Vive y deja vivir: cuando la cooperación entre enemigos emerge

La cooperación es una estrategia que se impone de forma natural cuando se dan determinadas condiciones independientemente de si los agentes llamados a cooperar son seres racionales o irracionales o de si son amigos o enemigos.

En algún otro post he tratado la cooperación entre seres irracionales —(bacterias)— hoy, mirando viejas fotos de la Primera Guerra Mundial, me ha venido a la cabeza el hablarles de la cooperación entre enemigos.

Quizá hayan visto alguna película de la Primera Guerra Mundial donde se presenta a enemigos irreconciliables —alemanes e ingleses por ejemplo— saliendo de las trincheras y jugando un partido de fútbol en la tierra de nadie durante una efímera tregua; quizá sea bueno que sepan que tales treguas no fueron tan efímeras como las películas pretenden y que la estrategia de «vive y deja vivir» fue un comportamiento tan extendido durante la Gran Guerra que preocupó seriamente a los mandos de los ejércitos en conflicto por si daba lugar a deserciones masivas o negativas generalizadas a combatir. La
correspondencia de los soldados británicos, estudiada en profundidad, revela que, de un modo u otro, la mayoría de sus batallones se vieron envueltos en este tipo de estrategias de «vive y deja vivir». La correspondencia de sus adversarios, aunque menos analizada en este punto, confirma el dato.

¿Por qué este tipo de estrategias se produjeron con frecuencia durante la Primera Guerra Mundial y no en otros conflictos? Bueno, la respuesta rápida es que la guerra de trincheras daba lugar a que el enemigo que estaba al otro lado de la tierra de nadie no cambiase con
frecuencia (esto exige considerar al «batallón» como una unidad con
características especiales) y los contendientes se encontrasen en un
escenario óptimo para llevar adelante un juego del tipo del dilema del prisionero
iterado
.

La cooperación emergía inicialmente de forma espontánea por pequeños actos coincidentes (los soldados observaron que, a la puesta del sol, se producían espontáneos periodos de calma cuando se servía la cena en las trincheras) o por días señalados (la cena de Navidad, por ejemplo, solía dar lugar a espontáneas suspensiones de hostilidades), estas situaciones se extendían y generalizaban posteriormente.

Para los soldados las ventajas de combatir eran mucho menos obvias que las de no disparar, sin embargo cualquier acuerdo verbal con el enemigo podía conducirles ante el pelotón de fusilamiento, de forma que aparecieron espontáneamente comportamientos que, salvando ante los mandos la apariencia de combate, mantenían frente al enemigo un tácito
pacto de no agresión. Los testimonios de comportamientos de esta especie están perfectamente documentados: desde la artillería inglesa que disparaba siempre a los mismos lugares y a las mismas horas, a los tiradores alemanes que demostraban su puntería sobre determinadas marcas pero nunca disparaban al hombre. El reemplazo de los batallones cada ocho días no cambiaba el statu quo, bastaba con un rápido cambio de impresiones entre los soldados que se marchaban y los que llegaban para mantener la entente

—¿Qué tal son aquí los boches?

—Buena gente

Este tipo de comportamientos se extendió tanto que supuso un inmenso dolor de cabeza para los altos mandos, especialmente el aliado, pues en su criterio aquella era una guerra de desgaste: ellos podían reponer las bajas, los alemanes no y por ello un empate a muertos era una victoria, un punto de vista que, claro es, no compartían los soldados.

La estrategia de «vive y deja vivir» finalizó cuando los aliados impusieron la política de «raids». Cada cierto tiempo y de forma
aleatoria una sección del batallón debía tratar de infiltrarse en las trincheras enemigas y hacer prisioneros… o morir en el intento. Con tal estrategia la reciprocidad, base de la cooperación, era imposible y los soldados no podían simular ataques: o traían prisioneros o sus cadáveres acreditarían que el ataque no era fingido. Hubo fusilamientos a millares y —finalmente— los altos mandos salieron triunfantes y obligaron a los soldados a matarse, aún hoy día, no se sabe muy bien por qué.

Diseño inteligente

Discuten en Estados Unidos sobre la veracidad de la Teoría de la Evolución y en ciertos estados tratan de compaginarla con una supuesta teoría del diseño inteligente. Tal empeño causa hilaridad entre el mundo científico.

