El Evangelio según Cartagena

Nada me divierte más que ver procesiones en semana santa. No es cuestión de fe, no; tampoco es cuestión de patriotismo local (disfruto con una procesión en Cartagena tanto como en Sevilla o La Rioja), es más bien un interés puramente intelectual el que me mueve a ver procesiones. Permítanme que no les aburra contándoles cuál es ese interés intelectual; déjenme tan sólo decirles que me fascina cómo el pueblo puede tomar en sus manos las sutilezas teológicas propias de la religión católica y transformarlas a veces en brutales caricaturas pero también, en muchos casos, en sutiles obras de arte que, si bien no nos explican la doctrina cristiana, sí que nos enseñan aspectos de cómo son los hombres que las dieron a luz. Al final, puestos los evangelios en las manos del pueblo y por más que la jerarquía eclesiástica controle las manifestaciones religiosas, parte de la doctrina del pueblo se cuela entre las escenas de la pasión y nos cuenta un evangelio distinto de los cuatro oficiales y ese es el que me interesa leer en semana santa. Yo sé que usted, a poco que lo piense, reconocerá versículos de ese quinto evangelio según sus vecinos en las procesiones de su pueblo. Yo no voy a tratar de escribir hoy completo el Evangelio según Cartagena pero, esta noche de Miércoles Santo en que he de velar y no tengo nada mejor que hacer, me van a permitir que ponga, negro sobre blanco, alguno de los versículos que, viendo procesiones, me ha ido enseñando mi ciudad.

Los californios, «SPQR», San Pedro y la Institución del Papado.

Y yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra, edificaré mi Iglesia… (Mateo, 16, 18-20)

La institución del papado en Cartagena no es cosa que preocupe demasiado al paisanaje pues, para eso, los «judíos»1 (soldados romanos) la llevan inscrita en el lábaro: «SPQR»2.

Un clásico en la Cartagena de mi infancia era preguntar a los padres qué significaba el críptico anagrama «SPQR» que llevaban los «judíos» como insignia. Usualmente la respuesta de los padres no era instantánea: conscientes de que la historia que iban a contar no la habían leído en ningún libro se aseguraban primero de que nadie estuviese escuchando y llegado el momento propicio te contaban una historia parecida a esta…

El «SPQR» se pone en recuerdo de un pecado de soberbia de San Pedro. Jesús, antes de subir al cielo, le dijo a San Pedro que iba a ser Papa pero a San Pedro no le gustó el asunto porque le parecía poca cosa: los Papas mandan muy poco, no tienen ejército ni soldados y además no pueden casarse ni nada. Pedro, cuando Jesús le dijo que iba a ser Papa, le contestó que él prefería ser rey, porque los reyes mandan más. Jesús se enfadó y le dijo a San Pedro que era un bruto, que ser Papa es mucho más importante que ser rey y en recuerdo del pecado de soberbia de San Pedro en las procesiones sale ese cartel «SPQR» que significa «San Pedro Quiso Reinar»

La historia a usted quizá le parezca delirante y sin embargo es perfectamente natural en Cartagena, pues, en mi ciudad, San Pedro más que un sabio apóstol es un santo californio carpintero de ribera que trabaja en el cuartel de cañones del Arsenal Militar, es hombre rudo y según la tradición más aficionado al vino que a las sutilezas teológicas. Si no creen esto que les cuento el Martes Santo del año que viene harán bien en venir a Cartagena y comprobar cómo anualmente el Almirante de la Flota arresta a San Pedro por su vida desordenada. ¿Surrealista? No: Cartagena. Si piensa que no es verdad esta historia que le cuento de San Pedro queriendo ser rey está en su derecho, pero, le aseguro que, hasta los años 60 y aún más tarde, es así como los padres explicaban a sus hijos el, de otro modo incomprensible, «SPQR». Seguro que en su pueblo, si rasca usted un poquito, SPQR tiene su propia historia.

Los marrajos y Longinos (¿Qué sabía Longinos?) La Lanzada, San Juan 19, 34.

Si algo es desconcertante para los cartageneros son esos paños que portan los capirotes en Semana Santa y en los que van bordadas palabras o frases evangélicas. Últimamente la fea costumbre de bordar las frases en castellano está acabando con la rica variedad de explicaciones que provocaban los textos escritos en latín o griego pero, aún así, la delirante imaginación levantina se abre paso entre la ortodoxia del clero. Les pongo un ejemplo.

La historia que voy a contarles ocurrió cuando los marrajos iban a sacar un nuevo y polémico «trono» (La Lanzada) y sus fundadores andaban atareadísimos cuidando todos los detalles… de entre ellos no era el menor cuáles serían las frases que los «evangelios» (los paños de que les he hablado) llevarían. Estaba la cosa casi concluida cuando cayeron en la cuenta de que con el número de textos redactados no sería posible mantener la simetría y eso, en Cartagena, es un dogma de mayor peso que el de la transustanciación. En esta ciudad, en semana santa, todo ha de ser simétrico, ordenado, obsesivamente reglado y la falta de simetría es un pecado inadmisible así que los promotores del nuevo trono decidieron añadir otro evangelio más con la críptica frase «Longinos lo sabía».

