Human beings apps

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Las aplicaciones con las que se programa el funcionamiento humano se llaman ideas. Ya sea la fe en dios o en su inexistencia, o la creencia en las patrias o en la necesidad de servir a su rey y «señor natural» (Cervantes dixit) las ideas son eficacísimas herramientas que dirigen y condicionan el comportamiento humano hasta extremos aberrantes: morir o matar por Alá, por la Patria o por tu Rey.

¡Por Dios, por la Patria y el Rey! comenzaba el vibrante himno carlista («Oriamendi»), haciendo un resumen de ideas por las que luchar, matar y morir. Si tales ideas no hubiesen provocado en España un siglo de guerras civiles (tres guerras carlistas y la civil de 1936 que no era sino un colofón a toda esta barbarie) nos admiraríamos de la insensatez humana pero no es el caso. Desde los primeros imperios del creciente fértil hasta nuestros días la gente mata y muere por ideas, desde la España del Siglo de Oro («Al Rey la hacienda y la vida se ha de dar…») a las contemporáneas matanzas de musulmanes en Myanmar.

Solucionar la cuestión de quién está en posesión de la idea correcta, históricamente, se ha llevado a cabo a través de la herramienta más inesperada: la fuerza. Fuerza que se ha convertido en guerra abierta cuando el choque ideológico ha alcanzado los más altos niveles. Ciudadanos que no tendrían razón alguna para odiarse —«a mí ningún vietnamita me ha hecho nada malo» se dice que dijo Mohammed Alí (Cassius Clay) cuando se negó a servir al elército USA en la guerra de Vietnam— se matan con crueldad extrema cuando de solucionar sus diferencias ideológicas se trata.

No desprecies, pues, las ideas por extrañas que parezcaan: una idea ampliamente compartida es un poder difícilmente mensurable.

Los hombres que ven en la fotografía son Serge Krotoff (33) un parisino con antepasados rusos, Paul Briffaut (26) un vecino de Niza desmobilizado pero que conservó orgullosamente su uniforme, Robert Daffas (37) un parisino que mira a la cámara, Raymond Payras (22) nacido en Ceylán (sin gorra en la fotografía)…

Todos ellos pertenecían a la 33 Waffen Grenadier Division de las SS «Charlemagne» una división del ejército alemán compuesta por voluntarios franceses férreos anticomunistas. La foto se tomó el 8 de mayo de 1945 cuando la guerra había terminado para ellos y las tropas norteamericanas que les habían capturado les entregaron a las fuerzas de la «Francia Libre» que mandaba el General Leclerc.

Se cuenta que Leclerc les encaró y les llamó «traidores» subrayando que vestían un uniforme extrajero y que, en ese momento, desde el grupo de soldados uno le contestó: «Usted también viste un uniforme extranjero: el americano».

Y así era, el General Leclerc vestía el uniforme de las fuerzas armadas norteamericanas que fueron las que equiparon a los hombres de la División Leclerc, entre ellos los de «La 9», republicanos españoles que también vestían uniforme americano.

Se cuenta, aunque no está probado, que fue el propio Leclerc quien ordenó el inmediato fusilamiento de estos doce hombres. Lo que sí se sabe es que, de cuatro en cuatro, fueron pasando ante el pelotón de fusilamiento y que, de frente a sus compatriotas, murieron cantando La Marsellesa y dando vivas a Francia.

Inevitablemente, lector, tú tomarás partido desde tus creencias actuales y juzgarás como acertadas unas ideas y no las otras y juzgarás como plausibles unas conductas y no otras.

Para quienes formaron los dos bandos de esta historia no había duda alguna: sus ideas eran las acertadas y por esto se sentían legitimados para matar y dispuestos a morir.

Y todos lo hacían “por Francia”.

Pizza day

Pizza day

No suelo comer pizza ni pasta por razones dietéticas: evito cuidadosamente las harinas refinadas. Es por eso que, como todo lo que se come pocas veces, resulta una fiesta en las raras ocasiones que se consume y, como ayer era el «Pizza Day» me pareció que muy bien podría darme la fiesta con unos cuantos compañeros y compañeras de aventuras criptográficas.

