Los pulpos mueren por incultos

Los pulpos mueren por incultos

El pulpo, señoras y señores, es uno de los animales más inteligentes de la biosfera y así lo acreditan infinidad de experimentos realizados por zoólogos de todo el mundo. El pulpo, por sí solo, es capaz de resolver problemas, abrir puertas, salir de laberintos, abandonar el agua y salir al exterior si es preciso… En fin, que el pulpo podría ocupar sin problemas un escaño en el Parlamento Español si ser diputado dependiese, en exclusiva, de la inteligencia.

Pero entonces —me preguntarán— ¿como es que siendo tan listo ese pulpo ha acabado aliñado en tu plato esta noche?

—Por inculto, debo responderles.

El problema del pulpo (como el de muchos prebostillos nacionales) es la incultura. Un pulpo a lo largo de su vida puede aprender muchas cosas pero todo lo que aprende muere con él. El pulpo (o la pulpa) ponen sus huevos y los abandonan a su suerte, los pulpillos que eclosionan no tienen madre que, zapatilla en mano, les oriente y les haga entrar en la mollera todo lo que deben aprender. Cada uno de los recien nacidos pulpos, como Sísifo, debe empujar de nuevo su piedra hacia la cumbre.

El secreto de los mamíferos en general y del ser humano en particular es que, a los conocimientos instintivos de que les dota la naturaleza, añaden los que les transmiten principaente sus madres, seres con quienes conviven durante toda su infancia. En el caso de los humanos una infancia larguísima ha favorecido la transmisión cultural de madres a crías.

El mono humano no es tan listo como creen, cualquier chimpancé nos gana en la tarea de memorizar números —si no me creen pónganme un comentario y les devolveré algún video que les dejará estupefactos— pero hemos evolucionado de tal forma que, más que homo sapiens, somos homo culturalis y hemos hecho de la cultura nuestra arma definitiva para evolucionar. Lo que un hombre aprende pronto lo aprende toda la humanidad y se aprovecha de ello aunque no lo entienda.

Antes esta herramienta evolutiva —la cultura— estaba en manos de las familias pero, poco a poco y según avanzaban las tecnologías de la información, la cultura familiar se amplió a la contenida en manuscritos, libros, soportes externos de información como discos y películas, programas de ordenador, videojuegos… Y ahora las familias comparten con Disney, Fornite, Marvel o Netflix el equipamiento cultural de nuestros hijos e hijas.

Y ¿Eso es bueno o malo?

Ni bueno ni malo, sólo es peligroso, porque abdicar de la función cultural de la familia es dejar la evolución de tus hijos en manos de entidades que no se mueven por el bien de ellos, sino única y exclusivamente por el ánimo de lucro y, lo que es peor, les dejarás a estas entidades definir el futuro en el que tus hijos e hijas vivirán.

No, no puedes abandonar, como los pulpos, el cuidado de la cultura de tus crías a su suerte porque, si así lo haces, algún día los niños así criados acabarán sirviendo de cena de algún plutócrata desaprensivo.

Por incultos. Como este pulpo.

El combate de El Caney

El combate de El Caney

He visto que Pérez Reverte ha escrito esta semana un artículo sobre el combate de las Lomas de San Juan en la guerra hispano-norteamericana de 1898 pero he preferido no leerlo. No porque no me gusten los artículos de mi paisano sino porque yo, desde hace tiempo, he preferido guardar en mi memoria la descripción que, de una parte pequeña de dicho combate, hace un observador no español, un testigo presencial de los hechos, el Capitán Wester, agregado militar a la Legación Sueca y Noruega, observador privilegiado del combate ocurrido en El Caney y que lo narra de esta forma que ahora verán. Les ahorro sus comentarios estratégicos, las descripciones geográficas (les acompaño un plano de situación de las fuerzas en torno a Santiago aquel día) y paso a dejarle la pluma justo al principio de la acción. Lo que sigue son todas palabras de este observador neutral:

«El 1º de julio la división Lawton comienza su avance hacia El Caney; la confianza reina en el campo americano donde el único temor consiste en que el enemigo escape sin combatir; pero en El Caney, como se verá, están muy lejos de pensar así.

