Cuando callar es la mejor opción

Cuando callar es la mejor opción

Todos creemos tener una opinión valiosa sobre cualquier asunto y nos sentimos empujados a opinar sobre cualquier tema para regocijo de los propietarios de las redes sociales.

Pero hay temas, como «el tema» de los últimos días, en los que hay pocas conclusiones claras si es que hay alguna, e incluso menos personas con los conocimientos necesarios del caso como para proporcionarlas. En esos casos callar es una opción legítima y yo diría que, más que legítima, es conveniente.

¿Quién sabe lo que pasó?

Primero llegó la noticia de un hecho del que ninguno de nosotros fue testigo directo sino mediato y vino la primera oleada de tuits, chistes, memes y fakes; luego las reacciones de quienes presenciaron el hecho en directo en la sala, y vino una nueva catarata de reacciones en redes, màs adelante vinieron las columnas de opinión de distinto sesgo y la subsiguiente oleada de reacciones.

El ruido mediático está siendo enorme y les aseguro que ni los canales de TV ni las plataformas de streaming tratan de dar una información que se limite a investigar o narrar la verdad de lo sucedido pues, estos medios, no son empresas que busquen la verdad, sino la audiencia. Les aseguro que sus accionistas no se sentirán orgullosos si su empresa alcanza la verdad pero celebrarán indisimuladamente haber conseguido la mayor audiencia.

Hay opiniones que aportan datos y conocimientos y hay otras que sólo son eso, opiniones, chistes o memes. Estas últimas están bien y hasta son divertidas en redes como Facebook o Twitter (todos tenemos derecho a divertirnos) pero son problemáticas en otras redes, sobre todo las que pretenden ser fuentes de noticias.

En los manuales de educación de los hijos e hijas en el antiguo Egipto faraónico se hacía especial hincapié en el silencio y la escucha. Si algo caracterizaba al egipcio del año 2000 AEC era ser un sujeto silencioso y escuchador. Las llamadas «Instrucciones de Ptahhotep» enseñaban a los egipcios a escuchar mucho y hablar poco: «escucha hasta a los tontos, porque solo el que escucha aprende». Sospecho que nuestras plataformas de noticias y sus mesas de redacción no han leído a Ptahhotep y por eso siguen produciendo ruido sedicentemente informativo en el que no se contiene más información que una parte sesgada de la ya dada y que no tiene más intención que la de hacer caja.

Por otro lado está la gente común que si, como Ptahhotep, quiere escuchar diligentemente a todos no dudo que a estas alturas estará aturdida por el ruido porque las opiniones sin sustancia han acallado a nadie que tenga un dato serio que aportar.

No es necesario opinar sobre todo lo que suceda, sobre todo si eres una pretendida plataforma de noticias, pues para eso ya estamos nosotros los consumidores a quienes las redes sociales se encargan de podar sus opiniones de oyentes o lectores.

Por mi parte creo que hay casos donde el silencio es la mejor opción para no contribuir al ruido y dejar que a quienes, como Ptahhotep, escuchan a todos, les lleguen las opiniones relevantes y no solo el ruido.

Y yo, por mi parte, en este caso he decidido no seguir las enseñanzas de Ptahhotep: por lo que respecta a este asunto decidí mantener silencio y además no leer ni escuchar nada sobre un tema en el fondo irrelevante.

Y aún y así me ha llegado el ruido. Eso sí es interesante.

Personbytes

Medimos la capacidad de almacenamiento de información de nuestros equipos informáticos en bytes, kilobytes, megabytes… y así hasta jotabytes. Podemos señalar con toda precisión cuánta información es capaz de almacenar una máquina pero… ¿somos capaces de medir cuánta información es capaz de almacenar un ser humano?

Esta pregunta no es una pura curiosidad o divertimento pues en su base está la explicación de muchos fenómenos humanos y sociales. Permítanme que les ponga un ejemplo.

En estos tiempos en Cartagena se están construyendo unos nuevos submarinos que incorporan las más avanzadas tecnologías y en su construcción se están empleando miles de personas. Los conocimientos de una sola persona no son bastantes para construir un submarino; una persona apenas si quizá domine la compleja técnica de pulir una de las lentes del periscopio del submarino, otra quizá sepa llevar a cabo la complejísima soldadura de dos planchas de metal que deben no sólo ser estancas, sino soportar una tremenda presión cuando el submarino esté en inmersión; otra quizá sea capaz de ajustar el giróscopo de un torpedo y otra quizá sea capaz de diseñar una batería eléctrica pero no sabrá construirla y así se van necesitando ingenieros de múltiples ramas, físicos especialistas en diversas materias, programadores, expertos en electrónica…

Para construir un submarino se precisan los conocimientos de miles de personas, en cambio, por ejemplo, para dar forma a una vasija en un torno de alfarero y luego cocerla en el horno apenas si hace falta el conocimiento de una sola.

Permítanme que a todo ese conjunto de conocimientos que una persona es capaz de acumular le llamemos «personbyte» y que, con esta medida, calculemos la dimensión de las empresas que nuestra sociedad puede enfrentar.

Es evidente que el tamaño de estas empresas vendrá determinado por la cantidad de «personbytes» necesarios para cumplir sus objetivos; la cantidad de «personbytes» necesarios para construir un helicóptero, por ejemplo, o lanzar al espacio un satélite no será la misma que para montar un negocio de hostelería y es evidente que aquellas sociedades que cuenten con un mayor número de «personbytes» serán capaces de llevar adelante las mayores y mejores empresas. Es por eso que, sabiendo la cantidad y calidad de «personbytes» que hay en una sociedad determinada, podemos determinar en qué campos es fuerte esa misma sociedad y dónde debe buscar sus mejores objetivos de futuro.

Pero ¿cómo medimos la cantidad y calidad de «personbytes» que hay en cada sociedad dada?

El Instituto Tecnológico de Masachussets ha llevado adelante algunos interesantes experimentos en este campo y, de entre todos ellos, me van a permitir que les cite uno en concreto: el Observatorio de la Complejidad Económica (OEC), un lugar donde se analizan los datos económicos de los diversos países y donde podemos encontrar interesantes datos. Por ejemplo, ¿se ha planteado usted alguna vez en qué somos buenos los españoles?

Una buena forma de saber en qué somos buenos los españoles es consultando nuestra cifra de exportaciones; aquello que vendemos al extranjero, sin duda, es algo que nosotros somos capaces de producir mejor y más barato que los demás y, por tanto, es un buen índice acerca de en qué es buena la población española y para qué están preparados sus habitantes. Echemos pues un vistazo a lo que exportamos los españoles en este link y, en especial, fijémonos en este diagrama que la página construye automáticamente

Figura 1

Quizá alguien se sorprenda: los españoles exportamos, antes que nada, coches y piezas de coches.

