La moral y el amor por uno mismo

Hace un par de días escribí en una red social (Facebook) unos parrafitos a propósito de ciertas prácticas de eso que llaman «coaching» y que decían, más o menos, lo que sigue:

«Veo en youtube a unos «coachers» de autoayuda con un grupo de personas gritando «yo me quiero mucho».

Y yo veo bien eso de autoayudarse y quererse y decírselo a uno mismo, pero…

A mí me criaron en una moral donde pensar en uno mismo antes que en los demás estaba prohibido. Si enumerabas los asistentes a un suceso no podías citarte en primer lugar, tu madre te enseñaba que era norma de educación citarte tú a ti mismo en último lugar. Si alardeabas de algo tu madre volvía a enseñarte que eran los demás quienes tenían que hablar bien de ti, no tú de ti mismo.

El caso es que yo no aprendí a gritar eso de «yo me quiero mucho» porque lo que me enseñaron es que yo a quien debía querer es a los demás.

Ahora no sé si necesito a «coachers» de autoayuda porque quizá, todos esos que no hemos aprendido a querernos a nosotros, no encontraremos a quien nos quiera entre todos esos que se quieren a sí mismos.

En fin, yo creo que en lo que me enseñó mi madre hay más verdad que lo en que enseñan los coachers; o igual es que, al menos, estoy más acostumbrado.»

El parrafito despertó el interés de muchos seguidores que, en general, lo aprobaron; sin embargo no faltaron lo que, con toda delicadeza, hicieron notar su desacuerdo. Algunos señalaron que eso de «quererse a uno mismo» era mucho más profundo de lo que yo sostenía al tiempo que incluso un viejo seguidor, aclarando previamente que él no era cristiano, citó la famosa perícopa del evangelio de Marcos en que Jesús es preguntado acerca de los dos principales mandamientos y el responde, como bueno judío, con el «Shemá Israel» (amarás a Dios sobre todas las cosas) para añadir a continuación lo de «y al prójimo como a ti mismo».

Mi interlocutor señalaba que malamente se podrá querer bien al prójimo «como a uno mismo» si uno mismo no se quiere y que, por tanto, tan importante como querer bien al prójimo era quererse uno. Todo el razonamiento es impecable dentro del relativismo de la llamada «regla de oro» (¿Qué pasaría si nos queremos a latigazos porque somos masoquistas? ¿Querer al prójimo como a nosotros mismos nos autorizaría a flagelarlo?) y fue condensado por Confucio cuando fue preguntado sobre cuál consideraba él la regla primera y resumen de toda la moral.

«Reciprocidad», dicen que respondió Confucio resumiendo en esta palabra la esencia del comportamiento moral humano.

Sin embargo, a poco que leamos los tratados morales o las doctrinas religiosas de las más diversas escuelas veremos que, en sus enseñanzas morales, más que centrarse en el amor a uno mismo donde insisten especialmente es en el amor a los demás y esto se comprende fácilmente a poco que se atienda al carácter esencialmente práctico de las enseñanzas morales de las religiones.

Si nos fijamos, en el pasaje del evangelio de Marcos que citó mi muy ateo amigo, Jesucristo da por supuesto que no ha de enseñar a nadie a quererse a sí mismo, que eso ya ocurre naturalmente sin que nadie lo enseñe y que —si Jesucristo hubiese sabido lo que son los genes— podría haber afirmado que estaba escrito en ellos; y es verdad.

Todos los seres vivos tienen un instinto básico y esencial que les lleva a defender su vida antes que la ajena y a buscar su reproducción antes que la ajena. No es preciso ser Darwin para entender que, si un ser no defiende su vida y su reproducción con preferencia a otros, se extingue y es por eso que el primer instinto de que la naturaleza dota a cualquier entidad viviente es el instinto de conservación.

Esto es así en todos los seres vivos pero hay una clase especial de ellos, los animales que cooperan, que viven en grupos, que a ese instinto de conservación básico han de añadir un complejo equipamiento de instintos que les permita vivir en grupo. Vivir en grupo no es tarea sencilla, cooperar no es tampoco tarea sencilla y, para que sea posible, la naturaleza dota a este tipo de especies de instintos que permitan esta compleja forma de vida; entre ellos y sin ánimo de ser exahustivos podemos citar:

—La empatía
—La gratitud
—La reciprocidad
—La venganza
—El perdón
—El orgullo… Etc.

