España y América, una visión gastronómica de la hispanidad

España y América, una visión gastronómica de la hispanidad

Ahora está de moda preguntarse si eso de que unos españoles apareciesen por América en el siglo XV fue bueno o malo. Puede usted pensar lo que prefiera, a mí, ahora que estoy comiendo, me parece que no ha ocurrido milagro más maravilloso que ese en el mundo; de hecho si ese grupo de europeos no hubiese llegado a América, España no existiría.

Vamos a analizar de forma científico-gastronómica el asunto y para proceder con orden empezaremos por el norte de la península, por las Asturias de España. Ese país, cuna de todas las Españas y que lleva por bandera gastronómico-identitaria la fabada no existiría sin América, del mismo modo que su incono culinario, la fabada, no existiría sin fabes, una variedad de esa especie de habas pequeñas «habichuelas» que tanto sorprendieron a los europeos a su llegada a América. Evidentemente sin América la identidad gastronómica astur se disuelve como un azucarillo.

¿Y qué decir del País Vasco? Sin América no existiría ese modo de cocinar las cosas, santo y seña culinario de los Bizcaitarras, conocido en el mundo entero y arma de destrucción masiva de cuantos cocineros futuristas en el mundo son, y que es arte que se conoce como preparar las cosas «a la vizcaína». Para hacer algo «a la vizcaina» son precisos varios ingredientes americanos, si faltan, para comer «a la vizcaina» no quedaría más remedio al comensal autóctono que trocear el bacalao o el rabo con una aizkora o embaulárselo mientras el cocinero anima la función tocando la txalaparta.

¿Y Galicia? Nada más gallego que el pulpo a feira, pero de este plato, salvo el pulpo nada es gallego: ni los cachelos, ni el pimentón, ni el aceite son productos originarios de Galicia y ni siquiera queda el consuelo de recurrir a un aperitivo a base de pimientos de Padrón, pues estos pimientos hijos de Padrón son nietos de América.

Y por no cansarles más, pregúntense ¿cómo prepararía en agosto un andaluz su gazpacho o su salmorejo?, ¿sería la paella el plato que hoy conocemos sin tomate ni garrofón?. El arroz en paella, sol de las Españas y estrella polar de malcomidos y descarriados, es verdad que se preparaba ya en el siglo XV pero no les quepa duda de que sin el concurso de América jamás habría llegado a ser lo que es, por no mencionar la salmorreta: la Comunidad Valenciana no sería la misma sin salmorreta.

Llegados aquí parece que sólo Europa es deudora de América en este asunto, pero no se dejen engañar, América, créanme, se llevó la parte buena de la res.

Seguramente les sorprenderá pero deben saber que, cuando Colón, Hernán Cortés, Juan Díaz de Solís o Fernando de Magallanes llegaron a América en este continente no se conocía la ganadería. ¿Sorprendente verdad? Estamos tan acostumbrados a leer en la Biblia historias de pastores y agricultores que pensamos que en todo el mundo era así —eurocéntricos que somos— pero es lo cierto que en América, a la llegada de los europeos, no existía la ganadería.

Esto fue gloria bendita para unos castellanos que llevaban el pastoreo en la sangre y en sus instituciones más tradicionales (piensen en La Mesta) ya que América, al revés que la pequeña Península Ibérica, era una tierra casi infinita. Los castellanos vieron en todos aquellos terrenos abiertos el paraíso y pronto llevaron allá todo tipo de animales domésticos que, sin depredadores naturales, se multiplicaron hasta casi el infinito. Reses y caballos poblaron aquellos territorios donde sus propietarios, incapaces de encerrarlos en campos vallados, los dejaron pastar en libertad. De ahí nacen imágenes tan americanas como los caballos «mustangs» y «cimarrones» que usaban los indios americanos así como la necesidad de organizar grandes batidas anualmente para concentrar y rodear las reses en un punto. Ahí nacen el «rodeo» y tantos iconos americanos, como el del vaquero, el icono del hombre a caballo, una figura que, hecha de indios, mestizos, castellanos pobres y negros, fue objeto de apropiación por la industria de Hollywood para dar lugar al Cow-Boy, santo y seña del chauvinismo estadounidense.

¿Sería América la misma sin rodeos, vaqueros, caballos y reses, incluso bravas? Creo que no.

