Los grandes despachos se van a la pesca de consumidores

Los grandes despachos se van a la pesca de consumidores

El pescador arroja pan al mar buscando atraer los peces al lugar donde, luego, echará el anzuelo. ¿Alguien diría que el pescador «regala pan» a los peces?

Hoy leo que un supermercado «regalará» asesoría jurídica a sus clientes de la mano de uno de esos despachos de ¿abogados? que miden su éxito en dinero. ¿Creen ustedes que el supermercado regala servicios a cambio de nada? ¿Creen ustedes que el despacho presta sus servicios a cambio de nada?

No sea usted necio: cuando vea llover pan del cielo puede estar seguro de que el pescado al quieren enganchar en un anzuelo es usted.

En España hace falta desde hace muchísimo tiempo una ley de servicios jurídicos que proteja a los consumidores —y a la abogacía como profesión mínimamente digna— frente a este tipo de prácticas; pero, ya lo saben ustedes, la abogacía institucional jamás se ha preocupado de ello y, a los comerciantes que se camuflan de abogados, les viene bien que no exista regulación.

Así que, ya sabes, o peleas tú por ello o no lo hará nadie.

El enigma de los michirones

El enigma de los michirones

Yo sé que con este post voy a meterme en un lío del que probablemente ya nunca pueda salir, pero creo que es mi deber hacerlo y estoy dispuesto a arrostrar el riesgo que siempre comporta decir lo que uno piensa.

El caso es peliagudo, créanme.

Desde que el ser humano, hará unos diez mil años, abandonó su vida de cazador-recolector y se estableció en ciudades y estados cada vez más grandes, su natural tendencia al altruismo sufrió cambios impensables. Hasta ese momento, un indivíduo cualquiera, era capaz de cooperar con, y hasta de dar la vida por, los miembros de su clan; no en balde compartían con él la mayoría de sus genes y eran, en mayor o menor grado, su familia. Pero, cuando las ciudades crecieron hasta alcanzar decenas de miles de pobladores, ¿cómo entendería la cooperación este animal nómada solo recientemente sedentarizado?

Por increíble que parezca la especie humana solucionó el problema desarrollando una conducta presente en muchas otras especies animales: el altruismo hacia un marcador.

Para quien no sepa qué es eso del «altruismo hacia un marcador» le diré que, algunas especies animales, por ejemplo, usan de feromonas para reconocerse como miembros de un mismo equipo; el ser humano, sin embargo, para conseguir lo mismo recurre a complejos mitos y relatos que acaban encarnados en banderas, escudos, símbolos, textos…

En mi ciudad hemos tenido muchos marcadores de esos: en 1873, por ejemplo, fue la República Federal y eso nos llevó a entrar en guerra contra el mundo; de modo que me entenderán si les digo que, tratar el tema en el que pienso adentrarme tras esta larga introducción, puede suponerme no pocos peligros, porque trata del último marcador que ha seleccionado como seña de identidad el homo carthaginensis: los michirones.

Sí, créanme, en este momento, si usted quiere soliviantar a la grey carthaginesa, le bastará para hacerlo afirmar en público que los michirones «son murcianos». Pruebe usted a hacerlo, por ejemplo, en Facebook y verá cómo el número de interacciones aumenta súbitamente y el recuerdo de su señora madre se dispara exponencialmente.

Recientemente he comprobado con no poca consternación como, algún habitante de la vecina ciudad de Murcia, reclamaba para su patria el ser la cuna y lugar de nacencia de esta preparación culinaria; afirmación inmediatamente contestada por furibundos carthagineses y carthaginesas sin que, por cierto, ni unos ni otros, aportasen dato alguno que justificase sus patrióticas afirmaciones. La carthaginesidad o murcianidad de los michirones quedó reducida en ese debate —y debo decir que en todos los que he presenciado— a puros actos de voluntarismo gastronómico-patriótico.

Creo pues llegado el momento de desvelar el enigma de los michirones y aclarar de una vez para siempre su origen. ¿Cartageneros? ¿Murcianos? A partir de hoy lo sabrán ustedes.

Antes de entrar en harina debo aclarar que tan importante debate, crucial sin duda para el futuro de esta región, no puede zanjarse con afirmaciones sin documentar y es por esto que esta tarde me he decidido a llevar a cabo una investigación científica de altura con apoyo de un meticuloso trabajo de campo. Hoy avanzaré mis conclusiones en este post y ya, dentro de unos meses, daré a la imprenta los varios volúmenes de que consta este concienzudo trabajo científico.

Comencemos sentando mi tesis de partida: tratándose el michirón no más que de un haba seca rehidratada y luego cocinada, no es lógico pensar que sea exclusiva del sureste peninsular, sino que deben poder encontrarse preparaciones semejantes en cualquier ámbito geográfico donde se cultive la «Vicia Faba», que es el nombre científico del vegetal que nos ocupa.

Me he aplicado a la tarea y el resultado ha sido sorprendente: preparaciones similares a los michirones se llevan a cabo por toda la cuenca mediterránea, oriente medio, la India e incluso el lejano oriente. Son un plato habitual en Marruecos o Siria, pero donde han adquirido carta de naturaleza y son el «plato nacional» es en Egipto donde, una de las formas de prepararlos (el «Foul Medammes» —literalmente habas preparadas—) es para ellos una seña de identidad solo comparable al Canal de Suez o a las pirámides de Giza.

Para acreditar mis descubrimientos con la pertinente prueba testifical, he decidido acercarme hasta la tienda de comestibles que hay debajo de mi casa, pues al hombre que la atiende le había detectado yo trazas de ser egipcio, fundamentalmente por mantenerse sistemáticamente de perfil cuando hablaba conmigo y por la peculiar forma de ángulo recto con mano en forma de cazo que adquiría su extremidad superior derecha al cobrar.