Si lo piensa usted no es tan raro, aquí están las factorías de FASA-Renault, SEAT, Ford, Citroën, Volkswagen… en realidad casi todas. Somos el segundo productor de coches de Europa tan sólo por detrás de Alemania. Y sí, se que usted me dirá que los producimos bajo licencia extranjera, pero, en lo que a «personbytes» respecta, España es el país donde hay una mayor cantidad de obreros especializados en la construcción de coches así como de empresas auxiliares. Si una empresa decide instalar una fábrica de coches en Europa tenga usted por cierto que España será una buena candidata para su instalación.

Este análisis que hago de España puede usted, si lo desea, hacerlo de su ciudad o de su comunidad autónoma y tratar así de determinar en qué sectores deben buscar estas su futuro.

A día de hoy la información, el conocimiento, los «personbytes» son la mayor riqueza de una comunidad: de poco sirve ser especialmente ricos en materias primas si no sabemos transformarlas; no es el aluminio o el litio los que son valiosos por sí mismos sino que son los ingenieros y los obreros que saben construir aviones o teléfonos móviles los que los hacen valiosos. Recuérdelo y mucho más ahora que vivimos en la sociedad de la información: la materia nunca es tan importante como la información, más rico que el país que posee materias primas es el que tiene muchos «personbytes».

Haga usted el ejercicio que sugiero con su comunidad. Yo, si me lo permiten, lo haré con mi ciudad pero eso será objeto de un video.

De testículos y testigos

Que en catalán y gallego se llamen «testimoni» o «testemunha» debiera sugerirnos que el castellano «testigo» es una palabra de formación un tanto extraña.

Corre por ahí la versión de que la palabra testigo deriva de testículo y se adorna el meme haciendo jurar a los romanos metiendo mano a la entrepierna propia y haciéndoles jurar, en lugar de «por Júpiter», por la mercancía propia de la recova.

El latín nos juega malas pasadas y no sólo a los juristas sino a los más finos teólogos; que manzana en latín se dijese «malum» y que en el paraíso terrenal Adán y Eva hiciesen algo «malo» acabó convirtiendo a la manzana en el fruto prohibido cuando, en realidad, nada dice el Génesis sobre el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal.

Mucho más divertida era aquella vieja frase en latín que decía «Mater tua mala burra est» y que dio lugar a no pocas risas al traducirla cuando en España aún estudiábamos latín los de ciencias.

No, testigo, en castellano, no viene de testículo ni los romanos juraban agarrándose los «adminicula procreatoria» sino que, como en catalán y gallego, testigo viene de la misma raíz que el latino e indoeuropeo número tres. En principio «tristis» y por metátesis «terstis» acabó generando «testis».

Que un testigo es un «tercero» en el juicio es algo que aún trata de dejar claro nuestra ley procesal en las «generales de la ley».

De la misma familia que testigo es la palabra «testamento» y por más que le echemos huevos a la cosa no parece sencillo imaginar al testador agarrándose nada mientras dicta o escribe sus últimas voluntades «in articulo mortis». Alguno habrá habido, no lo discuto —hay gente pa tó y los del género masculino somos capaces de las tonterías más notables con el objeto de este post— pero no me negarán que se ve raro.

En fin, que me dejo de etimologías, no se dejen embaucar por la primera explicación etimológica que vean… O mejor sí, igual es falsa pero, como en este caso, más delirante y divertida.

Hay por internet divertidas ilustraciones del meme testicular, ustedes sabrán disculparme si no se las pongo aquí.

Los abogados y el arte de olvidar

Los abogados y el arte de olvidar

La moral humana es una moral de 150 metros. No soportamos que nadie maltrate a un animal en nuestra cercanía pero la muerte de hambre de niños en África no jos causa mayor pena. Las ONG lo saben y por eso traen sus fotos ante nosotros para acortar la distancia que nos separa de ellos.

Y no, no es que el ser humano sea un ser abyecto, es, simplemente, que la naturaleza le hizo así. Nadie está capacitado para soportar todo el dolor del mundo y es por eso que la evolución solo nos hizo solidarios con el prójimo (el próximo).

Y dicho esto corto, cambio y me recuerdo que hoy es viernes, día de echar la persiana a las preocupaciones y practicar el dificilísimo arte de olvidar.

Somos animales de cercanía y no estamos capacitados para soportar todo el mal del mundo, el hambre de África, los muertos en Ucrania, las vejaciones a mujeres en países radicales… Nuestras espaldas son demasiado débiles como para soportar todo eso y es por esa razón que la naturaleza apenas si nos equipó para indignarnos por las injusticias y por la violencia cercanas.

Ser abogado es llevar contigo miles de injusticias, es dormir con demasiada gente si no eres capaz de practicar el difícil arte de olvidar y recordar a horas fijas.

Hoy es viernes, toca sacar de la cabeza todas las injusticias y concentrarte en el trocito de vida que queda para ti. Saborear un guiso de fideos con costillejas y vino de Valdepeñas es mucho más que una forma de alimentarse, es también una forma de reencontrarte y cocentrarte en tu vida y no en la ajena.

#food #fideos #guiso #foodlovers #winelovets

La moral y el amor por uno mismo

Hace un par de días escribí en una red social (Facebook) unos parrafitos a propósito de ciertas prácticas de eso que llaman «coaching» y que decían, más o menos, lo que sigue:

«Veo en youtube a unos «coachers» de autoayuda con un grupo de personas gritando «yo me quiero mucho».

Y yo veo bien eso de autoayudarse y quererse y decírselo a uno mismo, pero…

A mí me criaron en una moral donde pensar en uno mismo antes que en los demás estaba prohibido. Si enumerabas los asistentes a un suceso no podías citarte en primer lugar, tu madre te enseñaba que era norma de educación citarte tú a ti mismo en último lugar. Si alardeabas de algo tu madre volvía a enseñarte que eran los demás quienes tenían que hablar bien de ti, no tú de ti mismo.

El caso es que yo no aprendí a gritar eso de «yo me quiero mucho» porque lo que me enseñaron es que yo a quien debía querer es a los demás.

Ahora no sé si necesito a «coachers» de autoayuda porque quizá, todos esos que no hemos aprendido a querernos a nosotros, no encontraremos a quien nos quiera entre todos esos que se quieren a sí mismos.

En fin, yo creo que en lo que me enseñó mi madre hay más verdad que lo en que enseñan los coachers; o igual es que, al menos, estoy más acostumbrado.»

