Hoy es 12 de julio

Hoy es 12 de julio

Hoy es 12 de julio y en Cartagena tenemos algo que conmemorar. Seguramente muchos de ustedes hayan oído hablar de ello pero la experiencia me dice que son pocos quienes saben en realidad lo que pasó.

El 12 de julio de 1873, hace 149 años, la población, la guarnición y los barcos de la flota se sublevaron en Cartagena pronunciándose en favor de la República Federal.

A ese pronunciamiento se unieron restos de la derrotada Comuna de París, anarquistas llegados de toda España, tropas que, abandonando su fidelidad al ejército centralista, se sumaron a la causa cantonal y, de esta forma, pronto, Cartagena contó con un heterogéneo ejército formado por voluntarios federales, fuerzas de infantería de marina, el Regimiento de Iberia al completo y dos batallones de Cazadores de Mendigorría. Con eso, con los mejores barcos de la flota y al amparo de una ciudad amurallada virtualmente inexpugnable, los revolucionarios de Cartagena se dispusieron a pelear por la República Federal.

Se dictaron leyes muy avanzadas para la época, se legalizó el divorcio (sí, el primer divorcio de España se dio en la Cartagena Cantonal) se emitió moneda cuya ley de plata era muy superior a la centralista y la separación iglesia-estado se llevó a efecto con sorprendente meticulosidad.

Todo esto mientras en el norte de la península los carlistas luchaban por la vuelta al más férreo absolutismo de altar y trono bajo el eslogan «dios, patria y rey». España, en aquel tiempo, se debatía entre la vuelta al siglo XVIII que pretendían los carlistas y el salto al siglo XX que querían los cantonales.

El sueño duró siete meses.

Fueron siete meses en que la escuadra cantonal fue declarada pirata por el gobierno de Madrid y, aunque logró derrotar y poner en fuga a la escuadra del gobierno centralista, también hubo de lidiar con las escuadras alemana, inglesa y francesa que pronto hicieron acto de presencia en la zona. Fueron siete meses en que Cartagena fue sometida a un feroz bombardeo que dañó el 80% de las viviendas de la ciudad y cuyos efectos aún pueden verse en muchos lugares. Fueron siete meses en los que, en calles y plazas donde ahora juegan los niños absolutamente ajenos a lo.ocurrido, hubieron de ser enterrados miles de cadáveres algunos de los cuales aún hoy día siguen ahí ignorados por los vecinos y quienes les representan.

Hoy es 12 de julio y se cumplen 149 años de esto que les cuento; de entonces a hoy han pasado muy pocas generaciones pero un manto de silencio —cuando no de engaños politizados— ha cubierto estos hechos hasta hacer que el Cantón de Cartagena sea para los españoles poco menos que una brumosa anécdota festiva.

Y no sólo para los españoles sino incluso para una ciudad que, presa de su pasado romano, no tiene ni un sólo monumento serio ni un programa decorativo urbano —hay apenas una placa desde hace pocos años— que conmemore estos hechos y explique a las generaciones futuras su significado.

Por eso hoy, que es 12 de julio, no estaría mal que alguien se acordase de que hace 149 años en Cartagena alguien intentó, a un altísimo precio, que España ganase el futuro.

Y fracasó.

Inmigrantes

Inmigrantes

Pienso en las principales hazañas geográficas de los españoles y compruebo que, al menos las más famosas, las llevaron a cabo inmigrantes.

Cristóbal Colón, un hombre de origen desconocido —pero que a nosotros nos llegó desde el Reino de Portugal— fue el impulsor del Descubrimiento de América y otro portugués, Magallanes, fue también el impulsor de la primera circunnavegación del mundo en cuya realización perdería la vida.

Si de victorias militares se trata no cabe duda de que, entre las más conocidas, se encuentran la de Lepanto («la más alta ocasión que vieron los siglos», en palabras de Cervantes) o las gloriosas campañas de los Tercios de Flandes inmortalizadas por Velázquez en el cuadro de «Las lanzas».

