Bitcoin: ¿Inversión o burbuja?

Hace menos de un mes (el 17 de diciembre) escribí un post titulado «Bitcoin a 22.000$»; hoy, apenas 22 días después, el título debiera ser «Bitcoin a 42.000». La reina de las criptomonedas en estos últimos días ha ido ganando diariamente mil dólares hasta casi doblar su valor, este es, sin duda, un fenómeno insólito, aunque no tanto como para que los blockchain believers no insistieran en que esto, tarde o temprano, pasaría.

La subida ha sido tan fuerte que ayer —por fin— el telediario de Televisión Española habló del fenómeno aunque, como siempre, vinculándolo, siquiera fuera sutilmente, a algunos aspectos negativos del mundo de las criptomonedas.

Sea como sea la pregunta ronda en la mente de todos ¿Hasta cuándo durará este rally alcista? ¿Estaremos en presencia de un cambio histórico o de una descomunal burbuja? ¿Qué hay detrás de todo esto del Bitcoin y las criptomonedas?

Vayamos por partes y tratemos de despejar las dudas una por una hasta donde seamos capaces.

Lo que hay detrás del Bitcoin y del resto de criptomonedas no es sino una nueva tecnología llamada blockchain. Esta tecnología, digámoslo groseramente, permite añadir una capa de seguridad a casi cualquier cosa que usted haga; podríamos decir que es como llevar un notario en el bolsillo, salvo que, para algunas cosas, es incluso mejor y más seguro que un notario. Si usted realiza cualquier actividad y la registra en blockchain la misma quedará inalterablemente registrada para siempre y con total garantía. Eso, obviamente, en el mundo de las relaciones humanas, ofrece un horizonte de posibilidades incalculable.

Además esta tecnología se puede implementar de manera descentralizada, es decir, los libros donde se anotan las transacciones no están en poder de una sola persona, ya sea un funcionario o un gobierno, sino que están clonados en miles de ordenadores distribuidos por el mundo (usted, si lo desea, puede hacer funcionar un nodo de bitcoin o ethereum sin demasiadas dificultades) de forma que alterar ese libro es imposible.

Esta tecnología distribuida, en manos de los usuarios y ajena al control de gobiernos y corporaciones, excita la imaginación de muchas personas, exactamente la misma imaginación que, desde el manifiesto cypherpunk, bulle en círculos de personas firmes creyentes en esta tecnología como herramienta de democratización y empoderamiento de la ciudadanía 1.

Ocurre con blockchain y el mundo de las criptomonedas lo mismo que ocurrió con internet en sus primeros años. ¿Recuerda usted cuando le decían que meter su tarjeta de crédito en internet era una insensatez? ¿Recuerda cuando le decían que internet era un mundo de pedófilos y pornografía? ¿Recuerdan cuando le decían que wikipedia era inútil y lo bueno era tener la Enciclopedia Británica?

Bien, ahora que los editores de la Enciclopedia Británica ya no la editan en papel y revistas científicas como Nature llevan a cabo estudios para determinar cuál de las dos es más fiable o qué sesgos presenta cada una2, quizá sea el momento de que repensemos esas estrategias tan a menudo repetidas por quienes ocupan posiciones de poder, ya sea económico, político o de otra especie, en el actual statu quo.

Internet fue soñada como un espacio de libertad donde compartir conocimiento del mismo modo que las criptomonedas fueron concebidas como una herramienta de libertad al margen de gobiernos e instituciones financieras. Las acusaciones que se formularon en los albores de internet y las criptomonedas respecto de ellas son asombrosamente parecidas: nido de delincuentes, drogas, pornografía, lavado de dinero… Es un truco viejísimo: cuando aparece un espacio no controlado por quienes tienen poder se acusa a ese espacio de todo lo imaginable hasta que, por fin, quienes tienen poder lo regulan para tratar de perpetuar el poder que tienen. Es una lección ya sabida pero es una estrategia que funciona y no duden que el mundo de las criptomonedas, como internet, será finalmente regulado.

Si tiene usted unos ahorros piense simplemente que va a pasar con ellos ahora que el banco central europeo está imprimiendo euros o que en los Estados Unidos se están imprimiendo dólares intensivamente.

Cuando se imprimen billetes (una decisión exclusiva de los gobiernos) el dinero que usted tiene pierde valor. Esta es una ley viejísima y es de las pocas leyes indiscutidas en economía. Se llama la teoría cuantitativa del dinero. Ésta sostiene, en su forma más elemental, que, en igualdad de todo lo demás, los precios varían en relación directa con la cantidad de dinero en circulación3.

Es por eso que muchos ahorradores han buscado para su dinero un lugar donde sus ahorros no pierdan valor. Muchos han comprado oro, pero otros, simplemente, han comprado bitcoin. ¿Por qué?

