El lobo ¿compite o coopera con el venado?

El lobo ¿compite o coopera con el venado?

El último lobo del parque nacional de Yellowstone fue cazado en 1925, momento a partir del cual venados y búfalos pudieron pastar a sus anchas, y lo hicieron.

Las poblaciones de alces, cabras, bisontes, venados y otros hervíboros crecieron sin control, secaron las praderas, erosionaron la tierra, acabaron con bosques e incluso con ríos. Muchas especies ya no pudieron vivir en ese ecosistema y desaparecieron de Yellowstone.

En 1995 se reintrodujeron en el parque 32 lobos canadienses en un experimento que no se sabía bien cómo terminaría, pero, para sorpresa de los científicos, la presencia del lobo alejó a los venados de determinadas zonas del parque dando así tiempo a la hierba a crecer en la pradera y a los árboles a crecer en los bosques; la erosión se frenó y volvieron a aparecer arroyos susceptibles de permitir construir sus diques a los castores o pescar a los osos. La presencia del lobo devolvió la vida al parque sin que las poblaciones de hervíboros sufriesen por ello más de lo que la naturaleza desea.

¿Es, entonces, el lobo un «amigo» o un «enemigo» de alces, venados y bisontes?

Conceptos como los de «amigo», «enemigo», «antagonista» o «cooperador» deben de ser revisados posiblemente. ¿El lobo es amigo de hierbas y bosques y enemigo de las cabras?. Si el lobo protege las hierbas de las que se alimenta el venado, cabe preguntarse entonces: el lobo ¿coopera o compite con el venado?.

En Yellowstone todos los recursos de la naturaleza son comunes, no existe ningún texto legal que diga como deben repartirse entre los animales que lo pueblan, pero la naturaleza ha encontrado la forma de distribuir y proteger esos bienes en beneficio de todos.

En el caso de la especie humana, ya sin competidores sobre la faz de la tierra, hemos sido incapaces de encontrar una forma racional de explotar y preservar los bienes comunes. La atmósfera, los mares o el agua de los ríos son testigos de nuestra ignorancia y nuestro fracaso. Muchos economistas han estudiado este fenómeno al que han llamado «La tragedia de los comunes» (les animo a googlear la expresión), entre ellos la premio nobel Ellinor Ostrom que estudió en profundidad y puso como ejemplos de buena gestión los tribunales de las aguas de Murcia y Valencia (ciudades en las que Ellinor es una absoluta desconocida). Pero, a salvo de ejemplos puntuales, el ser humano, a diferencia de la naturaleza y a pesar de contar con leyes y tribunales de justicia, se ha mostrado absolutamente incapaz hasta la fecha de salvar a los bienes comunes de la tragedia. La teoría económica explica perfectamente por qué los bienes comunales no pueden sobrevivir, lo que no ha explicado hasta ahora es cómo pueden conservarse. Ya conocen aquel dicho atribuido infantilmente a los indios Creek: cuando haya desaparecido el último animal y el último árbol os daréis cuenta de que el dinero no se come.

En fin, en la naturaleza, en general, todos los seres vivos compiten y al mismo tiempo todos cooperan, lo decisivo es mantener la homeostasis del sistema, mantener el equilibrio.

Y ahora planteémonos el papel del ser humano, el mayor depredador de la naturaleza: ¿Contribuimos al equilibrio o hemos inventado un equilibrio mejor?. Quizá, como los venados, cuando nos hayamos comido la última hierba de la pradera echemos de menos la cooperación del lobo.

Naturaleza, altruismo y banderas

Naturaleza, altruismo y banderas

Konrad Lorenz nos enseñó que, dentro del modelo biológico de reciprocidad natural, es posible practicar la cooperación en diversos niveles de intensidad y complejidad y señaló específicamente cuatro niveles en la naturaleza a los que llamó «multitud anónima», «sociedad sin amor», «sociedades endogámicas» y «grupo» propiamente dicho. De los cuatro citados niveles me interesa detenerme en los dos últimos.

