La abogacía olvidada

La abogacía olvidada

Esta noche del jueves 26 de marzo de 2020, a las 21:00 horas, puedes decir alto y claro que los profesionales del foro (abogados y abogadas, procuradores y procuradoras, graduados sociales) están siendo olvidados por las autoridades de forma absolutamente injusta.

A 20:45 se dará a conocer el hashtag, a 21:00 cargamos en Tuíter.

Si tienes cuenta en tuíter nos vemos esta noche a 21:00, si aún no la tienes ¿Por qué no la abres?

No podemos salir a la calle a manifestarnos pero sí podemos dejar oír nuestra voz en las redes.

Nos vemos esta noche, tenemos un trabajo que hacer juntos.

Si tú, como yo aún crees que es posible hacer algo, ven con nosotros, únete a la #RED

Acaparando

Acaparando

Me ocurre en estos días de confinamiento lo mismo que me pasaba en esos años en que yo recorría con reiteración el Camino de Santiago: que las horas de desayunar, comer y cenar, cobran especial relevancia. Ahora comer no es esa necesaria interrupción que se hace en el trabajo; ahora comer se revela como el momento central. Trabajamos para ganarnos el pan, no al revés. El caso es que hoy me ha pillado un tanto desabastecido, porque, aunque contaba con garbanzos para aviarme un potaje no me quedaba vino y pareciera que un potaje sin vino es menos potaje.

El problema es que los comercios de mi barrio son, mayoritariamente, musulmanes y eso, aunque tiene cosas buenas (¡Qué dulces, por las barbas del profeta!) tiene también sus cosas malas porque, si bebes o fumas, ya puedes irte de compras a otro barrio.

Afortunadamente, en la Calle del Parque, queda uno de esos comercios que llaman «tradicionales» donde aún venden vino a granel y me he alargado hasta allá a gobernarme algo de morapio de la raza tinta.Aquello era el paraíso: botas y botas negras zaínas lucían cada una el género que contenían y el precio al que se despachaba:

-Oloroso: 1,85€ el litro.
-Tinto «Especial»: 1,85€ el litro.
-Montilla: 1,85€ el litro.
-Etc., Etc, etc…: 1,85€ el litro.

Viendo que el tinto era «especial» no he podido dejar de aprovechar la oportunidad:

—Maestro ¿de dónde viene ese vino?
—De Jumilla hombre ¿De dónde va a ser?
—Y… ¿Está bueno ese tinto «especial»?
—Si sabe usted apreciar el vino y lo prueba ya verá cómo no hay punto de comparación con el embotellado.

La respuesta, aunque ambigua si se examina literalmente, me ha convencido y le he dicho:

—Póngame un litro.

El hombre me ha mirado compungido…

—Verá, aquí no puedo servirle un litro, si usted quiere un litro debiera haberse traído su botella, yo aquí solo puedo servirle, como poco, litro y medio, que es lo que cabe en estas botellas de agua mineral que tengo por aquí.

Medio litro de más o de menos no iba a ser obstáculo para que yo finalizase tan ventajosa operación, de forma que, además del tinto «especial» me he llevado litro y medio de «Oloroso» y otro litro y medio de «Montilla-Moriles» de añadidura, pero no por gula ni por ansia, sino porque a este vino le tengo yo más devoción que a un Nazareno en cuaresma.

Ahora, con cuatro litros y medio de vino en casa, reflexiono sobre si no se me habrá ido un tanto la mano, pero, acompañante del potaje, le he dado un tiento a la provisión de «tinto especial» y debo de conceder que, sí, que efectivamente, es «especial».

Y, mientras disfruto de mi injustificado acopio de vino, pienso en lo que estarán haciendo ahora los que acopiaron papel higiénico.

Abogacía abandonada

No he oído a nadie pedir ni ofrecer ayuda para las abogadas y abogados de España. De hecho no he visto la palabra abogado en ninguno de los sedicentes paquetes de ayudas ofrecidos por el gobierno.

Afirman quienes esto gobiernan que «nadie va a quedarse atrás» aunque, por lo que leo, en ese nadie no están incluídos los abogados y abogadas de España.

Quizá sea tiempo ya de decirlo: entre los abogados hay bolsas de pobreza; no de escasez o de apretura, sino de pobreza.

Tras doce años de crisis los abogados llevan sus angustias económicas con una dignidad que encoge el corazón, escondiendo bajo las togas, los trajes y las corbatas la angustia de vivir al día, pero dispuestos a defender los derechos y las esperanzas de quienes se acercan a ellos.