Muchos son los factores que acteditan a Bitcoin como un valor refugio. El primero es que no está en manos de los gobiernos que, por esto, no pueden imprimir (minar) tantos cuantos bitcoins deseen. Bitcoin, por diseño, no es controlable por ningún gobierno y no es regido por ningún otro código que no sea su código informático. Si en los billetes de dólar puede leerse la expresión “In God we trust”, no tengan la menor duda de que en la mente de los bitcoin believers está grabado el motto “In code we trust”.

Por extraño que parezca los ahorradores quieren valores seguros y antes confían sus ahorros a un código informático objetivo o a un metal que los gobiernos. Esto debiera darnos mucho que pensar sobre la calidad de nuestras instituciones políticas.

En segundo lugar un aspecto muy llamativo y que ha atraido a muchos inversores ha sido la “finitud” del Bitcoin. Por definición,por sistema, por código, jamás podraán minarse más de 21 millones de bitcoins (y ya vamos por 18 y medio) de forma que los peligros de gobernantes aficionados a imprimir billetes no exist en esta plataforma que, así definida, se presenta como un reemplazo maravilloso del oro.

La potencialidad de esta nueva tecnología llamada blockchain, mejor representada a mi juicio por plataformas como Ethereum que por el propio Bitcoin, es difícilmente imaginable y su adopción por la sociedad es simplemente cuestión de tiempo. Apostar, pues, por esta tecnología es apostar a caballo ganador, ahora bien, ¿la mera compra de criptomonedas es una forma de apoyar o apostar por esta tecnología?.

Visto todo lo anterior es obvio que no podemos hablar de un único factor que esté empujando a la adopción de esta tecnología por empresas importantes y por un, aun pequeño pero significativo, grupo de particulares. Son muchos los factores que convergen para impulsar el uso de estas tecnologías: desde el meramente utilitario, al especulativo, al financiero o incluso al filosófico-político.

Las razones, pues, para invertir en criptomonedas son tantas y tan variadas que creo que no necesito exponerlas aquí, pueden encontrarlas facilidad en cualquier url especializada; de lo que sí quiero ocuparme hoy es de esa “ventaja” que está de moda en estos días: invirtiendo en Bitcoin se está ganando mucho dinero.

Déjenme que les cuente una historia.

Hace poco me visitó una persona interesada en comprar criptodivisas y me consultó mi opinión.

—¿Por qué quiere usted comprar? (Le pregunté).

—Bueno, están subiendo mucho y temo perderme esta oportunidad de ganar dinero.

Me sentí obligado a leerle unas palabras del famoso economista John Kenneth Galbraith, una de las figuras señeras del siglo XX y, me parecen tan esclarecedoras, que creo que no debo resistirme a reproducirlas aquí:

«La especulación se produce cuando la gente compra bienes, siempre apoyados por algún mito convincente, porque esperan que sus precios subirán. Esta esperanza y la acción resultante sirven para confirmar la expectativa. De hecho, la realidad no es lo que el bien en cuestión —terrenos, productos agrícolas, acciones o compañías de inversión— ganarán en el futuro. Lo que ocurre es que un número suficiente de personas espera que el objeto de la especulación aumentará de precio, y esto atraerá a más gente y hará que se cumplan las esperanzas de aumentos ulteriores. Este fenómeno es de una sencillez extraordinaria, pero sólo puede durar mientras los precios aumenten de veras. Si algo grave interrumpe la elevación de precios, las esperanzas que mantenían el alza se pierden o se debilitan grandemente. Todos los que confiaban en un alza posterior —que son todos menos los crédulos y magníficos optimistas, de los que hay siempre una buena cantidad— tratan de salirse de la operación. Y tanto si el alza anterior fue rápida como si fue lenta, la baja resultante es siempre vertical. De aquí la semejanza con el diente de sierra o con la rompiente de la ola. Y así terminaron la especulación y la consiguiente expansión económica en todos los años de pánico desde 1819 hasta 1929.»

—Bien (le dije) creo que podemos convenir sin molestarnos demasiado en que usted quiere comprar criptomonedas con fines especulativos. Pero no me entienda mal, especular no es un crimen, lo que es insensato es hacerlo más allá de un cierto margen. Recuerde usted que el crack bursátil del 29 se produjo debido a la histérica compra de acciones merced a créditos bancarios garantizados con las propias acciones a comprar con esos créditos y, sin irnos tan lejos, es también eso exactamente lo que ocurrió en España del 2000 al 2007: sobre el mito alimentado por los bancos de que las viviendas jamás bajaban de precio la población solicitó créditos para comprar viviendas que garantizó con la propia vivienda comprada; y, no ya para el natural y razonable objetivo de tener una casa donde vivir, sino que especulando con esa mítica sempiterna subida de precios, se dieron “pases” por particulares y espontáneos del negocio inmobiliario mientras que, a mayor escala, constructores ávidos se dedicaron a la promoción desaforada y vino la especulación, la corrupción y todo eso que usted no necesita que yo le explique porque lo hemos vivido ambos.

Mire —le dije para concluir— yo no tengo por qué decirle dónde debe usted gastarse su dinero pero, por lo que valga, le doy el siguiente consejo: jamás especule a crédito, es la mejor manera de terminar mal.

