La bodega Lloret

Me habían dicho que la taberna «Lloret» de La Unión estaba en venta y me he alarmado mucho pensando que su final estaba próximo.

Uno sabe que estas cosas, como la muerte, son inevitables, pero —como decían los periodistas de cuando Franco— son también temidas («no por esperada menos temida» era la muletilla que acompañaba inevitablemente la noticia de la muerte de Franco en la prensa del régimen).

Pues bien, al igual que la muerte de Franco, el cierre de la «Bodega Lloret» es un suceso tan esperado como temido. Esperado por que quien la regenta ya va teniendo una edad, temido porque toda la población de la comarca sabe que, si cierra la bodega Lloret, se acabará un mito; lo mismo que sabe que si la bodega Lloret cambia de dueños ya no será la bodega Lloret.

Los sitios auténticos no son como esas franquicias de plástico, todas iguales las unas a las otras, indiferenciables entre sí y perfectamente fungibles. Los sitios auténticos no tienen sucursales y, como los seres humanos, son todos distintos unos de otros. Starbucks o Burguer King son todos iguales, están hechos en serie (al fin y al cabo son meros productos) y usted podría instalar una tienda de esa especie sin problema alguno; lo que jamás va a poder hacer usted es pintar el original de «Las Meninas» o reabrir la bodega Lloret, porque esta es a las tabernas lo que Las Meninas son a la pintura y, aunque estas son arte mayor y el de la bodega es arte menor, como todo arte pequeño es artesano y está vinculado a la personalidad de su autor. Las personas dan personalidad a los negocios, eso escapa al ámbito económico de las franquicias.

En la foto tienen al regidor del negocio de que les hablo, ante ustedes el más centelleante extremo del Levante F.C. de la historia (si le pilla de buenas le contará incluso cómo en un sólo partido le encajó dos chicharros al Real Murcia con notable satisfacción) un genio creador de un nuevo estilo en el mundo de la restauración, los negocios y el derecho. Me explico.

La taberna Lloret trabaja mucho el género de la cerveza y, en lo tocante a los botellines, este genio de la hostelería instauró con anterioridad al resto de los comercios el sistema del self service, pues los parroquianos de este local entran con toda naturalidad tras la barra, abren el arcón frigorífico y se proveen ellos mismos de los botellines que desean consumir. Esta operación se producirá tantas cuantas veces sea menester y tras esto, cuando los clientes deciden abandonar el establecimiento, el centelleante extremo del Levante F.C. simplemente les pregunta cuantas cervezas han consumido. Los clientes responden a la pregunta del encargado con la cifra que mejor les pete, procediendo este, acto seguido y en justa reciprocidad, a cobrarles lo que se le antoja. A este aleatorio procedimiento de cobro le han dedicado muchas horas de estudio eminentes personalidades del mundo jurídico, no encontrando al mismo más explicación que el hecho de que la equivalencia de las prestaciones y la sinalagmaticidad propia de los contratos se ven afectadas en La Unión por las extrañas condiciones geológico-mineras del llamado «Espacio Jurídico Unionense».

Si aleatorio resulta el precio de la cerveza mucho más impredecible resulta el precio de la consumición si a las cervezas se añaden —como es de rigor— unas tapas de michirones o de patatas con ajo. Esta variabilidad irá en aumento en función del número y diversidad de artículos que usted solicite al encargado; si pide usted otras viandas distintas de las anteriores, la volatilidad de los precios de la taberna es solo comparable a la de la convertibilidad del bitcoin, fenómeno este que puede usted aprovechar para hartarse por cuatro duros o, en el peor de los casos, sufrir un estoconazo hasta las cintas en el hoyo de las agujas.

El bar no solo lo habitan personas sino que, en admirable demostración de ecologismo militante, bandadas de caverneras recorren el local pues en uno de sus extremos hay troncos y ramas para que se posen, comederos de alpiste con sus cañamones para alimentarlas y bebederos que supongo no sean de agua sino de vino minero porque —aunque nunca las he oído cantar— doy por hecho que las caverneras de la bodega Lloret, cuando se arranquen a cantar, se templarán por tarantas.

De la parroquia ya les hablo otro día, situada la bodega como está en pleno centro de La Unión por allí pasa todo el mundo, de forma que no hay mejor lugar (quizá solo la barbería colindante) para difundir una noticia a la que deba darse público y general conocimiento. Olvídese usted de Internet, de las redes sociales y hasta de la columna de necrológicas del «ABC»: en La Unión nadie está del todo muerto hasta que su esquela no orna las paredes de la Bodega Lloret, ustedes ya me entienden.

