Lenguaje artificial

Lenguaje artificial

Explorar el mundo de las inteligencias artificiales es apasionante. Hoy estoy enredando con GPT-3, una inteligencia artificial capaz de redactar textos a partir de una frase inicial utilizando lenguaje natural.

Para probarla he introducido, en inglés, el texto de uno de los primeros tuits que publiqué: «Los abogados a los que admiro no miden su éxtio en dinero» y el resultado ha sido este texto:

«The lawyers I admire do not measure their success in money or in wins in court. They measure it in the number of people they have helped and the difference they have made in their clients’ lives.

Some of the lawyers I admire most are public defenders. They work long hours for little pay, and they often face difficult odds in court. But they do it because they care about their clients and want to help them.

I also admire trial lawyers. They are often the underdog in court, but they never give up. They are passionate about their work, and they fight for their clients’ rights.»

Lo que, traducido al castellano utilizando la inteligencia artificial de Google Translate, resulta en:

«Los abogados que admiro no miden su éxito en dinero o en victorias en los tribunales. Lo miden en la cantidad de personas a las que han ayudado y la diferencia que han marcado en la vida de sus clientes.

Algunos de los abogados que más admiro son defensores públicos. Trabajan muchas horas por poco dinero y, a menudo, enfrentan dificultades en los tribunales. Pero lo hacen porque se preocupan por sus clientes y quieren ayudarlos.

También admiro a los abogados litigantes. A menudo son los desvalidos en los tribunales, pero nunca se dan por vencidos. Les apasiona su trabajo y luchan por los derechos de sus clientes.

No importa qué tipo de abogado sea, creo que es importante tener un fuerte sentido de la ética y anteponer siempre los intereses de sus clientes. Los abogados que hacen esto son los que marcan la mayor diferencia en la vida de sus clientes.»

Ustedes juzgarán qué tal redacta GPT-3 y si capta más o menos bien el sentido de los textos. Yo tengo no pocos reparos pero debo admitir que impresiona y que, por qué no decirlo, asusta bastante.

Ahora, para que todo quede dentro del mundo de lo artificial, ilustro el post con una imagen generada por otra inteligencia artificial (DALL-E-2) sobre el texto del tuit inicial.

Inteligencia artificial y abogacía española: una instantánea

Inteligencia artificial y abogacía española: una instantánea

Ando estos días experimentando con inteligencias artificiales y —cómo no— una de las primeras cosas que les he pedido es que me hagan una imagen de los abogados y abogadas de España.

Las inteligencias artificiales no copian ni modifican imágenes preexistentes, lo que sí hacen es estudiar tantos cuantos bancos de imágenes tengan disponibles —en eso internet es un filón inagotable— para entrenarse y así abstraer las características que definen los conceptos que se le piden.

Antes de que nadie lo pregunte aclararé que ninguna de las personas que aparecen en la imagen son reales; son rostros ficticios construidos por la inteligencia artificial a partir de lo que ella entiende que son rasgos característicos de quienes ejercen la abogacía en España. No sufran por tanto por derechos de imagen ni nada parecido aunque, eso sí, inquiétense por la capacidad que las inteligencias artificiales tienen para fabricar rostros humanos indistinguibles de los reales.

Con mi consulta he obtenido bastantes imágenes pero esta que ven abajo me ha impresionado más que las demás porque, lo que en ella se ve, creo que se ajusta bastante bien a la realidad de la abogacía española. Un grupo de mujeres jóvenes, profesionales cargan expedientes con rostro preocupado. Es llamativa la falta de sonrisas en la foto —se ve que en los bancos de datos de la inteligencias artificial las abogadas sonríen poco— y es palpable el rostro de preocupación de los tres personajes, sobre todo el de la derecha.

A las Inteligencias Artificiales aún les queda un largo camino que recorrer hasta que, en el futuro, cuando yo haga esta misma consulta, en lugar de personas la inteligencia artificiale muestre algoritmos; pero lo que es indudable es que el papel de las inteligencias artificiales será cada vez más preponderante en nuestro campo profesional y eso nos lleva a la gran cuestión.

Las inteligencias artificiales son algoritmos costosos de construir, programar y entrenar lo que significa que, con seguridad, serán herramientas en manos de un determinado tipo de abogados y no de otros y que estarán al servicio de un determinado tipo de clientes y no de otros.

Y esto no es ninguna particularidad de la justicia, el problema de que las inteligencias artificiales dominen al ser humano no es el riesgo real, el riesgo real es el de quiénes serán los que controlen las inteligencias artificiales, porque esas personas, en el futuro, como ocurrió con las armas en el pasado, constiturán una peligrosa élite de control.

Todas estas cuestiones son problemas que los juristas debemos plantearnos y resolver y no sólo porque en ellos vaya implícito nuestro futuro profesional sino porque de su resolución dependerá que la libertad y la igualdad aún sean posibles en los estados y las sociedades futuras.

La máquina de las emociones

La máquina de las emociones

Nadie nos quiere tristes, se juzga la tristeza un estado de ánimo patológico y se la trata como tal con drogas y terapias. Nos quieren alegres y, para que lo estemos, nos surten de todo tipo de consumibles que no sólo harán —dicen— que sean más alegres nuestras vidas sino que también traslucirenos esa alegría al exterior y se lo demostraremos a los demás. La tristeza es una ordinariez ¿quién quiere una persona triste a su lado?

La tristeza es el fracaso del mismo modo que la alegría es el éxito. Serás alegre, culto y feliz si viajas a países exóticos o famosos culturalmente. Serás una persona alegre y de éxito si compras un coche, una vivienda, un traje un bolso o unos zapatos caros. Y si a pesar de eso estás —incomprensiblemente— triste, lo mejor es que compres alguna solución química para tu «inexplicable» tristeza.

Y el caso es que no hay nada más normal que estar triste cuando una desgracia nos alcanza; nada hay más común que tener miedo si una amenaza gravita sobre nosotros ni nada más genuinamente humano que reir cuando somos felices.

Marvin Minsky, uno de los padres de la inteligencia artificial, llamó al ser humano «the emotion machine», pues en el curso de sus investigaciones descubrió que estos estados de la mente y el cuerpo a los que llamamos emociones respondían a necesidades vitales del ser humano y que, en el 90% de los casos, las acciones humanas respondían a impulsos emocionales diseñados por la naturaleza antes que a eso que los seres humanos llamamos raciocinio.

