Pacto de lectura

Pacto de lectura

Casi todos los días, cuando me siento a comer, a falta de alguien con quien conversar, converso conmigo mismo y es lo que luego ustedes leen encima de la foto del plato que acabo de comerme.

Conversar, a veces discutir, con uno mismo es algo absolutamente genial pues, pase lo que pase, siempre acabo teniendo razón yo; lo que no resulta tan fácil es tratar de explicarme luego ante ustedes pues hasta yo tengo complicado decidir a veces si lo que cuento lo hago como ejercicio literario, como fábula, como ensayo o como simple broma o divertimento y eso es importante saberlo.

De todos los acuerdos que se pueden finalizar entre un redactor y sus lectores el más importante es, sin duda, el llamado «pacto de lectura».

Los «pactos de lectura» suelen firmarse casi desde las primeras lineas de texto; convendrán conmigo en que no es lo mismo que un autor comience un texto escribiendo que «Cervantes nació en Alcalá de Henares» a que lo comience diciendo que «En un lugar de La Mancha…»; en el primer caso tácitamente entendemos que estamos ante una biografía, en el segundo que estamos ante algo bastante más raro, probablemente una novela.

Los pactos de lectura entre autor y lector son frecuentemente aformales pero hay géneros donde la formalidad adquiere tintes de rito y las primeras líneas adoptan una forma invariable. Si yo comienzo un texto escribiendo «érase una vez…» usted, sin duda ninguna, sabrá que todo lo que voy a contar después es un cuento.

Esta forma de ritualizar el pacto de lectura para que no pueda haber equívocos entre autor y lector es tan antigua como la propia escritura y se da en todas las lenguas. El bíblico «Libro de Job», por ejemplo, en su original hebreo comienza así («Érase una vez…») y por eso cualquier judío sabe que ese libro es un cuento, que no cuenta hechos reales, cosa que los lectores occidentales, por ese temor sacral que infunde la Biblia, olvidan fácilmente de forma que lo toman literalmente, lo que es muy comprensible sobre todo si tenemos en cuenta que, tras su lectura en el templo, se añade después la frase «Palabra de Dios», por lo que no es extraño que el feligrés acabe hecho un lío ante un dios que se juega la vida de los hijos de Job en una apuesta con Satán.

Hoy nos basta con leer un «érase una vez» o un «once upon a time…» para firmar con el autor un inequívoco pacto de lectura, pero en otras épocas, cuando la escritura era un recurso casi taumatúrgico de registrar palabras, no es extraño que la ritualización de estos pactos de lectura fuese algo más larga.

Veamos cómo empieza uno de los cuentos de la epopeya de Gilgamesh (Mesopotamia, año 2500 AEC) que nos narra la bajada al inframundo de su amigo Enkidu:

«…en aquellos días en que se determinó el destino,
cuando la abundancia se desbordó en la Tierra,
cuando An tomó los cielos para sí,
cuando Enlil tomó la tierra para sí,
cuando el mundo inferior le fue dado a Ereshkigal como un regalo;
cuando zarpó, cuando zarpó,
cuando el padre zarpó hacia el inframundo, cuando Enki zarpó hacia el inframundo,
contra el señor se levantó una tormenta de pequeños granizos,
contra Enki se levantó una tormenta de grandes granizos.
Los pequeños eran martillos livianos,
los grandes eran como piedras de catapultas.
La quilla del pequeño bote de Enki temblaba como si estuviera siendo embestida por tortugas, las olas en la proa del bote se elevaban para devorar al señor como lobos y las olas en la popa del bote atacaban a Enki como un león.

En ese momento, había un solo árbol…»

Y es a partir de aquí que se nos cuenta la historia del árbol «Halub» y todas sus peripecias hasta acabar convertido en silla y cama para la diosa Innanna.

Con la misma o parecida fórmula («…en aquellos días en que se determinó el destino,
cuando la abundancia se desbordó en la Tierra,
cuando An tomó los cielos para sí,
cuando Enlil tomó la tierra para sí,
cuando el mundo inferior le fue dado a Ereshkigal…») comienzan otros varios episodios del poema de Gilgamesh, lo que lleva a pensar que fuesen ese exhordio inamovible con que escritor y oyentes firmaban aquel antiguo pacto de lectura. Personalmente debo confesar que me gusta la mención a «aquellos tiempos en que se determinó el destino» pues encaja perfectamente con los mitos sumerio-acadio-babilónicos sobre las peripecias de la redacción (e incluso robo) del libro del destino.