Pues bien, Don Juan de Austria, el jefe supremo de la Armada en Lepanto, era un extranjero nacido en Ratisbona hijo bastardo (se decía entonces) de otros dos extranjeros: Carlos de Habsburgo y Bárbara Blomberg.

En los tercios, sin duda, uno de sus mandos más conocidos es el Capitán General de Flandes durante la «Guerra de los ochenta años» Don Ambrosio de Spínola (Ambrogio Spinola Doria. Génova 1569) un italiano vero que fue inmortalizado por Velázquez con ocasión de «La Rendición de Breda».

Pero no sólo el bien, sino también el mal, nos ha llegado de manos de extranjeros como por ejemplo Felipe de Borbón (Versalles 1700) y Carlos de Habsburgo (Karl Von Habsburg. Viena 1685) que destrozaron la nación en una guerra civil que duró catorce años y en la que ambos se movían por el «patriótico» interés de sentarse en el trono de España. Los efectos de aquella guerra aún los sentimos hoy todos los españoles.

Y, seguramente, uno de los extranjeros que mejor captó el espíritu de los españoles —sobre todo de los políticos españoles— fue el Rey italiano Amadeo de Saboya, el único rey elegido por la representación popular de los españoles y el único rey que tuvo el valor y el buen juicio de declararse incompetente para resolver unos males de España que él mismo describió certeramente en su discurso de despedida:

«Si fuesen extranjeros los enemigos (…), entonces, al frente de estos soldados tan valientes como sufridos, sería el primero en combatirlos; pero todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra, agravan o perpetran los males de la Nación, son españoles…»

Amadeo I. Discurso de despedida.

El año que viene se conmemorará el 150 aniversario de la dimisión de este buen monarca, de la proclamación de la I República Española y de la Revolución Cantonal (Republicana y Federal) que arrasó mi ciudad.

Veremos cuál de estas tres efemérides conmemoran esos «españoles» de que hablaba Amadeo de Saboya.

Quintaesencia

Quintaesencia

Giovanni (Juan) de Rupescissa fue un hombre que se dedicó a la alquimia.

Juan no tuvo suerte, nació en el siglo XIV cuando una iglesia corrompida por la riqueza se revolcaba satisfecha en su áurea podredumbre y él, de entre todas las vidas posibles, eligió la peor: la de franciscano radical y, como esos «fraticelli» de que nos habla Umberto Eco en «El nombre de la rosa», se dedicó a denunciar la depravación de la jerarquía eclesiástica y a propugnar la vuelta al inicial estado de pobreza que él pensaba era consustancial a la iglesia primigenia.

Pero Juan no sólo predicó eso; Juan creía en un inminente fin del mundo y una consecutiva segunda venida de Cristo y, viendo cuánto sufrimiento había en el mundo, pensó que haría bien en usar sus conocimientos alquímicos para encontrar alguna sustancia que lo aplacase.

Y pensó.

Pensó que si el universo estaba compuesto de cuatro elementos esenciales (tierra, fuego, aire y agua) debía existir un quinto elemento —una «quintaesencia»— que impidiese su degeneración y corrupción. Si los astros del cielo parecían eternos e incorruptibles esa «quintaesencia» que impedía su corrupción debía existir y, si lograba encontrarla, podría suministrarla a los seres humanos en forma de medicamento con que prolongar su vida y su bienestar hasta la inminente venida del Salvador.

Los papas, por entonces residentes en Aviñón, no parecían andar preocupados por una nueva venida del Salvador y los que de verdad les tocaban las ínfulas eran estos monjes tiñalpas que, como Juan, andaban empeñados en que ellos vivieran sin lujos y empleasen su dinero en obras de misericordia y pamplinas de esta especie.

La idea de la existencia de una «esencia vital» estaba extendida desde antiguo entre los alquimistas. Bastaba observar una semilla o un huevo para comprender que en ella debía hallarse encerrada esa esencia vital que impulsaba a la planta o al ave a desarrollarse y, comoquiera que esa esencia sin duda obraría efectos milagrosos en la salud de los hombres, se dedicaron a buscarla para lo que idearon multitud de métodos, de los cuales, el más conocido, fue el de la destilación.