Si difícil era su situación tras las inicuas medidas de los sucesivos gobiernos, ahora, con el panorama de dos meses por delante sin ingresos de ninguna especie por culpa de la psndemia, el drama puede acabar en catástrofe.

Y, sin embargo, no veo que nadie se acuerde de la abogacía ni de los profesionales de la justicia en general (procuradores y graduados sociales también cargan su cruz); no veo que el estado ofrezca, por ejemplo, a los letrados del turno de oficio líneas de crédito sin intereses con el aval de su trabajo en el turno. Veo, en cambio, que ni siquiera el trabajo que se les debe se les paga con puntualidad y veo que aún se sigue regateando el pago de actuaciones efectivamente trabajadas.

Ya no es que no anuncien ayudas, es que lo que anuncian son problemas.

La abogacía debe tomar conciencia de la situación en que se encuentra el sector y debe alzar su voz con fuerza para solicitar no ya que las administraciones cumplan con sus obligaciones, sino que, además, se establezcan ayudas que ayuden a conllevar esta crisis a aquellos que, de otra forma, no sobrevivirán.

Y no sólo hemos de alzar la voz, hemos de demostrar con hechos lo que decimos con palabras: 18 colegios de abogados ya lo han entendido, el resto parece no darse cuenta de cuál es la situación; es muy posible que hayamos de agradecer a ese resto de colegios que nadie se tome la molestia siquiera de estudiar cualquier reclamación de la abogacía.

Compañeras, compañeros: la situación es grave y lo será aún más en el futuro. Si no damos la batalla ahora probablemente ya nunca podamos darla.

Vamos.

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Patriotismo

Probablemente hemos entendido mal el patriotismo. Involuntariamente, en cuanto oímos hablar de patriotismo, inmediatamente lo relacionamos con el ejército o con la bandera o con esas pequeñas particularidades que hacen que nos engañemos creyéndonos diferentes de otros seres humanos.

Por puro patriotismo realizamos costosas ceremonias en las que nuestros soldados desfilan y en las que, profundamente emocionados, rendimos honores a aquellos que dieron su vida por la patria, sea lo que sea lo que signifique esta palabra.

Ocurre sin embargo que los enemigos de la patria no son siempre humanos. Cuando, en ocasiones como esta, el enemigo es un microorganismo no es difícil darse cuenta de que con él no acabaremos a balazos ni atacándole a la bayoneta.

Ahora el patriotismo no tiene enemigo humano y consiste, antes que nada, en cumplir con tu deber, aunque este deber sea acudir como Auxiliar de Clínica, ATS o médico, a donde el peligro es mayor: a tu centro de trabajo, a tu hospital, a colocarte en primera linea de fuego del virus, a veces con buenas armas y a veces casi sin munición.

No hay en nuestras ciudades monumentos a las enfermeras que murieron cuidando a enfermos, ni a doctores ni a auxiliares que, como los mejores soldados, hubieron de cumplir una misión que no estaba en su contrato: jugarse la vida.

Quizá ahora, que hasta los soldados han de echar una mano como médicos, sea tiempo de cambiar nuestra concepción del patriotismo y, cuando todo esto acabe y hayamos terminado de contar los muertos, empecemos a colocar en nuestras calles monumentos a enfermeras, limpiadoras, ATS, doctores y doctoras que pelearon la batalla donde debían y cumpliendo con su deber mucho más allá de lo que les exigía su contrato.

Va por ustedes.

Las guerras informacionales

Las guerras informacionales

A finales del siglo XX muchos pensadores llegaron al convencimiento de que la guerra, en cuanto que empleo de la fuerza, era ya un ejercicio imposible a gran escala.

Las naciones habían vivido casi medio siglo al borde del holocausto nuclear y era evidente para todos que las más poderosas armas nucleares nunca podrían ser usadas. La humanidad había llegado a tal punto en el desarrollo armamentístico que, las armas más potentes de que disponía, ya no sólo eran capaces de acabar con el enemigo sino que, también, eran un arma letal contra la propia nación que las usase. Con esas armas se podía aniquilar al enemigo, sí, pero quien las usase no sobreviviría para contarlo. Las potencias nucleares, a la vista de ello, establecieron una doctrina a la que llamaron Mutually Assured Destruction «MAD» (loco, destrucción mutua asegurada) y esa doctrina del terror nuclear fue la que durante décadas pareció asegurar la supervivencia de nuestra especie.

