Una cierta visión de España: romanticismo.

Una cierta visión de España: romanticismo.

Ahora que sobre el Congreso planea la sombra de amnistías y otras cuestiones vinculadas con el ser de nuestro estado creo que puede ser este un buen momento para hablar de España, concretamente del turismo.

España, Hispania, Spania, Iberia, eran nombres con los que, hasta el siglo XIX, se designaba una localización geográfica, concretamente las tierras comprendidas dentro de nuestra península. Estos términos nunca tuvieron significación política y, desde luego, lo por ellos designado jamás coincidió con la realidad política que desde hace dos siglos, conocemos como España. Nunca Hispania fue una sola provincia o un solo reino y, desde luego, hasta el siglo XIX bajo esa denominación siempre se incluyó Portugal y por eso pudo escribir el poeta épico luso Luis de Camoens

«Falai de castelhanos e portugueses, porque espanhóis somos todos…»

Viajar a España en la antigüedad, dada su remota localización, no era tarea fácil aunque tampoco el turismo llegó a ser la religión que es hoy.

Todo cambió con llamada (mal llamada) «Guerra de la Independencia» de 1808.

Hasta ese mismo año, la monarquía gobernante en todos los reinos de la península a excepción de Portugal, seguía siendo la que tenía los territorios más extensos y ricos del mundo. De Palma de Mallorca a Manila uno podía recorrer el mundo sin salir de sus dominios y esa posición preeminente había generado contra ella una eficaz leyenda negra.

Para un europeo de finales del siglo XVIII las gentes que servían a la monarquía católica con corte en Madrid eran unos furiosos integristas católicos, con unos nobles vanidosos más preocupados en recitar sus ocho apellidos nobles que en hacer algo de provecho, gente violenta, intolerante y altiva que representaba todo lo que debía odiarse.

No nos conocían bien, sólo tenían la propaganda, pero la guerra de 1808 hizo que todas esas percepciones cambiaran.

En la guerra de 1808 más de quinientos mil soldados extranjeros pasaron por España y descubrieron un país que estaba muy lejos de lo por ellos imaginado. Con el ejército francés no sólo llegaron franceses sino gentes de muchas otras naciones como polacos (hasta 35 mil), portugueses e ingleses, por supuesto, y hasta mamelucos de obediencia turca (si miras los cuadros de Goya los reconocerás fácilmente por su turbante).

Estos quinientos mil soldados escribieron a sus casas y contaron lo que veían e, increíblemente, resultó que lo que contaban encajaba perfectamente con la recién estrenada mentalidad romántica.

España era tierra muy montañosa y de caminos difíciles, poblada de hombres indómitos que no se dejaban arrebatar la libertad fácilmente y que ejercían con violencia terrible la guerrilla o el bandolerismo. Las mujeres (¡ah las mujeres!), la mujer española era pura pasión pero ¡cuidado! siempre armadas y dispuestas a dejarte sin sangre de un navajazo en la femoral. España, además, era Oriente, cuando trascendieron fuera de nuestras fronteras espacios como la Alhambra o la Mezquita toda la fiebre del romanticismo se volcó en España. España era pura pasión y autenticidad ¿necesitaba algo más un romántico?

Los frutos de todo aquello y de aquella visión romántica de España aún perduran, Carmen de Bizet, los cuentos de Washington Irving, el Capricho Español de Rimsky Korsakov o la «Obertura sobre un tema de marcha española» son solo algunos de ellos.

El saqueo de obras de arte, singularmente de Velázquez y Murillo, realizado por los franceses revelaron al mundo una producción artística maravillosa inesperada en ese país oscuro e inquisitorial que les habían contado antes. El regalo de las Cortes de Cádiz al Duque de Wellington de una abundante colección de obras de arte españolas produjo idéntica conmoción en Inglaterra, esa Inglaterra cuya aristocracia moría por conocer las obras que decoraban el Palacio del Duque de Wellington, el vencedor de Napoleón.

Todo esto hizo de España, esa ubicación geográfica de que antes les hablaba, un destino imprescindible para los nuevos románticos. Y sin embargo ¿cómo entendían los habitantes de la península ese territorio que ellos habitaban?

De forma muy diferente, claro, aunque esto es materia que da para muchos post. Hoy solamente quería hablar de turismo y del origen de una cierta imagen de España.

El auténtico padre de la patria

El auténtico padre de la patria

Hablaba hoy con un joven político de la Región de Murcia a propósito de eso que llaman las «identidades» regionales y debatíamos sobre por qué esta región carece de esa identidad compartida por todos que otras regiones sí tienen.

Ustedes ya saben lo que yo pienso sobre las «identidades» nacionales y regionales, el fundamento ideológico y los relatos que las sustentan —pues ya lo he contado en post anteriores— pero, interpelado esta mañana sobre por qué toda esa tramoya no funciona en el caso de la Región de Murcia, no me ha quedado más remedio que jugar con unas reglas que no comparto y decirle

—Toda la culpa la tiene Leandro.

El hombre me ha mirado con cierta curiosidad —cosa rara pues jamás me hace el menor caso— y he tenido que recordar todos los libros del colegio de mi niñez para justificar mi respuesta.

