Rojos como las ñoras

Rojos como las ñoras

Hoy he entrado a comprar hierbas para infusión en una de esas tiendas clásicas de toda la vida y de las que, por desgracia, cada vez quedan menos. La tienda se rotula como «La casa de las especias» aunque todo el mundo la conoce en Cartagena, simplemente, como «la tienda de Joaquín Boj». Mientras la señora que atendía el mostrador buscaba las hierbas que le he pedido me he entretenido fotografiando el local, he reparado en este racimo de ñoras que cuelga del techo y he sentido la necesidad de fotografiarlo.

La ñora es tan consustancial a la Región de Murcia como los grelos a Galicia o los espárragos a Navarra y la relación de esta región con ella, con la ñora, se remonta hasta los primeros tiempos de su llegada a España pues, han de saber ustedes, que hasta que Colón no descubrió América en Europa no se conocía la ñora, con los evidentes perjuicios que esto producía, pues los Calderos de Cartagena, del Mar Menor o de Cabo de Palos, por ejemplo, no quedaban como dios manda ni de sabor, ni de color, ni de olor.

Fue Colón quien trajo a España las primeras semillas de «Capsicum Annuum» (o «pimiento de bola» que es como se le conoce por aquí) y las depositó en el monasterio de la Virgen de Guadalupe, lugar desde el que pasaron al Monasterio de Yuste, donde se aclimataron al clima peninsular. El monasterio de los Jerónimos de Yuste decidió entonces compartir su descubrimiento culinario con sus hermanos del monasterio de Los Jerónimos de la pedanía de La Ñora, cerca de la ciudad de Murcia, lugar que dio nombre por estas tierras al «Capsicum Annuum» pues han de saber ustedes que, a este tipo de pimientos, en esta región, o se le llama «pimiento de bola» o, de forma mucho más simple y popular, «ñoras». Tanta relación tienen las ñoras con la ciudad de Murcia que al equipo de fútbol de la ciudad se le conoce como el «equipo pimentonero» porque de la ñora se extraía un otrora excelso pimentón que se molía en los molinos del río tal y como recuerda perfectamente mi padre que, tras tener que huir con su familia de Cartagena debido a los bombardeos terribles de la Guerra Civil, estuvo trabajando como peón en esos molinos.

Mucha ñora, mucho conjunto pimentonero, mucho monasterio de los Jerónimos, mucho caldero donde la ñora es imprescindible, muchos bares y restaurantes decorados con ristras de ñoras y ¿al final qué?

Pues al final «ná de ná», porque la gente del negocio del pimentón, secular en la ciudad de Murcia, no se puso de acuerdo para siquiera crear una denominación de origen ni potenciar un producto de excelente calidad y que resulta imprescindible en la gastronomía del sureste.

La Región de Murcia es una región imaginativa, creadora, innovadora pero… pero con un complejo de inferioridad irritante. Permítanme que excluya a mi ciudad de ese complejo, pues mis paisanos se consideran poco menos que descendientes de Aníbal y a amor propio no les gana ni un francés cantando «La Marsellesa». Tenemos un malísimo concepto de nuestra propia Región, asumimos como normal que aquí llegue un AVE tercermundista y con tercer hilo mientras a lugares como Palencia llega un AVE moderno, con dos plataformas y magníficas infraestructuras. Nos parece natural que no tengamos conexión ferroviaria con Almería, damos por hecho que, aunque esta Región tenga casi la misma población que las tres provincias vascongadas juntas, tengamos mucho menos peso político que ellas; tenemos una nula influencia en la política nacional y no parece que hagamos nada por solventarlo. Miren, la ciudad de Murcia es la séptima ciudad de España en población por delante de lugares como Bilbao; Cartagena tiene sola más habitantes que la practica totalidad de las capitales de provincia de Castilla La Mancha o Castilla y León (incluso más que provincias enteras) y mi Colegio de Abogados cuida de más personas que toda la población de la Comunidad Autónoma de La Rioja, por ejemplo. Y, sin embargo, ni los habitantes de Cartagena tienen los mismos servicios que los de La Rioja ni, por supuesto, los de la ciudad de Murcia se acercan ni de lejos a los de Bilbao.

No sé cómo he saltado de las ñoras al complejo de inferioridad que arrastra esta región, no lo sé, pero no siento que sea erróneo nada de lo que digo y la culpa no es sólo de nuestros dirigentes, sino de nosotros mismos.

En fin, a dios gracias y a pesar de todos los males, la ñora sigue existiendo para dar sabor a los calderos que se hacen en la costa de Cartagena y a muchos otros platos sin los que no entenderíamos el sureste de España. El resto es tan solo una falta de orgullo y amor propio que debería avergonzar a nuestros políticos y ponerlos rojos. Como las ñoras.

