Memoria e historia

Todos tenemos una historia que recordamos y es bueno y necesario que así sea.

Sin memoria, sin una historia que seamos capaces de recordar, somos seres sin identidad. Sabemos quiénes somos porque recordamos cómo nos llamamos, sabemos que una vez fuimos el niño que jugaba en el patio porque lo hemos vivido, sabemos dónde vivimos y cuál es nuestra ciudad porque, aunque no veamos en dónde estamos, recordamos el lugar que hemos dejado atrás.

Pero una cosa es la memoria y otra es la historia. La memoria es siempre personal, la memoria es individual y se basa en recuerdos, es nuestra y es la que nos hace diferentes. La historia, por el contrario, es lo que nos han contado, es el relato que otros hacen de las cosas que dicen que han sucedido y eso es peligroso, porque estas historias, al igual que la memoria, forjan nuestra identidad y nos convierten en lo que somos.

Por eso hay que tener mucho cuidado con qué historias te crees y a quién le dejas contarte la historia, porque la historia no es inocua, la historia no es una sucesión de hechos que se te cuenten para saber qué pasó. Cuando alguien te habla de historia no te está hablando de pasado, te está hablando de presente y está tratando de condicionar su futuro y —tú lo sabes bien— la historia nunca es única: de cada hecho existen tantas historias como testigos o narradores y en un divorcio —por ejemplo— vas a tener siempre al menos dos versiones, si es que no tienes muchas más de otras personas periféricas que han sido testigos de la situación.

Es con esta forma de historia con la que juega el poder para forjar tu identidad, tus filias y tus fobias y es por eso que le importa tanto al poder decir qué historia es la que tienen que contar las escuelas a los niños, qué recuerdos hay que insuflar en la memoria de la gente y así construir una identidad adecuada a la ideología política de la clase que gobierna.

Guárdate de los que te cuentan historias. Busca la verdad y búscate a ti mismo. Recuerda: la memoria te da identidad, la historia que te cuentan probablemente lo que busca es manipularte. Es el secreto de los nacionalismos.

No lo olvides.

Napoleón

Napoleón

El pasado es un país distinto donde las cosas se hacen de forma diferente. El pasado es un país en el que, incluso, cuando usan las mismas palabras que nosotros, están diciendo cosas distintas.

Recuerdo cuando de niños, enfrentados al conocido soneto de Francisco de Quevedo que comienza con un «Miré los muros de la patria mía…», el profesor nos advertía severamente que cuando Quevedo hablaba de patria no se refería a España —que es lo que en principio todos pensábamos— sino a Madrid. El pasado, como digo, es un país distinto donde hasta las palabras significan cosas distintas y esto, muy a menudo, se olvida; unas veces por imprudencia, otras deliberadamente para apuntalar posiciones políticas propias.

«Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.

Salíme al campo; vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados,
que con sombras hurtó su luz al día.

Entré en mi casa; vi que, amancillada,
de anciana habitación era despojos;
mi báculo, más corvo y menos fuerte;

vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.»

Hoy hemos convertido la «historia» en una herramienta de lucha política, sobre ella inventamos o negamos naciones para, a continuación, extraer de nuestra parcial visión de la historia toda una serie de consecuencias políticas que, como pueden imaginar, están escritas en el aire o edificadas sobre el barro, tanto como nuestra justificación «histórica» de nuestra postura.

Tratamos de decidir si los «culpables» de una determinada guerra son unos u otros escarbando en la historia y, casi siempre para apoyar nuestra preferencia, no dudamos en bucear al año 1000 AEC para remontarnos al Reino de David o al 1200 AEC para argüir a propósito del establecimiento de los filisteos en la franja de Gaza.

Estamos enfermos de historia. No entendemos nada, somos todos novelistas históricos sin ser historiadores. Incluso a veces dudo de si los historiadores son en la mayoría de los casos historiadores.

Del mismo modo que Quevedo hablaba de patria y se refería a su pueblo (a mí me gusta llamar a Cartagena «mi patria» sólo por provocar a que me pregunten y explicar luego que lo hago a la manera de Quevedo) también existía la palabra «nación» pero también quería decir algo muy distinto. Si tienes tiempo y ganas busca en los textos de Benito Jerónimo Feijoo, el paradigma de los ilustrados, cómo define las palabras «patria» y «nación», verás que no tienen sentido político alguno.

