Vinos generosos

Vinos generosos

A los vinos de #Jerez se les llama “generosos” y el nombre les cuadra bien; no tanto por su graduación alcohólica o por su milagroso proceso de vinificación, sino porque, simplemente, ningún vino del mundo da más por menos.

Los vinos de #Montilla-Moriles, a esa generosidad unen la distinción. Distinción viene de distinto y en verdad que estos vinos lo son; confeccionados con uva Pedro #Ximénez son afortunadamente desconocidos en la España moderna. Gracias a eso las gentes normales aún podemos beber a precios humillantemente asequibles estos vinos que ningún «wannabe» de suplemento semanal, guía Michelin y documental televisivo, apreciará en su justa medida.

En este #oloroso de Montilla-Moriles que estoy disfrutando hoy lo que luce no son sus aromas de madera, vainilla, avellana o tonos especiados; lo que, sobre todo, se aprecia en él es el aroma, paladar y retrogusto a cariño de ley que llenan tu boca, tu nariz, tu cerebro y tu alma al probarlo.

Hay #vinos que se califican con los sentidos, este, en cambio, es superior a ellos, pues se califica con el corazón.

Y la nota es 10.

Gracias compañeros cordobeses, sevillanos, andaluces… Gracias Isabel, esta es de las que no se olvidan.

Menú del día: Cafetería «Numar». Madrid.

Menú del día: Cafetería «Numar». Madrid.

Suelo parar en esta taberna cuando vengo a Madrid, fundamentalmente porque ofrece un servicio que no suelen ofrecer las demás: una abundante planta de enchufes muy cercanos a las mesas (a veces bajo ellas) donde cargar las baterías de los dispositivos electrónicos que acarreo en mis viajes. Los viajes en tren de Cartagena a Madrid duran demasiado y mi uso de los dispositivos electrónicos es intensivo; por eso, cuando llego a Atocha, pongo rumbo inmediatamente a esta casa de comidas (o bar de tapas y raciones) en demanda de un enchufe donde recargar.

Hoy, de vuelta de Salamanca, he decidido comer aquí y he verificado el menú del día que ofrecía la casa. Les cuento mis impresiones.

La primera ha sido el precio (12€) que, comparado con el de mi casa de comidas de cabecera en Cartagena (10€), me ha parecido un poquito caro pero, considerando que esto es Madrid, no lo he juzgado abusivo.

Tras esta primera impresión he analizado el menú ofrecido a ese precio y he llegado a la conclusión de que era caótico y no obedecía a más criterio que la necesidad momentánea del dueño del local.

De primero se ofrecía paella de marisco, sopa de marisco y ensalada.

De segundo anunciaban pollo al ajillo y churrasco.

La bebida y el café/postre (a elegir) iban incluidos en el menú.

Nuevamente he comparado el menú con el de mi casa de comidas de cabecera en Cartagena y la competición no ha tenido color. En mi casa de comidas me ofrecen siempre un guiso de primero, pescado o carne de segundo y la ensalada viene siempre de añadidura y no como uno de los dos platos del menú. Pero bueno, es Madrid y es lo que hay, he pensado, además, me queda un 15% de batería en el teléfono… Es imperativo recargar.

Nada más sentarme un amabilísimo (y culto) camarero marroquí me ha preguntado qué deseaba beber y le he dicho que vino con gaseosa o sifón, si lo hubiere. Con rapidez agarena el discípulo del profeta ha puesto sobre mi mesa un vino originario de Toledo que atendía por el nombre «Me molas un porrón» y una gaseosa de las sospechosas habituales. Antes de añadirle agua litinada de ninguna especie he decidido probar el vino toledano y, tal y como suponía, ha resultado ser un vino honesto, lleno de testosterona y pletórico de virilidad, alérgico a la industria corchotaponera y sólo apto para hombres con una densidad pilosa en el pecho similar a la de King-Kong.

Sstisfecho con mi cata lo he mezclado con una dosis generosa de gaseosa y ahí ha sido cuando ha desarrollado el caldo toledano todas sus potencialidades: pa con gasesosa, hay que reconocerlo, estaba cojonudo.

Nada que objetar a la ensalada, no sólo venía con tres porciones de huevo duro sino que, además, estaba ilustrada con un espárrago y abundante repuesto de atún. Un tomate pequeño troceado la animaba y el aceite que la acompañaba era aceptable incluso para un aborigen de Andújar.

El pollo al ajillo ya era otra historia. Hermano del que se ofrecía por raciones en la barra estaba debidamente recalentado y acompañado de patatas fritas recién sacadas de la freidora, un contraste frío/caliente nada recomendable como experimento de nouvelle cuissine salvo superior criterio.

