La catedral y la concatedral de esta diócesis

La catedral y la concatedral de esta diócesis

Uno de los dos edificios que ven estas fotos es una catedral, el otro es una concatedral.

Ayer, mientras tomaba fotos en la Plaza de Belluga de Murcia, recordaba la insistencia de mi amigo Juan Francisco López Sánchez (Cartagena 1961), quien siempre que hablo de la «Catedral de Murcia» me corrige y me dice «concatedral, que no catedral», y en abono de sus tesis me aporta documentación oficial tanto de la jerarquía eclesiástica como civil. Y sí, la Catedral de esta diócesis es el segundo edificio que ven: las ruinas de una iglesia bombardeada por la aviación franquista durante la guerra civil.

A mí, de todas maneras, la concatedral de Murcia siempre me ha impresionado y su imafronte me sume siempre en reflexiones sobre lo que fue, es, sea o deba ser, esta región.

Si observan ustedes los elementos decorativos de este imafronte verán que lo que él se muestran son motivos mayoritariamente de esta región pero todos ellos ajenos a la ciudad en que se exhiben: santos cartageneros (Isidoro, Leandro, Florentina, Fulgencio…), la Cruz de Caravaca…

Cartagena, Lorca, Cehegin, Jumilla… Las ciudades de esta región existen y han convivido desde la noche de los tiempos en este trozo de tierra al que Diocleciano llamó Distrito Carthaginense, pero Murcia, la actual capital, llegó tarde, pues llegó con los árabes de forma que, al no tener ningún pasado cristiano, echó mano de los del resto de la Región para decorar la «catedral» (mi amigo Juan Francisco notará las comillas) que hoy conocemos.

La Catedral, en cambio, construida con piedras del viejo teatro romano, sede metropolitana y muchos sostienen que primada de España (hay un documento falso de la época de Gundemaro que la traslada a Toledo) hoy yace en ruinas bombardeada durante la guerra civil por los aviones de quienes decían defender la fe.

¿Comprenden que me dé por pensar?

El canto postal del cisne

El canto postal del cisne

Dicen que el del cisne al morir es el canto más bello y, mientras esta tarde abría un sobre de correo postal que me llegaba de Donosti, esa idea me ha emoezado a rondar por la cabeza.

Entenderán ustedes que en estos tiempos uno ya no recibe más correo postal que los requerimientos del banco y que, recibir una carta de un ser humano, ya es algo extraordinario; pero mucho más lo es que, en ese sobre, vengan dos postales manuscritas de San Sebastián, una de las ciudades más bellas del mundo.

Manuscritas, sí, han leído ustedes bien.

En estos tiempos en que las postales han muerto a manos de Instagram y la caligrafía ha sido incinerada por la infame letra arial de microsoft, lo que he experimentado yo hoy, probablemente, sea el canto del cisne del correo postal.

Cuando mi amigo Joaquín ha visto lo que yo estaba leyendo me ha dicho:

—Léela despacio, probablemente será la última postal que recibas.

Y es probable que tenga razón, pero, si eso es así, esta será, como el último canto del cisne, la postal más bella.

Junto a la postal viene un CD con marchas y músicas de la tamborrada de San Sebastián que ahora, mientras escribo esto, estoy escuchando.

Pero de esas músicas y de los granaderos y cocineros de Donosti hablaremos otro día porque, esa, es otra historia y otro post.

Muchas gracias compañera, tu tinta huele a afecto.

El sintoísmo y el Ministerio de Justicia

Aproximadamente el 12% de las nuevas madres desarrollan una patología denominada «depresión postparto», cifra esta que sube al 17% si incluímos en la cuenta a aquellas mujeres cuya depresión comienza durante el embarazo.

Muchos padres también sufren de depresión tras el nacimiento de un hijo, si bien, los porcentajes de afectados son sensiblemente inferiores al de las mujeres: un 8%.

Tres son los factores que influyen especialmente en que las madres padezcan esta patología y son, el primero, la ansiedad sufrida durante el embarazo; el segundo la falta de apoyo social y el tercero es el estrés: una mujer estresada es especialmente proclive a padecer depresión postparto.

Los daños que causa la depresión postparto no se limitan a la salud de la madre sino que se extienden a la del hijo, provocando, a corto plazo, el deterioro del vínculo con los padres así como el aumento de los problemas de conducta, así como la reducción de las capacidades cognitivas a largo plazo.

Esta extensión de los efectos negativos de la depresión postparto de la madre al hijo puede tener efectos amplificadores pues, la madre, consciente del daño que puede causar a su hijo, a menudo se siente culpable de tal situación y cae en una depresión más profunda aún.

Un problema que afecta a casi una de cada cinco madres en mayor o menor grado no debiera ser tomado a la ligera y es por eso que, desde la más remota antigüedad, todas las culturas y civilizaciones han buscado, de un modo u otro, proteger a las nuevas madres de esta amenaza.

