Tarde triste de agosto

Cuando a final de agosto llegan días frescos y el fin de las vacaciones se asoma amenazador no puedo dejar de recordar a Gil de Biedma y su «Noche triste de octubre» y pienso en todos aquellos que encaran el nuevo año laboral con la incertidumbre de un nuevo confinamiento, un cierre o un despido; y en todos los que no quieren mirar una cuenta corriente que va a empezar a devolver recibos y una tarjeta de crédito con los límites agotados.

Definitivamente parece que sí, que el invierno que viene será duro y que los responsables de organizar esto —infames veraneantes de un agosto extraño— no han elaborado ningún plan que vaya más allá de autojustificarse, buscar cabezas de turco y esperar que otros hagan el milagro y las cosas dejen de venir mal dadas.

Sí, cuando llega el final de agosto siempre recuerdo la…

Noche triste de octubre, 1959. Jaime Gil de Biedma.

«Definitivamente parece confirmarse que este invierno
que viene, será duro.

Adelantaron
las lluvias, y el Gobierno,
reunido en consejo de ministros,
no se sabe si estudia a estas horas
el subsidio de paro
o el derecho al despido,
o si sencillamente, aislado en un océano,
se limita a esperar que la tormenta pase
y llegue el día, el día en que, por fin,
las cosas dejen de venir mal dadas.

En la noche de octubre,
mientras leo entre líneas el periódico,
me he parado a escuchar el latido
del silencio en mi cuarto, las conversaciones
de los vecinos acostándose,
todos esos rumores
que recobran de pronto una vida
y un significado propio, misterioso.

Y he pensado en los miles de seres humanos,
hombres y mujeres que en este mismo instante,
con el primer escalofrío,
han vuelto a preguntarse por sus preocupaciones,
por su fatiga anticipada,
por su ansiedad para este invierno,
mientras que afuera llueve.

Por todo el litoral de Cataluña llueve
con verdadera crueldad, con humo y nubes bajas,
ennegreciendo muros,
goteando fábricas, filtrándose
en los talleres mal iluminados.

Y el agua arrastra hacia la mar semillas
incipientes, mezcladas en el barro,
árboles, zapatos cojos, utensilios
abandonados y revuelto todo
con las primeras Letras protestadas.»

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