—¿Bueno, pero cuánto va a durar esta subida?

Al oir su respuesta supe que estaba ante un caso agudo de «FOMO»4 y decidí contestarle con sinceridad:

—Eso no lo sabe nadie.

El hombre no pareció quedar contento y como tengo la mala condición de no ser parco en palabras, me extendí, quizá, hasta donde no debiera haberme extendido lo cual, quizá, no sea bueno para la calidad de mis relaciones humanas pero, en cambio, me sirve para escribir post como este.

—Mire, le dije, si el precio estuviese subiendo a impulsos de personas como usted yo no tendría la menor duda de que estamos en presencia de una burbuja. Tras su decisión de compra no hay maás fundamento que la creencia en que estos valores subirán porque así lo creen otros compradores. Eso es especulación de manual, eso son, con perdón, tulipanes.

Ocurre sin embargo que no es usted ni gente como usted quienes están haciendo subir la cotización del bitcoin, son grandes compañías y conglomerados financieros los que están comprando masivamente, compañías como Grayscale o Microstrategy… Los bitcoins no están en manos de muchos pequeños ahorradores, no, el 95% de los bitcoins se concentra en manos de muy pocas personas y corporaciones.

Claro que eso no obsta a que esta pudiera ser una hiperburbuja propulsada por empresas que especulan. Salvo que…

—¿Salvo qué? (Me dijo, con ansiedad)

—Salvo que a lo que estemos asistiendo sea al crecimiento propio de la curva de adopción de esta nueva tecnología que no finalizaría en bastante tiempo o, mucho más probablemente, a una mezcla de todas las razones y causas que le he contado.

—Pero entonces ¿Inversión o burbuja?

—Pues lo que le dije, nadie lo sabe. Y, como nadie lo sabe, sólo le propongo que haga las cosas con prudencia: entre en este mundo, diviértase, descubra nuevos mundos y nuevas formas de pensar, pero, por lo que valga, recuerde el consejo que le di, emplee siempre lo que le sobre y lo que no necesite. Puede apostar que blockchain será el futuro, pero no debe apostar su futuro y el de su familia al bitcoin. Prudencia, pues.


  1. Curioso resulta que una reivindicación sustancial del «Manifiesto Cypherpunk» de 1993 contuviese una clara demanda de herramientas como las criptomonedas y llama la atención como todos aquellos cipherpunks son, en buena medida, las oersonas que contribuyeron no solo a dar a luz a internet sino a esbozar el nuevo cuadro de valores que deberían informar a la sociedad de la información. Uno de los pasajes del manifiesto decía textualmente: «…an open society requires anonymous transaction systems. Until now, cash has been the primary such system. An anonymous transaction system is not a secret transaction system. An anonymous system empowers individuals to reveal their identity when desired and only when desired; this is the essence of privacy. Privacy in an open society also requires cryptography.»
  2. Britannica
  3. Galbraith, John K. «El dinero: de dónde viene y a dónde va».
  4. Síndrome FOMO

El año de los metaversos

El año de los metaversos

Definitivamente 2020 ha sido un año que ha fortalecido la industria de los metaversos.

—¿Metaqué?
—Espere…

Seguramente en bachiller le enseñaron que no es lo mismo España que “España”, y que no siginifica lo mismo «Hablemos de España» que «Hablemos de “España”», las comillas, rodeando a la palabra “España” nos indican que no nos movemos en el mundo del lenguaje sino del metalenguaje y que cuando hablamos de “España” no hablamos de nuestro país y sus enloquecidas peculiaridades sino de la palabra “España”; es decir, hablamos de una palabra en cuanto que palabra y se dice que nos movemos en el plano del metalenguaje.

Los programadores hace mucho que se dieron cuenta que podían fabricar universos que no eran este nuestro y pronto comenzaron a diseñar videojuegos de ciencia-ficción o de mundos distópicos o pretéritos. Otros, por su parte, pensaron que lo mejor era, simplemente, recrear este universo en qué nos movemos, de forma que nuestra vida podría discurrir en un universo real y en otro paralelo pero de naturaleza virtual. Nacieron así iniciativas como “Second Life” que, lo recordarán bien, a partir de 2003 fue una auténtica explosión de fuegos de artificio con líderes políticos españoles incluso creándose avatares para dar mitines y hacer campaña en ese mundo.

Pues bien, 2020, con sus normas de alejamiento nos ha traído una revitalización de este mundo de los metaversos a través de, por ejemplo, reuniones de trabajo que ya no se llevan a cabo tal y como solíamos hacerlo sino mediante aplicaciones específicas de trabajo o videoconferencias. Toda una serie de interacciones virtuales para las que la técnica estaba preparada pero respecto de las cuales no habíamos sentido nunca necesidad se hicieron realidad frecuente en el pasado 2020. Hasta el concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena este año se ha celebrado en una especie de metaverso donde los aplausos de un público ausente eran reproducidos y transmitidos telemáticamente.

