Mazamorra

Mazamorra

Sería el año 1965 o 66 cuando fuí por primera vez a un colegio público y mi primer material escolar fue un único libro que llevaba el nombre de «El Parvulito». Obviamente yo iba a clase de párvulos.

Recuerdo aún de memoria muchas de las lecciones. La primera, por ejemplo, nos dejaba bien claro desde el principio de qué iba la cosa y decía:

Dios es nuestro padre que está en los cielos, creador y señor de todas las cosas, que premia a los buenos y castiga a los malos. Dios hizo el mundo en seis días.

(El Parvulito. Lección 1.)

Cuando tienes cinco años no estás para cosmogonías así que me lo aprendí sin discutir, pero la que no me tragaba era la lección cuatro que se llamaba «Productos de mi pueblo» y empezaba diciendo:

«Los productos de mi pueblo son el trigo, la vid y el olivo».

A mí aquello me sublevaba y me molestaba tener que aprendémelo: yo vivía en Cartagena y en mi ciudad no había ni trigo, ni vides, ni olivos (al manos hasta donde yo conocía del mundo) muy al contrario, los padres de mis compañeros trabajaban en refinería o en Bazán, de forma que los productos de mi pueblo —si es que Cartagena era un pueblo, cosa que yo no veía nada clara— eran más bien el gas butano y los submarinos. Nada de trigo, vid, ni olivo.

Pero como un libro es un libro y un profesor con palmeta es un profesor con palmeta, pues yo lo repetí tantas veces que aún hoy, cincuenta y cinco años después, me acuerdo de memoria de aquella memez.

Y cuento esto porque hoy he preparado para comer ajoblanco y una poca de mazamorra con que matar el gusanillo, porque si algún producto daba mi tierra en el desértico secarral de aquellos años era la almendra. Cuando yo salía al campo veía almendros (qué árbol más bonito, por dios) y «garroferos» que es como se llama en Cartagena al algarrobo. Jamás vi trigo ni vi vides y, como mucho, alguna parra que diese buena sombra en verano.

Quiero decir que la comida de hoy, ya sea ajoblanco o mazamorra, se avía con una buena ración de almendras, pan, sal, vinagre, aceite y ajo. Si añadimos poca agua de forma que la masa anterior permaneza consistente tendremos la llamada «mazamorra cordobesa», un plato de sabor maravilloso y con resabios judíos.

Pasa con la mazamorra que hay que comerla con tiento porque es una bomba energética termonuclear. Para que se hagan una idea: yo hoy he usado 50 gramos de almendras y otros 50 de pan, amén de 20 centilitros de aceite. Pues bien, esos humildes 120 gramos de comida, nos aporta más de 600 calorías por lo que, si te comes un cuenco de mazamorra, debes construirte tú solo otra mezquita de Córdoba esa tarde para quemar lo ingerido.

Es un producto sanísimo, eso sí, y que recomiendo vivamente a todas esas compañeras que veo que andan esqueléticas por el estrés de esta profesión. Sano, sabroso, culturalmente aliñado, reparador de anemias y restaurador de carnes para cualquier malcomida.

Es por eso que, dado su tremendo poder alimenticio y que a mí kilos la verdad es que no me faltan, sólo me he servido un platito minúsculo y el resto de la masa lo he alargado con agua fresca hasta obtener un fantástico ajo blanco que va a ser mi plato principal de hoy junto con unos taquitos de jamón.

De postre, y pues de productos de mi pueblo va la cosa, me he gobernado unos higos de pala, porque esa y no otra es la fruta que antes se veía en los secarrales desérticos del Campo de Cartagena aunque, debo decirlo, no puedo evitar que me moleste bastante tener que pagar en la frutería los higos de pala. Creo que no pagué un higo de pala hasta hace un par de años pues, de mi educación infantil me queda, además de lo aprendido en «El Parvulito», la costumbre de coger gratis los higos chumbos de las paleras.