La realidad es que la naturaleza operó mediante selección natural durante millones de años premiando el éxito reproductivo de los individuos y esto fue así hasta que el ser humano evolucionó lo suficiente para inventar el diseño inteligente mediante la selección humana. En lugar de permitir que la naturaleza premiase a los individuos que más se reproducían el ser humano decidió premiar con una mayor reproducción al tipo de individuos que más le convenía a él. Así cruzó las vacas más pacíficas y que más carne producían con los machos más domesticables y con mayores carnes; fue así seleccionando según sus necesidades los animales que él necesitaba como especie sustituyendo a la naturaleza con tal éxito que, a día de hoy, los animales domésticos superan en más de cinco veces a sus homólogos salvajes.

Gracias a esta selección el ser humano creó formas animales tan distintas como un San Bernardo y un Chihuahua o como una vaca o un toro de lidia. Porque el ser humano no sólo ha usado el diseño inteligente para sus necesidades básicas sino para su diversión y entretenimiento. A través de este diseño inteligente el ser humano ha ido premiando unos genes en detrimento de otros; ahora, con la posibilidad de manipulación genética, esta capacidad del ser humano para el «diseño inteligente» ha permitido insertar, por ejemplo, genes de medusas luminiscentes en el código genético de conejos. «Alba» es el nombre del primer conejo fluorescente y dejo al criterio de quien esto lea calificar el experimento como «arte», «diseño inteligente», «experimento científico», «monstruosidad» o cualquier otro adjetivo que prefiera.

Buenos días de domingo.

Mediación

Hoy es el día internacional de la mediación y la Asociación de Mediadores de la Región de Murcia me ha pedido que intervenga en el acto conmemorativo que se celebrará esta tarde a las 18:00 en los salones del Ayuntamiento de Torre-Pacheco, de forma que, esta mañana, ando pensando lo que les contaré. Suelo improvisar mis intervenciones pero, para hacerlo, antes debo acopiar una buena colección de ideas que luego usaré o no, discrecionalmente, porque, como dicen que dijo Mark Twain: lleva varias semanas preparar un buen discurso improvisado.

Dándole algunas vueltas al asunto me ha venido a la cabeza esta mañana que hace unos 4.300 años que las leyes regulan la vida de las personas (si tomamos como fecha inicial la del gobierno de Urukagina de Lagash en Sumeria) pero que esos 4.300 años no representan más que un pequeñísimo fragmento (apenas el 1,4%) de los 300.000 años de historia de la especie humana1, una historia exitosa de convivencia, cooperación, vida en común y trabajo en equipo. Homo sapiens —el zoon politikon de Aristóteles— si es algo, es, antes que nada, un animal social que comparte y coopera y, quizá hoy, en el día mundial de la mediación, debiéramos preguntarnos cómo este animal político ha conseguido resolver sus conflictos durante esos 300.000 años de historia en que vivió sin leyes ni jueces.

Conviene que descartemos en primer lugar la violencia pura y simple como método de resolución de conflictos —no infravaloren a nuestra especie— pues la violencia, tendremos ocasión de verlo, no es el sistema que emplea la naturaleza para promover la cooperación. De hecho, la especie humana, tiene una curiosa aversión a los machos alfa: a diferencia de otras especie de simios la especie humana ha desterrado de su ADN la predisposición a tal jerarquía social, no hay «machos alfa» en la espacie humana, a sapiens nunca le han gustado los abusones y sus conflictos siempre ha procurado resolverlos por medios distintos de la violencia.

En segundo lugar, en esta larga biografía de 300.000 años debemos descartar también a la administración de justicia como el método de resolución de conflictos usado por sapiens. No fue sino hasta la revolución neolítica, con la aparición de la agricultura, que aparecieron también las primeras civilizaciones y, con ellas, las organizaciones sociales necesarias para instaurar un sistema de leyes que regularan la vida de las personas junto con un cuerpo de jueces que distinguiesen lo justo de lo injusto.

¿Cómo resolvió sapiens sus conflictos durante esos 296.000 años que vivió sin jueces? ¿Resolvía sus conflictos peor que ahora o la armonía en que vivían tribus y clanes era de una calidad similar a la de la sociedad actual? ¿Qué herramientas, mecanismos o sistemas, ha usado sapiens estos 296.000 años para conseguir armonía y eficacia cooperativa en sus grupos?

