La infancia es felicidad, la adolescencia amor y el resto literatura

«La infancia es felicidad , la adolescencia amor y el resto literatura», leo que dice Luís Landero en una entrevista en El País, y pienso si no será por eso por lo que escribo tan a menudo de mi infancia.

Pero, como añade más adelante el maestro, «el pasado tiene mucho de invención, como en el amor, y a menudo muchas cosas que creemos haber vivido o nos las contaron, las hemos soñado o imaginado. El olvido borra y la imaginación escribe y ya se sabe que cuando la imaginación muerde y se hace carne ya no suelta su presa».

No sé cuánto de mi infancia se debe a la imaginación y cuánto al recuerdo. Lo que sí recuerdo perfectamente es aquella tarde en Madrid en que Luís y yo eramos felices fumando, bebiendo, hablando de literatura y jugando una variante Najdorf de la Defensa Siciliana.

Ya sabíamos que la vida iba en serio, pero aún nos podían las ganas de comernos el mundo.

Hay momentos que no los borra el olvido ni los reescribe la imaginación. Este es uno.

Yo seré el que estaré

Hay un viejo proverbio centroeuropeo que afirma que si el inglés es la lengua del comercio y el francés la del amor, el castellano —o el portugués— son la lengua de Dios. La primera vez que lo oí pensé que tenía sentido; sólo el castellano y el portugués distinguen los verbos ser y estar de forma que, cuando Dios habló a Moisés desde la zarza ardiente y dijo eso de «Yo soy el que es», no podríamos traducirlo con exactitud a ninguna lengua que no fuese el castellano o el portugués… «Yo soy el que está», «Yo soy el que es», «Yo estoy el que soy…». No, esa frase ha de decirse y entenderse en español o no decirse ni entenderse.

Mi sorpresa fue mayúscula al descubrir, al cabo de los años, que en hebreo —idioma en que supuestamente hablaron Dios y Moisés— no se distinguen tampoco el verbo ser y estar pero, lo que es máss sorprendente, el verbo ser NUNCA se conjuga en presente en hebreo de forma que no existe la expresión «Yo soy».

Lo que Dios dijo desde la zarza y figur escrito en el original hebreo del Antiguo Testamento es más bien «Yo seré el que estaré».

Y es ahí cuando me acuerdo las delirantes explicaciones filosóficas que nos daba nuestro cura en clase de religión tratando de explicar esa frase.

Igual si hubiese estudiado hebreo hubiera podido ahorrarse todo aquel trabajo.

Quién sabe.

A veces pienso que, quizá, toda nuestra comprensión de la realidad esté viciada por un simple problema de traducción y que sea eso lo que nos impide entenderla. Quizá.

Ser joven es un trabajo de años

Ser joven es un trabajo que lleva tiempo; a veces años, muchos años.

La vida es tramposa y, no bien nacemos, ya empieza a conspirar para que vayamos envejeciendo. Cuando eres niño todo es nuevo, todo te asombra y cada día es una nueva aventura pero, para cuando aprendes a hablar, muchas cosas ya te son conocidas y, cuando llegan a la adolescencia, muchos jóvenes sedicentes no son más que unos viejos prematuros que creen estar de vuelta de todo sin haber ido a ningún sitio. Para cuando les llega el tiempo de casarse muchas personas ya no son sino cadáveres andantes.

La buena noticia es que, si dedicas el tiempo suficiente, te darás cuenta de que ignoras muchísimas más cosas de las que ignorabas cuando eras un niño; que el conocimiento que has ido adquiriendo es trivial, que lo interesante empieza ahora y que las mejores sorpresas que guarda la vida para ti empiezan a presentársete, si las buscas, justo ahora.

Hacen falta años de trabajo para ser joven y aún así no es tarea fácil.

Es por eso que, cuando oigo a algún líder político o a algún influencer hablar de «los jóvenes» o «la juventud», sé positivamente que no saben de lo qué hablan.

Igual es que no tienen los años ni el carácter necesarios.

Esto no se aguanta más

Llevo demasiado tiempo en esto como para no saber cómo funcionan las cosas. Tengo el rostro de demasiados compañeros y compañeras grabado en la retina como para poder olvidarlo. Recuerdo muchos rostros, sí, pero, sobre todo, recuerdo el de un amigo, llamémosle Juan Antonio, con quien me encontré caminando un día por la Calle del Carmen camino de su despacho con la muerte ya pintada en la cara.

