Nos cuesta admitir que para el mundo no somos importantes, que nuestro destino es el olvido, que no somos muy distintos de los demás y que la vida es una ilusión a la que debemos dar sentido. Acostumbrados como estamos a ser el centro del mundo (todo lo contemplamos desde nuestra guarida corporal) nos resulta doloroso admitir que somos, en el fondo, iguales a cualquier otra persona.
Es por eso que la diferencia nos resulta tan agradable, porque nos selecciona, nos encuadra, nos distingue y nos hace sentir que somos «más alguien» proporcionándonos ese amable y cálido refugio al que llamamos «sensación de pertenencia», una sensación que, seres humanos más astutos o más malvados —según se mire— aprovechan para gobernar nuestras conductas.
Lo hicieron en el pasado aprovechando las evidentes diferencias cromáticas y morfológicas de las razas hasta conducir al mundo a dos guerras mundiales. Lo hicieron —y lo hacen— segmentando a los seres humanos por la lengua que hablan, o por sexo, o por el dios en que creen o por el sistema económico que defienden.
Para quienes tengan menos de 35 años la posibilidad de que el mundo quedase destruido por un holocausto nuclear en la segunda mitad del siglo XX es algo perteneciente al pasado remoto pero, para quienes como yo nacimos en medio de la crisis de los misiles de Cuba que estuvo al borde de provocar la destrucción del mundo civilizado, tal contingencia fue algo muy real y se mantuvo así durante casi medio siglo.
Que el ser humano pudiese autoexterminarse tan solo por la cuestión de si la economía debía gobernarla el mercado o el gobierno ilustra perfectamente la estupidez humana.
Y esa estupidez no parece ir a menos.
Hemos heredado las armas nucleares que se construyeron al calor de una contienda ideológica ya pasada y ahora esas armas las esgrimimos en nombre de viejas querellas (yo soy ruso tú ucraniano, yo soy cristiano tú musulmán, yo soy palestino tú judío, yo estadounidense tú chino).
Hoy, agotado ya casi el primer cuarto del siglo XXI, parece que no hemos aprendido que las amenazas para la especie humana —incluida su propia estupidez— son de naturaleza global, que el cambio climático, la ecología, las migraciones humanas, son fenómenos que no entienden de nacionalidades ni dioses y que, si no los solucionamos entre todos, todos nos iremos antes temprano que tarde al carajo.
Y, en medio de esto, seres humanos que no han sido capaces de dar sentido a sus vidas buscan una identidad predicando que, si hablas gaélico o corso, tienes derecho a la soberanía exclusiva y excluyente sobre un trozo de tierra, que si en tu comunidad se corren toros por las calles o se baila la sardana o el pasodoble, tienes derecho a la soberanía exclusiva y excluyente sobre un trozo de tierra, que si tu dios se llama Alá, Yahweh, Cristo o Rama, tienes también derecho a la soberanía exclusiva y excluyente sobre un trozo de tierra.
Estamos locos.
Han pasado diez mil años desde que comenzaron a formarse las primeras grandes comunidades humanas y todavía la exaltación de la competencia en detrimento de la cooperación, la exacerbación de la diferencia por ridícula que está sea, la creación y promoción de ideologías destinadas a segregar y no a unir, ciegan la mente de los hombres y les hacen incapaces de apreciar que la historia de toda la naturaleza, desde la primera célula eucariota hasta el más complejo cerebro humano, es una gloriosa historia de cooperación.
No sé cuántas más guerras, muertes y violencia habremos de soportar antes de darnos cuenta de que la cooperación es la única salida.