La Virgen, el obispo y el clérigo tarugo

Tengo una amiga que quiere darse a la filología y ayer, casualmente, la vi muy aplicada leyendo y anotando el «Cantar del Mío Cid». La escena me reconcilió con el mundo, «aún queda gente así», pensé, y traté de pegar la hebra a cuenta de Bellido Dolfos o del famoso «huebos» que tanto se repite en la obra.

Lo del «huebos» es expresión sobradamente conocida pero, por ser de abolengo forense, debo aquí explicarme antes de seguir con mi historia:

La palabra «huebos» o «uebos» es un arcaismo desusado que deriva de la palabra latina «opus» (aunque hay quien sostiene otras teorías) y se popularizó a cuenta de la expresión forense «mandat opus» que, indicando la necesidad incontrovertible de una conclusión lógica, acabó dando lugar en castellano al castizo «manda huebos». Hacer, pues, algo «por huebos» es tanto como hacerlo «por necesidad», algo que está muy lejos del barbarismo soez «por cojones».

¿Ven como es bueno estudiar filología?

Pues bien, en el poema de Mio Cid esto de los «huebos» resulta muy llamativo pero a mí, ayer, me pilló el cuerpo con achaques de Mester de Clerecía y lo que me apetecía —y no me dio tiempo a hacer— era cercar a mi contertulia con unas cuantas cuadernas vías o tetrastrofos monorrimos que dicen los que de esto entienden.

Afortunadamente, en esta nuestra edad de hierro, lo que no puedes contar en directo puedes contarlo por whatsapp, de forma que hoy me he pertrechado de paciencia y me he dispuesto a concluir vía whatsapp la conversación de ayer; así que, aprovechando la hora de la siesta, le he mandado la siguiente misiva electrónica a mi contertulia:

«Tú que eres mujer de fe y aspirante a filóloga no puedes pasar sin leer y meterte en la mollera estos versos famosos del primer poeta conocido en lengua castellana. Nadie jamás ha explicado los milagros de la Virgen más claramente ni con menos melindres.

La historia es simple, había en aquellos tiempos medievales un clérigo seco de mollera y carente de letras (seguramente un cimarrón de Las Merindades) que la única misa que había aprendido a decir era la de Santa María, lo cual, naturalmente, era una vergüenza para el Obispo u ordinario del lugar.

Pero dejemos contar la historia al poeta:

Era un simple clérigo, pobre de clerecía
dicié cutiano missa de la Sancta María;
non sabié decir otra, diciéla cada día,
más la sabié por uso que por sabiduría.

Fo est missacantano al bispo acusado,
que era idïota, mal clérigo provado;
«Salve Sancta Parens» sólo tenié usado,
non sabié otra missa el torpe embargado.

Fo durament movido el obispo a sanna,
dicié: «Nunqua de preste oí atal hazanna.»
Disso: «Diçit al fijo de la mala putanna
que venga ante mí, no lo pare por manna.»

(Esto de que el obispo te llame «fijo de la mala putanna» es sabido desde antiguo que no augura nada bueno, así que allá que acudió el clérigo con toda su necedad y cagadito de miedo, según nos cuenta el poeta)

Vino ante el obispo el preste peccador,
avié con el grand miedo perdida la color,
non podíe de vergüenza catar contra’l sennor,
nunqua fo el mesquino en tan mala sudor.

Díssoli el obispo: «Preste, dime la verdat,
si es tal como dizen la tu necïedat.»
Díssoli el buen omne, «Sennor, por caridat,
si disiesse que non, dizría falsedat».

Díssoli el obispo: «Quando non as cïencia
de cantar otra missa nin as sen nin potencia,
viédote que non cantes, métote en sentencia,
vivi como merezes por otra agudencia.»

(Viendo el clérigo que le habían quitado el cargo por ser un tonto confeso —él mismo reconoció ser tonto al obispo— volvió sus ojos a la única que podía ayudarle, la Reina del Cielo)

Fo el preste su vía triste e dessarrado,
avié muy grand vergüenza, el danno muy granado;
tornó en la Gloriosa, ploroso e quesado,
que li diesse consejo ca era aterrado.

La madre pïadosa que nunqua falleció
a qui de corazón a piedes li cadió,
el ruego del su clérigo luego gelo udió:
no lo metió por plazo, luego li acorrió.

(La Virgen, a lo que parece, se tomó muy mal que el Obispo le tocase a su clérigo tarugo, no se sabe si por caridad o porque la había dejado sin una misa diaria)

La Virgo glorïosa, madre sin dicïón,
apareció’l al obispo luego en visïon;
díxoli fuertes dichos, un brabiello sermón,
descubrióli en ello todo su corazón.

Díxoli brabamientre: «Don obispo Lozano,
¿contra mí por qué fust tan fuert e tan villano?
Yo nunqua te tollí valía de un grano,
e tú ásme tollido a mí un capellano.

El que a mí cantava la missa cada día,
tú tovist que facié yerro de eresía;
judguéstilo por bestia e por cosa radía,
tollisteli la orden de la capellanía.

Si tú no li mandares decir la missa mía
como solié decirla, grand querella avría,
e tú serás finado hasta el trenteno día,
¡Desend verás qué vale la sanna de María!»

(¡Ole las vírgenes con salero! La Madre de Dios se lo explica clarito y en román paladino: Obispo Lozano, o le devuelves ya el cargo a mi clérigo el zoquete o de aquí a treinta días te escabecho. Es normal que, en esa tesitura, el obispo sufriese una súbita descomposición intestinal)

Fo con estas menazas el bispo espantado,
mandó envïar luego por el preste vedado;
rogó’l que’l perdonasse lo que avié errado,
ca fo él en su pleito durament engannado.
Mandólo que cantasse como solié cantar,
fuesse de la Gloriosa siervo del su altar;
si algo li menguasse en vestir o calzar,
él gelo mandarié del suyo mismo dar.