Herramientas diseñadas para juegos “on line” son ahora usadas para trabajar o para dar satisfacción a necesidades que ya no podemos cubrir en el universo real por exigencias de la pandemia y esto, naturalmente, está desarrollando nuevos modelos de negocio. Piénselo, 2020 ha sido un año malo para muchísimos millones de personas pero, desde luego, no tanto para los accionistas de ZOOM. Si hubiese usted invertido en esta empresa 1000€ el 1 de enero de 2020 hoy, 2 de enero de 2021 tendría usted 5100€. Mucho mejor que bitcoin, que ya es decir. Sí, como ven, las herramientas para apañarse bien en metaversos son bastante rentables en un mundo que tiende a construirlos.

El desarrollo de herramientas que permitan nuestra interacción en estos metaversos no hará sino incrementarse en años sucesivos hasta extremos inimaginables con consecuencias económicas y políticas difíciles de prever si se usan en favor de la libertad y del individuo pero calamitosas si, como sucede muy a menudo, son reguladas por gobiernos que no tienen la menor comprensión del fenómeno que regulan. La construcción de una verdadera sociedad civil aún es posible, aunque…

Cuando la generación del smartphone (esos chicos y chicas que ya no saben qué es un teléfono sin pantalla táctil, cámara de fotos, whatsapp y tik-tok) alcancen la mayoría de edad, la mayor parte de sus experiencias emocionantes habrán tenido lugar en mundos virtuales y conviene que nos preguntemos cómo dosificamos o hasta que punto no habrá supuesto esto una comprensión defectuosa de la realidad.

Desembarcar en Normandía en un videojuego es algo que casi todos nuestros hijos habrán hecho decenas de veces y, probablemente, también habrán pasado frío hasta la congelación en las riberas del Volga, en Stalingrado; lo que no sé es si esas experiencias serán percibidas exactamente como lo que son, una fantasía, o condicionarán su comprensión del universo real. Un ejército de niños obesos comiendo comida basura mientras asaltan en su videoconsola la última estación espacial de la flota rebelde es una distopía que, si atendemos a las estadísticas, no está lejos de ser real en algunos paises.

El ser humano es sabio y sólo unos pocos Quijotes locos viven en metaversos equivocados y aunque yo, como saben, soy furioso defensor de la tecnología cuando sus implicaciones sociales se orientan en el sentido correcto,  cada vez que veo fotos de mi amigo Aurelio con sus hijos en la nieve (una realidad que yo no conocí hasta los 23 años) pienso que acierta plenamente en lo que hace y que, metaverso por metaverso, el mejor universo posible es este en el que se encierran todos los demás: el mundo que vivimos.

¿Dinero o criptodinero?

¿Dinero o criptodinero?

Quizá en la historia humana no haya una herramienta tan antigua, ubícua y mal diseñada como el dinero.

Ya les conté hace unos días que, aunque antiguo, el dinero no lo es tanto como para que fuese usado en el antiguo Egipto, en Sumeria o Acad y, desde que fuera inventado —según Herodoto por los lidios— alrededor del año 700 AEC, su historia ha sido una historia de fraudes y abusos de los poderosos (política y económicamente) contra las personas comunes. Veámoslo.

Aunque históricamente se usaron como dinero conchas, piedras, tabaco o incluso cabras, el dinero ha estado asociado, íntimamente y desde antiguo, a los metales. El “dinero” a que hace referencia Herodoto al atribuir su invención a los lidios es precisamente este: el dinero basado en metales.

Su funcionamiento es sencillo: fijando los precios de acuerdo con el valor del peso de un determinado metal (cosa que venían haciendo los Egipcios desde miles de años atrás) bastaba con poseer metal de esa especie en la cantidad necesaria para usarlo como dinero. Naturalmente reyes y poderosos encontraron en la acuñación de moneda un magnífico negocio económico y político: además de hacerse una buena publicidad acuñando su efigie en las monedas, encontraron muchas y variadas formas de engañar a sus súbditos para lucrarse con conductas que se han repetido invariablemente desde entonces hasta nuestros días. Veamos en lineas generales cómo se produjeron dichos engaños.

Acuñar moneda es, sin duda, un buen negocio para quien lo hace pues, para sacarle un dinerillo al asunto, basta con introducir en la aleación de las monedas, por ejemplo, menos plata y más cobre, en ese engaño pequeño el acuñador se gana unos buenos ingresos y, si cree usted que esto no ha ocurrido, debo decirle que es usted un iluso: lo que raramente ha ocurrido es lo contrario: que las monedas contengan el peso prometido de metal precioso. Las monedas a lo largo de la historia se han ido envileciendo no solo por el engaño de los acuñadores sino también de quienes las custodian, singularmente los banqueros.

