El Yuan que se nos viene

El Yuan que se nos viene

Leo, desde hace ya tiempo, con horror que China está a punto de lanzar su moneda digital de banco central (CBDC son sus siglas en inglés) y me invaden oscuros pensamientos pues el Yuan Digital (así se llama esa moneda) puede convertirse en una de las más odiosas herramientas totalitarias de que pueda disponer un estado dictatorial. Imagine usted un mundo donde, hasta la última de sus monedas esté controlada por el gobierno, donde este pueda decidir cuánto valen sus monedas, pueda expropiárselas, transferirlas sin su consentimiento o cobrarse directamente impuestos contra su voluntad. El estado, además, sabrá en qué gasta usted hasta el último céntimo y puede dejarle sin capacidad de gasto en determinadas mercaderías a su antojo.

Si el estado controla el dinero, si los pagos anónimos no son posibles, habremos instaurado una nueva forma de dictadura, dictadura contra la cual se crearon las monedas digitales pero que, como siempre, crearon una nueva tecnología que, pensada para la libertad y la democracia, los estados pueden usar con finalidades totalitarias y de control.

China y su Yuan Digital están ya en la rampa de lanzamiento mientras Europa y USA marchan con notable retraso. Si estas dos últimas potencias copian el modelo chino la democracia y la libertad estarán en peligro en todo el mundo; si, por el contrario, entienden la filosofía descentralizadora y democrática que anima las criptomonedas, fundadas en tecnologías de libro mayor distribuido y descentralización, la humanidad puede experimentar un salto cuántico en términos de libertad, democracia y eficacia económica.

Yo sé que esto que escribo a muchos les sonará a chino (como el Yuan), que otros me repetirán viejos sonsonetes, pero créanme si les digo que en este momento no se trata de hablar de si criptomonedas sí o no, porque criptomonedas va a haber, aunque solo sea el Yuan Chino, se trata de saber cómo queremos que funcionen esas criptomonedas.

Nos jugamos la libertad en ello.

Bitcoin: ¿Inversión o burbuja?

Hace menos de un mes (el 17 de diciembre) escribí un post titulado «Bitcoin a 22.000$»; hoy, apenas 22 días después, el título debiera ser «Bitcoin a 42.000». La reina de las criptomonedas en estos últimos días ha ido ganando diariamente mil dólares hasta casi doblar su valor, este es, sin duda, un fenómeno insólito, aunque no tanto como para que los blockchain believers no insistieran en que esto, tarde o temprano, pasaría.

La subida ha sido tan fuerte que ayer —por fin— el telediario de Televisión Española habló del fenómeno aunque, como siempre, vinculándolo, siquiera fuera sutilmente, a algunos aspectos negativos del mundo de las criptomonedas.

Sea como sea la pregunta ronda en la mente de todos ¿Hasta cuándo durará este rally alcista? ¿Estaremos en presencia de un cambio histórico o de una descomunal burbuja? ¿Qué hay detrás de todo esto del Bitcoin y las criptomonedas?

Vayamos por partes y tratemos de despejar las dudas una por una hasta donde seamos capaces.

Lo que hay detrás del Bitcoin y del resto de criptomonedas no es sino una nueva tecnología llamada blockchain. Esta tecnología, digámoslo groseramente, permite añadir una capa de seguridad a casi cualquier cosa que usted haga; podríamos decir que es como llevar un notario en el bolsillo, salvo que, para algunas cosas, es incluso mejor y más seguro que un notario. Si usted realiza cualquier actividad y la registra en blockchain la misma quedará inalterablemente registrada para siempre y con total garantía. Eso, obviamente, en el mundo de las relaciones humanas, ofrece un horizonte de posibilidades incalculable.

Además esta tecnología se puede implementar de manera descentralizada, es decir, los libros donde se anotan las transacciones no están en poder de una sola persona, ya sea un funcionario o un gobierno, sino que están clonados en miles de ordenadores distribuidos por el mundo (usted, si lo desea, puede hacer funcionar un nodo de bitcoin o ethereum sin demasiadas dificultades) de forma que alterar ese libro es imposible.

Esta tecnología distribuida, en manos de los usuarios y ajena al control de gobiernos y corporaciones, excita la imaginación de muchas personas, exactamente la misma imaginación que, desde el manifiesto cypherpunk, bulle en círculos de personas firmes creyentes en esta tecnología como herramienta de democratización y empoderamiento de la ciudadanía 1.

Ocurre con blockchain y el mundo de las criptomonedas lo mismo que ocurrió con internet en sus primeros años. ¿Recuerda usted cuando le decían que meter su tarjeta de crédito en internet era una insensatez? ¿Recuerda cuando le decían que internet era un mundo de pedófilos y pornografía? ¿Recuerdan cuando le decían que wikipedia era inútil y lo bueno era tener la Enciclopedia Británica?

Bien, ahora que los editores de la Enciclopedia Británica ya no la editan en papel y revistas científicas como Nature llevan a cabo estudios para determinar cuál de las dos es más fiable o qué sesgos presenta cada una2, quizá sea el momento de que repensemos esas estrategias tan a menudo repetidas por quienes ocupan posiciones de poder, ya sea económico, político o de otra especie, en el actual statu quo.

Internet fue soñada como un espacio de libertad donde compartir conocimiento del mismo modo que las criptomonedas fueron concebidas como una herramienta de libertad al margen de gobiernos e instituciones financieras. Las acusaciones que se formularon en los albores de internet y las criptomonedas respecto de ellas son asombrosamente parecidas: nido de delincuentes, drogas, pornografía, lavado de dinero… Es un truco viejísimo: cuando aparece un espacio no controlado por quienes tienen poder se acusa a ese espacio de todo lo imaginable hasta que, por fin, quienes tienen poder lo regulan para tratar de perpetuar el poder que tienen. Es una lección ya sabida pero es una estrategia que funciona y no duden que el mundo de las criptomonedas, como internet, será finalmente regulado.