Cartagena, la cuestión del «filioque» y la guerra serbo-croata

Hace unas semanas visitaron mi ciudad un abogado madrileño, su mujer y su bebé; no les conocía, pero, como él me pidió a través de internet que le sugiriese un hotel en mi ciudad, acabamos entablando conversación y el final de la historia fue que les hice de cicerone durante su visita. De las muchas extravagancias que les conté a propósito de mi ciudad, una acabó sorprendiéndome incluso a mí mismo mientras la contaba y me dejó cavilando sobre la conveniencia de poner freno a esta manía mía de relacionar unas cosas con las otras con fundamento en coincidencias cuya conexión está traída por los pelos. Les cuento el caso.

Ocurre que a mí uno de los periodos históricos de mi ciudad que más me atraen es el correspondiente a la dominación bizantina, pues, el mismo, me permite al mismo tiempo darle lustre a mi ciudad y aturdir a mis incautos oyentes con una barahúnda de datos que —por ser raros y poco conocidos— no admiten réplica de su parte. Permítanme que ahora se lo cuente a ustedes.

En el siglo VI la práctica totalidad de la península ibérica estaba gobernada por pueblos bárbaros como suevos o visigodos; sin embargo, en mi ciudad, éramos mucho más finos y exquisitos pues, desde Justiniano, mi ciudad formaba parte del Imperio Romano —el llamado Imperio Bizantino— con capital en Constantinopla. Mi ciudad formaba parte organizativamente de lo que los bizantinos llamaron la provincia de «Spania» y era, a la sazón, su capital; es decir, en el siglo VI mi ciudad era la capital de «Spania», cosa que suele dejar bastante sorprendidos a mis desprevenidos oyentes pues «Spania», «Spain», «Spanja»… es la forma con que se conoce a España en la mayor parte de los idiomas del mundo. La vieja «Hispania» pasó a llamarse «Spania» en la epigrafía bizantina y la palabra «España» empezó a oírse sobre la faz de la tierra. Esto, para ingleses, alemanes y otros pueblos centroeuropeos se les aparece como evidente.

Una vez que he puesto a mis oyentes —y ahora a mis lectores— en el contexto histórico adecuado, señalándoles que en el siglo VI, nosotros, los cartageneros o cartagineses, éramos bizantinos y el resto de los españoles —ustedes me perdonarán— bárbaros del norte o súbditos de ellos, suelo relatar cuál era el grave problema de orden religioso que aquejaba entonces a los hispanorromanos dominados por los visigodos y este no era otro que el que estos últimos, profesaban la herejía arriana.

La herejía arriana había sido condenada por la ortodoxia cristiana casi dos siglos antes en el Concilio de Nicea, pero los visigodos habían abrazado tan fuertemente los preceptos de dicha herejía, que seguían ateniéndose a la misma e incluso tenían su propia jerarquía eclesiástica arriana y sus obispos arrianos. Estas creencias de los visigodos suponían una causa importante de enfrentamientos con los hispanorromanos que habitaban las zonas dominadas por estos visigodos.

Todo esto es bastante conocido pero ¿qué era la herejía arriana y que pinta Cartagena en esta historia? Vayamos poco a poco y veámoslo.

La naturaleza de la segunda persona de la Santísima Trinidad —el Hijo— siempre ha sido fuente de problemas teológicos y en el caso de la herejía arriana pasaba lo mismo. Para los arrianos, los seguidores de la doctrina del obispo Arrio, Jesucristo, la segunda persona de la Santísima Trinidad, había sido creado por el Padre y por tanto estaba subordinado a Él. La cristología arriana sostenía que el Hijo de Dios no existió siempre, sino que fue creado por Dios Padre. Esta creencia se basaba, entre otros textos bíblicos, en un párrafo del Evangelio según San Juan donde Jesús declara:

Oyeron que yo les dije: “Voy y vuelvo a ustedes”. Si me amaran se gozarían de que voy al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Evangelio según san Juan 14:28 (Versión Reina Valera, actualizada 2015)

Las enseñanzas de Arrio hicieron furor en algunos momentos y aunque en el Concilio de Nicea (325EC) su doctrina fue condenada como herética, más tarde el Sínodo de Tiro 335 le exculpó, aunque volvió a ser anatematizado más tarde y en el Primer Concilio de Constantinopla se volvió a condenar su doctrina como herética.

Para cuando ocurrieron los hechos que les voy a relatar la doctrina de Arrio ya era claramente una herejía que tan sólo seguían facciones minoritarias de los creyentes aunque una de estas facciones, por desgracia, eran los visigodos, pueblo bárbaro que dominaba la península ibérica a excepción de la franja de territorio bizantino de la provincia de Spania.

Todos esos follones entre cristianos ortodoxos y herejes arrianos no eran cosa que preocupase en la Spania bizantina, pues, por aquí, la ortodoxia imperaba y a nadie se le ocurría defender la nefanda herejía de Arrio, so pena de que las autoridades imperiales le ajustasen las cuentas, porque, en cuestiones teológicas, los bizantinos tenían muy poco sentido del humor.