Las casas del pueblo han sido aspilleradas, se han abierto trincheras en un terreno pedregoso y el fuego de unas y otras es rasante sobre un espacio de entre 600 y 1.200 metros; en la punta nordeste de la posición, el fuerte de El Viso, guarnecido por una compañía, ocupa una colina desde la cual se dominan todos los aproches.

Los americanos se proponían envolver la posición española, para lo cual la Brigada Chaffee se dirigió desde el noroeste hasta El Viso, la de Ludlow, desde el suroeste hacia la desembocadura del camino que une El Caney con Santiago, mientras que una batería se colocó al este del pueblo y la Brigada Miles ocupa al sur Ducoureau, formando el ala izquierda.

Hacia las seis de la mañana comenzó el fuego de las trincheras españolas; de improviso se descubre sobre ellas una linea de sombreros de paja; inmediatamente el ruido de una descarga, seguido de la desaparición de los sombreros; esta operación se repite cada minuto, observándose una gran regularidad y acción de una voluntad firme, lo que no deja de producir una fuerte impresión en la linea de exploradores americanos. Las balas cruzan el aire, rasando el suelo, hiriendo y matando.

Poco tiempo después toda la Brigada Chafee se encontró desplegada, pero sin poder avanzar un paso y la de Ludlow también se vio detenida.

Mientras el fuego de la infantería aumenta progresivamente, la batería americana comienza a disparar. Como los españoles no cuentan en El Caney con un sólo cañón, el fuego puede hacerse con la misma tranquilidad que en un campo de maniobras: las piezas pueden hacer daño sin peligro alguno de recibirlo.

A los pocos momentos las granadas estallan por encima de las trincheras, alcanzaban las casas del pueblo y perforaban los muros de El Viso, proyectando los shrapnels su lluvia de plomo sobre la posición; mas, a pesar de todo, el fuego español se observa con igual continuidad e igual violencia.

Delante de El Viso se descubría un oficial paseándose tranquilamente a lo largo de las trincheras: fácil es comprender que el objeto de este peligroso viaje en medio de los proyectiles de que el campo está cruzado no es otro sino animar con el ejemplo a los bravos defensores: se le vio, de cuando en cuando, agitar su sombrero y se escuchaban aclamaciones. ¡Ah sí!, ¡Viva España!, ¡Viva el pueblo que cuenta con tales hombres!.

Las masas de infantería americana se echaban y apretaba contra el suelo hasta el punto de parecer clavadas a él, no pudiendo pensar en moverse a causa de las descargas que la pequeña fuerza española les enviaba a cada instante. Se hizo preciso pedir socorros y hacia la una avanzó Miles desde Doucoreau, entrando en linea a la derecha de Ludlow, y hacia las tres la cabeza de la brigada de reserva se desplegaba a la derecha de Chafee; pero en lo alto de las trincheras el chisporroteo de los Mausers se escuchaba siempre.

Por fin a las tres treinta y seis minutos la brigada de Chafee se lanza al ataque contra El Viso; pero queda al principio detenida al pie de la colina y no invade el fuerte sino después de un segundo y violento empuje. Los españoles ceden lentamente el terreno demostrando con su tenacidad en defenderse lo que muchos militares de autoridad no han querido nunca admitir: que una buena infantería puede sostenerse largo tiempo bajo el fuego rápido de las armas de repetición. ¡El último soldado americano cayó a apenas 22 pasos de las trincheras!.

Aunque la clave de la posición estaba conquistada, la faena continuaba. Yo seguí, con el corazón oprimido por la emoción, todas las peripecias de esta furiosa defensa y este brusco ataque.

(…)

Durante cerca de diez horas 500 bravos soldados resistieron unidos y como encadenados sin ceder un palmo de terreno a otros 6.500 provistos de una batería y les impidieron tomar parte en el principal combate contra las alturas del monte San Juan.»