Por aquellos años el pensamiento estratégico de los militares comenzó a apartarse del mero
uso indiscriminado de la fuerza y se centró más en entender qué eran esos conceptos a los que se llamaba victoria y derrota.

Las guerras de Vietnam y Afghanistán fueron dolorosas enseñanzas para las dos grandes potencias del momento de que las guerras no se ganan solo por el uso de la fuerza, sino por factores que, por entonces, se conocían como guerra psicológica y que hoy denominamos de forma muy diferente.

El caso de la derrota norteamericana en Vietnam fue clave para entender el cambio de doctrina estratégica que tuvo lugar en aquellos años.

Al acabar la Segunda Guerra Mundial, Vietnam era una colonia francesa que luchaba por obtener su independencia lo que originó la llamada Primera Guerra de Indochina (1946-1954), en la que las tropas coloniales francesas se enfrentaron al movimiento de liberación conocido como el Viet Minh, liderado por los comunistas de la Indochina francesa.

Después de que los franceses abandonaran Indochina tras la humillante derrota de Dien Bien Phú en 1954, en la Conferencia de Ginebra se decidió la separación de Vietnam en dos estados soberanos (Vietnam del Norte y Vietnam del Sur) y la celebración de un referéndum un año después, donde los vietnamitas decidirían su reunificación o su separación definitiva.

El referéndum jamás se llevó a cabo: los dirigentes del Sur optaron por dar un golpe de estado y no celebrarlo para evitar que ganara la reunificación. Por este motivo Vietnam del Norte comenzó las infiltraciones de soldados en apoyo de las guerrillas procomunistas de Vietnam del Sur (el Vietcong) con el objetivo de reunificar la nación.

Estados Unidos, en virtud de la Doctrina Truman y lo que se llamó la Teoría de las fichas del dominó, a partir de 1964 comenzó a enviar tropas a Vietnam del Sur para evitar su conquista por el norte comunista, dando lo que se conocería como la Guerra de Vietnam.

La tremenda capacidad militar de los Estados Unidos se dejó sentir pero las guerrillas del Vietcong y el Ejército de Vietnam del Norte, apoyados por China y la URSS, se defendieron con tenacidad causando no pocas bajas al ejército de los Estados Unidos.

El clímax de esta guerra se alcanzó en 1968 con la denominada «Ofensiva del Tet». La planificación de la ofensiva fue meticulosa y la ejecución bien realizada,pero los resultados militares resultaron desastrosos para los comunistas.

Las bajas norvietnamitas superaron las 100.000 mientras que los estadounidenses apenas si sufrieron 4.000, pero esto fue suficiente para que, desde ese ese momento, la guerra quedase irremisiblemente perdida para los Estados Unidos.

A pesar de que Estados Unidos había vencido convincentemente las imágenes de los guerrilleros del Vietcong atacando la Embajada Norteamericana en Saigón causaron honda impresión en la opinión pública estadounidense y, los 4.000 soldados norteamericanos muertos, fueron una cifra imposible de digerir en aquellas circunstancias.

Fotografía de Eddie Adams. El general de Brigada sudvietnamita Nguyen Ngoc Loan disparando a un prisionero del Viet Cong: Nguyen Van Lem. Image copyright | AP / BRISCOE CENTRE FOR AMERICAN HISTORY

Imágenes impactantes como la del fotoperiodista Eddie Adams en donde se ve al General de Brigada Sudvietnamita Nguyen Ngoc Loan disparando a un prisionero del Viet Cong produjo un impacto sólo comparable al de la niña Phan Thị Kim Phúc corriendo desnuda tras un ataque norteamericano con napalm.

El movimiento hippie, declaradamente pacifista, se extendía en esa década por norteamerica; las acciones públicas de figuras famosas como Cassius Clay (desde entonces conocido como Muhammed Alí) negándose a ser reclutado («Ningún Vietcong me ha llamado nunca negro», dijo) también ayudaron a crear un fuerte sentimiento contra aquella guerra en la sociedad estadounidense.

Por si algo faltaba, en 1969, las manifestaciones de protesta se multiplicaron cuando se hicieron públicos los sucesos acaecidos un año antes en el pueblecito de My Lai donde, soldados del ejército norteamericano,  a lo largo de cuatro horas, violaron a las mujeres y las niñas, mataron el ganado y prendieron fuego a las casas hasta dejar el poblado arrasado por completo.

Para terminar, reunieron a los supervivientes en una acequia y abrieron fuego contra ellos hasta matar a todos los habitantes de la zona (es decir, ancianos, mujeres y niños). Por “defectos” en la investigación aún hoy día no se sabe la cifra exacta de asesinatos, pero se estima que la cifra debió estar entre 347 y 504.