El parrafito despertó el interés de muchos seguidores que, en general, lo aprobaron; sin embargo no faltaron lo que, con toda delicadeza, hicieron notar su desacuerdo. Algunos señalaron que eso de «quererse a uno mismo» era mucho más profundo de lo que yo sostenía al tiempo que incluso un viejo seguidor, aclarando previamente que él no era cristiano, citó la famosa perícopa del evangelio de Marcos en que Jesús es preguntado acerca de los dos principales mandamientos y el responde, como bueno judío, con el «Shemá Israel» (amarás a Dios sobre todas las cosas) para añadir a continuación lo de «y al prójimo como a ti mismo».

Mi interlocutor señalaba que malamente se podrá querer bien al prójimo «como a uno mismo» si uno mismo no se quiere y que, por tanto, tan importante como querer bien al prójimo era quererse uno. Todo el razonamiento es impecable dentro del relativismo de la llamada «regla de oro» (¿Qué pasaría si nos queremos a latigazos porque somos masoquistas? ¿Querer al prójimo como a nosotros mismos nos autorizaría a flagelarlo?) y fue condensado por Confucio cuando fue preguntado sobre cuál consideraba él la regla primera y resumen de toda la moral.

«Reciprocidad», dicen que respondió Confucio resumiendo en esta palabra la esencia del comportamiento moral humano.

Sin embargo, a poco que leamos los tratados morales o las doctrinas religiosas de las más diversas escuelas veremos que, en sus enseñanzas morales, más que centrarse en el amor a uno mismo donde insisten especialmente es en el amor a los demás y esto se comprende fácilmente a poco que se atienda al carácter esencialmente práctico de las enseñanzas morales de las religiones.

Si nos fijamos, en el pasaje del evangelio de Marcos que citó mi muy ateo amigo, Jesucristo da por supuesto que no ha de enseñar a nadie a quererse a sí mismo, que eso ya ocurre naturalmente sin que nadie lo enseñe y que —si Jesucristo hubiese sabido lo que son los genes— podría haber afirmado que estaba escrito en ellos; y es verdad.

Todos los seres vivos tienen un instinto básico y esencial que les lleva a defender su vida antes que la ajena y a buscar su reproducción antes que la ajena. No es preciso ser Darwin para entender que, si un ser no defiende su vida y su reproducción con preferencia a otros, se extingue y es por eso que el primer instinto de que la naturaleza dota a cualquier entidad viviente es el instinto de conservación.

Esto es así en todos los seres vivos pero hay una clase especial de ellos, los animales que cooperan, que viven en grupos, que a ese instinto de conservación básico han de añadir un complejo equipamiento de instintos que les permita vivir en grupo. Vivir en grupo no es tarea sencilla, cooperar no es tampoco tarea sencilla y, para que sea posible, la naturaleza dota a este tipo de especies de instintos que permitan esta compleja forma de vida; entre ellos y sin ánimo de ser exahustivos podemos citar:

—La empatía
—La gratitud
—La reciprocidad
—La venganza
—El perdón
—El orgullo… Etc.

No tomen esta lista como una clasificación científica, es solo una enumeración descuidada y pueden considerarse la venganza o el orgullo como facetas de la reciprocidad, etc. De momento mi único interés es señalar que la naturaleza nos dota de instintos que nos permiten vivir eficazmente en sociedad.

Es obvio que en las sociedades humanas la complejidad de estos instintos es infinitamente superior a la que se da en una colonia de bacterias pero, si observamos a especies más cercanas a nosotros como chimpancés o bonobos observaremos en ellos instintos que, muy a menudo, nosotros consideramos exclusivamente humanos.

Por no hacer largo el post déjenme que les hable de la venganza y el perdón.

Con la venganza y el perdón ocurre en las religiones algo muy parecido a lo que ocurre con el amor a uno mismo y el amor al prójimo.

Del mismo modo que ninguna religión predica el amor a uno mismo ninguna religión predica la venganza; del mismo modo que todas las religiones predican el amor al prójimo todas las religiones predican el perdón.

¿Por qué?

Porque, simplemente, al igual que le ocurre a Jesucristo en la perícopa de los mandamientos de Marcos, el amor a uno mismo y el deseo de venganza se dan por supuestos. Que los seres humanos se quieren a sí mismos es para ellas obvio y que si tratas de maltratar a un ser humano este procurará defenderse del mal devolviéndote el mismo mal o aún mayor, es también evidente.

A las religiones y sistemas morales, a primera vista les parece innecesario predicar el amor propio y la venganza, si acaso te darán normas para quererte en la forma que ellos estiman correcta y si acaso limitarán tus deseos de venganza como máximo a devolver el mismo mal que se te ha inferido.

Donde las religiones y sistemas morales ponen toda la carne en el asador es en el amor al prójimo y en el perdón.

El perdón es tan natural como el deseo de venganza; cuando después de la ofensa comienza a pasar el tiempo el perdón comienza a hacer su aparición. Si pasa el tiempo suficiente el individuo agraviado pensará que no tiene sentido vengarse, que si ahora va a sacar el ojo que perdió a su agresor esto puede traerle nuevos problemas y el deseo de venganza en el ser humano se va extinguiendo de forma proporcional al transcurso del tiempo. Es verdad que hay seres humanos que dicen no perdonar «nunca» pero eso, en la mayoría de los casos, no es más que una estrategia conocida en el entorno de la teoría de juegos de Axelrod como una estrategia de «etiquetas» o si, tal estrategia es sincera y el individuo es incapaz de personal, podremos concluir que nos hallamos ante una personalidad patológica.

Así pues, lo que hacen las religiones no es fomentar el perdón contraintuitivamente, sino favorecer, catalizar un instinto que acabará apareciendo para que lo haga lo antes posible. Esto es bueno para los dos individuos, para la sociedad y para la vida en común. No hay nada milagroso en perdonar o querer al enemigo, ese mandamiento ya aparece en el 3000 AEC en sumeria y puede encontrarse en casi cualquier religión. El mandamiento «nuevo», pues, no es tan nuevo sino tan viejo como la regla de oro que Jesús cita al responder a la pregunta de cuáles son los principales mandamientos.

Así pues nuestras madres, desde que comienzan a educar a sus hijos, saben de sobra que no necesitan enseñarles a querer quedarse con el juguete o a anteponer su propio interés al de su hermano, esto ya lo hacen ellos espontáneamente y bastante trabajo han tenido las madres de la historia repartiendo a sus hijos estopa educativa para que aprendan a compartir los juguetes con su hermana o a no quitarle el postre a su hermano.

Que los seres humanos, como cualquier otro animal, se quieren —o al menos tratan de ser los primeros en satisfacer sus necesidades básicas— es algo que no es preciso enseñar pero, claro, al margen de esta satisfacción de las necesidades primarias ¿Hay alguna forma mejor que otra de querernos a nosotros mismos?