Ya no hay caso, una epidemia ha diezmado las chumberas y hoy los higos de pala se pagan caros.

Qué se le va a hacer.

Don Gerardo

Don Gerardo

Don Gerardo era uno de esos ingleses que, a principios del siglo XX, dieron en la locura de enamorarse de España. Obligado a pelear en la Primera Guerra Mundial como soldado británico, Edward Fitzgerald (Gerald) Brennan, en cuanto acabó la guerra, alquiló una casa en Yegen, en las alpujarras granadinas desde donde mantuvo contacto con la intelectualidad angloamericana. En 1930 contrajo matrimonio con Gamel Woolsey una poeta y novelista norteamericana con quien se instaló en Churriana, Málaga, ciudad esta en la que vivió los durísimos episodios de su toma por el ejército franquista durante la guerra civil española.

Con la victoria de Franco la cosa se puso turbia para Don Gerardo y hubo de volver a Inglaterra pero, para 1953, estaba otra vez en España con Gamel Woolsey.

Durante todos esos años Don Gerardo no dejó de escribir y en su obra «El laberinto español» (1943) nos cuenta esta receta del gazpacho de la que he tenido noticia por amigo de Facebook Luis Morillo quien me escribió:

«Gerald Brenan en su conocida obra «El laberinto español» (1943) refiriéndose a la dura vida de los obreros del campo y las gañanías escribe: “En la sementera y la recolección, es decir, durante una serie de meses, los jornaleros se ven precisados a abandonar a sus familias y dormir en los vastos cortijos, distantes a menudo quince o veinte kilómetros del pueblo. Allí duermen, en ocasiones hasta un centenar, juntamente hombres y mujeres, en el suelo de una gran pieza llamada la «gañanía», con un hogar al fondo. El amo les aporta la comida, la cual, excepto en la época de siega, en que se le añaden judías, consiste exclusivamente en «gazpacho», una especie de sopa de aceite, vinagre y agua, con pan flotando por encima. El gazpacho se toma caliente para desayuno, frío a mediodía y caliente otra vez por la noche. A veces, a esta dieta de pan de maíz y aceite, se añaden patatas y ajo. Cuando es el amo el que proporciona la comida, los jornales rara vez suben de 1,50 pesetas, por cuya cantidad hay que trabajar una jornada de doce horas, con descansos». Tales condiciones de vida en la baja Andalucía, descritas por primera vez por Blasco Ibáñez en La bodega, y más tarde por Marvaud y otros investigadores, no han cambiado de modo apreciable; de ello puedo dar testimonio por mi experiencia personal.»

Esta receta del gazpacho me impresionó, no ya por su pobreza de ingredientes sino porque, sorprendentemente y con poca diferencias, es igual a la comida habitual de los antiguos habitantes de la Roma imperial: el «puls» o «pulmentum».

El puls es una preparación culinaria en forma de sopas/gachas de cereales o legumbres (recuerden mi «gazpacho de michirones» de hace unos días). El puls, en su concepto más sencillo se trata de unos cereales puestos en remojo hasta lograr su ablandamiento. Se trataba de un alimento básico del pueblo romano. Su preparación aparece en el recetario del siglo I d.C. escrito por Apicio y titulado: De re coquinaria. De la palabra «puls» se deriva nuestra «polenta» y con esto ya les digo mucho.

Hoy que me he acordado de Luís Morillo y de Don Gerardo me he decidido a hacerme mi buena porción de este gazpacho de gañanía de que hablaba Gerald Brennan y, tras batir los humildes ingredientes —ajo, aceite, vinagre, sal, pan y agua— en las proporciones que dios me ha dado a entender lo he probado.

Y estaba bueno.

Y ahora que mi puls se está refrescando en la nevera déjenme decirles que, cuando Don Gerardo se hizo viejo y enfermó, muy contra su voluntad fue trasladado a un asilo en el condado de Middlesex (Inglaterra) lugar del que pudo retornar gracias a que sus vecinos españoles juntaron Roma con Santiago.