Es por eso que experimentar miedo, tristeza, alegría o amor es tan apasionante, porque no solo disfrutas de la emoción sino que puedes tratar de entender por qué tu cuerpo te manda ese mensaje y te advierte de que hay un problema, una amenaza, un buen amigo o una persona maravillosa en tu vida. Es importante leer las emociones.

Lo que no me gusta tanto es esa sociedad de felicidad química a la que parece que nos acercamos, esa sociedad donde la felicidad la define el marketing, la publicidad o las películas de Hollywood; donde es más importante estar al lado de una pirámide maya pagando lo que haga falta que entender casi gratis leyendo algunos libros a los hombres y mujeres que produjeron esa cultura.

Yo no he ido de vacaciones este año pero he viajado en las fotografías de mis amigos —buenos cicerones— del mismo modo que viajé siendo niño en las páginas de las novelas de Emilio Salgari —quién probablemente nunca navegó otro mar que el Adriático— o en las de Julio Verne.

Los coches, las viviendas, los bolsos, los relojes no los pagamos con dinero, los pagamos con la vida que destinamos a ganar ese dinero y, muy a menudo, cuando compramos ese sucedáneo de felicidad con trozos reales de nuestra vida, no es extraño que nuestro cuerpo nos mande una señal y nos diga: tiempo hay poco y no debes dedicarlo a esto. Y nos ponemos melancólicos porque es así como nos enseñaron a vivir. Pero eso no se cura con química, para eso hacen falta remedios y ciencias mucho más antiguas y humanas que la química.

Y dicho esto diré que hoy estoy alegre. Así que voy a aprovechar y a disfrutarlo. Ya vendrán peores momentos.

Manual de autoayuda vengativa

Manual de autoayuda vengativa

La venganza tiene mala fama pero, durante milenios, fue la única forma en que el ser humano fue capaz de prevenir conductas antisociales. Vengarse no es fácil y exige desplegar un amplio abanico de facultades contra las que, naturalmente, el ser humano también ha adoptado sofisticadas contramedidas; espero que, tras la lectura de este manual de autoayuda vengativa, pueda usted dominar las suertes básicas de la venganza de forma que pueda disfrutar de ese plato que, ya se lo adelanto, muy raramente se sirve frío.

Vayamos por partes.

Para poder vengarnos lo primero que necesitamos es identificar al agresor; dicho de otro modo, si no sabemos quién es el agresor ¿de quién vamos a vengarnos?

Naturalmente, los agresores, conscientes de que si no son identificados no sufrirán castigo alguno, suelen ocultar su verdadera identidad tras los más variados recursos: antifaces, pasamontañas, medias de señora, disfraces de payaso y, los más peligrosos de todos, tras entramados societarios que impidan que se conozca la verdadera identidad de quienes manejan el carrito del helado. Si desea ampliar sus conocimientos en esta materia puede consultar mi monografía «El antifaz y la sociedad anónima: diferencias, semejanzas y caracterización funcional».

La segunda facultad que necesitamos para poder vengarnos es la memoria. Si no somos capaces de recordar la identidad del agresor, la autoría de la ofensa o incluso la existencia de la ofensa misma, tampoco podremos vengarnos.

Esta necesidad de memoria sorprendía mucho a Darwin quien observó que la venganza era imposible entre las especies animales con poca o ninguna memoria, circunstancia esta que dificultaba enormemente la creación de sociedades complejas.

«Si me engañas una vez eres un malvado, si me engañas dos soy un mentecato», dice el antiguo proverbio sumerio y, sin embargo, vemos como los mismos delincuentes nos roban o nos estafan una y otra vez… y no es de extrañar, los recursos que los malvados han desarrollado contra el uso de la memoria son verdaderamente sofisticados.

Uno de los más eficaces es la creación de una disonancia cognitiva en el agraviado que le conduzca a ponerse en la situación del agresor e incluso a comprenderlo y perdonarlo.

—¿Es que si tú supieses que no te iban a pillar no robarías también?
—¿Es que si tú fueses concejal de urbanismo no te llevarías el tres por ciento o más?
—¿Es que no te das cuenta de que, si te devuelvo todo lo que te estafé con la cláusula suelo, entonces bajará el PIB un 6,2 y eso dará lugar a una estanflación que, por imperativo del artículo 33 del Fondo Monetario producirá un cataclismo mundial?

Al escuchar estas preguntas el agraviado suele quedar en un estado de estupor y confusión mental tal que, a menudo, es aprovechado por el agresor para acabar de robarle la cartera.

Si desea ampliar conocimientos en esta materia puede usted consultar mi obra«La cancamusa y el trile, aspectos psicológicos esenciales del negocio jurídico».

Si este recurso a crear disonancias cognitivas no funciona los agresores suelen recurrir a la noticia estupefactante o a la catástrofe generalizada: terremotos en Nueva Gales del Sur, crisis económicas en el Sultanato de Omán, violación de derechos humanos en Bangla Desh, debates políticos, religiosos, nacionalistas, sexuales o, la más usual, el miedo a algo, como, por ejemplo, la tremenda crisis económica que nos amenaza. Usted, aturdido por el ruido del debate o espantado por los males que se avecinan, olvida el mal pasado, comienza a trabajar por enfrentar las nuevas amenazas y hasta agradece al cielo el seguir vivo.

Es por eso que, una y otra vez, quienes nos robaron en el pasado, se pueden presentar de nuevo ante usted como los honestos gestores que van a sacar al país de la corrupción y el delito y usted, yo y muchos como usted y como yo, nos lo creemos y no solo los perdonamos, sino que les dejamos que, de nuevo, roben nuestra voluntad y nuestro voto. Hay que reconocer que son unos genios.

Pero, como último requisito, además de identificar al agresor y no olvidar quién es ni lo que ha hecho, es preciso que la venganza sea rentable en términos tanto económicos como morales.

Si un sujeto le roba a usted un euro que tenía sobre la mesa para dejarlo de propina al camarero, es muy posible que no se dé usted una carrera tras el ladrón para recuperar su euro. La escasa cuantía de la ofensa no merece el esfuerzo de una carrera, de forma que el delincuente huirá impunemente sin otro castigo que el de que usted se acuerde de sus ancestros más recientes.

Aunque la ofensa sea mayor y el agresor le haya atizado a usted un garrotazo en la espalda, si pasa el tiempo suficiente, usted no se vengará. En el acto tiene sentido vengarse, si él le da un garrotazo y usted puede arrimarle una patada en la recova pues se la aplica y salda la cuenta, pero, si pasa el tiempo, su propia naturaleza le dice que la venganza es muy mal negocio, que ir ahora a reventarle la bisectriz al del garrote puede no ser buena idea porque los dos pueden salir perjudicados y que, como dijo el sabio, ojo por ojo y todos ciegos en unos cuantos años.