En el nivel llamado de las «sociedades endogámicas», como las superfamilias que agrupan a varias generaciones de ratas, lobos, insectos sociales, etc., se da un reconocimiento individualizado pero una cohesión de tipo clánico: el individuo es uno más en el clan, que viene delimitado por marcadores colectivos como son las feromonas u otros rasgos diferenciadores del linaje. En estas sociedades endogámicas la cohesión inclusiva se refuerza a través de comportamientos beligerantes hacia los outsiders. Aquí sí se producen comportamientos de cooperación y altruismo, si bien se trata de un altruismo hacia un marcador, sea quien sea el individuo que lo porta.

El concepto de «altruismo hacia un marcador» es demasiado evocador de determinadas conductas humanas como para pasarlo por alto. ¿Son las patrias, razas, religiones o banderas marcadores a los que rendimos respeto y dan lugar a un tipo de cooperación tan primitiva como eficaz?

Instrumentos válidos para llevarnos al conflicto e incluso a la guerra como si fuésemos insectos (la abeja era el arquetipo de soldado para los antiguos egipcios) ratas o lobos (iconos muy usados en ejércitos del siglo XX) este «altruismo hacia un marcador» es un concepto inquietante que nos perturba en la medida que pudiera revelar ancestrales instintos humanos.

Porque, lo que Lorenz llama «grupo» propiamente dicho, está caracterizado por ser un agregado de vínculos individualizados (no colectivizados, como en el caso anterior de las superfamilias), propio de algunas especies de aves y de primates cognitivamente avanzados, como los humanos: La formación de un grupo verdadero presupone que los individuos son capaces de reaccionar selectivamente a la individualidad de sus vecinos o compañeros (…) es condición sine qua non para la formación de un grupo la identificación personal del compañero (…) identificación que se realiza, claro está, individualmente. (Lorenz 1978[1963]).

Enfrentado a estos dos niveles de cooperación pienso en los sucesos recientes de rescates de inmigrantes en el mar. El «altruismo a los marcadores» (cultura, religión, patria, raza, creencias) nos hace rechazar su entrada en Europa y, sin embargo, creo que ninguno de quienes se adhieren al «altruismo a los marcadores» sería capaz de dejar en el mar o impedir la entrada a una persona si operase en el nivel de «grupo propiamente dicho» y viese a la otra persona individualizada e identificada como ser humano como ellos.

La moral y las reglas de cooperación humanas no son reflexivas sino que tienen naturaleza evolutiva: nuestras estrategias se desarrollaron en el marco de un entorno natural y son adecuadas y útiles para él. Por ejemplo: un ser humano no soportará el dolor en sus cercanías y llegará a poner su vida en juego para salvar a una anciana en peligro de ahogarse aunque le queden pocos días de vida. Sin embargo, cuando el dolor queda más lejos, el ser humano no siente esa perturbación y puede soportar perfectamente que miles de niños mueran de hambre a condición de que estén lejos. Incluso no sentirá mayor estrés al rechazar una petición económica de UNICEF o Cruz Roja. Para provocar sus instintos y su empatía estas organizaciones traerán el drama cerca de él y le motivarán exhibiéndole fotografías o documentales.

Las acciones humanas dependen de motivaciones no siempre racionales y a menudo contradictorias y pienso si los juristas no haríamos bien en estudiar científicamente todas estas reglas que determinan la forma en la que el ser humano interactúa con sus semejantes y coopera o se enfrenta con ellos.

Quizá esté pendiente de escribir un tratado sobre moral o derecho evolutivos.

Vive y deja vivir: cuando la cooperación entre enemigos emerge

Vive y deja vivir: cuando la cooperación entre enemigos emerge

La cooperación es una estrategia que se impone de forma natural cuando se dan determinadas condiciones independientemente de si los agentes llamados a cooperar son seres racionales o irracionales o de si son amigos o enemigos.

En algún otro post he tratado la cooperación entre seres irracionales —(bacterias)— hoy, mirando viejas fotos de la Primera Guerra Mundial, me ha venido a la cabeza el hablarles de la cooperación entre enemigos.

Quizá hayan visto alguna película de la Primera Guerra Mundial donde se presenta a enemigos irreconciliables —alemanes e ingleses por ejemplo— saliendo de las trincheras y jugando un partido de fútbol en la tierra de nadie durante una efímera tregua; quizá sea bueno que sepan que tales treguas no fueron tan efímeras como las películas pretenden y que la estrategia de «vive y deja vivir» fue un comportamiento tan extendido durante la Gran Guerra que preocupó seriamente a los mandos de los ejércitos en conflicto por si daba lugar a deserciones masivas o negativas generalizadas a combatir. La
correspondencia de los soldados británicos, estudiada en profundidad, revela que, de un modo u otro, la mayoría de sus batallones se vieron envueltos en este tipo de estrategias de «vive y deja vivir». La correspondencia de sus adversarios, aunque menos analizada en este punto, confirma el dato.