Consciente Don Gerardo de que la muerte había dictado ya su cédula de citación tomó las medidas precisas para que sus restos mortales no volviesen a Inglaterra de forma que, cuando murió y trataron de repatriar su cadáver a Inglaterra, se encontraron con que el ciudadano británico Don Edward Fitzgerald Brennan había donado su cuerpo al Hospital Universitario de Málaga.

Y es por eso por lo que hoy, sus restos, reposan en un trozo de tierra de esa realidad discutida y discutible para los españoles pero que, para Don Gerardo, siempre se llamó España.

Café con leche y barroco

Café con leche y barroco

Suelo ilustrar las cosas que escribo con alguna fotografía de lo que estoy comiendo o voy a comerme y es por eso que, muchos amigos que me leen, piensan que escribo de comida, pero no es así. Si escribiese de comida se me habría agotado hace tiempo el combustible literario (vivo solo, tengo poco tiempo para cocinar y mi repertorio es escaso) pero yo, en realidad, lo que sucede es que escribo de otra cosa para la cual la comida sólo me sirve de pretexto; pre-texto en el sentido literal de la palabra, pues la comida no es más que la puerta para escaparme hacia otros territorios.

Daría igual la comida, que la música, que la pintura o que la entomología; en realidad todas las cosas del universo están contenidas en cada una de las cosas que lo componen de forma que, uno, puede mirar lo que tenga más mano y escribir acto seguido, por ejemplo, de los sumerios… Sí, creo que eso me pasa bastante.

Sin embargo esta mañana es distinto; he encontrado la ocasión de quedarme solo un ratito y me he venido, como cualquier turista japonés de medio pelo, a desayunar a la Plaza Mayor y a pagar el impuesto revolucionario turístico que los aborígenes vetones tienen instituído para cuantos extranjeros quieren disfrutar del entorno.

Y merece la pena, a qué negarlo.

Porque esta mañana no necesito de las tostadas el café o el aceite como excusa para sumergirme en mi particular universo cultural; esta mañana el entorno de la Plaza ya te sumerge por sí mismo en una burbuja cultural de la cual, tristemente, habré de salir en unos minutos.

Volveré, claro que sí, probablemente en septiembre.

Un color especial

Un color especial

Que Sevilla tiene un color especial es una afirmación hasta cierto punto errónea pues lo que tiene Sevilla son colores especiales, de hecho tanto el amarillo albero como el rojo, que ejercen de colores decorativos de la ciudad junto con el blanco, están debidamente definidos en Pantone, CMYK, RGB, RAL y cualquier sistema de clasificación de colores que usted elija.

Pero, que Sevilla tenga colores especiales, no empece para que haya una ciudad que sí que tenga UN color especial: Salamanca.

Salamanca es una ciudad dorada gracias a que su casco antiguo, e incluso buena parte del moderno, están construídos con la llamada «Piedra de Villamayor», un pueblo situado a poco más de cinco kilómetros de Salamanca. Con ella está construida la Universidad, las catedrales (vieja y nueva), la Plaza Mayor y la práctica totalidad de los edificios que están en el casco antiguo de forma que, cuando amanece o atardece (esa hora que los fotógrafos llaman la»hora dorada»), Salamanca luce radiante con su color especial.

Me hubiese gustado cruzar el puente romano e irme más allá del Tormes para tomar la clásica fotografía de Salamanca al atardecer, pero no viajo solo y no podré darme ese gusto, al menos por estaa vez.

No pasa nada, desde dentro la ciudad sigue siendo maravillosa.

Hoy es 12 de julio

Hoy es 12 de julio y, al menos en Cartagena, sí tenemos algo que conmemorar. Sucedió hace 148 años.

Gazpacho de michirones

Gazpacho de michirones

Los cartageneros comen michirones del mismo modo que los católicos van a misa y, en ambos casos, el guión de la función suele ser siempre el mismo; sólo cambian, acaso, la homilia y la conversación propias de cada momento del año litúrgico.