Me equivoqué, mi gozo en un pozo, mi amigo el tendero no era egipcio sino sirio y, aunque al principio pensé que su información no me sería de utilidad, luego he comprobado que el hombre era un pozo de ciencia culinaria.

Testigos de nuestra conversación han sido un cliente de color (negro) y un representante de productos alimenticios con trazas ecuatorianas.

No bien le he planteado mis dudas a mi amigo el tendero, casi se parte de risa y ha empezado a sacarme michirones de todas las clases y calibres que se puedan imaginar, mientras me detallaba las mil y una formas de cocinarlos. Cuando le he preguntado por el «Ful Medammes» se ha sonreído y me ha dicho: «Ful Medammes es lo que yo desayuno todos los días.»

Me he quedado estupefacto, he tratado de indagar si este hombre que desayunaba michirones no tendría ancestros cartageneros, pero no, el hombre es natural de Homs (la Emesa griega) y todos sus antepasados fueron sirios desde que Asurbanipal fue elegido por primera vez alcalde pedáneo; por tanto no había duda: la adicción al michirón como tótem no es patrimonio exclusivo del sureste de la península ibérica, sino que está incluso más acendrada en las tierras del Nilo y Mesopotamia, lo que nos lleva a los momentos fundacionales de la civilización.

Estaba yo a punto de buscar el enlace entre los michirones y el poema de Gilgamesh cuando el sirio me ha dado una información que ha confirmado un bereber magrebí que se había unido a la tertulia: el michirón no está bueno si no hierve lentamente en una perola durante toda la noche.

El rito es poner los michirones a hervir antes de acostarse y dejarlos a fuego lento hirviendo hasta que llega la mañana, momento en que su «ternol» (digámoslo en carthaginés) es máximo. El bereber ha añadido a este rito la conveniencia de que la perola en que se hiervan los michirones sea de cobre, pero, en esto, el sirio no ha estado de acuerdo y ha reputado la tal costumbre un producto de la superstición occidental. Yo ni quito ni pongo, como me lo han contado se lo cuento, pero lo del cobre me ha dejado pensando en la profunda sabiduría de estos pueblos, pues, dicho metal, ahora sabemos que tiene propiedades higienizantes y eso ha sido incluso puesto de relieve durante la pandemia que nos asola.

Pero bueno, volvamos a lo que nos ocupa, es decir, al origen de los michirones.

Parece evidente que, en cuanto a su preparación y consumo en forma de legumbre secada y rehidratada, ni murcianos ni cartageneros tenemos nada que hacer: los sirios comen michirones desde que Hammurabbi escribió su famoso código y se han encontrado restos (de michirones, no de Hammurabbi) que así lo atestiguan.

Volvamos a nuestra región ¿Podemos afirmar de alguna manera que los michirones se preparasen en estas tierras en tiempos de Tiberio o de Asdrúbal? porque, de ser así, la partida estaría ganada por los carthagineses o ¿más bien debemos suponer que llegaron con los árabes en cuyo caso nuestros vecinos del norte podrían reclamar su preeminencia?

Pues, a ambas preguntas la respuesta es sí y no.

Sin duda durante el imperio las habas secas se comieron pero, lamentablemete para los carthagineses, se llamarían como mucho «Faba» que es su nombre latino y no michirón. Es verdad que durante el Imperio estas «fabas» podrían guisarse de forma muy parecida a como se hace ahora, pues el consumo de carne de cerdo estaba permitido, pero no es menos cierto que nuestro plato icónico carecería del nombre que le da fama, cuanto más que, con cerdo, podrían guisarse las fabas no solo aquí sino en todos los confines del mundo conocido, desde el Miño al Eúfrates. Harán bien los carthagineses en recordar en este punto el pasaje del evangelio apócrifo del Pseudo-Lucas cuando afirma «Ubique coxit faba» cuya traducción, por conocida, me ahorraré.

¿Pudieron llegar entonces los michirones con los árabes?

Sin ninguna duda.

Los magníficos estudios del lexicógrafo inglés Robert Pocklington ponen de manifiesto que la palabra «michirón» proviene del vocablo árabe «misrun», cuyo significado es, literalmente, «pequeños egipcios».

¡Ah la etimología! ¡Ciencia poco valorada pero incomparablemente útil para entender una realidad que sólo podemos explicar con palabras!

Sin duda estos «pequeños egipcios» les habrán hecho recordar lo que les he contado más arriba del «Ful Medammes», plato nacional egipcio. De la misma forma que los sevillanos comen ahora «Soldaditos de Pavía» aquellos árabes que llegaron a España se refocilaron con estos «Pequeños Egipcios» (misrun) que, por fuerza, habían de consumir sin su aditamento cárnico actual de tocinos, chorizos y jamones pues, como es bien sabido, al profeta no le gustaban ni los andares del, con perdón, cochino.

¿Cuándo llegaron a juntarse la carne del puerco con los, ya sí, michirones?

Pues, obviamente, nunca antes de la Reconquista de Murcia y Cartagena aunque, ciertamente, ni siquiera entonces podríamos dar por cerrado el asunto porque ¿reputaremos michirones legítimos un guiso que no tenga ese puntito picante que da la guindilla y que lleva a tentar el porrón con más frecuencia de la que sería menester?

No, no hay michirones legítimos sino hasta después del descubrimiento de América, pues no fue hasta la llegada de esa genial invención mexica que es el chile, que los michirones se convirtieron en lo que hoy son.

