Yo soy español

Visto cómo anda el percal estos días, me siento en la necesidad de aclararles una cosa: yo soy español, más concretamente soy español de religión.

Uno puede elegir ser católico, budista, ortodoxo o seguidor de Mahoma, yo, quizá por comodidad, he elegido ser español.

Al igual que el hecho de ser católico, protestante u ortodoxo no da a quienes lo son (al menos no debería darles) privilegios especiales, el hecho de ser español de religión creo que tampoco me confiera a mí derecho alguno, es algo que no me hace mejor ni peor que nadie, y no creo que me dé (al menos no debería darme) derecho a exigir tratos ni leyes especiales. Ser español es una forma de entenderme y de conducirme, me sirve a mí y no me parece que sea la mía una fe que deba imponérsele a nadie.

Pero cuidado, es posible que mi forma de ser español no coincida con la suya. Quienes nacimos en los 60 vivimos la llegada de la música y la cultura norteamericana del mismo modo que nuestros padres vivieron la llegada del cine. Nuestras infancias están más cerca de las películas de Disney, los dibujos animados de la Warner Brothers, del James Dean de «Al Este del Edén» y de la Olivia Newton John de «Grease» que del «Sangre y Arena» de Blasco Ibáñez.

Igual, usted que me lee, es un español o española de esos de chupa de cuero y capaz de enfadarse si alguien le mienta sin respeto a Led Zeppelin o The Cure. O igual es usted de los que aún sigue escuchando a Loquillo y se emociona con un Cadillac solitario aún cuando usted no haya visto un Cadillac más que en las películas de Hollywood. O a lo mejor, simplemente, más que aficionado al mus o al tute, es usted un apasionado de los vídeojuegos desde que salió el «Pong» y ha llegado usted a Fortnite tras dejarse muchas monedas de cinco duros matando marcianos en «Space Invaders» o «Zero Time», encajando bloques en Tetris, pegando saltos con Super Mario o disparando su Garand en «Medal of Honour».

Usted, concedámoslo, es español aunque sea incapaz de reconocer el compás de soleá o la escala frigia, de recitar un soneto de Góngora, de escuchar una zarzuela o de soportar una obra completa de Manuel de Falla. Cada uno es español como quiere, del mismo modo que, reconozcámoslo, cada uno es católico a su manera. Así que si hay católicos partidarios del divorcio o incluso medio pro abortistas por temporadas e incluso hay ateos que en Semana Santa cargan de costaleros ¿Por qué no puede ser usted español, partidario de la estética punky y forofo de Bansky?

Lo que me jode es que alguien venga a decirme cómo tengo que sentirme yo español. Les confesaré una cosa: a mí me gusta el flamenco (qué se le va a hacer) y, aunque no entiendo por qué los compases flamencos no se enseñan en las escuelas, tampoco voy a enfadarme por eso; ahora bien, que venga a darme lecciones de españolismo un sujeto que no sabe quién era Doña Pastora Pavón o el Tío de la Tiza, no lo llevo nada bien.

Miren, yo no me voy a meter con el rap, con el trap, con el pop, con el funky, con el soul, con el rock, con el heavy ni con ningún tipo de música; ahora bien, si viene usted a darme lecciones de españolismo, aprenda primero a distinguir la isa de la folía, la polka de la jota, el fandango del tango y estos de la soleá o la bulería, la taranta de la levantica, las manchegas de las de Aragón, tome usted conciencia de que por el Puente de Aranda se tiro el tío Juanillo pero que —por suerte— no se mató, entrénese hasta poder cantar el «Miudiño» con catro cuncas de ribeiro en el morrillo, sepa que con esas mismas cuatro cuncas no se debe cantar el Asturias patria querida y, mientras pasea por la alameda primera, cerciórese de que es capaz de distinguir un zortzico de una habanera; cuando sepa eso y aprenda a cantar las primeras estrofas de «La Santa Espina», ya puede usted empezar a hablarme de qué es eso de ser español.

No soy pejigueras, yo no me meto con usted, no se meta usted conmigo y todos estaremos tan contentos.

Si es usted católico no venga a decirme que hace falta una ley especial para los católicos o que los católicos son distintos de los budistas y que por eso hay que cuidar a los católicos y abucharar a los evangélistas; mire, aquí o cabemos todos o no cabe ni Dios.

