El mono marino

Ayer disfruté con un inspirado documental que emitió TVE1; en él,su guionista, el antropólogo Niobe Thompson2, mientras se preguntaba por las razones de que la única especie de homínidos que había sobrevivido fuera la nuestra, apuntaba a la posibilidad de que fuese la especial adaptación al medio marino que presenta nuestra especie la que nos permitiera sobrevivir.

El clímax del documental y de la odisea de la supervivencia humana se plantea mientras se muestran los descubrimientos realizados en la excavaciones de la sudafricana Cueva de Blombos: la definitiva configuración de la mente humana moderna. Parece que dicha configuración de la mente se alcanza en un período prehistórico (hace unos cien mil años) en que nuestra especie entra en contacto con el mar.

Las excavaciones realizadas en la Cueva de Blombos abonan esta tesis pues allí, junto a maquillajes y abalorios que nos indican la presencia de un fuerte pensamiento simbólico, encontramos restos de fauna que nos demuestran que en aquel tiempo se sexplotaba un amplio rango de recursos marinos. Más de mil huesos de peces, muchos de ellos de ejemplares grandes, caparazones marinos, pinnípedos e incluso delfines, atestiguan de la presencia de una explotación extensiva de recursos acuáticos.

¿Fue la pesca una actividad consecuencia del aumento de la inteligencia de nuestra especie o fue, por el contrario, el aumento de nuestra inteligencia una consecuencia de la pesca con su mayor aporte de nutrientes?

El mejor recurso para el desarrollo de nuestros cerebros parecen ser los ácidos grasos poliinsaturados de cadena larga presentes en la cadena trófica marina. La correlación observable entre el aumento de inteligencia de nuestra especie en los períodos en que se alimentaba de recursos marinos ha llamado la atención de los expertos y les ha llevado a preguntarse si fue esta peculiar alimentación la que dio el último impulso a la mente de nuestros antepasados para alcanzar, hace casi cien mil años, su configuración actual.

Dicho esto, naturalmente, la pregunta está servida: ¿es el hombre un mono especialmente evolucionado para adaptarse al medio acuático?

El documental, para responder a tal pregunta, se dirige hasta la tribu de los Badjao3, en Filipinas, un pueblo marinero nómada, que en la actualidad todavía sigue practicando este estilo de vida. Allí comprueba cómo todavía los antiguos pescadores tradicionales son capaces de bucear en apnea a grandes profundidades permaneciendo sumergidos y sin respirar durante períodos de cinco minutos. La adaptación de la especie humana al buceo4, las reacciones biológicas que llevan a nuestro cuerpo, en ausencia de oxígeno, a dirigir los recursos al cerebro y al corazón, la extrema resistencia al frío que manifiestan otros pueblos cazadores-recolectores marinos llevan al documentalista a plantearse la pregunta que nos formulábamos al principio: ¿Es el hombre un mono acuático?

Mientras estaba viendo el documental caí en la cuenta de que esa tesis ya la había defendido con vehemencia, años atrás, la campeona de la teoría del «simio acuático» Elaine Morgan5.

Escuchar a Elaine Morgan (1920-2013) es un placer que hace pensar. Recuerdo cuando, viendo una charla suya en Ted, preguntó

¿Podrían darme ejemplos de mamíferos que, como el ser humano,no tengan pelo?

La pregunta es estupefactante, de primera impresión uno no encuentra en la naturaleza mamíferos que no tengan pelo, salvo claro está, delfines, ballenas, morsas o leones marinos y todos ellos, para nuestra sorpresa, resultan ser animales marinos.