Y ahora díganme: ¿quién inventó los michirones? ¿los sumerios que desecaron las habas desde el nacimiento de la civilización? ¿los egipcios que hicieron de ellos su plato nacional durante casi cuatro mil años? ¿los árabes que trajeron a España a esos «misrún» (pequeños egipcios) que comieron con deleite? ¿los cristianos que le añadieron el cerdo? ¿los mexicas que les dieron el picante necesario para hacer de ellos un pecado mortal?

Como casi todas las cosas, los michirones, no son de ninguna parte y son de todas partes un poco; pero, esto, estoy seguro que no habrá de hacer cambiar de idea ni a tirios ni a troyanos, como la Ley de la Evolución no ha persuadido a los creacionistas de que el mundo no se hizo en seis días o como mil guerras no han convencido a los patriotas de que, independientemente del color de las banderas, todas las sangres son rojas.

Mañana, usted, puede preguntar de nuevo de dónde son los michirones o quien los inventó y siempre habrá quien le responda: ¡De Murcia! o ¡De Cartagena! sin importar cuántos datos pueda usted aportarle.

Porque el verdadero enigma de los michirones no es su origen, el verdadero enigma de los michirones es tratar de comprender cómo el ser humano puede hacer de un trozo de tela teñida, de una madera tallada o incluso de un haba seca, un motivo para creerse distinto y aún porfiar por ello.

El bocadillo incomestible

El bocadillo incomestible

En la España de mi niñez no se comían hamburguesas. Incluso ni existía tal nombre, si alguien por un casual veía una hamburguesa no la llamaba así, la apellidaba como «filete ruso».

Sin embargo, cuando los televisores pudieron comprarse firmando letras en Avelino Marín Garre (1965-66), los españoles comenzamos a ver series norteamericanas (El Fugitivo, Los Intocables) donde los protagonistas comían hamburguesas y nos comenzó a picar la curiosidad.

Por aquel entonces había en Cartagena una base militar norteamericana donde camareros españoles preparaban hamburguesas a los yanquis en cantidades industriales y no podía pasar mucho tiempo sin que uno de aquellos camareros viese el negocio y ofreciese a los españoles aquel exótico bocadillo de carne picada con cebolla, tomate, lechuga, queso, mostaza y ketchup que salía en las series de TV.

Recuerdo muy bien dónde comí mi primera hamburguesa, fue en un bar de la calle 18, entre las casas de marina modernas y las viejas, donde uno de aquellos camareros de la base americana había abierto su propio negocio. Recuerdo que mi madre sentía curiosidad por probar aquel producto y recuerdo que me dijo: «dicen que este hombre hace auténticas hamburguesas porque ha aprendido con los militares norteamericanos en la base de Tenetegorra». De forma que allí me fui.

Recuerdo no solo lo que dijo mi madre sino también mi sensación al probar aquel incomestible bocadillo.

Para un niño de siete años aquella superposición de pan-carne-tomate-lechuga-cebolla-queso-mostazaketchup-otravezpan era un bocado imposible de abarcar. Como mucho, al morder, se producía una efusión de mostaza y ketchup que te ponía las manos, la cara y el jersey pringando. Mi sensación fue de casi repugnancia, aquello no se podía comer cristianamente. Un bocadillo de chorizo con o sin tulipán era perfectamente comestible sin ponerte perdido de zumaques varios, pero, aquella especie de magma sedimentario, parecía diseñado expresamente para que no pudiese ser comido sin pringarse.

La experiencia no me gustó en absoluto y no volví a comer hamburguesas hasta que, más de 20 años después, abrieron las primeras franquicias de hamburgueserías en España.

Hoy, mientras me como estas hamburguesas que me han vendido en la carnicería de la calle de Canales, pienso en aquella mi primera experiencia hamburguesil y me reafirmo en mi primera e infantil impresión.

Por eso, yo, estos cachos de carne picada jamás los meto entre panes, prefiero comerlos con cuchillo y tenedor y, si alguien me pone pegas, le recuerdo que es así como se comen los filetes. Los filetes rusos, por supuesto.

Tranquilos, nadie sabrá que hemos sido nosotros

Tranquilos, nadie sabrá que hemos sido nosotros

Creo haber dicho ya que, gracias a la administración de justicia, la economía —y quizá también la sociedad española— se irán al carajo.

El ministro de justicia, con su inane decreto, no sólo no ha puesto ningún remedio para frenar la marea de casos que amenazan con asolar nuestros juzgados, sino que, increíblemente, ha abierto la caja de los truenos a costa de declarar hábiles un cierto número de días de agosto.

Tal disposición, que probablemente sea inconstitucional, ha tenido el valor añadido de crispar y enfrentar a una ya bastante maltratada abogacía.

A pocos días de la aprobación del decreto el balance es impresionante: seguimos sin contar con medios con que afrontar el inevitable aumento de casos en lo social y en lo mercantil; seguimos sin tener ningún plan de contingencia para evitar el colapso económico de empresas y familias y por no planificar, ni siquiera se ha esbozado un plan para poder disponer de una IFEMA jurídica que auxilie, siquiera sea de modo temporal, a una administración de justicia colapsada.

Como le escribió al gobierno el Almirante Cervera al zarpar de Cartagena hacia Cuba en 1898:

«…no hay plan ni concierto, (…) esto es un desastre ya, y es de temer que lo sea pavoroso dentro de poco…»

Y lo fue.

Y sí, al igual que entonces, la situación de nuestra justicia es un desastre ya y es seguro que lo será pavoroso dentro de poco. Incluso lo poco que esta administración tenía (buenos hombres y mujeres capaces de dar lo mejor de sí mismos si se les daba una buena causa) ha sido horriblemente dilapidado por el ministro sembrando discordias.