Y lo mismo me pasa con las patrias, no me venga usted a contar si es español, catalán o cantonalista de Cartagena, usted puede ser lo que quiera ser, sus elecciones religiosas, patrióticas o musicales, disfrútelas usted a sus anchas, pero no las imponga al resto de la sociedad. Aquí todos somos iguales: católicos, protestantes, heavys, punkies, gallegos, manchegos, catalanes, españoles y hasta los de Cartagena. Siéntase usted como quiera y sea usted de la religión o la patria que quiera, pero no venga a darme la tabarra y menos a amargarme el día.

Yo comprendo que las patrias, las religiones y las músicas, se disfrutan más cuando molestan al prójimo y, quizá por eso, nos gastamos un pastizal en ponerle al coche unos altavoces de dos millones de decibelios: para ir por la calle atronando con la música que nos gusta y atacar a bacalao a los vecinos de las calles por las que circulamos con nuestro coche tuneado. Quizá también por eso sacamos por la calle nuestros Santos y quizá por eso salimos también con nuestras banderas, porque tenemos ese punto de maldad que nos hace disfrutar al decir: mira cómo soy, diferente de ti, entérate. Parece que la sed de pertenencia del animal humano se saciase mejor haciéndole saber al de enfrente que es distinto.

Resumiendo, no venga usted a contarme cómo he de ser español ni venga usted indignado a explicarme qué es usted catalán, extremeño o sintoísta y que, debido a su peculiaridad, tiene derechos distintos y hemos de cambiar las leyes. Se lo diré claramente: todas esas cosas sólo existen en su mente, lo que existe en la realidad son personas que trabajan, aman, crían a sus hijos y mueren cuando llega su hora y esas, por definición, son iguales a usted, juntas hacen las leyes y juntas han de convivir. No me venga a dar la lata ni con su religión ni con su patria porque yo, de religión, ya se lo digo, soy español, Cartagena es mi patria y con los años que tengo no estoy ya para tostones.

Si la religión y las patrias estuviesen claramente separadas del estado, los que dicen hablar en nombre de Dios no harían matarse a la gente ni, tampoco, nos harían enredarnos en trifulcas entre hermanos quienes dicen hablar en nombre de la patria.

Hale, feliz domingo y vamos a llevarnos bien.

Naturaleza, altruismo y banderas

Naturaleza, altruismo y banderas

Konrad Lorenz nos enseñó que, dentro del modelo biológico de reciprocidad natural, es posible practicar la cooperación en diversos niveles de intensidad y complejidad y señaló específicamente cuatro niveles en la naturaleza a los que llamó «multitud anónima», «sociedad sin amor», «sociedades endogámicas» y «grupo» propiamente dicho. De los cuatro citados niveles me interesa detenerme en los dos últimos.

En el nivel llamado de las «sociedades endogámicas», como las superfamilias que agrupan a varias generaciones de ratas, lobos, insectos sociales, etc., se da un reconocimiento individualizado pero una cohesión de tipo clánico: el individuo es uno más en el clan, que viene delimitado por marcadores colectivos como son las feromonas u otros rasgos diferenciadores del linaje. En estas sociedades endogámicas la cohesión inclusiva se refuerza a través de comportamientos beligerantes hacia los outsiders. Aquí sí se producen comportamientos de cooperación y altruismo, si bien se trata de un altruismo hacia un marcador, sea quien sea el individuo que lo porta.

El concepto de «altruismo hacia un marcador» es demasiado evocador de determinadas conductas humanas como para pasarlo por alto. ¿Son las patrias, razas, religiones o banderas marcadores a los que rendimos respeto y dan lugar a un tipo de cooperación tan primitiva como eficaz?

Instrumentos válidos para llevarnos al conflicto e incluso a la guerra como si fuésemos insectos (la abeja era el arquetipo de soldado para los antiguos egipcios) ratas o lobos (iconos muy usados en ejércitos del siglo XX) este «altruismo hacia un marcador» es un concepto inquietante que nos perturba en la medida que pudiera revelar ancestrales instintos humanos.

Porque, lo que Lorenz llama «grupo» propiamente dicho, está caracterizado por ser un agregado de vínculos individualizados (no colectivizados, como en el caso anterior de las superfamilias), propio de algunas especies de aves y de primates cognitivamente avanzados, como los humanos: La formación de un grupo verdadero presupone que los individuos son capaces de reaccionar selectivamente a la individualidad de sus vecinos o compañeros (…) es condición sine qua non para la formación de un grupo la identificación personal del compañero (…) identificación que se realiza, claro está, individualmente. (Lorenz 1978[1963]).