Si uno trata de buscar mamíferos sin pelo que no sean animales acuáticos no le salvará el ejemplo del hipopótamo, por razones obvias, pero quizá, pensando en él, vengan a su memoria las imágenes del elefante y el rinoceronte como únicos representantes —junto con el ser humano— de los mamíferos terrestres sin pelo. No se alegre antes de tiempo, recientes investigaciones apuntan a que tanto el rinoceronte como el elefante evolucionaron de animales acuáticos. En el caso del elefante su relación con el manatí está totalmente acreditada. Los manatíes pertenecen al orden Sirenia, algo que difiere de los elefantes, pero ambos presentan similitudes morfológicas y anatómicas que reflejan la relación de su pasado. Debido a las necesidades de supervivencia de ambos, finalmente uno continuó su vida en el agua mientras otro representa hoy al mamífero terrestre más grande del mundo. En el caso del rinoceronte, un pariente lejano del hipopótamo, un antepasado de él encontrado en Florida parece acreditar sus costumbres acuáticas.

Aunque chimpancés y bonobos son genéticamente parecidísimos a nosotros, es evidente que nuestro parecido externo con ellos no es tanto: ellos tienen el cuerpo cubierto de pelo y caminan principalmente a cuatro patas mientras que nosotros presentamos una piel prácticamente sin pelo y caminamos sobre nuestras dos piernas. Ya, ya sé que monos y bonobos pueden caminar sobre sus dos patas traseras y que, de hecho, lo hacen por breves períodos de tiempo; sin embargo, como señala Elaine Morgan, hay un momento en que todos los simios caminan exclusivamente en dos patas y este no es otro que cuando se encuentran en el agua. Ciertamente atravesar un cauce de agua a cuatro patas no parece muy apropiado, mucho más eficaz parece bipedestar mientras se está rodeado de agua, postura que además libera las manos para pescar. Curioso e inspirador ¿Verdad?.

No les voy a fatigar añadiendo los muchos y muy buenos argumentos adicionales que abonan la tesis del simio acuático, pues llegados a ese punto del documental mi mente vagó hasta la primera vivienda de mi ciudad, la llamada «Cueva de los aviones», que fue domicio hace unos 40.000 años de una familia que también se decoraba la piel con maquillajes y conchas de animales que perforaba para adornarse, exactamente igual que los ocupantes de la cueva de Blombos en Sudáfrica hace 80.000 años, salvo que en el caso de los ocupantes de la «Cueva de los aviones» se trataba de Neanderthales.

Tengo que seguir investigando el asunto, la hipótesis del simio marino es sugerente y puede tener interesantes consecuencias, pero, de momento, he dejarles; es casi la hora de comer y me espera en el refrigerador un animal marino lleno de ácidos grasos poliinsaturados de cadena larga (lo que viene siendo un filete de atún) y la cosa de la gazuza empieza a apretar.


  1. «La gran odisea de la humanidad: el nacimiento de una especie». Canadá 2015. Dirección, guión y producción: Niobe Thompson.
  2. Niobe Thompson. Wikipedia.
  3. Badjao. Wikipedia
  4. Tiempos de trabajo en apnea de buceadores tradicionales
  5. Elaine Morgan. Wikipedia

Así en la tierra como en el cielo

Muchos felicitan hoy el solsticio de invierno (o lo hicieron hace un par de días) por la cosa de no felicitar la navidad, fiesta religiosa —dicen— y por tanto ajena a una sociedad moderna y laica. Bueno.

Responder con acierto a por qué los hombres celebran en el solsticio de invierno algunas de las principales fiestas de sus religiones exigiría un estudio pormenorizado de todas las religiones que en el mundo han sido, yo, por mi parte, tengo mi propia tesis y es que, estoy convencido, que estas celebraciones cobraron fuerza y pujanza con la aparición de las primeras civilizaciones basadas en la agricultura, en Mesopotamia, Egipto o incluso en Mesoamérica.

Decidir cuándo se ha de arar, sembrar o llevar a cabo las labores agrícolas, exige conocimientos bastante profundos de astronomía. ¿Cómo sabemos cuando llega la primavera o el invierno o cualquiera de las otras dos estaciones? No hay más que una forma de saberlo y esta es observando el cielo.

