Subidas absolutamente insuficientes para la justicia gratuita.

Los Presupuestos Generales del Estado 2018 elevan en un 30% las cantidades destinadas a retribuir a los abogados de oficio del territorio común y eso podría estar bien si no fuese porque estos reciben un tercio de lo que perciben los abogados de otras comunidades autónomas, de forma que, para obtener una mera equiparación, haría falta una subida del 300% cifra diez veces superior a la que se observa en los presupuestos generales.

En 2017 el estado recaudó por tasas judiciales la cantidad de 38.000.000 de euros que, nuevamente y sin dar explicaciones, vuelve a NO destinar a justicia gratuita (destina sólo 11 más que el año pasado) a pesar de la dicción del artículo 11 de la Ley de Tasas. Es decir, vuelve a distraer 27 millones de lo recaudado por tasas a otros fines.

Tras 22 años de no subir ni un céntimo ha bastado una amago de huelga y ha bastado que nos encontremos en la antesala de un año electoral para que el gobierno coloque a los letrados de oficio en niveles de retribución de hace más de 10 años y muy lejos de los ya de por sí bajos ingresos que reciben los letrados de otras comunidades autónomas transferidas.

En todo caso esta subida de lo presupuestado no implica que vayan a subir las retribuciones —puede deberse a un aumento de los servicios del turno— las retribuciones subirán cuando se modifiquen los baremos y eso, ya sabemos que, desde 1996, no ha ocurrido, de forma que somos nosotros quienes debemos ocuparnos de que esto ocurra.

Por lo demás el presupuesto en justicia sube la mitad que el año pasado por lo que, mucho nos tememos, que si malos fueron los resultados de 2017 peores lo serán en 2018.

El apóstol de la no violencia

Mañana, 4 de abril, se cumplirán 50 años del asesinato de Martin Luther King, una persona que jugó un papel crucial en la lucha por los derechos civiles de la minoría negra y cuyos métodos pacíficos le convirtieron en adalid de la desobediencia civil y la no violencia.

Sé que muchos me dirán que el verdadero apóstol y creador de la desobediencia civil y la no violencia fue Gandhi; sin embargo, antes de diputar a nadie inventor de tales métodos déjenme contarles unos sucesos ocurridos en torno al año 33 del siglo I en Jerusalén. Trataré de traducir debidamente porque es Flavio Josefo quien nos cuenta la historia, un testigo absolutamente histórico:

Pilato, el procurador de Judea, hizo marchar al ejército de Cesarea a Jerusalén, para establecer allí sus cuarteles de invierno y también con el fin de abolir las leyes judías. Pilato hizo colocar sobre las insignias de su ejército efigies del César y las trajo a la ciudad sabiendo que nuestra ley nos prohíbe incluso la creación de imágenes; por eso lo que los ex procuradores solían hacer era entrar en la ciudad con enseñas que no tuviesen esos ornamentos. Pilato fue el primero en llevar esas imágenes a Jerusalén y las instaló allí; cosa esta que se hizo sin el conocimiento de la gente, porque se hizo en la noche; pero tan pronto como lo supieron, vinieron en multitudes de Cesarea, y rogaron a Pilato durante muchos días para que quitara las imágenes; y como él no atendió sus peticiones, porque supondría una injuria al César, comoquiera que las multitudes todavía perseveraban en su pedido, en el sexto día ordenó a sus soldados que tomasen secretamente sus armas, mientras él ocupaba su silla de juzgar, qué había colocado en un lugar despejado de la ciudad donde había situado previamente al ejército que estaba listo para reprimir cualquier revuelta; y cuando los judíos volvieron a pedirle que retirase las efigies, dio una señal a los soldados para que los cercaran y amenazó a la turba con que su castigo sería la muerte inmediata a menos que dejaran de molestarlo e hicieran lo posible por regresar a casa. Sin embargo los judíos se arrojaron al suelo, ofrecieron sus cuellos y dijeron que preferían la muerte a que la sabiduría de sus leyes se transgrediera; Pilato quedó tan profundamente afectado por la firme resolución de los revoltosos de mantener sus leyes inviolables que ordenó que las imágenes fueran llevadas de vuelta desde Jerusalén a Cesarea.

Sorprendente ¿verdad?. Aproximadamente en las mismas fechas en que se suele situar el relato evangélico de la crucifixión, Pilato había tenido que enfrentarse a una revuelta pacífica que acabó impresionándole de tal forma que acabó arrostrando incluso la posibilidad de ofender al César. No sabemos quién organizó esa revuelta de las efigies, ni a quién se le ocurrió la idea de ofrecer el cuello a los soldados, aunque muchas teorías sugerentes podrían lanzarse por una mente inquieta. En todo caso debo decir que esta es la única revuelta que parece haber tenido éxito contra Roma pues las demás revueltas violentas fueron aplastadas sin piedad.

Sospecho que la desobediencia y la no violencia son métodos antiguos y mucho más eficaces de lo que podría pensarse en un principio.

Yo, desde luego, recuerdo la tremenda conmoción que causó la muerte de Martin Luther King y recuerdo cómo la tele de Franco informó profusamente de una noticia que la población española no podía colocar en su justa dimensión y mucho menos yo que por entonces era solo un niño. Fue una primavera complicada aquella primavera de 1968. He vivido 50 años más desde entonces.