Epicúreos, estóicos, budistas, musulmanes, hindúes, cristianos, judíos, zoroastristas… Todos tienen sus reglas al respecto (sorprendentemente parecidas en muchos casos) pero de eso creo que me ocuparé en otro post, esta ya viene siendo un ladrillo de bastante grosor.

Justicia y vergüenza

Cuentan las viejas historias que los dioses dotaron a cada animal de una facultad con la que perpetuar su especie; a unos los hizo fuertes, a los menos fuertes los hizo más rápidos, a otros les protegieron con espinas y corazas y a otros les dieron alas. Unos comerían vegetales y otros frutas y aún otros comerían a otros animales, pero estos se reproducirían menos que los comidos de forma que todo el reino animal permaneciera en equilibrio.

Pero, cuando lo repartieron todo, se dieron cuenta que al hombre, un animal débil y sin garras, no le habían dado nada.

Viendo al hombre tan débil Prometeo robó el fuego del cielo y se lo entregó al hombre pero, aún así, la especie humana seguía siendo débil de forma que Zeus pensó que lo mejor que podía hacer era hacerles vivir en sociedad, pero, careciendo de las habilidades necesarias para vivir en sociedad, en cuanto vivían juntos se injuriaban y la vida en común era imposible.

Fue entonces cuando el dios Hermes les dió las dos herramientas sobre las que podrían fundar la vida en sociedad: la justicia y la vergüenza.

Cuando leo el pasaje del diálogo platónico «Protágoras» donde se contiene esta historia tengo la tendencia de echarme a temblar y temo por este mi país; un país donde hemos hecho de la justicia un trampantojo y donde la vergüenza, al menos en nuestra clase política, parece escasear tanto como la paz en Ucrania estos días.

Justicia y vergüenza. Tengo para mí que los dioses griegos sabían muy bien lo que necesitaban los hombres para vivir en sociedad.

Les dejo con el fragmento de «Protágoras» donde se cuenta esto:

«Buscaron [los hombres] la forma de reunirse y salvarse construyendo ciudades, pero, una vez reunidos, se ultrajaban entre sí por no poseer el arte de la política, de modo que, al dispersarse de nuevo, perecían. Entonces Zeus, temiendo que nuestra especie quedase exterminada por completo, envió a Hermes para que llevase a los hombres la vergüenza y la justicia, a fin de que rigiesen las ciudades la armonía y los lazos comunes de amistad. Preguntó, entonces, Hermes a Zeus la forma de repartir la justicia y la vergüenza entre los hombres:

—¿Las distribuyo como fueron distribuidas las demás artes? Pues éstas fueron distribuidas así: Con un solo hombre que posea el arte de la medicina, basta para tratar a muchos, legos en la materia; y lo mismo ocurre con los demás profesionales. ¿Reparto así la justicia y el pudor entre los hombres, o bien las distribuyo entre todos?

—Entre todos, respondió Zeus; y que todos participen de ellas; porque si participan de ellas sólo unos pocos, como ocurre con las demás artes, jamás habrá ciudades. Además, establecerás en mi nombre esta ley: Que todo aquél que sea incapaz de participar de la vergüenza y de la justicia sea eliminado, como una peste, de la ciudad.»

Amén.

Sin razón suficiente

Ayer fijé mi posición respecto de la Guerra de Ucrania partiendo de la base de que los invasores habían atacado a Ucrania sin «razón suficiente» y lo escribí así por unas cuantas —creo que buenas— razones.

Sólo en el cine y en las ingenuas películas americanas es simple y sencillo distinguir los buenos de los malos. En la vida real ningún «malo» es totalmente malo ni ningún «bueno» es totalmente bueno. El problema del ser humano no es elegir entre el bien y el mal pues el 99% de nosotros elegiríamos el bien, el problema es que no siempre es fácil distinguirlos y esto pasa en la guerra de Ucrania.

Ya sea como justificación o como coartada el líder invasor ha esgrimido varios argumentos y conviene repasarlos sin despreciarlos de antemano. Veámoslos.

El primero de sus argumentos es el de la seguridad. Si Ucrania entra en la OTAN su país puede que haya de hacer frente a bases militares demasiado cercanas y esto le parece intolerable.

Sé que muchos me dirán que Ucrania es un país independiente y que puede hacer lo que quiera y quizá tengan razón pero, por lo que valga, les ruego que vuelvan la mirada 60 años atrás, concretamente al año 1962.

En ese año, justo al lado de los Estados Unidos, un país caribeño —Cuba— se alineó fuertemente con la Unión Soviética. El gobierno de Fidel Castro había sufrido el año anterior un intento de invasión por parte de insurgentes cubanos que estaba apoyado desde la sombra por los Estados Unidos; fue el intento de desembarco en Bahía de Cochinos.

El régimen de Castro buscó en la cercanía a la Unión Soviética la protección que necesitaba y en 1962 esta relación puso al mundo al borde del holocausto nuclear.

La Unión Soviética, aprovechando que Cuba era un estado soberano como ahora lo es Ucrania, envió rampas de lanzamiento de missiles nucleares a Cuba. Los aviones espía americanos las detectaron y para cuando lanzaron un ultimátum diciendo que no tolerarían la presencia de armas nucleares en Cuba, los barcos soviéticos que transportaban las armas ya navegaban rumbo al Caribe.

Estados Unidos puso a su flota en situación de interceptarlos, Kruschev ordenó a los suyos seguir y ambos países pusieron sus arsenales atómicos en estado de alerta máxima. El mundo se enfrentó a la destrucción total.

Finalmente los barcos dieron la vuelta y hoy seguimos aquí. Cuba no volvió a sufrir un intento de invasión —aunque sí un bloqueo económico— y la Unión Soviética no volvió a intentar instalar misiles allí.

Supongo que captan el parecido.

Sesenta años después es el líder invasor quien reclamó que Ucrania no formase parte de la alianza militar adversaria por parecidas razones a las esgrimidas por Estados Unidos. Ciertamente hay diferencias pero el punto de partida es el mismo.

El segundo de los argumentos del líder invasor es el maltrato de la mayoría rusa en dos regiones de Ucrania. No voy a analizar aquí si el maltrato existe o ha existido, por razones puramente dialécticas admitiré que existe y, admitido esto, les pediré que vuelvan la mirada hasta 1918 y observen la situación de la entonces recién creada Checoslovaquia, un país entonces joven que, como hoy Ucrania, había sido creado conteniendo minorías étnicas en su interior.

