¿Monarquía, república o justicia?

En el mundo civilizado hay países que son monarquías o repúblicas y funcionan razonablemente bien; lo que no es pensable es un país digno de ser vivido si en él no hay justicia.

Veo mucha gente que, aprovechando la infamia de entrega de despachos a los jueces de la 69 promoción, aprovechan la ocasión para manifestar sus convicciones monárquicas y su adhesión al rey de España. Me parece bien si ese es su gusto y convicción pero…

La infamia del veto al jefe del estado en la entrega de despachos no sería menos infamia si fuese otra la naturaleza de la jefatura de nuestro estado; es decir, ese veto sería igual de repugnante tanto si fuese hecho a un rey o a un presidente de la república.

La función de los Jefes del Estado debe estar por encima de la pelea política —pues representan al estado y no al gobierno o a un partido— y, por eso, hacer de la figura del jefe del estado una herramienta de lucha política es el peor de los favores que se le puede hacer.

Sí, hay quien considera que la neutralidad y ajenidad a la lucha política sólo la garantizan las monarquías —y pueden tener razón— pero también hay quien considera que a la jefatura del estado no puede accederse por una pura cuestión de ADN —y sin duda tienen razón también— y es ese debate político el que se quiere introducir no siempre de forma sensata y a veces en forma insensata —infame— como en la entrega de despachos a los jueces de la 69 promoción.

Y dicho esto déjenme decirles algo que cualquier jugador de ajedrez sabe bien: un rey en el centro, un rey expuesto y que no esté en la esquina del tablero discretamente enrocado, es un rey expuesto a inesperadas combinaciones y es casi siempre un rey muerto. Si aprecian la monarquía no expongan demasiado al monarca ni lo coloquen en el centro del debate, la primera obligación de los peones del enroque es permanecer quietos e impasibles tanto cuanto les sea posible. Si es usted monárquico, dé dos vueltas a esto que le digo antes de gritar su adhesión o expresar su convicción verde.

Y dicho esto digamos lo principal: envilecer la entrega de despachos de los jueces enfangando en la lucha política a toda una promoción es una infamia que pone de manifiesto lo que importa la justicia a nuestros políticos y ese valor, la justicia, más que jefatura del estado, es el que ayer fue degradado por las ruindades políticas.

Mi interés principal —y lo lamento si molesto a alguien— no es el debate monarquía o república; mi interés principal es la justicia. Creo que puedo vivir y ser feliz en una monarquía o en una república pero lo que no creo, sino que sé, es que no quiero ni puedo vivir en un país sin justicia.

Somos mesopotámicos

Somos mesopotámicos

A muchos de mis lectores les llama la atención mi afición al estudio de las culturas sumeria, acadia, babilónica o asiria; y, aunque reconozco que puede parecer un tanto exótico, la verdad es que usted y yo somos hijos de esa cultura hasta extremos difíciles de imaginar.

Por ejemplo, acaba de comenzar el otoño y eso ocurre hoy igual que en sumeria porque las cuatro estaciones que usted y yo conocemos las fijaron ellos. Los egipcios prefirieron regular sus estaciones con arreglo a las inundaciones del Nilo pero en Mesopotamia prefirieron dividirlas con arreglo a solsticios y equinoccios, y así hasta ahora.

Que los buenos vayan al cielo y los malos al infierno es algo que en nuestra mente sigue el diseño de la cosmogonía mesopotámica: el cielo arriba, el infierno bajo nosotros. Quizá le parezca a usted simple pero, sin que lo sepamos, la cosmogonìa mesopotámica sigue entre nosotros.

Y si nuestra percepción instintiva del cielo y el infierno la establecieron ellos también ellos los llenaron de todos los seres imaginarios que nosotros conocemos: ángeles, querubines, diablos…

Si usted lee la descripción de lo que es un querubín en la Biblia descubrirá que se parece sorprendentemente a un lamasu mesopotámico y esta figura benefactora (que al igual que la guardia civil prestaba servicio por parejas) es usada en la Biblia del mismo modo que en las diversas culturas mesopotámicas.

Si usted cree que su ángel de la guarda le protege sepa que la plaza de ese espíritu protector fue creada por la máquina inteligente de las administraciones mesopotámicas.

