Como Cagancho en Almagro

Se cuenta que, cuando Don Gregorio Corrochano le vio dar su último natural por alto en Las Ventas, escribió una crónica tan sentida que El Vaticano consideró, a la vista de lo que en ella se narraba, incluir a Joaquín Rodríguez «Cagancho» en el santoral.

Gitano de ojos verdes, Joaquín Rodríguez, nunca conoció el término medio. Dicen que fue el primero en torear de capote con las manos bajas y dicen que nadie lo ha hecho después como él; pero también son famosas sus muchas, muchísimas, tardes aciagas; tantas que incluso el suplemento de ABC hizo famoso en la década de los 20 un chiste en el que se veía a dos ratones conversando entre rejas en una celda de los calabozos de Madrid y diciendo: «Qué raro, son ya las nueve y aún no ha venido Cagancho».

Su tarde más recordada, 26 de agosto de 1927, no fue una tarde de las buenas, sino de las otras. Toreaba en Almagro con todo el papel vendido y una expectación inusitada. Se lidiaban toros de Pérez-Tabernero y la cosa se torció desde el principio. Para su desgracia y cuando ya tenía al público en contra salió a la plaza el cuarto de la tarde, un auténtico tío, al que Cagancho se vio incapaz de matar. Cuando le sonaron los tres avisos Cagancho lo había intentado todo, incluso apuñalar alevosamente al toro desde detrás de la barrera mientras le llovían todo tipo de objetos desde el tendido. No había muerto aún el burel cuando el público invadió la plaza dispuesto a ajustarle las cuentas al diestro siniestro. La guardia civil se empleó a fondo e incluso fue preciso que cargase un escuadrón de caballería que había llegado de refuerzo. Cagancho finalmente fue detenido y llevado al ayuntamiento donde quedó custodiado por la Guardia Civil en prevención de males mayores.

No crean que esto de dejarse ir vivo un toro ha sido algo infrecuente en la tauromaquia, toreros como Curro Romero o Rafael de Paula (por citar sólo dos recientes) han sido habituales de los calabozos de los pueblos de España por acciones parecidas aunque, como a Cagancho, sus partidarios se lo han perdonado todo siempre esperando sus tardes de gloria.

Por eso cuando Cagancho, ya al final de su carrera, se abrió de capa en Las Ventas para recibir a otro cuarto de la tarde, la afición quedó estupefacta al ver jugar las manos a aquel más que cincuentenario torero que, de esa forma, presentaba sus credenciales para la corrochanesca beatificación.

¿Y todo esto a cuento de qué?

Pues a cuento de qué hoy he vuelto a leer la expresión «quedar como Cagancho en Almagro» y he recordado esta peripecia del gitano de los ojos verdes.

Joaquín Rodríguez «Cagancho» murió en el Sanatorio Español de México el último día del año 1983.

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