Todas esas preguntas, que deberían ser objeto de estudio si existiesen unos verdaderos estudios sobre «Derecho Natural» en España, han tratado de ser respondidas desde las más diversas ramas de la ciencia; desde la antropología, a la biología pero, si algunas ciencias han rendido especiales servicios a esta investigación, estas son, en mi sentir, las matemáticas —singularmente la teoría de juegos— junto con las ciencias que estudian los procesos evolutivos.

Llama mi atención que, mientras que en el resto del mundo se hace un esfuerzo importantísimo para conocer los fundamentos biológicos o evolutivos de lo que llamamos «justicia», en España sigamos repitiendo la misma cancamusa de siempre.

Para entender la justicia prefiero unas líneas de Robert Axelrod o Frans de Waal que sesudos volúmenes de los filósofos de siempre —espero que se me disculpe esta afirmación «performática»— y, por lo mismo, prefiero aproximarme a la justicia y a la resolución de conflictos usando del método científico antes que de la especulación.

Hemos dicho que la historia de convivencia y cooperación de sapiens se ciñe a los últimos trescientos mil años; pero no podemos olvidar que sapiens no es más que una especie del género homo, un género también caracterizado por la vida en sociedad y la cooperación (piensen si no en homo neanderthalensis y en su humana forma de vida) que remonta nuestro pasado hasta más allá de dos millones y medio de años hacia el pasado; dos millones y medio de años en los que homo vivió en sociedad y usó de mecanismos de resolución de conflictos que, siendo exitosos tal y como la propia historia acredita, no parecen atraer a día de hoy la atención de los científicos patrios.

En realidad, tanto sapiens como homo, no son más que una especie y un género de la gran familia de los hominidos, una ingente colección de formas vivientes todas ellas expertas en la cooperación y en la solución de conflictos grupales. Es sobre los hombros de todos estos antepasados sobre los que se levanta nuestra justicia y nuestros métodos, no tan alternativos, de resolución de conflictos y entre ellos, singularmente, la mediación.

No debo extenderme más en este punto ni creo que sea preciso insistir sobre la particular forma de ceguera que se deriva de considerar a la administración de justicia como la única herramienta válida para solucionar los conflictos humanos, pero no debo dejar de advertir sobre la particular sordera que muestran, sobre todo los poderes públicos, cuando se niegan a dotar de medios a la forma más moderna, refinada y eficaz que sapiens ha descubierto para resolver sus problemas: la administración de justicia.

Viendo el proyecto de presupuestos generales de este año observo cómo la Justicia sigue padeciendo de una absoluta falta de medios y de dotaciones presupuestarias mientras se trata de presentar a la mediación a guisa de cimbel como la solución a estas carencias. Por otro lado, observamos cómo la mediación tampoco cuenta con dotaciones presupuestarias y se la usa, más como un expediente útil para no destinar medios a justicia que con una sincera confianza de los poderes públicos en sus posibilidades.

La política presupuestaria del gobierno parece que nos quiera llevar de las «diligencias para mejor proveer» de la vieja Ley de Enjuiciamiento Civil a una «mediación para mejor dilatar» que disimule la lentitud y falta de medios en que vive y trabaja la Administración de Justicia Española; política presupuestaria esta que aniquila no sólo las capacidades de nuestra Justicia, sino que hace saltar por los aires cualquier esperanza de que la mediación pueda instaurarse como una herramienta útil en la resolución de conflictos.

Estas ideas rondan mi cabeza esta mañana, esta tarde ya veremos qué cuento a los mediadores, aunque sé que algunas de estas ideas estarán en mi intervención junto con otras sobre las que he escrito antes y los apuntes de algunas otras más sobre las que siento que debo investigar más. La forma en la que los seres humanos y los animales sociales resuelven los conflictos que nacen de la cooperación es un campo extremadamente fértil en el que, por desgracia, en España no parecemos estar interesados en sembrar y, mientras esto sea así, no hace falta ser profeta para saber lo que se cosechará: nada.


  1. Los restos más antiguos de Homo sapiens se encuentran en Marruecos, con 315 000 años. Las evidencias más antiguas de comportamiento moderno son las de Pinnacle Point (Sudáfrica), con 165 000 años. Nuestra especie homo sapiens pertenece al género homo, que fue más diversificado y, durante el último millón y medio de años, incluía otras especies ya extintas. Desde la extinción del homo neanderthalensis, hace 28 000 años, y del homo floresiensis hace 12 000 años (debatible), el homo sapiens es la única especie conocida del género Homo que aún perdura. ↩︎

El mono marino

Ayer disfruté con un inspirado documental que emitió TVE1; en él,su guionista, el antropólogo Niobe Thompson2, mientras se preguntaba por las razones de que la única especie de homínidos que había sobrevivido fuera la nuestra, apuntaba a la posibilidad de que fuese la especial adaptación al medio marino que presenta nuestra especie la que nos permitiera sobrevivir.

