Animales morales

Tengo la profunda convicción de que nuestro juicio sobre la moralidad o incluso justicia de nuestras acciones no es un juicio reflexivo sino emocional. Estoy persuadido de que es instintivamente como decidimos liminalmente si una acción es moral o justa y de que sólo posteriormente tratamos de justificar nuestra decisión inicial a través de razonamientos morales o jurídicos. Tan sólo en un no demasiado grande número de casos nuestro razonamiento posterior nos revelará que nuestro juicio moral o jurídico instantáneo no era acertado.

Sé que más de un jurista, sobre todo algunos jueces, levantarán una ceja incrédula al leer esto pero concédanme unos minutos, porque estas convicciones mías de que les hablo, naturalmente, no las he inventado yo sino que muchos científicos han trabajado sobre esta hipótesis.

La justicia y la moral, créanme, no son una construcción del razonamiento humano o, al menos, no son una creación exclusiva del razonamiento humano. La vida en grupo exige atenerse a una serie de reglas de convivencia ya sea el grupo humano, de primates, de peces o de bacterias. Los comportamientos que permiten la vida en sociedad y cómo los miembros de esta reaccionarán a su infracción son pautas presentes en cualquier tipo de comunidad: desde una colonia de bacterias al Parlamento de la Unión Europea pasando por bandadas de aves o cardúmenes de peces. Todas estas comunidades están dotadas por la naturaleza de mecanismos para resolver sus conflictos, mecanismos que han ido evolucionando durante millones de años y que alcanzan su expresión más sofisticada y compleja en las formas específicas que tiene la especie humana para hacerlo, una de las cuales —pero no la exclusiva y ni siquiera la mejor a priori— es la administración de justicia.

El hombre y sus primos los primates superiores presentan reacciones e instintos que nos permitirían calificarlos como «animales morales»; a este tipo de reacciones han dedicado los científicos muchos trabajos y experimentos y uno de los experimentos clásicos en este campo de ha sido el muy conocido «Dilema del Tren» o del «tranvía».

Conocí tal dilema a través de los trabajos del polémico ex-profesor de la Universidad de Harvard Marc Hauser.

Hauser organizó en los primeros años del siglo XXI una fascinante encuesta por internet de la que les hablaré otro día pero cuyo argumento nuclear es el «Dilema del Tren» que antes les mencionaba. Hoy he encontrado en YouTube una recreación del primer acto de los tres en que Marc Hauser dividía su encuesta.

No voy a ponerles en antecedentes ni les voy a hacer ningún «spoiler», simplemente les ruego que, si les interesa el tema, vean el video cuyo enlace les dejo justo aquí abajo y se pregunten que harían ustedes en el caso de hallarse en el lugar de los sujetos del experimento.

No sé preocupen porque el vídeo esté en inglés, pueden activar los subtítulos en castellano si lo desean, véanlo y, si les sugiere algo, déjenme un comentario porque les aseguro que el experimento da para mucho. Otro día seguimos.

Una moral de 150 metros

Leo —y se me encoge el corazón— que un centenar de personas se han ahogado frente a las costas de Libia. Dos barcos de «Open Arms» habían tratado de hacerse a la mar para ayudarles pero las autoridades italianas les impidieron zarpar.

Me entero de la noticia por un fiscal tuitero que posteó el tuit que ven en la imagen adjuntando la noticia de Europa Press y que apostilló: «Eso es cuando menos omisión del deber de socorro y, en cualquier caso, es de una inhumanidad que indigna y avergüenza».

Sí, para cualquier alma regularmente formada, la noticia relata un inhumano caso de flagrante omisión del deber de socorro; sin embargo, y para nuestra desgracia, no parece que todas las almas humanas estén regularmente formadas y lo que es peor —muy probablemente— quizá ni siquiera tampoco lo estén las nuestras.

El hombre es un animal moral —así lo afirman los científicos— y su moral (incluso su sentido jurídico) ha evolucionado con él desde la noche de los tiempos. La moral humana es una herramienta adaptada a las necesidades de un pobre primate superior que convivía en grupos de determinadas dimensiones y en entornos ajustados a sus sentidos y posibilidades de actuación.