Desde la creación de Checoslovaquia en 1918, se creó la expresión alemana «Sudeten» (Los Sudetes) para designar a la minoría germanófona que habitaba Moravia y, sobre todo, la frontera de Bohemia con la Silesia alemana, Sajonia y Baviera. Dicha minoría, que representaba más del 30 % de la población total de estos territorios (de una población total de unos 3,5 millones de habitantes) conservaba la cultura y las tradiciones alemanas. Eran descendientes de colonos alemanes invitados por los reyes de Bohemia a poblar la región a partir del siglo XIII.

El líder de la Alemania vecina exigió el respeto a esas minorías y los países europeos se mostraron dubitativos. El líder alemán, como en nuestros días el líder invasor, decidió intervenir, pero su acción no se limitó a los sudetes sino que finalmente acabó ocupando Checoslovaquia entera del mismo modo que hoy, la queja del invasor sobre las regiones de mayoría rusa no ha dado lugar a una intervención circunscrita a ellas, sino que ha abarcado a la totalidad de la nación Ucraniana, como hace cien años ocurrió en Checoslovaquia.

Muchas más razones se pueden aducir por el bando invasor: que el gobierno de Ucrania es corrupto, nazi, dictatorial, títere de Europa o de los Estados Unidos… Todo puede decirse, sí, pero ni estas ni las anteriores razones justifican una invasión.

Para quien defiende un rotundo no a la guerra ninguna de las razones anteriores justifican, no son razón suficiente, para un ataque como el realizado por el líder del bando invasor.

No, no hay bien químicamente puro ni mal quintaesenciado en las relaciones humanas; no hay ángeles ni demonios, pero sí podemos formarnos un juicio sobre las cosas más o menos aproximado.

Y si tienen dudas pueden preguntarse dos cosas: ¿Podría usted expresar una opinión contraria a la guerra en el país del líder invasor? ¿Por qué se condena a 15 años de cárcel a alguien que, como yo, publique que no hay razones suficientes? Y en segundo lugar, ¿qué puede pasar si el agresor ceja en su agresión? ¿Qué mal le parará? ¿Por qué mantiene la agresión incluso cuando ya ha ocupado las dos regiones en conflicto?

No, no existe el bien ni el mal puros, de hecho todos tienen su cuota de culpa en la mayoría de los casos pero las razones esgrimidas por quien ha decidido la agresión, aunque puedan ser ciertas, son a todas luces insuficientes.

Si se está en contra de la guerra las agresiones no pueden justificarse.

Y con esto cierro mi capítulo sobre Ucrania. Ojalá las muertes y la guerra acaben esta misma noche.

Lo que yo pienso sobre la guerra en Ucrania

Supongo que si mantengo un blog personal debería expresar en él lo que pienso a día de hoy sobre la Guerra de Ucrania. No creo que esto interese a nadie pues toda la población tiene su opinión sobre el tema pero, escribiéndolo, dentro de unos años —si es que la humanidad y yo seguimos existiendo— podré leerlo y saber cuán equivocado estaba.

Comencemos.

Yo no soy un experto militar ni tengo fuentes de inteligencia distintas de las absolutamente nada fiables informaciones que llegan a través de los medios de comunicación, pero sí parto de una posición inicial: la agresión rusa a ucrania carece de justificación suficiente.

En un entorno donde la guerra total es inviable pues conduce a la destrucción mutua asegurada, una potencia nuclear ha agredido a un estado que carece de armas nucleares y cuyo arsenal es muy inferior al del agresor. La derrota militar del agredido, pues, parece clara a corto o medio plazo.

En ese contexto muchos países están enviando armas convencionales a los soldados ucranianos que han decidido luchar esta guerra perdida y España ha enviado dos aviones cargados básicamente de lanzagranadas RPG y ametralladoras ligeras.

Leo las opiniones que traen las redes sociales y, como casi siempre en España, las mismas suelen responder a la adscripción política de quien las emite, nada distinto de lo que ocurre en el parlamento de forma que trataré de huir de esas bases y expresar mi propia opinión.

Debo insistir en que mi planteamiento de partida es el de que la agresión rusa a ucrania carece de justificación suficiente y es a partir de ese criterio desde el que construyo mi opinión sobre el envío español de armas a Ucrania. Discúlpenme aquellos que creen que la agresión a Ucrania está justificada, sobre eso podemos dialogar otro día.

«Ríndanse para evitar mayor mortandad», «si se rienden redpetaremos sus vidas»… Estos suelen ser los mensajes de los ultimátums que, durante toda la historia, han enviado los sitiadores a los sitiados, los agresores a los agredidos y los que creen encontrarse en posición de ventaja al enemigo en desventaja que, aunque inferior, aún puede infligir daño.

Sí, este y no otro suele ser el mensaje del agresor para que los agredidos se rindan y no dificulten su agresión ni le causen bajas y, ese mismo mensaje, se puede emitir —y de hecho se ha emitido— de otras muchas formas: «si váis a perder ¿para qué queréis armas?», «prolongar la resistencia solo causará más muertos: negociad», «hay que trabajar por la paz, no por la guerra, dejad de combatir»… Todas estas formas de expresar la primera idea son sinónimas: ríndete y no te resistas. Nadie negocia cuando tiene una pistola apuntándole a la sién, cuando eso pasa nada hay ya que negociar y en las guerras pasa eso.

La naturaleza nos ha enseñado que para defenderse no es preciso ser el más fuerte y que los términos «victoria» o «derrota» son relativos. Un animal herbívoro, para defenderse, no necesita ser capaz de derrotar a un agresor en combate , para defenderse le basta con ser capaz de causar a su agresor heridas o un daño que este no pueda asumir. Una leona puede matar a casi cualquier herbívoro pero, si sufre una pequeña lesión que le dificulte la carrera en la caza siguiente o alguna herida de cuerno que la merme físicamente, su vida entera estará comprometida: ya no podrá cazar con eficacia y morirá. Por eso en la naturaleza las agresiones por la comida suelen ser desproporcionadas, la leona ataca sobre seguro salvo que el hambre la impela a realizar una imprudencia.

En la vergonzosa y animalesca esfera de las guerras humanas la situación es parecida y sobre todo en un contexto donde ya nadie puede usar la totalidad de la fuerza de que dispone porque asegura su propia destrucción. Así pues, en este contexto, ¿de qué sirven dos semanas más de resistencia en Ucrania?

A mi juicio de mucho.

En primer lugar y aunque es casi impensable, este tiempo podría dar margen a que la oposición interna rusa pudiese estructurarse; sí, ya sé que es casi imposible, pero al dirigente que ha ordenado la agresión y a su círculo ese «casi» les preocupa y preferirían no sentirse amenazado por él. Si las posibilidades aumentan reconsiderarán la agresión y buscarán la forma de ponerle punto final.