Ese guiso de michirones (habas secas) hueso de jamón, chorizo y otros aditamentos, que una cierta clase social de mi ciudad ha convertido en seña de identidad y bandera de «lo cartagenero» tiene de malo que, llegada la canícula, no es el plato más apropiado para conllevar los calores. Sí, ya lo sé, con la fresca pueden comerse michirones. Y fabada (añadiré yo) y callos con garbanzos y olla podrida o de cerdo… Por poderse comer, en verano, puede comerse de todo, pero pareciera que al verano le sienten mejor otras comidas que los michirones guisados de la forma tradicional carthaginesa.

Es por eso que, aprovechando los sabios consejos de mi buen amigo Manuel Delgado Milan, vengo a añadir hoy un eslabón más en la cadena de recetas que deben conducirme al hallazgo del gazpacho primordial, padre y origen de toda la gazpachería mundial. Por eso, hoy, les presento el «Gazpacho de Michirones» (más correctamente «Gazpacho de habas secas») cuya preparación me encareció mi amigo Manuel.

Está cojonudo (debo decirlo) pero, además de sus notables propiedades organolépticas, lo que verdaderamente más me llama la atención de este gazpacho son, a saber:

a) Sus propiedades nutricionales
b) Su significado cultural en la historia de los gazpachos.

De sus propiedades nutricionales nos habla con todo conocimiento el catedrático Antonio Escribano, doctor en endocrinología y nutrición, quien nos aclara que esta comida, propia de segadores y trabajadores del campo, es altamente nutritiva y al tiempo fácil de digerir, es refrescante y gracias a la peculiar composición química de las habas tiene ácido fólico, vitamina B1, magnesio, zinc, sodio, potasio… Un alimento maravilloso y cuyo alto contenido en vitamina B lo hace especialmente apropiado para combatir los contagios.

De su significado cultural nos hablan sus componentes, la extracción social de las personas que lo consumen y los lugares en los que aún es un plato habitual y valorado gastronómicamente.

Sus componentes nos dicen que es un gazpacho precolombino, anterior al descubrimiento de América y por eso en su composición no entran tomates ni pimientos pero sí el pan y las habas pues estas, a diferencia de las habichuelas o alubias que sí son de origen americano, son consustanciales al agro ibérico desde la noche de los tiempos.

Fue sin duda de este tipo de gazpachos de los que nos hablaba Covarrubias cuando dijo de ellos que eran «comida de pobres y de gente grosera» pues Covarrubias, que vivió a finales del siglo XVI y principios del XVII sin duda no pudo ver la difusión generalizada del tomate como alimento.

Si muchos sostienen al ajoblanco malagueño o cordobés o a la mazamorra como ejemplos de gazpachos precolombinos, este gazpacho de habas secas (michirones) con mucha más razón podría reclamar la condición de gazpacho primado; no cabe duda de que las humildes habas secas son una vianda mucho más al alcance de los «pobres y gente grosera» que la refinada almendra cuyo precio es mucho mayor.

Gracias a gazpachos como el que hoy me estoy comiendo, generaciones de jornaleros varearon olivos y araron las tierras del señor. «Si las habas tuvieran cuernos ararían solas la tierra» me dice Manuel que, aún, se dice por Fuente Palmera y otros pueblos de ahí de la parte de Córdoba.

Y Manuel lo sabe bien porque Manuel no es que fuese cocinero antes que fraile, sino que fue jornalero antes que abogado. Ahora Manuel, como un Horacio marxista, cuida de su huerto y disfruta (dis-fruta) de lo que de él sale, fruto de la tierra y del trabajo de sus manos.

Por cierto que me dijo que cría unos muy buenos melones de talega.

Tengo que probarlos.

Las chacinas y las palancas de tercer género

Las chacinas y las palancas de tercer género

Hoy, para comer chacinas, como cubierto auxiliar, en lugar de traerme un tenedor me han suministrado unas finústicas pinzas de diseño zigzagueante que, al pronto, no he sabido cómo usar.