La protección de las nuevas madres incluso ha alcanzado la categoría de institución religiosa, como si protegerlas fuese una orden emanada desde lo más profundo de los cielos. Para el sintoismo, por ejemplo, ayudar a las madres en las semanas siguientes al parto evitándoles cualquier estrés y procurándoles toda la ayuda posible, era un ritual sagrado al que llamaban «zuo yue zi».

Hoy día el «zuo yue zi» es visto como un arma de doble filo pues, muchas mujeres, consideran que la observancia de ese período de descanso puede perjudicar su carrera profesional y esto hace que consideren tal ritual una especie de cárcel, pero, por otro lado, su eficacia como ritual previsor de la depresión postparto parece haber quedado demostrada a lo largo de los siglos.

Obviamente, pensarán mis lectoras, ese es un ritual del pasado… Y puede que tengan razón.

Porque en España, si algo no se les ahorra a las madres abogadas o procuradoras, es el estrés, la ansiedad y la falta de apoyo social; los tres grandes campeones de esta amenaza para su salud y la de sus hijos.

Estrés porque ni un solo plazo deja de correrles, ansiedad por la responsabilidad personal en que pueden incurrir y falta de apoyo social porque, resolución judicial tras resolución judicial, se les rechazan solicitudes básicas y de pura humanidad, viendo como la legislación procesal, en lugar de apoyarlas, trata minuciosamente de aumentar su ansiedad y su estrés.

Ciertamente el «zuo yue zi», el respeto sagrado a la madre que ha dado a luz, es algo anticuado, lo que no sé es si nuestra administración de justicia y nuestra legislación procesal no están miles de años más anticuados que esa vieja tradición, visto el trato salvaje e inhumano que deparan a personas que solo piden eso: ser tratadas como personas.

Hoy voy a echar un ratito con cargos del ministerio de justicia y espero poder hablarles, entre otras cosas, de esto. Quizá les convenza para que remedien de una vez esta salvaje forma de conducta aunque, vistos los años que lleva implantada sin que nadie la cambie, igual me es más fácil convencerles para que se conviertan al sintoismo.

La máquina de las emociones

Vivimos sólo una vez y nos esforzamos (al menos yo me esfuerzo) por vivir nuestra vida de forma auténtica, procurando hacer aquello que, con mayor o menor acierto, consideramos adecuado y tratando de no seguir acríticamente la verdad establecida o eso que se suele llamar las convenciones sociales. La idea es vivir con conciencia tu vida y no vivir vidas ya vividas por otros. Sin embargo es difícil, muy difícil.

El ser humano, en el fondo, es apenas un pequeño animalillo social, ve su vida dirigida por pulsiones a menudo muy superiores a sus propias fuerzas.

No necesito explicar lo que es el enamoramiento en la adolescencia porque todos ustedes lo conocen suficientemente, la emoción es tan fuerte que domina a las personas; pero no es sólo el amor, la naturaleza ha incrustado en nuestros genes emociones que se disparan en cuanto reciben el estímulo apropiado: el miedo, la ira, el instinto de protección de los hijos, la venganza, el orgullo. Todas las anteriores son emociones presentes, en mayor o menor medida, en todas las especies sociales y, en el caso del hombre, también.

No necesito contarles cómo la naturaleza se encarga de que los padres sientan por sus hijos un amor tan acrítico e indisimulado —sobre todo en sus primeros años de vida— que los ven los seres más hermosos del universo; y no se empeñe usted en discutir eso con una madre o un padre porque, aunque le reconozcan en un conato de lucidez que todos los niños son iguales, sus hijos, en su mirada y su mente, son únicos y es una de esas causas por las que mujeres y hombres se trasmutan.

No necesito contarle tampoco cómo ese muchacho feo, canijo y poco agraciado, del que su hija se ha enamorado es para ella el ser más adorable del mundo y, aunque sea un majadero notable, ella juzgará cualquier idiotez suya como una gracia y hasta le parecerá artística la roña de sus tobillos, las espinillas grasientas de su cara o la pelusa mal afeitada de su barba adolescente. Es el amor, las emociones como esta o como la de paternidad/maternidad cambian ennlas perdonas hasta la forma en que ven el mundo.

Marvin Minsky, un científico que dedicó mucho tiempo al estudio de la mente humana, llegó a llamar al ser humano «The Emotion Machine» (La Máquina de las Emociones) porque en la base de todo su comportamiento y en la base de su proceso de toma de decisiones se encontraban estas aplicaciones de programación de comportamientos desarrolladas por la evolución a las que llamamos emociones. Incluso propugnó que, si habíamos de diseñar una máquina inteligente, habríamos de dotarla de emociones pues son un recurso absolutamente genial para economizar y administrar eficazmente los escasos recursos de que disponen los seres humanos. Si un león nos ataca nuestro organismo disparará la emoción llamada «miedo» y, a partir de ese momento, todos los recursos de nuestro organismo se destinarán a correr como alma que lleva el diablo; si lo piensan un gran invento de la evolución.