En estos años de que les hablo nacieron aquí, en mi tierra, los santos con más tronío de la historia sagrada española pues, hijos del Duque Severiano y de su esposa Teodora, vinieron al mundo en nuestra ciudad cuatro zagales cartagospartarios que habrían de cambiar la historia del mundo: Leandro, Fulgencio, Florentina e Isidoro, los llamados «Cuatro Santos de Cartagena».

La historia de esta familia es oscura pues, por motivos no esclarecidos, los hijos y su madre hubieron de abandonar Cartago Spartaria (mi ciudad) marchando a Sevilla, donde se instalaron. La fama debía precederles pues, nada más llegar, los hispalenses hicieron al hermano mayor (Leandro) obispo de Sevilla, lo cual resulta verdaderamente llamativo; más tarde, Fulgencio, sería nombrado obispo de Écija y, a la muerte de Leandro, le sucedería como Obispo de Sevilla su hermano menor Isidoro —sí, Isidoro de Sevilla era cartagenero— mientras que la hermana, Florentina, fundó un convento.

A nosotros en esta historia nos interesa la vida de Leandro pues, este hombre sabio, viendo que los reyes visigodos yacían en el piélago de la ignorancia herética, hizo firme propósito de hacerles abjurar de ella y convertirlos al cristianismo verdadero y como dios manda; sobre todo porque, con los rifirrafes que provocaban las diferencias religiosas entre hispanorromanos y visigodos, andaba el regnumvisigothorum revuelto, mientras los bizantinos estaban tan felices dominando el sureste de Spania y tomando a los belicosos godos a mojiganga.

Leandro, que como buen cartaginés era obstinado, se las arregló para convencer al rey visigodo y a toda su corte para que abjuraran del arrianismo y abrazaran el cristianismo cabal y neto, cosa que hicieron para felicidad del santo y de los habitantes del reino pero, como Leandro no las tenía todas consigo debido a la sequedad de mollera de estos visigodos a quienes los libros de mi infancia encuadraban entre los llamados «bárbaros del norte», decidió ir un paso más allá y aclarar de una vez por todas los líos con el asunto de la Trinidad.

El quid estaba en que aunque el Hijo es Hijo del Padre, ambos son eternos (según el dogma Trinitario de la Santa Madre Iglesia) y por ser Hijo no quiere decir que no sea Dios también y tan eterno como el Padre (¿un buen follón, eh?). Y si la cosa es complicada con el Hijo ni les cuento con el Espíritu Santo, porque este procede del Padre según el credo de Nicea, aunque sea tan eterno como la persona de quien procede.

Repasemos: si es usted creyente sin duda recuerda el credo y el fragmento que dice:

Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y que, con el Padre y el Hijo, recibe una misma adoración y gloria.

Bueno, pues a Leandro la cosa no le parecía lo suficientemente bien explicada y, para que quedase claro que tampoco el Espíritu Santo era anterior en el tiempo al Hijo ni viceversa, decidió añadir una sola palabra al credo en uno de esos concilios que los visigodos hacían en Toledo. La palabra que Leandro añadió al credo fue filioque que traducido del latín significa «y del hijo» y fue ahí cuando se juntó Roma con Santiago y se montó la de Dios es Cristo y aún hoy arrastramos ese follón como verán si tienen la paciencia de seguir leyendo.

Porque Carlomagno, que quería ser más emperador que el verdadero emperador (el del imperio romano con capital en Constantinopla), sugirió al Papa que tuviese por hereje al emperador de Constantinopla. Cuando el Papa, sorprendido, le preguntó al godo ese que por qué, este le respondió que el emperador constantinopolitano rezaba un credo incorrecto y adujo como correcta la redacción del credo según el concilio de Toledo con la palabrita añadida por Leandro, es decir, añadiendo filioque (y del hijo) al credo de Nicea, de forma que la redacción quedaba en:

Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo y que, con el Padre y el Hijo, recibe una misma adoración y gloria.

El Papa se echó las manos a la tiara y le dijo al godo que era un burro, que lo del «y del hijo» era una expresión explicativa pero que el verdadero credo de Nicea no incorporaba tal palabra. El Papa, además, mandó clavar el credo de Nicea en su sede romana y cuentan que el hombre se tomó muy a mal la ocurrencia del emperador godo. Pero, como los godos, además de burros, eran bastante bestias, acabaron explicándole al Papa que él tendría razón teológica pero que ellos tenían unas espadas de acero del Ruhr que quitaban el hipo a los Santos Padres y que se dejase de follones trinitarios y rezase como ordenaba Leandro… y ahí comenzó la división entre católicos apostólicos romanos (los frecuentes en España, los del Papa) y los católicos apostólicos ortodoxos (los griegos, búlgaros, rumanos, rusos…) quienes nunca olvidaron que el Papa se equivocó en el asunto del filioque y le negaron toda infalibilidad por rezar un credo herético aparte de explicarle que para infalibles ellos y sus patriarcas que eran más conciliares y más demócratas que el Papa.