Mira, cuando en el siglo XIX se construyó la identidad española en este relato el momento inaugural corresponde al reino visigodo y eso se aprecia en las historias de España y en las lecciones de nuestras viejas enciclopedias de «Álvarez».

Para los niños de los 60 (y de los 20, los 30, los 40 y los 50 y aún de décadas anteriores) la historia de España no comenzaba sino hasta el reinado del rey godo Recaredo. Durante las lecciones anteriores los niños estudiábamos cómo los saguntinos, numantinos y cántabros demostraban frente a cartagineses y romanos el celtibérico valor de los protohispanos; cómo Trajano o Séneca demostraban la sabiduría y conocimiento de los hispanorromanos y cómo una panda de salvajes, llamados «los bárbaros del norte», finalmente, llegaban a la península ibérica destrozándolo todo porque eran unos bestias que, además, eran unos herejes del carajo que yacían en el piélago de la herejía arriana. Recuerdo bien la ilustración de aquella lección en mis libros infantiles: un sujeto a caballo, espada en mano, cabalgaba sobre un fondo de destrucción y casas en llamas.

Sin embargo, estos «bárbaros del norte», un par de lecciones después, aparecían ya como los titulares del reino de forma que los alumnos de entonces estudiábamos la lista de los reyes godos como los primeros «Reyes de España». Si tienes dudas acércate a la Plaza de Oriente en Madrid y verás que allí están sus estatuas como reyes de una España que acababa de nacer.

¿Qué había pasado para que estos que no eran sino unos «bárbaros» pasasen a ser los legítimos titulares del reino de España?

Pues eso, que intervino Leandro, pero, para entender lo que hizo, hay que leer ese par de lecciones que separaban la intitulada «los bárbaros del norte» de esa otra que nos contaba cómo el rey Don Rodrigo (el último rey godo) había perdido España a manos de los musulmanes.

En ese par de lecciones los niños leíamos primero cómo Hermenegildo, hijo del rey Leovigildo, se convirtió al cristianismo neto y católico mientras que su padre se arriscó en la nefanda herejía arriana. Leovigildo acabó degollando a su hijo —los visigodos eran así— el cual, conseguida la palma del martirio merced a su violenta muerte, fue proclamado santo: San Hermenegildo.

Afortunadamente para las Españas en Sevilla acababan de nombrar obispo a un zagal de Cartagena llamado Leandro. Cómo y por qué había tenido Leandro que huir de Cartagena y marchar a Sevilla da para dos o tres novelas pero eso lo dejaremos para otro día, hoy toca contar que Leandro, un tipo listo y de sólida cultura, convenció al rey godo Recaredo de que eso del arrianismo era una catetada muy grande y que lo que tenía que hacer era convertirse al catolicismo neto y de este modo conformar sus creencias con las de la población hispana.

Recaredo le hizo caso, se convirtió y, desde entonces, gracias a Leandro y al burro de Recaredo, la monarquía visigoda pasó a ser monarquia hispánica.

Sí, no le den vueltas, para nuestros viejos libros de historia si no eras católico no eras español por mucho que te empeñaras y fue por eso que los árabes, por más que se tiraron ocho siglos en la península ibérica, nunca fueron considerados españoles por nuestros libros mientras que los visigodos, con apenas dos siglos de presencia en la península, se convirtieron en el núcleo fundacional de la nación española, con sus Rodrigos perdiendo España y sus Pelayos echándose al monte en las Asturias.

Desde entonces acá la historia de España es la historia de los reinos del norte peleando contra unos árabes que, a pesar de sus ochocientos años de presencia en la península, nunca se ganaron en nuestros libros de historia la condición de «españoles».

¿Y quién fue pues el padre de la patria española?

Pues un cartagenero, Leandro (San Leandro), que, al convertir a Recaredo al cristianismo, produjo las condiciones idóneas para el relato que ahora conocemos. Leandro, ese zagal cartagenero que hubo de huir con sus hermanos a Sevilla, es un tipo al que se rinde culto en Sevilla, en toda España y, naturalmente, también en la Región de Murcia, a pesar de que, cuando él vivió, ni la ciudad de Murcia existía ni mucho menos ninguna comunidad política con ese nombre que Leandro jamás alcanzó a oír ni pronunciar.

Leandro, con su III Concilio de Toledo, también la lió parda en el asunto de los credos los cismas y el filioque y hasta tiene su cuota parte de responsabilidad en la no tan lejana guerra serbo-croata, pero eso ya lo conté otro día.

Y ahora… Ahora ya no les voy a contar más, se me ha enfriado el café y voy a pedirme otro para tomármelo calentico que es como a mí me gusta.

Otro día les cuento lo de la identidad (o falta de identidad) de esa Comunidad Autónoma que coincide con la diócesis carthaginense; ahora me voy a tomar el cafelico a gusto.

Los comuneros y la identidad nacional española

Los comuneros y la identidad nacional española

Me recuerda mi amiga Marta Díaz a propósito de la entrada anterior que hoy se celebra en Castilla y León el aniversario de la derrota comunera en Villalar y reparo en que, tal hecho, lejos de ser uno de los ladrillos fundamentales con los que se ha construido la identidad castellanoleonesa, fue durante todo el siglo XIX uno de los pilares sobre los que se construyó la identidad española. Quizá usted no me crea pero déjeme que me explique.

