Yo soy español

Visto cómo anda el percal estos días, me siento en la necesidad de aclararles una cosa: yo soy español, más concretamente soy español de religión.

Uno puede elegir ser católico, budista, ortodoxo o seguidor de Mahoma, yo, quizá por comodidad, he elegido ser español.

Al igual que el hecho de ser católico, protestante u ortodoxo no da a quienes lo son (al menos no debería darles) privilegios especiales, el hecho de ser español de religión creo que tampoco me confiera a mí derecho alguno, es algo que no me hace mejor ni peor que nadie, y no creo que me dé (al menos no debería darme) derecho a exigir tratos ni leyes especiales. Ser español es una forma de entenderme y de conducirme, me sirve a mí y no me parece que sea la mía una fe que deba imponérsele a nadie.

Pero cuidado, es posible que mi forma de ser español no coincida con la suya. Quienes nacimos en los 60 vivimos la llegada de la música y la cultura norteamericana del mismo modo que nuestros padres vivieron la llegada del cine. Nuestras infancias están más cerca de las películas de Disney, los dibujos animados de la Warner Brothers, del James Dean de «Al Este del Edén» y de la Olivia Newton John de «Grease» que del «Sangre y Arena» de Blasco Ibáñez.

Igual, usted que me lee, es un español o española de esos de chupa de cuero y capaz de enfadarse si alguien le mienta sin respeto a Led Zeppelin o The Cure. O igual es usted de los que aún sigue escuchando a Loquillo y se emociona con un Cadillac solitario aún cuando usted no haya visto un Cadillac más que en las películas de Hollywood. O a lo mejor, simplemente, más que aficionado al mus o al tute, es usted un apasionado de los vídeojuegos desde que salió el «Pong» y ha llegado usted a Fortnite tras dejarse muchas monedas de cinco duros matando marcianos en «Space Invaders» o «Zero Time», encajando bloques en Tetris, pegando saltos con Super Mario o disparando su Garand en «Medal of Honour».

Usted, concedámoslo, es español aunque sea incapaz de reconocer el compás de soleá o la escala frigia, de recitar un soneto de Góngora, de escuchar una zarzuela o de soportar una obra completa de Manuel de Falla. Cada uno es español como quiere, del mismo modo que, reconozcámoslo, cada uno es católico a su manera. Así que si hay católicos partidarios del divorcio o incluso medio pro abortistas por temporadas e incluso hay ateos que en Semana Santa cargan de costaleros ¿Por qué no puede ser usted español, partidario de la estética punky y forofo de Bansky?

Lo que me jode es que alguien venga a decirme cómo tengo que sentirme yo español. Les confesaré una cosa: a mí me gusta el flamenco (qué se le va a hacer) y, aunque no entiendo por qué los compases flamencos no se enseñan en las escuelas, tampoco voy a enfadarme por eso; ahora bien, que venga a darme lecciones de españolismo un sujeto que no sabe quién era Doña Pastora Pavón o el Tío de la Tiza, no lo llevo nada bien.

Miren, yo no me voy a meter con el rap, con el trap, con el pop, con el funky, con el soul, con el rock, con el heavy ni con ningún tipo de música; ahora bien, si viene usted a darme lecciones de españolismo, aprenda primero a distinguir la isa de la folía, la polka de la jota, el fandango del tango y estos de la soleá o la bulería, la taranta de la levantica, las manchegas de las de Aragón, tome usted conciencia de que por el Puente de Aranda se tiro el tío Juanillo pero que —por suerte— no se mató, entrénese hasta poder cantar el «Miudiño» con catro cuncas de ribeiro en el morrillo, sepa que con esas mismas cuatro cuncas no se debe cantar el Asturias patria querida y, mientras pasea por la alameda primera, cerciórese de que es capaz de distinguir un zortzico de una habanera; cuando sepa eso y aprenda a cantar las primeras estrofas de «La Santa Espina», ya puede usted empezar a hablarme de qué es eso de ser español.

No soy pejigueras, yo no me meto con usted, no se meta usted conmigo y todos estaremos tan contentos.

Si es usted católico no venga a decirme que hace falta una ley especial para los católicos o que los católicos son distintos de los budistas y que por eso hay que cuidar a los católicos y abucharar a los evangélistas; mire, aquí o cabemos todos o no cabe ni Dios.

Y lo mismo me pasa con las patrias, no me venga usted a contar si es español, catalán o cantonalista de Cartagena, usted puede ser lo que quiera ser, sus elecciones religiosas, patrióticas o musicales, disfrútelas usted a sus anchas, pero no las imponga al resto de la sociedad. Aquí todos somos iguales: católicos, protestantes, heavys, punkies, gallegos, manchegos, catalanes, españoles y hasta los de Cartagena. Siéntase usted como quiera y sea usted de la religión o la patria que quiera, pero no venga a darme la tabarra y menos a amargarme el día.