Lo de poner una palabra más o menos en el credo puede parecer una gilipollez, pero lo cierto es que esa palabra ha dado lugar a no pocas guerras y ha animado a matarse a los hombres con sorprendente solvencia. La última de estas guerras fue la que enfrentó a serbios (ortodoxos) y a croatas (romanos) pues, aunque la religión no fue la causa de la matanza, tampoco fue motivo para reconciliarse entre hermanos, pues, esto de profesar religiones distintas (aunque solo sea por una palabra), ha demostrado a lo largo de la historia ser una magnífica coartada para criminales y asesinos disfrazados de soldados.

Bueno, pues ya ven, que empecé con Carthago Spartaria y acabé en la guerra de los Balcanes. Llegados a este punto mis invitados me miraban con estupor y yo mismo andaba pensando «¿no habrás llegado demasiado lejos, Pepe Muelas?»…

He reflexionado unas semanas sobre el asunto, he hecho examen de conciencia y, movido de un sincero propósito de enmienda, prometo no volver a repetir semejante fechoría si usted viene por Cartagena de forma que, si me asalta la tentación, me limitaré a pasarle a usted el link a este post que he escrito como penitencia y ya decide usted mismo si le importa mucho, poco o nada, toda esta historia de credos, filioques, papas romanos y biblias en pasta.

Yo ya lo he dejado aquí escrito, no lo repetiré más, todo sea por la ortodoxia carthaginesa.

Qart Hadast

No hace mucho me referí a la ciudad de Aníbal como Carthago Nova y alguien me corrigió diciéndome que la ciudad de Aníbal se llamaba «Qart Hadast» y le reconocí que tenía razón. Tenía razón por partida doble pues, si consideramos a Aníbal natural de la «vieja Carthago», hay que recordar que la misma se llamaba, en fenicio, «Qart Hadast»; es decir, exactamente igual que la «nueva Carthago». «Qart Hadast» es un nombre que, traducido de la lengua que hablaban los carthagineses (fenicio) significa «Ciudad Nueva»; y no es extraño que los carthagineses llamasen así a su ciudad pues, siendo ellos fenicios (los «tirios» de la expresión «tirios y troyanos»), «Qart Hadast» (la «Carthago» a secas de los romanos) era para ellos exactamente eso: una ciudad nueva.

Cartagena fue bautizada por los carthagineses exactamente igual que su ciudad de origen; es decir, como «Ciudad Nueva» (Qart Hadast), de forma que los romanos, para distinguirlas, llamaron a la «Qart Hadast» ibérica Carthago Nova, lo cual viene a ser una redundancia pues literalmente significa «Nueva Ciudad Nueva».

¿Cómo se escribía y se pronunciaba en fenicio «Qart Hadast»? Escribirlo es fácil pues hoy día disponemos gracias a unicode de alfabeto fenicio en nuestros ordenadores: 𐤒𐤓𐤕 𐤇𐤃𐤔𐤕

Ojo… el fenicio se escribe —como el árabe— de derecha a izquierda de forma que la primera letra no es el «+» (T) sino «𐤒» (Q), primera letra muy curiosa pues, para los romanos, la palabra comenzaba con un sonido oclusivo velar (K) y así lo escribieron ellos (Carthago/Karthago). La realidad es más compleja, al parecer la letra «𐤒» representa un sonido oclusivo uvular que se representa en el alfabeto fonético con el signo «q», su pronunciación, si quieren, se la ejemplifico otro día con un cafelico de por medio.

Sólo un dato para finalizar, no cuenten las letras pues, en fenicio, no se escribían las vocales sino solo las consonantes (como en árabe o egipcio medio) y por tanto, si hubiésemos de representar el nombre de nuestra ciudad en alfabeto latino y de izquierda a derecha, resultaría «KRT HDST» o mejor «QRT HDST». El trilítero KRT (tan presente en el Mediterráneo —KReTa—) o QRT, siempre me ha gustado más que el muy administrativo CT de las listas de embarcaciones, pero esa es otra historia.

Y no sé por qué les he contado esto… sé que quería contarles algo, pero me he liado con los fenicios y… bueno, ya me acordaré.

Españoles por el mundo

Las tardecitas de Cartagena tienen ese ¿qué se yo?… y tienen tanto que, hoy, no se me ha aparecido ningún loco de esos a los que cantaba la balada que comienza con la misma frase de este post, sino este señor que ven en la imagen. Cuando iba por la calle Jara se ha venido hacia mí y con un fortísimo acento argentino me ha dicho:

—Buenas tardes, ¿vos sabés cómo se llega al Barrio del Foro?