Esta mañana me he dejado caer por allí aprovechando que he ido al Juzgado de Paz de La Unión y he verificado que el negocio sigue en funcionamiento y que el centelleante extremo del Levante F.C. sigue en plenitud de facultades.

No me hago ilusiones, cualquiera de estos días se nos jubila el extremo y nos quedamos sin bodega Lloret. Si ustedes no han ido están tardando, este es un local irrepetible (como «Los Lebrillos» en Murcia o «Paco el Macho» —el de antes, no el de ahora— en Cartagena) y si no se acerca usted ahora que puede ya no lo hará nunca.

La Bodega Lloret es arte efímero, como todo el arte inmortal. Están ustedes tardando.

Yo que tú, mañana, iría a votar

Mañana se celebrarán las elecciones a Junta de Gobierno en el Colegio de Abogados de Madrid y, si quieres que te diga la verdad, si estuviese colegiado en ese colegio, yo mañana iría a votar.

No es sólo que mañana resultará elegida una persona que va a hablar en tu nombre (lo quieras o no) durante los próximos cuatro años, es también que va a gastar el mayor de los presupuestos que tiene colegio alguno en España y, esto, puede hacerlo en interés propio o en interés de todos.

La mayoría de las candidaturas que concurren a las elecciones han gastado un importante presupuesto en esta campaña electoral sin que se acierte a saber bien para qué: ninguno de los cargos que se han de votar mañana están retribuidos ¿por qué nadie habría de gastar dinero propio en aspirar a ellos? ¿cómo esperan recuperar el dinero así gastado?

Gracias a tu dinero y al del resto de compañeros de tu colegio, obtenido coercitivamente pues si no pagas la cuota no puedes ejercer como abogado, el Colegio acumula un importante patrimonio económico que administrará en los próximos cuatro años la Junta de Gobierno que tú elijas (o la que elijan otros por ti si es que decides no ir a votar) y en esa administración, con toda seguridad, puedes encontrar las claves que expliquen por qué alguien invierte dinero en ser decano del colegio más poderoso de España.

El Colegio sobre el papel no tiene muchas funciones: ejerce el control deontológico, organiza el servicio del turno de oficio, emite informes sobre costas judiciales y ejerce otras funciones que la ley le encomienda; sin embargo, la influencia política —cada vez menor al parecer, todo sea dicho— y la realización de actividades no estrictamente estatutarias (formación, arbitraje, mediación, organización de congresos…) son importantes polos de atracción para muchas personas y grupos de interés.

La participación en este tipo de elecciones ha sido tradicionalmente bajísima, pareciera que la mayoría de los abogados considerasen sus colegios como una especie de mal necesario que hay que soportar para poder ejercer y que nunca se hubiesen planteado sustituir este mal necesario por un bien siquiera fuese potencial.

Los porcentajes de participación en las elecciones del Colegio de Abogados de Madrid en convocatorias anteriores son ínfimos (en las pasadas elecciones votaron 7.746 letrados ejercientes y 1.252 de un censo de más de 65.000; es decir un 13%) lo que significa que con 4.000 votos se puede gobernar el colegio más poderoso de España, una entidad que maneja muchos millones de presupuesto y que otorga a quienes la gobiernan una inmejorable plataforma para las relaciones con personalidades de todos los campos. El pequeño número de votos que se precisan y la magnitud del premio en juego hace que las elecciones al Colegio de Abogados de Madrid sean campo abonado para golpes de mano de pequeños grupos que tengan interés en contar con una infraestructura tan poderosa y pagada con dinero ajeno.

La campaña electoral ha sido de una crispación inaudita con cruces de querellas de unoscontra otros; acusaciones de fraude y deja la percepción de que, todo esto, es una batalla importantísima para unos pocos, pero que, a la mayoría de los letrados madrileños, les resulta absolutamente ajena.

Si eres de quienes piensa que nada de esto tiene que ver contigo te equivocas, tiene que ver contigo y mucho. Todos estos que ahora compiten por gobernar el colegio que tú mantienes con tus cuotas serán quienes luego te habrán de servir a ti… o no; quienes te representarán lo quieras… o no; quienes pelearán por el futuro de sus abogados y abogadas o pelearán por los intereses y ambiciones que les han llevado a presentarse a esta demencial carrera electoral.

Lo dicho, yo en tu lugar iría a votar, te juegas mucho en esto y, si aún así decides no ir a votar porque todo este espectáculo te resulta ajeno, entonces prepárate para defender los intereses de la justicia y de la profesión (suelen ir casi siempre de la mano) participando en cualquier otra asociación que te garantice que tu futuro estará en tus manos y no en las de gente a las que no has querido ni siquiera ir a votar.

