Agita tus alas

Agita tus alas

Hace unos cinco días escribí un post en el que les preguntaba si eran ustedes de los que consideraban que el futuro estaba escrito o si, por el contrario, eran de los que opinaban que nuestras acciones eran susceptibles de determinarlo. En suma, si creían ustedes o no en la predestinación.

Les conté como la física clásica entendía que era perfectamente posible predecir el futuro y decirnos cómo fue el pasado siempre y cuando contásemos con los datos suficientes; es decir, que si conocíamos los datos precisos sobre la órbita de la Tierra o de un planeta alrededor de un astro, no habría problema en predecir dónde estaría nuestro astro en el futuro y donde estaba en el pasado. La naturaleza era un mecanismo de relojería regulado por leyes que nos permitían saber cómo sería el futuro y cómo fue el pasado.

Esta idea la expresó con toda claridad en 1776 el matemático francés Laplace cuando afirmó que, si conociésemos la velocidad y posición de todas las partículas del universo en un momento dado podríamos predecir con toda precisión el futuro y narrar cómo fue el pasado.

La realidad es que el asunto no es tan fácil y es aquí donde debo contarles la historia de Edward Lorenz, un meteorólogo hoy famoso.

Edward Lorenz trabajaba en 1963 en unas ecuenciaciones que le permitiesen efectuar predicciones sobre el clima. En un cierto momento introdujo las ecuaciones en el computador para ver de forma gráfica los resultados y, como los ordenadores eran lentos en aquella época, marchó a tomar el té. Posteriormente trató de reproducir el experimento introduciendo los mismos datos y se encontró con que el ordenador arrojó un resultado absolutamente distinto al que había arrojado en el primer experimento. Sorprendido por el resultado Edward Lorenz trató de averiguar la causa de aquella tremenda discrepancia y halló que en el primero de los experimentos había suministrado a la computadora datos con hasta el sexto decimal de precisión, mientras que en el segundo tan solo había introducido datos hasta el tercer decimal de precisión y, sin embargo, una variación de diezmilésimas en los datos iniciales  provocaba unos resultados finales absolutamente dispares. Esta observación se considera el principio de la teoría del caos.

Que pequeñas variaciones mínimas en las condiciones iniciales den lugar a tremendas diferencias en los estados finales es algo que resulta verdaderamente sorprendente, pero que desde luego no anula esa afirmación de Laplace de que si conociésemos «con toda precisión» los datos que afectan a cada partícula del universo podríamos predecir tanto el pasado como el futuro. Es por eso que, antes que otra cosa, debemos preguntarnos si podemos medir «con absoluta precisión» los datos porque, si no podemos medirlos con absoluta precisión y pequeñas variaciones en los datos iniciales producen grandes diferencias en los estados finales en los sistemas caóticos, parece evidente que nunca podremos predecir nada y en este punto seguramente es oportuno recordar un artículo que en 1967 publicó el hoy famosísimo matemático Benoit Mandelbrot, un artículo titulado «¿Cuánto mide la costa de Gran Bretaña?»

Trato de resumirlo. Si ustedes se proveen de un metro y se deciden a medir cuánto mide la costa de Gran Bretaña obtendrán un determinado resultado. Pero el resultado no será exacto, porque en cada trozo de costa medido con ese metro habrá entrantes y salientes que no han sido perfectamente, medidos con con la herramienta. Naturalmente que en lugar de un metro podemos utilizar una vara de 50 centímetros, pero igualmente volveremos a obtener una diferencia porque en esos 50 centímetros existen entrantes y salientes que no coinciden con la rectitud de la vara y lo mismo nos irá pasando según vayamos reduciendo nuestro patrón de medida.

No les sorprenderá que el matemático que escribió este artículo Benoit Mandelbrot fuese el padre de los hoy famosísimos fractales.

Dado que el continuo de los números es infinito siempre tendremos un grado mayor de precisión del que hemos medido de forma que lo cierto es que nunca podremos medir con absoluta precisión la costa de Gran Bretaña.

Si a esta imprecisión de la medida le unimos esa característica especial de los sistemas caóticos de que la más leve modificación en los valores iniciales nos conduce a resultados que pueden ser absolutamente distintos desde luego tendremos que reconocer que en los sistemas caóticos el futuro no está escrito y que depende de hasta las más mínimas variaciones, pudiendo tener estas, por mínimas que sean, consecuencias imprevisibles.

Permítanme que les diga ahora que en los «Sistema dinámicos» un **atractor** es un conjunto de valores numéricos hacia los cuales un sistema tiende a evolucionar, dada una gran variedad de condiciones iniciales en el sistema. Geométricamente, un atractor puede ser un punto, una curva, una variedad o incluso un conjunto complicado de estructura fractal y es ahí donde tiene sentido la ilustración de este post pues Edward Lorenz, cuando obtuvo la representación geométrica de sus observaciones sobre los sistemas caóticos, obtuvo la imagen que ven en la fotografía.

Atractor extraño

A este tipo de atractores se les llama «atractores extraños» e ilustran bien esos sistemas caóticos en los que, la más mínima variación, puede generar consecuencias impredecibles, como en el caso del clima, la economía, las biología, la sociedad o los enjambres.

Seguramente mirando la ilustración te has percatado del parecido de este «atractor extraño» con un cierto insecto de grandes alas. Y sí, su parecido no es sólo formal, porque tú y yo sabemos que el aleteo de una mariposa en África puede dar lugar a un ciclón en Florida, que es justo lo que nos dice la teoría del caos.

Por eso no te preguntes nunca si tus acciones tendrán o no importancia, si servirán para obtener una pasarela al reta o no, tú, simplemente, agita tus alas y deja que la física, la biología, las matemáticas y las dinámicas de enjambre se ocupen del resto.

Haz lo que sientes que has de hacer, tú no lo sabes pero tu trabajo puede ser el que marque la diferencia entre el fracaso y el éxito.