Es verdad que es difícil entender y disfrutar estos textos con sus reiteraciones si no reparamos en que están escritos en verso y que, al igual que hoy, cuando escribimos en verso repetimos estrofas por razones musicales o poéticas

«El lagarto está llorando
la lagarta está llorando
el lagarto y la lagarta
con delantalitos blancos»

O incluso incluímos en nuestras composiciones palabras incomprensibles…

«Achilipú, apú, apú…»
«Aserejé, ja, de jé…»

pues ellos también lo hacían

«…cuando zarpó, cuando zarpó,
cuando el padre zarpó hacia el inframundo,»

Es una pena que al traducir se pierda la musicalidad del lenguaje original pero no se puede tener todo. A veces pienso que sería bonito escuchar el poema de Gilgamesh recitado en acadio, un idioma semítico con semejanzas evidentes al actual árabe o al propio hebreo, quizá algún día alguien lo haga y podamos escuchar un sonido de cinco mil años contando cómo Gilgamesh, buscando la inmortalidad, fatigó el mundo conocido para volver a su tierra sabio y mortal.

Pareciera que, aunque yo no lo creo, no hubiese nada nuevo bajo el sol… Y, ahora que digo esto, caigo en que esto también está dicho al menos desde que el profeta redactó el bíblico Eclesiastés:

«Generación va, y generación viene: mas la tierra siempre permanece.
5 Y sale el sol, y pónese el sol, y con deseo vuelve á su lugar donde torna á nacer.
6 El viento tira hacia el mediodía, y rodea al norte; va girando de continuo, y á sus giros torna el viento de nuevo.
7 Los ríos todos van á la mar, y la mar no se hinche; al lugar de donde los ríos vinieron, allí tornan para correr de nuevo.
8 Todas las cosas andan en trabajo mas que el hombre pueda decir: ni los ojos viendo se hartan de ver, ni los oídos se hinchen de oir.
9 ¿Qué es lo que fué? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará: y nada hay nuevo debajo del sol.»

El «Gran Menú» de las largas distancias

El «Gran Menú» de las largas distancias

España es un país donde se miente hasta en los nombres de las leyes. ¿Que se hace una ley para reducir el número de juzgados y dejarlos solo en las capitales de provincia? pues se bautiza con el nombre de «Ley para acercar la justicia al ciudadano» y en paz. ¿Que deciden cerrar tres centros médicos, un hospital y dos ambulatorios? pues a la ley se la bautiza como «Ley de mejora del servicio sanitario» y se quedan tan anchos.

Y, si eso pasa en el campo político, ni les cuento en el gastronómico. Esto que ven ante ustedes es el «Gran Menú» que ofrece Renfe en sus trenes de largo recorrido. Y no, no me entiendan mal, no es que vaya yo a quejarme a estas alturas de tener que comerme un bocadillo en un tren, pero, llamarle «Gran Menú» a un bocadillo con patatas fritas de bolsa, es algo así como confundirme a mí con Jean Claude Van Damm.

Diré desde el principio que toda la culpa ha sido mía pues ayer me preparé una fiambrerica en casa con una ración de magra con tomate que compré en la calle de Canales, pero esta mañana todo se me ha liado y he acabado cogiendo el tren sobre la bocina, de forma que no he podido pasar por casa para recoger la fiambrera por lo que, ahora, me veo en estas: consumiendo el «Gran Menú».

Comer decentemente en un tren español no debiera ser tan difícil. Comer decentemente no sólo es un rasgo de cultura sino que induce hábitos —sobre todo en los más jóvenes— que ahorrarán más tarde al estado gastos en el sistema sanitario.

El «combo» que compone un «Gran Menú» lo integran un bocadillo de pan conservado en permafrost siberiano relleno con cualquiera de las sustancias más hipercalóricas que puedan encontrar en una tienda de productos bioquímicos. El bocadillo se acompaña con (a elegir) o bien una bolsa de patatas fritas o bien unos chocolates industriales.

Yo he escogido las patatas y tal no hiciera.

100grs de patatas fritas de bolsa tienen más de 500kcal. es decir, como medio kilo de lentejas o garbanzos, el doble de esos platos que habitualmente como en casa.