Si tiene usted unos ahorros piense simplemente que va a pasar con ellos ahora que el banco central europeo está imprimiendo euros o que en los Estados Unidos se están imprimiendo dólares intensivamente.

Cuando se imprimen billetes (una decisión exclusiva de los gobiernos) el dinero que usted tiene pierde valor. Esta es una ley viejísima y es de las pocas leyes indiscutidas en economía. Se llama la teoría cuantitativa del dinero. Ésta sostiene, en su forma más elemental, que, en igualdad de todo lo demás, los precios varían en relación directa con la cantidad de dinero en circulación3.

Es por eso que muchos ahorradores han buscado para su dinero un lugar donde sus ahorros no pierdan valor. Muchos han comprado oro, pero otros, simplemente, han comprado bitcoin. ¿Por qué?

Muchos son los factores que acteditan a Bitcoin como un valor refugio. El primero es que no está en manos de los gobiernos que, por esto, no pueden imprimir (minar) tantos cuantos bitcoins deseen. Bitcoin, por diseño, no es controlable por ningún gobierno y no es regido por ningún otro código que no sea su código informático. Si en los billetes de dólar puede leerse la expresión «In God we trust», no tengan la menor duda de que en la mente de los bitcoin believers está grabado el motto «In code we trust».

Por extraño que parezca los ahorradores quieren valores seguros y antes confían sus ahorros a un código informático objetivo o a un metal que los gobiernos. Esto debiera darnos mucho que pensar sobre la calidad de nuestras instituciones políticas.

En segundo lugar un aspecto muy llamativo y que ha atraido a muchos inversores ha sido la «finitud» del Bitcoin. Por definición,por sistema, por código, jamás podraán minarse más de 21 millones de bitcoins (y ya vamos por 18 y medio) de forma que los peligros de gobernantes aficionados a imprimir billetes no exist en esta plataforma que, así definida, se presenta como un reemplazo maravilloso del oro.

La potencialidad de esta nueva tecnología llamada blockchain, mejor representada a mi juicio por plataformas como Ethereum que por el propio Bitcoin, es difícilmente imaginable y su adopción por la sociedad es simplemente cuestión de tiempo. Apostar, pues, por esta tecnología es apostar a caballo ganador, ahora bien, ¿la mera compra de criptomonedas es una forma de apoyar o apostar por esta tecnología?.

Visto todo lo anterior es obvio que no podemos hablar de un único factor que esté empujando a la adopción de esta tecnología por empresas importantes y por un, aun pequeño pero significativo, grupo de particulares. Son muchos los factores que convergen para impulsar el uso de estas tecnologías: desde el meramente utilitario, al especulativo, al financiero o incluso al filosófico-político.

Las razones, pues, para invertir en criptomonedas son tantas y tan variadas que creo que no necesito exponerlas aquí, pueden encontrarlas facilidad en cualquier url especializada; de lo que sí quiero ocuparme hoy es de esa «ventaja» que está de moda en estos días: invirtiendo en Bitcoin se está ganando mucho dinero.

Déjenme que les cuente una historia.

Hace poco me visitó una persona interesada en comprar criptodivisas y me consultó mi opinión.

—¿Por qué quiere usted comprar? (Le pregunté).

—Bueno, están subiendo mucho y temo perderme esta oportunidad de ganar dinero.

Me sentí obligado a leerle unas palabras del famoso economista John Kenneth Galbraith, una de las figuras señeras del siglo XX y, me parecen tan esclarecedoras, que creo que no debo resistirme a reproducirlas aquí:

«La especulación se produce cuando la gente compra bienes, siempre apoyados por algún mito convincente, porque esperan que sus precios subirán. Esta esperanza y la acción resultante sirven para confirmar la expectativa. De hecho, la realidad no es lo que el bien en cuestión —terrenos, productos agrícolas, acciones o compañías de inversión— ganarán en el futuro. Lo que ocurre es que un número suficiente de personas espera que el objeto de la especulación aumentará de precio, y esto atraerá a más gente y hará que se cumplan las esperanzas de aumentos ulteriores. Este fenómeno es de una sencillez extraordinaria, pero sólo puede durar mientras los precios aumenten de veras. Si algo grave interrumpe la elevación de precios, las esperanzas que mantenían el alza se pierden o se debilitan grandemente. Todos los que confiaban en un alza posterior —que son todos menos los crédulos y magníficos optimistas, de los que hay siempre una buena cantidad— tratan de salirse de la operación. Y tanto si el alza anterior fue rápida como si fue lenta, la baja resultante es siempre vertical. De aquí la semejanza con el diente de sierra o con la rompiente de la ola. Y así terminaron la especulación y la consiguiente expansión económica en todos los años de pánico desde 1819 hasta 1929.»

—Bien (le dije) creo que podemos convenir sin molestarnos demasiado en que usted quiere comprar criptomonedas con fines especulativos. Pero no me entienda mal, especular no es un crimen, lo que es insensato es hacerlo más allá de un cierto margen. Recuerde usted que el crack bursátil del 29 se produjo debido a la histérica compra de acciones merced a créditos bancarios garantizados con las propias acciones a comprar con esos créditos y, sin irnos tan lejos, es también eso exactamente lo que ocurrió en España del 2000 al 2007: sobre el mito alimentado por los bancos de que las viviendas jamás bajaban de precio la población solicitó créditos para comprar viviendas que garantizó con la propia vivienda comprada; y, no ya para el natural y razonable objetivo de tener una casa donde vivir, sino que especulando con esa mítica sempiterna subida de precios, se dieron «pases» por particulares y espontáneos del negocio inmobiliario mientras que, a mayor escala, constructores ávidos se dedicaron a la promoción desaforada y vino la especulación, la corrupción y todo eso que usted no necesita que yo le explique porque lo hemos vivido ambos.