Feliz día de elecciones y que gane quien sólo se deba a sus electores.

Democracia colegial

Los antiguos griegos desarrollaron en el siglo VI AEC una forma de democracia directa que incorporaba una curiosa forma de gobierno que ellos denominaron «isonomía»1.

Esta isonomía se construía sobre la base de la existencia de una igualdad política radical entre todos los ciudadanos y, dada esta radical igualdad, la principal forma de elegir a sus gobernantes no fue la elección sino el sorteo.

En efecto, no sin muchas y muy buenas razones (si todos gobernaban hablando y votando en las Asambleas ¿qué ganaban teniendo que estar al servicio de ellas como gobernantes?), los antiguos griegos consideraron que el sorteo era la mejor forma de defender la igualdad de todos los ciudadanos y fue el sistema que utilizaron para elegir a la inmensa mayoría de sus cargos públicos, magistrados, jurados… etc. Así nos lo cuenta Aristóteles:

La democracia nace de la idea de que todos cuantos son iguales en algún aspecto son absolutamente iguales. Todos son libres y por lo tanto todos afirman que todos son absolutamente libres… Lo siguiente es cuando los demócratas, sobre la base de que son todos iguales, demandan idéntica participación en todo.

Se acepta como democrático el que los empleos públicos se provean por sorteo; y como oligárquico cuando estos cargos se proveen por elección.2

¿Curioso, verdad? Este sistema de elección por sorteo 3 no dejaría de parecernos una extravagancia griega si no pensásemos, por ejemplo, en sociedades tan habituales como lo son nuestras comunidades de propietarios.

A nadie se le ocultará que ser presidente de una comunidad de propietarios es un auténtico problema. Las decisiones las toma la asamblea de propietarios y el presidente poco más puede hacer que trabajar gratis por sus vecinos. No es de extrañar, pues, que en muchos casos nadie quiera ser presidente y se haya de recurrir al sorteo o al turno para elegirlo o incluso a tener que acudir a los tribunales para forzar a algún vecino a que acepte un cargo que, conforme a la jurisprudencia, es obligatorio.

Y dicho esto ¿por qué alguien habría de desear ser elegido decano de un colegio de abogados?

El cargo de decano no es remunerado, incorpora responsabilidades importantes y exige dedicarle un tiempo que no sobra a los profesionales de la abogacía. Siendo esto así y más allá de la muestra de cariño y respeto que representa ¿por qué alguien habría de querer ser elegido decano de un colegio de abogados?

Sin embargo, asisto atónito en estos días a una tremenda batalla electoral por el control de Colegio de Abogados de Madrid. Esa guerra incluye el cruce de querellas entre las diversas candidaturas, las descalificaciones públicas de unos hacia otros y las acusaciones directas y sin ambages de los unos contra los otros de que pretenden controlar el colegio para lucrarse con actividades paralelas en las que este control colegial les resultaría muy beneficioso.

No soy colegiado de Madrid (en los colegios de provincias, al parecer, esas cosas no se estilan) y me quedo perplejo cuando leo en la prensa que las candidaturas que optan a dirigir el colegio tienen presupuestos declarados de decenas de miles de euros para gastar en esta campaña electoral. La pregunta surge de inmediato: ¿cómo esperan recuperarlos? ¿Es que acaso el formar parte de la junta de gobierno del colegio lleva aparejados ingresos que no conozcamos?

El colectivo de los abogados y abogadas es uno de los más «isonómicos» que puedan imaginarse. Cualquiera de los electores es tan abogado como cualquiera de los elegibles y seguramente, en su parcela de especialidad del derecho, está más capacitado para opinar con acierto que el elegible. Los colegios son sociedades de pares donde el decano no debiera ser más que un «primus» entre todos ellos y, sin embargo… Sin embargo algo oculto debe de haber que impulsa a gastar importantes cantidades de dinero con tal de controlar el colegio.

Los griegos también tenían una palabra para referirse a estas agendas ocultas, a estas verdades en la sombra que explican conductas que de otro modo serían icomprensibles: obscenidad.

La etimología de la palabra “obscena” es dudosa y se han ofrecido respecto de ella múltiples versiones. De entre todas, la que más me gusta (nótese que digo “la que más me gusta” y no “la más acertada”) es la que se atribuye en unos lugares a D.H. Lawrence y en otros a Philip Matyszak. Según esta versión que les refiero, la palabra “obscena” derívaría de una especie de compuesto de las palabras “ob” y “skena” y se referiría a aquello que sucede en las representaciones teatrales, no en la escena, sino fuera de ella por razones de moralidad.