En América del Sur ocurrió lo mismo, las inmensidades de Argentina, como las de México, dieron lugar a este tipo de explotación ganadera y si en México los vaqueros y el rodeo fueron su consecuencia directa, en Argentina lo fueron el gaucho y toda la carga cultural que su figura acarrea. ¿Sería Argentina Argentina sin gauchos y sin asados? Creo no, con seguridad que no?

Y no citaré más aportes de este lado del Atlántico porque, siendo yo español, se me podría acusar de parcial, pero créanme que hay muchos más.

Es por eso que hoy, mientras trato de decidir qué comeré, le doy vueltas a la cabeza y pienso que no, que no hubo nada mejor para la felicidad de los seres humanos que el intercambio cultural, agrícola y pecuario, que se produjo hace cinco siglos entre las dos orillas del Atlántico y que sus consecuencias culinarias han sido, son y serán, todavía, fuente de mucha felicidad para un buen porcentaje de la población del mundo.

Albóndigas

Albóndigas

Me cuesta tanto aburrirme que, a veces, he deseado poder experimentar esa sensación.

Vivo solo, pero eso no es óbice para que me pase el día hablando conmigo o con gente a la que aprecio aunque no estén a mi lado. Hoy, tras hablar conmigo mismo un rato, he acabado hablando con mi amigo Aurelio y todo a cuenta de estas albóndigas que ven en mi plato. La causa de mi disputa de hoy con él es la incapacidad de euskéricos y castellanos viejos de pronunciar algunas cosas. Sus respuestas a mis preguntas no son más que una forma de preguntarme y responderme yo mismo, ya lo sé, pero este tipo de conversaciones son mucho más interesantes si tu oponente tiene una personalidad distinta a la tuya.

El caso es que hoy me he gobernado unas albóndigas para comer e, inmediatamente, he caído en la cuenta que estas al-bóndigas habían de ser un regalo árabe. He confirmado mi certeza tras breve investigación pero, mucho más interesante, he averiguado que los árabes tomaron el nombre de las al-bóndigas (albúnduqah) del nombre griego de unas avellanas que se criaban en el Mar Negro, el Ponto Euxino por su nombre en el siglo (en aquel siglo, claro) y que, naturalmente se llamaban «pónticas» lo que dio origen a la palabra árabe «bundiqa» o «bunduqa». ¿Por qué les llamaron los árabes «búndiqa» y no «póntica»? Bueno, por una razón simple, el idioma árabe odia la letra «p».

No, no se rían, el árabe odia la «p» de la misma forma que el chino o el francés odian nuestra «rr». Trate usted de decirle a un chino o a un francés que pronuncien «Roma» y ya verán la risa. Pues lo mismo le pasa a los árabes, que no pueden con la «p» y por eso el viejo elefante indio (pil) trató de ser «al-pil» en árabe, pero no pudo y acabó en «al-fil», y con la «al-póntica» pasó lo mismo, que acabó siendo «al-búndiqa».

A los vascos y castellanos viejos les pasa lo mismo que a los árabes pero con la «f». Le tienen tirria, les molesta pronunciarla, y por eso prefieren poner una «h» muda donde cualquier lengua romance como dios manda tiene una «f». ¿Que usted come «fabas» en Valencia? Pues habas en castellano. ¿Que usted es capaz de «facelo» en gallego? Pues en castellano no sería capaz de «hacerlo».

Llegado a este punto, necesariamente, tenía que discutir con mi amigo Aurelio pues los castellanos viejos no solo odian la «f», como los vascos, sino que además odian las palabras agudas. Esta manía de colocar la sílaba tónica en este sitio u otro no es manía exclusiva de los habitantes de las Merindades; si se fija, casi todas las palabras francesas son agudas, es decir, están acentuadas en la última sílaba y, supongo que por joder más que por otra cosa, a los castellanos les domina la enfermedad de las palabras llanas, es decir, acentuadas en la penúltima sílaba.

No ya es que las palabras castellanas sean mayoritariamente llanas (igual por eso se llama caste-llano) sino que en el país de Las Merindades hasta las palabras agudas las pronuncian llanas.

Hay en el país del que les hablo, Las Merindades, un pueblo que fue bautizado en honor del primer y mítico juez de Castilla, Laín Calvo, y que, por esta causa se llama Villalaín. Pues bien, ni mito, ni juez, ni ortografía de la Real Academia valen un higo en ese país pues el pueblo, los comunes, le llaman Villaláin, acentuado en la «a» para que el nombre en vez de agudo sea llano castellano.