(Y tras el ataque de caguetosis del obispo, como vemos, todo volvió a la normalidad, el clérigo borrico a decir sus misas a Santa María y así hasta que se murió con placidez envidiable)

Tornó el omne bueno en su capellanía,
sirvió a la Gloriosa, madre Sancta María;
finó en su oficio de fin qual yo querría,
fue la alma a gloria a la dulz cofradría.

Y fin de la historia. La caracterización de los perspnajes —clérigo burro, obispo hipócrita y Virgen macarra— es de lo mejor que se ha despachado nunca en lo tocante a milagros.

Escribió estos versos el primer poeta conocido en lengua castellana; se llamaba Gonzalo y su patria era Berceo. Y ahora espero que, conociendo la identidad del poeta (si es que no la sabían ya todos desde el principio), comprendan ustedes que el esfuerzo desarrollado para escribir este post debe ser recompensado en la forma que Gonzalo, hace más de 800 años, nos dejó dicha:

Quiero fer una prosa en román paladino,
En qual suele el pueblo fablar a su vecino,
Ca non so tan letrado por fer otro latino:
Bien valdrá, como creo, un vaso de bon vino.

He dicho.

La des-organización de la administración de justicia española

Si hoy, querido lector, tuviese usted que explicar cómo se organiza la justicia en España a un extranjero, a un lego en la materia o incluso a un estudiante de primero de derecho, le aseguro que encontraría no pocas dificultades y le aseguro también que, si no se prepara usted el tema en profundidad, es muy posible que se equivoque. Y no, la culpa no es de usted, la culpa es de una organización que, lejos de responder a un diseño preordenado a su eficacia, es el producto de tensiones políticas, conflictos de competencias y decisiones llamativas por no decir, directamente, desacertadas. La administración de justicia española, créame, no es el producto de un diseño inteligente sinoq eu, por el contrario, es el subproducto de las tensiones que históricamente han existido entre el poder judicial y el ejecutivo, de una parte, y entre el poder ejecutivo central y los ejecutivos autonómicos de otra.

Si usted consulta la Constitución verá que el artículo 149.1,5º reserva al estado la competencia exclusiva sobre la administración de justicia.

Artículo 149
1. El Estado tiene competencia exclusiva sobre las siguientes materias:
5.ª Administración de Justicia.

Y, sin embargo, si usted le cuenta esto a su interlocutor o a sus alumnos estará cometiendo un grave error pues, la realidad, es que, desde el primer momento, algunas Comunidades Autónomas comenzaron a asumir (con la aprobación de las Cortes de la Nación) competencias en justicia. Mayoritariamente los estatutos incluían cláusulas de las llamadas subrogatorias que les autorizaban a ejercer las facultades que la LOPJ o el CGPJ reconocieran al estado en materia de justicia.

El Tribunal Constitucional, en sentencias de fecha 29 (56/1990) y 30 (62/1990) de marzo de 1990 convalidó esta práctica, sentando una doctrina verdaderamente digna de un concilio bizantino: la de la «administración de la administración»; construcción, sin duda, de gran mérito literario y emparentada directamente, al decir de los expertos, con el bíblico Cantar de los Cantares o, más precisamente quizá, con el romántico y bailable tema «Amor de mis amores», canción de 1936 compuesta en ritmo de vals peruano por el argentino Ángel Cabral con letra de su compatriota Enrique Dizeo.​ Con los años la canción («amor de mis amores» no «administración de la administración») se convirtió en un gran éxito y se sospecha que los redactores de las sentencias citadas estaban bajo el hechizo de sus acordes durante la partenogénesis de los platelmintos referenciados.

La letra de la canción del TC («administración de la administración» no «amor de mis amores) dice más o menos así:

El art. 149.1.5 de la Constitución reserva al Estado como competencia exclusiva la «Administración de Justicia»; ello supone, en primer lugar, extremo éste por nadie cuestionado, que el Poder Judicial es único y a él le corresponde juzgar y hacer ejecutar lo juzgado, y así se desprende del art. 117.5 de la Constitución; en segundo lugar, el gobierno de ese Poder Judicial es también único, y corresponde al Consejo General del Poder Judieial (art. 122.2 de la Constitución). La competencia estatal reservada como exclusiva por el art. 149.1.5 termina precisamente allí. Pero no puede negarse que, frente a ese núcleo esencial de lo que debe entenderse por Administración de Justicia, existen un conjunto de medios personales y materiales que, ciertamente, no se integran en ese núcleo, sino que se colocan, como dice expresamente el art. 122.1, al referirse al personal, «al servicio de la Administración de Justicia», esto es, no estrictamente integrados en ella.

Lo que la cláusula subrogatoria supone es aceptar el deslinde que el Estado realiza entre Administración de Justicia en sentido estricto y «administración de la Administración de Justicia»; las Comunidades Autónomas asumen así una competencia por remisión a ese deslinde, respetando como núcleo inaccesible el art. 149.1.5 de la Constitución, con la excepción de lo dispuesto en el art. 152.1, segundo párrafo.