El Pizza Day conmemora la fecha en que se llevó a cabo la primera transacción comercial con Bitcoin: el 22 de mayo de 2010 un programador llamado Laszlo Hanyecz se compró dos pizzas de Papa John por 10.000 Bitcoin. Al precio actual de Bitcoin estas serían las pizzas más caras del mundo pues alcanzarían el nada despreciable precio de más de 300.000.000 de euros.

El Siglo XXI, apenas transcurridas dos décadas, tiene ya sus tradiciones y sus celebraciones que, aunque resultan menos profundas y ancestrales que las que apreciamos en la vieja Europa, nos remiten apenas diez años atrás a los oscuros momentos del nacimiento de una nueva tecnología.

Yo, por si acaso, me coloqué mi camiseta conmemorativa del nacimiento de otra tecnología que marcó mi infancia: la astronáutica. Una camiseta que me fue remitida desde el corazón de Rusia por una mujer a quien le gustaba leer mis post sobre mujeres rusas y a quien no olvido.

Cuando vas cumpliendo años sucede que se te acumulan los recuerdos, lo cual, bien pensado, es muy bueno: siempre tienes algo que celebrar.

Tener o no tener. Colombia en el corazón.

Tener o no tener. Colombia en el corazón.

Yo sé que ustedes se preguntarán qué es lo que estoy haciendo en Sevilla con un sombrero “vueltiao” en la cabeza. Dénme ocasión, antes de que opinen nada, a que les responda.

Hace muy pocos días me llegó desde Colombia (un país hermano que —como saben— enfrenta una situación dramática) este “sombrero vueltiao”; una prenda hecha con un tejido vegetal exclusivo, de muy laborioso y especializado trenzado y que es, por sobre todas las demás cosas, el símbolo nacional de Colombia.

Pues bien, ese afecto que venía envuelto en el sombrero necesitaba un agradecimiento específico de mi parte y como, por razones de trabajo, había de desplazarme a Sevilla me determiné a llevar a Colombia no sólo en el corazón sino también en la cabeza y fotografiarme frente al Archivo General de Indias con él. ¿Por qué el Archivo General de Indias?, bueno… porque en ese lugar es donde aún hoy día lloran los originales de aquellas viejas Leyes de Indias que, dictadas para proteger a los indígenas, jamás se cumplieron desde entonces hasta hoy, condenando a un país rico y hermoso a vivir las dramáticas situaciones de desigualdad que están en la base de los disturbios que, tristemente, vive hoy día ese país hermano.

Yo tenía una deuda de afecto con mis amigos y compañeros de Colombia y, aunque sé que nunca podré pagársela cumplidamente, déjenme intentarlo hoy.

Escribo estas líneas en la más vieja taberna de Sevilla, una casa de comidas abierta ya en 1670, y que se encuentra a apenas unos cientos de metros del lugar donde estuvo la cárcel en que un Cervantes preso gestó la más inmortal de sus obras; esa obra que nos enseña que no existen más que dos razas en el mundo que son la del tener y la del no tener.

Los españoles lo sabemos bien. Los árabes que llegan en yate de lujo son protegidos por el estado y hasta son amigos de reyes eméritos, en cambio, los árabes que llegan en patera o lancha neumática son inmediatamente ingresados en centros de detención. No hay nada que les haga diferentes a unos de otros, simplemente pertenecen a razas diferentes, unos a la raza del tener y otros a la del no tener.

Dicen los evangelios que pobres siempre los habrá, lo que no dicen los evangelios es que siempre hayan de ser los mismos y en Colombia, como en otros muchos países, los indígenas han sido siempre unos de los integrantes habituales de la raza del no tener.

Por eso esta tarde yo tenía que tomarme una foto frente al Archivo General de Indias y por eso, ahora, estoy escribiendo estas lineas a unos pocos centenares de metros donde estuvo la prisión en que encerraron a Cervantes.

Elon y Vitalik: una fábula del siglo XXI

Elon y Vitalik: una fábula del siglo XXI

Probablemente conozcas a Elon Musk (50 años, Pretoria, Sudáfrica 1971) el mítico empresario cofundador de PayPal, SpaceX, Hyperloop, SolarCity, The Boring Company, Neuralink y OpenAI. Es director general de SpaceX, de Tesla Motors, presidente de SolarCity y copresidente de OpenAI.