Yo comprendo que las patrias, las religiones y las músicas, se disfrutan más cuando molestan al prójimo y, quizá por eso, nos gastamos un pastizal en ponerle al coche unos altavoces de dos millones de decibelios: para ir por la calle atronando con la música que nos gusta y atacar a bacalao a los vecinos de las calles por las que circulamos con nuestro coche tuneado. Quizá también por eso sacamos por la calle nuestros Santos y quizá por eso salimos también con nuestras banderas, porque tenemos ese punto de maldad que nos hace disfrutar al decir: mira cómo soy, diferente de ti, entérate. Parece que la sed de pertenencia del animal humano se saciase mejor haciéndole saber al de enfrente que es distinto.

Resumiendo, no venga usted a contarme cómo he de ser español ni venga usted indignado a explicarme qué es usted catalán, extremeño o sintoísta y que, debido a su peculiaridad, tiene derechos distintos y hemos de cambiar las leyes. Se lo diré claramente: todas esas cosas sólo existen en su mente, lo que existe en la realidad son personas que trabajan, aman, crían a sus hijos y mueren cuando llega su hora y esas, por definición, son iguales a usted, juntas hacen las leyes y juntas han de convivir. No me venga a dar la lata ni con su religión ni con su patria porque yo, de religión, ya se lo digo, soy español, Cartagena es mi patria y con los años que tengo no estoy ya para tostones.

Si la religión y las patrias estuviesen claramente separadas del estado, los que dicen hablar en nombre de Dios no harían matarse a la gente ni, tampoco, nos harían enredarnos en trifulcas entre hermanos quienes dicen hablar en nombre de la patria.

Hale, feliz domingo y vamos a llevarnos bien.

Hemos matado el Mar Menor ¿y ahora qué?

Hemos matado el Mar Menor ¿y ahora qué?

En la Región de Murcia ya somos campeones mundiales del desastre ecológico; al punto más contaminado del Mediterráneo —la Bahía de Portmán— le acabamos de añadir el ecocidio del Mar Menor. No ha sido fácil, créanme: muchos gobernantes durante muchos años han tenido que emplearse a fondo para alcanzar tan ominoso récord. Y no culpemos en exclusiva a los gonernantes, nadie puede engañar a todos todo el tiempo, los habitantes de la Región sabíamos que nos estábamos cargando el Mar Menor, lo hemos ido viendo degradarse cada año, pero preferíamos creer las mentiras que se nos costaban. De no haberlas creído hubiésemos tenido que acercarnos hasta el Paseo de Alfonso XIII en Cartagena y haber mandado a paseo a cuantos ocupaban el feo edificio de la Asamblea Regional.

Bien, la hemos cagado, eso es indudable y no tiene discusión ¿y ahora qué?

No cuenten con los políticos que tenemos, carecen de ninguna ideología que no sea aquella que les ayude a ganar votos. Primero discutirán quién ha sido más culpable, luego pedirán ayuda externa y culparán a los de fuera por no habernos ayudado, si la población está enfadada se hablará de proyectos de recuperación pero mientras tanto, en voz baja y con sordina, se contentará a los agricultores prometiéndoles que se hará lo que se pueda, a los promotores diciendo que las urbanizaciones no han tenido nada que ver y que se puede construir más y a los propietarios de casas bañándose en las aguas muertas y afirmando que el Mar Menor está como nunca y que para bañarse es perfecto. Todos los votos cuentan y perseguirán los votos de todos. Ni siquiera los nuevos partidos se salvan, llevan cuatro años ya en la Asamblea y no parece que sus mensajes sean sino una parodia regionalizada de las letanías de sus líderes estatales.

Pronto se dirá que, dado que el asunto no tiene remedio, habremos de acostumbrarnos a él y, haciendo de la necesidad virtud, igual a alguno se le ocurre construir un campo de golf en medio del Mar Menor, o unas pistas de tenis o unas urbanizaciones para atraer turismo y tal. Alguno ya lo ha dicho.

La Región de Murcia es el laboratorio más perfecto donde estudiar una de las peores enfermedades que afectan al género humano: la tragedia del procomún.

