El alimento que nos hizo humanos

El alimento que nos hizo humanos

Ayer les conté algo que es y no es exacto al mismo tiempo. Les dije que «homo sapiens» (nuestra especie) tenía 300 mil años y esto es verdad, pero sólo si atendemos a sus características físicas. Los que entienden de esto, además de a las características físicas, atienden a las características mentales de la especie y, la verdad, en esos hominidos de nuestra especie el llamado “pensamiento humano” no aparece sino hasta hace unos 165.000 años en un lugar de África del Suroeste llamado «Pinnacle Point».

¿Qué fue lo que hizo que un simio con forma humana comenzase a pensar de forma humana?

Los científicos debaten sobre esto pero cada vez se abre paso con más fuerza una hipótesis más que razonable: su dieta.

En Pinnacle Point los hominidos con forma humana y pensamientos no humanos comenzaron a alimentarse de moluscos y productos del mar y ese aporte alimenticio fue decisivo para que apareciesen capacidades cerebrales antes inexistentes.

Así pues el mar nos hizo humanos.

Hay científicos que van mucho más lejos y, observando la extrañísima morfología del mamífero humano y algunas de sus más insólitas características, han lanzado una hipótesis perturbadora.

Déjenme que les haga un par de preguntas: ¿Conocen algún mamífero que, como el ser humano, no tenga el cuerpo cubierto de pelo?

Sin duda conoce muchos: ballenas, delfines, leones marinos, morsas… Pero, si se fija, todos los animales citados son mamíferos marinos ¿Será acaso el hombre un mamífero marino?

¡No! Dirán desde el otro bando, ¡el elefante y el rinoceronte son mamíferos y tampoco tienen pelo!. Buen intento, pero no sirve, el antepasado cercano de elefantes y rinocerontes fue también, sí, un mamífero marino.

Y entonces ¿Por qué andamos sobre dos piernas y no nadamos?

Bueno, seguro que usted lo sabe, los bebés recién dados a luz saben nadar y bucear espontáneamente y de forma natural; aunque no saben andar y… Piense un poco ¿Cuándo todos los simios del mundo se ponen sobre dos piernas y bipedestan? Pues… Cuando cruzan un cauce de agua o se encuentran en un entorno acuático. Si un simio pesca en un lago con el agua a la cintura no dude que permanecerá en bipedestación…

¿Sugerente verdad?

Bien, contado lo anterior entenderán por qué hoy me he ido al mercado de Santa Florentina y me he gobernado unos buenos trozos de emperador y de lecha, porque si a los simios de Pinnacle Point les sirvió no veo porque no han de servirme a mí. Siento que a veganos y vegetarianos les chafe un poco el discurso este asunto de comer peces y moluscos, pero también nosotros algún día seremos alimento de malvas y bacterias y no veo razón por la que yo hubiese de echarles nada en cara.

Hoy toca pescado: el alimento que nos hizo humanos.

Caviar chumbo

Caviar chumbo

Yo los he visto y ellos me han mirado…

—¿Qué precio lleva la bandejica de higos chumbos?

—Seis cincuenta…

—¡Pero pijo! ¡Si eso es precio de caviar!

—Es que son de retallo y eso es más caro…

—¿De retallo? Fijo que están boticarios…

Obviamente no estaban boticarios, su pinta era cojonuda, pero es que a mí pagar por los higos de pala se me clava en los entresijos. Por los higos de pala se trabaja, pero no se paga.

Uno se va al campo y busca una palera, coge los higos conforme a su técnica preferida para evitar las «punchas» (la mía era la del vaso de danone), y los mete en un cubo con agua para comérselos de desayuno.

No los he comprado, cada higo salía a un euro y pico…

—Sin pelar a 5,50…

—¡Otra barbaridad!

La mujer del puesto me ha mirado con un gesto como de entre pena y comprensión. No debo ser el primero entre los de mi edad que no acabe de entender que los higos de pala vayan tan caros: los zagales de mi edad jamás pagamos nada por un higo de pala.

La cosa era que, en el campo, todas las fincas tenían una palera que, las más de las veces, la familia que moraba en la casa usaba de excusado o letrina. Las paleras crecían fuertes y exhuberantes. Nadie te ponía pegas si aparecías por allí con tu cubo a coger higos, había de sobra y si eras chiquillo hasta te ayudaban y todo las personas mayores a coger los más altos.