El clímax del documental y de la odisea de la supervivencia humana se plantea mientras se muestran los descubrimientos realizados en la excavaciones de la sudafricana Cueva de Blombos: la definitiva configuración de la mente humana moderna. Parece que dicha configuración de la mente se alcanza en un período prehistórico (hace unos cien mil años) en que nuestra especie entra en contacto con el mar.

Las excavaciones realizadas en la Cueva de Blombos abonan esta tesis pues allí, junto a maquillajes y abalorios que nos indican la presencia de un fuerte pensamiento simbólico, encontramos restos de fauna que nos demuestran que en aquel tiempo se sexplotaba un amplio rango de recursos marinos. Más de mil huesos de peces, muchos de ellos de ejemplares grandes, caparazones marinos, pinnípedos e incluso delfines, atestiguan de la presencia de una explotación extensiva de recursos acuáticos.

¿Fue la pesca una actividad consecuencia del aumento de la inteligencia de nuestra especie o fue, por el contrario, el aumento de nuestra inteligencia una consecuencia de la pesca con su mayor aporte de nutrientes?

El mejor recurso para el desarrollo de nuestros cerebros parecen ser los ácidos grasos poliinsaturados de cadena larga presentes en la cadena trófica marina. La correlación observable entre el aumento de inteligencia de nuestra especie en los períodos en que se alimentaba de recursos marinos ha llamado la atención de los expertos y les ha llevado a preguntarse si fue esta peculiar alimentación la que dio el último impulso a la mente de nuestros antepasados para alcanzar, hace casi cien mil años, su configuración actual.

Dicho esto, naturalmente, la pregunta está servida: ¿es el hombre un mono especialmente evolucionado para adaptarse al medio acuático?

El documental, para responder a tal pregunta, se dirige hasta la tribu de los Badjao3, en Filipinas, un pueblo marinero nómada, que en la actualidad todavía sigue practicando este estilo de vida. Allí comprueba cómo todavía los antiguos pescadores tradicionales son capaces de bucear en apnea a grandes profundidades permaneciendo sumergidos y sin respirar durante períodos de cinco minutos. La adaptación de la especie humana al buceo4, las reacciones biológicas que llevan a nuestro cuerpo, en ausencia de oxígeno, a dirigir los recursos al cerebro y al corazón, la extrema resistencia al frío que manifiestan otros pueblos cazadores-recolectores marinos llevan al documentalista a plantearse la pregunta que nos formulábamos al principio: ¿Es el hombre un mono acuático?

Mientras estaba viendo el documental caí en la cuenta de que esa tesis ya la había defendido con vehemencia, años atrás, la campeona de la teoría del «simio acuático» Elaine Morgan5.

Escuchar a Elaine Morgan (1920-2013) es un placer que hace pensar. Recuerdo cuando, viendo una charla suya en Ted, preguntó

¿Podrían darme ejemplos de mamíferos que, como el ser humano,no tengan pelo?

La pregunta es estupefactante, de primera impresión uno no encuentra en la naturaleza mamíferos que no tengan pelo, salvo claro está, delfines, ballenas, morsas o leones marinos y todos ellos, para nuestra sorpresa, resultan ser animales marinos.

Si uno trata de buscar mamíferos sin pelo que no sean animales acuáticos no le salvará el ejemplo del hipopótamo, por razones obvias, pero quizá, pensando en él, vengan a su memoria las imágenes del elefante y el rinoceronte como únicos representantes —junto con el ser humano— de los mamíferos terrestres sin pelo. No se alegre antes de tiempo, recientes investigaciones apuntan a que tanto el rinoceronte como el elefante evolucionaron de animales acuáticos. En el caso del elefante su relación con el manatí está totalmente acreditada. Los manatíes pertenecen al orden Sirenia, algo que difiere de los elefantes, pero ambos presentan similitudes morfológicas y anatómicas que reflejan la relación de su pasado. Debido a las necesidades de supervivencia de ambos, finalmente uno continuó su vida en el agua mientras otro representa hoy al mamífero terrestre más grande del mundo. En el caso del rinoceronte, un pariente lejano del hipopótamo, un antepasado de él encontrado en Florida parece acreditar sus costumbres acuáticas.