La naturaleza nos dota de un instinto vengativo que hace que, si nos mientan a la madre, le mentemos al mentador toda la caterva de sus muertos más recientes; pero la naturaleza también nos dota del instinto del perdón de forma que, si pasa el tiempo suficiente, olvidemos el agravio, perdonemos y podamos dar nuevas oportunidades a quién nos ofendió.

Los seres humanos normales somos así, perdonamos a nuestros deudores del mismo modo que ellos perdonan nuestras deudas —que decía antes el Padrenuestro— y es por eso que la venganza no es un plato que se sirva frío. Quien se venga en frío porque es incapaz de perdonar, no suele ser un ser humano sano sino con alguna perturbación o psicopatía.

Si también desea ampliar conocimientos en este campo puede usted consultar mi tratado titulado: «La reforma económica del rito litúrgico o cómo los cristianos dejaron de pedir el perdón de las deudas».

Y bien, ahora que ya conoce las suertes de la venganza y las armas para esquivarla, creo que está usted en disposición de entender qué tipo de delincuente es el más peligroso y especializado en el dominio de las estrategias para escapar indemne de sus abusos. ¿Y quiénes son?

Pues, en primer lugar, los delincuentes que usan un disfraz eficaz que impide reconocerlos, esos que, como si de una cebolla o una matriuska se tratase, llevan un antifaz sobre otro antifaz, un disfraz sobre otro disfraz, una cara sobre otra cara, que regularmente se hacen la cirugía estética, se cambian el nombre y desde las Islas Caimán pueden manejar los hilos de una marioneta que robe en la otra punta del mundo.

En segundo lugar los que pueden hacer que usted olvide o confunda la afrenta, los que le hacen una campaña publicitaria diciendo que ese robo concreto es perfectamente legal, los que le hacen creer que es usted y no ellos el delincuente, los que le engañan con una barahúnda de datos destinados solo a confundirle a usted y a la sociedad, los que colocan el foco del debate siempre sobre acciones ajenas y nunca sobre las propias.

En tercer lugar son los que hacen de la venganza una actividad antieconómica, los que roban poco a muchos de forma que hacen que, por ejemplo, a usted no le salga a cuenta reclamar que le devuelvan los 25 euros de una comisión que le han cobrado injustamente por «reclamación de descubierto» pero que, cobrados a cincuenta mil clientes, suponen un millón y pico más de euros que los enmascarados echan a la saca. Son los que se aprovechan de usted porque es un ser humano y espera que se le perdonen sus deudas del mismo modo que usted perdona a sus deudores, pero que nunca es plenamente consciente de que estos sujetos —peligrosos entre los más peligrosos— llevan un libro de cuentas y agravios donde nunca se borran las deudas de los demás y siempre desaparecen las propias. Alguien me dijo que incluso lograron cambiar el padrenuestro para que no dijese nada de «perdonar nuestras deudas».

La venganza, como ven, es un asunto tan complejo que, en las sociedades modernas, lo hemos dejado en manos del estado a través de una organización que llamamos administración de justicia.

Lo malo es que miro nuestra administración de justicia y me invade la congoja de que esta sólo está preparada para atrapar a los delincuentes poco peligrosos, porque los grandes delincuentes, los verdaderamente peligrosos, no solo marchan años luz por delante de ella sino que, a menudo, incluso consiguen hacer de ella una herramienta que usar en su provecho.

Pero de eso, si quieren, hablamos otro día.

¿Justicia? ¿Y qué es eso?

¿Justicia? ¿Y qué es eso?

Llevo 30 años largos trabajando en esto y sigo tratando de entender qué es eso a lo que llamamos justicia.

Ya, ya… ya sé que, hace eones, nos enseñaron que justicia era eso de «dar a cada uno lo suyo»; lo que nunca acabaron de contarnos es qué era «lo suyo» de cada uno y qué había de darse a cada quién ni por qué era esa la solución justa y no otra cualquiera.

Que los crímenes, en general, se castigasen más si se cometían por acción que por omisión fue algo que nunca acabé de entender bien. También me causaba —y me causa— no poca sorpresa esa extraña «justicia de los 150 metros» con que la naturaleza parece equiparnos. Me explicaré.

Si un señor maltrata a un perro cruelmente en nuestra cercanía muy probablemente intervendremos en defensa del perro. Pero que 11 personas mueran de hambre en el mundo cada minuto no parece causarnos pesar alguno más allá de algún lamento bienintencionado cuando el telediario recuerda la cifra. Podemos salvar la vida de dos personas durante un mes con apenas unos pocos euros pero, por alguna razón, nuestra conciencia no nos maltrata si no hacemos nada. Es curioso que, para nuestra concepción de la justicia, valga más el bienestar de un perro cercano que la vida de dos niños lejanos.

A ver, no me malinterpreten, si los seres humanos somos así muy probablemente es porque no podríamos ser de otra forma; ningún ser humano puede cargar sobre sus espaldas todo el dolor del mundo. No podemos soportar el duelo de todos los seres humanos que diariamente pierden la vida en guerras, catástrofes o hambrunas… Pero no me negarán que es muy curioso que nuestra conciencia sólo nos flagele cuando la injusticia es cercana.

Vuelvo al principio. Muy probablemente si me lees seas jurista y seguramente, como yo, tengas bastantes dudas acerca de lo que es justo y de lo que no lo es. Seguramente, al final, juegues —como hacemos todos— con las cartas que nos dan y trabajes con las herramientas que tenemos, con la ley, con la jurisprudencia y con la voluntad de que el resultado de los procesos en los que intervienes esté lo más cercano posible a eso que tú entiendes por justo. Pero siento como muy probable que no sea yo sólo el que tiene serías dudas sobre qué es eso a lo que llamamos justo y sobre la ciencia que debería explicárnoslo: la justicia.

Nos cansaron en derecho natural y filosofía del derecho con decenas de teorías y formulaciones ajenas al mundo de lo científico y basadas en planteamientos filosóficos tan elegantes como despegados de la realidad. Ahora nos hemos acostumbrado a jugar con las reglas que nos dieron y ya no nos preguntamos si esas reglas son buenas o si deberíamos jugar con otras.

Recuerdo una mañana en que, preparando un discursito, descubrí que eso a lo que yo me venía dedicando hacía años, la «iustitia», el «ius», era una palabra etimológicamente emparentada con otra legión de palabras que compartían un significado aproximado a «unir».