La cosa se gestó en un bar ya desaparecido (el inolvidable «Puerto Rico») y sospecho que el alcohol inspiró a los creadores de la frase pues la misma, como cualquiera puede comprobar, simplemente no figura en ningún evangelio oficial. La cosa alcanzó tintes surrealistas cuando un miembro de la autoridad eclesiástica pidió a los «evangelistas» que le aclarasen «qué era lo que sabía Longinos». Puede parecerles increíble pero esa frase, aunque no lo crean, tiene una larguísima tradición que se remonta a los primeros siglos de cristianismo. Si no me cree compruébelo: una tradición piadosa quiere que el soldado (Longinos) que atravesó con su lanza el pecho de Cristo tras eso se convirtiera al cristianismo. Si Longinos era bueno no parece sensato que matase a Cristo en el Gólgota y por eso el quid de la cuestión estaba en que cuando Longinos abrió con su lanza el pecho de Cristo «sabía» que ya estaba muerto y por tanto no podía matarle. Como les decía al principio, a veces, el alma popular se sintoniza con la historia y ofrece resultados sutiles y si no fíjense en personajes que no figuran en los evangelios (La Verónica, por ejemplo) y cómo una tradición externa a las escrituras oficiales la ha llevado a formar parte de nuestra semana santa. Otro día les hablaré de la cartagenerísima Samaritana (este año no está el horno para bollos tras lo que ha pasado) y de cómo las investigaciones de mi amigo Juan L.S. han revelado que, la mujer que dio agua a Dios en Siquem, pudo acabar predicando en Pozo Estrecho rodeada de nuestros «galileos» locales. Lo dejo para otro año o quizá para un mejor escritor que yo.

No seguiré, los pasajes que se pueden citar son innumerables; no es que Dios en Cartagena escriba con renglones torcidos es que aquí hasta los marrajos pueden escribir el «titulus crucis» al revés3. Por esta noche está bien, mañana será otro día.


  1. Llamar «judíos» a los soldados romanos es una de esas «confusiones» que resultan no serlo tanto y son más frecuentes de lo que cabría sospechar. Otro día se lo cuento. ↩︎
  2. «Senatus Populusque Romanus» (El Senado y el Pueblo de Roma), también se usaba como PSQR aunque es menos popular (Populus Senatusque Romanus). ↩︎
  3. Si no conocen la historia del estandarte marrajo y el «titulus crucis» investíguenla, es apasionante. ↩︎

Limón escurrido

El arroz es comida, ya lo conté en otro post, que provoca discusiones casi teológicas; discusiones que, debidamente mezcladas con el gusto personal de alguien o con la ultima ocurrencia político-local del momento, pueden dar lugar a auténticas leyendas urbanas. En estos días he tenido que lidiar con una.

Tengo por seguro que, si usted hace memoria de cuantas paellas haya comido o simplemente visto en fotografía, en ellas figurará como elemento casi inevitable el limón. He hecho la prueba, he buscado en google la palabra “paella” y en el apartado de imágenes puedo asegurarles que en la mitad de ellas figuraba el limón. En unas aparecían carnes, en otras verduras, en otras mariscos, en otras pescado… que fuesen “paellas” todos los platos de las imágenes no puedo afirmarlo pero que el limón era el ingrediente visible más repetido a excepción del propio arroz eso sí puedo decirlo.

En tiempos recientes se ha puesto de moda una curiosa leyenda urbana en relación a esos limones que ven ustedes en las fotos y es una peregrina tesis que sostiene que los limones que aparecen en las paellas no se consumen sino que están de adorno, porque al arroz -según esta leyenda urbana- jamás se le debe añadir limón, acción esta que, según estos novísimos teólogos de los arroces, es poco menos que herética.

Vayamos por partes (como los limones en las paellas): sostener que los antiguos andaban sobrados de limones y que los colocaban en las paellas por puro gusto estético no parece ni sensato, ni cierto, ni respetuoso.

No es sensato porque a uno se le ocurre que, puestos a desperdiciar limones, para estos antiguos que no tenían refrescos carbonatados de limón, mejor les resultaba el hacerlos en ensalada (deliciosa la ensalada manchega de limón) o en “aigua-llimó”.

No es cierto porque, como veremos, los limones son la auténtica “navaja suiza” de cualquier paella.

No es respetuoso porque, teniendo en cuenta que nuestra generación no ha inventado la paella, debiéramos mirar con cierto respeto lo que nos legaron aquellos que también nos legaron la propia receta de la paella y de los demás arroces que en el levante español se hacen. Así que, si estos antiguos tenían la manía de “decorar” sus arroces con limón y “escurrir” alguno que otro sobre el arroz, antes de criticar la costumbre haríamos bien en tentarnos la ropa con cuidado.