Aunque chimpancés y bonobos son genéticamente parecidísimos a nosotros, es evidente que nuestro parecido externo con ellos no es tanto: ellos tienen el cuerpo cubierto de pelo y caminan principalmente a cuatro patas mientras que nosotros presentamos una piel prácticamente sin pelo y caminamos sobre nuestras dos piernas. Ya, ya sé que monos y bonobos pueden caminar sobre sus dos patas traseras y que, de hecho, lo hacen por breves períodos de tiempo; sin embargo, como señala Elaine Morgan, hay un momento en que todos los simios caminan exclusivamente en dos patas y este no es otro que cuando se encuentran en el agua. Ciertamente atravesar un cauce de agua a cuatro patas no parece muy apropiado, mucho más eficaz parece bipedestar mientras se está rodeado de agua, postura que además libera las manos para pescar. Curioso e inspirador ¿Verdad?.

No les voy a fatigar añadiendo los muchos y muy buenos argumentos adicionales que abonan la tesis del simio acuático, pues llegados a ese punto del documental mi mente vagó hasta la primera vivienda de mi ciudad, la llamada «Cueva de los aviones», que fue domicio hace unos 40.000 años de una familia que también se decoraba la piel con maquillajes y conchas de animales que perforaba para adornarse, exactamente igual que los ocupantes de la cueva de Blombos en Sudáfrica hace 80.000 años, salvo que en el caso de los ocupantes de la «Cueva de los aviones» se trataba de Neanderthales.

Tengo que seguir investigando el asunto, la hipótesis del simio marino es sugerente y puede tener interesantes consecuencias, pero, de momento, he dejarles; es casi la hora de comer y me espera en el refrigerador un animal marino lleno de ácidos grasos poliinsaturados de cadena larga (lo que viene siendo un filete de atún) y la cosa de la gazuza empieza a apretar.


  1. «La gran odisea de la humanidad: el nacimiento de una especie». Canadá 2015. Dirección, guión y producción: Niobe Thompson.
  2. Niobe Thompson. Wikipedia.
  3. Badjao. Wikipedia
  4. Tiempos de trabajo en apnea de buceadores tradicionales
  5. Elaine Morgan. Wikipedia

Así en la tierra como en el cielo

Muchos felicitan hoy el solsticio de invierno (o lo hicieron hace un par de días) por la cosa de no felicitar la navidad, fiesta religiosa —dicen— y por tanto ajena a una sociedad moderna y laica. Bueno.

Responder con acierto a por qué los hombres celebran en el solsticio de invierno algunas de las principales fiestas de sus religiones exigiría un estudio pormenorizado de todas las religiones que en el mundo han sido, yo, por mi parte, tengo mi propia tesis y es que, estoy convencido, que estas celebraciones cobraron fuerza y pujanza con la aparición de las primeras civilizaciones basadas en la agricultura, en Mesopotamia, Egipto o incluso en Mesoamérica.

Decidir cuándo se ha de arar, sembrar o llevar a cabo las labores agrícolas, exige conocimientos bastante profundos de astronomía. ¿Cómo sabemos cuando llega la primavera o el invierno o cualquiera de las otras dos estaciones? No hay más que una forma de saberlo y esta es observando el cielo.

Cuando el sol deja de desplazarse en sus salidas y puestas y sale y se pone dos días seguidos por el mismo sitio del horizonte iniciando un desplazamiento inverso, esos días en que el sol parece pararse (sol stitium), marcan los comienzos del invierno y el verano, dos fechas fundamentales para cualquier civilización basada en la agricultura. Complementariamente, cuando las horas de luz solar se igualan a las de la noche (equi noccio) se fijan los principios de la primavera y el otoño.

Pareciera que el destino de la naturaleza, las fechas de siembra y siega y los ciclos del crecimiento de las plantas, estuviesen regidos por el sol en su camino sobre el horizonte y, por ello, no es extraño que los sacerdotes mesopotámicos dedicasen buena parte de sus esfuerzos a estudiar el cielo y a construir zigurats para poder observarlo más de cerca, pues, si el sol regía los ciclos de la vida, ¿por qué otros astros no iban a regir otros aspectos de la vida? Y así empezó la astrología.