En efecto, «ius» y «yoga» son palabras primas, como son palabras hermanas «ius» y «yunta»; o con«iu»ges, o «yugo», o «jugo»… Y me sorprendí a mi mismo descubriendo que el significado de «ius» en latín es, literalmente, «sopa», que menestra, en latín, se dice «ius olitorium». Permítanme que les ahorre la larga e interesante investigación etimológica pues nos conduciría al sánscrito de hace milenios.

Me pareció tristísimo que me hubiese llevado casi 30 años descubrir esto y más me sorprendió que los magistrados y compañeros que me escuchaban me mirasen sorprendidos cuando llegué a esta parte, un divertimento, del discurso. ¿No suele empezarse el estudio de cada rama de la ciencia con una aproximación etimológica a su nombre? ¿Qué nos pasa a los juristas?

Desde 2008 la sociobiología evolutiva, la teoría de juegos, el estudio de los aspectos más científicos de la justicia, captó mi atención pero, o soy mal escritor o los postulados de estas ciencias no interesan para nada a mis lectores. A mí ese mundo me apasiona, me ha dado en estos últimos 24 años una comprensión como nunca soñé tener antes del ser humano, de la sociedad, de la naturaleza y de las reglas que la regulan; pero, siempre que trato de contar algo de esto a alguien, seguramente porque lo hago mal, porque no soy capaz de captar la atención ajena o, quizá, simplemente porque nadie acude a una red social a que le calienten la cabeza con cosas de esta especie, me encuentro hablando solo y con que el tema sólo parece entusiasmarme a mí.

Y el caso es que creo que el derecho y la justicia sólo pueden progresar por esa vía. Estamos tan adheridos a nuestros esquemas mentales, a nuestro martillo, que todos los problemas con que nos encontramos nos parecen clavos. O los convertimos en clavos.

Y no sé por qué esta tarde de viernes les cuento todo esto, aunque —por otro lado— tampoco tiene importancia: ni merecerá la atención de mucha gente ni tampoco tiene uno por qué justificarse por hacer algo que le apetezca.

Por favor, no sienta vergüenza

Mire, le voy a decir una cosa: deber dinero porque no se puede pagar no es ninguna vergüenza; vergüenza es quedarse con el dinero de la gente pudiendo pagar, vergüenza es faltar sistemáticamente a la palabra dada, vergüenza es retrasar pagos a gente humilde cuando se están teniendo beneficios brutales anualmente, pero, deber dinero porque no se puede pagar, no es ninguna vergüenza.

Si usted debe dinero hágame caso, no baje la cabeza como quien ha fracasado en la vida, no deje que se le ponga en la mirada esa expresión que delata al pobre y al deudor, no permita ni por un momento que su cerebro le diga que debe arrugarse frente a la reclamación del banco; por lo que más quiera, no consienta que le dejen sin dignidad además de sin dinero.

Se lo repetiré: ser pobre no es ninguna vergüenza; vergonzosas son otras conductas y yo sé que ninguna de ellas le afecta a usted.

Vergonzoso es incumplir la palabra dada y eso es lo que hacen sistemáticamente las compañías de seguros cuando, llegado un siniestro, se niegan a cumplir lo prometido. Debe usted saber que, hasta que el gobierno las favoreció despenalizando los accidentes de tráfico, las compañías de seguros se sentaban día tras día como demandadas en los estrados de los juzgados para ser sistemáticamente condenadas. Antes ser condenadas que pagar, si habían de pagar la cantidad justa que el juez lo dijera, ellas, en vía amistosa, ofrecerían la cifra que les conviniese, no la justa. Como los juicios de faltas eran poco costosos los ciudadanos acudían en masa a reclamar… Ahora sucesivos gobiernos han realizado cambios procesales para que esa intervención rápida y poco costosa del juez sea eliminada. Las compañías son felices.

Lo gracioso es que las campañas publicitarias de estas entidades llenaba y llena los periódicos con noticias del tipo «un 5% de los siniestros son fraudulentos» mientras que callan que, en la mayoría del 95% restante, la compañía esta cumpliendo tarde, mal o no cumpliendo en absoluto sus compromisos. Publicar las cifras de las sentencias condenatorias que en 2011 ó 2012 dictaron los juzgados de instrucción españoles contra las compañías de seguros las situaría dentro de la indecencia más absoluta. La despenalización de los accidentes de tráfico y los avatares posteriores han maquillado las cifras pero no crean que estas entidades han cambiado su patrón de conducta..

¿Y qué le diré de los bancos?

Desde que, en 2013, se dictó la sentencia del caso Aziz y posteriormente se dictaron otras determinando que las cláusulas que los bancos y cajas introducían en sus hipotecas eran nulas y debían devolver el dinero a sus clientes, desde esa fecha —digo— saben que deben devolver ese dinero a sus clientes, pero han preferido no hacerlo y se niegan a pagar. Se niegan a pagar no porque no sepan que no deben ese dinero sino porque la justicia es muy lenta y muchos clientes no reclamarán; porque a veces los juzgados piden facturas que dado el tiempo transcurrido ni se conservan ni se pueden obtener; porque hay que contratar un abogado y, si la deuda es pequeña, quizá no merezca la pena; porque el Tribunal Supremo cada vez que puede cambia la jurisprudencia —y en general siempre en contra de los consumidores— y mejor esperar a no vivir en la incertidumbre…

No, no se avergüence por deber dinero, usted no paga porque no tiene, otros no pagan porque así podrán quedarse con el dinero ajeno, concretamente con el de sus clientes más humildes. No, no se avergüence, usted tiene vergüenza pero no debe gastarla con ellos; ellos no van a gastarla con usted, las personas jurídicas, por definición, no tienen vergüenza ni la han conocido nunca ni pueden tenerla por su propio diseño obligado solo a ganar dinero, así que no se arrugue usted ni deje que le chantajeen moralmente. Usted puede deber dinero pero no es un sinvergüenza; a usted vergüenza le sobra, si a alguien le falta es a ellos.

Pero tampoco se deje engañar, en este juego no todos somos iguales.

Si un proceso judicial es lento no es lo mismo para quien tiene dinero que para quien no lo tiene. Si usted necesita el dinero, muy a menudo, no podrá esperar a que acabe su trabajo la lenta maquinaria judicial. El banco aprovechará, ralentizará cuanto pueda el proceso y le hará ofertas a la baja aprovechando su necesidad. ¿Iguales ante la ley?

Si el resultado de un proceso judicial no es del todo predecible a usted, usuario por una sola vez de la administración de justicia, el miedo le atenazará. ¿Qué ocurrirá si mi caso se halla entre los de resultado impredecible?