Casi la tengo con Aurelio a cuenta de esto pero tampoco era cosa de que llegase la sangre al Nela y como, a esas alturas del debate, ya me había zampado yo las albóndigas —que eran de bacalao y estaban cojonudas, dicho sea en estrictos términos de defensa— he terminado la conversación conviniendo que cada uno hable como le salga de las al-bundiqas, pues, si según la RAE ya se puede escribir «almóndiga» lo mismo que «albóndiga» ¿quién soy para meterme con cómo quieran pronunciar las cosas en Castilla o en su cabeza y capital Las Merindades?

Hecha la paz he rebañado el plato de albóndigas hasta dejarlo limpio y he pasado al postre.

Gastronomía gentrificada

Gastronomía gentrificada

Yo sé que muchas de mis lectoras me tienen por hombre rústico e ignorante a la hora de comer. Les juro que yo no me tengo por tal sino por todo lo contrario: creo comer tan solo platos culturalmente interesantes y que alimentan no sólo el cuerpo sino el alma y el entendimiento. Si a ustedes no les parece así creo yo que habrá de servirme de atenuante el no hacer, a la hora de comer, sino lo que me enseñó mi madre.

Seguro que, a más de una de ustedes, esta olla de cerdo u olla fresca les parecerá una comida bárbara y ajena a toda sensatez alimenticia; las comprendo, pero no estoy dispuesto a apearme de mis convicciones sin discutirlas siquiera sea un poquito. Muy contrariamente a lo que ustedes puedan pensar, para mí, esta olla es no sólo un experimento culinario y cultural sino también una profunda experiencia antropológica. Me explico.

En mi sentir la comida es la forma más sencilla y amable de introducir a un ajeno en nuestra particular cultura e idiosincrasia.

Si algún día va a visitarle a su tierra un forastero, no se empeñe usted en llevarle a ver los principales monumentos o museos de su país; ver la Sagrada Familia ayuda poco en la tarea de comprender Barcelona o Cataluña, del mismo modo que visitar el teatro romano de Mérida o Cartagena no le ayudará a entender Extremadura ni, mucho menos, la Región de Murcia.

Si usted quiere enseñar su país a un forastero no le lleve a ver monumentos, antes al contrario: invítelo a comer.

Invítelo a comer pero no en un restaurante de esos que tienen una estrella Michelin o salen bien puntuados en Trip Advisor, no, llévelo a donde come la gente de verdad, a ese lugar donde usted sabe que le darán de comer esos platos que ya comía usted de niño, y su padre de usted y la madre de su padr de usted; es decir su señora abuela.

Un arroz con pava (coliflor) le explica a usted lo que es la ciudad de Murcia con más precisión que una ridícula guía turística. Un caldero bien preparado le cuenta todo cuanto hay que saber de Cabo de Palos y unas papas con chocos le pondrán a usted a Huelva en la punta de la nariz.

Si quiere usted enseñarle a alguien cómo es su región, créame, invítele a comer en un lugar donde coma la gente de verdad.

Es verdad que la tontuna ha llegado muy lejos y la industria del turismo ha gentrificado incluso la gastronomía: honestas casas de comidas de toda la vida ahora han sustituido su clientela autóctona por parroquianos que no son sino turistas tan ajenos a la cultura del lugar donde comen como sus vestimentas al paisaje urbano.

Así, si el guiri crucerista cree que los cartageneros beben sangría porque es este brebaje lo único que conocen de España, los bares de la Cartagena-Atrezzo les ofrecerán sangrías que sajones, germanos y eslavos sin romanizar, consumirán creyendo estar probando un néctar que los carthagineses degustan diariamente. Necios.

Si el guiri, en cambio, es persona informada que viene a probar, pongamos por caso, un asiático, el camarero local le tomará el tupé con todo tipo de martingalas: desde rezarle una salve a la leche condensada mientras estruja el envase a bailar una danza de la lluvia mientras quema innecesariamente el coñá en la copa campaniforme.

No me parece mal, a fin de cuentas los españoles construimos un imperio cambiándole a los indios cuentecitas de vidrio por oro ¿Qué hay de malo en desplumar a una guiri roja como un langostino cocido cobrándole la sangría a precio de coñá de gran reserva?

Insisto, la comida, si es auténtica y no está gentrificada, es una experiencia cultural y antropológica y, si no me creen, observen esta olla de cerdo fecha al carthaginense modo: con su morcilla de cebolla guisada con su esqueleta, el apio traido de la vega del segura, el católico tocino y la imperial patata y todo ello sin perjuicio de la humilde habichuela, una legumbre tan sin pretensiones que, en esta región, no pasa de ser un diminutivo/despectivo (habichuela) de la muy respetada haba, vegetal de primera fila y acompañante inevitable del carísimo «salao» grecorromano.

