Sé que lo que voy a decir no será entendido por muchos pero creo que no tengo otra opción. Es lo que pienso y necesito contárselo.
Cualquiera de cuantos siguen este blog saben que soy cartagenero y que Cartagena es mi patria no sólo por nacimiento sino por un sentimiento incontrolable de amor por mi tierra que sé que no es exclusivo mío, sino compartido por muchos de mis conciudadanos.
Pero, para quienes hayan leído lo que escribo con más detenimiento, sabrán también que abomino del nacionalismo como forma de organizar políticamente la sociedad.
No hay contradicción en ello. Del mismo modo que no entiendo que la fe que cada uno profese haya de gobernar la vida de la sociedad y que me parece fundamental la separación iglesia-estado, tampoco entiendo que el hecho de haber nacido aquí o allá haya de determinar el estatus jurídico o político de ninguna comunidad ni de ninguna persona. Del mismo modo que considero que iglesia y estado deben ser conceptos separados, tambien considero que los conceptos estado y nación deben separarse si aspiramos a un mundo humano, justo y en paz.
Son (somos) muchos los que instintivamente percibimos que religión y nacionalismo han sido las principales causas de conflictos en el mundo desde finales del siglo XVIII. Son (somos) muchos también los que profesamos un sentimiento incontrolable de amor por nuestra tierra o por nuestra fe, pero es fundamental saber que eso no nos autoriza a fundar sobre esos sentimientos ninguna forma de estado. Nación y fe son conceptos tan humanos como irracionales y ningún estado puede fundamentarse sobre la irracionalidad.
Créanme si les digo que el estado-nación es una fórmula tan periclitada de organizar la sociedad como la del estado-teocrático. Y sin embargo, mientras vemos la segunda como una forma organizativa propia de regímenes antidemocráticos, fanatizados o atrasados, no percibimos al estado-nación con las mismas notas de fanatismo e irracionalidad, aunque las tiene en la misma o mayor medida. Entendemos el mundo como un conjunto de naciones más que de indivíduos, consideramos natural que cada nación tenga su estado y un poder exclusivo (soberano) sobre un territorio y profesamos la criminal creencia de que es legítimo quitar la vida en nombre de la patria («todo por la patria») y que podemos exigir a nuestros connacionales que den la vida por ella («todo por la patria»).
Y todo ello aunque nadie, absolutamente nadie, ni siquiera los más profundos estudiosos del tema, sepan ni puedan explicar con un mínimo rigor científico qué es una nación. Las únicas definiciones sedicentemente «científicas» de nación nos llegan desde el romanticismo alemán con su «Volkgeist» y demás magufadas, patrañas incubadas durante años que eclosionaron en dos guerras mundiales (sobre todo la segunda) y en la mayor colección de crímenes que el ser humano ha podido cometer en nombre de una doctrina.
Hoy nos parece natural que Rusia, Estados Unidos o China se armen nuclearmente y se amenacen con la destrucción de la raza humana en caso de que alguno de ellos trate de prevalecer, como si el triunfo de un concepto abstracto como «China», «Rusia» o los «Estados Unidos», justificase inmolar en su altar a toda la humanidad.
Si a ti esto te parece razonable debes revisar tu equilibrio mental: tu equilibrio mental está alterado y sufre de profundas deficiencias.
Esto pudo servir en el siglo XVIII para sustituir la soberanía de los monarcas por otro sujeto de soberanía (la nación), esto pudo servir en tanto las armas del género humano no eran capaces de destruir al propio ser humano más que de forma limitada, pero, hoy que el ser humano puede acabar con la entera humanidad varias veces, tal forma de pensar es una criminal aberración que debe ser extirpada de raíz.
Si a usted le parece natural que el mundo se organice en naciones y respalda usted todas las consecuencias de dicha organización no solo tiene usted, a mi juicio, un problema sino que es usted también un problema para el mundo.
Y sentado mi férreo antinacionalismo, creo que en los siguientes post ya puedo ir contándoles como veo el mundo y la sociedad, cómo creo que es y cómo debería ser y todo ello desde mi visión de la situación tanto en la ciudad en que nací (mi patria), como en la región y el estado en que vivo, la cultura en que me encuadro y la humanidad a la que pertenezco.
Pero eso será otro día.
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Hispano a mucha honra
La Oficina de Administración y Presupuesto sobre raza y etnicidad del gobierno de los Estados Unidos de América (OBM) está empeñada en clasificar a los seres humanos según su raza o etnia y esa —en principio— repugnante forma de clasificar me dice algunas cosas que quizá sean importantes.
Para el gobierno de los USA existen multiples razas pero sólo dos «etnicidades»: los hispanos y el resto de los humanos.
Para los americanos parece que es incomprensible que un blanco, un indio, un negro o culaquiera de los múltiples mestizajes posibles entre ellos sean todos «hispanos». Así que, para las demás razas la Oficina de Administración y Presupuesto sobre raza y etnicidad del gobierno de los Estados Unidos de América aplica criterios puramente raciales pero para los hispanos aplica criterios culturales: es hispano quien habla español o tiene un claro bagaje cultural hispano.
Si es usted castellano, andaluz, catalán o vasco no se ofenda si para los USA es usted simplemente un hispano más y mientras pienso en esto saboreo el hecho de que para ser hispano no importe la raza ni el sexo porque me tranquiliza respecto a la conducta de nuestros tatarabuelos y tatarabuelas que nunca dudaron en mezclarse con hombres y mujeres de cualquier raza.
Los españoles tenemos muchos problemas con nuestras identidades y con lo que somos, no somos o deberíamos ser, por eso me agrada que la administración norteamericana venga a solucionarnos nuestras querellas identitarias y nos meta a todos en un mismo saco: hispanos.
Y pienso que sí, que hispano a mucha honra, como casi 500 millones de seres humanos más que hablan castellano, el idioma de los pobres y el de la gente con la alegría y el alma necesarias para no clasificar a sus semejantes como si fuesen taxidermistas.
Hispano. Oigan, suena muy bien y, si solo hay dos «etinicidades» para los americanos en el mundo, la normal y la hispana, yo elijo ser parte de esta última. En el fondo nunca me gustó ser normal y al fin y al cabo distinción es una palabra que viene de distinto.
Hispano, sí, me suena muy bien.
Españoles que nacen donde les da la gana
Afirma la gente de Cádiz que los gaditanos nacen donde les da la gana y otro tanto he oído afirmar también a los de Bilbao, pero, si de mí dependiese, creo que este nacer donde a cada uno le da la gana debiera ser la norma general para todo el estado español. Este asunto de dónde nacen los españoles está cobrando actualidad a propósito de las preguntas y respuestas que la prensa hace sobre su «españolidad» a figuras deportivas como el boxeador Emmanuel Reyes o los futbolistas Williams y Yamal.