Los alquimistas se aplicaron con intensidad a la tarea de inteoducir huevos y semillas en los alambiques de sus laboratorios y, aunque no consiguieron extraer de ellos la esencia o espíritu vital, sí que lograron extraer del vino su esencia o espíritu, gracias a lo cual legaron a la humanidad no sólo el alcohol con que curar heridas, sino bebidas «espirituosas» que ejercían benéficos efectos en los creyentes si se ingerían con moderación.

Aunque el propio Isaac Newton se dedicó intensísimamente a la labor y reflexión alquímica, a día de hoy, los presupuestos filosófico-espirituales de esta labor alquímica nos parecen irrelevantes y cosa de magia o de brujería y, si te cuentas entre quienes piensan así, te ruego que reconsideres tu opinión, sobre todo mientras saboreas un whisky, un gin-tonic o una buena copa de coñá. No se conoce que, fuera de la alquimia, el alambique fuese usado nunca y gracias a él, hoy, no sólo puedes apretarte algún que otro licor, sino disimular el aroma a cazalla con algún perfume.

Sin duda el monje franciscano Juan tenía razón y —entre tanto el fin del mundo llegaba o no llegaba— lo mejor que podía hacerse era alegrar la vida de los habitantes de este valle de lágrimas y, no me cabe duda, licores y perfumes han sido hasta hoy herramientas muy eficaces. Bueno y el alcohol y sus usos médicos también.

Por cierto Juan era buen alquimista pero mal adivino y en 1349 cometió el peor de los errores: ir a Aviñón, donde residían los papas de entonces.

Murió encarcelado en 1366.

De todas partes un poco

De todas partes un poco

Los seres humanos manifestamos una perceptible inclinación hacia la «pureza» y es comprensible, percibir sabores puros (dulce, salado, amargo, umami…) es más sencillo que distinguir todos los complejos matices de un plato de alta cocina.

Sin embargo, los seres humanos somos mestizos, irremediablemente mestizos y en ese mestizaje está nuestra grandeza. Ocurre, sin embargo, que, a los imaginadores de identidades, siempre les han gustado más las identidades puras que las mestizas.

Fíjense, por ejemplo, en el caso de México. Las últimas pruebas de ADN realizadas entre la población mexicana demuestran que el 50% de sus genes son americanos mientras que algo más del 45% son europeos, el pequeño porcentaje restante corresponde a ADN de origen africano y, en mucha menor medida, a otros orígenes. Esta mezcla, curiosamente, se da incluso en las comunidades más aparentemente «indígenas» del país.

En España, recientemente, se ha descubierto que nuestro ADN por vía paterna es de origen indoeuropeo porque, en algún momento del pasado, este pueblo —cuyo idioma está en el origen de casi todas las lenguas europeas— llegó a la península y acabó con la población masculina autóctona mezclándose con la femenina.

No imagino a ningún español (aunque siempre hay una mata para un tiesto) reivindicando su pasado autóctono y tratando a esos malvados indoeuropeos como repugnantes invasores. Somos sus hijos, es la historia, no podemos ni debemos hacer nada a estas alturas.

Y si genéticamente todos los seres humanos somos mestizos, también lo somos culturalmente aunque, como en el caso de los sabores, seamos incapaces de distinguir la procedencia de cada uno de los millones de matices que componen nuestra cultura.

Hoy mientras contaba una anécdota de hace años he hablado del posible origen carthaginés del nombre de Barcelona. Ha sido una boutade.

Los rastros fenicios en la toponimia mediterránea (y recordemos que los carthagineses eran fenicios) son numerosísimos como lo son los rasgos culturales y religiosos. Me explico.

Los fenicios dieron al mundo una de las invenciones más admirables de la especie humana: el alfabeto. Mientras egipcios y mesopotámicos usaban complejos sistemas silabario-ideográficos los fenicios utilizaban un sistema sencillo de signos que representaban sonidos. El sistema era tan simple que incluso prescindían de escribir las vocales comprendiendo que la carga semántica de las palabras está en las consonantes y no en las vocales. Compruébenlo.