Hago un inciso aquí; observarán que he dicho “escurrir» un limón y no “exprimir” y lo he hecho a conciencia, porque han de saber ustedes que en el sur valenciano, el este de Albacete y en los territorios de la sacratísima Diócesis de Cartagena los limones no se “exprimen” (eso son cosas que hacen madrileños, barceloneses y otros finústicos habitantes del norte) sino que se “escurren”. También en valenciano el limón se “escurre” (escorregut) y no se “exprime” (expremut) pues esta región del arroz bien hecho se da el lujo de disponer de un verbo específico para la acción de aliñar una comida con limón, extremo este que, de inicio, debiera hacer reflexionar a la muy errada y novísima cofradía del “limón exprimido/llimó expremut”.

Y ahora vamos a lo que importa: ¿por qué el limón está omnipresente en casi todos los arroces levantinos hasta formar parte casi consustancial con ellos? Si me lo permiten lo resumiré en tres razones (hay muchas más):

La primera por una pura cuestión higiénica. Los jabones con “limones salvajes del Caribe” los inventamos en estas tierras antes que existiese la TV y como quiera que la paella se coloca al fuego sobre leña que deja hollín una de las más eficaces formas de eliminarlo es el limón; ni que decir tiene que usar las manos para comer marisco es indispensable y ahí nuevamente el limón tiene amplio uso superando eficazmente a esas modernústicas toallitas. No necesito explicarles lo que les ocurrirá si hacen un arroz con alcaciles y presciden del limón: aunque sea usted prioste de la finústica cofradia dels expremuts le auguro un futuro negro a su arroz. Así pues, el limón, la navaja suiza de la gastronomía de esta zona, tan sólo por estas finalidades higiénicas tendría mucho sentido.

La segunda razón es de salud. Como cualquier médico especialista le dirá, para una cómoda digestión de comidas grasas no hay mejor específico que unas gotas de limón. Por eso, con sabiduría infinita, los viejos añadían limón principalmente a los arroces de carne o a cualquier otro que, por un motivo u otro, pudiese resultar pesado. De ahí que la presencia del limón en las presentaciones varíe en función de los ingredientes del arroz que vamos a comer (los de la cofradía dels expremuts nunca han dado una buena explicación a este fenómeno). Por cierto, esta sabia costumbre de añadir limón a los alimentos para hacerlos más fácilmente digeribles, alcanza sus mayores cotas de difusión en esa ciudad de la Diócesis de Cartagena que llamamos Murcia. Allí podrán ustedes ver que a las patatas fritas de bolsa, hijas de aceites poco fiables, se les añade limón, aliño que, además de darles sapidez, las hace mucho más digeribles. El murciano, para horror de los habitantes del resto de España, le “escurrirá” limón incluso al queso pero, si se fijan, no al queso fresco -pobre en grasa- sino al curado. Un murciano no comerá costillas “de vareta” o de cerdo sin limón (y hará bien) y sin embargo raramente le verán hacer lo mismo con la ternera, costumbres todas estas que nos indican que no hay tanta irracionalidad en las costumbres cuanto en las críticas.

La tercera de las razones para escurrirle un limón al arroz es puramente organoléptica: es un aliño maravilloso. Los de la cofradía dels expremuts sospecho que prohibirían el vinagre en las ensaladas (no se puede “estropear” el sabor de las hortalizas) con el mismo fundamento con el que prohiben el limón en el arroz. Allá ellos: conforme a dicho razonamiento no existiría guiso ni preparación alguna, especias y condimentos estarían prohibidos y deberíamos ingerir los alimentos crudos. Miren: el limón da sabor y a poco que el arroz tenga su poquita de grasa lo mejora sustancialmente.

Los aliños tradicionales de los arroces no son casuales: el “all i oli” que acompaña a los arroces de pescado y el limón del que hoy les hablo son el producto de la experiencia de muchas generaciones; cuando escurro un limón al arroz no soy el primero en hacerlo sino el último de una larga lista de generaciones, de forma que si eres de los de los de la cofradía dels expremuts deberías repensar la crítica fácil.

Creo que lo dicho es suficiente y, por si no lo fuera, les daré un último argumento inapelable: “A MI ME GUSTA”. Y, además de a mí, añadiré, a centenares de miles de personas habitantes, como, yo de estos reinos del “llimo escorregut/limón escurrido” que van desde Valencia a Almería y de Cartagena a Albacete.

¡Ah! Y si no le pones limón al arroz porque te parece que es “poco cartagenero”, entonces ya mejor no te digo nada.

«En facha»


Hay palabras y expresiones que forman parte de mi entorno pero que, fuera de él, no me atrevo usar. Me pasa eso con la expresión “en facha” pues temo, con fundamento, que no sea bien entendida por quienes no conozcan un poquito el argot de los marineros.