Mire —le dije para concluir— yo no tengo por qué decirle dónde debe usted gastarse su dinero pero, por lo que valga, le doy el siguiente consejo: jamás especule a crédito, es la mejor manera de terminar mal.

—¿Bueno, pero cuánto va a durar esta subida?

Al oir su respuesta supe que estaba ante un caso agudo de «FOMO»4 y decidí contestarle con sinceridad:

—Eso no lo sabe nadie.

El hombre no pareció quedar contento y como tengo la mala condición de no ser parco en palabras, me extendí, quizá, hasta donde no debiera haberme extendido lo cual, quizá, no sea bueno para la calidad de mis relaciones humanas pero, en cambio, me sirve para escribir post como este.

—Mire, le dije, si el precio estuviese subiendo a impulsos de personas como usted yo no tendría la menor duda de que estamos en presencia de una burbuja. Tras su decisión de compra no hay maás fundamento que la creencia en que estos valores subirán porque así lo creen otros compradores. Eso es especulación de manual, eso son, con perdón, tulipanes.

Ocurre sin embargo que no es usted ni gente como usted quienes están haciendo subir la cotización del bitcoin, son grandes compañías y conglomerados financieros los que están comprando masivamente, compañías como Grayscale o Microstrategy… Los bitcoins no están en manos de muchos pequeños ahorradores, no, el 95% de los bitcoins se concentra en manos de muy pocas personas y corporaciones.

Claro que eso no obsta a que esta pudiera ser una hiperburbuja propulsada por empresas que especulan. Salvo que…

—¿Salvo qué? (Me dijo, con ansiedad)

—Salvo que a lo que estemos asistiendo sea al crecimiento propio de la curva de adopción de esta nueva tecnología que no finalizaría en bastante tiempo o, mucho más probablemente, a una mezcla de todas las razones y causas que le he contado.

—Pero entonces ¿Inversión o burbuja?

—Pues lo que le dije, nadie lo sabe. Y, como nadie lo sabe, sólo le propongo que haga las cosas con prudencia: entre en este mundo, diviértase, descubra nuevos mundos y nuevas formas de pensar, pero, por lo que valga, recuerde el consejo que le di, emplee siempre lo que le sobre y lo que no necesite. Puede apostar que blockchain será el futuro, pero no debe apostar su futuro y el de su familia al bitcoin. Prudencia, pues.


  1. Curioso resulta que una reivindicación sustancial del «Manifiesto Cypherpunk» de 1993 contuviese una clara demanda de herramientas como las criptomonedas y llama la atención como todos aquellos cipherpunks son, en buena medida, las oersonas que contribuyeron no solo a dar a luz a internet sino a esbozar el nuevo cuadro de valores que deberían informar a la sociedad de la información. Uno de los pasajes del manifiesto decía textualmente: «…an open society requires anonymous transaction systems. Until now, cash has been the primary such system. An anonymous transaction system is not a secret transaction system. An anonymous system empowers individuals to reveal their identity when desired and only when desired; this is the essence of privacy. Privacy in an open society also requires cryptography.»
  2. Britannica
  3. Galbraith, John K. «El dinero: de dónde viene y a dónde va».
  4. Síndrome FOMO

El hígado de las finanzas

El hígado de las finanzas

Las profecías suelen llevar en sí mismas su propio cumplimiento cuando todos creemos en ellas. Es decir, si uno profetiza tiempos de escasez y la necesidad de ahorrar y no gastar nada, es probable que, si creemos al profeta, dejemos de comprar y que el comercio se resienta y el ahorro desmesurado provoque una recesión aunque sea temporal.

Es por eso que los profetas son tan necesarios como peligrosos porque, cuando creemos en ellos, realizamos cosas que pueden oscilar entre la genialidad y la catástrofe. Hombres y mujeres que pensaban que un carpintero de Nazaret era el hijo de dios levantaron la catedral de Burgos, pero hombres y mujeres que se creyeron la raza superior también sabemos lo que hicieron.

Un campo donde abundan las profecías autocumplidas es el del analisis chartista de las cotizaciones bursátiles o de las criptomonedas. Del mismo modo en que los viejos arúspices leían el hígado de las reses sacrificadas estos modernos profetas creen ver en las gráficas «figuras» y patrones que les permiten anticipar -dicen ellos- el comportamiento de los mercados; una de las figuras más conocidas es la del «doble tope». Se supone que cuando la gráfica hace tope dos veces y baja hasta rebasar la línea que marca el fondo del valle es momento de esperar nuevas bajadas. Esto es el llamado «doble tope», figura que yo, por cierto, veo por todas partes.

Es posible que lo que dicen estos gurús sea absolutamente falso pero es lo cierto que, como muchísima gente cree en ellos, sus profecías se autocumplen y no es infrecuente que cuando los inversores observan la figura de marras se apresuren a obrar en consecuencia.

Esto es muy parecido a lo que ocurre con las supersticiones: dado que el 13 es generalmente considerado como un número de mal agüero en muchos hoteles no hay habitación ni planta 13. Lo del 13, obviamente, es una gilipollez pero, el mero hecho de que lo crea una parte importante de la población, tiene efectos tan curiosos como el que les he citado.