Las patatas, susceptibles de causar quemaduras de segundo grado en el comensal, han sido debidamente apartadas a la espera de una próxima glaciación y me he zampado el pollo al ajillo que, debo decirlo, incluso recalentado estaba cojonudo.

Ahora estoy esperado a ver qué me ofrecen de postre aunque mi juicio crítico está ya elaborado: en Cartagena es mejor y más barato.

Eso sí, en mi casa de comidas de Cartagena no puedo cargar el móvil y aquí, a coste cero, lo tengo ya casi al 99%.

El menú del paraíso

El menú del paraíso

Esta mañana he acudido a comer a mi bar de cabecera. Cuando he llegado el camarero pregonaba el género:

—De menú tengo ensalada, crema de verduras, potaje…

—Oiga camarero (ha interrumpido un parroquiano) ¿Está bueno ese potaje?

—Es lo que comen los domingos en el cielo, caballero…

Naturalmente he pedido potaje.

Rebañar

Rebañar

Los españoles y españolas nacidos en los años 60 somos hijos e hijas de madres nacidas en las décadas de los 30 y los 40 del siglo pasado, mujeres para quienes el hambre no fue una inquietante amenaza sino una dolorosa realidad. Para ellas comer no era un ejercicio ético, ni dietético, ni de estilo, ni de adscripción cultural; para esas madres, mi madre, comer era el requisito imprescindible de la supervivencia y, para todos aquellos nacidos en la España de los 30 y los 40, comer no era un ejercicio con el que demostrar su empatía por la vida animal, su conocimiento de las virtudes nutricionales de los alimentos, ni una forma de contarle al mundo que tú eras un connaisseur… Para nuestras madres, mi madre, comer era sinónimo de vivir y sus hijos iban a comer porque ellas se iban a encargar de que nada malo les pasase y, en esto, eran inflexibles.

Desde niño aprendí a comérmelo todo; el plato no podía volver con restos de comida despreciados al fregadero; lo que mi padre había ganado con su esfuerzo y nuestra madre se había gobernado con su ingenio no podía ser despreciado. El pacto entre madres e hijos estaba claro: yo me voy a ocupar de que no te falte de nada y tú te lo vas a comer todo para que yo esté tranquila de que jamás sufrirás el hambre que yo viví. Tú vas a crecer sano y, si ello implica que te zampes todo cuanto yo te ponga, mi autoridad de madre hará que no rechistes.

Yo aprendí a comémelo todo. Si hoy me sirven un plato de alubias me lo como entero y, si me ponen una paella solo para mí, moriré en el intento si es preciso pero trataré de que nada vuelva a la cocina.

A esto se denomimaba, irónicamente, en los años 50 y 60 como «la táctica del pobre»:

“La del pobre:
antes reventar
que sobre”

La patria de un hombre es su infancia y el que nace lechón muere cochino. Yo, a mis 58 años, no he logrado liberarme de la educación adquirida en los ’60 y, sistemáticamente, allá donde voy a comer me lo como todo, e incluso rebaño el plato.

Esto de “rebañar” me lo criticará algún cartagenero pues aquí se dice “repelar” y hoy, mientras tomaba esta foto, el camarero me ha sorprendido tomando la fotografía que ven y me ha dicho:

—¿Qué?, ¿Repelando el plato de habichuelas?

Las mujeres de los 80 quizá no me entiendan pero las de los 30-40-50 sí, y, cuando ellas cocinan, este gesto las hace felices.

En un mundo donde mueren más personas de sobrepeso que de hambre estas mujeres quizá parezcan una antigualla incomprensible y, quizá, sea así; pero puedo asegurarles que, para mí, ellas son mi patria y las prefiero a cualquiera de las exóticas tribus alimentarias que ahora se llevan.

¡Arriba los de la cuchara!

¡Arriba los de la cuchara!

En la foto ven ustedes un plato de cocido con pava y pelotas. Un rito navideño delicioso e imprescindible en mi región.

Mi padre, 92 años, guardia civil de profesión —lo aclaro ya desde el principio— a la vista del cocido que le estaba sirviendo mi madre ha recordado una canción de la Cartagena de su infancia y ha entonado a voz en cuello y con música de “La Internacional” la siguiente letra:

“Arriba los de la cuchara,
abajo los del tenedor,
y yo, como soy comunista,
que viva el martillo y la hoz”.

Me he partido de risa: identificar las clases bajas con los platos de cuchara y a los ricos con las comidas de tenedor me parece una ocurrencia absolutamente genial. Oír cantar muy desafinado al jefe también ha contribuido a las risas.