Unos cuantos dibujos infantiles

Cuando María tuvo que dejar de trabajar, de toda su vida profesional sólo quedaban unos lápices de colores con los que pintaban y se entretenían los hijos de las clientes y unos cuantos papeles con retratos infantiles de la “abogada”.

Y cuarenta años de escuchar vidas ajenas, desamores mal llevados, deseos de venganza a todo trance y sentimientos de culpabilidad, alimentos no pagados, cariños no correspondidos y cuidados descuidados.

Treinta años de saber que la administración de justicia llegará siempre tarde y que no escuchará al cliente; porque el nombre de “audiencia” en España es un sarcasmo. En España ni las audiencias oyen ni las sentencias sienten y decenas de horas de conversación abogado y cliente se sustancian en vistas (y no vistas) de diez minutos donde el caso, visto y no visto, queda a la espera de sentencia a veces sin que el juez llegue a conocer siquiera el timbre de voz de las partes.

Abogadas que, en 1981, comenzaron a ejercer el derecho de familia y que hoy, cuarenta años después, llevan encima todas las heridas.

Y unos cuantos dibujos infantiles.

El problema no es el Mar Menor

El problema no es el Mar Menor, al menos para nuestros gobernantes.

Para nuestros gobernantes, los de Madrid y los de Murcia, el problema es responsabilizar de la tragedia a los otros. Como los gobiernos de Murcia y Madrid son de distintos bandos sus auténticos esfuerzos no se dedican a salvar la laguna sino a culpabilizar al adversario de su destrucción y adjudicarse ellos las pocas actuaciones meritorias que pudieran haberse llevado a cabo.

Mientras los agricultores responsabilizan a cualquiera menos a ellos de la catástrofe, los ayuntamientos que se lucraron a base de tolerar un urbanismo salvaje culpan a los agricultores, los hosteleros piden que no se hable mucho del problema no sea que vengan menos turistas y se dedican a publicitar la costa mediterránea y hasta algún pequeño propietario pide silencio no sea que su propiedad se deprecie.

Pero al agricultor le importa un carajo el Mar Menor, él vive de sus plantaciones y si la laguna se colmatase a él le daría igual, a lls ayuntamientos responsables del salvaje urbanismo se les da otro tanto mientras los prooietarios sigan pagando, a fin de cuentas las licencias ya se pagaron y culpan a la administración regional que, a su vez, culpa a la nacional quien, a su vez, culpa a las locales.

El problema, como ven, no es el Mar Menor, al menos para toda esta caterva de políticos sietemesinos que nos gobiernan.

Porque si el Mar Menor les importase una higa de lo que hablarían es de lo que hacer en el futuro, no de lo que se hizo en el pasado; de lo que hablarían es de como resolver el problema y no de quien lo causó, lo que buscarían es soluciones y no responsables.

Pero aquí nadie busca eso, aquí todos ponen una vela a dios y otra al diablo demostrando lo que son: unos mindundis a quienes importa más el resultado de unas elecciones que la salvación del patrimonio natural de todos.

Y lo más lamentable es que todos estos mindundis tienen quien les aplauda: toda una legión de ciudadanos ha dimitido de su facultad de pensar para aplaudir acríticamente cualquier memez que digan sus líderes.

Para salvar el Mar Menor es preciso primero cambiar esa mentalidad obtusa que nos ha traído hasta aquí. Salvar el Mar Menor no sólo sería un servicio impagable para la humanidad, sería una forma de salvarnos nosotros mismos.

Composiciones barrocas

Composiciones barrocas

Vuelvo a casa y mientras camino por una de las dudosas aceras de la calle de La Serreta veo venir hablabdo animadamente a dos muchachos. Cuando están a una distancia tal que puedo oír sus palabras escucho que uno le dice a otro:

—Por que tu madre será una santa, pero tú eres muy hijoputa.
—¡Ya te digo! (Responde el otro)

Y los dos comienzan a reir a carcajadas.