Cuando el sol deja de desplazarse en sus salidas y puestas y sale y se pone dos días seguidos por el mismo sitio del horizonte iniciando un desplazamiento inverso, esos días en que el sol parece pararse (sol stitium), marcan los comienzos del invierno y el verano, dos fechas fundamentales para cualquier civilización basada en la agricultura. Complementariamente, cuando las horas de luz solar se igualan a las de la noche (equi noccio) se fijan los principios de la primavera y el otoño.

Pareciera que el destino de la naturaleza, las fechas de siembra y siega y los ciclos del crecimiento de las plantas, estuviesen regidos por el sol en su camino sobre el horizonte y, por ello, no es extraño que los sacerdotes mesopotámicos dedicasen buena parte de sus esfuerzos a estudiar el cielo y a construir zigurats para poder observarlo más de cerca, pues, si el sol regía los ciclos de la vida, ¿por qué otros astros no iban a regir otros aspectos de la vida? Y así empezó la astrología.

Parece que en culturas no agrícolas formadas por cazadores recolectores la influencia celestial pesaba menos y tendían a ubicar sus dioses no en el cielo, junto al sol, la luna y las estrellas, sino en la tierra, en bosques, montañas u otros lugares numinosos… o encarnados en animales de especial significado. Lo de que unas mismas leyes rigiesen los ciclos —así en la tierra como en el cielo— parece más propio de civilizaciones del creciente fértil de que de hordas de Cro Magnones peregrinos por los bosques.

Los primeros imperios, todos ellos fundados en el desarrollo de la agricultura, vincularon sus deidades al cielo y a los astros que viajaban por él y no es extraño que, en el solsticio de invierno, fecha donde los días comienzan a ser más largos y se anuncia con el renacimiento del sol la explosión de vida que tendrá lugar en la primavera, casi todas las religiones de civilizaciones agrícolas estableciesen alguna festividad; la lista es interminable: desde Huitzchilopotzli en Mesoamérica a Mitra en el oriente mediterráneo pasando por el Sol Invictus romano.

Por cierto, ahora que se habla de la fijación de la Navidad el 25 de diciembre como un acuerdo tomado en el Concilio de Nicea, es bueno recordar que el emperador que presidió dicho concilio —sedicentemente católico— no era otro que el emperador Constantino, en ese momento Sumo Pontífice de la Religión del Sol Invicto, el cual, curiosa coincidencia, también celebraba su natividad el 25 de diciembre, como Huitzchilopotzli, como Mitra y como tantos otros.

Este de un concilio católico presidido por un gentil da que pensar… ¿fue un concilio solo de católicos aquel?

Lo sabremos cuando las listas de asistentes puedan examinarse.

Animales morales

Tengo la profunda convicción de que nuestro juicio sobre la moralidad o incluso justicia de nuestras acciones no es un juicio reflexivo sino emocional. Estoy persuadido de que es instintivamente como decidimos liminalmente si una acción es moral o justa y de que sólo posteriormente tratamos de justificar nuestra decisión inicial a través de razonamientos morales o jurídicos. Tan sólo en un no demasiado grande número de casos nuestro razonamiento posterior nos revelará que nuestro juicio moral o jurídico instantáneo no era acertado.

Sé que más de un jurista, sobre todo algunos jueces, levantarán una ceja incrédula al leer esto pero concédanme unos minutos, porque estas convicciones mías de que les hablo, naturalmente, no las he inventado yo sino que muchos científicos han trabajado sobre esta hipótesis.

La justicia y la moral, créanme, no son una construcción del razonamiento humano o, al menos, no son una creación exclusiva del razonamiento humano. La vida en grupo exige atenerse a una serie de reglas de convivencia ya sea el grupo humano, de primates, de peces o de bacterias. Los comportamientos que permiten la vida en sociedad y cómo los miembros de esta reaccionarán a su infracción son pautas presentes en cualquier tipo de comunidad: desde una colonia de bacterias al Parlamento de la Unión Europea pasando por bandadas de aves o cardúmenes de peces. Todas estas comunidades están dotadas por la naturaleza de mecanismos para resolver sus conflictos, mecanismos que han ido evolucionando durante millones de años y que alcanzan su expresión más sofisticada y compleja en las formas específicas que tiene la especie humana para hacerlo, una de las cuales —pero no la exclusiva y ni siquiera la mejor a priori— es la administración de justicia.