Vamos.

Persevera, per severa, per se vera

Persevera, per severa, per se vera

Cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser. (Baruch Spinoza)

Recuerdo cómo estaban los ánimos en mi ciudad en 1993. La reconversión industrial golpeaba la comarca de Cartagena y, en La Unión, por ejemplo, miles de personas se enfrentaban a un traumático final de la minería. Tras haber convertido la bahía de Portmán en un vertedero y haber hecho de ella el punto más contaminado del Mediterráneo, la multinacional Peñarroya vendió por un euro todos sus derechos en la Sierra Minera a conocidos empresarios locales para que estos llevasen a cabo las siempre sucias tareas de cierre. La continuidad de la minería en la zona había enfrentado a vecinos de La Unión con vecinos de El Llano del Beal: los primeros querían continuar con la actividad a toda costa, pues de lo contrario perderían sus trabajos, los segundos defendían su pueblo y sus propiedades, pues, el filón, pasaba justo bajo sus casas y continuar con las explotaciones mineras suponía desalojarles de sus hogares y borrar el pueblo del mapa. Los ánimos se crisparon y los habitantes del Llano se prepararon para resistir e impedir el avance de la cantera, resulta curioso recordar que los ánimos llegaron a alterarse tanto que, en el Llano del Beal, Herri Batasuna obtuvo unos magníficos resultados en las elecciones de esos años.

Y si la Sierra Minera era un polvorín no menos lo era la ciudad de Cartagena. La Primera Guerra del Golfo y la huida del capital Kuwaití se había unido a la reconversión industrial y las grandes empresas de la ciudad cerraban una tras otra, desde la Empresa Nacional de Fertilizantes a Potasas y Derivados pasando por industrias clásicas de Cartagena como la «Española del Zinc» o la popular «Desplatación». La revuelta obrera era cada vez más violenta y se había llegado al extremo en 1992 cuando, durante unos durísimos disturbios y en oscuras circunstancias, resultó incendiado el Parlamento Autonómico de la Región de Murcia (foto) cuya sede está en Cartagena. El humo y las llamas saliendo del Parlamento eran una ilustración casi perfecta del estado en el que se encontraban los ánimos de los cartageneros en aquellas fechas. A pesar de sus 200.000 habitantes muchos cartageneros comenzaron a considerar seriamente la posibilidad de buscar un futuro fuera de la ciudad; un triste final a 3.000 gloriosos años de historia.

Sin embargo, quiénes así pensaban olvidaban que esta ciudad contaba con un capital que estaba ante sus ojos. Contaba con una magnífica ubicación y un puerto de calidad superlativa —Asdrúbal y sus carthagineses sabían lo que hacían— contaba todavía con un importante tejido industrial (la primera refinería de petroleos de España y un importante sector de construcción naval) y sobre todo contaba con cartageneros y cartageneras que nunca habían perdido su consciencia de pertenecer a una ciudad única en el mundo, superposición visible de pueblos prerromanos, fenicios, carthagineses, iberos, romanos, bizantinos y así hasta completar treinta siglos de historia.

El grado de destrucción del centro de la ciudad llegó a tal punto que incluso fue utilizado para grabar películas bélicas ambientadas en lugares como Beirut u otras localizaciones de Oriente Medio. Durante estas películas se llevaban a cabo demoliciones en pleno centro de la ciudad (vean, por ejemplo, el film «Navy Seal» y se entretendrán un rato comprobándolo) y todo aquello parecía que acabaría con el definitivo abandono del casco antiguo y la marcha de los vecinos a vivir a las urbanizaciones del extrarradio.

Sin embargo esta puñetera ciudad es resistente y si lleva tres mil años aquí no es por casualidad. Justo durante las explosiones y la grabación de las películas de que les hablo, en el mismo lugar en que se grabó la demolición de un hotel en el film «Navy Seal», comenzaron a aparecer restos arqueológicos que hicieron palidecer a los arqueólogos. La ciudad, desnudada hasta el extremo, devolvía a los bárbaros que la maltrataban un tesoro de valor incalculable: el perdido teatro romano de Carthago Nova.

La recuperación del teatro llevó lustros pero con la recuperación del mismo corrió pareja la recuperación de la ciudad y, en el más puro estilo de esta jovencita de 3000 años, lo hizo perseverando en sí misma.

El puerto creció, la refinería y el tejido industrial crecieron, pero, sobre todo, creció la presencia de la vieja y siempre joven Carthago Nova. En un centro de la ciudad tan abandonado por sus habitantes como vil y suciamente expulsados de él por especuladores y administraciones sin alma, comenzaron a aparecer viejos e íntimos trozos de nuestra joven adolescente. Ya no era solo el Teatro Romano, eran termas y templos que permitían a los habitantes de la ciudad tocar lo mismo las piedras de la iglesia de su patrona que las basas y fustes de las columnas del viejo templo de la diosa-sirena Atargatis o la diosa madre Isis. Mucha gente se pregunta erróneamente por qué los cartageneros son como son cuando lo que habrían de preguntarse es justamente lo contrario: cómo podrían ser de otra manera viviendo en un lugar así.

Si Cartagena ha salido adelante durante estos años ha sido siempre siendo ella misma, perseverando en su esencia y es por eso que, si en algún lugar resulta particularmente cierta la afirmación del filósofo Baruch Spinoza de que «cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser», ese lugar se llama Cartagena.

Y si la ciudad nos ha enseñado esto a lo largo de la historia ¿por qué no la escuchamos?

Podemos dedicar decenas de millones de euros a construir un carísimo auditorio, pero al final del viaje no tendremos sino lo que muchas otras ciudades tienen y de mejor calidad; podemos dedicar carísimas inversiones a ciclos sobre manifestaciones culturales extranjeras pero, al final del camino, siempre preferiremos los lugares y ambientes originales a las copias.