Si repasa usted la historia de España constatará que muchos de sus personajes más conspicuos no han nacido dentro de los límites de nuestra estrecha piel de toro y no se contarían, para un numeroso grupo de «españoles de cuna», entre los españoles «de verdad».
Colón por ejemplo quizá sea el personaje que mayores servicios prestó a la corona hispana y, sin embargo, no sabemos dónde nació. Y no, no se se fíe usted de la tesis genovesa ni de ninguna otra tesis, Don Cristóbal Colón ocultó muy bien su origen a pesar de que jamás usó en su correspondencia (incluso con su hermano y su hijo) otra lengua que el castellano.
Tampoco el hombre que inició la primera vuelta al mundo había nacido dentro de los límites de lo que hoy conocemos como España sino que, bien al contrario, Don Fernando de Magallanes había nacido en el vecino Portugal.
Y, si a soldados y guerreros atendemos, podemos pasearnos por el Museo del Prado y veremos que el quizá más famoso de los generales de los tercios, Don Ambrosio de Spínola, tampoco había nacido en la península ibérica. Y, si nos retraemos a la Región de Murcia, por hablar de algo más cercano, veremos también que el principal escultor de ella, Francisco Salzillo, era hijo de otro Salzillo pero este napolitano, como Lamine Yamal pero all’italiana.
Ambrosio de Spinola Doria (Génova 1569, Castelnuovo 1630). Cristóbal Colón (¿? Circa 1451, Valladolid 1506). Fernando de Magallanes (Sabrosa 1480, Mactán 1521).
Américo Vespucio (Florencia 1454, Sevilla 1512). Carlos de Habsburgo (Gante 1500, Yuste 1558). Alejandro Farnesio (Roma 1545, Arrás 1592). Antonio Malet, Marqués de Coupigny (Arrás, Artois ¿?, Madrid 1825)
Arturo O’Neill y O’Kelly (Irlanda 1749-Madrid 1814) Teodoro Reding von Biberegg (Schwyz 1755-Tarragona 1809) Nicolás Salzillo, (Santa Maria Capua Vetere 1672, Murcia 1727) Cristóbal de Roda Antonelli. (Gatteo 1560, Cartagena de Indias 1631). Juan Bautista Antonelli (Gatteo 1527, Toledo 1588). Bautista Antonelli. (Gatteo 1547, Madrid 1616). Mateo Vodopich. (Dubrovnik 1716, Cartagena 1787). Doménikos Theotokópoulos (Candia 1541, Toledo 1614)… etc., etc., etc.
Podría alargar esta lista hasta el infinito pero me basta con estos ejemplos para ilustrar el hecho de que nacer en España es una cosa y ser español y prestar servicios a España puede ser otra muy distinta.
Que tu madre sea o no española y que te dé a luz en Cádiz o en Bilbao es una pura cuestión de suerte y es por esto que no alcanza uno a entender que esta sea razón suficiente para otorgar más derechos a un ser humano que a otro.
Si bien se piensa, este hecho de que sea el puro nacimiento en un determinado lugar o de unos determinados padres el que otorgue derechos que a otros seres humanos les son negados (ius sanguinis, derecho de sangre), no es nada distinto de lo que sucedía en aquel viejo sistema social del Antiguo Régimen que prescribía que, quien fuese hijo de un noble, heredase el título nobiliario y los privilegios a él anexos. Para muchos todavía, sin embargo, el hecho de haber nacido (obviamente de casualidad) de padres españoles les hace sentirse tan superiores a otros seres humanos como superior se sentía un conde o un duque hace dos siglos ante sus semejantes. Creo que quienes así se sienten están en un profundo error lógico y moral, tanto mayor cuanto más extremado: si gozan de esos derechos por puro azar la humildad debiera ser su primera norma de conducta para con aquellos que no tuvieron su misma suerte.
Los ciudadanos romanos, refractarios a todos estos asuntos de naciones y nacionalidades, lo solventaron afirmando aquello de que «Ubi bene ibi patria» o, como escribió Cicerón «Patria est ubicumque est bene», lo que no traduciré porque creo que se entiende.
A veces me pregunto qué pasaría si la condición de español o española no viniese regalada y hubiese que ganársela o si se pudiese perder con todos los derechos que lleva aparejada por un mal uso ¿Cuántos de los muchos «patriotas» que ahora se ven lo serían en ese caso? ¿Cuántos de esos «antiespañoles» que ahora disfrutan de los derechos que otorga la nacionalidad por el mero hecho de nacer se abrazarían a la bandera?
Nada hay más fatuo ni pueril que enorgullecerse de algo que no nos hemos ganado, que nos ha venido regalado por casualidad. Dejo que ustedes me digan qué creen que pasaría si los españoles y españolas pudiesen nacer en verdad donde a cada uno le diese la gana.

Un cierto algo en común o de cómo querer gritar Viva México
Les hablaba el otro día de aquella cierta idea de España que se nos enseñaba en el colegio a los niños de los años 60. El fenómeno no fue exclusivo de España y, durante todo el siglo XIX, las recién nacidas repúblicas americanas, restos de la implosión de la monarquía católica, se dedicaron a forjar una identidad nacional a través de relatos más o menos disparatados.
Afortunadamente el ser humano tiene memoria y, a pesar de los adoctrinamientos, desde California a la Tierra del Fuego todos los seres humanos que habitaban esas tierras fueron siempre conscientes de que tenían algo en común.
Seguramente los problemas políticos y económicos de las repúblicas americanas y recientemente la peripecia europea de los gobiernos y los políticos españoles, pudieron en algún momento dejar en segundo plano este algo en común que todos sabemos que tenemos, desde la Punta de S’Esperó en Mahón a la Isla Guadalupe en el Pacífico Mexicano.
Afortunadamente para nosotros, esa cultura blanca, anglosajona y protestante (WASP) que impera al norte del Río Grande, con su manía de clasificar étnicamente a los seres humanos, se encarga diariamente de recordarnos (a veces construyendo muros) quiénes somos, cómo nos llamamos, lo que somos y lo que podemos llegar a ser estas gentes a las que ellos llaman hispanos. Quizá los hispanos no sepamos lo que somos pero ahí están los Estados Unidos para recordarnos día tras día que sí, que existimos, que no somos producto del sueño ni de la fantasía.
Y es que, aunque no lo sepa, si es usted hispano (y los Pirineos y la entera península ibérica, aunque los mapas digan lo contrario, también están al sur del Río Grande) a poco que le rasquen un poco la piel le saldrá ese americano cultural y espiritual que lleva dentro y he reparado vivamente en esto hoy cuando, por azar, me ha saltado en las redes el vídeo que les he resumido y colocado abajo. Sucedió hace pocos días en la plaza de toros de Pamplona, durante las fiestas de San Fermín y cuando un mariachi pisó el albero para cantar una canción.