La humanidad durante siglos supo administrar los recursos comunes; la premio Nobel de Economía Ellinor Ostrom estudió, precisamente en Murcia y Valencia, cómo las sociedades alcanzaban complicadas regulaciones para gestionar, por ejemplo, la escasez de agua. Sin embargo, la moderna economía de mercado, considerando viejas aquellas formas de gestionar lo comunal, abrazó el principio del beneficio individual y, confiando en la mano invisible del mercado, llenó de estériles Portmán mientras vaciaba de vida el Mar Menor.

Ahora tenemos ante nosotros el reto de demostrar al mundo que en esta Región somos capaces, no sólo de mostrar cuál puede ser su final (el Mar Menor no es más que un ensayo general de lo que puede ocurrir en la Amazonía, los océanos o la atmósfera) sino también de demostrar cómo se puede poner remedio a lo que parece la imparable marcha de la humanidad hacia la destrucción de su hábitat.

Ya hemos demostrado cuán eficaces somos a la hora de cagarla, ahora demostremos que somos capaces también de limpiarla. Porque si destruir el Mar Menor ha sido un ensayo general de cómo puede morir el mundo, salvarlo será escribir la receta de también cómo los ecosistemas del mundo pueden salvarse.

Tenemos montada la tormenta perfecta: agricultores cuya forma de ganar dinero pasa por deteriorar un bien comunal (el Mar Menor), propietarios que ven bajar el precio de sus propiedades conforme el Mar se degrada, una industria turística que se hunde, vecinos de esta Región y de España a la que la avidez de unos pocos han hurtado un paisaje, un ecosistema y unos recursos naturales que eran de todos.

Para regenerar el Mar Menor no sólo va a hacer falta el trabajo de biólogos y científicos, va a ser precisa también la colaboración de economistas que encuentren salidas creativas a los problemas económicos generados, juristas que imaginen normas que permitan el aprovechamiento por todos de un recurso que es de todos, inversiones para llevar todo eso a cabo y la paciencia y el tesón precisos para no desfallecer en medio de la tarea.

Todo esta acción no sólo regenerará el Mar Menor sino que generará riqueza en forma de conocimiento aplicable al mayor problema que enfrenta en este momento la humanidad, profesionales formados para implementar los procedimientos y el know how descubierto y, finalmente, riqueza, porque recuperaremos un ecosistema que nuestra burricie y estólidez ha echado a perder.

Arreglar el Mar Menor es mucho más que reparar el mal hecho: es una ventana de esperanza para Cartagena, la Región de Murcia y la humanidad.

Quienes nos han traído hasta aquí no serán quienes nos saquen. Los encargados de hacer nuevamente de esta Región el lugar que admiraban los Premios Nobel de economía no están dentro de la Asamblea Regional del Paseo de Alfonso XIII; esos son los que nos han traído aquí, no son ellos quienes nos sacarán.

Por eso prepárate, porque es el momento de demostrar al mundo de lo que somos capaces en esta Región o de perder toda esperanza. Es el momento de la sociedad civil debidamente organizada, es el momento de los ciudadanos, no de políticos mercenarios.

Brindis

Brindis

Por los pintores y pintoras de Altamira y por los hombres y mujeres que dibujaron los petroglifos de Campo Lameiro; por Domenico Teocotópuli, Pacheco, Diego de Silva y Velázquez y Bartolomé Esteban Murillo; por Zurbarán y Ribera, por Don Francisco de Goya, por Sorolla y Zuloaga por Picasso, Gris, Miró y Dalí.

Por los constructores de los dólmenes, por quienes erigieron menhires, por quienes levantaron las navetas y los talayots, por quienes esculpieron las damas de Baza y Elche y por quienes pusieron en pie los Toros de Guisando. Por los hombres y mujeres que labraron los tesoros del Carambolo y por el Maestro Mateo, por quienes labraron la Alhambra y levantaron las catedrales de Burgos y León; y por Gil de Siloé, Berruguete, Juan de Juni, Juan de Arfe, Alonso Cano, Francisco Salzillo, Pedro Roldán y su hija La Roldana; y también por Benlliure, Capuz, Jorge Oteiza y Eduardo Chillida.

Por el inventor o inventora de la tortilla española, del gazpacho, de la paella, del pulpo a feira, del marmitako, de la fabada, del atascaburras, de las patatas con chorizo, de los torreznos, de los michirones, de los callos, del caldero y la butifarra, de la esqueixada y el pá amb tomàquet, del gofio, el jamón de pata negra y la sobrasada. Por quienes hicieron el primer queso manchego, de Mahón, de Cabrales, de tetilla, de cabra payoya o majorero. Y por quien inventó la torta del Casar. Por Ruperto de Nola y Ferrán Adriá y por todas las madres y abuelas.