Si no me cree eche usted mano al bolsillo, saque una moneda de euro —si le quedan— y observe con cuidado su canto.  Si lo hace observará usted que el canto de la moneda no es liso, sino que se encuentra rayado en toda su extensión. Estas rayas no están colocadas ahí por casualidad: cuando el dinero valía algo se acuñaban metales como plata y oro y uno de los mejores negocios del banquero era limar sutilmente las monedas, de forma que, con un poco de polvo de oro o plata de aquí y de allá, podían hacerse con un buen dinero. Todavía en el Código Penal de 1973 que hube de estudiar contenía un delito de “quebrantamiento de moneda” en su artículo 283.2⁰ que castigaba con la pena de prisión menor a quien «cercenare o alterare moneda legítima».

Quizá sea el caso del emperador Diocleciano el que mejor ilustre este envilecimiento oficial de la moneda:

En tiempos de Diocleciano las arcas públicas de Roma estaban cada vez mas vacías, de forma que, para solucionarlo, el emoerador recurrió al truco de siempre e hizo alterar las monedas de curso legal hasta reducir en un 90% su contenido en metal precioso pero, claro, sin modificar su valor facial. La consecuencia real de esta práctica daría origen a lo que, en 1558, se bautizó como la máxima de sir Thomas Gresham, previamente formulada por Oresmo y Copérnico, y reflejada en la acumulación secreta del buen dinero romano, según la cual «la moneda mala expulsa siempre a la buena». (Quédense con esta máxima).

Lo que le sucedióa Diocleciano fue que los comerciantes y la población en su conjunto guardaron las monedas de buena aleación y comenzaron a rechazar esa moneda alterada en pago de su mercancía.

Otra consecuencia adicional de esta envilecedora práctica de Diocleciano fue que, el aumento en la emisión de moneda, de una manera primitiva, pero inconfundible, planteó la proposición esencial concerniente a la relación del dinero con los precios: la llamada «teoría cuantitativa del dinero» que sostiene, en su forma más elemental, que, «en igualdad de todo lo demás, los precios varían en relación directa con la cantidad de dinero en circulación».

Debido a las tremendas subidas de precios se produjeron revueltas y manifestaciones de las clases populares de forma que, para evitarlas, Diocleciano recurrió a lo único a lo que parecen saber recurrir los malos gobernantes: prohibir y regular. Diocleciano, para evitar las alzas de precios, decidió limitar las subidas fijando listas públicas de precios de las diversas mercaderías… Y sobrevino la catástrofe. Siendo ruinoso vender mercancías en tales condiciones los comerciantes abandonaron la actividad, hubo falta de abastecimiento, pobreza, hambre… No creo necesario contarles más, ustedes lo imaginan fácilmente.

La historia del dinero desde entonces ha sido la de unos gobernantes perennemente endeudados y la del uso de soluciones «financieras» que no eran sino engaños directos a la población: bancos concebidos como negocios piramidales que jamás custodiaban metal que respaldase los billetes que emitían o, desde que Nixon desconectó el sistema financiero mundial del patrón oro, una afición desmedida a la producción de papel impreso como “dinero”. Si desean una descripción por extenso de toda esta galería de los horrores les recomiendo la lectura del libro «El dinero: de dónde viene y a dónde va», del economista John Kenneth Galbraith, uno de los más importantes economistas del siglo XX.

La penúltima canallada de gobiernos y poderosos contra los comunes la conocen perfectamente ustedes, sucedió en 2008 y arruinó a muchísimas familias del mundo.

Fue toda esa larga historia de latrocinio la que movió a muchos a buscar soluciones para sacar el dinero del control de gobiernos y poderosos y entregarlo, teóricamente, a la comunidad, de forma que, estafas como las de los últimos 2800 años, no pudieran repetirse y fue así como nacieron Bitcoin y posteriormente el resto de las criptomonedas que conocemos.

Desde el 12 de enero de 2009 (fecha de la primera transacción en bitcoin) hasta el boom de las criptomonedas en 2017 las criptomonedas fueron probando la tecnología distribuida que les daba soporte y sufriendo “burbujas” que las ponían a prueba tanto de los experimentos pseudofinancieros de algunos como de las estafas que, directamente pusieron en marcha otros. Un mundo salvaje y sin más regulación que la del propio código informático que lo diseña (una encarnación de lo predicho por el profesor de Stanford Lawrence Lessig en su obra visionaria «Code 2.0») demostró ser capaz de sobrevivir sin leyes ni decretos.

Este mundo de dinero no controlado por los gobiernos sólo necesitaba de la crisis económica creada en 2020 por el coronavirus para explotar y  surgir por el horizonte como una amenaza para el sistema financiero tradicional y una promesa para los comunes. Veamos por qué.

La cuestión decisiva a la que han tenido que atender los gobiernos del mundo este año 2020 es la de cómo hacer frente a la crisis económica derivada de la crisis sanitaria del coronavirus y, como pueden imaginar, lo han hecho con el ingenio que ha caracterizado habitualmente a los gobiernos de los imperios: al estilo de Diocleciano; es decir, «fabricando dinero».

Los bancos centrales imprimieron, solo en el mes de mayo del pasado 2020, un valor estimado de USD 15 billones en estímulos como medidas antipandémicas para salvar las economías mundiales, «arrojando al dólar estadounidense debajo del autobús», como dijeron algunos.