En segundo lugar permite que las sanciones económicas occidentales se dejen sentir y muchos oligarcas rusos teman por su riqueza. El poder del líder agresor se apoya en dos puntales: una indudable popularidad por un lado y el apoyo de un importante  grupo de oligarcas, pero en estos, a diferencia del pueblo, la víscera más sensible de su anatomía es la cartera y prefieren mil veces una patada en el hígado antes que un golpe en sus cuentas corrientes. Si la política del líder ruso amenaza a la riqueza de este grupo de oligarcas, la posibilidad de que el líder ruso caiga para que no caiga la riqueza de estos nuevos boyardos aumenta exponencialmente; y el líder lo sabe.

Sin duda algo de revuelo contra la guerra en las calles ayudaría a este golpe palaciego y es precisamente por eso por lo que el líder agresor está implementando leyes que manden a la cárcel a cualquiera que discuta su decisión. La dureza de las leyes miden el nivel de su miedo.

En tercer lugar, y más importante, las guerras no se pierden o se ganan hasta que todos los agredidos pierden la voluntad de combatir y se rinden y esa lección —que ningún poderoso parece entender— la aprendió Napoleón en España, Nixon en Vietnam y la Unión Soviética y Estados Unidos en Afghanistán. La guerra la pierde quien pierde la voluntad de combatir y eso suele ocurrirle a la población del bando agresor cuando empieza a experimentar sufrimiento a causa de un conflicto al que no encuentra sentido. Los soldados americanos muertos volviendo en bolsas de Vietnam a causa de una guerra que nadie entendía («ningún vietnamita me ha hecho nada malo» dijo Muhammad Ali cuando fue llamado a filas) provocaron que el pueblo americano exigiese la salida de Vietnam y lo mismo ocurrió a la Unión Soviética y después a Estados Unidos en Afghanistán.

El ejército regular ucraniano será con toda posibilidad derrotado pero, aunque esto sea así, la guerra de Ucrania no acabará ahí si los habitantes de Ucrania deciden seguir peleando aunque sea en forma de ataques terroristas o en guerrillas sean estas de la naturaleza que sean.

En ese sentido —debo decirlo— las armas mandadas por España a Ucrania son especialmente adecuadas. Un lanzacohetes RPG es un arma portátil que puede ser manejada con toda facilidad por casi cualquier persona y con él, desde un adolescente a una abuela, pueden destruir desde tanques a helicópteros. El RPG ha sido casi un icono para las guerrillas del mundo: un pastor afghano o una adolescente ucraniana pueden destruir con él blindados de muchísimos cientos de miles de dólares. Este tipo de armas son muy aptas para atacar el principal objetivo estratégico en cualquier conflicto: la voluntad de seguir peleando en la población adversaria.

La guerra de Ucrania no acabará con la destrucción de su ejército regular —cosa altísimamente probable en las próximas semanas si no días— la guerra de Ucrania seguirá mientras queden ciudadanos en en ese país dispuestos a causar daño a los soldados agresores. Eso ha pasado en todos los países del mundo y hay abundante doctrina militar sobre esta forma de combate (incluso Mao escribió sobre el tema) y, conforme a esas doctrinas, las armas que ha enviado España no sólo son apropiadas para que las use un ejército regular, sino que son armas particularmente aptas para que las use una guerrilla o un grupo de personas decididas a no rendirse y eso, aunque resulte triste decirlo, imagino que está tras la elección del tipo de material enviado.

La guerra de Ucrania, como la de Vietnam o Afghanistán, la perderá el bando que antes pierda la voluntad de pelear y —por lo que veo hasta ahora— esa voluntad de continuar la lucha es clara en el bando ucraniano y mucho más que dudosa en el bando agresor (me resisto a llamar Rusia al bando agresor, Rusia es un grandísimo país lleno de hombres y mujeres buenas a quienes admiro) por lo que, a mi juicio, la ocupación efectiva de Ucrania a día de hoy es imposible para el agresor y, si lo hace, solo será a costa de un terrible número de bajas que la población rusa se ha mostrado incapaz de aceptar incluso en el caso de conflictos con países mucho menos armados que Ucrania como Afghanistán. Al igual que para la leona el precio de la «victoria» para los agresores será antes o después inasumible.

Seguramente el líder del bando agresor ya se ha dado cuenta de esto y está empezando a sentir, como la leona, que la caza no va bien, que es mucho más arriesgada y costosa de lo que pensaba y que a lo único que puede aspirar ya es a encontrar una buena forma de salir de este lío antes de resultar él mismo herido.

Y a eso, a encontrar una puerta de salida, aunque sus acciones sean moralmente incalificables, sí que creo que debiéramos ayudarle.

Siento si molesto a alguien. Creo que ucranianos y ucranianas tienen derecho a oponerse al agresor si así lo desean y que recomendarles que hagan lo contrario en nombre de la paz no es más que alinearse en favor del crimen de guerra y los intereses del agresor y creo que no deberíamos permitir, hasta donde la razón lo permita, que este sienta que puede agredir impunemente.

Para defenderse no es preciso que muera la leona, sólo es preciso que sepa que, si sigue atacando, puede sufrir un daño que no podrá asumir.

No es tanto por Ucrania como por la seguridad de todos. Si hoy Ucrania se rinde «por la paz» mañana no quedará en el mundo otra razón que la fuerza. Cuando el delincuente apunte con su arma a la víctima, en lugar de decirle el clásico «la bolsa o la vida» podrá decirle: «déme todo lo que tenga en nombre de la paz».

Y siento si molesto a alguien, créanme, en este punto, más que en ningún otro, estoy dispuesto a ser convencido de la validez o superioridad de cualquier otra opción.

Una vieja forma de entender el mundo

Conversaba ayer con mi amigo Juan sobre el mito de Adán y Eva y sobre la posibilidad de que el mismo ilustrase la dolorosa metamorfosis sufrida por el género humano en el neolítico, período en el que pasó de ser cazador-recolector a ser agricultor.

Los cambios sociales y jurídicos de ese período histórico aún se dejan sentir en nuestros días.

Nuestros antepasados cazadores recolectores no tenían (no tienen pues aún quedan tribus no contactadas) un concepto establecido de la propiedad de la tierra. ¿Imagina usted a un nómada que, de pronto, se encuentre con que alguien ha vallado una parcela y le prohíbe pasar por ella con su tribu y su ganado?

La guerra entre pastores y agricultores ha perdurado hasta la actualidad con los primeros exigiendo libertad de paso por el campo y los segundos negándose violentamente a ella. La Mesta en España puede ilustrar cómo el conflicto no es tan lejano y aún hoy, simbólicamente, los pastores pasean sus ovejas una vez al año por la Puerta de Alcalá en el corazón de Madrid.