Creo que, tras este relato, sabrán exactamente cómo se portó la pequeña tropa que defendía El Caney y el General que les mandaba. Ahora quizá sea bueno que sepan algunas cosas más:

Cuando los 6.500 americanos pudieron alcanzar la posición defendida por la pequeña fuerza española encontraron allí el cadáver del hombre que se paseaba sobre las trincheras ofreciendo el cuerpo al fuego enemigo y animando a sus tropas. Vara del Rey murió allí, al lado de sus hombres, cumpliendo con su deber.

El General fue enterrado por los norteamericanos con todos los honores militares para, posteriormente, repatriar su cadáver a España.

¿Cómo vieron esto los norteamericanos? Pues… Le dejo la pluma a un militar norteamericano que lo explicará mejor que yo o que Pérez Reverte. Veámoslo.

«…El valor de los españoles es magnífico. Mientras las granadas estallaban sobre la aldea o explotaban contra el fuerte de piedra, mientras la granizada de plomo barría las trincheras buscando cada aspillera, cada grieta, cada esquina, los soldados de ese incomparable Vara de Rey, tranquila y deliberadamente, continuaron durante horas alzándose en sus trincheras y arrojando descarga tras descarga contra los atacantes americanos. Su número decrecía y decrecía, sus trincheras estaban llenas de muertos y heridos, pero, con una determinación y un valor más allá de todo elogio, resistieron los ataques y, durante 8 horas, mantuvieron a raya a más de 10 veces su número, de unas tropas americanas tan valientes como nunca recorrieron un campo de batalla…»

Por eso no quiero que nadie me cuente este combate ni cómo cumplieron estos españoles con su deber porque, cada vez que me acuerdo, pienso en los miserables que se vacunan antes que aquellos que están en primera linea, me acuerdo de los ministros que piden esfuerzos y confinamientos mientras asisten a cenas de gala o hablan de que nos apretemos el cinturon con las babas oliendo a whisky.

Es porque tuve la suerte de leer los escritos del agregado sueco y noruego por lo que no quiero que nadie me cuente nada porque es inevitable que sienta poco después que se me revuelven las tripas.

¿Cómo murió Judas?

¿Cómo murió Judas?

Me preocupan quienes, dejando de lado su propia capacidad de razonar, se adhieren acríticamente a lo escrito en un papel, llámesele a este papel ley, contrato o incluso palabra de Dios.

Esta adhesión acrítica a la literalidad de lo escrito es causa de fundamentalismos que, si algunas veces pueden resultar graciosos como el Flanders de los Simpsons, la mayoría de las veces son fuente de todo tipo de desgracias cuando no de salvajes crímenes. Sea cual sea su fe, e incluso aunque su fe sea no tener fe, no dimitan nunca de su capacidar de juzgar críticamente lo que leen o lo que se les dice, ya sea esto un manual de instrucciones de Ikea, la Constitución Española, el Corán, la Torá o los Evangelios.

Aceptar que lo escrito en los Evangelios, por ejemplo, son verdades que han de interpretarse literalmente puede conducirles a callejones sin salida y, como estamos en Semana Santa y hoy se estaba fraguando hace 1988 años la traición que Judas cometería mañana, pongamos un ejemplo de esto que les digo y permítanme que les pregunte:

¿Cómo murió Judas?

Estoy seguro que la mayoría de ustedes me dirán que se ahorcó pero, si me lo permiten, repasemos lo que nos dicen los evangelios al respecto.

El Evangelio de Mateo narra la muerte de Judas de esta forma en su capítulo 27.

«Entonces Judas, el que le había entregado, viendo que era condenado, devolvió arrepentido las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos,

4 diciendo: Yo he pecado entregando sangre inocente. Mas ellos dijeron: ¿Qué nos importa a nosotros? !!Allá tú!

5 Y arrojando las piezas de plata en el templo, salió, y fue y se ahorcó.»

Esta versión, quizá la más popular, la de Judas el suicida desesperado, es contradicha por esa prolongación del Evangelio de Lucas que son los Hechos de los Apóstoles, el cual, en su capítulo 1, nos cuenta el suceso de forma bien diferente:

«Este, pues, con el salario de su iniquidad adquirió un campo, y cayendo de cabeza, se reventó por la mitad, y todas sus entrañas se derramaron.