Tras esto era cuestión de tiempo que los norteamericanos retiraran sus tropas, primero, y vieran como Saigón caía en manos comunistas después.

La Guerra de Vietnam, pues, no se ganó en los arrozales del Delta del Mekong ni en la ruta Ho Chi Minh, sino en la voluntad del pueblo estadounidense que, por diversas razones, decidió que no quería pelear aquella guerra.

La victoria, pues, solo parcialmente se había conseguido en el campo de batalla mediante el uso de la fuerza, una parte fundamental de la victoria fue conseguir que el pueblo norteamericano desease no pelear aquella guerra.

Por eso, a finales del siglo XX, muchos pensadores llegaron al convencimiento de que la guerra, en cuanto que empleo de la fuerza, era ya un ejercicio muy poco útil.

Por eso, también, en los años siguientes, gracias al uso estratégico de los medios de comunicación, comenzaron a cambiar las formas de hacer la guerra, cambio que devino en revolución con el advenimiento de internet y la aparición de la sociedad hiperconectada.

La revolución de la información hizo así que se redefiniesen conceptos como victoria o derrota y que apareciesen nuevas armas y formas de combate.

Si vencer era imponer la voluntad propia al adversario ya no era necesario doblegarla a través de la fuerza o la amenaza, bastaba con hacer que dicha voluntad mutase a través de la persuasión, el error, el miedo, la confusión o cualquier otro elemento susceptible de hacer mutar la voluntad de los adversarios en el sentido deseado.

A principios del siglo XXI tal doctrina era ya indiscutible y la inversión en armas informacionales aumentó exponencialmente; incluso muchos militares denunciaron la inutilidad de seguir invirtiendo dinero en portaaviones y otros tipos de carísimas armas de destrucción material.

Las guerras informacionales estaban servidas.

En la actualidad Rusia, China y otras naciones invierten ingentes cantidades de dinero en un arsenal tan útil que, sin disparar un sólo tiro, puede permitirles colocar de presidente de los Estados Unidos a quién ellos deseen y no digamos lo que pueden hacer en países con menos capacidad tecnológica.

De cómo se libran estas guerras y de sus doctrinas militares, estratégicas y tácticas hablaremos otro día.

Hacer todo lo posible

Veo que son muchos los compañeros y compañeras que se movilizan porque la Mutualidad condone las cuotas de estos meses de crisis y muchas reflexiones se me vienen encima

He vivido estados de excepción (en época de Franco y por razones que es mejor olvidar) pero sólo he vivido en mis casi 60 años un Estado de Alarma Médica que, para abogados y abogadas, no sólo es un estado de alarma sanitario sino que, muy probablemente, será un estado de colapso económico para muchos.

Quizá muchos de vosotros dispongáis de dinero ahorrado pero son también muchos los que viven al día y ¿cómo sobrevivirán a dos meses sin ningún tipo de ingreso? ¿Qué ocurrirá cuando, tras el estado de alerta, sus clientes se encuentren en situación económica tan precaria como la suya? ¿De qué vivirán? ¿Con qué pagarán el alquiler de sus despachos o la universidad de sus hijos?

Este es el momento de demostrar que estamos dispuestos a hacer todo lo posible los unos por los otros y “todo lo posible” no es hablar de grandes cosas sino también de las pequeñas.

A la mutualidad no le cuesta nada condonar las cuotas de estos meses, la peor consecuencia de ello sería que, al llegar a la edad de jubilación, se cobrase un poco menos de pensión (recordemos que la Mutualidad es un sistema donde tú cobrarás lo que antes hayas puesto, donde nadie da dinero a nadie). No les cuesta nada condonar estos meses, máxime cuando, tras la crisis, quien pueda y cuando vaya pudiendo cotice un poquito más.

Pero nadie hará lo grande si antes otros no hacen lo pequeño: los colegios pueden suspender el cobro de las cuotas y mandar el mensaje claro a abogadas y abogados de que los colegios están para servir a sus colegiados y no los colegiados para servir al colegio. ¿Cómo va la Mutualidad a suspender sus cobros de cientos de euros si antes los colegios no le mandan el mensaje claro suspendiendo sus cuotas de apenas unas decenas de euros?

Colegios como Tarragona, Elche, La Rioja, Granada, y unos pocos más lo han entendido así… La mayoría, en cambio, ni de esa pequeña cantidad han aliviado a sus colegiados. ¿Cómo podemos pedir a la Mutualidad un esfuerzo que ni nosotros hacemos?