Sí, en el pasado también se hablaba de España, Cataluña, Castilla y Portugal, pero te aseguro que, aunque las palabras eran entonces las mismas que ahora, su significado era profundamente distinto.

Y, sin embargo, sobre una comprensión deficiente del pasado, sobre la incapacidad para entender cómo pensaban hombres y mujeres muy distintas de nosotros, fabricamos quimeras y patrañas con que enfrentar a los seres humanos y buscarles una identidad que, a lo que se ve, debido al cine americano, a las franquicias de ropa y comida y a la fluidez de la información de estos tiempos se ha disuelto como un azucarillo.

Y no crean que les cuento todo esto como consecuencia de mi aversión al nacionalismo político (el cultural me apasiona) sino porque gasté 160 minutos de mi vida soportando un truño infumable llamado «Napoleón». Hacía tiempo que no veía en la gran pantalla nada tan grosero, tan zafio, tan tosco y tan ajeno a la cultura como ese bodrio. Un personaje apasionante como Napoleón, a caballo entre la ilustración y el romanticismo, entre la República y el Imperio, entre la antigüedad y la modernidad, es presentado de forma tosca y sin profundidad psicológica alguna por un director que, además, dirige pésimamente la puesta en escena de todas las batallas que nos trata de contar.

Kubrick y su Barry Lyndon se revolverían en su tumba, Spielberg y Salvar al soldado Ryan tienen que estar descojonados de este torpón y, sin embargo, oigo a los espectadores que salen del cine conmigo y me preocupo porque muchos —que ni saben quién fue Napoleón— se llevarán de él y de su época una idea absolutamente falsa.

Y serán luego esos ciudadanos quienes sobre fabulaciones históricas querrán decirnos cómo debemos vivir.

No puedo con esto.

La primera sentencia de la historia

La primera sentencia de la historia

La historia comienza cuando el ser humano inventa la escritura y es por eso que a todo ese larguísimo período de tiempo en que la humanidad no fue capaz de escribir le llamamos pre-historia.

Fue en Sumeria (actual Irak) donde, en algún momento entre el cuarto y el tercer milenio antes de nuestra era, se inventó la escritura y es por eso que la mayoría de las cosas que ocurren por primera vez en la historia ocurren en Sumeria, la tierra de los «cabezas negras».

Sí, la historia empieza en Sumeria como dijo Samuel Noah Kramer, quién tituló así su libro más famoso y es por eso que si ustedes quieren saber cuándo algo ocurrió por primera vez en la historia han de mirar hacia Súmer.

A mí, que soy jurista, por ejemplo, puede interesarme conocer la primera sentencia de la historia y a poco que investiguemos la hallaremos escrita en caracteres cuneiformes en una tablilla de barro hallada en la antigua ciudad de Nippur.

El asunto era complejo, tres hombres habían asesinado a un cuarto y, por razones desconocidas, confesaron su fechoría a la mujer del asesinado la cual calló y no denunció a los criminales. La tablilla de la sentencia dice así:

«Nanna-sig, hijo de Lu-Sin, Ku-Enlil, hijo de Ku-Nanna, barbero, y Enlil-ennam, esclavo de Adda-kalla, jardinero, han asesinado a Lu-Inanna, hijo de Lugal-apindu, funcionario nishakku. Después de haber dado muerte a Lu-Inanna, hijo de Lugal-apindu, dijeron a Nin-dada, hija de Lu-Ninurta, esposa de Lu-Inanna, que su marido Lu-Inanna había sido asesinado. Nin-dada, hija de Lu-Ninurta, no abrió la boca; (sus) labios permanecieron cerrados. Este asunto fue (entonces) llevado ante el rey en Isin, (y el rey Ur-Ninurta ordenó que el asunto fuese examinado por la Asamblea de Nippur».