19 Y fue notorio a todos los habitantes de Jerusalén, de tal manera que aquel campo se llama en su propia lengua, Acéldama, que quiere decir, Campo de sangre».

Y ahora permítanme que les vuelva a preguntar: ¿Cómo murió Judas? ¿Se compró un campo o devolvió las monedas? ¿Se ahorcó o cayó de cabeza y reventó?

Relatos contradictorios como estos los hay en la Biblia a decenas y, si esto pasa en la llamada «Palabra de Dios» ¿Qué no pasará en los textos que escriben los hombres por mucho que estén publicados en el BOE o que se les rodee de un halo de sacralidad?

Sean cuales sean sus creencias no abdiquen de su capacidad de pensar y piensen que si su dios les creó inteligentes es porque, con toda seguridad, les quería así.

Es más fácil obedecer que tomar decisiones pero nadie nos dijo que vivir fuese fácil. Elijan la senda estrecha y piensen.

Fondillón

Fondillón

Existen vinos marineros y de tierra adentro. Muchos pensarán que esta división la establecieron los ingleses en los siglos XVII y XVIII, pero lo cierto es que, si alguien es responsable de ella, fuimos los españoles en el siglo XV.

Las ordenanzas de la Flota de Indias eran taxativas en cuanto al consumo de los vinos se refiere: los primeros en ser consumidos debían ser los vinos jóvenes, en su mayoría blancos gallegos y los últimos los jereces pues, debido a su mayor graduación alcohólica y particular proceso de vinificación, eran los últimos en estropearse. Pero no sólo los jereces, pues se producían otros vinos en España muy capaces de soportar largas singladuras, como este del que estoy disfrutando hoy.

Cuando se habla de vinos españoles la mayor parte de la población piensa en la Rioja, en la Ribera del Duero o incluso en Jerez, pero, nadie o casi nadie, piensa en Alicante y, sin embargo, es en Alicante donde nace esta maravilla que saboreo hoy.

Este vino milagroso tiene un remoto origen jurídico en figuras como la enfiteúsis o el arrendamiento «a rabassa morta»; el contrato expiraba al morir las vides y por eso los agricultores cuidaban las cepas más viejas que, por su poca producción, eran recogidas familiarmente cuando acababa la vendimia de las cepas más productivas, de forma que las uvas venían cargadas de azúcares y, por lo tanto, rendían un vino de una muy alta graduación alcohólica.

Los agricultores, además, las pasificaban asoleándolas en el «safareig», tras lo cual el mosto fermentaba junto con el hollejo (es un vino tinto) y, si tras esto su calidad era excepcional, iba a parar a una barrica donde envejecía veinte o veinticinco años, aunque Fondillones (pues así se llama este vino) de más de 100 años son conocidos.

Pueden ustedes imaginar que, un vino de estas características era un vino marinero por naturaleza y fue por eso por lo que Magallanes, un genio portugués que Castilla fichó a la flota portuguesa, se cuidó muy mucho de que, al arranchar la flota que habría de dar la vuelta al mundo, hubiese abundante repuesto de Fondillón en las bodegas de los barcos… y el tiempo le dio la razón, pues cuando, tres años más tarde de su salida, la nao Victoria avistó la barra del Guadalquivir en Sanlúcar de Barrameda, aún quedaba Fondillón en sus bodegas.

Del Fondillón han escrito Dumas, Shakespeare y cuantos escritores de fuste y afición al morapio dieron aquellos siglos, y yo, hoy, como es el día de mi santo, voy a celebrarlo con este «jovencito» de treinta y tres años que me he gobernado para la ocasión. Podría bebérmelo sólo y no escribir ningún post pero ya saben ustedes que

«La vida es un vino amargo,
dulce en copas compartidas…»

Así que, aunque no puedan venir a probarlo conmigo —aún están a tiempo— al menos mantendremos la charla que, siempre, provoca un buen vino. Mucho más este.

Y Visca Alacant.