El hombre y sus primos los primates superiores presentan reacciones e instintos que nos permitirían calificarlos como «animales morales»; a este tipo de reacciones han dedicado los científicos muchos trabajos y experimentos y uno de los experimentos clásicos en este campo de ha sido el muy conocido «Dilema del Tren» o del «tranvía».

Conocí tal dilema a través de los trabajos del polémico ex-profesor de la Universidad de Harvard Marc Hauser.

Hauser organizó en los primeros años del siglo XXI una fascinante encuesta por internet de la que les hablaré otro día pero cuyo argumento nuclear es el «Dilema del Tren» que antes les mencionaba. Hoy he encontrado en YouTube una recreación del primer acto de los tres en que Marc Hauser dividía su encuesta.

No voy a ponerles en antecedentes ni les voy a hacer ningún «spoiler», simplemente les ruego que, si les interesa el tema, vean el video cuyo enlace les dejo justo aquí abajo y se pregunten que harían ustedes en el caso de hallarse en el lugar de los sujetos del experimento.

No sé preocupen porque el vídeo esté en inglés, pueden activar los subtítulos en castellano si lo desean, véanlo y, si les sugiere algo, déjenme un comentario porque les aseguro que el experimento da para mucho. Otro día seguimos.

Mentiras ministeriales

«Epistula non erubescit» (el papel no se sonroja) nos dijo Cicerón hace dos mil años, aludiendo a que, por más que lo que se escribe en un texto sean mentiras y falsedades deleznables, ni el papel ni el texto en él escrito mostrarán el más mínimo signo de vergüenza. Lo novedoso en este siglo XXI es que ya no es el papel el que no se sonroja, sino que, al parecer, ni siquiera los ministros lo hacen.

Ayer la cuenta tuíter del ministerio de justicia publicó el tuit que sigue a este párrafo, tuit que reproducía una frase o idea transmitida por el ministro de justicia Rafael Catalá Polo en la así llamada «vigésimo tercera intermunicipal PP». La frase contenida en el tuit era literalmente la que en él se ve: «Apostamos por una Justicia próxima, se viva donde se viva» y se quedó tan ancho.

El ministro, sin pudor ni vergüenza alguna, transmitió este mensaje apenas tres meses después de que dejase a dos tercios de la población española sin juzgados donde acudir a solventar sus reclamaciones hipotecarias, inhabilitando 381 partidos judiciales en favor de un sólo juzgado en la capital de provincia e imponiendo, por ejemplo, a los habitantes del partido judicial de Herrera del Duque, la tasa encubierta de tener que circular 400 kms cada vez que pretendan acercarse al juzgado que conoce de su cláusula suelo en Mérida, la capital de su comunidad.

Esto mismo ocurre a dos terceras partes de la población española (sí, en España dos tercios de su población no viven en capital de provincia) pero el ministro —a pesar de las fuertes protestas de todos los profesionales de la justicia, asociaciones de jueces, fiscales, letrados de la administración de justicia, funcionarios, procuradores y abogados— decidió dar el visto bueno al insensato plan provinciofrénico que le propuso un nada independiente Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). Gracias a esa insensatez el juzgado especial de Madrid está ya colapsado con 11.000 demandas, la mayoría sin proveer (11 años de retraso), cuando si se hubiesen usado los 101 juzgados de que dispone la Comunidad de Madrid habrían repartido unos 100 cada uno lo que alargaría un mes el tiempo medio esperado de respuesta. Parte de esas 11.000 demandas archivadas en los suelos del juzgado son las que ven en la fotografía que sigue y que es ya viral en la red.