Desde la noche de los tiempos las sociedades las han regido unos líderes a los que ha legitimado una casta sacerdotal. Los reyes eran reyes no por voluntad de nadie sino por elección divina, de ahí que en las monedas de todos los reinos del mundo pueda leerse lo de «Fulano de Tal, Rey, por la gracia de Dios». Si no me crees busca una moneda del actual rey de Inglaterra, Carlos III, y verás que en ella pone literalmente alrededor de su cara: «Charles III•D•G•Rex». Esas iniciales «D» y «G» significan exactamente «Deo Gratias» (por la Gracia de Dios) y son las que legitiman a la, por ello, «graciosa» majestad británica.

Sin embargo esa legitimación del poder cesó cuando los revolucionarios franceses guillotinaron a Luís XVI, muerto el monarca y su legitimación divina ¿quién o qué legitimaba al gobierno revolucionario?

La respuesta la hallaron los revolucionarios franceses en un nuevo sujeto político: la nación.

Para Francia el proceso resultó simple pues además de ser un estado bastante unitario los revolucionarios se preocuparon de uniformizarlo más, no siendo una de las medidas de menor importancia, la forma en la que dividieron el país atendiendo no a su pasado histórico sino a accidentes geográficos, por ejemplo, el País Vasco Francés (Iparralde) para Francia es simplemente el Departamento de los Pirineos Atlánticos.

En la monarquía hispánica el proceso fue parecido pero no igual. Secuestrados los reyes por Napoleón los diversos virreinatos de la Corona (americanos y peninsulares) se organizaron en juntas a la espera de la conclusión de la guerra y la vuelta de los reyes pero, en el interín, en Cádiz y sin rey se reunieron las Cortes integradas por representantes de todos los virreinatos tanto americanos como europeos de la monarquía hispánica de Manila a las Islas Baleares. Y así, sin rey, estas Cortes aprobaron una Constitución en la que, al igual que en Francia, se buscaba la legitimidad en «la Nación Española» (primera vez en la historia que aparece la nación española como sujeto político) aunque no se supiese muy bien qué era eso de «la nación española» al hablar de una monarquía que tenía territorios en medio mundo.

Sí, cuando Napoleón invade la península, la monarquía hispánica está en el cénit de su expansión territorial —esto se olvida a menudo— y es en ese momento el estado más extenso del planeta. Confundidos ante semejante magnitud los constituyentes de Cádiz deciden definir la nación española usando de una tautología: la nación española es la reunión de todos los españoles de los dos hemisferios ya fueran europeos, americanos, indios, tagalos o mestizos de cualquiera de los anteriores.

El problema es que el rey, el abyecto Fernando VII, volvió y durante todo el siglo XIX los españoles de este lado del Atlántico anduvimos enredados en guerras civiles que, en el fondo, no eran más que el debate de si el gobierno de la nación se fundaba en el derecho divino de los reyes («altar y trono» decían los carlistas, «Dios, patria y rey» cantan aún) o si la soberanía emanaba de la nación cual pretendían los liberales.

Resolver miles de años de legitimación divina monárquica en un país fuertemente católico como era el nuestro costó cien años, cuatro guerras civiles y centenares de miles de muertos; aún hoy día, si miras una moneda de Franco, verás que pone «Francisco Franco Caudillo de España por la G. de Dios»; no, créeme, no te estoy contando ningún cuento.

Si para los carlistas durante el siglo XIX no había nada que inventar (el Rey era Rey y punto) para los liberales sí había mucho que inventar. Al igual que todas las recien nacidas naciones americanas andaban a la busca de su identidad inventando relatos nacionales en muchos casos absolutamente delirantes, los territorios europeos de la monarquia hispánica comenzaron a buscar su identidad como nación y esa identidad quienes más la buscaron y la construyeron fueron precisamente los liberales pues era a ellos (y no a los carlistas absolutistas) a quienes les urgía tener un fuerte concepto de nación y es por eso que la identidad nacional española que se construyó es, en muchos modos, liberal. Repasemos algunos de los mitos fundacionales de la identidad española que se fue definiendo en el siglo XIX y, para ello, nada mejor que analizar las escenas que se recogen en los más famosos cuadros del momento, pagados generosamente por las autoridades de la época.

¿Quién no recuerda «El fusilamiento de Torrijos» de Antonio Gisbert?

Pues bien, de los mismos pinceles de Gisbert salió «La ejecución de los comuneros de Castilla».

Para el designio liberal de lo que había de ser la identidad española Castilla era una pieza fundamental. Rodrígo Díaz de Vivar, El Cid, representaba a esa nobleza baja que se sentía tan igual a su rey que se creía con derecho a apretarle las tuercas tomándole juramento. Para esta visión de la identidad española Isabel y Fernando representaban la unidad nacional pero no así el extranjero Carlos I; la pintura histórica se recrea en la reina Doña Juana y frente a los monarcas extranjeros se prefiere la rebeldía comunera, imprescindible para el ideario liberal y es por eso que, el propio Gisbert, dedica a su ejecución la tan conocida pintura.