Si, por ejemplo, sigue usted una dieta de 1500kcal. ya sabe que, con la bolsa de 47 grs que ven en la imagen, se ha echado usted a la andorga 250kcal, es decir, más o menos lo mismo que si se hubiesen zampado un plato de lentejas con verduras con la diferencia de que, tras comer 47 grs. de patatas de bolsa, usted seguirá teniendo hambre.

Afortunadamente puede usted saciar su hambre con el bocadillo de pan de la cuarta glaciación que le ofrece Renfe, si bien, en este caso he preferido no computar las calorías pues, a simple vista, amenazaba tener más de 500 kilotones termonucleares.

Un bocadillo y unas patatas industriales componen este «Gran Menú» gastronómicamente medido para que resulte rebosante de riesgos coronario-metabólicos al ajustado precio de unos 10€ (bebida incluída). Una ganga.

No pida fruta, no hay, aunque el tren avanza por enmedio de naranjales cuajados de fruta el vagón bar es refractario a ella. Y el caso es que la fruta aguanta bien y tarda en estropearse… ¿por qué hay que tomar de postre barras de chocolate industrial?

E insisto, la culpa es mía y solo mía. Ayer medité qué comida me traería hoy para conllevar sin taponamiento de arterias el viaje en tren pero la vida de los abogados es como es y siempre llegamos a los sitios en el plazo de gracia.

«Gran Menú», magnífico nombre.

Identidades gastronómicas o porqué los judíos no comen cerdo

Identidades gastronómicas o porqué los judíos no comen cerdo

Hoy en mi casa de comidas de referencia había para comer arroz con magra de cerdo y eso me he pedido para llenar la andorga. Como ven también hay limón para aliñarlo, pero eso es harina de otro costal. Les explico.

Si vienen a esta región observarán que en Murcia se añade limón a casi cualquier cosa, desde las patatas fritas de bolsa al mejor queso manchego. Que todo sabe mejor con limón parece ser la norma y esto suele llamar la atención del forastero.

En Cartagena, en cambio, añadir limón a algo puede suponerte una reprimenda y no pequeña. Desde que te digan que estás estropeando el producto a que te acusen de mixtificar los sabores, pero aunque te digan eso no te engañes, la realidad es que, quienes esto dicen, no consumen limón para no poder ser confundidos jamás con un murciano.

A usted esto puede parecerle una tontería pero créame, es así y no le voy a hablar ahora de andaluces que desprecian una u otra marca de cerveza en función de su ciudad de origen, le voy a hablar de algo más serio: de religión.

La prohibición de comer cerdo en la religión judía y, por herencia de esta, en la islámica, se ha explicado a menudo como una norma de higiene para prevenir la triquinosis, una enfermedad que transmiten los cerdos, pero esto no es más que una invención sin apoyo en prueba, texto ni documento alguno. Los pueblos de la antigüedad comieron cerdo intensivamente y no se atisba la razón por la que el dios de los judíos prohibió a su pueblo el consumo de este y otros animalitos o prohibir combinar la carne con lácteos, medida esta que hace que un judío no pueda comer la mayor parte de las pizzas y pastas que llevan queso sobre carne o que en los Burguers King de Nueva York los judíos abominen del cheese-burguer.

Ando leyendo estos días un libro que se titula «La Biblia desenterrada», un libro escrito por el profesor Israel Finkelstein, un arqueólogo y académico israelí, director del Instituto de Arqueología de la Universidad de Tel Aviv y corresponsable de las excavaciones en Megido (25 estratos arqueológicos, que abarcan 7000 años de historia) al norte de Israel; y por el arqueólogo e historiador estadounidense Neil Asher Silberman. El libro realiza un análisis exhaustivo de los vestigios arqueológicos encontrados en Israel hasta la fecha para tratar de averiguar los orígenes del pueblo de Israel y sus particulares creencias religiosas.

No me puedo resistir a contarles su hipótesis sobre el por qué de la costumbre judía de no comer carne de cerdo.

Primero debemos saber que la Biblia no comenzó a escribirse como tal antes de los siglos octavo, séptimo, antes de nuestra era pero que antes, en el siglo XII, todo el Mediterráneo Oriental se vio sacudido por una terrible inestabilidad provocada por los misteriosos «Pueblos del Mar».

Las invasiones de los pueblos del mar a acabaron con imperios como el Hitita, arrasaron con las ciudades de la costa de Canaán y pusieron en peligro al propio imperio Egipcio.