Parece que en culturas no agrícolas formadas por cazadores recolectores la influencia celestial pesaba menos y tendían a ubicar sus dioses no en el cielo, junto al sol, la luna y las estrellas, sino en la tierra, en bosques, montañas u otros lugares numinosos… o encarnados en animales de especial significado. Lo de que unas mismas leyes rigiesen los ciclos —así en la tierra como en el cielo— parece más propio de civilizaciones del creciente fértil de que de hordas de Cro Magnones peregrinos por los bosques.

Los primeros imperios, todos ellos fundados en el desarrollo de la agricultura, vincularon sus deidades al cielo y a los astros que viajaban por él y no es extraño que, en el solsticio de invierno, fecha donde los días comienzan a ser más largos y se anuncia con el renacimiento del sol la explosión de vida que tendrá lugar en la primavera, casi todas las religiones de civilizaciones agrícolas estableciesen alguna festividad; la lista es interminable: desde Huitzchilopotzli en Mesoamérica a Mitra en el oriente mediterráneo pasando por el Sol Invictus romano.

Por cierto, ahora que se habla de la fijación de la Navidad el 25 de diciembre como un acuerdo tomado en el Concilio de Nicea, es bueno recordar que el emperador que presidió dicho concilio —sedicentemente católico— no era otro que el emperador Constantino, en ese momento Sumo Pontífice de la Religión del Sol Invicto, el cual, curiosa coincidencia, también celebraba su natividad el 25 de diciembre, como Huitzchilopotzli, como Mitra y como tantos otros.

Este de un concilio católico presidido por un gentil da que pensar… ¿fue un concilio solo de católicos aquel?

Lo sabremos cuando las listas de asistentes puedan examinarse.

Animales morales

Tengo la profunda convicción de que nuestro juicio sobre la moralidad o incluso justicia de nuestras acciones no es un juicio reflexivo sino emocional. Estoy persuadido de que es instintivamente como decidimos liminalmente si una acción es moral o justa y de que sólo posteriormente tratamos de justificar nuestra decisión inicial a través de razonamientos morales o jurídicos. Tan sólo en un no demasiado grande número de casos nuestro razonamiento posterior nos revelará que nuestro juicio moral o jurídico instantáneo no era acertado.

Sé que más de un jurista, sobre todo algunos jueces, levantarán una ceja incrédula al leer esto pero concédanme unos minutos, porque estas convicciones mías de que les hablo, naturalmente, no las he inventado yo sino que muchos científicos han trabajado sobre esta hipótesis.

La justicia y la moral, créanme, no son una construcción del razonamiento humano o, al menos, no son una creación exclusiva del razonamiento humano. La vida en grupo exige atenerse a una serie de reglas de convivencia ya sea el grupo humano, de primates, de peces o de bacterias. Los comportamientos que permiten la vida en sociedad y cómo los miembros de esta reaccionarán a su infracción son pautas presentes en cualquier tipo de comunidad: desde una colonia de bacterias al Parlamento de la Unión Europea pasando por bandadas de aves o cardúmenes de peces. Todas estas comunidades están dotadas por la naturaleza de mecanismos para resolver sus conflictos, mecanismos que han ido evolucionando durante millones de años y que alcanzan su expresión más sofisticada y compleja en las formas específicas que tiene la especie humana para hacerlo, una de las cuales —pero no la exclusiva y ni siquiera la mejor a priori— es la administración de justicia.

El hombre y sus primos los primates superiores presentan reacciones e instintos que nos permitirían calificarlos como «animales morales»; a este tipo de reacciones han dedicado los científicos muchos trabajos y experimentos y uno de los experimentos clásicos en este campo de ha sido el muy conocido «Dilema del Tren» o del «tranvía».

Conocí tal dilema a través de los trabajos del polémico ex-profesor de la Universidad de Harvard Marc Hauser.

Hauser organizó en los primeros años del siglo XXI una fascinante encuesta por internet de la que les hablaré otro día pero cuyo argumento nuclear es el «Dilema del Tren» que antes les mencionaba. Hoy he encontrado en YouTube una recreación del primer acto de los tres en que Marc Hauser dividía su encuesta.

No voy a ponerles en antecedentes ni les voy a hacer ningún «spoiler», simplemente les ruego que, si les interesa el tema, vean el video cuyo enlace les dejo justo aquí abajo y se pregunten que harían ustedes en el caso de hallarse en el lugar de los sujetos del experimento.