Si yo escribo «BRCLN» usted no tardará en entender que muy probablemente estoy refiriéndome a BaRCeLoNa; sin embargo, si escribo solo las vocales «AEOA», sospecho que usted jamás podrá estar seguro de lo que quiero decir. Es por eso que los fenicios decidieron escribir sin vocales y, a día de hoy, lenguas como el hebreo, el árabe y en general las lenguas semitas, siguen escribiendo sin vocales, aunque con el tiempo han ido incorporando signos especiales.

Esta incorporación se debe a que, cuando no conocemos el sonido de la palabra escrita, podemos entenderla pero no estamos seguros de como la pronunciamos lo que puede dar lugar a dudas; pongamos el ejemplo que me vino a la cabeza cuando pensé en Barcelona.

Al general carthaginés Amílcar le apodaban «Barca», según los textos que nos han llegado pero ello no es exactamente así. Un carthaginés sólo usaría consonantes que, transliteradas, serían «BRC». Pero ¿cómo suena BRC?.

Por los textos cananeos, fenicios, hebreos y arameos sabemos que «BRC» significa algo así como «rayo» pero en los textos antiguos encontramos esta secuencia BRC con muchas y diferentes pronunciaciones; así, por ejemplo, encontramos en la Biblia al profeta BaRuC, discípulo de Jeremías, pero BRC también se puede pronunciar BaRCa o puede dar lugar a un nombre famoso en los Estados Unidos actuales BaRaK (Obama). El alfabeto fenicio y su familia de alfabetos afines (hebreo, arameo, árabe…) era eficaz pero si las palabras no se pronunciaban podía olvidarse su significado y este es el caso del nombre de Dios cuyas consonantes conocemos perfectamente (YHWH) pero, al no pronunciarse su nombre, a día de hoy desconocemos cómo se pronuncia en realidad de forma que, poniendo las vocales de nuestra preferencia, lo mismo nos sale YaHWeH que YeHoWaH.

La falta de consonantes no sólo provoca dificultades de pronunciación sino que, a veces, genera ambigüedades. La secuencia MLK significa habitualmente «rey» y encontrarán numerosos ejemplos en la literatura antigua, por ejemplo en la Biblia en personajes como MeLKisedek, abiMeLeK, o en Fenicia con dioses como MeLKart, el cual, literalmente traducido, significa «el Rey» (MLK) «de la ciudad» (KRT). Sin embargo, al menos en torno al año 900AEC MLK (pronunciado MaLaK) significa también «caravana» de forma que si llega una MLK a Israel desde el Reino de Saba, tendremos dudas de si lo que llega es una caravan o una reina ¿me siguen?.

Estas ambigüedades las solucionaron los griegos utilizando como vocales las letras del alfabeto fenicio que no se usaban en griego y así, el alfabeto fenicio con unos cuantos retoques griegos pasó a ser el alfabeto sobre el que la mayor parte de la humanidad ha construido su cultura. Hebreos y árabes solucionaron las ambigüedades usando de pequeños signos que aclaran exactamentea pronunciación y fue así como los viejos judíos masoretas nos transmitieron los textos más cercanos al Antiguo Testamento que aún hoy usamos.

Pero los fenicios siguen aquí, si miras el nombre ze mi ciudad KRT HDST verás la secuencia KRT que significa ciudad y que ya vimos en MeLKaRT (el dios). HDST significa «nueva» y esa H de HaDaST es la que yo, por puro amor a mi ciudad y su historia, mantengo al escribir Carthago o Carthaginés.

La secuencia KRT la encontrarás en muchos lugares del Mediterráneo como también encontrarás la secuencia GDR (la «muralla», el «muro») que da nombre a la lugares como Gadir (Cádiz), Agadir, etc.