Muy probablemente a quien quizá no conozcas es a Vitalik Buterin (27 años, Kolomma, Rusia) un programador y escritor ruso, conocido principalmente por ser el cofundador de Ethereum y de Bitcoin Magazine.

¿Por qué les menciono a ambos? Bueno, pues porque ayer se produjo un suceso que quizá pase a los anales de la historia de la nueva economía digital, les cuento.

Ambos personajes son firmes defensores de las criptomonedas (digámoslo así) aunque su aproximación a ese mundo se ha producido de formas muy diferentes.

Para Vitalik Buterin, un superdotado fanático gamer de World of Warcrafts, el hecho de que le cambiasen un aspecto de ese juego que él adoraba le llevó a reflexionar sobre los sistemas centralizados y descentralizados de forma que, en 2011, se apasionó com Bitcoin, uno de los mejores ejemplos de sistema que no puede ser controlado por ninguna autoridad central. Su capacidad y trabajo le llevaron a ser cofundador de la gran alternativa a Bitcoin, la programable y mucho más flexible Ethereum, una plataforma sobre la que se ha construido todo el mundo de las finanzas descentralizadas y la auténtica alternativa a las economías con dinero neolítico en las que ahora vivimos.

La aproximación de Elon Musk al mundo de las criptomonedas fue bien diferente pues su acercamiento se produjo como consecuencia de su actividad empresarial. Si para Vitalik el mundo del blockchain era una filosofía para Elon sólo parecía ser un negocio.

En estos últimos tiempos, a poco que hayan seguido las noticias de este criptomundo loco, habrán sabido que Elon Musk, ya afincado en los USA, compró para su fábrica de coches eléctricos Tesla una cantidad brutal de Bitcoins que le hicieron ganar muchísimo más que la fabricación de coches pero, sobre todo, le habrán oído hablar de «Dogecoin», una criptomoneda que no es sino un meme de un perro (el japonés Shiba Inu) y a quien sus propios creadores califican de broma, haciendo que una comunidad de “believers” compren ese truño digital y hagan subir sus precios sin fundamento. Muchos se han hecho millonarios con Dogecoin y muchos otros no han dejado de frotarse los ojos al ver como aparecía un nuevo fenómeno: el “pumpeo”. Bastaba con que comunidades de Reddit decidiesen empujar al alza la cotización de una acción (fue el caso de GameStop) para que estas fuesen “to the moon” produciendo ganancias brutales a los listos que estuvieron en la base de ese “pumpeo”.

Elon ha hecho algo muy parecido con la moneda meme “Dogecoin” y se ha convertido en el principal “pumpeador” de la criptobroma. Sin embargo legiones de personas siguen sus palabras como quien sigue un oráculo divino y una sola frase suya sirve para hacer subir Dogecoin a las nubes o hacerla caer, como recientemente, hasta un 30%.

Pues bien, hace unas semanas comenzó a correr por las redes el rumor de que Elon Musk podría hablar de otras monedas relacionadas con perros y así los “believers” y los especuladores —no es ilegítimo especular con conductas ajenas— comenzaron a comprar una caterva de criptomonedas relacionadas con perros: Shiba Inu, Akita Inu, Kishu Inu, Hokkaido Inu… a la espera de que Elon Musk hablase. Y Elon Musk habló y se produjo el milagro: la cotización de los criptoperros se disparó a la luna.

Pero, mientras Elon Musk brillaba desde Estados Unidos en programas “prime time” de la TV, Vitalik Buterin simplemente trabajaba en sus proyectos desde Zug, Suiza, su actual residencia.

Los creadores del criptomeme Shiba Inu, la pricipal de estas “Altdogcoins”, habían construido su moneza sobre Ethereum (la red fundada por Vitalik) y habían colocado el 50% de las criptos a su nombre pensando que, de esta forma, su acción ganaría “momentum” publicitario, o se produciría una escasez inducida que hiciese subir los precios o… Vaya usted a saber.