Con el dinero invertido en un auditorio de calidad parecida al de muchas otras ciudades se podría haber recuperado ya el anfiteatro romano, amalgama única en el Mediterráneo de espectáculos fundados en la muerte, pues Plaza de Toros y Anfiteatro se funden y superponen. ¿Cuántas ciudades en el Mediterráneo tienen algo así?

Nadie llega a ser Elvis imitando a Elvis, nadie llega a ser Picasso tratando de copiar a Picasso; si hemos de ser algo seamos antes que nada auténticos, seamos nosotros mismos. Nuestra ciudad no necesita ser ninguna otra ciudad distinta de la que es para tener éxito, lo lleva demostrando tres mil años, sería muy bueno que nuestra administración y nosotros mismos la ayudásemos en su tarea.

Nada nos ha sido tan rentable como ser nosotros mismos, así pues, ¿por qué no perseveramos en ello?. Si lo mira usted bien, ser nosotros mismos es lo que mejor sabemos hacer y en eso no tendremos nunca competencia.

Pronto estrenaremos un nuevo curso, sería bueno que nuestros políticos estrenasen también nuevas mentalidades.

Mektub

Mektub

Existe una fatalista expresión en árabe que designa lo inevitable, «Mektub» (está escrito), una palabra que, por cierto, da título a una muy conocida marcha pasional de semana santa.

Está convicción de que el futuro «está escrito» está firmemente asentada en muchas personas pero ¿qué hay de verdad en ello?

Cuando acudíamos a clase de religión durante la enseñanza primaria, la existencia de un dios omnisciente necesariamente nos conducía a preguntarnos sobre la predestinación: si dios conocía el futuro y sabía lo que había de ser de nosotros ¿Qué sentido tenía entonces todo ese lío de mandamientos de la Ley de Dios, de la Santa Madre Iglesia y todo aquel catálogo de pecados mortales y veniales con que nos atormentaban los curas y profesores? Si lo que había de ser de nuestras almas ya estaba escrito, lo mejor, sin duda, era aparcar la clase, irnos al recreo y dejar que las cosas fuesen como estaba escrito que habían de ser. Este debate, créanme, se reproducía año tras año; eran otras épocas.

No fallaba, en cuanto el cura nos hablaba de que dios lo sabía todo, inmediatamente, algún compañero planteaba la cuestión de la predestinación y el debate estaba servido. Los curas despachaban el asunto recurriendo al inapelable argumento de la omnipotencia divina —un siempre muy socorrido expediente para no enredarse en debates interminables— pero nuestros profesores de filosofía, siempre reacios a recurrir al recurso divino, no fueron pocas las horas de clase que perdieron tratando de explicarnos lo inexplicable. ¿O no?

La historia de la humanidad es la historia de la búsqueda de esas leyes que regulan el funcionamiento del universo, leyes que nos permiten predecir el futuro con toda exactitud y averiguar cómo fue el pasado con idéntica certidumbre. Los científicos, una vez han descubierto una ley física, tradicionalmente han parecido capaces de predecir el futuro y hasta el pasado. Conocida la ley de la gravitación universal, los científicos pueden predecir sin problemas en qué punto de la órbita se encontrarán Marte o Júpiter dentro de un año o dos, como serán capaces también de decirnos donde estuvieron esos mismos planetas hace un año o dos en el pasado.

Contando con todos los datos precisos podríamos predecir con exactitud si una moneda, lanzada al aire, caería de cara o de cruz; claro que son demasiados datos (posición inicial de la moneda, fuerza exacta aplicada y dirección de la misma, incluso densidad del aire… Y un larguísimo etcétera) pero, si contásemos con todos esos datos, un científico newtoniano se sentiría bastante seguro de poder predecir el resultado de ese experimento no tan aleatorio de lanzar una moneda al aire. No existe el azar, nos dirá un científico determinista, lo que ocurre, simplemente, es que no contamos con todos los datos precisos.

Esta visión determinista de la ciencia parecería corroborarse por el funcionamiento de los ordenadores actuales. Para un ordenador es virtualmente imposible generar un número verdaderamente aleatorio, ante la potencia de cálculo parece que se rinde el azar; lo que para los seres humanos es evidente no resulta tan fácil para un ordenador, el azar, los números realmente aleatorios, parecen un campo vedado para ellos y sus chips deterministas.

¿No existe entonces el azar? ¿Es verdad entonces que todo está escrito y que, si no somos capaces de predecir lo que va a ocurrir, se debe simplemente a carecemos de los datos necesarios? ¿Es el universo determinista y —como decían mis compañeros de colegio— lo mejor que podemos hacer es irnos al recreo, dado que nada puede hacerse contra un futuro ya determinado por los hechos pasados?

Nunca me gustó el determinismo y ni siquiera me resulta simpático el aire de suficiencia de esos científicos newtonianos con aire de saberlo todo; el gato de Schrodinger es mil veces más simpático que ellos, esté vivo, muerto, o ambas cosas al mismo tiempo.

Porque, gracias a los físicos cuánticos, en las últimas décadas la sociedad ha empezado a habituarse al uso de expresiones como «complejidad», «ecuaciones no lineales», «principio de incertidumbre» o «atractores extraños» y «efectos mariposa». El azar, la incertidumbre, lo incognoscible, se abren paso en el mundo subatómico y, si un físico newtoniano es capaz de predecir con exactitud donde está o estará un planeta, un físico cuántico nos enseña que es una tarea imposible tratar de predecir en qué punto exacto se encontrará un electrón en un momento dado. En el mundo de la física cuántica las cosas nunca se sabe si están en un lugar concreto porque, a veces, incluso pueden estar en dos lugares distintos al mismo tiempo.