Tercer hilo, gobiernos y regiones de tercera

Esta que ven en la foto es la pomposamente llamada estación de ferrocarril de «Murcia del Carmen»; en realidad bastaría con decir «Murcia» pues, en esta ciudad, desde que cerró la estación de Caravaca, no queda más que una estación de ferrocarril: la que ven.

Les pongo en situación: Murcia es la séptima ciudad de España por población y tiene, por ejemplo, más habitantes que Bilbao, pero, a diferencia de Bilbao —o de Albacete, ciudad a la que triplica en población— la estación de «Murcia del Carmen» no pasa de ser un lamentable apeadero impropio de las necesidades de una ciudad como esta.

Dicen que ahora quieren que llegue el AVE, pero no un AVE normal como en el resto de los lugares de España, sino un AVE que utilizará estas mismas vías que ven —de ancho ibérico— y las compartirá con los mastodónticos trenes de mercancías que el Puerto de Cartagena saca diariamente a través, sí, de este mismo trazado.

Para que se hagan una idea de lo que se va a hacer tienen que imaginar que, en lugar de los cuatro carriles que ven en primer plano en la foto, habrá seis: uno de los carriles será usado por todos los trenes y el otro, opcionalmente, por AVEs o trenes de mercancías, dependiendo de si se trata de un tren de ancho de vía europeo o ibérico. Miren, casi mejor que que se hagan una idea, les pongo una foto:

Ya pueden imaginar que esto de los seis carriles (tres por vía) originará no pocos problemas pues, a poco que lo piensen, se darán cuenta de que uno de los raíles será utilizado en el 100% de las ocasiones mientras que, los otros dos, se repartirán el uso en proporciones aún por fijar, lo que determinará un desgaste diferencial de los raíles no deseable. Y, sin embargo, el anteriori es, sin duda, el menor de los males. Es el menor de los males porque el verdadero problema es que lentos y pesados trenes de mercancías (el Puerto de Cartagena es el primer puerto granelero de España por tráfico de mercancías) compartirán los raíles con trenes que pueden superar los 300 kilómetros hora. Para que se hagan una idea, un AVE puede y debe disponer en las curvas de unos peraltes más pronunciados que los de un lento tren de mercancías; un AVE puede superar desniveles que un pesado mercancías no puede atacar y, en fin, una vía para tráfico de mercancías no es el tipo de vía más aconsejable para el AVE. Si a esto unen ustedes que la existencia de tres raíles convierte los cambios de agujas en un puzzle tan poco divertido como eventualmente peligroso (vean foto) comprenderán que lo que quieren traer como AVE a la Región de Murcia no sea sino una burla más a los habitantes de esta región.

Porque, si lo que les digo es infamante para la ciudad de Murcia, en el caso de Cartagena es para declararnos independientes otra vez y pedir nuestra anexión al país más cutre del mundo; pues peor no parece que nos pueda ir.

Cartagena es el primer puerto granelero de España por tráfico de mercancías (sí, como suena) y su conexión con un trazado ferroviario adecuado es vital para su futuro y el de toda la Región y, sin embargo, el primer puerto granelero de España y una comarca con más habitantes que toda la Comunidad Autónoma de La Rioja se ven obligadas a padecer unas infraestructuras ferroviarias que no padecen lugares como, por ejemplo, Ciudad Real o Lleida, lugares respetabilísimos pero con una población y actividad muy inferior.

Lo que los sucesivos gobiernos nacionales (PP y PSOE) le están haciendo a la Región de Murcia es un insulto a las muchísimas personas que la habitan.

Dicen que no hay dinero, pero, en cambio, sí hubo dinero para hacer un AVE a Valladolid, León o Sevilla con dos plataformas, sin «terceros hilos» y sin dejar fuera de combate a un puerto (el de Cartagena) que aporta más riqueza a este país del que estos sujetos son capaces de pensar.

Felípe González era sevillano, Aznar vallisoletano y Zapatero leonés… es curioso que esos sean los destinos preferentemente fijados para los AVEs en España y que estos hayan sido sus primeros trazados; pareciera que en España los trenes se construyesen para que los gobernantes se vayan de vacaciones, Isabel II a Aranjuez y cada presidente a su pueblo. Con los kilómetros de AVE construidos, si, en lugar de unir Madrid con la periferia, se hubiesen conectado las ciudades de la costa española, el 80% de los españoles tendrían AVE en estos momentos, nuestros puertos de mar estarían funcionando a tope de sus capacidades y tendríamos un país más vertebrado y mejor preparado para enfrentar la crisis; pero no, aquí se sigue pensando con la mentalidad borbónica que obliga a unir el centro del poder político (Madrid) con los súbditos de la periferia en lugar de unir personas, zonas económicas y puntos logísticos de importancia; es decir, se sigue pensando el futuro de España con la mentalidad de un absolutista reaccionario de hace 200 años.

No es difícil entender que nos jugamos mucho en este envite y que, tanto Murcia como Cartagena, se juegan su futuro y el del resto de las ciudades de la región. Y han de saber los que nos gobiernan que esta partida no se gana cepillando el traje a sus superiores de Madrid a la espera de que estos les agracien con cualquier donativo; que esta partida no se gana manteniéndose a bien con quien les puso primeros en las listas para que saliesen y no con quienes de verdad les votaron y les colocaron donde están. Desde el AVE a Sevilla en 1992 hasta hoy han pasado 26 años de espera en esta región y 26 años son muchos para que, ahora, en lugar de recuperar los años perdidos nos traigan una infraestructura que nos condenará a un retraso secular.