La infancia es felicidad, la adolescencia amor y el resto literatura

«La infancia es felicidad , la adolescencia amor y el resto literatura», leo que dice Luís Landero en una entrevista en El País, y pienso si no será por eso por lo que escribo tan a menudo de mi infancia.

Pero, como añade más adelante el maestro, «el pasado tiene mucho de invención, como en el amor, y a menudo muchas cosas que creemos haber vivido o nos las contaron, las hemos soñado o imaginado. El olvido borra y la imaginación escribe y ya se sabe que cuando la imaginación muerde y se hace carne ya no suelta su presa».

No sé cuánto de mi infancia se debe a la imaginación y cuánto al recuerdo. Lo que sí recuerdo perfectamente es aquella tarde en Madrid en que Luís y yo eramos felices fumando, bebiendo, hablando de literatura y jugando una variante Najdorf de la Defensa Siciliana.

Ya sabíamos que la vida iba en serio, pero aún nos podían las ganas de comernos el mundo.

Hay momentos que no los borra el olvido ni los reescribe la imaginación. Este es uno.

Morons (idiotas)

La obra de Banksy conocida como Morons (idiotas) y valorada en unos 100.000$ fue ayer quemada por sus legítimos propietarios, un grupo de personas que se identifica en twitter como @BurntBanksy , tras «tokenizarla» en un token (símbolo, ficha) no fungible  (más conocido por sus iniciales en inglés «NFT», Non fungible token).

La obra representaba una subasta de arte en la que el cuadro subastado contenía la leyenda «No puedo creer, idiotas, que estéis comprando esta mierda».

El token no fungible que certifica la obra será subastado próximamente con fines benéficos.

Yo no dudo que la mayoría de mis lectores solventarán la lectura de este post con un simple «Hay mucho loco suelto por el mundo» pero, si algo nos enseña la experiencia, es que salvo los locos clínicos, nadie suele dar nada por nada pues la reciprocidad gobierna nuestras vidas desde que el primer mamífero amamantó a su primera cría.

Y, sentando antes que nada que los seres humanos no suelen ser idiotas en asuntos de dinero y que prefieren ganarlo a perderlo, ¿por qué creen ustedes que estas personas han montado este espectáculo?

Bienvenidos a la última frontera del FOMO: los NFT.

El carnaval y el creciente fértil

El carnaval y el creciente fértil

Hoy es 14 de Adar en el calendario hebreo y comienzan, por tanto, las fiestas de Purim.

Hace unos días les conté cómo la Semana Santa tenía antecedentes mesopotámicos, hoy debo contarles que el carnaval también tiene antecedentes mesopotámicos.

Los babilonios (y antes los acadios) celebraban el año nuevo a la llegada de la primavera y a ese primer mes que empezaba con la primera luna llena de la primavera le llamaron Nisán. La forma de celebrar su llegada era muy curiosa pues, además de cantar y beber, los hijos del creciente fértil se disfrazaban con la esperanza de que la mala suerte no les reconociese en el año que entraba y así pudiesen escapar de ella.

Esta celebración de alegría, bebida y disfraces llamada Nouruz aún se celebra en el creciente fértil y los judíos la celebran también bajo el nombre mesopotámico de «Purim», pues «Purim» no es término hebreo sino babilónico.

Llama la atención que, aunque hayan pasado cinco mil años, esta sucesión de alegría (carnaval) y resurrección/renovación (semana santa/primavera) siga reproduciéndose en las culturas actuales que, aunque han olvidado ya su origen profundo, siguen sintiendo esas sensaciones que dieron razón de ser a estas fiestas.

Hoy es 14 de Adar, faltan dos semanas para la primavera y Nisán; comienzan las celebraciones del antiguo año nuevo.

Yo seré el que estaré

Hay un viejo proverbio centroeuropeo que afirma que si el inglés es la lengua del comercio y el francés la del amor, el castellano —o el portugués— son la lengua de Dios. La primera vez que lo oí pensé que tenía sentido; sólo el castellano y el portugués distinguen los verbos ser y estar de forma que, cuando Dios habló a Moisés desde la zarza ardiente y dijo eso de «Yo soy el que es», no podríamos traducirlo con exactitud a ninguna lengua que no fuese el castellano o el portugués… «Yo soy el que está», «Yo soy el que es», «Yo estoy el que soy…». No, esa frase ha de decirse y entenderse en español o no decirse ni entenderse.