Luego, tras meterlos en un cubo con agua fría, te los comías mientras rezabas el Salmo 33 de San Isidoro de Cartagena que decía:

«Buenos días, higo chumbo,
amigo de mi navaja;
te corto cabeza y culo,
enmedio te hago una raja
y te mando al otro mundo»

La gracia consistía en dar con la navaja los cortes a la piel del higo coordinadamente con el rezo de la jaculatoria, al tiempo que te lo zampabas no bien rezabas lo de…

«…y te mando al otro mundo.»

No he podido pagar 6’50€ por la media docena de higos, no por el dinero en sí, es que se me clava en el alma tener que pagar por estas cosas… Pero debo rendirme. Las pobres paleras han pasado una epidemia muchísimo más mortal para ellas que el Covid para nosotros, la administración renunció a ayudar a los poseedores de paleras porque, según ella, eran una «planta exótica».

Joer, en Cartagena «exótico» es un castaño, que yo no vi el primero hasta hacer mi primer Camino de Santiago… Pero ¿una palera exótica? ¡Coño! ¡Si en los belenes hasta el tío que caga lo hace detrás de una!

Pues nada, con el rollo de que las paleras son «exóticas» han dejado morir a muchas de ellas y, claro, ahora los higos de pala van a precio de bitcoin. Una lección más.

Una lección más para que disfrutemos de esas cosas que son baratas pero sabrosas como las más caras viandas. Y si no escuchen: el día que escaseen las sardinas pagaremos por media docena de sardinas asadas lo mismo que por una cena en un tres estrellas Michelin.

Y si no, al tiempo.

Albóndigas

Albóndigas

Me cuesta tanto aburrirme que, a veces, he deseado poder experimentar esa sensación.

Vivo solo, pero eso no es óbice para que me pase el día hablando conmigo o con gente a la que aprecio aunque no estén a mi lado. Hoy, tras hablar conmigo mismo un rato, he acabado hablando con mi amigo Aurelio y todo a cuenta de estas albóndigas que ven en mi plato. La causa de mi disputa de hoy con él es la incapacidad de euskéricos y castellanos viejos de pronunciar algunas cosas. Sus respuestas a mis preguntas no son más que una forma de preguntarme y responderme yo mismo, ya lo sé, pero este tipo de conversaciones son mucho más interesantes si tu oponente tiene una personalidad distinta a la tuya.

El caso es que hoy me he gobernado unas albóndigas para comer e, inmediatamente, he caído en la cuenta que estas al-bóndigas habían de ser un regalo árabe. He confirmado mi certeza tras breve investigación pero, mucho más interesante, he averiguado que los árabes tomaron el nombre de las al-bóndigas (albúnduqah) del nombre griego de unas avellanas que se criaban en el Mar Negro, el Ponto Euxino por su nombre en el siglo (en aquel siglo, claro) y que, naturalmente se llamaban «pónticas» lo que dio origen a la palabra árabe «bundiqa» o «bunduqa». ¿Por qué les llamaron los árabes «búndiqa» y no «póntica»? Bueno, por una razón simple, el idioma árabe odia la letra «p».

No, no se rían, el árabe odia la «p» de la misma forma que el chino o el francés odian nuestra «rr». Trate usted de decirle a un chino o a un francés que pronuncien «Roma» y ya verán la risa. Pues lo mismo le pasa a los árabes, que no pueden con la «p» y por eso el viejo elefante indio (pil) trató de ser “al-pil” en árabe, pero no pudo y acabó en “al-fil”, y con la “al-póntica” pasó lo mismo, que acabó siendo “al-búndiqa”.

A los vascos y castellanos viejos les pasa lo mismo que a los árabes pero con la «f». Le tienen tirria, les molesta pronunciarla, y por eso prefieren poner una «h» muda donde cualquier lengua romance como dios manda tiene una «f». ¿Que usted come “fabas” en Valencia? Pues habas en castellano. ¿Que usted es capaz de “facelo” en gallego? Pues en castellano no sería capaz de “hacerlo”.