La costumbre de no trabajar un día a la semana es otra de esas profecías autocumplidas, fíjense:

Para los babilonios los días 7, 14 y 21 del mes eran «nefas» (de mal agüero) y, por tanto, inapropiados para llevar a cabo ninguna tarea. A esos días en que no hacían nada por ser de mal agüero les llamaron «shabatu» de forma que los judíos, durante su cautiverio en Babilonia, copiaron la costumbre, la dotaron de origen divino y llamaron Shabat a esos días de forma que, cuando volvieron a su tierra tras el exilio, respetar el Shabat se volvió uno de los rituales clave de su religión, ritual que, luego, fue copiado por otras religiones.

Yo acabo de ver «dos topes» en la gráfica de cotizaciones del bitcoin (igual es imaginación mía o no estoy mirando bien el hígado de la criptomoneda) y he formulado mi pronóstico.

Veremos si se cumple.

Los nuevos astrólogos

Los nuevos astrólogos

Antes los arúspices examinaban las entrañas de los animales para adivinar el futuro, los augures analizaban el vuelo de las aves y los astrólogos la posición de los astros; con ello se aventuraban a predecir el futuro si bien sus pronósticos, como los del oráculo de Delfos, solían ser lo suficientemente crípticos como para que el destinatario de los mismos nunca pudiese estar del todo seguro del sentido de la predicción.

No es extraño, si hay algo difícil es realizar predicciones de hechos futuros, tanto que, sin apoyo del método científico, tal labor es un puro engaño. Es por eso que los farsantes dedicados a las artes adivinatorias («mancias») rodeaban sus predicciones de un aparato pseudocientífico que podía ir desde el análisis del hígado de una vaca muerta a pimplarse —previa observación de sus características organolépticas— una buena dosis de vino («enomancia»); arte adivinatoria esta muy usada hoy por una legión de farsantes que ya no es que se muestren incapaces de adivinar el futuro en el vino, sino que son incapaces de advininar la uva de que está hecho.

Pues bien, la nueva mancia es el análisis de las curvas de los mercados financieros. A esta nueva mancia (quizá debamos llamarla «kampilymancia» por darle un toque grecolatino) se pliegan multitud de agentes económicos y participa de las viejas mancias en lo abstruso de su lenguaje y en una amplitud tal de sus predicciones que lo mismo sirve para predecir un crack bursátil que una subida generalizada en los mercados.

Si antes eran Marte o Ceres las deidades a observar ahora es el dios dinero. Déjenme que les ponga un ejemplo de una de esas predicciones:

Bitcoin (BTC) superó la barrera de los USD 19,000 el 24 de noviembre y está tratando de subir lo poco que le falta para alcanzar la marca de los USD 20.000. La formación de un patrón de velas Doji el día de hoy sugiere que los alcistas dudan si comprar agresivamente en los niveles actuales. Sin embargo, la buena noticia es que los alcistas no han permitido que el precio caiga, ni siquiera a la media móvil exponencial de 20 días (USD 17,095), desde que comenzó la tendencia alcista el pasado 8 de octubre. Esto demuestra que los alcistas están comprando hasta en las caídas más pequeñas.

Rakesh Upadhyay «Cointelegraph» nov. 25, 2020

Los nuevos augures, en lugar de observar el vuelo de los pájaros, observan las formas que dibujan las curvas de los mercados y así, a cada patrón, le asignan significados y nombres diversos: velas Doji, cabeza-hombros, mechas…

Con esos patrones en mente los augures tratan de predecir la evolución de los mercados del mismo modo que los antiguos advinos, es decir, a través de profecías abstrusas y lo suficientemente ambiguas como para que sirvan de apoyo para una predicción y su contraria.

Esta madrugada ha bajado el bitcoin con fuerza en una caída no predicha por nadie ayer y, hoy, ya aparecen los adivinos del pasado explicando por qué está pasando lo que está pasando, cosa que, pienso yo, si hubiesen hecho ayer, habría estado mucho mejor.

Según avanza la mañana bitcoin fluctúa y todos los adivinos actualizan sus predicciones para actualizar su explicación del pasado. Es curioso cómo viejas técnicas de hace 8.000 años aún siguen funcionando en la actualidad, han cambiado el hígado de la vaca por curvas de precios pero el proceso, en conjunto, no ha cambiado lo más mínimo.

Este año subió bitcoin en una subida imprevista y hoy, a esta hora, baja (de forma ya no tan fuerte como esta madrugada) de forma también imprevista. A la hora de la verdad, en los asuntos del futuro ajenos al determinismo científico, nunca existen predicciones sino post-dicciones ni tampoco hay profetas sino post-fetas.

La posesión de la cultura

La posesión de la cultura

Si en algo ha estado de acuerdo la humanidad a lo largo de los siglos es que la cultura y el conocimiento eran el primer motor de progreso para la especie humana. No es raro, por tanto, que fuesen muchas las personas que trataron de almacenar y preservar todo el conocimiento del mundo por el bien de la especie humana.

Quizá el primero en hacerlo fue un zagal de Cartagena, Isidoro, luego obispo de Sevilla, quien, al escribir sus «Etimologías» escribió la primera enciclopedia del mundo, única compilación del saber humano hasta la aparición, mucho más de mil años después, de la enciclopedia de Diderot y D’Alembert. (En la primera foto un incunable de las «Etimologías» de Isidoro).