Como vemos el asunto lo resolvió un jurado y la cuestión central a dirimir era qué pena había de corresponder a la mujer de la víctima que, conocedora de la comisión y la autoría del crimen, calló y no denunció. En un principio varios de los miembros de la asamblea querían condenarla a muerte junto con los asesinos pero en un momento dado dos hombres justos (los primeros abogados de la historia) tomaron la palabra y dijeron esto que la tablilla recoge:

«Estamos de acuerdo en que el marido de Nin-dada, hija de Lu-Ninurta, ha sido asesinado, (pero) ¿qué ha (?) hecho (?) la mujer para que se la mate a ella?». (Entonces,) los (miembros de la) Asamblea de Nippur, dirigiéndose (a ellos), dijeron: «Una mujer a la que su marido no mantenía (?), aun admitiendo que ella haya conocido a los enemigos de su marido y que (una vez) muerto su marido se haya enterado de que su marido murió asesinado, ¿por qué no habría de guardar silencio (?) a propósito (?) de él? ¿Es, por ventura ella (?) la que ha asesinado a su marido? El castigo de aquellos (?) que lo han asesinado (realmente) debería bastar».

Finalmente los tres hombres fueron entregados al verdugo mas la mujer escapó a la pena capital.

Es la primera sentencia, el primer precedente jurisprudencial de la historia.

De dioses y naciones

De dioses y naciones

Cuando oigo a alguien citar esa frase que dice «quienes olvidan su historia están condenados a repetirla» me invade la sensación vehemente de que está tratando de engañarme.

Creo que ya les dije que el más peligroso de los géneros literarios de ficción es el de la historia. Aristóteles lo percibió así y no es de extrañar pues los libros de historia han sido una de las más eficaces herramientas de control social que han existido.

Bastó con escribir en un libro que los patriarcas de una serie de tribus dispersas eran todos hijos de un mismo hombre (Jacob) y por tanto hermanos, para que estos clanes creyesen haber sido parte de un mismo reino y formasen una realidad política que perdura hasta nuestros días: Israel.

Por supuesto que ese conjunto de tribus que habitaban la actual Palestina —distinto según el fragmento del Antiguo Testamento que ustedes lean— nunca o casi nunca formaron un reino único y, desde luego, lejos de ser «hermanos» sus orígenes eran tan diversos como Egipto, Mesopotamia, Grecia o el propio interior de Canaán. La idea del «historiador» de hacerlos descender de un mismo patriarca y poner por escrito que Jacob (aka Israel) tuvo doce hijos (Rubén, Simeón, Leví, Judá, Gad, Aser, Dan, Neftalí, Isacar, Zabulón, José y Benjamín) hizo que los crédulos habitantes de Canaán se viesen a sí mismos como hermanos de la misma familia.

Al ideólogo de todo esto —vamos a llamarle Esdrás— le pareció adecuado también contarles a todos estos crédulos que un dios les había elegido como su pueblo y que por eso, cuando ellos obedecían las órdenes y deseos de ese dios, las cosas le iban bien mas, cuando desobedecían sus mandatos, caían sobre ellos terribles desgracias como la esclavitud de Babilonia de la que acababan de volver cuando estos textos se fueron compilando.

No me cuesta trabajo imaginar a Esdrás contando al pueblo estas historias y añadiendo a continuación: «no lo olvidéis porque el pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla».

Para imponer entonces tu versión de la historia necesitabas de una élite cultural —generalmente sacerdotes y escribas— que fijase y difundirse tu «historia» del mismo modo que ahora precisas de unos medios de difusión públicos o privados que difundan la tuya.

La idea es maravillosa: convences a un grupo de hordas o tribus de que son el pueblo elegido de un dios y luego tú mismo, tú, les dices lo que Dios quiere, que, en el fondo, no es más que lo que tú quieres. ¿Que se te apetece degollar a diez mil amalecitas? Pues dices que Dios lo quiere. ¿Que te viene bien conquistar unos santos lugares? Pues dices que Dios lo quiere. ¿Que se te ha puesto en la nariz conquistar unas tierras que están trabajando tus vecinos? Pues ya sabes.

Obviamente esta idea de que las leyes no son más que la expresión de la voluntad de una divinidad no es exclusiva de los israelitas, la realidad es que así es como ha funcionado el género humano durante cinco mil años, desde que se inventó la escritura en Sumeria allá por el 3000 AEC, hasta 1789 en que a los franceses se les ocurrió la idea de guillotinar al elegido de Dios.

¿Cómo es posible que personas normales se traguen esas bolas de que alguien habla en nombre de un dios? (Se preguntarán ustedes) y yo les responderé que es algo sumamente fácil. Déjenme que les cuente una historia que quizá les sorprenda.

Estoy seguro que han oído ustedes hablar del Código de Hammurabi, un texto legal que fue derecho vigente en Babilonia y que pasa por ser la primera gran obra jurídica de la historia, pues bien, en él podemos aprender cómo funcionan estas cosas.