Si no es usted español (navarro, vasco, catalán, gallego…) quizá no pueda llegar a entender que el público de esa plaza muy probablemente es incapaz de cantar el himno andaluz, gallego o canario; que incluso el himno de España, de sonar, provocaría protestas en un sector del público y que pocas cosas generan tantas tensiones entre los españoles como lo que se canta y se toca en los espacios públicos y en las aglomeraciones humanas.
Por eso no pude evitar que se me piantase el lagrimón cuando el mariachi atacó los sones de «El Rey» y la plaza se volvió loca de unanimidad, porque quizá pocos conozcan los himnos de las comunidades de España pero en corridos, rancheras y hasta huapangos los españoles sacan nota.
Y el final con toda la plaza cantando «México lindo y querido» como si todos hubiesen nacido en Jalisco es de esos que no tienen precio.
Y estás son las cosas que pueden pasar cuando de pronto aparecen unos mexicanos en un ruedo en Pamplona, que no necesitamos que nadie nos recuerde que, aunque vivamos a miles de kilómetros de distancia y con un océano por medio, seguimos teniendo algo en común y formamos un «nosotros» superlativo.
¡Viva México cabrones!
Las dos hispanidades (I)
Yo nací en 1961 y, como pueden imaginar, mi enseñanza primaria y mi bachiller se me impartieron conforme a las más estrictas exigencias pedagógicas del régimen de Franco.
La escuela de entonces nos inculcaba una muy concreta visión del mundo y de España siendo fundamental instrumento pedagógico para ello las canciones. Sí, cantábamos mucho, al menos en mis años y en mi cole. Recuerdo que, la segunda canción que me enseñaron, ya me ofrecía una muy concreta visión de España. Creo recordarla bien, el estribillo decía así:
«De Isabel y Fernando el espíritu impera,
moriremos besando la sagrada bandera,
esta España gloriosa nuevamente ha de ser
la nación poderosa que jamás dejó de vencer».
España, nos decían, «tenía vocación de imperio» y así nos lo hacían cantar.
Y, además de las canciones, estaban los llamados «gritos de ritual». Por ejemplo, si el profe gritaba «¡España!» nosotros debíamos responder «¡Una!», si volvía a gritar «¡España!» nosotros debíamos responder «¡Grande!» y si, por tercera vez, gritaba «¡España!» nosotros debíamos responder «¡Libre!». Era como un acto litúrgico.
Había por entonces muchos gritos de ritual, de entre los cuales, el más delirante que recuerdo, nos lo enseñaron cuando el alcalde franquista de mi ciudad accedió para su mal a recibir en el Ayuntamiento a los alumnos de mi clase con nuestro profesor de música al frente.
Armados de flautas, armónicas, melódicas y un pandero, mi compañeros de clase y yo, impasible el ademán, acudimos al ayuntamiento a ejecutar cuatro canciones o al alcalde (quien primero cayese). El repertorio del «concierto» (los juristas me entenderán) era típico, antijurídico, culpable y punible: primero «La Rianxeira», de segundo, «Eres alta y delgada», en tercer lugar «Ya se van los pastores a la Extremadura» (al régimen le encantaban los cantos regionales) y de cuarto, como «pieza patriótica», la versión para flauta chirriante y orquesta desconcertante de una canción llamada «Yo tenía un camarada» que se nos enseñó como patriótico-española aunque, andando el tiempo, supimos que era alemana y se titulaba: «Ich hatt’ einen Kameraden».
El profesor de política, presente para la ocasión, nos advirtió de que, en el improbable caso de que el alcalde sobreviviese a nuestro concierto, al finalizar el acto gritaría
—¡¡Por el imperio hacia Dios!!
A lo que nosotros debíamos responder como un solo hombre
—¡¡Arriba España!!
Yo no entendía nada. ¿Cómo que «por el imperio hacia Dios»? Hacia Dios —me lo habían enseñado en clase de religión— se iba con buenas obras y portándose bien pero ¿«por el imperio»?
Mi amigo «Pote», tan atónito como yo, me dijo a la oreja:
—¿Pero esto qué clase de tontá es? Por el imperio ¿hacia Dios? ¡Hacia Dios sabe dónde!
Yo me callé, el alcalde, para sorpresa de todos, logró sobrevivir al flauticidio, dio el grito de ritual, los niños contestamos sin entender nada y nos fuimos a casa tan contentos, aunque a mí no me dejó de dar vueltas en la cabeza el asunto de Dios y el imperio.
En aquella visión de España que se nos inculcaba nuestra patria, España, era la hipóstasis de una serie de premisas ideológicas que al régimen le parecía deseable que interiorizásemos.
Para quien no sepa qué es o a qué me refiero con eso de la «hipóstasis» le diré que hipostasiar es el término al que recurrió Kant para referirse al delito intelectual de dar carta de naturaleza real a lo que solo es un objeto de razón. Así dotamos de personalidad a entidades que solo existen en nuestra razón, hipóstasis como la nación o dios (Padre, Hijo o Espíritu Santo) son asumidas por el ser humano como si fuesen entidades reales, les atribuimos deseos y les hacemos hablar, legislar o exigir conductas a las que adecuamos la nuestra.
Luego veremos que este «delito de hipostasía» ni es exclusivo de la España de Franco ni lo inventó el régimen. Este delito intelectual es común a todos los nacionalismos de todos los lugares del mundo (incluidos nuestros actuales nacionalismos periféricos) y, de hecho, constituye una especie de nueva teología que, lejos de superar una visión teocrática del estado, lo que hace es, simplemente, cambiar sus dogmas y ritos. Pero sigamos describiendo la concreta idea de España que se nos pretendía inculcar aunque fuese común en sus ideas básicas a las de cualquier otro credo nacionalista pasado o actual.
En primer lugar la patria, nuestra nación, parecía eterna y por eso, cuando se nos enseñaba historia, se nos hablaba desde las prehistóricas cuevas de Altamira o el dolmen de Menga hasta la guerra civil. Viriato, Sagunto o Numancia eran parte de la «historia de España» e ilustraban el carácter indómito de nuestra nación que prefería la muerte a la esclavitud (Sagunto, Numancia…) o la pérfida traición que justificaba la derrota del valeroso Viriato, porque los buenos españoles nunca eran derrotados en buena lid sino que sus fracasos se debían a la traición, sobre todo de alguno de los suyos, como en el caso de Viriato, asesinado mientras dormía por tres de sus generales (Audax, Minuro y Ditalco) a quienes el cónsul Cepión habría prometido una cuantiosa recompensa que luego no les pagó alegando que «Roma traditoribus non praemiat», esto es, que «Roma no paga a traidores».