Mi sorpresa fue mayúscula al descubrir, al cabo de los años, que en hebreo —idioma en que supuestamente hablaron Dios y Moisés— no se distinguen tampoco el verbo ser y estar pero, lo que es máss sorprendente, el verbo ser NUNCA se conjuga en presente en hebreo de forma que no existe la expresión «Yo soy».

Lo que Dios dijo desde la zarza y figur escrito en el original hebreo del Antiguo Testamento es más bien «Yo seré el que estaré».

Y es ahí cuando me acuerdo las delirantes explicaciones filosóficas que nos daba nuestro cura en clase de religión tratando de explicar esa frase.

Igual si hubiese estudiado hebreo hubiera podido ahorrarse todo aquel trabajo.

Quién sabe.

A veces pienso que, quizá, toda nuestra comprensión de la realidad esté viciada por un simple problema de traducción y que sea eso lo que nos impide entenderla. Quizá.

La Semana Santa y Mesopotamia

La Semana Santa y Mesopotamia

Aunque muchas veces les cuento que todo empezó en Mesopotamia, algunos de ustedes —lectores descreídos— aún no acaban de admitirlo. Así que hoy, que ya se va oliendo a primavera, voy a dar una vuelta de tuerca más en mis argumentaciones y voy a demostrarles que la semana santa (sí, la semana santa) también la inventaron los habitantes de aquel lugar y, por supuesto, mucho antes del nacimiento de Cristo. Ahí es nada.

Lo primero en que tenemos que fijarnos es cuándo se celebra la semana santa. ¿Lo sabe usted? ¿No? Pues tranquilo que ahora mismo se lo explico.

Las fechas y festividades de la semana santa se fijan teniendo en cuenta el día en que se celebra el Domingo de Resurrección y ¿cómo se decide qué domingo es el Domingo de Resurrección? Pues… De la misma forma que acadios, babilonios, asirios y persas lo hacían: mirando a la luna.

Los meses no duran entre 28 y 31 días por casualidad, ni es casualidad que las semanas tengan siete días, esto es así porque en la vieja Mesopotamía los meses se computaban según el ciclo de la luna y, durante este, se distinguían cuatro momentos fundamentales, las lunas nuevas, las lunas llenas y las medias lunas de los cuartos creciente y menguante. Un ciclo de 28 días dividido en cuatro cuartos, según las fases de la luna, nos arrojan cuatro períodos de siete días (nuestras semanas) al cabo de cada una de las cuales hay una fase siginificativa del ciclo lunar (luna llena, nueva, creciente o menguante) que los mesopotámicos designaron con la palabra «Shabatu» una palabra que, traducida, significa «cesar», «parar» o «barrer». En esos días, necesariamente, había que dejar de trabajar pues, por razones astrológicas, no eran aptos para hacer nada.

El puebo judío, esclavizado en Babilonia del 597 al 538 AEC, hizo suya está costumbre del «Shabatu» y hasta hoy día el calendario hebreo conserva el importantísimo «Shabat» (rito básico de su fe pero copia reelaborada del viejo «shabatu») así como el cómputo lunar de los meses.

Nosotros, ciudadanos occidentales, también celebramos el shabatu mesopotámico (nuestro Sábado, Saturday, Samedi…) y, aunque nuestros meses ya no son lunares, nuestras semanas siguen siendo esos períodos de siete días que los mesopotámicos establecieron.

¿Y por qué hay una semana santa?

Para los mesopotámicos la semana en que el año comenzaba era especial y la celebraban de formas que aún hoy día se celebran multitudinariamente en Iran, Turquía, Uzbequistán y en todas aquellas regiones que un día fueron parte de Persia: el «Nouruz» o año nuevo persa.

