Conceptos como perdonar a quien te ofende o amar al prójimo e incluso al enemigo nos parecen, con frecuencia, preceptos propios de nuestra religión (la de cada uno, entiéndaseme) olvidando que las religiones no salen de la nada y que, en su mayor parte, no son más que una reelaboración de mitos anteriores para adaptarlos a nuevas peculiaridades emergentes.

Ayer, mientras investigaba los antecedentes mesopotámicos del «Libro de Job» y el llamado «problema del mal», me encontré con este fragmento que no me resisto a transcribirles:

«No holgazanees donde haya una disputa, porque en la disputa te tendrán como observador.  Luego, te convertirán en testigo y te involucrarán en una demanda para afirmar algo que no te incumbeEn caso de disputa, aléjate de ella, ¡ignórala!  Si surge una disputa que te involucra, cálmate.  Una disputa es un pozo cubierto [una trampa], un muro que puede cubrir a tus enemigos;  recuerda lo que uno ha olvidado y hace una acusación contra un hombre.  No devuelvas el mal a tu adversario;  paga con bondad al que te hace mal, haz justicia a tu enemigo, sé amigo de tu enemigo.

Dar comida para comer, cerveza para beber, conceder lo que se pide, proveer y tratar con honor.  En esto dios se complace.  Es agradable para Shamash, quien le pagará con su favor.  Haz cosas buenas, sé amable todos los días

El texto es una traducción del profesor J.S. Arkenberg de una obra conocida como los «Consejos de un padre Acadio a si hijo» o como los «Preceptos Acadios» y su fecha de creación es circa del 2200 AEC (la traducción del inglés al castellano es mía). Para que se hagan una idea, este fragmento está escrito XXII (veintidós) siglos antes del nacimiento de Cristo y está más alejado de él en la historia que el propio Cristo de nosotros. Para Cristo, de haber conocido este texto, sería mucho más viejo que los evangelios para nosotros.

Por solo darles otra referencia, cuando este texto se escribió faltaban doce siglos aún para que el Antiguo Testamento siquiera empezase a insinuar sus primeros trazos.

La voz de este padre acadio nos llega a través de cuatro mil años de historia y no puedo evitar cierto estremecimiento al oírla.

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