Tan eterna era nuestra patria (o al menos la visión que de ella se nos daba) que incluso convertía en «españoles» a personajes como Trajano, Adriano o Teodosio, emperadores romanos que jamás habrían podido imaginar que, muchos siglos después de su muerte, alguien llamaría «españoles» a quienes no eran sino ciudadanos romanos. Estos emperadores junto a otros ciudadanos romanos como Séneca eran tratados como glorias de la patria, una patria a la que ellos pertenecían aún sin saberlo.
Esta permanencia cuasieterna de la patria y de ciertos valores a ella asociados se resumía en la fórmula joseantoniana de que «España era una unidad de destino en lo universal». Y así nos lo enseñaban.
Llegados a este punto permítanme advertirles que, este peligroso juego intelectual de considerar «eterna» a esa entidad —hipóstasis— llamada «nación» o «patria» (ya sea grande o chica), es común a todo pensamiento nacionalista y está tan extendido que, por ejemplo, si busca usted la «historia de la Región de Murcia» en la web oficial de esta Comunidad Autónoma, verá que esta historia «de la Región de Murcia» comienza por la prehistoria y sigue hablando de Carthagineses y Romanos aún cuando faltaban 1000 años para que apareciese sobre la faz de la tierra algún lugar llamado «Murcia». Y, a poco que usted busque, verá que esté fenómeno se repite de Portbou a Ayamonte, de Cataluña a Andalucía y del Cabo Norte a la Punta de Tarifa. El fenómeno de las patrias eternas es consustancial a la visión nacionalista del mundo y de la historia, es un principio universal de esta ideología.
Sin embargo, la visión de España que se nos ofrecía en la escuela no estaba exenta de curiosas peculiaridades pues, junto a los habituales representantes de la bondad y valentía del buen pueblo español (Guzmán el Bueno, Agustina de Aragón, Daoiz y Velarde), aparecían otros personajes de características un tanto peculiares como Rodrigo Díaz de Vivar, un héroe díscolo, rebelde en muchos casos a su rey y a quien se ponía como ejemplo de caballero cristiano, porque la desgracia de España, según el relato oficial, pasaba en muchos casos por la ausencia de dirigentes a la altura de la grandeza de la nación española; el «Dios qué buen vasallo si hubiese buen señor» del «Cantar del Mío Cid» se nos ofrecía como causa de las muchas desgracias de España y, aunque esto era muy del agrado de los falangistas más ortodoxos (férreamente antimonárquicos), años más tarde aprendí que todo esto obedecía a un relato histórico de raíces liberales forjado en el siglo XIX, pero no nos adelantemos porque para entenderlo bien habremos antes de pasear por el Congreso y Senado de España y detenernos a admirar sus cuadros de tema histórico. Terminemos pues, antes, de definir esa cierta visión de España que por entonces se nos ofrecía en la escuela y de la cual formaba parte ese «imperio» que, según el delirante grito ritual, debía conducirnos «hacia Dios». Ese imperio que se nos presentaba como cénit de la nación española y que, a día de hoy, vuelve a estar en el centro de muchas y muy políticamente profundas controversias.
Pero, por hoy me he cansado de escribir, este post es ya muy largo y en el fondo no sé si le interesa a alguien así que, por hoy, les dejo con este cuadro de la «Jura de Santa Gadea» al que tendremos ocasión de volver más adelante cuando visitemos el Palacio del Senado de España, pero eso será otro día.
El nacimiento de la nación
Desde antes del 3000 antes de Cristo —y así nos lo cuentan documentos sumerios y egipcios— los seres humanos se habían organizado de una curiosa forma: a su frente, se situaba un líder o rey cuya legitimidad para ejercer el mando provenía sistemáticamente de un designio o derecho divino; es decir, de algún dios, normalmente el Dios de la religión oficial de cada uno de esas organizaciones. Este dios, de alguna forma, generalmente mítico-simbólica designaba al rey quién solía transmitir su legitimidad hereditaria o discrecionalmente. Y así siguió ocurriendo hasta prácticamente 5.000 años después, en torno al siglo XIX de la era común.
Incluso las leyes se dictaban en nombre del Dios y así podemos ver, en el caso del Código de Hammurabi, como es el dios, Samash, quien en lo alto de una montaña, le entrega las normas legales a Hammurabi para que este las publique y haga cumplir y, del misma modo, en la Biblia la historia de Moisés sigue reproduciendo esa inspiración divina de la legislación pues es, como en el caso de Hammurabi, es el propio Dios quien también en la cima de un monte entrega a Moisés lo que él considera que son las leyes justas. Y así, con un mandato humano legitimado por un poder divino, la humanidad se organizó durante prácticamente cinco mil años.
Sin embargo todo esto acabaría en 1793 cuando los revolucionarios franceses decidieron guillotinar al monarca y se dieron cuenta de que, al parecer, ese crimen a Dios no parecía haberle importado mucho. Naturalmente, una vez que el rey estaba decapitado, los revolucionarios debieron preguntarse qué legitimidad tenían ellos para ejercer el poder —ya que no era el derecho divino— y encontraron el expediente legitimador de su capacidad de para el ejercicio del poder en una idea tan indefinible como la del propio dios, uno de los conceptos más peligrosos y que más desgracias ha traído a la historia de la humanidad, cuál es el concepto de nación, un concepto sin el cual, increíblemente, ahora parecemos no poder entender el mundo (incluso la organización mundial más importante se llama de las Naciones Unidas) y este concepto nación, desconocido hasta el siglo XIX, por lo menos desconocido efectos políticos, se ha incrustado tanto en nuestras mentes que es el que se ha convertido en nuclear en el entendimiento del mundo desde hace 200 años, tanto que incluso las competiciones mundiales de fútbol son por naciones.
El concepto de nación era absolutamente irrelevante para un imperio como por ejemplo, el Imperio Romano, donde podían convivir cientos de nacionalidades hablando cientos de idiomas distintos y sin que ninguna de ellas reclamara para sí la legitimidad del ejercicio exclusivo y excluyente del poder sobre un territorio. A partir del nacimiento de la Nación, a partir del establecimiento del concepto de nación como concepto legitimador para el ejercicio del poder, Europa se vio sometida a una serie de convulsiones catastróficas, se fueron creando nuevas naciones al tiempo que otras entidades como el Imperio Austro-Húngaro, el imperio turco y, por lo que a nosotros respecta, la monarquía católica, comenzaron a deteriorarse y a implosionar sobre sí mismas.
En el caso de España (la Monarquía Católica) esta implosión se produjo en una fecha muy concreta, el 19 de marzo de 1812, fecha de la aprobación de la Constitución de Cádiz, que es cuando por primera vez se coloca a la nación española en el centro o como fundamento legitimador del ejercicio del poder.