A día de hoy no sólo no contamos con ningún medio más de los que contábamos antes de la pandemia sino que, además, la falta de un plan mínimamente creíble y el dictado de medidas tan solo destinadas al consumo de la galería, ha provocado un tan innecesario como encendido e inútil debate entre operadores jurídicos a cuenta de la habilidad o inhabilidad de diez días de agosto.

Resulta imposible hacerlo peor.

Debo confesar que hubo un momento que esperé que el ministro acertase, un momento en que confié en que pediría y obtendría fondos adecuados a la magnitud del reto; que tomaría medidas de calado para habilitar un 200% más de capacidad de proceso de nuestra administración en lo mercantil y en lo social… pero no; lamentablemente no ha tomado ni una medida seria y las que ha tomado, sin un plan general que les dé sentido, no sólo no sirven para nada positivo sino que sólo coadyuvan a crispar los ánimos de quienes trabajan para esta administración sin rumbo.

Sí, esto es un desastre ya y es de temer que dentro de poco lo sea pavoroso; pero no se preocupen. Aunque las trabajadoras y trabajadores españoles no puedan encontrar en los juzgados de lo social respuesta a sus demandas, aunque los juzgados de lo mercantil se conviertan en funerarias para enterrar empresas, aunque la economía española se vaya al maldito infierno por culpa de la administración de justicia, no se preocupen.

No se preocupen porque nadie ha confiado nunca en que la administración de justicia fuese a salvarles; porque la población española ha vivido ya muchos siglos con la certeza de que la administración de justicia nunca les sacará de ningún apuro; porque todos saben que la administración de justicia siempre ha estado colapsada, siempre ha estado infradotada, y ahora no va a ser distinto.

No se preocupen, nadie señalará a la administración de justicia como culpable de la pavorosa crisis económica que muchos españoles y españolas van a tener que soportar a cuerpo limpio, y no lo van a hacer porque, es muy triste decirlo, jamás esperaron nada de nosotros.

Sigamos, pues, discutiendo tranquilamente quien es el competente para montar los cañones, cuando acabemos la discusión quizá ya se haya rendido Manila.

Y víctimas serán los de siempre

Y víctimas serán los de siempre

Quizá si cuento una historia podamos entender mejor cuál es el presente y el futuro de la Justicia española.

Los Estados Unidos acababan de declarar la guerra a España en 1898 y una escuadra norteamericana zarpó hacia las Filipinas.

Todas las naciones del mundo predijeron una fácil victoria española en Filipinas. Los buques norteamericanos tenían su base más cercana a muchos miles de kilómetros y no podrían reparar ninguna avería, además carecían de tropas de desembarco mientras que los españoles tenían en las islas importantes guarniciones y, además de todo eso, España había mandado a las Filipinas unos imponentes cañones Krupp para artillar Bahía Subic, un reducto inexpugnable para la escuadra norteamericana. Los norteamericanos, pues, tenían pocas o ninguna posibilidad de triunfar en las Filipinas.

Afortunadamente para ellos al mando de las fuerzas españolas había hombres hechos de la misma pasta que los que componen nuestro ministerio de justicia y nuestro consejo general del poder judicial.

Gracias a tan egregios señores, cuando el Almirante Montojo se dirigió a Bahía Subic para combatir allí a los norteamericanos, se encontro con que los famosos y temidos cañones Krupp no estaban instalados porque los dirigentes del ejército y la armada andaban enredados en discusiones sobre quién era el competente para ocuparse de instalarlos… Ya saben ustedes, que si esto corresponde al CGPJ, que si esto corresponde al ministerio…

Montojo hubo de abandonar Bahía Subic ante unos estupefactos norteamericanos y dirigirse a la Bahía de Manila, allí esperaba contar con el apoyo de la artillería de costa de la capital… Pero no, tampoco, a los dirigentes de Manila no les gustaba la idea de que la batalla tuviese lugar frente a la ciudad porque, claro, igual recibían algún cañonazo… Ya saben ustedes, no, a los juzgados de instancia no, que aunque sean 1700 igual se nos estropea la patraña de la especialización y la concentración… No, mejor en los mercantiles que, aunque sean 68, se hundirán ellos solitos mucho mejor.

Montojo hubo, pues, de abandonar Manila ante unos descojonados norteamericanos y acabar con sus barcos dando la cara en Cavite: el peor lugar posible.

Aquello, claro, fue una carnicería: los barcos norteamericanos pudieron cañonear impunemente a la flota española y muchos marineros, gallegos, cartageneros, gaditanos… españoles en suma, hubieron de morir por la idiotez, estulticia y cobardía de sus jefes.

Cuando la Armada Norteamericana amenazó con bombardear Manila esos mismos inútiles se rindieron y los EE.UU. ganaron las Filipinas sin más resistencia que la que luego opondría la guerrilla tagala.

¿Comprenden por qué a los héroes del Baler les parecía imposible que España hubiese perdido esa guerra? ¿Comprueban ustedes cómo en este país los que se dejan la piel y la vida son siempre los mismos?

Lo que está pasando con nuestras autoridades judiciales no es muy distinto de aquello y, al igual que ocurrió entonces, cuando aquí contemos las víctimas de esta tragedia veremos que serán, otra vez, los mismos de siempre: los Héroes de Cavite.

¿Ha tenido que llegar la crisis para que aprendamos que LexNet y Minerva son patatas?

Aún lo recuerdo, el Consejo General de la Abogacía Española hacía palmas con las orejas ante los planes de Catalá de implantación de LexNet. Papel cero decían. Y recuerdo a todas las comunidades autónomas gastándose los pelos en sustanciosos contratos y desarrollos de software para construir el caos cibernético del que ahora disfrutamos.

Nunca un país invirtió tanto dinero en conseguir descabalar tan a fondo su sistema judicial.