Resulta incomprensible que esta región aguante tanto, que Cartagena aguante tanto, que Murcia aguante tanto, que Lorca aguante tanto, que Caravaca, Jumilla, Yecla, Cieza, Molina… aguanten tanto. Lo que le están haciendo a esta región no tiene nombre y, si lo tiene, entra en el campo del exabrupto o la injuria.

No sé si lo entienden nuestros dirigentes: ya está bien. Ya está más que bien: háganlo o —si no les dejan hacerlo— déjennos sentir que su indignación es tan sincera como la nuestra, que antes prefieren desagradar a sus jefes que a sus representados, que si sus jefes no les quieren por eso ustedes no tienen por qué guardar fidelidad alguna a sus jefes; por que, si no, sabremos que no están ustedes ahí para servirnos y eso —lo crean o no— les mandará a casa y además con oprobio. Ya está bien.

La mirada de Lavoisier

Ayer estuve hablando de mujeres con mi amigo Juan y el tema —a qué negarlo— resultó interesante. Como Juan es científico, por mi parte, no dejé pasar la ocasión para aprovecharme y meter un par de veces la cuchara en el mundo de las ciencias; en una de ellas comenté la forma en que Francia homenajeaba a sus científicos, cité a Lavoisier y cómo su nombre estaba escrito en la mismísima Torre de Eiffel para público reconocimiento. Mi amigo Juan se detuvo y me dijo:

—¿Recuerdas cómo es el retrato más popular de Lavoisier?

—Sí, le dije, (pues lo había visto hace poco en internet y es el retrato que encabeza este post)

—¿Recuerdas cómo Lavoisier parece que esté mirando a las alturas con cara de borrego degollado? (Me dijo)

—Ahora que lo dices sí, tiene esa cara.

—Sí, sí que la tiene… ¿a que no sabes qué estaba mirando?

Hube de reconocer que no y entonces mi amigo Juan volvió a hablar de mujeres y me habló de Marie-Anne Pierrete Pulze, una mujer rica, hija del concesionario de la recaudación de impuestos de París. Marie-Anne, además garantizar una dote fabulosa, dominaba varios idiomas (entre ellos el inglés y el latín) lo que le permitía estar al tanto de los últimos descubrimientos científicos en las diversas naciones de Europa. Pero no se limitaba a traducir estudios científicos, además los anotaba y por sus comentarios sabemos que era una mujer culta y que conocía perfectamente la materia que estaba traduciendo. En una época donde una hija de buena familia podía hacer poco más que tocar el piano, Marie-Anne resultaba ser una científica formidable.

Marie-Anne se acabó casando con un científico y con el dinero de su dote le acabó montando un laboratorio con los últimos aparatos del momento. Le tradujo y le comentó libros que él era incapaz de entender y dicen las fuentes históricas que «le ayudó» en sus investigaciones científicas.

Probablemente su marido no tendría más remedio que admirarla, reconocerla y amarla con ese amor que hace que los hombres miren a las mujeres con cara de cordero degollado, que es, precisamente, como mira Lavoisier a Marie-Anne en el cuadro del cual, el retrato del científico, es sólo un fragmento.

Eso sí, el nombre de ella no está en la Torre de Eiffel.

Rojos como las ñoras

Rojos como las ñoras

Hoy he entrado a comprar hierbas para infusión en una de esas tiendas clásicas de toda la vida y de las que, por desgracia, cada vez quedan menos. La tienda se rotula como «La casa de las especias» aunque todo el mundo la conoce en Cartagena, simplemente, como «la tienda de Joaquín Boj». Mientras la señora que atendía el mostrador buscaba las hierbas que le he pedido me he entretenido fotografiando el local, he reparado en este racimo de ñoras que cuelga del techo y he sentido la necesidad de fotografiarlo.

La ñora es tan consustancial a la Región de Murcia como los grelos a Galicia o los espárragos a Navarra y la relación de esta región con ella, con la ñora, se remonta hasta los primeros tiempos de su llegada a España pues, han de saber ustedes, que hasta que Colón no descubrió América en Europa no se conocía la ñora, con los evidentes perjuicios que esto producía, pues los Calderos de Cartagena, del Mar Menor o de Cabo de Palos, por ejemplo, no quedaban como dios manda ni de sabor, ni de color, ni de olor.

Fue Colón quien trajo a España las primeras semillas de «Capsicum Annuum» (o «pimiento de bola» que es como se le conoce por aquí) y las depositó en el monasterio de la Virgen de Guadalupe, lugar desde el que pasaron al Monasterio de Yuste, donde se aclimataron al clima peninsular. El monasterio de los Jerónimos de Yuste decidió entonces compartir su descubrimiento culinario con sus hermanos del monasterio de Los Jerónimos de la pedanía de La Ñora, cerca de la ciudad de Murcia, lugar que dio nombre por estas tierras al «Capsicum Annuum» pues han de saber ustedes que, a este tipo de pimientos, en esta región, o se le llama «pimiento de bola» o, de forma mucho más simple y popular, «ñoras». Tanta relación tienen las ñoras con la ciudad de Murcia que al equipo de fútbol de la ciudad se le conoce como el «equipo pimentonero» porque de la ñora se extraía un otrora excelso pimentón que se molía en los molinos del río tal y como recuerda perfectamente mi padre que, tras tener que huir con su familia de Cartagena debido a los bombardeos terribles de la Guerra Civil, estuvo trabajando como peón en esos molinos.