Ese temor no existe para los usuarios habituales de la administración de justicia (bancos y aseguradoras) es una pura cuestión de estadística. De hecho ellos recurrirán estratégicamente los casos modelo que beneficien a sus tesis e impedirán que lleguen a instancias superiores los que pudieran perjudicarles. ¿Iguales ante la ley?

Y, para finalizar, entidades con dinero disponen también de la influencia necesaria para tratar de instar y obtener modificaciones legales que les favorezcan, crear estados de opinión que les resulten favorables e incluso celebrar congresos y simposios donde ingénuos congresistas alimenten el argumentario de estas máquinas de ganar dinero.

¿Y a usted? ¿Quién le defiende a usted?

Se supone que los representantes políticos que usted elige cada cuatro años son los integrantes de ese «lobby» que debe protegerle a usted… Pero…

¿De verdad cree usted que ese cuerpo de representantes teóricamente elegidos para defender sus intereses de ciudadano es inmune al poder del dinero?

Luego le dirán que la justicia es lenta porque «los españoles litigan mucho»… que mejor que una sentencia impredecible son otras formas de resolución de conflictos… que judicializar las cosas está feo… Le dirán de todo, menos asumir que usted tiene derecho a una administración de justicia que resuelva las injusticias de forma rápida y eficaz y ante la que todos seamos y nos sintamos iguales.

Por eso no es inocente que la administración de justicia sea lenta, no es inocente que el nombramiento de sus más altos cargos sea objeto de un sucio pugilato político, no es inocente que en lugar de arreglar su mal funcionamiento se fomenten otras vías de solución alternativa…

No, nada de esto es inocente, y no es inocente porque la única garantía para un ciudadano, para usted y sus hijos, de que habrá un futuro donde usted y los suyos puedan tener algún derecho es que algún día dispongamos de una administración de justicia eficaz, rápida y predecible.

Llevo casi cuarenta años trabajando en esto y, por favor, no me pida hoy mi opinión; hoy es el último día del verano y no siento necesaria más melancolía.

La historia de Sinhué, la descentralización y el blockchain

La historia de Sinhué, la descentralización y el blockchain

Ayer les hablé de los óstrakon (trozos de cerámica) como soportes donde escribir en la antigüedad e ilustré el post con uno de ellos donde un anónimo ciudadano ateniense votaba la expulsión de Atenas de Temístocles, el glorioso gobernante qu

e combatió en Marathón y trabajó para que su polis contase con una poderosa flota que se demostró crucial en Salamina.

Sin embargo, si un óstrakon es famoso es este que hoy les enseño y que se conserva en el «Oxford’s Ashmolean Museum», se trata del óstrakon más grande del mundo que se conserva y en él aparece escrito el comienzo de la historia de Sinhué.

Para aquellos, supongo que pocos, que no conozcan la historia de Sinhué les diré que este era un egipcio que vivió en torno al año 2000AEC (siglo XX AEC) durante el reinado del faraón egipcio Amenemhat I. Según la historia que nos cuentan los viejos textos Sinuhé («El hijo del sicomoro») acompañaba al príncipe Sesostris cuando, por casualidad, escuchó como se tramaba un complot para matar al faraón Amenemhat. Por razones que no se acaban de entender —¿pensaba que se vería envuelto en el complot?— Sinhué se ve obligado a huir de Egipto y a dirigirse hacia una tierra a la que, muchos siglos después, el mundo conocería como Palestina pero que, por aquel tiempo, los egipcios conocían como Retjenu.

Si el vértigo de siglos no les ha asaltado hasta ahora permítanme que llame su atención sobre la fecha en que tiene lugar esta historia: faltan más de 1.200 años para que se comience a escribir la Biblia en ese mismo lugar hacia el que ahora huye Sinhué. Esta historia, sí, es 1000 años más antigua que el propio libro del Génesis.

Sinhué durante su exilió en Canaán-Retjenu se enamoró y se casó con la hija de un jefe tribal del lugar llamado Ammunenshi llegando a ser un personaje muy respetado y viviendo innunerables aventuras, batallas, combates singulares, pero…

Pero Sinhué era egipcio y no podía vivir alejado de su patria. Sinhué no soportaba la perspectiva de no ser enterrado en Kemet conforme a sus antiguos y sagrados ritos funerarios. Por eso, en cuanto tuvo noticias de que faraón podría haberle perdonado, volvió a Egipto donde vivió una vejez honorable y fue enterrado en una tumba digna de un buen egipcio.

Y ahora les pregunto…

¿Cómo es posible que un texto de hace cuatro mil años haya llegado hasta nosotros?

Los textos más antiguos de la Biblia que tenemos son los rollos del Mar Muerto, más de 1700 años posteriores a la historia de Sinhué; el fragmento más antiguo de la Ilíada de Homero es del año 150 después de Cristo, más de 21 siglos posterior… ¿Cómo es que ha podido llegar hasta nosotros la antigua historia de Sinhué el Egipcio?

Por diversas razones, pero no les quepa duda que una de ellas es el tipo de soporte.

Cuanto más antiguo y primitivo es un soporte más dura y mejor se conserva en el tiempo. La paleta de equisto verde del faraón Naarmer ha llegado hasta nosotros cinco mil años después de que fuese confeccionada; la epopeya de Gilgamesh ha atravesado también cinco mil años de historia de la humanidad y no puede despreciarse el hecho de que los textos escritos sobre piedra o arcilla se hayan revelado como especialmente resistentes.

Ahora compare usted la durabilidad de los textos escritos en piedra o en tabletas de arcilla con la durabilidad de aquellos archivos que usted guardó en su primer ordenador. En los últimos 40 años hemos visto nacer y morir un sinnúmero de soportes, desde los discos blue-ray a los discos duros, pasando por los diskettes de 5.25, los de 3.5, los microdrives y hasta los CD. Ahora la moda son las memorias SSD… ¿Cuánto cree usted que tardará esta tecnología en ser sustituida por otra?.

Si quiere que un texto suyo se pierda grábelo en su disco duro; no pasarán muchos años antes de que el texto sea ilegible para cualquier ordenador. Se calcula que, de media, ningún archivo pervive en internet más de quince años. Créame, si quiere que un texto suyo dure casi eternamente escúlpalo en piedra.

Sin embargo lo primitivo del soporte es sólo una de las causas de que la historia de Sinhué haya llegado hasta nosotros, la otra es su tremenda popularidad.