No tomen esta lista como una clasificación científica, es solo una enumeración descuidada y pueden considerarse la venganza o el orgullo como facetas de la reciprocidad, etc. De momento mi único interés es señalar que la naturaleza nos dota de instintos que nos permiten vivir eficazmente en sociedad.

Es obvio que en las sociedades humanas la complejidad de estos instintos es infinitamente superior a la que se da en una colonia de bacterias pero, si observamos a especies más cercanas a nosotros como chimpancés o bonobos observaremos en ellos instintos que, muy a menudo, nosotros consideramos exclusivamente humanos.

Por no hacer largo el post déjenme que les hable de la venganza y el perdón.

Con la venganza y el perdón ocurre en las religiones algo muy parecido a lo que ocurre con el amor a uno mismo y el amor al prójimo.

Del mismo modo que ninguna religión predica el amor a uno mismo ninguna religión predica la venganza; del mismo modo que todas las religiones predican el amor al prójimo todas las religiones predican el perdón.

¿Por qué?

Porque, simplemente, al igual que le ocurre a Jesucristo en la perícopa de los mandamientos de Marcos, el amor a uno mismo y el deseo de venganza se dan por supuestos. Que los seres humanos se quieren a sí mismos es para ellas obvio y que si tratas de maltratar a un ser humano este procurará defenderse del mal devolviéndote el mismo mal o aún mayor, es también evidente.

A las religiones y sistemas morales, a primera vista les parece innecesario predicar el amor propio y la venganza, si acaso te darán normas para quererte en la forma que ellos estiman correcta y si acaso limitarán tus deseos de venganza como máximo a devolver el mismo mal que se te ha inferido.

Donde las religiones y sistemas morales ponen toda la carne en el asador es en el amor al prójimo y en el perdón.

El perdón es tan natural como el deseo de venganza; cuando después de la ofensa comienza a pasar el tiempo el perdón comienza a hacer su aparición. Si pasa el tiempo suficiente el individuo agraviado pensará que no tiene sentido vengarse, que si ahora va a sacar el ojo que perdió a su agresor esto puede traerle nuevos problemas y el deseo de venganza en el ser humano se va extinguiendo de forma proporcional al transcurso del tiempo. Es verdad que hay seres humanos que dicen no perdonar «nunca» pero eso, en la mayoría de los casos, no es más que una estrategia conocida en el entorno de la teoría de juegos de Axelrod como una estrategia de «etiquetas» o si, tal estrategia es sincera y el individuo es incapaz de personal, podremos concluir que nos hallamos ante una personalidad patológica.

Así pues, lo que hacen las religiones no es fomentar el perdón contraintuitivamente, sino favorecer, catalizar un instinto que acabará apareciendo para que lo haga lo antes posible. Esto es bueno para los dos individuos, para la sociedad y para la vida en común. No hay nada milagroso en perdonar o querer al enemigo, ese mandamiento ya aparece en el 3000 AEC en sumeria y puede encontrarse en casi cualquier religión. El mandamiento «nuevo», pues, no es tan nuevo sino tan viejo como la regla de oro que Jesús cita al responder a la pregunta de cuáles son los principales mandamientos.

Así pues nuestras madres, desde que comienzan a educar a sus hijos, saben de sobra que no necesitan enseñarles a querer quedarse con el juguete o a anteponer su propio interés al de su hermano, esto ya lo hacen ellos espontáneamente y bastante trabajo han tenido las madres de la historia repartiendo a sus hijos estopa educativa para que aprendan a compartir los juguetes con su hermana o a no quitarle el postre a su hermano.

Que los seres humanos, como cualquier otro animal, se quieren —o al menos tratan de ser los primeros en satisfacer sus necesidades básicas— es algo que no es preciso enseñar pero, claro, al margen de esta satisfacción de las necesidades primarias ¿Hay alguna forma mejor que otra de querernos a nosotros mismos?

Epicúreos, estóicos, budistas, musulmanes, hindúes, cristianos, judíos, zoroastristas… Todos tienen sus reglas al respecto (sorprendentemente parecidas en muchos casos) pero de eso creo que me ocuparé en otro post, esta ya viene siendo un ladrillo de bastante grosor.

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