Pues bien, ese es Catalá: el ministro reprobado que alejó la justicia de las dos terceras partes de la población española y ese es Catalá también, el ministro que es capaz de decir justo lo contrario de lo que hace con todo desparpajo y sin que asome a su rostro el más leve rasgo de vergüenza. La realidad no le impedirá decir nunca lo que él entienda más apropiado en cada momento, en la era de la «postverdad» el ministro es un virtuoso.

Darwin se quedaría estupefacto si contemplase a este hombre a quién todavía, hace un par de meses, algunos abogados —me da pena decirlo— aplaudían ostensiblemente en Granada.

Ninguna emoción producía más intriga a Darwin que la de la vergüenza y los cambios físicos asociados a la expresión de esta emoción. Le sorprendía que el ser humano manifestase instintivamente su vergüenza, por ejemplo, ruborizándose; veía en esta reacción panhumana una amenaza para su teoría de la evolución pues ¿qué ventaja evolutiva puede aportar al ser humano el evidenciar ante el resto de la comunidad que sabe que ha obrado mal? Nada tan humano como la vergüenza y nada tan inhumano como la ausencia absoluta de ella.

Cuentan que, cuando preguntaron al “Guerra” (el torero, no el ministro) cómo era posible que a un banderillero de su cuadrilla le hubieran nombrado Gobernador Civil de una provincia sureña, el diestro respondió con una afirmación que suscribiría el mismo Darwin si resucitase: «Degenerando».

Hemos llegado a un grado de degeneración tal en algunos sectores de nuestra clase política que Darwin hubiese quedado atónito y Cicerón hubiese tenido que pensárselo dos veces antes de repetir su cita porque «Epistula non erubescit», cierto, pero los ministros tampoco.

No se puede engañar a todos todo el tiempo: ya está bien, acabemos con esta farsa.

La singularidad tecnológica jurídica

Quizá no hayan ustedes oído hablar de la «singularidad tecnológica», si no es así, muy resumidamente les cuento qué es con la inapreciable ayuda de la wikipedia: la singularidad tecnológica (o simplemente, «la singularidad») es una hipótesis según la cual el advenimiento de la superinteligencia artificial desencadenará abruptamente un crecimiento tecnológico desenfrenado, dando lugar a cambios insondables en la civilización humana. De acuerdo con esta hipótesis, un agente inteligente actualizable (tal como un ordenador que ejecuta la inteligencia artificial general basada en software) entraría en una «reacción» de ciclos de auto-mejora, con cada generación nueva y más inteligente apareciendo más y más rápidamente, resultando en una poderosa superinteligencia que, cualitativamente, superaría con creces toda la inteligencia humana.

Sé que suena a ciencia-ficción y sin embargo a la mayoría de los científicos no les resulta esta de la singularidad una hipótesis extraña ni increíble sino todo lo contrario, en general la consideran natural. Padres o precursores de la revolución tecnológica como el mismísimo John Von Neumann admitían la singularidad como perfectamente natural e incluso la mencionaron en años ya tan lejanos como 1950:

«El progreso cada vez más veloz de la tecnología y los cambios en el modo de vida humano parecieran dar a entender que se acercar alguna singularidad esencial en la historia de la raza más allá de la cual los asuntos humanos, tal y como ahora los conocemos, no podrían continuar…»

Quizá a alguno de ustedes le parezca un sueño pero, viniendo este sueño de John Von Neumann, yo me lo tomaría muy en serio, pues pocas personas han sido más certeras en materia de sueños que él, permítanme no añadir más y dejarles sólo un link a su biografía.

John Von Neumann además fue el primero en manejar con naturalidad el concepto de máquinas autorreplicantes, un concepto que sitúa a la tecnología en el umbral del salto evolutivo y de la aparición de nuevas formas de vida distintas de las que ahora conocemos. La mezcla de este último concepto y el de la singularidad nos conduce a inquietantes visiones del futuro pero no teman porque, según los científicos más reputados, para llegar a la singularidad faltan bastantes años… entre 20 y 100… o quizá menos 🙂

La singularidad para algunos, entre los que me cuento, no se producirá de forma abrupta sino que irá ganando espacios progresivamente hasta alcanzar ese instante decisivo; déjenme que les explique mi primer contacto con la singularidad.