La consecuencia de estas sentencias es que, si usted va al juzgado, lo que viene siendo la «Administración de Justicia» en sentido estricto son apenas unas unidades biológicas llamadas comúnmente «jueces». Fuera de estos jueces todo lo demás (edificios, mobiliario, funcionarios, bolígrafos, papel, grapadoras…) es parte de esa administración de la administración de justicia que tantas alegrías nos proporciona sobre todo, como veremos, en los aspectos informáticos. La creación de Consejos Autonómicos del Poder Judicial es la doxología natural que sigue a la oración anterior como persigue un exministro un puesto en un consejo de administración.

Pero no nos adelantemos, porque, a esta tensión entre el ejecutivo central y los periféricos, se yuxtapone la tensión existente entre dos poderes del estado: el ejecutivo y el judicial. También en esta tensión (ya lo adelanto) el poder judicial salió escaldado.

¡Montesquieu ha muerto!, dicen que gritó jubilosamente Alfonso Guerra cuando, usando de la mayoría absoluta que tenía el PSOE en aquel momento, se aprobó la Ley Orgánica 6/1985, de 1 de julio, del Poder Judicial. Era esta Ley un texto legal calificado como «muy defectuoso» por la doctrina más solvente: la amplitud que concede al CGPJ en materia de nombramientos y ascensos en conjunción con el diseño de dicho órgano como premio electoral de los partidos vencedores, construyeron un engendro que, como todo buen engendro no debería haber tenido encaje en nuestro sistema constitucional; por eso, en palabras del profesor Marco de Benito, la declaración de constitucionalidad del texto por STC 108/1996, de 29 de julio, «sigue admirando treinta años después», admiración a la que se suman los representantes de la doctrina más solvente.

Esta situación dantesca no sólo no amainó sino que inluso se exacerbó durante el mandato del ministro de siniestro recuerdo Alberto Ruíz Gallardón y así hemos llegado al día de hoy.

¿A qué nos ha conducido esta forma de organizar la administración de justicia que, como vemos, no responde a ningún principio ni planificación sino a las luchas por extender las parcelas de poder de los ejecutivos centrales y autonómicos siempre a costa del poder judicial? Tratemos de ilustrarlo con un ejemplo.

Dados los años en que sucedieron los hechos hasta ahora narrados (1985-1990) la informatización era un fenómeno aún incipiente mientras que internet o las nuevas tecnologías eran invitados a quienes nadie esperaba en los juzgados españoles. Las Comunidades Autónomas, titulares de la «Administración de la Administración» de Justicia (es decir, de todo menos de los jueces) decidieron cada una por su cuenta cómo informatizarían esta «Administración de la Administración».

Como a ninguno que conozca el asunto se le escapará, el carajal informático que se formó en esa época lo estamos pagando todavía, treinta años después.

El estado, en atención a las comunidades no transferidas hubo de efectuar un desembolso para informatizarlas, desembolso que se repitió en Cataluña, País vasco, Navarra, Andalucía… Con todo ese dinero gastado los juzgados españoles podían haber dispuesto de unos recursos informáticos maravillosos pero, al gastar seis veces el mismo dinero en hacer las mismas cosas lo único que se logró fue tener una basura informática que había costado seis veces lo que valía. Hasta donde yo sé nadie ha rendido cuentas por este desaguisado.

El desaguisado no es sólo económico, al haber una pluralidad tal de sistemas, coordinarlos es tarea de locos y da lugar a más gasto y complejidad. La historia de la informática española es la historia de cómo comprar chatarra a precio de Rolls Royce. Eso sí, los paganos de la fiesta nunca fueron sus responsables sino usted y yo junto con los ciudadanos que padecen el desbarajuste informático creado.

Y si a este carajal de sistemas informáticos nos condujo la tensión estado central versus autonomías, la tensión poder ejecutivo versus poder judicial nos deparó nuevas sorpresas.

Por que ¿quién es el propietario de los datos jurisdiccionales que recogen los juzgados al tramitar los procedimientos?

Para la LOPJ el asunto es muy claro:

Artículo 236 sexies.
1. A los efectos previstos en la Ley Orgánica 15/1999, de 13 de diciembre, será responsable de los ficheros jurisdiccionales el órgano jurisdiccional u Oficina judicial ante el que se tramiten los procesos cuyos datos se incorporen al fichero, y dentro de él decidirá quien tenga la competencia atribuida por la normativa vigente de acuerdo a la solicitud que se reciba del ciudadano.

Sin embargo, a la hora de la verdad ¿quién custodia estos datos? ¿quién los tiene físicamente?

Como ustedes pueden imaginar los de siempre: los ejecutivos autonómicos o estatales. Como ellos son la «Administración de la Administración» y ellos mantienen y controlan los 13 sistemas informáticos que hay en España son ellos quienes tratan y controlan los datos judiciales. Fastuoso. En España lo que la ley o el sentido común dicten choca siempre directamente con una realidad abstrusa que, al parecer, nadie quiere reformar.

Claro, si luego el Ministro de Justicia delinque o un Consejero de Justicia autonómico es imputado, vienen los miedos y las madres mías y comienzan a inventarse soluciones de fortuna. Y no quiero recordar en este punto recientes crisis vividas por la administración de justicia española porque no quiero levantar pasiones incontrolables. Mejor callar en este punto.

La des-organización de la administración de justicia española es tan fantástica que este desbarajuste informático no ha podido ser arreglado en 30 años y resulta muy difícil imaginar cómo puede organizarse en el futuro una oficina judicial dirigida, al mismo tiempo, por el ejecutivo central, el poder judicial y los ejecutivos autonómicos y, siempre, dándose codazos.

Como te decía al principio, querido lector, todo esto que te he contado de la organización de la administración de justicia española es muy difícil de explicar a un extranjero, a un español, a un alumno de primero de derecho o incluso a un catedrático de derecho procesal de la Universidad de Bolonia. Creo que no acabaría de entenderlo ni el mismo Aristóteles aunque volviese a nacer sólo para ello.