Mucha ñora, mucho conjunto pimentonero, mucho monasterio de los Jerónimos, mucho caldero donde la ñora es imprescindible, muchos bares y restaurantes decorados con ristras de ñoras y ¿al final qué?

Pues al final «ná de ná», porque la gente del negocio del pimentón, secular en la ciudad de Murcia, no se puso de acuerdo para siquiera crear una denominación de origen ni potenciar un producto de excelente calidad y que resulta imprescindible en la gastronomía del sureste.

La Región de Murcia es una región imaginativa, creadora, innovadora pero… pero con un complejo de inferioridad irritante. Permítanme que excluya a mi ciudad de ese complejo, pues mis paisanos se consideran poco menos que descendientes de Aníbal y a amor propio no les gana ni un francés cantando «La Marsellesa». Tenemos un malísimo concepto de nuestra propia Región, asumimos como normal que aquí llegue un AVE tercermundista y con tercer hilo mientras a lugares como Palencia llega un AVE moderno, con dos plataformas y magníficas infraestructuras. Nos parece natural que no tengamos conexión ferroviaria con Almería, damos por hecho que, aunque esta Región tenga casi la misma población que las tres provincias vascongadas juntas, tengamos mucho menos peso político que ellas; tenemos una nula influencia en la política nacional y no parece que hagamos nada por solventarlo. Miren, la ciudad de Murcia es la séptima ciudad de España en población por delante de lugares como Bilbao; Cartagena tiene sola más habitantes que la practica totalidad de las capitales de provincia de Castilla La Mancha o Castilla y León (incluso más que provincias enteras) y mi Colegio de Abogados cuida de más personas que toda la población de la Comunidad Autónoma de La Rioja, por ejemplo. Y, sin embargo, ni los habitantes de Cartagena tienen los mismos servicios que los de La Rioja ni, por supuesto, los de la ciudad de Murcia se acercan ni de lejos a los de Bilbao.

No sé cómo he saltado de las ñoras al complejo de inferioridad que arrastra esta región, no lo sé, pero no siento que sea erróneo nada de lo que digo y la culpa no es sólo de nuestros dirigentes, sino de nosotros mismos.

En fin, a dios gracias y a pesar de todos los males, la ñora sigue existiendo para dar sabor a los calderos que se hacen en la costa de Cartagena y a muchos otros platos sin los que no entenderíamos el sureste de España. El resto es tan solo una falta de orgullo y amor propio que debería avergonzar a nuestros políticos y ponerlos rojos. Como las ñoras.

Los pactos son para cumplirlos

Desde que, en 1985, el PSOE decidiese que la elección de los miembros del Consejo General del Poder Judicial se llevaría a cabo por políticos y no por jueces hasta que, en 2013, el PP dejó a su particular y exclusivo gusto el sistema de elección por medio del incalificable Gallardón, los organismos europeos encargados de vigilar la corrupción en los estados miembros han venido denunciando la situación en que se encuentra el gobierno de los jueces en España y el riesgo que ello conlleva para la independencia judicial.

A los sucesivos gobiernos de PP y PSOE estas críticas les han merecido la misma atención que parece haberles merecido la mejora de la administración de justicia; es decir, ninguna. Es natural, los dos grandes partidos parecen haber dedicado más esfuerzos a controlar la justicia que a fortalecerla, pues su relación con ella ha estado más veces vinculada a mediáticos procesos por corrupción que a avances reales y tangibles en la administración de justicia española.

La aparición de nuevos partidos sin el largo historial de procesos por corrupción que soportaban los dos grandes partidos tradicionales pareció abrir vías para un nuevo replanteamiento del tema pero, la inestabilidad política de los últimos tiempos, dificultó la aparición de ninguna iniciativa novedosa; sin embargo, ahora es el momento.

Ahora es el momento porque nuevamente el informe GRECO (Grupo de Estados contra la Corrupción) ha sido durísimo en relación a la lucha contra la corrupción en España y ha señalado la forma de elección de los miembros del Consejo General del Poder Judicial como uno de los puntos que deben ser corregidos para adaptarlos a las recomendaciones europeas y —añado yo— al espíritu y letra de nuestra Constitución.

Ahora es el momento porque nuevamente PP y PSOE han vuelto a cerrar filas para que todo permanezca igual y ahora es el momento porque tanto Ciudadanos como Podemos no tienen nada que perder y sí mucho que ganar impidiendo que este inicuo sistema de elección del CGPJ se mantenga.

Ciudadanos, además, se juega ante la comunidad jurídica toda su credibilidad. Recordemos que, cuando Ciudadanos decidió apoyar la investidura de Rajoy, firmó con el partido del gobierno, el PP, un catálogo de 150 medidas una de las cuales, la medida 102, se pronunciaba específicamente sobre esta materia y contenía un compromiso claro y concreto:

  1. Impulsar, desde el necesario consenso parlamentario, la reforma del régimen de elección de los vocales del Consejo General del Poder Judicial para que los doce de procedencia judicial sean elegidos directamente por los Jueces y Magistrados.

No caben componendas para Ciudadanos: o exige al PP el cumplimiento de este punto o tendremos que sospechar que su aparente compromiso contra la corrupción no pasa de ser una pose ajena a medidas estructurales.