“Ponerse en facha”, “estar en facha” o “fachear” es detener el barco y mantenerlo quieto, cosa nada fácil cuando se navega a vela pues las velas han de disponerse de forma que unas contrarresten la acción de las otras y el resultado final sea la quietud de la nave. En barcos de varios mástiles la tarea es compleja y no exenta de arte.

En Cartagena la expresión “ponte en facha” no suele augurar nada bueno a los niños: yo la oía idefectiblemente cuando el médico o practicante iban a administrarme una inyección y mi padre o mi madre me exigían quietud y que me dejase arponear.

Hoy se me ha escapado la expresión (“en facha”) y me he alarmado un tanto por si mi interlocutor tomaba mi expresión por la errónea vertiente política… pero me he tranquilizado inmediatamente cuando me ha respondido: “a proa de la amura de babor…” que es justo la leyenda que exhibe este conocido grabado.

Ya me quedo más tranquilo.

La Nochebuena de 1873

La Navidad de 1873 fue quizá una de las peores navidades que pasó esta ciudad. Sitiada por fuerzas militares del gobierno centralista la ciudad había sido bombardeada durante meses y estaba llegando al extremo de sus fuerzas.

La prensa internacional, atraída por esta pelea de una sola ciudad contra el mundo (la poderosa escuadra cantonal había sido declarada pirata por el gobierno y era acosada por buques de guerra de otras naciones), ilustraba sus diarios con los sucesos -reales o imaginarios- que sucedían en Cartagena.

Esta tarde he recordado que conservo un ejemplar de la prensa francesa que ilustra el modo en que «los corresponsales» franceses describieron la navidad de 1873/74 y he bajado al trastero a buscarlo. La foto no es buena (las condiciones de luz no eran las mejores) pero creo que se aprecian bien los principales detalles: la explosión de la fragata «Tetuán», el estallido de los arsenales del Parque de Artillería y, en el centro de la imagen, dos soldados bailando mientras otros dan palmas y un tercero toca la guitarra. Fascinante para un francés, sin duda. La leyenda que hay al pié del dibujo dice:

«ÉPISODES DU SIÉGE DE CARTHAGÉNE: Explosion du magasin des munitions.- La nuit de Noël sus le feu des assiégès.- Explosion du navire Le Tetuan appartenant aux insurgees.-«

Cuando se habla del Cantón de Cartagena suele olvidarse que el mismo supuso una enorme destrucción para la ciudad y una dramática mortandad, así que aprovecho para desear a mi ciudad que no se repita y a ustedes feliz Navidad.

Aguilandos de Cartagena

La tierra donde vivo tiene su forma peculiar de cantar la navidad, forma peculiar que se particulariza más aún según la ciudad en que se cante e incluso el núcleo poblacional de donde sean los cantantes. Los villancicos del Campo de Cartagena no son iguales en Isla Plana, Tallante o La Aljorra, por ejemplo, pero tampoco son muy distintos de los de Murcia, por poner otro ejemplo.

La primera vez que oí cantar villancicos de Cartagena se los escuché a mi padre, que solía cantarlos por Navidad, villancicos que, en realidad, eran una especie de híbrido melódico cartagenero/murciano. Mi padre, aunque nació en el Cabo Tiñoso y se crió en Cartagena hasta los 10 años, hubo de huir con la familia a Murcia a causa de los terribles bombardeos que sufrió esta ciudad en la guerra civil y allí, en Patiño, acabó mezclando las melodías, distintas pero similares, de los villancicos de cada uno de los lugares.

El origen de estos peculiares «aguilandos» de mi tierra es muy discutido; no obstante, a mí me parece que la hipótesis más acertada es la que los hace derivar de un tipo de danzas muy populares en el Renacimiento que presentan una estructura armónica virtualmente igual a la de nuestros aguilandos, así como «ostinatos» característicos también. Yo no sé si ustedes han oido villancicos de mi tierra pero, tanto si los han oído como si no, disfruten de este «Guárdame las Vacas» de Alonso Mudarra y díganme qué les parece.

Si han oído alguna vez villancicos de mi tierra espero que convengan conmigo en que el parecido es notable, si no han oído villancicos de esta zona de España aquí les dejo un ejemplo con la cuadrilla de Tallante y supongo que encontrarán rápidamente el parecido.

Por lo demás, yo que estudié en Murcia en el claustro de La Merced no puedo dejar de mencionar en este punto a los Parrandboleros y su aguinaldo cantado a medias con Curro Piñana, un flamenco de Cartagena, de la familia Piñana (para quien sepa de flamenco de esta tierra no he de añadir nada más) y que arroja como resultado una curiosa mezcla de villancico murciano aflamencado y cartagenerizado con evolución a son cubano. Qué quieren que les diga, a mí me gusta, así que lo voy a aprovechar para desearles a todos una muy feliz Navidad, que es lo que procede en estas fechas. Va por ustedes.