Sí, es muy difícil que todo esto pueda entenderse pero yo, esta mañana de sábado que me ha sorprendido con algo de tiempo libre, quería contártelo a ti. Quizá no acabes de entenderlo (yo mismo no lo entiendo) pero igual, tras este post, entiendes por qué, a veces, a los abogados nos invade la melancolía.

Los Vengadores

Los Vengadores

«Señora Peel, nos necesitan», era el mensaje con el que solían comenzar los episodios de «Los Vengadores».

Sí, ya sé que para ti los vengadores son una caterva de superhéroes de cómic que andan por ahí dando saltos y perigallos, pero para mí no: para mí «Los Vengadores» eran John Steed (un sujeto que representaba la melancolía británica por el imperio perdido con sus bombín, su paraguas y sus trajes de estilo eduardiano) y sobre todo Emma Peel, una joven que representaba toda la creatividad británica de los 60, con trajes de cuero y capaz de darle una patada en la boca a Kareem Abdul Jabbar sin descoyuntarse la bisectriz.

Emma Peel era el ídolo de los niños y el oscuro objeto de una turbia fascinación de los padres. En una década en que el kárate o las artes marciales no eran muy conocidas Emma Peel largaba unas patadas de campeonato y propinaba a sus adversarios unas palizas morrocotudas. Al revés que su pareja en la serie, ella no usaba gadgets que, escondidos en el paraguas o el bombín, parecían inventados por el doctor Bacterio. Ella iba a lo positivo: patada en los riñones y a otra cosa mariposa.

Su «catsuit» de cuero, los elementos Op-Art de sus diseños, su estética trabajada por los mejores diseñadores de moda de la época (incluso Pier Cardin trabajó para ella) hicieron época y marcaron una tendencia estilística. La temática futurista y de ciencia ficción de la serie mezclada con elementos clarísimamente retro (coches de la primera década del siglo XX) crearon una estética ciertamente inolvidable.

Pero, sobre todo, a mí lo que me gustaba eran las patadas que largaba Emma Peel.

Emma Peel (un juego de palabras con la expresión M. Appeal —Men Appeal—) estaba encarnada por la actriz Diana Rigg, quién no sólo interpretó a Emma Peel en Los Vengadores sino que, en 1969, interpretó a la Condesa Teresa de Vincenzo, esposa de James Bond en la película On Her Majesty’s Secret Service (007 al servicio de su Majestad) y Olenna Tyrell, la Reina de Espinas, en la serie Juego de Tronos de 2013 a 2017. En teatro interpretó el papel de Medea, en Londres y Nueva York por el que ganó en 1994 el Premio Tony como mejor actriz principal en una obra de teatro fue reconocida con la Orden del Imperio Británico.

Como siempre su carrera no fue fácil. Después de llevar tiempo trabajando en Los Vengadores descubrió que su salario era inferior al del cameraman y se plantó: o le mejoraban su sueldo o se largaba. Diana, a esas alturas, era insustituíble en la serie y la productora hubo de tragar. Aquella joven inglesa de movimientos felinos era ya demasiado popular en norte América.

Ayer, por mi amigo Manuel Sánchez-Guerrero Melgarejo me enteré que, la siempre joven en mi memoria, Diana Rigg había fallecido; y no pude evitar que me embargase una cierta melancolía. Diana Rigg era una parte recordada de mi infancia de viajes espaciales, cultura pop y ciencia ficción y formaba parte de esas cosas que uno cree que siempre estarán ahí.

Descanse en paz, creo que no la olvidaré; ni a ella ni, claro, a las patadas en la boca que les cascaba a los malos.

Niyireth

Niyireth

Dicen que los de Bilbao nacen donde quieren pero no es verdad, los que nacen donde quieren son los colombianos y por eso Niyireth había nacido en Bilbao, una zona rural en Tolima, Colombia. Hija de campesinos sabía todo cuanto había que saber de cuidar ganado y, vecina como era de una región bajo la influencia de las guerrillas de las FARC, había hecho de las armas y del miedo unos viejos conocidos.

Logró con esfuerzo ser profesora de primaria y, como muchas colombianas, también fue madre soltera. Sabía quién era el padre pero —cuestión de orgullo— jamás le pidió nada y, como «más cornás da el hambre», cuando se le acabò el contrato de profesora lió el hato y se vino a España donde dio todos los campanazos que un inmigrante ha de dar para salir adelante de forma que, en cuanto pudo, se alistò en el ejército español.

He escrito mucho sobre mujeres valientes, frecuentemente rusas y hoy, mientras venía para casa, he sentido que quizá era un buen día para escribir de una española.

Fue mientras estaba destinada en Fuerteventura cuando a Niyireth Pineda Marín, la bilbaína de Tolima, se le presentó la ocasión de marchar voluntaria a Afghanistán y fue allí donde, el 27 de junio de 2011, acabó dándolo todo por la patria cuando una bomba terminó con su vida y la del sargento Manuel Argudín.

Así que, amigo, cuando vayas a hacer algún comentario a propósito de españoles, españolas, extranjeros o extranjeras, recuerda que a ti la condición de español te la regalaron al nacer mientras que otras se la han ganado a pulmón y, sobre todo, no olvides nunca que, las soldados de España como Niyireth, nacen donde les da la gana, incluso en Bilbao, Tolima, Colombia.

Esta va por la memoria de Niyireth Pineda, una soldado de España.