Me sonrío y vuelvo a reflexionar sobre lo barrocas que son las personas del sureste al insultar o ser groseros. No se trata de insultar con una palabra o frase. La construcción sujeto-verbo-predicado no parece ser suficiente para alguien nacido en la amplísima carthaginense; siempre es preciso añadir algún complemento circunstancial de lugar o de tiempo que ahonde en el insulto o lo suavice.

Salvando la honra de la madre de su amigo la frase del chaval que he transcrito antes más que insulto podría hasta ser elogio. Ser “muy hijoputa”, mientras tu madre sea una santa, nunca es malo del todo. Lo mismo pasa con las referencias a los ancestros.

Contaba con gracia inigualable un marrajo eterno (que, además, fue conserje de la plaza de toros de Cartagena), un episodio hipotéticamente ocurrido entre los judíos californios hace ya muchísimos años y que concluía con un soldado romano muy enfadado gritando:

—¡Pilatos! ¡Me voy a cagar en tus muertos más recientes!

La precisión temporal del “más recientes” es lo que carga la frase. Si los ancestros son remotos el insulto escuece poco, para hacerlo más eficaz es preciso concretarlo en el tiempo.

Es verdad que, gracias a Pérez Reverte y sus artículos periodísticos esta peculiar forma de hablar se ha hecho muy popular últimamente, tanto que, incluso fuera de la carthaginense, la invocación del melífico eremita San Apapucio (o Apapurcio, que de ambas formas se le conoce) puede ya ser escuchada.

Apapucio, un santo vergonzantemente olvidado por la iglesia católica y autor de un sólo milagro (que, por resultar un tanto escabroso, me permitirán que no les cuente), es personaje de gran devoción en la carthaginense pero, gracias a Don Arturo, va alcanzando en el resto del mundo la fama que merece este notario de las causas imposibles.

—¡Tu madre será una santa pero tú eres muy hijoputa!

Hay que reconocer que es toda una creación literia.

Salvar el Mar Menor es salvar el mundo

Salvar el Mar Menor es salvar el mundo

El drama del Mar Menor es el drama de todos los ecosistemas del mundo. Los mares y océanos, la atmósfera, los ecosistemas —que son de todos— parecen no ser de nadie y el interés privado no tiene problemas en dañarlos mientras que el interés del planeta parece no tener quien le defienda. Es lo que los científicos llaman «la tragedia de los comunes» (búscalo en Google).

Si somos incapaces de salvar un mar pequeño como este la esperanza de que seamos capaces de salvar ecosistemas mayores se esfumará.

Pero si investigamos, si dedicamos los recursos necesarios a encontrar un modelo de gestión de estos bienes comunes, no sólo habremos salvado el Mar Menor sino que habremos encontrado la forma de salvar el planeta.

Esta región tiene ante sí una oportunidad histórica que necesita de gobernantes a la altura de la tarea.

Poco importa si crees que los actuales no sirven porque dentro de dos años vas a poder elegir unos nuevos y si te parece que esos políticos que necesita esta región no van a salir de los partidos actuales aún estás a tiempo de organizarte.

Pero esta batalla no se puede perder, ocasiones como esta se presentan pocas veces en la historia.

Hoy es momento de gritar claro que es necesario salvar el Mar Menor. No para esta región sino para toda la humanidad.

#MarMenor #comunes #common #ecology #green #greenworld #newworld #newfuture #futuro #vida

“Pelorus” Jack

“Pelorus” Jack

En la duermevela confusa de la siesta escucho lejanamente que la radio informa de un incidente entre unas orcas y un barco en aguas del Cabo de Palos y, en la bruma somnolienta de esta tarde de verano, me viene a la memoria la historia de Jack; “Pelorus” Jack.

La primera vez que se le vio fue en 1888 cuando la goleta “Brindle” enfilaba el canal llamado “Paso Francés”, un peligrosísimo pasaje que conecta el Estrecho de Cook con la Bahía de Tasmania, en Nueva Zelanda.