Mucho peor aún, es evidente que necesitaremos ayudas del estado como cualquier otro trabajador autónomo. ¿Alguien cree que serán creíbles nuestras reivindicaciones si ni siquiera nosotros mismos tomamos medida alguna?

Es tiempo de demostrar que estamos dispuestos a ayudarnos y que, en nuestro orden de prioridades, lo primero son las abogadas y abogados que viven de este trabajo. Hay corporaciones que lo han entendido así y han ayudado lo que han podido, aunque sea poco, a sus colegiados, corporaciones que merecen, por ello, un aplauso. Hay otras que no lo han hecho y a veces me pregunto: ¿A qué esperan? ¿A que haya otra emergencia sanitaria?

Yo, emergencias sanitarias, sólo he conocido esta en mis casi sesenta años de vida, no creo que vayan a tener en el futuro otra oportunidad de ayudar tan clara como esta.

En fin, cuando, llegada la navidad, o los congresos, o los simposios, les veas gastar en viajes, cócteles, fiestas o barras libres, recuerda aquella vez en que hubo una emergencia sanitaria y no te rebajaron ni un euro.

Quizá la Mutualidad no pueda condonar la cuota legalmente, pero al menos puede pedir una modificación legal en tal sentido. Sólo ese gesto ya la tornaría más humana.

Perdonadme la reflexión, seguro que es demasiado larga y a lo mejor —probablemente— equivocada, pero, a salvo de la conducta hermosa de algunos pocos colegios, la Mutualidad me deja un regusto amargo en la boca de falta absoluta de humanidad.

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¿Qué país hemos soñado?

¿Qué país, qué región, qué municipio hemos soñado —si es que hemos soñado alguno— para nuestros hijos?

Mucho me he quejado de que estemos orientando España, mi región y mi ciudad, hacia el turismo. No me gusta pensar que el de mi patria será un futuro de camareros, restauradores y guías turísticos. Pienso que las comunidades deben siempre incorporarse a la primera linea científico-tecnológica de cada momento y pelear por su futuro, siempre, en la última frontera.

Decididamente esta primavera y el verano que viene será duros: los turistas que nos visitaban ya no nos visitarán o, al menos, nos visitarán en cantidad mucho menor y, el turismo, la primera y principal fuente de entrada de divisas del país, se resentirá. ¿Estamos preparados para enfrentarnos a la crisis del primer sector de nuestra economía? ¿Hemos siquiera empezado a vislumbrar las consecuencias de la crisis de ese sector?

Si este país ha sido algo, alguna vez, en la historia, ni ha sido por «cojones», ni por ninguna virtud moral que adorne a sus gentes por encima de los demás países, ha sido por la ciencia.

Piensen en el 12 de octubre y en la epopeya americana.

No fue una cuestión de «raza» ni de banderas ni de patrias. Disponíamos de la mejor tecnología para navegar (la carabela); nuestros conocimientos científicos sobre la geografía terrestre eran los más avanzados del momento; recibimos de los árabes todos los libros de los cosmógrafos antiguos y las mejores tecnologías matemáticas y de navegación; les cogimos prestado a los portugueses un marino formado en sus barcos…

Pero ¿qué somos ahora?

Desde hace 40 años el turismo ha tapado nuestras vergüenzas como nación. Gobernantes sabios hicieron de este un país bello a lo largo de los siglos: califas sabios de califatos opulentos nos regalaron mezquitas, flotas de indias levantaron catedrales de locura al lado de minaretes de orfebre, los mejores emperadores de Roma salieron de aquí y hasta el cielo nos regaló el mejor de los climas. ¿Quién no querría venir a España?

Desde hace 40 años vivimos de lo que nos regaló la providencia y gobernantes antiguos y sabios, pero, ¿Qué hemos hecho nosotros?

No me lo tomen a mal, no se enfaden conmigo, hemos hecho de la restauración y de la hostelería un arte pero yo, al menos, no quiero para las siguientes generaciones un futuro de camareros y restauradores siempre al albur de un cambio de modas, de clima o de una pandemia, como ahora.

Quiero un país en la primera linea de la última frontera de la ciencia y la tecnología, un país en el que las próximas generaciones puedan ganarse el futuro por sí mismas y que no dependan de esas cosas que o nos regaló la naturaleza o construyeron antepasados nuestros, al parecer mucho mejores que nosotros.

Saldremos de esta y habremos de repensar muchas cosas; mientras tanto no se conformen y sueñen, es una buena ocasión para ello.