Estudia ciencias compañero

Estudia ciencias compañero

Ilya Prigogine fue Premio Nobel en 1977 si no recuerdo mal por sus trabajos sobre las estructuras disipativas. Sé que algunos cientìficos no acaban de estar del todo de acuerdo con sus teorías que, sin embargo, a mí me apasionan. Pero no es de los sistemas en desequilibrio estable como generadores de información ni de la irreversibilidad y la flecha del tiempo, lo que me impresionó vivísamente de Ilya Prigogine fue su profundìsima formación filosófica. En una larga entrevista le vi hablar con solvencia de multitud de filósofos y, al mismo tiempo, del nacimiento del tiempo y la informaciòn en el universo, Epicuro y su teoría del «clinamen» y enlazarlos lógicamente con solidez tomística.

Yo sé que quienes me siguen son mayoritariamente abogados, unos más mayores y otros más jóvenes, pero, si eres joven, permíteme que te recomiende una cosa: estudia ciencias.

Mira, ni los teólogos ni los filósofos suelen cambiar de opinión, antes al contrario, cuando alguien argumenta en su contra lo que suelen hacer instintivamente es reconvenir demostrando su maestría en justificar teorías más que en probarlas. Sólo los científicos (sólo quienes usan el método científico) están acostumbrados a reconocer su error o el fracaso de sus experimentos; es así como avanzan.

La ciencia, el método científico, es la única fuente de conocimientos más o menos válidos y universales y, sólo por eso, creo que es importante conocerlo. Lo malo es que la ciencia sólo nos explica —aunque cada vez más grande— una porción pequeñita de la realidad. Es por eso que, quienes quieren convicciones sólidas, acuden a la teologìa y los demás, los que dudamos, hemos de conformarnos con la filosofía, ese conocimiento que nos permite no quedar paralizados por la duda en un mundo de incertezas.

Por eso, si quieres experimentar el dulce entusiasmo de saber y no creer y quieres acostumbrarte a estar equivocado, estudia ciencias. Te aseguro que es bueno para entender la justicia de verdad y no meramente el derecho positivo.

#ciencias #letras #derecho

Traduttori traditori

Traduttori traditori

Hoy mi amigo Aurelio me ha hablado de la «travesía del desierto» que nos espera con esto del coronavirus y no he podido evitar reflexionar sobre si alguna vez existió esa «travesía del desierto» o si también sería una de esas cosas que los traductores de la Biblia nos colaron.

Me explico.

Para ponerles en situación debemos recordar cómo era el mundo civilizado cien años antes de que Cristo naciese.

Por aquellos tiempos y debido a la actividad guerrera de Alejandro Magno el mundo civilizado sufría un fuerte proceso de helenización. En Egipto los faraones ya no eran egipcios sino griegos, pues un general de Alejandro (Ptolomeo I Sóter) se había erigido barandenführer del país de las pirámides fundando una dinastía que concluiría cuando Cleopatra se alió con Marco Antonio en vez de con Augusto.

Al otro lado de Canaán las cosas no eran diferentes: un tal Seleuco, otro griego, tras no pocas peripecias, se había hecho con el gobierno de las tierras que rodeaban al Tigris y el Eúfrates y había fundado el imperio Persa Seleúcida. Los cananeos habían quedado adscritos a la provincia de Egipto (Ptolomeo) pero por las cosas de las guerras y los líos los Persas (Seleúcidas) se habían acabando adueñando del cotarro. En medio del lío unos zagales bastante corajudos de Israel, los Macabeos, se las ingeniaron para conseguir la independencia del pueblo elegido y de la tierra prometida a Abraham.

Prescindiré de contarles el interesantísimo lío que se montó cuando los zagales estos —los Macabeos— llegaron al poder, porque, nunca mejor dicho, sería un «Rollo Macabeo» aunque, créanme, si son ustedes cristianos, deben saber que los «Rollos Macabeos» forman parte de la Biblia Cristiana, mas no así de la Biblia Hebrea, que, de este modo, se ahorró una buena cantidad de papel.

Pues bien, para el año 100 antes de Cristo los judíos ya estaban dispersos por el mundo desde hace tiempo y, como hablaban griego, en muchos lugares, desde tiempo antes, empiezaron a pensar que lo mejor sería traducir la Biblia Hebrea al griego porque el hebreo empezaba a resultar incomprensible para muchos.

Quiere la tradición que, por instrucciones del faraón griego Ptolomeo II Filadelfo (284-246 a. C.), 72 sabios judíos enviados por el Sumo Sacerdote de Jerusalén, trabajasen por separado en la traducción de los textos sagrados del pueblo judío. Según la misma leyenda, la comparación del trabajo de todos reveló que los sabios habían coincidido en su trabajo de forma milagrosa. Y, tras esto, se montó un cirio de proporciones milenarias que ha llegado hasta nuestros días, porque, para los cristianos, esta traducción al griego de la Biblia (la llamada «Septuaginta») ha sido, mal que bien, la referencia oficial del Antiguo Testamento, mientras que, para los judíos, cualquier texto no escrito en hebreo o en arameo no merecía formar parte de la Biblia. Es por eso que la Biblia Cristiana y la Biblia Hebrea no coinciden del todo, pero no es ese el peor problema.

El problema más grave es que la traducción de los míticos setenta sabios parece que no es demasiado buena y es, por eso, causa de importantes follones en campos muy sensibles para los creyentes. Quizá el más conocido sea el problema de «la virgen».