Cuando los tripulantes del Brindle vieron a Jack su primer pensamiento fue matarlo pero, afortunadamente, en aquella época las sartenes eran de hierro y la mujer del capitán experta en ordenar las ideas de los marineros. Haciendo uso de sus dotes persuasivas convenció a los marineros de que no hiciesen daño a Jack y este, para sorpresa de todos, acomodó su marcha al andar de la goleta y comenzó a marcarle el rumbo seguro en aquel peligroso estrecho.

Porque el Paso Francés era y es un lugar lleno de rocas y corrientes donde lo fácil es acabar perdiendo el barco, pero no entonces. No entonces porque Jack, desde 1888 en adelante, tomó el hábito de guiar a los barcos que se enfrentaban al paso del estrecho y lo hizo con tal seguridad que ningún barco guiado por Jack se perdió nunca. Los marineros, gente supersticiosa y con el miedo propio del ser humano en los lugares de peligro, comenzaron a negarse a atravesar el estrecho hasta que Jack no viniese y, solo cuando él aparecía, largaban velas para seguirle.

Pero idiotas hay en todas partes y en los barcos también. En 1904 y seguramente porque optaba al disputado premio de tío más imbécil del mundo, un pasajero del SS Penguin, mientras este seguía el rumbo que Jack le marcaba, decidió probar su puntería y disparar contra él.

Jack sobrevivió al disparo pero el incidente llegó hasta el Parlamento donde, por primera vez en la historia, se aprobó una disposición protegiendo la vida de “Pelorus” Jack. Se cree que Jack fue el primer animal específicamente protegido de la historia.

Jack no dejó por eso de guiar a los barcos por el estrecho, a todos, claro, menos al Penguin, que, quién sabe si por eso, acabó naufragando en 1909 en el mismo Estrecho de Cook.

Jack desempeñó su trabajo entre 1888 y 1912 en que fue visto por última vez.

La presencia de un ballenero noruego en aquellas aguas disparó los rumores de que Jack había sido arponeado pero no es probable que así fuera. Jack, el delfín, tenía ya la cabeza blanca y el cuerpo pálido, signos evidentes de vejez en el mundo de los delfines y lo más probable es que muriese de viejo.

La historia de Jack guiando a los barcos me vuelve a la memoria ahora que oigo que las orcas tienen raros comportamientos y pienso si, como a los tripulantes del Penguin, no nos estará llegando la hora de pagar las canalladas que hacemos a todos los Jack del mundo.

¿Quién gana las guerras?

¿Quién gana las guerras?

Las guerras no las gana quien aplasta a su enemigo, las guerras las gana el que consigue que su adversario no desée seguir luchando.

Napoleón lo aprendió en España, los Estados Unidos lo aprendieron en Vietnam.

Mi memoria infantil recuerda bien aquellos telediarios. En los primeros meses de 1968 las tropas de Vietnam del Norte, apoyadas por China y la URSS logísticamente y tácticamente por las guerrillas del Vietcong que operaban en pleno corazón de Vietnam del Sur, iniciaron una ofensiva espectacular: la “Ofensiva del Tet”.

Para sorpresa de todo el mundo en las televisiones se vio a elementos del Vietcong atacar la propia embajada norteamericana en Saigon, la capital del Vietnam del Sur. La población norteamericana alucinó con aquellas imágenes ¿No eran ellos una superpotencia y el Vietcong una manada de asiáticos hambrientos y mal armados? ¿Qué estaba pasando? ¿Cómo era posible aquello?

El resultado militar de la ofensiva del Tet fue desastroso para Vietnam del Norte y su aliada guerrilla del Vietcong: todas sus ofensivas fueron rechazadas en medio de una horrible carnicería que les costó más de 100.000 bajas.

Pero el resultado psicológico fue funesto para los Estados Unidos. En medio del clima pacifista, hippie y flower-power de 1968 las imágenes de los telediarios revelaban a los norgeamericanos que los norvietnamitas no estaban derrotados como se les había dicho desde la Casa Blanca. Para la opinión pública estadounidense, bastante harta de la guerra, aquellas imágenes de la ofensiva del Tet fueron la gota que colmó el vaso y la voluntad de luchar de los Estados Unidos comenzó a esfumarse rápidamente.