Tal y como está ahora la ciencia el azar y el determinismo parecen convivir y mezclarse, la manzana de Newton y el gato de Schrodinger conviven juntos en la misma habitación y la realidad es que, dependiendo de cómo contemplemos el mundo, el dios omnisciente y la imprevisibilidad más inquietante son ambas posibles y, lo que es más sorprendente, parece que en la realidad conviven con toda naturalidad.

No, no está el futuro escrito, no es tiempo todavía de irse al recreo, me temo que es todavía tiempo de apencar y tratar de escribir el futuro por nosotros mismos.

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Y ahora que escribo esto no puedo evitar recordar aquel discurso de Adolfo Suárez en que recordó los versos de Antonio Machado:

«¡Qué importa un día! Está el ayer alerto
al mañana, mañana al infinito,
hombres de España, ni el pasado ha muerto,
ni está el mañana -ni el ayer- escrito».

Y noto un regusto triste en la boca al recordar algo que me llamó la atención el día de su funeral: mientras el cortejo avanzaba se escuchaban los sones de una marcha fúnebre muy familiar para mí: «Mektub».

Estoy seguro que al Adolfo que conocí no le hubiese gustado.

Las olimpiadas, una competencia amañada

Las olimpiadas, una competencia amañada

Mucho se ha hablado estos días del «espíritu olímpico» y de los principios inspiradores de las olimpiadas pero a mí, lo que me invade últimamente, es la sensación de que todo esto de las olimpiadas fue un invento de hombres, hecho por hombres y para hombres, en el seno de una sociedad regida por valores masculinos. Piensen si no en el eslogan «citius, altius, fortius» (más rápido, más alto, más fuerte) que ha sido el lema de las olimpiadas modernas desde sus inicios allá por el año 1896.

Leído con distancia el lema pareciera más bien una apología de las características en las que, debido al dimorfismo sexual humano, el hombre suele superar a la mujer. Claro que los hombres suelen correr más rápido, saltar más alto y pegar más fuerte que las mujeres y es por eso que, un espectáculo fundado en la competencia y exaltación de estas características, me parece una competencia trucada, un concurso amañado, el producto de una sociedad donde se valoran especialmente estos aspectos «masculinos» por sobre otros.

Vamos a imaginar que esto de las olimpiadas, en lugar de la antigua Grecia o en la Europa del siglo XIX, se hubiese inventado en una sociedad matriarcal paleolítica; imaginemos a la abuela diciendo:

«Vamos a hacer una competición donde premiaremos y honraremos a los indivíduos que den a luz más hijos, lleven adelante una mejor lactancia y demuestren una mayor flexibilidad en sus cuerpos».

Como pueden imaginar, todos hoy consideraríamos injusta esa competencia. Los hombres no pueden tener hijos pues su cuerpo se lo impide, la lactancia tendrían que llevarla a cabo artificialmente y en cuanto a flexibilidad pues… ya saben ustedes.

El dimorfismo sexual existe y los cuerpos masculinos y femeninos no son iguales por muchas y muy buenas razones (la propia supervivencia de la especie la primera), son distintos porque su finalidad es cooperar y no competir por lo que hacerles enfrentarse en las mismas disciplinas supone siempre y en términos absolutos otorgar una ventaja a uno de los dos en función de la actividad seleccionada (curiosamente el único deporte absolutamente igualitario —el ajedrez— no es olímpico).

Y mientras veo cerrar los juegos olímpicos de París 2024 pienso en que, agotado el primer cuarto del siglo XXI, seguimos instalados en el placer de la competencia frente a las actividades cooperativas, en un mundo de ganadores y perdedores, de alegría o drama, de exaltación de características y actitudes heredadas tras varios milenios de admiración de «lo masculino», de preferir competiciones donde unos ganan y otros pierden a actividades donde nadie pierde y todos ganan.

Es esa capacidad del cuerpo humano femenino de engendrar vida y hacer de esto una victoria para todos, esa que asombró a los primeros seres humanos y que, por alguna razón, desde hace varios milenios resulta menos atractiva y espectacular que aquellas otras de correr más rápido, saltar más alto o pegar más fuerte.

¿Y por qué les cuento yo esto?

Bueno, quizá porque ahora mismo estoy mirando las fotografías de la egipcia Nada Hafez (tiradora de esgrima) y la azerbaiyana Yaylagul Ramazanova (arquera), que han competido brillantemente en estas olimpiadas, embarazadas ambas de siete meses.

En las próximas olimpíadas, pienso yo, ha de ser oficial la prueba de 100 metros lisos embarazados. Y a ver qué hombre es capaz de ganarla.

Derrotas judiciales

Cuando uno comienza a ejercer no tiene demasiado clara la trascendencia personal y profesional de perder o ganar un juicio, algo que, habitualmente, acaba uno aprendiendo a golpes. Películas americanas y series de TV nos han acostumbrado a la imagen del abogado «ganador», un «killer» del foro seguro de sí mismo y para quien la victoria es el único resultado posible. Como pueden imaginar tal visión de la abogacía es profundamente infantil y no puede estar más alejada de la realidad.

Es verdad que, cuando uno empieza, da mucha importancia a las victorias y a las derrotas, uno, en su inexperiencia, cree que una sólida reputación profesional se gana sobre un ejercicio plagado de victorias y donde si las derrotas suceden mejor que sean pocas y que no transciendan demasiado.

Tal creencia es un error. La «victoria» y la «derrota» no significan nada en absoluto si no las ponemos en relación con las circunstancias específicas del caso, de forma que el mejor índice de éxito no es este de la victoria o derrota sino el de la satisfacción del cliente, un objetivo que, junto a una buena dosis de conocimientos jurídicos, exige una alta capacidad para la gestión de las emociones y expectativas del cliente, además de un amplio abanico de habilidades extrajurídicas.

Yo, naturalmente, cuando empecé a ejercer, sobrevaloraba desmesuradamente a esos dos impostores a los que llamamos victoria y derrota.