La avenida de la corrupción

Al margen de las rutas turísticas habituales que hay en mi ciudad yo tengo mis propios itinerarios alternativos para cuando me visita algún amigo. Permítanme que hoy les hable de una de estas rutas turísticas alternativas, quizá la más corta, y que es la que yo llamo con cierta malignidad la “avenida de la corrupción”.

La ruta, relativamente interesante desde el punto de vista histórico, esconde para mí algunas enseñanzas que no me resisto a contarles… Vayamos por partes o “por estaciones” como en los vía crucis.

Primera estación: el submarino de Isaac Peral.


Ubicado en la actualidad en la antigua nave de fundición del Arsenal Militar (en una plaza contigua al antiguo CIM) todos los cartageneros lo conocen; es casi un “tótem” tribal, aunque, sospecho, que no muchos conocen algunos interesantes aspectos relacionados con él.

El submarino de Isaac Peral era, ante todo y sobre todo, un arma submarina y su creación respondía a las exigencias del más avanzado pensamiento estratégico del momento en materia de guerra naval: los postulados de la llamada “Jeune École”. Armado con torpedos, propulsado por un avanzado sistema de acumuladores eléctricos y gobernado a través de complejos aparatos de profundidades precursores de la cibernética, el submarino de Peral se dibujaba como un arma definitiva capaz de otorgar a España una ventaja estratégica incontestable.

Tales ventajas no gustaban demasiado a otros países -singularmente a Inglaterra que dominaba los mares en la época- por lo que rápidamente pusieron manos a la obra para que el proyecto de Peral no llegase a buen puerto. Pronto comenzaron a ocurrir sucesos inexplicables en torno al proyecto de Peral hasta que finalmente el propio gobierno español (los sobres no son una institución moderna)1 terminó con él para sorpresa y desesperación de muchos. Peral, moralmente hundido, abandonó la armada y se dedicó al negocio de los acumuladores eléctricos, fundando una compañía cuya sede social se encontraba en Madrid, en la calle Génova número 13… Ironías del destino. Si quieren conocer las razones exactas de por qué el propio estado español acabó con el proyecto de Peral pueden consultar la bibliografía existente al respecto, pero yo les sugeriría que no dejasen pasar por alto en este tema la alargada sombra de uno de los más repugnantes mercaderes de armas de la historia: el “británico” Basil Zaharoff.

Segunda estación: la batería de cañones del Arsenal.

Apenas a unas pocas decenas de metros de donde se encuentra ubicado el submarino de Peral, frente al antiguo CIM y dirigiendo sus apagados fuegos hacia el puerto, se encuentra la batería de cañones que protegía la entrada del Arsenal. Esta batería guarda algunas sorpresas, la más llamativa de las cuales es la presencia de cañones rusos. No es difícil distinguirlos: las águilas bicéfalas perfectamente conservadas los delatan. Cómo llegaron hasta España estos cañones es la segunda estación de nuestro particular vía crucis.

Tras la Guerra de la Independencia nada quedaba de la magnífica escuadra con que contaba la Armada Española desde tiempos de Carlos III2. La construcción o adquisición de nuevos barcos se hacía indispensable y de esta necesidad y de la vileza de Fernando VII nació el llamado Tratado de Madrid de 1817.

Fernando VII, que era hombre más versado en lupanares que en navíos, en aquellos años andaba encandilado por “La Pepa”. Esta “Pepa”, obviamente, no era la Constitución de 1812 sino Pepa “La Malagueña”, una mujer en cuyo cubículo paraba tan a menudo el rey infame que incluso se tramó una conspiración para asesinar en él al abyecto monarca.

Pues bien, a espaldas de quienes entendían algo de barcos, sujetos como el rey infame, Pepa “La Malagueña”, el embajador ruso Tatischeff y otros individuos de la “camarilla” del rey cuya sola memoria produce asco, concertaron la compra a Rusia de una escuadra de cinco navíos de 74 cañones y tres fragatas de 44; ni que decir tiene que las comisiones y “atenciones” que se repartieron con motivo de tal compra fueron descomunales.3 El colofón a esta repugnante historia se puso poco después, cuando, al llegar la flota rusa a Cádiz, se pudo comprobar que los barcos eran inservibles y hubo que desguazarlos.

Pues bien, algunos de los cañones que vinieron en aquellos barcos los pueden ver todavía aquí, en esta “segunda estación” de nuestro particular vía crucis.

Tercera y última estación: el monumento a los héroes de Cavite.


Cuando llegó 1898 y los Estados Unidos decidieron invadir Cuba y las Filipinas, últimos restos del imperio colonial español, ni que decir tiene que España no contaba con la flota que hubiese podido tener si sucesos como el de la flota rusa o el del submarino de Isaac Peral no se hubiesen producido. Pero esto es España y a Cuba y Filipinas fueron “barcos con honra” cargados de españolitos que pagaron con su vida la avaricia, la infamia y la abyección de sus gobernantes.