Enfrentado a estos dos niveles de cooperación pienso en los sucesos recientes de rescates de inmigrantes en el mar. El «altruismo a los marcadores» (cultura, religión, patria, raza, creencias) nos hace rechazar su entrada en Europa y, sin embargo, creo que ninguno de quienes se adhieren al «altruismo a los marcadores» sería capaz de dejar en el mar o impedir la entrada a una persona si operase en el nivel de «grupo propiamente dicho» y viese a la otra persona individualizada e identificada como ser humano como ellos.

La moral y las reglas de cooperación humanas no son reflexivas sino que tienen naturaleza evolutiva: nuestras estrategias se desarrollaron en el marco de un entorno natural y son adecuadas y útiles para él. Por ejemplo: un ser humano no soportará el dolor en sus cercanías y llegará a poner su vida en juego para salvar a una anciana en peligro de ahogarse aunque le queden pocos días de vida. Sin embargo, cuando el dolor queda más lejos, el ser humano no siente esa perturbación y puede soportar perfectamente que miles de niños mueran de hambre a condición de que estén lejos. Incluso no sentirá mayor estrés al rechazar una petición económica de UNICEF o Cruz Roja. Para provocar sus instintos y su empatía estas organizaciones traerán el drama cerca de él y le motivarán exhibiéndole fotografías o documentales.

Las acciones humanas dependen de motivaciones no siempre racionales y a menudo contradictorias y pienso si los juristas no haríamos bien en estudiar científicamente todas estas reglas que determinan la forma en la que el ser humano interactúa con sus semejantes y coopera o se enfrenta con ellos.

Quizá esté pendiente de escribir un tratado sobre moral o derecho evolutivos.

La apuesta de Pascal

¿Creer en Dios o no creer en Dios? La pregunta puede plantearse en términos filosóficos, teológicos, antropológicos… Pero también puede plantearse desde el punto de vista de la mera conveniencia o de la teoría de juegos. En este sentido es famosa la llamada «apuesta de Pascal», una visión práctica del asunto donde al polímata Pascal lo que menos le preocupa es si dios existe o no, sino cual es la postura humana más práctica al respecto y concluye que esta es creer en dios, pues, aunque no se conoce de modo seguro si Dios existe o no, lo racional es apostar a que sí existe.

«La razón es que, aun cuando la probabilidad de la existencia de Dios fuera extremadamente pequeña, tal pequeñez sería compensada por la gran ganancia que se obtendría, o sea, la gloria eterna».

Lo malo de este asunto es que, cualquiera que te prometa la vida eterna, jugará con ventaja en la apuesta de Pascal y elegir entre Enlil, Enki, El, Ra, Atón, Yahveh, Ahura Mazda, Brahma o las enseñanzas de Confucio, Buda o Lao-Tse (por solo citar unos pocos) se convertirá en misión imposible pues, prometiendo todos la eternidad, conviene estar a bien con todos.

Creo que con los dioses me pasa a mí como con los políticos, que, prometiendo todos muchos, ninguno me inspira total confianza; aunque quizá haya un matiz importante: hay cosas que se saben y cosas que se creen. Lo de los dioses se cree, lo de los políticos se sabe.

Y siguen sin hablar de justicia.

Así en la tierra como en el cielo

Muchos felicitan hoy el solsticio de invierno (o lo hicieron hace un par de días) por la cosa de no felicitar la navidad, fiesta religiosa —dicen— y por tanto ajena a una sociedad moderna y laica. Bueno.

Responder con acierto a por qué los hombres celebran en el solsticio de invierno algunas de las principales fiestas de sus religiones exigiría un estudio pormenorizado de todas las religiones que en el mundo han sido, yo, por mi parte, tengo mi propia tesis y es que, estoy convencido, que estas celebraciones cobraron fuerza y pujanza con la aparición de las primeras civilizaciones basadas en la agricultura, en Mesopotamia, Egipto o incluso en Mesoamérica.

Decidir cuándo se ha de arar, sembrar o llevar a cabo las labores agrícolas, exige conocimientos bastante profundos de astronomía. ¿Cómo sabemos cuando llega la primavera o el invierno o cualquiera de las otras dos estaciones? No hay más que una forma de saberlo y esta es observando el cielo.