Para estos liberales, ahora, la nación española tenía vocación imperial y es por ello que existen cuadros como el de «Los almogávares entrando en Constantinopla» que aún hoy adorna las paredes del Senado de España.

Pero volvamos a los comuneros. Esta visión liberal de la identidad española tuvo un éxito fulminante y fue adoptada por la generalidad de los libros de texto que se editaban para los escolares. Castilla fue reivindicada por esa visión y fue por eso y no por otra cosa que, cuando se proclamó la Segunda República Española una de las franjas rojas de la bandera fue sustituída por el color morado del teórico pendón morado de Castilla (que, por cierto, jamás fue morado) a fin de resaltar el protagonismo, real o inventado, de Castilla en la forja de la identidad nacional española.

Obsérvese, incidentalmente, que en el cuadro de la ejecución nada nos recuerda a Carlos I porque, quiérase o no, ese extranjero fue emperador y aunque la versión oficial era que los reyes posteriores a Isabel y Fernando dilapidaron la herencia que estos les dejaron, la realidad es que, hasta Carlos IV el imperio de la monarquía hispánica no había hecho sino crecer territorialmente.

Hoy, al recordar que es la efemérides de la derrota de Villalar, recuerdo cómo me sorprendió que el episodio de los comuneros fuese elegido como relato para la identidad regional de la recién inventada comunidad autónoma de Castilla y León (antes Castilla era Castilla y León era León) y recuerdo cómo, ese mismo relato identitario, fue mantenido por la II República e incluso por el mismo Franco en cuyos libros los niños de entonces volvimos a estudiar a los reyes godos (como si estos fueran españoles); a Indíbil y Mandonio y a Viriato; al Cid Campeador; a Isabel y Fernando… En fin, a toda la panoplia de hechos y héroes sobre los que en el siglo XIX se fue forjando la identidad nacional española.

Durante los años de la transición, quienes la vivimos, vivimos un espejismo pues, cuando el mundo esperaba que en la más genuina tradición hispánica nos acabásemos matando, demostramos que todo lo que se contaba de la leyenda negra, del cainismo español, de las dos Españas, era eso: solo historia.

Y sin embargo, ahora, en estos últimos tiempos vuelvo a escuchar la turra de quienes reviven la leyenda negra y de quienes resucitan a Viriato; los viejos relatos vuelven desde la izquierda y la derecha a repetir unas letanías tan manidas como gastadas pero que aún sirven para dar argumento a posiciones políticas que no son de futuro sino de pasado.

Y en fin, hoy, cuando Marta Díaz me ha recordado que hoy celebraban en Castilla el aniversario de la derrota de los Comuneros en Villalar, le he contestado que eso tenía un post.

Un post como este y que nadie se me enfade.

Feliz día de la Comunidad Autónoma de Castilla y León.

En busca de la tumba de Marcus Oppius

En busca de la tumba de Marcus Oppius

Ayer un periodista, en twitter, tratando de hacer una humorada me preguntó quién sería el primer abogado de la historia. Le dije que eso no lo sabía, pero que lo que sí sabía es que el primer abogado de Hispania era cartagenero.

El hombre quedó suspenso y cuando le dije el nombre pensó que trataba de tomarle el pelo: Marcus Oppius.

—Ya, y se dedicaba al narcotráfico…

Su apellido, el de la «gens oppia», una familia patricia romana de antiguas raices sabinas, llegó muy probablemente a Cartagena como consecuencia de los negocios mineros que tenía por aquí. Marco, uno de sus hijos, se dedicó a defender causas en el foro y quiso ser enterrado aquí, en su patria.

Sus huesos deben andar enterrados por algún lado cerca de este lugar donde hoy escribo. Ejerció en el siglo I a.c., en plena edad dorada de la República Romana, y pudo compartir foro con Cicerón con quien, por cierto, sí que compartía la muy cartagenera costumbre de comerse alguna que otra letra al hablar (en este caso la «n» antes de «s» como también hacía Cicerón).

Poco sabemos de Marco Oppio salvo lo que de él nos cuenta su epitafio, contenido en una lápida hallada en Cartagena, reutilizada en el Castillo de la Concepción y que literalmente, reza:

M(arcus) Oppius M(arci) f(ilius)
Foresis ars hic est sita
flet titulus se relictum

La traducción, aparentemente sencilla, esconde no pocas sorpresas pues, bajo la primera de las lineas (Marco Oppio hijo de Marco), aparecen dos líneas que constituyen un «carmen epigraphicum» compuesto por un dímetro yámbico en la segunda línea y un cuaternario yámbico en la tercera. Si prescindimos de la traducción literal y nos acogemos.a algo más libre el epitafio de nuestro abogado vendría a decir lo siguiente:

Marco Oppio, hijo de Marco.
Aquí está enterrado el arte del foro
lloran los que quedan abandonados.

No pretendo que esta traducción sea exacta, de hecho, literalmente, es el “titulus” (la inscripción) la que llora al haber quedado abandonada, pero, aunque la traducción le quita toda la potencia poética al texto, creo entender el sentido y este debe ser parecido al que propongo.