Los fenicios, los cananeos, viven entre nosotros y hasta el dios padre cananeo «El» sigue presente en los nombres que llevamos los españoles (MiguEl, RafaEl, GabriEl, Elias…) y las españolas (IsabEl, Elisa…). Ángeles, Leviathanes, infiernos y demás ideas cananeo-mesopotámicas siguen viviendo entre nosotros aunque somos incapaces de distinguirlas y es que son ya tan parte de nosotros que somos hijos de ellas.

Somos irremediablemente mestizos y si hubiésemos de señalar dónde está nuestra patria —la tierra de nuestros padres— probablemente habríamos de señalar a todas las partes del mundo.

Yo soy el que es

Dicen que dice un proverbio que el francés es la lengua del amor, el inglés la del comercio y el español la de dios.

No estoy de acuerdo.

Es verdad que parece imposible traducir al inglés o al francés la respuesta que Yahweh dio a Moisés desde la zarza ardiente cuando le preguntó «Y ¿quién diré al faraón que me envía?».

Si consultas la biblia verás que la respuesta de Yahweh fue «Yo soy el que soy» y que esa respuesta puede perder todo sentido en cualquier idioma que no sea el castellano. Los idiomas del mundo no diferencian los verbos ser y estar y la respuesta de Yahweh desde la zarza puede significar cosas muy diferentes: yo soy el que soy, yo soy el que estoy, yo estoy y soy…

No es lo mismo ser que estar y eso lo sabe todo el mundo que hable castellano… O portugués, porque también el portugués distingue estos dos verbos.

Me ha venido esto a la memoria porque ayer escuché a un teólogo afirmar que, cuando el sumo sacerdote preguntó a Jesús si era el Mesías, este respondió «Yo soy» y que, en hebreo, «Yo soy» se dice Yahweh que es el nombre que respondió el propio Yahweh desde la zarza ardiente proclamándose así no solo Mesías (Cristo) sino también Dios.

Me sorprendió porque el juego de palabras es bueno, pero falso.

Seguramente el teólogo desconoce que el verbo Ser, en hebreo, no se conjuga en presente. Si en hebreo se quiere decir que alguien es cocinero simplemente se yuxtapone pero el verbo ser, en hebreo, jamás se conjuga en presenté sino solo en futuro o en pasado lo que me sume en cavilaciones filológicas.

En primer lugar es obvio que Yahweh no respondió a Moisés el archifamoso «yo soy el que soy» simplemente porque esa expresión no existe en hebreo; quienes saben de esto traducen la expresión de una forma mucho menos oscura y más directa:

—¿quién diré al faraón que me envía?
—Yo estaré

Suena poco teológico pero mucho más lógica esta respuesta a la pregunta «¿quién diré al faraón que me envía?», tranquilo Moisés, yo estaré.

Y es obvio —en segundo lugar— que Jesús no pudo responder simplemente «Yo soy» al sumi sacerdote, simplemente porque tal expresión literal no existe en hebreo.

Ocurre que los evangelios se escriben el griego y Jesús y los apóstoles hablaban arameo de forma que todo lo que los evangelistas ponen en boca de Jesús realmente es una traducción más o menos afortunada porque Jesús jamás dijo eso.

Y, si no podemos saber qué dijo Jesús exactamente leyendo los evangelios menos aún podemos saber lo que dijo Yahweh leyendo la Biblia. Los textos a través de los que nos ha llegado la Biblia son diversos y en buena parte contradictorios. La traducción al griego realizada por la Septuaginta no coincide con los textos masoréticos, los targumim o la peshita… En fin, que si la Biblia contiene la palabra de Dios nosotros estamos «lost in translation».

Y ahora me pregunto por qué he escrito yo esto. Yo quería hablarles de otra cosa, de la desubicación de la humanidad en este primer cuarto del siglo XXI y la necesidad de nuevas respuestas filosóficas…

Pero bueno, eso será otro día.

PD. Acabo de ver que escribí una entrada casi igual a esta hace años. Bien es verdad que no conté lo del teólogo porque lo escuché ayer.

En fin, que me repito.

