Un cierto algo en común o de cómo querer gritar Viva México

Les hablaba el otro día de aquella cierta idea de España que se nos enseñaba en el colegio a los niños de los años 60. El fenómeno no fue exclusivo de España y, durante todo el siglo XIX, las recién nacidas repúblicas americanas, restos de la implosión de la monarquía católica, se dedicaron a forjar una identidad nacional a través de relatos más o menos disparatados.

Afortunadamente el ser humano tiene memoria y, a pesar de los adoctrinamientos, desde California a la Tierra del Fuego todos los seres humanos que habitaban esas tierras fueron siempre conscientes de que tenían algo en común.

Seguramente los problemas políticos y económicos de las repúblicas americanas y recientemente la peripecia europea de los gobiernos y los políticos españoles, pudieron en algún momento dejar en segundo plano este algo en común que todos sabemos que tenemos, desde la Punta de S’Esperó en Mahón a la Isla Guadalupe en el Pacífico Mexicano.

Afortunadamente para nosotros, esa cultura blanca, anglosajona y protestante (WASP) que impera al norte del Río Grande, con su manía de clasificar étnicamente a los seres humanos, se encarga diariamente de recordarnos (a veces construyendo muros) quiénes somos, cómo nos llamamos, lo que somos y lo que podemos llegar a ser estas gentes a las que ellos llaman hispanos. Quizá los hispanos no sepamos lo que somos pero ahí están los Estados Unidos para recordarnos día tras día que sí, que existimos, que no somos producto del sueño ni de la fantasía.

Y es que, aunque no lo sepa, si es usted hispano (y los Pirineos y la entera península ibérica, aunque los mapas digan lo contrario, también están al sur del Río Grande) a poco que le rasquen un poco la piel le saldrá ese americano cultural y espiritual que lleva dentro y he reparado vivamente en esto hoy cuando, por azar, me ha saltado en las redes el vídeo que les he resumido y colocado abajo. Sucedió hace pocos días en la plaza de toros de Pamplona, durante las fiestas de San Fermín y cuando un mariachi pisó el albero para cantar una canción.

Si no es usted español (navarro, vasco, catalán, gallego…) quizá no pueda llegar a entender que el público de esa plaza muy probablemente es incapaz de cantar el himno andaluz, gallego o canario; que incluso el himno de España, de sonar, provocaría protestas en un sector del público y que pocas cosas generan tantas tensiones entre los españoles como lo que se canta y se toca en los espacios públicos y en las aglomeraciones humanas.

Por eso no pude evitar que se me piantase el lagrimón cuando el mariachi atacó los sones de «El Rey» y la plaza se volvió loca de unanimidad, porque quizá pocos conozcan los himnos de las comunidades de España pero en corridos, rancheras y hasta huapangos los españoles sacan nota.

Y el final con toda la plaza cantando «México lindo y querido» como si todos hubiesen nacido en Jalisco es de esos que no tienen precio.

Y estás son las cosas que pueden pasar cuando de pronto aparecen unos mexicanos en un ruedo en Pamplona, que no necesitamos que nadie nos recuerde que, aunque vivamos a miles de kilómetros de distancia y con un océano por medio, seguimos teniendo algo en común y formamos un «nosotros» superlativo.

¡Viva México cabrones!

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