Ser abogado en Roma, en palabras de Cicerón, era una profesión que no tenía más retribución que la admiración de los oyentes, el agradecimiento de los favorecidos y la esperanza de los necesitados y es esta retribución la que, a la hora de su muerte, encontró Marcus Oppius inscrita en una placa de caliza sobre su sepultura; la admiración (aquí está enterrado el arte del foro) y las lágrimas de los agradecidos y esperanzados.

No es mucho, pero quizá tampoco sea mucho más lo que puede esperar de su profesión un abogado.

Y ahora, mientras escribo esto, pienso en los abogados que conozco, los que ven cómo año a año los gobiernos les reducen sus posibilidades de ganarse la vida sin que nadie alce la voz para denunciarlo, los que no reciben distinciones ni medallas nacidas más de las relaciones cómplices que de los méritos verdaderos, los que aún consideran su trabajo más una profesión que un negocio… y me estremece la voz de Marcus Oppius surgiendo desde la noche de los tiempos; la voz de un abogado, uno de los nuestros.

Desjudicializar

Un corrupto o un delincuente no temen a nada salvo a la justicia y es por eso que los primeros interesados en desjudicializar son los corruptos y los delincuentes.

Resulta obnubilante cómo, desde 2008 para acá, todos los partidos políticos en el gobierno han insistido machaconamente con el tema de la «desjudicialización»; al parecer, para ellos, que los temas se resuelvan en el juzgado es intrínsecamente malo… y no me extraña. Que los temas acaben en el juzgado suele ser malo, sobre todo, para el delincuente y el corrupto.

Y no, no me salga con la cancamusa de que por qué escribo ahora de esto y no lo hice antes; no me salga con eso, por favor, porque antes también lo hice y con la misma o mayor vehemencia que ahora. El argumento de que «antes también se hizo» no es más que un eslogan de hooligan o fanático. Los errores no corrigen errores y los errores de ayer no convalidan los de hoy, de forma que, si va a decir eso, mejor ahorrese el esfuerzo y no meta más ruido en el ambiente.

Ni a los de antes ni a los de ahora les gusta que en este país la justicia funcione, seguramente porque si funcionase no habrían podido hacer tan fácilmente ni durante tanto tiempo las tropelías que han hecho y es por eso que les encanta convertir en «trending topic» y en considerar negativo que un asunto se «judicialice», sobre todo si tiene que ver con asuntos de dinero público manejado por ellos o sus amigos reales o de conveniencia.

Ni a los de antes ni a los de ahora les gusta que nadie meta su nariz en sus manejos financieros y mucho menos si es un juez de instrucción tiñalpa y piojoso que escapa a su órbita de influencia.

Es por eso que todos los gobiernos habidos, los de antes y los de ahora, adoran hablar de «desjudicialización», sobre todo de las causas que afectan a sus amigos y conmilitones.

Dime cuánto inviertes en justicia y te diré cuánto odias la corrupción, dime cuánto hablas de desjudicialización y te diré cuánto sospecho que quieres hacer o has hecho algo ilegal o delictivo.

El pueblo sólo dispone de una herramienta para que los ricos, los poderosos, los gobernantes, se sujeten al imperio de la ley y esta es la justicia.

Por eso cuando miro los presupuestos y veo lo que invierten en justicia o cuando les escucho hablar de desjudicialización me formo de ellos una imagen, creo, que bastante exacta.

Y es deprimente.

La culpa es de España

Lo malo de los españoles no podemos culpar a nadie de nuestras desgracias.

Los gobernantes hispanoamericanos, cuando las cosas van mal en sus países, suelen caer en la tentación de culpar a la antigua dominación española de sus males y ese truco, sorprendentemente, algunas veces les funciona. Para cualquier gobernante con poca vergüenza este recurso de poder culpar de los problemas a cualquiera menos a él mismo es valiosísimo.

Lo malo es que en España no podemos culpar a nadie sino a nosotros mismos.

Fuimos invadidos por los árabes pero es la verdad que los españoles estamos de acuerdo en que, de su presencia, lo que nos quedan son las nuevas formas de agricultura y riego que ellos trajeron, un palmeral patrimonio de la humanidad en Elche y una serie de construcciones y monumentos en toda Andalucía que dan todavía de comer a muchos españoles. ¿Qué seria de Granada sin Alhambra, de Córdoba sin Mezquita o de Sevilla sin Giralda?

No, decididamente no podemos culpar a los árabes de nuestros males presentes y, si no podemos culparles a ellos, mucho menos a los visigodos, a los romanos, a los carthagineses, a los griegos o a los fenicios, de cuyo pasado todos nos enorgullecemos. Admitámoslo, los españoles no tenemos a quien culpar de nuestros males y quizá por eso, al final, al igual que el resto del mundo, acabamos culpando también a España.

España es una realidad discutida y discutible sólo en España, fuera de ella nadie la discute ni muestra la más mínima duda al respecto. Fue Federico García Lorca quien dijo que no conoces España sino cuando vienes a América y creo que tenía toda la razón.

Seguramente, a base de oír a todos los países del mundo culpar a España de todos los males, los españoles hemos decidido copiarles y hacer lo mismo.