Que los días tengan 24 horas y cada hora 60 minutos y estas 60 segundos es cosa que ellos inventaron (les gustaba el sistema sexagesimal) y que en su cerebro es, todavía, la forma en que la humanidad divide el tiempo.

Ellos inventaron los contratos con certificación de contenido y ellos inventaron, sorprendentemente, los chips de silicio como soporte de inmensos bancos de memoria.

En Sumer o Akkad los chips de silicio solían tener una capacidad de en torno a 1 kilobyte (unas decenas de palabras codificadas en escritura cuneiforme) y hoy tenemos chips de muchos Gigabytes (billones de palabras codificadas en unos y ceros). En realidad la función de sus chips de silicio (no otra cosa son sus tabletas de arcilla) y la de los nuestros (obleas de silicio) es la misma: almacenar información en soportes externos a nuestro cerebro humano.

Incluso las religiones mayoritarias en este momento (cristianismo, islam) hallan sus principales motos e historias en textos sumerios, acadios o babilónicos; desde la creación (Enuma Elish), al diluvio (Poema de Gilgamesh) o al libro de Job (Ludlul Bel Nemequi)…

Nuestra moral, nuestros mitos, nuestra percepción instintiva del mundo se los debemos a ellos. Han pasado 5.000 años desde entonces pero seguimos siendo en gran parte como ellos.

Estudia ciencias compañero

Estudia ciencias compañero

Ilya Prigogine fue Premio Nobel en 1977 si no recuerdo mal por sus trabajos sobre las estructuras disipativas. Sé que algunos cientìficos no acaban de estar del todo de acuerdo con sus teorías que, sin embargo, a mí me apasionan. Pero no es de los sistemas en desequilibrio estable como generadores de información ni de la irreversibilidad y la flecha del tiempo, lo que me impresionó vivísamente de Ilya Prigogine fue su profundìsima formación filosófica. En una larga entrevista le vi hablar con solvencia de multitud de filósofos y, al mismo tiempo, del nacimiento del tiempo y la informaciòn en el universo, Epicuro y su teoría del «clinamen» y enlazarlos lógicamente con solidez tomística.

Yo sé que quienes me siguen son mayoritariamente abogados, unos más mayores y otros más jóvenes, pero, si eres joven, permíteme que te recomiende una cosa: estudia ciencias.

Mira, ni los teólogos ni los filósofos suelen cambiar de opinión, antes al contrario, cuando alguien argumenta en su contra lo que suelen hacer instintivamente es reconvenir demostrando su maestría en justificar teorías más que en probarlas. Sólo los científicos (sólo quienes usan el método científico) están acostumbrados a reconocer su error o el fracaso de sus experimentos; es así como avanzan.

La ciencia, el método científico, es la única fuente de conocimientos más o menos válidos y universales y, sólo por eso, creo que es importante conocerlo. Lo malo es que la ciencia sólo nos explica —aunque cada vez más grande— una porción pequeñita de la realidad. Es por eso que, quienes quieren convicciones sólidas, acuden a la teologìa y los demás, los que dudamos, hemos de conformarnos con la filosofía, ese conocimiento que nos permite no quedar paralizados por la duda en un mundo de incertezas.

Por eso, si quieres experimentar el dulce entusiasmo de saber y no creer y quieres acostumbrarte a estar equivocado, estudia ciencias. Te aseguro que es bueno para entender la justicia de verdad y no meramente el derecho positivo.

#ciencias #letras #derecho

Guía de los perplejos

Guía de los perplejos

Hay quienes se hacen preguntas y hay quienes no.

Un zagal de Córdoba, tras un año de profunda depresión, creyó comprender que esta era la principal división que podía hacerse entre los seres humanos: los que se preguntan cosas y los que no.

Los que no se preguntan cosas no piensan demasiado, creen, no saben, cumplen la ley que se les da y viven felices. Quienes se hacen preguntas no son tan felices, dudan y se ven obligados a vivir tomando decisiones firmes en un mundo de incertezas.

Para ellos, para los que dudan, escribió este cordobés universal, Maimónides, su «Guía de los perplejos» y por eso, cuando dudo, siempre vuelvo la vista hacia la patría de este judío.