En 1923 se erigió en Cartagena el monumento que ven en la imagen; en él están escritos los nombres de muchos de los que entregaron generosamente su vida por una España corrupta y es este el final de la ruta y del vía crucis, pues llegamos a nuestro particular Gólgota: el lugar al que conducen a los de siempre la ruindad y la vileza de quienes les mandan. Memento homo.

Como ven una ruta cortita, no más de 200 metros de distancia y menos de 80 años de historia separan el principio y el fin de la misma, aunque, bien pensado, quizá la «Avenida» no acabe aquí y aún estemos construyendo nuevas «estaciones» para este vía crucis; y es que tengo la sensación de que casi todos mis lectores son capaces de preparar una o dos rutas de la corrupción en sus pueblos o ciudades y, probablemente, con ejemplos más recientes que los de este post. Cuéntenmelo.


  1. Sólo a título ilustrativo pueden entretenerse con este artículo aunque la historia de corrupción que rodea al submarino de Isaac Peral es más amplia. ↩︎
  2. Valga un ejemplo: los efectivos en navíos, que en 1808 eran de 42 buques en buen estado, habían quedado reducidos a 16, de los cuales sólo 4 estaban en condiciones de navegar, aunque necesitando de carena y obras. El estado de personal era desastroso, debiéndoseles más de 33 meses de sueldo, y en los arsenales no quedaban más que los edificios desmantelados, sin enseres ni pertrechos. ↩︎
  3. Un, si no fuera por la abyecta acción, divertido relato de estos sucesos lo pueden encontrar aquí. ↩︎

El Colegio de la otra Cartagena


Los abogados de la Cartagena del otro lado del mar, la Cartagena de Indias, la del Caribe, el pasado 29 de julio se constituyeron en Colegio de Abogados. Esto a los abogados de España podrá parecerles normal pero créanme que no lo es. Ser abogado en Colombia no es tan fácil como en España, allí la vocación de ser abogado se ha pagado demasiadas veces con la vida: más de 700 abogados asesinados. Para los abogados de Colombia disponer de una colegiatura que les proteja y les dé presencia es un sueño largamente acariciado. En la Cartagena de España no les olvidamos y sé que ellos no nos olvidan a nosotros. Me han invitado a ir allí este próximo día 12; se me rompe el corazón, pero no puedo; sin embargo estaré, porque internet permite que podamos hablar personalmente a quien tenemos cerca en el corazón aunque estemos a gran distancia. Sé que les va a ir bien y que la vida va a mejorar para ellos, que sufrirán como aquí sufrimos las miserias y bajezas de unos pocos, pero que saldrán adelante y contarán estos principios a sus hijos y nietos. Felicidades Claudia Patricia Florez Hernandez eres la primera presidenta de una corporación llamada a vivir tanto como su corporación hermana de España. Toda la suerte del mundo para los abogados de allá. Un honor haber podido conocerte. Nos vemos el día 12.

Turno de oficio a la romana


Hoy me ha dado por ver cómo llevaban el turno de oficio los romanos y si cobraban igual de tarde y mal que nosotros; así que, como el Colegio de Augustales me pilla al lado de casa, me he ido para allá a ver qué me encontraba.

No he visto a nadie conocido para preguntarle pero hay que reconocer que el colegio tenía que ser imponente, y digo «tenía» porque se nota que en los últimos dos mil años le ha faltado mantenimiento. Se ve que tenía fuentes la mar de apañadas en unos ninfeos que flanqueaban la sala principal, archivos y patio. La sala principal, presidida por la estatua de Augusto, se ve que fue bastante impresionante y que daba mucho tono a los colegiales. Eso sí, la cuota de entrada costaba un pastizal y sólo si eras muy rico podías formar parte de este colegio.

El edificio está hecho con materiales traídos de la otra punta del imperio (Egipto, Asia Menor), lo que demuestra que no andaban flojos de sestercios estos colegas y que el cumquibus se les debía salir por las orejas.

Al parecer tenían el juzgado (basilica) puerta con puerta, lo que siempre es muy cómodo, aunque en su caso no tenían que pasar por el colegio a recoger la toga: la traían puesta de casa.

En fin, no he podido averiguar mucho más porque hoy es domingo y allí no había nadie, lo que sí puedo confirmar es que, con toda seguridad, debían ser más felices que nosotros: por lo que he visto no existe el más mínimo indicio de que los romanos usasen LexNet.

La calle de la muerte

La existencia de lugares sugestivos, sagrados o numinosos, está indisolublemente unida a todas las culturas y religiones. La existencia de esos lugares se experimenta por los indivíduos más que se prueba, es verdad, pero, aún cuando no existan pruebas, pregúntese usted mismo si no ha experimentado al llegar a ciertos lugares sensaciones relacionadas con lo sobrenatural. Puede ser que la existencia de esos lugares pertenezca al mundo de lo imaginario pero le aseguro que la sensación que usted experimenta existe y pertenece al mundo de lo real.