En España no padecimos los problemas que padecieron los revolucionarios franceses en su tira y afloja contra la monarquía reinante porque en España simplemente Fernando VII y Carlos IV habían desaparecido, habían cedido sus derechos dinásticos ilegalmente a Napoleón y este había entregado la corona de la monarquía católica a su hermano José
Tal disposición, que podía ser admitida en cualquier otra monarquía europea que justificase su legitimidad para el ejercicio del gobierno en un origen divino, no era válida para la monarquía católica porque, desde antiguo y en particular desde los trabajos de la Escuela de Salamanca y los padres Vitoria, Suárez, de Soto, Azpilicueta etcétera, en el caso de la monarquía, sobre todo castellana Dios no transmitía la legitimidad al rey, sino que la legitimidad para l ejercicio del poder la transmitía al pueblo y era el pueblo, luego, quien la delegaba en el rey. Por tanto —y como Fernando VII recordó por carta a su padre Carlos IV— era imposible abdicar en favor de alguien distinto del legítimo heredero de la monarquía católica sin la aprobación al menos de las Cortes y las Cortes nunca habían aprobado esta abdicación que se hizo en Bayona
Pero, dado que los reyes estaban prisioneros en Bayona los constituyentes de Cádiz debieron preguntarse, a falta de Rey y de su legitimación divina, qué legitimación les amparaba a ellos y, sorprendentemente, hicieron lo mismo que hicieron los revolucionarios franceses: afirmaron que a ellos su legitimidad se la daba la Nación
Es verdad que para entonces nadie sabía exactamente qué era eso de una nación, de hecho los diputados americanos que participaron en la en la redacción de la Constitución de Cádiz lo primero que preguntaron fue ¿y esa nación qué es? y es ahí cuando en las Cortes de Cádiz se da la famosa explicación tautológica de que la nación española es la reunión de los españoles de ambos hemisferios.
A esa explicación siguió la pregunta natural de ¿y quiénes son españoles? y la respuesta fue: son españoles los descendientes de españoles o de indígenas o de la mezcla de ambos. Claro, esto para muchos diputados americanos novohispanos sobre todo, pues resultaba chocante; es decir, ¿cómo va a ser español igual que yo un tlaxcalteca que habla un idioma que yo no entiendo y que cuando yo hablo, pues tampoco me entiende a mí? Y debemos recordar que la extensión del castellano como lengua oficial de la República Mexicana no se produce tanto durante los tres siglos de virreinato como durante los dos siglos que posteriormente caracterizaron a la República de México desde la independencia de la monarquía católica
Aún así quedó un concepto de nación que, desde luego, no es el concepto actual de la nación española. La Constitución de Cádiz fue antes la última constitución de un sistema estatal complejo que había estado compuesto por muchos territorios que hablaban lenguas diferentes (Flandes, Italia, territorios americanos, las posesiones en Asia, África y el Pacífico) y que, por tanto, no podía encajar en ese concepto de nación que se estaba imponiendo desde las ideas filosóficas del romanticismo alemán y francés.
Desde ese momento entidades estatales como el Imperio Austrohúngaro o como el imperio turco o como el de la monarquía católica eran ya tan difíciles de mantener o tan imposibles de mantener como por ejemplo lo habría sido el Imperio Romano, un imperio compuesto de multitud de etnias pero que en lugar de estar unidos por una supuesto «volkgeist» por un supuesto espíritu del pueblo tanto más imaginado que real, lo que estaban unidas era por un concepto de ciudadanía y un contrato social que ahora parecía resultar imposible.
La ausencia del rey en 1808-1814 dio lugar a fenómenos extremadamente curiosos pero que son uniformes en todos los territorios de la monarquía católica.
En España, ya que no existía rey, el Estado se organizó según preveían las Partidas; es decir, que en defecto de Rey la soberanía pasaba a los pueblos, no «al pueblo», sino «a los pueblos»; es decir, a las entidades poblacionales y, en consecuencia, muchas ciudades comenzaron a organizarse en juntas extraordinarias para resistir no solo a los franceses, sino para custodiar el trono para el momento en el que volviese Fernando VII y, como los cartageneros, mis paisanos, son como son, pues el 23 de mayo de 1808 crearon ya la junta general de gobierno de Cartagena, probablemente la primera junta de esa especie. Lo mismo se hizo en los en los territorios americanos no dispuestos a permitir ser gobernados por José I a quien no le reconocían legitimidad, así que, desde Buenos Aires a Nueva España se fueron produciendo manifiestos en favor de Fernando VII y constituyéndose juntas para custodiar la corona hasta tanto volviera su legítimo propietario, es decir el felón de Fernando VII. A partir de ahí, los territorios comenzaron a auto organizarse en un sistema de juntas que, cuando se vio que el rey no volvía y sobre todo después de la proclamación de la Constitución de Cádiz que reconocía a la nación y a los nacionales una serie de derechos, produjo un aceleramiento de la historia y un aceleramiento de los procesos que dio lugar a importantes guerras civiles entre partidarios de la legitimidad realista y partidarios de otros intereses o postulados ideológicos que, luego, historiadores políticamente teñidos decidieron calificar con toda incorrección pero con un propósito político evidente, como guerras de la Independencia, algo que nunca fueron.
Ahí comienza la construcción de todas las naciones hispanoamericanas e incluso la de la propia nación española, porque hasta ese momento ese concepto esa identidad de nación, no existía.
Y así comenzaron a nacer muchas naciones, entre otras, la nuestra.
Fútbol, nacionalismo y narrativas
Mi primer recuerdo relacionado con el fútbol se remonta al Mundial de México de 1970. En él no jugaba España pues no clasificó y recuerdo que, en aquel entonces, los niños éramos fervientes admiradores de la selección de Brasil pues la canarinha era un equipo impresionante con una delantera de esas que se reúnen solo una vez en la historia y que, además, rimaba como riman los épicos versos de «Os Lusíadas»: Gerson, Jairzinho, Tostao, Pelé y Riveliño, jugadores que jugaban todos con el 10 en sus equipos pero que en la selección nacional habían de cederlo a una maravilla llamada Edson Arantes do Nascimento, «Pelé».
Brasil no era España pero ¡cómo jugaba!
Como dijo un politólogo cuyo nombre no quiero recordar es difícil explicar a la población qué es una nación en términos científicos, pero, en cambio, es muy fácil hacerlo entender viendo a 11 hombres jugando al fútbol con la misma camiseta.
Y, al igual que cada nacionalismo tiene su narrativa, la selección española de aquellos años también la tenía aún cuando databa de la Olimpiada de Amberes de 1920, cuando el famoso Belaustegui gritó a su compañero de filas aquello de «a mí el pelotón Sabino que los arrollo» y que dio lugar a la expresión «furia española» una expresión que inevitablemente habría de acompañar a la selección española hasta que la dirigió el inolvidable Luis Aragonés
Desde aquel año 1970, como digo, tuve por cierto, que la selección española no me daría ninguna alegría.