Tarde triste de agosto

Cuando a final de agosto llegan días frescos y el fin de las vacaciones se asoma amenazador no puedo dejar de recordar a Gil de Biedma y su «Noche triste de octubre» y pienso en todos aquellos que encaran el nuevo año laboral con la incertidumbre de un nuevo confinamiento, un cierre o un despido; y en todos los que no quieren mirar una cuenta corriente que va a empezar a devolver recibos y una tarjeta de crédito con los límites agotados.

Definitivamente parece que sí, que el invierno que viene será duro y que los responsables de organizar esto —infames veraneantes de un agosto extraño— no han elaborado ningún plan que vaya más allá de autojustificarse, buscar cabezas de turco y esperar que otros hagan el milagro y las cosas dejen de venir mal dadas.

Sí, cuando llega el final de agosto siempre recuerdo la…

Noche triste de octubre, 1959. Jaime Gil de Biedma.

«Definitivamente parece confirmarse que este invierno
que viene, será duro.

Adelantaron
las lluvias, y el Gobierno,
reunido en consejo de ministros,
no se sabe si estudia a estas horas
el subsidio de paro
o el derecho al despido,
o si sencillamente, aislado en un océano,
se limita a esperar que la tormenta pase
y llegue el día, el día en que, por fin,
las cosas dejen de venir mal dadas.

En la noche de octubre,
mientras leo entre líneas el periódico,
me he parado a escuchar el latido
del silencio en mi cuarto, las conversaciones
de los vecinos acostándose,
todos esos rumores
que recobran de pronto una vida
y un significado propio, misterioso.

Y he pensado en los miles de seres humanos,
hombres y mujeres que en este mismo instante,
con el primer escalofrío,
han vuelto a preguntarse por sus preocupaciones,
por su fatiga anticipada,
por su ansiedad para este invierno,
mientras que afuera llueve.

Por todo el litoral de Cataluña llueve
con verdadera crueldad, con humo y nubes bajas,
ennegreciendo muros,
goteando fábricas, filtrándose
en los talleres mal iluminados.

Y el agua arrastra hacia la mar semillas
incipientes, mezcladas en el barro,
árboles, zapatos cojos, utensilios
abandonados y revuelto todo
con las primeras Letras protestadas.»

Kintsugi

Kintsugi

Las redes sociales obligan a ofrecer una visión amable de uno mismo. Ir por ahí contando penas públicamente es amargar al prójimo y eso al ser humano no le gusta hacerlo ni padecerlo. Así las cosas, gracias a Facebook, a Instagram y a todas estas herramientas tecnológicas que usamos para fabricar y mostrar a los demás la mejor de nuestras caras, las redes sociales se han convertido en una empalagosa pasarela de posados y postureos.

Andaba yo pensando esto mientras contemplaba unas fotografías de obras de arte «kintsugi», una técnica nacida en Japón sobre el año 1400 y que sostiene que no hay que ocultar las reparaciones, que estas forman parte de la historia del objeto y que por tanto hay que dejarlas visibles. Los artistas japoneses del kintsugi reparaban sobre todo cuencos de té y otros objetos cerámicos usando de lacas y polvo de oro y esa forma de reparar llegó a ser tan apreciada que, pronto, muchos rompían sus vajillas para mandarlas a reparar.

En la actualidad el kintsugi inspira muchas formas de arte occidental. Hoy ya se fabrican los objetos con la reparación hecha en origen y son algunos de los objetos que ven en las fotografías, pero a mí me interesa sobre todo está que sigue, porque representa otro interesante aspecto del arte japonés: el «wabi-sabi».

El wabi-sabi es un término estético japonés que describe un tipo de visión estética basada en «la belleza de la imperfección». Dicho punto de vista está frecuentemente presente en la sociedad japonesa, en forma de elementos de aspecto natural o rústico que aparecen en los objetos cotidianos y eso es lo que ilustra perfectamente la primera de las fotografías donde se ve, reparado con la técnica kintsugi, una taza de té de piedra hori-mishima.

No, la imperfección no disminuye la belleza, la cicatriz no afea, sólo nuestro empalagoso y azucarado empeño en parecer perfectos resulta insufrible.

La reordenación del mercado de los servicios jurídicos

Quienes tengan los años suficientes recordarán una abogacía muy distinta de la actual y no es que el número de abogados fuese entonces mayor o menor que ahora, no, sino que la profesión se ejercía de manera fuertemente regulada.