Llegado a este punto, necesariamente, tenía que discutir con mi amigo Aurelio pues los castellanos viejos no solo odian la «f», como los vascos, sino que además odian las palabras agudas. Esta manía de colocar la sílaba tónica en este sitio u otro no es manía exclusiva de los habitantes de las Merindades; si se fija, casi todas las palabras francesas son agudas, es decir, están acentuadas en la última sílaba y, supongo que por joder más que por otra cosa, a los castellanos les domina la enfermedad de las palabras llanas, es decir, acentuadas en la penúltima sílaba.

No ya es que las palabras castellanas sean mayoritariamente llanas (igual por eso se llama caste-llano) sino que en el país de Las Merindades hasta las palabras agudas las pronuncian llanas.

Hay en el país del que les hablo, Las Merindades, un pueblo que fue bautizado en honor del primer y mítico juez de Castilla, Laín Calvo, y que, por esta causa se llama Villalaín. Pues bien, ni mito, ni juez, ni ortografía de la Real Academia valen un higo en ese país pues el pueblo, los comunes, le llaman Villaláin, acentuado en la “a” para que el nombre en vez de agudo sea llano castellano.

Casi la tengo con Aurelio a cuenta de esto pero tampoco era cosa de que llegase la sangre al Nela y como, a esas alturas del debate, ya me había zampado yo las albóndigas —que eran de bacalao y estaban cojonudas, dicho sea en estrictos términos de defensa— he terminado la conversación conviniendo que cada uno hable como le salga de las al-bundiqas, pues, si según la RAE ya se puede escribir “almóndiga” lo mismo que “albóndiga” ¿quién soy para meterme con cómo quieran pronunciar las cosas en Castilla o en su cabeza y capital Las Merindades?

Hecha la paz he rebañado el plato de albóndigas hasta dejarlo limpio y he pasado al postre.

Patatas fritas

Patatas fritas

Últimamente se me está haciendo difícil subir fotos de mi comida; algunas de mis followers son tan observadoras que, si bautizo el plato como «pollo con champiñones» y no lleva champiñones, se apresuran a desenmascararme y a denunciar la superchería.

Hoy se ve el pollo (se ve), se ven los champiñones (bajo él) y se ven… Patatas fritas, sí, patatas fritas.

Mi doctora me ha aconsejado que me guarde de los hidratos de carbono de inmediata disposición y que sea cicatero en el consumo de harinas, pastas y tubérculos como las patatas, lo que desconoce mi doctora es que las patatas fritas son como la misma vida.

Cuando te enfrentas a un plato de patatas fritas sabiendo que es una ocasión extraordinaria, atacas el plato con ansia y comes sin tasa hasta que ves que, como sin sentirlo, te has comido medio plato y las patatas que quedan comienzan a menguar. Es entonces cuando las empiezas a comer despacio, morosamente, disfrutando cada patata, masticando lento y saboreando profundo.

Sí: no hay nada como un buen plato de patatas fritas.

Con la vida pasa algo parecido, cuando ya te has comido medio plato y te quedan menos años por vivir que los ya vividos, también empiezas a masticar despacio y a saborear profundo. Ya no estás para que nadie te quite patatas dándote la tabarra con cosas que tienen importancia para ellos pero que no son importantes para ti; ya no pierdes tu tiempo compartiendo las pocas patatas que te quedan con gentes sin fondo. No, no estás para desperdiciar patatas, cada año que te queda quieres disfrutarlo —aunque venga malo, como este 2020— y vivirlo profundamente, tan profunda e intensamente como sea posible. Y no quieres que te distraigan pues a estas alturas ya solo quieres vivir cosas que te atraigan.

La fortuna, por el momento, me es favorable y aún me quedan años y patatas en la despensa, así que, con su permiso, voy a concentrarme.

Va por ustedes.

La coliflor universal

La coliflor universal

Hoy me han dicho que me disperso, que no me centro, que no estoy «a lo que hay que estar» (no sé por qué en el 99% de los casos ese «a lo que hay que estar» quiere decir indefectiblemente ganar dinero) pero, créanme, es que no puedo; dispersarme es consustancial a mi naturaleza.