Su ejecutoria parecía ajustarse siempre al mismo patrón: una selección testicular y con superávit de testosterona cuyo principal argumento era la furia.
Y así fuimos fracasando de cuartos en cuartos pasando incluso por alguna ejecutoria vergonzosa como el Campeonato del Mundo que se celebró en España en 1982.
Sin embargo y aunque yo no esperaba que las selección española me diese ninguna alegría la narrativa pareció cambiar en la Eurocopa de 2008 cuando la selección dirigida por el sabio de Hortaleza Luis Aragonés comenzó a cambiar su discurso y a demostrar que al fútbol no se ganaba por cojones, no se ganaba por un plus de testosterona, sino que se ganaba con inteligencia y con la cabeza. La arenga dirigida por Luis Aragonés a sus jugadores hablando de aquel futbolista alemán que se calentaba en cuanto se le hacía alguna entrada fuerte fue muy ilustrativa. «Esto es un juego de listos», le dijo a los jugadores «y ese tío se calienta con nada, ya lo han expulsado una vez y lo expulsaran una vez más», así que cuando usted se cruce con él, ¿qué cree que le va a decir? Luís estaba mandando un mensaje distinto, creando un nueva narrativa: con la entrepierna que piensen ellos, nosotros pensamos con la cabeza.
Aquella expresión de que el fútbol es un juego de listos anulaba por completo aquel aquel relato glandular y testosterónico que había representado a la selección española desde 1920… y funcionó. Ahora España ya no jugaba con la entrepierna ahora España, jugaba con la cabeza y, de la misma forma que Brasil nos enamoró en 1970, España en 2008 enamoró, entusiasmó, a muchos chavales del mundo que decidieron colocarse la zamarra roja de nuestra selección. Incluso los más férreos independentistas periféricos soñaban con jugar con la selección española porque no querían quedarse fuera de aquella histórica fiesta.
Viva España («Visca Espanya» como tituló el poeta Joan Maragall su sensato artículo de 1908). Viva España, sí, pero el problema no es que viva España sino cómo queremos que viva España, el problema no es que gane España sino cómo queremos que juegue España. No me gustaría volver a ver a la selección española regresar a aquella narrativa de pensar con la entrepierna.
Por lo que al partido de esta tarde respecta faltan 5 horas para que comience y lo que más me interesa ya no es el resultado sino como esos poetas del nacionalismo futbolero van a construir el relato del éxito o del fracaso de nuestra selección.
Si volverán a cantar las virtudes de una selección que juega bien e inteligentemente al fútbol en el caso de que ganemos o si apelarán nuevamente a la desgracia y a la injusticia y a la mala fortuna propia de nuestra época de la furia en caso de que perdamos. Tengo la esperanza de que no, porque al fin, aunque el fútbol es una escuela de nacionalismo, espero y deseo que la gente entienda que, más importante que gritar viva España, es decidir cómo queremos que viva España y, sobre todo, que tengamos el convencimiento de que al final para que todos quieran jugar en el mismo equipo lo primero que tenemos que hacer es jugar bien y bonito.
No sé si nuestros políticos han entendido eso y que la mejor forma de hacer que todos estemos juntos es que todos queramos jugar en un equipo de esos que juegan maravillosamente bien, algo que sirve para el fútbol como para la política.
Esperemos ganar esta tarde. Ya veremos cuál es el resultado y sobre todo espero ver cuál es la narrativa.
Los símbolos y lo simbolizado
Los seres humanos somos una especie animal dotada con una capacidad única: la de crear y usar símbolos con la finalidad de representar conceptos abstractos, intangibles o complejos. Sin embargo, de esta capacidad simbólica no sólo se derivan grandes beneficios (simbolizamos cantidades con números que a su vez simbolizamos con guarismos, por ejemplo) sino también graves problemas pues, con determinados símbolos, también pretendemos representar creencias o sentimientos, lo que da lugar a que muchos símbolos representen, dependiendo de cada persona, realidades muy distintas aun a pesar de que el símbolo usado por ambos sea uno y el mismo. Esto ocurre especialmente con las banderas y los símbolos religiosos y esto ocurre especialmente en los días de celebración de fiestas religiosas o nacionales.
Qué simboliza para cada individuo un crucifijo, una bandera, un mantra o un himno es algo verdaderamente difícil de saber; de hecho, de lo que sí estoy casi seguro es de que lo simbolizado no es algo absolutamente igual para todos.
Todas las naciones, las aspirantes a naciones, los proyectos de naciones (sea lo que sea este cuasiteológico concepto de nación) tienen su día para gritar sus «vivas» y en estos días pasados le ha tocado a España.
—¡Viva España!
Y yo naturalmente pienso que sí, que naturalmente, que viva España, pero… ¿cómo queremos que viva España? ¿hasta qué punto quien grita viva España y yo queremos que España viva de la misma manera? Sí, viva España, pero ¿cómo quiere este señor o señora que viva España? ¿Es su modelo de vida el mismo que el mío?
Asociamos a los símbolos mensajes diversos y hacemos de esos iconos cuasi-sagrados herramientas con los que hacer aceptar a los demás las ideas de que los cargamos so pena de incurrir en sacrilegio.
No me gusta esa dinámica.
Miren, yo soy español y como español me entiendo, formo parte de una cultura construida durante siglos y a la que el mundo entero llama «española». Leí y vi de pequeño obras de Calderón o Lope de Vega en la única televisión de España, del mismo modo que hoy los zagales ven series americanas en Netflix; leí a Cervantes a Góngora y a Quevedo no por obligación sino por puro placer (uno de esos pocos placeres que siempre van contigo); vi a Grecia en Roma, a Roma en Cartagena y a Cartagena en cada fortificación del Caribe; yo me entiendo español pero ni mis referencias culturales son las mismas que las de usted ni, cuando ambos gritamos viva España, creo que coincidamos en la forma en que cada uno de nosotros queremos que España viva.
Una ideología perversa y jibarizadora coloniza el mundo desde hace un par de siglos, una ideología que atribuye consecuencias políticas al sentimiento de pertenencia a una nación del mismo modo que antes (y desgraciadamente también ahora) se atribuía a la pertenencia a las religiones consecuencias políticas. En nuestro estado y en las comunidades autónomas que lo componen creo que estamos perfectamente al tanto de a qué ideología me refiero.
Yo no creo que ser católico, musulmán o budista sea mejor que no serlo y mucho menos que el hecho de pertenecer a uno de esos credos pueda llevar aparejada ningún tipo de consecuencia jurídica relevante. Del mismo modo tampoco creo que ser o sentirse español, francés o tailandés, haga mejor a nadie en relación con quien no lo sea y, si me aprieta, le diré que tampoco de este hecho puramente casual (a uno le nacen siempre por casualidad) debiera derivarse ninguna ventaja jurídica para nadie.