La historia de Sinhué y sus aventuras en Canaán cautivaron de tal modo la imaginación de los egipcios que todos cuantos sabían leer quisieron tener una copia de sus aventuras. La conservación de la historia de Sinhué no fue un hecho «centralizado» en una biblioteca o archivo dependiente del estado, su éxito fue que su conservación fue un fenómeno descentralizado («distribuido») donde muchas personas quisieron poseer y disfrutar de una copia de esta historia.

Adicionalmente la historia de Sinhué se empleó intensivamente en el entrenamiento y formación de los nuevos escribas.

No es, por tanto, casual que el fragmento más antiguo que se conserva de la historia de Sinhué sea precisamente este óstrakon de barro (un soporte primitivo) realizado para el uso privado (conservación «distribuida») de un particular, ya fuera como lectura o como entrenamiento caligráfico en tipografía hierática.

Y ahora dígame ¿Cree usted que nuestros actuales ficheros de texto sobrevivirán más años que la historia de Sinhué?

Debemos mirar hacia el pasado con mirada moderna y aprender lecciones útiles.

Les dije ayer que la actual revolución tecnológica llevará aparejadas revoluciones temidas por las clases sociales que ahora ocupan el poder y una de ellas será la descentralización («distribución»).

Si usted quiere que sus textos se conserven tantos años como la historia de Sinhué puede o bien escribirlos en piedra —algo poco práctico a día de hoy— o fomentar su conservación descentralizada, distribuída, como pasó espontáneamente en Egipto.

El estudio y comprensión de la descentralización y de las arquitecturas distribuídas ha sido una tarea poco abordada hasta ahora y digo «hasta ahora» porque no habrá proyecto futuro que no se conciba y planifique como una tarea distribuída. Déjenme que les ponga unos ejemplos.

Cuando en 1974, Frank Drake y Carl Sagan emitieron desde el radiotelescopio de Arecibo, un mensaje de 2 minutos en dirección al cúmulo de estrellas M13, no esperaban respuesta, pero si inauguraron un fabuloso experimento de monitorización del espectro radioeléctrico tratando de descubrir alguna señal de radio de alguna civilización extraterrestre. El cúmulo de datos que se recibían diariamente era de tal magnitud que resultaba imposible procesarlos informáticamente pero, afortunadamente, alguien pensó en una solución distribuida y apareció «Seti@Home».

SETI@home («SETI at home», «SETI en casa» en inglés) es un proyecto de computación distribuida que funciona en la plataforma informática Berkeley Open Infrastructure for Network Computing (BOINC), desarrollado por el Space Sciences Laboratory, en la Universidad de California en Berkeley (Estados Unidos). Básicente SETI aprovecha la potencia de cómputo desperdiciada por los ordenadores domésticos. Déjeme que le ponga un ejemplo.

Cuando usted conecta su ordenador no siempre lo está usando, a menudo usted se levanta de la mesa, piensa en otras cosas, consulta documentos o se entrevista con otras personas. En esos momentos es cuando su ordenador conecta el protector de pantalla para que nadie pueda ver en qué trabaja usted.

Pero ¿qué pasaría si en el momento de conectar el protector de pantalla su ordenador se dedicase a procesar datos de alguna tarea pendiente? ¿No sería eso una forma de aprovechar la potencia de cómputo que usted está desaprovechando en ese momento?

Pues eso mismo es SETI@Home; si usted voluntariamente quería ayudar en el análisis de las señales de radio del universo simplemente instalaba el protector de pantalla de SeTi y, cada vez que su protector de pantalla se activaba, su ordenador comenzaba a analizar señales venidas del espacio profundo.

Miles de personas ayudaron a este proyecto y a otro similares puestos en marcha por diversas universidades como milkyway@home y einstein@home.

Ningún centro de computación centralizado tenía la potencia de cómputo de esta red distribuida de ordenadores personales y es bueno señalar que esta forma de aprovechar las capacidades «distribuidas» de una sociedad no se circunscribe a experimentos informáticos.

Cuando en 1808 Napoleón invadió España los ejércitos borbónicos centralizados de que disponía España se revelaron como bastante inoperantes frente al poderío militar francés. Sin embargo la población, cuandp terminaba la jornada laboral del día y activaba el protector de pantalla, cedía a la causa de la independencia de España parte de su potencia de cómputo, básicamente la navaja, el trabuco o la horca y se dedicaba a «matar franceses» en la expresión de la época. No era la suya una guerra, sino solo una «guerrilla» pero, conforme a los documentos oficiales franceses, la cantidad de muertos que produjo, las interferencias logísticas que causó, las ventajas estratégicas que regaló a los ejércitos ordinarios fueron de tal magnitud que a los militares de la época les causaban sonrojo.

La arquitectura distribuida, pues, no solo es aplicable a fenómenos informáticos sino, como ven, también a la guerra.

Los sistemas centralizados son altamente ineficientes y nunca pueden ser más eficientes que su órgano central; si este es ineficiente todo el sistema es ineficiente y no hace falta que pienses en la España de Fernando VII; puedes pensar simplemente en el Consejo General de la Abogacía Española. Enfermo de sumisión a su presidenta nunca llevará a cabo tareas no deseadas por esta y la medida de su eficiencia nunca será superior a la de su presidenta; no es de extrañar que en inversiones informáticas —un campo que la presidenta desconoce a niveles de sonrojo— el Consejo haya costado muchos millones a todos los colegiados y colegiadas españoles.

Pero volvamos a Sinhué: ¿Cómo podríamos conservar eternamente un escrito nuestro en la actualidad?

Esa pregunta se la ha hecho una iniciativa de blockchain llamada Aarweave y ha llegado a una solución con las características típicas de arquitectura distribuida descentralizada que, a estas alturas de este larguísimo post, pueden ir imaginando.

¿Utiliza usted toda la capacidad de almacenamiento de su ordenador? ¿Tiene usted perennemente llenos todos sus discos duros y unidades de memoria? ¿Qué pasaría si alguien le paga por poder trabajar con ellos?

Esto es Aarweave, una inciativa de blockchain donde usted recibirá recompensas mientras ponga a disposición del sistema su capacidad de almacenamiento. Aarweave sostiene que podrá guardar eternamente sus archivos dadas las ecuaciones que describen el cada vez menor precio de la capacidad de almacenamiento, dada la mejora de los sistemas y el avance de la tecnología.

Pero no se apresuren a tratar de sacarle un dinero a los Gigas de su disco duro que no usan, la cosa no es tan sencilla como parece y exige de conocimientos informáticos. De entrada, si quiere experimentar, comience por instalarse un sistema operativo Linux (no sirve ningún otro) algo que le recomiendo vaya a minar Aarweave o no.

