Pateras invisibles

Retransmiten en directo la llegada del Acuarius a Valencia mientras al litoral español llegan decenas de pateras anónimas. Valencia es hoy una excepción a la normalidad que rige desde Ayamonte a Port Bou. Una normalidad hecha de internamientos en CIE y expedientes de devolución que se amortigua en el caso de Valencia.

No sé si hoy, en el Puerto de Valencia, además de policías, profesionales de la sanidad, funcionarios, intérpretes, trabajadores del 112… habrán jueces, fiscales, LAJ y… abogados de oficio. Lo que sí sé es que, en el resto del litoral y para los inmigrantes que no salen en la tele habrán abogados de oficio, que tampoco saldrán en la tele ni en las palabras de la ministra de justicia.

Hace pocos meses en Cartagena recibimos a 430 inmigrantes y mis abogados y abogadas cumplieron con su deber; quizá los demás les olviden, yo nunca les olvidaré.

¿Qué conmemoramos de verdad el 12 de julio?

Faltan 25 días para el 12 de julio, el llamado «día de la justicia gratuita» y, quizá, sea bueno aclarar por qué se eligió ese día y qué conmemoramos de verdad en esa fecha.

El 12 de julio fue elegido como día de la justicia gratuita porque el 12 de julio de 1996 fue el día en que entró en vigor la Ley 1/1996 de asistencia jurídica gratuita.

Obviamente la justicia gratuita no nació ese 12 de julio —la justicia de pobres, el beneficio de pobreza y la justicia gratuita ya existían desde el siglo XIX— pero ese 12 de julio de 1996 es un hito a partir del cual podemos llevar la cuenta de muchas cosas.

Podemos llevar la cuenta, por ejemplo, de cuántos años han pasado desde que el Ministerio de Justicia no adecúa los baremos de las cantidades que paga a los abogados de oficio. Desde aquel 12 de julio de 1996 el Ministerio de Justicia ni siquiera ha actualizado el IPC de aquellas cantidades. Desde julio de 1996 a julio de 2017 el IPC ha subido un 57% sin que al ministerio haya parecido preocuparle lo más mínimo el deterioro de las compensaciones económicas de los abogados de oficio. Es decir; no es que el ministerio no haya elevado ninguna cantidad desde 1996, no, es que, por el contrario, ha ido dejando que las mismas disminuyan por la vía del IPC. Cada año que ha pasado desde 1996 nuestras compensaciones económicas han ido disninuyendo y lo peor es que…

¿Recuerdas alguna protesta seria de alguien?

El ex-ministro Catalá previó un incremento de en torno al 30%, lo que nos dejaría aún a 27 puntos porcentuales de alcanzar los niveles retributivos de aquel 12 de julio de 1996. ¿Ves bien ahora lo que de verdad celebramos esa fecha?

Ha pasado una semana desde que la nueva ministra fue nombrada; una semana en la que no parece haber pronunciado ni una sola vez, ni haberse acordado ni una sola vez, de los abogados ni de la abogacía. Démosle tiempo pero démosle de paso algunos datos e ideas:

  1. Los abogados de oficio del territorio común, los que dependen exclusivamente del presupuesto de su ministerio no ven subir las cantidades que se les pagan desde el mismo momento de entrada en vigor de la ley: 12 de julio de 1996.

  2. La subida del 30% de Catalá no alcanza ni siquiera a colocar estos pagos en los niveles de 1996 pues el IPC ha subido desde entonces un 57%. Esa subida, en poder adquisitivo, es un 27% inferior a lo que se recibía en 1996.

  3. Los abogados de oficio de la zona ministerio reciben por su trabajo hasta un 300% menos que los abogados de oficio de otras Comunidades Autónomas transferidas. No es que los abogados de esas comunidades reciban mucho (reciben una miseria) es que los abogados que dependen de la ministra reciben un tercio de esa miseria.

Una subida mínima para los abogados del territorio común no puede ser inferior al 200% y usted tiene dinero para hacerlo.

Una subida del 200% es una subida tan solo de 70 millones de euros y esa cantidad no debe de resultarle difícil de obtener de las Cámaras. Y, si no la obtiene, al menos obtenga el cambio de parte de asignación de esos 130 millones que Catalá quería dedicar a infraestructuras tecnológicas. Usted es férrea opositora a LexNet (y en eso acierta) no gaste dinero en un sistema que hay que replantearse por completo, invierta en capital humano lo que no va a gastar en una infraestructura tecnológica obsoleta.