Para un pueblo de pastores nómadas como los israelíes la llegada a la costa de Canaán de los pueblos del mar trastocó toda su forma de vida. Los pastores nómadas viven de suministrar a pueblos sedentarios proteinas, cuero y leche; mientras que los pueblos sedentarios suministran a estos pueblos nómadas el cereal que es la base de su dieta; ese es el ciclo económico que aún a día de hoy siguen tribus de beduinos. La llegada de los pueblos del mar, sin embargo, destruyó este ciclo económico al arrasar con las poblaciones costeras. Los pastores nómadas israelíes hubieron de asentarse en poblaciones para poder cultivar por sí mismos el cereal. Los asentamientos de las tierras altas de Judea se multiplicaron exponencialmente en esos años y una miriada de pequeños poblados aparecieron en el registro arqueológico de esos años.

Pero ¿quiénes eran esos recién llegados a la costa de Canaán?

Pues unos viejos conocidos de los lectores de la Biblia, uno de los cientos de pueblos que integraban ese mix llamado «Pueblos del Mar» que recibieron el nombre de «Filisteos».

Los israelíes se recluyeron con sus rebaños de ovejas y cabras en las tierras altas del interior mientras que los filisteos ocuparon la llanura litoral y se dedicaron al consumo intensivo de carne de cerdo.

Es llamativo como, cuatro siglos antes de que empezase a escribirse la Biblia, los israelíes ya no consumían cerdo. En los registros arqueológicos de sus asentamientos no aparece ni un solo hueso de cerdo mientras que en los de los filisteos ocupan un puesto principal.

¿Hicieron los israelitas integristas con el cerdo lo mismo que los cartageneros irredentos con el limón?

Esa es la hipótesis del profesor Finkelstein, una hipótesis que, naturalmente, se acompaña de un importante número de datos adicionales.

Es por eso que hoy, que he sentido el tabú del limón y el del cerdo, no he podido resistirme a contarles esta historia.

Los abogados y el arte de olvidar

Los abogados y el arte de olvidar

La moral humana es una moral de 150 metros. No soportamos que nadie maltrate a un animal en nuestra cercanía pero la muerte de hambre de niños en África no jos causa mayor pena. Las ONG lo saben y por eso traen sus fotos ante nosotros para acortar la distancia que nos separa de ellos.

Y no, no es que el ser humano sea un ser abyecto, es, simplemente, que la naturaleza le hizo así. Nadie está capacitado para soportar todo el dolor del mundo y es por eso que la evolución solo nos hizo solidarios con el prójimo (el próximo).

Y dicho esto corto, cambio y me recuerdo que hoy es viernes, día de echar la persiana a las preocupaciones y practicar el dificilísimo arte de olvidar.

Somos animales de cercanía y no estamos capacitados para soportar todo el mal del mundo, el hambre de África, los muertos en Ucrania, las vejaciones a mujeres en países radicales… Nuestras espaldas son demasiado débiles como para soportar todo eso y es por esa razón que la naturaleza apenas si nos equipó para indignarnos por las injusticias y por la violencia cercanas.

Ser abogado es llevar contigo miles de injusticias, es dormir con demasiada gente si no eres capaz de practicar el difícil arte de olvidar y recordar a horas fijas.

Hoy es viernes, toca sacar de la cabeza todas las injusticias y concentrarte en el trocito de vida que queda para ti. Saborear un guiso de fideos con costillejas y vino de Valdepeñas es mucho más que una forma de alimentarse, es también una forma de reencontrarte y cocentrarte en tu vida y no en la ajena.

#food #fideos #guiso #foodlovers #winelovets

Don Gerardo

Don Gerardo

Don Gerardo era uno de esos ingleses que, a principios del siglo XX, dieron en la locura de enamorarse de España. Obligado a pelear en la Primera Guerra Mundial como soldado británico, Edward Fitzgerald (Gerald) Brennan, en cuanto acabó la guerra, alquiló una casa en Yegen, en las alpujarras granadinas desde donde mantuvo contacto con la intelectualidad angloamericana. En 1930 contrajo matrimonio con Gamel Woolsey una poeta y novelista norteamericana con quien se instaló en Churriana, Málaga, ciudad esta en la que vivió los durísimos episodios de su toma por el ejército franquista durante la guerra civil española.