Aunque legislaciones poco convincentes trataron de establecer derechos de propiedad sobre parcelas del conocimiento (patentes de medicamentos o de software) a los juristas eso nunca pareció preocuparles pues, nuestro trabajo, se basa en el aprendizaje, cita y análisis de opiniones y textos jurídicos ajenos. Si algún juez del Tribunal Supremo exigiese derechos de autor por citar sus sentencias sería sin duda millonario, pero la sociedad no funciona así; en el mundo forense las únicas piezas literarias a las que la ley reconoce derechos de propiedad intelectual son los informes forenses de letrados y letradas. No es, por eso, extraño que fuesen dos abogados belgas, Paul Otlet y Henri La Fontaine, unos de los más tenaces activistas en la filantrópica tarea de almacenar todo el conocimiento del mundo y lo hicieron conforme a un sistema racional de organización llamado la «Clasificación Decimal Universal» (CDU) con arreglo al que reunieron una ingente cantidad de datos en un archivo llamado «Mundaneum» (la segunda de las fotografías).

En la era de la información esta inclinación del ser humano por acaparar y compartir datos, por difíciles de conseguir que sean, puede ilustrarse (foto 3) con los servidores del CERN (Centro Europeo de Investigación Nuclear) lugar en el cual Tim Berners Lee inventó el lenguaje «html» para poder compartir e interrelacionar conocimiento dando así origen a la web que hoy ocupa nuestras vidas.

Sin embargo, si hay un lugar donde se organiza y acumula conocimiento es en Google, una industria privada a donde acudimos a buscar el conocimiento que necesitamos, pero, sorpresa.

Las fotografías dos y tres son de un fotógrafo, Philippe Braquenier, un profesional que ha dedicado parte de su vida a documentar gráficamente los lugares donde la humanidad almacena sus conocimientos.

Braquenier nunca tuvo dificultad en acceder a lugares secretos (incluso a uno de los búnkeres suecos de la segunda guerra mundial donde wikileaks guarda sus datos) pero uno, precisamente Google, le negó la entrada afirmando que nunca nadie había tebido acceso y nunca nadie lo tendría. La única foto que pudo tomar es la que ven en cuarto lugar.

Para pensar.

Si vas a atribuir falsamente un texto a alguien, al menos hazlo bien

Si vas a atribuir falsamente un texto a alguien, al menos hazlo bien

Ando leyendo por las redes unas citas del Quijote evidentemente falsas. Al principio la cosa me causó tristeza (quienes colocan expuestos a la risa pública ese tipo de citas es evidente que no han leído el Quijote); luego me produjo enfado (las citas tienen un clara intencionalidad política y usar la obra de Cervantes de forma partidaria me parece deleznable) y luego, debo confesarlo, curiosidad y preocupación.

El ser humano, a pesar de usar novísimas herramientas tecnológicas, usa de los mismos engaños de siempre y uno de los engaños más repetidos ha sido este de la falsa atribución, los más grandes engaños han sido construidos usando de esta superchería.

Ya desde la noche de los tiempos, para dar autoridad a un texto, se ha atribuido su autoría a alguien famoso o poderoso. El Antiguo Testamento, sin ir más lejos, recurre a este truco y atribuye sus cinco primeros libros (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio) a la pluma del mismísimo Moisés. Obviamente estos cinco libros (el Pentatéuco) no pudieron ser escritos por un mismo personaje y así está demostrado por los expertos de forma irrefutable. Si usted no me cree o quiere un ejemplo le diré que si Moisés hubiese escrito estos libros el mayor milagro que en ellos se contendría sería que el mismo Moisés habría narrado su propia muerte.

No, estos cinco libros (el Pentatéuco para los cristianos, la Torá para los judíos) no son obra de Moisés pero ahora, unos 2700 años después de su redacción, si son de Moisés o no importa poco: su falsa atribución surtió efecto y son la base de una realidad religiosa imparable.

Este fenómeno de falsa atribución es moneda común en los textos antiguos. El Eclesiastés, por ejemplo, se atribuye a Salomón (el autor se llamó a sí mismo «hijo de David» y «Rey en Jerusalén») porque así lo provocó su autor, a quien le pareció mejor dar autoridad al libro a través de una falsa atribución que buscar la gloria personal firmándolo con su nombre.

Más aún, se contienen en la Biblia textos que sabemos positivamente que no son más que trasuntos de otras obras mesopotámicas y egipcias que fueron escritas miles de años de la Biblia. Una que a mí me hace especial gracia es la contenida en el libro de los Proverbios, Capítulo 31, que comienza con «Palabras del rey Lemuel; la profecía con que le enseñó su madre…»

El texto —simpático donde los haya— nos muestra a la madre de Lemuel recomendando a su hijo que no beba vino ni cerveza y exhortándole a que no sea putero, pues no está bien que los reyes ni los príncipes lo sean. Pues bien, este Lemuel, no era judío ni israelita, era el Rey de Masá, un pueblo pagano. La misma escritura se encarga de aclarar que estas enseñanzas fueron dictadas por su madre (no inspiradas por Yahveh) pero, aún así, el texto se insertó en la Biblia y, si se leyese este fragmento en alguna celebración litúrgica, el sacerdote concluiría su lectura afirmando: «Palabra de Dios».

La falsa atribución, pues, no es nada nuevo y, en una pirueta genial de Cervantes, el propio autor realiza en su obra una falsa atribución pues atribuye a Cide Hamete Benengeli (un personaje ficticio) la verdadera génesis de la historia.

Genial Cervantes.

Así pues, queridos internautas aficionados a tomar el nombre de Cervantes, Einstein y hasta del mismo dios de Israel en vano: si váis a realizar una falsa atribución al menos hacedla con arte, hacedla bien y no de forma tosca.

Y un aviso a navegantes: cuando vean una cita atribuida a Cervantes, Einstein o al mismo Papa de Roma no se la crean sin comprobarla; internet está lleno de gente que cree poder engañar a sus semejantes con un truco conocido desde el Génesis.

Y nunca mejor dicho.