Sí observan la piedra donde este código está grabado (se encuentra en el museo del Louvre) verán que, arriba del todo, aparecen en lo que parece una montaña, dialogando, dos figuras: una, de pie, tapa su boca y reverencia a otra que se encuentra sentada. Esta figura que se encuentra de pie es el propio rey Hammurabi mientras que la figura que se encuentra sentada en un trono es el dios Shamash, que está entregando sus leyes a Hammurabi.

Shamash se sienta sobre un trono que se asienta en unos estrados de zafiro (el cielo azul como el zafiro es su casa) mientras que la escena se desarrolla en las alturas de una montaña fuera de la vista del pueblo.

Sí comparan esta escena con la de la recepción de los diez mandamientos por Moisés en lo alto del Monte Sinaí observarán que es idéntica. Yahweh entrega a Moisés unas tablas de piedra en las que él mismo Yahweh ha escrito sus leyes.

Bueno, me dirán ustedes, pero ¿Y lo del trono y el estrado de zafiro?

Buena pregunta pero espero que no se sorprendan si les digo que todo esto se aclara unos versículos después, concretamente en Éxodo capítulo 24 versículos 9-10:

«Y subieron Moisés y Aarón, Nadab y Abiú, y setenta de los ancianos de Israel;
y vieron al Dios de Israel; y había debajo de sus pies como un embaldosado de zafiro, semejante al cielo cuando está sereno».

¿Curioso verdad?

Los humanos necesitamos justificar nuestras leyes, nuestro dominio sobre los demás y hacer de ese dominio esencialmente injusto una situación admisible para todos y hasta hace doscientos años no había mejor truco que hacer creer a nuestros semejantes que nuestros deseos no eran nuestros, sino de una entidad suprema a la que llamamos dios, una situación que cambió hace unos doscientos años. No les extrañará, pues, que cuando alguien me viene a hablar en nombre de Dios yo sujete fuertemente mi cartera. Si Dios quisiese hablar conmigo no dudo que él mismo lo haría y es por eso que, si alguien viene a hablarme en su nombre, mis sospechas y reticencias suban a niveles máximos.

No es por eso de extrañar que los humanos, una vez que esta forma de justificar el poder empezó a resquebrajarse en 1789 buscasen otra forma de seguir haciendo lo mismo y la encontraron en otra especie de Dios, no menos irreal y falso que el Shamash de Hammurabbi pero tan útil o más que él: la nación.

Fue un nazi redomado, el politólogo Carl Schmitt, quién nos reveló que toda la teoría actual del estado no es más que un trasunto de toda aquella teología política que había gobernado el 99% de la historia de la humanidad. Cuando los viejos dioses murieron nuevos dioses ocuparon su lugar y si los viejos dioses nos exigían dárselo todo a ellos y matar o morir por ellos los modernos nos exigían exactamente lo mismo. El poder, claro, siguieron ostentándolo los profetas, sacerdotes y escribas de los nuevos dioses que son quienes se sienten legitimados a hablar por ellos.

Es por eso que, cuando un nacionalista viene a explicarme qué es lo que quiere o exige de mí la patria, yo, como en el caso de los viejos sacerdotes, agarro fuertemente mi cartera porque sé que lo que pretende es imponerme su voluntad o enriquecerse a mi costa.

Pero las naciones, como los viejos dioses, como Shamash en la montaña, necesitan que el pueblo crea en historias inventadas y es por eso que los nacionalistas de todo signo escriben febrilmente de historia y nos cuentan «su» historia al tiempo que añaden la coletilla de que «quienes olvidan su historia están condenados a repetirla» para que no se te ocurra dejar de hacerles caso.

Yo en cambio creo que lo único que los humanos no debemos olvidar es que la figura más antigua del engaño y de la mentira es esa de venir a contarnos lo que otro dice esperando que le creamos. Quienes han hablado en nombre de Dios o las naciones lo han hecho siempre para imponer una voluntad que sólo era suya y eso sí es una lección histórica, quizá la única que no deberíamos olvidar jamás.

Es por eso que ahora, oyendo hablar a todos esos que dicen hablar en nombre de patrias diversas, me acuerdo de Yahweh, de Moisés, de Shamash y Hammurabbi y, claro, agarro fuertemente mi casi vacía cartera.