Lo malo de los españoles no es que copiemos Halloween, las despedidas de soltero o importemos la comida basura, lo malo es que adquirimos la sectaria forma de pensar el mundo de los anglosajones, su ridícula conciencia de superioridad y su pensamiento simple y sin sutileza. Y no es de extrañar, nuestro cine es americano, nuestra música anglosajona, nuestra comida basura estadounidense, nuestros refrescos pepsi-co y hasta cuando pensamos en nuestros muertos lo hacemos con la tramoya del Halloween americano ¿a quién extraña, pues, que no acabemos pensando como ellos sobre esa ridícula y siniestra entidad llamada España?

Y sin embargo, a poco que rascas la superficie, en cualquier americano encuentras a una persona orgullosa de su cultura y deseosa de que alguien, alguna vez, le dé razones para poder expresarlo públicamente.

A políticos y gobernantes el futuro les causa pavor, lo que les gusta es el pasado porque en el él hay multitud de historias de entre las cuales pueden seleccionar las que más les convienen para sus trucos políticos; sin embargo a esos mismos políticos el futuro les aterra, porque ahí las historias las han de inventar ellos, el futuro está vacío y eso les causa pánico; por eso, cuando hablan de futuro, apenas si aciertan a balbucear frases vagas: «contra el paro fomentaremos el empleo», «queremos lo mejor para el país», «el país para los paisanos»… Y si todo esto no funciona nada mejor que echar la culpa a España.

Lo malo es que, aunque los españoles no tenemos a quien echarle la culpa, nuestras pocas luces nos lleven muchas vece a echarle la culpa a España.

Estamos locos.

España y América, una visión gastronómica de la hispanidad

España y América, una visión gastronómica de la hispanidad

Ahora está de moda preguntarse si eso de que unos españoles apareciesen por América en el siglo XV fue bueno o malo. Puede usted pensar lo que prefiera, a mí, ahora que estoy comiendo, me parece que no ha ocurrido milagro más maravilloso que ese en el mundo; de hecho si ese grupo de europeos no hubiese llegado a América, España no existiría.

Vamos a analizar de forma científico-gastronómica el asunto y para proceder con orden empezaremos por el norte de la península, por las Asturias de España. Ese país, cuna de todas las Españas y que lleva por bandera gastronómico-identitaria la fabada no existiría sin América, del mismo modo que su incono culinario, la fabada, no existiría sin fabes, una variedad de esa especie de habas pequeñas «habichuelas» que tanto sorprendieron a los europeos a su llegada a América. Evidentemente sin América la identidad gastronómica astur se disuelve como un azucarillo.

¿Y qué decir del País Vasco? Sin América no existiría ese modo de cocinar las cosas, santo y seña culinario de los Bizcaitarras, conocido en el mundo entero y arma de destrucción masiva de cuantos cocineros futuristas en el mundo son, y que es arte que se conoce como preparar las cosas «a la vizcaína». Para hacer algo «a la vizcaina» son precisos varios ingredientes americanos, si faltan, para comer «a la vizcaina» no quedaría más remedio al comensal autóctono que trocear el bacalao o el rabo con una aizkora o embaulárselo mientras el cocinero anima la función tocando la txalaparta.

¿Y Galicia? Nada más gallego que el pulpo a feira, pero de este plato, salvo el pulpo nada es gallego: ni los cachelos, ni el pimentón, ni el aceite son productos originarios de Galicia y ni siquiera queda el consuelo de recurrir a un aperitivo a base de pimientos de Padrón, pues estos pimientos hijos de Padrón son nietos de América.

Y por no cansarles más, pregúntense ¿cómo prepararía en agosto un andaluz su gazpacho o su salmorejo?, ¿sería la paella el plato que hoy conocemos sin tomate ni garrofón?. El arroz en paella, sol de las Españas y estrella polar de malcomidos y descarriados, es verdad que se preparaba ya en el siglo XV pero no les quepa duda de que sin el concurso de América jamás habría llegado a ser lo que es, por no mencionar la salmorreta: la Comunidad Valenciana no sería la misma sin salmorreta.

Llegados aquí parece que sólo Europa es deudora de América en este asunto, pero no se dejen engañar, América, créanme, se llevó la parte buena de la res.

Seguramente les sorprenderá pero deben saber que, cuando Colón, Hernán Cortés, Juan Díaz de Solís o Fernando de Magallanes llegaron a América en este continente no se conocía la ganadería. ¿Sorprendente verdad? Estamos tan acostumbrados a leer en la Biblia historias de pastores y agricultores que pensamos que en todo el mundo era así —eurocéntricos que somos— pero es lo cierto que en América, a la llegada de los europeos, no existía la ganadería.

Esto fue gloria bendita para unos castellanos que llevaban el pastoreo en la sangre y en sus instituciones más tradicionales (piensen en La Mesta) ya que América, al revés que la pequeña Península Ibérica, era una tierra casi infinita. Los castellanos vieron en todos aquellos terrenos abiertos el paraíso y pronto llevaron allá todo tipo de animales domésticos que, sin depredadores naturales, se multiplicaron hasta casi el infinito. Reses y caballos poblaron aquellos territorios donde sus propietarios, incapaces de encerrarlos en campos vallados, los dejaron pastar en libertad. De ahí nacen imágenes tan americanas como los caballos «mustangs» y «cimarrones» que usaban los indios americanos así como la necesidad de organizar grandes batidas anualmente para concentrar y rodear las reses en un punto. Ahí nacen el «rodeo» y tantos iconos americanos, como el del vaquero, el icono del hombre a caballo, una figura que, hecha de indios, mestizos, castellanos pobres y negros, fue objeto de apropiación por la industria de Hollywood para dar lugar al Cow-Boy, santo y seña del chauvinismo estadounidense.