Recuerden ustedes ahora la «teoría cuantitativa del dinero» de la que les hablé más areiba y que sostiene, en su forma más elemental, que, «en igualdad de todo lo demás, los precios varían en relación directa con la cantidad de dinero en circulación». Por aplicación de esta ley tamaña impresión de papel tendrá la consecuencia esperable: una importante alza de precios y su pareja pérdida de valor de la moneda.

Tradicionalmente, siempre que los gobiernos han hecho funcionar la máquina de imprimir billetes (billetes que, desde Nixon, carecen de ningún respaldo metálico y que no tienen valor intrínseco alguno) los ciudadanos ham buscado valores refugio que han solido consistir en los metales preciosos que otrora respaldaban las monedas (oro o plata) o en algunas otras mercancías conservadoras de valor.

Sin embargo, en este 2020, a estos valores refugio tradicionales se ha añadido uno más, diseñado como consecuencia de la crisis de 2008: el bitcoin.

El bitcoin, es preciso que lo sepan, reúne todas las características precisas para ser un excelente valor refugio:

1⁰. Suministro limitado

Un buen conservador de valor debe ser un activo limitado. El oro es bueno en eso, su minado es escaso y caro y, salvo que se descubra alguna nueva mina que haga aumentar sustancialme te su cantidad (cosa en que los españoles fuimos especialistas con la plata y las minas de América) permanecerá más o menos constante.

Bitcoin sin embargo supera al oro en este aspecto pues el número máximo de bitcoins está limitaado por el propio sistema a 21 millones. Ya se han “minado” 18 millones y en los próximos 20 años se “minarán” los restantes 3 millones. Ningún gobierno podrá “darle a la máquina de imprimir”, hay los bitcoins que hay y no puede haber más. Bitcoin, pues, supera al oro en este aspecto.

2⁰. Fácil de comprar y vender

El oro no es difícil de comprar y vender, basta con que vaya usted con sus joyas a un «compro oro» y acepte el precio que allí le ofrezcan o busque una joyería u otro establecimiento donde comprar unos lingotes o monedas… ¿Fácil o difícil? Usted me dirá.

Para comprar o vender bitcoins solo necesita su teléfono móvil.

Creo que este punto también se va para bitcoin.

3⁰. Ampliamente aceptado como medio de pago.

El oro, no cabe duda, es ampliamente aceptado pero ¿ha probado usted a pagar con oro? Pagar con lingotes de oro o monedas de oro no es tan fácil como podría pensarse, no es fácilmente divisible (¿Cómo le darán el cambio de sus lingotes si no es fraccionándolos?) y ni siquiera su convertibilidad o medición —pesaje, verificación de la ley… etc.— es sencilla.

En cambio, bitcoin, con una capitalización actual de 545.771 miles de millones de dólares (una cifra que iguala al PIB de Suecia) supera con mucho la de la mayoría de los países del mundo y con la posibilidad de usarlo desde su teléfono móvil o a través de PayPal (este año) o tarjetas de crédito, su uso como medio de pago ampliente aceptado podemos decir que supera al oro.

4⁰. Que sea percibido como un acumulador estable de valor.

Basta con leer el primer argumento para saber que bitcoin es intrínsecamente estable como acumulador de valor y, poco a poco en años pasados, pero muy rápidamente es 2020, es percibido como un eficaz acumulador de valor y, en consecuencia, ya ha atraído la atención de conspícuos del mundo de las finanzas como J.P. Morgan o Goldman Sachs que, a lo que se ve, no quieren que esta fiesta se les escape.

Es así como con bitcoin empieza a cumplirse también la máxima de sir Thomas Gresham según la cual «la moneda mala expulsa siempre a la buena» y, en países con problemas económicos derivados de la negligente política monetaria de sus gobiernos, los ciudadanos empiezan a preferir conservar su dinero en forma de bitcoins que de la moneda local haciendo que los cajeros automáticos de bitcoin sean ya una realidad en países como Argentina.

Así pues, una unidad de cuenta eficaz y ajena a los gobiernos, como es el bitcoin, se ha presentado este 2020 como la alternativa definitiva al dinero «fiat» (se llama así a nuestro común dinero de papel basado tan solo en la confianza que nos inspira, pero no en respaldo alguno) y como un defensor de la economía de los indivíduos frente a bancos y gobiernos.

Creo que con todo esto pueden comprender por qué el precio de bitcoin ha pasado de 9.352 $ en enero de 2020 a 29.224 $ en el momento de escribir estas lineas.

Y hasta aquí lo bueno. Supongo que muchos de ustedes se preguntarán a estas alturas ¿Cómo es posible que una moneda sin valor intrínseco alguno y sin el respaldo de ningún gobierno pueda haber alcanzado ese valor? ¿Estaremos locos? ¿No será todo una burbuja como la de los famosos tulipanes holandeses?

Y hacen bien en preguntárselo y es preciso hablar de ello y hablaremos, tenemos por delante un año apasionante para hacerlo.