Todas las civilizaciones han tenido su peculiar geografía sagrada y así pasa también en mi ciudad, Cartagena, con la particularidad añadida de que han sido muchas las civilizaciones que han pasado por esta vieja adolescente de tres mil años y, por inquietantes motivos, la geografía numinosa de la ciudad ha sufrido muy pocos cambios y permanece fiel a los designios y experiencias de sus primeros pobladores. Me explicaré.

Hoy he salido a pasear decidido a recorrer en toda su rectitud la calle en donde vivo, La Serreta, pues cada vez que la paseo tengo la extraña sensación de que podría entender el mundo sin salir de ella, me parece que la vida, la religión, el amor, las pasiones, tienen sus espacios numinosos avecindados en ella. Hoy, sin embargo, quería acercarme al solar más ominoso, el lugar donde la muerte deja sentir su presencia.

Permítanme que les aclare algo: cuando hablo de «La Serreta» no hago distingos entre sus tramos: que se llame en unos tramos Serreta, en otros Caridad y en otros Gisbert es cosa que me importa poco, no me andaré con finezas, para mí la Serreta numinosa discurre desde el viejo Parque de Artillería hasta el agujero de la Muralla del Mar, déjenme que al menos para mis post me tome esta licencia.

Hoy, como les digo, he decidido visitar el predio donde gobierna la muerte; si son de Cartagena lo conocerán, está en ese tramo al que los cartageneros llamamos calle de Gisbert.

Allí, sobre el cantil izquierdo del cortado según se mira al mar, se encuentran las ruinas del viejo anfiteatro romano, un edificio singular. Las luchas de gladiadores que en él se celebraban no sólo están relacionadas con la muerte por su propia naturaleza violenta, sino porque los espectáculos de gladiadores (los munera gladiatoria) son en origen un rito funerario romano.

Casi con total seguridad, los romanos adoptaron la práctica de incluir combates rituales en sus funerales a partir de sus contactos con los etruscos y las poblaciones itálicas del sur de Campania. Esta costumbre tendría sus raíces en ceremonias religiosas en las que se honraría a los difuntos con sacrificios humanos destinados al apaciguamiento de sus manes mediante el derramamiento de sangre de las víctimas. La primera noticia escrita sobre la celebración en Roma de unos munera gladiatoria se sitúa en el año 264 a. C. con motivo de los funerales de Junio Bruto Pera.

También en Cartagena las primeras luchas de gladiadores de que tenemos noticia tienen carácter de rito funerario: los juegos organizados por Publio Cornelio Escipión en Carthago Nova en el 206 a. C. constituyen uno de los testimonios más antiguos de la celebración de estos rituales y fueron también los primeros que se llevaron a cabo fuera de Italia.

Las luchas con armas como rito funerario tampoco parece que sea costumbre exclusiva de los romanos —según nos cuenta Tito Livio, que dedica mucha atención a estos «Primeros Juegos Cartaginenses»— pues la participación en ellos de la población autóctona fue abundante y no debería de extrañarnos: sabemos que, tras el funeral de Viriato, tuvieron lugar combates junto al lugar donde reposaban sus cenizas, hecho este que nos ilustra bastante bien sobre la presencia de estos ritos en la península.

Así pues me he dirigido al anfiteatro, lugar de indudable carácter funerario, pero no sólo animado por él mismo sino porque, sobre él, se edificó nuestra vieja plaza de toros, lugar también consagrado al culto a la muerte y a una actividad, la tauromaquia, cuyo origen está también vinculado a los ritos funerarios. No me extenderé en esto, sólo les contaré que en un sarcófago micénico del siglo XIII A.C. hallado en Tanagra (Grecia central), podemos contemplar representado un funeral en el que se oficia un combate con armas y también salto del toro.

Este coupage de anfiteatro y plaza de toros, con ser único en el mediterráneo, no es lo más insólito porque, cuando muchos años después se decidió contruir una morgue en la ciudad, también fue este fundo de la muerte el elegido para construirlo y, todo ello, adornado con la circunstancia de que el propio ruedo del anfiteatro ejerció como fosa común para los cadáveres de una epidemia de peste que asoló la ciudad. Si hay lugares relacionados con la muerte este, sin duda, tiene que ser uno.

Para tomar la foto que figura al principio de este post he tenido que desplazarme al cantil opuesto del cortado de la calle de Gisbert y —tate— mientras hacía las fotos he caído en la cuenta de que ese es el lugar usado tradicionalmente por los cartageneros para suicidarse (algo así como el viaducto en Madrid) y las coincidencias han empezado a intrigarme tanto como para pensar en dedicarles este post que ya va siendo demasiado largo. Debo decirles que la presencia numinosa, habitualmente señalada por los romanos con una serpiente, también está presente en esta historia, pero eso se lo contaré otro día.