¿Por qué este tipo de estrategias se produjeron con frecuencia durante la Primera Guerra Mundial y no en otros conflictos? Bueno, la respuesta rápida es que la guerra de trincheras daba lugar a que el enemigo que estaba al otro lado de la tierra de nadie no cambiase con
frecuencia (esto exige considerar al «batallón» como una unidad con
características especiales) y los contendientes se encontrasen en un
escenario óptimo para llevar adelante un juego del tipo del dilema del prisionero
iterado
.

La cooperación emergía inicialmente de forma espontánea por pequeños actos coincidentes (los soldados observaron que, a la puesta del sol, se producían espontáneos periodos de calma cuando se servía la cena en las trincheras) o por días señalados (la cena de Navidad, por ejemplo, solía dar lugar a espontáneas suspensiones de hostilidades), estas situaciones se extendían y generalizaban posteriormente.

Para los soldados las ventajas de combatir eran mucho menos obvias que las de no disparar, sin embargo cualquier acuerdo verbal con el enemigo podía conducirles ante el pelotón de fusilamiento, de forma que aparecieron espontáneamente comportamientos que, salvando ante los mandos la apariencia de combate, mantenían frente al enemigo un tácito
pacto de no agresión. Los testimonios de comportamientos de esta especie están perfectamente documentados: desde la artillería inglesa que disparaba siempre a los mismos lugares y a las mismas horas, a los tiradores alemanes que demostraban su puntería sobre determinadas marcas pero nunca disparaban al hombre. El reemplazo de los batallones cada ocho días no cambiaba el statu quo, bastaba con un rápido cambio de impresiones entre los soldados que se marchaban y los que llegaban para mantener la entente

—¿Qué tal son aquí los boches?

—Buena gente

Este tipo de comportamientos se extendió tanto que supuso un inmenso dolor de cabeza para los altos mandos, especialmente el aliado, pues en su criterio aquella era una guerra de desgaste: ellos podían reponer las bajas, los alemanes no y por ello un empate a muertos era una victoria, un punto de vista que, claro es, no compartían los soldados.

La estrategia de «vive y deja vivir» finalizó cuando los aliados impusieron la política de «raids». Cada cierto tiempo y de forma
aleatoria una sección del batallón debía tratar de infiltrarse en las trincheras enemigas y hacer prisioneros… o morir en el intento. Con tal estrategia la reciprocidad, base de la cooperación, era imposible y los soldados no podían simular ataques: o traían prisioneros o sus cadáveres acreditarían que el ataque no era fingido. Hubo fusilamientos a millares y —finalmente— los altos mandos salieron triunfantes y obligaron a los soldados a matarse, aún hoy día, no se sabe muy bien por qué.

Los malos relatores

En apenas 70.000 años el ser humano —homo sapiens— ha conseguido extenderse por todo el planeta y le han bastado los 10.000 últimos para dominarlo y causar en él un impacto mayor que el del asteroide que acabó con los dinosaurios. Los ejemplares de Sapiens de hace diez mil años apenas si formaban bandas de cazadores-recolectores cuya vida difería poco de los yanomamo o bosquimanos actuales; sin embargo, desde la aparición de la agricultura, sapiens ha sido capaz de crear imperios, abandonar el tallado del silex que le ocupo durante decenas de miles de años y descubrir las tecnologías del bronce, del hierro o del coltán, explotar el poder de energías térmicas, eléctricas o nucleares y dominar por completo el planeta tierra hasta convertirse a sí mismo en la principal amenaza para su propia supervivencia y la del planeta en que vive.

¿Cómo ha podido suceder esto?