Quienes tengan los años suficientes recordarán que, antes de encargar su primera placa para el despacho, siempre había quien les decía: «ten cuidado con las dimensiones, no la hagas muy grande no te vaya a decir algo el colegio…». También recordará (ya digo, si tiene los años suficientes) que la publicidad era un tema tabú: los abogados no podían anunciarse y hacerse publicidad era no sólo una acción de mal gusto sino que incluso podía ser sancionada.

Ofrecer servicios jurídicos por debajo de los criterios de honorarios que publicaban los colegios no sólo estaba mal visto e iba en desdoro del letrado que lo hacía sino que una vaga nebulosa punitiva colegial rodeaba tal conducta e incluso estaba prohibido el pacto de «cuota litis» pues ese pacto, se decía, convertía al abogado en socio de su cliente en la llevanza del procedimiento lo que afectaba, sin duda, a sus decisiones procesales. Dar comisión a alguien por que te consiguiese clientes se encontraba también entre las conductas impensables por réprobas.

Quienes tengan los años suficientes recordarán este entorno en el mercado de servicios jurídicos.

Tal regulación tenía sus ventajas y sus inconvenientes, entre estos que, otras profesiones sin tantos remilgos deontológicos, se fueron haciendo con cuotas de mercado tradicionalmente propias de la abogacía.

Otro de sus defectos, quizá el más grave, es que esta rígida regulación sonaba a monopolio gremial a los círculos más liberales y la desregulación del sector inició un proceso imparable impulsada por la reglas de la libre competencia.

El pacto de «cuota litis» pronto fue permitido (los abogados nunca acabaron de entender ni respetar este pacto), la publicidad liberalizada (las normas restrictivas de la publicidad aprobadas en los sucesivos códigos deontológicos han demostrado ser absolutamente inanes), los criterios de honorarios son cada vez más fuertemente sacudidos por la Comisión de Defensa de la Competencia e incluso por los propios jueces y tribunales, que se erigen en nueva autoridad reguladora en materia de precios sin que las normas de competencia parezcan afectarles.

En este momento, de aquella vieja regulación que conocieron quienes tengan los suficientes años para recordarlo, ya no queda apenas nada. Bueno, nada no, queda un sentido ético en los profesionales de la abogacía que, ajeno a una regulación sustantiva que lo sustente, les convierte en una especie de inadaptados que se indignan cuando ven anunciados divorcios a 150€, cuando ven que empresas publicitarias cobran a los abogados y se apropian de parte de sus honorarios por recomendar sus servicios o cuando observan como, ante oportunidades de negocio surgidas con cambios jurisprudenciales o legales, masas de dinero entran en el mercado ofreciendo servicios de nicho y convirtiendo a los abogados en falsos autónomos que trabajan a precio de esclavo asirio.

El mercado de los servicios jurídicos ha cambiado y a esa antigua y necesaria abogacía de las personas la ha pillado con el pie cambiado.

Recuerdo que en 1998 corría por internet una leyenda urbana relativa a un matrimonio de abogados norteamericanos que usaron la red para hacerse publicidad y sufrieron uno de los primeros ataques de «spam» de la historia por internautas indignados. Recuerdo que, en años posteriores, los más sesudos estrategas del B2C (¿recuerdan la expresión?) se devanaron los sesos buscando una forma eficaz de prestar servicios jurídicos «on line». Sin embargo la realidad fue otra.

Conscientes de que en el mercado de servicios jurídicos lo que importa es controlar y poseer la demanda, muchas empresas se lanzaron a hacerse con la mayor parte del pastel que pudieran, si ellos eran dueños de la demanda ya negociarían con los abogados sus honorarios a la baja, el nuevo entorno lo permitía. Los anuncios de supuestos «despachos de abogados» inundaron las radios y medios de comunicación y, habiendo capturado una parte de la demanda, la ofrecieron a ese sector de la abogacía que, bajo los efectos de la primera crisis, empezaba a dar muestras de debilidad. Y ganaron.