Entiéndame, yo soy español como usted puede ser católico o musulmán, pero no voy a aceptar que me imponga ninguna regla de actuación derivada de su credo ni le voy a imponer ninguna exigencia derivada de todo ese bagaje cultural que a mí me hace sentirme español.
Tampoco voy a admitirle que, porque yo no quiera derivar ninguna consecuencia jurídica de mi «españolidad», yo sea menos español que usted. Tengo la sensación vehemente de que muchos de los que más gritan «Viva España» son quienes tienen una más pobre noción de España, una noción que no dista mucho de su adhesión a cuatro o cinco tópicos periclitados.
El nacionalismo ha envenenado nuestras mentes y nuestra cultura de tal manera que hoy entendemos el mundo como una realidad compuesta de «naciones» —sea esto lo que sea— y atribuimos a ese concepto abstracto y difuso (la nación) derechos cual si de una entidad real se tratase.
Esta forma de locura, de teología, a la que llamamos nacionalismo apenas si cuenta con doscientos años de edad pero ha envenenado al mundo de tal manera que sus víctimas, en estos doscientos años, son comparables a todas las víctimas habidas en los 4800 años anteriores de historia de la especie humana y lo peor es que, en este momento, es uno de los factores de riesgo más importantes para dar lugar a que la humanidad se extermine a sí misma.
¡Viva México, cabrones!
Cada uno tiene sus momentos favoritos de la historia y, como no, yo también tengo los míos.
Uno de los que me resultan más inspiradores ocurrió el día 13-águila del año 1-caña (23 de septiembre de 1519) cuando los nobles tlaxcaltecas ofrecieron a Cortés cinco mujeres.
Nos han contado mal la historia. Quienes la cuentan de un lado pintan a los tlaxcaltecas como unos salvajes que entregaban a sus mujeres como si fuesen mercancía y del otro se subraya la verriondez de Cortés y sus extremados extremeños.
Sí, nos han contado mal la historia.
Del mismo modo que en España la boda de una reina (Isabel) y un rey (Fernando) unió dos reinos hasta entonces independientes en la impecable lógica tlaxcalteca la intención era la misma.
«Casaos con estas mujeres y a partir de este momento vosotros y nosotros seremos familia y los hijos que nazcan ya no serán extraños sino hermanos».
Y así fue, las cinco mujeres —previo bautismo naturalmente— se casaron con capitanes de Cortés y esos matrimonios fueron estables y felices, muy lejos del comercio carnal con que historiadores poco informados han querido pintar el asunto.
Esta idea de fundir ambos pueblos y hacer de las nuevas generaciones mestizas un pueblo de hermanos funcionó maravillosamente, tanto que hoy, si México es algo, es ese país afortunado donde europeos e indígenas comparten su sangre. Si existe una «raza cósmica» como pretendió algún nacionalista es esta que hace a todos los seres humanos iguales.
A partir de aquel momento Castilla y Tlaxcala formaron un equipo imbatible. Sí te molestas en leer los textos, cuando Cortés marcha a Tenochtitlán a encontrarse con Moctezuma viaja acompañado de miles de guerreros tlaxcaltecas que son quienes infunden el miedo a los mexicas. Moctezuma no tiene ningún problema en dejar entrar a Cortés y sus castellanos en Tenochtitlán pero no a los tlaxcaltecas. Cortés, que sabe que no es nadie sin ellos, presiona y presiona hasta conseguir que Moctezuma le permita ser acompañado por una guardia de varios cientos de imponentes guerreros de Tlaxcala.
Este patrón de conducta se repetirá en Cortés con otros pueblos de forma que, cuando Castilla y Tlaxcala atacan Tenochtitlán ningún pueblo indígena quiere ayudar a los mexicas. Totonacas, cempoaltecas, mayas… Todos pelean con Cortés, un Cortés que no quiere volver a la vieja España, que quiere vivir y morir allí entre esos que le propusieron un convenio que cambió la historia:
«Casaos con estas mujeres y a partir de este momento vosotros y nosotros seremos familia y los hijos que nazcan ya no serán extraños sino hermanos».
Hoy esa España 2.0, esa España Reloaded y con esteroides que es México es ese pueblo de hermanos que un día quisieron los tlaxcaltecas. Y con Tlaxcala y el resto de los indígenas de la mano los novohispanos tomaron las islas Filipinas (sí, las islas Filipinas eran una capitanía de México) y hasta dominaron comercialmente todo el oriente de Asia haciendo del «Real de a Ocho» o «Peso fuerte» la primera divisa internacional. Para 1800 sólo París o Londres podían compararse con la ciudad de México. Ese sueño tlaxcalteca de «mezclémonos y seamos hermanos» cambió el mundo y dio origen a esa nación admirable que hoy llamamos México.
Ahora yo tendría que ponerles el «Huapango de Moncayo» y hacerles gritar eso de «¡Viva México, cabrones!», pero sospecho que en España nada de esto interesa demasiado y en México tienen una visión inventada donde los tlaxcaltecas no pasan de ser unos traidores a la patria (¿a qué patria, a esa que asesinaba veinticinco mil personas al año?) y donde difícilmente se reconocerá que inspiraron una epopeya virtualmente inigualable entre los pueblos del mundo. Una epopeya nacida de una idea genial: seamos mestizos, seamos hermanos.
Hoy México es un país que comparte un 45% de sangre europea, un 50% de sangre indígena y un 5% de sangre afroamericana, un país que descubrió algo que el mundo aún no ha entendido, la genialidad tlaxcalteca.
Y ahora sí ¡Viva México, cabrones!
Faltan 9 días para el 12 de octubre y estoy seguro que todavía está casi todo por descubrir.
De dioses y naciones
Cuando oigo a alguien citar esa frase que dice «quienes olvidan su historia están condenados a repetirla» me invade la sensación vehemente de que está tratando de engañarme.
Creo que ya les dije que el más peligroso de los géneros literarios de ficción es el de la historia. Aristóteles lo percibió así y no es de extrañar pues los libros de historia han sido una de las más eficaces herramientas de control social que han existido.
Bastó con escribir en un libro que los patriarcas de una serie de tribus dispersas eran todos hijos de un mismo hombre (Jacob) y por tanto hermanos, para que estos clanes creyesen haber sido parte de un mismo reino y formasen una realidad política que perdura hasta nuestros días: Israel.
Por supuesto que ese conjunto de tribus que habitaban la actual Palestina —distinto según el fragmento del Antiguo Testamento que ustedes lean— nunca o casi nunca formaron un reino único y, desde luego, lejos de ser «hermanos» sus orígenes eran tan diversos como Egipto, Mesopotamia, Grecia o el propio interior de Canaán. La idea del «historiador» de hacerlos descender de un mismo patriarca y poner por escrito que Jacob (aka Israel) tuvo doce hijos (Rubén, Simeón, Leví, Judá, Gad, Aser, Dan, Neftalí, Isacar, Zabulón, José y Benjamín) hizo que los crédulos habitantes de Canaán se viesen a sí mismos como hermanos de la misma familia.