Es, pues, el momento de cumplir con la palabra dada, es momento de demostrar que los acuerdos no son meras coartadas para engañar al electorado. PP y Ciudadanos se comprometieron a algo que deben llevar a cabo; el PP porque, tras los nefastos mandatos de Gallardón y Catalá, debería hacer algo más que simplemente estropear nuestra administración de justicia; Ciudadanos para acreditar que las viejas maneras no caben en los nuevos partidos y que ahora, sorprendentemente, los partidos tratan de cumplir sus compromisos.

¿Son ustedes optimistas al respecto? ¿Creen que estos partidos cumplirán sus compromisos? Hagan sus apuestas y en unos meses lo comentamos.

Cartagena, la cuestión del «filioque» y la guerra serbo-croata

Hace unas semanas visitaron mi ciudad un abogado madrileño, su mujer y su bebé; no les conocía, pero, como él me pidió a través de internet que le sugiriese un hotel en mi ciudad, acabamos entablando conversación y el final de la historia fue que les hice de cicerone durante su visita. De las muchas extravagancias que les conté a propósito de mi ciudad, una acabó sorprendiéndome incluso a mí mismo mientras la contaba y me dejó cavilando sobre la conveniencia de poner freno a esta manía mía de relacionar unas cosas con las otras con fundamento en coincidencias cuya conexión está traída por los pelos. Les cuento el caso.

Ocurre que a mí uno de los periodos históricos de mi ciudad que más me atraen es el correspondiente a la dominación bizantina, pues, el mismo, me permite al mismo tiempo darle lustre a mi ciudad y aturdir a mis incautos oyentes con una barahúnda de datos que —por ser raros y poco conocidos— no admiten réplica de su parte. Permítanme que ahora se lo cuente a ustedes.

En el siglo VI la práctica totalidad de la península ibérica estaba gobernada por pueblos bárbaros como suevos o visigodos; sin embargo, en mi ciudad, éramos mucho más finos y exquisitos pues, desde Justiniano, mi ciudad formaba parte del Imperio Romano —el llamado Imperio Bizantino— con capital en Constantinopla. Mi ciudad formaba parte organizativamente de lo que los bizantinos llamaron la provincia de «Spania» y era, a la sazón, su capital; es decir, en el siglo VI mi ciudad era la capital de «Spania», cosa que suele dejar bastante sorprendidos a mis desprevenidos oyentes pues «Spania», «Spain», «Spanja»… es la forma con que se conoce a España en la mayor parte de los idiomas del mundo. La vieja «Hispania» pasó a llamarse «Spania» en la epigrafía bizantina y la palabra «España» empezó a oírse sobre la faz de la tierra. Esto, para ingleses, alemanes y otros pueblos centroeuropeos se les aparece como evidente.

Una vez que he puesto a mis oyentes —y ahora a mis lectores— en el contexto histórico adecuado, señalándoles que en el siglo VI, nosotros, los cartageneros o cartagineses, éramos bizantinos y el resto de los españoles —ustedes me perdonarán— bárbaros del norte o súbditos de ellos, suelo relatar cuál era el grave problema de orden religioso que aquejaba entonces a los hispanorromanos dominados por los visigodos y este no era otro que el que estos últimos, profesaban la herejía arriana.

La herejía arriana había sido condenada por la ortodoxia cristiana casi dos siglos antes en el Concilio de Nicea, pero los visigodos habían abrazado tan fuertemente los preceptos de dicha herejía, que seguían ateniéndose a la misma e incluso tenían su propia jerarquía eclesiástica arriana y sus obispos arrianos. Estas creencias de los visigodos suponían una causa importante de enfrentamientos con los hispanorromanos que habitaban las zonas dominadas por estos visigodos.

Todo esto es bastante conocido pero ¿qué era la herejía arriana y que pinta Cartagena en esta historia? Vayamos poco a poco y veámoslo.

La naturaleza de la segunda persona de la Santísima Trinidad —el Hijo— siempre ha sido fuente de problemas teológicos y en el caso de la herejía arriana pasaba lo mismo. Para los arrianos, los seguidores de la doctrina del obispo Arrio, Jesucristo, la segunda persona de la Santísima Trinidad, había sido creado por el Padre y por tanto estaba subordinado a Él. La cristología arriana sostenía que el Hijo de Dios no existió siempre, sino que fue creado por Dios Padre. Esta creencia se basaba, entre otros textos bíblicos, en un párrafo del Evangelio según San Juan donde Jesús declara:

Oyeron que yo les dije: “Voy y vuelvo a ustedes”. Si me amaran se gozarían de que voy al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Evangelio según san Juan 14:28 (Versión Reina Valera, actualizada 2015)

Las enseñanzas de Arrio hicieron furor en algunos momentos y aunque en el Concilio de Nicea (325EC) su doctrina fue condenada como herética, más tarde el Sínodo de Tiro 335 le exculpó, aunque volvió a ser anatematizado más tarde y en el Primer Concilio de Constantinopla se volvió a condenar su doctrina como herética.

Para cuando ocurrieron los hechos que les voy a relatar la doctrina de Arrio ya era claramente una herejía que tan sólo seguían facciones minoritarias de los creyentes aunque una de estas facciones, por desgracia, eran los visigodos, pueblo bárbaro que dominaba la península ibérica a excepción de la franja de territorio bizantino de la provincia de Spania.