Desgranar pésoles

Desgranar pésoles

Desgranar guisantes es una actividad que me retrotrae a la infancia y me hace recordar a las mujeres que la poblaron. Hoy, en esta era que ni limpia lentejas ni desgrana guisantes, es imposible revivir la calidad emocional de aquellos tiempos muertos preparando los alimentos para la comida.

El guisante cunde poco y da tiempo a hablar mientras se desgrana, cuando uno veía a su madre prepararse para la tarea huía aunque antes o después llegaba la orden

—¡Pepito! ¡Ayúdame a desgranar!

Y entonces habías de ponerte a la vera de tu abuela o tu madre a desgranar guisantes hasta llenar un lebrillo de ellos con que echar de comer a la legión de maridos, hijos y nietos que se habían de sentar a la mesa. Esos tiempos muertos con tu abuela o tu madre (o tu padre si es que se atrevía a pasar cerca) eran tiempos de comunicación, de escuchar a personas nacidas en el siglo XIX escuchar las historias que les contaron sus padres, nacidos mediado el siglo y de sus abuelos, nacidos incluso antes de la guerra de la independencia.

Para mí, hijo del régimen de Franco, oir hablar del rey o de la república era como escuchar cuentos de una época fabulosa…

—Hoy tenemos un jamón como los de antes de la guerra…

…y todo eso construía una continuidad histórica que hacía que tus padres y abuelos no sólo te solucionasen el presente y te preparasen el futuro, sino que además te regalasen un pasado que diese referencias a tu vida y te permitiese trazar puntos de fuga y lineas de perspectiva.

Desde que compramos los guisantes desgranados eso se ha perdido y desde que vivimos solos, aunque desgranemos guisantes, ya no tenemos nadie a quien contarlo.

Claro que yo tengo un teléfono y redes sociales.

Y aún lo cuento.

Sólo cambian diosas, templos y ritos, el alma humana persevera. Per severa. Per se vera.

Sólo cambian diosas, templos y ritos, el alma humana persevera. Per severa. Per se vera.

En el pequeño espacio que se ve en la fotografía los cartageneros han dado culto a tres diosas desde hace más de dos mil años. A ustedes puede parecerles algo de poca importancia, a mí me impresiona y me sume en cavilaciones.

En primer término pueden ver el templo de Isis, una deidad egipcia cuyo culto fue mayoritario en el siglo I de nuestra era. Diosa madre, grande en magia, estrella de los mares y protectora de los marineros no cuesta imaginar cómo su culto llegó hasta aquí desde el oriente en los barcos que llegaban desde allá.

A la izquierda, tras una especie de escalinata, se ve la única columna que queda del templo de Atargatis, otra diosa relacionada con el agua, de hecho Atargatis fue una diosa sirena, mitad mujer mitad pez. Fue otra diosa que llegó en barco.

A la derecha se ve la cúpula de la iglesia de la Virgen de la Caridad, la actual patrona de la ciudad, otra figura sacral que también llegó en barco.

Muchas oraciones de muchas personas de muchas fes y credos distintos aún vibran en este pequeño espacio de mi ciudad. ¿Hay algo especial en él que atrae a las diosas?

Esta es una de las muchas partes de que está hecha mi ciudad.

Habladme del futuro

Pronto entraremos en año electoral y los políticos de nuestro entorno comenzarán a gritarnos desde los medios de comunicación que el futuro les preocupa.

Pero es mentira.

Del futuro solo les interesa su suerte electoral, ganar o mantener su cargo, porque, por lo demás, el futuro es un espacio vacío para ellos.

Dicen que les preocupa nuestro futuro, pero es mentira; carentes de toda imaginación los candidatos sólo son capaces de llenar el futuro con frases estereotipadas y ajenas a toda concreción… «Contra el paro fomentaremos el empleo», «queremos «lo mejor» para nuestra ciudad», «nuestra ciudad es lo único importante»… Y así hasta llenar de vacío discursos interminables, tan absurdos y huecos como las declaraciones de un delantero centro tras un partido de fútbol.