—¿Qué hay Juan Antonio? ¿Dónde vas?
—Al despacho un ratico, hay unos plazos que tengo que sacar…

Porque, en España, abogados y abogadas van a la fosa con los deberes hechos, mueren cumpliendo plazos y sin que ningún parlamento, juez, ni letrado de la administración de justicia, ni funcionario, ni ministro, ni el mismísimo Sursum Corda, les perdonen ni un sólo día hábil. Si está enfermo que trabaje, que se muera o que se aparte y deje a otro. Esas son las cartas que nos dan y con las que quieren que juguemos.

Si esa es la baraja va llegando el tiempo de romperla. Nuestra administración de justicia puede dilatar los procesos años por incuria, por dejadez, por falta de medios o por la inercia natural de los cuerpos inertes, pero si una letrada ha de dar a luz o un letrado ha de recibir quimioterapia o la extremaunción, más vale que vaya perdiendo su cliente y firmando venias mientras le dan el viático o le hacen la cesárea; los plazos en España, para la abogacía y la procura, no se detienen nunca.

Miren, si en un país la administración le pierde el respeto a la vida y a la muerte y no siente la menor empatía por quienes traen al mundo una vida o entregan la suya a la tierra, entonces es que no le tienen respeto a nada y, por lo mismo, nadie les tendrá respeto alguno.

Se ha puesto de moda considerar a abogados y abogadas cosas fungibles, cromos intercambiables, piezas indistinguibles y tal percepción, tan errónea como inicua, lleva a algunos operadores a dictar resoluciones que, ajustadas a derecho o no, repugnan al sentido común.

Llevo demasiado tiempo en esto como para no saber lo que ocurre y no tener que tocar de oído sino en primera persona. Conozco demasiado bien el problema de que hablo y me arden las vísceras que aún me quedan cada vez que a una letrada se le niegan unos pocos días para traer una vida al mundo o a un letrado unos pocos días para morirse en paz y sin plazos.

Tiene cojones que, cuando la vida nos emplaza, una administración ande todavía quitándonos vida.

La actual regulación de la conciliación familiar y profesional de la abogacía y la procura no se aguanta ni un segundo más si es que queda un átomo de vergüenza entre quienes nos gobiernan. En el Congreso de la Abogacía Independiente del año pasado se aprobó una propuesta de proposición de ley que recibieron la mayoría de los grupos parlamentarios (incluido el actual ministro personalmente) y con la que todos dijeron estar de acuerdo.

Ha pasado un año y seguimos esperando. Esto ya no se aguanta más.

Miedo

Miedo

Somos seres frágiles, la vida es un vidrio que se rompe en cualquier momento y no es fácil vivir con la preocupación constante de perderla. En estos tiempos de enfermedad el miedo crece y es difícil a veces conllevarlo, así que he pensado que, quizá, lo mejor sería tratar de observar lo que hacen para vencerlo unas personas que se enfrentan regularmente a él: los toreros.

De entre ellos, quizá, fue Juan Belmonte quien más y mejor nos habló del miedo a través de la pluma de Manuel Chaves Nogales.

«El día que se torea crece más la barba. Es el miedo. Sencillamente, el miedo. Durante las horas anteriores a la corrida se pasa tanto miedo, que todo el organismo está conmovido por una vibración intensísima, capaz de activar las funciones fisiológicas, hasta el punto de provocar esta anomalía que no sé si los médicos aceptarán, pero que todos los toreros han podido comprobar de manera terminante: los días de toros la barba crece más aprisa».

Y no, no se trata del miedo al público ni al fracaso, ni a ninguna de esas ridículas historias que se inventan los toreros para no tener que confesar la verdad; es, como decía el inolvidable Juncal, «miedo al de las patas negras, al que te levanta los pies del suelo».

Juan Belmonte, para sobreponerse, utilizaba una estrategia que quizá les resulte curiosa pero que les sugiero no tomen a broma demasiado rápidamente. Juan Belmonte hablaba con el miedo.

—¿Ya estás aquí otra vez? Mira, van a venir unos señores y no está bien que te vean por aquí, así que fuera, lárgate un rato…

Chaves Nogales lo cuenta así:

«Acurrucado todavía entre las sábanas, con el embozo subido hasta las cejas, el torero empieza su dramático diálogo con el miedo. Yo, al menos, entablo una vivísima polémica. No sé lo que harán los demás toreros. Al miedo yo le venzo o, al menos, le contengo a fuerza de dialéctica. Es un diálogo incoherente, como el de un loco con un ser sobrenatural».

Puede parecerles una locura pero es bueno llamar a las cosas por su nombre, sobre todo cuando llegan esas horas en que se acaban los engaños y hay que torear a cuerpo limpio. Puede ser un examen importante, una operación o la angustiosa espera de una noticia vital por un ser querido.