Cuando el sol deja de desplazarse en sus salidas y puestas y sale y se pone dos días seguidos por el mismo sitio del horizonte iniciando un desplazamiento inverso, esos días en que el sol parece pararse (sol stitium), marcan los comienzos del invierno y el verano, dos fechas fundamentales para cualquier civilización basada en la agricultura. Complementariamente, cuando las horas de luz solar se igualan a las de la noche (equi noccio) se fijan los principios de la primavera y el otoño.

Pareciera que el destino de la naturaleza, las fechas de siembra y siega y los ciclos del crecimiento de las plantas, estuviesen regidos por el sol en su camino sobre el horizonte y, por ello, no es extraño que los sacerdotes mesopotámicos dedicasen buena parte de sus esfuerzos a estudiar el cielo y a construir zigurats para poder observarlo más de cerca, pues, si el sol regía los ciclos de la vida, ¿por qué otros astros no iban a regir otros aspectos de la vida? Y así empezó la astrología.

Parece que en culturas no agrícolas formadas por cazadores recolectores la influencia celestial pesaba menos y tendían a ubicar sus dioses no en el cielo, junto al sol, la luna y las estrellas, sino en la tierra, en bosques, montañas u otros lugares numinosos… o encarnados en animales de especial significado. Lo de que unas mismas leyes rigiesen los ciclos —así en la tierra como en el cielo— parece más propio de civilizaciones del creciente fértil de que de hordas de Cro Magnones peregrinos por los bosques.

Los primeros imperios, todos ellos fundados en el desarrollo de la agricultura, vincularon sus deidades al cielo y a los astros que viajaban por él y no es extraño que, en el solsticio de invierno, fecha donde los días comienzan a ser más largos y se anuncia con el renacimiento del sol la explosión de vida que tendrá lugar en la primavera, casi todas las religiones de civilizaciones agrícolas estableciesen alguna festividad; la lista es interminable: desde Huitzchilopotzli en Mesoamérica a Mitra en el oriente mediterráneo pasando por el Sol Invictus romano.

Por cierto, ahora que se habla de la fijación de la Navidad el 25 de diciembre como un acuerdo tomado en el Concilio de Nicea, es bueno recordar que el emperador que presidió dicho concilio —sedicentemente católico— no era otro que el emperador Constantino, en ese momento Sumo Pontífice de la Religión del Sol Invicto, el cual, curiosa coincidencia, también celebraba su natividad el 25 de diciembre, como Huitzchilopotzli, como Mitra y como tantos otros.

Este de un concilio católico presidido por un gentil da que pensar… ¿fue un concilio solo de católicos aquel?

Lo sabremos cuando las listas de asistentes puedan examinarse.

Proto-lenguajes y proto-dioses 

 el dios El recibiendo una ofrenda 
Ya he contado alguna vez que, al igual que del parecido de las palabras en diversos idiomas se ha inducido por los científicos la existencia de protolenguajes anteriores a ellas y de los que las lenguas actuales no serían más que evoluciones; al igual, digo, pienso que del parecido que presentan ciertos mitos comunes a muchas religiones pudiera inferirse la existencia de proto-religiones de las cuales las actuales no serían sino una evolución. 

Conforme a las teorías de Darwin, allá donde hay reproducción, herencia y mutación operan los principios de la teoría de la evolución y poco importa si hablamos de genes o de información, pues los genes no dejan de ser una especie dentro del género de la información. Richard Dawkins habló de “memes” para referirse a estas unidades de evolución cultural y no cabe duda de que las religiones y los dioses están entre los memes más antiguos y exitosos que se conocen. 

Al igual que la etimología se remonta al origen histórico de las palabras y estudia cómo las mismas han ido mutando y evolucionando hasta llegar a nuestros días, podemos tratar de aproximarnos a estos memes religiosos de la misma forma; y a divertirme con estas cosas he dedicado algún tiempo este verano.

Uno de los encuentros más curiosos que he tenido ha sido el de una deidad cananea que, si tienen la paciencia de seguir leyendo, se nos aparece como el antecedente, el étimo, de alguno de los dioses en que creen y a los que rezan la mayor parte de las personas en nuestros días. No doy más rodeos y se lo presento ya mismo, se trata del dios “El“.

En la mitología cananea, “El” era el nombre de la deidad principal y significaba «padre de todos los dioses» (en los hallazgos arqueológicos siempre es encontrado al frente de las demás deidades). En todo el Levante mediterráneo era denominado El o IL, el dios supremo, padre de la raza humana y de todas las criaturas, incluso para el pueblo de Israel pero con interpretaciones distintas a los cananeos.