Por Gonzálo de Berceo y el Arcipreste de Hita, por el monje que escribió la Nodicia de Kesos, por los escribanos de San Millán de la Cogolla que nos enseñaron al mismo tiempo castellano y euskera; por el Tirant Lo Blanc y por Don Quijote, por las Cantigas y por las Jarchas, por Lázaro de Tormes y por Pedro Crespo; por el Juglar que compuso el Mio Cid y por Alfonso X, un rey que sabía que escribir en gallego era también escribir en español; por Luis de Camões, el lusitano que nos enseñó a hablar de castellanos y de portugueses, porque españoles lo somos todos. Y por Calderón, Lope, Góngora, Quevedo, Zorrilla y su Juan Tenorio y por Valle Inclán, Galdós, Baroja, García Lorca, Gil de Biedma y José María Álvarez.

Por Miguel Servet y por Don Santiago Ramón y Cajal, por Severo Ochoa y por Leonardo Torres Quevedo, por Don Isaac Peral y Caballero y por Don Juan de la Cosa.

Por Séneca y su hermano Galión, por el bilbilitano Marcial y el calagurritano Quintiliano, por Ossio de Córdoba y por los cartageneros Leandro, Fulgencio, Isidoro y Florentina; por Averroes y Maimónides, y por Ramon Llull, Eiximenis, Francisco Suárez y toda la Escuela de Salamanca y por Gabriel Císcar y Francisco Giner de los Ríos.

Por Falla, Albéniz, Cabezón, Tomás Luís de Victoria, La Niña de los Peines, Quintero, León y Quiroga, Don Antonio Chacón, Joaquín Rodrigo, Pau Casals, Paco Alba, El Tío de La Tiza, Andrés Segovia y Paco de Lucía.

Por Ibn Yubair, Benjamín de Tudela, Ruy Gómez de Clavijo, Colón, Magallanes, Elcano, Andrés de Urdaneta, Malaspina, Jiménez de la Espada, Barberán y Collar.

Por Ruy López de Segura, los pelotaris Francisco Villota y José de Amézola, por Luís Aragones y los once del tiki-taka, por Francisco Fernández Ochoa y Fernando Alonso, por Pedro Delgado y Miguel Induráin y…

Por Isabel, Urraca, Juana, Teresa de Jesús, Agustina, María, Isabel Zendal, Doña Marina, Rosalía, Montserrat, Doña Emilia,Clara, Mariana, Concepción, Egeria, La Latina, La Roldana, Jimena, Federica, Sor Juana, Eugenia, Maria Isidra y todas las mujeres que nos trajeron al mundo, nos condujeron por él y nos hicieron llegar hasta aquí.

Y por todos y todas los que no he nombrado, tan buenos y tan buenas como los nombrados pero cien veces más numerosos, hoy levanto mi copa.

Feliz día de la Hispanidad.

Feliz 12 de octubre

Feliz 12 de octubre

No se es mejor patriota por hacer tremolar una bandera. El patriotismo se construye a base de honradez, de trabajo, de estudio y de respeto a la ley, a ti mismo y a los demás.

Nadie logró nunca nada importante por el mero hecho de ser español, francés o húngaro; es el esfuerzo y no la nacionalidad lo que permite a los seres humanos alcanzar logros que hagan sentirse orgullosos a los miembros de su comunidad.

Los buenos patriotas levantan en sus manos títulos académicos ganados con su estudio y su trabajo y no másteres y doctorados comprados o copiados. Los buenos patriotas defienden con pasión ideales y objetivos que creen buenos para la comunidad, pero no hacen de ideas vacías y mentiras una coartada para instalarse en puestos de poder con los que lucrarse. Los buenos patriotas reconocen con alegría el talento de los demás y les ayudan porque saben que, ayudando a quienes valen, ayudan a la comunidad y que los celos o la envidia les hacen peores a ellos y a la comunidad en que viven. Los buenos patriotas premian el mérito, defienden la justicia, ayudan a los débiles, enfrentan a los poderosos, defienden sus ideas, no toman de lo ajeno, son generosos con lo propio y, sin dejar de amar a su país, no creen que el hecho de haber nacido en España les haga mejores o superiores a ningún otro ser humano. Ni tampoco inferiores.

Con valores como esos se han construido los momentos de gloria (pues de vergüenza e infamia fratricida también ha habido) de esta comunidad de personas que, hace miles de años, viajeros fenicios y romanos llamaron Hispania, Spania los bizantinos, Isbāniyā los musulmanes y España quienes habitaron estas tierras a partir del siglo XII.

Y dicho lo anterior: Feliz 12 de octubre, amigas y amigos.