Sólo estas emociones, por sí mismas, condicionan la parte más importante del comportamiento humano y determinan en gran medida nuestros patrones de conducta pero, a esta programación biológica que nos ha deparado la evolución, hemos de añadir la programación cultural que instala en nosotros nuestra educación por parte de la familia y la sociedad.

Con las dos programaciones anteriores en mente podemos concluir que, aunque los seres humanos nos tenemos por racionales, la realidad es que, en las 24 horas que tiene el día, muy raramente usamos de eso a lo que llamamos «razonamiento». Incluso en actividades que uno supondría altamente reflexivas,como juzgar conductas ajenas, uno descubre en cuanto rasca un poco una motivación emocional y cultural tal, que asfixia cualquier conato de razonamiento previo. Los seres humanos, en realidad, no somos seres racionales, sino racionalizadores, y si en algo brillamos a gran altura es en nuestra capacidad para racionalizar, defender y argumentar nuestras decisiones.

Nuestro juicio moral de las conductas ajenas, nuestro juicio sobre las intenciones de otros, se fundan más en rasgos evolutivos que en una actividad racional: decidido el fallo ya buscaremos los fundamentos jurídicos que lo sustenten, diríamos en jerga jurídica.

Con todo esto a cuestas es difícil decir que vivimos «nuestra» vida. Heredamos emociones, patrones culturales, lenguaje con el que razonar, valores compartidos en mayor o menor medida y, si bien se examina, no resulta sencillo afirmar que nuestra vida ha sido nuestra y que no hemos vivido la vida de ningún otro, porque en muy buena parte sí lo hemos hecho.

Supongo que, cuando llegue la hora de ajustar cuentas, a uno le quedará muy poco más que tratar de justificarse explicándose que trató de vivir su vida conscientemente y con pleno conocimiento de lo que hacía.

Pero eso no cambiará mucho las cosas, en el fondo no haremos otra cosa que lo que hemos hecho siempre, justificar una decisión previa.

Quizá como yo estoy haciendo ahora.

Las redes del futuro

El futuro no pertenece a las redes centralizadas, el futuro pertenece a las redes distribuidas; y esto, que es válido para las redes informáticas, es también válido para las redes humanas, incluidas, naturalmente,las de gobierno, las legislativas, las jurídicas y, naturalmente, las de los abogados. Sin embargo aún estamos en el albor de las técnicas que permiten que las redes distribuidas se impongan a las caducas redes jerarquizadas de forma que, ese futuro del que les hablo, será tanto más cercano o lejano cuanto más pronto o más tarde los seres humanos aprendan a dominar las tecnologías que lo permiten.

Hoy, que me he levantado temprano, me he dedicado a explorar una de esas iniciativas distribuidas que me gustan, una cadena de bloques (un «blockchain») llamado «Arweave» y que promete almacenar eternamente los contenidos depositados en él.

La promesa es fuerte (los abogados y abogadas mejor que nadie sabemos cuán débiles son las promesas «para siempre»), pero sus promotores la justifican matemáticamente de forma tan compleja como convincente y, además, la forma en que pretenden llevarla a cabo encaja exactamente con las estrategias de red distribuida (de hecho en el siglo XXI ya nadie -salvo nuestro políticos- peinsa de otra forma). Déjenme que me explique.

Quizá no hayan ustedes oído hablar nunca del telescopio de Arecibo de forma que, aquellos que sí lo conocen, permítanme un párrafo para explicar a los que no que el radiotelescopio de Arecibo fue el mayor telescopio jamás construido gracias a sus 305 metros de diámetro, hasta la construcción del RATAN-600 (Rusia) con su antena circular de 576 metros de diámetro. Uno de sus usos (quizá el más conocido) fue buscar señales de radio o de vida extraterrestre. Si sienten curiosidad búsquenlo en internet y, ahora que sabemos lo que fue el telescopio de Arecibo, déjenme que les cuente una historia.

Los científicos a cargo del telescopio se dieron cuenta que, debido a su tremendo tamaño, el telescopio recogía ingentes cantidades de datos para cuyo procesamiento se precisaba una tremenda capacidad de computación y, una de las soluciones que pensaron, ilustra perfectamente lo que quiero decir cuando les hablo de redes distribuidas. Los científicos responsables de Arecibo, en lugar de pensar en comprar un montón de ordenadores para procesar datos simplemente fabricaron un software para ejecutar protectores de pantalla, pero de una forma especial. Cuando un ciudadano dejaba de utilizar su ordenador se ponía en marcha el protector de pantalla programado por estos científicos y, a partir de ese momento, el ordenador que estaba parado y sin su dueño delante cedía su capacidad de procesamiento a los responsables del telescopio de Arecibo. Muchos miles de personas participaron de forma altruista en este proyecto y eso permitió el procesado de enormes cantidades de datos que, de otra forma, hubiese sido imposible procesar.