La presencia de este dios podemos rastrearla no sólo en los yacimientos arqueológicos que nos hablan de él, sino también en las palabras mismas; así, por ejemplo, si recuerdan el episodio bíblico de Jacob luchando con un ángel (Génesis 32:23-30) recordarán también que Dios le cambió el nombre a Jacob tras aquel enfrentamiento de forma que pasó a llamarse “Israel” que, literalmente, significa “el que lucha junto/contra Dios” en hebreo: יִשְׂרָאֵל, Isra-[El], ‘el que pelea junto al dios El’.

El dios “El” se nos aparece reiteradamente en la Biblia como, por ejemplo, en el sitio conocido como “Bethel” que se traduce como ‘casa de Dios’, siendo beth ‘casa’ (como Bethlehem es ‘casa del pan’, Bethania ‘casa de la aflicción’, Bethsaida: ‘casa del pez’) y el puede referirse tanto al dios Yahvé como al dios El. Tampoco es descartable que “El” sea el dios que da nombre a la torre que los hombres construyeron tratando de alcanzar el cielo (Bab-El) y que yo traduzco (Joludi me corregirá) por “puerta del cielo”. 

Para los judíos “Elohim” era como se llamaba a los dioses o a dios (plural de “El”) y hasta en el Gólgota cuando el crucificado llama al señor lo hace según la expresión “¡Elí, Elí! ¿lemá sabactaní?” (¡Señor!, ¡Señor!, ¿por qué me has abandonado?).

Las referencias a “El” en el mundo contemporáneo nos acompañan de forma muy cercana y muchos de los nombres propios que hoy se usan en España llevan al dios “El” incorporado; así “Daniel” significaría algo parecido al “juicio del dios El” o “Ismael” vendría a significar “El dios EL escucha o cura”. También encontramos a “El” como prefijo de muchos nombres de uso común como “Elías” y lo mismo ocurre con los nombres femeninos. Si usted se llama, pues, Miguel, Manuel o Isabel, probablemente esté rindiendo un inadvertido tributo a este antiguo dios de que les hablo.

Lo más curioso es que “El” no sólo se ha perpetuado en el ámbito de las religiones judeo-cristianas pues, como buen dios semítico, está también en el origen del nombre del propio dios de los musulmanes pues a El también se le llamaba a veces Eloáh o Eláh, lo que en árabe dio lugar a Allah.

Y no sigo, “El” tuvo muchos hijos algunos de los cuales llegaron a hacerse extremadamente famosos, como Baal que, navegando en barcos fenicios y carthagineses, llegó hasta mi ciudad (Cartagena) y nos dejó nombres como Aníbal (Hanibaal) o Asdrúbal (Asdrubaal), nombres que, en septiembre, llenarán las calles celebrando de una forma un tanto sui generis el comienzo de la segunda guerra púnica.

De cómo “El” evoluciona hasta dar lugar a deidades como Yahweh les hablaré otro día, de momento basta con este pequeño divertimento de verano.

Proto-lenguajes y proto-religiones

Noé según "El maestro francés"(Französischer Meister). Magyar Szépművészeti Múzeum, Budapest. c.1675.
Noé según "El maestro francés"(Französischer Meister). Magyar Szépművészeti Múzeum, Budapest. c.1675.

Fue más o menos en el siglo XVIII cuando los hombres se dieron cuenta del gran parecido que guardaban entre sí muchas palabras usadas en los más diversos idiomas desde las costas de Irlanda hasta el subcontinente indio. Tal coincidencia les llevó a sospechar que todos los idiomas que presentaban esas semejanzas debían provenir de un único idioma que la humanidad habría hablado en algún momento del pasado remoto.

Con ese convencimiento un buen número de personas se dedicó a investigar la historia de las palabras que presentaban semejanzas en los diferentes idiomas y, gracias a ello, se pudo establecer que todos los idiomas del mundo provenían de unas pocas proto-lenguas que fueron clasificadas y nombradas. Gracias a ese estudio se pudo determinar de qué forma habían evolucionando las palabras en cada una de las lenguas derivadas de la proto-lengua madre y, lo que es más asombroso, al fijarse los métodos de evolución de las palabras, pudo andarse el camino inverso y reconstruir la protolengua perdida de forma que algunos de estos sabios se sintieron tentados a escribir textos en la protolengua así reconstruída.

