Existen vinos marineros y de tierra adentro. Muchos pensarán que esta división la establecieron los ingleses en los siglos XVII y XVIII, pero lo cierto es que, si alguien es responsable de ella, fuimos los españoles en el siglo XV.

Las ordenanzas de la Flota de Indias eran taxativas en cuanto al consumo de los vinos se refiere: los primeros en ser consumidos debían ser los vinos jóvenes, en su mayoría blancos gallegos y los últimos los jereces pues, debido a su mayor graduación alcohólica y particular proceso de vinificación, eran los últimos en estropearse. Pero no sólo los jereces, pues se producían otros vinos en España muy capaces de soportar largas singladuras, como este del que estoy disfrutando hoy.

Cuando se habla de vinos españoles la mayor parte de la población piensa en la Rioja, en la Ribera del Duero o incluso en Jerez, pero, nadie o casi nadie, piensa en Alicante y, sin embargo, es en Alicante donde nace esta maravilla que saboreo hoy.

Este vino milagroso tiene un remoto origen jurídico en figuras como la enfiteúsis o el arrendamiento «a rabassa morta»; el contrato expiraba al morir las vides y por eso los agricultores cuidaban las cepas más viejas que, por su poca producción, eran recogidas familiarmente cuando acababa la vendimia de las cepas más productivas, de forma que las uvas venían cargadas de azúcares y, por lo tanto, rendían un vino de una muy alta graduación alcohólica.

Los agricultores, además, las pasificaban asoleándolas en el «safareig», tras lo cual el mosto fermentaba junto con el hollejo (es un vino tinto) y, si tras esto su calidad era excepcional, iba a parar a una barrica donde envejecía veinte o veinticinco años, aunque Fondillones (pues así se llama este vino) de más de 100 años son conocidos.

Pueden ustedes imaginar que, un vino de estas características era un vino marinero por naturaleza y fue por eso por lo que Magallanes, un genio portugués que Castilla fichó a la flota portuguesa, se cuidó muy mucho de que, al arranchar la flota que habría de dar la vuelta al mundo, hubiese abundante repuesto de Fondillón en las bodegas de los barcos… y el tiempo le dio la razón, pues cuando, tres años más tarde de su salida, la nao Victoria avistó la barra del Guadalquivir en Sanlúcar de Barrameda, aún quedaba Fondillón en sus bodegas.

Del Fondillón han escrito Dumas, Shakespeare y cuantos escritores de fuste y afición al morapio dieron aquellos siglos, y yo, hoy, como es el día de mi santo, voy a celebrarlo con este «jovencito» de treinta y tres años que me he gobernado para la ocasión. Podría bebérmelo sólo y no escribir ningún post pero ya saben ustedes que

«La vida es un vino amargo,
dulce en copas compartidas…»

Así que, aunque no puedan venir a probarlo conmigo —aún están a tiempo— al menos mantendremos la charla que, siempre, provoca un buen vino. Mucho más este.

Y Visca Alacant.

Un comentario en “Fondillón

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