La agricultura hizo de la propiedad de la tierra la principal fuente de riqueza. La necesidad de conseguirla y defenderla de otros grupos que la deseaban fueron haciendo aparecer los primeros estados en el llamado «creciente fértil» (nótese lo de fértil) y todo este proceso fue cambiando la percepción y entendimiento del mundo de los seres humanos.

Así aparecieron los estados que garantizaban la propiedad de las tierras de quienes pertenecían a ellos y surgieron también los ejércitos organizados, las guerras y los imperios. Muy probablemente Sargón de Akkad tiene el dudoso honor de ser el primero de una larga lista de sedicentes «emperadores» dedicados a conquistar nuevas tierras para sembrar y sojuzgar seres humanos que las cultiven. Para conseguir que todos los seres humanos subyugados formasen parte del imperio y fuesen también «nosotros» se les dieron unos dioses, unas leyes y una lengua que les permitiesen reconocerse como miembros de un único grupo y diesen consistencia social a los recién creados estados.

La vida del agricultor era bastante peor que la del cazador-recolector que, como Adán y Eva, para alimentarse simplemente se limitaba a coger las frutas que le ofrecía la naturaleza o a cazar algún animal. Los esqueletos de los cazadores-recolectores de la época nos muestran que su talla y condición física eran mucho mejores que la de los agricultores que poblaban las incipientes ciudades estado mesopotámicas; pero era evidente que poco podían hacer estas tribus frente a las hordas de agricultores organizados en ejércitos que estaban determinados a apropiarse de la tierra por la que, con anterioridad, vagaban libremente los cazadores-recolectores.

La tierra era un jardín de dónde el ser humano cogía lo que necesitaba hasta que llegó la agricultura y el hombre hubo de ganarse el pan (precisamente el pan) con el «sudor de su frente»; es decir, trabajando.

También Cervantes evoca esta «Edad de Oro» en su famoso discurso a los cabreros cuando, por boca de Don Quijote, afirma que lo característico de esta feliz edad de oro es que no existían las palabras de «tuyo» y «mío» y el ser humano alcanzaba a obtener de la naturaleza todo lo necesario.

Sí, la agricultura nos trajo la extensión de las palabras de «tuyo» y «mío» y nos trajo la propiedad de la tierra, la división del trabajo, los estados con sus reyes, religiones, imperios y lenguas oficiales y nos trajo la hipertorfia del concepto del «ellos» y el «nosotros».

El primate humano había dado un salto de proporciones incalculables y de entonces a hoy los esquemas mentales adquiridos en ese momento han sido el más eficaz motor de las guerras.

Hoy, sin embargo, la humanidad se enfrenta a un cambio tan decisivo como el sufrido en el neolítico, un cambio que hace que nos replanteemos toda esa civilización y su tramoya de estados, religiones y patrias que nos legó el neolítico, del mismo modo que hará que repensemos los conceptos del «ellos» y el «nosotros» y el sentido de las palabras «tuyo» y «mío» para satisfacción del espíritu de Cervantes.

Hoy la propiedad de la tierra ya no es la principal fuente de riqueza. Multitud de españoles truenan por la devolución de Gibraltar y agitan todo el universo ideológico consustancial a tal reclamación territorial: leyes, derecho, honor, patrias, banderas, ellos y nosotros, nuestro o suyo. Sin embargo, esos españoles que truenan por recuperar unas pocas hectáreas de tierra rocosa, contemplan con indiferencia cómo las dos Castillas se despueblan y hablan con toda naturalidad de la «España vacía» como si las hectáreas de buena tierra de Castilla fuesen despreciables comparadas con la roca del peñón.

Hoy la tierra ya no es la principal fuente de riqueza, ahora es la tecnología y, en eso, el mundo ha cambiado; lo que no ha cambiado es la forma de entender el mundo del viejo primate humano: por un palmo de tierra se debe matar y morir; es ellos o nosotros.

A día de hoy la riqueza de las naciones ya no se centra en la agricultura ni en la extensión de tierras cultivables que se tengan y es por eso que la percepción del mundo y del cosmos de los seres humanos ha iniciado un lento proceso de cambio que, desgraciadamente, por lento es incapaz de seguir al acelerado proceso de cambio tecnológico que vivimos y si en un punto es posible apreciar este desajuste es en el campo de las armas, la guerra y las organizaciones humanas.

Hemos construido armas capaces de destruir todo vestigio de vida sobre la tierra, en cambio hemos sido incapaces de descubrir la forma en que todos los seres humanos puedan cooperar.

Disponemos de armas nucleares capaces de destruir el planeta pero aún no disponemos del equipamiento mental que nos haga comprender que ya no existe un «ellos» y un «nosotros», que si declaramos la guerra a alguien nos la estamos declarando a nosotros y que cualquier guerra no es homicida sino suicida.

El mono que llevamos dentro ha cambiado poco desde hace diez mil años y aún se mueve por instintos que, si tuvieron razón de ser hace cien siglos, hoy son suicidas.

La sensación estos días es de impotencia. Todos (con las terraplánicas excepciones de siempre) estamos contra la guerra, el problema es que no sabemos cómo enfrentarla porque los viejos sistemas ya no sirven. Si decidimos hacer frente con todas las consecuencias al chimpancé matón el riesgo de que destruyamos el planeta y todos acabemos muertos es muy alto. El problema es que sabemos cómo hacer la guerra pero no sabemos cómo evitarla, estamos equipados para pelear pero no disponemos de herramientas para la paz.

Enfrentamos el fracaso como especie si no abandonamos nuestra vieja visión del mundo, si no asumimos que en lo que a la humanidad se refiere ya no existe el «ellos» y que todos pertenecemos al mismo bando, que cuando entramos en guerra entramos en guerra contra nosotros y que cuando matamos a alguien estamos matando siempre a uno de los nuestros.

Hay toda una concepción del mundo que, tras diez mil años, ya no se sostiene y es nuestra urgente obligación cambiarla y sustituirla por otra que permita la continuidad del ser humano como especie.

Y yo ahora debería explicar cuál es esa nueva concepción pero, sobre resultar petulante si lo hiciera, alargaría este ya demasiado largo post.

Si a alguien le apetece leerla que me lo diga, las noches de insomnio dan tiempo a muchas cosas.

El mono suicida

Conversaba ayer con mi amigo Juan sobre el mito de Adán y Eva y sobre la posibilidad de que el mismo ilustrase la dolorosa metamorfosis sufrida por el género humano en el neolítico, período en el que pasó de ser cazador-recolector a ser agricultor.

Los cambios sociales y jurídicos de ese período histórico aún se dejan sentir en nuestros días.

Nuestros antepasados cazadores recolectores no tenían (no tienen pues aún quedan tribus no contactadas) un concepto establecido de la propiedad de la tierra. ¿Imagina usted a un nómada que, de pronto, se encuentre con que alguien ha vallado una parcela y le prohíbe pasar por ella con su tribu y su ganado?