De testículos y testigos

Que en catalán y gallego se llamen «testimoni» o «testemunha» debiera sugerirnos que el castellano «testigo» es una palabra de formación un tanto extraña.

Corre por ahí la versión de que la palabra testigo deriva de testículo y se adorna el meme haciendo jurar a los romanos metiendo mano a la entrepierna propia y haciéndoles jurar, en lugar de «por Júpiter», por la mercancía propia de la recova.

El latín nos juega malas pasadas y no sólo a los juristas sino a los más finos teólogos; que manzana en latín se dijese «malum» y que en el paraíso terrenal Adán y Eva hiciesen algo «malo» acabó convirtiendo a la manzana en el fruto prohibido cuando, en realidad, nada dice el Génesis sobre el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal.

Mucho más divertida era aquella vieja frase en latín que decía «Mater tua mala burra est» y que dio lugar a no pocas risas al traducirla cuando en España aún estudiábamos latín los de ciencias.

No, testigo, en castellano, no viene de testículo ni los romanos juraban agarrándose los «adminicula procreatoria» sino que, como en catalán y gallego, testigo viene de la misma raíz que el latino e indoeuropeo número tres. En principio «tristis» y por metátesis «terstis» acabó generando «testis».

Que un testigo es un «tercero» en el juicio es algo que aún trata de dejar claro nuestra ley procesal en las «generales de la ley».

De la misma familia que testigo es la palabra «testamento» y por más que le echemos huevos a la cosa no parece sencillo imaginar al testador agarrándose nada mientras dicta o escribe sus últimas voluntades «in articulo mortis». Alguno habrá habido, no lo discuto —hay gente pa tó y los del género masculino somos capaces de las tonterías más notables con el objeto de este post— pero no me negarán que se ve raro.

En fin, que me dejo de etimologías, no se dejen embaucar por la primera explicación etimológica que vean… O mejor sí, igual es falsa pero, como en este caso, más delirante y divertida.

Hay por internet divertidas ilustraciones del meme testicular, ustedes sabrán disculparme si no se las pongo aquí.

El chivo expiatorio

El chivo expiatorio

No podemos llevar sobre nuestra espalda todos los pecados del mundo y, por eso, lo mejor es que los lleve otro. Este invento es tan viejo como la humanidad y una de sus formas más refinadas es la que prescribe el mismísimo Yahweh, dios de Israel, en Levítico 16:

«Acabada la expiación tanto del Santuario como de la Tienda del Encuentro y del altar, Aarón presentará el macho cabrío vivo. 21 Con las dos manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, confesará sobre él las iniquidades y delitos de los hijos de Israel, todos sus pecados; se los echará encima de la cabeza al macho cabrío, y después, con el hombre designado para ello, lo mandará al desierto. 22 Así el macho cabrío se lleva consigo, a región desierta, todas sus iniquidades. El encargado soltará el macho cabrío en el desierto.»
(Levítico 16)

Es decir que, si hemos de creer al Antiguo Testamento, fue el propio Yahweh el que inventó la figura del «Chivo Expiatorio» y, ahora que digo chivo expiatorio, no puedo dejar de acordarme del cliente de un amigo que, harto de mediar entre su hermana y su cuñado que andaban peleados y en trance de divorcio, tras mucho ir de acá para allá llevando y trayendo propuestas de arreglo y escuchando y transmitiendo con paciencia los mensajes que uno y otro le daban, se sentó ante mi amigo abogado y le dijo:

—Estoy harto de hacer el papel de Chivo Explicatorio.

Quién sabe si no tenía razón.

La catedral y la concatedral de esta diócesis

La catedral y la concatedral de esta diócesis

Uno de los dos edificios que ven estas fotos es una catedral, el otro es una concatedral.

Ayer, mientras tomaba fotos en la Plaza de Belluga de Murcia, recordaba la insistencia de mi amigo Juan Francisco López Sánchez (Cartagena 1961), quien siempre que hablo de la «Catedral de Murcia» me corrige y me dice «concatedral, que no catedral», y en abono de sus tesis me aporta documentación oficial tanto de la jerarquía eclesiástica como civil. Y sí, la Catedral de esta diócesis es el segundo edificio que ven: las ruinas de una iglesia bombardeada por la aviación franquista durante la guerra civil.