Ministra: los abogados del territorio común, el 12 de julio de 2018 vamos a conmemorar la humillación anual que venimos padeciendo desde hace 22 años. Díganos cómo quiere que la conmemoremos este año y díganoslo pronto, porque faltan 25 días para el 12 de julio y somos muchos los abogados y abogadas que sí sabemos exactamente lo que conmemoramos ese día.

Decisiones trascendentales

Hoy he tomado una decisión que yo calificaría de trascendental: me he comprado un botijo.

No, no, no empecemos con bromas y chascarrillos que ya os conozco a todos y sé de qué pié cojeáis; un botijo es una herramienta tecnológicamente avanzadísima y por completo integrada en el mundo de las tecnologías de la información. Lo que pasa es que, como la ignorancia es atrevida, siempre habrá algún ignaro que diga aquello de «es simple como el mecanismo de un botijo».

«Simple como el mecanismo de un botijo», hay que ser un beocio de España para decir tal majadería. El mecanismo del botijo es tan complejo que daría para explicar desde la formación del universo hasta su mismo final, y no les exagero lo más mínimo.

El principio de funcionamiento del botijo es el siguiente: el agua almacenada se filtra por los poros de la arcilla y en contacto con el ambiente seco exterior (característica del clima mediterráneo) se evapora, produciendo un enfriamiento (2,219 kilojulios por gramo de agua evaporada). La clave del enfriamiento está, por lo tanto, en la evaporación del agua exudada, ya que ésta, para evaporarse, extrae parte de la energía térmica del agua almacenada dentro del botijo.

Los beocios a que antes aludía —que no distinguen un kilojulio de lo que cabe en una litrona de cerveza en verano— menos aún van a saber lo que es la energía térmica más allá del difuso concepto de “la calor”, sin acertar a distinguir entre conceptos tales como temperatura, calor, energía cinética macroscópica y energía interna. La próxima vez que un beocio de estos les diga lo de «simple como el mecanismo de un botijo» pídale usted que le explique ese mecanismo y disfrute viendo al beocio boquear como un aladroque fuera del agua.

Bien, ya tengo mi botijo y soy un poco más feliz. Lo he llenado y lo he puesto sobre un plato para que el exudado no moje la mesa y ahora ya solo me queda disfrutar de agua fresquita todo el año. Va por ustedes.

Bajocas

El sureste es un lugar curioso. Aunque muchos de sus habitantes no lo sepan, su peculiar forma de hablar se funda —entre otras cosas— en que es aquí donde el catalán que se habla en la Comunidad Valenciana (no me atrevo a poner «valenciano») se yuxtapone al castellano y da lugar a una extraña colección de palabras que se encuentran a caballo entre una y otra lengua.

Antes de que la TV y la normalización escolar hiciesen menos frecuentes estos giros lingüísticos, un cartagenero llamaría «pésoles» a los guisantes y aún a día de hoy llamará «lebeche» a ese viento del suroeste que en catalán llaman «llebetx» o «llebeig»; sucederá lo mismo con el «jaloque» (xaloc) o en la vecina ciudad de Murcia con las patatas, donde todavía oirá usted a algún castizo llamarlas «crillas».

Esto de las «crillas» tiene su guasa porque, en valenciano (perdonen si hiero a alguien) a las patatas se las llama también «creïlles» y en este caso el proceso es tan largo como valencianizar la palabra creadilla (las patatas son las «creadillas de tierra» o «turmas de tierra» del castellano oriental de La Mancha) y de ahí trasvasarla al castellano del sureste ya no como «creadilla» sino en su forma valenciana «crilla».

Por lo demás la toponimia de la zona no admite contestación. Lugares como «Roche» (de Roig), «La Parajola» (de «La Platjola») o la Isla Grossa (no necesita traducción, en catalán se dice igual Isla Grossa) dan fe de una toponimia catalana tan extendida que, incluso en asuntos de fe, se deja sentir: la vieja patrona de Cartagena es la Virgen del «Rosell» y este nombre es también catalán como otro día les contaré.