Se lo he indicado y no sé cómo se las ha arreglado para iniciar una conversación que, sin que yo supiese muy bien cómo, ha ido desde la arquitectura militar de frente abaluartado de mi ciudad (que le atraía muchísimo) hasta sus orígenes cartagineses. El hombre, profesor de historia, citaba fechas y siglos como si fuesen parte de su vida y con la misma solvencia subrayaba la idiotez de Carlos II que hablaba del ímpetu sexual del primer hijo de los Reyes Católicos.

El hombre me ha confesado que era español de pura cepa, bueno, había nacido en Buenos Aires y había vivido toda su vida allí dando clase, pero era hijo de un navarro y una balear emigrados a Argentina y eso imprime —decía él— carácter y por eso, como yo bien podía notar, él era español hasta la médula ósea.

Yo, debo confesarlo, lo que notaba en realidad era su incontenible verbo argentino, con el que me ha rodeado hasta tenerme a su merced. Me ha contado cómo él no supo que era argentino hasta que fue a la escuela primaria y vio una bandera albiceleste desconocida hasta entonces para él, pues, en su casa de Buenos Aires, los mapas eran de Navarra y las banderas de España y su padre no transigía con melindres rioplatenses.

En casi una hora de conversación me ha explicado que:

  1. España es la nación más importante y cojonuda del mundo.

  2. Los ingleses son unos sujetos absolutamente despreciables.

  3. Que Perón, Kirchner y todos los que han gobernado en Argentina han sido, en general, una desgracia para el país.

  4. Que Aznar, Felipe González y todos cuantos han gobernado España no son mejores que los antes citados.

  5. Que los Austrias fueron lerdos y los Borbones más.

  6. Que Fernando VII fue un hijoputa sin parangón y que

  7. San Martín, Bolivar y toda esa gente no fueron mas que unos traidores a España y que sólo gracias a la ayuda de esos ingleses indeseables desgajaron a Hispano-América de este país que, según se puede comprobar en el punto primero, es el mejor y más cojonudo sin discusión posible.

A esas alturas yo ya estaba buscando batirme en retirada, pues mi recién adquirido amigo me estaba contando las causas y consecuencias de la II Guerra del Pacífico y, aprovechando que ha aparecido mi amigo Rafael, he decidido utilizarlo como muleta para escabullirme. La sagacidad argentina no lo ha permitido, sin duda previendo mi ardid el hombre ha sitiado a Rafael con su verbo y este, encandilado y sin atender a que yo llevaba una hora revisando la historia de España, nos ha invitado a café. Ahí ha ardido Troya, pues, desde las primeras glosas emilianenses hasta la actualidad más reciente, este profesor de historia ha sentado cátedra en todas cuantas eras históricas ha recalado su discurso —eso sí, siempre referido al mejor país del mundo que, como ya ha quedado claro, es España—.

Había pasado hora y media cuando le he dejado camino yo de mi despacho y él del Barrio del Foro Romano. Le he visto marcharse con ternura infinita pues, a fin de cuentas, con él se iba el español más español que he conocido hasta el día de hoy.

Como imaginarán tenía que hacerme una foto con él.

Hasta San Antón, pascuas son

Hoy es el día nacional del «Ya se han acabao las navidades», a lo que en mi tierra se suele responder con el clásico «hasta San Antón, pascuas son» y es verdad; pues, en Cartagena, la navidad no termina del todo hasta que damos de lado al turrón y los cordiales y nos acogemos al sabor del pulpo elaborado a la manera de Cartagena; es decir, ni hervido ni al horno, sino a la plancha y regado con el aliño secreto de cada maestrillo o maestrilla. El pulpo así preparado es el plato fundamental de las fiestas del barrio de San Antón (primera foto) y hasta esas fiestas llegan las pascuas en esta tierra.

Esto del pulpo a la cartagenera me ha recordado esta mañana que ya no se huele a pulpo en mi ciudad. Hace sólo unos cuantos lustros era imposible pasear por algunas zonas de Cartagena sin que te asaltase el olor a pulpo a la plancha, asalto que, si coincidía con la hora del almuerzo o de la cena, constituía un inapelable toque de fajina.

Uno de esos lugares de aroma inolvidable estaba justo en el centro de la ciudad, frente a Capitanía General, en la calle «Del Paraíso», calle que conducía desde el corazón de la vida ciudadana hasta los burdeles del barrio tolerante (hoy parque arqueológico); no sé quién escogió para esa calle el nombre de «calle del Paraíso» lo que sí tengo para mí es que lo hizo con intencion; pero volvamos al pulpo, que me pierdo. En el local que ven en la segunda fotografía de la serie que les adjunto estaba el bar al que me refiero y que durante muchísimos años perfumó la vida ciudadana con el aroma marinero y honesto del pulpo a la plancha.