La idea de que el Mesías nacería de una virgen tiene su origen en un fragmento del libro de Isaías que, conforme a su traducción en la Septuaginta, dice:

«Por tanto el mismo Señor os dará señal: He aquí que la VIRGEN concebirá, y parirá un hijo, y llamarás su nombre Emmanuel»
(Isaías 7:14)

Lo malo es que en la versión hebrea (masorética) la palabra «virgen» no aparece por ningún lado y el texto dice:

«La JOVEN ha concebido »(harah)», y tendrá [en unos meses] un hijo»

Toma candela, Manuela.

Lo más curioso del libro de Isaías es que es uno de los que conservamos copias más antiguas y fidedignas pues, entre los llamados «Manuscritos del Mar Muerto» hallados en Qumrán, se encuentra, virtualmente completo, el Libro de Isaías y si miramos también esta versión, no, de virgen no dice nada.

Si es usted creyente no se me enfade, yo sólo le estoy contando algo muy comprobado desde el punto de vista filológico: el Libro de Isaías no habla de ninguna virgen. Si usted, creyente, quiere seguir creyendo en el dogma de la virginidad no se preocupe, hágalo, en todo caso ¿Quién sabe si el cambio que introdujo en la Biblia la traducción al griego no fue inspirado? La fe lo puede todo, así pues que nadie se enfade conmigo, crean o no crean según les apetezca, yo solo digo lo que dicen los expertos: que en la versión original que tenemos de Isaías la palabra «virgen» no aparece.

Menos conocido, pero ya reconocido en algunas ediciones modernas de la Biblia, es el error de traducción en la narración del cruce del Mar Rojo (Éxodo) donde la versión griega, la Septuaginta, nos dice que los judíos cruzaron el «Erythrà Thálassa», literalmente «Mar Rojo».

Pues bien, eso de que cruzaron el «Mar Rojo» es algo que no se dice en ningún sitio en la versión hebrea porque, en esta, lo que Moisés y los israelitas cruzan no es el Mar Rojo sino el «Yam Suph» (יַם-סוּף) expresión que, nos pongamos como nos pongamos, no significa Mar Rojo.

Los israelitas, como buen pueblo de tierra adentro, para las grandes extensiones de agua solo tenían una palabra: Yam, y con ella designaban lo mismo un lago, que un río, que incluso el mar. Cuando se referían al Mediterráneo le llamaban el Mar Grande, los demás mares (el Mar Muerto, por ejemplo) los lagos y los ríos eran simplemente «Yam». «Suph» significa «juncos» con lo que la traducción exacta (y la admitida hoy mayoritariamente por los expertos) es que Yam-Suph significa el «Lago de los Juncos» sin que nadie acierte a saber de dónde se sacaron los setenta de Alejandría lo de «Mar Rojo».

Ya, ya sé que todo esto resulta molesto, ¿Quién puede imaginar a Charlton Heston interpretando a Moisés y cruzando un charco con juncos en vez del profundo Mar Rojo? O ¿quién puede imaginar una Semana Santa sin vírgenes? Una semana santa sin vírgenes no es semana santa ni es nada, de forma que, diga lo que diga la versión original de Isaías o del Éxodo, puede usted seguir creyendo —si le apetece— que Moisés abrió las aguas del Mar Rojo y no las de una charca y que, se pongan como se pongan los textos masoréticos, la Virgen es virgen y a llorar al muro.

Podríamos seguir disfrutando de esta especie de «teléfono roto» entre religiones y hablar de Moisés, de la leyenda de su nacimiento y abandono en el río en una cesta, o incluso de su interesantísimo nombre egipcio «MSS», pero ya falta apenas un cuarto de hora para las once y es tiempo de ir a dormir.

Y ahora que lo pienso… no he dicho nada de los 40 años vagando en el desierto. Bueno, supongo que hay tiempo para eso, por hoy ya estuvo bien.

La posesión de la cultura

La posesión de la cultura

Si en algo ha estado de acuerdo la humanidad a lo largo de los siglos es que la cultura y el conocimiento eran el primer motor de progreso para la especie humana. No es raro, por tanto, que fuesen muchas las personas que trataron de almacenar y preservar todo el conocimiento del mundo por el bien de la especie humana.

Quizá el primero en hacerlo fue un zagal de Cartagena, Isidoro, luego obispo de Sevilla, quien, al escribir sus «Etimologías» escribió la primera enciclopedia del mundo, única compilación del saber humano hasta la aparición, mucho más de mil años después, de la enciclopedia de Diderot y D’Alembert. (En la primera foto un incunable de las «Etimologías» de Isidoro).

Aunque legislaciones poco convincentes trataron de establecer derechos de propiedad sobre parcelas del conocimiento (patentes de medicamentos o de software) a los juristas eso nunca pareció preocuparles pues, nuestro trabajo, se basa en el aprendizaje, cita y análisis de opiniones y textos jurídicos ajenos. Si algún juez del Tribunal Supremo exigiese derechos de autor por citar sus sentencias sería sin duda millonario, pero la sociedad no funciona así; en el mundo forense las únicas piezas literarias a las que la ley reconoce derechos de propiedad intelectual son los informes forenses de letrados y letradas. No es, por eso, extraño que fuesen dos abogados belgas, Paul Otlet y Henri La Fontaine, unos de los más tenaces activistas en la filantrópica tarea de almacenar todo el conocimiento del mundo y lo hicieron conforme a un sistema racional de organización llamado la «Clasificación Decimal Universal» (CDU) con arreglo al que reunieron una ingente cantidad de datos en un archivo llamado «Mundaneum» (la segunda de las fotografías).

En la era de la información esta inclinación del ser humano por acaparar y compartir datos, por difíciles de conseguir que sean, puede ilustrarse (foto 3) con los servidores del CERN (Centro Europeo de Investigación Nuclear) lugar en el cual Tim Berners Lee inventó el lenguaje «html» para poder compartir e interrelacionar conocimiento dando así origen a la web que hoy ocupa nuestras vidas.