Pasa con España como con el jamón de Montánchez, que uno no puede decantarse nunca por la magra o por el tocino, porque la grasa se infiltra de tal manera en la carne que es lo que da a esta su incomparable sabor. Magra y tocino en su justa medida y siempre ambas de buena calidad hacen un buen jamón y esto pasa en mi región (y yo diría que en España) que, aunque muchos puristas preferirían tomarse las alubias solas y otros solo el chorizo, las alubias con chorizo llevan ambas cosas y si no llevan ambas no son lo que han de ser.

No sé si me explico. Otro día les hablaré de la toponimia de origen euskérico de mi cormarca (que también la tiene), por no hablarles de la árabe o la bizantina, pero eso será otro día.

Ahora, para compensar una miaja de empanada de más que me he comido por no hacer el feo a una invitación, voy a comerme solamente este platico de bajocas…

¡Anda! ¡Bajocas!

Mater tua mala burra est

Me ha dicho la doctora que no debo abusar de la fruta y que debo atenerme en exclusiva a las peras y a las manzanas y en cantidad no superior a la de una pieza al día, y a mí, naturalmente, esto me parece muy mal.

Si bien lo piensan ustedes ¿han visto alguna vez un bodegón más apetitoso que el que pinta frutas en sazón? y, por otra parte, ¿qué se comía en el paraíso terrenal sino frutas de toda clase?.

El paraíso terrenal de cada cultura nos dice mucho sobre ella y el carácter de sus hombres y mujeres. Para los incívicos germanos (aka “bárbaros del norte”) el paraíso era un cerdo inmenso que jamás se acababa, por más que se cortasen de él raciones. Para los viejos egipcios, en cambio, el paraíso eran los llamados “Campos de Juncias de Osiris” pero, para los mediterráneos, el paraíso terrenal es un lugar donde, mayoritariamente, se come fruta; y no sólo para los cristianos, que, en el Barrio del Foro Romano de Cartagena, ya tengo yo muy vista una cornucopia o cuerno de la abundancia del cual manan frutas sin cuento y atestigua que la abundancia y las frutas siempre han ido de la mano.

Pienso esto y pienso, además, que, siendo a mi juicio la manzana la menos sabrosa de las frutas del huerto, es raro que se la use como símbolo de la atracción pecaminosa… aunque, ciertamente, debo decir para quien no lo sepa, que lo que comieron Adán y Eva en el Paraíso Terrenal no fue un vulgar pero (como un grosero error de traducción nos ha hecho creer) sino unas bayas (las drakeas, draksas o drakias de los gitanos —uvas— cuya raíz etimológica está en la base del fruto del que habla el Génesis).

Lo malo de las manzanas es que en latín se llaman «malum» y el juego de palabras, y los errores, están servidos (¿quién no recuerda aquella delirante frase latina de «mater tua mala burra est» de dificilísima traducción y que significa algo totalmente diferente de lo que parece significar?) y fue así, por lo “malus”, por lo que acabaron entrando en la historia la manzana, Adán, Eva y la bicha.

En fin, hoy voy a atenerme a la manzana, aunque solo sea porque algo de picarón si deben tener cuando los romanos —siempre los romanos— llamaron “manzanas” a lo que nuestros vulgarotes chaveas llaman “las peras” y, porque, si en roma una chica le tiraba los tejos, los trastos o los tiestos, a algún joven, un romano diría que “le está tirando las manzanas”.

Malum, malum, malum…

Traficantes de carne

Creo haber dicho ya que los abogados a los que admiro no miden su éxito en dinero y creo haber dicho también que me estremece ver cómo, en las noticias de la prensa económica, se publican tablas y cuadros comparativos de los beneficios obtenidos por esos despachos que suelen adjetivarse como «grandes» y que a mí, en cambio, lo que me cuesta es adjetivarlos como «de abogados».

Antes de que se me echen encima les diré que esta percepción no es exclusivamente mía; el mismísimo Piero Calamandrei, lo expresó de forma mucho más clara y dura que yo cuando dijo:

No me hables de riqueza, tu sabes que, el verdadero abogado, el que dedica toda su vida al patrocinio, muere pobre; ricos se hacen solamente aquellos que, bajo el título de abogados, son en realidad comerciantes o intermediarios…

Y de estos intermediarios —que ahora se dicen abogados— es de quienes quería hablarles yo hoy porque, ayer, en un canal de televisión, se emitió un documental que hablaba precisamente de esto: de intermediarios y de abogados.