A mí, de todas maneras, la concatedral de Murcia siempre me ha impresionado y su imafronte me sume siempre en reflexiones sobre lo que fue, es, sea o deba ser, esta región.

Si observan ustedes los elementos decorativos de este imafronte verán que lo que él se muestran son motivos mayoritariamente de esta región pero todos ellos ajenos a la ciudad en que se exhiben: santos cartageneros (Isidoro, Leandro, Florentina, Fulgencio…), la Cruz de Caravaca…

Cartagena, Lorca, Cehegin, Jumilla… Las ciudades de esta región existen y han convivido desde la noche de los tiempos en este trozo de tierra al que Diocleciano llamó Distrito Carthaginense, pero Murcia, la actual capital, llegó tarde, pues llegó con los árabes de forma que, al no tener ningún pasado cristiano, echó mano de los del resto de la Región para decorar la «catedral» (mi amigo Juan Francisco notará las comillas) que hoy conocemos.

La Catedral, en cambio, construida con piedras del viejo teatro romano, sede metropolitana y muchos sostienen que primada de España (hay un documento falso de la época de Gundemaro que la traslada a Toledo) hoy yace en ruinas bombardeada durante la guerra civil por los aviones de quienes decían defender la fe.

¿Comprenden que me dé por pensar?

Divorcio a la babilónica

Divorcio a la babilónica

Al principio de este texto cuneiforme figura una lista de testigos que presenciarán el acto y, una vez nombrados, dice el texto:

«Ante los testigos arriba enumerados fue interrogado Aham-Nirshi:

—¿Es esta mujer su esposa?

Y él respondió:

«Podéis empalarme en una estaca, podéis descuartizarme, pero no la quiero como esposa.«

Eso fue lo que él dijo.

Entonces preguntaron a la esposa y ella respondió:

«Amo a mi marido«

Eso fue justamente lo que respondió.

Pero como él no estuvo de acuerdo, recogió el dobladillo del vestido de ella y lo cortó.

Los caballeros entonces le preguntaron:

«Esta señorita vivía en la casa de tu padre y todo el vecindario conocía su estado civil. ¿Puede ella realmente apartarse de ti así?

¡Devuélvela al estado en el que vino a ti

Este texto mesopotámico recoge un acta de divorcio de la época y, en verdad, presenta unas cuantas cosas curiosas:

En primer lugar el juramento del demandante de divorcio «Empaladme en una estaca y descuartizadme pero no quiero seguir con ella».

En segundo lugar la mansa —y yo creo que astuta— respuesta de ella «Lo amo».

En tercer lugar el acto simbólico de cogerle el dobladillo del vestido a la señora, lo que indica que, si te querías divorciar, primero debías tomar clases de corte y confección y arrostrar el riesgo de que en el curso del arreglo a ella se le fuese el pie y tus piños se esparciesen por la sala.

Y lo cuarto la frase lapidaria de los testigos: «¡Devuélvela al estado que vino a ti!», expresión que llevaba aparejada la obligación de indemnizar a la esposa en atención a que se suponía que una divorciada tendría más dificultades para contraer nuevo matrimonio.

Es curioso el poco derecho egipcio, sumerio, acadio, asirio o babilónico que estudiamos en historia del derecho donde, con mencionar a Hammurabbi ya parece estar todo hecho y, sin embargo, para cualquiera que tenga la curiosidad de leer la infinidad de contratos y actos jurídicos documentados en tablillas cuneiformes, ese período histórico no sólo es fascinante sino que, en muchos aspectos, nada tiene que envidiar al derecho romano que estudiamos nosotros.

Supongo que los jeroglíficos no se pudieron traducir hasta el siglo XIX y las tabletas cuneiformes hasta bastante después y eso ha hecho que la inercia académica las haya dejado al margen.