—Eso que tienes, Pepe —me digo a veces— se llama miedo. ¿Y qué ibas a tener? ¿Ibas a estar dando saltos de alegría? ¿qué otra cosa puedes sentir sino miedo? Si sintieses otra cosa estarías loco…

—Bueno, mira, chaval, hace tiempo que nos conocemos y sé quien eres; ya sé que eres habitual en estos casos pero apártate un momentito y deja de molestar.

Yo no sabía que Juan Belmonte se entendía así con el miedo pero hoy, releyendo a Chaves Nogales, he vuelto a recordarlo.

Juan Belmonte fue un hombre atípico con una vida llena de momentos singulares y se cuenta de él, entre otras cosas, que anunció que se iría de este mundo el día que no pudiera subirse a un caballo.

A punto de cumplir 70 años y tras de que algunos testigos cuenten que hubo de pedir ayuda para subir a su caballo, Juan Belmonte se suicidó de un disparo en su cortijo de Gómez Cardeña —entre Sevilla y Jerez— el 8 de abril de 1962. A pesar de ser un suicida, se le permitió ser enterrado en el Cementerio de San Fernando de Sevilla.

El «Pasmo de Triana» pasaba por ser el torero más valiente pero, gracias a Chaves Nogales, sabemos que tenía miedo… y mucho.

Pero le hablaba.

Benvinguts! Passeu, passeu…

Cuando Manuel Benítez «El Cordobés» ganó su primer dinero como matador de toros en los años 60 lo primero que hizo fue comprarse un jamón y no precisamente para comérselo. Para Manuel Benítez aquel jamón era algo más que una pata de gorrino, era un salvoconducto; de forma que, cuando llegaba a un hotel, colgaba el jamón en la ventana y su sola presencia le aseguraba que nunca más volvería a pasar hambre. La de Manuel Benítez es como la historia de Scarlett O’Hara en «Lo que el viento se llevó» («Juro que nunca más volveré a pasar hambre») pero a la española.

Los comics de mi infancia estaban dibujados en Barcelona y su universo post-autárquico resulta alucinante visto con la perspectiva de los años.

Creo que el recuerdo de Carpanta aún está vivo en muchos. Carpanta era un pobre para quien la felicidad tenía forma de bocadillo de jamón; el hombre pasaba mucha hambre y todas sus historietas eran una persecución eterna de algo con lo que manducar. No sé cómo la censura permitía aquello porque el pobre Carpanta, además de su cierta dosis de gracia, tenía un no pequeño componente de denuncia.

Otro ejemplo de la España de aquellos años era Doña Lío Portapartes, una casera que mantenía realquilados en su casa; realquilados a los que mantenía a estrictísima dieta de garbanzos. Doña Lío era una «patrona» (se les llamaba así) que proveía de techo y alimento a hombres que le pagaban por ello una cantidad fija. Ni que decir tiene que las «patronas» no eran proclives a gastar dinero en gollerías y algunas, como Doña Lío, a fin de mejorar sus ingresos, sometían a sus realquilados a una monótona dieta de legumbres tan baratas como alimenticias.

Para Carpanta o para aquellos realquilados de mis comics un pollo asado (pollo a L’ast, le llamaban ellos, supongo que por influencia barcelonesa) era la imagen de la felicidad: era el menú del cielo en día de fiesta.

Hoy, que no tenía tiempo para cocinar, me he comprado en un asador un cuarto de uno de esos pollos «a l’ast» por el que me han cobrado tres euros.

Cuando he llegado a casa y he sacado cuentas de que, por tres euros, hoy iba yo a comer como siempre soñaron comer Carpanta o los realquilados de Doña Lío, me he quedado pensativo. Es curioso que la felicidad de los héroes de mis comics de los 60 se compre a 3 euros cincuenta años después.

Benvinguts! Passeu, passeu…

Hay que escribir

Hay que escribir. Del mismo modo que hay que andar, comer o domir, hay que escribir. Aunque cueste; aunque duela. Los seres humanos no somos sino el recuerdo que guardamos de nosotros mismos, del niño, del adolescente o del joven que fuimos y ya nunca más volveremos a ser. Somos lo que pensamos que somos.

A veces me pregunto «¿quién eres?» y me respondo: «soy Pepe»; y me lo respondo porque me acuerdo, porque me sé la respuesta y por eso me inquieta pensar en que quizá un día, como tantos otros, pudiera no recordarla. Por eso escribo cosas, no para que me leas, sino para leerme yo, para sentirme vivo al escribir y para sentirme vivo al leerme; para recordar quién soy si algún día dudo.

Por eso, si quieres sentirte, escucharte y conocerte, hazme caso y escribe. Hay que escribir. Del mismo modo que hay que andar, comer o dormir.