SETI@home («SETI at home», «SETI en casa» en inglés), fue el nombre que se dio al proyecto del que les hablo y fue un proyecto de computación distribuida que funcionaba (y funciona) en la plataforma informática Berkeley Open Infrastructure for Network Computing (BOINC), desarrollado por el Space Sciences Laboratory, en la Universidad de California en Berkeley (Estados Unidos). SETI es un acrónimo en inglés para Search for extraterrestrial intelligence (Búsqueda de inteligencia extraterrestre). Su propósito es analizar señales de radio buscando señales de inteligencia extraterrestre y es una de las muchas actividades llevadas a cabo como parte de SETI.

Pues bien, ahora que saben qué es SETI permítanme que les pregunte: ¿qué renimiento o provecho producen los miles de ordenadores existentes en las diversas administraciones y qu permanecen apagados ocho o dieciséis horas al día? ¿a nadie se le ha ocurrido una mejor forma de aprovechar su capacidad de computación o almacenamiento?

Los responsables de la blockchain de que les hablo esta mañana (Arweave) parten de una idea muy similar a la de SETI pero, en lugar de compartir capacidad de procesamiento, se centran en la capacidad de almacenamiento. Todos nosotros disponemos de recursos de almacenamiento de datos que no usamos (espacio libre en tus discos duros por ejemplo) ¿por qué no preparar un software -blockchain- que permita a los ususarios compartir su espacio de almacenamiento sobrante para archivar en él datos ajenos?

La complejidad del proyecto es importante. Además de la necesaria infraestructura de cadena de bloques es preciso que los datos a almacenar permanezcan cifrados e inaccesibles para su anfitrión el cual, maravillas del blockchai, recibirá en compensación por el servicio prestado unos tokens (criptomonedas) que retribuirán su compromiso con el proyecto.

De momento convertir a su ordenador en un nodo más de esa red no es un trabajo al alcance de cualquiera, es complejo y, como primera providencia, es preciso que cambie usted de sistema operativo e instale Linux en vez de Windows, algo que -con Arweave o sin Arweave- debería usted hacer antes temprano que tarde, algo a lo que le estimulo encarecidamente.

Toda esta largísima introducción me sirve para decirles que ya hay plataforma de blogging que permiten colocar sus post sobre arweave de forma que duren «para siempre» (e incluso convertirlos en token NFT) y eso es lo que acabo de hacer esta mañana. He echado un vistazo a los muchísimos post que, desde 2010 llevo escritos sobre a abogacía y los abogados, y he elegido uno al azar para publicar mi primer post «inmortal». Quizá no se vea tan bonito como en mi plataforma wordpress pero, ciertamente, la filosofía que se oculta tras la plataforma que ahora lo sustentan es de las que harán cambiar el mundo y la visión de la sociedad que tenemos los seres humanos.

Les dejo el link.

https://mirror.xyz/0xb5bF77b790f8185a6968F0B26f7Ff2610c1aAe42/PFhkZWUBgaVvtdxR30xZcM2H8XgTMlN3hGvOsUpU80k

Providencias

Cuando yo era un chaval y aún creía en lo que me enseñaban las personas mayores era un chaval calmado; sentía muy poco estrés: «¿No ves las aves del cielo cómo no siembran ni siegan y su padre celestial las alimenta?» —me habían enseñado— y yo, claro, lo creía.

Sí, yo creía en la divina providencia; luego, me colegié de abogado.

Luego me colegié de abogado y descubrí que, quien en verdad proveía, era la administración de justicia y que sus providencias tendían a ser muy poco divinas: las providencias de nuestra administración solían llegar tarde.

Y el estrés volvió a mí.

Las providencias, autos y sentencias, llegaban tan tarde que, en los 90, muchos de mis clientes encontraron antes la justicia divina que la humana y fueron juzgados en el cielo cuando aún no les habían pedido en la tierra los habituales 4 años, 2 meses y un día, por la fractura de la ventanilla del coche y el subsiguiente robo del radiocassette.

Recuerdo bien cuando, a primeros de los noventa, me llamó un amigo forense en Cataluña y me dijo, «tened cuidado porque está llegando una partida de heroína extremadamente pura y están cayendo como chinches por sobredosis»; y así fue, muchos de mis clientes de entonces —mayoritariamente de oficio— dejaron de serlo en aquellos meses porque, aunque eran tipos capaces de inyectarse estricnina en vena, lo que se estaban inyectando en ese momento no lo habían probado nunca.

En los años 90 fue la heroína, en 2020 fue el Covid el que hizo comparecer a presencia divina a personas que llevaban 6 años esperando comparecer en sala. Sé de qué y de quiénes te hablo.