Se me está acabando el plato y el tiempo para escribir; el camarero me está diciendo que a ver si voy escribiendo alguna vez de él y el zagal que hace las veces de ayudante me está quitando el plato sin darme tiempo siquiera a repelar. Para colmo de males mi amigo Mahmadou (el Corte Inglés Africano) me está dando la turra más de lo debido, así que aquí se acaba el texto. No hay más cultura que lo auténtico, váyase al diablo la gentrificación alimentaria y aquí se acaba, por hoy, la historia.

Gazpacho cartagenero

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Hoy me voy a comer el gazpacho de la foto pero, antes de meterle mano y mientras se enfría en la nevera, me he decidido a escribir un post con cuantas cosas se me ocurran a propósito de esta peculiar sopa fría.

Lo primero que se ocurre es que dos cosas hay que nunca faltan en ningún gazpacho y estas son el agua y el vinagre. Es dudoso que pueda llamarse gazpacho a una bebida hecha sólo con agua y vinagre pero, si ponemos en conexión algunos datos antiguos, creo que esta sopa primigenia de agua y vinagre es la que da carácter a todos los gazpachos que veremos luego.

Nos dice Covarrubias en su “Tesoro de la le lengua castellana o española” (1611) que “…el gazpacho es comida de segadores y gente grosera…” y no le falta razón pues ya en el bíblico “Libro de Rut” (600 antes de Cristo) se nos cuenta como los segadores bebían agua mezclada con vinagre para calmar la sed. Esta costumbre de los segadores de beber agua con vinagre me la confirmó de niño mi padre y tengo para mí que el soldado que acercó a Cristo durante su crucifixión una esponja empapada en agua y vinagre no lo hizo -como en desdoro de los romanos decía nuestro cura- para martirizarlo sino para paliar su sed con la bebida que él mismo portaba para beber,

Agua y vinagre, bebida de segadores y gente grosera (Covarrubias dixit) está en la base de los gazpachos y la moderna medicina nos cuenta cómo supera con ventaja al agua en condiciones de extremo calor.

Sin embargo es verdad que esa sopa primordial no es gazpacho todavía, que para ser gazpacho precisa que se le añadan algunos aditamentos.

Los acadios, al acto de partir algo en trocitos para distribuirlo le llamaban kasâpu y esa acción, llevada a cabo con cualquier cosa de alimento que a uno se le ocurra, ya nos coloca muy cerca del gazpacho que conocemos. Y ¿qué alimento hay más troceable y absorbente que el pan?. Un romano de las clases populares se alimentaba básicamente de unas gachas llamadas puls que preparaba a base de cereal, agua, sal y -si tenía posibles- aceite de oliva.

A base de agua y vinagre, de kasâpu y de puls la antigüedad clásica avanzaba hacia el gazpacho.

Hay quien sostiene que la voz “gazpacho” procede del portugués caspacho que a su vez deriva de la voz prerromana caspa, que significa fragmento en derivación mozárabe, aludiendo a que se hacía con cachos de pan; el sufijo -acho parece mozárabe y se extiende por la zona de Andalucía.

Los primeros gazpachos que se conocen (los primigenios) llevaban solamente agua, pan, vinagre, aceite y con frecuencia ajo y a veces frutos secos molidos como puede ser la almendra de donde nació el ajoblanco, quizá el primer gazpacho conocido. Luego vendrían tomates, pepinos y demás hortalizas.

A mí, mi padre me preparaba el gazpacho como lo ven en la foto (las batidoras eléctricas no fueron frecuentes en España hasta mediados de los sesenta) y sostenía que en él se encerraban todas propiedades alimenticias del mundo. Por eso, ahora que no sirven así el gazpacho en los bares, a mí me gusta hacerlo en casa, porque mientras lo hago pienso en los acadios, en el libro de Rut, en los segadores, en la España de los primeros sesenta, en los cachos, en las propiedades del “sueroral”, en la deshidratación por el calor y hasta en Dios Bendito bebiendo agua y vinagre de una esponja. De postre hoy va a caer una tajada de sandía que es también mano de santo para combatir la calor y que la introdujeron los árabes y que tiene una etimología pakistaní (como los gitanos que ahora a veces las afanan) y…

Y el gazpacho ya debe de estar frío, así que otro día hablamos de sandías y gitanos.