El “pumpeo” mediático de Elon Musk se produjo y los criptoperros comenzaron a subir como cohetes y, de no valer nada de nada, pasaron a multiplicar su casi insignificante valor de forma brutal.

Elon Musk había hecho ricos a muchos “believers” pero, sobre todo, había hecho inmensamente rico a Vitalik Buterin. El mundo de los believers, la especulación y el juego era feliz, pero Vitalik no tanto. Aunque inmensamente rico toda esta actividad estaba haciendo subir el precio del gas en su amado “Ethereum” (Shiba Inu estaba construido sobre su red), un proyecto que de chiste no tiene nada y que está destinado a señalar el camino en que la economía mundial saltará de la Edad del Hierro al siglo XXI.

Y entonces, es decir, hace solo 11 horas, saltó la noticia: Vitalik Buterin, el multimillonario en Shiba Inus, había donado todas sus criptomonedas a entidades caritativas o sin ánimo de lucro. Desde fundaciones de Software Libre a organizaciones de caridad recibieron una inesperada lluvia de millones y esto produjo un efecto que ninguno de los “believers” de Elon Musk pensaba: el precio de los criptoperros cayó en barrena.

Asisto estupefacto a este espectáculo: no entiendo la frivolidad de Elon Musk, no entiendo la fe casi religiosa que tienen en él sus believers, entiendo a los especuladores que tratan de hacer negocio con toda esta locura, pero, sobre todo, lo que me reconforta es el mensaje que ha mandado a todos Vitalik Buterin: miren, no quiero eso, no es el dinero mi objetivo, yo juego a la grande.

Quizá este oscuro episodio se olvide o quizá ni siquiera llegue a ser conocido, pero a mí me parece ilustrativo y didáctico —por eso lo escribo aquí— y, aunque ustedes me discutan si lo es o no lo es, lo que nadie podrá negarme es que hoy, muchas entidades sin ánimo de lucro y muchos pobres están muy contentos.

Deseos inconfesables

Deseos inconfesables

Mi amigo Pedro de Paz es poeta, y de los buenos. El tío escribe bien y lo mismo te urde una novela que te hilvana un serventesio y el jodío todo lo hace con arte. Pero yo no quería hablarles de eso.

Yo de lo que quería hablarles es de que, cada vez que lo veo, me acuerdo de uno de mis más inconfesables deseos: a mí me hubiese gustado ser guapo y estar muy bueno.

Pero no guapo de eso de decir, oye qué guapo, no, guapo de esos que cuando entran en el bar las mujeres se mandan whatsapps diciendo ¿has visto a ese cordero de dios que siembra el pecado en el mundo?

Guapo no de arreglarse o ponerse guapo, no, sino guapo como esos artistas de Hollywood que, hasta cuando se les descompone el vientre por la noche y van al retrete, están guapos los jodíos. Miren, hasta cuando Paul Newman se iba de vareta, estaba guapo el cabrón.

Pero no pudo ser, las hechuras no salieron buenas y, en vez de dedicarme a estar bueno, hube de dedicarme a la literatura. Ya saben, metáforas, sinécdoques, sinestesias… (abre los ojos, María, que quiero escuchar el mar…) Esas cosas con las que, los que vamos al retrete con muy mala cara, nos vamos apañando y nos sirven para ir tirando.

Yo tengo condición de poeta, pero no por facultades, inteligencia o vocación, sino porque no me queda otro remedio; y, como sé que ir al gimnasio tampoco va a cambiar mucho las cosas, pues estudio historia sumeria, termodinámica o blockchain, que, aunque no me van a mejorar los abdominales, me entretienen mucho más. Los abdominales, si eso, ya luego los cuido con algún potajico con su vino tinto acompañante.

Por eso, cada vez que veo las fotos de mi amigo Pedro de Paz me pregunto: ¿Qué necesidad tendría este hombre de hacerse poeta y encima de los buenos?

Hay gente que lo quiere todo, que son unos gomias y que, esto es lo peor, encima son mis amigos, los aprecio, los valoro, y no puedo cantarles las verdades del barquero.

Maldita sea.

Portugal no coração

Portugal no coração

Portugal —dicen— va a bajar los impuestos y muchos nómadas digitales se preparan para comer bacalhau y cantar el fado allende el Tejo o Tras os Montes.