La desregulación salvaje del sector legal que comenzó con la llamada «Ley Omnibus» ha conducido en muy pocos años a un panorama que, de no ser enfrentado ya y con decisión, puede conducir a la desaparición de la profesión que ejercemos. Nuestros políticos, absolutamente ajenos a ningún criterio que no sea el estrictamente económico, han regulado nuestra actividad cual si de un simple negocio se tratase y, al olvidar toda consideración distinta de la económica, han cometido un error que puede acabar con nuestra profesión para alborozo de los llamados «grandes despachos» y las también llamadas «grandes corporaciones». Veámoslo.

Empecemos por el principio de los principios, a saber: el ejercicio de la abogacia tiene como objetivo primero y primordial la defensa de los derechos ajenos.

Que la defensa de los derechos ajenos sea el primer objetivo de la abogacía supone, ya desde el principio, que una visión puramente empresarial del ejercicio profesional de la profesión o una orientación corporativa al beneficio económico es absolutamente incompatible con nuestra forma de entender la profesión.

La segunda consecuencia del principio enunciado es que, las leyes que traten de regular la abogacía, lo primero que habrán de tener en cuenta es la naturaleza no puramente empresarial de ese servicio al que llamamos abogacía.

Si el primer objetivo de las firmas de abogados va a ser obtener dividendos y la primera medida de su éxito va a ser cuantificar beneficios económicos, no duden que esta profesión pronto desaparecerá suplantada por una legión de mercaderes, intermediarios o, en el peor de los casos, delincuentes.

Tres cosas, nos enseñó Cicerón, que pagaban al abogado antes que el dinero: la admiración del público, el agradecimiento del cliente y la esperanza del resto de los agraviados en que podría haber justicia en su causa. Es cierto que ninguna de ellas alimenta mucho, pero, si la esperanza de quienes sufren injusticias va a descansar sobre unas firmas cuyo primer objetivo es ganar dinero, podemos ir despidiéndonos de la posibilidad de tener siquiera una ficción de estado de derecho.

Ya lo estamos viendo: firmas que ofrecen asesoramiento jurídico con amplia publicidad en medios de comunicación cual si tuvieran despachos en toda España y que lo que hacen es desviar los clientes que llaman para luego, compartir los honorarios del abogado porque ellos le han facilitado el cliente. Antes, al menos, estos zurupetos se ocultaban, ahora, convertidos en corporaciones, se exhiben a través de una publicidad insidiosa, para lucrarse con el trabajo de unos abogados acuciados por la crisis.

Ayer se veía en la televisión cómo empresas de internet ofrecían servicios jurídicos a precios inverosímilmente bajos o cobraban a los abogados unas cantidades nada despreciables con la promesa de hacerles llegar clientes que, luego, en multitud de casos no llegaban.

Si creemos que el beneficio económico es el primer objetivo de ¿«la abogacía»? este panorama que les acabo de contar es perfecto. Pero, si lo que creemos es que el primer objetivo de la abogacía es defender derechos ajenos y la esperanza de todos, este paisaje que les he descrito es simplemente el principio del fin.

Ya conocemos cómo se las gasta la industria del software subcontratando ingenieros a precio de salario de subsistencia. «Cárnicas» llaman los programadores a esas empresas que no parecen tratar con personas sino traficar con carne. Ya sabemos lo que ha ocurrido en el campo, por ejemplo, de las clínicas dentales o de las estéticas.

En el caso de la abogacía esta dependencia de corporaciones que subcontratan al profesional es muchísimo peor, pues la independencia es al abogado lo que la imparcialidad es al juez. Un abogado ha de servir al cliente y no a la cuenta de resultados de la empresa o despacho que le da el trabajo. ¿Alguien cree que toda la reacción que la abogacía independiente y humilde ha puesto en marcha contra las odiosas condiciones del mercado hipotecario la podrían haber puesto en marcha despachos entre cuyos clientes se cuentan los principales bancos de España?

No se engañen: si lo que queremos es becarios que defiendan los derechos de la ciudadanía para que los intermediarios o los comerciantes ganen dinero vamos en la dirección correcta; pero, si lo que deseamos es una abogacía que, como hasta ahora, sea independiente, sirva a los ciudadanos, les defienda frente a los poderosos y mantenga la esperanza de todos de que la justicia aún es posible en España, estas leyes puramente económicas son la muerte de todo cuanto amamos.