Sin embargo, si hay un lugar donde se organiza y acumula conocimiento es en Google, una industria privada a donde acudimos a buscar el conocimiento que necesitamos, pero, sorpresa.

Las fotografías dos y tres son de un fotógrafo, Philippe Braquenier, un profesional que ha dedicado parte de su vida a documentar gráficamente los lugares donde la humanidad almacena sus conocimientos.

Braquenier nunca tuvo dificultad en acceder a lugares secretos (incluso a uno de los búnkeres suecos de la segunda guerra mundial donde wikileaks guarda sus datos) pero uno, precisamente Google, le negó la entrada afirmando que nunca nadie había tebido acceso y nunca nadie lo tendría. La única foto que pudo tomar es la que ven en cuarto lugar.

Para pensar.

De escribanos, secretarios judiciales y letrados de la administración de justicia

Conociendo el origen de las cosas se entiende mejor su estado presente y esto es válido tanto para los seres humanos como para las instituciones jurídicas; sin embargo, hoy, no quiero escribir ni de lo uno ni de lo otro, sino de la oficina judicial y de los letrados de la administración de justicia (LAJ) pues, en su historia reciente, pueden encontrarse las claves de alguno de los debates más insidiosos que aquejan a nuestra administración de justicia.

Sepan todos aquellos que la presente vieren y entendieren que la oficina judicial, desde finales del siglo XIX, se organizaba «casi» de forma mimética a una notaría actual; de hecho, notarios y escribanos (así se llamaban los secretarios judiciales) habían formado parte del mismo cuerpo muchos años.

Pues bien, al igual que el notario, ganada su plaza, contrata ahora a sus oficiales, costea los gastos de infraestructura de la notaría y cobra de los usuarios de sus servicios conforme a un arancel aprobado por el estado; al igual que el notario, digo, la infraestructura de los juzgados españoles se mantenía desde antiguo con lo que el escribano (ahora LAJ) cobraba de los administrados también en forma de arancel. Del mismo arancel cobraban los empleados de la oficina judicial, contratados por el mismo escribano, de forma que, dependiendo de la productividad de estos, la oficina judicial ingresaba más o menos dinero.

Este panorama de juzgados arrendados y mantenidos de forma similar a como hoy se mantienen las notarías quizá te suene extraño, pero te aseguro que no está tan lejano en el tiempo.

Esta división de funciones hizo que los jueces —funcionarios a sueldo del estado— fuesen, en comparación con los oficiales de su juzgado, unos pobretones dignos de pena. Es verdad que eran ellos a quienes correspondía la teórica gloria de impartir justicia pero, fuera de tan honorable detalle —hasta cierto punto teórico— en lo demás eran el elemento más digno de pena del juzgado. La situación era tal que, el 15 de junio de 1924, en la Revista de Derecho Privado escribe Beceña:

«…la situación de los jueces se agrava en términos de injusticia verdaderamente extrema e incomprensible, porque en los litigios intervienen, con función que no implica el trabajo ni la responsabilidad de la del juez, personas cuya retribución no solo es muy superior a la de aquel, y esto es ya una desigualdad injusta, sino notoriamente desproporcionada también con la función que cumplen dentro del litigio. Estos funcionarios son los secretarios judiciales que humildemente renuncian a todas las prerrogativas, honores y preeminencias de la carrera judicial; de paso renuncian también al trabajo y responsabilidad que esta lleva consigo, ya que son los que proporcionan a aquella toda su gloria y se contentan con unos aranceles muy fáciles de manejar, por su claridad, cuya aplicación se efectua con tal moderación y equidad, que da por resultado que Secretarios de Madrid, Barcelona y otras muchas capitales y Juzgados ganen mucho más, no sólo que los jueces a quienes auxilian, sino incluso más que las más altas representaciones de la Magistratura»

Irónico pero implacable Beceña.

La «Ley provisional sobre Organización del Poder Judicial de 23 de junio de 1870», como toda ley «provisional» en España, fue la que dio carta de naturalezs a un sistema que se habría de prolongar más de un siglo.

Aunque, desde entonces, la supresión del arancel fue un objetivo largamente perseguido por los sucesivos gobiernos ningún cambio importante se produciría hasta 1947 en que los cuerpos de oficiales, auxiliares y agentes judiciales, fueron funcionarizados de manera que, todo el personal de la oficina judicial, pasó a cobrar teóricamente del estado.

Sin embargo, aunque se funcionarizó el personal de la oficina judicial y sus sueldos pasaron a depender del estado, NO se suprimió el arancel, de forma que los secretarios lo siguieron liquidando e ingresando y pagando con él no sólo las infraestructuras de la oficina sino también los gastos de los funcionarios en el desempeño de sus funciones. La oficina judicial, pues, era gobernada por el Secretario Judicial y el papel del juez en ella no pasaba de seguir siendo el de un triste secundario. Los juicios, mayoritariamente escritos, se realizaban sin la inmediación del juez y ni siquiera la del secretario pues, mayoritariamente, las actuaciones eran llevadas adelante por los demás funcionarios y requerir la presencia del secretario o el juez era considerado poco menos que como una desagradable extravagancia de la parte.

Entre jueces y secretarios que no estaban, letrados que dejaban en manos del procurador la presentación de los pliegos de posiciones e interrogatorios y procuradores que delegaban tal función en sus oficiales habilitados, un juicio civil era una ceremonia que, a ojos de un abogado de hoy día, parecería una misa negra.