No sé si en el cielo les juzgarían mejor, lo seguro es que les juzgaron antes.

Gastamos años, lustros, en decididir si una persona es culpable o inocente, como si eso fuese normal, cuando, ni para el acusado, ni para el acusador, ni para la sociedad eso es admisible. Es inadmisible que personas inocentes contra quienes se ha dirigido una acusación infame puedan pasar años con sus vida embargada por una querella abyecta; es intolerable que acusaciones fundadas no se vean resueltas de forma rápida y, ambas cosas, son impresentables ante una sociedad que manifiesta «fe» en la justicia porque es evidente que ha de creer en ella aunque no la vea por ningún lado.

Pero nos hemos acostumbrado a que las cosas sean como no deben ser: «no le des vueltas, Pepe» me dijo un fiscal amigo «esto es como es», y nos hemos acostumbrado tanto que hasta lo anormal nos parece normal.

Y acostumbrados a la anormalidad corremos el riesgo de volvernos anormales incluso nosotros, tan anormales como una clase política que permite y hasta fomenta que el primer valor defendido en la Constitución sea, en España y en el siglo XXI, poco menos que un trampantojo de sí mismo.

Gracias Sir Clive

Gracias Sir Clive

Gracias a él y a sugenial creación (una pequeña cajita negra decorada con un pequeño segmento arcoiris) cambió nuestra vida.

Cuando Sir Clive Sinclair lanzó en 1982 el ZX Spectrum estaba lanzando mucho más que un ordenador barato y bueno, estaba abriendo de par en oar la puerta a todos los muchachos de mi generación para incorporarnos al mundo de la informática.

En mi piso de estudiantes universitarios hicimos un escote y nos compramos un maravilloso Spectrum de 32k de memoria. Hoy a usted eso le sonará a chiste pero entonces era como saltar de la edad media a la guerra de las galaxias. Todos nos aplicamos a estudiar BASIC pues, para hacer funcionar el chisme, era necesario programarlo previamente… Y así aprendimos lo que era un programa de ordenador, su sintaxis, aquellas órdenes print»», goto o gosub que nos parecían el abracadabra del futuro… Había que enchufar el Spectrum a la TV para tener monitor y sus programas se guardaban enchufándolo al radiocassette (los datos se almacenaban en cintas de cassette) pero el mundo era nuestro gracias a esos 32K y a su inolvidable microprocesador Zilog-Z80.

Luego los clones del IBM PC se comieron el mercado pero nosotros sabemos que nuestros primeros pasos los dimos con ese pequeño ordenador que SÍ podíamos comprar, esa pequeña maravilla negra con un arcoiris en la esquina.

Creo que mis amigos y yo le debemos mucho a Sir Clive Sinclair, desde las peleas por sentarnos a programar hasta aquellas tardes de Risk usando el Sinclair QL (una evolución del Spectrum) donde mi amigo José Ángel había programado en Pascal el lanzamiento de los dados y el resultado de lls enfrentamientos.

Hoy ha muerto Sir Clive Sinclair, un hombre que no consta que hiciese nunca mal a nadie y que hizo felices a millones de personas como yo.

Descanse en paz. Misión cumplida, Sir Clive.

¡Feliz año nuevo 7529!

¡Feliz año nuevo 7529!

¡¡¡Feliz año nuevo 7529!!!

No, no es ninguna broma en klingon, es la fecha del año nuevo en el Imperio Romano según decisión del emperador Constantino. Derivaba del calendario juliano diferenciándose únicamente por la fecha de comienzo del año y la numeración de los años; además de establecerse un periodo de quince años llamado indicción (si vienen por Cartagena les enseñaré documentos fechados con «indicciones» una fecha de significado tributario, sobre todo).

El año comenzaba el día 1 de septiembre (es de notar que todavía en la actualidad en Cerdeña al mes de septiembre se le llama Cabudanni -«cabo de año»-, un claro caso de herencia cultural de la dominación bizantina de la isla), y terminaba el 31 de agosto.

La numeración de los años se iniciaba en el año estimado de la creación del mundo (Anno Mundi en latín, ἔτος κόσμου Εtos Kosmou en griego), que según Panodoro de Alejandría (el erudito bizantino que lo calculó a través de una de las posibles interpretaciones la cronología bbíblica se produjo el 1 de septiembre de año 5509 a. C., la llamada era antioquena o era alejandrina.

Hoy es uno de septiembre y, tal y como estableció Constantino y ratificó Justiniano, hoy empieza el año.

Eso los abogados y las gentes del foro (y en la educación, y en el fútbol…) lo saben muy bien. Seguramente Constantino y Justiniano, además de dejarnos el derecho romano, nos dejaron también la costumbre de considerar que el año judicial acaba el 31 de agosto y empieza el 1 de septiembre.