Pues bien, si yo fuese colegiado de Madrid, desearía conocer todo eso que ocurre detrás de las bambalinas, todo ese entramado real que justifica que abogados y abogadas como usted y como yo gasten decenas de miles de euros en campañas para acceder a puestos no retribuídos.

Quizá resulte que no hay más que una inmensa voluntad de servicio y en ese caso habrá que agradecerlo doblemente, aunque puede que resulte que no, que lo que haya sea una oportunidad de negocio que se pretende aprovechar.

Sea como sea la clave es la transparencia. Entre tanta querella, descalificación y siembra de sospechas, no hay más opción que un radical ejercicio de transparencia que traiga a primera fila de escenario todas las tramas argumentales que pudieran existir entre bastidores.

O eso o la isonomía griega.


  1. La isonomía (griego ἰσονομία «igualdad ante la ley» con la idea de reparto) del griego ἴσος isos, «igual» y νόμος nomos, «uso, costumbre, ley», era una palabra usada por los antiguos griegos para referirse a una determinada forma de gobierno popular. ↩︎Aristóteles. Política. ↩︎El cleroterion (griego antiguo, κληρωτήριον) es una máquina para desinsaculación utilizada en la antigua democracia ateniense para materializar el concepto de isonomía y de ese modo determinar, cada año, a los 6000 ciudadanos, mayores de 30 años y repartidos en diez clases de 500 ciudadanos (1000 quedaban de reserva), que formaban el tribunal popular de los heliastas; y también a los 500 bouleutas del Consejo (a razón de cincuenta por tribu, a partir de la reforma de Clístenes). Se le introducían plaquetas de identidad (chapitas de bronce, llamadas pinakia[cita requerida] con el nombre de los nomotetas que constituirían el Consejo o Boulé. Este aparato del siglo IV a. C. puede observarse en el Museo del Ágora de Atenas. ↩︎

Hoy hace ocho años

Hoy se cumplen ocho años exactos desde que publiqué en este blog mi intención de presentar mi candidatura a decano de este colegio de abogados. Durante esa campaña electoral y en la posterior —en que fui reelegido— me comprometí a no permanecer más de ocho años en el cargo, una medida que entiendo de higiene democrática y que debiera ser común a todos los cargos electivos. Pues bien, han pasado ocho años y cumplir esta promesa depende exclusivamente de mí, de forma que, aunque la mayoría ya lo sabéis, quiero hacer público por este medio —el mismo que utilicé para presentar mi candidatura— que NO voy a concurrir a las elecciones del próximo 21 de diciembre y que no voy a «pilotar» sucesiones ni inventos políticos parecidos. Votad libremente a quien entendáis que debéis votar.

Quiero que sepáis que representaros ha sido un inmenso orgullo, que no sé si he sido el decano que necesitabais, pero que sí sé que he tenido detrás el mejor colegio de abogados del mundo y que cuando os he necesitado habéis estado siempre y mayoritariamente ahí, donde hay que estar.

Gracias a todos y a todas, quizá no tengamos ocasión de tratarnos tanto en el futuro, simplemente sabed que yo siempre os llevaré conmigo.

Es hora de decir adiós y emprender nuevas campañas; fue un honor servir a vuestro lado.

Once del once a las once

Hoy es 11 de noviembre, «once del once» y, por tanto, se cumplen 99 años del final de la Primera Guerra Mundial. Fue un macabro pasatiempo de los generales de los ejércitos el fijar como fecha y hora del armisticio el once de noviembre a las once horas (11 del 11 a las 11) fecha y hora que les parecieron «memorables» a esos carniceros. Incluso durante la mañana de ese 11 de noviembre último día de la guerra, hubo mandos que ordenaron ataques de última hora tan inútiles como infames a la busca de eso que algunos criminales llaman «la gloria».

Por increíble que parezca, incluso a día de hoy, quedan todavía estúpidos que creen que hay algún tipo de gloria en la tarea de asesinar personas. Dios nos libre de esos imbéciles.