Hay quien se toma a broma el asunto pero yo no, los de esta parte de la península debiéramos haber aprendido hace tiempo que a Portugal nunca se le debe tomar a broma pues ha sido allí donde, casi siempre, se ha marcado el destino de la península ibérica en los últimos 500 años.

Fueron los portugueses quienes se empeñaron en ir a comprar especias en barco al lejano ortiente y forjaron tantos y tan buenos navegantes que los castellanos, fichándoles a Colón y Magallanes, marcaron los dos mejores goles de su historia.

Por lo que a mí respecta mi primer recuerdo de Portugal data de 1974, cuando mis compañeras de clase llegaron un 25 de abril con claveles rojos al colegio y nos ordenaron ponérnoslos. Obviamente yo no entendía aquella petera de mis compañeras pero, como a esa edad uno siempre hace caso a las mujeres, me lo coloqué.

En 1974 en España gobernaba Franco pero en Portugal la dictadura había caído un año antes y eso lo averigüé gracias a las miradas de pánico de mis profesores y al indisimulado cabreo del profesor de FEN que me llevaron a investigar qué narices significaban aquellos claveles que nuestras compañeras de clase nos ordenaron colocarnos como si fuésemos cantantes folcklóricas.

Hoy vuelve a ser 25 de abril, fecha de aquella revolución en que Portugal acabó con la dictadura merced a un golpe de estado militar, tan cívico y poco violento que los fusiles disparaban flores y las columnas de blindados respetaban los semáforos en rojo. Dicen que la señal de comenzar el golpe la marcó la emisión radiofónica de una canción que hablaba de una tierra de fraternidad donde era el pueblo el gobernante supremo (o povo é quem mais ordena).

En el resto de la península se trató de imitar a los portugueses pero eso no ocurrió sino cinco años después y cuando Franco ya llevaba tres muerto.

No, no se tomen a broma jamás a un portugués, en el resto de la península nunca hemos hecho nada tan bien ni tan pronto como lo han hecho ellos y, cuando lo hemos hecho, lo hemos hecho con mucho menos estilo. Por eso, cuando a ellos se les hinchan las lusitanas narices y le recuerdan a sus parlamentarios que «o povo é quem mais ordena» yo me acuerdo de aquel 25 de abril de 1974 y del terror que pueden llegar a infundir unos claveles.

Vermú con epojé

Vermú con epojé

Me sirvo un vermut mientras leo y el libro me habla y me dice:

«Cuando un hombre lee un libro no lee lo que el autor del libro dice, sino aquello que el propio lector piensa».

Y tiene razón.

Para Filón de Alejandría las sagradas escrituras eran un texto neoplatónico, en cambio, para el cordobés Maimónides eran un texto Aristotélico. Ni que decir tiene que el primero era neoplatónico y el segundo aristotélico.

Para comprender necesitamos olvidar todo conocimiento previo y tratar de escuchar lo que se nos dice sin juzgar. Necesitamos usar de la epojé, suspender nuestro conocimiento previo y comprender sin juzgar.

Para entender a otras culturas o a otras religiones, filosofías o formas de  pensar debemos “suspender” (epojé) nuestro conocimiento y juicio previos y escuchar y estudiar hasta comprender. Cuando hayamos comprendido ya habrá lugar a otras cosas.

Mientras no hagamos eso no leeremos el libro de nadie, sino nuestro propio libro, nunca escucharemos un discurso de nadie, sino nuestro propio discurso y nunca entenderemos nada, ni siquiera a nosotros mismos.

Hay quien se toma el vermú con una rodaja de naranja, yo lo acompaño con estas otras cosas.

#epojé #neoplatonismo #aristotelismo #vermú #vermouth #vermut #cinzano

Del mismo Reus

Del mismo Reus

En mi libro de lectura de 4⁰ de primaria descubrí muchas cosas. Descubrí, por ejemplo, que un texto no era solo un conjunto de palabras que memorizar o estudiar —como hacía con “El Parvulito” o la “Primera Enciclopedia” de Álvarez— sino que podía ser algo divertido, algo que me hiciera reir a carcajadas o emocionarme. En ese libro de lecturas (“Selección” se llamaba) aprendí a describir interiores con Blasco Ibáñez, exteriores con Pereda, situaciones con Armando Palacio Valdés o caracteres con Ramón Pérez de Ayala. Trozos de La Barraca, Peñas Arriba, La Hermana San Sulpicio o Trigre Juan formaban parte del libro junto con muchas más.