El segundo local inolvidable era «El bar Taurino», en la calle «De las Beatas», más barato que el anterior, este era un bar que sólo servía pulpo. El matrimonio que lo regentaba tuvo ocho hijos cuyas fotografías decoraban el local y, para sacarlos adelante, organizaron esa hecatombe de pulpo a la plancha que se llamó «Bar Taurino». Les juro que los pulpos que se preparaban allí estaban cojonudos y que no los he probado mejores, el aliño que preparaba la jefa ha sido imitado por muchos e igualado por nadie y estoy seguro que mi memoria no me juega una mala pasada: creo no haber probado nunca un pulpo a la cartagenera que me supiese tan bien como ese.

¿Es esto de los olores y los sabores a pulpo a la plancha algo valioso y que convenga cuidar?

No les daré mi opinión, lo que sí les digo es que tanto la «Calle del Paraiso» como la calle de «Las Beatas» forman parte hoy de ese infierno en que la pretenciosa ineptitud de nuestros políticos y la avidez de estólidos constructores han convertido barrios enteros del centro de Cartagena. Acabar con imágenes, colores, olores y sabores únicos de esta tierra para substituirlos —en el mejor de los casos— por malas copias de infames originales, parece haber sido su tarea fundamental; siempre precedida, claro es, por la de legarnos una ciudad llena de solares vacíos, pues conservar nunca fue la especialidad de aquellos a los que, lo que de verdad les gusta, es destruir.

Para tomar esta mañana la foto del solar donde antes estaba el «bar Taurino» (tercera de la serie) he tenido que pedir a tres educadas prostitutas marroquíes que se hiciesen a un lado, cosa que han hecho con todo agrado, pero que, siendo las 10 de la mañana, ya les permite a ustedes imaginarse cómo están las cosas en ese barrio.

Y dejémoslo aquí, que me voy de la navidad al pulpo y de este al urbanismo. Vayan ustedes al barrio de San Antón a comer pulpo y preparen los disfraces de carnaval que la cuaresma se acerca y tenemos la Semana Santa encima.

Clásicos populares

Lo siento pero esta navidad les voy a hablar de música culta, concretamente de una fórmula melodicoarmónica muy popular en los siglos XVI y XVII llamada «Romanesca». Si quieren hacerse una idea rápida de cómo sonaba, más o menos, una romanesca pueden escuchar este tema que el abrumador dominio contemporáneo de la cultura anglo-sajona nos ha hecho oír reiteradamente. La composición es francamente popular y se conoce como «Greensleeves»; escúchenla.

Supongo que la han reconocido pues suena cientos de veces en producciones multimedia inglesas o norteamericanas; si aún así no la reconocen prueben a escucharla mientras contemplan un cuadro prerrafaelita o un paisaje céltico, seguro que después de eso ya no tendrán duda.

Pues bien, esa fórmula melodicoarmónica llamada «romanesca», hizo furor en Europa desde la mitad del siglo XVI en adelante; de forma que, para que la sitúen en su contexto histórico, nada mejor que imaginar a Cristóbal Colón escuchándolas junto a Isabel y Fernando, eran el «hit parade» de esos años.

Aunque fue en Italia donde se hizo inmensamente popular, los estudiosos señalan que fue en España donde se originó la «romanesca» a partir de variaciones sobre una canción popular española titulada «Guárdame las Vacas». Un magnífico ejemplo de romanesca que les convido a escuchar es —precisamente— este estupendo «Guárdame las Vacas» del vihuelista español Alonso Mudarra. Escúchenlo y sigan leyendo pues les adelanto que este post guarda una pequeña sorpresa final. Escuchen.

Pues bien yo, estas navidades, en lugar de escuchar los villancicos que obstinadamente nos hacen escuchar los comercios y las televisiones, me he decidido por escuchar música culta, los clásicos más populares que conozco: los villancicos de mi tierra. Aquí les dejo con un villancico de Cartagena, más concretamente de La Palma, lo cantan los maestros, los auxiliares, el fisioterapeuta y la conserje del Centro Público de Integración preferentemente motórica «CEIP Gloria Fuertes» de El Palmar de Murcia. Si lo escuchan con atención quizá noten que están escuchando música renacentista culta. Que el pueblo cante espontáneamente motetes y madrigales no es algo que sólo ocurra en las surrealistas escenas de «Amanece que no es poco», en mi tierra estas cosas ocurren con bastante naturalidad, al menos, cada navidad.

Sé que algún día estas cosas dejarán de cantarse y que, mientras, Bing Crosby seguirá triunfando con su «I’m dreaming of a white christmas»… pero, mientras eso sucede, yo seguiré prefiriendo la música clásica que cantan mis vecinos.

¡Ea!, felices pascuas y aquí les dejo con los trabajadores del CEIP Gloria Fuertes. Disfruten como ellos.

Graduados sociales de Cartagena

Ellos querrían ser colegio pero una legislación ridícula y una visión provinciofrénica y roñosa del Colegio de Graduados Sociales de Murcia lo impiden. Hoy han organizado su comida de navidad y me han invitado. Son la Agrupación de Graduados Sociales de Cartagena.