Todos esos follones entre cristianos ortodoxos y herejes arrianos no eran cosa que preocupase en la Spania bizantina, pues, por aquí, la ortodoxia imperaba y a nadie se le ocurría defender la nefanda herejía de Arrio, so pena de que las autoridades imperiales le ajustasen las cuentas, porque, en cuestiones teológicas, los bizantinos tenían muy poco sentido del humor.

En estos años de que les hablo nacieron aquí, en mi tierra, los santos con más tronío de la historia sagrada española pues, hijos del Duque Severiano y de su esposa Teodora, vinieron al mundo en nuestra ciudad cuatro zagales cartagospartarios que habrían de cambiar la historia del mundo: Leandro, Fulgencio, Florentina e Isidoro, los llamados «Cuatro Santos de Cartagena».

La historia de esta familia es oscura pues, por motivos no esclarecidos, los hijos y su madre hubieron de abandonar Cartago Spartaria (mi ciudad) marchando a Sevilla, donde se instalaron. La fama debía precederles pues, nada más llegar, los hispalenses hicieron al hermano mayor (Leandro) obispo de Sevilla, lo cual resulta verdaderamente llamativo; más tarde, Fulgencio, sería nombrado obispo de Écija y, a la muerte de Leandro, le sucedería como Obispo de Sevilla su hermano menor Isidoro —sí, Isidoro de Sevilla era cartagenero— mientras que la hermana, Florentina, fundó un convento.

A nosotros en esta historia nos interesa la vida de Leandro pues, este hombre sabio, viendo que los reyes visigodos yacían en el piélago de la ignorancia herética, hizo firme propósito de hacerles abjurar de ella y convertirlos al cristianismo verdadero y como dios manda; sobre todo porque, con los rifirrafes que provocaban las diferencias religiosas entre hispanorromanos y visigodos, andaba el regnumvisigothorum revuelto, mientras los bizantinos estaban tan felices dominando el sureste de Spania y tomando a los belicosos godos a mojiganga.

Leandro, que como buen cartaginés era obstinado, se las arregló para convencer al rey visigodo y a toda su corte para que abjuraran del arrianismo y abrazaran el cristianismo cabal y neto, cosa que hicieron para felicidad del santo y de los habitantes del reino pero, como Leandro no las tenía todas consigo debido a la sequedad de mollera de estos visigodos a quienes los libros de mi infancia encuadraban entre los llamados «bárbaros del norte», decidió ir un paso más allá y aclarar de una vez por todas los líos con el asunto de la Trinidad.

El quid estaba en que aunque el Hijo es Hijo del Padre, ambos son eternos (según el dogma Trinitario de la Santa Madre Iglesia) y por ser Hijo no quiere decir que no sea Dios también y tan eterno como el Padre (¿un buen follón, eh?). Y si la cosa es complicada con el Hijo ni les cuento con el Espíritu Santo, porque este procede del Padre según el credo de Nicea, aunque sea tan eterno como la persona de quien procede.

Repasemos: si es usted creyente sin duda recuerda el credo y el fragmento que dice:

Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y que, con el Padre y el Hijo, recibe una misma adoración y gloria.

Bueno, pues a Leandro la cosa no le parecía lo suficientemente bien explicada y, para que quedase claro que tampoco el Espíritu Santo era anterior en el tiempo al Hijo ni viceversa, decidió añadir una sola palabra al credo en uno de esos concilios que los visigodos hacían en Toledo. La palabra que Leandro añadió al credo fue filioque que traducido del latín significa «y del hijo» y fue ahí cuando se juntó Roma con Santiago y se montó la de Dios es Cristo y aún hoy arrastramos ese follón como verán si tienen la paciencia de seguir leyendo.

Porque Carlomagno, que quería ser más emperador que el verdadero emperador (el del imperio romano con capital en Constantinopla), sugirió al Papa que tuviese por hereje al emperador de Constantinopla. Cuando el Papa, sorprendido, le preguntó al godo ese que por qué, este le respondió que el emperador constantinopolitano rezaba un credo incorrecto y adujo como correcta la redacción del credo según el concilio de Toledo con la palabrita añadida por Leandro, es decir, añadiendo filioque (y del hijo) al credo de Nicea, de forma que la redacción quedaba en:

Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo y que, con el Padre y el Hijo, recibe una misma adoración y gloria.

El Papa se echó las manos a la tiara y le dijo al godo que era un burro, que lo del «y del hijo» era una expresión explicativa pero que el verdadero credo de Nicea no incorporaba tal palabra. El Papa, además, mandó clavar el credo de Nicea en su sede romana y cuentan que el hombre se tomó muy a mal la ocurrencia del emperador godo. Pero, como los godos, además de burros, eran bastante bestias, acabaron explicándole al Papa que él tendría razón teológica pero que ellos tenían unas espadas de acero del Ruhr que quitaban el hipo a los Santos Padres y que se dejase de follones trinitarios y rezase como ordenaba Leandro… y ahí comenzó la división entre católicos apostólicos romanos (los frecuentes en España, los del Papa) y los católicos apostólicos ortodoxos (los griegos, búlgaros, rumanos, rusos…) quienes nunca olvidaron que el Papa se equivocó en el asunto del filioque y le negaron toda infalibilidad por rezar un credo herético aparte de explicarle que para infalibles ellos y sus patriarcas que eran más conciliares y más demócratas que el Papa.