Lo que a ellos les gusta no es el futuro, sino el pasado; les gusta el pasado porque no han de hacer esfuerzo alguno para inventar nada, el pasado está lleno de historias que ellos pueden seleccionar a su gusto hasta construir el pasado que les interesa. Con él nos irritan, nos adulan, nos adormecen la razón y, si alguien les critica su irremediable adicción al pasado, responden eso de que «el pueblo que olvida su pasado está condenado a repetirlo». Y es por eso por lo que, para que no olvidemos, ellos nos repiten su pasado, el pasado que ellos mismos han construido espigando de aquí y de allá los hechos, reales o inventados, que convienen a sus intereses electorales.

Es por eso también por lo que, cuando un político comienza a hablar de historia, dejo de escucharle. Me gusta la historia y dedico muchas horas de mi vida a escuchar a historiadores hablar de historia y es por eso que sé que, cuando un político me habla de historia, lo mejor que puedo hacer es dejarle hablando solo.

De los políticos no espero que me hablen del pasado, sino del futuro, de ese espacio vacío y sin escribir que hay ante nosotros y en el que pasaremos el resto de nuestra vida. Y es ahí donde me desespero porque, cuando repaso la «obra literaria» de todos estos políticos ágrafos que me rodean, adquiero la certeza de que, quienes son incapaces de escribir sin contratar a alguien que lo haga por ellos, jamás podrán escribir un futuro que merezca la pena ser vivido, de hecho no serán capaces de escribir futuro alguno y simplemente dejarán que la sociedad lo escriba viendo desde su sillón cómo el mundo evoluciona a pesar de ellos. Y lo harán cobrando, naturalmente.

Necesitamos soñar futuros colectivos, necesitamos empresas que realizar juntos, necesitamos definir objetivos para trazar luego los caminos que nos llevarán a ellos. Si te vas a presentar a una elecciones no me hables de lo que fue, mejor cuéntame lo que sueñas.

Y escríbelo, pero escríbelo tú.

Dos historias de México

Dos historias de México

La historia puede escribirse de muchas formas pero ninguna suele ser neutral. Hagamos un experimento y probemos a resumir la historia de México, por ejemplo, de dos formas diferentes.

Primera. En mesoamérica existía una civilización floreciente con capital en Tenochtitlán que aún hoy día nos sorprende con sus logros pero unos europeos llegados en barco, apoyados por tribus de indígenas traidoras a su patria, cercaron y se apoderaron de Tenochtitlán acabado así con aquella civilización maravillosa.

Tras tres siglos de dominación europea en la que se exterminó a la mayor parte de la población indígena, mexicanos de verdad se levantaron contra los europeos y los expulsaron del país. Un buen ejemplo para la humanidad.

Segunda. En mesoamérica existía una civilización que sistemáticamente capturaba miembros de las tribus vecinas para asesinarlos. Hartas de la situación y aprovechando la llegada de un contingente de europeos estas tribus se liberaron del yugo azteca y atacaron su capital Tenochtitlán apoderándose de ella y librando al país de aquella tiranía.

Tras la victoria indígenas y europeos se mezclaron entre sí hasta hacer de México un país ejemplarmente mestizo donde las razas se aman y no se odian. Un buen ejemplo para la humanidad.

Un mexicano hoy puede sentirse heredero de los mexicas o asumir que es hijo de una civilización mestiza. Las consecuencias de elegir creer en uno u otro relato son decisivas no sólo para determinar cómo se relacionarán con el mundo y entre sí sino incluso su relación consigo mismos y su historia.

Por eso ten cuidado de qué libros lees y qué relatos asumes, los libros son la forma en que se programan los seres humanos. Y recuerda que donde escribí México puedes escribir España… Españoles y mexicanos no somos muy distintos y seguramente a nosotros también tratan de escribirnos una historia que nadie escribe con neutralidad.

Como a los mexicanos.

Humanidades y verdad material

Tengo 60 años y no me han contado sino que he vivido el franquismo y la transición. Ahora escucho opiniones sobre ellos más o menos documentadas y las siento todas inexactas.

Es normal: el mundo, la vida, no caben en un texto, en una foto o en unos videos o unos documentos sonoros.

Cualquier comunicación humanística es sólo la representación de un mundo pasado irrecuperablemente perdido y que ya nunca podremos comprender completamente.

La historia, la literatura y, en general, las humanidades en el fondo sólo estudian el lenguaje, pero no sólo el lenguaje escrito sino el de las artes visuales, la música o la arquitectura, para, a través de ellos, tratar de entender el mundo que otros seres humanos crearon.