La contemplación de estas pinzas me ha retrotraído 40 años atrás cuando, una noche, tocando en un caro restaurante de Monte Carlo (Rampoldi) vi por primera vez a señoras elegantísimas comer caracoles (scargots) sosteniéndolos con unas pinzas imposibles.

Luego esas mismas pinzas las vi en la película «Pretty Woman», pero ya no era lo mismo; ver comer caracoles con aquel instrumento a señoras de Aston Martin en la puerta y Piper Heidsiek Millesime como vino de pasto, fue una impresión indeleble.

Nunca he tenido una de esas pinzas de caracoles en la mano y, a veces, me he preguntado cómo se manejarían y si serían una herramienta útil o no en verdad para alguien que, como yo, no ha lidiado otros moluscos gasterópodos que esos de la ganadería de los que, por el sur de España, llaman «chupaeros».

Hoy, cuando me han traído estas pinzas, he sentido que estaba de nuevo en Rampoldi, he retrocedido cuarenta años en el tiempo y he soñado que aún seguía allí y que, por fin, me dejaban usar las imposibles pinzas para scargots.

Yo conozco bien la teoría de la pinza desde pequeño (es una palanca de las llamadas de «tercer género» por tener la potencia entre el punto de apoyo y la resistencia) pero estas que me han dado hoy para comer las chacinas se me han hecho imposibles.

Las pinzas en cuestión, en lugar de ser sencillas, lisas, mondas y lirondas, tenían una inexplicable forma de cuatro (4) sin que yo acierte a entender bien para qué. El diseño, ciertamente, mas parece obra de Escher que de la Bauhaus porque, si cogías mal las pinzas estas podían saltar por los aires y, si las cogías bien, usarlas era tan complicado como practicar caligrafía uncial merovingia.

Tras un par de intentos he sentido que no tenía necesidad ninguna de usar ese instrumento pudiendo hacer pinza con el índice y el pulgar, momento en que, plenamente de acuerdo conmigo mismo, me he zampado las chacinas con no poca satisfacción de cuerpo y espíritu.

Si conocen ustedes al diseñador de esas pinzas háganmelo saber, me gustaría intercambiar con él unas palabras.

To er mundo e güeno (o no)

Las personas, tomadas una a una y con la excepción de algún psicópata, siempre me parecen buenas.

Las personas sólo empiezan a decepcionarme cuando dimiten de su propio criterio, abrazan incondicionalmente el criterio de cualquier grupo, dejan de ser únicas y se encuadran en uno de esos grupos de gente a los que llamamos «masas».

Y ahí ya no todo el mundo es bueno, porque ahí no se piensa sino que se repiten consignas; ahí las cosas no se juzgan en sí mismas sino en función de si favorecen o perjudican al grupo; ahí ya no se puede cambiar de criterio sino que se defiende a los nuestros con razón o sin ella.

Y es ahí cuando, ciertamente, ya no todo el mundo es bueno.

Llegados a ese punto ya no existen simplemente el tú, el yo y el nosotros, porque, llegados a ese punto, aparece la terrible tercera persona del plural: el «ellos», los que no son ni tú, ni yo, ni nosotros.

Y olvidamos que los seres humanos, las personas, nunca son simplemente «ellos», siempre son nosotros. Sólo situando a los seres humanos fuera del ámbito natural del nosotros somos capaces de hacerles daño. Siempre que detecto que alguien se refiere a un colectivo como «ellos» me pongo en guardia. El ellos es siempre la premisa básica de la agresión humama.

Tú y yo hemos visto como el «ellos» se ha aplicado a los españoles, pero también a los andaluces o a los gallegos, a los gitanos o a los homosexuales, a los musulmanes o a los negros. Cuando les señalamos como «ellos», creemos que aquellos a los que etiquetamos así forman un grupo aparte del nuestro y, con eso, tratamos de olvidar que, españoles, andaluces, gallegos, gitanos, musulmanes, homosexuales o negros somos todos lo mismo: nosotros. Para causar el mal buscamos antes las diferencias que nos permitan considerarles ajenos a nosotros. Para hacerle mal a alguien primero necesitamos recluirle en el odioso grupo del «ellos».