La herramienta que sapiens ha utilizado para alcanzar todos estos logros se llama cooperación. Ni más fuerte, ni más rápido, ni probablemente tan listo como se imagina a sí mismo, sapiens estuvo a punto de desaparecer como especie hace unos 70.000 años1 debido a su debilidad. Cuesta trabajo imaginar que, en ese momento, apenas sobreviviesen en todo el planeta unos 2.000 seres humanos de los cuales todos descendemos, pero los análisis genéticos demuestran que así es. Sin embargo, 68.000 años después, aquel débil animal bípedo no tiene más rival sobre la tierra que él mismo y, si algún peligro le amenaza, este se deriva de su inesperado éxito como especie y de su brutal capacidad para alterar el ecosistema que lo aloja2.

A lo largo de los últimos veinte mil años, sapiens ha pasado de cazar con armas de sílex a explorar el sistema solar con naves espaciales y no parece que ello se deba a un aumento de nuestra inteligencia (de hecho, en la actualidad nuestro cerebro parece ser menor que hace 20.000 años)3.

El factor decisivo en la conquista del mundo por nuestra especie fue la asombrosa capacidad de sapiens para conectar entre sí a muchos individuos de su misma especie. Si sapiens domina hoy el planeta es porque ha demostrado una capacidad sin parangón de crear formas flexibles de cooperación.

Supongo que algún lector me dirá que, hormigas, abejas y termitas también cooperan en sumo grado; a lo que tendré que responderle que, aparte de otros factores, sus formas de cooperación son rígidas y carecen de flexibilidad. Una colmena no puede decidir cambiar de forma de organización, guillotinar a la reina y constituirse en república para enfrentarse a un cambio de circunstancias del entorno; el ser humano, en cambio, es capaz de reprogramar las formas de cooperación de sus sociedades y hacer frente de forma mucho más flexible a las amenazas.

¿Cómo programan y reprograman las sociedades de sapiens sus estrategias de cooperación? Pues, por extraño que les parezca, a través de cambios en unas entidades específicas de un software único y propio del ser humano: las ficciones.

Mientras sapiens fue cazador-recolector y sus comunidades apenas superaban unas pocas decenas de individuos la cooperación entre ellos no precisaba de un uso intensivo de las ficciones pero, con el advenimiento de la agricultura y la formación de las primeras civilizaciones, las ficciones demostraron su enorme capacidad de mejorar la cooperación humana hasta extremos nunca vistos hasta ese momento.

Estas ficciones son entidades intersubjetivas, creídas por todos los miembros de la comunidad y que están fundadas en relatos que, asumidos por todos, dan sentido a la vida de cada uno de los individuos que componen la comunidad y les imponen códigos de conducta que fomentan la cooperación. En Sumeria, el dios Enlil o la diosa Inana eran entidades tan reales como para usted hoy lo son la Unión Europea o el Banco de Santander y determinaban la conducta de los habitantes de aquellos territorios en la misma forma que a usted se la determinan las dos últimas entidades citadas.

Religiones, ideologías, sistemas de valores, naciones, corporaciones, son ficciones, entidades intersubjetivas, que condicionan y determinan las conductas de quienes las asumen como reales y que, por lo mismo, se han revelado como formidables herramientas para la promoción de la cooperación en las sociedades humanas.

Quizá una de las ficciones más exitosas sea la del dinero. Nacido en Sumeria —las civilizaciones son inseparables de estas ficciones— el dinero es una de las ficciones más omnipresentes en todo el mundo desarrollado. Sin más valor que la confianza que tenemos en que otros seres humanos lo valoren como nosotros, muy a menudo olvidamos que el dinero no es más que una ficción, que en realidad no se trata más que de trozos de papel y que, como dicen que dijo el jefe indio Seattle, no tiene más valor que el los hombres blancos le atribuyen porque, en realidad, «el dinero no se come».

Los sumerios, con su fe en que Enlil e Inana eran entidades reales, les adoraban, les rendían tributo y les hacían donaciones confiando en que estos dioses les protegerían a ellos y a sus seres queridos. Enlil e Inana, además, daban sentido a la vida de los habitantes de Sumeria pues estos pasaban a formar parte del relato, del drama cósmico, que explicaba la creación del mundo, la existencia del hombre y les indicaba el comportamiento adecuado al sentido de aquel cosmos. Se podía incluso ir a la guerra y morir siguiendo los deseos de Enlil o Inana, una actitud repetida durante 10.000 años por sapiens, si bien, ficciones como Enlil o Inana han sido sustituídas por otras ficciones tales como el Faraón, el Papa, los reyes o las patrias.