¿Sería América la misma sin rodeos, vaqueros, caballos y reses, incluso bravas? Creo que no.

En América del Sur ocurrió lo mismo, las inmensidades de Argentina, como las de México, dieron lugar a este tipo de explotación ganadera y si en México los vaqueros y el rodeo fueron su consecuencia directa, en Argentina lo fueron el gaucho y toda la carga cultural que su figura acarrea. ¿Sería Argentina Argentina sin gauchos y sin asados? Creo no, con seguridad que no?

Y no citaré más aportes de este lado del Atlántico porque, siendo yo español, se me podría acusar de parcial, pero créanme que hay muchos más.

Es por eso que hoy, mientras trato de decidir qué comeré, le doy vueltas a la cabeza y pienso que no, que no hubo nada mejor para la felicidad de los seres humanos que el intercambio cultural, agrícola y pecuario, que se produjo hace cinco siglos entre las dos orillas del Atlántico y que sus consecuencias culinarias han sido, son y serán, todavía, fuente de mucha felicidad para un buen porcentaje de la población del mundo.

Jogo bonito

Jogo bonito

Tengo un buen amigo catalán que se declara independentista «en defensa propia». Afirma que en las instituciones políticas de España la corrupción y el nepotismo se han instalado de tal forma que prefiere probar a vivir en un estado improbable pero donde esos males aún sean remediables.

Tengo, por otro lado, otro conocido —menos amigo que el anterior— que solía decirme: ¿Y cómo no van a querer la independencia los catalanes si, cuando veo cómo va España, a mí, que soy de Burgos, también me gustaría pedir la independencia?

Pueden ustedes discutir las afirmaciones de ambos, pueden decirles que el estado catalán tiene incluso mas visos de corrupción y nepotismo que el español, pueden decir que Burgos es una nación imposible… Pero lo que no pueden hacer es quitarles la parte de razón que indudablemente tienen.

Las gentes abandonan sus patrias cuando estas no satisfacen sus necesidades (alimentación, educación, sanidad) o sus deseos (libertad, igualdad, búsqueda de la felicidad).

En 1970 yo me «independicé» de la selección española de fútbol —que no se clasificó para el mundial— y me hice brasileño. Aquella delantera cuyos nombres rimaban como los versos de «Os Lusiadas» (Jairziño, Gerson, Tostao, Pelé y Rivelinho) me ganó para la canariña y para el fútbol durante una década.

La clave es que Brasil jugaba bien. No importaba que antes hubiese ganado o no campeonatos del mundo, lo que importaba es que aquellos futbolistas hacían del juego un arte y una diversión. Tú no ibas con Brasil por lo que antes había ganado, ibas con Brasil porque sabías que cada nuevo encuentro podía ser maravilloso. Y lo era.

Con los países pasa algo muy parecido. De los 5000 años de historia de la humanidad 3000 están escritos en escritura cuneiforme, nadie tiene más pasado ni más gloria que aquellas civilizaciones… y acabaron. También el imperio romano acabó, tras más de dos mil gloriosos años de historia, el martes 29 de mayo de 1453 y de nada le sirvió argumentar sus antiguas glorias.

Los estados, los mayores imperios, acaban; y España acabará, no le quepa a usted la menor duda y, ese día, España, como el imperio romano, como Babilonia, como el Antiguo Egipto, pasará a ser no más que unas cuantas páginas gloriosas en los libros de historia. Ya no será una realidad «discutida y discutible», será sólo una lección más a estudiar y aprender.

Pero, para eso, aún falta algo de tiempo. ¿Cuánto? Pues, a mi juicio, depende de usted.

Un estado, una nación, una patria, no es tanto una memoria del pasado como un proyecto de futuro. Nadie quiere dedicar su vida a proyectos estériles por más glorias pasadas que le ofrezcan pero muchos serán capaces de dedicar su vida a proyectos que merezcan la pena ser vividos. Pocos pueden querer vivir en países donde el futuro de sus hijos venga determinado por la fortuna de los padres y donde su horizonte vital sea, con suerte, estar parado o ser camarero. No, si tu país tiene ahora historia es porque, antes, tuvo proyectos y ten la seguridad de que, si ahora no hay proyectos, tu país pronto será historia.

A ver cómo te lo explicaría yo con un simil futbolístico.

Cuando Luís Aragonés se cargó a Raúl —santo y seña de España, gloria de la nación y cabeza de los valores hispanos— toda la prensa le saltó al cuello; pero Luís había decidido que tenía un proyecto, que España ya no iba a ser solo furia, que sabíamos jugar bien y podíamos jugar bien, que solo nos faltaba querer hacerlo. Y el milagro se produjo.