No, a día de hoy ya nunca entenderemos plenamente un pasado del que sólo tomamos conocimiento a partir de lenguajes, expresivos pero limitados.

Es así como se recupera el pasado en los procedimientos judiciales y es por eso que sabemos que la verdad oficial está condenada a ser inevitablemente diferente de la verdad material, tanto más cuanto más complejo es el pasado que se juzga.

Caeteris paribus: la historia de Caín y Abel

Caeteris paribus: la historia de Caín y Abel

Estoy leyendo estos días una interesantísima tesis doctoral (¿les he dicho que la Internet es maravillosa?) en la que me encuentro con frecuencia con la expresión latina «ceteris paribus».

«Cæterīs pāribus», frecuentemente escrita como caeterīs, cēterīs o céteris páribus, es una locución latina que significa literalmente «manteniéndose las demás cosas igual» y que se parafrasea en español como «permaneciendo el resto constante».

En ciencias se llama así al método en el que se mantienen constantes todas las variables de una situación, menos aquella cuya influencia se desea estudiar y, a mi juicio,es una valiosa herramienta para desentrañar complejos problemas. Por eso, hoy, mientras reflexionaba sobre la vieja historia bíblica de Caín y Abel, se me ha ocurrido que, quizá, usando este método, podría averiguar las razones del crimen si alteraba una variable de la historia y mantenía (ceteris paribus) las demás constantes. La historia creo que la conocen todos ustedes pero, por si no es así, se la recuerdo: Caín y Abel son los hijos de Adàn y Eva, la primera pareja de humanos creada por Yahweh segùn la Biblia. Caín, el Mayor, es agricultor y Abel, el menor, es pastor.

En un momento dado Caín y Abel hacen un sacrificio a Yahweh; Caín le ofrece los mejores frutos de su trabajo y Abel las mejores reses del suyo. Yahweh aprecia la ofrenda de Abel, más no hace lo mismo con la de Caín; quien, enfermo de celos e ira, asesina a su hermano.

Los celos y la ira son terribles pasiones humanas, eso lo sabemos, pero ¿Por qué habría de preferir Yahweh la ofrenda de Abel frente a la de Caín? ¿Por qué Yahweh desaira de esta forma al mayor de los hermanos siendo así que este le había ofrecido sus mejores frutos?

Les ruego que no pierdan el sentido del humor y tratemos de usar del método ceteris paribus.

Dado que la historia ofrece muy pocas variables a alterar comencemos con la más significativa: las distintas profesiones de los hermanos. Uno agricultor y otro pastor.

Si pensamos en Yahweh como un dios de pastores, su preferencia por Abel estaría predeterminada de antemano. Piensen en un Abel bético y un Caín sevillista, la preferencia por los logros, por las ofrendas de uno u otro, dependerá de si el Yahweh de nuestra historia es verdolaga o palangana. Si Yahweh fuera bético —como muchos sevillanos creen— no cabe duda de que aceptaría las ofrendas de Abel y haría ascos a las de Caín. Y viceversa, no se me vayan a enfadar los parroquianos de Nervión.

Si la única variable de esta historia es la distinta profesión de Caín y Abel no cabe duda de que Yahweh tenía que sentir favoritismo por los pastores en detrimento de los agricultores. ¿Y era eso así?

El momento histórico en que este relato se enmarca es ese en el que el hombre ha aprendido a cultivar la tierra. De un pasado nómada de cazadores recolectores que trashuman por el desierto con sus rebaños (eso y no otra cosa es Abraham) se está pasando a un presente donde los seres humanos se vuelven sedentarios, se establecen en unos mismos lugares y aparecen las primeras ciudades y estas ciudades, para esos nómadas que viven en tiendas y vagan por el desierto con sus rebaños de cabras y ovejas, son usualmente focos de pecado y corrupción.

Es a la historia de Sodoma y Gomorra, de Nínive y Babilonia e incluso de la misma Jerusalén: la corrupción y el pecado se asocia a las ciudades (sedentarismo) la nobleza y la pureza de espíritu al desierto (nomadismo).