Y, llegados a este punto, permítanme que, les cuente otra historia personal.

Las elecciones generales de 1989 fueron consideradas —y aún lo son— como unas de las más controvertidas en la historia democrática de España

El lento anuncio de los resultados en muchos distritos electorales junto con defectos graves en los datos del Registro, una estructura ineficiente de la administración electoral y la lucha política en curso entre el gobernante PSOE y los partidos de la oposición sobre la mayoría absoluta socialista en el Congreso, dio lugar a un gran escándalo cuando los resultados electorales en una serie de distritos fueron impugnados bajo acusaciones de irregularidades y fraude.

Los tribunales de justicia se vieron obligados a intervenir, pues las elecciones se impugnaron en circunscripciones como la de Murcia donde la lucha por el último escaño resultó particularmente virulenta dado que, dicho escaño, determinaría si el Partido Socialista seguiría gozando de mayoría absoluta en España o por el contrario la perdería.

Como ya les conté en un post anterior en 1989 yo era un jovencísimo abogado que estaba afiliado a uno de los partidos que habían concurrido a aquellas elecciones y que, a pesar de los malos resultados obtenidos en el conjunto nacional, en la circunscripción de Murcia había ganado un escaño al Congreso: el del diputado José Ramón Lassuén Sancho, un economista aragonés al cual el partido había colocado como cabeza de lista en Murcia con las consiguientes tensiones entre los militantes de la Región.

Ni que decir tiene que, centrada la pugna electoral en Murcia entre el Partido Socialista, Izquierda Unida y el Partido Popular, la repetición de las elecciones muy probablemente haría perder al partido que yo defendía el diputado, por lo que, cuando se interpuso la correspondiente reclamación judicial mi partido comenzó a buscar un abogado que defendiese la corrección de las elecciones en la circunscripción y la innecesariedad de su repetición.

Y digo que «comenzó a buscar un abogado», porque aunque llamó a varios, incluso dirigiéndose a la dirección de Madrid, finalmente parecía que ninguno quería ocuparse de una defensa que se antojaba difícil e ingrata, que prometía poco prestigio y que tampoco parecía que pudiera ser generosamente retribuida; así que mi partido recurrió al joven abogado militante  que probablemente llevaría el asunto sin cobrar y que, sin duda, sería lo suficientemente inconsciente como para asumir esta tarea que otros muchos habían rechazado.

Quiero decir con esto que me llamaron a mí y yo, que era joven, inconsciente y creía en la causa, naturalmente acepté sin saber exactamente en dónde me estaba metiendo.

Para 1989 yo apenas si había llevado unos cuantos juicios de faltas y algunos casos de oficio de aquellos de doble instancia en los que instruía y fallaba el mismo juez… y poca cosa más.

Cuando me hice cargo de este asunto de pronto todo el funcionamiento de la Administración de Justicia pareció cambiar: las actuaciones del Tribunal Superior de Justicia se señalaban y celebraban con exactitud prusiana, los secretarios judiciales me llamaban por teléfono directamente para consultarme posibles fechas o para adelantarme amablemente por teléfono resoluciones que posteriormente le llegarían al procurador.

Presentar escritos a la medianoche con toda la prensa esperando a la entrada del Palacio de Justicia de Murcia se convirtió para mí en algo habitual y de pronto comencé a pensar que yo era un abogado conocido, de los que salían en la prensa y en la tele y el vértigo me invadió.

¿Qué pasaría si yo perdía ese juicio? España entera, en mi imaginación, «sabría» que yo había perdido lastimosamente y todo mi futuro profesional (pensaba yo) se caería como un castillo de naipes. El terror a perder, estúpidamente, me embargó y fue en ese estado de ánimo en el que una mañana, cerca de las tres de la tarde, fuimos llamados a comparecer en la Sala de Vistas del TSJ porque se iba a dar lectura en audiencia pública a la sentencia, una sentencia cuyo contenido, a diferencia de lo que ocurre hoy día, no se había filtrado previamente.

La fotografía recoge el momento en que la Sala de lo Contencioso de Murcia dio lectura a la Sentencia en riguroso directo en el Telediario de las tres de la tarde (no recuerdo ningún otro caso en que se haya leído una sentencia en directo en el telediario). Yo soy el tercero de los abogados que están sentados (tengo la barbilla apoyada en la mano) y entre los asistentes a la lectura podemos ver muchas caras conocidas de jueces, magistrados y políticos de Murcia. Los periodistas, por su parte, están literalmente tirados en el suelo de los estrados.

Perdimos.

Es difícil describir los estados de ánimo por los que fui transitando según el Tribunal leía sus fundamentos de derecho, lo que sí puedo asegurar es que mi estado mental al escuchar el fallo era sintéticamente igual al de un boxeador que acabase de recibir un «uppercut» en la mandíbula.

Cuando me levanté de estrados reuní las fuerzas precisas para buscar una cabina telefónica y llamar al principal afectado, a José Ramón Lassuén. Afortunadamente no hube de explicarle muchas cosas, creo que él también había escuchado el fallo en el telediario.

Cuando las cosas se ponen turbias, aunque sea en mi imaginación, suelo recurrir a una medicina infalible: acercarme al frente este del Puerto de Cartagena y llegarme al mirador que hay entre las baterías de costa de San Fulgencio, Santa Florentina y Santa Ana. Si permanezco allí el tiempo suficiente y —sobre todo si es de noche— los males del alma se alivian pronto. Y eso hice. Me recuerdo en la noche mirando encenderse y apagarse la lejana luz del faro de Cabo Tiñoso (donde nació mi padre) y pensando en que yo lo había dado todo y no había regateado ningún esfuerzo, que mi trabajo era pedir justicia y no hacerla, que eso era trabajo del tribunal y que me importaba un carajo lo que la sociedad pudiese pensar, que mi sueño era ser abogado y que nada de esto me lo iba a impedir.