August Schleicher en 1868 fue el primer académico que compuso un texto en protoindoeuropeo; el texto, una fábula, se titula Avis akvāsas ka (‘la oveja y los caballos’).

Pero no fue Schleicher el único que se sintió tentado para escribir textos en el antiguo idioma protoindoeropeo, otros científicos encararon el mismo reto y, por lo que a mí respecta, particularmente interesante me resulta el intento de traducir a protoindoeuropeo el relato “El rey y el dios” (en idioma protoindoeuropeo: rēḱs deiwos-kʷe). Seguir leyendo “Proto-lenguajes y proto-religiones”

Envidia

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¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes! Todos los vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo; pero el de la envidia, no trae sino disgustos, rencores y rabias.
(Miguel de Cervantes. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Segunda parte. Capítulo VIII “Donde se cuenta lo que le sucedió a don Quijote yendo á ver á su señora Dulcinea del Toboso”)

envidia.
(Del lat. invidĭa).
1. f. Tristeza o pesar del bien ajeno.
2. f. Emulación, deseo de algo que no se posee.
(Real Academia Española. DICCIONARIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA – Vigésima segunda edición)

Ningún sentimiento tiene, probablemente, peor prensa que la envidia; tan es así que el papa San Gregorio Magno (*ca. 540 en Roma – †12 de marzo de 604) incluyó a la envidia entre los denominados “pecados capitales”, expresión que, por cierto, no se refiere a la magnitud del pecado sino a que el mismo da origen a muchos otros pecados. Sin embargo, no quiero tratar aquí la envidia desde un punto de vista moral o religioso, sino desde un punto de vista, digamos, más naturalista, tratando de entender las razones por las cuales esta tristeza o pesar del bien ajeno es universalmente censurada por todas las culturas.

Resulta llamativa la universal censura de la envidia porque, en principio, nada podría parecer más natural ni más concorde con la naturaleza humana que desear bienes o capacidades que no se tienen (se ha hablado en este punto incluso de “envidia sana”) y no parece que podamos dudar del hecho de que, si el ser humano adquiere nuevos bienes o capacidades, es porque antes los ha deseado. Y si esto es así, como lo es, ¿qué podría haber de malo en este deseo?.

Tal planteamiento individualista ha llevado a los hombres a caracterizar cuidadosamente este deseo de los bienes ajenos para distiguir la envidia-vicio de la envidia-virtud y, en éste sentido, se ha conceptuado la envidia-vicio como aquella que produce “tristeza” o aquella que nos lleva a desear el mal de la persona envidiada y la envidia-virtud aquella que tan solo nos empuja a esforzarnos por adquirir aquellos bienes o cualidades a los que es lícito aspirar sin que ello implique el deseo de privar de los mismos a sus actuales poseedores ni desearles a los mismos mal alguno.

Esta caracterización de la envidia es producto, en mi sentir, de una comprensión parcial de la naturaleza humana pues contempla únicamente al hombre como individuo aislado y no como el animal gregario que es en realidad.

Tengo para mí que es imposible comprender al ser humano si no asumimos que en el mismo hay una mezcla inextricable de instintos individualistas y gregarios. El hombre pertenece a un antiquísimo linaje -los hominidos– que, desde hace unos 6 millones de años, han sido animales gregarios y, durante esos 6 millones de años, sus instintos han evolucionado de modo que, junto a los naturales instintos reproductivos y de conservación propios de cada indivíduo, coexisten de forma inextricable los instintos propios de los animales gregarios. Observar los unos olvidando los otros nos conduce casi siempre a observaciones erróneas. La observación de conjunto es, pues, en este punto, fundamental.

Los animales gregarios son animales que cooperan y la cooperación, como ya hemos visto en otros post de este blog, se funda en la existencia de conductas altruistas (o aparentemente altruistas) que reportan a los indivíduos que las practican ventajas evolutivas. Como ya hemos visto también en otros post de este blog la aparición de conductas altruistas es algo pefectamente natural y que se explica convincentemente a través de la teoría de juegos.

Es por eso imprescindible volver a referirnos en este punto a los trabajos de Robert Axelrod y, en particular, a su libro “The evolution of Cooperation” resultando, para mí, especialmente sugerente en este punto el capítulo 7 del mismo, titulado “cómo elegir eficazmente”. Seguir leyendo “Envidia”