La guerra entre pastores y agricultores ha perdurado hasta la actualidad con los primeros exigiendo libertad de paso por el campo y los segundos negándose violentamente a ella. La Mesta en España puede ilustrar cómo el conflicto no es tan lejano y aún hoy, simbólicamente, los pastores pasean sus ovejas una vez al año por la Puerta de Alcalá en el corazón de Madrid.

La agricultura hizo de la propiedad de la tierra la principal fuente de riqueza. La necesidad de conseguirla y defenderla de otros grupos que la deseaban fueron haciendo aparecer los primeros estados en el llamado «creciente fértil» (nótese lo de fértil) y todo este proceso fue cambiando la percepción y entendimiento del mundo de los seres humanos.

Así aparecieron los estados que garantizaban la propiedad de las tierras de quienes pertenecían a ellos y surgieron también los ejércitos organizados, las guerras y los imperios. Muy probablemente Sargón de Akkad tiene el dudoso honor de ser el primero de una larga lista de sedicentes «emperadores» dedicados a conquistar nuevas tierras para sembrar y sojuzgar seres humanos que las cultiven. Para conseguir que todos los seres humanos subyugados formasen parte del imperio y fuesen también «nosotros» se les dieron unos dioses, unas leyes y una lengua que les permitiesen reconocerse como miembros de un único grupo y diesen consistencia social a los recién creados estados.

La vida del agricultor era bastante peor que la del cazador-recolector que, como Adán y Eva, para alimentarse simplemente se limitaba a coger las frutas que le ofrecía la naturaleza o a cazar algún animal. Los esqueletos de los cazadores-recolectores de la época nos muestran que su talla y condición física eran mucho mejores que la de los agricultores que poblaban las incipientes ciudades estado mesopotámicas; pero era evidente que poco podían hacer estas tribus frente a las hordas de agricultores organizados en ejércitos que estaban determinados a apropiarse de la tierra por la que, con anterioridad, vagaban libremente los cazadores-recolectores.

La tierra era un jardín de dónde el ser humano cogía lo que necesitaba hasta que llegó la agricultura y el hombre hubo de ganarse el pan (precisamente el pan) con el «sudor de su frente»; es decir, trabajando.

También Cervantes evoca esta «Edad de Oro» en su famoso discurso a los cabreros cuando, por boca de Don Quijote, afirma que lo característico de esta feliz edad de oro es que no existían las palabras de «tuyo» y «mío» y el ser humano alcanzaba a obtener de la naturaleza todo lo necesario.

Sí, la agricultura nos trajo la extensión de las palabras de «tuyo» y «mío» y nos trajo la propiedad de la tierra, la división del trabajo, los estados con sus reyes, religiones, imperios y lenguas oficiales y nos trajo la hipertorfia del concepto del «ellos» y el «nosotros».

El primate humano había dado un salto de proporciones incalculables y de entonces a hoy los esquemas mentales adquiridos en ese momento han sido el más eficaz motor de las guerras.

Hoy, sin embargo, la humanidad se enfrenta a un cambio tan decisivo como el sufrido en el neolítico, un cambio que hace que nos replanteemos toda esa civilización y su tramoya de estados, religiones y patrias que nos legó el neolítico, del mismo modo que hará que repensemos los conceptos del «ellos» y el «nosotros» y el sentido de las palabras «tuyo» y «mío» para satisfacción del espíritu de Cervantes.

Hoy la propiedad de la tierra ya no es la principal fuente de riqueza. Multitud de españoles truenan por la devolución de Gibraltar y agitan todo el universo ideológico consustancial a tal reclamación territorial: leyes, derecho, honor, patrias, banderas, ellos y nosotros, nuestro o suyo. Sin embargo, esos españoles que truenan por recuperar unas pocas hectáreas de tierra rocosa, contemplan con indiferencia cómo las dos Castillas se despueblan y hablan con toda naturalidad de la «España vacía» como si las hectáreas de buena tierra de Castilla fuesen despreciables comparadas con la roca del peñón.

Hoy la tierra ya no es la principal fuente de riqueza, ahora es la tecnología y, en eso, el mundo ha cambiado; lo que no ha cambiado es la forma de entender el mundo del viejo primate humano: por un palmo de tierra se debe matar y morir; es ellos o nosotros.

A día de hoy la riqueza de las naciones ya no se centra en la agricultura ni en la extensión de tierras cultivables que se tengan y es por eso que la percepción del mundo y del cosmos de los seres humanos ha iniciado un lento proceso de cambio que, desgraciadamente, por lento es incapaz de seguir al acelerado proceso de cambio tecnológico que vivimos y si en un punto es posible apreciar este desajuste es en el campo de las armas, la guerra y las organizaciones humanas.

Hemos construido armas capaces de destruir todo vestigio de vida sobre la tierra, en cambio hemos sido incapaces de descubrir la forma en que todos los seres humanos puedan cooperar.

Disponemos de armas nucleares capaces de destruir el planeta pero aún no disponemos del equipamiento mental que nos haga comprender que ya no existe un «ellos» y un «nosotros», que si declaramos la guerra a alguien nos la estamos declarando a nosotros y que cualquier guerra no es homicida sino suicida.

El mono que llevamos dentro ha cambiado poco desde hace diez mil años y aún se mueve por instintos que, si tuvieron razón de ser hace cien siglos, hoy son suicidas.

La sensación estos días es de impotencia. Todos (con las terraplánicas excepciones de siempre) estamos contra la guerra, el problema es que no sabemos cómo enfrentarla porque los viejos sistemas ya no sirven. Si decidimos hacer frente con todas las consecuencias al chimpancé matón el riesgo de que destruyamos el planeta y todos acabemos muertos es muy alto. El problema es que sabemos cómo hacer la guerra pero no sabemos cómo evitarla, estamos equipados para pelear pero no disponemos de herramientas para la paz.

Enfrentamos el fracaso como especie si no abandonamos nuestra vieja visión del mundo, si no asumimos que en lo que a la humanidad se refiere ya no existe el «ellos» y que todos pertenecemos al mismo bando, que cuando entramos en guerra entramos en guerra contra nosotros y que cuando matamos a alguien estamos matando siempre a uno de los nuestros.

Hay toda una concepción del mundo que, tras diez mil años, ya no se sostiene y es nuestra urgente obligación cambiarla y sustituirla por otra que permita la continuidad del ser humano como especie.

Y yo ahora debería explicar cuál es esa nueva concepción pero, sobre resultar petulante si lo hiciera, alargaría este ya demasiado largo post.

Si a alguien le apetece leerla que me lo diga, las noches de insomnio dan tiempo a muchas cosas.