Sea como sea, ¡¡Feliz año nuevo compañeras y compañeros!!

Dialogando con Pedro

—Pedro.- Mi querido amigo: con todo el afecto y el respeto que te profeso (que no es poco y sé que te consta) no puedo estar más en desacuerdo con muchas de las cuestiones que expones… pero ¿qué voy a saber yo que no soy jurista sino un pobre juntaletras que ya quisiera tener detrás un mecenas de esos que estoy seguro que abundan por ahí o incluso que me encargasen un par de Te Deums al mes? 🤷🏻‍♂️

—Pepe.- No Pedro, no; ser jurista no me da conocimiento alguno que haga mi opinión mejor que la tuya; de hecho el 90% de los juristas a los que preguntes responderán como tú de primera impresión. Son cuatro siglos de regulación y las leyes, cuando son ubícuas y homogéneas, dan forma a nuestros criterios de justicia con tanta fuerza como la religión.

Es por eso que me gusta sacar a relucir la opinión de la Escuela de Salamanca, porque, si no me agarrase al expresar estas opiniones en el hábito de algún fraile, sé que las acusaciones de «pirata» o «hacker negro» me lloverían.

Pero te aseguro que hay todo un mundo invisible a los ojos del derecho, los economistas y los seres humanos en general y que, como somos incapaces de regularlo, tratamos de encajar lo desconocido en lo conocido.

Todo lo que vemos, permite que lo explique así, se compone, a grandes rasgos, de tres realidades: la materia, la energía y la información.

La materia la comprendemos bien los juristas y hemos llegado a un alto grado de sofisticación al regular su tráfico jurídico. Con la energía ya nos cuesta más, cuestiones como la posesión de la energía ya no las vemos tam claras, nuestta división tradicional de bienes muebles e inmuebles ya no le cae bien del todo y al final acabamos regulándola tratándola como un fluido que es algo que, desde antiguo, tampoco hemos hecho muy bien. Pero nos apañamos y mal que bien vamos tirando.

Pero la información, ese fenómeno por el cual la materia se reordena (se reinforma) para constituirse en una nueva realidad a través de un generoso gasto de energía, esa guerra que la vida y el ser humano mantienen desde la noche de los tiempos con la entropía, esa, decididamente, los juristas ni la entendemos ni queremos entenderla. Y no me refiero a la poesía, la literatura o la música, me refiero al total de la vida terrestre y la civilización humana.

Mira a tu alrededor y créeme si te digo que todos los átomos, la materia, los materiales que ves, ya estaban aquí desde que el primer ser vivo (Luca) apareció sobre la Tierra. Entre el mundo que ves y el que vio un Neanderthal no hay diferencia alguna si atendemos a la materia o la energía, pues son exactamente las mismas, la única diferencia que existe se debe a la información.

Con Homo Erectus el barro era barro, pero el ser humano, con un generoso derroche de energía, aprendió a informarlo en formas cerámicas del mismo modo que el ADN y el ARN informan las células de nuestro cuerpo. Hemos aprendido a informar la realidad en tantas y tan variadas maneras que, esos mismos átomos y materias que pudo observar un neanderthal, hoy son un teléfono móvil o un missil nuclear.

No es la materia ni la energía lo que nos diferencia del mismo suelo que pisamos, es la información que, espontáneamente (no, en esto Dios no tiene nada que ver) dio lugar a la vida y, es la vida capaz de procesar información, la que convirtió el sílice de las playas en chips digitales.

Ese proceso informacional apenas si atisbaron a percibirlo algunos juristas romanos (proculeyanos) pero te sorprendería saber que para los clásicos juristas romanos (Gayo en sus «Instituta») si tú escribes inadvertidamente un poema en un papel que resulta ser mío, tu poema ya no será tu poema, sino mío, pues mío es el papel y eso «incluso aunque el poema esté escrito en letras de oro» (y cito textualmente al gran Gayo, padre de miles de generaciones de juristas) lo convierte en tan mío como el papel que lo soporta.

Los juristas entendemos la materia y por eso acabamos transformándolo todo en materia, hasta el amor en los tribunales.

Cuando afirmo que el copyright o los derechos de autor son una mala regulación no estoy diciendo que los autores no deban verse retribuidos por sus creaciones (de hecho nada hay más importante en la sociedad de la información que la creación) sino que esta forma de retribuir sus creaciones no es la adecuada.

Fíjate si el ser humano sabe esto que te digo que, aunque protegemos las canciones, no protegemos los descubrimientos científicos. Einstein podría proteger una novela, pero no podría proteger su teoría de la relatividad (¿imaginas la de dinerillos que hubiese ganado con su fórmula e=mc²?).

Esta es la regulación que hay y es la regulación que íntimamente asumimos todos como justa, pero conviene que nos preguntemos si realmente lo es. Por ejemplo.