Profundamente empáticos, los seres humanos están genéticamente programados para no soportar el dolor ni el sufrimiento a su alrededor pero solo a su alrededor.

Imagine que, mientras charla con unos amigos, uno de ellos decide retorcer el cuello a un cachorro de perro. ¿Imagina usted cuál sería la reacción de sus amigos? Supongo que no tiene usted la menor duda y que incluso ha imaginado algún acto violento contra quien trataba de hacer daño al cachorro.

Sin embargo si, durante esa misma conversación, el que iba a retorcerle el cuello al cachorro en lugar de llevar a cabo tal maldad les informa de que, en la India, están muriendo miles de niños al día y les deja un sobre para efectuar una donación ¿cuántos de entre los que defendieron al cachorro llenarían el sobre de dinero y con qué cantidad? Si se siente usted optimista y responde que todos y con mucho, pregúntese durante cuánto tiempo lo harían y verá cómo su fe en el ser humano disminuye.

El ser humano viene equipado de serie para no soportar el sufrimiento en su entorno cercano pero no para no soportar cualquier sufrimiento allá donde se produzca. No podemos cargar con todo el sufrimiento del mundo sobre nuestras espaldas, no son tan anchas, no estamos genéticamente preparados, somos un pobre animal empático que sufre cuando los demás sufren y es feliz cuando los demás son felices, pero que, como tal animal, ha evolucionado simplemente para adaptarse a su entorno y ahora resulta que el entorno se lo han cambiado. Porque ahora cualquier sufrimiento del mundo lo tenemos a dos metros de nosotros en nuestro televisor o a escasos centímetros en la pantalla de nuestro smartphone… demasiado para la moral de 150 metros de un pobre primate.

Es de esta limitación del ser humano de lo que se aprovechan bandidos miserables como el ministro italiano que permite que centenares de vidas se vayan al fondo del mar y deja hundirse con ellas no solo el futuro y las ilusiones de cien personas sino las esperanzas de todo el género humano en una humanidad más justa.

Equipados con una moral de 150 metros agrediríamos sin compasión a ese aprendiz de satanás si le retorciese el pescuezo a un cachorro pero le dejamos pasearse tan terne por Europa después de decidir sobre la vida y la muerte de centenares de personas si nos son desconocidas y están lo suficientemente lejos.

Nuestra tecnología ha evolucionado en los últimos siglos a una velocidad tal que nuestra evolución moral ha sido dejada muy atrás y hemos de enfrentarnos al reto de hacer evolucionar culturalmente lo que la biología ya no tiene tiempo para hacer.

De todas formas, pobres primates como somos, en estos Cro-Magnones que somos usted y yo aún queda el genio y las viejas virtudes que les hicieron como son y, si no, déjenme que les cuente una vieja historia que me impresionó y que trato de recordar cada vez que vergüenzas como el ministro italiano ponen en duda mi fe en el género humano; es la historia de Isabel María y ocurrió un 3 de septiembre de 2002 en Cádiz, cuando la joven sevillana de 28 años Isabel María Caro pasaba su último domingo de vacaciones en la playa de Castillejos, en la localidad gaditana de Barbate, junto a su marido y sus hijos de siete años y 18 meses. La Voz de Galicia, entonces, lo contó así:

En un momento dado, el arenal se llenó de gente pues medio centenar de inmigrantes desembarcaban de una patera y se arrastraban pidiendo ayuda a gritos. Uno de los dos bebés que se encontraban en la embarcación era Yoice, una niña nigeriana de seis meses que no paraba de llorar. Su madre no era capaz ni de escucharla. Estaba mojada, hambrienta y exhausta. Isabel María sí la oyó, ofreció a los responsables de la Cruz Roja uno de los biberones de su hija, aunque sospechaba que seguramente la pequeña no lo iba a aceptar. Una enfermera insistía tratando de achacarlo a la congestión de nariz que sufría la cría. Isabel no lo dudó y le explicó a la sanitaria que sólo se podía hacer una cosa: «En ese momento la madre no podía darle el pecho, así que la acerqué al mío».

Y esta escena de una mujer joven amamantando a la pobre niña negra hace que me olvide de los ministros de Satanás y me reconcilie con el género humano.

La maldita tercera persona del plural.

La maldita tercera persona del plural.

