Salón de té Emilio

No recuerdo haber visto nunca a nadie bebiendo té en el «Salón de té Emilio». La parroquia del establecimiento, muy contrariamente a lo que el nombre pudiera sugerir, se atiene más al coñac, a la cerveza y a los cubalibres que a las infusiones. El «Salón de té Emilio» está en Cartagena, al lado de la estación de la Renfe y sus parroquianos componen un abigarrado paisanaje del que ya les iré hablando oportunamente.

Hoy, como a la hora del mediodía, he recalado por allí para echar el alboroque al fallecido procurador Cristóbal Gómez. El bar estaba en todo lo suyo.

Presidía la sesión el epónimo propietario del bar, un futbolista jubilado que jugó en primera división con equipos como el Elche y el inolvidable Pontevedra del «hai que roelo» (sí, sí, el de Celdrán, Irulegui, Batalla y Cholo en la defensa) pero que, finalmente, echó raíces en el «Efesé» y se quedó en Cartagena. Como digo, presidía los oficios Emilio y le auxiliaban a este lado de la barra «El Macguíver» (un fenómeno local en el arte de la chapuza, un genio que lo mismo te alicata el cuarto de baño que te arregla la antena colectiva) y Juanito. Del resto de los parroquianos desconozco la biografía si bien, por su aspecto, puedo asegurarles que no se dedican a las finanzas internacionales.

Yo he llegado al bar con Juanito dispuestos ambos a tomarnos, a pesar de lo temprano de la hora, unos vinos para alejar el mal fario propio de los funerales con el obligatorio alboroque y, según entraba, he recibido un SMS de mi amigo Miguel (notable abogado experto en temas hipotecarios) comunicándome que «La Verdad» (el diario de mayor tirada local) le había publicado un artículo de opinión a propósito de la subida del Euribor que me pedía que leyese para darle mi opinión al respecto.

Miguel conoce mis opiniones sobre el asunto porque ha leído algunos post míos en este mismo blog y estaba convencido de que me agradaría. Yo he cogido el periódico que estaba sobre la barra y he leído el artículo con detenimiento: Mi amigo Miguel en su artículo ponía a caldo a la clase política por la particular protección que dispensa al sistema financiero, subrayaba las dificultades por las que pasan las familias con la actual situación del mercado hipotecario, denunciaba la injusticia de las leyes que regulan las ejecuciones hipotecarias y reclamaba una Ley de Sobreendeudamiento Familiar que arbitrase un sistema similar al concursal para proteger a las economías familiares, una ley que estableciese herramientas de segunda oportunidad; una ley que diera materialmente asistencia técnica a los ciudadanos, una ley, en fin, que permitiese, llegado el caso, establecer convenios judiciales con los beneficios de la quita y espera; ventajas todas estas con las que cuentan las personas jurídicas (las sociedades) pero con las que no cuentan las personas de carne y hueso.

Como el artículo era muy interesante se lo he dado a leer a Juanito quien, tras un somero examen, lo ha reputado de importancia general y, previo permiso de la presidencia, se ha subido a una silla y ha dado lectura en voz alta a los fragmentos más interesantes del mismo. Tras ello ha aclarado a los parroquianos los conceptos jurídicos más oscuros y, finalmente, ha declarado con toda la solemnidad propia del acto «que todos los bancos son unos hijos de puta», reflexión que ha merecido los más encendidos elogios de los representantes de la soberanía popular que, acto seguido, han ilustrado la maldad de las entidades crediticias con abundantes referencias a la situación particular de amigos y familiares.

El ambiente se ha ido caldeando y las mociones de sus señorías se han sucedido a ritmo frenético. Hay quien ha propuesto ir a quemar un banco, otros han sugerido asaltar el Registro de la Propiedad y requisar las escrituras de constitución de hipoteca, algunos otros, más moderados, se han limitado a postular «arrimarle un par de hostias a algún ministro». Finalmente ha imperado la cordura y se ha acordado dar traslado de la iniciativa legislativa a un miembro de Izquierda Unida que suele ir por el bar para que la incluyan en su programa electoral con la prevención de que, de no hacerlo, lo del ministro se lo van a dar a él.

A esas alturas las bondades de la Ley Antitabaco se han dejado sentir. La mitad de la parroquia se ha salido a la puerta a fumar (tiene narices que el honesto Ducados ya cueste igual que el exclusivo Marlboro) y se ha levantado la sesión. Yo he aprovechado para huir, no sé si a estas horas continuaran los trabajos de la Cámara.

La importancia de la voz en el cante flamenco

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Ayer, en la Escuela de Flamenco de La Unión, impartió la primera clase de cante Antonio Ayala Paredes “El Rampa”, al cual acompañaba a la guitarra “El Rosendo” un gitano que toca como los ángeles. El Rampa, hombre que habla bien y con sentido, estuvo hablando un buen rato y nos fue explicando los primeros rudimentos. A su lado, “El Rosendo”, agarrado a su guitarra, guardaba un prudente silencio, sin duda debido a su escasa formación académica.