Gambito de Damas

Gambito de Damas

La serie «Gambito de Dama» ha puesto de moda el ajedrez y el papel de las mujeres en este juego. Mucha tela que cortar para una sola serie y para un solo post.

La abrumadora presencia masculina y la casi inexistente femenina en los torneos de ajedrez de los siglos XIX y XX alimentó teorías pseudocientíficas sobre la teórica superioridad masculina en este juego. Particularmente delirantes resultaron las teorías psicoanalíticas de corte freudiano que sostenían que, como el rey de ajedrez era, al propio tiempo, símbolo del padre y del propio falo, solo los hombres jugaban bien al ajedrez dado su innato deseo de «matar al padre» derivado del Complejo de Edipo. Personas bastante normalitas como el Campeón del Mundo Wilhem Steinitz, debido a su tendencia a jugar con su rey en posiciones expuestas, acabó recibiendo la poco gratificante etiqueta de «exhibicionista».

La consecuencia de todo esto fue algo que aún perdura y que a mí, personalmente, me irrita: la existencia de torneos femeninos de ajedrez.

Una de las jugadoras en que se inspira Gambito de Dama es la prodigiosa Judith Polgar, la jugadora con mayor rating de la historia. Judith fue una niña prodigio que, junto con sus hermananas Zsusza y Sofía recibieron una educación especial —no fueron al colegio— por parte de su padre el profesor Laszlo Polgar, que hubo de conseguir para ello una autorización del régimen comunista que entonces gobernaba su país. Las tres hermanas son, entre otras cosas, fortísimas jugadoras de ajedrez, dedicándose Judith profesionalmente a él hasta hace poco tiempo en que anunció su retirada. Judith jamás aceptó jugar torneos femeninos y, en un ambiente hipermasculino, rompió con la exclusividad de los hombres. Si no has visto ninguna partida de ella hazlo: espectacular y agresiva sus partidas son siempre dignas de ser reproducidas y muchos campeones mundiales cayeron en las garras de la genial Judith. Su vida no es una serie, es pura realidad.

Quizá la situación de la mujer en el ajedrez y en el mundo la ilustra perfectamente el campeonato del mundo que se celebró en Irán en 2017 donde se condicionó la participación de las jugadoras a tener que llevar el hiyab.

No jugar este campeonato puede arruinar la carrera de una profesional pero actitudes como la de la Campeona de los USA Nazí Paikidze o de la Campeona y Subcampeona del Mundo (y firme candidata al triunfo ese año) la ucrania Mariya Muzychuk (ambas abajo en las fotografías 2 y 3), que se negaron a jugar, devuelven la fe en el género humano.

Quiero cambios

Nací en 1961 y hasta los 14 años viví en la España de Franco. Guardo un recuerdo muy exacto de aquella época —mi niñez— y por eso me fastidia que, gente que entonces no había nacido, venga ahora a contarme cómo era la vida en ellos.

Viví intensamente la Transición como adolescente y traté de no perderme ni un detalle de aquel tiempo. Creo que acudí a todos los mitines de todos los partidos: desde Fuerza Nueva hasta el PCE o la ORT y —en medio de ellos— no dejé de asistir a mitines de partidos ahora olvidados (¿Quién recuerda hoy a Reforma Social Española de Cantarero del Castillo o a la Democracia Cristiana de Gil Robles y Gil Delgado?).

Hoy parece extraño que alguien acuda a mitines de partidos diversos; a los mitines ya solo van los incondicionales del líder, a aplaudirle y a componer un bonito atrezzo para las imágenes que han de salir en los informativos. El asistente a los mítines ya no es nadie que quiere escuchar las propuestas de un partido (eso acabó en 1978) ahora los mitines ya no tienen función informativa alguna, son pura propaganda. La militancia degradada en tramoya.

Éramos demócratas ingénuos, sí, pero, en muchos aspectos, aún prefiero aquella democracia infantil a esta democracia momificada.

Eran tiempos mucho más duros que estos: ETA asesinaba y secuestraba, el GRAPO asesinaba y secuestraba, sectores del ejército amagaban golpes de estado, el «búnker» se resistía a morir y el dinosaurio, en cuanto rascabas un poquito, seguía allí.

Pero la inmensa mayoría de los españoles sabían lo que querían; lo resumió un grupo andaluz en una canción que fue el «leit motiv» de muchas cosas ocurridas en aquel tiempo: «Libertad sin ira».

Hoy, a diferencia de entonces, no existen consensos, el pensamiento único hace de puros detalles motivos de lucha tanto más enconada cuanto más insustanciales y, en general, no hay una idea a largo plazo de qué deseamos que sea España.