Cuando llegó la crisis de las hipotecas que ahora vivimos masas de capital descubrieron la oportunidad y montaron negocios para aprovechar la nueva demanda, pero también los bancos aprovecharon la cada vez más escasa demanda libre y el cada vez mayor número de abogados agónicos para asegurarse de que sus innumerables pleitos serían defendidos a precios de basura (¿imaginan defender juicios de hipotecas a 30€?).

El panorama tras el confinamiento es que el número de negocios destinados a captar abogados para que se les haga publicidad en la red o se les entregue la llevanza de casos a precios de basura o exigiéndoles un porcentaje de su minuta se ha disparado.

Me he dedicado estos días a recopilar información sobre el tema y el panorama es dantesco y, lo peor, es que los abogados y abogadas no son más que la pieza a la que se obligará a trabajar a precios de inmundicia para adueñarse del producto de su esfuerzo.

Debemos ser conscientes de una realidad: en España, a diferencia de los países civilizados, no existe una Ley de Servicios Jurídicos que regule el sector y esto, para aquellos a los que la justicia les importa un carajo y sólo ven beneficios en cualquier actividad, es el paraíso.

Pero aún no han copado el mercado y todavía estamos a tiempo para que los abogados y abogadas que defienden la última trinchera de la profesión se organicen y se den a sí mismos aquellas herramientas con las que otros vienen a convertirlos en mano de obra cautiva. Es tiempo de defendernos nosotros y la sociedad y, si para ello hemos de hacerles la guerra en su terreno, deberemos hacérsela.

Somos ya muchos y estamos interconectados, podemos hacerlo y debemos hacerlo.

Yo no sé tú, pero yo, desde hoy, me pongo a la tarea.

Si te apetece cooperar conmigo deja un comentario a este post.

Héroes de tebeo

Quizá no leí los libros adecuados de niño, quizá no vi las películas correctas, quizá los héroes de mis tebeos jamás existieron en la vida real. A lo mejor todo aquello no era más que un engaño.

Gracias a esos libros, a esas películas y a esos tebeos yo tuve la oportunidad de combatir en Cartagena con Don Blas, un españolazo de Pasajes que se había dejado medio cuerpo al servicio de su patria; también estuve en Trafalgar enrolado en el Bahama y allí vi cómo una bala de cañón le volaba la cabeza a nuestro capitán, un hombre que además de marino era científico y de los buenos: Don Dionisio Alcalá Galiano; vi también a Don Casto Méndez Núñez aguantar a cuerpo limpio el bombardeo de El Callao después de decirle a americanos e ingleses que no le tocasen las narices o se vería obligado a echarlos a pique por la cosa de la honra…

Los héroes de mis libros y tebeos eran tipos previsibles: Si la tropa pasaba hambre ellos pasaban hambre con la tropa; si el barco había de combatir ellos se plantaban en el puente en uniforme de gala y no colocaban a sus hombres en más peligro de aquel en que ellos mismos se colocaban; si, en fin, el barco se iba a pique, ellos eran los últimos en abandonarlo y eso siempre y cuando no les diese la petera de hundirse ellos con él.

Lo que nunca vi ni leí es que esos hombres comiesen caviar mientras la tropa ayunaba, mandasen sus hombres a la muerte mientras ellos huían o agarrasen el primer bote salvavidas cuando el barco amenazaba con irse a pique. Esas acciones no eran propias de estos hombres, esas acciones las llevaban a cabo los villanos, los malvados, los infames y repugnantes sujetos que ilustraban todo aquello que los niños debíamos odiar.

Hoy mientras trataba de dormir pensaba en estos hombres de mis novelas y en los españoles del año 2020. Hoy nos dejan sin vacaciones ministros que se van de playa y chiringuito, nos dicen que reformarán la justicia quienes profundizan en su dependencia judicial, no invierten en ella ni el tiempo de sus vacaciones y no gastan más que palabras hace tiempo ya gastadas.

Los hombres de mis libros no dejarían sin permiso a la tropa sin renunciar ellos a su parte antes que nadie, porque, de no hacerlo así, la tropa sabría inmediatamente que estaba ante uno de aquellos infames y repugnantes sujetos que, según aquellos libros, ilustraban todo cuanto se debía odiar.

Parece que en 2020 las cosas no son así, quizá no lo fueron nunca, quizá no leí los libros adecuados de niño, quizá aquellos héroes no existieron jamás; a lo mejor, en fin, todo aquello no era más que un engaño.