Y aquí estamos, padeciendo ese LexNet y ese Minerva que, como el lenguaje lo aguanta todo, nuestros ministros de justicia y sus indispensable séquito de consejeros turiferarios, calificaron de grandísimos avances en su momento.

Pues bien, desde nuestras redes denunciamos que uno y otro eran dos #patatas. Dos birrias cuyo peor defecto es que medio funcionaban y que, por eso, muchos ingenuos aguantarían usando esas dos birrias hasta que pasase algo.

Y ha pasado.

Les cuento: me escribe una abogada colombiana sorprendida porque en los juzgados españoles no se pueda teletrabajar o consultar desde casa los expedientes judiciales. Le explico la desastrosa situación informática en España y el batiburrillo caótico de sistemas Avantius, Vereda, Justizia.bat, ejusticia, Adriano… y así hasta llegar a los ínclitos LexNet y Minerva.

Le digo que no, que con LexNet y Minerva no se puede teletrabajar, que LexNet es sólo un sistema de notificación y Minerva no permite la consulta de expedientes.

Ella, sorprendida, me manda unas cuántas capturas de pantallas de cómo está teletrabajando ella y me quedo pensando en lo mismo que, sin duda, tú pensarás si has llegado leyendo hasta aquí.

Y ahora vete a buscar a Caamaño, a Gallardón, a Catalá y a toda la caterva de indigentes informáticos que se gastaron millones de euros en colocar a la administración de justicia estas patatas.

Ahora es cuando deberíamos ajustar las cuentas con quienes gastaron los dineros de todos y planificaron. Y se las deberíamos ajustar muy, muy, estrechas. Pero no lo haremos, porque no tenemos memoria, porque somos pánfilos, porque perdonamos la mentira y la estafa si se hacen a lo grande.

Porque, al final, a quienes peleamos contra estas basuras no nos queda más pataleo que el de las madres cuando, enfadas, dicen a sus hijos: «Te lo advertí».

Me llevan los diablos.

Somos una red

Somos una red

Si algo nos está enseñando esta crisis es que nadie es una isla sino que todos estamos interconectados y, al final del día, todos somos iguales.

Todos enfermamos, todos morimos, todos podemos ser infectados y todos podemos infectar y, por eso, las acciones decisivas son las que llevamos a cabo en común.

Fue en 1623 cuando, gravemente enfermo, el clérigo inglés John Donne escribió sus «Devotions Upon Emergent Occasions», en cuya meditación XVII puede leerse un famoso texto que la cultura popular suele relacionar con el escritor norteamericano Ernest Hemingway:

«Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la masa. Si el mar se lleva un terrón, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa señorial de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti.»

Sí, somos una red de pares, una red de nodos esencialmente iguales en derechos y deberes, capaces de servir y aptos para ser servidos, somos una red de intercambio en la que sólo la soberbia, la vanidad o el olvido de esta radical igualdad que existe entre los nodos puede llevar al desastre.

El ministro de justicia —y esto es solo un ejemplo— es sólo un juez de instrucción, un juez de instrucción igual en conocimientos a los restantes 5.000 jueces que componen la carrera judicial española, su opinión no tiene ni más ni menos autoridad que la de ellos.

El ministro no entiende de management, ni de pandemias, ni de gestión de emergencias, ni de planes de contingencia… Como tampoco entienden de ello CGAE, CGPJ, Asociaciones Judiciales…

Confundir la potestad con la autoridad es una de las más sutiles y catastróficas formas de estupidez.

El ministro tiene potestad (tiene poder) para dictar decretos pero no tiene autoridad (no tiene conocimientos) para dictarlos correctamente.

La única forma de que una red tome decisiones adecuadas es permitiendo que la información fluya, dejando que se formen las opiniones y, por encima de todo el impresionante ruido que se forma en una red en estado de alarma (miren sus grupos de whatsapp y díganme si no les apetece salirse de todos), se escuche a quienes tienen autoridad en cada campo.

Para que la información fluya la transparencia es esencial, sin que todos los datos estén al alcance de todos la posibilidad de errar en las decisiones es mayúscula y la posibilidad de que la red en su conjunto no entienda correctamente la situación está servida.

Estamos empezando a descubrir la vida y la acción en red y aún nos faltan algunas habilidades necesarias, pero el camino iniciado no tiene vuelta atrás, somos una red y seremos tanto mejores cuanto mejor funcione la red en su conjunto.

Vivimos en un mundo maravilloso con una sociedad maravillosa llena de conocimientos y recursos para solucionar cualquier problema y nuestro único objetivo debiera ser que esa esa red funcionase en todo momento al máximo de sus posibilidades. No es fácil, estamos aún explorando esta nueva forma de organizarnos y viendo como emergen al mismo tiempo las ventajas y los problemas, pero es el camino a seguir.

Hay todo un mundo nuevo frente a nosotros y esta crisis, además de dolor y sufrimiento, está trayendo ante nosotros una realidad palpable, que es, como escribió John Donne en 1623, que «Nadie es una isla, completo en sí mismo…»

O dicho de otro modo: que somos una red.

O damos medios a la justicia ya o nuestra sociedad no sobrevivirá a esta crisis

Yo no sé si hemos adaptado nuestra mentalidad a la nueva situación que ha creado esta pandemia.

Desde el 14 de marzo estamos en estado de alarma para mitigar los efectos de un virus que no hemos sabido contener en sus fases iniciales. No podemos engañarnos, la contención del coronavirus no nos fue nada bien en sus fases iniciales y convirtió a España es el país del mundo en el que más personas morían por coronavirus en proporción a su población.