Los norvietnamitas habían perdido la batalla desde el punto de vista militar pero los vencedores habían perdido toda voluntad de continuar la pelea.

Por eso he abierto el post diciendo que las guerras no las gana quien aplasta a su enemigo, sino que las guerras las gana el que consigue que su adversario no desée seguir luchando; y, en este caso, Vietnam del Norte había perdido la batalla pero ganado la guerra.

Poco después de la ofensiva del Tet se abrieron negociaciones, los estadounidenses salieron de Vietnam encargando al ejército de Vietnam del Sur que se defendiera por sí mismo y, poco después, la bandera roja norvietnamita ondeaba en Saigón.

Es casi un calco de lo ocurrido en Afghanistán a los rusos soviéticos y es casi un calco de lo ocurrido ahora, en el mismo Afghanistán, a los norteamericanos. Una guerra es una lucha atroz y sanguinaria de voluntades y pierde la voluntad más débil.

Desde el fin de la segunda guerra mundial y con la excepción de la incruenta, pero terrorífica, Guerra Fría las guerras, para las grandes potencias, han sido operaciones locales movidas por intereses geoestratégicos que muy pocas veces gozaban del necesario apoyo popular.

En la guerra de Vietnam los norteamericanos cometieron el “error” de dar un amplio margen de libertad a la prensa y pudieron comprobar cómo, fotografías como la de la niña Kim Phuc huyendo desnuda de un bombardeo de napalm o la foto del general Loan asesinando a sangre fría, mediante un disparo en la cabeza, al guerrillero del Vietcong Nguyem Van Lem, causaron más daño a la causa de los Estados Unidos que muchos miles de toneladas de bombas. Aquellas fotos hicieron más para derrotar a los Estados Unidos que todos los fusiles del Vietcong.

Cuando comenzó la primera guerra del Golfo esta lección estaba aprendida y la prensa estaba tan controlada que era virtualmente imposible que volviesen a tomarse fotos como las de Vietnam y, sin embargo, al final goteos de situaciones similares (siempre las hay en todas las guerras) van pasando factura a una sociedad que acaba no sabiendo por qué sus soldados mueren allí.

España ha gastado muchísimo dinero en operaciones militares internacionales en Afghanistán sin que ahora sepamos bien para qué dieron su vida los soldados que allí la dejaron (¿fue para capturar a Bin Laden?) y, tras décadas de guerra en la zona, ahora no sólo no se ha eliminado el absolutismo integrista en Afghanistán sino que este se ha fortalecido en Irak mientras en Irán los ayatolás siguen gobernando y el Isis sigue dando quebraderos de cabeza en otras zonas.

Cuando empiezas una guerra debieras medir, antes que el número de tus soldados, tus bombas y tus barcos, la voluntad de luchar de tu pueblo porque, cuando esta voluntad se agota, has de saber que la guerra está perdida. Quien no se rinde continuará la guerra incluso a pedradas, pero tú, aunque tengas decenas de portaaviones, si se te agota esa voluntad debes saber que acabarás perdiendo.

Nadie se ha ocupado de cultivar esa voluntad de luchar en el pueblo Afghano. Se armó a su ejército con material militar pero no se le dió la principal munición que precisan las armas: una buena causa por la que usarlas. Más importante que las armas o los missiles hubiese sido conseguir un importante grado de desarrollo económico en el país, una instrucción en valores compatibles con su cultura pero también incompatibles con las creencias más inaceptables de los talibanes.

Las armas no sirven de nada si no se quieren usar o si no tienes una buena causa para usarlas. Ahora, mientras se habla de derrotas en Afghanistán, recuerdo a mujeres como Ramazan Antar, una combatiente Peshmerga (kurda) que murió peleando en Siria contra el Isis hace unos meses y que es una imagen perfecta de esa voluntad de pelear de que les hablo.