De camisetas y banderas

Leo, con cierta estupefacción, las noticias relativas al revuelo que se ha montado con la nueva camiseta de la selección española de fútbol; que si la fila de rombos azules, al mezclarse con el rojo, producen el efecto de morado y por ende trae a la memoria los colores de la bandera de la República Española; que si Pablo Iglesias y otros líderes de izquierda han manifestado su contento con tal gama cromática; que sí el gobierno y líderes de la derecha no han acabado de ver con buenos ojos la indumentaria… No sé si es que les gusta discutir y aprovechar cualquier nimiedad para tocarse las narices recíprocamente o que, por el contrario, si es que soy yo quien carece de la necesaria sensibilidad para captar el busilis de estas cosas; lo cierto es que a mí el debate me parece absolutamente ridículo, algo parecido al debate sobre la calidad de un vino, un jamón pata negra o un perfume, cuyo único fundamento fuese el diseño de su etiqueta. Déjenme que me explique y tengan paciencia conmigo.

1. La Cruz de Borgoña

La primera «bandera de España» a que me gustaría referirme es la que luce como elemento principal la llamada «Cruz de Borgoña». Esta bandera había sido usada tradicionalmente por la Casa de Borgoña a modo de distintivo, y con la llegada de Felipe «el Hermoso», casado con Juana «La Loca», arribó a la península a principios del siglo XVI. La Cruz de Borgoña o Aspa de Borgoña es una representación de la Cruz de San Andrés en la que los troncos que forman la cruz aparecen con sus nudos en los lugares donde se cortaron las ramas. Véanla.

Esta es la bandera que se asocia naturalmente al imperio español y fue también la bandera que utilizaron los Tercios de Flandes. Si ustedes se acercan al Museo del Prado y contemplan el cuadro de «Las Lanzas», podrán saber cuáles son los soldados españoles porque estos llevan una bandera con la Cruz de Borgoña sobre un fondo ajedrezado azul celeste y blanco: la bandera del Tercio de Ambrosio de Spínola que, por razones que no alcanzo a comprender, aparece a menudo en la red como bandera del «Tercio Viejo de Cartagena», unidad que, hasta donde yo sé, sólo aparece en las novelas de Pérez Reverte.

Esta bandera de la Cruz de Borgoña es, probablemente, la que durante más años ha representado a España y aún lo sigue haciendo en numerosos lugares del mundo, singularmente en la América Hispana. Observen por ejemplo la siguiente fotografía en donde podemos verla compartiendo lugar de honor junto con las banderas de Puerto Rico y los Estados Unidos.

Usualmente llamada «Spanish Military Flag» ondea sobre los fuertes de Puerto Rico y es usada también, por sólo citar un ejemplo, en la ceremonia del «Cañonazo de las Nueve» en los fuertes de La Habana.

Esta bandera, que jugó un papel protagonista durante buena parte de nuestra historia, es también parte de la historia de otros países; y no sólo de la América Hispana, sino también de los Estados Unidos. Con ella —o bajo ella— las tropas españolas apoyaron la causa de los colonos de los Estados Unidos en su guerra de independencia de Inglaterra.

Aquí pueden verla en el cuadro de Augusto Ferrer Dalmau «Por España y por el Rey. Gálvez en América» y, si no saben quién fue Gálvez, permítanme que les recomiende, por una vez y sin que sirva de precedente, un artículo de mi paisano Arturo Pérez Reverte intitulado «El hombre que atacó solo», texto que sin duda les ilustrará sobre la clase de material del que estaba hecho el malagueño Bernardo de Gálvez.

Como consecuencia de la presencia española en América del Norte se admite generalmente que las banderas de algunos estados (Alabama, Florida…) fundan su diseño en la bandera española de la Cruz de Borgoña e incluso algunos otros —si bien con menos consenso— quieren ver en ella la inspiración de la Bandera del Ejército Confederado durante la Guerra de Secesión estadounidense.

No creo que, con lo que le he narrado hasta aquí, le parezca a usted «poco española» esta bandera bajo la que se construyó un imperio ni que, si es usted un español acendrado, le produjese urticaria si la viese en alguna camiseta deportiva. No lo creo ¿verdad?. Quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo ella eran tan españoles —o más— que usted. No le quepa la menor duda.

¿Por qué dejó de usarse como bandera de España? Bueno… la maldita política. Cuando llegaron los borbones a España sintieron que era una bandera demasiado austracista y, tras la Guerra de Sucesión, comenzaron la tarea de cambiarla por una bandera blanca (el blanco era el color de los borbones) con el escudo de armas del rey en medio. No lo lograron pero fue con esta bandera blanca con el escudo real en medio con la que un españolazo de Pasajes, Don Blas de Lezo Olavarrieta, infligió a los ingleses la derrota más humillante de su historia en los muros de Cartagena de Indias.

