A muchos de mis lectores les llama la atención mi afición al estudio de las culturas sumeria, acadia, babilónica o asiria; y, aunque reconozco que puede parecer un tanto exótico, la verdad es que usted y yo somos hijos de esa cultura hasta extremos difíciles de imaginar.

Por ejemplo, acaba de comenzar el otoño y eso ocurre hoy igual que en sumeria porque las cuatro estaciones que usted y yo conocemos las fijaron ellos. Los egipcios prefirieron regular sus estaciones con arreglo a las inundaciones del Nilo pero en Mesopotamia prefirieron dividirlas con arreglo a solsticios y equinoccios, y así hasta ahora.

Que los buenos vayan al cielo y los malos al infierno es algo que en nuestra mente sigue el diseño de la cosmogonía mesopotámica: el cielo arriba, el infierno bajo nosotros. Quizá le parezca a usted simple pero, sin que lo sepamos, la cosmogonìa mesopotámica sigue entre nosotros.

Y si nuestra percepción instintiva del cielo y el infierno la establecieron ellos también ellos los llenaron de todos los seres imaginarios que nosotros conocemos: ángeles, querubines, diablos…

Si usted lee la descripción de lo que es un querubín en la Biblia descubrirá que se parece sorprendentemente a un lamasu mesopotámico y esta figura benefactora (que al igual que la guardia civil prestaba servicio por parejas) es usada en la Biblia del mismo modo que en las diversas culturas mesopotámicas.

Si usted cree que su ángel de la guarda le protege sepa que la plaza de ese espíritu protector fue creada por la máquina inteligente de las administraciones mesopotámicas.

Que los días tengan 24 horas y cada hora 60 minutos y estas 60 segundos es cosa que ellos inventaron (les gustaba el sistema sexagesimal) y que en su cerebro es, todavía, la forma en que la humanidad divide el tiempo.

Ellos inventaron los contratos con certificación de contenido y ellos inventaron, sorprendentemente, los chips de silicio como soporte de inmensos bancos de memoria.

En Sumer o Akkad los chips de silicio solían tener una capacidad de en torno a 1 kilobyte (unas decenas de palabras codificadas en escritura cuneiforme) y hoy tenemos chips de muchos Gigabytes (billones de palabras codificadas en unos y ceros). En realidad la función de sus chips de silicio (no otra cosa son sus tabletas de arcilla) y la de los nuestros (obleas de silicio) es la misma: almacenar información en soportes externos a nuestro cerebro humano.

Incluso las religiones mayoritarias en este momento (cristianismo, islam) hallan sus principales motos e historias en textos sumerios, acadios o babilónicos; desde la creación (Enuma Elish), al diluvio (Poema de Gilgamesh) o al libro de Job (Ludlul Bel Nemequi)…

Nuestra moral, nuestros mitos, nuestra percepción instintiva del mundo se los debemos a ellos. Han pasado 5.000 años desde entonces pero seguimos siendo en gran parte como ellos.

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