Las guerrillas kurdas en su lucha contra el Estado Islámico cuentan con un formidable número de mujeres a quienes no importa mucho estar mejor o peor armadas porque tienen exactamente lo que hay que tener. Creo que ya escribí hace un año un post sobre ellas, así que mejor no me repetiré.

Personbyte

Medimos la capacidad de almacenamiento de información en cualquier soporte con toda naturalidad y así, decimos: ese disco tiene 18 Terabytes o ese USB puede almacenar 500 Gigabytes… Esta forma de expresarnos es para nosotros, desde hace unos 20 años, perfectamente natural y, sin embargo, hasta donde yo sé, nadie clasifica a las personas por su capacidad de almacenamiento de información. De hecho creo que no está calculado con precisión cual es la capacidad de almacenamiento de información de un ser humano, pero, para los fines que a mí me interesan da igual que dicha capacidad esté o no medida.

Por lo que a mí respecta la naturaleza es igualitaria y dota a todos los seres humanos de una igual o muy parecida capacidad de almacenamiento de información, así que llamaremos “personbyte” a la capacidad de información que una persona estándar puede almacenar.

De este modo un ser humano supondrá “1 personbyte” de capacidad de almacenamiento y dos seres humanos “2 personbytes”… y así sucesivamente.

Y ahora vamos al turrón o meollo de lo que me ocupa. Cada ser humano nacido en libertad necesita de ese personbyte para sobrevivir (la naturaleza no desperdicia recursos) de forma que, en estado de naturaleza, el hombre aprende a andar, cazar, recolectar, distinguir los frutos comestibles de los que no lo son, los animales que puede comer de los animales por los que puede ser comido, etc.

Al lado de nuestros antepasados nosotros somos unos perfectos zoquetes: ni sabemos encender fuego, ni sabemos encontrar agua, jamás hemos ayudado a parir a una mujer, somos incapaces de distinguir las setas comestibles de las venenosas, no sabemos seguir un rastro, no sabemos tender una trampa a un conejo… Somos unos perfectos inútiles, unos absolutos ignorantes, si nosotros estuviésemos en el lugar de nuestros antepasados la raza se habría extinguido y, sin embargo, algo bueno habremos hecho para llegar hasta aquí. Vamos a tratar de averiguarlo.

Los seres humanos que viven en estado de naturaleza tienen como primera necesidad sobrevivir y sus conocimientos se encaminan a ello. Todos tienen la misma capacidad de almacenamiento de información que nosotros (“1personbyte”), pero lo que ocurre es que la información almacenada en todos ellos es siempre la misma: cómo sobrevivir. Todos los “personbytes” replican la misma información o casi.

Es sólo cuando la cooperación, entendida como una estrategia evolutivamente estable, comienza operar cuando esa capacidad del grupo para almacenar información aumenta.

Los viejos de la tribu ya no pueden cazar pero el resto de la tribu los mantiene y la información almacenada en ellos ya no es estrictamente la necesaria para sobrevivir. Conservan memoria de hechos que la generación actual no tiene, comienzan a olvidar sucesos recientes pero recuerdan perfectamente viejas historias… Y ya no todos los seres humanos del grupo almacenan información por valor de un “personbyte”. Ahora la suma de uno más uno ya no es igual a uno, ahora la existencia de conocimientos distintos hace que la suma arroje un resultado superior a uno.

Otro tanto ocurre con el chamán o brujo de la tribu, excluido de las tareas diarias comienza a adquirir conocimientos distintos de los meramente necesarios para subsistir y de esta forma la calidad de la información almacenada por el grupo aumenta.

Este proceso se dispara con la llegada de la agricultura: el excedente permite que algunos miembros del grupo ya no trabajen en la pura subsistencia y dediquen su capacidad de almacenamiento de información, su “personbyte”, al almacenamiento de conocimientos distintos (alfarería, carpintería…).

Piense usted cuantos “personbytes” de información fueron necesarios para construir las pirámides de Egipto: personas que dedicaron su entera capacidad de información a la arquitectura, a la matemática, a la cantería, a la carpintería, a la construcción de los barcos que transportaban la piedra, al gobierno de esos barcos… Y así hasta un altísimo número de “personbytes”.