Cierta tarde que leí en clase, por primera vez, un diálogo entre una señora, su marido y el dependiente de una camisería me dí cuenta de lo divertido que era y volví a casa contando los minutos para leerles a mis padres ese mismo fragmento esperando verles desternillarse de risa al leérselo yo.

En ese libro también aprendí que hay idiomas que no son el castellano y en los que las palabras no se pronuncian como se escriben, sino de forma distinta. La acción de aquel fragmento transcurría en un tren donde un viajero catalán, un tal Puig, se encontraba con un paisano de Reus (“del mismo Reus”, decía Puig) con quien compartía butifarra y ojén.

Ese día me tocaba a mí leer en voz alta y, con todo mi vozarrón de nieto de un torpedista sordo, al llegar al nombre del viajero leí con toda claridad y decisión “Puig”, así como suena.

La señorita Ursulina (así se llamaba la pobre mujer que nos desasnaba) me detuvo y me corrigió: «ese nombre se lee “Puch”, es catalán». Memoricé el asunto y seguí leyendo pero, desde entonces, en mi subconsciente el colmo de la catalanidad es llamarse Puig y ser vecino de Reus. A mí, en aquella época, Reus me parecía un lugar situado casi en los Pirineros, al norte, muy al norte, y lleno de butifarras y embutidos… Hasta que, para mi fortuna, supe que Reus está al sur de Cataluña y que de lo que está lleno es de vermú y avellanas.

Hoy, mientras se cuece la coliflor y la lavadora acaba de centrifugar, me acuerdo de los muchos amigos y amigas que tengo en Reus y, naturalmente, me estoy apretando un vermú del mismo Reus.

Como el señor Puig.

El último defensor de Masadá

El último defensor de Masadá

El jovencito que ven en la foto se llama Matusalén, tiene unos 2000 años de edad y pertenece a una especie de palmeras extinguida hace quinientos años: la palmera de Judea.

Como bien saben en Elche la palmera puede ser la base de todo un sistema económico y la palmera de Judea era fundamental para la subsistencia de los cananeos en la época de Cristo; fue precisamente por ello por lo que los romanos se dedicaron a exterminarla minuciosamente a fin de sofocar las innumerables revueltas judías.

El último bastión judío en ser aniquilado, como todos ustedes saben, fue Masadá (¿por qué no repondrán esa maginifica serie de TV?), una fortaleza situada en una altísima meseta virtualmente inexpugnable para cuya toma, el ejército romano, hubo de construir una rampa de 100 metros de longitud que salvase un desnivel de otros 100 metros (para Jorge Campanillas un paseito en bici) por donde asaltar la fortaleza.

Tras siete meses de asedio los defensores de Masadá se suicidaron y los romanos tomaron la fortaleza cuando nada vivo quedaba allí.

¿Nada? No. Como en los viejos comics de Asterix un ser vivo judío todavía resistía al invasor: dentro de una jarra algún defensor de Masadá había guardado para el futuro unas semillas de Palmera de Judea.

En 1963 un arqueólogo —Yigael Yadin— encontró la jarra y archivó las semillas (¿cómo iban a sobrevivir 2000 años unas semillas?) hasta que, en 2005, Elaine Solowei, una botánica con más fe en la vida que Yigael, decidió plantar unas cuantas. Y, para sorpresa de todos, aquellas semillas de 2000 años, las últimas resistentes del asedio de Masadá, germinaron y de ellas nació la palmera que ven en la foto: un jovencito —era una palmera macho— al que llamaron, claro está, Matusalén.

El problema fue que Matusalén no tenía compañera y, como todo el mundo sabe, en el asunto de la reproducción un hombre solo no es capaz de hacer nada a derechas; pero, sucesivas excavaciones en Qumrán y otros lugares, trajeron a la luz nuevas semillas, varias de las cuales resultaron ser de hembras y el milagro se hizo: hoy la palmera de Judea vuelve a vivir tras haber resistido el asedio de Masadá durante más de 2000 años.