¿Computa alguien las veces que alguien interpreta una canción de mi amigo Nacho? ¿Hay en los bares un contador de cuántas veces se interpreta una canción o se recita un poema?

No, no los hay, y por eso la retribución de los artistas depende más de quien controla la SGAE, AGEDI o AIE que de la verdadera tasa de reproducción de sus creaciones.

Tecnologías como blockchain o los NFT’s permitirían conocer estos datos con exactitud pero… ¿A quién le interesa?

No desde luego a quienes controlan el negocio y sí a quienes no lo controlan y a la justicia misma. Un desarrollo correcto en blockchain permitiría retribuir con justicia a los autores (el mundo de los Non Fungible Tokens es maravilloso) pero, entre que los juristas ni lo entienden ni lo quieren entender y que los autores prefieren el malo conocido al bueno por conocer, el conocimiento se estanca aunque, claro, siempre aparecen vías alternativas que acaban apartando al mundo antiguo que no se adapta y esas formas ya han aparecido y crecen a velocidad vertiginosa.

Al igual que la escritura, la agricultura, el telescopio o la imprenta, cambiaron nuestra visión del mundo (bien que a través de largos procesos) lo digital, la sociedad de la «información», la está cambiando igual.

Y ahora que menciono a la «Sociedad de la Información»… ¿Qué queremos decir con ese nombre?

«Sociedad» sabemos lo qué es pero ¿Estamos seguros de que sabemos lo que queremos decir cuando decimos «información»?

No, esa «información» no tiene nada que ver ni con periodistas ni con medios de comunicación, esa «información» hace referencia al objeto de estudio de una teoría científica (matemática) desarrollada por científicos como Claude Shannon sobre geniales intuiciones de gente como Ludwig Boltzmann.

Los juristas creemos entender la información, pero te aseguro que no tenemos ni puta idea.

Si quieres saber, ya sabes: a Salamanca

Si quieres saber, ya sabes: a Salamanca

Tras la invención de la imprenta, como después de cualquier invención, del automóvil a internet, los estados se lanzaron a regular jurídicamente el invento y, obviamente, no para proteger los derechos de los consumidores sino para garantizarse que los libros no dirían cosas que no debieran decir y para que no cualquiera pudiese imprimir libros, sino sólo aquellas personas que contasen con las pertinentes autorizaciones.

Ocurrió que esas personas autorizadas a imprimir (los editores de libros) acabaron ostentando casi un monopolio en la venta de libros y resultaba evidente que aquello era un abuso de forma que, para proteger a los autores de los abusos de los editores, algunas mentes comenzaron a pensar que habría que regular eso de la propiedad de los libros.

Pero el asunto no era fácil, el derecho que conocían los juristas de entonces (y los actuales) era un derecho muy bien estructurado para regular el intercambio de mercancías y las prestaciones de servicios pero ocurría que estas herramientas, estas categorías jurídicas, no servían con las creaciones intelectuales (información) como muy pronto señaló la Universidad de Salamanca con un famoso aforismo latino que traducido al castellano actual dice: «No seáis borricos, con las creaciones intelectuales no puede comerciarse como si fuesen juegos de suma cero».

Y tenían razón, los jodidos dominicos sabían lo que decían, lo que pasa es que, a veces, tener razón no es suficiente si los borricos no lo entienden.

Los juristas, desde Justiniano éramos magníficos entendiendo una compraventa de fincas o de semovientes, no teníamos problemas con préstamos ni con intereses e incluso con el pignus comenzamos a allanar el camino de la crisis hipotecaria de 2008. En suma, el derecho romano parecía perfecto y no había nada que mejorar. Da mihi factum et dabo tibi ius y no me des la brasa que te meto.

Pero se equivocaban.

Como cualquier chaval que conozca lo que significan las iniciales GNU podrá explicarle, en los juegos de suma cero si yo tengo la cosa tú no la tienes. Por ejemplo, si yo tengo la finca tú no la tienes y si la quieres pues tendrás que aflojar unos cuantos bitcoins, dólares o leuros para yo te la dé. Lo mismo pasa con un bote de coca-cola: si el bote está dentro de la máquina la máquina lo tiene, no yo, y si hay suerte metiéndole un euro me lo entregará. Si yo le doy el bote a mi novia ella lo tendrá y no yo y si me lo devuelve yo lo tendré y ella no. Un juego de suma cero es, en resumen, lo que les acabo de contar: o lo tengo yo o lo tienes tú, pero los dos no (salvo que lo partamos por la mitad). Es como un partido de tenis: o tú ganas el set o lo gano yo, pero no podemos ganarlo los dos. Punto y final.

Los intercambios de bienes y servicios funcionan así, tú me vendes el trigo yo te pago la pasta, tú me haces una escultura yo te pago la tela marinera y todos tan contentos. El derecho, en este punto, era perfecto.