No sé preocupen porque el vídeo esté en inglés, pueden activar los subtítulos en castellano si lo desean, véanlo y, si les sugiere algo, déjenme un comentario porque les aseguro que el experimento da para mucho. Otro día seguimos.

Mentiras ministeriales

«Epistula non erubescit» (el papel no se sonroja) nos dijo Cicerón hace dos mil años, aludiendo a que, por más que lo que se escribe en un texto sean mentiras y falsedades deleznables, ni el papel ni el texto en él escrito mostrarán el más mínimo signo de vergüenza. Lo novedoso en este siglo XXI es que ya no es el papel el que no se sonroja, sino que, al parecer, ni siquiera los ministros lo hacen.

Ayer la cuenta tuíter del ministerio de justicia publicó el tuit que sigue a este párrafo, tuit que reproducía una frase o idea transmitida por el ministro de justicia Rafael Catalá Polo en la así llamada «vigésimo tercera intermunicipal PP». La frase contenida en el tuit era literalmente la que en él se ve: «Apostamos por una Justicia próxima, se viva donde se viva» y se quedó tan ancho.

El ministro, sin pudor ni vergüenza alguna, transmitió este mensaje apenas tres meses después de que dejase a dos tercios de la población española sin juzgados donde acudir a solventar sus reclamaciones hipotecarias, inhabilitando 381 partidos judiciales en favor de un sólo juzgado en la capital de provincia e imponiendo, por ejemplo, a los habitantes del partido judicial de Herrera del Duque, la tasa encubierta de tener que circular 400 kms cada vez que pretendan acercarse al juzgado que conoce de su cláusula suelo en Mérida, la capital de su comunidad.

Esto mismo ocurre a dos terceras partes de la población española (sí, en España dos tercios de su población no viven en capital de provincia) pero el ministro —a pesar de las fuertes protestas de todos los profesionales de la justicia, asociaciones de jueces, fiscales, letrados de la administración de justicia, funcionarios, procuradores y abogados— decidió dar el visto bueno al insensato plan provinciofrénico que le propuso un nada independiente Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). Gracias a esa insensatez el juzgado especial de Madrid está ya colapsado con 11.000 demandas, la mayoría sin proveer (11 años de retraso), cuando si se hubiesen usado los 101 juzgados de que dispone la Comunidad de Madrid habrían repartido unos 100 cada uno lo que alargaría un mes el tiempo medio esperado de respuesta. Parte de esas 11.000 demandas archivadas en los suelos del juzgado son las que ven en la fotografía que sigue y que es ya viral en la red.

Pues bien, ese es Catalá: el ministro reprobado que alejó la justicia de las dos terceras partes de la población española y ese es Catalá también, el ministro que es capaz de decir justo lo contrario de lo que hace con todo desparpajo y sin que asome a su rostro el más leve rasgo de vergüenza. La realidad no le impedirá decir nunca lo que él entienda más apropiado en cada momento, en la era de la «postverdad» el ministro es un virtuoso.

Darwin se quedaría estupefacto si contemplase a este hombre a quién todavía, hace un par de meses, algunos abogados —me da pena decirlo— aplaudían ostensiblemente en Granada.

Ninguna emoción producía más intriga a Darwin que la de la vergüenza y los cambios físicos asociados a la expresión de esta emoción. Le sorprendía que el ser humano manifestase instintivamente su vergüenza, por ejemplo, ruborizándose; veía en esta reacción panhumana una amenaza para su teoría de la evolución pues ¿qué ventaja evolutiva puede aportar al ser humano el evidenciar ante el resto de la comunidad que sabe que ha obrado mal? Nada tan humano como la vergüenza y nada tan inhumano como la ausencia absoluta de ella.

Cuentan que, cuando preguntaron al “Guerra” (el torero, no el ministro) cómo era posible que a un banderillero de su cuadrilla le hubieran nombrado Gobernador Civil de una provincia sureña, el diestro respondió con una afirmación que suscribiría el mismo Darwin si resucitase: «Degenerando».

Hemos llegado a un grado de degeneración tal en algunos sectores de nuestra clase política que Darwin hubiese quedado atónito y Cicerón hubiese tenido que pensárselo dos veces antes de repetir su cita porque «Epistula non erubescit», cierto, pero los ministros tampoco.

No se puede engañar a todos todo el tiempo: ya está bien, acabemos con esta farsa.