El bitcoin y el Antiguo Egipto

El bitcoin y el Antiguo Egipto

Hoy el bitcoin ha rebasado la barrera de los 25.000 dólares y, como siempre que bitcoin bate records (lo cual últimamente sucede casi todos los días), siempre hay quien me pregunta cómo es posible que una unidad de cuenta sin valor intrínseco alguno pueda alcanzar semejantes precios.

La pregunta es pertinente pero sería del todo pertinente si a esa pregunta se añadiese otra: ¿cómo es posible que un trozo de papel impreso tenga más valor que el valor intrínseco del papel?

Para entender este aparente sinsentido, seguramente, deberemos viajar al pasado hasta el mismo momento en que se inventó el dinero, lo cual, por cierto, sucedió en fecha bastante más reciente de lo que pudiera pensarse, pues las primeras civilizaciones y los primeros imperios que existieron sobre la tierra (sumerios, acadios, egipcios…) simplemente lo desconocieron; al menos en su versión física. Para entender como imperios tan extensos llevaban adelante su economía fijémonos, por ejemplo, en cómo sucedían las cosas en el Antiguo Egipto.

En el Antiguo Egipto no se acuñaba dinero, pero eso no significa que no tuviesen métodos de intercambio suficientemente sofisticados y, para ello, hacían uso de unidades de medida que podían ser de peso, superficie o capacidad. Por su extrema popularidad nos fijaremos en una unidad llamada “Deben” que equivalía a unos 91 gramos y que se dividía en diez partes (kite) de unos 9,1 gramos cada una.

La utilidad del Deben y su uso quedan patentes si nos fijamos, por ejemplo, en el Ostracón (un trozo de cerámica escrito) Turín 9753; en él se documenta la venta de una cabeza de ganado que el jefe de policía egipcio Nebsmen hace a un ciudadanos llamado Hay.

Nebsmen tasa el valor de su animal en 120 deben de cobre (el Deben de cobre era la medida generalmente usada) y Hay, para pagarle, le entrega mercaderías por valor de esos mismos 120 deben de cobre, en concreto dos tarros de grasa, cinco camisas de tejido fino, un vestido de tela del Alto Egipto y una piel.

No tengo la más mínima duda de que usted, inmediatamente, habrá pensado: “pues si las cosas se valoran en deben de cobre, llevando cobre en la bolsa, en forma de monedas, lingotes o en la que sea, el dinero ya estaba inventado”. Pues sí, pero no. Los egipcios usaban el deben de cobre como medida de valor pero no cargaban con el cobre preciso para ir haciendo los pagos.

Naturalmente, desde que existía una unidad de valor la posibilidad de aplazar y garantizar las operaciones presentando avalistas o fiadores estaba servida.

Veamos el caso de la ciudadana egipcia Iret Neferet, ocurrido en el año 15 del reinado de Ramsés II (1264 AC) y que nos ha llegado recogido en un papiro de naturaleza judicial (el llamado Papiro Cairo 65739) y en el que se narra una violenta disputa entre dos mujeres.

Hay que hacer notar que el tratamiento que el papiro (un documento oficial) otorga a la acusada Iret Neferet es el de “ciudadana” lo que, junto con la actividad negocial y jurídica que ella y su adversaria llevaron a cabo, nos revela un papel negocial de las mujeres en Egipto mucho más independiente del que podríamos imaginar.

La propia Iret Neferet nos cuenta así el principio de su caso:

En el año 15 (de Ramsés II) siete años después de que yo entrara en la casa del inspector del distrito Samut, el mercader Raia se acercó a mí con la esclava siria Gemeherimentet, siendo ella aún una niña y él me dijo: “Compra a esta chica y dame un precio por ella”. Eso me dijo. Y yo le compré a la chica y le di un precio por ella.

Resulta horrible que la vida y la libertad de una niña se valorase en aquel tiempo en 373,1 gramos de plata (unos 310€ a precio de hoy) pero, al margen de este tristísimo hecho, la compra de la esclava siria Gemenherimentet por la ciudadana Iret Neferet nos ilustra muy bien sobre cómo se llevaban a cabo las operaciones comerciales en el antiguo Egipto.

El caso de Iret Neferet no terminó ahí pues otra ciudadana, llamada Bakmut, acusó a Iret Neferet de haber pagado a Raia, el mercader de esclavos, con objetos de su propiedad, lo que dio lugar a un feo litigio en el que Bakmut llevó ante el tribunal hasta seis testigos (tres hombres y tres mujeres) que, según dice el papiro, juraron por su rey y por su dios.

Como vemos, en el caso de Iret Neferet, el precio ya no se paga en deben de cobre sino de plata, lo que nos sugiere que, en ese tiempo, ya debía existir una cotización plata/cobre, y no nos equivocamos, pues ya en época de Ramsés II se sabe que cada deben de plata equivalía a 100 deben de cobre, cotización que bajó durante el reinado de Ramsés III en el que el deben de plata se cambiaba por tan solo 60 deben de cobre. Supongo que los ciudadanos de Ramsés III estarían tan sorprendidos por la bajada de la plata como nosotros por la subida del bitcoin.

