellos, ellos inventaron la escritura y ellos, gracias a millones de tablillas de barro, nos legaron un sorprendente cúmulo de conocimientos que, el olvido de su lengua y la superior atracción que parece haber ejercido el mundo egipcio sobre nuestra civilización, han hecho que no la hayamos aprovechado debidamente.

Nuestra civilización se siente heredera de Grecia pero los griegos no fueron sino aventajados alumnos de los sabios de aquella tierra que se encontraba entre dos ríos: Mesopotamia. Hoy sabemos, gracias a recientes traducciones de tablillas en escritura cuneiforme, que el teorema de Pitágoras no era de él, sino de los matemáticos mesopotámicos y que fue en Mesopotamia donde lo aprendió el sabio de Samos; que Euclides y sus «Fundamentos» son deudores de los mismos sabios y que, en general, toda nuestra civilización, de la religión al derecho, hunde sus raíces en lo que aquellos hombres inventaron y dejaron escrito para los siglos venideros. No necesito recordar que aún hoy nuestras horas tienen sesenta minutos y estos sesenta segundos a su vez porque así es como contaban en Mesopotamia. No necesito recordar tampoco que las primeras observaciones astronómicas son debidas a ellos ni que, incluso los mitos que contiene la Biblia en el Antiguo Testamento, son en buena parte tomados de los mitos de las religiones mesopotámicas.

Sin embargo hoy quiero hablar de derecho, política y Mesopotamia o —para ser más exactos— de Sumeria. Los habitantes de la tierra situada entre los ríos Tigris y Eúfrates llamaban a esta tierra la «Tierra de los Grandes Dioses» (Ki-En-Gir), no fueron sino los griegos quienes la bautizaron como Mesopotamia (Meso- «enmedio» -potamos ríos), y es sobre esta tierra «de los grandes dioses» o «entre los ríos», sobre la que se desarrollaron civilizaciones y culturas distintas y sucesivas: sumerios, acadios, babilonios… Culturas distintas y lenguas distintas pero todas con un mismo sistema de escritura: el cuneiforme, gracias al cual hoy podemos saber quiénes fueron y qué hicieron estos hombres que inauguraron la historia de todo el género humano.

Quizá si nuestros conocimientos de escritura cuneiforme no se hubiesen perdido la historia de la humanidad hubiese podido ser otra, pues no fue sino hasta 1857 que los trabajos de Henry Rawlison, Edward Hincks, Julius Oppert y William Henry Fox Talbot se reconocieron y se comenzó a tener por descifrado el «persa antiguo». Para esa época nuestra cultura mediterránea llevaba 19 siglos leyendo obras en griego clásico y en latín, todo el caudal de cultura sumeria, acadia o babilonia apenas si empezaba a emerger.

Se dice que los griegos inventaron la política y que su primera forma de gobierno fue la monarquía, un sistema en el que gobierna un solo líder pero que, pronto, comienza a no poder ejercer un poder omnímodo pues, sobre todo en tiempo de guerra, precisa de la ayuda de notables cuando no del apoyo de cualquier persona capaz de empuñar armas, apareciendo así asambleas. A la monarquía, decían, solía sucederle una oligarquía; es decir, el gobierno de unos pocos. Los abusos de esta oligarquía solían exasperar a su vez al pueblo que, llevado al límite, se rebelaba y buscaba un jefe que colocar al frente del gobierno desbancando a la oligarquía establecida y, a este tercer régimen, le llamaron «tiranía»; si bien es cierto que tal palabra no tenía para ellos el sentido peyorativo que ahora tiene, pues su traducción más exacta sería «jefe» o «patrón».

Todas estas formas de gobierno fueron conocidas por los sumerios y todas estas formas de degeneración de los sistemas de gobiernos fueron por ellos experimentadas y es de uno de estos «patrones» o «jefes» de quien me gustaría hablarles: Urukagina de Lagash, el primer legislador conocido.

Urukagina accedió al poder con toda probabilidad como «jefe» o «patrón» de una revuelta del pueblo exasperado y sus medidas legislativas dejan muy claro cuáles eran sus objetivos al llegar al cargo de sumo regidor de la ciudad-estado de Lagash, en Sumeria. Corría el año 2.380 antes de nuestra era.

Urukagina trató de reducir las diferencias entre las clases sociales, disminuyó los impuestos, trató de anular prerrogativas que se habían atribuido el monarca y su familia, redujo los abusos por parte de los funcionarios, prohibió la explotación de las capas sociales inferiores, condonó deudas, combatió la corrupción y expidió el primer código legal registrado por la historia. Aunque aún no se conoce su texto, se sabe por referencias y citas encontradas, que el Código de Urukagina concedía exención de impuestos a los huérfanos y viudas; obligaba a la ciudad a pagar los gastos de los funerales; decretaba que los ricos debían pagar con plata sus compras a los pobres y prohibía obligarlos a vender.

Fue durante el gobierno de Urukagina de Lagash que se dio libertad a un gran número de esclavos y es en uno de los documentos redactados para certificar uno de aquellos hechos donde, por primera vez en la historia de la humanidad, aparece escrito el concepto, la palabra, «Libertad» (Ama-Gi, véase la ilustración que encabeza el post). Bastaría con esto para que el recuerdo de Urukagina fuese imborrable; su política de defensa de los desfavorecidos podría ser un estímulo para gobernantes pero su fama se vio empañada por… las mujeres y la moral.

A pesar de que protegió a viudas y pobres Urukagina al parecer cometió el grave error de prohibir la poliandría. Sí, en aquella época las mujeres de Lagash parece que podían casarse con varios hombres sin problema, cosa que, al parecer, no le parecía bien a Urukagina. Sus leyes prohibiendo la poliandria han dado lugar a que, desde ópticas actuales, se considere a Urukagina el primer represor de los derechos de la mujer (no se tiene noticia de que hiciese lo mismo con los hombres) y que su figura, lejos de ser aplaudida, esté puesta en cuarentena.

No tengo nada que decir en este punto salvo que son ustedes quienes tienen la última palabra en este caso: ¿fue Urukagina un defensor de los desfavorecidos, un opresor de la mujer o ambas cosas al mismo tiempo? ¿Qué opinión les merecen las reformas de Urukagina?

Me encantará leer sus opiniones, porque, al final, cada uno puede sostener su propia opinión sobre Urukagina y eso no es más que una consecuencia directa de un concepto que los sumerios legaron al mundo durante su gobierno: Ama-Gi («Libertad»).