En un momento determinado el Rampa citó a la “Niña de los Peines” y dijo: “Para cantar hacen falta tres cosas: Primero cabeza, luego corazón y finalmente, sólo finalmente, voz. Debéis saber que para cantar bien no es preciso tener mucha voz. Han habido aficionados con mucha voz que jamás han llegado a ser buenos cantaores”

El Rosendo, tras asentir gravemente, rompió su silencio y añadió:

“Fijarse en Tarzán si tenía voz…”

Tomo nota para que no se me olvide.

Bar «El Naranjito» (La Unión)

Bar Naranjito (puerta)
Bar Naranjito (ex "El Perro Gordo")

“El Naranjito” es el nombre que, desde 1982 y a causa de una dudosa campaña de marketing, tiene el bar “El Perro Gordo” de La Unión. Allí se reúnen sujetos dignos de un estudio antropológico. El dueño, que no parece tener la màs mínima noción de economía, hoy nos ha invitado a una ronda de cuatro tercios de cerveza con plato de cochinillo cuando nosotros solo habíamos tomado, a esas alturas, cuatro quintos de cerveza.

No necesito decirles que «El Naranjito» es un local donde se reúnen las personas de más posibles de la ciudad y por eso está equipado con los últimos avances en hostelería. El bar, sin embargo, ni tiene aparato de música ni falta que le hace, la música la ponen el dueño y la parroquia que, o bien le acompaña al cante, o bien

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6 de enero de 1874: Día de Reyes en Cartagena

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El 6 de enero de 1874 los Reyes Magos no trajeron regalos a los niños de Cartagena. La sublevación cantonal se encontraba en las últimas y una buena parte de la población civil -mujeres y niños principalmente- se refugiaban de los bombardeos centralistas bajo las bóvedas a prueba de bombas del Parque de Artillería.

Como digo, el 6 de enero de 1874 los Reyes Magos no trajeron regalos, porque ese día, quien sabe si debido a un proyectil, a un sabotaje o a una imprudencia, el Parque de Artillería voló por los aires matando y dejando sepultadas bajo sus escombros a más de trescientas mujeres y niños según los cálculos más optimistas o a más de dos mil según la prensa extranjera de la época. En todo caso el suceso más devastador para la población civil de la historia de España.

No hubo tiempo para entierros. Se dice que el General Contreras (cantonal) se limitó a lamentar la pérdida de municiones y repuestos. Tampoco el centralista López Domínguez afectó demasiada compasión cuando por fin entró en la ciudad. Los cadáveres quedaron bajo los escombros de un edificio en el que hoy nada recuerda aquella tragedia. Ni una miserable placa.

Y ahora permítanme que les cuente una experiencia personal al respecto. No sé si saben que la hortensia es una flor cuyo color natural no es el azul pero que, en presencia de determinados compuestos del hierro, ofrece unos increíbles tonos azules.

Hay mucho hierro en esa plaza, aunque sólo sea el de la hemoglobina de la sangre de las mujeres y niños que allí siguen a día de hoy sepultados y que, como saben, se compone básicamente de hierro. También quizá el de los muchos proyectiles allí almacenados o caídos.

Por eso, estoy seguro, que me creerán sin juramento si les digo que, hará unos cinco o seis años, cuando vi en esa plaza nacer, no sé si espontáneamente, unas hortensias azules, me alegró que en esta ciudad, al menos las flores tengan memoria.

Hace poco he leído una publicación en internet que afirmaba que la guerra del cantón fue una guerra «romántica». Si eso es así, este que les cuento es el verdadero «romanticismo» de esa guerra que, como todas, sólo nos enseña los extremos de vileza e idiotez a que podemos llegar los seres humanos cuando discutimos cosas tan «importantes» como esa de si una república debe ser unitaria o federal.

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Grognards

Dicen que Napoleón tenía una sensibilidad especial para comprender la sustancia de que estaban hechos sus hombres.

A ellos los llamó grognards (gruñones).

Un grognard era un soldado, pero no un soldado cualquiera: Tenía que haber pasado más de diez años a su lado. En cierto sentido no eran soldados ejemplares y él lo sabía: Cuando habían de marchar se quejaban, cuando iban a por el rancho murmuraban, cuando les pagaban la soldada volvían a gruñir; pero Napoleón sabía que, llegado el momento, ellos darían la vida por un trozo de tela teñida de colores. Con ellos se paseó por Europa de Campoformio al Beresina, desde Egipto hasta Moscú…

Hoy estamos aquí para colocarles una insignia de plata. Llevan con nosotros 25 años y les conocéis a todos.