¿Muy teórico le parece todo esto?

Muy bien, les prometo que el siguiente post que escriba contendrá un link dirigido a un sistema de publicación en la web fundado en Aarweave. Allí podrá usted experimentar y, quién sabe, eventualmente sus post —si son buenos— pueden llegar a ser tan longevos como la historia de Sinhué.

Quién sabe.

La tecnología y las revoluciones políticas

La tecnología y las revoluciones políticas

Las formas de gobierno y la política en su conjunto evolucionan a remolque de la evolución de los conocimientos técnicos de la humanidad y esta lección no debiéramos olvidarla.

El conocimiento de la agricultura nos hizo pasar de ser animales nómadas a sedentarios, nos hizo vivir juntos en concentraciones de individuos nunca vistas hasta entonces e hizo aparecer nuevos tipos de sociedades y nuevas formas de gobierno.

La aparición de la escritura hizo posible que en torno al siglo VII AEC el rey Josías de Judá imaginase una revolución política donde el poder supremo no correspondería a una persona sino a un texto. El «antiguo texto» (un protoejemplar del Deuteronomio) que Josías dijo haber encontrado en el templo inauguró una forma de diseñar el funcionamiento del poder y el estado de la que aún hoy día somos herederos.

La escritura permitió también que los ciudadanos atenienses, en el siglo VI AEC, pudiesen expulsar de la ciudad a cualquier tirano por el simple método de escribir su nombre en un trozo de cerámica (óstrakon) inaugurando todas las técnicas, censos y escrutinios necesarios para poner en marcha una forma de gobierno que aún hoy perdura.

Pero no fue hasta la invención de la imprenta que los más fundamentales textos sagrados pudieron ponerse a disposición del gran público para ser sometidos a su implacable examen. Los pilares del poder de los intérpretes del libro se resquebrajaron y la humanidad se abrió a la una nueva era donde las luces fueron la clave del progreso.

La imprenta también democratizó el uso cotidiano de periódicos y gacetas y gracias a ello se constituyó en la principal herramienta con que el pueblo podía formar la voluntad que luego expresaría en las elecciones también por medio de la escritura.

La prensa, la radio, el cine, la televisión, se convirtieron en poderosos medios para formar la voluntad de las gentes; pero eran medios unidireccionales donde una sola voz hablaba a muchos oyentes y esto era demasiado tentador para quienes habían comprobado ya que dominar la prensa era dominar el poder. Los regímenes totalitarios se apoderaron de las imprentas, de las emisoras de radio, de las productoras de cine y los estudios de televisión y así decidieron qué noticias nos llegarían y qué idea tendríamos del mundo. No hubo país en la tierra tan libre que no viese a sus medios de comunicación dominados por el estado o por grandes corporaciones financieras.

Ahora que la prensa, la radio, la televisión y el cine han entrado en competencia directa con un mundo donde los ciudadanos ya no solo consumen sino que producen las noticias puedes esperar cambios en las formas de gobierno y en la política tan profundos como los habidos en el Judá de Josías o la Atenas de los óstrakon… Pero no te hagas ilusiones.

Ahora que puedes no sólo recibir sino producir información debes saber que el alcance de la misma no sólo la determinarán tus facultades retóricas (ya sean audiovisuales o escritas) sino, sobre todo, la voluntad y la conveniencia del dueño del lugar donde las expresas. Tu mensaje no alcanzará a más gente de la que desee el dueño del ágora (red social) donde la expreses.

Por eso, sistemas de formación de la voluntad política novedosos, de expresión de las ideas o de articulación de la sociedad civil como el blockchain levantan críticas implacables.

Ya ocurrió hace 20 años con internet. La moda parecía despreciar internet en los primeros 2000 o asustar a los posibles usuarios con timos y estafas sin cuento. Aún recuerdo a un presidente de Tribunal Superior de Justicia manifestando a toda plana que «dar el número de tu tarjeta de crédito en la red era una locura».

Ahora, quienes no se han molestado en profundizar en qué es el blockchain y las maravillosas herramientas que nos facilita para evolucionar social y políticamente, vociferan contra él, mientras los dueños de los estados luchan a todo trance por impedir que esa tecnología se democratice porque saben cuáles son las ideas que se hallan en su base y saben que no son buenas para la continuidad del sistema que les permite instalarse en el poder.

Aunque no me crean no lo olviden: todas las innovaciones tecnológicas arrastran detrás de sí cambios sociales y políticos y estamos ante la mayor revolución tecnológico-cultural que ha vivido el ser humano desde la invención del alfabeto.

Y dentro de pocos años nada volverá a ser igual. Espero vivirlo.

El cocktail «valgas» y el «Café des Tignalpes»

El cocktail «valgas» y el «Café des Tignalpes»

Es fama que en los bajos del Hotel Negresco, en plena «Promenade des Anglais» de Niza, abrió en 1928 sus puertas el famoso «Café des Tignalpes» regentado por el reputado mixólogo y barman ruso Yuri Ibrahimovich Valgashvili. Yuri había tenido que huir de Rusia a causa de la revolución soviética y ahora se enfrentaba al reto de sacar adelante su local enmedio del ambiente de lujo y opulencia que caracterizaba a la Riviera francesa en esos años.

Pero Yuri tuvo suerte, en 1909 había conocido en su local, tras una actuación, a la estrella erótica y musical del momento: la cupletista española Consuelo Vello «La Fornarina» con la que él —y media casa de los Romanoff— vivió un tórrido romance.

Cierta noche en que estaba extenuada y acalorada de tanto bailar «La Machicha», el éxito de moda, la Fornarina solicitó en el local de Yuri que le sirviesen un combinado de vino tinto fresco y agua de Seltz levemente azucarada, un combinado que, según explicó, era usado en España para combatir el calor y la fatiga. Yuri I. Valgashvili lo probó pero, en el gélido ambiente de San Petersburgo, no le pareció que el combinado pudiese tener futuro.

Sin embargo ahora, en el caluroso verano de Niza, Yuri Ibrahimovich vio llegado su momento y, como reclamo publicitario, anunció en su bar de la Promenade su nuevo combinado «La Fornarina». El éxito del combinado fue inmediato aunque la gente, pronto, comenzó a llamar a la bebida de moda «Valgas» (por Valgashvili) llegando popularizarse tanto que incluso se convirtió en bebida de consumo ordinario en el monegasco «Rampoldi».