Luego vinieron las carlistadas… los partidarios de Don Carlos usaron la Cruz de Borgoña como distintivo se sus tropas (cosa normal, usaban la bandera «de España») mientras que los partidarios de su sobrina, Isabel II, usaron más de la rojigualda que había ganado mucha popularidad a partir de 1808. Finalmente, en 1843, Isabel II instituyó la rojigualda como bandera oficial de España y desde entonces la vieja bandera española con la cruz de Borgoña quedó indisolublemente unida a la causa carlista, asimilación que aumentó con la guerra civil española 1936-1939, pues era la bandera oficial de la Comunión Tradicionalista y era la que habitualmente portaban los batallones de «requetés». Durante el franquismo nuestra vieja bandera imperial fue instituida como una de las banderas oficiales del régimen de Franco junto con las de España y la rojinegra de la Falange.

Pero insisto: ¿le parece a usted «poco española» esta bandera? ¿Cree que eran menos españoles que usted quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo ella?. Espero que no. Si algún día aparece en alguna zamarra deportiva espero que no le provoque a usted ansiedades o iras innecesarias la aparición de esta bandera que ha representado oficialmente a España durante tres siglos y medio (la actual apenas lleva siglo y medio) y aún la sigue representando oficiosamente en muchos lugares de América.

2. La «rojigualda»

El actual diseño de la bandera de España es producto de un concurso organizado por Carlos III para dotar de una nueva enseña a la Armada Real. Dado que el blanco era el color de los borbones muchas naciones enarbolaban banderas blancas en el mar y no eran infrecuentes los equívocos que daban lugar a trágicas consecuencias.

Harto de esta situación Carlos III decidió encargar diseños de banderas que en la mar se distinguiesen perfectamente en la lejanía y los que resultaron finalistas fueron los que ven en la siguiente imagen: cualquiera de ellos podría ser la actual bandera de España.

Finalmente Carlos III eligió el primer diseño para la marina de guerra (aunque amplió al doble la franja central para compensar) y el tercer diseño para los barcos de la marina mercante. Las franjas horizontales eran visibles incluso en el caso de que la bandera flamease y los colores rojo y amarillo destacaban perfectamente sobre el azul del mar. El origen de la bandera actual de España, pues, nada tiene que ver con la bandera de la Corona de Aragón, aunque, ciertamente, sus colores son virtualmente idénticos.

Esta bandera ondeó primeramente en los barcos de la Armada, posteriormente en sus acuartelamientos e instalaciones de tierra, durante la Guerra de la Independencia fue muy popular entre los liberales y era la preferida por las unidades de la Milicia Nacional… en suma, esta bandera se asimiló a lo «liberal y progresista» mientras que la de la Cruz de Borgoña se asimiló a los valores conservadores y absolutistas propios del carlismo. Enfrentadas ambas concepciones en aquellas lamentables guerras civiles entre los partidarios del tío o de la sobrina finalmente se impuso la sobrina y la rojigualda frente a su tío y la Cruz de Borgoña. Cosas del destino.

Supongo que nadie me discutirá que el liberalote de Granátula Don Baldomero Espartero era tan español como el carlistón de Ormáiztegui Don Tomás de Zumalacárregui. Ellos mismos, si se definían como algo, era como españoles auténticos. No creo que nadie pueda afirmar que quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo la rojigualda sean o hayan sido menos españoles que quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo la de la Cruz de Borgoña.

El diseño para la Armada de Carlos III, con Isabel II, pasaría a ser bandera de España y, salvo durante la II República, ya no cambiaría jamás pues incluso la Primera República —y hasta los cantonales— usaron la rojigualda. Tan sólo el escudo ha variado, pero eso lo veremos otro día.

3. La bandera de la II República Española.

Los constituyentes de la II República Española estimaron que el diseño de la bandera de Carlos III olvidaba a una región «nervio de España» según sus propias palabras: Castilla. Es por eso que decidieron añadir a los dos colores «aragoneses» (ya sabemos que no es así en realidad) el morado «representativo» de Castilla, dando lugar a la bandera tricolor republicana. Bajo ella combatieron, trabajaron y vivieron hombres y mujeres tan españoles y españolas como usted y en muchos casos probablemente más que usted. No sé por qué produce irritación esta bandera de España ni por qué unos la exhiben para provocar el enfado de otros que tampoco entiendo bien por qué se enfadan. Permítanme que —obviando la guerra civil que enfrentó a españoles independientemente de la bandera bajo la que peleasen— les cuente una historia.

