Giovanni (Juan) de Rupescissa fue un hombre que se dedicó a la alquimia.

Juan no tuvo suerte, nació en el siglo XIV cuando una iglesia corrompida por la riqueza se revolcaba satisfecha en su áurea podredumbre y él, de entre todas las vidas posibles, eligió la peor: la de franciscano radical y, como esos «fraticelli» de que nos habla Umberto Eco en «El nombre de la rosa», se dedicó a denunciar la depravación de la jerarquía eclesiástica y a propugnar la vuelta al inicial estado de pobreza que él pensaba era consustancial a la iglesia primigenia.

Pero Juan no sólo predicó eso; Juan creía en un inminente fin del mundo y una consecutiva segunda venida de Cristo y, viendo cuánto sufrimiento había en el mundo, pensó que haría bien en usar sus conocimientos alquímicos para encontrar alguna sustancia que lo aplacase.

Y pensó.

Pensó que si el universo estaba compuesto de cuatro elementos esenciales (tierra, fuego, aire y agua) debía existir un quinto elemento —una «quintaesencia»— que impidiese su degeneración y corrupción. Si los astros del cielo parecían eternos e incorruptibles esa «quintaesencia» que impedía su corrupción debía existir y, si lograba encontrarla, podría suministrarla a los seres humanos en forma de medicamento con que prolongar su vida y su bienestar hasta la inminente venida del Salvador.

Los papas, por entonces residentes en Aviñón, no parecían andar preocupados por una nueva venida del Salvador y los que de verdad les tocaban las ínfulas eran estos monjes tiñalpas que, como Juan, andaban empeñados en que ellos vivieran sin lujos y empleasen su dinero en obras de misericordia y pamplinas de esta especie.

La idea de la existencia de una «esencia vital» estaba extendida desde antiguo entre los alquimistas. Bastaba observar una semilla o un huevo para comprender que en ella debía hallarse encerrada esa esencia vital que impulsaba a la planta o al ave a desarrollarse y, comoquiera que esa esencia sin duda obraría efectos milagrosos en la salud de los hombres, se dedicaron a buscarla para lo que idearon multitud de métodos, de los cuales, el más conocido, fue el de la destilación.

Los alquimistas se aplicaron con intensidad a la tarea de inteoducir huevos y semillas en los alambiques de sus laboratorios y, aunque no consiguieron extraer de ellos la esencia o espíritu vital, sí que lograron extraer del vino su esencia o espíritu, gracias a lo cual legaron a la humanidad no sólo el alcohol con que curar heridas, sino bebidas «espirituosas» que ejercían benéficos efectos en los creyentes si se ingerían con moderación.

Aunque el propio Isaac Newton se dedicó intensísimamente a la labor y reflexión alquímica, a día de hoy, los presupuestos filosófico-espirituales de esta labor alquímica nos parecen irrelevantes y cosa de magia o de brujería y, si te cuentas entre quienes piensan así, te ruego que reconsideres tu opinión, sobre todo mientras saboreas un whisky, un gin-tonic o una buena copa de coñá. No se conoce que, fuera de la alquimia, el alambique fuese usado nunca y gracias a él, hoy, no sólo puedes apretarte algún que otro licor, sino disimular el aroma a cazalla con algún perfume.

Sin duda el monje franciscano Juan tenía razón y —entre tanto el fin del mundo llegaba o no llegaba— lo mejor que podía hacerse era alegrar la vida de los habitantes de este valle de lágrimas y, no me cabe duda, licores y perfumes han sido hasta hoy herramientas muy eficaces. Bueno y el alcohol y sus usos médicos también.

Por cierto Juan era buen alquimista pero mal adivino y en 1349 cometió el peor de los errores: ir a Aviñón, donde residían los papas de entonces.

Murió encarcelado en 1366.

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