«Oficio noble y bizarro,
entre todos el primero
pues, en la industria del barro,
dios fue el primer alfarero
y el hombre el primer cacharro».
Impresiona fuertemente cómo, a veces, los viejos textos ilustran las más modernas teorías.
Comparto las tesis del premio nobel Ilya Prigogine sobre la forma en que funcionan el universo y la vida, una mezcla de materia energía e información donde está última, mediante un generoso derroche de energía, informa a la primera haciéndola adoptar todas las formas que conocemos; un trabajo que, la entropía, se encargará con el tiempo de borrar.
La imagen del dios creador alfarero presente en numerosos textos antiguos —no sólo en el Génesis— dando con su energía forma a la materia (barro) es una metáfora perfecta de esta forma de funcionamiento del universo de que les hablo.
Como el hombre que escribe en la arena de la playa su nombre para que luego las olas del mar lo borren, como el niño que amontona arena para hacer con ella un castillo que destrozará la marea, como el cántaro informado y cocido por el alfarero que, antes o después, caerá al suelo hasta hacerse añicos, somos materia que por un brevísimo lapso ha sido organizada de forma excepcional hasta que, en un plazo fugaz, incapaz de mantenerse en equilibrio —en homeostásis— se disolverá en el olvido como el nombre en la arena, el castillo del niño o el cántaro del alfarero. O como lágrimas en la lluvia, si quieren una versión más moderna de todos estos símiles.
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Playa de Portmán, años ’60 (urbanización)
Ahora que la costa está llena de urbanizaciones esta imagen parece salida de un mundo irreal. Dos zagales juegan en el agua con una caja de madera y un cordel y, detrás, luce en todo su esplendor la «urbanización» de la playa de Portmán: un conjunto de barracas que eran desmontadas cuando acaba el verano devolviendo a la playa su aspecto originario. Ahora que el hormigón ha invadido nuestras costas y que los zagales tienen teléfono móvil, recuerdo aquellos años, cuando a los adultos para veranear les bastaba una barraca y los niños éramos felices con una caja de madera y un cordel.
Playa del Pedrucho. La Manga años ’60
Si algo cambia con el tiempo es la moda; ya me he referido en días anteriores a la nula presencia de bikinis en nuestras playas en los ’60, pero, esta mañana, he recordado unas prendas hoy desterradas de los baños de mar pero que entonces eran muy frecuentes: los gorros de baño.
A mí siempre me parecieron horribles. Solían consistir en una especie de funda de goma para la cabeza que, en la mayoría de los casos, estaba decorada con relieves de anémonas, medusas y otros bichos marinos que, junto con los brillantes colores blancos, verdes o rosas en que se fabricaban, me espeluznaban de una forma que no puedo relatar. Otras veces esos gorros de baño remedaban cofias o tocados antiguos que me parecían tan fuera de lugar en la playa como un vendedor de mantas.
El caso es que las mujeres cuidaban mucho el rito del «capuzón» pues mojarse el pelo o no era una decisión que obedecía a arcanos indescifrables para los zagales (de mayor ya va uno entendiendo algo). En cualquier caso, a Dios gracias, ya no se ven aquellos gorros que convertían a nuestras madres y hermanas en monstruos marinos dignos de una novela de Lovecraft; aunque, como siempre, había en la playa un si es no es de «protopostureo» tal y como deja patente el peculiar posado de estas jóvenes.
Playa de Islas Menores, años ’60.
En los ’60 poca gente tenía coche particular de forma que, los zagales que vivíamos en el Cuartel de la Guardia Civil de Cartagena, íbamos a la playa en un autobús cuyo conductor, al llegar al Algar, sometía a democrática votación la playa de destino preguntando en voz alta «¿A los Urrutias o a las Islas Menores?» La votación casi siempre la ganaba —y por mucho— la playa de Islas Menores.
Entonces no abundaban los salvavidas de diseños galácticos ni los artilugios inflables que ahora se estilan, bastaba con el balón azul de «Nivea» o este sucedáneo, también azul, que vemos en la foto del detergente para lavadoras «Elena». Las chicas, en cuanto alcanzaban cierta edad, abandonaban el bikini y abrazaban el bañador de una pieza del cual sólo las liberaría el correr de los años 70.
Canciones en el autobús, playas sin duchas, fiambrera, nevera y toalla. Veranos de los ’60.
Playa de Portmán, años ’60
Créanme, en Portmán hubo playa y de las buenas en los años 60; una buena playa que los vertidos, la contaminación y la sinvergonzonería destruyeron en los ’70; pero en esta década de que les hablo, muchos cartageneros veraneábamos allí.
La «segunda residencia» de estos veraneantes consistía habitualmente en una barraca de cartones sin luz ni más agua que la que traía diariamente un camión cuba, pero que era suficiente para dormir y para cambiarse ¿para qué más?. Los zagales nos pasábamos el día en el agua y los más mayores se acercaban por las noches hasta el muelle donde solía haber buena pesquera. Está amaneciendo y mi abuelo vuelve del muelle con su caña y su cubo donde trae el «rancho» con que engrosar la comida de mediodía.
Noches de tertulia con los guardias civiles que montaban guardia en la casilla que estaba al lado de la costa y que ahora está separada del mar por miles de metros de inmundicias minerales; alguna excursión a pie al pueblo vecino o a la «playica del lastre» y los safaris de los zagales a la caza y captura de alacranes completaban el programa de actividades.
No necesitábamos más, pero es que, entonces, en Portmán había una playa. Y de las buenas
La Manga, años ’60

- Bañador negro de una sola pieza (los bikinis sólo los lucían las impúdicas suecas).
- Una damajuana conteniendo agua o vino.
- Sandía y melón que, debidamente enterrados en la arena de la playa, adquirirían frescor aún a riesgo de olvidar el lugar en que se enterraron, cosa que pasaba con no poca frecuencia.
Los zagales, a pesar del calor, éramos sometidos a la tortura de esperar dos horas antes de bañarnos si acaso comíamos algo. El peligro de incumplir tan férrea norma era tremebundo: sufrir un «corte de digestión». Este peligro solo se daba, al parecer, en los zagales genuinamente ibéricos, pues, los de otras nacionalidades (generalmente franceses), se bañaban en el mar cuando les venía en gana, incluso después de haberse zampado dos bocadillos. Nuestras madres jamás lograron explicarnos el por qué de nuestras frágiles digestiones.