Agosto de 1944. Hitler había ordenado destruir París (¿Arde París?) a Von Choltitz, el jefe de la guarnición alemana, a la vista de que las tropas aliadas se aproximaban. Lo que no sabía es que Eisenhower, jefe supremo aliado, no quería tomar París: alimentar a ocho millones de habitantes era un problema que quería dejar en manos alemanas. Sin embargo, para De Gaulle, jefe de las fuerzas francesas, era cuestión de honor hacerlo y por eso ordenó al General Leclerc liberar a todo trance París quien, a su vez, ordenó a una de sus mejores unidades que lo hiciera. Y lo hicieron.

Los hombres de la 9ª compañía blindada del Regimiento de Marcha del Tchad, tras batirse el cobre con numerosas unidades alemanas en días anteriores, el 24 de agosto de 1944 irrumpieron en París a bordo de sus «half-tracks».

No sin sufrir bajas los blindados «Madrid», «Jarama», «Ebro», «Teruel», «Guernica», «Belchite», «Guadalajara», «Brunete» y «Don Quijote» alcanzaron el ayuntamiento de París. El primer blindado que llegó a la plaza del ayuntamiento de París fue el «Guadalajara», con tripulación exclusivamente extremeña. Los primeros disparos que las fuerzas aliadas efectuaron se hicieron, efectivamente, desde el blindado «Ebro», mandado por el capitán canario Campos y conducido por el catalán Bullosa. En las cercanías del Arco del Triunfo patrullaban Alfredo Piñero y Francisco Izquierdo, que se quedó mudo cuando una muchacha, tras los besos de rigor exclamó: «¡Eres el primer soldado francés al que beso!», a lo que éste contestó «somos rojos españoles, mademoiselle» y, en efecto, así era: ellos eran lo que quedaba del ejército republicano que había perdido la guerra cinco años antes.

La epopeya de estos hombres perseguidos en España por el régimen de Franco y perseguidos en toda Europa por el régimen nazi, pero que acabaron siendo quienes liberaron París, aún espera que alguien la narre como merece. Eran republicanos, peleaban bajo la bandera republicana y fue con esa bandera con la que entraron en París. Y eran españoles, tan españoles o más que usted y que yo.

Más de 70 años después de aquellos hechos el «Regimiento de Marcha del Tchad» sigue formando cada mes de agosto frente al ayuntamiento de París enarbolando la bandera de aquella 9ª Compañía Blindada de republicanos españoles. Puede verlo en la foto.

Sí, la bandera de la República Española aún ondea en actos oficiales y a mí me enorgullece tanto como ver la Cruz de Borgoña ondeando en los fuertes de Puerto Rico o la rojigualda en las Cortes de España.

Y ahora si a usted le sigue pareciendo que quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo la bandera tricolor republicana eran peores españoles que usted y siente urticaria al ver esa bandera en una camiseta quizá tenga usted que revisar sus convicciones. O quizá es que yo carezca de sensibilidad para estas cosas.

Miren, con la Cruz de Borgoña, con la rojigualda, con la tricolor, este país se llama España y son españoles y españolas quienes viven en él independientemente de la bandera o etiqueta que luzca el país en cada momento. Dejemos de usar las banderas para formar banderías y asumamos nuestra historia y que, los responsables de la misma, somos los españoles. Cualquiera que sea la bandera.

Y dejen de dar el coñazo con la camiseta de la selección.

Puigdemont y John Hancock

Mucho se habla estos días de las ambigüedades calculadas de Puigdemont, de la inmediata suspensión de la declaración unilateral de independencia, de la votación secreta de la misma para proteger la identidad de los votantes frente a acciones judiciales, de si se votó el preámbulo o la parte ejecutiva… hasta llegar a su marcha a Bélgica huyendo de no sé sabe qué. No comentaré nada al respecto, sólo diré que todo esto me ha traído a la memoria la figura de John Hancock y una de las historias fundacionales más difundidas en Estados Unidos. Se dice que, a la hora de firmar la declaración de independencia, muchos de los padres de la patria experimentaron —como algunos sostienen pasa ahora— cierto canguelo y se demoraban en su firma… John Hancock —se dice— cansado de la demora, agarró la pluma y estampó el primero una firma de proporciones descomunales… y tras él firmaron los demás con firmas de proporciones más modestitas. Por eso, coloquialmente, cuando un norteamericano se refiere a su firma puede llamarla «my John Hancock». No compararé situaciones: de lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso (Napoleón dixit) y no quiero meterme en jardines independentistas.

El cañón ruso

Esta mañana, por la cosa del ejercicio, me he acercado caminando hasta la batería de cañones que (dispuestos «en barbeta» diría un artillero) protegían la entrada del Arsenal de Cartagena.

La semana pasada di una conferencia que hablaba sobre la corrupción en el siglo XIX y hoy, casi sin pensarlo, me he reencontrado con uno de sus protagonistas pues, entre los cañones de la batería, puede usted localizar sin dificultad este que les muestro en las fotos, decorado con un águila bicéfala.