Por hoy déjenme concluir diciéndoles que todo este conjunto de anfiteatro romano y plaza de toros se encuentra en un estado lamentable. Cálculos objetivos demuestran que «ponerlo en valor» (disculpa José Francisco) costaría unos seis millones de euros, cantidad ridícula si se la compara con los más de 60 millones que el ayuntamiento gastó en el Auditorio de El Batel. Y pienso en el retorno económico que para la ciudad supondría recuperar este espacio numinoso y único. Porque auditorios como El Batel -y aún mejores- los puede tener cualquier ciudad, pero un conjunto como este otro del que les he hablado en este post no lo van a encontrar en ninguna parte, salvo aquí, y eso sí justifica un viaje.

Como dijo Spinoza «cada cosa se esfuerza cuanto puede en perseverar en su ser» y nuestra ciudad se esfuerza como ninguna en perseverar en el suyo a pesar de quienes la han dirigido. Conviene que la ayudemos en ese trabajo de perseverar en su esencia porque ella nos devolverá con creces lo que le destinemos; ir en sentido contrario cuesta demasiados millones y, en verdad, reporta poco.

Aquellos duros antiguos

Aprovechando que mi amigo Andrés anda a la caza de uno de esos famosos duros de plata cantonales que se acuñaron en 1873 cuando los cartageneros andábamos a cañonazos con el resto de España y unos cuantos países de Europa de añadidura; aprovechando eso, como digo, esta noche me he puesto a consultar publicaciones de numismática y, saltando de link en link, en lugar de a los duros cantonales he acabado llegando hasta aquellos otros duros antiguos que tanto en Cádiz dieron que hablar allá por 1904. Si no conocen la historia léanla, o mejor aún, escúchenla; porque si los europeos tuvieron a Ludwig Van Beethoven los gaditanos tuvieron a Don Antonio Rodríguez, y la historia de esos duros la cuenta y la canta Don Antonio en un archifamoso tango de carnaval, con tanta gracia y arte, que deja a la «Cuarta Sinfonía» a la altura de la música de verbena.

Sobre el origen de estos «duros antiguos» gaditanos se ha escrito mucho y hasta el cartagenero Arturo Pérez Reverte ha echado su cuarto a espadas contando la historia de «El defensor de Pedro«, un barco pirata comandado por un gallego que, tras asaltar, matar y desvalijar a cuanto bicho viviente navegaba por el Atlántico, embarrancó en la playa al confundir el faro de Trafalgar con ese otro faro que todas las noches le guiña a Cádiz desde el Castillo de San Sebastián (-pápate esa-).

Nadie se acordaría de esos duros antiguos si Don Antonio Rodríguez (El Tío de la Tiza) no hubiese compuesto su celebérrimo tango y pienso que en Cartagena nos han faltado poetas y literatos de esos que llaman populares; porque de los duros cantonales no se ha escrito ni una taranta y, para enterarse de lo que pasó en el Cantón, hay que echar mano de la obra de Don Benito Pérez Galdós que lo cantó con gracia y salero pero sin música. A mí me parece que la historia de estos «duros cantonales» pide a gritos un «Tío de la Tiza» pues ya tiene en Don Benito a su Herodoto, déjenme que les cuente.

Proclamado el Cantón en Cartagena (julio de 1873) las autoridades federales dispusieron que se acuñase moneda, pero no una moneda cualquiera ni esos vales de papel con que suelen financiarse las revoluciones de chichinabo, sino una moneda que, por su valor intrínseco, superase a la moneda que se usaba oficialmente en España. Por eso se acuñaron duros de plata y, si la ley de los duros españoles era de 900 milésimas, la de los duros cantonales se elevaba hasta las 925 milésimas y, si los duros españoles pesaban 25 gramos, los cantonales pesarían hasta 28. 

Las herramientas para acuñar estos duros estaban en el arsenal, la plata en las minas de Mazarrón y los operarios que llevasen a cabo tan delicada tarea se encontraron en el lugar más inesperado: el presidio, pues no faltaban allí magníficos expertos en el arte de acuñar monedas… falsas.

Ciento cincuenta mil duros cantonales de plata se acuñaron junto con monedas de dos pesetas y diez reales que proveyeron de numerario a los habitantes de esta arcadia federal y uno de esos ciento cincuenta mil es el que busca mi amigo Andrés pero, han sido tantas las imitaciones y falsificaciones que se han hecho de aquellos duros, que a día de hoy aún no se ha decidido a comprar ninguno, temiendo -con fundamento- que le den centralista por federal, quiero decir gato por liebre.

En fin que, saltando de los duros cantonales a los antiguos de Cádiz, he encontrado un libreto con las diversas letras que Don Antonio escribió para el tango de los anticuarios, así que, con su permiso, les dejo: voy a disfrutar con las letras de Don Antonio y si ustedes, entretanto, se enteran de alguien que tenga un duro cantonal legítimo y en buen estado, háganmelo saber, quizá a mi amigo Andrés le interese, aunque no les garantizo nada.