«Señora Peel, nos necesitan», era el mensaje con el que solían comenzar los episodios de «Los Vengadores».

Sí, ya sé que para ti los vengadores son una caterva de superhéroes de cómic que andan por ahí dando saltos y perigallos, pero para mí no: para mí «Los Vengadores» eran John Steed (un sujeto que representaba la melancolía británica por el imperio perdido con sus bombín, su paraguas y sus trajes de estilo eduardiano) y sobre todo Emma Peel, una joven que representaba toda la creatividad británica de los 60, con trajes de cuero y capaz de darle una patada en la boca a Kareem Abdul Jabbar sin descoyuntarse la bisectriz.

Emma Peel era el ídolo de los niños y el oscuro objeto de una turbia fascinación de los padres. En una década en que el kárate o las artes marciales no eran muy conocidas Emma Peel largaba unas patadas de campeonato y propinaba a sus adversarios unas palizas morrocotudas. Al revés que su pareja en la serie, ella no usaba gadgets que, escondidos en el paraguas o el bombín, parecían inventados por el doctor Bacterio. Ella iba a lo positivo: patada en los riñones y a otra cosa mariposa.

Su «catsuit» de cuero, los elementos Op-Art de sus diseños, su estética trabajada por los mejores diseñadores de moda de la época (incluso Pier Cardin trabajó para ella) hicieron época y marcaron una tendencia estilística. La temática futurista y de ciencia ficción de la serie mezclada con elementos clarísimamente retro (coches de la primera década del siglo XX) crearon una estética ciertamente inolvidable.

Pero, sobre todo, a mí lo que me gustaba eran las patadas que largaba Emma Peel.

Emma Peel (un juego de palabras con la expresión M. Appeal —Men Appeal—) estaba encarnada por la actriz Diana Rigg, quién no sólo interpretó a Emma Peel en Los Vengadores sino que, en 1969, interpretó a la Condesa Teresa de Vincenzo, esposa de James Bond en la película On Her Majesty’s Secret Service (007 al servicio de su Majestad) y Olenna Tyrell, la Reina de Espinas, en la serie Juego de Tronos de 2013 a 2017. En teatro interpretó el papel de Medea, en Londres y Nueva York por el que ganó en 1994 el Premio Tony como mejor actriz principal en una obra de teatro fue reconocida con la Orden del Imperio Británico.

Como siempre su carrera no fue fácil. Después de llevar tiempo trabajando en Los Vengadores descubrió que su salario era inferior al del cameraman y se plantó: o le mejoraban su sueldo o se largaba. Diana, a esas alturas, era insustituíble en la serie y la productora hubo de tragar. Aquella joven inglesa de movimientos felinos era ya demasiado popular en norte América.

Ayer, por mi amigo Manuel Sánchez-Guerrero Melgarejo me enteré que, la siempre joven en mi memoria, Diana Rigg había fallecido; y no pude evitar que me embargase una cierta melancolía. Diana Rigg era una parte recordada de mi infancia de viajes espaciales, cultura pop y ciencia ficción y formaba parte de esas cosas que uno cree que siempre estarán ahí.

Descanse en paz, creo que no la olvidaré; ni a ella ni, claro, a las patadas en la boca que les cascaba a los malos.

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