El Covid-19 y la información viral

Han pasado ya 37 días bajo el estado de alarma y las noticias sobre el coronavirus comienzan a ser cada vez más deflectadas por una población que es cada vez un blanco más difícil para ellas. Por no citar a España citaré a los países anglosajones.

Cito a «Wired»:

«A lo largo de marzo la población británica surfeó incansablemente a la busca de noticias sobre el coronavirus; el periódico inglés The Guardian recibió 2.17 mil millones de visitas, un aumento de más de 750 millones con respecto al récord anterior establecido en octubre de 2019. El discurso de Boris Johnson a la nación el 23 de marzo fue una de las transmisiones más vistas en la historia de la televisión del Reino Unido, con más de 27 millones de espectadores en vivo, rivalizando con la final de la Copa del Mundo de 1966 y el funeral de la princesa Diana.

Pero ahora, cuando el Reino Unido entra en la cuarta semana de aislamiento, han surgido nuevas cifras que parecen mostrar que su interés en el contenido del coronavirus está disminuyendo. La investigación realizada por NiemanLab, la principal institución de periodismo en la Universidad de Harvard, muestra que para el 9 de marzo, una de cada cuatro páginas vistas en los sitios de noticias estadounidenses estaba en una historia de coronavirus, y el tema era «generar el tipo de atención en una semana que la acusación de Donald Trump lo hizo en un mes «. El tráfico alcanzó su punto máximo el 12 y 13 de marzo con la dirección de la Oficina Oval de Donald Trump, el diagnóstico de Tom Hanks y la suspensión de la NBA.

A finales de marzo, esta atención había disminuido, continuando su pendiente descendente en la primera semana de abril, antes de caer a niveles bastante normales esta semana. Parece que hemos desarrollado fatiga por las noticias sobre coronavirus. ¿Pero por qué ha sucedido esto? ¿Podría la gente realmente estar perdiendo interés en un evento tan catastrófico? ¿Y qué significa esta caída para la estrategia del gobierno?»

Leo este tipo de noticias y no puedo evitar volver a caer en mi particular visión informacional del mundo, una visión donde la información ocupa un lugar central. Si quieren no sigan leyendo, este es el momento porque, como este es mi espacio, yo sí seguiré escribiendo para aquellos pocos que quieran leerme.

Las noticias y los virus son dos manifestaciones de la misma realidad: la información. Y por eso, porque son la misma cosa, es por lo que, los seres humanos, nos comportamos frente a noticias y virus siguiendo un patrón idéntico: la curva del modelo SIR cuyo «aplanamiento» ocupa todos nuestros telediarios.

La noticias y los virus, como información que son, dependen para su propagación de una serie de factores que son los contemplados para los virus en el famoso modelo SIR; es decir, la propagación de un virus y una noticia depende de cuánta población sea «susceptible» (S) de ser infectada/alcanzada por la noticia/virus propagados.

Una vez el virus/noticia alcanza a una persona susceptible y la infecta (I) esta propagará la información/virus con arreglo a un determinado factor de contagio (Ro); es decir, si yo caigo infectado pasaré el virus a una, dos o más personas de media o pasaré la noticia a una, dos o más personas de media.

¿Por qué los seres vivos transmitimos los virus y la información?

Porque la información ES ASÍ. Toda información/virus se propagará mientras no encuentre barreras o no falte la energía. La información/virus mutará hasta alcanzar la forma que la dote de un mayor éxito replicativo.

La información/virus funciona así y no puede funcionar de otra manera: un virus/información con poco éxito replicativo se extingue, por eso solo «sobreviven» (ni la información ni los virus son seres vivos) aquellas informaciones/virus con éxito replicativo. La ley de la evolución hace el resto: donde hay réplica y mutaciones esta ley predice —y acierta— que las entidades mutarán hasta alcanzar su mayor éxito replicativo.

Los virus nos hacen estornudar porque supone para ellos una ventaja replicativa; las noticias nos provocan un deseo irrefrenable de compartirlas porque de esta forma aseguran su replicación.

Ocurre con los virus lo mismo que con las noticias: cuando sube el número de infectados por los virus/informaciones la población susceptible de ser alcanzada por esos mismos virus/informaciones disminuye de forma que la tasa de contagios empieza a bajar. Una vez superada la fiebre y la tos o el deseo vehemente y febril de contar la noticia, comenzamos a reaccionar contra el virus/información y nos inmunizamos contra él, somos ya la «R» del modelo SIR. El virus, una vez superada la etapa de infección, nos es conocido y ya no nos afecta, nuestro organismo lo rechaza; la información, una vez conocida, ya no nos vuelve a infectar, ya no nos produce el febril deseo de contarla y transmitirla, al igual que un chiste conocido no nos hace gracia una información sabida de hace tiempo nos produce rechazo y no la atendemos. Llegados a este punto la información/virus comienza a marchar camino del olvido.

Hace tiempo que sostengo la tesis de que la información (y los virus como una especie de ella que son) comparten idénticos modelos matemáticos de propagación aunque, a lo que parece, esto que yo pienso no interesa a nadie. Sin embargo, a pesar de lo anterior, a mí este criterio informacional que mantengo me parece determinante para entender el mundo.

Sé —lo tengo comprobado durante estos 22 años de escribir posts en internet— que esto no interesa a nadie y lo comprendo; parece aburrido.

Sin embargo, a mí, al menos, me permite tener un criterio para entender la realidad, desde las religiones a la economía o el derecho y, en estos tiempos, para vivir apasionadamente esta pandemia de una muy particular forma de información a la que hemos llamado Covid-19.

Las guerras informacionales

Las guerras informacionales

A finales del siglo XX muchos pensadores llegaron al convencimiento de que la guerra, en cuanto que empleo de la fuerza, era ya un ejercicio imposible a gran escala.