Quieren una abogacía dócil, con una planta judicial pequeña para no tener que abrir demasiados despachos ni tener que contratar demasiados abogados, sin restricciones publicitarias para poder traficar con el trabajo de los abogados y con una libertad de pacto absoluta en cuanto a honorarios para convertir a los profesionales de la abogacía en falsos autónomos pagados a precio de carne industrial.

Ahora, reflexiona un momento y dime si lo que quieres es eso porque, si no quieres eso, tendrás que levantarte y convencer a todos nuestros políticos de que tú no ejerces una profesión cuyo primer o único objetivo es ganar dinero y que, por lo mismo, no puede ser regulada como si fuese una actividad puramente mercantil.

Si crees que merece la pena levantarte y luchar por ello te espero en la Red de Abogados y Abogadas, porque tenemos que defender unos cuantos principios y hacer del futuro un lugar donde merezca la pena vivir.

Vamos.

No hay nada personal en esto, presidente

Se está formando un nuevo gobierno y a estas horas (23:00 horas del 5 de junio de 2018) los juristas aún no sabemos quién será el próximo ministro o ministra de justicia. Mucho se especula con quién pueda ocupar esta cartera y, sin embargo, quién sea la persona que la ocupe es, a mi juicio, una de las cuestiones menos relevantes de todo este asunto.

La actitud que, hacia el nuevo ministro o ministra de justicia, vayan a tener los jueces, fiscales, abogados, secretarios judiciales, funcionarios o procuradores, poco va a tener que ver, creo yo, con la identidad de quien ocupe la cartera y sí mucho con cuál sea su agenda o programa.

En #T nuestras exigencias respecto a los principales problemas que aquejan a la justicia están claras y plasmadas por escrito desde hace ya varios años, de forma que, nuestra posición respecto al ministro o ministra —sea este el que sea— dependerá en exclusiva de cuál sea el programa que el mismo traiga al gobierno.

En #T consideramos que en materia de Independencia Judicial es imperativo adecuar la forma de elección de los vocales del CGPJ a las exigencias de nuestra Constitución y a las recomendaciones del Consejo de Europa. No hay componendas ni rebajas: los jueces deben elegir.

En #T consideramos que la independencia judicial también se fortalece eliminando las tutelas del ejecutivo hacia el judicial y especialmente eliminando la intolerable política informática de este y anteriores gobiernos en relación con los datos judiciales. Estos datos son responsabilidad del poder judicial y deben de ser tratados por él, no cabe seguir dejando en manos de gobiernos centrales y autonómicos la tenencia y tratamiento de estos datos. El terrible error de LexNet debe de ser también corregido.

En #T consideramos que una justicia sin medios no es justicia, estamos en el debate de la ley de presupuestos, por vuestras enmiendas os conoceremos. Especialmente os conoceremos por el dinero que destinéis a justicia gratuita y turno de oficio pues es ahí donde veremos vuestra voluntad de ayudar a la justicia de todos.

La justicia cercana es fundamental para #T y la eliminación inmediata de los infames juzgados hipotecarios es una buena forma de empezar a demostrar que se está por una justicia cercana a los ciudadanos.

Y la eliminación definitiva de las tasas judiciales (sí, aún quedan tasas judiciales) es la cuestión que puede cerrar un programa de urgencia para un gobierno que previsiblemente dure poco.

Eliminar los juzgados hipotecarios, cambiar la forma de elección de los vocales del poder judicial, elevar los presupuestos en materia de turno de oficio y eliminar definitivamente las tasas judiciales son medidas que pueden llevarse a cabo aunque el gobierno dure pocos meses; por eso sepan que en #T no hay nada personal a favor o en contra del presidente ni de su gobierno, en #T solo defendemos esas cuántas cosas en las que creemos.

Mañana, desde #T no felicitaremos a ningún ministro o ministra, si acaso les desearemos suerte y ya hablaremos con más conocimiento en cuanto comience a adoptar sus primeras decisiones y sepamos a qué atenernos, pues hace tiempo que en #T aprendimos que la distancia entre las palabras de muchos políticos y sus hechos se mide en mentiras; ovacionaremos, pues, las acciones y no los propósitos.

No hay, pues, nada personal en nuestras acciones, es simplemente una pura cuestión de ideas.