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Juan Carlos Canizalez Ocampo

Otro abogado asesinado en Colombia. Juan Carlos Canizalez Ocampo fue vilmente asesinado en Buga por personas hasta ahora desconocidas. Es por ahora el último de los 800 abogados asesinados en Colombia sin que las autoridades parezcan capaces de esclarecer ni uno solo de estos ochocientos crímenes. Este intolerable genocidio profesional debe concluir y es preciso exigir a la administración que destine todos los medios precisos para acabar con esta lacra.

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Catarsis (del griego κάθαρσις kátharsis, purificación) es una palabra descrita en la definición de tragedia en la Poética de Aristóteles como purificación emocional, corporal, mental y espiritual. Mediante la experiencia de la compasión y el miedo (eleos y phobos), los espectadores de la tragedia experimentarían la purificación del alma de esas pasiones.

Hoy en España somos los ciudadanos los protagonistas de la tragedia a que nos ha conducido, como en las viejas tragedias griegas, la hybris, la desmesura insensata de nuestras clases dirigentes.

Sin embargo no parece que estas clases dirigentes quieran sufrir, ni siquiera contemplar, el sufrimiento de los protagonistas de esta tragedia. Veo al presidente de nuestra nación presidir acontecimientos deportivos mientras arden los bosques, entregar códices recuperados -cual si fuese él quien los encontró- mientras mueren servidores del estado tratando de apagarlos, le veo presidir eventos sociales pero no le veo llorar con las víctimas ni sufrir con quienes, en primera línea, sufren las crueles dentelladas de la desgracia. Insensatas campañas de imagen -no sé qué locos asesores tendrá- hacen que asocie su presencia a sietemesinos éxitos deportivos en lugar de asociarla al sufrimiento de los derrotados, de los suyos, que somos nosotros.

Nuestra clase dirigente, política y financiera, está dominada por la hybris. No sufren con su pueblo, carecen de compasión (“que se jodan”) y ya sabemos que, como en las tragedias griegas, a quien los dioses quieren destruir primero lo vuelven loco de hybris.

Hoy que Canarias arde sin control, que uno de cada cuatro españoles carece de trabajo, que ni siquiera el mínimo vital de subsistencia está garantizado; hoy, que se les niegan los cuidados médicos a personas que los necesitan, que se escatima la educación de nuestros hijos y se recorta su futuro para pagar unas deudas pasadas; hoy, estos espectadores de lujo de la tragedia nacional, siguen sin estar dispuestos a sufrir con los protagonistas. No les veo llorar, no veo su congoja, no les veo estar con quienes deben de estar. Y lo peor es que, quienes aspiran a sustituirles ya demostraron en el pasado que tampoco eran capaces de eso.

Sufrir con quienes sufren, experimentar el horror y la compasión, es el primer y necesario paso para purificarse y, esto, más que otra cosa, es lo que necesita una clase dirigente pervertida y en bastantes casos corrompida por pasados excesos.

Vienen a la memoria con facilidad imágenes del pasado. Desde los recuerdos en blanco y negro vuelven las imágenes de Churchill pisando los escombros de las casas bombardeadas y dando apoyo y consuelo a sus compatriotas, vuelven las imágenes del general Gutiérrez Mellado enterrando a sus hombres, militares muertos en un clima de inaudita tensión, sufriendo con las víctimas y enfrentándose con valentía a quienes pretendían aprovechar el dolor ajeno en beneficio propio, se echa de menos a hombres que, siendo presidentes del gobierno, no dudaban en jugarse su vida por las libertades de sus compatriotas. Quizá eran otros tiempos. Pero se echan de menos hombres y gestos como esos, hombres y gestos que parecen hoy patrimonio exclusivo de un pasado no tan remoto.

Hace falta que sepamos -que sintamos- que sufrimos juntos, que nuestra hambre es su hambre y nuestro miedo su miedo; porque, si no, dejarán de ser de “los nuestros” y caerán dentro de esa maldita tercera persona del plural con que designamos a quienes nos son ajenos: “Ellos”. Si entre la clase dirigente y su pueblo se levanta esa barrera (hoy sabemos ya con exactitud a quien nos referimos cuando hablamos de “ellos”) las cosas se pondrán muy mal y las consecuencias serán imprevisibles.

Hace falta catarsis.