Cuando escribo sobre los aspectos innatamente altruistas y morales del hombre y de los primates superiores, mi amigo Miguel, bastante menos optimista que yo respecto a las bondades de la naturaleza humana, suele recordarme la existencia de la guerra como contraejemplo demostrativo de la maldad evidente del homo llamado sapiens. Suelo objetarle que la guerra no es sólo ejemplo de maldad y escenario de atrocidades, sino que en ella se encuentran también perfectamente ilustradas algunas de las mayores virtudes del ser humano: Heroísmo, abnegación, sacrificio, camaradería… ejemplos supremos, suelo decirle, de altruismo y generosidad. Claro es que tal argumento no me convence ni a mí pues ¿cómo pueden esas acciones borrar el horror que causan las carnicerías provocadas por las guerras?

Resulta chocante como, todo ese altruismo y voluntad de servicio que ponemos a disposición de “los nuestros” (nosotros) se convierte en salvaje instinto homicida cuando hablamos de “los otros” (ellos).

Basta con señalar a un grupo como distinto de nosotros, incluso usando los criterios más estúpidamente pueriles, para obtener el caldo de cultivo en que hacer crecer la violencia. Los políticos saben esto y lo usan eficazmente para azuzar reivindicaciones de todo tipo. Aquel capaz de establecer el criterio que determine quienes somos “nosotros” y quienes son “ellos” acabará mandándonos contra “ellos” tarde o temprano. Como reflexionaba Estanislao en mi anterior post “Homo homini lupus” cuando Plauto escribió esa frase en la “asinaria” no dijo estrictamente que el hombre fuese un lobo para el hombre, sino un lobo sólo para aquellos hombres que le eran desconocidos; es decir, era un lobo para “ellos” para los integrantes de la maldita tercera persona del plural.

La guerra ha sido una actividad común a todos los grupos humanos desde la noche de los tiempos. Es bien conocida la crueldad de algunas especies de simios (singularmente los chimpancés) para con sus congéneres, y no parece sino que la guerra hubiese acompañado al homo sapiens desde sus primeros estadios evolutivos, de tal forma que estuviese escrita en su ADN. Hoy he tenido ocasión de leer un trabajo publicado por la Universidad de Oxford que ilustra sobre la crueldad de que es capaz el ser humano incluso en los estadios más primitivos de civilización. Algunos de los datos que ofrece, por sorprendentes, merecen un capítulo aparte

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Orgullosos como los monos

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En 2003 se publicaron los resultados de un curioso experimento con primates llevado a cabo por la universidad estadounidense de Emory. Sarah Brosnan y su colega Frans de Waal (quizá el más reputado primatólogo de la actualidad) realizaron un experimento para tratar de aclarar si el sentido de justicia es un comportamiento producto de la evolución humana o el resultado de las reglas que se establecen en la sociedad.

Para ello entrenaron a un grupo de primates a los que enseñaron a  intercambiar fichas por comida o a realizar trabajos para obtener comida: Los experimentadores daban a los primates un pedazo de pepinillo a cambio del “pago” de una de esas fichas o de la realización de alguna tarea. Lo sorprendente fue que, cuando uno de los primates recibía a cambio de la ficha o tarea en lugar del trozo de pepinillo una uva (un manjar mucho más apetitoso), el resto de los primates que habían recibido el acostumbrado trozo de pepinillo no sólo se negaban a cooperar sino que incluso se negaban a comer.

Esta conducta de los monos, desde el punto de vista de la teoría de juegos es irracional pues, evidentemente, es mejor recibir un trozo de pepinillo que no recibir nada y, sin embargo, de acuerdo al estudio publicado en la revista Nature, los monos se ofendían cuando veía que uno de sus compañeros recibía un premio que consideraban más apetitoso que el suyo a cambio del mismo trabajo o de la misma cantidad de fichas. El experimento se realizó con monos capuchinos separados en parejas y el experimento consistió, precisamente, en premiarlos de diferente manera por una misma tarea, bien fuera dándoles uva en lugar de pepino o, simplemente, no pagando su trabajo.