Esta situación, por increíble que parezca, pervivió hasta la aprobación de la ley 1/1985, de 1 de julio, Orgánica del Poder Judicial, ley que proclamó el principio de gratuidad de la justicia. Cinco meses antes el llamado «Decreto del Autobús» (RD 210/85) había restringido las «indemnizaciones» que, con cargo al arancel, cobraban los funcionarios, erigiéndose el estado en único «indemnizador» de los funcionarios y sólo dentro de los económicos márgenes del transporte público.

Como pueden imaginarse lo que hasta ese momento era una arcadia feliz —la oficina judicial— sufrió un cataclismo de proporciones bíblicas. La puntilla a todo este decimonónico sistema la dio la Ley 25/1986 de 24 de diciembre, que suprimió definitivamente las tasas judiciales consideradas entonces y con justicia como intolerables por todos los partidos de la Cámara, siendo el Sr. Ruíz Gallardón (padre de ese ministro de execrable recuerdo) uno de los valedores de esta eliminación.

Quienes tengan años suficientes recordarán sin duda las llamadas «astillas» (Plaza «de la Astilla», se llamaba entonces a esa plaza donde se concentran bastantes juzgados en Madrid), es decir, aquellas exacciones ilegales que bajo la protección de la llamada «Ley de Mahoma» se producían en los juzgados; sin duda, conociendo los antecedentes de funcionamiento de la oficina judicial, esas astillas fueron el menor de los males esperables y la eficaz labor del estado —cuando todavía la justicia parecía importarle algo— finalmente acabó con ellas.

En todo este proceso de transformación de la oficina judicial, la figura del escribano-secretario judicial-letrado de la administración de justicia, como vemos, es capital; con los cambios experimentados con las últimas reformas citadas su papel quedó desdibujado lo cual, de la década de los 90 en adelante, trataría de ser aprovechado por los sucesivos gobiernos en una pugna que aún dura y es una de las claves para entender las estrategias de control de la administración de justicia por parte de determinados partidos.

Pero bueno, en este punto es recto que nos entramos en honduras y, de eso, ya hablaré otro día que tenga más tiempo y ganas.

PD. Si te interesa este tema hay una obra cuya lectura te recomiendo encarecidamente; se trata del libro «Justicia o burocracia» del profesor Marco de Benito Llopis-Llombart, editada por Thompson-Reuters, Cuadernos Civitas, y que es, por otra parte, la base de este post. Si hay errores en él son míos, no del autor del libro.

Guía de los perplejos

Guía de los perplejos

Hay quienes se hacen preguntas y hay quienes no.

Un zagal de Córdoba, tras un año de profunda depresión, creyó comprender que esta era la principal división que podía hacerse entre los seres humanos: los que se preguntan cosas y los que no.

Los que no se preguntan cosas no piensan demasiado, creen, no saben, cumplen la ley que se les da y viven felices. Quienes se hacen preguntas no son tan felices, dudan y se ven obligados a vivir tomando decisiones firmes en un mundo de incertezas.

Para ellos, para los que dudan, escribió este cordobés universal, Maimónides, su «Guía de los perplejos» y por eso, cuando dudo, siempre vuelvo la vista hacia la patría de este judío.

Una cesta en el río

Una cesta en el río

Sargón de Akkad fue el primer emperador de la historia y gobernó la tierra entre el Tigris y el Eúfrates hace unos cuarenta y tres siglos. Creemos saber cómo era su rostro pues, probablemente, es el que se ve en la fotografía pero, mucho más interesante, conocemos cómo fue su nacimiento porque, él mismo, se encargó de contárnoslo. Quizá la historia les suene porque —de otro líder— 18 siglos después, nos contaron una historia parecida.

Leamos cómo nos cuenta el emperador Sargón su nacimiento:

1. Sargón, el rey poderoso, rey de Akkad soy yo,

2. Mi madre era humilde; a mi padre no lo conocí;

3. El hermano de mi padre habitaba en la montaña.

4. Mi ciudad es Azupiranu, que está situada a orillas del Purattu [Éufrates],

5. Mi humilde madre me concibió y en secreto me dio a luz.

6. Me metió en una canasta de cañas, me cerró la entrada con betún,

7. Ella me arrojó sobre los ríos que no me desbordaron.

8. El río me llevó, me llevó a Akki, el regador.

9. Akki, el irrigador, en la bondad de su corazón me sacó,

10. Akki, el irrigador, como su propio hijo me crió;

11. Akki, el irrigador, como me designó su jardinero.

12. Cuando era jardinero, la diosa Ishtar me amaba,

13. Y durante cuatro años goberné el reino.

14. Los pueblos de cabeza negra que goberné, goberné;

15. Montañas poderosas con hachas de bronce destruí (?).

16. Subí a las montañas superiores;

17. Atravesé las montañas más bajas.

18. Asedié tres veces la tierra del mar;

19. Dilmun capturé (?).

20. Subí al gran Dur-ilu, yo. . . . . . . . .

21. . . . . . . . . .Me alteré. . . . . . . . . . . . . . .

22. Todo rey después de mí será exaltado,

23.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

24. Que gobierne, que gobierne a los pueblos de las cabezas negras;

25. Montañas poderosas con hachas de bronce destruya;

26. Que suba a las montañas superiores,

27. Que atraviese los montes inferiores;

28. La tierra del mar le dejó asediar tres veces;

29. Dilmun lo dejó capturar;

30. Al gran Dur-ilu, déjalo subir.

Aunque la tablilla de barro está incompleta y hay trozos ilegibles el parecido con alguna historia posterior es curioso ¿No les parece?