Sabemos de formas de vida capaces de viajar en meteoritos soportando las terribles condiciones del espacio exterior, conocemos pequeñas formas de vida, como los tardígrados, capaces de resistir condiciones inimaginables, y por eso, a mí, la noticia de estas semillas resistiendo milenios a un designio destructor me resulta muy inspiradora.

Tengo la intuición de que la vida es un fenómeno común en el universo y que, aunque las tremendas distancias existentes nos impidan contactar con formas de vida complejas, algún día nos encontraremos con algún tipo de forma de vida —por primitiva y simple que sea— en un entorno más o menos cercano. La ley de la evolución es implacable y sospecho que ningún ser vivo se habría adaptado a resistir viajes espaciales si tal entorno no le hubiese sido común en algún momento. Estas semillas de palmera, la última resistente de Masadá, nos cuentan con su vuelta a la vida que esta es mucho más resistente de lo que podemos llegar a pensar y que, cuando los seres humanos ya no existan, igual todavía Matusalén y sus compañeras siguen dando dátiles.

El combate de El Caney

El combate de El Caney

He visto que Pérez Reverte ha escrito esta semana un artículo sobre el combate de las Lomas de San Juan en la guerra hispano-norteamericana de 1898 pero he preferido no leerlo. No porque no me gusten los artículos de mi paisano sino porque yo, desde hace tiempo, he preferido guardar en mi memoria la descripción que, de una parte pequeña de dicho combate, hace un observador no español, un testigo presencial de los hechos, el Capitán Wester, agregado militar a la Legación Sueca y Noruega, observador privilegiado del combate ocurrido en El Caney y que lo narra de esta forma que ahora verán. Les ahorro sus comentarios estratégicos, las descripciones geográficas (les acompaño un plano de situación de las fuerzas en torno a Santiago aquel día) y paso a dejarle la pluma justo al principio de la acción. Lo que sigue son todas palabras de este observador neutral:

«El 1º de julio la división Lawton comienza su avance hacia El Caney; la confianza reina en el campo americano donde el único temor consiste en que el enemigo escape sin combatir; pero en El Caney, como se verá, están muy lejos de pensar así.

Las casas del pueblo han sido aspilleradas, se han abierto trincheras en un terreno pedregoso y el fuego de unas y otras es rasante sobre un espacio de entre 600 y 1.200 metros; en la punta nordeste de la posición, el fuerte de El Viso, guarnecido por una compañía, ocupa una colina desde la cual se dominan todos los aproches.

Los americanos se proponían envolver la posición española, para lo cual la Brigada Chaffee se dirigió desde el noroeste hasta El Viso, la de Ludlow, desde el suroeste hacia la desembocadura del camino que une El Caney con Santiago, mientras que una batería se colocó al este del pueblo y la Brigada Miles ocupa al sur Ducoureau, formando el ala izquierda.

Hacia las seis de la mañana comenzó el fuego de las trincheras españolas; de improviso se descubre sobre ellas una linea de sombreros de paja; inmediatamente el ruido de una descarga, seguido de la desaparición de los sombreros; esta operación se repite cada minuto, observándose una gran regularidad y acción de una voluntad firme, lo que no deja de producir una fuerte impresión en la linea de exploradores americanos. Las balas cruzan el aire, rasando el suelo, hiriendo y matando.

Poco tiempo después toda la Brigada Chafee se encontró desplegada, pero sin poder avanzar un paso y la de Ludlow también se vio detenida.

Mientras el fuego de la infantería aumenta progresivamente, la batería americana comienza a disparar. Como los españoles no cuentan en El Caney con un sólo cañón, el fuego puede hacerse con la misma tranquilidad que en un campo de maniobras: las piezas pueden hacer daño sin peligro alguno de recibirlo.

A los pocos momentos las granadas estallan por encima de las trincheras, alcanzaban las casas del pueblo y perforaban los muros de El Viso, proyectando los shrapnels su lluvia de plomo sobre la posición; mas, a pesar de todo, el fuego español se observa con igual continuidad e igual violencia.