Si la fase inicial de contención no nos fue bien la mitigación parece habernos ido bastante mejor: una población, en general, disciplinada y voluntariosa ha conseguido «aplanar la curva» y mantener los niveles de saturación de nuestro sistema sanitario dentro de unos límites aceptables tras unos primeros momentos de caos generalizado.

La primera embestida del virus ha costado a España más sufrimiento que a ningún otro país del mundo y ahora encaramos esa «nueva normalidad» que es la situación de anormalidad que seguirá a este primer encontronazo con el virus.

Desde ahora y hasta que se descubra una vacuna o se produzca la inmunidad grupal (nunca antes de 18 meses) viviremos en un entorno caracterizado por las medidas de alejamiento social y de restricción de movilidad. Las autoridades sanitarias van a tratar de mantener la tasa de contagios (Ro) por debajo del 1% pero por encima del 0% lo que significa que, dependiendo de la evolución de esa tasa, en unos momentos las medidas de alejamiento social se agudizarán y en otros se relajarán. Vamos a vivir con el virus durante los próximos 18 meses y las autoridades sanitarias nos van a ir diciendo en cada momento cómo deberemos bailar con él, más apretados en unos momentos y mucho más separados en otros. Nuestra administración, pues, debe estar preparada para actuar con flexibilidad de forma que permita a los administrados poder seguir operando en todos los escenarios posibles.

Ahora bien, la lucha contra los efectos nocivos de la pandemia no está en absoluto acabada con medidas puramente sanitarias.

Si España ha sido el país donde la crisis sanitaria ha golpeado con más saña en forma de muertes por millón de habitantes, España corre el riesgo más que cierto de ser el país donde la crisis económica golpee con más crudeza también.

No hace muchos días el Instituto Tecnológico de Massachusstes (MIT) publicó un artículo donde afirmaba que, la crisis económica secundaria a las medidas de mitigación de la pandemia, sería especialmente grave en aquellas comunidades que dependiesen de la industria del turismo.

No es preciso que lo dijera el MIT, al sentido común de la población española ese dato no le había pasado desapercibido y, la preocupación de la ciudadanía, comenzó a dispararse.

Piensen en comunidades como las Islas Baleares o Canarias, como la Costa del Sol o el levante español ¿qué puede ocurrir en poblaciones como Benidorm o Salou?. Ni siquiera los viajes del INSERSO van a llegarles este año… ¿qué pasará con una población que trabaja y vive de la actividad turística?

La caída del PIB español ha sido fijada por los más optimista en un -8%, por el Banco de España en un -13% y por otros observadores ha sido considerada simplemente imprevisible.

Si ustedes recuerdan la crisis de 2009 (y seguro que la recuerdan) guardarán en su memoria la imagen de movimientos sociales (el 15M por ejemplo) la aparición de nuevos partidos (Ciudadanos y Podemos) la actuación de organizaciones sociales oponiéndose por la fuerza a decisiones judiciales sentidas como injustas (la Plataforma Antihipotecas —PAH— evitando por la fuerza que se lanzase a familias fuera de sus hogares) o incluso la ocupación de bancos y entidades financieras por colectivos indignados.

Pues bien, esa crisis supuso tan solo en 2009 una caída del PIB del -3.6%.

Ahora piénselo: si aquella crisis de un -3,6% trajo aquellas reacciones ¿qué reacciones sociales traerá una crisis cuatro veces mayor del -13%?

Trate usted de multiplicar por cuatro aquellos niveles de indignación y aún se quedará corto porque la crisis del 2009 se distribuyó uniformemente por España, esta se va a concentrar en aquellos lugares más dependientes del turismo y eso hará que cualquier estallido en Málaga, Canarias o cualquier otra zona turística pueda ser especialmente explosivo.

Afortunadamente, igual que ocurre con la mitigación de la crisis sanitaria, sucede con la crisis económica: no podremos contenerla pero podremos mitigarla.

No podremos contener la crisis económica porque ya ha estallado y no hay vuelta atrás, desde que se fracasó en las medidas de contención sanitaria de la pandemia y se tuvieron que activar las medidas de mitigación (estado se alarma, confinamiento, alejamiento social, etc…) la crisis económica se convirtió en imparable y ahora ya no hay remedio: no podemos impedir la crisis, solo podemos mitigar sus efectos y la administración a la que corresponde mitigar los efectos de la crisis económica es, principalmente, a la administración de justicia.

La administración de justicia se enfrenta en estos momentos a una onda, a un tsunami que amenaza con hacer saltar las cuadernas del sistema judicial español: una oleada de casos laborales y mercantiles se dirigen en avalancha a los juzgados españoles y tras cada uno de esos procedimientos la vida y la felicidad de muchas personas están en juego. Si la administración de justicia no da respuesta a esos casos los dramas humanos aumentarán la conflictividad social y el estallido puede producirse en cualquier momento. Lo que ocurra después del estallido es impredecible.

La administración de justicia, como antes la administración sanitaria, tiene que atender a los casos urgentes de forma inmediata, los casos de UCI. Y para los demás casos lo único que se puede hacer es «aplanar la curva», mitigar la pandemia económica, conseguir que nuestro sistema judicial sea capaz de atender en todo momento las demandas de la sociedad sin verse rebasado nunca por ellas.

Eso sería lo ideal pero ¿se puede hacer?

Si usted le pregunta a cualquier profesional de la justicia le responderá sin titubear que NO. Nuestras UCI’s (juzgados) están saturados desde antes de que se destapara esta crisis, ya estaban atendiendo muchos más casos de los que podían, no cabe un caso más en la patera judicial ¿cómo vamos a atender nada urgente ni a soñar con «aplanar la curva»?