Y si no miren esta coliflor. ¿Observan como las ramitas pequeñas tienen la misma estructura que las medianas y esta la misma que las grandes? Si fotografiásemos ramitas grandes, medianas y pequeñas y las ampliásemos a la misma escala serían para nosotros virtualmente indistinguibles. La coliflor, así vista, es una realidad fractal y, claro, ¿cómo no voy a dispersarme?

Cuando era un zagal y me enseñaron el modelo atómico de Böhr —o el de Rutherford— a mí (y seguro que a usted) me parecían idénticos a nuestro sistema solar y por eso yo (y seguro que usted también) imaginábamos que quizá todo el universo era una especie de sistema fractal donde los electrones giraban alrededor de un núcleo, los planetas alrededor de unos soles y los sistemas solares alrededor de otro núcleo en las galaxias que, seguro, que a su vez…

Un universo fractal, como una coliflor, como un sólido cristaligráfico, como las curvas de Mandelbrot. Confiese: si usted no ha pensado esto alguna vez estoy seguro de que ha pensado algo parecido.

Si a eso le añade usted un poco de incienso gnóstico y recuerda al Hermes Trismegisto («como es arriba es abajo») ya tiene usted combustible para quemar unas horas de su tiempo y es justo en ese momento cuando alguien vendrá y le dirá que «hay que estar a lo que hay que estar»… Probablemente trabajar para ganar dinero… O comer la coliflor antes de que se enfríe, como es el caso en este momento.

La humanidad domesticada

La humanidad domesticada

Hubo un tiempo en que los seres humanos eran pocos, tomaban de la naturaleza lo que necesitaban para vivir y esta se lo ofrecía regularmente sin mayores problemas. El ser humano satisfacía sus necesidades y el equilibrio perduraba.

En algún momento en torno al año 10.000 antes de Cristo el hombre dejo de tomar de la naturaleza lo que necesitaba y en lugar de cazar aquello que le era necesario empezó a consagrar su vida a criarlo él mismo y protegerlo de los peligros de la naturaleza. Arriesgó su vida por defender a la cabra y a la oveja y la fortuna le sonrió. Hoy, 130 siglos después, los seres humanos se han multiplicado pero también lo han hecho los animales domesticados con los que el hombre formó sociedad y hoy, por extraño que parezca, viven en nuestro planeta más animales domesticados que salvajes.

Algo parecido pasó con las plantas. El ser humano renunció a coger las plantas cuando las necesitaba y consagró su vida a cuidar a algunas de ellas. Hay quien sostiene que no fue el hombre quien domestió al trigo sino que fue el trigo el que puso a millones de hombres a trabajar para él, cuidándolo, sembrándolo y cuidando de que se reprodujese. Treinta siglos después, miles de millones de hombres siguen cuidando de que el trigo sea un vegetal exitoso. Los seres humanos se multiplican y las plantas domesticadas también. Cada vez queda menos sitio en el mundo para vegetales salvajes y no relacionados con la agricultura.

Hoy, antes de comer, me he encontrado con mis amigos @jesusviartolabrana y @pepefranc que estaban tomando una copa de vino blanco en un comercio de criadores de atún (sí, hoy el atún se cría como las ovejas o el trigo) y mientras hablaba con ellos no podía evitar pensar en como el hombre modifica el mundo y sus equilibrios hasta provocar situaciones insostenibles.

Ahora que vivimos una pandemia quizá debiéramos repensar nuestra percepción de lo que es la salud y aceptar que es imposible estar sano inmerso en un ecosistema enfermo y que sólo en un mundo sano pueden vivir seres humanos sanos.

Al margen de todo eso, este atún encebollado estaba estupendo.

Pliego de descargo

Pliego de descargo

Hubo una vez un hombre sabio que se jactó, con justicia, de no haberse sentado a comer jamás sin hambre ni haberse levantado nunca saciado. Y no es que su apetito fuese inagotable —que es lo que puede haber pensado cualquiera de mis sofísticos lectores— sino que practicó la moderación en el comer como hábito de vida: no comer nunca sin hambre, no comer nunca hasta saciarse.

A este hombre, que no era otro que el rey Ciro de Persia, se le tuvo por tan sabio y bueno que el mismísimo profeta Isaías le consideró «Mesias» en su libro; libro santo para judíos, cristianos y musulmanes.