Delante de El Viso se descubría un oficial paseándose tranquilamente a lo largo de las trincheras: fácil es comprender que el objeto de este peligroso viaje en medio de los proyectiles de que el campo está cruzado no es otro sino animar con el ejemplo a los bravos defensores: se le vio, de cuando en cuando, agitar su sombrero y se escuchaban aclamaciones. ¡Ah sí!, ¡Viva España!, ¡Viva el pueblo que cuenta con tales hombres!.

Las masas de infantería americana se echaban y apretaba contra el suelo hasta el punto de parecer clavadas a él, no pudiendo pensar en moverse a causa de las descargas que la pequeña fuerza española les enviaba a cada instante. Se hizo preciso pedir socorros y hacia la una avanzó Miles desde Doucoreau, entrando en linea a la derecha de Ludlow, y hacia las tres la cabeza de la brigada de reserva se desplegaba a la derecha de Chafee; pero en lo alto de las trincheras el chisporroteo de los Mausers se escuchaba siempre.

Por fin a las tres treinta y seis minutos la brigada de Chafee se lanza al ataque contra El Viso; pero queda al principio detenida al pie de la colina y no invade el fuerte sino después de un segundo y violento empuje. Los españoles ceden lentamente el terreno demostrando con su tenacidad en defenderse lo que muchos militares de autoridad no han querido nunca admitir: que una buena infantería puede sostenerse largo tiempo bajo el fuego rápido de las armas de repetición. ¡El último soldado americano cayó a apenas 22 pasos de las trincheras!.

Aunque la clave de la posición estaba conquistada, la faena continuaba. Yo seguí, con el corazón oprimido por la emoción, todas las peripecias de esta furiosa defensa y este brusco ataque.

(…)

Durante cerca de diez horas 500 bravos soldados resistieron unidos y como encadenados sin ceder un palmo de terreno a otros 6.500 provistos de una batería y les impidieron tomar parte en el principal combate contra las alturas del monte San Juan.»

Creo que, tras este relato, sabrán exactamente cómo se portó la pequeña tropa que defendía El Caney y el General que les mandaba. Ahora quizá sea bueno que sepan algunas cosas más:

Cuando los 6.500 americanos pudieron alcanzar la posición defendida por la pequeña fuerza española encontraron allí el cadáver del hombre que se paseaba sobre las trincheras ofreciendo el cuerpo al fuego enemigo y animando a sus tropas. Vara del Rey murió allí, al lado de sus hombres, cumpliendo con su deber.

El General fue enterrado por los norteamericanos con todos los honores militares para, posteriormente, repatriar su cadáver a España.

¿Cómo vieron esto los norteamericanos? Pues… Le dejo la pluma a un militar norteamericano que lo explicará mejor que yo o que Pérez Reverte. Veámoslo.

“…El valor de los españoles es magnífico. Mientras las granadas estallaban sobre la aldea o explotaban contra el fuerte de piedra, mientras la granizada de plomo barría las trincheras buscando cada aspillera, cada grieta, cada esquina, los soldados de ese incomparable Vara de Rey, tranquila y deliberadamente, continuaron durante horas alzándose en sus trincheras y arrojando descarga tras descarga contra los atacantes americanos. Su número decrecía y decrecía, sus trincheras estaban llenas de muertos y heridos, pero, con una determinación y un valor más allá de todo elogio, resistieron los ataques y, durante 8 horas, mantuvieron a raya a más de 10 veces su número, de unas tropas americanas tan valientes como nunca recorrieron un campo de batalla…”

Por eso no quiero que nadie me cuente este combate ni cómo cumplieron estos españoles con su deber porque, cada vez que me acuerdo, pienso en los miserables que se vacunan antes que aquellos que están en primera linea, me acuerdo de los ministros que piden esfuerzos y confinamientos mientras asisten a cenas de gala o hablan de que nos apretemos el cinturon con las babas oliendo a whisky.

Es porque tuve la suerte de leer los escritos del agregado sueco y noruego por lo que no quiero que nadie me cuente nada porque es inevitable que sienta poco después que se me revuelven las tripas.