Obviamente nadie es importante para nadie por el hecho de salir unos meses en diarios o televisiones; la notoriedad —lo aprendí pronto— se esfuma con mucha mayor velocidad de la que aparece por lo que no debemos tener demasiado miedo a estas cosas. Lo que sí me emocionó fueron las muestras de cariño de los militantes de mi partido y en especial de los de las juventudes, que me habían visto trabajar y sabían que me acababa de comer una buena ración de una comida que nadie quería.

En honor a la verdad debo decir que mi partido (y el Partido Socialista) recurrieron al Tribunal Constitucional y este revocó la sentencia del TSJ de Murcia —al final, pues, ganamos— pero ahí fue la mano de Tomás Ramón Fernández la responsable del éxito y no la mía, aunque no necesito decir cuánta experiencia gané gracias a estos procesos.

Hoy, más de 35 años después de aquello, victoria y derrota son eventos que, aunque nunca acaban de gestionarse bien, los evaluo de otra forma.

Lo que no deja de sorprenderme —visto en la distancia— es cómo alguien pudo confiar en mí para defender un asunto en que estaba en juego la mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados de España.

Debían estar muy desesperados.

Construyendo un meme: el síndrome de Fadh

Construyendo un meme: el síndrome de Fadh

El de Fadh es un síndrome casi siempre idiopático cuyo principal síntoma es la tendencia de quién lo padece a formular argumentos «ad hominem» cuando se ve inmerso en cualquier tipo de debate.

Se ha observado que el síndrome de Fadh (o de la Falacia AD Hominem) suele aquejar principalmente a los participantes en debates en redes sociales y se ha llegado a formular un enunciado de interacción social paralelo a la llamada «Ley de Godwin» que afirma que:

«formulada una afirmación en redes, a medida que la discusión en línea se alarga, la probabilidad de que aparezca una alusión personal relativa a algún atributo del emisor de la afirmación en lugar de analizar el contenido sustancial del argumento en sí mismo, tiende a uno».

Dicho de otro modo, si una conversación en linea se alarga lo suficiente uno de los conversantes acabará efectuando alusiones personales respecto de su interlocutor en lugar de analizar el contenido sustancial del argumento enunciado.

El síndrome de Fadh es crónico entre los miembros de la clase política española (trastorno explosivo del «y tú más») y hay quien le tiene por patognomónico del llamado «trastorno del hooligan político español».

Dada su enorme prevalencia en los debates políticos en redes sociales se ha propuesto como remedio que cualquier conversación se cierre en el exacto momento en que aparezca el primer argumento ad hominem y se coloque en situación de «ignorar» a su emisor señalando o no (en esto no hay consenso) la presencia del síndrome de Fadh.

Aclaración final (wikipedia):

En lógica, se denominan como argumento ad hominem (del latín ‘contra el hombre’) o falacia ad hominem varios tipos de argumentos, muchos de los cuales considerados falacias informales, que consisten en refutar una afirmación en función del carácter o de algún atributo del emisor de la afirmación, en lugar de analizar el contenido sustancial del argumento en sí mismo. Generalmente sigue la siguiente estructura: «A afirma x; B afirma que A tiene algo cuestionable; luego, por extensión, B afirma que x es cuestionable». La conclusión también suele indicar que lo que afirma A no merece ser tenido en cuenta.

Es una de las falacias lógicas más conocidas. Tanto la falacia en sí misma como la acusación de haberse servido de ella (argumento ad logicam) se utilizan como recursos en discursos reales. Como técnica retórica es efectiva, y tiene como objetivo persuadir de una idea a personas que se mueven más por sentimientos que por la lógica; se atacan, así, no los argumentos propiamente dichos, sino a la persona que los produce y algunas de sus circunstancias, como origen, etnia, educación, riqueza (o pobreza), estatus social, moral, familia, etcétera.

Un cierto algo en común o de cómo querer gritar Viva México

Les hablaba el otro día de aquella cierta idea de España que se nos enseñaba en el colegio a los niños de los años 60. El fenómeno no fue exclusivo de España y, durante todo el siglo XIX, las recién nacidas repúblicas americanas, restos de la implosión de la monarquía católica, se dedicaron a forjar una identidad nacional a través de relatos más o menos disparatados.

Afortunadamente el ser humano tiene memoria y, a pesar de los adoctrinamientos, desde California a la Tierra del Fuego todos los seres humanos que habitaban esas tierras fueron siempre conscientes de que tenían algo en común.

Seguramente los problemas políticos y económicos de las repúblicas americanas y recientemente la peripecia europea de los gobiernos y los políticos españoles, pudieron en algún momento dejar en segundo plano este algo en común que todos sabemos que tenemos, desde la Punta de S’Esperó en Mahón a la Isla Guadalupe en el Pacífico Mexicano.

Afortunadamente para nosotros, esa cultura blanca, anglosajona y protestante (WASP) que impera al norte del Río Grande, con su manía de clasificar étnicamente a los seres humanos, se encarga diariamente de recordarnos (a veces construyendo muros) quiénes somos, cómo nos llamamos, lo que somos y lo que podemos llegar a ser estas gentes a las que ellos llaman hispanos. Quizá los hispanos no sepamos lo que somos pero ahí están los Estados Unidos para recordarnos día tras día que sí, que existimos, que no somos producto del sueño ni de la fantasía.

Y es que, aunque no lo sepa, si es usted hispano (y los Pirineos y la entera península ibérica, aunque los mapas digan lo contrario, también están al sur del Río Grande) a poco que le rasquen un poco la piel le saldrá ese americano cultural y espiritual que lleva dentro y he reparado vivamente en esto hoy cuando, por azar, me ha saltado en las redes el vídeo que les he resumido y colocado abajo. Sucedió hace pocos días en la plaza de toros de Pamplona, durante las fiestas de San Fermín y cuando un mariachi pisó el albero para cantar una canción.