Lo de poner una palabra más o menos en el credo puede parecer una gilipollez, pero lo cierto es que esa palabra ha dado lugar a no pocas guerras y ha animado a matarse a los hombres con sorprendente solvencia. La última de estas guerras fue la que enfrentó a serbios (ortodoxos) y a croatas (romanos) pues, aunque la religión no fue la causa de la matanza, tampoco fue motivo para reconciliarse entre hermanos, pues, esto de profesar religiones distintas (aunque solo sea por una palabra), ha demostrado a lo largo de la historia ser una magnífica coartada para criminales y asesinos disfrazados de soldados.

Bueno, pues ya ven, que empecé con Carthago Spartaria y acabé en la guerra de los Balcanes. Llegados a este punto mis invitados me miraban con estupor y yo mismo andaba pensando «¿no habrás llegado demasiado lejos, Pepe Muelas?»…

He reflexionado unas semanas sobre el asunto, he hecho examen de conciencia y, movido de un sincero propósito de enmienda, prometo no volver a repetir semejante fechoría si usted viene por Cartagena de forma que, si me asalta la tentación, me limitaré a pasarle a usted el link a este post que he escrito como penitencia y ya decide usted mismo si le importa mucho, poco o nada, toda esta historia de credos, filioques, papas romanos y biblias en pasta.

Yo ya lo he dejado aquí escrito, no lo repetiré más, todo sea por la ortodoxia carthaginesa.

La ficción del «Yo»

Estamos de mala suerte: las neurociencias consideran que eso que las personas llamamos «yo» es algo que carece de realidad y que se trata sólamente de un proceso cognitivo de alto nivel que integra una amplia variedad de procesos mentales1. Dicho más claramente, el «yo» no es más que una ficción que nuestro cerebro se inventa porque le resulta muy conveniente, tan conveniente que es imposible vivir mucho tiempo sin esa ficción.

Por mi parte no necesitaba que las ciencias me lo dijesen, hace mucho que yo ya vivía con esta intuición y la daba por cierta, me explico. Si miramos la naturaleza y las criaturas más simples que podamos imaginar —por ejemplo las bacterias—, es obvio que las mismas responden a las leyes darwinianas de la evolución que les impulsan a tratar de reproducirse y preservarse —al menos hasta el momento en que lo logren— con preferencia a sus congéneres, de forma que, aunque carezcan absolutamente de conciencia, estos individuos ya se comportan aparentemente como si supiesen que son unidades diferenciadas de las demás y que tratan de prevalecer en sus fines vitales respecto de las demás. Ciertamente que en estos seres vivos simples las cosas no suceden así de modo consciente, pero es así como las leyes de la evolución les hacen comportarse.

Según avancemos en la escala de la complejidad biológica veremos que el patrón descrito se repite y así, por ejemplo, las plantas, defendiéndose por diversos medios de las agresiones externas y compitiendo reproductivamente con ejemplares de su misma especie, ofrecen comportamientos parecidos y una apariencia similar a la antes descrita; y si seguimos subiendo en la escala, en el caso de los animales superiores, observaremos que sus acciones aparentan estar realizadas por individuos claramente conscientes de su individualidad; por ejemplo, cuando uno de ellos trata de prevalecer sobre los demás en las luchas que le darán derecho a aparearse, parece evidente que este animal sabe perfectamente quién es él y quiénes son los demás y, si aún así, alguno porfiase en que no lo sabe, le diré que ciertamente se comporta como si lo supiera perfectamente.

Distinguir el «Yo» del resto es imprescindible para la vida, sobre todo llegada la hora de comer, momento en el que confundir el «yo» con el «tú» puede dar lugar a que te quedes sin comer y alimentes al vecino y discúlpenme la broma.

Permítanme que les ponga un ejemplo más: si ustedes tuviesen que fabricar un robot harían bien en implementar en él las famosas tres leyes de la robótica de Asimov que son:

  1. Un robot no hará daño a un ser humano ni, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño.
  2. Un robot debe ejecutar las órdenes dadas por los seres humanos, salvo que estas entren en conflicto con la primera ley.
  3. Un robot debe proteger su propia existencia, salvo que esta conducta entre en conflicto con las dos leyes anteriores.

Pues bien, a poco que usted reflexione se dará cuenta de que, para construir su robot e implementar estas leyes, lo primero que necesitará es dotar de identidad a su robot, dotarle de un «yo» que le permita saber a quién están referidas las leyes anteriores.

Para entender por qué la evolución ha dado lugar a la ilusión del yo se puede hacer el experimento mental de una ilusión de no-yo para saber lo que sucede en casos de no-yo o yoes patológicos. En el caso de los seres humanos vivir sin la ficción del «yo» es imposible y —cuando por enfermedad o por alguna otra razón— esta ilusión se pierde, el ser humano se convierte en poco menos que un bebé abandonado, incapaz de cuidarse a sí mismo y perennemente condenado a ser cuidado por otros.

Sin embargo el ser humano, complejo y maravilloso como es, ha logrado en algunos casos desprenderse temporalmente de esta ficción del yo y experimentar durante períodos más o menos largos episodios o estados de no-yo.

Estudios de neuroimagen realizados por D’Aquili y Newberg (1999) con monjes budistas y monjas franciscanas, dieron como resultado que se apreciase durante los estados místicos una desconexión de la actividad neural en las áreas relacionadas con la experiencia del yo.