Si bien se observa, todas las civilizaciones y sociedades humanas no son más que grupos mayores o menores de sapiens que comparten intensamente un relato y lo asumen como cierto y es así como religiones, ideologías, imperios, patrias y corporaciones mercantiles, han hecho cooperar a los seres humanos para la consecución de unos determinados objetivos. Es así como se construyeron zigurats, pirámides, catedrales, arsenales nucleares y naves espaciales. Cuando decimos que «los Estados Unidos han llegado a la luna» o que «Alemania declaró la guerra a Francia» sentimos que estamos diciendo algo muy real y, sin embargo, no estamos hablando más que de ficciones que sólo existen en nuestras mentes.

Si quieres saber si estás ante una ficción o una realidad no tienes más que preguntarte si siente dolor. Si observas que una entidad sufre cuando la golpean, llora cuando alguien muere o se acongoja cuando ve cómo una familia es expulsada de su vivienda a causa de la pobreza, no te quepa duda, estás ante una entidad real, hay todavía ante ti un individuo sapiens; porque las ficciones no lloran ni sienten y sólo en los relatos la patria llora por sus hijos, Enlil o Inana cuidan de sus fieles o el Banco de Santander nos «da» dinero.

No desprecies las ficciones, por ellas matan, mueren y viven las personas; por ellas trabajan y son ellas las que determinan si la vida de las personas es correcta o incorrecta, moral o inmoral, honrada o delictiva. Y no te confundas, tanto da si tu relato empieza afirmando que no hay más dios que Alá y que Mahoma es su profeta; como si comienza diciendo que crees en un solo Dios, Padre, Todopoderoso; como si proclama que consideramos evidentes por sí mismas las siguientes verdades: que todos los hombres han sido creados iguales; que el creador les ha concedido ciertos derechos inalienables y que entre esos derechos se cuentan: la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Aunque usted sea marxista y su ideología no tenga dios no por ello deja de ser una ficción semejante a las religiones, pues no son los dioses, sino los hombres, los que crean las religiones.

Es por eso que tenemos que cuidar quién determina los relatos que programan los comportamientos de la sociedad. Hoy que los que defienden un determinado relato de España están en la calle frente a otros que defienden el relato muy concreto de otra ficción llamada Cataluña, trato de pensar en todo esto y trato de impedir que estos «relatores» impongan sobre mí sus relatos interesados.

Yo, que participio intensamente de otra de estas ficciones y soy español de religión, siento que no participo del relato de casi ninguno de estos «relatores» oficiales. Que quizá el credo de mi religión yace enterrado en una fosa ignorada en Alfacar junto con los cadáveres de dos toreros anarquistas, un maestro de escuela y un poeta homosexual. Siento que quizá mi relato de España fue tiroteado en la Calle del Turco o derrotado por los Cien Mil Hijos de San Luís y siento que, sin duda alguna, mi relato de España no es el mismo del que creen ser propietarios algunos que invocan la validez de esta ficción mientras hacen tremolar banderas.

Sí, los relatos son importantes, pero me niego a permitir que mi relato lo escriban los Torra, Sánchez, Rufián, Casado, Puigdemont, Abascal, Junqueras, Iglesias o Rivera. Vengo de un credo escrito por gentes como Homero, Virgilio, Horacio, Isidoro, Berceo, Manrique, Martorell, Calderón, Cervantes, Góngora, Quevedo, Rosalía o Maragall, entre otros muchos; a estas alturas no voy a dejar que mi relato lo escriban gentes zafias, de doctorado o máster comprado y movidas en exclusiva por el afán de poder. Si he de embriagarme de ficción al menos que el vino sea bueno y los relatos de calidad.

Vivamos con intensidad nuestras ficciones, no hay nada más humano, pero, por favor, saquemos de nuestras vidas a los malos relatores.