«Gens una sumus» dice el proverbio, pero lo olvidamos.

Por eso me gusta tomar las personas de una en una, porque —salvo los inevitables psicópatas— todas son buenas y merecedoras de atención. Sólo cuando las personas dejan de ser individuos para convertirse en grupo, en masa, empiezo a preocuparme; aunque, aún así, sé que siempre existirá la oportunidad de tomarlas a solas y volver a descubrir —y quizá hasta a descubrirles— que son mejores cantando solas que balando en grupo.

La cultura como estrategia

La cultura como estrategia

¿Dónde estudiaron másteres en dietética las madres de los años 50 y 60?

Las vitaminas aún no se habían descubierto pero ellas se tomaban el tremendo trabajo de convencer a sus hijos de que había que comer fruta aunque les fuera en ello tener que coger un berrinche tremebundo y hacérselo coger a sus hijos.

¿Cómo sabían esas madres que era imprescindible para sus hijos comer fruta si aún nadie sabía qué era la vitamina C ni para qué servía?

¿Dónde enseñaron a las madres de los años 30, 40, 50 y 60 que era bueno cenar poco y que lo indicado era un hervidico de verduras?

No recuerdo que hubiese universidades para madres pero ellas preparaban hervidos y potajes porque había que comer verdura y, por la noche, mejor hervidos. Y, sin saber distinguir la proteina de los hidratos de carbono, si veían que sus hijos e hijas habían jugado mucho al hervido añadían un huevo duro que hacía de este un complemento perfecto.

¿Quién enseñó a esas madres de siglos pasados a sacar adelante así de bien a sus hijos?

Yo sé que muchos me lo discutirán pero eso se llama cultura.

Cada especie animal ha elegido o seleccionado unas armas específicas para sobrevivir: la velocidad, la resiliencia, la fortaleza… Ya les dije hace poco que el pulpo era uno de los animales más inteligentes que puede uno encontrar pero… Las madres ponen los huevos y los olvidan de forma que los pulpos recien nacidos deben volver a inventar todo aquello que su madre aprendió en vida.

Los seres humanos, en cambio, hemos hecho de la cultura nuestra gran arma evolutiva. Las madres de hace cincuenta años quizá no supieran lo que eran las vitamimas pero miles de generaciones de madres antes que ellas habían ido aprendiendo qué era bueno y qué no para sus hijos y ese conocimiento, depurado de generación en generación, hizo que ellas supieran exactamente lo que necesitaban sus hijos y si, para que lo comieran, habían de llevarse un cabreo se lo llevaban pero el niño o la niña comerían fruta… Si la había.

Muchos siglos después médicos eminentes llegaron a la conclusión de que la mejor dieta para el ser humano es esa que diseñaron nuestras madres —dieta mediterránea creo que la llaman ahora— y que buenos aceites, pescados azules y otros alimentos denostados, son en realidad la base de una buena alimentación. Ellas ya lo sabían, los científicos tardaron mucho en entenderlo.

Y sí, eso que hacen las madres se llama cultura y esa fue la estrategia que un mono indefenso eligió para sobrevivir frente a animales más fuertes y tuvimos suerte (hubo momentos en que apenas quedaron unos pocos seres humanos en el mundo según dice nuestro ADN) porque nuestra estrategia funcionó.