Luego llegó la segunda guerra mundial y Yuri Ibrahimovich Valgashvili, de origen judío como era, hubo de huir de la Francia ocupada y marchar a Palestina, no llegando a alcanzar su destino y muriendo, detenido por los británicos, en el campo de concentración de Larnaka, en Chipre.

Todavía hoy, en lugares selectos, gentes de estilo y con mundo, aciertan a pedir un «Valgas», pero no es el caso del lugar donde hoy estoy comiendo yo, una casa de comidas inmune a cualquier clase de moda, ya sea coquinaria o mixológica.

Anexo documental

Como complemento al texto anterior ofrecemos una serie de fotografías que ilustran algunos lugares y personas mencionados en el mismo.

Entrada del restaurante Le Chantecler, ubicado en los mismos locales que una vez ocupó el Café des Tignalpes. Tras la huida de Yuri Ibrahimovich Valgashvili de Francia y acabada la segunda guerra mundial, en 1946 ocupó los locales el Restaurante que ven en la imagen.
Interior del restaurante Le Chantecler, del mobiliario del Café des Tignalpes sólo queda ya el busto que se ve en primer plano.
Antigua fachada del Restaurante Rampoldi en Montecarlo, Rue des Speluges 3.
Interior del restaurante Rampoldi, en las mesas de Rampoldi aun puede observarse como la cristalería incorpora copas de vidrio rojo que se pusieron de moda al tiempo que el cocktail «Valgas» entre la aristocracia monegasca.
Dolores Bello (AKA «La Fornarina») en el cénit de su fama. La fotografía superior circa 1909 fecha de su triunfal debut en San Petersburgo.

Sin vergüenza

Sin vergüenza

Cuando a Rafael Guerra le preguntaron cómo había podido llegar a ser gobernador civil un torero de la época, dicen que este respondió con una sola palabra: «degenerando».

Desconozco si la anécdota es cierta pero, de serlo, muy probablemente el torero al que alude la misma sería el diestro de Elgóibar «Don» Luís Mazantini, nombrado Gobernador Civil de Guadalajara y Ávila en el bienio 1919-20, adversario declarado de Rafael Guerra y al que este dedicó públicamente no pocas puyas.

Lo curioso es que el aludido Luís Mazantini seguramente estaría de acuerdo con lo dicho por Rafael el Guerra, pues se dice que, cuando se cortó la coleta, al preguntarle por qué lo hacía el diestro de Elgóibar respondió: «Porque para ser matador de toros hay que tener vergüenza y antes de perderla prefiero tomar otro camino». Y tomó el camino de la política.

Y es de este tema, de la vergüenza, del que yo quería hablarles hoy.

Ninguna emoción humana producía más intriga a Darwin que la de la vergüenza. Le sorprendía que el ser humano exteriorizase instintivamente su vergüenza, por ejemplo, ruborizándose, tartamudeando o azorándose ante los demás; veía en esta reacción panhumana una amenaza para su teoría de la evolución pues ¿qué ventaja puede aportar al ser humano el evidenciar ante el resto de la comunidad que sabe que ha obrado mal?

Una ventaja sería justamente lo contrario, no ruborizarse, mantener la cara de póker y ocultar que se ha obrado mal pero ¿qué ventaja puede haber en delatarnos a nosotros mismos?

La clase política española, sin duda, estaría de acuerdo con el inicial estupor de Darwin ante la vergüenza y su aparente inutilidad, pues, bien pensado, ¿para qué habría de servirle al político el que la comunidad supiese que ha obrado y obran mal? ¿Qué ganaría con ello?

Sin embargo la vergüenza es una emoción de capital importancia para la comunidad. La vergüenza hace que seamos fiables para los demás, les da una garantía de que no les engañamos, de que hacemos lo que se espera de nosotros, de que si no cumplimos con nuestro deber nos sentiremos mal.

Cuenta la mitología griega que, viendo Zeus al hombre un animal tan indefenso, le concedió el don de vivir en sociedad para que fuese más fuerte, pero que, como nos cuenta Platón en su diálogo Protágoras:

«Buscaron los hombres la forma de reunirse y salvarse construyendo ciudades, pero, una vez reunidos, se ultrajaban entre sí por no poseer el arte de la política, de modo que, al dispersarse de nuevo, perecían».

Y fue así como Zeus se dio cuenta de que para vivir en sociedad son precisos conocimientos y estrategias muy complejas de forma que, para solucionar el problema y que los seres humanos pudiesen vivir en sociedad Zeus decidió otorgarles dos virtudes: la justicia y la vergüenza. Zeus entonces encargó a Hermes que se ocupase de entregar justicia y vergüenza a los hombres y, entre los dioses, se produjo esta escena:

«Preguntó, entonces, Hermes a Zeus la forma de repartir la justicia y la vergüenza entre los hombres:

—¿Las distribuyo como fueron distribuidas las demás artes? Pues éstas fueron distribuidas así: Con un solo hombre que posea el arte de la medicina, basta para tratar a muchos, legos en la materia; y lo mismo ocurre con los demás profesionales. ¿Reparto así la justicia y el pudor entre los hombres, o bien las distribuyo entre todos?

—Entre todos, respondió Zeus; y que todos participen de ellas; porque si participan de ellas sólo unos pocos, como ocurre con las demás artes, jamás habrá ciudades. Además, establecerás en mi nombre esta ley: Que todo aquél que sea incapaz de participar de la vergüenza y de la justicia sea eliminado, como una peste, de la ciudad.»

Zeus, como se ve, debía ser demócrata y ordenó repartir entre todos justicia y vergüenza por igual, añadiendo además una orden taxativa: Que todo aquél que sea incapaz de participar de la vergüenza y de la justicia sea eliminado, como una peste, de la ciudad.

No sé si Darwin entendería a Zeus, lo que sí sé es que la sociedad, en su conjunto, entiende perfectamente el mito y cuando considera que un indivíduo es incapaz de vivir en sociedad le llama simplemente «sinvergüenza».

Es por eso que no deja de admirarme ver a políticos acusados de los más abyectos chanchullos, gente a la que se ha sorprendido con el carrito del helado, estirándose sin rubor ante los micrófonos de la radio o la televisión y exhibiendo su absoluta falta de vergüenza. Por eso no deja de resultarme curioso que, cuando alguien disfruta de dinero ajeno no dé cuenta del mismo. Y es por eso que, en fin, no deja de entristecerme que algunos de quienes dicen representarnos antes prefieran perder la vergüenza que un cargo.

Creo que ni el mismo Darwin podría entender todo esto.