Con la victoria de Franco la cosa se puso turbia para Don Gerardo y hubo de volver a Inglaterra pero, para 1953, estaba otra vez en España con Gamel Woolsey.

Durante todos esos años Don Gerardo no dejó de escribir y en su obra «El laberinto español» (1943) nos cuenta esta receta del gazpacho de la que he tenido noticia por amigo de Facebook Luis Morillo quien me escribió:

«Gerald Brenan en su conocida obra «El laberinto español» (1943) refiriéndose a la dura vida de los obreros del campo y las gañanías escribe: “En la sementera y la recolección, es decir, durante una serie de meses, los jornaleros se ven precisados a abandonar a sus familias y dormir en los vastos cortijos, distantes a menudo quince o veinte kilómetros del pueblo. Allí duermen, en ocasiones hasta un centenar, juntamente hombres y mujeres, en el suelo de una gran pieza llamada la «gañanía», con un hogar al fondo. El amo les aporta la comida, la cual, excepto en la época de siega, en que se le añaden judías, consiste exclusivamente en «gazpacho», una especie de sopa de aceite, vinagre y agua, con pan flotando por encima. El gazpacho se toma caliente para desayuno, frío a mediodía y caliente otra vez por la noche. A veces, a esta dieta de pan de maíz y aceite, se añaden patatas y ajo. Cuando es el amo el que proporciona la comida, los jornales rara vez suben de 1,50 pesetas, por cuya cantidad hay que trabajar una jornada de doce horas, con descansos». Tales condiciones de vida en la baja Andalucía, descritas por primera vez por Blasco Ibáñez en La bodega, y más tarde por Marvaud y otros investigadores, no han cambiado de modo apreciable; de ello puedo dar testimonio por mi experiencia personal.»

Esta receta del gazpacho me impresionó, no ya por su pobreza de ingredientes sino porque, sorprendentemente y con poca diferencias, es igual a la comida habitual de los antiguos habitantes de la Roma imperial: el «puls» o «pulmentum».

El puls es una preparación culinaria en forma de sopas/gachas de cereales o legumbres (recuerden mi «gazpacho de michirones» de hace unos días). El puls, en su concepto más sencillo se trata de unos cereales puestos en remojo hasta lograr su ablandamiento. Se trataba de un alimento básico del pueblo romano. Su preparación aparece en el recetario del siglo I d.C. escrito por Apicio y titulado: De re coquinaria. De la palabra «puls» se deriva nuestra «polenta» y con esto ya les digo mucho.

Hoy que me he acordado de Luís Morillo y de Don Gerardo me he decidido a hacerme mi buena porción de este gazpacho de gañanía de que hablaba Gerald Brennan y, tras batir los humildes ingredientes —ajo, aceite, vinagre, sal, pan y agua— en las proporciones que dios me ha dado a entender lo he probado.

Y estaba bueno.

Y ahora que mi puls se está refrescando en la nevera déjenme decirles que, cuando Don Gerardo se hizo viejo y enfermó, muy contra su voluntad fue trasladado a un asilo en el condado de Middlesex (Inglaterra) lugar del que pudo retornar gracias a que sus vecinos españoles juntaron Roma con Santiago.

Consciente Don Gerardo de que la muerte había dictado ya su cédula de citación tomó las medidas precisas para que sus restos mortales no volviesen a Inglaterra de forma que, cuando murió y trataron de repatriar su cadáver a Inglaterra, se encontraron con que el ciudadano británico Don Edward Fitzgerald Brennan había donado su cuerpo al Hospital Universitario de Málaga.

Y es por eso por lo que hoy, sus restos, reposan en un trozo de tierra de esa realidad discutida y discutible para los españoles pero que, para Don Gerardo, siempre se llamó España.

Café con leche y barroco

Café con leche y barroco

Suelo ilustrar las cosas que escribo con alguna fotografía de lo que estoy comiendo o voy a comerme y es por eso que, muchos amigos que me leen, piensan que escribo de comida, pero no es así. Si escribiese de comida se me habría agotado hace tiempo el combustible literario (vivo solo, tengo poco tiempo para cocinar y mi repertorio es escaso) pero yo, en realidad, lo que sucede es que escribo de otra cosa para la cual la comida sólo me sirve de pretexto; pre-texto en el sentido literal de la palabra, pues la comida no es más que la puerta para escaparme hacia otros territorios.