Compradores de tristeza

Compradores de tristeza

Suele ocurrir que, cuando tienes el dinero suficiente para comprarte un coche, dejas de viajar en autobús. Y suele ocurrir también que, cuando tienes el dinero suficiente para comprar un chalet en una urbanización tranquila dejas de vivir en el bloque de pisos de tu barrio; cuando tienes dinero ya no cenas en restaurantes abarrotados sino exclusivos y por eso, cuando tienes el dinero suficiente, suele ocurrir que inicias un imperceptible pero fatal camino hacia el aislamiento.

Hace tiempo que los científicos nos dicen que la felicidad está unida a la sensación de integración en una comunidad y sin embargo, el ser humano, cuando tiene el dinero suficiente, parece preferir gastarlo en comprar un aislamiento triste que en integrarse en una comunidad con sentido.

Estudios citados por Christopher Ryan en su libro «Civilizados hasta la muerte: el precio del progreso», revelan que en 1920, en los Estados Unidos, apenas un 5% de la población vivía sola, una cifra que hoy ha aumentado hasta el 25%. En los últimos 20 años el consumo de antidepresivos ha aumentado un 400% en ese país y sospecho que la situación no es diferente en España, donde el suicidio es ya, a muchísima distancia de accidentes de tráfico u homicidios, la primera causa de muerte violenta.

Quizá debiéramos replantearnos nuestros conceptos de riqueza y bienestar, quizá debiéramos reconocer que vivir en lugares exclusivos y viajar de forma exclusiva no son sino carísimas formas de ser exclusivamente infelices.

Quizá sea el momento de reconocer que el afán de exclusividad es un rasgo humano de estupidez que sólo se manifiesta cuando se tiene el dinero suficiente.

Ubuntu

Ubuntu

Somos porque son, soy porque sois, sin vosotros no soy nada y sin mí, aunque me odies, eres un poquito menos.

La ética «ubuntu» se popularizó con la llegada al poder de Nelson Mandela y con los discursos del pastor anglicano Desmond Tutu. Buena parte del éxito de la joven y nueva República Sudafricana se debe a esta particular concepción Bantú de la humanidad.

A veces pienso en nuestro ejercicio profesional en términos de esa palabra zulú, ubuntu: ¿qué razón de ser tendría nuestra profesión si no existiese una ciudadanía que ve amenazados sus derechos fundamentales? ¿Qué otro sentido podría tener nuestro ejercicio profesional sino ese?

Hay quien ve nuestra actividad como un negocio pero hay quien todavía cree que esta profesión es algo más que eso. Porque existen ciudadanos con recursos limitados y que han de enfrentarse solos a corporaciones o instituciones con contactos, influencias y capacidades económicas virtualmente ilimitadas, es por lo que existe una abogacía independiente. Somos porque son.

Si algún día ellos desaparecen no tendremos razón de existir (en un mundo sin derechos los abogados sobran) pero, si un día nosotros desaparecemos, ellos dejarán de ser ciudadanos y serán meros súbditos a merced de los poderosos.

Sí, somos porque son, pero ellos también son porque somos y, por eso, cuando defendemos nuestra particular visión de nuestra profesión también les estamos defendiendo a ellos.

Es por eso que una de las mejores formas de defenderles a ellos es defender a esta abogacía que tú yo queremos. No es egoísmo, capricho ni apetencia, es que defendernos es una de las formas más eficaces de defenderles.

Por eso espero verte en Córdoba o en cualquier otro lugar, porque tenemos un trabajo que hacer juntos y tenemos que hacerlo mucho tiempo.

Buenos días y ubuntu.

Las buenas noches de un mal día

Acaba un mal día para esta región, parece que la lluvia va remitiendo y ahora toca hacer inventario de daños y reparar lo reparable.

Triste, muy triste, ha sido comprobar que en la administración de justicia el desbarajuste ha sido total. Protocolos inútiles y autoridades incapaces de tomar decisiones racionales por encima de la letra escrita han provocado un caos difícil de describir y superar. Suerte que toda esa descoordinación no ha costado ninguna vida, pero hoy, es necesario decirlo, se han puesto en riesgo innecesariamente las vidas de muchas personas.

Esta faltando tiempo para que la Administración de Justicia se coordine con las administraciones civiles y reforme y armonice sus protocolos con los de ellas, el lamentable espectáculo de hoy no puede volver a producirse.

Espero que todo esto no vuelva a repetirse, aunque no les miento si les digo que creo que espero en vano; porque aquí, hasta que no ocurre una desgracia, nadie parece cuidarse de nada.

Feliz noche. Descansen.