En el Nouruz las gentes se disfrazan para que la mala suerte no les reconozca en el año entrante, celebran fiestas, beben en abundancia, se hacen regalos y, en general, todo es motivo de fiesta y alegría. Esta celebración ha pervivido y aún en países dominados por el Islam se celebra de forma multitudinaria (si no me cree googlee «Nouruz») y, claro, como no, también por los judíos.

Vale, muy bien, pero ¿cuándo comienza el año en Mesopotamia?

Pues, cuando debe de ser: cuando todo renace, resucita y vuelve a la vida, con la primavera.

Aclaremos los conceptos: la primavera comienza cuando se produce el llamado «equinoccio de primavera» (cuando día y noche duran exactamente lo mismo) y, el primer mes del año mesopotámico, comienza con la primera luna llena de primavera. ¿Lo entiende? Es primero de año la primera luna llena de la primavera. Ahí comienza el año mesopotámico.

¿Y cuándo es domingo de resurrección?

Pues lo mismo: es Domingo de Resurrección el primer domingo después de la primera luna llena de la primavera. Si no me cree busque los decretos eclesiásticos que fijan la semana santa o compruebe usted como, este año, el equinoccio de primavera es el día 20 de marzo —Sábado— y que la primera luna llena tras él se produce el domingo 28 de marzo —Domingo de Ramos—, razón por la cual el domingo siguiente —primer domingo TRAS la primera luna llena de la primavera— es Domingo de Resurrección.

Y ¿cuándo es la pascua judía? Pues básicamente lo mismo: la primera luna llena de la primavera y esto es así simplemente porque es lo que el pueblo judío aprendió durante su cautiverio en Babilonia, asociándolo luego a la fiesta en que conmemoraban su salida de Egipto. De hecho, aunque los israelitas computan el año a partir del domingo 7 de octubre del año 3760 a. C., fecha equivalente al 1° del mes de Tishrei del año 1 (fecha del primer día de la creación) la Biblia Hebrea computa el año a partir del 1 del mes de Nisán (los nombrecitos de los meses son también mesopotámicos) que no es sino la primera luna llena de la primavera de cada año. Para la Biblia Hebrea los años comienzan el 1 de Nisán, es decir, con la primera luna llena de la primavera.

Bien, ahora que ya sabemos por qué la Pascua Judía, la Pascua Cristiana y el principio de año mesopotámico coinciden y ahora, estoy seguro, que ya sabrá usted por qué TODAS las semanas santas que usted haya vivido las ha celebrado mientras en el cielo una inmensa luna llena preside las celebraciones. No es casual, esto lo inventaron hace 5000 años en Mesopotamia (como todo) y nosotros no hacemos más que celebrar, de forma reelaborada, ese rito.

Los judíos, sin embargo, comienzan a celebrar el principio de año dos semanas antes de la luna de Nisán, es decir, los días 14 y 15 del mes de Adar (el último mes de su año mesopotámico) y lo hacen mediante una festividad llamada «Purim», donde reina la alegría. Lo malo es que esta festividad de «Purim» pues, también tiene significado mesopotámico y halla su fundamento en el controvertido «Libro de Ester», el cual forma parte de las Biblias hebrea y cristiana.

Vaya por delante que ninguno de los nombres de los principales protagonistas del libro es hebreo, pues ni el malvadísimo Amán, ni Mordekay ni Ester son nombres judíos.

Ester no es un nombre judío, sino mesopotámico, y se corresponde con el de la diosa Istar (en las lenguas semíticad las vocales no se escriben de forma que Ester e Istar se escriben igual —STR—) al igual que el del otro protagonista del libro, el judío «Mordekay» o «Mardokeo», cuyas consonantes —MRDK— son las del supremo dios «Marduk». Curiosamente en el libro de Ester no aparece ni una sola vez la palabra Yahweh, Jehowah, o Dios y, se especula, con que el libro fuese no Yahwista sino más bien conforme con la importante comunidad de judíos adoradores de la diosa madre.

En fin que esta fiesta de Purim, que se celebra el 14 de Adar, tiene también su antecedente mesopotámico (como todo, obviamente) y es fiesta de alegría, de disfraces —recuerden Nouruz— de dar limosna, de repartir comida y de beber vino y licores.