Mazamorra

Mazamorra

Sería el año 1965 o 66 cuando fuí por primera vez a un colegio público y mi primer material escolar fue un único libro que llevaba el nombre de «El Parvulito». Obviamente yo iba a clase de párvulos.

Recuerdo aún de memoria muchas de las lecciones. La primera, por ejemplo, nos dejaba bien claro desde el principio de qué iba la cosa y decía:

Dios es nuestro padre que está en los cielos, creador y señor de todas las cosas, que premia a los buenos y castiga a los malos. Dios hizo el mundo en seis días.

(El Parvulito. Lección 1.)

Cuando tienes cinco años no estás para cosmogonías así que me lo aprendí sin discutir, pero la que no me tragaba era la lección cuatro que se llamaba «Productos de mi pueblo» y empezaba diciendo:

«Los productos de mi pueblo son el trigo, la vid y el olivo».

A mí aquello me sublevaba y me molestaba tener que aprendémelo: yo vivía en Cartagena y en mi ciudad no había ni trigo, ni vides, ni olivos (al manos hasta donde yo conocía del mundo) muy al contrario, los padres de mis compañeros trabajaban en refinería o en Bazán, de forma que los productos de mi pueblo —si es que Cartagena era un pueblo, cosa que yo no veía nada clara— eran más bien el gas butano y los submarinos. Nada de trigo, vid, ni olivo.

Pero como un libro es un libro y un profesor con palmeta es un profesor con palmeta, pues yo lo repetí tantas veces que aún hoy, cincuenta y cinco años después, me acuerdo de memoria de aquella memez.

Y cuento esto porque hoy he preparado para comer ajoblanco y una poca de mazamorra con que matar el gusanillo, porque si algún producto daba mi tierra en el desértico secarral de aquellos años era la almendra. Cuando yo salía al campo veía almendros (qué árbol más bonito, por dios) y «garroferos» que es como se llama en Cartagena al algarrobo. Jamás vi trigo ni vi vides y, como mucho, alguna parra que diese buena sombra en verano.

Quiero decir que la comida de hoy, ya sea ajoblanco o mazamorra, se avía con una buena ración de almendras, pan, sal, vinagre, aceite y ajo. Si añadimos poca agua de forma que la masa anterior permaneza consistente tendremos la llamada «mazamorra cordobesa», un plato de sabor maravilloso y con resabios judíos.

Pasa con la mazamorra que hay que comerla con tiento porque es una bomba energética termonuclear. Para que se hagan una idea: yo hoy he usado 50 gramos de almendras y otros 50 de pan, amén de 20 centilitros de aceite. Pues bien, esos humildes 120 gramos de comida, nos aporta más de 600 calorías por lo que, si te comes un cuenco de mazamorra, debes construirte tú solo otra mezquita de Córdoba esa tarde para quemar lo ingerido.

Es un producto sanísimo, eso sí, y que recomiendo vivamente a todas esas compañeras que veo que andan esqueléticas por el estrés de esta profesión. Sano, sabroso, culturalmente aliñado, reparador de anemias y restaurador de carnes para cualquier malcomida.

Es por eso que, dado su tremendo poder alimenticio y que a mí kilos la verdad es que no me faltan, sólo me he servido un platito minúsculo y el resto de la masa lo he alargado con agua fresca hasta obtener un fantástico ajo blanco que va a ser mi plato principal de hoy junto con unos taquitos de jamón.

De postre, y pues de productos de mi pueblo va la cosa, me he gobernado unos higos de pala, porque esa y no otra es la fruta que antes se veía en los secarrales desérticos del Campo de Cartagena aunque, debo decirlo, no puedo evitar que me moleste bastante tener que pagar en la frutería los higos de pala. Creo que no pagué un higo de pala hasta hace un par de años pues, de mi educación infantil me queda, además de lo aprendido en «El Parvulito», la costumbre de coger gratis los higos chumbos de las paleras.

Ya no hay caso, una epidemia ha diezmado las chumberas y hoy los higos de pala se pagan caros.

Qué se le va a hacer.