Daría igual la comida, que la música, que la pintura o que la entomología; en realidad todas las cosas del universo están contenidas en cada una de las cosas que lo componen de forma que, uno, puede mirar lo que tenga más mano y escribir acto seguido, por ejemplo, de los sumerios… Sí, creo que eso me pasa bastante.

Sin embargo esta mañana es distinto; he encontrado la ocasión de quedarme solo un ratito y me he venido, como cualquier turista japonés de medio pelo, a desayunar a la Plaza Mayor y a pagar el impuesto revolucionario turístico que los aborígenes vetones tienen instituído para cuantos extranjeros quieren disfrutar del entorno.

Y merece la pena, a qué negarlo.

Porque esta mañana no necesito de las tostadas el café o el aceite como excusa para sumergirme en mi particular universo cultural; esta mañana el entorno de la Plaza ya te sumerge por sí mismo en una burbuja cultural de la cual, tristemente, habré de salir en unos minutos.

Volveré, claro que sí, probablemente en septiembre.

La cultura como estrategia

La cultura como estrategia

¿Dónde estudiaron másteres en dietética las madres de los años 50 y 60?

Las vitaminas aún no se habían descubierto pero ellas se tomaban el tremendo trabajo de convencer a sus hijos de que había que comer fruta aunque les fuera en ello tener que coger un berrinche tremebundo y hacérselo coger a sus hijos.

¿Cómo sabían esas madres que era imprescindible para sus hijos comer fruta si aún nadie sabía qué era la vitamina C ni para qué servía?

¿Dónde enseñaron a las madres de los años 30, 40, 50 y 60 que era bueno cenar poco y que lo indicado era un hervidico de verduras?

No recuerdo que hubiese universidades para madres pero ellas preparaban hervidos y potajes porque había que comer verdura y, por la noche, mejor hervidos. Y, sin saber distinguir la proteina de los hidratos de carbono, si veían que sus hijos e hijas habían jugado mucho al hervido añadían un huevo duro que hacía de este un complemento perfecto.

¿Quién enseñó a esas madres de siglos pasados a sacar adelante así de bien a sus hijos?

Yo sé que muchos me lo discutirán pero eso se llama cultura.

Cada especie animal ha elegido o seleccionado unas armas específicas para sobrevivir: la velocidad, la resiliencia, la fortaleza… Ya les dije hace poco que el pulpo era uno de los animales más inteligentes que puede uno encontrar pero… Las madres ponen los huevos y los olvidan de forma que los pulpos recien nacidos deben volver a inventar todo aquello que su madre aprendió en vida.

Los seres humanos, en cambio, hemos hecho de la cultura nuestra gran arma evolutiva. Las madres de hace cincuenta años quizá no supieran lo que eran las vitamimas pero miles de generaciones de madres antes que ellas habían ido aprendiendo qué era bueno y qué no para sus hijos y ese conocimiento, depurado de generación en generación, hizo que ellas supieran exactamente lo que necesitaban sus hijos y si, para que lo comieran, habían de llevarse un cabreo se lo llevaban pero el niño o la niña comerían fruta… Si la había.

Muchos siglos después médicos eminentes llegaron a la conclusión de que la mejor dieta para el ser humano es esa que diseñaron nuestras madres —dieta mediterránea creo que la llaman ahora— y que buenos aceites, pescados azules y otros alimentos denostados, son en realidad la base de una buena alimentación. Ellas ya lo sabían, los científicos tardaron mucho en entenderlo.

Y sí, eso que hacen las madres se llama cultura y esa fue la estrategia que un mono indefenso eligió para sobrevivir frente a animales más fuertes y tuvimos suerte (hubo momentos en que apenas quedaron unos pocos seres humanos en el mundo según dice nuestro ADN) porque nuestra estrategia funcionó.

Estos mo os indefensos hijos de madres sabias, además, fuimos muy buenos cooperando los unos con los otros. No les voy a hablar del abrazo de la cooperante al inmigrante que dio lugar a grandes polémicas hace poco, me voy a remontar más lejos, hace ya casi quince años, cuando una patera llegó en verano a una playa de Matalascañas empetada de veraneantes sevillanos. Una bebé que había llegado en la patera lloraba desconsolada, los servicios médicos pensaban que era un problema de nariz pero una sevillana rubia y guapa que estaba en periodo de lactancia no necesitó de diagnósticos, miles de años de evolución le decían lo que pasaba, y se acercó a la niña al pecho y los lloros se acabaron. Antes de criticarme por contar esto sepan una cosa: la especie humana es la única que amamanta a crías ajenas, ningún otro simio lo hace y no es fácil que las madres dejen su cría a otra hembra. Los humanos, en cambio, cuidamos de nuestra prole como si fuese propia y, si tuviese tiempo, les contaría hoy cuánto ha influido eso en que seamos como somos.