Con esta forma de operar era una pura cuestión de tiempo que a alguien se le ocurriese llevar cobre o plata en la bolsa para pagar las mercancías y, quizá por eso y tal y como nos cuenta Herodoto, sobre el año 680 AC los lidios comenzaron a acuñar moneda que no era sino una forma de certificar el peso del metal que contenía la moneda.

Durante más de 2600 años (desde el año 680 AC hasta el 15 de agosto del año 1971 DC), el mundo funcionó de la misma forma que en Egipto y Lidia. Los precios de las cosas se valoraban según un determinado peso en metal (oro o plata) y, si los bancos extendían billetes, estos eran canjeables por la cantidad de metal que representaban.

Pero, para mayo de 1971, la Guerra de Vietnam estaba drenando las reservas estadounidenses y Nixon constató que ya no disponía de las reservas de oro precisas para atender a los jeques árabes, por ejemplo, si estos venían a cambiar sus petrodólares por oro, por lo que, el 15 de agosto de 1971, Richard Nixon decidió que el dólar se desvincularía del patrón oro y que, a partir de ese momento, pasaría a convertirse en un dinero “fiat”.

¿Qué significaba esto? Pues, dicho en corto, que el dólar, a partir de ese momento, no tendría más valor que la confianza que en él depositaran las personas que lo usaban. Desde esa fecha el dólar carece de ningún valor intrínseco, es un trozo de papel que, eso sí, genera más fe y más confianza que los más importantes textos sagrados aunque esa fe puede volatilizarse en muy poco tiempo.

A día de hoy podemos decir que el Bitcoin y el Dólar tienen el mismo valor intrínseco: ninguno. Y creo que con esto puedo cerrar hoy este post (que ya va siendo largo de más) y dejar para mañana, o para pasado, comparar las ventajas y desventajas que, como unidades de cuenta, tienen las criptomonedas como bitcoin y las monedas fiat como el dólar y el resto de divisas nacionales.

Pero eso será otro día.

Bitcoin a 22.000$

Bitcoin a 22.000$

Esta noche Bitcoin ha alcanzado un precio de más de 22.000 $. La crisis del coronavirus y la actividad de los bancos centrales enfrentándola emitiendo moneda —y por lo mismo haciendo disminuir el valor de la misma— ha llevado a muchos inversores a buscar en el bitcoin un refugio donde sus ahorros no pierdan valor. El bitcoin, este año 2020, ha más que duplicado su valor.

Una característica que hace del bitcoin una moneda atractiva como valor refugio es el hecho de que su cantidad es limitada: nunca podrá haber más de 21 millones de bitcoin. Esta característica hace que cualquier inversor se sienta tranquilo frente a la posibilidad de que a alguien se le ocurriese producir bitcoins descontroladamente como hacen algunos gobiernos.

Esta escasez de bitcoins nos permite hacer algunos cálculos entre curiosos y distópicos como por ejemplo ¿Qué pasaría si el bitcoin fuese la única moneda sobre la tierra?

Teniendo en cuenta que el PIB mundial es de unos 80 billones (europeos) de dólares y que nunca podrán existir más de 21 millones de bitcoins el cálculo es sencillo. Si bitcoin fuese la única moneda sobre la tierra el precio de cada bitcoin ascendería a 3,8 millones de dólares.

Al lado de esos 3,8 millones máximos que podría llegar a valer un bitcoin los 22 mil de esta noche parecen pura miseria.

Es esta escasez de bitcoins y la imposibilidad de que los gobiernos controlen la máquina de imprimir dinero la que lo hace también muy atractivo para los ciudadanos de países pobres y estados fallidos: quien tenga sus ahorros en bitcoin no sufrirá las continuas depreciaciones de las monedas controladas por gobiernos inicuos. Para los ciudadanos de países pobres o mal gobernados, bitcoin (y muchas otras criptomonedas) son un refugio seguro donde guardar los ahorros de su vida.

2020, «annus horribilis» por muchos motivos para la humanidad ha sido el año que ha visto a la gran industria de los negocios (empezando por el conspícuo J.P. Morgan) volver sus ojos hacia las criptomonedas.

Estas, como internet, fueron creadas como redes abiertas y no controladas por nadie y con las criptomonedas así ha sido; cuando hablamos de ellas, como en la internet de los viejos tiempos, hablamos de libertad y justicia. Ya sabemos qué ocurrió con internet ¿Pasará lo mismo con las criptomonedas?

Por el momento déjenme ofrecerles un dato: sólo el 5% de los poseedores de criptomonedas tienen en su poder menos de un bitcoin. El 95% poseen más de 1 bitcoin; es decir, el 95% de los poseedores de bitcoin tienen más de 22.000$ (desde esta noche) invertidos en él.

¿Estamos ante el momento germinal de una nueva economía?

Buen tema para pensar hoy.