Si no es usted español (navarro, vasco, catalán, gallego…) quizá no pueda llegar a entender que el público de esa plaza muy probablemente es incapaz de cantar el himno andaluz, gallego o canario; que incluso el himno de España, de sonar, provocaría protestas en un sector del público y que pocas cosas generan tantas tensiones entre los españoles como lo que se canta y se toca en los espacios públicos y en las aglomeraciones humanas.

Por eso no pude evitar que se me piantase el lagrimón cuando el mariachi atacó los sones de «El Rey» y la plaza se volvió loca de unanimidad, porque quizá pocos conozcan los himnos de las comunidades de España pero en corridos, rancheras y hasta huapangos los españoles sacan nota.

Y el final con toda la plaza cantando «México lindo y querido» como si todos hubiesen nacido en Jalisco es de esos que no tienen precio.

Y estás son las cosas que pueden pasar cuando de pronto aparecen unos mexicanos en un ruedo en Pamplona, que no necesitamos que nadie nos recuerde que, aunque vivamos a miles de kilómetros de distancia y con un océano por medio, seguimos teniendo algo en común y formamos un «nosotros» superlativo.

¡Viva México cabrones!

Los problemas de Salvador González

Los 83 decanos que componen el Consejo General de la Abogacía Española han elegido recientemente un nuevo presidente que sustituya a la, por muchas causas, digna de olvido Victoria Ortega y, cuando subrayo que han sido los 83 decanos que componen el Consejo General de la Abogacía Española los que han elegido a un nuevo presidente, lo hago porque es importante no perder de vista que a este presidente no le ha votado ningún abogado ni abogada de a pie.  La elección del nuevo presidente por 48 votos de 83 está más cerca de un puro juego palaciego que de un ejercicio democrático, máxime cuando los votos de cada uno de los 83 electores valen lo mismo, ya sea decano de un colegio con apenas 30 colegiados, ya sea decano de un colegio con decenas de miles como Madrid.

Dado que en estas orgánicas elecciones el colegio de electores se restringe en exclusiva a esas 83 personas, la campaña y el mensaje del nuevo presidente no se ha dirigido a la comunidad de abogados y abogadas a los que ahora pretenderá representar, sino casi en exclusiva a esos 83 electores que eran quienes debían darle la victoria.

Los abogados y abogadas de España, pues, poco o nada saben de cuáles son las intenciones de este nuevo presidente dado que el mensaje que les ha dirigido ha carecido de ningún tipo de detalle. Tampoco durante su ejecutoria como decano —dado el ominoso silencio y secretismo que encubre el funcionamiento del Consejo General de la Abogacía Española— nadie fuera de quienes ocupan el sótano de Recoletos ha podido escucharle alzar la voz (si es que lo ha hecho) en favor o en defensa de las aspiraciones de toda esa masa de abogadas y abogados de España que ya lleva en la calle bastante tiempo.

Por eso el nuevo presidente, Salvador, debería tentarse las ropas antes de tratar de asumir la representación de nadie y mucho menos la de aquellos que ni le han votado ni han recibido hasta ahora apoyo explícito alguno de su parte en sus reivindicaciones.

La paranoica gestión de Victoria Ortega ha logrado que, tras 8 años de soportar a un Consejo General de la Abogacía ciego, sordo y mudo a las reivindicaciones de los abogados, todos en España sepan que ciertamente las aspiraciones de los abogados y abogadas no son representadas por un órgano que no solo ha sido incapaz de recogerlas sino que, antes bien al contrario, las ha silenciado, escondido y hasta boicoteado durante los ocho años más tenebrosos de la historia reciente de la abogacía española. Y ha sido la Abogacía Española real la que, no encontrando altavoz para su reivindicaciones en el Consejo, se ha visto obligada a prescindir de él hasta transmitir a la sociedad una idea clarísima: la de que el Consejo General de la Abogacía Española en el año 2024 ya no representa más a los abogados y abogadas de España, pues estos establecen relaciones directas con los partidos políticos, los grupos parlamentarios, presentan proposiciones de ley y no de ley en los diversos parlamentos de España y, en suma, fijan su propio programa y agenda de reivindicaciones al margen del inútil Consejo, siendo esta abogacía real, ajena a la abogacía institucional, la única con capacidad para movilizar un número significativo de letrados.

Y esto, hoy que estamos casi al principio del parón veraniego, quiero pensar que Salvador lo sabe y desearía confiar en que Salvador debiera saber lo que ha de hacer para tratar de recuperar esa representatividad que, durante ocho interminables años, Victoria Ortega se ha empeñado en minar hasta destruir por completo, tarea a la que, por cierto, no han sido ajenos bastantes de quienes se han sentado a su lado en el sótano de Recoletos.

Y es por eso que ahora, con un nuevo presidente, quizá sea bueno recordar que la representatividad se recupera con respeto a aquellos a los que antes se ha abandonado, representando sus intereses y demandas de forma sincera, transmitiendo todo aquello que la inmensa mayoría de la Abogacía Española está reclamando en la calle y que es perfectamente conocido por todos los grupos políticos e incluso por el propio nuevo presidente.

Tratar de cambiar la reivindicación de una inmensa mayoría a la que no dejan votar por un punto de vista particular solo puede conducir a la prolongación del aislamiento y a que ningún tipo de llamada a la unidad vaya a acercar a nadie a sus puntos de vista.

Las unidades nunca se forjan en torno a instituciones o personas, las unidades se forjan en torno a ideales a intereses o a reivindicaciones y, si esto no es entendido, quien pretenda la unidad ya puede ir despidiéndose de ella.