Las naciones habían vivido casi medio siglo al borde del holocausto nuclear y era evidente para todos que las más poderosas armas nucleares nunca podrían ser usadas. La humanidad había llegado a tal punto en el desarrollo armamentístico que, las armas más potentes de que disponía, ya no sólo eran capaces de acabar con el enemigo sino que, también, eran un arma letal contra la propia nación que las usase. Con esas armas se podía aniquilar al enemigo, sí, pero quien las usase no sobreviviría para contarlo. Las potencias nucleares, a la vista de ello, establecieron una doctrina a la que llamaron Mutually Assured Destruction «MAD» (loco, destrucción mutua asegurada) y esa doctrina del terror nuclear fue la que durante décadas pareció asegurar la supervivencia de nuestra especie.

Por aquellos años el pensamiento estratégico de los militares comenzó a apartarse del mero
uso indiscriminado de la fuerza y se centró más en entender qué eran esos conceptos a los que se llamaba victoria y derrota.

Las guerras de Vietnam y Afghanistán fueron dolorosas enseñanzas para las dos grandes potencias del momento de que las guerras no se ganan solo por el uso de la fuerza, sino por factores que, por entonces, se conocían como guerra psicológica y que hoy denominamos de forma muy diferente.

El caso de la derrota norteamericana en Vietnam fue clave para entender el cambio de doctrina estratégica que tuvo lugar en aquellos años.

Al acabar la Segunda Guerra Mundial, Vietnam era una colonia francesa que luchaba por obtener su independencia lo que originó la llamada Primera Guerra de Indochina (1946-1954), en la que las tropas coloniales francesas se enfrentaron al movimiento de liberación conocido como el Viet Minh, liderado por los comunistas de la Indochina francesa.

Después de que los franceses abandonaran Indochina tras la humillante derrota de Dien Bien Phú en 1954, en la Conferencia de Ginebra se decidió la separación de Vietnam en dos estados soberanos (Vietnam del Norte y Vietnam del Sur) y la celebración de un referéndum un año después, donde los vietnamitas decidirían su reunificación o su separación definitiva.

El referéndum jamás se llevó a cabo: los dirigentes del Sur optaron por dar un golpe de estado y no celebrarlo para evitar que ganara la reunificación. Por este motivo Vietnam del Norte comenzó las infiltraciones de soldados en apoyo de las guerrillas procomunistas de Vietnam del Sur (el Vietcong) con el objetivo de reunificar la nación.

Estados Unidos, en virtud de la Doctrina Truman y lo que se llamó la Teoría de las fichas del dominó, a partir de 1964 comenzó a enviar tropas a Vietnam del Sur para evitar su conquista por el norte comunista, dando lo que se conocería como la Guerra de Vietnam.

La tremenda capacidad militar de los Estados Unidos se dejó sentir pero las guerrillas del Vietcong y el Ejército de Vietnam del Norte, apoyados por China y la URSS, se defendieron con tenacidad causando no pocas bajas al ejército de los Estados Unidos.

El clímax de esta guerra se alcanzó en 1968 con la denominada «Ofensiva del Tet». La planificación de la ofensiva fue meticulosa y la ejecución bien realizada,pero los resultados militares resultaron desastrosos para los comunistas.

Las bajas norvietnamitas superaron las 100.000 mientras que los estadounidenses apenas si sufrieron 4.000, pero esto fue suficiente para que, desde ese ese momento, la guerra quedase irremisiblemente perdida para los Estados Unidos.

A pesar de que Estados Unidos había vencido convincentemente las imágenes de los guerrilleros del Vietcong atacando la Embajada Norteamericana en Saigón causaron honda impresión en la opinión pública estadounidense y, los 4.000 soldados norteamericanos muertos, fueron una cifra imposible de digerir en aquellas circunstancias.

Fotografía de Eddie Adams. El general de Brigada sudvietnamita Nguyen Ngoc Loan disparando a un prisionero del Viet Cong: Nguyen Van Lem. Image copyright | AP / BRISCOE CENTRE FOR AMERICAN HISTORY

Imágenes impactantes como la del fotoperiodista Eddie Adams en donde se ve al General de Brigada Sudvietnamita Nguyen Ngoc Loan disparando a un prisionero del Viet Cong produjo un impacto sólo comparable al de la niña Phan Thị Kim Phúc corriendo desnuda tras un ataque norteamericano con napalm.

El movimiento hippie, declaradamente pacifista, se extendía en esa década por norteamerica; las acciones públicas de figuras famosas como Cassius Clay (desde entonces conocido como Muhammed Alí) negándose a ser reclutado («Ningún Vietcong me ha llamado nunca negro», dijo) también ayudaron a crear un fuerte sentimiento contra aquella guerra en la sociedad estadounidense.

Por si algo faltaba, en 1969, las manifestaciones de protesta se multiplicaron cuando se hicieron públicos los sucesos acaecidos un año antes en el pueblecito de My Lai donde, soldados del ejército norteamericano,  a lo largo de cuatro horas, violaron a las mujeres y las niñas, mataron el ganado y prendieron fuego a las casas hasta dejar el poblado arrasado por completo.

Para terminar, reunieron a los supervivientes en una acequia y abrieron fuego contra ellos hasta matar a todos los habitantes de la zona (es decir, ancianos, mujeres y niños). Por «defectos» en la investigación aún hoy día no se sabe la cifra exacta de asesinatos, pero se estima que la cifra debió estar entre 347 y 504.

Tras esto era cuestión de tiempo que los norteamericanos retiraran sus tropas, primero, y vieran como Saigón caía en manos comunistas después.