Al ideólogo de todo esto —vamos a llamarle Esdrás— le pareció adecuado también contarles a todos estos crédulos que un dios les había elegido como su pueblo y que por eso, cuando ellos obedecían las órdenes y deseos de ese dios, las cosas le iban bien mas, cuando desobedecían sus mandatos, caían sobre ellos terribles desgracias como la esclavitud de Babilonia de la que acababan de volver cuando estos textos se fueron compilando.
No me cuesta trabajo imaginar a Esdrás contando al pueblo estas historias y añadiendo a continuación: «no lo olvidéis porque el pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla».
Para imponer entonces tu versión de la historia necesitabas de una élite cultural —generalmente sacerdotes y escribas— que fijase y difundirse tu «historia» del mismo modo que ahora precisas de unos medios de difusión públicos o privados que difundan la tuya.
La idea es maravillosa: convences a un grupo de hordas o tribus de que son el pueblo elegido de un dios y luego tú mismo, tú, les dices lo que Dios quiere, que, en el fondo, no es más que lo que tú quieres. ¿Que se te apetece degollar a diez mil amalecitas? Pues dices que Dios lo quiere. ¿Que te viene bien conquistar unos santos lugares? Pues dices que Dios lo quiere. ¿Que se te ha puesto en la nariz conquistar unas tierras que están trabajando tus vecinos? Pues ya sabes.
Obviamente esta idea de que las leyes no son más que la expresión de la voluntad de una divinidad no es exclusiva de los israelitas, la realidad es que así es como ha funcionado el género humano durante cinco mil años, desde que se inventó la escritura en Sumeria allá por el 3000 AEC, hasta 1789 en que a los franceses se les ocurrió la idea de guillotinar al elegido de Dios.
¿Cómo es posible que personas normales se traguen esas bolas de que alguien habla en nombre de un dios? (Se preguntarán ustedes) y yo les responderé que es algo sumamente fácil. Déjenme que les cuente una historia que quizá les sorprenda.
Estoy seguro que han oído ustedes hablar del Código de Hammurabi, un texto legal que fue derecho vigente en Babilonia y que pasa por ser la primera gran obra jurídica de la historia, pues bien, en él podemos aprender cómo funcionan estas cosas.
Sí observan la piedra donde este código está grabado (se encuentra en el museo del Louvre) verán que, arriba del todo, aparecen en lo que parece una montaña, dialogando, dos figuras: una, de pie, tapa su boca y reverencia a otra que se encuentra sentada. Esta figura que se encuentra de pie es el propio rey Hammurabi mientras que la figura que se encuentra sentada en un trono es el dios Shamash, que está entregando sus leyes a Hammurabi.
Shamash se sienta sobre un trono que se asienta en unos estrados de zafiro (el cielo azul como el zafiro es su casa) mientras que la escena se desarrolla en las alturas de una montaña fuera de la vista del pueblo.
Sí comparan esta escena con la de la recepción de los diez mandamientos por Moisés en lo alto del Monte Sinaí observarán que es idéntica. Yahweh entrega a Moisés unas tablas de piedra en las que él mismo Yahweh ha escrito sus leyes.
Bueno, me dirán ustedes, pero ¿Y lo del trono y el estrado de zafiro?
Buena pregunta pero espero que no se sorprendan si les digo que todo esto se aclara unos versículos después, concretamente en Éxodo capítulo 24 versículos 9-10:
«Y subieron Moisés y Aarón, Nadab y Abiú, y setenta de los ancianos de Israel;
y vieron al Dios de Israel; y había debajo de sus pies como un embaldosado de zafiro, semejante al cielo cuando está sereno».
¿Curioso verdad?
Los humanos necesitamos justificar nuestras leyes, nuestro dominio sobre los demás y hacer de ese dominio esencialmente injusto una situación admisible para todos y hasta hace doscientos años no había mejor truco que hacer creer a nuestros semejantes que nuestros deseos no eran nuestros, sino de una entidad suprema a la que llamamos dios, una situación que cambió hace unos doscientos años. No les extrañará, pues, que cuando alguien me viene a hablar en nombre de Dios yo sujete fuertemente mi cartera. Si Dios quisiese hablar conmigo no dudo que él mismo lo haría y es por eso que, si alguien viene a hablarme en su nombre, mis sospechas y reticencias suban a niveles máximos.
No es por eso de extrañar que los humanos, una vez que esta forma de justificar el poder empezó a resquebrajarse en 1789 buscasen otra forma de seguir haciendo lo mismo y la encontraron en otra especie de Dios, no menos irreal y falso que el Shamash de Hammurabbi pero tan útil o más que él: la nación.
Fue un nazi redomado, el politólogo Carl Schmitt, quién nos reveló que toda la teoría actual del estado no es más que un trasunto de toda aquella teología política que había gobernado el 99% de la historia de la humanidad. Cuando los viejos dioses murieron nuevos dioses ocuparon su lugar y si los viejos dioses nos exigían dárselo todo a ellos y matar o morir por ellos los modernos nos exigían exactamente lo mismo. El poder, claro, siguieron ostentándolo los profetas, sacerdotes y escribas de los nuevos dioses que son quienes se sienten legitimados a hablar por ellos.
Es por eso que, cuando un nacionalista viene a explicarme qué es lo que quiere o exige de mí la patria, yo, como en el caso de los viejos sacerdotes, agarro fuertemente mi cartera porque sé que lo que pretende es imponerme su voluntad o enriquecerse a mi costa.
Pero las naciones, como los viejos dioses, como Shamash en la montaña, necesitan que el pueblo crea en historias inventadas y es por eso que los nacionalistas de todo signo escriben febrilmente de historia y nos cuentan «su» historia al tiempo que añaden la coletilla de que «quienes olvidan su historia están condenados a repetirla» para que no se te ocurra dejar de hacerles caso.
Yo en cambio creo que lo único que los humanos no debemos olvidar es que la figura más antigua del engaño y de la mentira es esa de venir a contarnos lo que otro dice esperando que le creamos. Quienes han hablado en nombre de Dios o las naciones lo han hecho siempre para imponer una voluntad que sólo era suya y eso sí es una lección histórica, quizá la única que no deberíamos olvidar jamás.
Es por eso que ahora, oyendo hablar a todos esos que dicen hablar en nombre de patrias diversas, me acuerdo de Yahweh, de Moisés, de Shamash y Hammurabbi y, claro, agarro fuertemente mi casi vacía cartera.