Este águila nos indica el origen ruso del cañón (los zares se creían herederos de Bizancio) y nos lo señala como uno de los que vinieron a bordo de la flota de barcos rusos que Fernando VII compró a su amigo el Zar. Con una España sin flota para defender sus colonias en América del Sur, Fernando VII y sus amigotes (una camarilla compuesta de peluqueros, bailarines, rufianes y curas negros) se dedicaron a repartirse comisiones con motivo de esta compra. El producto de sus rapiñas llegó a alcanzar nada menos que a una mujer llamada «Pepa La Malagueña» magnífica amiga del rey, meretriz, y regente del prostíbulo de referencia del soberano. Tan aficionado a los servicios de La Pepa era el monarca que, en una de las múltiples conspiraciones que se urdieron para asesinarlo (la «conspiración del Triángulo»), se decidió hacerlo en el lupanar de «La Pepa» pues era seguro que el Rey no fallaría en su visita al burdel.

Para evitar que se descubriesen sus chanchullos toda la compra de los barcos se mantuvo oculta a los marinos profesionales y por eso —como era de esperar— los barcos que compró el rey resultaron absolutamente inútiles: al llegar a Cádiz la escuadra se comprobó que todos los barcos tenían los cascos podridos. El rey, justamente enfadado, procedió inmediatamente a destituir y/o desterrar a los honestos marinos que le informaron de tal hecho y a continuar repartiéndose dineros y comisiones con los rufianes que le acompañaban.

Hoy, al volver a ver ese cañón, he pensado que España no merece los gobernantes que tiene y ha tenido y que ya son muchos siglos de sobres y tres por cientos como para que no hagamos algo para remediarlo y salir de este ominoso «déjà vu».

PD. Bonus para el lector: en la foto también se ve un submarino amarrado a muelle, silueta que da indudable sabor cartagenero al típico paisaje. Si lo encuentra invito a un cafelico.

Puertas secretas

En mi ciudad las «puertas secretas» no son escasas y algunas —como esta— están situadas en calles de bastante tránsito y no son difíciles de encontrar si se mira con cuidado.

Esta que ven, en concreto, ahora está mucho más visible que hace unos años (unos 40) época en la que mis amigos y yo jugábamos a encontrarla. ¿Para qué podría servir esta puerta secreta?

Situada en uno de los «ónfalos» de mi ciudad no es difícil imaginar la utilidad que la misma podría tener. El edificio en que se encuentra fue la sede del alto mando cantonal durante la sublevación de 1873-1874. Durante la Guerra Civil este mismo edificio fue el cuartel general de la insurrección nacionalista sucedida en marzo de 1939 y que finalizó con el hundimiento del buque de la marina de Franco llamado «Castillo de Olite», suceso que constituyó el naufragio con más víctimas de la historia de España (unos 1.500 soldados y marineros muertos).

Yo prefiero no pensar en esas cosas y especulo con que, este viejo muro del Parque de Artillería, está enfrentado a las primeras cuestas de la colina donde se ubicaba el viejo barrio tolerante de mi ciudad («El Molinete») y trato de imaginarme al general de turno saliendo subrepticiamente, una noche cualquiera, camino de uno de los muchos y muy famosos lupanares que atestaban la colina que les digo.

Estas cosas no salen en las guías de mi ciudad, pero son las que a mí me gustan.

Imágenes prohibidas

Hoy estoy disfrutando de un gran sitio (Real Sitio le llaman) gracias al cariño de unos amigos y aquí va una foto del lugar. Mando esta foto y no otra por dos razones. La primera porque me parece una vista bonita del exterior y, la segunda, porque está absolutamente prohibido tomar fotos en el interior ni siquiera desactivando el flash. Esta prohibición me resulta muy llamativa.

En los Estados Unidos hasta las fotografías de la luna tomadas por los astronautas de la NASA están libres de derechos de autor y es justo que así sea. Todos los estadounidenses pagaron con sus impuestos los inmensos gastos necesarios para que los astronautas llegaran allí y tomasen las fotos: todos son copropietarios de esas imágenes.

Lo dicho de la NASA se aplica a las fotografías o imágenes tomadas por personal del ejército o de la administración.

Para mi sorpresa, que he hecho fotos en el Louvre o en Versalles, en el Escorial está prohibido a pesar de que es propiedad de todos los españoles y nuestros antepasados pagaron hasta el último bloque del carísimo granito con que está edificado.

Antiguas formas de pensar.