Por eso, cuando ahora veo niños que se llaman Jeniffer o Stalin (y discúlpeme si ese es su caso) me preocupo porque pienso que los padres de ese chico, igual que han cambiado las costumbres en los nombres, quizá hayan cambiado su cultura por la que ven en los anuncios de la tele o de internet y sus zagales, en vez de cenar fruta gracias a una madre o un padre enfadados, ahora cenen McNuggets o tomen de postre cualquier porquería.

Y ahora no sé bien por qué les cuento todo esto…

Bueno sí, porque esta noche toca hervido para cenar.

El alimento que nos hizo humanos

El alimento que nos hizo humanos

Ayer les conté algo que es y no es exacto al mismo tiempo. Les dije que «homo sapiens» (nuestra especie) tenía 300 mil años y esto es verdad, pero sólo si atendemos a sus características físicas. Los que entienden de esto, además de a las características físicas, atienden a las características mentales de la especie y, la verdad, en esos hominidos de nuestra especie el llamado «pensamiento humano» no aparece sino hasta hace unos 165.000 años en un lugar de África del Suroeste llamado «Pinnacle Point».

¿Qué fue lo que hizo que un simio con forma humana comenzase a pensar de forma humana?

Los científicos debaten sobre esto pero cada vez se abre paso con más fuerza una hipótesis más que razonable: su dieta.

En Pinnacle Point los hominidos con forma humana y pensamientos no humanos comenzaron a alimentarse de moluscos y productos del mar y ese aporte alimenticio fue decisivo para que apareciesen capacidades cerebrales antes inexistentes.

Así pues el mar nos hizo humanos.

Hay científicos que van mucho más lejos y, observando la extrañísima morfología del mamífero humano y algunas de sus más insólitas características, han lanzado una hipótesis perturbadora.

Déjenme que les haga un par de preguntas: ¿Conocen algún mamífero que, como el ser humano, no tenga el cuerpo cubierto de pelo?

Sin duda conoce muchos: ballenas, delfines, leones marinos, morsas… Pero, si se fija, todos los animales citados son mamíferos marinos ¿Será acaso el hombre un mamífero marino?

¡No! Dirán desde el otro bando, ¡el elefante y el rinoceronte son mamíferos y tampoco tienen pelo!. Buen intento, pero no sirve, el antepasado cercano de elefantes y rinocerontes fue también, sí, un mamífero marino.

Y entonces ¿Por qué andamos sobre dos piernas y no nadamos?

Bueno, seguro que usted lo sabe, los bebés recién dados a luz saben nadar y bucear espontáneamente y de forma natural; aunque no saben andar y… Piense un poco ¿Cuándo todos los simios del mundo se ponen sobre dos piernas y bipedestan? Pues… Cuando cruzan un cauce de agua o se encuentran en un entorno acuático. Si un simio pesca en un lago con el agua a la cintura no dude que permanecerá en bipedestación…

¿Sugerente verdad?

Bien, contado lo anterior entenderán por qué hoy me he ido al mercado de Santa Florentina y me he gobernado unos buenos trozos de emperador y de lecha, porque si a los simios de Pinnacle Point les sirvió no veo porque no han de servirme a mí. Siento que a veganos y vegetarianos les chafe un poco el discurso este asunto de comer peces y moluscos, pero también nosotros algún día seremos alimento de malvas y bacterias y no veo razón por la que yo hubiese de echarles nada en cara.

Hoy toca pescado: el alimento que nos hizo humanos.

Pliego de descargo

Pliego de descargo

Hubo una vez un hombre sabio que se jactó, con justicia, de no haberse sentado a comer jamás sin hambre ni haberse levantado nunca saciado. Y no es que su apetito fuese inagotable —que es lo que puede haber pensado cualquiera de mis sofísticos lectores— sino que practicó la moderación en el comer como hábito de vida: no comer nunca sin hambre, no comer nunca hasta saciarse.