Yo he jugado al ajedrez desde joven y he procurado mantener hasta hoy un nivel de juego que me permita tomar parte en competiciones de cierto nivel y disfrutarlas (¿te he contado que yo jugué contra el campeón del mundo en una última ronda?) por eso, dada mi edad (56) he podido seguir de primera mano el nacimiento y evolución de los programas de ajedrez por ordenador.

Recuerdo que hasta 1985 los artefactos que jugaban al ajedrez eran cachivaches inútiles a muchos de los cuales incluso les costaba enrocarse y comer al paso. Pero en 1985 y corriendo sobre un entonces flamante «Sinclair QL» tuve la ocasión de jugar contra el programa «Chess» de la empresa Psion y programado por Richard Lang. Gané pero debo decir que allí ya había un oponente y no una mera curiosidad. Siempre pensé (y me equivocaba) que los ordenadores nunca serían mejores que un ser humano jugando al ajedrez, pero la década posterior me demostró cuan equivocado estaba. Anatoli Karpov, campeón mundial, sostenía que esto no le preocupaba lo más mínimo pues, por ejemplo, los coches son más veloces que los hombres y nadie se siente mal por ello, pero lo del ajedrez no era como la velocidad en los coches, para mí el ajedrez era una forma de arte y que una máquina pudiera superarnos en algo tan íntimo y tan humano como es la reflexión y el raciocinio me inquietó durante bastante tiempo hasta que asumí que aquella «singularidad» era irreversible.

Así pues, al menos en lo que al ajedrez respecta, la singularidad podríamos decir que ya ha tenido lugar, ahora conviene preguntarse si esa «singularidad» parcial o de vía estrecha amenaza a otras áreas de mi vida como es el ejercicio profesional. Sé que sí, pero, a ello, dedicaremos otro post, hoy es tarde y debo dormir. Les dejo hasta el nuevo post con este video que quizá les aclare —o no— algunos conceptos.

https://youtu.be/bfNTwTQSRzk

Isolated “egos” inside bags of skin

“We suffer from a hallucination, from a false and distorted sensation of our own existence as living organisms. Most of us have the sensation that “I myself” is a separate center of feeling and action, living inside and bounded by the physical body — a center which “confronts” an “external” world of people and things, making contact through the senses with a universe both alien and strange. Everyday figures of speech reflect this illusion. “I came into this world.” “You must face reality.” “The conquest of nature.” This feeling of being lonely and very temporary visitors in the universe is in flat contradiction to everything known about man (and all other living organisms) in the sciences. We do not “come into” this world; we come out of it, as leaves from a tree. As the ocean “waves,” the universe “peoples.” Every individual is an expression of the whole realm of nature, a unique action of the total universe. This fact is rarely, if ever, experienced by most individuals. Even those who know it to be true in theory do not sense or feel it, but continue to be aware of themselves as isolated “egos” inside bags of skin.”

Alan Watts

Proto-lenguajes y proto-dioses 

 el dios El recibiendo una ofrenda 
Ya he contado alguna vez que, al igual que del parecido de las palabras en diversos idiomas se ha inducido por los científicos la existencia de protolenguajes anteriores a ellas y de los que las lenguas actuales no serían más que evoluciones; al igual, digo, pienso que del parecido que presentan ciertos mitos comunes a muchas religiones pudiera inferirse la existencia de proto-religiones de las cuales las actuales no serían sino una evolución. 

Conforme a las teorías de Darwin, allá donde hay reproducción, herencia y mutación operan los principios de la teoría de la evolución y poco importa si hablamos de genes o de información, pues los genes no dejan de ser una especie dentro del género de la información. Richard Dawkins habló de “memes” para referirse a estas unidades de evolución cultural y no cabe duda de que las religiones y los dioses están entre los memes más antiguos y exitosos que se conocen. 