Muchas prácticas litúrgicas y contemplativas de la mayoría de las tradiciones religiosas, como es el caso del budismo zen pero también de la mística católica, tienen como objetivo reducir el sentido subjetivo del yo pues tal práctica se ha revelado como un buen mecanismo para aproximarse a la felicidad. Estudios realizados confirman que este tipo de prácticas que estimulan el estado psicológico de no-yo mejoran el estado de ánimo y la alegría al tiempo que producen un refuerzo de la disposición al comportamiento altruista y una reducción de la angustia existencial.

Las formas y métodos en que cada una de estas religiones acercan a sus practicantes a estados cercanos al no-yo son de lo más variado desde el jainismo, al budismo, al catolicismo o al propio islam. En todo caso resulta curioso que ese «yo», que algunas religiones parecen confundir con el alma objeto de salvación, sea el estado del que se sale en estos trances místicos.

Religión, ciencia y filosofía parecen acabar encontrándose siempre cuando se habla del yo. Es verdad que carecer de yo o que este no sea más que una ilusión puede resultar muy decepcionante, pero, en el fondo de esa decepción aparente para el alma occidental, nos están esperando personajes como Lao-Tsé cuando decía aquello de que «si no tienes cuerpo ¿qué dolor podrás sentir?», frase que, de haber conocido estos últimos estudios neurológicos, hubiese tenido que modificar por otra del tipo: «Si sabes que en realidad no existes ¿por qué habrías de temer a la muerte?»

En fin, basta por hoy, mi yo me indica que debo volver a mis tareas, y es bueno hacerle caso aunque los neurocientíficos nos digan que se trata de una ilusión.


  1. El cerebro humano funciona mediante procesos jerárquico-funcionales anidados, igual que una organización bien sincronizada, acoplada y sin desajustes (véase Sanfey, et. al. 2006: 109). El yo es una manifestación psicológica de ese orden, carente de una localización física específica: … sabemos que son diversas partes del cerebro las que intervienen en la creación del yo, sin embargo, no hay un emplazamiento material específico del self o del “yo” en el cerebro (…) El cerebro crea la unidad del yo mediante la producción de una jerarquía anidada de significado y propósito, en la que los niveles del yo, y las múltiples partes del cerebro que contribuyen a producir el yo, están anidadas unas en los otros niveles de jerarquía (…) nos experimentamos a nosotros mismos como algo unificado porque nuestros significados y nuestras acciones están unidas dentro de ese yo anidado. (Feinberg 2001: 149). Todos citados por Herranz Guillén, José Luís, en «Estudios de los fundamentos de la cooperación en la naturaleza humana desarrollados por las ciencias sociales». ↩︎

Zarangollo

No creo que en la vecina ciudad de Murcia hayan tenido nunca problemas con el nominalismo ni les haya preocupado lo más mínimo el filosófico «problema de los universales»… y tengo para mí que la culpa de esto la tuvo el hambre.

Las tierras con río suelen dar mucha importancia a los nombres, «fijarse» si no en Egipto, donde fluye un río que es como el Segura, pero a lo bestia, aunque sin rueda de la Ñora (pobrecicos). Pues bien, allí pensaban que el dios «Ra» había creado el mundo por el sencillo expediente de ir nombrando lo que quería crear; así que el genares iba nombrando cosas y las cosas iban apareciendo hasta que nombró al hombre, lo creó, y se le quitó el tole-tole de crear cosas. Saber el nombre de las cosas permitía crearlas y destruirlas, por eso Ra guardaba en secreto su nombre, hasta que Isis lo engañó y Ra —que debía ser un poco belorcio— se lo dijo.

Yo creo que en Murcia, después de la guerra, pasaron mucha hambre y se acordaron más de una vez de Ra y si no explíquenme ustedes por qué un murciano iba a llamar a la coliflor «pava»… o «perdices» a un tipo de cogollos de lechuga. Yo creo que la culpa tuvo que tenerla el hambre: si no tienes cuartos para comprar conejo y hacerte un buen arroz pues le pones «pava» de esa que crece en el bancal de enfrente y comes «carne». Dicen que en los campos de exterminio los prisioneros soñaban sobre todo con las comidas de su infancia y creo yo que los murcianos se quitaron esos sueños recurriendo al dios Ra, no iban a dejar de comer pava o perdices por un quítame allá esos cuartos.

No sé por qué cuento esto, o sí. Sucede que hoy me estoy zampando un plato de zarangollo que está cojonudo —o eso o que yo voy con hambre— y he descubierto que la Real Academia de la Lengua hace derivar (¡como si en Murcia hablasen mal!) esa palabra de «frangollo», que es, en definición del académico diccionario, «cosa hecha deprisa y mal». Como ven en la Academia hay unos cuantos genares pero ninguno sabe que el zarangollo o se hace despacio y sin arrebatarse o no sale bueno.

El zarangollo, lejos de ser una cosa hecha deprisa y mal es un plato hecho despacio y que —bien hecho— está estupendo, es santo y seña de la gastronomía de la vecina ciudad de Murcia y lo pueden comer fieles de todos los credos: cristianos, musulmanes, judíos y veganos; seguidores estos últimos de una doctrina que les obliga a no catar la carne y que me pregunto yo si no tendrá su origen en Murcia u Orihuela, ciudades de la vega del Segura y de ahí lo de «veganos».

Al final he ido saltando de una cosa a otra, no les he dado la receta del zarangollo legítimo, me he ido a Egipto y al nominalismo y esto se enfría (¿les he dicho frío o tibio el zarangollo también está cojonudo?) así que vamos al tajo: este zarangollo tiene buena pinta y va a morir, todo sea por Ra.