A este hombre, que no era otro que el rey Ciro de Persia, se le tuvo por tan sabio y bueno que el mismísimo profeta Isaías le consideró «Mesias» en su libro; libro santo para judíos, cristianos y musulmanes.

Ciro dio libertad a los pueblos oprimidos, entre ellos a los judíos a quiene restituyó a su patria y les ayudó a reconstruir su templo (el Segundo Templo) y, dicen los que han traducido su «cilindro», que en él se encuentra el antecedente más remoto de la declaración universal de los derechos del hombre.

Sé que, muchos de ustedes, me tienen por un tragaldabas apoyados por las imágenes de mis habituales fotografías de comida, pero les aseguro que no o, por lo menos, no ahora. Yo, como Ciro, considero que es propio de personas sabias el ser moderados en el comer; al menos lo pienso de hace tres años para acá.

Trato de que mi comida diaria tenga lugar cuando siento hambre y trato de no levantarme saciado de la mesa, trato de alimentar el cuerpo y el intelecto y no me limito a masticar los alimentos sino también a conocerlos, trato de distinguir el hambre del puro hábito y de la maldita ansiedad y, por ello, ayuno un día a la semana 24 horas, porque me sienta bien, porque me hace conocerme y porque me enseña a distinguir el mero deseo de la pura necesidad.

Tomo fotos de lo que como, sí, pero eso es porque es imposible fotografiar lo que no como y es en esa realidad no comiente, créanme, donde encuentro las mayores satisfacciones.

Hoy toca pollo con champiñones, tengo mucha hambre y la ración me parece pequeña… Creo, pues, que hoy me voy a portar como Ciro aunque sea a la fuerza.

El bocadillo incomestible

El bocadillo incomestible

En la España de mi niñez no se comían hamburguesas. Incluso ni existía tal nombre, si alguien por un casual veía una hamburguesa no la llamaba así, la apellidaba como «filete ruso».

Sin embargo, cuando los televisores pudieron comprarse firmando letras en Avelino Marín Garre (1965-66), los españoles comenzamos a ver series norteamericanas (El Fugitivo, Los Intocables) donde los protagonistas comían hamburguesas y nos comenzó a picar la curiosidad.

Por aquel entonces había en Cartagena una base militar norteamericana donde camareros españoles preparaban hamburguesas a los yanquis en cantidades industriales y no podía pasar mucho tiempo sin que uno de aquellos camareros viese el negocio y ofreciese a los españoles aquel exótico bocadillo de carne picada con cebolla, tomate, lechuga, queso, mostaza y ketchup que salía en las series de TV.

Recuerdo muy bien dónde comí mi primera hamburguesa, fue en un bar de la calle 18, entre las casas de marina modernas y las viejas, donde uno de aquellos camareros de la base americana había abierto su propio negocio. Recuerdo que mi madre sentía curiosidad por probar aquel producto y recuerdo que me dijo: «dicen que este hombre hace auténticas hamburguesas porque ha aprendido con los militares norteamericanos en la base de Tenetegorra». De forma que allí me fui.

Recuerdo no solo lo que dijo mi madre sino también mi sensación al probar aquel incomestible bocadillo.

Para un niño de siete años aquella superposición de pan-carne-tomate-lechuga-cebolla-queso-mostazaketchup-otravezpan era un bocado imposible de abarcar. Como mucho, al morder, se producía una efusión de mostaza y ketchup que te ponía las manos, la cara y el jersey pringando. Mi sensación fue de casi repugnancia, aquello no se podía comer cristianamente. Un bocadillo de chorizo con o sin tulipán era perfectamente comestible sin ponerte perdido de zumaques varios, pero, aquella especie de magma sedimentario, parecía diseñado expresamente para que no pudiese ser comido sin pringarse.

La experiencia no me gustó en absoluto y no volví a comer hamburguesas hasta que, más de 20 años después, abrieron las primeras franquicias de hamburgueserías en España.

Hoy, mientras me como estas hamburguesas que me han vendido en la carnicería de la calle de Canales, pienso en aquella mi primera experiencia hamburguesil y me reafirmo en mi primera e infantil impresión.

Por eso, yo, estos cachos de carne picada jamás los meto entre panes, prefiero comerlos con cuchillo y tenedor y, si alguien me pone pegas, le recuerdo que es así como se comen los filetes. Los filetes rusos, por supuesto.