Por no contarles ejemplos bíblicos conocidos sobre la relación del pecado y las ciudades permítanme recordarles un interesantísimo ejemplo de esta tensión neolítica entre nómadas y sedentarios, entre pastores y agricultores. La encontramos en el libro del profeta Jeremías, capítulo 35, versículos 1-10. Dice así:

  1. Palabra de Jehová que vino a Jeremías en días de Joacim hijo de Josías, rey de Judá, diciendo:
  2. Vé a casa de los recabitas y habla con ellos, e introdúcelos en la casa de Jehová, en uno de los aposentos, y dales a beber vino.
  3. Tomé entonces a Jaazanías hijo de Jeremías, hijo de Habasinías, a sus hermanos, a todos sus hijos, y a toda la familia de los recabitas;
  4. y los llevé a la casa de Jehová, al aposento de los hijos de Hanán hijo de Igdalías, varón de Dios, el cual estaba junto al aposento de los príncipes, que estaba sobre el aposento de Maasías hijo de Salum, guarda de la puerta.
  5. Y puse delante de los hijos de la familia de los recabitas tazas y copas llenas de vino, y les dije: Bebed vino.
  6. Mas ellos dijeron: No beberemos vino; porque Jonadab hijo de Recab nuestro padre nos ordenó diciendo: No beberéis jamás vino vosotros ni vuestros hijos;
  7. ni edificaréis casa, ni sembraréis sementera, ni plantaréis viña, ni la retendréis; sino que moraréis en tiendas todos vuestros días, para que viváis muchos días sobre la faz de la tierra donde vosotros habitáis.
  8. Y nosotros hemos obedecido a la voz de nuestro padre Jonadab hijo de Recab en todas las cosas que nos mandó, de no beber vino en todos nuestros días, ni nosotros, ni nuestras mujeres, ni nuestros hijos ni nuestras hijas;
  9. y de no edificar casas para nuestra morada, y de no tener viña, ni heredad, ni sementera.
  10. Moramos, pues, en tiendas, y hemos obedecido y hecho conforme a todas las cosas que nos mandó Jonadab nuestro padre.

Estos recabitas no eran un clan cualquiera, eran el clan que habïa permanecido siempre fiel a Yahweh mientras el resto de Israel caía en la idolatría y eran quienes habían ayudado al gran profeta Elías en sus luchas con los idólatras. Era pues hebreos «pata negra» y, como buenos hebreos pata negra, habían obedecido los mandatos de Jonadab, hijo de Recab, de no beber vino, de no edificar casas para su morada y de no tener viñas, ni heredad, ni sementera.

Los recabitas son un ejemplo fabuloso de lo que era Abel: no conocían la propiedad de la tierra (no tenían heredad ni se apropiaban de ella sembrándola) y no vivían en casas sino en tiendas… como Yahweh. Porque, bueno es recordarlo, Yahweh es el Dios de un pueblo sin tierra que vaga por el desierto, que camina al lado de ellos que vive en una tienda (el «Tabernáculo») que se monta y se desmonta cada vez que el pueblo se pone en marcha cargando sus textos sagrados dentro de un arca.

Los pueblos sedentarios y agrícolas tenían dioses mucho más relacionados con la lluvia, el rayo, las nubes y las estaciones que Yahweh (al final y al cabo esas eran las principales necesidades de los agricultores) y no es de extrañar que los israelitas acaben adorando a Baal o al sol en cualquiera de sus sofisticadas versiones egipcias o mesopotámicas en cuanto se hacen sedentarios y se dedican a la agricultura. Yahweh en ese momento deviene en un dios poco útil para enfado de los profetas y de los redactores del Pentatéuco para quienes el desierto siempre será el lugar preferido de Yahweh, donde se aparecerá o hablará a los hombres y a donde los hombres se retirarán buscando el contacto con él.

Se han escrito mil explicaciones de la incomprensible historia del crimen de Caín, desde las psicoanalíticas de Freud y Jung a las más personales de Herman Hesse o José Saramago. A mí juicio el relato ilustra las tensiones producidas en un momento clave de la historia de la humanidad: el del nacimiento de la agricultura, el sedentarismo y la civilización.

Seguramente no me crees pero, (este es mi último y definitivo argumento) si eres aficionado a las películas del oeste, sin duda recuerdas esas películas que ilustran las tensiones entre vaqueros (cow-boys) y agricultores; estos colocan alambradas, vallan la tierra, impiden el desplazamiento de las manadas de ganado e incluso introducen ganado menor (ovejas) que cambia el hábitat y modo de vida de los cow-boys que, naturalmente, tratan de resolver el problema usando de su herramienta preferida: el revólver.

Es otra versión de la historia de Caín y Abel.