  1. El ser humano estuvo al borde de la extinción. Diario de León. ↩︎
  2. Para hacernos una idea del impacto que sapiens ha tenido en el ecosistema global podemos tener en cuenta que, en la actualidad, más del 90 por ciento de los grandes animales del mundo (es decir, los que pesan más que unos pocos kilogramos) son o bien humanos o bien animales domesticados. Así, por ejemplo, en la actualidad unos 200.000 lobos salvajes todavía vagan por la Tierra, pero hay más de 400 millones de perros domésticos. El mundo es hogar de 40.000 leones, frente a 600 millones de gatos domésticos, de 900.000 búfalos africanos frente a 1.500 millones de vacas domesticadas, de 50 millones de pingüinos y de 20.000 millones de gallinas. Desde 1970, a pesar de una conciencia ecológica creciente, las poblaciones de animales salvajes se han reducido a la mitad (y en 1970 no eran precisamente prósperas). En 1980 había 2.000 millones de aves silvestres en Europa. En 2009 solo quedaban 1.600 millones. En el mismo año, los europeos criaban 1.900 millones de gallinas y pollos para producción de carne y huevos. (Vid. Y.N.Harari. (2016). Homo Deus: breve historia del mañana. Editorial Debate. Posición 1269. Documento de Kindle ASIN B01JQ6YNRE.) ↩︎
  3. Christopher B. Ruff, Erik Trinkaus y Trenton W. Holliday, «Body Mass and Encephalization in Pleistocene Homo», Nature, 387, 6.629 (1997), pp. 173-176; Maciej Henneberg y Maryna Steyn, «Trends in Cranial Capacity and Cranial Index in Subsaharan Africa During the Holocene», American Journal of Human Biology, 5, 4 (1993), pp. 473-479; Drew H. Bailey y David C. Geary, «Hominid Brain Evolution: Testing Climatic, Ecological, and Social Competition Models», Human Nature, 20, 1 (2009), pp. 67-79; Daniel J. Wescott y Richard L. Jantz, «Assessing Craniofacial Secular Change in American Blacks and Whites Using Geometric Morphometry», en Dennis E. Slice, ed., Modern Morphometrics in Physical Anthropology: Developments in Primatology: Progress and Prospects, Nueva York, Plenum Publishers, 2005, pp. 231-245. Citados por Y.N.Harari en op. cit. Posición 2319. ↩︎

Lynn Margulis

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Ayer hube de dar una microconferencia sobre internet dentro de un ciclo de jornadas donde, junto a mí, intervenían verdaderos expertos en estos asuntos de los negocios en internet; no me sorprendió que los demás intervinientes hablasen de oportunidades de negocio y competitividad, pero a mí que internet nunca me pareció tanto un lugar donde competir como un espacio donde cooperar, me apetecía hablar de otras cosas. Por eso no pude evitar comenzar mi microintervención hablando del trabajo de una mujer cuyas ideas me fascinan desde hace tiempo: Lynn Margulis.

Frente al cocepto de evolución entendido como un proceso de competición, sangre y lucha, Lynn Margulis propuso una historia de cooperación y simbiosis que me parece mucho más inspiradora.

Lynn Margulis fue una bióloga estadounidense soprendente que, entre otras curiosidades, estuvo casada 9 años con Carl Sagan y a quien debemos uno de los descubrimientos más relevantes en la historia de la biología: la teoría sobre la aparición de las células eucariotas como consecuencia de la incorporación simbiótica de diversas células procariotas (endosimbiosis seriada).

La práctica totalidad de los seres vivos que conocemos están constituídos por células eucariotas, células que contienen en su interior otras células (mitocondrias) que, en un tiempo, fueron células independientes (de hecho conservan su ADN diferenciado) pero que, en algún momento de la evolución, cooperaron con otras células hasta dar lugar a las células eucariotas que forman los seres vivos que comúnmente conocemos. Sin ese proceso de cooperación no habría sido posible el mundo que conocemos ni hubiera sido posible el propio ser humano.

Lynn Margulis, también postuló la hipótesis según la cual la simbiogénesis sería la principal fuente de la novedad y diversidad biológica y, aunque es un postulado muy discutido, el mero hecho de poner el acento en la cooperación más que en la competencia dentro de los procesos evolutivos, ya es algo por lo que debemos estar agradecidos a Lynn Margulis.

Ayer construí mi microintervención sobre los trabajos de dos mujeres admirables: la bióloga Lynn Margulis y la premio Nobel de economía Elinor Ostrom quien efectuó un magnífico análisis de la gobernanza económica, especialmente de los recursos compartidos.

Creo más en la “cooperatividad” que en la competitividad y pienso que quizá no sea casual que sea la obra de dos mujeres la que me ha llevado a esta convicción.

La maldita tercera persona del plural.

La maldita tercera persona del plural.