Lo malo es que los curas de Salamanca tenían razón: la cultura, la información, no son juegos de suma cero.

No, no lo son.

Si un profesor se sube a la tarima y enseña a sus alumnos el Teorema de Pitágoras todos sus alumnos tendrán el Teorema de Pitágoras… Y el profesor también. Aquí no sirve eso de «lo tienes tú o lo tengo yo», no, aquí todos lo tenemos y nadie nunca se queda sin nada, aquí todos ganamos el set.

Si usted escucha recitar un poema y lo memoriza quien recitó el poema no se queda sin él y usted y todos los que como usted lo hayan memorizado, tendrán un poema más que recitar a su santa.

Las ideas, la cultura, NO son juegos de suma cero y para ellos el derecho estaba desarmado. No tenía ni idea de cómo podían regularse estos fenómenos. Desde luego los romanos jamás se plantearon eso y ni Julio César, ni Virgilio, ni Horacio ni nadie se planteó jamás exigir un canon por recitar o copiar sus obras, y ya se sabe que, cuando los romanos no se han ocupado antes de algo, a los juristas se les hace bola.

Por eso, cuando la Reina Ana de Inglaterra se planteó acabar con el monopolio de los editores, todos los juristas se temieron lo peor: ya que las ideas, la cultura y la información no eran juegos de suma cero y los juristas de la reina no sabían cómo barajar aquella cuestión, decidieron que lo mejor sería convertir las ideas, la cultura y la información en una de esas cosas que ellos si conocían. Es sabido que a quién sólo sabe manejar el martillo todos los problemas le parecen clavos y, en este caso, a quienes sólo saben regular juegos de suma cero… Pues todo debe convertirse en juegos de suma cero, así que inventaron el antecedente del copyright.

Si yo compongo y canto una canción usted no puede cantarla, así, donde nunca hubo escasez, ellos la inventaron y de esta forma ya pudieron vender y aplicar todos sus conceptos jurídicos del siglo VI a una nueva realidad.

Que en Salamanca les llamasen burros no les detuvo, ellos eran juristas, da mihi factum et dabo tibi ius y, este que te digo, es el ius que hay; y son Lentejas de Belén: si quieres las tomas y si no también.

Teddy Bautista, Ramoncín y todos los que se quedaron con el control de la SGAE adoran a la Reina Ana e incluso hoy he leído una loa a la citada reina de parte de CEDRO, una de estas sociedades que se lucran con eso que llaman propiedad intelectual. Que la Salamanca del siglo XVII les llame burros les trae sin cuidado, que una parte importante de la humanidad les considere unos parásitos también. Ande yo caliente y que pague el canon digital la gente.

Ayer compré un disco duro para hacer una copia de seguridad de mis archivos y volvió a quemarme la sangre ver cómo su precio subía por la aplicación del «canon digital», ese robo legalizado a que nos someten a todos bajo la presunción iuris et de iure de que si yo compro un soporte de información es para descargarme sus cancioncitas o sus videos y no para guardar mis expedientes.

Me llevan los demonios. No soporto a estos caraduras que además se dan el lujo de dar clases de moralidad y de llamarnos piratas cuando les sale del naipe.

Cuando Miguel Ángel esculpía o pintaba no pensaba en vivir del momio de los «derechos de autor» toda su vida. Él pintaba su obra y procuraba que fuese buena porque, quien desease encargar otro Moisés u otra Pietá, sabría sin duda alguna quién era el mejor y él le cobraría con arreglo a ello. Por eso, cuando Bach componía, no pensaba en vivir de cobrar a cada maestros de órgano que interpretase sus obras, sino que esperaba el dinero de un mecenas o un comprador que apreciase su obra. Si alguien quería una Misa en Re Menor, un Te Deum o una cantata… Pues ya sabía quien era el bueno en eso. Incluso ejemplos de financiación cruzada de la obra literaria puede uno poner de ejemplo en plena época de la República Romana pero… Pero ¿qué se podía pedir a juristas que no distinguían un juego de suma no cero de una vara de avellano?

Los juristas estamos en deuda con la sociedad y nuestro empeño de regular con estructuras jurídicas del siglo VI fenómenos que entonces ni existieron ni pudieron imaginarse es un empeño estirilizador y que no provoca más que retraso y falta de desarrollo. Claro que esa deuda es ínfima si la comparamos con la regulación que nos deparan toda esa caterva de políticos y gobernantes ayunos no ya de los rudimentos de la información sino ajenos por completo a la cultura misma.

Yo sé que muchos de ustedes se molestarán por esto que digo, pero créanme, si no saben qué es la información todas sus ideas y apriorismos serán errados y lo peor es que ustedes tendrán la convicción absoluta de estar en lo cierto.

Dense la oportunidad de dudar y de conocer nuevos mundos. Disfrutarán.