Al igual que la etimología se remonta al origen histórico de las palabras y estudia cómo las mismas han ido mutando y evolucionando hasta llegar a nuestros días, podemos tratar de aproximarnos a estos memes religiosos de la misma forma; y a divertirme con estas cosas he dedicado algún tiempo este verano.

Uno de los encuentros más curiosos que he tenido ha sido el de una deidad cananea que, si tienen la paciencia de seguir leyendo, se nos aparece como el antecedente, el étimo, de alguno de los dioses en que creen y a los que rezan la mayor parte de las personas en nuestros días. No doy más rodeos y se lo presento ya mismo, se trata del dios “El“.

En la mitología cananea, “El” era el nombre de la deidad principal y significaba «padre de todos los dioses» (en los hallazgos arqueológicos siempre es encontrado al frente de las demás deidades). En todo el Levante mediterráneo era denominado El o IL, el dios supremo, padre de la raza humana y de todas las criaturas, incluso para el pueblo de Israel pero con interpretaciones distintas a los cananeos.

La presencia de este dios podemos rastrearla no sólo en los yacimientos arqueológicos que nos hablan de él, sino también en las palabras mismas; así, por ejemplo, si recuerdan el episodio bíblico de Jacob luchando con un ángel (Génesis 32:23-30) recordarán también que Dios le cambió el nombre a Jacob tras aquel enfrentamiento de forma que pasó a llamarse “Israel” que, literalmente, significa “el que lucha junto/contra Dios” en hebreo: יִשְׂרָאֵל, Isra-[El], ‘el que pelea junto al dios El’.

El dios “El” se nos aparece reiteradamente en la Biblia como, por ejemplo, en el sitio conocido como “Bethel” que se traduce como ‘casa de Dios’, siendo beth ‘casa’ (como Bethlehem es ‘casa del pan’, Bethania ‘casa de la aflicción’, Bethsaida: ‘casa del pez’) y el puede referirse tanto al dios Yahvé como al dios El. Tampoco es descartable que “El” sea el dios que da nombre a la torre que los hombres construyeron tratando de alcanzar el cielo (Bab-El) y que yo traduzco (Joludi me corregirá) por “puerta del cielo”. 

Para los judíos “Elohim” era como se llamaba a los dioses o a dios (plural de “El”) y hasta en el Gólgota cuando el crucificado llama al señor lo hace según la expresión “¡Elí, Elí! ¿lemá sabactaní?” (¡Señor!, ¡Señor!, ¿por qué me has abandonado?).

Las referencias a “El” en el mundo contemporáneo nos acompañan de forma muy cercana y muchos de los nombres propios que hoy se usan en España llevan al dios “El” incorporado; así “Daniel” significaría algo parecido al “juicio del dios El” o “Ismael” vendría a significar “El dios EL escucha o cura”. También encontramos a “El” como prefijo de muchos nombres de uso común como “Elías” y lo mismo ocurre con los nombres femeninos. Si usted se llama, pues, Miguel, Manuel o Isabel, probablemente esté rindiendo un inadvertido tributo a este antiguo dios de que les hablo.

Lo más curioso es que “El” no sólo se ha perpetuado en el ámbito de las religiones judeo-cristianas pues, como buen dios semítico, está también en el origen del nombre del propio dios de los musulmanes pues a El también se le llamaba a veces Eloáh o Eláh, lo que en árabe dio lugar a Allah.

Y no sigo, “El” tuvo muchos hijos algunos de los cuales llegaron a hacerse extremadamente famosos, como Baal que, navegando en barcos fenicios y carthagineses, llegó hasta mi ciudad (Cartagena) y nos dejó nombres como Aníbal (Hanibaal) o Asdrúbal (Asdrubaal), nombres que, en septiembre, llenarán las calles celebrando de una forma un tanto sui generis el comienzo de la segunda guerra púnica.

De cómo “El” evoluciona hasta dar lugar a deidades como Yahweh les hablaré otro día, de momento basta con este pequeño divertimento de verano.