Cuando escribo sobre los aspectos innatamente altruistas y morales del hombre y de los primates superiores, mi amigo Miguel, bastante menos optimista que yo respecto a las bondades de la naturaleza humana, suele recordarme la existencia de la guerra como contraejemplo demostrativo de la maldad evidente del homo llamado sapiens. Suelo objetarle que la guerra no es sólo ejemplo de maldad y escenario de atrocidades, sino que en ella se encuentran también perfectamente ilustradas algunas de las mayores virtudes del ser humano: Heroísmo, abnegación, sacrificio, camaradería… ejemplos supremos, suelo decirle, de altruismo y generosidad. Claro es que tal argumento no me convence ni a mí pues ¿cómo pueden esas acciones borrar el horror que causan las carnicerías provocadas por las guerras?

Resulta chocante como, todo ese altruismo y voluntad de servicio que ponemos a disposición de “los nuestros” (nosotros) se convierte en salvaje instinto homicida cuando hablamos de “los otros” (ellos).

Basta con señalar a un grupo como distinto de nosotros, incluso usando los criterios más estúpidamente pueriles, para obtener el caldo de cultivo en que hacer crecer la violencia. Los políticos saben esto y lo usan eficazmente para azuzar reivindicaciones de todo tipo. Aquel capaz de establecer el criterio que determine quienes somos “nosotros” y quienes son “ellos” acabará mandándonos contra “ellos” tarde o temprano. Como reflexionaba Estanislao en mi anterior post “Homo homini lupus” cuando Plauto escribió esa frase en la “asinaria” no dijo estrictamente que el hombre fuese un lobo para el hombre, sino un lobo sólo para aquellos hombres que le eran desconocidos; es decir, era un lobo para “ellos” para los integrantes de la maldita tercera persona del plural.

La guerra ha sido una actividad común a todos los grupos humanos desde la noche de los tiempos. Es bien conocida la crueldad de algunas especies de simios (singularmente los chimpancés) para con sus congéneres, y no parece sino que la guerra hubiese acompañado al homo sapiens desde sus primeros estadios evolutivos, de tal forma que estuviese escrita en su ADN. Hoy he tenido ocasión de leer un trabajo publicado por la Universidad de Oxford que ilustra sobre la crueldad de que es capaz el ser humano incluso en los estadios más primitivos de civilización. Algunos de los datos que ofrece, por sorprendentes, merecen un capítulo aparte

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Orgullosos como los monos

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En 2003 se publicaron los resultados de un curioso experimento con primates llevado a cabo por la universidad estadounidense de Emory. Sarah Brosnan y su colega Frans de Waal (quizá el más reputado primatólogo de la actualidad) realizaron un experimento para tratar de aclarar si el sentido de justicia es un comportamiento producto de la evolución humana o el resultado de las reglas que se establecen en la sociedad.

Para ello entrenaron a un grupo de primates a los que enseñaron a  intercambiar fichas por comida o a realizar trabajos para obtener comida: Los experimentadores daban a los primates un pedazo de pepinillo a cambio del “pago” de una de esas fichas o de la realización de alguna tarea. Lo sorprendente fue que, cuando uno de los primates recibía a cambio de la ficha o tarea en lugar del trozo de pepinillo una uva (un manjar mucho más apetitoso), el resto de los primates que habían recibido el acostumbrado trozo de pepinillo no sólo se negaban a cooperar sino que incluso se negaban a comer.

Esta conducta de los monos, desde el punto de vista de la teoría de juegos es irracional pues, evidentemente, es mejor recibir un trozo de pepinillo que no recibir nada y, sin embargo, de acuerdo al estudio publicado en la revista Nature, los monos se ofendían cuando veía que uno de sus compañeros recibía un premio que consideraban más apetitoso que el suyo a cambio del mismo trabajo o de la misma cantidad de fichas. El experimento se realizó con monos capuchinos separados en parejas y el experimento consistió, precisamente, en premiarlos de diferente manera por una misma tarea, bien fuera dándoles uva en lugar de pepino o, simplemente, no pagando su trabajo.

Los monos, cuando percibían la desigualdad del pago, a veces ignoraban la recompensa y otras veces la aceptaban para después, muy dignamente, tirarla. Curiosamente Seguir leyendo “Orgullosos como los monos”