Estos mo os indefensos hijos de madres sabias, además, fuimos muy buenos cooperando los unos con los otros. No les voy a hablar del abrazo de la cooperante al inmigrante que dio lugar a grandes polémicas hace poco, me voy a remontar más lejos, hace ya casi quince años, cuando una patera llegó en verano a una playa de Matalascañas empetada de veraneantes sevillanos. Una bebé que había llegado en la patera lloraba desconsolada, los servicios médicos pensaban que era un problema de nariz pero una sevillana rubia y guapa que estaba en periodo de lactancia no necesitó de diagnósticos, miles de años de evolución le decían lo que pasaba, y se acercó a la niña al pecho y los lloros se acabaron. Antes de criticarme por contar esto sepan una cosa: la especie humana es la única que amamanta a crías ajenas, ningún otro simio lo hace y no es fácil que las madres dejen su cría a otra hembra. Los humanos, en cambio, cuidamos de nuestra prole como si fuese propia y, si tuviese tiempo, les contaría hoy cuánto ha influido eso en que seamos como somos.

Por eso, cuando ahora veo niños que se llaman Jeniffer o Stalin (y discúlpeme si ese es su caso) me preocupo porque pienso que los padres de ese chico, igual que han cambiado las costumbres en los nombres, quizá hayan cambiado su cultura por la que ven en los anuncios de la tele o de internet y sus zagales, en vez de cenar fruta gracias a una madre o un padre enfadados, ahora cenen McNuggets o tomen de postre cualquier porquería.

Y ahora no sé bien por qué les cuento todo esto…

Bueno sí, porque esta noche toca hervido para cenar.

Un corte de mangas sideral

Un corte de mangas sideral

Si existe un episodio vergonzoso en la carrera espacial de los Estados Unidos fue el llamado «Proyecto Mercury 13», donde se vetó a las mujeres como astronautas llegando el debate incluso al Congreso de los Estados Unidos.

Fueron 13 mujeres las que, a principios de los 60, superaron todas las pruebas médicas precisas para ser lanzadas al espacio por la NASA, pero la oposición oscura de burócratas, políticos e incluso de algunos de sus «compañeros» astronautas, que ridiculizaron sus pretensiones impidió que estas 13 mujeres participaran en la aventura espacial americana.

Todas estas mujeres del proyecto Mercury 13 eran aviadoras de superior categoría y su formación excelente. Alguna de ellas aprovechó su fortuna y contactos para colar el debate en las cámaras de representantes de los Estados Unidos pero, para vergüenza de los EE.UU., el proyecto fue cancelado en medio de opiniones y discursos que hoy harían querer borrar el pasado a muchos de quienes intervinieron.

Mientras, los soviéticos, en 1963 volvieron a ganar la partida a los americanos poniendo en órbita a la inolvidable Valentina Tereskhova, pero no sin críticas. Muchos de los «compañeros» de Valentina la acusaron de diversas «lindezas», como la de beber vodka incluso en la propia cápsula espacial… Pero fue en vano, en ese punto los soviéticos no parecían distinguir un hombre de una mujer ni de un trozo de carne de perro: venían de una Segunda Guerra Mundial donde sus mujeres habían peleado en primera linea como aviadoras, fusileras, tanquistas y habían muerto con la misma solvencia que sus compañeros varones. A la URSS no le costaba lanzar al espacio una persona y perderla y, quizá por eso, Valentina alcanzó la órbita terrestre 20 años antes de que lo hiciera cualquier norteamericana. 20 años de diferencia es mucho, 20 años de desigualdad en el primer país de occidente es una vergüenza demasiado inexplicable.

Sin embargo esta historia tiene un final feliz porque, Wally Funk, la más joven de las 13 mujeres del proyecto Mercury 13, ha vivido lo suficiente para, a sus 80 años, demostrar que sigue en condiciones físicas para subir al espacio y va a hacerlo.

El proyecto Blue Origins la ha seleccionado como miembro de la tripulación del New Sheppard y, aunque esto no borre para Estados Unidos la vergüenza de aquellos años 60, sí va a permitir a Wally Funk dar un corte de mangas orbital e histórico a todos aquellls que, hace 60 años y cuando ella sólo tenía 20, le dijeron que no podía ser astronauta.

Va por ti Wally.