Hace falta una ventolera que se lleve las hojas de este otoño democrático y disperse estos tonos medio ocres que nos envuelven.

No me importa hacerme viejo; lo que sí me molesta —y mucho— es vivir en un país viejo, de ideas viejas y de políticos jovenes por fuera, pero irremisiblemente viejos por dentro.

Quiero cambios.

Feliz 42⁰ aniversario.

Yo creo en unas cuantas cosas

Yo creo en unas cuantas cosas; creo, por ejemplo, que los hombres nacen libres e iguales, aunque esto último no es cosa de tomarlo al pie de la letra pues, con la cantidad de políticos y directivos de bancos y cajas de ahorros que han robado últimamente el dinero a la gente, uno da gracias a Dios de que no todos seamos iguales o, al menos, no iguales a ellos. Dejemos la cosa en que yo creo que nacemos iguales y luego ya cada uno crece a su manera, algunos honradamente y otros con muy poca vergüenza.

Lo de nacer libres es también una forma de hablar, porque, conforme uno crece, se va dando cuenta de que uno raramente hace lo que quiere y al final eso de la libertad viene a ser como las rabietas: un día te enfadas y dices «no me da la gana» y eso es la libertad, y se paga muy cara.

Hubo un uruguayo que lo contó muy bien y, aparentando una conversación de un padre preso con su hijo, escribió estas palabras que me aprendí de memoria por si un día me encontraba en ocasión de usarlas:

Uno no siempre hace lo que quiere
uno no siempre puede
por eso estoy aquí
mirándote y echándote
de menos.

     Por eso es que no puedo despeinarte el jopo
ni ayudarte con la tabla del nueve
ni acribillarte a pelotazos.
     Vos ya sabés que tuve que elegir otros juegos
y que los jugué en serio.

     Y jugué por ejemplo a los ladrones
y los ladrones eran policías.

     Y jugué por ejemplo a la escondida
y si te descubrían te mataban
y jugué a la mancha
y era de sangre.

     Botija aunque tengas pocos años
creo que hay que decirte la verdad
para que no la olvides.

     Por eso no te oculto que me dieron picana
que casi me revientan los riñones
todas estas llagas, hinchazones y heridas
que tus ojos redondos
miran hipnotizados
son durísimos golpes
son botas en la cara
demasiado dolor para que te lo oculte
demasiado suplicio para que se me borre.

      Pero también es bueno que conozcas
que tu viejo calló
o puteó como un loco
que es una linda forma de callar.

     Que tu viejo olvidó todos los números
(por eso no podría ayudarte en las tablas)
y por lo tanto todos los teléfonos.

     Y las calles y el color de los ojos
y los cabellos y las cicatrices
y en qué esquina
en qué bar
qué parada
qué casa.

     Y acordarse de vos
de tu carita
lo ayudaba a callar.

Una cosa es morirse de dolor
y otra cosa es morirse de vergüenza.

Por eso ahora
me podés preguntar
y sobre todo
puedo yo responder.

Uno no siempre hace lo que quiere
pero tiene el derecho de no hacer
lo que no quiere.

 Llora nomás botija
son macanas
que los hombres no lloran
aquí lloramos todos.

Gritamos, berreamos, moqueamos, chillamos, maldecimos
porque es mejor llorar que traicionar
porque es mejor llorar que traicionarse.

Llorá
pero no olvides.

Luego creo también que uno debe de ayudar a sus semejantes y creo asimismo en la reciprocidad, pero esto tampoco es cosa que pueda tomarme al pie de la letra pues el dolor de nuestros semejantes es muy grande y son muchos, muchísimos, los que en el mundo necesitan de nuestra ayuda; tantos que es imposible ayudarles a todos aún compartiendo todo lo que tengas. Por eso pienso que es bueno ayudar a quienes tengo cerca pero que es mejor intentar que no haya tanta gente con necesidad en el mundo. Ese es un trabajo difícil y creo que el valor de las personas se ha de medir por lo bien que sepan hacer ese trabajo.Luego creo en muchas más cosas aunque, la verdad, fuera de las tres anteriores, prefiero saber a creer. Prefiero saber quiénes somos a creerlo y lo mismo me pasa con lo del «de dónde venimos» y «a dónde vamos». Leyendo libros científicos he descubierto que explican todas esas cosas mucho mejor que otros libros antiguos escritos o dictados por gente que creía estar «inspirada» pero que no había estudiado.Y por hoy está bien porque a partir de aquí empiezan a aparecérseme las cosas que creo saber y esas son mucho más largas y difíciles de contar.