Ciro dio libertad a los pueblos oprimidos, entre ellos a los judíos a quiene restituyó a su patria y les ayudó a reconstruir su templo (el Segundo Templo) y, dicen los que han traducido su «cilindro», que en él se encuentra el antecedente más remoto de la declaración universal de los derechos del hombre.

Sé que, muchos de ustedes, me tienen por un tragaldabas apoyados por las imágenes de mis habituales fotografías de comida, pero les aseguro que no o, por lo menos, no ahora. Yo, como Ciro, considero que es propio de personas sabias el ser moderados en el comer; al menos lo pienso de hace tres años para acá.

Trato de que mi comida diaria tenga lugar cuando siento hambre y trato de no levantarme saciado de la mesa, trato de alimentar el cuerpo y el intelecto y no me limito a masticar los alimentos sino también a conocerlos, trato de distinguir el hambre del puro hábito y de la maldita ansiedad y, por ello, ayuno un día a la semana 24 horas, porque me sienta bien, porque me hace conocerme y porque me enseña a distinguir el mero deseo de la pura necesidad.

Tomo fotos de lo que como, sí, pero eso es porque es imposible fotografiar lo que no como y es en esa realidad no comiente, créanme, donde encuentro las mayores satisfacciones.

Hoy toca pollo con champiñones, tengo mucha hambre y la ración me parece pequeña… Creo, pues, que hoy me voy a portar como Ciro aunque sea a la fuerza.

Hispania y Fenicia

Hispania y Fenicia

Dicen que fueron los fenicios los que pusieron nombre a España llamándola  Hispania nombre que parece derivar del término ऀ‏उ‏ऎ‏ऐ‏ऍ‏उ‏ (ʾyspny). Este se ha interpretado, ya desde antiguo como ʾy-spn-y, significando «la isla o península de los damanes» (un bicho ungulado lejanamente parecido al conejo bastante abundante en Canaán),​ por la supuesta riqueza en conejos de estas tierras, que los fenicios habrían asimilado o confundido con aquellos. La explicación deja muchos cabos sueltos: confundir un damán con un conejo es un error grave porque el damán tiene muy mala leche y ataca, aparte de tener voz poderosa y no conocer yo ninguna receta libanesocananea para comerlo.

Por su parte, según Cunchillos, en su Gramática fenicia elemental (2000), la raíz del término span es spy, que significa «forjar o batir metales». Así, ʾy-spn-ya sería la «la tierra en la que se forjan metales», lo cual, a mí, me parece más creíble dada la afición fenicia al metal tartésico o de la Sierra de Cartagena-La Unión.

Hoy, para investigar la cuestión en profundidad, me he gobernado un conejo al ajillo y estaba cojonudo; nada que ver con el damán, lo que prueba más allá de toda duda que los primeros fenicios que vinieron a España vinieron a por los metales de Tartessos, por la plata de Cartagena y por los michirones de la Bodega Lloret en La Unión.

El conejo al ajillo de hoy y los barcos cargados de lingotes de plomo de La Unión que guardamos en nuestros museos así lo atestiguan.

#phoenician #fenicios #conejo #rabbit #silver #plata #spain #hispania

Las grandes verdades de Averroes

Las grandes verdades de Averroes

Córdoba es tierra de personas sabias y honradas y la historia nos lo demuestra con claridad siglo tras siglo.

Si de personas honestas se trata los evangelios nos darán el mejor ejemplo, el cordobés Junio Galión, quien, ejerciendo de procónsul en Corinto y siendo gentil y politeísta, salvó a Pablo de Tarso de las iras de los judíos. Es el único hispano que sale en los evangelios (en los Hechos de los Apóstoles) y no por ladrón, bandolero o corrupto, sino por hombre íntegro y de juicio.

Y si Galión ilustra la honradez, Séneca, Ossio o Maimónides, nos ilustrarán la sabiduría como pocos. Gentil y filósofo el primero, cristiano y padre del cristianismo que hoy conocemos el segundo y judío el tercero, no habrá universidad del mundo que no los tenga entre los mayores sabios de la humanidad.

Sin embargo, de entre todos, yo prefiero al musulmán Averroes.