Salvador, además, por su perfil profesional, no parece pertenecer a ese 85% de abogados que componen la Abogacía Española y que trabajan en pequeños despachos; Salvador ha sido hasta 2022 director legal en Grant Thornton Andalucía, lo que puede hacer dudar a muchos de su familiaridad con los problemas habituales que enfrenta esa abogacía española mayoritaria de despacho pequeño y turno de oficio y, aunque este es un aspecto que no debiera representar mayor óbice, tampoco es la mejor carta credencial frente a un colectivo ya muy hastiado por la abogacía del colorín, por lo que no sería malo que el nuevo presidente del Consejo se esforzase, primero que nada, por acreditar su sintonía con la abogacía mayoritaria.

Todos le deseamos suerte a Salvador, pues su buena ejecutoria redundará en beneficio de todos, pero no le haríamos ningún favor callando lo que pensamos y no advirtiéndole, ahora que es temprano todavía, de las dificultades que enfrenta.

Quizá ningún colectivo tanto como este de la abogacía real encarne tan bien aquella enseñanza que el poeta Frost señaló a Kennedy: que en una sociedad democrática la labor más importante del ciudadano, del escritor, del compositor o del artista  —y del jurista y todos en general— es ser honestos consigo mismos y expresar su opinión aunque moleste, dejando que la chispa caiga donde tenga que caer, porque estas voces, al servir a su visión de la verdad, sirven mejor a la colectividad. Y el nuevo presidente debiera interiorizar que los individuos y las colectividades que desdeñan la misión de estas voces libres invitan al destino también señalado por Robert Frost: el destino de no tener «nada en el pasado para enorgullecerse y nada en el futuro que anhelar con esperanza».

Esperemos que Salvador lo entienda.

Pilotos de las Malvinas

Pilotos de las Malvinas

Gestionar las emociones para enfrentar una muerte posible no es un oficio sencillo y pienso en esto en medio de esta incierta madrugada en la que dormito y escucho en Youtube los testimonios de los veteranos pilotos argentinos que, en sus viejos aviones A4 «Skyhawk», combatieron a la flota británica en la guerra de las Malvinas.

Conste que no hago distingos en este punto entre los sufridos pilotos argentinos y los esforzados marineros británicos; el miedo (como los seres humanos) no es distinto por sufrirse bajo una determinada bandera ni en defensa de una patria, el miedo, la angustia, es patrimonio común y no hace distingos entre los seres humanos. Ocurre, sin embargo, que los pilotos argentinos se apellidan Barrionuevo, Gómez o Carballo y se expresan en castellano y esto hace que, al escucharles contar sus historias, les sienta especialmente cercanos.

La superioridad tecnológica británica en aquella guerra hacía que las posibilidades nominales de regresar salvos de una misión contra la flota inglesa fuese, para los viejos «Skyhawk» argentinos, de tan solo una de cada ocho. El perfeccionamiento de técnicas de vuelo rasante a escasos metros de las olas mejoraron las posibilidades de sobrevivir hasta un tercio, pero es la realidad que, salir en misión de ataque a la flota en aquella guerra, suponía para los pilotos argentinos el enfrentar una muy cierta posibilidad de morir. Y muchos murieron. Unos por los misiles de la flota, otros por la acción de los Harrier británicos, otros más incluso por fuego amigo de las propias fuerzas argentinas y aún otros más por fallas técnicas en los aparatos en que volaban.

Un Skyhawk es un artefacto construido con miles de piezas de metal que conspiran incesantemente para caer a tierra en cuanto algo deje de funcionar como debe. Los pilotos, pues, cuando suben a su avión, deben confiar en que todo aquel complejo mecanismo funcionará cuando sea requerido para ello y, llegado el caso, deberán ser capaces de lanzarlo hacia otro mecanismo que pugna por desintegrarlos a cañonazos o misilazos. Es una situación atroz.

Cuando los seres humanos enfrentan la muerte su percepción de la realidad y de lo que sea la vida cambia, todo cuanto antes parecía importante ahora es irrelevante, todo parece no tener sentido y la mente se focaliza en lo que, ahora, es lo único importante. Y toca subir al avión y confiar en que todo funcione bien y en que la fortuna esté de tu parte y puedas ser ese uno de cada tres que vuelve para contarlo.

Y es llamativo cómo, en cuanto cesa el riesgo y el aviador vuelve a la base, todo recupera sus antiguas dimensiones y volvemos a soñar ese sueño que llamamos vida.

Y a veces pienso que, enredados en esta especie de enajenación, perdemos la consciencia de que, cada mañana que dios amanece, todos, absolutamente todos, hemos de volver a subir en nuestro Skyhawk.

Como Barrionuevo, como Gómez, como Bustos, como Carrizo, como Arrarás…

En el fondo como todos nosotros.

Tan solo un juego

Tan solo un juego

«El fútbol es solo un juego» —repite conmigo— «el fútbol es solo un juego».

Y ahora relájate.

Cucurella no es Blas de Lezo, el encuentro de mañana en Berlín no es la batalla de Cartagena de Indias, ganar o perder no cambiará tu vida en lo esencial, si acaso te dará unas horas de alegría.

Cuando el 25 de junio de 1978 la selección argentina de Mario Alberto Kempes se proclamó campeona del mundo lo hizo tan solo para descubrir apenas un día después que, pasada la resaca, los dictadores, Videla y el resto de la Junta, —como el dinosaurio— seguían ahí. En 1982 Argentina jugó el mundial de España en medio de una tristísima guerra.

Seguramente mucha gente en Argentina celebró el triunfo de 1978 de corazón y con buena fe, pero el fútbol —repítelo conmigo— solo es un juego, así que relájate. Deja de llenarme el Facebook con infantiles mensajes belicoso-patriótico-delirantes y recupera la cordura: el fútbol es solo un juego, relájate y disfruta del juego, lo demás solo son paranoias y obsesiones que llevas en la cabeza.  Pasado mañana, se gane o se pierda, seremos los mismos, quizá con unas cuantas horas más de alegría.