Quisiera responder a eso y decirles que se puede, que sí se puede, pero que, al igual que la sanidad necesita de respiradores, pruebas PCR y hospitales de campaña la administración de justicia va a precisar de una inversión inmediata que pueda poner en marcha un plan de mitigación que, operando desde ya, pueda salvar a nuestra sociedad del abismo que enfrenta.

El primer paso imprescindible es establecer un indispensable proceso de triaje jurídico-económico. Sabemos que en este momento no disponemos de los medios suficientes para atender a todo el mundo ni a todos los procesos, es preciso, pues, establecer un proceso de triaje que decida qué casos son atendidos de inmediato y cuáles no. El borrador del decreto de medidas que se pretende aprobar mañana carece por completo de medidas que permitan un eficaz triaje de los casos que ingresen en la administración de justicia y esa carencia es el primer paso hacia la catástrofe.

Tras el triaje hace falta ampliar la capacidad de nuestras UCI’s (juzgados) aunque para ello hayamos de habilitar hospitales de campaña. Quizá no sean tan maravillosos como los juzgados actuales pero tampoco era IFEMA una UCI como desearían los enfermos. Necesitamos movilizar todos los recursos y podemos hacerlo.

Si realizamos correctamente el triaje podemos descargar los juzgados de Primera Instancia de asuntos postergables y derivar los casos mercantiles a los juzgados de Primera Instancia que actuaran como la IFEMA que salve a nuestras empresas. No hay otra, yo, si estuviese enfermo, preferiría ir a una UCI normal que al pabellón de IFEMA pero, entre eso y nada, no hay opción posible.

Tampoco el borrador de decreto de medidas que se ha filtrado prevé nada de una IFEMA judicial, y ese es el segundo paso hacia el abismo.

Coetáneamente a las medidas anteriores es preciso aplanar la curva de entrada de asuntos en las UCI’s (quiero decir juzgados) de forma que permita ganar tiempo para ir adaptando el Pabellón de IFEMA y dotándolo de las medidas necesarias y ahí SÍ se ve un rayo de esperanza en el borrador del decreto del gobierno. Mediante una patada a seguir manda los concursos a diciembre y gana tiempo de esta forma pero ¿ganar tiempo para qué?

El decreto no lo dice y, si por un lado uno detecta un punto de inteligencia en la medida anterior, si no se conoce el fin de la misma es tanto como no saber nada. En este punto hay un rayo de esperanza pero solo un rayito, poco más.

Finalmente, para ampliar las UCI’s, construir las IFEMAS, comprar aparatos de ventilación y pruebas PCR que permitan funcionar a nuestros juzgados hace falta DINERO, DINERO y DINERO. Y, el borrador de decreto del gobierno, no contiene NI UNA previsión económica ni dotación presupuestaria. No parece, pues, que, de momento, podamos albergar demasiadas esperanzas.

Finalmente; si la sanidad ha sacado adelante esta situación de crisis se ha debido por sobre todo a la entrega y compromiso de los funcionarios de dicha administración dispuestos a trabajar 24 horas en turnos de mañana, tarde y noche e incluso a jugarse la vida y la salud por sus conciudadanos. ¿Están dispuestos quienes trabajan en la administración de justicia a hacer lo mismo?

Es tiempo de liderazgos, de ideas claras y planes comprensibles por los que merezca la pena luchar y por los que merezca la pena arriesgar la vida y la salud. La administración de justicia tiene en sus manos salvar a muchas familias españolas pero necesita, además de un plan claro y comprensible donde todos sepan qué papel juegan, medios, dinero, apoyo y liderazgo ético.

Conozco a quienes trabajan en los juzgados y sé de que madera están hechos; sé que vagos, indolentes y hasta perezosos son gente capaz de arriesgar su vida si les das una buena causa para hacerlo. La sociedad puede estar segura de eso. Ahora es el tiempo de los políticos: modifiquen ese decreto, doten de medios a la justicia, pídanle lo imposible a los jueces, fiscales, LAJ’s, Procuradores, funcionarios, con que contamos y no duden de que lo harán; pero, no jueguen con ellos a componendas ni pasteleos ni ventajitas por que aquí o cargamos todos o no cargará ni dios.

Hay mucha y muy buena gente en este asunto de la justicia y bien dirigida hará lo que se le pida y aún más de lo que se le pida.

No nos falle, ministro.

Conversaciones inesperadas

Me cuesta trabajo escribir este post, no porque me cueste contar lo que voy a contar sino porque no sé si lograré darle el enfoque exacto.

Lo sucedido esta mañana ha sido que el ministro de justicia, Juan Carlos Campo, me ha llamado por teléfono tras recibir el texto que podéis leer en el post que precede a este.

Debo decir que no esperaba esa llamada.

No estaba contento conmigo, pero tampoco enfadado, simplemente me ha dicho que le parecían injustas nuestras críticas y me ha puesto de ejemplo nuestra crítica al nombramiento de Antonio Garrigues Walker un hombre magnífico y de gran calidad humana.

He tenido que discrepar y aclararle que nadie discutía la calidad humana y profesional del nombrado pero que, si quería agradar al 85% de la abogacía real de Esaña, la abogacía independiente de los pequeños despachos, había elegido el perfil menos adecuado. Que si alguien desde la abogacía le había sugerido ese perfil se había equivocado.

Me ha garantizado que la pequeña abogacía estará bien representada en esa comisión y se lo he agradecido, aunque le he manifestado que, para ese 85% de abogados y abogadas de a pie, en mi sentir, era más necesaria una ley de servicios jurídicos como la alemana o la inglesa.

Hemos hablado de bastantes temas —la conversación ha sido larga— y no debo ocultar que le he pedido que no atienda a las propuestas del CGPJ; pero que, sobre todo, lo que me preocupaba era cómo pensaba él hacer frente a ese aluvión de casos que caerá sobre los juzgados de lo mercantil y lo social.