Gracias a Averroes el mundo conoció a Aristóteles y los magistrales comentarios a sus obras hechos por el cordobés acercaron la figura del estagirita a la humanidad. Claro que, como siempre, algún cenutrio tenía que venir a estropear las cosas y fanáticos religiosos acabaron acusando a Averroes de que la filosofía contradecía a la superior autoridad del santo Corán.

Averroes, que no era hombre que se achicase, se despachó a gusto en su «Tahafut al-tahafut» («Refutación de la refutación») pero eso no evitó que, en plena época de fundamentalismo religioso en Al Andalus, fuese confinado en Lucena.

Tampoco su obra gustó a los cristianos que la condenaron por motivos parecidos a los musulmanes: porque la filosofía y la ciencia no podían contradecir a su religión.

Los defensores de Averroes, sin embargo, elaboraron la tesis de la llamada «doble verdad», según la cual hay una verdad religiosa y una verdad científica las cuales no debieran interferir entre sí.

Creo yo que la mayor parte de la gente que conozco operan así, dan a la religión un lugar pero no lo mezclan ni confunden con la ciencia, aunque no es por esto por lo que yo les hablo hoy del sabio de Córdoba.

Hoy me he acordado de Averroes porque, entre las más brillantes y sabias afirmaciones que hizo, está su recomendación a todo el género humano de que se atenga al aceite de oliva y al arroz con leche. Y es verdad que, aunque no hubiese escrito otra cosa, sólo por estas dos inconmovibles verdades debiera la humanidad diputarle por sabio.

Hoy tengo arroz con leche de postre. Supongo que a estas alturas ustedes ya lo sospechaban.

Menú del día

Menú del día

Fue Manuel Fraga, ministro de información y turismo quien, en julio de 1964, estableció que…

todo «establecimiento, cualquiera que sea su categoría, de los que facilitan al público comidas y bebidas deberá confeccionar un “menú turístico” (…) que se compondrá como mínimo de:

—Entremeses, o sopa, o crema.

—Un plato con guarnición, que el cliente elegirá de un repertorio compuesto, cuando menos, por tres variedades, a base de huevos, pescado o carne, respectivamente.

—Un postre a base de fruta, dulce o queso.

Se incluirá también un cuarto de litro de vino del país, o sangría, o cerveza u otra bebida y pan».

Esta disposición legal, aunque ya no esté vigente, se sigue cumpliendo escrupulosamente por las casas de comidas más dignas de confianza. No crean ustedes a cocineros como un tal Ferrán que, víctima de delirios Adriáticos, afirmó que el ibérico «Menú del Día» tenía sus días contados; no le crean: desde que el hombre hizo la mili en Cartagena y aprendió a cocinar la fama le ha nublado las entendederas y ha hecho que el pobre no dé pie con bola.

Hoy he trabajado de firme. A las 9 estaba en el juzgado esperando a una detenida y a conciliar los recuelos de guardia con tres juicios señalados para hoy. Conforme a la costumbre española el juicio de las 11 se ha celebrado a 12:30, el de las 13:00 a 13:45 y el de las 10 no sé exactamente cuándo pues he perdido la noción del tiempo. Es por eso que a las 14:15, cuando he salido del juzgado, me he determinado a comer como los hombres y me he puesto a buscar una casa de comidas que tuviese en la puerta una pizarra anunciando el iribarnesco menú del día.

Debo decir que una buena casa de comidas debe tener el menú del día escrito artísticamente en una pizarra donde, con palabras claras y siginificantes, se anuncien «albóndigas», «armóndigas» o hasta «halbóndigas» (que de esta y muchas más formas las he visto anunciadas) y, a ser posible, ilustrada con dibujos alusivos al condumio. En esto un cartagenero, Pablo Braquehais Desmont, es desde las Asturias de España, el mejor confeccionador de pizarras de bar, siendo cada una de las que pinta una efímera obra de arte.

Yo hoy quería comer con cuchara (esa herramienta injustamente olvidada por los restaurantes de lujo con la que comen las personas honradas) y, en cuanto he visto que esta casa anunciaba potaje, he entrado.

Ahora que llevo medio plato consumido empiezo a estar en paz con el creador; en cuanto duerma la siesta estaré listo para continuar con eso que llaman vida.