El progreso exige muchos personbytes. Usted, si quiere construir coches, va a necesitar de muchísimas personas porque los conocimientos necesarios para construir un coche no caben en 1, ni en 2 ni en 1000 personbytes. Desde que se mina el metal hasta que el coche sale de la cadena de montaje hacen falta miles y miles de personbytes de conocimientos. Y si esto es así en los coches, piensen en ese submarino que estamos construyendo en Cartagena: ¿cuántos personbytes hacen falta?

Las dimensiones de las empresas vienen determimadas por el conocimiento preciso para llevar adelante su objeto; las capacidades de los países vienen determinadas por la cantidad de personbytes de que disponen y son capaces de poner en marcha.

No importa tener 1.000.000.000 de personas con un “personbyte” de capacidad cada una; si no somos capaces de ocupar esos personbytes con información distinta y complementaria el grado de conocimiento de esa sociedad será 1. Pero si logramos poner a trabajar todos los personbytes de una sociedad llenándolos de la información precisa, es cierto que como individuos seremos seres incapaces de sobrevivir, pero como sociedad, como equipo, seremos imparables.

Un análisis informacional de las sociedades y una programación informacional de su futuro son claves para el éxito de las mismas aunque no sé si quienes nos gobiernan entienden bien el concepto.

Y ahora, mientras escribo esto, pienso en mis amigos profesores y entiendo sus frecuentes ataques de desesperación.

Humanidades y verdad material

Tengo 60 años y no me han contado sino que he vivido el franquismo y la transición. Ahora escucho opiniones sobre ellos más o menos documentadas y las siento todas inexactas.

Es normal: el mundo, la vida, no caben en un texto, en una foto o en unos videos o unos documentos sonoros.

Cualquier comunicación humanística es sólo la representación de un mundo pasado irrecuperablemente perdido y que ya nunca podremos comprender completamente.

La historia, la literatura y, en general, las humanidades en el fondo sólo estudian el lenguaje, pero no sólo el lenguaje escrito sino el de las artes visuales, la música o la arquitectura, para, a través de ellos, tratar de entender el mundo que otros seres humanos crearon.

No, a día de hoy ya nunca entenderemos plenamente un pasado del que sólo tomamos conocimiento a partir de lenguajes, expresivos pero limitados.

Es así como se recupera el pasado en los procedimientos judiciales y es por eso que sabemos que la verdad oficial está condenada a ser inevitablemente diferente de la verdad material, tanto más cuanto más complejo es el pasado que se juzga.

Los pobres y el dinero

# Los pobres y el dinero

Si a usted nunca le han cortado el agua o la luz por falta de pago usted no sabe lo que es ser pobre.

Para que a uno le corten el agua o la luz antes ha dejado de pagar cosas menos vitales: ha dejado de pagar la hipoteca porque el proceso de ejecución y desahucio puede tardar varios años, ha dejado de pagar su seguridad social porque si no se come hoy ese dinero no hará falta mañana, ha dejado de pagar los plazos de la tarjeta y ha dejado de pagar cualquier cosa que no sea la comida de hoy.

Para usted y para sus hijos el agua y la luz son imprescindibles pero, para pagarlos, necesita usted domiciliar los pagos o hacerlos con su tarjeta de crédito o débito y, a estas alturas, meter dinero en la cuenta de su banco es absolutamente inútil porque, en cuanto entre el dineri, el banco se quedará con él para cobrarse sus deudas aunque le deje a usted y a sus hijos sin agua o sin luz.

Si tiene la mala suerte de que se la corten usted no podrá restablecer el servicio yendo a pagar en billetes del Banco Central Europeo porque las empresas de agua y luz sólo le admiten pagos por tarjeta y usted no tiene tarjeta porque no tiene dinero, precisamente por eso le han cortado el agua o la luz.

Puede usted limpiarse sus mocos si los tiene con esos dos billetes de 50€ que le han prestado, no podrá usted pagar con ellos y restablecer el servicio. Su niño beberá en los charcos o se calentará quemando los muebles de su casa porque eso, a la hidro o a la eléctrica, les importa una mierda.