El local estaba lleno y allí estaban casi todos los graduados sociales que conozco, faltaban unos pocos pero, si no habían ido, es porque no habían podido, no porque les faltasen ganas.

A los postres han venido los discursos de rigor, los premios de rigor a quienes llevan muchos años ejerciendo y el reparto de la revista de la asociación, la cual he leído y presenta contenidos de más interés que la de este mes de Abogacía Española.

Al verles a todos juntos y felices, con las ideas clarísimas en relación a lo que son y lo que quieren ser, no he podido evitar pensar en las elecciones de ayer del Colegio de Abogados de Madrid donde tan solo un 7% de los abogados votó o de las caras fiestas y saraos de nuestras asociaciones nacionales Mutualidad y CGAE; y he pensado que no, que a estos graduados sociales no les hace falta ser colegio para hacer lo que hace un colegio y aún más.

Espero que tengan suerte y rompan la mentalidad provinciana contra la que luchan, pero sobre todo espero que no pierdan esa convicción que ahora tienen de que lo verdaderamente importante y valioso de estas agrupaciones profesionales son las personas que las componen. Ellos saben lo que otros han olvidado, triunfarán seguro.

La bodega Lloret

Me habían dicho que la taberna «Lloret» de La Unión estaba en venta y me he alarmado mucho pensando que su final estaba próximo.

Uno sabe que estas cosas, como la muerte, son inevitables, pero —como decían los periodistas de cuando Franco— son también temidas («no por esperada menos temida» era la muletilla que acompañaba inevitablemente la noticia de la muerte de Franco en la prensa del régimen).

Pues bien, al igual que la muerte de Franco, el cierre de la «Bodega Lloret» es un suceso tan esperado como temido. Esperado por que quien la regenta ya va teniendo una edad, temido porque toda la población de la comarca sabe que, si cierra la bodega Lloret, se acabará un mito; lo mismo que sabe que si la bodega Lloret cambia de dueños ya no será la bodega Lloret.

Los sitios auténticos no son como esas franquicias de plástico, todas iguales las unas a las otras, indiferenciables entre sí y perfectamente fungibles. Los sitios auténticos no tienen sucursales y, como los seres humanos, son todos distintos unos de otros. Starbucks o Burguer King son todos iguales, están hechos en serie (al fin y al cabo son meros productos) y usted podría instalar una tienda de esa especie sin problema alguno; lo que jamás va a poder hacer usted es pintar el original de «Las Meninas» o reabrir la bodega Lloret, porque esta es a las tabernas lo que Las Meninas son a la pintura y, aunque estas son arte mayor y el de la bodega es arte menor, como todo arte pequeño es artesano y está vinculado a la personalidad de su autor. Las personas dan personalidad a los negocios, eso escapa al ámbito económico de las franquicias.

En la foto tienen al regidor del negocio de que les hablo, ante ustedes el más centelleante extremo del Levante F.C. de la historia (si le pilla de buenas le contará incluso cómo en un sólo partido le encajó dos chicharros al Real Murcia con notable satisfacción) un genio creador de un nuevo estilo en el mundo de la restauración, los negocios y el derecho. Me explico.

La taberna Lloret trabaja mucho el género de la cerveza y, en lo tocante a los botellines, este genio de la hostelería instauró con anterioridad al resto de los comercios el sistema del self service, pues los parroquianos de este local entran con toda naturalidad tras la barra, abren el arcón frigorífico y se proveen ellos mismos de los botellines que desean consumir. Esta operación se producirá tantas cuantas veces sea menester y tras esto, cuando los clientes deciden abandonar el establecimiento, el centelleante extremo del Levante F.C. simplemente les pregunta cuantas cervezas han consumido. Los clientes responden a la pregunta del encargado con la cifra que mejor les pete, procediendo este, acto seguido y en justa reciprocidad, a cobrarles lo que se le antoja. A este aleatorio procedimiento de cobro le han dedicado muchas horas de estudio eminentes personalidades del mundo jurídico, no encontrando al mismo más explicación que el hecho de que la equivalencia de las prestaciones y la sinalagmaticidad propia de los contratos se ven afectadas en La Unión por las extrañas condiciones geológico-mineras del llamado «Espacio Jurídico Unionense».

Si aleatorio resulta el precio de la cerveza mucho más impredecible resulta el precio de la consumición si a las cervezas se añaden —como es de rigor— unas tapas de michirones o de patatas con ajo. Esta variabilidad irá en aumento en función del número y diversidad de artículos que usted solicite al encargado; si pide usted otras viandas distintas de las anteriores, la volatilidad de los precios de la taberna es solo comparable a la de la convertibilidad del bitcoin, fenómeno este que puede usted aprovechar para hartarse por cuatro duros o, en el peor de los casos, sufrir un estoconazo hasta las cintas en el hoyo de las agujas.