Y en este punto (como conozco a muchos de mis lectores y sé que les gusta el pitraque) déjenme aclararles cuándo y hasta qué punto se puede consumir vino y licores.

El cuándo se responde pronto: hoy estamos a 11 de Adar, luego este Viernes será 14 de Adar, fecha de la celebración. Si quiere hacer el Mardokeo o Mordekay este fin de semana es su momento. Prepare regalos, comida y su hígado porque el punto exacto hasta el que puede beber se lo digo ahora.

El punto exacto también tiene su límite en el muy mesopotámico libro de Ester: puede consumirse vino hasta que en sus entendederas se confundan los nombres del malvado Amán y el bueno de Mordekay. Es decir que, o mucho me equivoco, o se puede coger una folloneta considerable.

Y… Hablando de vino, hoy me he gobernado para comer este vino manchego, «Canforrales», en el establecimiento del Callejón de Campos que regenta José, un contumaz manchego ejerciente. El vino es un varietal de Syrah que, como todo, también me conduce a Mesopotamia pues es esta uva la que se cultivaba allí en la época en la que el hijo de un carpintero de Nazaret celebró su última Pascua, bajo la luna llena de Nisán, poco antes de que fuese ajusticiado por los romanos.

Fue el principio de una nueva era y de un nuevo calendario: el nuestro.

En fin, a su salud, hoy la Mancha ha de devolverme sabores de hace dos mil años, casi los mismos que trece hombres saborearon una noche bajo la luna de Nisán.

Vino dorado

Vino dorado

Hoy he probado el vino blanco de uva merseguera que compré hace unos días y, como les prometí contarles mi experiencia, aquí lo hago.

Vaya por delante que el vino es correcto y que —sin duda— lo prefiero a otras marcas más conocidas en la localidad pero, para serles franco y en honor a la verdad, debo hacerles unas consideraciones adicionales para las que me vendrán muy a propósito ciertos datos que me facilitó no hace mucho mi amigo Joaquín ( Tito Quino ) pues, en la cita que hizo a propósito de los cartageneros vinos del Plan, se les caracterizaba como blancos «rancios» y es en esa palabra donde quiero detenerme.

El adjetivo «rancio» —generalmente peyorativo— aplicado a los vinos, en cambio no lo es. Un vino es «rancio» debido a procesos oxidativos buscados deliberadamente y, conforme a lo dicho, a un vino «oloroso» de Jerez podríamos adjetivarlo de «rancio» por los procesos oxidativos que ha seguido y no creo que nadie dude de su calidad.

Recuerdo que siendo yo joven —sí, los zagales de mi generación bebíamos vino en la taberna de Paco El Macho— le pregunté a un sedicente entendido que por qué despreciaba el vino de esa bodega y me dijo: ese vino «no vale ná», ese vino dorado «está oxidado».

Hoy sé que lo que no me supo decir es que ese vino era un vino rancio, como el rancio de Rueda, el oloroso seco, el «pajarilla» de Aragón o el solera seco de Málaga. Creo que les conté no hace mucho mis experiencias en Rueda y cómo me sorprendió que la gente de allí prefiriese el vino rancio de la localidad a sus famosos blancos.

Y ahora, volviendo al blanco de Merseguera que acabo de probar debo reconocer que es un blanco bueno pero… No es rancio.

Y, para quien hizo de su pubertad y adolescencia un ir y venir de la Cofradía California a la taberna de Paco El Macho, un blanco normal no sacia su sed, porque, lo queramos o no, los hijos de los 60, de Gagarin y Laika, del Mayo Francés y la Guerra de Vietnam, de la Conquista de la Luna y la Transición, somos rancios y tenemos el paladar rancio y no estamos para blancos finústicos.

Y aunque nuestras compañeras de generación, valientes, auténticas y carne de bar como nosotros, también le daban al vino rancio yo aún las miro y no las veo oxidadas en absoluto, las veo auténticas, como el vino que servía Paco El Macho.

Un día les hablaré de este hombre y de su taberna al final de la Calle del Cañón y la Calle del Aire.