La Guerra de Vietnam, pues, no se ganó en los arrozales del Delta del Mekong ni en la ruta Ho Chi Minh, sino en la voluntad del pueblo estadounidense que, por diversas razones, decidió que no quería pelear aquella guerra.

La victoria, pues, solo parcialmente se había conseguido en el campo de batalla mediante el uso de la fuerza, una parte fundamental de la victoria fue conseguir que el pueblo norteamericano desease no pelear aquella guerra.

Por eso, a finales del siglo XX, muchos pensadores llegaron al convencimiento de que la guerra, en cuanto que empleo de la fuerza, era ya un ejercicio muy poco útil.

Por eso, también, en los años siguientes, gracias al uso estratégico de los medios de comunicación, comenzaron a cambiar las formas de hacer la guerra, cambio que devino en revolución con el advenimiento de internet y la aparición de la sociedad hiperconectada.

La revolución de la información hizo así que se redefiniesen conceptos como victoria o derrota y que apareciesen nuevas armas y formas de combate.

Si vencer era imponer la voluntad propia al adversario ya no era necesario doblegarla a través de la fuerza o la amenaza, bastaba con hacer que dicha voluntad mutase a través de la persuasión, el error, el miedo, la confusión o cualquier otro elemento susceptible de hacer mutar la voluntad de los adversarios en el sentido deseado.

A principios del siglo XXI tal doctrina era ya indiscutible y la inversión en armas informacionales aumentó exponencialmente; incluso muchos militares denunciaron la inutilidad de seguir invirtiendo dinero en portaaviones y otros tipos de carísimas armas de destrucción material.

Las guerras informacionales estaban servidas.

En la actualidad Rusia, China y otras naciones invierten ingentes cantidades de dinero en un arsenal tan útil que, sin disparar un sólo tiro, puede permitirles colocar de presidente de los Estados Unidos a quién ellos deseen y no digamos lo que pueden hacer en países con menos capacidad tecnológica.

De cómo se libran estas guerras y de sus doctrinas militares, estratégicas y tácticas hablaremos otro día.

De virus y canciones: información y viralidades.

De virus y canciones: información y viralidades.

Ya que hoy vamos de virus hablemos de otro tipo de viralidades.

Seguro que en muchas ocasiones habrás oído decir que una información es «viral». ¿Qué quieren decirnos con esto? Antes de responder te diré que, a mi juicio, la expresión debiera efectuarse justo al revés; es decir, afirmando que los virus son «informacionales». Dicho de otro modo, los virus son una especie dentro del género de la información y por eso se comportan como ella.

Otro día les contaré cómo se comporta la información, hoy estamos de cuarentena y les propondré un experimento que puede ser ilustrativo y es comparar el comportamiento de un virus con un trozo cualquiera de información (eso a lo que Richard Dawkins llamó «meme»), por ejemplo una canción, una canción cualquiera, si tienen dudas piensen, qué les digo yo, en la «Macarena».

Ni un virus ni una canción son seres vivos pues son incapaces de reproducirse por sí mismos ni vivir fuera de huesped, son una especie de parásitos que sólo viven incorporados a otro ser vivo. Es verdad que, en cuanto que cadenas de información, puedes encontrarlos fuera de un ser vivo en forma de «viriones» o «partituras», pero un virión a la espera de un huesped donde incrustarse es poco menos que una melodía a la espera de entrar en la mollera de un humano.

Los virus, como las canciones, infectan cuando entran en contacto con el huesped, por eso lls productores musicales se empeñan en hacer sonar sus producciones en las cadenas de radio pagando por ello y, por lo mismo, los ejércitos medievales arrojaban cadáveres de enfermos de peste dentro de las ciudades que asediaban catapultándolos desde las lineas propias. Si no quieres quedar infectado por un virus o una canción lo mejor es que te pongas en cuarentena apagando la radio o no saliendo a la calle.

Los virus (y las canciones) para tener mayor eficacia reproductiva y transmitirse más fácilmente evolucionan de forma que producen en su huesped comportamientos favorables a su transmisión; así hay virus que producen estornudos o tos (esto facilita su proyección hacia otros huéspedes) y, por lo mismo, hay canciones que inducen a los por ella infectados a dar saltos y contorsionarse en una extraña patología llamada «baile» (¡Heyyyy Macarena! ¡Aaaaaarrghhhh!) de forma que otros incautos se ven atraídos por tan llamativa y aparentemente divertida conducta.

Como buenas entidades informacionales los virus y las canciones mutarán hasta alcanzar su máxima eficacia replicativa y por eso la gripe cada año es distinta y por eso «Macarena» acabó cantándose en inglés con una versión que, eso sí, mantuvo siempre los genes esenciales de su ADN musical (¡Heyyyy Macarena! ¡Aaaaaarrghhhh!).

Ocurre con las canciones como con los virus que, cuando se te pasa la fiebre de esa canción que se te ha metido en la cabeza y cantas todo el día te acaba hartando. Sí, has elaborado los necesarios anticuerpos y ahora estás vacunado contra ella, la canción no te gusta, ahora incluso te molesta, y no volverá a «infectarte» hasta que la olvides o mute hasta una forma para la que no dispongas de anticuerpos. Justito igual que los virus.

Sí, sé que todo esto te parecerá gracioso pero ¿Qué dirías si te digo que epidemias y canciones se propagan siguiendo idénticos patrones? ¿Qué dirías si te digo que ADN y ARN no son más que unas cadenas de información?

Sé que no me vas a creer pero el mundo, el universo, se compone solo de tres cosas: materia, energía e información y virus, viriones, viroides, canciones, literatura o fórmulas bioquímicas no son más que especies de un género fascinante: la información.

Es verdad que lo que he escrito aquí es no más que una broma pero, créeme, yo que tú no me reiría demasiado.