Los monos, cuando percibían la desigualdad del pago, a veces ignoraban la recompensa y otras veces la aceptaban para después, muy dignamente, tirarla. Curiosamente Seguir leyendo “Orgullosos como los monos”

Buenos como las ratas

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En 1959 el psicólogo norteamericano Russell Church entrenó a un grupo de ratas para que obtuviesen su alimento accionando una palanca que colocó en su jaula, palanca que, a su vez, accionaba un mecanismo que le dispensaba a la rata que lo accionaba una razonable cantidad de comida. Las ratas aprendieron pronto la técnica de accionar la palanca para obtener comida y así lo hicieron durante un cierto período de tiempo.

Posteriormente Russell Church instaló un dispositivo mediante el cual, cada vez que una rata accionaba la palanca de su jaula, no sólo recibía comida sino que, además, provocaba una dolorosa descarga eléctrica a la rata que vivía en la jaula de al lado. En efecto, el suelo de las jaulas estaba hecho de una rejilla de metal que, cuando se accionaba la palanca de la jaula de al lado, suministraba una descarga eléctrica a la ocupante de la jaula fuera cual fuera el lugar de la jaula en que estuviese. Ni que decir tiene que ambas ratas, la que accionaba la palanca y la que recibía la descarga, se veían perfectamente pues estaban en jaulas contiguas.

Lo que ocurrió a continuación fue sorprendente. Seguir leyendo “Buenos como las ratas”

¿Tienen los animales sentido de la justicia?

chimpancé

El 26 de mayo pasado la versión electrónica del Daily Mail publicaba un artículo sobre las investigaciones del doctor Marc Bekoff, doctor en etología y experto en conducta animal que trabaja actualmente en la Universidad de Colorado. Sus investigaciones versaban sobre la existencia de conductas morales en los animales. No me resisto a traducirles el artículo aunque, si lo desean, pueden consultarlo en su versión original aquí.

El texto de la noticia dice, más o menos, lo que sigue:

Según nuevas investigaciones realizadas los animales tienen sentido de la moral y pueden distinguir lo correcto de lo incorrecto. Especies que van desde los ratones a los lobos se rigen por códigos de conducta similares a los de los seres humanos, dicen estos etólogos.

Hasta hace poco se creía que los seres humanos eran la única especie capaz de experimentar emociones complejas. Sin embargo, el profesor Marc Bekoff, de la Universidad de Colorado, considera que la moralidad “equipa” el cerebro de todos los mamíferos. Esta moralidad suministra el “pegamento social” que permite a animales a menudo agresivos y competitivos vivir juntos en grupos, dijo. Seguir leyendo “¿Tienen los animales sentido de la justicia?”

De pensamiento, palabra, obra y omisión

De todas estas formas puede pecarse según la doctrina de la Iglesia Católica y de estos cuatro modos podemos condenarnos al fuego eterno.

Las leyes de los hombres resultan bastante menos severas que las divinas y así, por ejemplo, a un ciudadano le resultaría imposible delinquir de pensamiento ya que, por más que desease a la mujer de su prójimo  o codiciase los bienes -evidentemente ajenos- del marido de la sujeta en cuestión, la ley nada tendría que reprocharle y, mucho menos, le impondría castigo alguno.

Por lo que respecta a los delitos cometidos de palabra, obra u omisión, a la ley humana parecen merecerles un distinto grado de reproche en función del método comisivo empleado. Veámoslo.

Piense, por ejemplo, en que acaba de comprarse un coche nuevo con una magnífica tapicería de cuero. Usted va conduciendo alegremente por una carretera cuando divisa en la cuneta a una niña que se ha caído de una bici; la niña sangra abundantemente y parece tener fracturada una pierna. Usted sabe que la niña le pondrá perdida de sangre la tapicería de cuero y que esto le va a costar, probablemente, unos 300 euros. Usted, entonces, considera ambas posiblidades -ayudar a la chica o ahorrarse 300 euros- e inmediatamente decide ayudar a la chica.

No cabe duda de que todos (espero) haríamos lo mismo.

Ahora piense, por el contrario, que recibe por correo una carta de UNICEF pidiéndole un donativo de 300 euros para hacer un pozo de agua en África y de esta forma salvar la vida de muchos niños que viven en un lugar particularmente seco de la región. Seguir leyendo “De pensamiento, palabra, obra y omisión”