No sé si me he puesto dramático al decirle que la administración sanitaria había salvado la vida de los españoles y españolas pero que, ahora, dependía de la administración de justicia salvar su futuro, que las empresas y los trabajadores en problemas ahora van a depender todos de que la administración de justicia sea capaz de dar respuesta a sus problemas y que, si no lo hace, nos iremos todos al carajo. Que eso, ahora, estaba en sus manos y que dependía de las medidas que él tomase.

Me ha respondido que espere y que confíe en las medidas que va a publicar en el decreto del próximo martes y por ahí ha terminado la conversación.

No les diré que tenga ahora más confianza en las medidas del decreto del martes de la que tenía esta mañana. Se lo diré cuando el miércoles lea el BOE.

De hecho mi ánimo y mis presentimientos no son buenos, aunque eso puede ser solo un estado de ánimo.

Pero creo que es de justicia contar que esta mañana Juan Carlos Campo ha marcado mi número de teléfono para hablar de asuntos de justicia, escuchar y comunicar.

Le he preguntado si debía mantener esta comunicación en secreto y me ha dicho que no.

Y tras pensarlo detenidamente y hacer un profundo examen de conciencia, creo que no debo mantener este hecho en secreto.

A la atención del Sr. Ministro

Estimado ministro:

La suerte de esta crisis en el campo de la justicia se va a decidir en los primeros seis meses, pues, en ese período, van a ingresar en la administración de justicia española el grueso de las reclamaciones por la situación derivada de la pandemia.

Como sin duda ya sabrás, extrapolados los resultados e indicadores de la crisis 2008-2009 (-3.69% del PIB) a la situación presente (-13% del PIB), habrás encontrado que la tasa de incremento de asuntos en los juzgados de lo social y lo mercantil oscilará en los primeros entre un 40% y un 160% y en los segundos entre un 81% y más de un 200%.

Es a ese incremento de asuntos al que tu ministerio debe dar respuesta ya, cualquier otra medida pensada para un plazo superior a este mismo momento es una medida tardía.

Los problemas laborales y mercantiles son el núcleo del problema; la jurisdicción contenciosa se ve protegida por el plazo de tramitación de los expedientes administrativos que puede (y debe) ampliarse para evitar que la onda del tsunami de asuntos llegue demasiado pronto a estos juzgados y, en todo caso, impedir que se simultanee con la laboral y mercantil.

Un incremento de entre el 81 y más del 200% creo que sabes que es inasumible para los juzgados de lo mercantil, mucho más cuando ya están saturados y se habría de dar respuesta en un lapso que se mediría en semanas.

Es imposible que 68 juzgados de lo mercantil asuman esa carga de trabajo y, en un entorno de movilidad reducida, celebrar, por ejemplo, juntas de acreedores, en puntos lejanos del domicilio de las empresas (capitales de provincia) será percibido como un disparate que atenta contra la seguridad sanitaria.

La carga de los juzgados mercantiles, en esta situación de emergencia, puede ser perfectamente asumida por los 1700 juzgados de primera instancia de España (competentes hasta 2004 para su conocimiento) si se alivia de carga de trabajo a estos mismos juzgados de Primera Instancia.

Y es evidente que hay asuntos que esos juzgados tendrán que dejar de tramitar:

No se pueden seguir tramitando procesos que signifiquen el lanzamiento de ninguna persona, no ya porque pueda ser inhumano, sino porque una sola persona en la calle supone un problema sanitario inaceptable en este momento. Hay que parar durante estos primeros seis meses todos esos procedimientos, al igual que otros muchos y en la forma que señalaré a continuación.

Es preciso dotar de capacidades de gestión de procedimientos (procedures management) a Jueces y LAJ,s de forma que puedan adaptar determinados aspectos de los procedimientos a cada situación concreta, por ejemplo:

  • Establecer el grado de urgencia de determinados procedimientos a fin de establecer un orden de resolución durante el período de urgencia. Los criterios pueden predeterminarse por el ministerio.
  • Acordar el tipo de herramientas telemáticas que podrán usarse para teletrabajar o llevar a cabo videoconferencias con las partes.
  • Ampliar o reducir plazos procesales en determinadas circunstancias así como suspender temporalmente la tramitación de ciertos procedimientos.

Con estas medidas se liberararían recursos de los juzgados de Primera Instancia que, dedicados a los asuntos mercantiles, permitirían absorber la primera onda del tsunami de asuntos y salvar así el tejido industrial español.

Por lo que respecta a la jurisdicción social la tarea es más ardua pero no queda otro remedio que adscribir juzgados, jueces funcionarios y recursos a la misma durante estos primeros y decisivos meses, de otra forma el riesgo de que una gran parte de la población no reciba respuesta a tiempo a sus demandas es altísima y, si tal respuesta no se produce, las consecuencias sociales son imprevisibles. (No es necesario recordar el ejemplo de la PAH impidiendo actuaciones judiciales por la fuerza en el marco de una crisis muchísimo menor).

Muchas otras medidas son precisas (y no es la menor de ellas un respeto exquisito por las funciones de la abogacía y la procura y su derecho a la conciliación de la vida profesional y familiar) pero, estas que te he señalado, o se adoptan inmediatamente o las demás ya no tendrán sentido pues habremos perdido la batalla.

Aprovecho para ofrecerte toda mi ayuda y aquella otra de la que, en la medida de mis posibilidades, pueda proveerte en una tarea de esa especie y con esos fines. Si no son esas las finalidades lo lamentaré mucho.

Recibe un cordial saludo y espero que las medidas que se adopten el martes no sean las que andan aireando sedicentes representantes de la abogacía.

Un saludo y suerte.