Tras aquello el mundo se llenó de niños que, como yo en el 70 con Brasil, querían ser españoles, querían una camiseta roja con el escudo de España que detrás pusiese Xavi, Iniesta o Torres. Incluso cuando al independentista Gerard Piqué se le comunicó que podría no tener sitio en la selección toda su aversión a España desapareció para pedir, por favor, que no le sacasen de aquel paraíso.

Luís Aragonés quemó algún símbolo viejo, pero le dio un proyecto a la selección española, un proyecto que ahora es historia de la buena.

Por eso suelo sospechar de quienes se agarran a viejos símbolos para que nada cambie y afirman que son patriotas; por eso sé que quienes nos gobiernan no lo son si permiten la corrupción el nepotismo o el parasitismo político; por eso sé que no es patriota quien sueña solo para unos pocos y no un futuro para todos.

Quizá a España le haga falta un Luís Aragonés, pero lo seguro es que a España le falta un poco de eso que caracteriza a la selección de fútbol de Brasil: «Jogo Bonito»

Il vero lambrusco spagnolo

Il vero lambrusco spagnolo

No entiendo cómo en España el Lambrusco no se vende más… O quizá sí. El vino con gaseosa es el cocktail más genuinamente español, un dogma que sólo el calimocho o cubalibre riojano se atreve a desafiar. Vino con gaseosa, «il vero lambrusco spagnolo» un placer solo apto para los paladares más exigentes.

Yo soy muy partidario del vino con gaseosa, mi patriotismo carthagonovico me permite gracias a él consumir gaseosa «Camping» y de este modo efectuar un gesto autodeterminativo que solo algún gallego —tierra de gaseosas vernáculas donde las haya— podría entender.

A este producto —que en nada envidia al vino lambrusco— yo le encuentro muchas ventajas respecto a él: el grado de concentración alcohólica, la dulzura y el color del producto son regulables a voluntad, todo ello sin contar que la gaseosa, debidamente agitada, puede servir para celebrar algún éxito con notoria superioridad al champagne con que se duchan los pilotos de fórmula 1 al ganar el Gran Premio de Montecarlo.

Para confeccionar este «cocktail di la spagna caniculatta» sólo es preciso un vino tinto «rosso» que, siendo amable, no se arrugue ante nada «brioso ma non troppo» y una gaseosa con abundacia de burbujas «acqua frizzante con bollicine potenti».

Olvídense del spritz aperol, del milano-torino o de cualquiera de esas mezclas propias del «dolce stil nuovo». Este cocktail proletario con aroma a currela sin dar de alta sustituye con ventaja a culquier relamido mejunje italiano.

Y recuerden lo que escribió Dante: «la felicità è frizzante».

Nada cambia en la justicia española

Nada cambia en la justicia española

Hace tiempo que en España hemos empezado a sentir que, al menos en justicia, da igual qué partido esté en el gobierno. En el asunto de las hipotecas, por ejemplo, si el gobierno de un partido estableció los tribunales especiales hipotecarios para alejar la justicia de los afectados y que disminuyese el número de jueces con tentaciones de presentar demandas prejudiciales, cuando el gobierno cambió de color, los otros, mantuvieron ese cambio como si no pasase nada.

En España, en justicia, rige una extraña política de casino donde, gobierne quien gobierne, siempre gana la banca. Las hipotecas fueron en su día una bandera que ahora ningún gobernante parece querer tremolar; una bandera que la doctrina, siempre amable con la banca de nuestro Tribunal Supremo trata de arriar.

Y si en el ámbito de las hipotecas sucede esto, en el de la administración de justicia ocurre otro tanto: tanto la izquierda como la derecha aspiran a implantar oficinas judiciales con amplias competencias procesales que sean dóciles a las instrucciones de sus jefes del Ministerio de Justicia porque, de este modo, desde el gobierno se aumenta el control de la administración de justicia hasta en sus más mínimos detalles. Los partidos le llaman amor (eficiencia), pero no se equivoquen, en realidad solo se trata de sexo (control); los sucesivos gobiernos, de uno y otro color, han insistido siempre en los mismos instrumentos de control de un poder que debería ser independiente: tribunales de instancia y oficina judicial, un cocktail ponzoñoso que unos y otros han tratado, sin distinción ideológica, de administrar a nuestra justicia, desde Gallardón a Pilar Llop.

Y si en lo anterior gobierne quien gobierne siempre quieren lo mismo, ya no les digo nada con el turno de oficio: da igual el partido que gobierne todos pagan tarde, mal y poco

Que ganen unos o que ganen otros, al menos en justicia, no significa nada pues siempre ganan los mismos.

Sin embargo leo hoy con esperanza que en Colombia, un país flagelado por todo tipo de calamidades, ha habido un cambio de tendencia en las elecciones presidenciales que, por primera vez en la historia, ha sacado del poder a una clase política que hasta ahora siempre lo había ocupado y ha llevado hasta él a otra que sugiere la llegada de un tiempo nuevo, inaugural, de paz posible y reformas necesarias.

Me da igual el color del cambio, solo deseo que le vaya bien a Colombia y encuentren los consensos necesarios porque, a estas alturas de la historia, les era imposible seguir igual.

Tocaba cambio. Quizá en España, al menos en justicia, también haga falta pero…

¿Qué ocurre cuando ningún partido quiere un cambio de verdad en justicia?