El bar no solo lo habitan personas sino que, en admirable demostración de ecologismo militante, bandadas de caverneras recorren el local pues en uno de sus extremos hay troncos y ramas para que se posen, comederos de alpiste con sus cañamones para alimentarlas y bebederos que supongo no sean de agua sino de vino minero porque —aunque nunca las he oído cantar— doy por hecho que las caverneras de la bodega Lloret, cuando se arranquen a cantar, se templarán por tarantas.

De la parroquia ya les hablo otro día, situada la bodega como está en pleno centro de La Unión por allí pasa todo el mundo, de forma que no hay mejor lugar (quizá solo la barbería colindante) para difundir una noticia a la que deba darse público y general conocimiento. Olvídese usted de Internet, de las redes sociales y hasta de la columna de necrológicas del «ABC»: en La Unión nadie está del todo muerto hasta que su esquela no orna las paredes de la Bodega Lloret, ustedes ya me entienden.

Esta mañana me he dejado caer por allí aprovechando que he ido al Juzgado de Paz de La Unión y he verificado que el negocio sigue en funcionamiento y que el centelleante extremo del Levante F.C. sigue en plenitud de facultades.

No me hago ilusiones, cualquiera de estos días se nos jubila el extremo y nos quedamos sin bodega Lloret. Si ustedes no han ido están tardando, este es un local irrepetible (como «Los Lebrillos» en Murcia o «Paco el Macho» —el de antes, no el de ahora— en Cartagena) y si no se acerca usted ahora que puede ya no lo hará nunca.

La Bodega Lloret es arte efímero, como todo el arte inmortal. Están ustedes tardando.

Puertas secretas

En mi ciudad las «puertas secretas» no son escasas y algunas —como esta— están situadas en calles de bastante tránsito y no son difíciles de encontrar si se mira con cuidado.

Esta que ven, en concreto, ahora está mucho más visible que hace unos años (unos 40) época en la que mis amigos y yo jugábamos a encontrarla. ¿Para qué podría servir esta puerta secreta?

Situada en uno de los «ónfalos» de mi ciudad no es difícil imaginar la utilidad que la misma podría tener. El edificio en que se encuentra fue la sede del alto mando cantonal durante la sublevación de 1873-1874. Durante la Guerra Civil este mismo edificio fue el cuartel general de la insurrección nacionalista sucedida en marzo de 1939 y que finalizó con el hundimiento del buque de la marina de Franco llamado «Castillo de Olite», suceso que constituyó el naufragio con más víctimas de la historia de España (unos 1.500 soldados y marineros muertos).

Yo prefiero no pensar en esas cosas y especulo con que, este viejo muro del Parque de Artillería, está enfrentado a las primeras cuestas de la colina donde se ubicaba el viejo barrio tolerante de mi ciudad («El Molinete») y trato de imaginarme al general de turno saliendo subrepticiamente, una noche cualquiera, camino de uno de los muchos y muy famosos lupanares que atestaban la colina que les digo.

Estas cosas no salen en las guías de mi ciudad, pero son las que a mí me gustan.

1989: Huelga Del Turno De Oficio

Era enero de 1989 cuando el Colegio de Cartagena declaró la huelga en el turno de oficio. Yo estaba ya colegiado pero era tan joven que no logré enterarme bien de casi nada. Si ahora lo que se cobra es ofensivo y está igual que en 1996 imagina en 1989 lo que el estado destinaba a justicia gratuita. El colegio de Cartagena dijo «hasta aquí» y nos pusimos en huelga total, incluso las asistencias letradas fueron suspendidas.

El entonces decano no estaba de acuerdo con la huelga pero el suyo era el único voto en contra y debo decir que Don Francisco Garcerán, el decano, no pudo ser más valiente ni encarar las amenazas que la Fiscalía y la Audiencia Provincial de Murcia le dirigieron con más entereza y valor del bueno.

No contamos con nadie para declarar esa huelga y se declaró al más puro estilo cartagenero: nosotros vamos, el que quiera que nos siga. Y nos siguieron.
Nos siguió Granada, nos siguieron Oviedo y Gijón y nos siguió Murcia en un gesto inolvidable de su decano y su junta. Y luego estuvieron los de siempre, los que no se pusieron en huelga pero mandaban mensajes de ánimo y nos pedían que siguiésemos…

No crean que la huelga duró días o semanas: la huelga comenzó en enero y se dio por finalizada en noviembre; fueron 11 meses de huelga del turno de oficio donde aprendí muchas cosas de los abogados viejos, a saber: que un abogado puede tener miedo pero siempre debe conservar la calma y llegado el caso, si un juez te amenaza con procesarte, ser capaz de responder adecuadamente y en derecho.

Se lograron avances, nadie resultó procesado y todos quedamos tan amigos.

Hoy me he encontrado con algunos de aquellos abogados que me enseñaron a no tener miedo, me he tomado una cerveza con ellos, hemos celebrado el día de la Justicia Gratuita y hemos recordado aquellos años. No lo olvidaré nunca, esta va por vosotros compañeros.