Una advertencia para los nuevos y los que acaban de jurar: No les creais cuando habléis con ellos. Si les preguntáis por cómo va la Administración de Justicia dirán que mal. Si les habláis acerca de una próxima reforma que puede mejorarla os dirán que será aún peor. Dirán que no saben por qué son abogados. Jurarán que no volverán a llevar un pleito si antes no se les paga una sustanciosa provisión de fondos. Pero, llegado el caso y en defensa de la posición jurídica del más abyecto criminal, sacarán la Olivetti «año nueve», la atacarán con folios, papel carbón, azufre y salitre, y marcharán de derrota en derrota por todas las instancias hasta tomar Estrasburgo si es preciso. Y luego no justificarán el turno de oficio.

Hay mucha gloria en ellos.

Por eso hoy el Colegio de Abogados de Cartagena llama a filas de su particular legión de honor a la leva de 1985. Señor Secretario, vaya llamando al estrado a los convocados por el orden fijado y sin que ello indique preeminancia alguna.

Investigando el pasado del Colegio

Las corporaciones públicas suelen tener unos signos y emblemas que las identifican y que, en el caso de corporaciones antiguas, suelen ser casi tan antiguos como ellas mismas. Por eso siempre me ha llamado la atención la diversidad y multiplicidad de escudos que ha venido usando hasta la fecha el Colegio de Abogados de Cartagena, institución fundada, como muy tarde, el 16 de noviembre de 1849 y que, suponía yo, debería contar con sellos y emblemas que la distinguiesen ya desde entonces.

Pedí información al respecto a las empleadas del Colegio las cuales me manifestaron que, en realidad, los diversos escudos que se venían usando eran más bien fruto de la invención de las imprentas que diseñaban la papelería que de ningún criterio ni antecedente histórico. Por lo que respectaba a los sellos húmedos usados y de los cuales había incluso más diseños que los que habían del escudo del Colegio, no fueron capaces de aclararme cual debíamos considerar el sello «oficial» del Colegio pues todos los diversos modelos estaban en uso en la actualidad y, de entre los más antiguos, no sabían decirme cual lo era más.

Así las cosas me determiné a investigar cual había sido el primer escudo usado por el Colegio de Abogados de Cartagena y cual había sido el primer sello, para lo cual hube de consultar los legajos de antiguos documentos que, en muy malas condiciones por cierto, se conservaban milagrosamente desde 1849 hasta nuestros días almacenados en las instalaciones del Colegio. Seguir leyendo «Investigando el pasado del Colegio»

La lápida de Comenciolo, San Isidoro y los cartujos

San Isidoro Biblioteca Nacional
Estatua de San Isidoro en la Biblioteca Nacional


Un buen amigo mío, experto en esto de la historia y de la física, tras leer mi post sobre la lápida de Comenciolo me formuló algunas interesantes objeciones que le animé a escribir como respuesta. No lo ha hecho y como ha pasado ya algún tiempo supongo que no le molestará que sea yo quien lo haga.

En mi post sobre la lápida de Comenciolo analizaba el curioso contenido de una lápida bizantina datada en el año 590 que, traducido del latín, decía:

“Quien quiera que seas, admiraras las partes altas de la torre y el vestíbulo de la ciudad afirmados sobre una doble puerta, a la derecha y a la izquierda lleva dos pórticos con doble arco a los que se superpone una cámara curvo convexa. El patricio Comenciolo mandó hacer esto enviado por Mauricio Augusto contra el enemigo bárbaro. Grande por su virtud, maestro de la milicia hispánica, así siempre Hispania se alegrará por tal rector mientras los polos giren y el sol circunde el orbe. Año VIII de Augusto. Indicción VIII.”

La curiosa  expresión «mientras los polos giren» me llevó a preguntarme si acaso los cartageneros fuimos los primeros en descubrir la redondez o esfericidad  de la tierra y su movimiento de rotación. Yo mismo me contesté que no y aduje que cualquier hombre culto de aquellos años sabía que la tierra era esférica como ya habían dicho antes Aristóteles y Eratóstenes entre otros. Como prueba incontestable esgrimía que, desde la más remota antigüedad, los reyes han sido pintados o esculpidos portando un orbe (esfera) en la mano; orbe o esfera que representaban al mundo.

Mi amigo, en cambio, no estaba demasiado de acuerdo con mi afirmación y me enfrentó a una curiosa contradicción con sólo dos preguntas.

–¿Quien era el hombre reconocidamente más culto de aquellos años?

–San Isidoro, (respondí sin dudarlo un instante)

–¿Y cómo creía San Isidoro que era la tierra?

Y aquí me callé, pues no hacía ni dos días que, buscando en la red una buena reproducción del mapamundi de Juan de la Cosa, me había encontrado con el mapa del mundo que San Isidoro ofrecía y que no era otro que este: Seguir leyendo «La lápida de Comenciolo, San Isidoro y los cartujos»