O a lo mejor no y un día les remitimos una factura que nunca podrán pagar.

Gobernantes

Gobernantes

Tiendo a creer que la gente común es mucho mejor de lo que se le supone o, al menos, que nunca ni en nada es peor que esa otra gente que la gobierna. Hay quien cree que soy un iluso por eso pero, al menos para mí, no es esa la cuestión.

Las visiones del ser humano como un ser egoísta o que busca principalmente su interés personal han sido siempre el fundamento teórico de los sistemas autoritarios: son necesarios estados y normas fuertes que controlen las tendencias innatamente egoístas del ser humano. Sin normas y sin estados la sociedad se convertirá —profetizan— en la ley del más fuerte.

Nunca me gustaron tal tipo de visiones y siempre me pregunté si, quienes gobernaban o hacían las normas, se creían hechos de un material distinto del que ellos pensaban que estaban hechos los gobernados.

Lo llevo viviendo toda mi vida: el gobernante elegido —en muchas ocasiones un tonto con credenciales— cree que él puede decidir mejor que esa masa inconsciente a la que llama «la gente». Unas veces porque cree que él está más capacitado para decidir (como si los votos aumentasen el cociente intelectual) otras porque piensa que dispone de más información (información que, por supuesto, obtiene de su cargo, no de su capacidad y que no comparte porque esa posesión exclusiva de la información aumenta su poder y su ridícula sensación de “saber más”) y, otras más, porque piensa que él es el encargado de decidir, como si eso excluyese la participación de alguien en el proceso de toma de decisiones.

Gracias a esta forma de pensar una abigarrada cantidad de tontos con certificación ISO nos gobiernan desde la noche de los tiempos. Y lo peor es que no son tontos cualesquiera: son tontos que piensan ser más listos que los demás; lo cual es la peor especie de tontuna que puede padecerse, pues, a la estulticia propia de la tontera añade la semilla de la maldad.

Distinguiendo calderos

Distinguiendo calderos

Si ve usted anunciado en un restaurante caldero murciano tema usted lo peor: el caldero “murciano”, simplemente, no existe. Y no, no me lo discuta: NO existe.

Pero si ve usted anunciado Caldero de Cartagena puede usted temerse, igualmente, lo peor; pues, si el caldero “murciano” no existe, el «cartagenero» tampoco (aunque sí existe el caldero de “Santa Lucía”, un barrio de Cartagena).

Vamos a llamar a las cosas por su nombre y a los calderos por el suyo, limpiemos de mixtificadores y pseudo gastrónomos el mundo y vayamos a lo que importa: la manduca.

Hay tres clases solamente de caldero en el universo mundo y su denominación responde a los productos del mar con que está confeccionado. Se llama “Caldero del Mar Menor” al que está hecho con los peces de ese —hoy— agonizante mar (singularmente mújoles), se llama “Caldero de Cabo de Palos” al que está confeccionado con peces del Mar Mayor (que es la forma en que por aquí se llama al Mediterráneo) y existe (o existía) el “Caldero de Santa Lucía”, plato de tres vuelcos —esto incluye la patata— de los pescadores del barrio cartagenero de Santa Lucía.

Read my lips: there is no “caldero murciano”. Ni hay atunes en Hellín ni existe caldero de Murcia. Grábeselo a fuego: non, niet, no, nein. Ni el de Cartagena tampoco. Deje usted de hacer el turista o el cateto y aténgase a lo que le digo. Le irá mejor.

Y dicho esto déjenme que les cuente algo que me viene reconcomiendo el paladar los últimos 50 años.

Es fama que, cuando no había pescado, el caldero podía cocinarse con piedras del fondo del mar que diesen sabor al caldo. Esta costumbre sólo ha perdurado en Águilas y, a día de hoy, sólo hay un restaurante donde sirven “arroz a la piedra”, aunque lo acompañan de tanto marisco y zarandaja que le hacen perder todo su sentido y sabor.

Dejen ya de engañar turistas con “Caldero de Murcia” y recuperen el caldero de Santa Lucía o el Arroz a la Piedra de Águilas en su expresión primigenia.

Yo les quedaré agradecido y espero que el mundo también.
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