Para los pobres poder pagar en dinero es fundamental. Un pobre puede ir a una panadería o un bar y pagar la comida en efectivo, un pobre, en cambio, no puede pagar la luz o el agua porque estas empresas llenas de políticos no aceptan los pagos en efectivo. Para un pobre poder conservar el dinero preciso para vivir es imprescindible y eso no puede hacerlo jamás en un banco porque este siempre se cobrará él el primero aunque su cliente y sus hijos no tengan para comer ni para beber.

No, si usted no ha pasado por todo esto no sabe lo que es ser pobre, pero no desespere, si es usted autónomo sólo necesita una mala enfermedad para mirar cara a cara a la pobreza y, si es usted uno de esos muchos empleados de banca que defendían el dinero de su banco como si fuera suyo, rece porque sus despidos se negocien bien, su empleador es un psicópata a quien no le importa que usted o sus hijos mueran de hambre.

Si es usted mujer y tiene hijos a su cargo que ha de sacar adelante usted sola mejor no le digo nada, usted le ha visto las pupilas a la pobreza demasiado cerca.

Por eso, cuando veo que el gobierno restringe los pagos en efectivo a 1000€ o la Unión Europea trata de evitar el anonimato en los pagos, me acuerdo de quienes le han visto la cara a la pobreza, de quienes no tienen cuenta bancaria, de quienes no pueden tener tarjeta y de todos aquellos que, sólo por el totalitario deseo de los gobiernos de controlar hasta el último céntimo los gastos de la ciudadanía, verán como su vida se vuelve cada vez más imposible.

El anonimato en los pagos es un derecho, el uso de efectivo es un derecho y la posibilidad de vivir sin bamcarizarse es otro derecho ¿O es que también hemos de hacer ganar dinero a los bancos por ley?

Para estos tipos que beben agua mineral y no del grifo, que consumen electricidad hasta para calentar el asiento del retrete, que viven de pisar moqueta y creerse los dueños del estado, todos los demás parecemos ser solo contribuyentes y no personas.

Pero los pobres son personas y tienen un límite. Y conviene no explorar ese límite porque les aseguro, señoritos y señoritas de la moqueta, que la madre, el padre, el hombre o la mujer que han pasado por lo que les cuento, saben exactamente cómo tratar a tipos como ustedes.

Café con leche y barroco

Café con leche y barroco

Suelo ilustrar las cosas que escribo con alguna fotografía de lo que estoy comiendo o voy a comerme y es por eso que, muchos amigos que me leen, piensan que escribo de comida, pero no es así. Si escribiese de comida se me habría agotado hace tiempo el combustible literario (vivo solo, tengo poco tiempo para cocinar y mi repertorio es escaso) pero yo, en realidad, lo que sucede es que escribo de otra cosa para la cual la comida sólo me sirve de pretexto; pre-texto en el sentido literal de la palabra, pues la comida no es más que la puerta para escaparme hacia otros territorios.

Daría igual la comida, que la música, que la pintura o que la entomología; en realidad todas las cosas del universo están contenidas en cada una de las cosas que lo componen de forma que, uno, puede mirar lo que tenga más mano y escribir acto seguido, por ejemplo, de los sumerios… Sí, creo que eso me pasa bastante.

Sin embargo esta mañana es distinto; he encontrado la ocasión de quedarme solo un ratito y me he venido, como cualquier turista japonés de medio pelo, a desayunar a la Plaza Mayor y a pagar el impuesto revolucionario turístico que los aborígenes vetones tienen instituído para cuantos extranjeros quieren disfrutar del entorno.

Y merece la pena, a qué negarlo.

Porque esta mañana no necesito de las tostadas el café o el aceite como excusa para sumergirme en mi particular universo cultural; esta mañana el entorno de la Plaza ya te sumerge por sí mismo en una burbuja cultural de la cual, tristemente, habré de salir en unos minutos.

Volveré, claro que sí, probablemente en septiembre.